NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_. Las palabras en negritas están marcadas =así=.
Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la presente edición de esta obra fue publicada, en 1917, eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido respetado.
El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal acentuada está en mayúsculas. Sin embargo, por una cuestión pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado. En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.
Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
La simulación en la lucha por la vida
JOSÉ INGENIEROS
La simulación en la lucha por la vida
11.ª edición (texto revisado por el autor)
BUENOS AIRES
Talleres Gráficos de L. J. Rosso y Cía., Belgrano 475
1917
Advertencia de la 11.ª edición
Este ensayo sobre La Simulación en la lucha por la Vida fué escrito por el autor antes de terminar sus estudios universitarios y presentado a la Facultad de Medicina como introducción de su tesis: Simulación de la locura (1900). Careciendo de recursos para editarla, concediósele que sólo imprimiera una parte, publicándose la obra entera, por capítulos, en las revistas "La Semana Médica" y "Archivos de Psiquiatría" (1900-1902). En 1903 se hizo una primera edición conjunta (Spinelli, Buenos Aires), apareciendo en el mismo año una traducción italiana (Flli. Bocca, Torino, "Biblioteca Antropologico-Giuridica").
En volumen aparte se publicó la tercera edición, española, de La Simulación en la lucha por la vida (Semperé, Valencia, 1904), con leves correcciones de estilo y algunas notas; sobre ese texto se hizo una traducción francesa (Charles Barthez, Narbonne, 1905). Posteriormente se han hecho seis reimpresiones españolas, sin conocimiento previo ni intervención del autor, acumulándose en ellas tantos y tan graves errores que la última puesta en circulación (1917) es ya ilegible; baste decir que si en las primeras las variantes son de origen tipográfico, en otras ha llegado a alterarse, además del texto, el índice y las conclusiones. En la última aparece modificado... el título mismo.
A fin de reparar esas irregularidades se publica la presente (11.ª), que restaura el texto de la tercera, con ligeras variantes de forma; servirá, al propio tiempo, para una próxima traducción portuguesa, autorizada ya.
El autor ha resistido a la tentación de rehacer este ensayo y ha respetado sus deficiencias; cada estación tiene sus frutos y los libros de juventud merecen vivir como han nacido, con la ligereza propia de su menor responsabilidad. Son testigos sinceros, aunque poco ceremoniosos; sería injusto que atestiguasen la gravedad propia de las primeras canas.
Aunque sólo fué una introducción a un estudio de patología mental, aprovechó el autor en este ensayo algunos conocimientos de ciencias naturales y de ciencias sociales, que había adquirido simultáneamente con los de medicina. Años más tarde advirtió que Homero había pintado, en Ulises, el arquetipo de los simuladores, y que entre los ensayos de Bacon figuran cuatro páginas dedicadas a comentar la utilidad de la simulación. Con esos, y muchos otros datos de bibliografía clásica, compuso su conferencia La progenie de Ulises (curso de psicología de los caracteres humanos, 1910), que no se agrega al presente volumen por ser de época muy posterior.
Al revisar el texto, diez y siete años después de su redacción, el autor ha tropezado con defectos de estilo y con opiniones ligeras sobre tópicos accesorios; ha tenido, en cambio, la grata satisfacción de observar que poseía ya ciertas ideas generales que aún considera como las menos inexactas. Y por un justo escrúpulo, casi documental, se ha abstenido de hacer variante alguna en la "Introducción", profesión de fe de su juventud, escrita poco después de los veinte años: primera página de su primer libro.
Buenos Aires, 1917.
ÍNDICE
| Págs. | |
| Advertencia de la 11.ª edición | [7] |
| INTRODUCCIÓN | |
| I. Los médicos de Molière, el gusano simulador yla simulación de la locura.—II. Ideas científicasdirectrices; correlaciones bio-sociológicas;la filogenia de la simulación en la lucha por lavida.—III. Desarrollo, en series, de los fenómenosde simulación | [9] |
| Cap. I.—SIMULACIÓN Y LUCHA POR LA VIDA | |
| I. La lucha por la vida.—II. Medios ofensivos y defensivosen la lucha por la vida.—III. Aspectosaccidentales, instintivos y voluntarios de losfenómenos de simulación.—IV. Su valor comomedio de lucha por la vida.—V. Conclusiones | [21] |
Cap. II.—LA SIMULACIÓN EN EL MUNDO BIOLÓGICO | |
| I. Generalidad de estos fenómenos en el mundo animal.—II.Sus grupos fundamentales.—III. Homocromía:permanente, variable y voluntaria.—IV.Mimetismo: permanente, variable y voluntario.—V.Mimetismo entre las especies animales:permanente, variable y voluntario.—VI.Simulaciones en función individual.—VII. Utilidadde estos fenómenos en la lucha por la vida.—VIII.Teorías propuestas para explicarlos.—IX.Conclusiones | [47] |
| Cap. III.—LA SIMULACIÓN EN LAS SOCIEDADES HUMANAS | |
| I. La lucha por la vida y la simulación entre loshombres.—II. Formas colectivas de lucha y desimulación (humanas, étnicas, nacionales, declase, de sexo, de grupos, profesionales, etc.)—III.Formas individuales de lucha y de simulación(niños, burócratas, escritores, periodistas,propagandistas, mujeres, sablistas, comerciantes,delincuentes, parásitos sociales, etc.).—IV.Utilidad de la simulación en la lucha por lavida.—V. Conclusiones | [69] |
| Cap. IV.—PSICOLOGÍA DE LOS SIMULADORES | |
| I. La psicología sintética y los caracteres humanos.—II.Los elementos del carácter y su combinaciónen la personalidad.—III. Los "hombres decarácter" y los "hombres sin carácter" en lalucha por la vida.—IV. La simulación como elementodel carácter.—V. Predominio de la simulaciónen la personalidad.—VI. Clasificación delos simuladores.—VII. Los simuladores por adaptaciónal medio ("astutos" y "serviles").—VIII.Los simuladores por temperamento ("fisgones"y "refractarios").—IX. Los simuladores patológicos("psicópatas" y "sugestionados").—X.Conclusiones | [103] |
| Cap. V.—SIMULACIÓN DE ESTADOS PATOLÓGICOS | |
| I. Su utilidad en la lucha por la vida.—II. Difusiónde estas simulaciones.—III. Objetivo uniformede sus diversas formas médico legales.—IV.Principales aspectos clínicos: eludir el serviciomilitar, explotación de la beneficencia, simulaciónde la locura.—V. Enfermedades que puedensimularse.—VI. Simulación de la salud (enfermedadesdisimuladas).—VII. Conclusiones | [167] |
| Cap. VI.—EVOLUCIÓN DE LA SIMULACIÓN EN LAS SOCIEDADES HUMANAS | |
| I. Criterio sociológico para abordar su estudio.—II.Evolución de la lucha por la vida entre los hombres.—III.Evolución de los medios violentos yfraudulentos en la lucha por la vida.—IV. Disminuciónregresiva de la simulación en las sociedadeshumanas | [201] |
| CONCLUSIONES SINTÉTICAS | [219] |
Introducción
I. Los médicos de Molière, el gusano simulador y la simulación de la locura.—II. Ideas científicas directrices; correlaciones bio-sociológicas; la filogenia de la simulación en la lucha por la vida.—III. Desarrollo, en series, de los fenómenos de simulación.
I.—Solicitado, de ha tiempo, nuestro espíritu hacia el estudio de las ciencias antropológicas y sociales, atrájonos especialmente la fase patológica de la vida individual y colectiva, tan interesante, por cierto, como sus manifestaciones normales.
Es método en las ciencias biológicas, llegar al conocimiento de la función normal por el estudio de su patología; examinando las lesiones de los centros nerviosos enfermos y relacionándolas con los síntomas previamente observados, ha podido inferirse la fisiología normal de esos centros. De igual manera las ciencias sociales han aprovechado el estudio de complejos problemas de patología social, conflictos internos y externos, crisis, violencias y otras perturbaciones de la evolución social. En las ciencias psicológicas, por fin, el análisis de las anormalidades de la actividad mental, ha permitido comprender mejor las funciones psicológicas normales; lo que ha sido elevado por Ribot a método de investigación.
Convergiendo, pues, hacia la psicología individual por el camino de la psicopatología, y hacia la sociología por el estudio de los fenómenos de patología social, penetramos en los dominios de la locura y del delito. En la encrucijada de ambos fenómenos—conjunción sabiamente observada por Maudsley en un libro feliz,—donde la anomalía psíquica del individuo se convierte en causa determinante de su actividad antisocial, encontramos la dolorosa legión de fronterizos y alienados para quienes se entreabre la puerta sombría del delito, como si un destino inexorable los apresara entre las mallas funestas de la criminalidad; la locura y el delito, justamente emparentados por Morel en su visión sintética de las degeneraciones humanas, entrelazan sus tentáculos nefastos, engendrando ese personaje magistralmente burilado por Shakespeare en su Hamlet: el alienado criminal.
De particular manera—y por especiales razones de observación—nos preocupaban los casos de locura simulada por delincuentes, máxime al advertir su frecuencia desde que la justicia reconoció la importancia de la psicopatología criminal y el examen psíquico se consideró indispensable para determinar la responsabilidad de algunos delincuentes.
Tal era la estática de nuestra mente. De sobre el velador tomamos, una noche, el Malade Imaginaire, de Molière, para continuar su comenzada lectura, con el higiénico propósito, entre otros, de no adormecernos bajo la influencia poco grata de una monografía sobre "Nuevos tratamientos de los bolos fecales", cuya lectura acabáramos en el British Medical Journal. Teníamos para ello nuestras razones; estudiando la psicopatología de los sueños, habíamos visto que la naturaleza de las impresiones recibidas en el período prehípnico, influye de manera intensa sobre el carácter agradable o desagradable de los sueños[1].
Las peripecias de Argan—a quien hoy no consideraríamos un "enfermo imaginario", sino un caso de neurastenia gastro-intestinal, como demostró ha poco tiempo el profesor Debove en una hermosa conferencia a los estudiantes de la Sorbona—prolongaban nuestra vigilia más allá de sus límites habituales. Seguíamos ávidamente las operaciones "científicas" de Purgon y de Diaforius, que "saben bellas humanidades, hablan en buen latín y designan con nombres griegos todas las enfermedades; pero en cuanto a curarlas, carecen de toda noción". Y con deleite asistíamos a las inagotables lavativas de Mr. Fleurant, competidor, sin desventajas, de las purgas y sangrías del primero, mientras Diaforius daba a su hijo Tomás una lección clínica, en presencia del mismo Argan, felicitándole ardientemente por haber seguido sus huellas, permaneciendo "fiel a las opiniones de los antiguos", negándose a prestar la menor atención a las razones y experiencias de los "pretendidos" descubrimientos y teorías de la época...
Sonaba involuntariamente en nuestro oído la invectiva de Cicerón: "Neque imitare malos medicos, qui in alienis morbis profitentur tenere se medicinae scientiam, ipsi se curare non possunt." (Ad fam., IV, 5, 5). En ese momento Mr. Fleurant empuñaba de nuevo el instrumento que sintetizaba toda su profundidad científica. Tuvimos la percepción de algo dibujado en el campo periférico de nuestra retina, cuya mácula lútea estaba enfocada a las líneas del libro. Volvimos la mirada; a la altura de los ojos, adherido a la pared, vimos uno de esos copos de algodón y polvo que suelen formarse en los rincones de los aposentos.
Poco nos interesó esa observación. Volvimos nuevamente la vista al libro, para seguir asistiendo, con la voluptuosidad intelectual del caso, a las operaciones científicas de los médicos de Molière.
Excitada ya por la reciente percepción, nuestra retina encontrábase en condiciones favorables para descubrir, durante la lectura, que el copo algodonoso se movía, ascendiendo lentamente por la pared. Fijamos de nuevo la vista en el objeto: vímosle ya mucho más alto, después de pocos minutos.
Creímos fuese ilusión óptica, por el agotamiento de una retina fatigada en lecturas excesivas; mas no existiendo motivos para esa duda, ni razones satisfactoriamente explicativas, optamos por desprender el copo de la pared y observarlo detenidamente.
Tal es, por otra parte, la buena línea de conducta ante cualquier hecho difícil de explicar. Y en este caso la observación fué, como siempre, fecunda de provechosas enseñanzas.
Dentro del copo descubrimos un conducto, espeso y resistente, que difícilmente hubiérase adivinado no desprendiendo el copo de la pared; dentro del conducto se alojaba un gusano, el cual, mediante las dos extremidades de su cuerpo, se fijaba a la pared y la recorría, arrastrando consigo su curioso ropaje.
Darwin—presente siempre en nuestro espíritu estudioso—nos dió la explicación del hecho. Ese disfraz servía al animal para escapar a las miradas peligrosas de sus enemigos; la simulación resultaba, para él, un medio simple y excelente de lucha por la vida.
La explicación nos satisfizo.
Hubiéramos continuado la lectura de Molière; pero en nuestro cerebro estaban sometidas a la elaboración de la cerebración inconsciente, múltiples cuestiones relativas a los alienados criminales, y, de manera especial, a los delincuentes simuladores de una enfermedad mental.
Los neurones de asociación hicieron lo demás.
Entre el gusano disimulador de su cuerpo bajo un copo de algodón y el delincuente disimulador de su responsabilidad jurídica tras una enfermedad mental, debía lógicamente existir un vínculo: ambos disfrazábanse para defenderse de sus enemigos, siendo la simulación un recurso defensivo en la lucha por la vida.
II.—Entre las verdades definitivamente adquiridas por la ciencia e impuestas como guía a los pensadores y estudiosos contemporáneos, hay dos fundamentales, que jamás debiera olvidar quien se aventura en la selva—aún "selvaggia ed aspra e forte", en decir del poeta florentino—de la ciencia: Determinismo y Evolución.
Dentro de esos conceptos, cuyo desarrollo hemos ensayado en otros estudios y fuera inoportuno repetir aquí, cimentóse como verdad científica la noción del transformismo biológico y social. Por él conocemos la génesis y sucesión de las formas biológicas como resultado de la acción combinada de la herencia, tendiente a reproducir los caracteres de los antepasados, y la variabilidad, tendiente a crear caracteres nuevos, en armonía con la evolución de las condiciones del medio en que "luchan por la vida" todas las especies vivas. Los fenómenos sociales, además, siguen un proceso constante de transformación, a semejanza de los fenómenos biológicos; la sucesión de las formas de organización social y de las diversas instituciones es presidida, en primer término, aunque no exclusivamente, por la adaptación de los grupos sociales a las transformaciones del doble ambiente natural (cósmico) y artificial (económico).
Esta manera de ver, simple aplicación del concepto evolucionista, tiene su comprobación en las cuatro grandes ramas de los conocimientos humanos. Laplace lo estableció para los fenómenos del mundo cósmico; Lyell, para los fenómenos geológicos; Darwin, para los biológicos; Spencer, para los sociales, que llama superorgánicos. Otros estudiosos confirmaron esa verdad general en grupos fenoménicos parciales.
En esas series de fenómenos, cuyo desenvolvimiento es sucesivo e integral, existen vínculos estrechos, fácilmente reconocidos mediante una observación inteligente. Así, por ejemplo, el perfeccionamiento progresivo de las funciones corresponde a una creciente complejidad morfológica y a la mayor división del trabajo en los organismos, conforme se asciende en la serie evolutiva. Por eso es posible descubrir, en cualquiera especie, en forma larvada y rudimentaria, las funciones que alcanzan mayor desenvolvimiento en las que son superiores a ella dentro de la misma serie.
Puede reconstruirse la filogenia de cualquier función de los seres vivos; es decir, encontrar los diversos grados de su integración progresiva a través de cuantas especies la preceden en la evolución de la serie biológica. Las más complejas operaciones psíquicas elaboradas en el cerebro humano, no son sino el perfeccionamiento alcanzado por funciones progresivamente desenvueltas en la serie animal. El "alma" de los metafísicos es un perfeccionamiento de funciones inherentes a la substancia viva, al protoplasma; la memoria, por ejemplo, encuéntrase en formas progresivamente complicadas, desde la amiba hasta el hombre.
Con los fenómenos sociológicos ocurre lo mismo; todas las instituciones sociales tienen su filogenia perfectamente determinable. El sentimiento de solidaridad social, verbigracia, aparece ya en la primera asociación de seres vivos, y evoluciona, integrándose progresivamente, hasta alcanzar sus actuales proporciones, permitiendo inducir que en futuras transformaciones sociales se equipararán todos los individuos ante las condiciones de lucha por la vida, para alcanzar el desenvolvimiento máximo de su propia individualidad. También podría aplicarse a los fenómenos sociales, además de ese concepto de filogenia, el principio determinado para los fenómenos biológicos por Haeckel, según el cual la evolución ontogenética corresponde aproximadamente a la evolución filogenética. Lo saben, a ciencia cierta, cuantos sociólogos, Loria en primera fila, proponen estudiar en el rápido desarrollo de las colonias contemporáneas el lento y progresivo desarrollo ocurrido antes en los pueblos de adelantada civilización.
Pero estos puntos, necesarios de fijar para el desenvolvimiento consecutivo de nuestra tesis, no podemos dilucidarlos aquí con la amplitud deseable. Bástenos mencionar, y nadie la niega,—aun no aceptando la teoría orgánica de las sociedades, enunciada por Spencer—la existencia de cierta analogía, imposible de olvidar, entre las leyes que rigen los fenómenos biológicos y los sociológicos, pudiendo, casi siempre, encontrarse una correlación en el conjunto y las modalidades de unos y otros.
III.—Para cuantos saben lo expuesto (saber en sentido relativo, sin olvidar la frase de Grocio: "Nescire quaedam magna pars sapientiae est") y para quienes lo acepten, aparece lógico y estrecho el vínculo entre el gusano simulador, aparecido en nuestra retina periférica, mientras leíamos a Molière, y el delincuente simulador de la locura. Para quienes vivieran en el mundo feliz de los Fleurant, los Purgon y los Diaforius, ese vínculo no aparecería jamás.
Evolución, Lucha por la vida, Filogenia, pareceríanles palabras poco científicas y faltas de sentido; el mismo efecto nos produjo un libro escrito en japonés, que tuvimos entre manos: era, sin embargo, un libro importante y condensaba muchos conocimientos. Nuestra la culpa si ignorábamos el japonés.
Idéntico sería el caso de cuantos no vieran el vínculo filogenético, desde la simulación del gusano hasta la del delincuente; la frase es vieja, pero siempre útil: ellos no lo verían, no por ser incierta su existencia, mas porque su falta de amplitud y disciplina científicas les condenaría a una eterna ceguera intelectual.
¡Y, sin embargo, cuántas cosas ve el pavo en la fábula de La Fontaine, donde el mono enseña las proyecciones de la linterna mágica... apagada!...
En nuestro concepto—inexacto, acaso, pero larga e intensamente pensado—el vínculo existe.
Solamente el estudio de la Simulación, como fenómeno general, puede dar la ley de conjunto donde se encuadra el fenómeno particular de la Simulación de la locura. Idéntico móvil preside, en general, todas las manifestaciones conscientes de la simulación, así como una misma finalidad orienta todas las manifestaciones de la memoria en los seres biológicos, y todas las formas del sentimiento de asociación y solidaridad en la lucha, en las sociedades animales en general y particularmente en las humanas.
La Simulación en general, siguiendo las ideas científicas expuestas, debe estudiarse, primeramente, por sus manifestaciones en la serie biológica: sólo después encontraremos sus manifestaciones conscientes bien desarrolladas en la vida superorgánica, en las sociedades humanas.
En éstas hallaremos la clave para estudiar las simulaciones humanas de toda índole, unificadas por el mismo propósito de la mejor adaptación del simulador a las condiciones del ambiente donde lucha por la vida. Entre ellas discerniremos, como hecho general, la simulación de estados patológicos, una de cuyas formas—la más importante para la psiquiatría y la medicina legal—es la simulación de la locura en general.
Sólo entonces estaremos habilitados para estudiar provechosamente la simulación de la locura por los delincuentes, en sus relaciones con la psiquiatría, la sociología criminal y la medicina legal.
Con otros métodos y por otros caminos consideramos imposible llegar a una comprensión clara de la materia a estudiar, y, a priori, predeterminaríamos su insuficiencia.
En suma, el presente ensayo constituye un estudio general de la simulación como medio de lucha por la vida, estudiándola desde sus primeras manifestaciones inconscientes, en el mundo biológico, hasta sus complejas modalidades en la vida de los hombres civilizados. Complementando tal estudio intentaremos el análisis de la psicología de los simuladores, clasificando las variedades más notables de este grupo, compuesto por individuos en quienes la tendencia a simular constituye el rasgo dominante de su carácter y su medio predilecto de lucha por la vida.
Por fin, determinaremos la evolución de la simulación en las sociedades humanas, valiéndonos de las más recientes inducciones de la sociología y usando el más severo método científico.
En su concepto fundamental, y en algunas cuestiones parciales, esta síntesis desea ser novedosa; incompleta o deficiente, es ya fruto de la observación y de estudio asiduo. Si el ensayo no resultara tan convincente como deseamos al escribirlo, podríamos, por lo menos, repetir el verso dirigido a Virgilio por el Alighiero, al reconocerle, en el primer canto de su Infierno:
Vagliami il lungo studio ed il grande amore.
Buenos Aires, 1900.
NOTAS:
[1] Véase nuestro trabajo "La Psychopathologie des Rêves", en la Revue de Psychologie, de París, marzo 1900.
Cap. I.—Simulación y lucha por la vida
I. La lucha por la vida.—II. Medios ofensivos y defensivos en la lucha por la vida.—III. Aspectos accidentales, instintivos y voluntarios de los fenómenos de simulación.—IV. Su valor como medio de lucha por la vida.—V. Conclusiones.
I.—LA LUCHA POR LA VIDA
En el progresivo desarrollo del pensamiento humano pocas nociones han sido tan fecundas para el conocimiento del hombre y de la sociedad como las derivadas de las ciencias naturales. De crasos errores primitivos, fundados sobre una observación superficial o una escasa experiencia, se ha marchado, gradualmente, a través de errores cada vez más cercanos de la verdad, hacia una comprensión, lenta pero inevitable, de la realidad que impresiona nuestros sentidos. Así lo observamos en todas las ciencias.
Ocurre eso mismo en biología. Cuando Linneo osa afirmar: Nulla species novae, species tot sunt diversae quot diversas formas ab initio creavit infinitum ens, encuentra favorable acogida entre los naturalistas, surgiendo en apoyo de su doctrina los trabajos respetables de Cuvier y de Agassiz. No se podría, ante la doctrina linneana, negar o desconocer que ella señaló una etapa de aproximación a la verdad; baste pensar en las absurdas divagaciones de los antiguos naturalistas, cuya concepción del origen de los seres orgánicos reducíase a la generatio ex-putredini, y cuyas nociones sobre la diversidad de las formas se exteriorizaban en la suposición de incongruentes metamorfosis.
Mas las ciencias naturales, después de la teoría linneana, tenían un largo sendero que recorrer, antes que el conocimiento del mundo biológico alcanzase la comprensión exacta de la evolución de las formas vivas. Lamarck formuló, por vez primera, la doctrina de la variabilidad de las especies, mostrando la influencia del medio sobre la variación de las formas. Medio siglo más tarde, Darwin cimentó la teoría, incorporándole el fundamental concepto de la lucha por la vida y la consiguiente selección natural. Las obras del segundo, por ser más documentadas, lograron despertar ardientes discusiones entre los estudiosos, y el resultado final fué, en breve transcurso de años, la aceptación del núcleo fundamental de la teoría. De entonces acá, la doctrina de la variabilidad de las especies, o transformismo, ha sido confirmada por todas las ciencias biológicas, sin que la afecten en lo fundamental todas las disputas que le han promovido sus adversarios sobre cuestiones de detalle.
Limitándonos a consignar los hechos e ideas que reputamos base indispensable para nuestra teoría de la simulación, considerada como medio fraudulento de lucha por la vida, diremos, brevemente, las líneas generales de la doctrina darwiniana en lo que a esta última se refiere. Siendo ella la premisa que sustenta todo el desenvolvimiento de este ensayo, no será superfluo sintetizarla con claridad, definiendo de manera precisa el punto de partida de nuestras aplicaciones ulteriores.
Los naturalistas admiten, concordemente, que las causas principales de la evolución son tres: la variación, la selección y la herencia. La variación es un resultado de la adaptación al medio, que varía a su vez más o menos lentamente; la selección natural es un resultado de la lucha por la vida y determina la supervivencia de los mejor adaptados; la herencia transmite los caracteres adquiridos y sin ella es inconcebible la evolución de las especies. Aunque sería fácil repetir, de segunda mano, los fundamentos de la teoría de Darwin sobre la lucha por la vida y la selección natural, conviene, para mayor fidelidad, remontar a la fuente de origen, resumiendo en un párrafo las propias expresiones del gran naturalista.
La lucha por la existencia resulta inevitablemente de la rapidez con que todos los seres vivos tienden a multiplicarse. Nace un número de individuos mayor del que puede vivir, y de ello proviene, en cada caso, la lucha por la existencia, ya sea con los individuos de la misma especie, ya con los de especies diferentes, y sometida, en ambos casos, a las condiciones físicas del medio ambiente en que ellos viven. Es la doctrina de Malthus aplicada, en toda su intensidad, a los seres de los reinos animal y vegetal, por no existir entre ellos la aptitud de producir a voluntad los medios de subsistencia, ni otros factores éticos que pueden atenuarla entre los hombres. Obsérvese que la frase "lucha por la existencia" está empleada en sentido general y metafórico, involucrando las relaciones de recíproca dependencia entre los seres organizados, y dos hechos, aun más importantes: la supervivencia de los individuos mejor adaptados y su capacidad para dejar descendientes. Puede afirmarse con seguridad que los animales carnívoros, en tiempo de escasez, luchan entre sí, disputándose los alimentos necesarios para su existencia; también podrá decirse que una planta, en el borde del desierto, lucha por la existencia contra la sequedad, aun cuando fuera más exacto decir que su existencia depende de la humedad; con mayor exactitud diríamos que una planta, al producir anualmente un millón de semillas, de las cuales solamente una consigue desarrollarse y madurar a su vez, lucha con las plantas de la misma especie, o de otras, que ya cubren el suelo. El musgo depende del manzano y de algunos otros árboles; solamente de una manera figurada podrá decirse en este caso que el manzano lucha contra los otros árboles, por hospedar al musgo, pues si un gran número de parásitos se radican sobre un mismo árbol, éste languidece y acaba por morir; pero de muchos musgos que crecen juntos sobre una misma rama y producen semillas, puede decirse que luchan el uno contra el otro. Siendo los pájaros los diseminadores de las semillas de un árbol dado, la existencia de esta especie depende de ellos, y, figuradamente, puede decirse que ese árbol lucha con los demás frutales, pues interesa a cada uno de ellos atraer los pájaros para que coman sus frutos y diseminen de esa manera sus semillas. Empléase, pues, para mayor comodidad, el término "lucha por la existencia" en los diferentes sentidos apuntados, confundiéndose los unos con los otros. ("El Origen de las Especies", cap. III). En esa lucha por la vida, en que se multiplican y se destruyen las más diversas manifestaciones de la existencia orgánica, desde el bacterio y la amiba hasta la encina y el hombre, sucumbe la inmensa mayoría de los gérmenes capaces de generar nuevos individuos. A pocos reserva la Naturaleza el derecho de alcanzar la plenitud del desenvolvimiento biológico y de transmitir sus caracteres a sus descendientes.
Para completar el concepto expuesto por Darwin, acudamos a Wallace, que es fuente autorizada, para comprender de qué manera las diferencias individuales determinan la selección de la especie y la supervivencia de los más aptos, o mejor adaptados. Si todos los individuos de cada especie—dice—fueran completamente semejantes entre sí, podríamos afirmar que la supervivencia sería una cuestión de azar; pero esos individuos no son semejantes. Los vemos diferenciarse, distinguirse de muchas maneras. Algunos son más fuertes, otros más rápidos, otros más astutos, otros de constitución más robusta. Un color obscuro permite a algunos ocultarse fácilmente; una vista penetrante permite a otros descubrir su presa a mayor distancia, o escapar de sus enemigos con más facilidad que sus compañeros. Entre las plantas, las más pequeñas diferencias pueden ser útiles o perjudiciales. No podemos dudar de que, tomando en cuenta lo apuntado, cualquiera variación bienhechora dará a quienes la poseen mayor probabilidad de sobrevivir a la terrible prueba por que deben pasar; alguna parte puede quedar en manos del azar, pero al fin y al cabo, el más apto sobrevivirá. ("El Darwinismo", cap. I.)
La selección natural se continúa en la especie por la conservación y la transmisión de los caracteres útiles a cada individuo, según las condiciones del medio que actúa sobre él en los varios períodos de la vida. Todo ser—y éste es el sentido natural de lo que podemos llamar progreso biológico—tiende a perfeccionarse en su adaptación al medio; este perfeccionamiento conduce de una manera natural al progreso de la organización del mayor número de los seres vivientes en el mundo entero. (Darwin, ob. cit., cap. IV).
El origen de las variaciones individuales que permiten la mejor adaptación ha sido objeto de explicaciones diversas, así como el mecanismo de su transmisión hereditaria. La reseña crítica de las doctrinas respectivas sería, por cierto, interesante; mas no son estas páginas la oportunidad para hacerla, no siendo ello indispensable para el objeto especial de nuestra investigación. Baste mencionar, entre otras hipótesis dignas de consideración, las formuladas por los propios Lamarck y Darwin, por Kolliker, Wagner, Naegeli, Weissmann, Mantegazza, y por otros defensores de las modernas escuelas neolamarckiana y neodarwiniana.
En la naturaleza, la variabilidad individual, la herencia de las variaciones mejor adaptadas y la selección en la lucha por la vida, se combinan para determinar la evolución de las especies vivas, según la mayor o menor adaptación de sus caracteres al medio en que viven.
La variación fué certeramente definida como el elemento "activo" de la evolución, en cualquier época de la vida actúe, embrión o ser vivo, y de cualquier causa dependa, cósmica o fisiológica. La herencia, en cambio, es el elemento "conservador", que permite la acumulación de las variaciones útiles, transmitiendo los caracteres ya probados en la lucha por la vida de individuos que decaen a otros individuos nuevos. La vida de una especie podría compararse a la de un individuo perpetuamente joven, como si el desgaste orgánico por la incesante actividad de la vida se compensara por un proceso de renovación total, que le mantuviese capaz de sostener nuevas luchas y de adquirir nuevas variaciones útiles. La selección, elemento "perfeccionador", es un principio de primordial importancia por su universalidad; actúa, de manera constante, para la conservación de las formas y funciones útiles, sean cuales fueren las causas a que se atribuyan las variaciones. Se ha insistido, justamente, en que es erróneo considerar a la selección como causa determinante de la variación; ella sería "el timón de la evolución, mas no su fuerza propulsora".
De lo expuesto recogemos un concepto fundamental: todos los seres vivos luchan por la vida. El hombre, lo mismo que las otras especies, está sometido a ella; las sociedades humanas, lo mismo que las otras sociedades animales. Individuos y naciones, partidos y razas, sectas y escuelas, luchan por la vida entre sí, para conservarse y crecer, para amenguarse y morir. La lucha por la existencia en las sociedades humanas es un hecho innegado, manifestándose con caracteres semejantes a los que reviste en el mundo biológico; tal verdad es igualmente admisible por los creyentes de la doctrina biosociológica de Spencer, para quienes las sociedades humanas son simples superorganismos, como por los que aceptan la primacía de los fenómenos económicos en la constitución social, con o sin la teoría de la lucha de clases, que es uno de los fundamentos del mal llamado "materialismo histórico". En verdad—y oportunamente volveremos sobre ello—la lucha por la vida en la especie humana se modifica, porque ella tiene la posibilidad de producir sus propios medios de subsistencia, subordinando la lucha al incremento de su capacidad productiva; aptitud que, en última instancia, determinará la transformación o atenuación de ciertas formas de lucha por la vida en el porvenir.
No comentaremos, por ahora, la extensión que ha dado De Lanessan al concepto darwiniano de la lucha por la existencia; en el mundo inorgánico, entre los minerales, encuentra que esa lucha existe, entendida, naturalmente, en el sentido figurado, atribuídole por el mismo Darwin. Bástenos señalar la evidencia del hecho en el mundo orgánico, en los reinos vegetal y animal.
Sintetizados así, rápidamente, los principios del evolucionismo biológico, dejamos planteado el que nos servirá como punto de partida para el desarrollo de nuestras observaciones: La lucha por la vida es un fenómeno general en todos los seres vivos.
II.—MEDIOS OFENSIVOS Y DEFENSIVOS EN LA LUCHA POR LA VIDA
Donde hay vida, hay lucha por la vida. En todos los casos la Naturaleza ha provisto a los seres vivos de medios ofensivos y defensivos útiles para la supervivencia de los mejor adaptados a las condiciones del medio; no siempre son los más fuertes, considerada la fuerza en un sentido mecánico o cuantitativo, sino los más diestros o astutos para substraerse a las infinitas causas destructivas que gravitan sobre los seres vivos, o los más hábiles para proveer a la propia alimentación. En esa lucha, directa o indirectamente combatida, los seres vivos emplean recursos de índole variadísima. Recorriendo la serie evolutiva de las especies animales y vegetales, se ven dos grandes categorías de recursos: los unos a base de fraude, los otros fundados en la violencia.
La intensificación de la lucha por la vida, por el aumento numérico de los individuos que tienen análogas necesidades, estimula el perfeccionamiento y desarrollo de los medios de lucha. La adquisición de un carácter ventajoso, ofensivo o defensivo, coloca a su poseedor en condiciones favorables para el éxito, asegurando su vida y su reproducción, y transmitiendo, mediante esta última, el nuevo carácter adquirido, que será igualmente provechoso a su descendencia. Y, en efecto, en toda especie viva, los individuos más robustos, más ágiles, más astutos, más prudentes, según las circunstancias especiales en que luchan por la vida, tienen más probabilidades de sobrevivir.
De todos esos medios, usados para la adaptación, algunos son verdaderas armas punzantes, lacerantes, cortantes o contundentes: aguijones, sierras, dientes, probóscides, aparatos eléctricos, etc. En otros casos trátase de recursos defensivos: autotomía evasiva, posiciones o actitudes especiales, defensas químicas, aparatos venenosos, secreciones urticantes o tóxicas. Otras veces es utilísima la fuerza muscular; la agilidad en el ataque y la defensa pueden ser decisivos para el triunfo en la lucha por la vida. Otros seres vivos, animales y vegetales, se asocian con individuos de la misma o de otras especies diferentes, para luchar mancomunados contra peligros comunes; etcétera, etcétera.
El uso de estos medios de lucha tórnase cada vez más complejo a medida que las especies adquieren una estructura orgánica complicada. En el reino animal, las funciones biofilácticas, o defensivas de la vida, se acompañan de un desenvolvimiento psíquico progresivo, mejor acentuado desde que aparece un sistema nervioso encargado de regir la unidad del ser vivo, su individualidad. Culmina este desenvolvimiento en la especie humana, que por su estructura cerebral y sus funciones mentales está colocada en el término del phylum más evolucionado de los vertebrados; esa circunstancia hace que en el hombre los medios de lucha por la vida sean más complejos que en las demás especies animales, pues su inteligencia le ha permitido reforzar los deficientes, suplir los ineficaces e imaginar medios artificiales de aumentar su propia capacidad ofensiva y defensiva. Limitados sus medios físicos de lucha por la dimensión de su organismo, por su sistema óseo y muscular, por su resistencia a la fatiga, ha centuplicado su fuerza oponiendo la inteligencia a los seres enemigos que pueblan el ambiente; pero al mismo tiempo, en la lucha entre hombre y hombre, entre sociedad y sociedad, ha perfeccionado casi ilimitadamente sus medios de lucha mediante la mentira y el fraude, la astucia y la simulación.
En ninguna otra especie animal se presenta bajo más múltiples aspectos la lucha por la vida; sólo en el hombre los medios de lucha llegan a ser un producto casi puramente intelectual. Y, como es fácil de comprender, la violencia física personal sigue siendo lo esencial en la lucha entre los salvajes, entre los niños y entre las personas incultas, a la vez que los medios de lucha se tornan más intelectuales en las sociedades civilizadas, en los adultos y en las personas cultas. Se produce, en otras palabras, una evolución que tiende a hacer primar las aptitudes mentales sobre las aptitudes físicas.
Cerremos este parágrafo, cuyo minucioso análisis pudiera prolongarse indefinidamente, afirmando que: todos los seres que luchan por la vida poseen medios ofensivos y defensivos adaptados a las contingencias habituales de la lucha.
III.—ASPECTOS ACCIDENTALES, INSTINTIVOS Y VOLUNTARIOS DE LOS FENÓMENOS DE SIMULACIÓN
Cada medio de lucha alcanza desigual difusión en las diversas especies vivas; algunos están generalizados, otros son patrimonio de pocas especies. Aquí predominan los medios fundados en la violencia; allá los que se asemejan al fraude. La posibilidad de este último implica cierto desenvolvimiento mental y aumenta en proporción a él; por eso lo observamos especialmente en el hombre, y al apreciarlo en otras especies animales usamos palabras cuyo valor originario es esencialmente humano.
Dentro del fraude, que es un término genérico, podemos distinguir diversas formas fundamentales, diferenciadas, aunque vinculadas entre sí por formas intermediarias. La simulación y la mentira son ramas nacidas del tronco común del engaño, de la astucia, en abierta oposición con la violencia. Sin embargo, pueden diferenciarse sus manifestaciones.
La mentira—estudiada en sus grandes manifestaciones sociales por Nordau—es una forma de fraude exteriorizado mediante el lenguaje; la mentira se dice, no se hace. Los diccionarios académicos definen la mentira: "expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, cree o piensa"; y el verbo mentir: "decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa". Indúcese, claramente, y así el uso lo consagra, que la mentira es, en suma, una forma de fraude exteriorizada mediante las diversas formas del lenguaje, hablado o escrito.
Antes de definir la simulación conviene que la distingamos también de la imitación, cuya importancia en la evolución de los agregados sociales estudió agudamente Tarde. Ella consiste en hacer algo a semejanza de lo imitado, que sirve de modelo. Las mismas Academias dicen textualmente del verbo imitar: "ejecutar una cosa a ejemplo o semejanza de otra". La imitación se refiere al hecho en sí mismo, en su realidad: imitar una buena o mala acción significa hacer otra realmente buena o mala.
Cuando no se ejecuta a semejanza de otra, pero se finge hacerlo, hay simulación, fenómeno cuyas manifestaciones estudiaremos en este ensayo. El diccionario académico explica con demasiada pobreza este vocablo: "acción de simular". De este verbo solamente dice: "representar una cosa, fingiendo o imitando lo que no es". En la voz "fingimiento" léese: "simulación, engaño o apariencia con que se intenta hacer que una cosa parezca diversa de lo que es". Definiciones imperfectas, todas ellas. Convendría decir, de manera general, que en la simulación: las apariencias exteriores de una cosa o acción, hacen confundirla con otra, sin que efectivamente le equivalga. El actor dramático que desempeña en la escena un papel de homicida—Otelo, pongamos por caso,—no imita a Otelo, pues ello significaría dar muerte a la actriz que hace de Desdémona; el actor simula matar. Sólo si matara de verdad, sería imitador del personaje que representa; el que imita una acción ajena, buena o mala, no simula; no aparenta hacerla, la hace en realidad.
Creemos que ese breve ejemplo, sencillo para mayor claridad, basta para poner de relieve la diferencia entre imitación y simulación, entre el hecho real de la una y la simple apariencia de la otra. Pero en la observación corriente suelen transgredirse esas distinciones, por no existir una línea divisoria que separe de manera absoluta lo uno de lo otro.
Partiendo de esta definición entremos a nuestro tema.
Las múltiples formas de simulación pueden escalonarse en diversos grupos, según se las estudie en sus diversas fases, de las más sencillas hasta las más complicadas; fácil es advertir sus cambios a través de lo que podríamos llamar su "filogenia". En sus manifestaciones simples y primitivas preséntase como un fenómeno accidental: una apariencia útil, un parecido benéfico; la vemos, después, revestirse de formas progresivamente complejas: una apariencia que protege de manera estable y general; y ser, por fin, voluntaria y consciente: deliberadamente ejecutada para beneficiarse en la lucha por la vida.
En los fenómenos del mundo inorgánico las simulaciones son casuales, careciendo de valor selectivo. La lucha por la vida sólo existe allí por la analogía con la lucha propia de los seres organizados, y en sentido metafórico; la simulación no puede ser, en manera alguna, un medio habitual de lucha por la vida. En esas manifestaciones inferiores, la simulación es un accidente y la palabra que lo denomina pierde todo sentido psicológico, pues el hecho es involuntario e inconsciente; no podría ser de otro modo, produciéndose en cosas que carecen de conciencia y de voluntad. Inútil sería insistir sobre la verosimilitud de las diversas hipótesis panpsiquistas y los ensayos de psicología atomística que pretenderían dar psiquis y conciencia a todo lo existente; esos juegos de palabras son posibles llamando psiquis y conciencia a cosas que no lo son, y quitando a esos vocablos su significación psicológica, perfectamente determinada; los bonitos poemas filosóficos a que nos referimos carecen de fundamentos que permitan elevarlos a la dignidad de teorías científicas.
También suelen ser inconscientes e involuntarios los fenómenos de simulación observables en los seres vivos menos evolucionados; así se la encuentra en los vegetales. Conviene, sin embargo, señalar que ese mimetismo vegetal puede tener una influencia selectiva en la supervivencia de los mejor adaptados a las condiciones de la lucha por la existencia. No admitimos que la simulación pueda ser consciente y voluntaria en los vegetales, por no observarse en ellos fenómenos revestidos de esos caracteres, aunque teóricamente el hecho pudiera admitirse como posibilidad. Son conocidas las importantes discusiones sobre la sensibilidad e inteligencia de los vegetales, fundadas en observaciones del mismo Darwin, que concedía a la radícula de los vegetales la propiedad de sentir, discernir y elegir.
En principio, si las funciones psíquicas existen ya, aunque en forma elemental, en los más ínfimos organismos vivientes, como funciones propias de la sustancia viva elemental, del protoplasma, no hay motivo para negar a los vegetales—evolucionados desde formas simples, en que los protofitos y los protozoos tuvieron probablemente un origen común—funciones psíquicas elementales, no desarrolladas por ser innecesarias a la forma especial de evolución que caracteriza al reino vegetal. Y es bien claro que "funciones psíquicas" no equivale a funciones conscientes o voluntarias.
Se explica que, arrancando de estas ideas, seriamente discutibles, un gran imaginativo, Augusto Strindberg, formulara sus experimentos destinados a establecer la existencia de funciones nerviosas y psíquicas en los vegetales.
La simulación determina en el reino animal importantísimas selecciones, realizadas mediante fenómenos de homocromía (semejanzas de color) y de homotipía (semejanzas de forma), que en conjunto constituyen el mimetismo. Muchas veces éstos tienen carácter consciente, aun siendo involuntarios. Solamente en pocos casos pueden calificarse de conscientes y voluntarios; entonces representan un medio de lucha por la vida elegido por el animal, que lo considera el más ventajoso de cuantos puede utilizar.
Entre los hombres agregados en grupos sociales, vivientes en sociedad, la simulación es frecuentísima como fenómeno consciente y voluntario.
Este doble carácter permite simulaciones cuyos resultados pueden invertir la selección natural; gracias a ésa y a otras formas de fraude, tórnase posible la supervivencia de individuos inferiores, débiles y degenerados de toda clase, supervivencia bien descrita por Sergi; es el fenómeno que, actualmente, en sociología, suele llamarse de selección invertida, "à rebours".
Las simulaciones en la sociedad humana y la psicología de los hombres simuladores, constituyen el tema propio de este ensayo; insistir sobre ellas sería anticiparnos.
Antes de penetrar a ese mundo de ficción y de mentira, en que todos, buenos y malos, se ven obligados a simular, aunque más los malos que los buenos, detengámonos en una explicación no superflua. Al exponer la doctrina de la "lucha por la vida", dijimos que debía entenderse en sentido figurado, como expresamente lo manifestó Darwin al enunciarla. De igual manera hablando de simulación como medio de lucha por la vida, conservamos a la frase su originario sentido figurado; de otra manera, en sentido literal, sólo podría hablarse de lucha y de simulación al referirse a fenómenos humanos, que fuesen conscientes y voluntarios. Lucha y simulación son, en efecto, palabras que se refieren a la conducta humana; por extensión aplica Darwin la una, y por extensión aplicaremos aquí la otra, sin pretender que todas las formas de simulación deban ser iguales a las usadas por el hombre fraudulento que engaña a sus semejantes.
Los fenómenos de simulación solamente revisten caracteres de conciencia y voluntariedad cuando la lucha por la vida llega a ser consciente y voluntaria. Existe, pues, cierto paralelismo entre los caracteres de la lucha y los medios en ella usados; hay una creciente complejidad en los fenómenos de simulación, partiendo de los accidentales hasta llegar a los voluntarios.
Conviene antes de terminar decir dos palabras sobre una cuestión accesoria a primera vista, pero de indudable utilidad antes de entrar al análisis de la simulación en la lucha por la vida, pues nos permitirá reforzar la serie de fenómenos que estudiamos, evidenciando más su difusión en la naturaleza y en la vida social.
Entre simular y disimular no existe, en realidad, ninguna diferencia[2], y menos el antagonismo que podría sospechar quien se atuviera a la forma aparente de ambas palabras. Y decimos aparente, pues en casi todos los léxicos disimular corresponde aproximadamente a simular, aun haciéndose entre ambos vocablos algún distingo de poco valor. Simular: "arte usada con astucia por el hombre a fin de mostrar, en los actos y en las palabras, todo lo contrario de lo que se tiene en el espíritu, sea en bien o en mal". Disimular: "arte, estudio de esconder el pensamiento propio o algún propósito. Simular. Ficción".
No existe, pues, diferencia ni contradicción alguna entre esos términos; a lo sumo, podrá especificarse que el individuo simula lo que no es, no tiene o no hace, y disimula lo que es, tiene o hace.
Pero considerándolos en relación con la lucha por la existencia, su significado es el mismo: el que simula y el que disimula tratan de ponerse en las mejores condiciones de lucha por la vida, dado el ambiente en que actúan.
Por otra parte, observando los hechos, fácil es advertir que muchas de las llamadas disimulaciones son simples simulaciones de las cualidades contrarias a las disimuladas, y viceversa. El enfermo que disimula su enfermedad para obtener una póliza de seguro sobre la vida, simula en realidad un estado de salud. El zorro que finge dormir para sorprender mejor a su presa, disimula su expectativa y simula el sueño. La libélula que cierra las alas y se posa sobre el verde tallo de una planta, confundida con una hoja cuya forma y color se parecen a los de su cuerpo, buscando no ser vista por sus enemigos, simula ser hoja al mismo tiempo que disimula ser mariposa. El político oportunista que se entusiasma ante los electores, defendiendo doctrinas que en lo íntimo de su caletre considera absurdas, simula las opiniones defendidas y disimula las que profesa.
Para evitar mayor tedio, no proseguimos la enumeración de casos análogos a los citados; ello sería ya innecesario, dada la evidencia del hecho que prueban: la identidad de objeto y de significado entre la simulación y la disimulación como medios de lucha por la vida.
IV.—SU VALOR COMO MEDIO DE LUCHA POR LA VIDA
Los fenómenos de simulación han sido cuidadosamente observados en los animales, gracias a su misma difusión; sin embargo, no han sido todavía bien coordinados, ni se ha dado de ellos una clasificación definitiva.
Si se para mientes en que los diversos aspectos de la actividad humana se encuentran como funciones elementales en la evolución de las especies vivas más simples que el hombre, se comprenderá la importancia que tiene para nosotros el estudio del mimetismo, en sus diversas formas. Ellas nos muestran los primeros esbozos del fenómeno que en el hombre es ya complejo, permitiéndonos rastrear los orígenes y reconstruir la filogenia de la simulación en general.
Los naturalistas que estudiaron el valor de los caracteres cromáticos de los animales para la conservación de la especie, han observado la frecuente homogeneidad de su color con el del ambiente en que viven. Algunos crustáceos, por ejemplo, son rojos cuando viven sobre un alga roja y verdes si el alga es de este color. Los gusanos que frecuentan las hojas verdes tienen este mismo color, circunstancia que los hace difícilmente visibles.
¿Quién no ha descubierto, y acaso aplastado en su niñez, algunas de las orugas que suelen visitar nuestras vides? Otros insectos, por su forma, parécense a los objetos del ambiente en que viven. Entre las mariposas, el hecho va más lejos: algunas especies comestibles poseen los colores y dibujos característicos de otras, protegidas de la gula ornitológica por su mal gusto y olor. Un animal que simula las formas y el color de otro muy temido, encuentra en ello una defensa; otro simula el aspecto de animales notoriamente inofensivos, para ir—lobo bajo piel de cordero—hacia su presa, sin espantarla al mover la ofensiva. Otros, reconocidamente nocivos para los insectívoros, están protegidos por colores vistosos, llamados "premonitorios", que alejan a cuantos enemigos pudieran, por error, perjudicarlos, si no les reconocieran a tiempo. Los hay, por fin, que enmascaran su cuerpo, cubriéndose de objetos o substancias que los disimulan a las miradas de sus enemigos.
Este conjunto de fenómenos, estudiado y subdividido por los naturalistas en varias categorías, es objeto de controversia en cuanto a su origen. Pero hay en ellos algo común que ya nadie discute; es su función misma; siempre se trata de un hecho que es útil al disimulador en la lucha por la vida. Éste es el rasgo indiscutido, designándose el conjunto de estos hechos con el nombre de mimetismo. Algunos naturalistas reservan este nombre para las simulaciones combinadas, de forma y color al mismo tiempo, dando el nombre de homocromía a los fenómenos de simple adaptación al color del ambiente; en ese caso, sería más exacto llamar homotipía al mimetismo propiamente dicho.
Dejando para el capítulo siguiente el examen de la simulación en el mundo biológico, nos limitaremos a fijar un criterio, surgido de la observación, cuya importancia consideramos decisiva, aunque hasta ahora no se haya señalado debidamente: la utilidad de la simulación para el simulador, ya se trate de un fenómeno instintivo (de la especie) o consciente y voluntario (del individuo).
Conviene advertir que la utilidad de la simulación, como medio de lucha por la vida, no es exclusiva de los animales, ni siquiera de los seres vivos.
Supuesto que se admite en el mundo inorgánico la lucha por la existencia—en el sentido metafórico de Darwin, ampliamente aplicado por De Lanessan,—podemos inducir que allí también se encuentran medios de lucha que implican lo que en lenguaje humano se llama fraude.
A primera vista, una observación superficial podría encontrar absurda la pretensión de rastrear el mimetismo en la lucha por la existencia del mundo inorgánico. Esto débese, máximamente, a que se tiene la idea de que sólo podemos referirnos a una simulación o un mimetismo consciente y voluntario, tal como en el hombre se presenta; bastarán, empero, un par de ejemplos para evidenciar la exactitud de nuestra inducción analógica.
Todo lo que existe en el universo lucha por la existencia, en el sentido de estar expuesto a un número mayor o menor de causas destructivas, y poseer más o menos condiciones de resistencia a esas causas. (Sobre esto ilustran, especialmente, De Lanessan y Thoulet, en sus originales estudios). Cada piedra, cada capa geológica, cada roca, encuéntrase en lucha contra mil causas destructivas; si triunfa de ellas, sobreviviendo a su acción destructora, puede decírsela triunfante en la lucha, precisamente porque es mayor su adaptación y su resistencia a las condiciones del medio. Inferiores a ella son aquellas rocas o piedras que no pueden resistir a las causas destructivas y desaparecen; éstas, en el metafórico lenguaje adoptado, son vencidas en la lucha por la existencia.
Entendida así la lucha, que es verdaderamente "universal" en la acepción más rigurosa del término, es fácil observar casos de falsa apariencia que equivalen a simulaciones útiles en la lucha por la existencia; veamos dos ejemplos, fáciles de multiplicar, sin duda.
Remontémonos a la edad de la piedra. Un hombre busca una piedra para convertirla en mazo o en hacha; la encuentra, recógela y acto continuo la transforma en objeto de uso personal; podemos decir, perfectamente, en el sentido adoptado, que esa piedra es vencida en la lucha por la existencia, habiendo terminado su estado natural como producto geológico, individualizado por una forma y un volumen determinados.—Supongamos por un instante que esa piedra, por uno de mil accidentes posibles, encontrárase cubierta de limo, o hubiese germinado sobre su superficie una capa de musgo; el hombre habría seguido su camino, no reconociendo bajo el disfraz del limo o del musgo la piedra buscada. Diríamos, en tal caso, que la piedra ha triunfado en la lucha por la existencia, gracias a una apariencia exterior que le ha servido como medio defensivo contra el instinto utilitario del hombre.
Transportémonos en pleno siglo veinte. Un campesino se interesa por cavar un pozo artesiano. Sabe que cierta capa de tierra, X, es fácilmente perforable, no ignorando las dificultades que rodean la excavación de cierta roca, Z.—Encuentra junto a su casa una capa de tierra X y cava su pozo; la capa ha perdido su integridad geológica y, en sentido metafórico, ha sido vencida en la lucha por la existencia. Mas si por una de tantas causas posibles, el aspecto exterior y visible de la capa de tierra X fuese igual al de la roca Z, el campesino respetaría su integridad, buscando en otro sitio la vía de menor resistencia para cavar su pozo. En tal caso, diríamos que la capa de tierra X ha triunfado en la lucha: su existencia ha sido protegida por un fenómeno de simulación.
Debemos repetir, en verdad, que está muy lejos de nuestra intención el propósito de atribuir a estas apariencias útiles, propias del mundo inorgánico, ningún valor selectivo; sería una exageración no disculpable por el deseo de aquilatar la tesis sostenida. Queremos, tan sólo, establecer las dos proposiciones siguientes: admitida en sentido metafórico una lucha por la existencia entre los inorgánicos, puede encontrarse entre ellos fenómenos que, en el mismo sentido, podemos asimilarlos a los que constituyen la simulación; y cuando existen, pueden ser un medio de lucha por la existencia e influir sobre sus resultados próximos o remotos.
Pasando al reino vegetal, encontramos un panorama diverso; aquí la lucha y la selección obedecen a condiciones más similares a las que dominan en el mundo animal, además de estar recíprocamente condicionada la vida de las faunas y de las floras. Encuéntranse, en efecto, coloraciones de protección y mimetismos de formas de otras especies mejor protegidas, etc.
Las plantas luchan contra el ambiente físico en que viven. Luchan con el reino mineral, sustrayendo al suelo una parte de sus propios elementos; luchan contra los animales que se nutren de ellas y algunas veces les sirven de alimento, como enseña Darwin en su magnífica monografía sobre las plantas carnívoras; y, por fin, luchan entre sí, como resultado de la desproporción entre el excesivo número de gérmenes y los limitados medios de desarrollo y nutrición.
Para esas luchas, la naturaleza ha dotado a las plantas de numerosos medios defensivos: espinas, venenos, aguijones, olores pestilenciales, y más que todo—compensando la deficiencia de los otros medios defensivos—su extraordinaria fecundidad reproductora. No deberá, por eso, creerse que las plantas carecen en absoluto de medios ofensivos análogos a los que en los animales llamamos astutos: muchos podrían catalogarse, a no mediar el ejemplo significativo de las plantas carnívoras, trampas no superadas, en perfección y delicadeza, por el engaño humano.
Limitándonos a las observaciones más significativas, determinaremos el valor de los fenómenos de simulación en la lucha por la vida del reino vegetal.
Numerosas plantas son respetadas por sus enemigos, los animales, porque sus caracteres externos se asemejan a los de otras especies no comestibles. En algunas, cuyas semillas prodúcense en corto número, la superficie de éstas es verdosa, por cuyo motivo los pájaros no pueden verlas cuando yacen caídas entre el césped; de esa disimulación depende la vida de la especie. Hay, en cambio, otras semillas, y no pocas, cuya actividad germinativa aumenta atravesando el tubo digestivo de los pájaros que las ingieren, pues disuelven su cutícula en las secreciones propias del aparato digestivo; estas semillas poseen exterioridades atrayentes, colores vivos, equivalentes a la coloración protectora de los animales. Pero en la naturaleza van más lejos estas formas de homocromía útil, semejantes al mimetismo propiamente dicho. Algunas plantas, cuya vida peligraría si inoportunos insectos vinieran a visitar sus flores, salvan ese peligro porque la forma y el color de sus corolas es semejante al de otras flores desagradables o nocivas para los insectos; es un mimetismo de especie a especie, tan protectivo como el que se observa entre los animales.
Ascendiendo a un orden de fenómenos en que es más compleja la manifestación de las luchas vitales, encontramos una riquísima serie de hechos en que la simulación desempeña un papel importante de defensa u ofensa para las plantas. A diario, verbigracia, muchos árboles fácilmente explotables, ya por la facilidad de cortarlos, ya por sus numerosas aplicaciones, son respetados por el hacha del leñador ignorante, sólo por simular sus exterioridades el color y las formas de otros árboles difícilmente explotables como materia prima: es un caso de mimetismo protector. Larga sería la serie de ejemplos que pudiera acumularse de mimetismo vegetal; sobran los enumerados para afirmar que esos fenómenos análogos a los de simulación son un medio de lucha por la vida, al que deben su defensa muchas especies vegetales.
Pasando por alto el mimetismo en las especies del reino animal—que estudiaremos en capítulo especial—vamos a señalar brevemente la posición del problema en el mundo social, en las sociedades humanas. También en ellas domina la lucha por la existencia, aunque se presente atenuada, como dijimos, por la capacidad de reproducir artificialmente sus propios medios de subsistencia.
Y a este propósito, podría enunciarse el siguiente principio: a cada perfeccionamiento de los medios de producción debería corresponder una atenuación de la lucha por la vida entre los hombres.
Es, precisamente, esa verdad la que determina la inexactitud de la ley de Malthus, cuando se la aplica a nuestra especie. Todo, en cambio, induce a creer que las sociedades humanas, en su desarrollo progresivo, irán acrecentando la solidaridad entre sus componentes. Si se abarca, en efecto, la evolución social en una mirada sintética, se advierte que la asociación para la lucha va sustituyendo entre los hombres al antagonismo en la lucha; al propio tiempo, la utilidad colectiva, representada por la "lucha contra la naturaleza", va elevando la capacidad productiva social, de manera que satisfaga las necesidades de un número cada vez mayor de individuos. Niveladas las condiciones sociales de lucha por la vida, la selección será verdaderamente natural, entre los hombres, sobreviviendo los realmente superiores y no los que, independientemente de sus aptitudes personales, se encuentran favorecidos de antemano en la lucha: tal selección, nefasta, es posible en la actualidad, con serio perjuicio para el porvenir de la especie.
Aunque se va operando esa progresiva atenuación, la lucha por la vida ha existido, existe y existirá entre los hombres. Las formas y los medios de la lucha modifícanse día a día, pues ellos no están excluidos de la evolución universal. La tendencia parece ya definida; los medios primitivos de lucha son, principalmente, violentos; se atenúan en los grupos sociales más organizados, en los que va dominando progresivamente la lucha de tipo fraudulento.
Profundizando esta cuestión, encuéntrase, en todas las formas de lucha por la vida, una estricta correlación entre el desarrollo ético y los medios predominantes en la lucha por la vida. A la mayor reacción instintiva del psiquismo inferior corresponde siempre una mayor violencia; a la mayor cerebralidad superior, interpuesta entre el excitante y la reacción, corresponden formas cada vez más complicadas de fraude. La astucia no es una característica de imbéciles o tontos, ni reina entre los escombros mentales del derrumbamiento demencial; florece más bien en las esferas políticas y en los conciliábulos doctorales, siendo un triste privilegio de las personas que por el simple hecho de ser más hipócritas se consideran mejor educadas.
Siendo la simulación un medio astuto de lucha por la vida, se comprende que ha debido seguir un desarrollo progresivo, ascendente, en los pueblos civilizados. Y la civilización—que Edward Charpenter considera, alegando sutiles razones, una verdadera enfermedad de la sociedad humana—preséntase al observador como un terreno fecundo para el desarrollo de las más variadas simulaciones.
La organización social presente no señala, empero, el término de la evolución social; el porvenir está lleno de nuevos progresos, pues ningún hecho impide creer en el advenimiento de otras formas sociales después del presente período de la civilización capitalista. Cuando nuevos regímenes de organización social, surgidos de la intensificación de la capacidad productiva del hombre, atenúen la lucha entre los grupos y entre los individuos, la simulación, como todos los medios de lucha, se atenuará progresivamente, perdiendo su utilidad. Con esta visión optimista del progreso social, creemos que los hombres se alejarán de la mentira y de la simulación a medida que el advenimiento de una moral experimental les permita acercarse a la veracidad y a la sinceridad...
Después de examinar la simulación entre los animales, estudiaremos en sus diversos aspectos la simulación entre los hombres como medio de lucha por la vida.
V.—CONCLUSIONES
Donde hay vida hay "lucha por la vida", concepto que debe entenderse en el sentido amplio y figurado que le atribuyó Darwin. Para esa lucha todas las especies vivientes poseen medios especiales de protección o de ofensa, que adquieren un valor psicológico cada vez más explícito desde las especies inferiores hasta el hombre. Los primitivos medios de lucha son violentos y se complementan progresivamente con medios fraudulentos; entre éstos, uno de los más importantes en la especie humana, es la simulación. En todas sus manifestaciones la simulación es útil en la lucha por la vida y se presenta como un resultado de la adaptación a condiciones propias del medio en que la lucha se desenvuelve.
NOTAS:
[2] Nos complace ver confirmada esta opinión por Penta "La simulazione e la dissimulazione nascono sullo stesso ceppo e sono in fondo la stessa cosa"; y por Paulhan, en la "Revue Philosophique", estudiando el rol de la simulación en el carácter del falso impasible y del falso sensible. (Nota de la 3.ª edición).
Cap. II.—La simulación en el mundo biológico
I. Generalidad de estos fenómenos en el mundo animal.—II. Sus grupos fundamentales.—III. Homocromía: permanente, variable y voluntaria.—IV. Mimetismo: permanente, variable y voluntario.—V. Mimetismo entre las especies animales: permanente, variable y voluntario.—VI. Simulaciones en función individual.—VII. Utilidad de estos fenómenos en la lucha por la vida.—VIII. Teorías propuestas para explicarlos.—IX. Conclusiones.
I.—GENERALIDAD DE ESTOS FENÓMENOS EN EL MUNDO ANIMAL
La simulación en los animales, representada por falsas apariencias, equivalentes a lo que en el hombre suele llamarse fraude o astucia, llena sin duda una de las páginas más interesantes escritas por los naturalistas. En la incesante evolución de todo lo que vive suele alcanzar la naturaleza expresiones magníficas de belleza, suscitando una admiración tan intensa como los mismos productos del arte humano.
Harmonías de colores y de matices, singularidades imprevistas de líneas y de formas, sorprendentes flexibilidades de funciones, súmanse para adaptar los organismos a las condiciones de vida que les son más favorables, produciendo sutiles y engañadoras ficciones que honrarían a un artífice ingenioso; todo ello constituye un rico filón de fenómenos sometidos a la observación del hombre de ciencia que contempla el mundo de las especies vivas. Ellas son los términos de las series en que los organismos elementales, complicando sus formas y sus funciones, han evolucionado a través de etapas multiseculares, hasta transformarse en la fauna actual, de que forma parte la especie humana.
Justo es que antes de estudiar las múltiples formas de simulación usadas por el hombre para luchar por la vida dentro de la sociedad, miremos un momento los fenómenos similares que se observan en las especies animales. Todos no tienen su misma significación psicológica; algunos carecen de ella por completo. Pero entre uno y otro extremo, entre el insecto que se asemeja a otro como simple resultado de la selección natural y el orador desvergonzado que finge las pasiones más caras a su auditorio, existe una serie gradual de hechos que muestran la relación entre lo accidental y lo consciente, entre lo instintivo y lo voluntario.
Nuestro estudio del interesante tema biológico es fruto, en parte, de observaciones directas; mas para su desarrollo global hemos analizado las descripciones de los naturalistas, en cuyo vasto material intentamos proyectar una mirada de conjunto. Procurando sistematizar los fenómenos estudiados, ensayamos una tarea no estéril; no obstante las bellas páginas de Wallace, ellos esperaban ser clasificados y explicados conforme a un criterio común. El conocimiento amplio de la bibliografía permite, en temas de esta índole, coordinar de manera precisa la labor de los investigadores, aclarando y haciendo comprensibles los hechos y explicaciones que, vistos en diseminado desorden, aparecen confusos e incoordinados.
Una reseña sintética, que sea, a la vez, un esfuerzo de sistematización, es siempre útil para los naturalistas y los biólogos. Ver ordenado metódicamente un conjunto de hechos dispersos, es de provecho para los estudiosos. Por nuestra parte, procuraremos obtener el poderoso argumento de los hechos en favor de nuestras inducciones acerca del valor de la simulación como medio de lucha por la vida.
No creemos aventurado afirmar que los fenómenos de simulación representan uno de los medios de lucha por la vida, ofensivos y defensivos, más generalizados en la serie animal; su difusión e importancia no es comparable, sin embargo, con la de los medios violentos. Como sólo estudiamos los fenómenos en conjunto, quien quiera analizarlos y observar su desarrollo progresivo, puede ocurrir a la interesante monografía en que Cuénot estudia los medios de defensa en los animales.
Para dar unidad a las ideas expuestas en este capítulo y a las observaciones en él reunidas, diremos que, en general, hay simulación, o mimetismo, toda vez que un animal, mediante la adaptación de sus caracteres exteriores a los seres y cosas del medio en que actúa—ya por la forma: homotipía; ya por el color: homocromía,—se beneficia en la lucha por la vida contra sus enemigos, contra sus presas, o contra el medio ambiente.
Así interpretados, en su más lato sentido, esos fenómenos de simulación—cuya finalidad en la lucha por la vida es siempre la misma,—son numerosos y complejos; sin embargo, es posible unificarlos, encarándolos desde el punto de vista de su rol biológico, pues todos desempeñan una función útil en la lucha por la vida[3].
II.—SUS GRUPOS FUNDAMENTALES
Antes de ocuparnos detenidamente de esos fenómenos, debemos señalar que examinando las investigaciones de los naturalistas, pueden fijarse varias modalidades bien definidas; ello permite intentar una ordenación general, agrupándolos en categorías bien diferenciadas por su valor psicológico, y caracterizadas por modalidades fundamentales diversas.
1.º. En algunos casos se encuentra una simple homogeneidad de color entre el animal y el medio en que vive; homogeneidad que lo disimula más o menos completamente. Es involuntaria y resulta de la selección de los mejor adaptados al ambiente: homocromía involuntaria, de origen selectivo.
2.º. Otras veces esa homogeneidad de color, entre el animal y su medio, es buscada y completamente voluntaria, resultando de la emigración activa del animal a un medio homocromo, donde pasa desapercibido, siéndole más fácil la lucha por la vida: homocromía involuntaria, con fines protectivos.
3.º. Los animales tienen el color y la forma de otros que gozan de alguna ventaja en la lucha por la vida, beneficiándose de esa semejanza que los protege como a la especie simulada, favoreciéndolos en la selección natural: mimetismo involuntario, de origen selectivo.
4.º. Los animales simulan activamente los caracteres externos de otras especies u objetos, ya mediante procedimientos fisiológicos aun poco conocidos, ya cubriéndose con cuerpos extraños para disimularse: mimetismo voluntario, con fines protectivos.
Esta agrupación en cuatro categorías nos parece más cómoda que las divisiones que hacen algunos autores; y es la única que nos interesa, por cuanto ella separa los casos en que el mimetismo es un resultado de la selección, de los otros en que el animal lo realiza voluntariamente. Aunque imperfecta, pues algunos fenómenos no pueden ubicarse con precisión en una u otra categoría, permitirá exponer los hechos con relativa claridad, y fijar su importancia psicológica, lo cual, hasta ahora, ha preocupado poco a los naturalistas. Consideramos esencial la diferenciación de los tipos fundamentales en grupos selectivos y voluntarios; más adelante se verá su importancia para el desarrollo de nuestra interpretación general de la simulación.
III.—HOMOCROMÍA: PERMANENTE, VARIABLE Y VOLUNTARIA
Lamarck, primero, y más tarde Darwin, observaron y comentaron los fenómenos de homocromía, sintetizables en este hecho general: los animales están disimulados a la vista de sus enemigos, o de sus presas por la semejanza entre su color propio y la coloración del medio en que viven. Los ejemplos son numerosísimos.
El color de los animales no es un resultado caprichoso del fiat creador, como suponían los divagadores metafísicos, ni un objeto de deleite para la vista humana, como podrían creer los poetas poco ilustrados. El color es un carácter útil en la lucha por la vida. Ciertos colores vistosos y llamativos son el resultado de la selección sexual, y otros colores adaptados al ambiente son resultado de la selección natural; ambos son ventajosos en la lucha por la vida y determinan la conservación de los mejores individuos de las especies más adaptadas a las condiciones del medio.
Wallace, cuyo capítulo sobre el mimetismo es clásico en la materia, se detiene sobre un hecho general e importante. Los colores, más o menos fijos y uniformes en las especies salvajes, son sumamente variables en los animales adaptados a la domesticidad: caballos, perros, gatos, pichones, vacas, etc. La diferencia es debida a que éstos son protegidos por el hombre en la lucha por la vida, mientras que los salvajes fían principalmente en la protección natural de su color.
Se ha observado que, en general, la coloración blanca es el tono predominante en los animales que viven en las zonas polares; el amarillo y el terroso es el color propio de los habitantes del desierto; el verde domina en las selvas tropicales perpetuamente frondosas. Los animales nocturnos son de colores obscuros.
Entre los animales blancos de las regiones árticas los hay cuyo color es permanente, siendo en otros transitorio. Entre los primeros recordemos el oso polar, la liebre polar de América, el halcón de Groenlandia; el carácter permanente de su color coincide con el hecho de vivir todo el año entre las nieves. Es notable que en regiones no polares, en los Alpes, la liebre, que vive a grandes alturas sobre el nivel del mar, siempre nevadas, es también de color blanco. La coloración homocroma permite a los carnívoros acercarse a sus presas sin ser vistos y a los herbívoros pasar desapercibidos a sus enemigos. Además, parece que el color responde, en parte, al objeto de impedir la irradiación y conservar mejor el calor animal durante el invierno.
En las extensas regiones áridas y desiertas de la superficie terrestre, la armonía de color entre el medio y los animales es igualmente notable. El puma americano, el león, el camello, todos los antílopes del desierto, los pájaros del Sahara, el pato salvaje de Egipto, el gato montés, etc., etc., tienen un color amarillo terroso, perfectamente adaptado al color del medio en que viven. Es lógico que, en un medio desprovisto de plantas o piedras para la ocultación, hayan podido sobrevivir más fácilmente, sin emigrar o morir, las especies mejor disimuladas para la ofensa o la defensa.
En las regiones tropicales, donde las ramas siempre son frondosas, encuéntranse especies enteras cuyo color predominante es el verde; por ejemplo: los loros. En cambio, en las regiones más templadas, donde las hojas son caducas y el invierno desnuda los árboles de sus adornos naturales, los pájaros poseen colores que imitan el de la corteza de los árboles, de las hojas secas, de los tallos desnudos, etc., entre los cuales están obligados a pasar el invierno.
En los animales pelágicos, que viven en los océanos, el hecho es fácil de comprobar; muchos de ellos son transparentes como el agua en que viven. Entre los moluscos y crustáceos hay numerosas especies en análogas condiciones, siendo singularísima la identidad de aspecto entre muchas conchas o caparazones, y las piedras o toscas a que están adheridas; es uno de los géneros más difundidos de mimetismo y el primero que llama la atención de los visitadores de un acuario. Hechos semejantes se observan en los peces. Los animales marinos de mayores dimensiones, que flotan en la superficie, están hermosamente coloreados de azul intenso o azul gris en el dorso, armonizándose con el color del mar, mientras su vientre es blanco; esto hace que, vistos por debajo, se confundan con la espuma de las olas o con las nubes.
Fuera de las adaptaciones generales de coloración, existen otras especiales, que llegan a caracterizarse por semejanzas de dibujo. Muchos animales rayados o manchados viven en sitios donde se proyectan sombras de hojas (manchas) y de tallos (rayas), teniendo en su color especial un medio de disimulación utilísimo en la lucha por la vida. En el clásico tratado de Wallace sobre "El Darwinismo" puede leerse un análisis detenido de esta cuestión singularísima.
Es de observación vulgar que los huevos de muchísimos animales—ovíparos, por supuesto—suelen adaptarse muy bien al color del medio donde se les deposita, siendo difícil descubrirlos; por eso los hombres de campo comparan frecuentemente las cosas difíciles de ver con los huevos de ciertos pájaros. Obsérvase también con frecuencia que los huevos de algunas especies presentan caracteres morfológicos que los hacen confundir con los pertenecientes a otras especies, hecho común cuando el animal no construye nido propio, obteniendo de esa manera la incubación necesaria para que la especie no se extinga. El hecho es harto conocido y está consagrado en refranes populares.
Todos los fenómenos de homocromía pueden tener su origen en una de las dos causas enunciadas. O en la selección natural sobrevivieron solamente los animales mejor adaptados al color de un ambiente determinado, o los animales emigraron voluntariamente a un medio donde estuvieran mejor disimulados para luchar por la vida en condiciones favorables. Lo primero no implica que no intervengan otras causas en la conservación de la especie; lo segundo no excluye que, en ciertos casos, la homocromía sea el producto de una reacción adaptativa del animal a su medio.
Entrando a considerar la significación psicológica de estos hechos, es evidente que en la hipótesis migratoria la disimulación es un acto voluntario, que con el tiempo puede fijarse en la especie bajo forma de instinto, pasando de consciente a automático. En la hipótesis selectiva la disimulación es involuntaria, actuando la selección natural sobre variaciones favorables adquiridas al azar, sin que esto excluya necesariamente la adquisición de esas variaciones por la influencia del medio.
En los hechos hasta aquí examinados, la homocromía es un carácter estable, permanente. En otros la adaptación es transitoria; ciertos animales, como el zorro y la liebre árticos, sólo viven entre las nieves durante una parte del año y sólo entonces tienen el color blanco que los protege. Es difícil establecer la participación que tienen la temperatura, la alimentación, la acción del color ambiente, etc., en esos cambios actuales; pero cabe suponer que esas influencias, lamarckianas por decir así, han sido en su origen más importantes que las selectivas, que diríamos darwinistas.
La acción del color ambiente sobre el color de los animales cuenta en su favor con numerosas observaciones, confirmadas por experimentos de resultado indiscutido. Wood mostró ciertas crisálidas de una misma especie que tenían diversos colores, análogos a los de las superficies en que habían sido depositadas. Las experiencias célebres de Poulton demostraron la posibilidad de modificar el color de ciertas crisálidas, haciendo evolucionar sus larvas en cilindros de vidrio cubiertos de papeles de diversos colores. Por excepcionales que sean estos hechos, coincidentes con otras observaciones y experimentos de Shaw y de Pouchet, ellos demuestran que existen organismos capaces de reaccionar a una excitación luminosa exterior y de adaptársele en alguna medida, imitando directamente el color del medio.
Conocemos otros hechos que, para ciertos casos, harían pensar que esa imitación del color ambiente ha podido en su origen ser voluntaria, fijándose luego por el hábito y convirtiéndose hereditariamente en instinto de la especie. Existen, en efecto, animales que modifican voluntariamente su propio color para adaptarse al medio, en cuyos casos es visible el valor psicológico que tiene esa disimulación activa como medio de lucha por la vida. No se trata, como en los anteriores, de una acción directa del medio que el animal recibe pasivamente, sino de una reacción activa y brusca del animal mismo.
El ejemplo clásico del género es el del camaleón, cuyo color, amarillo verdoso en la juventud y gris térreo en la vejez, se armoniza más o menos rápidamente con el medio que lo rodea, sin que ello importe atribuirle la propiedad de recorrer toda la gama del iris; más terroso si está entre las ramas del árbol, y más verdoso si entre el follaje, puede en momentos de excitación mostrar manchas rosadas o violáceas sobre el tono claro de los flancos y del vientre. No es un caso único en la historia natural. Hay un pececillo que posee propiedades semejantes; si nada en aguas claras su color es amarillo, pero se cubre de manchas o rayas negruzcas cuando quiere ocultarse entre plantas acuáticas de color obscuro, lo que también se observa cuando se le irrita. Muchos peces chatos, algunos crustáceos, las ranas en cierto grado, poseen la aptitud de modificar con rapidez la intensidad o el tono de su color habitual, adaptándolo a su medio.
La explicación más admitida de estas variaciones de coloración lleva a considerarlas como fenómenos reflejos, en que las excitaciones visuales determinan cambios de posición de una o más capas de células pigmentadas, los "cromatoblastos", que se encuentran en el tegumento y contienen sustancias colorantes. La expansión o contracción de esas células estaría, según Pouchet, bajo la dependencia del sistema nervioso, y su resultado general sería armonizar el tono del color del animal con el del fondo. Para probar que no se trata de una acción del medio, Pouchet repitió sus experiencias en animales privados de sus ojos, no produciéndose el cambio de color; la sección del trigémino suprimió la reacción en la zona de inervación propia de ese nervio.
Todos estos hechos han llevado a considerar que la homocromía movible es una reacción individual, una función activa de los animales en que se la observa. Es posible que sea refleja y no voluntaria, es decir, instintiva; pero todos los instintos se consideran actualmente como antiguos actos voluntarios, que por el uso en el curso de muchas generaciones se han convertido en automatismos reflejos útiles a la especie.
IV.—MIMETISMO: PERMANENTE, VARIABLE, VOLUNTARIO
El mimetismo consiste en la semejanza de forma entre el cuerpo del animal y los objetos del medio en que suele vivir, o en la semejanza con los caracteres o actitudes aparentes de otros animales mejor defendidos en la lucha por la vida. Éste es un vasto e interesante capítulo de historia natural, que procuraremos condensar en pocas notas generales, suficientes para orientarnos hacia las conclusiones de psicología social propias de este trabajo.
Insistimos en distinguir dos clases de simulaciones en los animales. Las unas son espontáneas e involuntarias, resultando de la selección natural; las otras son conscientes y voluntarias, valiéndose de ellas el animal para adaptarse mejor a las condiciones de la lucha.
Entre los casos de mimetismo selectivo involuntario, algunos simulan un objeto de su ambiente y otros los caracteres externos de especies mejor protegidas. Wallace restringe a estos últimos el nombre de mimetismo; parécenos más lógico extenderlo a todos los casos en que hay simulación de forma, es decir: homotipía.
Muy a menudo se encuentran combinadas las dos semejanzas, del color y de la forma; a esto llaman algunos autores homocromía mimética. Es el caso de los parecidos más perfectos; son bien notorios los de numerosos insectos con tallos, ramitas, hojas verdes o secas, entre las cuales viven y de las que se alimentan. En ciertos casos el detalle de las semejanzas es tan prolijo que Wallace se ha visto arrastrado a decir que "parece implicar la intención de engañar al observador".
Son curiosos los casos en que se observan colores y formas apropiados para atraer las presas; han sido principalmente señalados entre las arañas y de manera especial en el género Mantidae. Forbes ha observado un caso de simulación voluntaria de esta índole; tratábase de una araña cuyo vientre simulaba perfectamente, por el color y la forma, un excremento de pájaro: el animal permanecía inmóvil hasta que algún insecto venía a posarse sobre su vientre, cerrando entonces las patas y atrapando a su víctima. Otra especie simula perfectamente por su color, forma, posición y actitud, una flor en botón, sobre la cual vienen a posarse incautamente las presas inexpertas. Más curioso, aún, es el caso de otra Mántida, áptera, que simula a la perfección una orquídea rosada, atrayendo sus víctimas con tal facilidad, que resulta una verdadera trampa de insectos.
Algunos Phyllium están perfectamente coloreados y fileteados, con excrecencias foliáceas sobre las patas y el tórax, de manera que difícilmente podrían distinguirse, cuando están inmóviles, de los finos tallitos de la planta donde se posan. Otros simulan fragmentos de madera, con todos los detalles; o bien hojas secas, tallitos, espolones, espinas, hongos parasitarios, etcétera. Algunas especies de Cassidae parecen gotas de rocío, por su forma convexa y su color perláceo. Entre las mariposas de la India, algunas tienen la cara inferior de las alas idéntica al aspecto de una hoja; posándose sobre un tallo, cerradas las alas, pasan completamente desapercibidas. Del mimetismo de los gusanos con objetos del medio, trata extensamente Weismann. Entre los arácnidos hay varias especies cuya cara dorsal imita con precisión el aspecto de una hojita, con sus nervaduras y demás caracteres accesorios.
Por ser, como son, tan interesantes, estos hechos han alcanzado una rápida difusión, aumentándose extraordinariamente de año en año el número de los conocidos. Es indudable que la forma de los animales mimetizantes se explica por la selección natural, careciendo por lo tanto de significación psicológica; pero no lo es menos que la actitud de inmovilidad o de acecho es voluntaria, o lo ha sido en su origen, revelando un aprovechamiento inteligente de la forma por parte del animal que la posee.
V.—MIMETISMO ENTRE LAS ESPECIES ANIMALES
Entramos a las semejanzas protectoras entre especies animales; mediante ellas, dice Wallace, una especie, simulando los caracteres exteriores de otra, es confundida con ésta y disfruta de sus ventajas en la lucha por la vida. El hecho se produce sin necesidad de que la especie simuladora y la simulada sean aliadas, y aun perteneciendo a familias u órdenes distintos. Uno de los animales parece estar disfrazado para ser confundido con el otro; de allí provienen los nombres de mimetismo y mimético, "que no implican una acción voluntaria por parte del animal en que se produce".
Como lo comprueban numerosas observaciones, el mimetismo en ciertos casos es consciente y voluntario, no tanto cuando se trata de simular los caracteres de otras especies animales o de objetos, pero muy claramente cuando un animal simula actos o actitudes distintos de los verdaderos. En estos hechos encontramos la transición entre las simulaciones puramente selectivas, y las simulaciones de orden psicológico, usadas por los hombres en las formas sociales de lucha por la vida.
El mimetismo entre especies animales fúndase en que ciertas especies bien protegidas en la lucha poseen "colores premonitorios", que las preservan de los ataques de sus enemigos; otras especies menos protegidas, confundiéndose con ellas por la identidad de los caracteres externos, evitan los ataques de adversarios comunes. De esa manera, ciertas mariposas comestibles son salvadas de la voracidad de sus enemigos por colores y formas que mimetizan perfectamente a las especies no comestibles. Los helicónidos son imitados por muchas otras especies de mariposas; el hecho es frecuente entre los lepidópteros. Entre los coleópteros, los ejemplos son numerosos, como asimismo entre los arácnidos. Muchas especies inofensivas de himenópteros presentan el aspecto de otras muy temibles por sus poderosos medios de defensa y ofensa. Algunas arañas mimetizan a las hormigas, que son menos perseguidas por los insectos. Entre los vertebrados el mimetismo es común en las serpientes; algunas especies inofensivas mimetizan a otras muy temibles, como el Elaps de la América tropical. Ocurre lo mismo con algunos Callophis. Entre los pájaros se mencionan algunos casos de mimetismo imperfecto y solamente dos, muy completos, de mimetismo verdadero.
Wallace, que ha estudiado el mimetismo de las especies entre sí, ha determinado las cinco condiciones constantes del mimetismo selectivo.
1.º. La especie mimetizante se presenta en la misma región y ocupa los mismos sitios que la especie mimetizada.
2.º. La especie mimetizante es siempre más pobre en medios de defensa.
3.º. La especie mimetizante cuenta menos individuos.
4.º. Difiere del conjunto de sus aliados.
5.º. La simulación, por detallada que sea, es exterior y visible solamente, no extendiéndose jamás a los caracteres internos, ni a aquéllos que no modifican la apariencia exterior.
Posee mayor interés psicológico el mimetismo movible. Al hablar de la homocromía hicimos ya notar que la había movible, recordando el clásico ejemplo del camaleón; señalamos también que en ciertos fenómenos de simulación de plantas u objetos por animales, intervenía la voluntad de éstos. Aquí mencionaremos algunos fenómenos activos de mimetismo voluntario entre las especies animales; su síntesis, como significación en la lucha por la vida, nos la da el lobo disfrazado con piel de cordero o el grajo con plumas de pavo real, de las fábulas bien conocidas. Ello comprueba, una vez más, el principio general de que el arte, en sus manifestaciones más geniales y clásicas, puede anticiparse a señalar ciertos hechos que en épocas posteriores estudia la ciencia a la luz de sus métodos menos inexactos.
El Proctotretus multimaculatus, cuando está atemorizado por la presencia del enemigo, achata su cuerpo y cierra los ojos: de esa manera se confunde con la tierra que le rodea y difícilmente es visto. La larva joven del Pterogon Oeneterae está perfectamente adaptada, por su forma y color, con las hojas del Epilobium, entre las cuales vive; cuando pasa al estado adulto, su color y forma cambian, pues pasa entonces a vivir entre ramitas y hojas secas. La Arachnura Scorpionoides, parecida al escorpión, cuando es atacada, mueve su abdomen, estirado como una cola, de igual manera que los escorpiónidos, engañando fácilmente a sus enemigos. La Coronella Austríaca, semejante a la víbora, al ser agredida achata y dilata la cabeza análogamente a las víboras, manteniendo alejados a sus rivales. Los casos de simulación activa entre especie y especie podrían multiplicarse; los expuestos son suficientes para que afirmemos su existencia.
VI.—SIMULACIÓN EN FUNCIÓN INDIVIDUAL
Las simulaciones activas y voluntarias, además de referirse a otras especies animales, pueden ser relativas a estados especiales del animal mismo. Son las llamadas "ficciones"; en realidad no son más que simulaciones, usadas, como siempre, en calidad de medios de lucha por la vida.
Llegada es la oportunidad de hacer notar que cuanto mayor es el desenvolvimiento mental de una especie, mayor es su posibilidad de fingir y engañar a sus enemigos. La conciencia del acto que realiza aumenta progresivamente, así como la noción de su utilidad; en cierto grado de la escala biológica encontramos animales que simulan tan hábilmente como el hombre mismo.
Numerosos son los insectos que en presencia de sus enemigos simulan estar muertos o se inmovilizan para aprovechar sus semejanzas con cosas inanimadas: algunas Cucullia se dejan caer al ser tocadas y su aspecto inmóvil es idéntico al de un fragmentillo de madera. Otros animales simulan estar dormidos mientras acechan sus presas; el ratón suele fingirse muerto para escapar del gato; el zorro es memorable y ha inspirado el libro clásico de Goethe. Muchos animales cubren su cuerpo con hojas, flores, lodo, etc., siendo perfectamente disimulados bajo el disfraz; para evitar los ataques de sus adversarios, caminan con el objeto a cuestas. (Un fenómeno de este grupo nos sugirió, por asociaciones de ideas, la filogenia de los fenómenos de simulación). Algunos se cubren con otro animal, no comestible para sus enemigos: es característico el caso de la Dromia, que coloca sobre su dorso una esponja, manteniéndola fijada por medio de dos patas posteriores, convenientemente transformadas para su objeto. Este caso es análogo al de algunos indios de las pampas americanas, que suelen ocultarse bajo el vientre de los caballos para no ser vistos por los enemigos, llevando sus ataques por sorpresa; y es sabido que usando de un ardid semejante logró Ulises escapar con sus compañeros de la caverna de Polifemo, después de haber reventado el ojo del cíclope.
VII.—UTILIDAD DE ESTOS FENÓMENOS EN LA LUCHA POR LA VIDA
Los fines a que responde la simulación en los animales son un sencillo corolario de los fenómenos que acabamos de revistar. Lo mismo da que se trate de fenómenos involuntarios, reflejos o conscientes; nada importa que se imite el color del medio, la forma de un objeto, los caracteres visibles de otra especie, o una manifestación de la conducta. En todos los grados y en todos los casos, sea o no inteligente, llámese homocromía, mimetismo o simulación intencional, converge siempre a este único fin utilitario: mejorar la situación del simulador en la lucha por la vida, adaptándolo favorablemente a las condiciones especiales en que ella se presenta.
Hemos visto que en algunos casos la simulación es ofensiva: adaptación del color del león o del oso polar al de su ambiente, de la araña que acecha al insecto simulando el aspecto de una orquídea, del animal que simula estar dormido para inspirar confianza a su presa.
En otros casos es defensiva: las mariposas comestibles que mimetizan a las no comestibles, los huevos parecidos al color del suelo en que son depositados, el ratón que se finge muerto para librarse del gato.
Tan es esa su finalidad esencial, y ninguna otra, que Giard ha considerado que estos fenómenos deben reunirse simplemente en dos grupos, sin atender a nada más que su carácter ofensivo o defensivo. Y dice, en definitiva: "así como un hombre se disfraza para evitar un peligro o para cometer un crimen, las especies simuladoras o disimuladoras tienen por objeto no ser agredidas o agredir". No hay, pues, exageración ninguna en afirmar que la simulación en el mundo biológico se nos presenta como un medio de mejor adaptación a las condiciones de la lucha por la vida.
VIII.—TEORÍAS PROPUESTAS PARA EXPLICARLOS
Para terminar, digamos breves palabras sobre las diversas teorías expuestas para la explicación de los fenómenos de mimetismo: tres merecen recordarse principalmente. La de Darwin y Wallace, puramente selectiva; la de Wagner y De Lanessan, emigratoria; la de Wood, Poulton y otros, fotográfica.
Para los primeros, las homogeneidades de color y de forma son simple resultado de la selección de los mejor adaptados: los individuos que por cualquiera circunstancia encontráronse revestidos de un aspecto semejante a su medio, han escapado a sus enemigos y al reproducirse transmitieron ese carácter a sus descendientes, mientras los otros desaparecieron, vencidos en la lucha. En el polo, el oso, gracias a su blancura, tiene probabilidades de llegar hasta su presa; lo mismo ocurre al león que pasea dominador sobre la arena del desierto. La oruga no es descubierta por los pájaros gracias a su color análogo al de las hojas de vid. La semejanza con objetos u otros animales respondería al mismo fin protectivo y sería también un simple resultado de la selección natural. Esta teoría no explica todos los fenómenos de simulación observados en los animales, sino puramente los de índole selectiva; y para estos mismos no resulta muy satisfactorio atribuir al azar las variaciones favorables que han sido conservadas por la selección.
Moritz Wagner, a cuyas ideas se inclina De Lanessan, cree que los animales provistos de una coloración homocroma con su medio, han buscado voluntariamente los sitios u objetos donde dominan su propio color o sus propias formas, con el fin de escapar más fácilmente a la vista de sus enemigos o de sus presas. Esta teoría explica muchos fenómenos no encuadrables en la anterior, pero no basta por sí sola para explicarlos todos.
Para otros casos, la explicación más razonable consistiría en admitir una influencia refleja o fotoquímica de la coloración del medio sobre la del animal, cuyo mecanismo no se conoce; las experiencias de Wood, de Poulton y otros, parecen muy probantes en favor de esta teoría parcial, que algunos autores llaman "fotográfica". Es de advertir que, de todas, ésta es la que encuadra mejor en la concepción lamarckiana.
Las tres teorías son parcialmente exactas; sólo resultan falsas cuando se pretende aplicarlas con exclusión de las otras. El error de cada una está en la pretensión de excluir a las demás. Esta serie de fenómenos es producto de un determinismo complejo; creemos que además de las causas apuntadas deben existir otras secundarias, no estudiadas todavía por los naturalistas. En sus formas propiamente psicológicas—es decir, voluntarias y conscientes—los fenómenos de simulación observados en los animales no son ya un resultado de esas causas que actúan sobre la especie, sino manifestaciones de la conducta individual adaptada a cada circunstancia: son la expresión, transitoria o permanente, de la conciencia que tiene el animal de la utilidad de simular (VI).
IX.—CONCLUSIÓN
En el mundo biológico la simulación y la disimulación están representadas por los fenómenos de homocromía y de mimetismo. Son generalmente ajenos a la voluntad del animal mimetizante, y resultan de la selección natural o de la acción del medio; en ciertos casos, sin embargo, son activos y voluntarios. A medida que progresa el desenvolvimiento mental de las especies, aumenta la posibilidad de las simulaciones individuales y es mayor la conciencia que de ellas tiene el simulador. Sean activos o pasivos, conscientes o inconscientes, voluntarios o accidentales, los fenómenos de simulación son útiles al animal en que se observan y le sirven para la mejor adaptación a las condiciones de lucha por la vida.
NOTAS:
[3] En su recientísimo "Tratado de Biología", (Junio, 1903, París), dice Le Dantec, concordando con nuestras ideas:
"Parmi les phénomènes de variation observés sur les diverses espèces, quelques-uns sont particulièrement favorables á la discussion des théories darwiniennes et lamarckiennes; ce sont les faits de mimétisme, c'est-á-dire de ressemblance entre les animaux et d'autres objets.
"Donc, dans tous ces cas si différents, le caractère d'utilité est manifeste, et par conséquent l'explication darwinienne du mimétisme est admissible. Il n'y a pas de doute que les individus, doués d'un mimétisme très parfait, sont avantagés par rapport aux autres, et que par conséquent la sélection naturelle doit conserver les ressemblances si elles sont acquises une première fois par hasard". En esos párrafos sintetiza Le Dantec las interesantes observaciones que formulara, sobre esta cuestión, en su libro anterior, "Lamarckiens et Darwiniens", París, 1899. (Nota de la 3.ª edición).
Cap. III.—La simulación en las sociedades
I. La lucha por la vida y la simulación entre los hombres.—II. Formas colectivas de lucha y de simulación (humanas, étnicas, nacionales, de clase, de sexo, de grupos, profesionales, etc.).—III. Formas individuales de lucha y de simulación (niños, burócratas, escritores, periodistas, propagandistas, mujeres, sablistas, comerciantes, delincuentes, parásitos sociales, etc.).—IV. Utilidad de la simulación en la lucha por la vida.—V. Conclusiones.
I.—LA LUCHA POR LA VIDA Y LA SIMULACIÓN ENTRE LOS HOMBRES
Cuando se intenta abarcar, en una mirada de conjunto, las diversas actividades desarrolladas por el hombre que vive en sociedad, salta a la vista que la lucha por la vida rige en el mundo social, lo mismo que en el propiamente biológico, aunque sufre modificaciones importantes que estudiaremos al examinar la evolución de la simulación. Habiendo "lucha por la vida", según lo enunciamos en el capítulo precedente, encontraremos fenómenos de simulación adaptados a sus distintas modalidades.
La Humanidad, como especie biológica, lucha por la vida contra el reino vegetal y contra las demás especies animales. Eso es evidente. Además, como animal susceptible de asociarse en agregados o colonias, el hombre está sometido a nuevas formas de lucha: sea como miembro de un agregado social, sea como individuo.
Tres formas de lucha por la vida son posibles entre los individuos de la especie humana: 1.º. Entre agregados sociales; 2.º. Entre agregados e individuos; 3.º. Entre individuos aislados. Dos naciones que se arruinan recíprocamente en una guerra de supremacía económica, encuéntranse en el primer caso. Un delincuente que cometa acciones antisociales, representa el segundo. Dos salvajes que se disputan una raíz alimenticia, se encuentran en el tercero.
Recorriendo la escala biológica, a medida que se asciende, muéstrase más compleja la vida de los organismos, tocando su máximum en la especie humana. Como consecuencia de ello, cuanto más complejas son las manifestaciones de la vida, tanto más arduas son las condiciones en que la lucha por la vida se plantea. Y, como corolario, obsérvase que esas formas complejas de lucha producen un perfeccionamiento progresivo de los medios de lucha, superando en el hombre a todas las demás especies vivas. En sentido figurado, podríamos decir que, también en este caso, la función desarrolla el órgano, es decir, que la necesidad estimula el desenvolvimiento de la aptitud.
Encarando ampliamente la cuestión, puede afirmarse que la civilización humana ha implicado un continuo aumento de la lucha por la vida y de los medios de lucha, ora dirigidos contra la naturaleza, ora esgrimidos entre los agregados sociales o entre los individuos; pero en todos los casos tiende a la selección de las razas y de los individuos más aptos en su medio. Para ello, o como su resultado, la especie humana posee un elevado desarrollo mental que le permite organizar conscientemente sus medios de lucha, buscando una progresiva adaptación a las condiciones de la lucha por la vida. En una palabra, para resumir: donde la vida es más compleja la lucha es múltiple y los medios son más complicados.
Hemos visto ya que las manifestaciones de la lucha evolucionan de formas violentas a formas fraudulentas; los medios se adaptan a la lucha y sufren, también ellos, una progresiva evolución, tendiendo hacia el predominio de los fundados en la fraudulencia. Entre éstos encuéntrase la simulación, uno de los más frecuentemente observados.
Es fácil encontrarla en todas las manifestaciones de la actividad humana, reemplazando a la violencia como medio ofensivo y defensivo. Más aún: el espíritu humano tiende a adaptar una manera especial de simulación a cada una de las modalidades que reviste la lucha por la vida en el ambiente, estableciéndose entre ellas cierto paralelismo. De ella, en sus innumerables facetas, trataremos en el presente capítulo, demostrando que a las diversas formas colectivas e individuales de lucha por la vida, corresponden formas colectivas e individuales de simulación.
Las formas de lucha por la vida entre los agregados sociales, así como entre los grupos colectivos que viven dentro de cada agregado, varían al infinito; sus relaciones recíprocas son constantemente diversas, debido a la persistente heterogeneidad de intereses. Una primera causa de antagonismo nace de las desigualdades étnicas; hay luchas entre las razas, estudiadas por Gumplowicz, Ammond, Lapouge, Winiarsky; en la evolución histórica se atenúan sus conflictos, tendiendo a unificarse bajo la hegemonía de las mejor adaptadas para la lucha por la vida, como demostraron Colaianni, Finot, Nordau y otros. Dentro de una misma raza, la diversidad de condiciones económicas, debida a la influencia del ambiente natural, determina la formación de diversos agregados políticos; se constituyen estados distintos, apareciendo entre ellos antagonismos e intereses que son causa de las luchas entre las naciones; basta recordar los estudios de Novicow. La diversa función social de cada sexo y las necesidades de la conservación de la especie, determinan la lucha entre los sexos, analizada por Viazzi, procurando cada uno ejercer mayor autoridad sobre el otro y conquistando el derecho al amor al precio del menor esfuerzo posible. Dentro de cada agregado social, la división del trabajo determina la aparición de clases sociales que pueden tener intereses antagónicos o divergentes: aparecen así las luchas de clases, estudiadas por los marxistas. Desde otro punto de vista más estrecho, la solidaridad de intereses entre los que ejercitan una función particular engendra una lucha entre ellos y el resto de la sociedad, en formas que oscilan desde el espíritu de cuerpo profesional hasta la solidaridad económica de capitalistas o proletarios, y desde el politiquismo profesional hasta la explotación de las supersticiones. Podrían señalarse cien formas de lucha por la vida especiales de colectividades: siempre que existe una solidaridad de intereses, permanente o transitoria, hay lucha colectiva contra el resto de la especie o contra algunas de sus partes. El principio darwiniano se repite, bajo mil formas, en el mundo social.
De conformidad con nuestra teoría general, encontraremos que a cada una de esas formas de lucha, la actividad humana ha adaptado fenómenos especiales de simulación.
Al mismo tiempo, cada individuo, independientemente de la raza, clase o grupo a que pertenece, está obligado a luchar por la vida adaptándose lo mejor que pueda al medio social. Muy pocos hombres de personalidad firme resisten a la presión colectiva y pueden hacerlo conservando algunos de sus rasgos característicos; los más están obligados a imitar las ideas, los sentimientos, las costumbres colectivas, y su éxito en la vida consiste en alcanzar la más perfecta adaptación al medio. Para ello no es necesario ser como los demás; basta con parecer. Eso es lo útil; para ello se simula.
Debería definirse la "educación" como el arte de formar en los hombres una personalidad; vemos, en cambio, que el uso corriente da a esa palabra el sentido contrario, diciendo que son mejor "educados" los individuos que por su refinada aptitud para fingir consiguen disimular completamente su personalidad propia, no haciéndola gravitar nunca sobre los demás. Esta pretendida educación tiende a establecer una verdadera "homocromía social" entre el individuo y las ideas de la sociedad, y un riguroso "mimetismo personal" con las costumbres corrientes en ella. En el traje, en la mímica, en las opiniones, en las maneras, se va hacia la uniformidad; para ello cada hombre está obligado a disimular todo lo que le es individual y a simular todo lo que es común a la sociedad y no posee él mismo. No importa que esa costumbre de parecer destruya en el hombre toda capacidad para ser; la sociedad no vacila en sacrificar los individuos al interés de la especie, lo mismo que las demás colonias animales. Todo lo que exige del niño que entra a la vida es que se esfuerce por imitar lo que hacen los demás; y el niño, cada vez que no puede hacerlo, se decide a simularlo. Así, simulando, se aventaja en la lucha por la vida, y para conservar las ventajas adquiridas sigue simulando, después, hasta la muerte.
II.—FORMAS COLECTIVAS DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN
Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos los hombres que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y formas de simulación igualmente generales, comprendidas en el arsenal de las hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social. Muchas de ellas, que conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han sido recientemente señaladas por Stirner, Lombroso, Tarde y otros, estudiándolas Nordau en sus "Mentiras Convencionales"; éstas, en muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales, consentidas y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente, ocultando las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales concepciones de su inteligencia.
El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres sociales, y tanto más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La mentira, el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con el interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía ajena o para abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de la lucha por la vida, se acrecienta entre los hombres la necesidad de engañarse recíprocamente, en la justa medida en que cada uno advierte su propia debilidad para desenvolverse en medio de la hostilidad general. Cada sociedad establece una tabla convencional de valores morales que llama "virtudes" y "vicios", sin otro objeto que fijar límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen convertirse en verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de violarlas, simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a ser un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad obra en desmedro y ruina de quienes la practican. Razones tendría Homero para llamar al más grande y afortunado de los simuladores el "divino" Ulises.
Conviene no confundir las creencias sociales, que pueden ser erróneas aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras convencionales, que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es el caso de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito de dirigirlo, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a diario lo hacen los políticos. Encuéntranse en igual caso los políticos que no tienen creencias religiosas, pero las simulan, considerando que ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y obediente. Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y los buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la tontería ajenas, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior reputan repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto de Tartufo que lleve impreso el sello de la verdad.
Esas formas de simulación son tan universales como la misma lucha por la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres colectivos por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la humanidad en defensa de intereses que les son particulares: luchas de razas, de naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesiones, etc. A cada forma de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.
Para el sociólogo que observa la evolución de las razas a través de los siglos, analizando la sobreposición sucesiva de civilizaciones diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y decadencia de los pueblos,—colosal cinematógrafo en que desfilan la India y Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas Italianas, Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y el Japón, probables cunas de la grandeza futura en las civilizaciones oriental y occidental,—para el sociólogo las luchas entre las razas son un fenómeno que se atenúa progresivamente en las zonas templadas del planeta. Las razas de color desaparecen; sus elementos más vitales procuran adaptarse a la vida civilizada de las superiores, o siguen vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la civilización de las razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más selectos, entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo, entre los pueblos civilizados, que pueda ostentar títulos de pureza étnica.
Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son sinceramente falsas, son fingidas; involucran una simulación de sentimientos. El sentido en que se puede hablar de razas, refiriéndose a naciones civilizadas, es el sociológico, fundado en la homogeneidad de intereses y de sentimientos que surge de la adaptación común a un medio determinado.
Podría considerarse como simulaciones—conscientes o inconscientes—muchas propagandas que tienden a presentar como luchas de razas entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos entre naciones que luchan por notorios intereses económicos. En los últimos años se ha visto, con frecuencia, políticos que declamaron sobre la pretendida pureza de las razas, para apuntalar tambaleantes organismos políticos. Típico es el caso de España durante la guerra con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la solidaridad entre los pueblos de raza latina, amenazados todos por la preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica de los llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno de ellos se han operado innumerables cruzas e injertos extraños: semejante solidaridad de raza fué una simple simulación para captar simpatías. El antisemitismo es otro fenómeno curioso de simulación en la lucha de razas; como el tiempo demostró, el pretendido antisemitismo francés fué una máscara de la reacción clérico-militar, que en Francia se disfrazaba con la indumentaria de una guerra al judaísmo para arrastrar en ese engaño a las masas populares, explotando el sentimiento de odio al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la lucha de razas, que era "el socialismo de los imbéciles".
Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre las naciones. Lo mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una evolución regresiva de la lucha entre los pueblos civilizados; las ciencias, la producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las comunicaciones, tienden a establecer vínculos de solidaridad entre las diversas naciones; la utilidad recíproca tiende puentes por sobre las fronteras; la civilización acrece las relaciones internacionales; a expensas de los feudos se han unificado las naciones y por encima de las naciones se unificará la humanidad. En el grado presente de la evolución social, la lucha para constituir unidades nacionales determina numerosas formas de simulaciones correlativas, subordinadas al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un hecho común en las luchas entre las naciones: su causa aparente suele ser diversa de la causa verdadera; este fenómeno es inconsciente y débese a que esta última queda oculta tras intrincada red de causas secundarias, más fácilmente apreciables; las cruzadas o el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de Colón, fueron determinadas por la necesidad de grandes expansiones económicas inherentes a la evolución de la economía feudal. En los pueblos pobres, y por tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado desarrollo del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor nacional" suele ocultar simples empresas económicas, mientras que en los pueblos agredidos es una sugestión útil para la defensa. Otra forma de simulación, nacida del sentimiento patriótico, es la ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre la masa popular, haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su historia la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la simulación, pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que tiene un simple fin utilitario. Otras veces, las naciones pretenden simular superioridad ante los demás pueblos con que están en más inmediata relación, proveyéndose de ejércitos y armadas muy superiores a su potencialidad económica real y encaminándose por la vía del militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en ostentar un poder desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se tiene para aparentar una superioridad ficticia: porque la grandeza de un pueblo no se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando ella es desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.
En la historia contemporánea es frecuente la conquista de un pueblo débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento económico; estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de delincuencia brutal, suelen disimularse como empresas civilizadoras en beneficio de las víctimas. Los latino-americanos, explotados por España en otro tiempo, y los boers, depredados hoy de sus minas de oro por Inglaterra, podrían decir al mundo entero que la pretendida misión civilizadora fué una simple disimulación de la avaricia nacional. El "nacionalismo", esa forma mórbida colectiva del patriotismo, es en muchos casos una simulación de politiqueros hábiles y ambiciosos, que saben encontrar los resortes de la popularidad en la excitación de las más atrasadas pasiones de las turbas. Doctores no menos audaces saben que, en política internacional, la astucia, una de cuyas formas es la simulación, suele ser la clave de éxitos lisonjeros; por algo es tan admirado Maquiavelo; Nordau, en sus "Paradojas psicológicas", demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia son el engaño y la mentira, que suelen involucrar la simulación o la disimulación.
En las sociedades evolucionadas, la primitiva división del trabajo llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social se divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando no netamente antagonistas. La lucha entre las clases, que Marx y su escuela miran como la causa íntima de las transformaciones sociales, determina numerosos fenómenos de adaptación para la lucha, entre los cuales es fácil encontrar diversas formas de simulación. Comenzando por las leyes fundamentales de los Estados, la simulación aparece dominando el vasto escenario de la lucha de clases. Constituciones, Códigos, Ordenanzas, etc., todo el engranaje jurídico de cada país, suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de todo el pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas instituciones. Como casos especiales podrían citarse las leyes contra los obreros que existen en muchos países, disfrazadas de leyes bienhechoras y dictadas simulando el propósito de favorecer a las mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el sistema tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el peso de los servicios públicos aunque se simula haberlo establecido en bien de quien sufre sus efectos.
Mil veces en la historia las clases privilegiadas han simulado encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado graneros disimulados por las autoridades. La institución del trabajo a destajo, inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de la avaricia obrera, arruina a los obreros simulando serles ventajosa. Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no hemos de creer que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero que finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres. Y en muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan para la lucha de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas a atemorizar a los patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los de un gremio importante, hasta descubrirse que, en realidad, sólo la constituían dos o tres sujetos, que actuaban como si representasen un poderoso sindicato.
La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha de fenómenos de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la mujer a la simulación, como una de tantas manifestaciones del fraude y de la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la lucha entre los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que estando la mujer excluida por la naturaleza del uso de algunos medios violentos de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios fraudulentos. El hombre dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.
No falta quien afirme que el amor femenino, en todas sus manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la teoría de la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy repetida, antes y después de Schopenhauer, por los galanes inexpertos; es seguramente inaceptable, no siendo común el hecho y debiéndose con frecuencia a ineptitud del hombre para despertar la sensibilidad femenina. Esto no importa desconocer que la sensibilidad amorosa es, en muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su moralidad también lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas partes del cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción amorosa; el mismo pudor—como escribimos hace varios años, criticando un interesante libro de Viazzi,—ha sido, primitivamente, una simulación selectiva voluntaria que mediante la herencia psicológica se ha convertido en un reflejo instintivo. La simulación femenina aparece convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre, en la coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de un uso discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones intensas, porque su juego es demasiado visible; solamente los tontos suelen enamorarse de ellas y lo son generalmente los maridos que al fin conquistan.
Igualmente difundida está otra simulación. No se trata ya de actitudes, como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de apariencias exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que en su conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos caracteres, suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura, el firme busto, la cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla rosada, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante, son verdaderos índices de ingenuidad femenina y de aptitud para la maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos atributos, o cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes ciudades prosperan establecimientos especiales para la simulación de la belleza fisionómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres feas compran las indulgencias necesarias para ser amadas. No es menos frecuente la simulación de los sentimientos; cientos de mujeres están dispuestas a simular cariño intenso por cualquier desconocido que les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso. Esta simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer; se la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de otras aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones físicas para la lucha sexual. La vida común entre cónyuges que se engañan es una sucesión de astucias, que constituyen el estado habitual de las relaciones domésticas; baste leer la "fisiología del matrimonio" o "la mujer de treinta años", de Balzac. Lo mismo ocurre en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven simulando sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas otras simulaciones; son innumerables y cualquiera podría encontrar más de una en sus recuerdos. Un joven singularmente favorecido en el amor, veíase con frecuencia obligado a simular enfermedades diversas para eludir compromisos contraídos con sus amigas; otro solicitó con ese objeto un certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad vergonzosa para privar de su amistad a una Dulcinea insaciable. En su pertinaz obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto, son los instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco; nadie los ignora y todos los creen. Es la forma de engaño a que todos recurren y de que nadie intenta defenderse. En que la víctima sea siempre Doña Inés debe verse un buen error para hilvanar novelas; ella es más artista, casi siempre, que Don Juan. Los engaños de amor no son pecados.
En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen funciones importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las formas del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el resto de la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios fraudulentos y la simulación, tienen allí lugar de preferencia. En cada profesión existen simulaciones específicas. Recuérdese el precioso cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas que debe fingir un médico que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y, por lógica asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica médica que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene simular cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención del médico, debiendo la sanación esperarse de la simple vis medicatrix naturae. Otra simulación, general entre los médicos delicados, nace del espíritu de cuerpo; mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse por la impericia del médico a quien confiara su salud, simúlase estar plenamente conformes con el tratamiento seguido, reemplazándolo, sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante el enfermo al colega ignorante. En todos los oficios la lucha profesional involucra fenómenos de simulación. Los joyeros han inventado sucesivamente el enchapado, el dorado, y otros progresivos refinamientos de simulación, que en el impreciso lenguaje usual son llamados imitaciones; las esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles de la preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos muebles de tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a sus toscos tejidos de algodón, para simular que ellos son de la primera substancia. El abogado simula en vastos escritos apasionarse por los intereses de sus clientes, sea éste el ladrón o la víctima, mientras sólo preocúpale asegurarse más lautos honorarios. El pupilo simula estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de Boccacio o de Brantôme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética o de geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se les invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de su ejecución. En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones especiales de lucha por la vida han engendrado formas apropiadas de simulación, confirmándose el paralelismo que venimos observando.
Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es fácil reconocer que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente los funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas; algunos llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no escapan algunos hombres de ciencia que miran el universo a través del lente opaco de su especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular su ignorancia crasa en materias ajenas a sus respectivas cartillas. En todas esas simulaciones debemos ver medios útiles de lucha por la vida; simulando una gran importancia de la profesión o especialidad que se practica, gánase en mérito individual.
Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión. Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida. Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su sacrificio honra y provecho. En una escala subalterna encontramos al falso elector, que simula ser la encarnación de un difunto o de un ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular pasiones que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. Es en la política, por fin, donde florece el hombre-camaleón, el arquetipo de los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos.
Sólo una casta disputa a los políticos el cetro de la simulación: los sacerdotes de todos los cultos, antiguos y modernos. Es necesario leer la "historia de los oráculos", de Fontenelle, pues nunca ha visto la humanidad farsantes más empedernidos que los explotadores del sentimiento religioso; no exageraba Eusebio, el biógrafo de Constantino, diciendo que al derribar el templo de Esculapio no había expulsado de él a un dios ni a un demonio, sino al pícaro simulador que por tanto tiempo había vivido de la credulidad de los ignorantes. Cuéntase que los augures no podían encontrarse sin soltar la risa; sabemos que los obispos medioevales invocaban el nombre de la divinidad para atesorar bienes temporales; en tiempos modernos los inquisidores católicos quemaban herejes para heredarlos, en nombre de Cristo; en nuestra América colonial la pretendida evangelización fué una formidable industria cuyos beneficios el brazo espiritual disputó a cuchillo con el brazo temporal. No diremos por esto que no hay sacerdotes creyentes, ya que los de cada religión son educados para creer en los dogmas que le son propios y es verosímil que se entreguen de buena fe al servicio de su culto. Pero es indudable que muchos de ellos, por el amor al estudio y por su amplitud de miras intelectuales, han conseguido comprender la falacia de los dogmas inherentes a su doctrina, viéndose obligados a luchar por la vida simulando creer lo que ya no creen. Innumerables simulaciones de castidad, de continencia, de frugalidad, son reglamentarias en esta profesión. Las ceremonias de ciertos cultos, destinadas a mantener el celo de los creyentes, consisten por lo general en simulaciones más o menos simbólicas, cuya práctica convierte a los sacerdotes en consumados actores de pantomima.
A este propósito merece recordarse la obra de Spencer sobre las "Instituciones Ceremoniales", donde se encuentra un cuadro interesante del origen y evolución de las simulaciones sociales, cuya sorprendente complejidad sugiere una idea aproximada del refinamiento a que el hombre puede llevar sus simulaciones, en su afán de adaptarse a las costumbres del medio en que lucha por la vida.
La necesidad de limitar este ensayo general, escrito como simple introducción al estudio de la simulación de la locura, nos detiene en el examen de las formas colectivas de la simulación. Pero antes de pasar a las formas individuales, debemos advertir que podrían analizarse cientos de formas distintas, enriqueciendo con infinitas observaciones estas breves notas, suficientes para nuestro objeto: establecer que a toda forma colectiva de lucha los hombres han adaptado formas comunes de simulación.
III.—FORMAS INDIVIDUALES DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN
En la breve reseña precedente hemos visto que cuando existen formas colectivas de lucha por la vida, o condiciones de lucha comunes a varios individuos, se observan formas de simulación que les son correlativas. Pero, aparte de esas formas o condiciones comunes de lucha, cada individuo, por su particular constitución fisiopsíquica y por sus relaciones especiales con el ambiente, encuéntrase en circunstancias distintas; por ese motivo los modos de lucha revisten caracteres personales, inclusive los fraudulentos. Siempre, sin embargo, vemos persistir el paralelismo entre cada una de aquéllas y una forma de simulación empleada como medio ofensivo y defensivo. Podría, pues, formularse esta premisa general: todos los hombres son más o menos simuladores, aunque sólo en algunos la simulación es el medio habitual y preferente de lucha por la vida.
Equivocado sería considerar las formas individuales de fraudulencia como producto puramente instintivo, como si el hombre fuese naturalmente perverso o mentiroso, egoísta o hipócrita. La organización social presente impone al individuo esas cualidades, en mayor o menor grado, si quiere atenuar la ruda lucha a que el medio le somete; muy pocos han sido de tal manera dotados por la naturaleza, que puedan atreverse a luchar en plena disconformidad con su ambiente.
Un escritor rebelde, S. Faure, sintetiza en el siguiente párrafo de "El Dolor universal" las razones que obligan al hombre a ser egoísta y a luchar encarnizadamente contra sus propios semejantes: "Las condiciones de la lucha nos hacen ver en cada hombre un rival presente o futuro, directo o indirecto, voluntario o involuntario. El antagonismo de intereses es la base principal del sistema económico contemporáneo. El interés del gobernante es contrario al del gobernado, el interés del patrón contrario al del obrero, el interés del vendedor al del comprador. Hay dualismo constante entre el bien del rico y el bien del pobre. Y no es todo: hay conflicto permanente y forzado entre gobernante y gobernante, entre patrón y patrón, entre obrero y obrero, entre vendedor y vendedor, entre rico y rico, entre pobre y pobre. En todas partes la lucha es encarnizada, por un mendrugo lo mismo que por una embajada, por un empleo de guardián de plaza como por una dirección de establecimiento científico, por la dote de una joven burguesa como por la conquista de una herencia, por un buen local en una feria lo mismo que por una ventajosa expropiación".
Esa multiplicidad de antagonismos determina un refinamiento de los medios astutos de lucha por la vida, y, por consiguiente, de la simulación. El individuo menos apto para simular ciertas adaptaciones al medio, que son de primera necesidad, es candidato a ser vencido en la lucha, produciéndose entonces aquellas falsas selecciones de que ya hablamos, inevitables en un ambiente social cuya organización suele ser perniciosa para la expansión del individuo.
Como no hay esfera de la actividad individual exenta de lucha, tampoco la hay donde no se observen fenómenos de simulación para adaptarse a ella; muchas veces no es posible fijar la línea divisoria entre las simulaciones individuales y las colectivas.
Surge esta observación lógica: la edad, el sexo, la clase social, etc., influyen sobre la mayor o menor frecuencia de la simulación, lo mismo que sobre los otros medios fraudulentos, precisamente porque esas circunstancias actúan sobre los dos factores que determinan la simulación: el coeficiente fisiopsíquico de los sujetos y las condiciones del ambiente donde se lucha por la existencia.
A medida que el niño va formando su personalidad y conociendo las personas que le rodean, observa, si no es tonto, que la conducta de las más es puro fingimiento. Fingimiento es todo lo que le enseñan como discreción y fingimiento la cortesía; fingimiento las buenas maneras y fingimiento la galantería. Finge éste para ascender, y el otro para pedir, y todos para medrar; finge el necio, finge el sabio, finge el pícaro, el lacayo, el príncipe, el cortesano. Cada uno finge lo que no es y quisiera parecer en el momento de enmascararse para engañar a su semejante.
Habría que repetir el cuadro que en pocas líneas de "El Criticón" (Crisi VII) trazó Baltasar Gracián: "Cuando vieres un presumido de sabio, cree que es un necio. Ten al rico por pobre de los verdaderos bienes. El que a todos manda es esclavo común. El grande de cuerpo no es muy hombre; el grueso, tiene poca sustancia. El que hace el sordo oye más de lo que querría. El que mira lindamente es ciego o cegará. El que huele mucho huele mal a todos. El hablador no dice cosa. El que ríe regaña. El que murmura se condena. El que come más come menos. El que se burla tal vez se confiesa. El que dice mal de la mercadería la quiere. El que hace el simple sabe más. Al que nada le falta él se falta a sí mismo. El avaro, tanto le sirve lo que tiene como lo que no tiene. El que gasta más razones tiene menos. El más sabio suele ser menos entendido. Darse buena vida es acabar. El que la ama la aborrece. El que te unta los cascos, ése te los quiebra; el que te hace fiestas, te ayuda. La necedad la hallarás de ordinario en los buenos pareceres. El muy derecho es tuerto. El mucho bien hace mal. El que excusa pasos da más. Por no perder un bocado se pierden ciento. El que gasta poco gasta doblado. El que te hace llorar te quiere bien. Y al fin, lo que uno afecta y quiere parecer, eso es menos". Ése es el espectáculo que el hábito de simular ha difundido entre los hombres, poniendo en todo el fraude y el fingimiento hasta convertir la sociedad en una inmensa tertulia de enmascarados que procuran engañarse recíprocamente, como en la escena que describe el mismo Gracián: "No hubo hombre ni mujer que no saliese con su máscara y todas eran ajenas. Había de todos modos, no sólo de diablura, pero de santidad y de virtud, con que engañaban a muchos simples, que los sabios claramente les decían se las quitasen. Y es cosa notable que todos tomaban las ajenas y aun contrarias. Porque la vulpeja salía con máscara de cordero, la serpiente de paloma, el usurero de limosnero, la ramera de rezadora y siempre en romerías. El adúltero de amigo del marido, la tercera de saludadora, el lobo del que ayuna, el león de cordero, el gato con barba a lo romano, con hechos de tal. El asno de león, mientras calla; el perro rabioso de risa, por tener falda, y todos de burla y engaño".
Educados entre esa simulación general, impuesta a todos por la hipocresía organizada como base de la vida en sociedad, los niños aprenden precozmente a disimular sus intenciones y sus deseos; a ello contribuye el juego, que suele ser una disciplina de la ficción. La aptitud se perfecciona a medida que el niño reconoce la utilidad de la simulación, hasta que al fin la aplica a fines de provecho. El hecho es banal; todos, en la niñez, hemos simulado estar indispuestos o enfermos para eludir un deber o para satisfacer un capricho.
Fácilmente se explica la tendencia de los niños a la simulación. La debilidad resta eficacia al uso de los medios violentos y aparta de ellos; por compensación el débil refina los medios fraudulentos, únicos de que dispone. Fuera pedante recurrir a la inmensa bibliografía moderna para demostrar que todas sus formas campean soberanas en la psicología infantil; la inocente bondad de los niños es una leyenda caída en desuso. Hemos tenido ocasión de estudiar a un degenerado incorregible: cada vez que se le castigaba, o cuando deseaba realizar un capricho, simulaba un gran ataque epiléptico, acompañado de gritos ensordecedores; otro, con toda oportunidad, simulaba enfermarse para eludir el cumplimiento de deberes que le eran desagradables. Los que se sorprendan de que los niños simulen tan frecuentemente, podrían recordar que han simulado, muchísimas veces, las más extravagantes dolencias con el modesto objeto de faltar a la escuela.
En los exámenes la simulación es frecuentísima. Tuvimos un condiscípulo que sabía fingir admirablemente un estado febril cada vez que debía superar un examen difícil; gran expediente para quebrantar la severidad de los examinadores. Generalmente los alumnos simulan poseer conocimientos que en realidad no tienen. Otros fingen no oir las interrupciones de los examinadores, cuando ellas pudieran ser causa de fracaso. Algunos simulan una amnesia transitoria, aparentando escarbar en el fondo de su memoria conocimientos que jamás han adquirido.
El niño, llegado a la juventud, se encuentra rodeado por gentes que quieren imponerle opiniones, creencias, gustos, que no son los suyos. Si se aviene a simularlos, todos a una repetirán que es un joven de porvenir, que hará carrera, que será un hombre de mundo, es decir: un ser convencional cuyas apariencias están de acuerdo con la mentira organizada. En otra época ese joven hacía su carrera en las cortes; hoy se hace burócrata, generalmente.
En la burocracia hay un inmenso campo para el ejercicio de la simulación individual. Junto a los empleados verdaderamente útiles y productivos, hay legiones enteras de parásitos y serviles que viven simulando "trabajar", como si fuera creíble que consagran su actividad física e intelectual a producir algo útil para la sociedad; nadie ignora, a fe, que el parásito de oficina limítase a usufructuar los beneficios que ha sabido conquistar con la flexibilidad de su espinazo o con las recomendaciones que le empujan. Ésta es la "selección servil" descrita por Sergi; de ella hizo Turati un breve pero ingenioso análisis aplicado a la vida política y social.
Es una de las simulaciones más perjudiciales a la sociedad: la del que nunca ha hecho cosa útil alguna y vive simulando el trabajo para justificar la prebenda que percibe. Las simulaciones de estos parásitos sociales tienen los mismos efectos que las simulaciones del parasitismo animal. Sus actores, sin embargo, minan las bases de todo sentimiento de justicia; Novicow, mejor que otros, lo ha demostrado hasta la evidencia.
En el orden de las creencias la ficción es tan corriente como en el de la actividad. Es común que los hombres sin ideas propias se dejen llevar por la corriente de la moda; teósofos ayer, anarquistas hoy, modernistas mañana, adhieren siempre a las doctrinas de que se habla más, fingiendo así que son hombres ilustrados: eso, que suele llamarse "dilettantismo", es una simulación de la sabiduría y es frecuente en los individuos que por su misma ignorancia son más sugestionables.
Cuando se acentúa en una sociedad el gusto por las letras, las artes y las ciencias, los que carecen de él lo simulan: leen novelas de autores cuyos nombres suenan, frecuentan exposiciones de pintura o discuten la pluralidad de los mundos habitados, no porque ello les interese sino para simular los gustos que están de moda.