The Project Gutenberg eBook, El Hombre Mediocre, by José Ingenieros
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NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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EL HOMBRE MEDIOCRE
OBRAS DEL MISMO AUTOR
La Psicopatología en el arte.
La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)
La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)
Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)
Patología del lenguaje musical.
Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)
Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)
Criminología. (2.ª edición)
Sociología Argentina. (2.ª edición.)
Principios de Psicología Biológica.
EN PREPARACIÓN
Hombres y cosas de mi tiempo.
JOSÉ INGENIEROS
EL HOMBRE MEDIOCRE
RENACIMIENTO
MADRID BUENOS AIRES
Pontejos, 3 Libertad, 170
1913
ES PROPIEDAD
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS 3
ÍNDICE
| Página | |
| LA MORAL DE LOS IDEALISTAS | |
| I. Las luces del camino.—II. Los visionarios dela perfección.—III. Los idealistas románticos.—IV.El idealismo experimental | [5] |
| EL HOMBRE MEDIOCRE | |
| I. «¿Áurea mediocritas?»—II. Definición del hombremediocre.—III. Función social de la mediocridad.—IV. La vulgaridad | [39] |
| LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL | |
| I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.—II.Los estigmas mentales de la mediocridad:.—III.La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.—IV. El éxito y la gloria | [73] |
| LA MEDIOCRIDAD MORAL | |
| I. El hombre honesto.—II. La moral de Tartufo.—III. Los tránsfugas de la honestidad.—IV. Lossenderos de la virtud: El corazón y el cerebro.—V. La santidad | [107] |
| LOS CARACTERES MEDIOCRES | |
| I. Hombres y sombras.—II. La domesticación de los mediocres: Gil Blas de Santillana.—III. La vanidad y el orgullo.—IV. La dignidad | [159] |
| LA ENVIDIA | |
| I. La pasión de los mediocres.—II. Los sacerdotes del mérito.—III. Los roedores de la gloria.—IV.Un castigo dantesco | [191] |
| LA VEJEZ NIVELADORA | |
| I. Las canas.—II. Etapas de la decadencia.—III. La bancarrota de los ingenios.—IV. La psicología de la vejez.—V. La virtud de la impotencia | [215] |
| LA MEDIOCRACIA | |
| I. El clima de la mediocridad.—II. La política de las piaras.—III. Demagogos y aristarcos: Las dos fórmulas de la injusticia.—IV. La aristocracia del mérito: «La justicia en la desigualdad» | [235] |
| LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA | |
| I. Las sombras del crepúsculo.—II. El trinomio mental del arquetipo.—III. La mortaja de lainsignificancia | [265] |
| LOS FORJADORES DE IDEALES | |
| I. El clima del genio.—II. El genio pragmático: Sarmiento.—III. El genio revelador: Ameghino.—IV. La moral del genio | [287] |
LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
I.—LAS LUCES DEL CAMINO—II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN—III. LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS—IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.
I.—Las luces del camino.
Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. Innumerables signos la revelan—: cuando se te anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno—; cuando te abstraes en lo infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un discurso de Helvecio—; cuando el corazón se te estremece pensando en la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota—; cuando tus sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima acorde con tu sentir—; y cuando, en suma, admiras la mente preclara de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad ó de Belleza.
Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real. Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: son idealistas.
El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.
Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al perfeccionamiento de la realidad.
Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana, la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales.
Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.
Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección», incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.
Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia. Que, sola, no anda.
La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.
Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.
Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos posibles que pueblan el espacio y el tiempo.
Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen propicios á la perfección.
El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones del devenir.
Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra de progreso.
En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de la realidad que deviene.
Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus esclarecidos.
Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de porvenir.
No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree sinceramente en él.
Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas.
Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.
El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo similar de los otros.
Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», aunque el mal uso induzca á ello.
Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de belleza ó una original personalidad.
No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón, que no podía contenerse en ningún vaso.
La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente: es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.
Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del arte la Belleza—formas preeminentes de toda excelsitud—no se concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás contradictorias, aunque lo parezca.
Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.
Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos perfecciones imperfectas.
Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele más.
Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales. Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado.
Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.
Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas, momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada hombre.
Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la sombra.
II.—Los visionarios de la perfección.
Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.
Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente, importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas.
La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable. Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma: contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras, como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe bazofia de la humanidad.
Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.
Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles, maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos: detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía, sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño. Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social, puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad. Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: «Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano muera y del capullo salga volando la mariposa».
Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento, con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos. Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su propia Verdad. Siempre.
Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente, crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende. El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.
III.—Los idealistas románticos.
Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables. Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz; y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones: entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más saña.
Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda.
Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que la razón ignora»—, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad.
El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron; habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas virtudes del amor.
En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir.
En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética. En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.
IV.—El idealismo experimental.
Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas, custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación, haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo apolíneo.
Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin rebajarla.
Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través de los siglos.
Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias oprobian á sus arquetipos.
El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el sufrimiento de quienes las aguantan.
Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad misma.
En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer—como simple sensualidad cuantitativa—es absurdo é imprevisor; no puede sustentar una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la historia.
La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas, entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula del idealismo experimental.
Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su ensueño.
Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe, ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel del bienestar material,—ignorando que su mayor miseria es la falta de cultura,—ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio, de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos, creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,—como un individuo ó un grupo,—es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del Individuo dentro de cada sociedad.
Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia, un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos y para obras perennes.
En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados. Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
EL HOMBRE MEDIOCRE
«Cacciarli i ciel per non esser men belli,
Né le profondo Inferno li riceve...»
Dante. Inferno. Canto III.
I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»—II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.—III. FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.—IV. LA VULGARIDAD.
I. «¿Áurea mediocritas?»
Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño que apacienta.
La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre. Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.
Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia: los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo. Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen; pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y piensan.
Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad: es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados contra un escollo.
Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues, de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural, con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe, los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas observan fósiles ó mariposas.
Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos, por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «áurea mediocritas» en el sentido general y absurdo que proclaman los incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido del «áurea mediocritas» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los transparentes y á los opacos.
La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía: ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual, prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse, como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como las olas que erizan la superficie de un Océano.
En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren menos entre sí que unos hombres de otros». (Obras morales, vol. 3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que éste último de otro hombre grande y excelente». (Ensayos, vol. I. cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.
Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades ó excelencias.
Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si un pudor incontenible lo encendiera internamente.
Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección, ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador, pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia: cuando reina el clima de la mediocridad.
Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué sirve?
La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la psicología y de la moral.
II.—Definición del hombre mediocre.
La mediocridad es una ausencia de características personales que permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las opiniones colectivas.
Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.
Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares, coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el torbellinesco espíritu de Pascal.
Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado in medio stat virtus. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la «edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación, es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre—decimos ahora—es un animal que evoluciona en las edades más recientes del planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver á sus formas ancestrales.
El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo, sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil, acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios, resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado.»
En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal doméstico.» Fruges consumere natus, que dijo el poeta latino.
Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del «filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía, ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas mundanas.
Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva,—análoga á las que repitiera Barbey D'Aurevilly—, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es satisfactoria.
El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués» antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é inequívoca, abordando el problema por otros caminos.
No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de ciertas funciones psicológicas.
Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre «relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la sociedad.
El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales. Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que imita y lo que inventa.
La variación individual determina la originalidad, rompiendo las coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza.
Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia biológica, la imitación social y la variación individual.
Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de los hombres inferiores.
Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición inherente á todo hombre mediocre.
Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio exclusivo de los hombres originales.
Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.
El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad para pensar como los demás.
El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.
El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del «alma de la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la sociedad», constituyendo las aristas singulares del «alma individual» que lo distingue dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas formas de perfección: piensa mejor que la sociedad en que vive.
III.—Función social de la mediocridad.
Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el equilibrio social: poco importa que ellos se cuenten por millares y los idealistas en dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el valor de la luz. La infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no enseñara á paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. De igual manera todo hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita evolución del protohombre al superhombre. El mediocre, peldaño social entre el imbécil y el genio, representa un progreso comparado con el primero y ocupa su rango si le comparamos con el segundo. Si fuera inútil no existiría: la selección natural habríale exterminado. Ello no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al momento en que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras para el estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en el diccionario; el estilo es una originalidad individual.
Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere su escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo hasta Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original; la historia del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á innúmeros secuaces que los imitan.
Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste eterno entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes actitudes que agitan la mentalidad colectiva: el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu original ó de rebeldía.
Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la humanidad en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo es un instable ajetreo de rebeldes é insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún sendero digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas sean igualmente imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la preferencia una actitud conservadora? La originalidad necesita un contrapeso robusto que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á los hombres metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos sociales más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos, los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén; en vez de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores en una obra única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse, ambas partes debieran advertir que ninguna tendría motivo de existir como la otra no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base para la tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo.
Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como arguye el pensador español, su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que sacan á su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus cortos días sobre la tierra, sin preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? ¿Pecan, tal vez, los que no piensan en sí y viven para los demás: los abnegados y altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno, renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como suele ocurrir? Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle cierta parte de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente, pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron las pasadas.
Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo nada podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen un valor moral. Cada individuo habla el idioma de su conveniencia inmediata; pero el moralista usa otra lengua y sus juicios de valor traducen conceptos colectivos que califican la conducta individual. Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de otra manera; tiene tanta culpa de su delito el asesino como de su creación el genio. El original y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á pesar suyo; no lo serían si el equilibrio de la sociedad lo impidiese.
¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y á los héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los aplaude porque tiene una moral, una tabla de valores que aplica para juzgar á cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias particulares, sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada época la medida de lo excelso está en los ideales de perfección que se denominan genio, heroísmo y santidad.
Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que desempeñan en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que importe un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de los mediocres, asignándoles una función moderadora, como si estuvieran destinados á contener el impulso creador de los hombres superiores y las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. Para toda mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad ve una evidente ingratitud. El mediocre es útil; con un poco de benevolencia podría concedérsele esa relativa belleza de las cosas perfectamente adaptadas á su objeto. Es el fondo de perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si no fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas personales: éstos viven esperando—con encantadora ausencia de ideas propias—los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; pero su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas convenientes al bienestar social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. Su inteligencia es un espejo en que se reflejan todas las similares. Á pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas, buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.»
Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones indispensables para su equilibrio.
Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables. Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el mosaico.
Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales», resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores.
Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente.
Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres, dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras.
IV.—La vulgaridad.
La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera, el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan que hay cumbres más allá de sus horizontes.
El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la nuca.
Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.
No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque ignoren la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni avalancharse de indignación ante una ofensa.
No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. Trocan su honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar la verdad frente al error de una turba. Su cerebro y su corazón están entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado.
Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á cuantos no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan encadenar su mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas hay en que el equilibrio social rompe en su favor; los ideales se agostan, la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase refractario á todo afán de perfección. Los hombres mediocres tienen su primavera florida: hay un clima de la mediocridad. Los estados conviértense en mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan el nivel de moral y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, tiene que luchar contra la rutina de los cerebros mediocres; si un santo persigue la virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre honesto; si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las dogmáticas hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso de energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una raza ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten é intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del Santo Oficio.
La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en las generaciones ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas primitivas. Habrían sido perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la domesticación que les confundiría con sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser decididamente vulgar; el mediocre conserva una dócil aclimatación en su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento de los estigmas comunes á todo ser gregario; sólo aparece cuando las sociedades se desequilibran en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble. Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña las dignidades altivas y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo en servirle de monaguillo.
La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son los defectos físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde su palabra memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta sublime.
Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á todos los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase. Los hay en todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce un recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos y en las cárceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como si la urgencia de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el afán de perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca.
Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la reblandece.
Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida.
El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.
En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes sea opacado por el limo.
En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos por aquélla. Así—, resistiéndolos, como las velas al viento—, los rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías propulsoras.
LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.—II. LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.—III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.—IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA.
I.—El hombre rutinario: psicología de los Panza.
La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.
Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que el talento.
Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, ó la de sus iguales.
Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad, incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó coroneles americanos.
Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental; ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad que en llegar á ella».
Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el freno del buen sentido.
Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert, insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».
Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana: resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo, en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero: «asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de la rutina.
El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos equivalentes de un mismo celo dogmatista.
Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan. Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.
Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver desbaratados sus errores más firmes.
En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por ellos, agradecidos á ese favor.
En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes, conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y halagan sus prejuicios.
Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno del cuerpo.
Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas. Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo.
Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido común, es decir, un original ó un genio—que en esto se parecen—, puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.
En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
II.—Los estigmas mentales de la mediocridad.
En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo.» (Pensées; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier hombre satisfecho de su mediocridad.
Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio.
El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres—Sócrates—bailaba.» Esta aguda advertencia de Montaigne, en los Ensayos, mereció una corroboración de Pascal en sus Pensamientos: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.
Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar, como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer capítulo de los Caracteres parece referirse á ellos La Bruyère, en un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias. En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo.
La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro. Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina.
III.—La maledicencia.
Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.
Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: La calumnia invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli—no lo dudemos—quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está la medida de tu mérito...
La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas á la Ignorancia y la Sospecha.
En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos: sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.
Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la acción rectilínea.
Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida; el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna contra una estrella.
El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.
El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de acuñarla.
Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del Tartufo:
«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?
IV.—El éxito y la gloria.
El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta, sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la intriga.
El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio, en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra él con energías inagotables, hasta despejar su camino.
Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.
Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá, se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil si supiera que le tienen por tal.
Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.
El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral. El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.
La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda, esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida á sus propios funerales.
Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola ficha.
En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.
Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria secretos.
Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la historia.
La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: vitam impendere vero.
LA MEDIOCRIDAD MORAL
I. EL HOMBRE HONESTO.—II. LA MORAL DE TARTUFO.—III. LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.—IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.—V. LA SANTIDAD.
I.—El hombre honesto.
La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales extinguidas.
Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común de los mediocres morales.
La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.
Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse. La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo.
La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.
El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de los demás equivale á pensar con cabeza ajena.
La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica.
Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más punzantes para coger las flores mejor perfumadas.
El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, «cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad...
Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal. Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena.
La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de iniciativa, muchas veces, para practicar el mal.
La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía.
Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse. Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens: c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero no cooperan al común engrandecimiento.
Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres—propia de mentes rutinarias y de caracteres domesticados—, existe una heráldica moral cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral.
II.—La moral de Tartufo.
La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las ciénagas.
Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo. Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulación de la virtud.
Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje social de la mentira.
Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios convencionales.
Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador; mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos.
Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas.
La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores, pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades, desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra, ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el más cruel de los suplicios. Es su castigo.
El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la hipocresía es la tintura de esas canas morales.
Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los mandamientos.
Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped. Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita, creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:
En fin votre scrupule est facile à détruire:
Vous êtes assurée ici d'un plein secret,
Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
Le scandale du monde est ce que fait l'offense
Et ce n'est pas pécher que pécher en silence.
Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos, irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.
El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes pertinentes del Sartor Resartus; por ellos admira á Carlyle, tanto como otros por su culto á Los héroes. El respeto de las formas hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda animadversión á la verdad.
La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.
El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no tiene por qué ser leal con la mentira.
El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (Od., IV, 9, 29.)
No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia; prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño, avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles. Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público; traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su capa.
Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión; viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho del hambre ajena.
Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso. Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera: «En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,—virtud de elegidos,—esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo honesto aunque practique la ingratitud.
La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno solo sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
III.—Los tránsfugas de la honestidad.
Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.