En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. (nota del transcriptor)

LA
VOZ DE ESPAÑA
CONTRA
TODOS SUS ENEMIGOS
POR
UN PATRIOTA

SEVILLA
Imp. de EL MERCANTIL, San Eloy 16.
1899.

[AL ÍNDICE]

Á LA MARINA
Y AL EJÉRCITO ESPAÑOL:

Todas las deficiencias y fraudes, errores y debilidades que pueden acumularse sobre una nación, habían caído sobre España en los últimos lustros, y el conflicto con los Estados-Unidos no ha hecho más que poner de relieve tanta miseria y podredumbre.

Ya hasta los ciegos han visto que en nuestra patria existen muchas instituciones y personalidades inútiles y perniciosas, y otras que es necesario restablecer y dignificar, si hemos de levantarnos de la humillante postración en que nos hallamos.

Por menguados sabios y sectarios de la peor estofa se ha hecho creer á la mayoría del noble pueblo español, que lo pasado era la esclavitud y la ignominia; lo presente la libertad, la honra y la paz, y lo futuro el mayor engrandecimiento y la gloria de España; y cuando al monótono arrullo de esta falsa cantinela política se había dormido la nación española, la despertó de su engañoso sueño el estampido de los cañones enemigos.

¿Dónde están nuestras escuadras? ¿Qué ha sido de nuestras ricas y hermosas colonias? ¿Qué ha hecho el Gobierno de los inmensos tesoros de que ha dispuesto? ¿Cómo ha sacrificado la sangre de nuestra juventud?

Nadie contesta satisfactoriamente á estas dolorosas exclamaciones de tantos españoles afligidos y arruinados.

Los agentes de la Revolución, que por mote especial se llamó la gloriosa, y sus cómplices después, han enmudecido para no confesar sus culpas, é impuesto el silencio á la tribuna y á la prensa para que no les acusen de autores de las pérdidas y de la deshonra que ha sufrido España.

No obstante los bajos deseos de esos políticos sin fe y sin patriotismo, se han publicado ya notables opúsculos y artículos sobre la DEFENSA DE LA MARINA, APUNTES EN DEFENSA DEL HONOR DEL EJÉRCITO, LIJERA CRÍTICA DE NUESTRAS CAMPAÑAS NAVALES, etc.; y en todos ellos se demuestra técnicamente que el Ejército y la Marina han cumplido con su deber hasta de un modo heróico; y que los políticos son los causantes de nuestros desastres é infortunios.

Nosotros, amantes de las glorias españolas y de nuestro Ejército y Marina, las defenderemos también en el curso de este trabajo; pero incompetentes para seguir el mismo método, alegaremos, en primer término, razones del orden moral, histórico y jurídico, á fin de que se conozca mejor el origen de todas nuestras terribles calamidades y el remedio posible y oportuno que nos resta.

Según la práctica del sistema que nos ha conducido á tan espantosa decadencia, no se puede exigir á los Gobiernos responsables más responsabilidad que la de su caida ignominiosa; y es necesario que todos pensemos en lo que ha de sustituir á lo presente.

Los llamados á regenerar á España no han de ser políticos de oficio, ni volterianos en la fe; y como el Ejército y la Marina no pertenecen á ningún partido político, y en ocasiones solemnes han hecho sus jefes y soldados pública manifestación de su fe católica, y por cumplir sus deberes han perdido sus vidas tantos valientes y otros han sacrificado hasta sus prestigios personales; por todo esto es lícito considerarlos como entre los llamados á regenerar á esta nación desventurada.

La disciplina militar, de la que tan brillantes pruebas ha dado el Ejército y la Marina, aplicada en proporción y forma conveniente á la futura política, será importante elemento de restauración social.

Esta esperanza patriótica justifica en cierto modo el honor que tenemos AL DEDICAR AL EJÉRCITO Y Á LA MARINA este humilde trabajo: mas á ella se une un recuerdo de otros tiempos y una convicción de actualidad.

Entre las proezas históricas del Ejército y de la Marina, leímos en nuestra juventud LA VINDICACIÓN DE LA ARMADA ESPAÑOLA en el que llamaron los poetas GLORIOSO DESASTRE DE TRAFALGAR; desde entonces no hemos olvidado los nombres inmortales de Gravina, Churruca, Galiano, Alcedo, Moyúa y Castaños, y nunca se ha extinguido nuestra admiración á esos valientes y el amor á la Marina y al Ejército; por esta causa, al renovarse parecidos desastres é igual heroismo, queremos vindicar á nuestra Marina y al Ejército de injustas acusaciones, y dedicarles el testimonio de nuestra leal consideración.

Cumpliendo este deber de justicia y de patriotismo, nos embarga el temor de que nuestros esfuerzos no correspondan á la grandeza del fin propuesto y á lo que exigen las necesidades actuales; y sentimos con toda ingenuidad que otros más competentes é ilustrados no hayan acometido este laborioso empeño en el orden preciso, para que resultara mejor defendida la causa de la verdad, de la justicia y de la patria, que es la causa de todos los buenos españoles y de lo porvenir de España.

Llenos de confianza, esperamos que el Ejército y la Marina se dignarán aceptar esta dedicatoria respetuosa de un español que desea servir á su patria con la bravura y la fidelidad con que le han defendido y servido tantos mártires de su deber, en la guerra más inícua y torpe que ha presenciado nuestro siglo.

ADVERTENCIA


La mayor parte de los sombríos y dolorosos cuadros que forman este pequeño libro, fueron escritos bajo la impresión de los acontecimientos que en ellos se refieren y comentan.

Habiendo perdido algunos esa novedad que dan á los sucesos los accidentes y las convulsiones de la lucha, cuando todavía se oyen los lamentos de los moribundos y la resonancia de los desastres y de la victoria, dudamos si sería conveniente su publicación, ó aumentar con los originales el legajo de los escritos en que solemos guardar los recuerdos y las observaciones de la experiencia.

En medio de esta duda nos hemos preguntado.

Para determinar el origen y las causas inmediatas de tantos males como aflijen á España, y resolver las graves cuestiones que actualmente la agitan, ¿hace falta nuestro trabajo?

Creemos que no: y si fuera útil un nuevo escrito sobre hechos y problemas tan importantes, no nos consideramos llamados á darlo á luz, ya por nuestra insuficiencia, ya porque no alcanzaría éxito alguno favorable.

Tienen los hombres y las sociedades á la vista la suprema dirección de la Iglesia Católica; tienen los principios de la moral, de la justicia y del derecho; tienen abundantes lecciones en la historia contemporánea y en los sucesos actuales; y si no quieren someterse á las enseñanzas infalibles de la Iglesia, ni poner en práctica las reglas seguras de la moral, aplicadas á la justicia, á el derecho y á la política, ni tomar de lo presente y de lo pasado lecciones para lo porvenir, ¿quién podrá encausar el torrente de las pasiones humanas, desbordado por la Revolución? ¿Y quién someterá á el yugo de la verdad y de las leyes justas á los hombres, que por sistema las rechazan, sin temor á nuevas y tremendas calamidades?

Y si no se quiere oir la voz poderosa y autorizada que viene de las alturas, ¿qué atención se prestará á la débil y privada que se levanta enmedio de la multitud?

Estas consideraciones han pesado tanto en nuestro ánimo, que nos hicieron desistir una vez más de la publicación de estos apuntes.

Ha sido preciso que, observando un día y otro día el rumbo que lleva en nuestra patria la política, viéramos claramente, que no tienen remedio los males de España, sino hay en ella un cambio radical en los principios, en los procedimientos y en la orientación de la política y de los políticos; para demostrar esta verdad con los hechos pasados que nos han traído al estado presente, publicamos nuestros juicios á este fin dirigidos.

Después de nuestros grandes infortunios, es general el deseo que tienen manifestado los españoles de que España sea regenerada: hasta los gobiernos han hecho sus nuevos programas de la regeneración.

Pero es preciso conocer que ni Silvela, ni Sagasta, ni éste ni el otro partido, con sus falsos principios, gastados procedimientos y aspiraciones insensatas, quieren, ni pueden, regenerar á España.

Los causantes de nuestra decadencia manifiestan grande interés en que se olviden sus culpas y las pérdidas que hemos sufrido y no se depuren las responsabilidades; y por lo mismo ha de ser mayor nuestro empeño para presentarlas al público en forma de juicio moral y de defensa de los más sagrados intereses de la nación.

Al hacerlo, sin prejuicios ni odio contra las personas y las instituciones dignas, creemos cumplir un deber de conciencia y de patriotismo, y nos hacemos eco de las desgracias y de las necesidades de nuestra amada España.

I

La voz de España.—Los ideales.—Carácter del pueblo español y su degeneración.—Idem del americano, deducido de su breve historia.—Elogios que se han tributado á los Estados-Unidos.—La venta de Cuba.—La guerra popular y Mac-Kinley conquistador.

FENDIDA en su honor, menospreciada en su autoridad soberana, en sus derechos atropellada, calumniada en su ejército y hecha el ludibrio de las naciones por las fáciles victorias de sus enemigos y el injusto despojo de sus colonias, la noble y valerosa España, herida, pero no muerta, se levanta de la postración y del cieno en que la han sumergido las faltas de sus hijos y la codicia de sus adversarios y eleva su voz contra todos sus enemigos exteriores é interiores.

Voz de indignación por las provocaciones, calumnias é injurias de los Estados-Unidos, que fingiéndole amistad y respeto á su soberanía en las colonias, se han manifestado después sus mayores enemigos.

Voz de dolor por la guerra injusta que le declararon cuando se estaba desangrando en medio de las insurrecciones parricidas por ellos alentadas; y de mayor dolor por las imprevisiones y torpezas de su Gobierno en defenderla de sus pérfidos enemigos.

Voz de desolación por las inmensas pérdidas que ha sufrido en su honra, en el sacrificio de sus hijos, en sus bienes y en su territorio.

Voz de aflicción por la ingratitud y los crímenes de tantos españoles que han sido desleales y por la falta de energía y de abnegación en sus gobernantes.

Voz de queja por el abandono en que la han dejado las naciones civilizadas y por los auxilios prestados á sus enemigos.

Voz de justicia contra todos los que contribuyeron á su abatimiento moral y á su material ruína.

Voz de esperanza por la que abriga en el amor de sus buenos hijos, deseosos de su regeneración.

Voz de temores por la falta de patriotismo que ve en muchos de sus ciudadanos que, ó no sienten sus tribulaciones, ó sacrifican todos los intereses nacionales para continuar gozando de las ventajas del poder, ó de una falsa libertad.........

¿Quién no oye en medio del silencio que han producido los desastres y las ruínas de la última guerra, estas voces de nuestra afligida patria?

No basta, empero, oirlas: es ahora un deber sagrado de todos los españoles el estudiar estas palabras, tan sentidas como elocuentes, tan dolorosas como llenas de grandes enseñanzas para lo porvenir.


Los filósofos proclaman sus ideales, y los políticos que no son filósofos tienen por un deber aplicar á la sociedad aquellos ideales que consideran más útiles y prácticos: en el ideal de la belleza inspiran sus obras los artistas, y en el de la virtud los que desean ser justos, y todos los hombres persiguen en la vida algún ideal ó con él sueñan.

Lo ideal es la forma de la inteligencia, la aspiración del corazón humano, la vida de la razón, la atmósfera superior que envuelve el universo.

Pero no todos los ideales son verdaderos: unos representan los delirios de las pasiones humanas, otros el espejismo de la felicidad, y no faltan ideales para los más absurdos sistemas. La edad de oro cantada por los poetas ofrece mentidos ideales á los utopistas, y los progresos de la civilización y de las ciencias sin Dios dan atrevidas alas á el pensamiento del hombre y lo elevan hasta las regiones de lo infinito para precipitarlo después en los abismos de la idea hegeliana ó de lo absoluto de Schelling.

El ideal verdadero fué revelado á los hombres desde el principio de los tiempos: se manifiesta en nuestra conciencia, lo conocemos por la tradición y por la fe, lo realizan los justos y tiene su más excelente expresión en las verdades católicas. Fuera de él no hay ideales sublimes, y los que en el mismo no se concentran no pueden ser bellos, ni justos, ni laudables.

Cuando la mente humana contempla ese ideal, sintetizado en el Evangelio, enseñado por la Iglesia y viviente en el espíritu cristiano, reconoce que tiene su origen en Dios, principio de toda verdad y de justicia eterna y fuente de todas las ideas que engrandecen y dignifican á los hombres.

Las leyes de la afinidad unen las partes del mundo físico; las de la gravitación sostienen los globos en el espacio y las del equilibrio impiden que el orden universal sea perturbado; y todas estas leyes son manifestaciones de las ideas creadoras existentes en la mente divina.

Y de un modo semejante, todo lo que hay de necesario, de estable, de hermoso y de sublime en el orden moral, está encadenado y depende de ese ideal supremo que contiene la verdadera religión, la autoridad legítima, sanciona el deber, armoniza la libertad humana con los preceptos divinos y las leyes naturales y positivas, señala el camino á el progreso y perfecciona la civilización: y todas las naciones y gentes que no inspiran en ese admirable ideal su legislación, su derecho y sus costumbres, ni pueden formar un pueblo equilibrado, ni ser justas, ni en verdad, libres, ni humanitarias.


En toda la redondez de la tierra y en todos los siglos no se ha visto una nación como España que se haya inspirado mejor en el ideal de la justicia, del derecho, de la moral y de la religión: por eso sus guerras fueron justas y legítimas sus conquistas; sus caudillos fueron religiosos y caballeros, como sus magnates; y sus reyes se llamaron católicos; y á tanta altura se elevaron las leyes del honor y de la humanidad entre nuestros antepasados, que los plebeyos parecían hidalgos, y éstos como los más nobles caballeros.

Nunca España fué agresora, y cuando fenicios y cartagineses, romanos y sarracenos invadieron sus comarcas, brotaban de su suelo guerreros valerosos como Indibil, Viriato y Sartorio, que por su heroismo en defender sus hogares, infundieron temor á las legiones romanas y emularon las hecatombes de Sagunto y de Numancia.

Los bárbaros del Norte no pudieron dominar en España sino haciéndose españoles; y sepultado su imperio en las funestas aguas del Guadalete, el indómito valor de los iberos levantó en Covadonga el estandarte de la reconquista, que al cabo de ocho siglos llegó triunfante á las almenas de Granada.

Si las armas victoriosas de España llegan hasta el Oriente, entran en Orán, vencen en Pavía y San Quintín y combaten en Flandes, siempre la causa de la religión, de la justicia, del derecho y de la humanidad, es la que las mueve y las guía.

España no ha hecho guerras de conquistas para dominar á los pueblos y enriquecerse con sus tesoros; y sin duda, por la alteza de su espíritu y de su generosidad, la Providencia le señaló nuevos derroteros en los mares y la hizo Señora de dos mundos.

Como apóstoles, más que como guerreros, fueron á América los españoles.

Isabel I no vendió sus alhajas para conquistar un nuevo mundo, ni Colón guió sus carabelas por el Océano tenebroso para avasallar á los indios, sino para descubrir tierras remotas en donde fuera extendido el reinado de Jesucristo.

Si luego Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Vasco-Núñez de Balboa conquistan el imperio de los Incas y de los Astecas, fué principalmente para desterrar de ellos la idolatría y los sacrificios humanos y plantar el árbol de la cruz allí donde se adoraba al sol.

Antes de someter por las armas al emperador de Méjico, procuró Hernán Cortés convertirlo á la verdadera fe y le hablaba de la religión cristiana como un misionero; y lo mismo hicieron todos los grandes capitanes donde entraban con sus estandartes: pero más que á ellos se debió la conquista y la sumisión de América á los religiosos predicadores del Evangelio que, con su celo y caridad para con los pobres indios, hicieron amable la dominación española y la religión que los libraba de su ignorancia y de sus vicios y los protegía y defendía de todos sus enemigos.

No se debe inculpar á España el pandillaje y los desmanes que cometieron en América los aventureros que todo lo explotan en provecho propio: lo que hay que atribuirle es la gloria de haber civilizado al continente americano, llevando á él su religión y sus costumbres y el espíritu de sus sabias leyes, representado en el inmortal Código de las Indias.

La solicitud de los monarcas españoles por el bien de sus nuevos súbditos; las limitaciones puestas á los abusos de sus virreyes y gobernadores mediante los juicios de residencia; los establecimientos de enseñanza y de caridad que por todas partes se fundaban, y la grande influencia que los Obispos y misioneros ejercían por su religión y por sus virtudes entre los indígenas, todo esto contribuyó para que en poco tiempo las colonias y las muchas ciudades fundadas por los españoles se igualaran á la Metrópoli, y en ellas floreciera la cultura y la civilización de España, á la sazón la primera de Europa y del universo.

Se puede afirmar, que así como ninguna nación ha tenido más colonias que España, tampoco ninguna las ha regido y gobernado con más justicia y equidad, llevando á ellas su mismo espíritu, elevación de ideas y sentimientos por el sistema maternal de la asimilación y no por el de la explotación mercantil, como lo hacen otras naciones.


Mucho se ha hablado en estos últimos tiempos de la decadencia de España y de las causas que la han producido hasta llegar á la presente ruína y humillación.

Cada uno juzga acerca de ella según el criterio de la escuela ó de los partidos en que, por desgracia, se encuentra dividida nuestra patria.

Para unos, la decadencia de España se debe á el absolutismo de los reyes, á la expulsión de los judíos y de los moriscos y á la intolerancia y al fanatismo: para otros, las causas fueron las guerras de religión y el empeño en sostener la soberanía en extensos territorios, gastando la nación en las colonias y en la guerra de los Países Bajos las fuerzas y los capitales que debió emplear en la agricultura y en la industria de la península: y para algunos, que se fijan en otras causas más próximas, han sido los indolentes reinados de Felipe IV y de Carlos IV y el poder arbitrario de sus favoritos el conde duque de Olivares y el príncipe de la Paz, juntamente con el atraso intelectual y comercial en que quedó España el siglo pasado y las vacilaciones de Fernando VII al principio del actual y la pérdida de nuestras posesiones en el continente americano.

Los secuaces de estas opiniones parece que olvidan de propósito el infausto reinado de Carlos III y la influencia que en él tuvieron los Grimaldi, Esquilache con el masonizante conde de Aranda, brazo de la expulsión de los jesuítas, que privó á la juventud de sus mejores maestros; y olvidan á los Moñinos y Campomanes, que completaron la obra del famoso Conde, como legulellos enciclopedistas.

Nadie puede negar que con el llamado absolutismo de algunos de nuestros reyes, sin judíos y sin moriscos, con la santa Inquisición y reyes indolentes é ineptos favoritos, sin grande industria, ni comercio, España no dejó de ser una nación de primer orden, importante y respetada, hasta contar con ella las demás naciones para humillar al Coloso de este siglo.

En la guerra de la Independencia dió España todavía á el mundo pruebas de su carácter, de su poder y de lo que es capaz un pueblo unido por los sentimientos de la fe y del patriotismo.

No tenía un gobierno fuerte y prudente al ser abandonada por su rey débil, pero entonces existían todavía las clases sociales y el pueblo español, existían el valor y el carácter nacional y la fe y el patriotismo de nuestros gloriosos tiempos, y salimos victoriosos de tan grande empresa.

Algo nuevo debe haber entrado en España, cuando después de lo que nos había hecho grandes é invencibles, se ha ido perdiendo todo.

Últimamente no nos quedaba más que el patrimonio de nuestra legendaria historia, el valor y el honor proverbiales, que se comprometieron y se han eclipsado en la última guerra.

Adornaban el carácter de la nación española, la hidalguía castellana, la tenacidad de los aragoneses, el ingenio catalán, la constancia valenciana, el entusiasmo andaluz, la audacia extremeña, la caballerosidad manchega, la fidelidad de los gallegos, la lealtad de los asturianos, la nobleza de los vascongados, la fortaleza de los navarros, es decir, todas las virtudes cívicas elevadas por la fe y por el valor de todos al heroísmo que había hecho del pueblo español, un pueblo católico, noble, invencible, porque obedecía á los supremos ideales de la religión, y á las leyes de la justicia y del honor.

Con la invasión de las doctrinas revolucionarias é impías ha perdido España su espíritu nacional; y con la propagación de la secta masónica y de los errores del liberalismo, se han desterrado la mayor parte de las virtudes públicas y privadas, que eran nuestra gloria; y el carácter español ha degenerado tan notablemente en el siglo actual, que ya es completa nuestra decadencia.

Cuando teníamos el espíritu, las virtudes y el carácter nacional, nunca nos faltó la fuerza para vencer á nuestros enemigos.

Ahora, un pueblo de mercaderes, inícuo y egoista, nos ha envuelto con su astucia y con su fuerza abrumadora y medios nefandos nos ha vencido.

España no podía sufrir mayor humillación que la de caer á los pies del pueblo americano, ni éste, en su codicioso orgullo, ha podido tener satisfacción más completa que la de despojar á nuestra patria de sus ricas colonias, injuriar sus blasones y marchitar los laureles de su historia.


Para conocer la verdad de estas aseveraciones, conviene tener á la vista un resumen de la pequeña historia de los Estados-Unidos, que nos dará una idea de sus tendencias, de su espíritu y de su carácter nacional.

Los españoles habían ya prodigado por muchos años su sangre, su valor, su ilustración y su caridad en América para convertirla á la religión, civilizarla y someterla á la soberanía de España; cuando llegaron al Norte los primeros emigrantes de Inglaterra que, como los de otras naciones, iban en busca de las riquezas del Nuevo Mundo.

Conocida la fertilidad de aquellos inmensos territorios, Jacobo I, dió en 1606 en cartas patentes á la Compañía de Londres, la parte meridional y la septentrional á la de Plymouth: estas Compañías fueron el plantel de las colonias inglesas, y fué desde el principio la más importante la formada por los Padres Peregrinos de Nueva Inglaterra, célebres puritanos que salieron de su patria en el buque Flor de Mayo.

Bien se ve que, á la formación de dichas colonias, presidió el espíritu de lucro y el de la fanática herejía del puritanismo.

En su creciente desarrollo, después de siglo y medio, se vieron detenidas por las colonias francesas del valle de Misisipí; las combatieron con las armas y se apoderaron de ellas.

Como Inglaterra había ayudado á sus colonias en la guerra contra las de Francia, para resarcirse de los gastos hechos, votó en 1764 la ley del papel sellado, que introducía restricciones en el comercio con las colonias. La de Virginia se negó á pagar un impuesto que no había aprobado. Y desde entonces, secundada por las demás colonias, empezó la lucha con la Metrópoli, ésta por cobrar y las otras por no pagar.

En vano Inglaterra transformó el impuesto poniéndolo sobre el te, el papel, el cristal y otras mercancías, que importaban sus colonias; éstas no quisieron admitir los barcos en sus puertos, ó arrojaban al mar las cajas de te y los demás artículos.

Con este motivo la guerra de la emancipación se declaró formalmente en 1775 con el combate de Lexington, la batalla de Barken-hille y el asedio de Quebec, que tuvieron que levantar los americanos por la muerte de Montgomery.

Entonces Tomás Payne, con su folleto titulado El Buen sentido, reanimó el espíritu de las colonias para sostener la lucha que, con el auxilio de los franceses mandados por Lafayet, les dió la emancipación completa en 1783.

Washington fué el alma principal en los combates y después en la organización federal de las colonias emancipadas, á las que dotó de una Constitución prudente y sólida, que le ha dado más fama que sus victorias y por la cual hace más de un siglo se rigen los Estados-Unidos.

La historia propia de éstos, podemos decir que empieza con la emancipación de las trece colonias inglesas, que se erigieron en otros tantos Estados, á los cuales se han unido ó anexionado después otros treinta, que con los anteriores forman al presente la gran República.

Muchas de estas agregaciones no se han hecho sin violencia y sin notoria injusticia.

Con la guerra de 1813 se extendieron por las posesiones inglesas del Oriente; y si España les cedió la Luisiana, le fué arrebatada gran parte de la Florida, cuando el año 1810 invadieron los americanos las ciudades de San Marcos y Pansacola, quedándose después con toda la península por el tratado de 1819, que los hizo dueños por el Mediodía hasta el mar de las Antillas.

Por el Norte, muchas tribus de los pieles rojas han pagado con su vida el delito de haber nacido en territorio ambicionado por vecinos poderosos.

Y Méjico, ya teniendo que cederles la California, ya sufriendo el despojo de las provincias de Texas, ha contribuído por el Occidente á el engrandecimiento de los Estados-Unidos, que dueños al fin del Alaska y de otros territorios por compras y conquistas, se enseñorean entre los dos océanos y los hielos de la bahía de Hudson y de las templadas brisas del golfo mejicano.

Y no satisfechos con tantas adquisiciones, rapiñas y exterminios de tribus realizados, se propusieron arrojar á España enteramente de América, por ella descubierta y en gran parte civilizada.

Con lo dicho basta para que se comprenda que los Estados-Unidos conservan su carácter de origen y que forman un pueblo de mercaderes y negociantes, sin otras aspiraciones que las del vil interés; y aunque las cubran con la máscara de los sentimientos humanitarios, de la libertad, de la justicia y de la moral, no son más que impulsos del engrandecimiento propio, de una codicia insaciable y de la más desenfrenada ambición.

En los Estados-Unidos todo se mueve por el resorte del interés: la misma célebre guerra de secesión no tuvo otro origen; y vencidos los intereses del Sur por los del Norte con la libertad de los esclavos, el presidente vencedor Abrahan Lincoln fué asesinado una noche al salir del teatro. Sus enemigos no le perdonaron el quebranto que les había hecho sufrir en sus negocios.

Con una historia de ayer, sin literatura nacional, ni ciencia especulativa, ni moral verdadera, los amantes de estos estudios, se dedican á escribir la historia de Europa, como Prescott, de nuestra literatura, como Thignoc, ó á combatir la moral en la religión, como Drapper.

Toda la grandeza de los Estados-Unidos tiene un aspecto material: sus adelantos son mecánicos y sus ciencias favoritas las naturales; y como no se nutren de ideas verdaderas, han comenzado á degenerar en medio de tanta prosperidad, apartándose del espíritu y de la letra de su Constitución y de los límites que la doctrina de la libertad y del respeto á la independencia de los pueblos les tenía prescritos.


El observador atento é imparcial, que se fija en los verdaderos intereses de la justicia y de la humanidad, no ve en la breve historia de los americanos del Norte, hechos notables dignos de alabanza.

¿Por qué, pues, se han hecho y repetido tantos elogios de los Estados-Unidos?

¿Por ventura han descubierto otro Nuevo Mundo, ó traído á la civilización elementos nuevos, que libren á los hombres de las miserias de esta vida y los hagan mejores?

Nada de esto han realizado: y sus inventos, con ser tan prodigiosos, no pueden compararse con los que ya poseía Europa; y por cierto que no se les elogia porque hayan perfeccionado algunos ó hecho más útil aplicación de otros.

Lo diremos en tres palabras: á los Estados-Unidos se les han tributado tantas alabanzas, porque nuestro siglo ama al becerro de oro, acepta con facilidad servil las opiniones corrientes y aborrece la religión positiva.

Como poseen inmensos y fértiles territorios, bosques vírgenes, minas abundantes y rios navegables, no es extraño que con el trabajo, la industria y el comercio, se hayan enriquecido, y sus grandes capitales llaman la atención de los pobres del Viejo Mundo. Muchos aman á los Estados-Unidos por la sola razón de que son riquísimos.

Otros los admiran porque han oído celebrar la amplia libertad de que gozan allí los ciudadanos, no sólo en la emisión de sus opiniones, sino en el ejercicio de su soberanía; y en particular encomian el respeto y la obediencia que todos tienen á las leyes y á la policía.

Antes de que mediara el presente siglo, muy pocos conocían en Europa la vida, las costumbres, la libertad y la legislación de los Estados-Unidos; pero dos emigrados franceses vivieron allí algunos años, y no lo pasarían muy mal, cuando al regresar á Francia escribieron sus obras elogiando al pueblo que habían abandonado.

M. Renato Laboulaye escribió su Historia de los Estados americanos, y M. Enrique de Tocqueville las suyas de la Democracia en América y del Sistema penitenciario de los Estados-Unidos.

Si inspiró estas obras el amor á la verdad, ó el deseo de propagar en Francia la democracia, cuando se avecinaba la Revolución de Julio, no es fácil averiguarlo; lo cierto es que alabaron los franceses á los americanos, y esto bastó para que se extendiera la opinión favorable, y para que nuestros Roque Barcia, Pí y Castelar, pusieran por cima de las nubes á la gran República, queriéndonos hacer á todos federales y felices con la democracia.

Más adelante veremos el valor que tienen esos sistemas practicados por los americanos. Los hechos son más elocuentes que las palabras, y sobre todo, los últimos acontecimientos condenan en los Estados-Unidos lo que hubiera laudable en sus leyes y costumbres.

España ha tenido mejor sistema penitenciario que los norteamericanos; era el preventivo que nunca permitía el lynchamiento que ellos practican.

Y para acabar estas consideraciones, sólo diremos: que con razón alaban los impíos, los masones y muchos liberales á los Estados-Unidos, porque allí, como el Estado no tiene religión, ó se contenta con la natural, se pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los amigos de la conciencia libre.

Después de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasión de nuestros enemigos, veremos si queda en España un hombre de buen sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos á los Estados-Unidos.

Completaremos este cuadro con algunos datos históricos relacionados con la guerra que empezó por arrebatarnos la isla de Cuba.


Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba á los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición.

M. Adams preveía bien la dificultad de la anexión por medios violentos, y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas á impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba á España, ofreció á nuestro gobierno un empréstito importante, hipotecando las rentas de la isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasión de apoderarse de la hipoteca.

Los cálculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los políticos yanquis desistieron de su propósito, sino que esperaron la oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.

Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y el embate del huracán azotaba á España, entonces el ministro norteamericano en Madrid, M. Saunders, recibió el encargo de reiterar las proposiciones de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.

M. Saunders, que conocía bien la diferencia que hay entre un yanqui y un español, no se atrevió á cumplir el encargo, y fué preciso que Buchanan le amenazara con la destitución para insinuarse al general Narváez, que era presidente del Consejo.

El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos datos, supo reprimir la impetuosidad de su carácter, y á pretexto de que él no entendía de estas cosas, envió á M. Saunders al marqués de Pidal, ministro de Estado.

En la primera entrevista se mostró muy diplomático, pero en la segunda creyó que podía arrojar la careta diplomática y contestó al embajador de los Estados-Unidos:

«No me es permitido oir hablar de este asunto: ¡húndase Cuba en el Océano: cúbranla las olas antes de cederla á otra potencia!»

En 1853 reanudóse la interrumpida gestión por otro ministro del gobierno americano, M. Soulé, que era un francés naturalizado, y aunque de algún talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fué muy desairado en Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas contra los altivos españoles.

En 25 de Abril de 1854 recibió plenos poderes del presidente para negociar con el gobierno de S. M. católica la cesión de la isla de Cuba á los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.

En momento más intempestivo no podían haberse otorgado semejantes poderes. El desairado embajador creyó llegada la hora de intimidar á España con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado, M. Marcy: que era necesario recurrir á la fuerza para obligar al Gobierno de Madrid á entrar en negociaciones.

Más cautos y conocedores del carácter español, el presidente y el ministro de Estado, insistieron en que sólo por el camino de la moderación y de la prudencia se podría llegar al término apetecido.

Mucho después, el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo: «Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la gravitación política.»

Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: «Se ha sugerido al gobierno la idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna de consideración si se encontrase España dispuesta á discutir este punto.»

El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debió ver las cosas y los últimos gobiernos españoles del mismo modo, cuando se volvió á hablar de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debió pensar con los suyos: que era más breve el tomarla de cualquier modo.

Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron sesenta y tres expediciones filibusteras para fomentar y sostener las insurrecciones, tan ruinosas y mortíferas para la isla, como para España.

Y últimamente, el Sindicato de la misma ciudad, bajo los auspicios de Mac-Kinley, hizo los postreros esfuerzos para asegurar por medio de la guerra sus capitales con la adquisición de la garantía que se les había ofrecido.


España ¿ha sido víctima de una especulación comercial? ¿Era legítima la constante aspiración de los Estados-Unidos por adquirir la isla de Cuba? ¿Cómo se hace popular una guerra injusta en una nación de 75 millones de almas?

Importa mucho estudiar y conocer estos fenómenos de los pueblos libres.

Sin duda, España ha sido víctima de algo más de lo que supone un negocio mercantil.

No ha sabido, ni por último ha podido contrariar la ambición de los Estados-Unidos: tantas eran sus culpas que el honor nacional no podía ya cubrir con su gloriosa bandera.

La guerra llegó á hacerse tan popular en la gran República, que Mac-Kinley, para llegar á la presidencia y sostenerse en ella, tenía que desplegar el pendón de la conquista.

El hombre de negocios, el autor del bill de Aduanas, el pacífico ciudadano, se ha visto en la necesidad de emular las hazañas de Alejandro, de César y de Napoleón, y sin salir de su casa blanca de Washington, contraer méritos suficientes para que le llame la historia: Mac-Kinley el conquistador.

II

Voz de indignación...—Importancia de la guerra para España y para los Estados-Unidos.—Causas de la guerra.—El pueblo español y su gobierno.—Los primeros desaciertos.—Cobardía monumental.—Duelo á primera sangre.—Ellos y nosotros.

AS afrentas y las calumnias, al par que las injusticias y los atropellos, no causan el mismo efecto cuando se hacen á un pueblo ignorante y bárbaro, que cuando se dirigen á una nación ilustrada y noble, que sabe estimar su honra. Por este motivo fué tan grande la indignación que sintió España al verse insultada y provocada al fin por la incalificable agresión de la gran República americana.


Es preciso recordar algunos antecedentes para conocer en toda su extensión la importancia que tenía este conflicto, tanto para España, como para los Estados-Unidos, y por ampliación para las demás naciones á causa de su aspecto internacional y de la lucha de ideas, sentimientos é intereses que representaba.

La mayor parte de este siglo la han empleado los hombres políticos de España en combatirse, ya con obras, ya con palabras, aceptando unos las teorías modernas y las instituciones liberales, y defendiendo otros las tradiciones, la fe y la verdadera libertad del pueblo español; y cuando los primeros, dueños del gobierno por más de sesenta años, sin haber tenido la suerte de engrandecer á la nación con sus trabajos políticos, ni de pacificarla con sus nuevas Constituciones, habían proclamado el presupuesto de la paz para consagrarse á el fomento de los intereses y á la prosperidad de la nación, se encontraron con insurrecciones nuevas, que todas las reformas liberales si no las provocaron, no pudieron evitarlas.

Al gobierno liberal, autor de los mayores daños que venían arruinando á nuestra patria, y heredero de todas las debilidades y corrupciones de sus antepasados, le quedaba el último recurso á que apelar, y cuando nuevamente pretendió el poder, después de lanzar á los cuatro vientos su nuevo programa, lo puso en práctica, repitiendo: la autonomía es la paz.

Y la autonomía concedida á Cuba y á Puerto Rico, fué la chispa que aumentó el fuego de la insurrección y el deseo de la independencia en la isla de Cuba é hizo más difícil la solución del problema, que tenían en sus manos los Estados-Unidos.

Á la altura en que se encontraba la cuestión cubana, apoyada públicamente por nuestros enemigos, el resolverla por medio de un expediente decoroso, salvando los intereses de España, hubiera sido el mayor triunfo para el Gobierno y la más grande victoria que hubiese hecho olvidar todos sus desaciertos y faltas pasadas.

Con el gobierno liberal quedarían salvados los procedimientos liberales, las intenciones de sus más ilustres representantes y hasta el régimen en lo que no tiene de falso y pernicioso; por esta razón entrañaba tanta importancia la guerra para nosotros: así es, que los gobernantes han perdido en ella el poco prestigio que les quedaba; y juntamente con el territorio acabaron de perder el crédito ficticio de sus doctrinas, dejando por el suelo el sistema que ha traído sobre la nación tantas calamidades.

Era para ellos cuestión de honra y de vida, y la vida y la honra la han perdido deplorablemente.

Para los Estados-Unidos tenía también la guerra una grande importancia.

Desde su emancipación han sido vecinales sus luchas; mas ahora, deseosos de adquirir mayor influencia en el mundo, se propusieron arrebatar á España sus colonias, entrando en desigual batalla con una nación europea, sin consideración á su buena amistad, ni á los títulos legítimos de posesión, ni al derecho internacional.

Los Estados-Unidos querían poner su civilización á la altura de la civilización de Europa en lo tocante al derecho de la fuerza, como el primero de los derechos, según la frase de un célebre estadista: le premier droit le force, y lo han conseguido haciendo sus bárbaras é injustas conquistas con el consentimiento de las primeras potencias del mundo; y así han logrado entrar de lleno en el concierto de la civilización moderna, usando del derecho de la fuerza, contra la fuerza del derecho.

Si por un caso raro de la adversa fortuna hubieran fracasado en sus ambiciosos proyectos, por lo pronto reinaría entre ellos la mayor confusión, y la culta Europa no contaría con el leal concurso de la gran República americana, para las célebres conferencias de la paz en La Haya.

Por la grande preparación que hicieron para la guerra y los medios que emplearon tomando por aliados á los mismos insurrectos, hasta celebrar con ellos convenios oficiales, que por cierto no pensaban cumplir, como el celebrado con Aguinaldo por el consul americano de Singapoore, y después con Dewey, se puede comprender la importancia que daban los Estados-Unidos á la guerra que iban á hacer á España. El gobierno de un pueblo tan grande no llegaría á infamarse ni á recurrir á cierta clase de tratos, sino mediando para él intereses de valor extraordinario.

¿Y cuáles eran estos intereses, que movieron á una nación civilizada á declarar á otra una guerra injusta, inhumana y hasta cruel, por las circunstancias en que la última se hallaba?

El conocimiento de las verdaderas causas de la guerra, nos manifestará la clase de intereses que perseguían los Estados-Unidos.


Es común sentencia de los filósofos, la de que sólo llegan á el conocimiento verdadero de las cosas, los que estudian y conocen bien sus causas.

Vamos, pues, nosotros á exponer las causas de la guerra hispano-americana y así podremos dar razón de sus lamentables resultados.

Á juzgar por los efectos, han debido concurrir motivos poderosos para que se realizaran sucesos tan notables.

Pero juzgando por lo que á nuestra consideración se ha presentado, vemos que no existían esos casus belli, que de ordinario promueven las guerras entre las naciones.

España nada había pedido, ni nada había negado á los Estados-Unidos, y éstos la trataban como nación amiga hasta la víspera de intimarle la evacuación de Cuba.

¿Dónde se encontraban las causas jurídicas de la guerra? En ninguna parte, porque no existían.

Mas como el hecho horroroso se ha verificado, hay que referirlo á otras causas, que son las causas morales.

Los sentimientos humanitarios y de amor á la justicia, á la libertad y á la independencia de los pueblos, que luchan por ser libres, alegados por los yanquis para declararse primero á favor de los cubanos é intervenir después para librarlos del dominio de España, se han visto que no eran más que pretextos y no móviles verdaderos.

Los Estados-Unidos amaban á Cuba, no á los cubanos. En ese deseo de poseer la isla, que dejamos consignado en el párrafo de la venta de Cuba, es en donde tenemos que reconocer la causa principal de la pasada guerra, por parte de los norteamericanos.

En la historia de las guerras hechas por los anglosajones, se conocen unas con el nombre de guerras del te y del algodón; á las que hay que añadir ahora la del azúcar.

Tenemos informes y datos suficientes para hacer esta afirmación.

Los Estados-Unidos no producen más que 900.000 toneladas de azúcar y necesitan 2.000.000 para su consumo. No querían, ya que son tan poderosos, ser por más tiempo tributarios de España por los derechos del azúcar, del tabaco, ni por los del café de Puerto Rico.

Aunque esto es verdad, no debemos admitirlo como causa exclusiva del conflicto. Las causas morales son como los fenómenos meteorológicos, en los cuales entran varios elementos, que se desarrollan y producen funestos resultados cuando en su marcha no hallan obstáculos disolventes.

Si España hubiera podido contrarrestar la acción de los Estados-Unidos, la guerra no estalla.

Pero nos veían cada año más débiles y degenerados, y por esto, ciegos por la ambición y la codicia, se lanzaron como el águila hambrienta sobre el indefenso cordero.

Mucho importa á nuestro propósito y nos será fácil demostrar, que las causas morales de la guerra han sido: nuestra degeneración, la degeneración de los Estados-Unidos y la de Europa; tres degeneraciones que tienen un mismo origen.

Al lector que juzga por lo enunciado más que por la demostración de la verdad, creemos verlo sorprendido ante estas afirmaciones categóricas y generales.

Bien puede asegurarse, dirá, que España se encuentra degenerada; pero decir lo mismo de Europa, y sobre todo, de los Estados-Unidos, si no es un juicio erróneo, tiene mucho de paradógico ó de intención odiosa.

Veamos quien está en lo cierto.

Degenera un hombre, una familia y una nación, cuando se apartan de las leyes y de la conducta que les dieron el ascendiente que tenían, el poder y la prosperidad que gozaban, como se debilitan los organismos vivientes al alimentarse de substancias extrañas.

Á los principios de la libertad y de la independencia, á las leyes del trabajo y de la industria, y á las artes pacíficas é inventos útiles, han debido los norteamericanos su principal crecimiento, el desarrollo de los capitales y la unión legal que disfrutaban viviendo en la abundancia y con las grandes comodidades de una civilización y de un progreso notables, más por lo material que por lo moral y justo.

Ahora, sin que nadie pretendiera estrechar los límites de sus fronteras, ni impedir su comercio, ni turbar la paz interior de sus Estados, construyeron buques, no para su legítima defensa, ni para llevar los productos de su industria y de sus feraces campiñas á otras regiones, sino para extender su poderío por todas partes.

Han querido aumentar sus riquezas monopolizando los productos de otros países, que han robado á su legítimo dueño: al derecho de la libertad unen el de la fuerza y el de la conquista: han dedicado sus buques á la piratería, y sus ciudadanos libres serán en adelante mercenarios del imperialismo.

Este es el principio de la degeneración de un pueblo, que pasaba por modelo de las naciones civilizadas.

No con razones propias ó inventadas confirmaremos nuestros juicios, sino con los testimonios de un honorable norteamericano, publicados en el Atlante Journal.

M. Dupout Guerry, ha juzgado la conducta del gobierno y del pueblo americano, y empieza por calificar la guerra con España como el crímen del siglo.

No disculpa las faltas cometidas por los españoles en las colonias, y dice: «que los Estados-Unidos, con más rápidos y efectivos procedimientos, han llevado á cabo el robo, el asesinato y el incendio, en incomparablemente mayor escala.»

En cuanto á las causas de la guerra, afirma: «que los americanos tenían interés en que el conflicto no acabara por las vías pacíficas. El mágico resorte de tan diabólico invento, no era otro que la sed de lucro y el ansia de dominar. Cuba es rica y fácil presa. Nuestro gobierno que es un fragil mandatario, tenía que proporcionar destino á el ejército de desocupados, á la carne atrasada, á los patrióticos negociantes y derramar beneficios en forma de comisiones y grados á toda la caterva de talentos ignorados, tanto civiles, como militares, que no habiendo podido entrar en el reparto consiguiente á un cambio de administración, hacen casi imprescindible una guerra que les ponga en el caso de ofrecer sus servicios al país y de que el gobierno aproveche sus aptitudes y salve sus compromisos.

»Las causas apuntadas, continúa diciendo M. Guerry, no son las únicas responsables.

»Para desgracia de la paz, hay cierto eclesiasticismo en este país distinto del existente en España y en Cuba. Hoy, como en los tiempos de Adisson, profesamos la religión del odio y no bastante la del amor. La ocasión presentada al protestantismo para atacar al catolicismo en uno de sus baluartes, era ciertamente extraordinaria, sino providencial, y por tanto, no debía desperdiciarse. Tentación era ésta demasiado fuerte para los ministros de las sectas, por lo que unieron sus voces al universal clamoreo por la guerra á todo trance, sin reparar en medios ni pretextos.

»Para tan laudable fin se inauguró una política de difamación contra España, acompañada de las más efusivas expresiones de admiración por los insurrectos de Cuba, y de amenazas de reconocimiento de beligerancia y de intervención por parte de los demagogos de ambas Cámaras y de la prensa jingo, todo lo cual encontraba eco fiel en las columnas de la prensa protestante y en la voz de sus ministros. ¿Qué resultaba de todo esto? Que España se atemorizaba, la insurrección cobraba nuevos vuelos y la guerra civil, con toda su secuela de horrores, se prolongaba de hecho, cuando nó de propósito.

»Sin impedir el filibusterismo, á pesar de la amplitud de nuestros medios, antes bien, bajo la máscara de amistosa visita, el gobierno envía el Maine á la Habana, intimidando así á una parte y animando á la otra. Acaece la destrucción del acorazado y la pérdida de la mayor parte de su dotación, y el partido de la guerra echa toda la responsabilidad de la catástrofe encima (¿cómo no?) de España. La humanidad se estremece á la noticia del suceso.

»En vano España, ansiosa de paz y temerosa de las consecuencias de una ruptura, paralizada de terror por tan malaventurada ocurrencia, propone una investigación mixta, el arbitraje, cualquier cosa, en fin, que el interés de la humanidad y la justicia puede sugerir. Pero en los Estados-Unidos prevalecen otros sentimientos y el partido de la guerra ve con satisfacción el pretexto que buscaba. Á la proposición de arbitraje se responde con el nombramiento de una comisión investigadora, escogida de antemano para que condene, y sin embargo, esa comisión no se atreve á condenar por falta de pruebas. Gran desencanto y no poco embarazo causa tal decisión. Pero se impone la guerra, con causa ó sin ella, y ya que España no se resuelve á declararla, forzoso es que lo hagamos nosotros mismos, pues la misma ausencia de motivo por nuestra parte hace la idea de la paz más intolerable.

»La codicia, la ambición de mando, la hipocresía religiosa, siempre á la altura de las circunstancias, saben colocarse por encima de las naciones en el terreno de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, obligan á una nación á ir contra su voluntad y sin fuerzas para medirse con tan formidable adversario. Nuestro caballeroso y cristiano presidente concede á su débil y temerosa hermana la reina regente, como él cristiana, tres días para evacuar por completo la isla, á pesar de que bien sabía ser cosa imposible de ejecutar, y por el crímen de dar á nuestro representante sus pasaportes antes de que empiecen las hostilidades, para que su retiro de España sea menos peligroso, precipita la guerra antes del período por él designado.

»El único y declarado objeto de la guerra era, por nuestra parte, la pacificación, liberación é independencia de Cuba, «tan cercana á nuestras playas.» Después de todo, este objeto podía haberse alcanzado más fácil y prontamente, con más lógica y menos gastos de sangre y de dinero. El plan era sencillísimo: concentrar en la isla y sus aguas nuestros ejércitos y escuadras. Pero no. El primer golpe en defensa de Cuba, de la humanidad, de la civilización y del Cristianismo, hacía imperiosa la destrucción de la escuadra de Montojo y la matanza de sus hombres, que no estaban en aguas cubanas ni americanas, sino en Manila, en los antípodas respecto de Cuba y del centro de nuestro gobierno. Después de Dewey toca el turno á Sampson, quien, no hallando flotas que combatir, bombardea á San Juan de Puerto Rico, pues el «entusiasmo por la humanidad es irresistible». Viene luego la gloriosa conquista de Guam, cuya guarnición y habitantes no saben que hay guerra en existencia, y tomando el bombardeo por saludo amistoso, se excusan de no poder contestar por falta de pólvora.

»No quedando escuadras que destruir, y en nuestro poder Cuba, Puerto Rico, Guam, etc., nos disponemos á atacar á España en su terreno. Y gracias á que pidió la paz, no sin haber nosotros suspendido operaciones en Cuba para dirigirnos á Puerto Rico á toda prisa, pues no había tiempo que perder.

»Y nos glorificamos y damos gracia á la Providencia por haber vencido á una nación pequeña, pobre en comparación nuestra, cargada ya de pesadísima deuda; sus ejércitos mal equipados y dispersos, sus buques á propósito para servir de blanco á los grandes acorazados de la época, sola y sin amigos en el momento supremo.

»Mejor haríamos en entregarnos al ayuno y abrir nuestros corazones á la penitencia, por los espantosos crímenes cometidos y que estamos aún cometiendo contra Dios y la humanidad.

»Si Bob Fitzsimons, en un acceso de furiosa embriaguez, descargase su brazo contra el primer vecino pacífico que encontrase al paso y después de derribarle le limpiase los bolsillos, tanta ocasión tendría como nosotros de ponderar su valentía y dar gracias á Dios por haber escapado milagrosamente del peligro.»

No hemos querido extractar esta segunda parte del escrito de M. Guerry, por ser elocuentísimo y dar idea exacta del espíritu de los Estados-Unidos y de los intereses que han buscado por medio de la más injusta de las guerras; y aunque la cita resulta extensa, nos ahorra consideraciones importantes para declarar toda la indignación que debemos sentir los españoles contra un pueblo tan poderoso como miserable, tan inhumano como hipócrita.

Y ya que un ciudadano protestante llama á sus compatriotas asesinos, incendiarios y ladrones, bien podemos nosotros, católicos y españoles, lamentar los excesos de la civilización moderna y sentir que nuestro riquísimo imperio colonial haya caído, por culpa de nuestros gobiernos liberales, en las manos groseras de esos vándalos del siglo XIX y por medio del mayor de los crímenes.

No cabe, pues, la menor duda, que por parte de los Estados-Unidos, la única y principal causa de la guerra ha sido la más vulgar, bárbara y desapoderada ambición; y por nuestra parte, el abatimiento en que nos hallábamos y la negligencia de los gobiernos.

España no quería la guerra con la gran República americana, porque estaba cansada de luchar consigo misma, y sólo deseaba se sofocasen las insurrecciones coloniales para reponer sus fuerzas y descansar de las fatigas que le habían proporcionado tantas convulsiones políticas y contiendas civiles.

Pero no pueden gobernar bien una nación, ni librarla con sus prudentes determinaciones de los peligros que la amenazan, aquellos hombres que se han elevado á las esferas del poder por medio de los pronunciamientos, de las intrigas políticas y de sus propias ambiciones.

Es el gobierno del Estado una función de conciencia muy noble y ardua para que la puedan desempeñar debidamente esos hombres, en los cuales, la sed de mandar sólo es igual á su audacia, y ésta es superior á sus talentos por grandes que sean.

El sistema liberal y el régimen de la opinión, que es su engendro propio, no considera estas verdades, y así sobre el pavés de todas las conveniencias y de los intereses sagrados de la patria, de la justicia, de la moral y hasta de la religión, confiere el poder á los hombres que serían buenos en sus profesiones, pero que como gobernantes no pueden ser más calamitosos para los pueblos que tienen que sufrirlos.

Ni el señor Cánovas del Castillo con sus energías personales, ni con sus despreocupaciones el señor Sagasta, han hecho otra cosa que debilitar la nación, hacerla víctima del caciquismo y de la inmoralidad, y exponerla, primero á las injurias del Norte de América y después á su ambiciosa rapacidad.

Esos hombres que nos han empequeñecido, esos estadistas que nos han arruinado, esos políticos que no han sabido gobernar á España, ni conducir la nave del Estado por entre los escollos para librarla de un inminente naufragio, ignoraban, sin duda, aquellas consideraciones políticas del conde de Mirabeau: decía este revolucionario del siglo pasado, que constando á un gobierno los malos propósitos de otro, sin más motivos, lo debía tener como enemigo y como si la guerra se hubiese declarado.

Este pensamiento no tiene novedad alguna; es la antigua sentencia que dice: si vis pacen, para bellum.

Nuestros imprevisores y falsos gobernantes han venido haciendo todo lo contrario.

Como si hubieran conquistado al mundo y puesto en paz toda la tierra, y ceñido sus frentes con el laurel de victorias inmortales, no cuidaban más que de las cosas de la paz, de dar y de conceder todo lo que no alterase la paz, como si no tuviéramos enemigos antiguos y ejemplos recientes de sus malos propósitos; como si todos los hombres se hubieran convertido en corderos en la península y en las colonias; como si las malas doctrinas y sectas perversas no fomentaran las insurrecciones, y como si los Estados-Unidos hubieran desistido de querer la posesión de Cuba; así no venían pensando nuestros gobiernos en otra cosa sino en vivir pacíficamente y en hacer la felicidad de España con el turno pacífico en el poder; con estos mansos propósitos, ordenó el señor Cánovas allá por el año de 1878, se hiciera el convenio de Zanjón, para acabar con la insurrección de Cuba, ya casi vencida; pero por dicho convenio no se extinguieron los gérmenes de las futuras, que quedaron alentados con el precio y la forma de la pacificación y con los honores dispensados á los principales jefes.

Con idénticos propósitos concedió por aquella fecha á los Estados-Unidos todas las ventajas comerciales, y algunas políticas que le pidieron en Cuba, y pagó todas las indemnizaciones exigidas.

Con el mismo fin de conseguir la paz, otorga muchos años después, el propio señor Cánovas, las reformas que había considerado inconvenientes para la isla y paga la célebre indemnización Mora: y ya durante la última insurrección parece que no se propone otra cosa más que evitar rozamientos con los norteamericanos y no darles el menor pretexto para una declaración de guerra: por este motivo se siguen atendiendo todas las reclamaciones que hacen, y á gusto de ellas se resuelven las cuestiones de la Alliance, del Competitor y del Laureada: y aunque el gobierno español sabía que continuaban saliendo de los puertos americanos nuevas expediciones para Cuba, no presenta reclamación alguna al gobierno amigo, que las consentía, si no las autorizaba; y en cambio da severas órdenes á los comandantes de los buques de guerra para que sean muy prudentes y no se repita el caso del crucero Conde de Venadito.

Mientras que esto sucede en Cuba, tenemos la suerte de que un valeroso caudillo apague en Filipinas la hoguera de la insurrección que dejó encendida el general Blanco; pero como habían de venir para España todas las desgracias juntas, el afortunado vencedor de los tagalos fué sustituído por Primo de Rivera, que en vez de acabar de extinguir el incendio y de aventar las cenizas, las cubrió con el pacto de Biagnabató, para que los traidores, reconocidos en él como jefe, pudieran en adelante, con más prestigio, encender otra hoguera más espantosa.

La paz de Filipinas se celebró oficialmente, sin regocijo público.

La nación no podía alegrarse con la paz comprada por ir perdiendo toda la confianza en los gobiernos que no le daban la paz verdadera.

Por entonces se oyó en Zaragoza una voz anunciando que la autonomía era la paz.

El asesinato cometido en Santa Agueda da á esa voz el poder de conceder la autonomía á Cuba y de proporcionar la paz deseada; y allí se mandó al general Blanco, y la paz ni se encontraba en la manigua, ni aparecía en las cumbres de las montañas, ni nadie la veía por los horizontes del mar.

Pero, al par de todo, nada había que temer: el marqués de Peña Plata estaba ya en la Habana; Primo de Rivera en Manila; Sagasta en Madrid, presidiendo el Consejo de Ministros y Moret era ministro de Ultramar; el partido liberal manda, la masonería impera, la nación calla, y la prensa, que había censurado acerbamente al general Blanco, nada dice.

Es verdad que no teníamos formidables escuadras cuando se van á necesitar, porque los presupuestos extraordinarios destinados para ellas, los gastó en parte Beranger en compañía de otros ministros y con aprobación de Cánovas, y el resto lo hechó al agua.

Después de todo, estábamos mejor sin acorazados, sin fortificar los puertos, sin artillar nuestras plazas de guerra y sin preparación alguna.

La paz no había de alterarse: así lo decía Moret, lo declara oficialmente el Gobierno, lo creen los ministros, como Bermejo, aunque todos los españoles, que no habían perdido el sentido común ni el decoro nacional, entienden, ven, temen y esperan otra cosa.

Nos hallábamos en el período más crítico y veíamos que los gobiernos de España cuidaban mucho de no dar pretexto alguno á los Estados-Unidos; y contra todo lo que era de esperar del carácter español y de nuestra historia, sufríamos toda clase de injurias, humillaciones y exigencias fuera del derecho, de la justicia y de las leyes del honor, llegando hasta consentir una especie de intervención á favor de los reconcentrados; y apesar de todo, el gobierno no puede evitar la guerra.

¿Fué ésta un fenómeno sin causa proporcionada?

No: que como hemos visto, existían las causas morales de la misma: la ambición creciente de los norteamericanos por poseer á Cuba y nuestra debilidad, mayor cada día para poderla defender.

Entre los Estados-Unidos y España estaba Cuba: los primeros se iban cansando de no hallar ocasión oportuna para apoderarse de ella; la segunda la venía defendiendo con tenacidad é inmensos sacrificios; porque sobre ella era su soberanía legítima y representaba á la vez las glorias pasadas. Si bajo la bandera española prospera la autonomía y termina la insurrección, ya se les quitaba á los Estados-Unidos el pretexto para intervenir y se les hacía más remota la esperanza de apoderarse de la isla.

Mas se iban á eclipsar las glorias de España y á derrumbar su imperio colonial, y sólo restaba una esperanza á los que temían estos grandes males: la diplomacia podía impedir la injusta agresión que los Estados-Unidos tenían ya anunciada y dispuesta contra España.

Tratándose de evitar una cruenta lucha y un robo internacional, nada más justo y conveniente que la intervención de las grandes potencias por medio de sus diplomáticos, representantes del derecho, del poder y de la justicia de las naciones civilizadas.

En efecto: los diplomáticos se mueven, toman en consideración la gravedad del asunto, reciben instrucciones de su gobierno y se reunen en Washington los representantes de las grandes naciones de Europa; y recibidos con las formalidades republicanas por Mac-Kinley en su gabinete de la Casa Blanca, todos juntos, como buenos amigos, exponen sus pareceres y al fin acuerdan:

Que verían con satisfacción que los Estados-Unidos desistieran de mandar á España su ultimatum, porque no hallaban las razones de justicia ni de derecho internacional, ni aun de conveniencia, por las cuales se pudiera despojar á una nación de parte de su territorio, sobre el cual era legítima su soberanía y que podía conservar en paz, si en el mismo no se fomentaran las insurrecciones.

No conformándose con este parecer el representante de la Gran Bretaña, todos retiraron sus notas y alegatos, manifestando que sus gobiernos se declararían neutrales y dejaban en libertad al de Washington para que ejecutara la redención de Cuba, según la resolución conjunta del Congreso federal.

¡Qué decepción tan amarga debieron sufrir todos los que habían puesto alguna esperanza en la diplomacia europea!

Hace más de dos siglos que ésta no es lo que fué en los pasados; amiga del derecho, defensora de la justicia y amparo de los débiles contra las arbitrariedades de los fuertes.

La diplomacia actual no es lo que fué cuando la Europa formaba la cristiandad bajo la influencia y la dirección suprema del Romano Pontífice: ahora no es más que el órgano de los intereses materiales y de las arbitrarias é injustas aspiraciones de las grandes potencias; en sus congresos no se respeta la moral, la justicia no se conoce y el derecho se mide por la fuerza que representa cada nación y por los intereses que pueden contrariar ó favorecer.

Ante el imperio de la fuerza, en este siglo de la libertad, del progreso y de la civilización, los débiles han sido condenados á muerte ignominiosa; el derecho de conquista reclama sus fueros y la guerra dará la paz á el mundo cuando las grandes potencias se hayan destrozado ó se informen del espíritu católico, que ciegamente rechazaron.

Aunque muy desventurada, hoy más que ayer, es España una nación noble y generosa; la falta de sus hijos le han causado enormes daños; pero sus enemigos nada tenían que temer de ella ni ha ofendido á sus adversarios; y no obstante, es abandonada por las potencias en el más grave conflicto.

Y ciertamente, la nación de la fe y del honor ¿qué podía esperar de la pérfida Albión, del luterano imperio de Alemania, de la cismática Rusia, de la judaizante Austria, de la Francia masónica y del sacrílego reino de Italia?

Á las causas de la guerra que hemos reconocido, hay, por consiguiente, que agregar la de la culpable indiferencia ó complicidad de Europa; así, pues, la guerra más inícua de este siglo se ha verificado por la codicia insaciable de los Estados-Unidos, que no conocen la justicia; por la degeneración de España, que se ha apartado de las vías de la justicia; y por el absurdo egoismo de la culta Europa, que la mueve á obrar contra la justicia.


Si un gobierno no es la suma de todas las inteligencias de la nación, y de todos los sentimientos patrióticos y de todos los intereses legítimos, y no es moralmente superior á todos los súbditos, entonces es una autoridad nominal y el mayor enemigo del Estado; porque ocupa un lugar preeminente que no corresponde á la ignorancia, ni al egoismo, ni á la ambición, y mucho menos á la impiedad y á las pasiones, que jamás se encumbran en un pueblo sin atraer sobre él todo género de perturbaciones y de infortunios.

Es evidente que el pueblo español tiene más espíritu de sacrificio, más virtudes y más inteligencia que sus gobernantes; por esta causa es más honda cada día la separación que existe entre el gobierno y los gobernados. Éstos conocen el engaño de que son víctimas y dejan vacíos los comicios. No sienten la derrota de un Ministerio porque saben que será peor el siguiente. Vieron venir sobre España toda clase de adversidades y clamaron por el remedio que no se ponía; y cuando se le han pedido sus bienes y sus hijos los han dado generosamente á la patria, mientras que á los gobiernos les importa poco que sucumba todo por continuar en el poder.

Y no se diga que cada nación tiene el gobierno que se merece; porque España, ni es digna de los gobiernos liberales que la han pervertido y arruinado, ni los viene sufriendo, sino como una calamidad impuesta, que cada año se hace más insoportable.

Mucho ha degenerado la nación española, pero en gran manera se equivocan los que la juzgan por sus gobiernos, sus cómplices y amigos políticos.


Los peritos en una materia nunca deben equivocarse; y los arquitectos que han trazado el plano de un edificio, si después no saben darle la solidez necesaria, dejan á otros la dirección de la obra; lo mismo debió hacer el gobierno sagastino cuando se equivocó en el asunto tan importante, como fué el de la paz, y no pudiendo consolidarla, debió al momento entregar el poder en manos más acertadas.

No estando preparado para la guerra, jamás debió emprenderla; pues gobierno desprevenido es siempre vencido: y si la pretensión de los americanos hizo necesaria la guerra, á la fuerza debió, por lo menos, oponerse un Ministerio de fuerza, ya que no la dictadura, como las circunstancias lo exijían: y este fué el segundo desacierto que se cometió por los políticos, ya fracasados en lo de la autonomía cubana, dada sin oportunidad y sin necesidad verdadera.

El tercer desacierto, más graves que los anteriores, fué el aceptar la guerra, no con ánimo de vencer, pero ni siquiera con el de la defensa necesaria, sino que como después se ha visto claro, el gobierno fué á la guerra para llegar á la paz por cualquier camino. En este sentido, España fué entregada al poder de sus enemigos implacables, y no pudo hacerse la paz contando siquiera con alguna condición favorable, como la de la resistencia posible que hubiera quebrantado las fuerzas del enemigo.


Los que atraviesan los mares llevando sus mercancías á países lejanos, fian sus vidas y sus intereses á la pericia y desvelo de los pilotos; y éstos, al emprender la navegación, tienen á la vista no sólo las rutas generales y las cartas marítimas, sino también las predicciones que desde sus observatorios hacen los sabios naturalistas: y de igual modo confían los pueblos sus intereses y su seguridad á los gobiernos que dirigen la nave del Estado: y los gobernantes han de ser tan prácticos y entendidos en el arte de la política y han de tener tan presente los dictámenes de la ciencia y las enseñanzas de la historia y de los hechos, que puedan con seguridad evitar y salvar los escollos que en la marcha de los negocios públicos se presenten.

No haciéndolo así, ó son gobernantes torpes, que no han debido aceptar nunca la responsabilidad del poder, ó son unos vulgares ambiciosos, que no tienen valor de declarar sus equivocaciones y de sacrificarlo todo al bien y á la salvación de la patria.

La nación española, más por las necesidades del momento, que por expontánea voluntad, tuvo que poner su confianza en el gobierno que le prometía la paz, evitando la guerra, al resolver el problema de Cuba.

Mermadas sus fuerzas, consumidos sus capitales y muriendo sus soldados en lucha insidiosa y fratricida, el pueblo español anhelaba el término de los sacrificios que estaba haciendo por el honor y la integridad de la patria, y no quería la guerra con los Estados-Unidos, sino en cuanto fuera la conclusión de todos los males que venía sufriendo.

El gobierno, no obstante las injurias, las notas y los mensajes de la República norteamericana, seguía creyendo en su buena amistad; y entonces fué cuando de improviso se presentó la guerra como una tempestad formada por las densas nubes que se veían en los horizontes, y que impelidas por los vientos huracanados llevan la desolación y la muerte á las comarcas que invaden.

No estaba España colocada bajo los pararayos de las alianzas políticas, ni tenía de su parte la diplomacia europea, ni se hallaba protegida por los diques de poderosas fortificaciones, ni dispuesta para luchar con éxito favorable contra un enemigo temible y alteramente preparado para asegurar sus triunfos: en tan grave situación, un gobierno, por poco prudente y patriótico que fuera, nunca debió dejarse sorprender, como fué el nuestro sorprendido, ni aceptar una guerra que él sólo sabía los grandes desastres que iba á traer sobre nuestra patria.

En la memoria de todos los españoles quedarán impresos los tristes recuerdos del más grande de los desastres que ha sufrido nuestra patria, y la historia imparcial consignará, que muchos de ellos se originaron por el miedo monumental con que fué á la guerra el Gabinete de la paz, presidido por el H.·. Paz.

Tuvo miedo por lo grave del conflicto: temía, como mal padre, á sus hijos los españoles, y le faltó valor para abandonar el poder: no faltó al Ministerio más que el miedo suficiente para morirse de vergüenza.


Cuando se forme un verdadero juicio de los actos de nuestros últimos gobiernos, entonces admirarán y espantarán los desaciertos por ellos cometidos, los tesoros dilapidados, las vidas inútilmente sacrificadas; entonces se pondrán de manifiesto las previsiones del almirante Cervera, que en tiempo oportuno advirtió al gobierno las deficiencias que había en los buques, la necesidad de estar preparados y de llevar un plan si habían de salir para las Antillas y no exponerse á un desastre inevitable; entonces se verá cuán grande fué la disciplina de nuestros marinos y el valor de los Comandantes de los buques, que conociendo que iban á hacer un sacrificio inútil y á dejar indefensa la península, cuando se les dió la orden, allá fueron á morir heróicamente; entonces se ha de conocer mejor lo que dijo el señor Silvela: que por parte del gobierno la guerra no fué guerra, sino un duelo á primera sangre, para salir del paso y salvar la vida de las instituciones; entonces se verá cumplida la horrible sentencia de los liberales, que decían: sálvense los principios, aunque se pierdan las colonias.

En efecto: las colonias se han perdido, pero los principios no se han salvado; porque el fracaso del liberalismo y de los gobiernos liberales ha sido completo al dejar á España desmembrada y arruinada.


Cuando los americanos limpiaban los fondos de sus cruceros y acorazados y tenían estacionada en Hong-Kong una fuerte escuadra, y disponían numerosa flota auxiliar de trasatlánticos y trasportes de todas clases; cuando alistaban sus regimientos de voluntarios y formaban sus campamentos cerca de nuestras colonias; cuando tenían bien abastecido sus depósitos de municiones de guerra y llenos de provisiones de boca sus almacenes; cuando por medio de sus cónsules y emisarios se habían informado de todos nuestros escasos medios de defensa y del abandono en que se hallaban las fortificaciones de nuestras plazas más importantes; y cuando no sólo de Cuba y de Puerto Rico, sino también de Filipinas conocían el estado de sus puertos y las débiles escuadras con que podíamos defenderlos, entonces el seducido y confiado pueblo español se entregó por espacio de algunos días á los entusiasmos bélicos, y paseando nuestra bandera al compás de la Marcha de Cádiz y haciendo gala de sus colores, asistía á las corridas de toros y á toda clase de espectáculos, que se convirtieron en patrióticos; entonces con esos derroches de patriotismo liberal y con llamar puercos á los americanos y extender por todas partes las caricaturas del tío Sam, y con criticar y burlarse de la organización militar de los Estados-Unidos y de que sus voluntarios hacían con palos el ejercicio por no tener fusiles; con todos estos recursos y dosis de buen humor y aventurados juicios, que hacían hasta los periódicos más serios y de mayor circulación, creyeron muchos ilusos y algunos cuerdos que íbamos á defendernos de los yanquis y á darles una tremenda zurra.

Preparados y decididos ellos, como hemos visto, y nosotros como estábamos, con un gobierno tan pacífico y que va á la guerra como el más cobarde de los reclutas, ¿quién no había de prever interminables desgracias? Y en verdad, no hubo cordura en parte del pueblo, ni razón, ni buen sentido, ni energía en el gobierno para elevarse á la altura de las circunstancias y calcular: que un enemigo tan poderoso y bien preparado, á pesar de todo lo que se decía para disculpar nuestra imprevisión y vana confianza, no se puede rechazar ni vencer con música y pergaminos, ni con barcos de madera, ni con una administración corrompida, ni con generales masones, ni con ministros inhábiles é imprudentes.

España podía haber rechazado á los americanos, si se hubiera dispuesto para la defensa, levantando fuertes donde era conveniente y construyendo en tiempo oportuno los buques de combate necesarios; si hubiera ahorcado á Sagasta cuando fué por sus delitos sentenciado á esta pena; si hubiera puesto en presidio á Cánovas cuando publicó el manifiesto de Manzanares, que produjo la sublevación de Vicálvaro; si hubiera procesado á Moret y á todos sus cómplices en las malas artes de la política; si hubiera residenciado á los generales, que con sus negligencias y mala administración dejaron en peligro el orden en las colonias; si hubiera fusilado en sus días á todos los jefes y oficiales del ejército que se pronunciaron; si hubiera proscrito la memoria de Riego y demás traidores, en vez de permitir que se venga celebrando con un himno que ha sido heraldo de todos los trastornos sociales; por último, España se hubiera defendido de los yanquis y conservado su imperio colonial, habiendo ella permanecido fiel á su espíritu religioso, á sus leyes y á su carácter tradicional, y no habiendo fomentado en su seno las libertades de perdición, el espíritu liberal y el traidor masonismo, que por medio de los gobiernos degenerados é impíos y de sus cómplices venales y ambiciosos políticos, la tenían privada de todas sus grandezas, de sus nobles energías y de su poder, hasta ponerla en el peligro de los desastres y de las pérdidas más espantosas.

III

Voz de dolor... La guerra y la democracia.—Los bárbaros del Occidente y sus ideales.—Anarquía gubernamental.—El éxodo de la escuadra.—Invocación: primeras víctimas.—Ansiedades.—Preparando la catástrofe.—Santiago... y abajo España.

I existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia, desprecio de su religión, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus tesoros públicos, conculcación de la justicia y desapoderadas ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los más cínicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecería que sobre él cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta la más grande humillación, para que recuperara el buen sentido y reconociera sus culpables extravíos, antes de llegar á ser despreciado de sus hijos y de las demás naciones, y objeto de la indignación divina.

Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es el pueblo español, que acaba de ser víctima de las más tremendas desgracias y de las mayores expiaciones.

Sólo en parábolas es posible dar á conocer bien las fuentes del dolor que inundan de amargura el corazón de España.

Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenían deliberados propósitos de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares poseía un rico noble llamado D. León Castilla. Mientras éste tuvo amigos poderosos y fieles servidores, no se atrevieron los ladrones á penetrar en la hacienda de su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fué el gran propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados, entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como se despide á un huésped intruso y molesto. No es posible ponderar el dolor que sufrió el noble propietario al verse desposeído de sus bienes y tratado de un modo tan inhumano, pues sólo conservó la vida no resistiendo á los depredadores de sus bienes.

La democracia, que según sus apóstoles ha venido al mundo para acabar con la tiranía de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz á todos los hombres, reconociéndolos como hermanos, iguales y libres, esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su protagonista ha sido la nación más demócrata del universo: la República federal del norteamérica.

Es evidente que un pueblo sin religión y sin moral verdadera no puede amar á los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad, ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nación son más desiguales las fortunas, ni hay más esclavos del trabajo, ni menos caridad cristiana que en los Estados-Unidos.


Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envió el Señor los profetas, y los apóstoles para predicar á los hombres las verdades del Evangelio: para edificar á los pueblos con el ejemplo de las virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican, permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.

Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual Dios gobierna á los hombres y á las sociedades.

La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus accidentes y terrible en sus consecuencias.

El gigante de la América del Norte, armado para la guerra, se levanta, avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacífico, por el Atlántico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de España en aquellos mares.

No va como nuestro inmortal Quijote á enderezar entuertos ni á desfacer agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.