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GRANADA
POEMA ORIENTAL

PRECEDIDO DE LA
LEYENDA DE AL-HAMAR

POR
DON JOSÉ ZORRILLA

TOMO PRIMERO
NUEVA EDICIÓN

MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS
Juan Bravo, 5.—Teléfono 2.198.
1895


Más de cuarenta años hace que salió á luz este Poema; y aun cuando su numerosa edición fué bien pronto agotada por el público, no ha vuelto á imprimirse. Vicisitudes de la vida del autor y vicisitudes del Poema mismo, cuyo tercer tomo se anunciaba constantemente aunque nunca llegara á escribirse, fueron causa de que la obra más extensa de Zorrilla, y en que él cifraba mayor empeño, sea hoy un libro raro, casi desconocido de la generación actual.

La viuda del gran poeta deseó reimprimir los bellísimos versos del Granada, en memoria de su amante esposo y como legado que él dejó para auxilio de una numerosa familia; pero su intento hubiera sido estéril sin el noble concurso de que la propia interesada da razón más adelante.

Esta obra, pues, no sale nuevamente al público para pedir lauros nuevos á la crítica, sino para propagar su lectura entre los que sólo conocen de ella que el peregrino ingenio á quien se debe lleva por sobrenombre El cantor de Granada.


CARTA
AL
Excmo. Sr. D. JOSÉ MARTÍNEZ DE RODA

SENADOR POR LA PROVINCIA DE GRANADA

Madrid 1.° de Junio de 1894.

Mi distinguido señor y amigo: No sé cómo manifestar á Ud. mi agradecimiento por el favor que me hace publicando el Poema de mi difunto esposo. Demuestra Ud. con ello ser digno hijo de la hermosa comarca que él cantó, á la vez que consecuente con la amistad que Zorrilla le tuvo, y de la cual dejó prueba consignando sus últimos versos en el Álbum de la Ilustre Señora á quien Ud. ha dado su nombre.

Gracias, pues, de mi parte, así como de las hijas adoptivas del poeta, favorecidas todas por su generosidad; y aun cuando me consta que Ud. deseaba ser nuestro protector anónimo, yo creo de rigurosa justicia hacer pública esta carta en las primeras páginas del libro, como muestra de un reconocimiento que conservará siempre vivo en su corazón la que hoy se le ofrece amiga y servidora, q. b. s. m.,

Juana Pacheco,
Viuda de Zorrilla.


Este Poema es propiedad de la viuda de Zorrilla, sin cuyo consentimiento no podrá reimprimirse, ni en todo ni en parte.

Queda hecho el depósito que previene la ley.


JUICIO ANTICIPADO DE ZORRILLA
SOBRE SU OBRA

Había pensado (escribe) anteponer á mi poema un académico y razonado discurso en forma de prólogo, obra desde luego de algún amigo mío, persona de alta reputación literaria y de grande autoridad, para que le sirviese de escudo y protección y previniera en su favor la opinión pública, manifestando abiertamente la parcialidad de la suya; pero he desistido de semejante pensamiento, porque he reflexionado que, si el poema fuere bueno, no necesitará de protección; y si fuere malo, no bastarán para protegerle todas las autoridades reconocidas de la Cristiandad y del islamismo.

El que crea, sin embargo, que con él pretendo realizar la novena maravilla (dado que el Escorial sea la octava), y asombrar al mundo con un poema épico, está en un error, y me honra mucho suponiéndome tan sobrado de alientos. Mi obra, á la cual notará el discreto que llamo Poema oriental, no es más que una enorme leyenda, en la cual otro ingenio más competente hallará reunidos los materiales necesarios para construir el clásico edificio de la magnífica epopeya encerrada en la época de la conquista de Granada. Avergonzado al ver que extranjeros autores han llamado antes que nosotros á las puertas de la Alhambra, ya con el grosero aldabón de la novela descabellada é insulsa, como Florián, ya con el martillo de la juiciosa y galana historia, como Washington Irving, heme arrojado á abrir el cancel de su misterioso alcázar al genio feliz á quien sea dado apoderarse de su encantado recinto.

Tales son, y no otras, las limitadas pretensiones de mi Poema.


FANTASÍA

Bruselas, 21 de Febrero de 1852.

AL SEÑOR
DON BARTOLOMÉ MURIEL
EN PRENDA DE AMISTAD

Fantasía

I

¿Imaginas que son, Muriel amigo,

Barreras para mí tiempo y distancia?

¿Piensas que porque Flandes me da abrigo,

Mientras tú habitas en la inquieta Francia,

Mi voz no puede platicar contigo,

Mi pie no puede visitar tu estancia?

¡Error! Por ti los imposibles puedo,

Y aunque de Francia parto en Francia quedo.

¿No sabes que el poder de los poetas

Es inmenso, Muriel: que cuanto tocan

Hechizan con su magia: que, sujetas

Á su poder, las almas se convocan

Á oirles: que con prácticas secretas

Hablan con el ausente, al muerto evocan,

Reedifican de un soplo las ciudades

Y hacen retroceder á las edades?

¿Sus órdenes no sabes que obedecen

Ejércitos de genios que á millares

Amigos por doquier les favorecen,

Haciéndoles los montes y los mares

Transponer: que doquiera se aparecen

Sin respetar ni tiempos ni lugares:

Para quienes no hay diques, ni barreras,

Policías, aduanas, ni fronteras?

¡Mísero amigo mío! ese medroso

Són que á los pies de tu callado lecho

Percibes con pavor, que tu reposo

Turba agitando tu apenado pecho,

No es del chisporroteo bullicioso

Que alza tu lamparilla, en el estrecho

Círculo ahogada del cubierto vaso:

Es el rumor de mi imprevisto paso.

Soy yo, que los espacios transponiendo

De mi secreta magia con el arte,

En alcázar fantástico pretendo

Tu cairelado lecho transformarte.

Soy yo, Muriel, que, ante tu faz abriendo

Su dorado cancel, voy á guiarte

Á través de una espléndida morada

Por misteriosos seres habitada.

Sí, yo soy quien asalto tu aposento.

Despierta, pues; la inspiración ahora

En mis entrañas inflamarse siento

Con fuego creador que las devora.

Incapaz de guardar mi pensamiento

El tropel de delirios que atesora,

Va á romper impetuoso sus barreras

Y á lanzar en la sombra sus quimeras.

Yo, poeta que al mundo fuí evocado

Del fondo de una abierta sepultura,

Camino de fantasmas rodeado,

Sueños de mi creencia y mi locura.

Manes que sus sepulcros han dejado

Para seguirme por la tierra obscura,

Conmigo van y con mi aliento aspiran,

Doquier me cercan y doquier me inspiran.

Sobre sus alas con errante vuelo

Los antros más recónditos visito,

De la pasada edad levanto el velo,

En sus viejos alcázares habito,

El sueño de sus héroes desvelo,

Sus caballeros á la lid concito,

Y al eco audaz de mi inspirado acento

Acuden cabalgando sobre el viento.

Á veces á la luz de las estrellas,

Por una soledad no conocida

Ni habitada jamás, sigo sus huellas

Escuchando el relato de su vida

En una lengua cuyas frases bellas

Una armonía exhalan nunca oída,

Y sin auxilio de palabra ó letra

En mi encantado corazón penetra.

En aquellas fantásticas regiones

El tesoro riquísimo se encierra

De aquellas misteriosas tradiciones

Que la historia veraz de sí destierra,

Más que de sus recónditos rincones

Tenaz la poesía desentierra,

Y que, al amparo de la fe y del arte,

Forman en su región un mundo aparte.

Allí están las tristísimas bellezas

Que lloraron incógnitos amores:

Los héroes sin prez cuyas proezas

No ensalzaron jamás los trovadores:

Armado el paladín de todas piezas,

Coronadas las vírgenes de flores,

Tendidos los de Oriente sobre chales

Ornados con moriscos almaizales.

Allí están las purísimas mujeres

Que, encerradas en santos monasterios,

Conversaron del cielo con los seres

De la virtud sondando los misterios:

Que oyeron en sus místicos placeres

De los santos Querubes los salterios

Y cuyo corazón, libre de amores,

Se espigó y se secó como las flores.

En medio de estos seres ideales,

Que no están amasados con la escoria

De que fuimos formados los mortales,

La vanidad de la mundana gloria

Despreció y halló bálsamo á los males

De nuestra frágil vida transitoria,

Tejido espeso de miserias largas,

De días de pesar y horas amargas.

Allí es donde, á la luz de las creencias

De nuestra infancia, quemo á las memorias

De nuestra hermosa patria las esencias

De la fragante poesía. Historias

Cuyo relato embarga las potencias

Son las de estas visiones ilusorias,

Compañeras alegres de mis cuitas,

De edad mejor imágenes benditas.

Espíritus que en torno de mi lecho

Velan y por mi bien se multiplican,

La pesadilla ahuyentan de mi pecho,

Mis penosos ensueños dulcifican,

Del corazón en la impureza hecho

Los malignos intentos purifican,

Y transforman el campo de mi mente

En un florido Edén resplandeciente.

Ellos en mis vigilias solitarias

Me distraen con dulcísimas memorias,

Me hechizan con sus himnos y plegarias

Y á que escriba me incitan sus historias:

Por sus regiones vago imaginarias,

Abrazo sus visiones ilusorias,

Y en otra creación, con otros seres

Paso mi vida, parto mis placeres.

Por eso elijo las nocturnas horas

Para hacer el relato de mis cuentos,

Labrando en las tinieblas incoloras

Las torres de mis locos pensamientos.

Por eso de sus sombras protectoras,

Asaltando á favor tus aposentos,

Vengo á hacerte, Muriel, la pobre ofrenda

De esta loca y fantástica leyenda.

Tú que, amigo sincero, mis pesares

Cariñoso y leal has consolado:

Tú que del infortunio en los azares

Apoyo generoso me has prestado:

Tú que con honda fe de mis cantares

El poder misterioso has invocado

Del duelo y el afán como anatema,

Escucharás benigno mi poema.

Tú, que sabes del mundo retirarte,

Sin que pueda el turbión de sus insanos

Delirios en su vértigo arrastrarte:

Que de una noble sociedad de hermanos

Has sabido en tu cámara cercarte

Para escuchar mis cuentos africanos,

Quiero que des tu nombre á la portada

De mi oriental leyenda de Granada.

¡Y ojalá dure la memoria mía

Cuanto duren los siglos venideros,

Y corra este papel, famoso un día,

De la tierra los ámbitos enteros:

Para que desde Norte á Mediodía

Vayan nuestros dos nombres compañeros,

Y el tuyo brille en la futura historia

Al resplandor de mi futura gloria!

Óyeme pues, Muriel, antes que vuelen

Las horas de los sueños y visiones:

Antes de que los genios se desvelen

Contrarios de mis vagas creaciones,

Y las parleras auras les revelen

El oculto poder de mis canciones:

Antes, en fin, que el Sol con rayos puros

Disipe mis poéticos conjuros.

Óyeme lejos del tumulto loco

De la revuelta sociedad, y fía

Que no nos faltará, si yo la evoco,

Para escuchar mis versos compañía.

Yo, que á mi voz animo cuanto toco,

Voy á poblar la atmósfera vacía

De multitud de espíritus atentos

Que contigo á la par oigan mis cuentos.

Al soplo de mi aliento poderoso,

Va á circundarnos y á prestarme oído

Ese mundo de sombras vagaroso

Por tus preciosos lienzos repartido.

Ese mundo fantástico en reposo

Mantenido hasta hoy, va desprendido

Del muro á hacer de mi velada parte:

Porque, ¿qué hay imposible para el arte?

Yo amo, Muriel, los lienzos y esculturas

Que tu curiosa cámara guarnecen;

Sus soñadas ó históricas figuras

Amigos de mi infancia me parecen:

De otra vida anterior memorias puras,

Recuerdos que mi sér rejuvenecen,

Genios tal vez de mi existencia guías,

Que la conducen á mejores días.

La causa ignoro, mi razón no alcanza

Por qué ha unido, Muriel, mi loca idea

Á un porvenir de luz y de bonanza

Cuanto el lugar de tu mansión rodea:

Mas cuanto en mis delirios de esperanza

Mi corazón, supersticioso, crea,

Lo veo de tus cuartos y pinturas

Ornado con los muebles y figuras.

Ellos han escuchado los primeros

De mi laüd morisco la armonía,

Y, á crëer en fanáticos agüeros,

Padrinos son de la fortuna mía.

En brazos de esas damas y guerreros

Salen mis versos á la luz del día,

Y yo de su presencia no renuncio,

Crédulo, en mi favor, al fausto anuncio.

Yo, en el campo del arte peregrino,

Doquier del arte adorador profundo,

Que presentado á ser voy imagino

En brazos de las artes en el mundo:

Y pues me trajo entre ellas mi destino

Á desplegar las hojas en que fundo

Mi esperanza á la gloria que ambiciono,

Á ilusión tan dichosa me abandono.

Murillo, Rafaël, Salvator Rosa,

Piombo, Teniers, Tiziano, Stein, Morales,

Cuyas firmas de mano vigorosa

Leo sobre esos lienzos inmortales,

Aunque, viles, no logren otra cosa,

Para mis pobres cantos orientales,

Yo de vuestra presencia los auspicios

Acepto con afán como propicios.

Y tú, dulce y amante Garcilaso,

Cortesano cantor de los pastores,

Que cuenco pastoril el áureo vaso

Hiciste do libaste tus amores:

Tú que entre miel y ámbar á tu paso

Sembraste versos que brotaron flores,

Ve si á los míos tu dulzura inspiras

Desde ese marco en que tenaz me miras.

Y vosotros, bizarros personajes,

Seres faltos de sér, á quien del caos

Para adornar sus fondos y paisajes

Sacó el genio vivífico: animaos.

Á mis cristianos himnos y salvajes

Sonatas africanas despertaos:

La poesía en las pasadas eras

Movió los montes y domó las fieras.

Vivificaos, pues, y en torno mío

Agrupaos ¡oh imágenes hermosas

Del amor, el pesar, la fe y el brío!

Venid ceñidas de fragantes rosas,

Ó devorado el corazón de hastío,

Visiones del desierto pavorosas,

Diana impura, llorosa Magdalena,

Vigorosa Judit, robada Elena.

Alba severo, incógnitos señores

De plegados vuelillos y valonas,

Apáticos flamencos fumadores,

Zagales cuyas cabras juguetonas

Pasto buscan de céspedes mejores:

Del marco desprended vuestras personas,

Formad una callada fantasía

Que auditorio idëal preste á la mía.

Revivid á mi acento, yo os conjuro,

Creaciones que estáis en el dominio

De la imaginación: congreso impuro

De dioses ya sin cielo, del triclinio

Baja á mi voz, y aunque te sea duro

Renunciar del Parnaso al patrocinio,

Ven á adorar en mis severos cantos

La gloria de otros númenes más santos.

Venid lúbrica Venus, rubia Ceres,

Diosas en otros tiempos inmortales,

Otros genios á ver y otras mujeres

Hollando vuestro altar y pedestales.

Nuevas Divinidades, nuevos seres

De prez y de virtud más celestiales,

Dan hoy á una mejor mitología

Con más íntima fe más poesía.

¡Gracias, bellas quimeras! ya os percibo;

Dejad de mis conjuros al acento

La vil materia en que creó cautivo

Vuestro ficticio sér un pensamiento.

Apréstate, Muriel: al soplo vivo

De mi fecundo é inspirado aliento,

Voy á abrir á tu atónita mirada

El recinto de la Árabe Granada.

II

Mas la planta ¡oh Muriel! ten un momento

Antes que huelles su frondosa vega,

Porque traidor me asalta un pensamiento.

Mal retenida entre tus labios juega

La sonrisa del que oye y, caballero,

Aunque tenaz no cree, cortés no niega.

Que extrañas ¡ay de mí! por ella infiero,

Que con sincera convicción cristiana,

Hoy en són tan veraz como severo

Mi voz resuene, cuando ayer mundana

Y de la tierra escándalo profano

El vicio y el placer cantó liviana.

¿Quieres saber, Muriel, por qué el mundano

Laüd dejando, en harpa vibradora

Las glorias de la Cruz canto cristiano?

¿Quiéres saber por qué, bebiendo ahora

Mi inspiración en el venero vivo

De nuestra Fe, mi voz consoladora

Levanto en el tumulto revulsivo

De nuestro siglo turbulento, al duelo

Del corazón buscando lenitivo?

Pues voy audaz á descorrer el velo

Que tal misterio encubre, en una historia

Que con orgullo y sin temor revelo.

Reservada y recóndita memoria

Del libro inmaterial del alma mía:

Historia sólo para mí: ilusoria,

Poética y gentil alegoría

Nada más para el mundo, á cuyo oído

Jamás imaginé que llegaría.

Aparta, pues, del límite florido

De Granada, que estás casi pisando,

Tu pie, menos feraz y entretenido

Sendero agreste tras de mí tomando,

Y avancemos, Muriel..... pero medita

Que en la región del alma vas entrando.

LAS DOS LUCES

Es la existencia golfo que se agita

Circundando islas mil, cuyo olëaje

De la nada en las playas se limita.

Naves las almas son en que el pasaje

Hacemos de este golfo, cuyo centro

El punto es de partida en este viaje.

Centro es la cuna: una isla mar adentro

En la mitad del golfo colocada,

Do alma y cuerpo se salen al encuentro.

Al mar cada alma desde allí lanzada

Va de una en otra isla escala haciendo,

Hasta dar en las playas de la nada:

Allí en la inmensa eternidad cayendo,

Náufrago el cuerpo en la ribera espira

Al criador su nave devolviendo.

Amor, deleite, lujo, ambición, ira,

Gloria, amistad, honor, fama, y orgullo,

Islas son donde reina la mentira.

Desde ellas nos reclama con arrullo

Fascinador: de danzas y canciones

Nos envía al pasar manso murmullo:

Á ellas con falaces ilusiones

Nos atrae, y, viajeros perezosos,

Vamos haciendo escala en las pasiones.

Fe, ciencia, religión..... son luminosos

Faros que por las varias latitudes

Nos guían de estos mares procelosos.

«¡Voga!» nos dicen con su luz «no dudes.

¡Voga!» y, pilotos de arte y experiencia,

Vamos haciendo escala en las virtudes.

Por las pasiones va nuestra existencia

Sus riquezas gastando, y adquiriendo

Por las virtudes va nueva opulencia.

Las naves bien lastradas al tremendo

Vaivén resisten y oleaje fuerte:

Las vanas ceden al embate horrendo.

Era yo joven: mi conciencia inerte

Dormía, cuando al mundo audaz y solo

Salí fiado en la voluble suerte.

Lëal, franco, inexperto, extraño al dolo,

Creyendo en cuanto vi con fe sincera,

Mío el mundo juzgué de polo á polo.

Mi alma entonces, góndola ligera

En manos de señor joven y ansioso

De vida mundanal y placentera,

Se dejaba guiar por el undoso

Y turbulento mar de la existencia,

Ya á naufragar vecina, ya en reposo

Vogando de aura mansa á la influencia:

Al sol ardiente y á la tibia luna

Meciéndose en el mar con indolencia

Siguió siempre mi nave y mi fortuna

La dulce poesía, compañera

De mi gozo y mi afán desde la cuna:

Y con voz ora humilde, ora altanera,

Mis placeres canté, mis ilusiones

Hechicé, la ventura pasajera

De la vida fugaz en mis canciones

Celebré; y ora crédulo, ora impío,

Templé mi lira con inciertos sones.

Abordé en mi demente desvarío

Del golfo de la vida las riberas

Todas, sin otra ley que mi albedrío.

Sus islas visité más hechiceras:

Gloria, amistad, amor, deleite, oyeron

Mis insensatas cántigas primeras:

Y doquier por el golfo me aplaudieron,

Y de lauros cargáronme la frente,

Y embriagándome al fin, me embrutecieron.

Triunfé, amé, disipé, reñí insolente.

¿Qué saqué de esta vida vergonzosa?

Hastiado el corazón, seca la mente.

Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa

Marcha me conducía abandonado

Al olëaje de la mar undosa.

Entonces recordé mi sosegada

Niñez: cuando mi madre me tenía

Sentado en sus rodillas y posada

Su mano en mi cabeza, dirigía

Mi atención al altar donde radiante

Se elevaba una imagen de María.

Y entonces recordé la voz vibrante

Del monje que en el púlpito exclamaba:

«La existencia más larga es un instante;

»Honor, gloria, poder, todo se acaba

»Con ella: sólo nuestras obras viven,

»Y ¡ay del que con sus obras no se cava

»Su tumba! Todos del Señor reciben

»Para el bien un talento, y Dios ordena

»Que el suyo todos para el bien cultiven.»

Recordé que esto oí en la edad serena

De la cándida fe, cuando la mente

Virgen recibe la impresión ajena

Que conserva indeleble eternamente.

Hasta entonces jamás mirado había

Detrás de mí: tornéme ansiosamente

El rastro á ver de la existencia mía:

¿Qué vi? la inmensidad del ocëano

Que tras de mí desierta se extendía.

La nave de mi alma un solo grano

De lastre no llevaba, ni una sola

Flor de las islas conservó mi mano.

El rumor de una ola y otra ola

No más en torno oía, y el profundo

Són de la mar que el corazón desola

Blando susurre ó muja furibundo.

¿Me comprendes, Muriel? te voy contando

La historia de mi alma: lo que al mundo

Nadie cuenta jamás: lo que llevando

Va cada cual consigo, cuidadoso

En el inquieto corazón guardando.

Lo que el hombre no dice vergonzoso,

Mas lo que á solas piensa en el momento

En que cierra su párpado al reposo.

Iba yo, pues, al olëaje lento

Del golfo de la vida en la barquilla

De mi alma vogando, el pensamiento

Tornado á mi niñez, de toda orilla

Lejos, el corazón triste y vacío

De lo pasado, viendo que la quilla

Del alma no dejaba entre el bravío

Olëaje señal, y nuevo rumbo

Dar meditando al barquichuelo mío:

Y he aquí que de las ondas al balumbo

Avanzando al azar ciego y perdido

De olas en olas y de tumbo en tumbo,

Vi una isla á lo lejos; decidido

Torné á ella mi proa y tomé suelo

En país para mí desconocido;

La Isla de la Razón era, que el Cielo

Puso en mitad del viaje de la vida.

La rica nave, el débil barquichuelo

Que allí aporta sin rumbo, la perdida

Brújula cobra y desde allí dirige

Su viaje á fácil playa. Guarecida

La Razón de esta isla, en ella rige

Como reina, teniendo en su ribera

Dos luces siempre ardiendo, y una elige

De las dos el que arriba, su postrera

Travesía al hacer: cada uno enciende

Su antorcha en una y, breve ó duradera,

Con esta luz su travesía emprende,

Cuerdo ó desatinado, el navegante

Que á sí no más en la elección atiende.

De saltar en su isla en el instante

«De la fe es esta luz, del siglo es esta»

Me dijo la Razón: y, vacilante

En la difícil elección funesta

Entre la fe y el siglo, al alma mía

Entre las luces de ambos dejó puesta.

La antorcha de la fe no despedía

Más que un rayo de luz tranquilo y puro,

Que por la limpia atmósfera subía

Recto á perderse en el azul obscuro

De la pura región, que el ojo humano

No contempló jamás fijo y seguro.

Á la luz de la fe nada cercano

Sobre el haz de la tierra se alcanzaba:

Pero en la altura del zenit lejano

Veíase una estrella y se dudaba

Si la luz de la fe de ella venía,

Ó la luz de la fe se la prestaba.

Yo entre la tierra y la región del día

Este rayo común juzgué, y no en vano,

Que comunicación establecía.

Circundaba este rayo soberano

Rico enjambre de abejas luminosas

Con alas de oro, cuanto más cercano

Al resplandor su vuelo más hermosas:

Y en el centro del rayo refulgente

Labraban sus panales oficiosas.

Quemábalas al fin el foco ardiente

Y en lugar de cenizas, convirtiéndolas

En bellísimas aves, de repente

La luz del rayo místico impeliéndolas,

Tomaban vuelo hacia el zenit palomas,

Águilas, cisnes, garzas y oropéndolas;

Y abrasada su miel, suaves aromas

Exhalaba que en la aura derramándose

Embalsamaban mar, valles y lomas.

La luz del siglo, móvil elevándose,

Culebreaba con llamas refulgentes

De su foco en redor desparramándose,

Formando con sus llamas transparentes

Un bello árbol de luz que reflejaba

Los colores del iris esplendentes.

Bajo este árbol radiante vegetaba

Innumerable colección de flores,

En la que muchedumbre se criaba

De mariposas, ricas en colores,

Agradables en forma y movimiento,

Y en gala incomparables y en primores.

Susurro vago y apacible y lento

Con sus alas hacían y en contorno

De aquel árbol de luz giros sin cuento:

Mas al fin deslumbradas y al bochorno

Del fuego enloquecidas, acercándose

Al foco abrasador, del rico adorno

De sus puros colores despojándose,

Poco á poco en la luz se iban lanzando

Y unas tras otras en la luz quemándose;

Y un poco de humo fétido exhalando,

Polvo las mariposas se volvían,

Su sitio ante la luz á otras dejando.

Más bellas las abejas renacían

En la luz de la Fe, y las mariposas

Polvo en la luz del siglo se volvían.

¿Quién de aquestas dos luces misteriosas

La alegoría mística no advierte?

La miel de las abejas oficiosas,

Que en aroma á su luz la fe convierte,

Son las obras del hombre, que embalsaman

Su memoria triunfante de la muerte.

El polvo que de sí cuando se inflaman

Las mariposas sueltan, son las horas

Que en el siglo sin fruto se derraman.

Estériles así ó germinadoras

Son, sin fe, mariposas nuestras vidas

Y abejas con la fe trabajadoras;

Las almas naves á la mar partidas,

Ricas, seguras, con la fe vogando,

Con el siglo, sin lastre, sumergidas.

Todas de la Razón van arribando

Á la isla: en sus luces toman fuego

Y siguen á las costas navegando.

Yo, que ha ya siete lustros que navego

Por la existencia, á la Razón arribo

Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego:

Y el escaso talento que recibo

Del Señor para el bien, constante abeja

Labrando mi panal, con fe cultivo.

Pienso que de mi fe duda no deja

En ningún corazón mi alegoría,

Pues mi alma en sus luces se refleja.

¿Qué es un poeta? Un ave en la sombría

Selva del mundo por su Dios lanzada

Para llenar sus senos de armonía:

Mas no para gorjear desatinada

Día y noche, la selva ensordeciendo,

Malgastando la voz que le fué dada

Para elevarla audaz sobre el estruendo

Mundanal, y con fe consoladora

La gloria de su Dios enalteciendo.

No al poeta se dió la voz sonora

Como engañosa voz á la sirena,

Ni como al cocodrilo voz traidora;

La del poeta el ánimo serena

Del hombre por la tierra peregrino:

Dulce y divina voz que le enajena,

La patria celestial de donde vino

Recordándole siempre y aliviando

La fatiga mortal de su camino.

¡Ay del poeta que, sin fe cantando,

Sólo murmullo efímero levanta

Como el agua y el aire susurrando!

¡Ay del poeta que su fe no canta

Y la gloria del pueblo en que ha nacido,

Enronqueciendo en vano su garganta!

¡Mariposa y no abeja!—Tal ha sido

La causa que, tenaz, de esta obra mía

En el asiduo afán me ha sostenido.

Cambia con mi razón mi poesía,

Y á la luz de la fe recapacito

Que he sido mariposa hasta este día.

Ha siete lustros que la tierra habito,

Ave insensata que en la selva trina

Con inútil gorjear, y necesito

Utilizar la inspiración divina

Que al poeta da Dios, el sacrosanto

Sino cumpliendo á que mi sér destina.

Y he aquí por qué cuando hoy mi voz levanto,

Cristiano y Español, con fe y sin miedo,

Canto mi religión, mi patria canto.

Con mi destino cumplo como puedo;

Y si sucumbo por llenarle, en suma,

Con Dios en paz y con mi patria quedo.

Ahora, Muriel, en alas de mi pluma

Volvamos al dintel de mi poema;

(Puesto que es fuerza que de tal presuma.)

En tanto, pues, que en la jornada extrema

Tocamos, ven conmigo hacia Granada,

Regio florón de la oriental diadema.

Ven de mi narración la no trillada

Senda siguiendo: al arabesco estilo

La encontrarás de flores alfombrada.

No es un camino real tirado al hilo

Derecho y espacioso, mas conduce

Por medio de un vergel al regio asilo

Del alcázar Muslim, y se introduce

Antes por bib-arrambla do las flores

Verás más bellas que el Genil produce.

Fátima la Zegrí, perla de amores,

Cual su nombre lo dice: la Azafía

Cándida como el suyo: la en albores

Extremada Jarifa: albor del día,

La dicha así por su beldad, Zoraya:

Zaida, que fuego en el mirar tenía:

La espejo de constantes Almeraya:

Zelinda, la orgullosa Alpujarreña:

Borina, prez de la murciana playa:

Zora, la voluptuosa Malagueña:

Zobeika, la rival de Sarracina:

Lindaraja, la ardiente Zahareña,

Y cuantas tuvo, de beldad divina

Prodigios humanados, nobles moras

La conquistada corte Granadina.

Hallarás en mi libro encantadoras

Leyendas, orientales fantasías,

Que más dulces tal vez te harán las horas,

En rimas pobres, pues al fin son mías,

Pero halagüeñas para aquel que aprecia

La Hispana gloria y los pasados días.

No encontrarás los númenes de Grecia

Invocados en él: genios distintos

Asisten á mis héroes en su recia

Caballeresca lid; bajo sus plintos

Los templos de la Cruz no dan ya paso

Á Venus ni á Plutón, ni en los recintos

De la Alhambra jamás trotó el Pegaso:

Que el rayo vivo de la Fe Cristiana

Cegó á las Musas y quemó el Parnaso.

Hallarás en mi libro, á la Africana

Usanza, algo excesiva galanura,

Pues fiel la lira con la acción se hermana

Y el tono que la da seguir procura:

Mas no el poema juzgues de la vaga

Leyenda de Al-hamar por la lectura.

Su narración fantástica divaga

Enfática y difusa á cada punto

Por su argumento celestial, que halaga

Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto

Ni en forma, ni en estilo da en efecto

De mi poema idea, aunque su asunto

Se encuentra al del poema tan afecto

Que, á faltar la leyenda, desmembrada

Su acción parecería é imperfecto

Su plan, como palacio sin portada.

Tal es mi obra.—Ahora penetremos,

Muriel, en el recinto de Granada.

¡Y ojalá que á sus términos extremos,

Como á risueño fin de alegre viaje,

Al compás de mi cántico lleguemos!

¡Y plegue á Dios que el bárbaro ropaje

De mi cuento Muslim vuelva con pompa

Manto imperial el albornoz salvaje!

¡Y plegué á Dios que, cuando el canto rompa,

Se me torne el laüd que me acompaña

La de homérico són épica trompa,

Que el eco lleve de mi voz á España!

III
INSPIRACIÓN

¡Cristiana inspiración, hija del cielo,

Que diste sér á mi canción primera,

De mi existencia en el placer y el duelo

Guía siempre lëal y compañera!

Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,

Dirás conmigo mi oración postrera:

Tú que abrirás con el sepulcro al alma

De la tranquila eternidad la calma:

Tú que, al soplo de un aura perfumada,

Con mi espíritu errante has recorrido

los desiertos del África abrasada,

Pensil de palmas, de serpientes nido:

Y los cármenes frescos de Granada,

Edén para los Árabes perdido:

Y los talleres de Albión obscura:

Y de París la bacanal impura:

Tú que, perenne, con materna mano

Conservaste en mi alma por doquiera

De la Esperanza el incorrupto arcano

Y de la Fe la inextinguible hoguera:

Tú que, al cruzar el arenal mundano,

Has templado mi sed rabiosa y fiera

Aplicando á mis labios la ambrosía

Del cáliz de la dulce poesía;

No me abandones hoy que necesito

Purificar y esclarecer mi idëa,

Al fuego santo del fanal bendito

Do inflamó Dios tu inextinguible tea.

Hoy que anhelo una voz de eco infinito,

Que más que de mortal robusta sea,

Para enviar á la tierra en que vi el día

En alas de un cantar el alma mía.

¡Inspiración católica, más fuerte

Que los tres elementos destructores

De la envidia, del tiempo y de la muerte!

Ciñe mi sien y mi laüd de flores:

Mágico encanto en mis palabras vierte

Y, en brazos de los vientos voladores,

Del turbio Sena al pobre Manzanares

Lleva mi corazón en mis cantares.

Vuela y á España di que todavía

Sin ira y sin pavor mi voz resuena

Sobre el festín de la centuria impía,

Que á sus míseros hijos envenena

Brindándoles las copas de su orgía,

Que la revolución con sangre llena:

Dila que hasta que espire en mi garganta

Celebrará su gloria y su fe santa.


LEYENDA
DE
MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA

REY DE GRANADA

DIVIDIDA EN CINCO LIBROS

Libro de los Sueños.

INTRODUCCIÓN

En el nombre de Aláh clemente y sumo

Que da sombra á la noche, luz al día,

Voz á las aves y á las hierbas zumo:

Cuya suprema voluntad podría

Tornar de un soplo el universo en humo,

Y que atesora en mí su poesía,

Escrita os doy para su eterna gloria

Del príncipe Al-hamar la regia historia.

Bálsamo que disipa la amargura,

Luz del pesar sombrío ahuyentadora,

Es su sabrosa y celestial lectura

Risueña como fuente saltadora,

Grata como del campo la verdura,

Bella como la grana de la aurora,

Tierna cual de la tórtola las quejas,

Dulce como el panal de las abejas.

Destila de sus versos ambrosía

Su dulce narración maravillosa:

Exhala su fecunda poesía,

Grato como la esencia de la rosa,

Mágico són de incógnita armonía;

Y cual lluvia de Abril, que lenta posa

Sus gotas en la flor, vierte en el alma

Su amena relación plácida calma.

Encierra sus conceptos peregrinos

Misteriosa virtud y fuerza varia:

Aplacan el rigor de los destinos

Elevados á Aláh como plegaria:

Regalan á quien lee sueños divinos

Leídos en la alcoba solitaria,

Cuya influencia y compañía amiga

Calman del cuerpo la mortal fatiga.

No hay sér bajo el imperio de la luna

Que su lección sagrada no comprenda,

Ni Aláh produjo criatura alguna

Que no sienta placer con su leyenda.

El pez á quien abriga la laguna,

El ave que del árbol hace tienda,

La fiera que entre rocas se sepulta,

El reptil que en los céspedes se oculta:

Y en su colmena el zumbador insecto,

Y en su corteza el röedor gusano,

Y el árbol recio en su vigor perfecto,

Y el aire inquieto en su vagar liviano,

Y el sordo incendio en su humear infecto,

Y en su ciego furor el ocëano,

Prestan oído respetuoso y grato

Al armónico són de su relato.

Esculpido en las hojas de sus flores

Se guarda en el Edén por altos fines:

Y los justos en él habitadores,

Los ángeles que velan sus confines,

Las hurís que alimentan sus amores

Y los genios que pueblan sus jardines,

Gozan en descifrar sus caracteres

En la paz de sus místicos placeres.

Tal es la historia peregrina y bella

Que os doy en estas hojas extendida,

Para que el pasto y el deleite de ella

Os alivien las penas de la vida:

Pues la luz que en sus páginas destella

Despierta el alma á la virtud dormida,

Y eleva el corazón y el pensamiento

Á la pura región del firmamento.

Y aunque en idioma terrenal y humano

Para la humana comprensión la escribo,

De espíritu más alto y soberano

Su luminosa inspiración recibo.

Guía mi corazón, guía mi mano

Sér á quien dentro de mi sér percibo,

Y el genio ardiente que en mi pecho habita

La palabra me da que os doy escrita.

Leedla, pues; y el ámbar que perfuma

Del Paraíso la mansión divina,

Y el resplandor que de la esencia suma

Derramando los mundos ilumina,

Y el rumor que levantan con su pluma

Las alas de Gabriel cuando camina,

Embalsame y alumbre y dé contento

Á cuantos lean el divino cuento.

Nació Al-hamar y sonrió el destino

Contemplándole amigo: la fortuna,

Fijando un punto su inconstancia, vino

Amorosa á mecer su blanda cuna:

Y, el curso de su carro diamantino

Parando en el zenit, la casta luna

Tendió desde él con maternal cariño

Tierna mirada sobre el regio niño.

Del ángel que custodia su persona

Bajo las alas de perfume llenas,

Dió sus primeros pasos en Arjona

Sobre el tapiz fragante de azucenas

Que dan al pueblo natural corona,

Sus vegas en redor ciñendo amenas:

Y sin dolencia corporal alguna

Llegó á la juventud desde la cuna.

Ánimo noble y continente bello,

Porque inspirara afecto y simpatía,

Dióle el Señor. Espléndido destello

Puso en sus ojos de la luz del día:

La gracia de el del cisne dió á su cuello

Dió á su voz de las auras la armonía:

Dió á su talle lo esbelto de la palma,

Y el temple de los genios á su alma.

Dió el carmín de la aurora y de la nieve

La limpieza á su tez; dió á su cintura

La grave majestad con que se mueve

El león, y del corzo la soltura:

Del sabio á su palabra dió lo breve,

La paz del niño á su sonrisa pura,

Y al corazón sin miedo y sin codicia

La fe, la lealtad y la justicia.

Diestro en la lid, en el consejo sabio,

Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia,

Modesto en la victoria, en el agravio

Perdonador y sobrio en la opulencia:

En la mano la dádiva, en el labio

El consuelo y la paz, de la violencia

Castigador, y hermoso en la persona,

Nació digno Al-hamar de la corona.

Chispa encendida de la fe en la hoguera

Su estrella fué. Su celestial influjo

En el erial de la vital carrera

Por luminosa senda le condujo.

La ventura tras él fué por doquiera,

Su presencia doquier el bien produjo;

Amigos y enemigos le admiraron

Y la historia y el tiempo le afamaron.

Luchas civiles de la gente mora

Le llamaron urgentes á la guerra,

Y lidió con honor desde la aurora

Hasta que en sombra se sumió la tierra.

Llevó al fin su bandera vencedora

Del verde valle á la nevada sierra:

Y de un día de Abril en la alborada

Aclamado por rey entró en Granada.

Pequeña población recién tendida

En el seno amenísimo de un valle,

Por donde Darro en sonorosa huída

Abre á sus hondas perfumada calle,

Era entonces Granada, y parecida

Á africana gentil de suelto talle,

Que fatigada en calurosa siesta

Á la sombra durmióse en la floresta.

Y cuando digo población pequeña

Á la de hoy la imagino comparada:

Pues no era entonces cual después fué dueña

De dilatados términos Granada.

Bella ciudad de situación risueña

Y de bizarros Árabes poblada,

Era ciudad no grande, no opulenta,

Mas ya por su valor tenida en cuenta.

Á una orilla del Darro que mojaba

De sus labradas puertas los umbrales,

(Por bajo de la cádima alcazaba

Ceñida de murallas colosales)

Un barrio se extendía que habitaba

Raza de los egipcios arenales

Oriunda: gente audaz, de miedo ajena,

De negros ojos y de tez morena.

Tribu, como nacida en el desierto,

En sus gustos voluble y pareceres,

De este jardín á su escasez abierto

Doblemente apegada á los placeres.

Sus blancas azoteas eran huerto

Cuidado con afán por sus mujeres,

Y sombreaban sus altos miradores

Toldos fragantes de enredadas flores.

Gozaban de sabrosos alimentos,

Ocio oriental y cómodo vestido;

Cercaban sus alegres aposentos

Blandos cojines de sutil tejido:

Revestía sus limpios pavimentos

Mármol de Macäel blanco y pulido,

Los muros preciosísimo estucado

Y el friso trabajoso alicatado.

Sostenían los ricos arquitrabes

De sus claros moriscos corredores

Columnas ligerísimas. Sus naves

Adornaban arábigas labores,

Sutiles cual la pluma de las aves,

Tan brillantes como ella en sus colores;

Frutales desde el huerto á las ventanas

Alargando limones y manzanas.

Sus patios, que en albercas espaciosas

Reciben unas aguas cristalinas

Al cuerpo gratas y al beber sabrosas,

Pilas eran de baño alabastrinas,

Sembrado el borde de arrayán y rosas,

Donde las bellas moras granadinas

El seco ardor de la mitad del año

Ahuyentaban de sí con fresco baño.

Y en las serenas noches del estío,

Á la luz misteriosa de la luna,

Al són del agua del plateado río,

Y al compás de una cántiga moruna

(Dulce recuerdo del país natío

Que no se olvida en la mejor fortuna),

Sentábanse á danzar en la ribera

La alegre Zambra, y la Jeíz ligera.

Tal fué la tribu y las mansiones tales

Que á una margen del Darro se extendían,

Mirándose en sus líquidos cristales

Á cuyo són los dueños se adormían:

Y tan gratas sus casas orientales

Eran, tal el contento en que vivían,

Que con justicia los que en él moraron

El barrio del deleite le llamaron.

La otra ribera del sonante río

Era una verde y desigual colina,

Cuya enramada falda daba umbrío

Y ancho tapiz al agua cristalina,

Y cuyo lomo, seco en el estío,

Fundamento á una torre casi en ruina,

Que sirviendo á dos términos de raya

Era alminar á un tiempo y atalaya.

Domínase en la cumbre de esta altura

La extensión de la vega granadina,

Rica alfombra de flores y verdura

Que tendió ante sus plantas la divina

Mano de Aláh: tesoro de frescura,

Manantial de salud y peregrina

Mansión de toda dicha, cuyas suaves

Auras encantan con su voz las aves.

Ven desde allí los ojos embebidos

Cien alegres y blancos lugarejos,

Que de palomas asemejan nidos

Entre las verdes huertas á lo lejos;

Y montes cien que, por el sol heridos,

Descomponen su luz con mil reflejos

Que lanza el agua y el metal que encierra

Pródiga madre su fecunda tierra.

Allí anidan al par todas las aves

Y se abren á la par todas las flores:

Con la rápida alondra águilas graves,

Con la murta el clavel de cien colores;

Se respiran allí cuantos las naves

De oriente traen balsámicos olores,

Y allí da el cielo deliciosas frutas,

Y encierran minas las silvestres grutas.

Allí, bajo aquel cielo transparente

Donde vieron su Edén los Africanos,

Hállase aún en ideal viviente

La mujer de contornos sobrehumanos,

De ojos de luz y corazón ardiente,

De enano pie y anacaradas manos,

Cuya generación guardarán solas

Las árabes provincias españolas.

Moran allí esas célicas huríes,

Que pintan las muslímicas leyendas

Reclinadas en frescos alhamíes,

Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas;

Cuyos labios de rosas y alelíes

Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas,

Palabras que embelesan los oídos

Y besos que adormecen los sentidos.

Aquellas celestiales hermosuras

Que coloca el Korán en su divina

Fantástica mansión de las venturas,

Cuya mirada el iris ilumina,

Cuyo aliento desparce esencias puras,

Cuyo seno y espalda alabastrina,

Velando mal sus mágicos hechizos,

Negros circundan y flotantes rizos.

Vense del cerro aquel gigantes cimas

Que eternas cubren seculares nieves,

Donde por grietas mil sus hondas simas

Ríos destilan en arroyos breves:

Y allí, cosechas para dar opimas,

Refréscanse al pasar las auras leves,

Que bajan luego á fecundar la vega

De las fuentes al par con que se riega.

Vese también por el siniestro lado

El valle de Genil, cuyos raudales

Bañan la verde amenidad de un prado

Cubierto de avellanos y nopales.

Gózase allí de un aire perfumado

Con el subido olor de los frutales,

Del cantueso, tomillo y mejorana,

Que el aura mueve al revolar liviana.

Y entre este barrio de delicias lleno

Y esta florida y desigual colina,

Se extiende el valle cuyo fértil seno

Fecunda el Darro que por él camina:

Y es el lugar más grato y más ameno,

La situación más bella y peregrina

De cuantos ríos fertiliza y baña

En la extensión de nuestra rica España.

Aquí, pues, á la margen de este río,

En la aromada falda de esta altura,

En una noche límpida de estío,

Y al són del agua que á sus pies murmura,

Arrobado en extraño desvarío

La alameda cruzaba á la ventura

Al-hamar, que en paseo misterioso

Olvidaba las horas del reposo.

Único sér con movimiento y vida

En la nocturna soledad errando,

Sin que la tierra por su pie oprimida

Crujir se oyera con el césped blando

De que la tierra inculta está mullida,

Algún insomne le juzgó temblando

Alma que torna á visitar la huesa

Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.

Flotaba suelto el alquicel nevado,

Blanqueaba del turbante el albo lino,

Y relucía en piedras engastado

El puño del alfanje damasquino:

Y este blanquear y relucir callado,

Á intervalos oculto del camino

Entre los troncos que al pasar cruzaba,

Faz de visión á su persona daba.

Y tal avanza silenciosa y lenta

Del solitario valle en la espesura,

Y al verla calla el ruiseñor que cuenta

Sus amores al aura, y á la hondura

Del río se desliza soñolienta

La culebra enroscada en la verdura,

Y el vuelo tiende á la contraria orilla

Espantada la tímida abubilla.

En tanto el noble príncipe, sumido

En el mar de sus propios pensamientos,

Ni atiende al ave que ahuyentó del nido,

Ni al reptil que saltó, ni á los acentos

Que el ruiseñor ahogó: y embebecido

Continúa avanzando á pasos lentos,

Hasta perderse en la arboleda obscura

Que se espesa del valle en la angostura.

Formaba esta recóndita arboleda

Un extendido bosque de avellanos,

Guardador de una espesa moraleda

Donde sus utilísimos gusanos

Daban por fruto delicada seda,

Que labrada después por diestras manos

Iba en preciosas telas y tejidos

Á todos los mercados conocidos.

Brotaba una sonora fuentecilla

En medio de esta fértil enramada,

Vertiendo sus cristales por la orilla

De tilos aromáticos orlada.

Hallábase en redor, con maravilla

De los ojos, la tierra cultivada,

Y (obra admirable de cuidosas manos)

Hechos jardín los céspedes villanos.

Corría allí suavísimo el ambiente

Cargado con la esencia de mil flores,

Y al respirarle huían de la mente

Los pensamientos tristes, sinsabores

Y duelos ahuyentando; y la corriente

Del manantial remedio á los dolores

Era del cuerpo débil, cuyos males

Cedían al beber de sus raudales.

Lugar divino en la región humana

Colocado era aquél: retiro augusto

De algún Genio de estirpe soberana

Que el sacro Edén abandonó por gusto:

Destierro acaso de una hurí que vana

Apreció su beldad más que fué justo:

Cita acaso de un Silfo en sus amores:

Lecho tal vez del Ángel de las flores.

Allí á Al-hamar inspiración secreta

Á hallar condujo solitario asilo,

Y allí, al mirarse en soledad completa,

Irguió la frente y respiró tranquilo:

Y á la sombra y al són que esparce inquieta

La extensa copa de oloroso tilo,

Sentóse alzando la real mirada

Al cielo azul de su gentil Granada.

Y allí á sus hondos sentimientos dando

Pábulo y campo en la mansión del pecho,

Con la influencia del lugar hallando

Á ellos el corazón menos estrecho,

Poco á poco la espalda reclinando

Fué de la hierba en el mullido lecho,

Y poco á poco deleitosa calma

Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.

El canto de las aves anidadas

En el ramaje fresco, el campesino

Aroma de las hojas, oreadas

Con manso són por el errante y fino

Aliento de las brisas perfumadas,

Y el suave arrullo del raudal vecino,

Daban al sitio en que Al-hamar yacía

Célica paz y mágica armonía.

Ansiaba el rey grandeza venidera,

Gloria, poder, celebridad futura:

Ansiaba que su corte la primera

Fuése en valor, en lustre y en cultura:

Ansiaba darla fama duradera

Con prodigios de rica arquitectura:

Mas veía al par escaso su tesoro

Para hacer realidad sus sueños de oro.

Gozaba su exaltada fantasía

Con la bella ilusión de sus intentos:

Sus soberbios alcázares veía

Llenar la tierra y dominar los vientos:

Admiraba la gala y simetría

Que daba á sus labrados aposentos,

Y en sus doradas letras africanas

Leía ya las suras musulmanas.

Pensaba en las mil torres de los muros

Que á su noble ciudad dieran confines,

Fuerza rëal y límites seguros:

Pensaba en la extensión de sus jardines,

Asilos del deleite, y en los puros

Baños, y en los ocultos camarines

Del voluptuoso Harén de las mujeres,

Santuario del amor y los placeres.

Y embebecido en pensamientos tales,

Y embriagado tal vez con la esperanza

De hacer un día sus proyectos reales,

Si la fortuna amiga en la balanza

Su ambición y poder ponía iguales

Guiando el porvenir siempre en bonanza,

No percibió el dulcísimo beleño

Que iba en sus miembros derramando el sueño.

Poco á poco sus párpados cedieron

Á lenta pesadez, y sus pupilas

La claridad y la visión perdieron;

De los árboles mil las verdes filas,

De las aves y fuentes se le fueron

Borrando las imágenes tranquilas:

Y su imaginación quedando en calma,

De la vigilia al sueño pasó el alma.

Dos veces intentó los ojos vagos

Echar en rededor y á los sonidos

Atender, para alzarse haciendo amagos;

Pero cedieron otra vez rendidos

Sus párpados y miembros: anchos lagos

De sombra cada vez más extendidos

Envolvieron su inquieta fantasía,

Y un instante después... el rey dormía.

En calma universal, en paz completa

Quedó el frondoso valle, y la vecina

Corriente del arroyo y la aura inquieta

Le arrullaron con suave y campesina

Música.—Y en tal cláusula el poeta

Interrumpe su historia peregrina,

De agua y aire los sones halagüeños

Poniendo fin al Libro de los Sueños.


Libro de las Perlas.

En el sagrado nombre del que en el orbe impera

Oculto del espacio tras la cortina azul,

Que arregla de los astros la incógnita carrera,

Señor de las tinieblas, origen de la luz,

Del Libro de las Perlas comienzo la escritura

En verso claro y fácil á comprensión común.

Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura

Raudal de fe sincera, venero de salud!

¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas

En grupos impalpables, sobre alas sin color!

Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas,

Que amigos de las sombras aborrecéis al sol:

Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos

Que pueblan el espacio con misterioso són,

Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos,

Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:

Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo

Los áureos miradores del desvelado rey,

Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo

Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis;

Vosotros, que á la reja del camarín estrecho

Do la cautiva sueña con su perdido bien,

Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho

Mil bellas ilusiones de amor y de placer:

Vosotros, favoritos del genio y la armonía,

Que á par de las abejas saltáis de flor en flor,

La gota estremeciendo titiladora y fría

Con que el rocío baña su virginal botón:

De vuestra poesía verted en mí el tesoro:

Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz,

Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro

Las cláusulas que dignas de mi relato son.

Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo

En la divina empresa que audaz acometí.

¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto,

Y el libro de las Perlas guiad hasta su fin.

Guiad en él mi pluma,

Iluminad mi mente,

Y á la belleza suma

De asunto tan gentil

Haced que el pensamiento

Se eleve noblemente,

Y llegue al firmamento

Mi acento varonil.

Yo trazo aquí el relato

De tan divina historia,

Yo pinto aquí el retrato

De tan divino sér,

Que la palabra humana,

Ni la mortal memoria

Querrán con ansia vana

Contar y comprender.

Mi historia es tanto bella

Cuanto la lumbre vaga

De solitaria estrella

En recio temporal:

Cual la canción doliente

Que caprichosa maga

Murmura de una fuente

Bajo el fugaz cristal.

No hay lengua que la cuente

Ni mano que la trace.

El cuadro en vuestra mente

Fingid más ideal,

El tono que á vuestra alma

Más predilecto place

Dadle, y la luz, la calma

Que falta al mundo real.

Encima figuraos

De secular colina,

Cuando el nocturno caos

Platea el resplandor

De la modesta luna,

Que, amante, sin fortuna,

Eterna peregrina

Del sol tras el amor.

Fingíos una extensa

Riquísima llanura

Cubierta de verdura,

Y de caprichos mil

Llenadla: figuráosla

En la estación viciosa

Que abrir hace á la rosa

Su pétalo gentil.

El céfiro de aromas

Cargado nos orea

La faz: brotan las lomas

Con juvenil vigor

Mil hierbas, con que el viento

Inquieto juguetea

Con manso movimiento

Y lánguido rumor.

Fingíos una vega,

Que parte en cien pedazos

De un río que la riega

El líquido cristal,

Que caprichoso extiende

Los transparentes brazos

Doquier que el cauce tiende

Su lecho desigual:

Fingíos esta vega,

Cuya cubierta verde

Al horizonte llega

Y en su extensión se pierde,

Poblada de castillos,

De caprichosas ruinas,

De alegres lugarcillos,

De chozas campesinas;

De huertos pintorescos,

De arroyos cristalinos,

De bosquecillos frescos,

De móviles molinos,

De blancos palomares,

Rebaños y yeguadas,

Bodegas, colmenares,

Establos y toradas:

Fingid que en ella alcanza

La vista por doquiera

La campesina danza,

Á que en tranquila holganza

Y en amistad sincera,

Tras del trabajo ociosa

Se entrega bulliciosa

La alegre multitud:

Fingid este relato

Oído al són sencillo

(Mas cual ninguno grato)

Del tosco caramillo,

Y al trémulo y quejoso

Balar del cabritillo,

Y al canto trabajoso

Del soterrado grillo:

Fingíos que, lejana,

Del monasterio antiguo

Doblando la campana

Con su clamor despierta

Al perro, que está alerta

En el redil contiguo

Y en demostrar se afana

Ladrando su inquietud:

Y atento el ojo tiende

Al campanario viejo

De donde el són se extiende;

Y ve el móvil reflejo

Del esquilón, que gira,

Y el resplandor le admira

Del bronce que repele

Los rayos de la luz:

Fingíos este suelo

Tan bello coronado

Con un hermoso cielo

De transparente azul,

En cuyo fondo puro,

Quebrando el horizonte,

Sobre el perfil obscuro

Del apartado monte,

Por cima del convento

Mansión de la virtud,

Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas

Del árbol sacrosanto de la eternal salud,

Destácanse en el campo del limpio firmamento

Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.

¿Tenéis en la memoria

Tan mágica pintura?

¿Miráis esta llanura

Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó?

Pues es más halagüeña,

Más plácida y risueña

La celestial historia

Que en este libro frágil os voy á contar yo.

El Libro de las Perlas

Encierra en sus conceptos

La historia y los secretos

De un Ángel favorito de su inmortal Señor.

Venid á recogerlas:

Que Dios, que el Paraíso

Por cuna darle quiso,

Dió á par á sus palabras de perlas el valor.

De perlas elegidas

En las de más pureza,

Más precio y más belleza:

Las perlas de la Gracia, las perlas de la Fe:

Las perlas que, vertidas

Por su divina mano,

Harán del sér humano

Que recogerlas sepa un ángel como él fué.

Todo en silencio duerme

En la arboleda umbrosa

Donde Al-hamar reposa:

En calma universal

Yacer parece inerme

Naturaleza entera,

Cual si á sopor cediera

De atmósfera letal.

La cuádriga argentina

Del carro de la luna

Su curso al mar declina:

Y de su carro en pos,

Sombría, taciturna,

Su negro velo tiende

La lobreguez nocturna

Ante la luz de Dios.

La escasa y vacilante

Que radian las estrellas

Da apenas espirante

Su postrimer fulgor:

Reflejo moribundo,

Que cuando espire en ellas

Hará del ciego mundo

Un bulto sin color.

Ya lo es. Doquier se carga

De espesa sombra, y queda

Sumida la arboleda

En densa obscuridad.

Indefinible encanto

Doquier la vida embarga;

Exhala pavor santo

La muda soledad.

Y he aquí que en este punto,

Del fondo de la fuente

Que arrulla mansamente

El sueño de Al-hamar,

La faz resplandeciente

De un Genio, que ilumina

La linfa cristalina,

Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua

Su cabellera blonda:

Quebró la frágil onda

Su frente virginal:

Dejó el agua mil hebras

Entre sus rizos rotas,

Y á unirse volvió en gotas

Al limpio manantial.

Como vapor ligero

Del lago se levanta:

Cual de aromosa planta

Exhálase el olor:

Cual del albor primero

Del día que amanece

Fantástico aparece

El vago resplandor.

Del agua cristalina

Así elevó serena

Su aparición divina

El Genio celestial,

Cuyo contorno aéreo

Rodea alba aureola

Que el valle tornasola

Con luz matutinal.

Al fuego repentino

Que en torno á sí derrama,

Soltó su alegre trino

Despierto el ruiseñor:

Su voz de rama en rama

Las auras extendieron,

Y en cánticos rompieron

Mil aves en redor.

Dió un paso en la pradera,

Y al agitar el viento

Su rica cabellera,

El aire se aromó;

Dejó escapar su aliento,

Y cuanto allí vivía

Su aliento de ambrosía

Con ansia respiró.

Y entonces la callada

Blanca visión llegando,

Donde por sueño blando

Vencido está Al-hamar,

Los céspedes por lecho,

La mano perfumada

Le puso sobre el pecho,

Y así le empezó á hablar:

«Ilustre y venturoso

Caudillo Nazarita,

Tu místico reposo

Bendice al despertar.

Tu espíritu, que lucha

Con mi visión, se agita

Medroso en vano: escucha

Mi voz, rey Al-hamar.

»Mi voz es la armonía

Cuando habla á un sér amigo

De Dios, y es lo que digo

Más dulce que la miel:

Mi origen es el cielo,

Mi edad es la del día,

Mi esencia es el consuelo,

Mi nombre es Azäel.

»Yo soy un ángel y era

El ángel más perfecto,

El sér más predilecto

Del sabio Criador.

Moraba yo en la esfera

Más alta y más vecina

Á la mansión divina

De mi inmortal Señor.

»Un día..... ¡día aciago!

Cruzóme fugitivo

La mente loca un vago

Delirio criminal:

Pensé, mirando altivo

Mi esencia y mi hermosura,

Que no era criatura

Á las demás igual.

»Imaginé que origen

Más puro y soberano

Me pudo dar la mano

Del Hacedor tal vez:

Mas ¡ay! los que su mente

Por su altivez dirigen,

Verán cuán torpemente

Soñó su insensatez.

»Apenas un momento

Tan orgullosa idea

Brotó en mi pensamiento

Y en él lugar la di,

Tiniebla inesperada

Cegó mi mente rea,

Y ante la faz airada

Del Criador me vi.

»Desnudo ante la vista

Del Dios que le llamaba,

Como arrancada arista

Mi sér se estremeció;

La luz de su presencia

Mi nada iluminaba:

Juzgóme, y su sentencia

Así me fulminó:

«Tres siglos es preciso

»Que llores por tu yerro:

»Sal, pues, del Paraíso:

»El globo terrenal

»Te doy para destierro:

»Tus nobles atributos

»Te dejo: nobles frutos

»De tu hálito inmortal.

»Que broten de tus lágrimas

»En el lugar que mores

»El germen de las flores

»Y el manantial del bien.

»Sé allí su luz vivífica,

»Sé tú su astro benigno,

»Y vuelve al Cielo digno

»Del celestial Edén.»

»Dijo: y tendí mi vuelo

Llorando hacia la tierra:

Caí sobre este suelo,

Y en este manantial

Do tengo mi retiro

Mi espíritu se encierra;

Yo soy el que suspiro

De noche en su raudal.

»Yo soy el que velando

En esta margen bella

Pródigo vierto en ella

La vida y la salud.

Tú en ella sin respiro

Me vienes estrechando,

Y yo la fe te inspiro,

La ciencia y la virtud.

»Tú luchas por la gloria

De tu falaz creencia,

Y espléndida existencia

Preparas á tu grey:

Y yo que sé tu historia,

Tu origen y tu sino,

Arreglo tu destino

Por misteriosa ley.

»Sí, tú eres una espada

Que blande ajena mano:

Tú á impulso soberano

Obedeciendo vas:

Tú siembras la simiente

Que encuentras apilada:

Mas siembras diligente

Para quien va detrás.

»De aquí me desalojas

Cuando estos sitios pueblas,

De aquí conmigo arrojas

La gracia y el pudor:

Mas yo vi en las tinieblas

Resplandecer tus ojos,

Te conocí, y de hinojos

Di gracias al Señor.

»Su vista rutilante,

Que el universo abarca,

Posada en tu semblante

Desde tu cuna está:

Y el dedo omnipotente

Sobre tu noble frente

Grabó la regia marca

Que á conocer te da.

»Naciste favorito

Del genio y de la gloria;

Tu nombre es la victoria,

Tu voluntad ley es.

Tu tiempo es infinito,

Tus huellas indelebles;

Los montes son endebles

Debajo de tus pies.

»¿Tú anhelas un tesoro?

Mis lágrimas son perlas:

El Darro te trae oro:

Plata te da el Genil:

Cien minas en tu suelo

Posees: despierta á verlas,

Y haz de este valle un cielo

Para tu grey gentil.

»Encumbra este hemisferio

Con el poder de Oriente.....

Yo en él haré á otra gente

Plantar su pabellón.

Yo te daré un imperio,

Mas tú para pagarme

Tendrás al fin que darme

Tu fe y tu corazón.

»Adiós ¡oh Nazarita!

Mi aparición recuerda

Cuando el pesar te muerda

Con aguijón de hiel:

No olvides en tu cuita

Que abrió sobre este suelo

La fuente del consuelo

El ángel Azäel.»

Tal dijo: y el divino

Sér misterioso alzando

La mano que posando

Tenía en Al-hamar,

Al fondo cristalino

Volvióse de la fuente,

Que su cristal bullente

Sobre él volvió á cerrar.

El ámbar que exhalaba

Su aliento de ambrosía,

La luz que derramaba

Su forma, la armonía

De que su voz llenaba

La selva, y el encanto

Con que su influjo santo

Divinizó el vergel,

Como neblina leve

Que desvanece el aura

Al punto que se mueve,

Se disipó con él:

Dudar pudiendo en suma

La mente deslumbrada

Si fué visión soñada

El ángel Azäel.

Tornó á la antigua calma

Y soledad primera

El bosque y la pradera:

Y el príncipe Al-hamar,

Sintiendo libre el alma

Del fatigoso ensueño,

De su tenaz beleño

Se comenzó á librar.

Su mente obscurecida

Se iluminó: la historia

Del sueño en su memoria

Se comenzó á aclarar;

Y al fin, el cuerpo suelto

De su sopor y vuelto

Á la razón y vida,

Se despertó Al-hamar.

La vista echando en torno

Del sitio solitario,

Reconoció el contorno;

Mas como al ángel no,

Sonrisa de desdeño

Mostrando el juicio vario

Que forma de su sueño,

En la ciudad pensó.

Pensó que de ella ausente

Pasó la noche entera:

Pensó en su inquieta gente

Y se aprestó á partir,

Mirando tras el monte

Rayar la luz primera

Del sol, que al horizonte

Comienza ya á subir.

Compuso en la cintura

La faja tunecina;

La suelta capellina

Sobre la espalda echó,

Y el aura respirando

Del bosque y la frescura

Del alba, el césped blando

Con leve planta holló.

Dió un paso en la pradera,

Y alzando repentina

La brisa matutina

Su vuelo en el verjel,

Como una mies ligera

Dobló el ramaje umbrío,

Y sacudió el rocío

Depositado en él.

Surcaron desprendidas

Sus gotas el ambiente,

Cual lluvia transparente,

Espesa, universal:

El aire deshacerlas

No pudo, y esparcidas

Quedaron como perlas

Sobre la hierba igual.

Ráfaga, empero, errante

La brisa fué: su impulso,

Durante un solo instante,

Sin fuerzas espiró.

Irguióse la arboleda

Con rápido repulso,

Y todo al punto á leda

Tranquilidad volvió.

Vertió desde la cumbre

Del monte al hora misma

El sol su nueva lumbre:

Deshizo su arrebol

La atmósfera en su prisma

De múltiples colores,

Y abriéronse las flores

Á recibir al sol.

Debajo de la tienda

De sus plegadas hojas,

Las clavellinas rojas,

Los rojos alhelís

Mostráronle con franca

Exposición su ofrenda

En otra perla blanca

Cercada de rubís.

Detuvo la indecisa

Planta Al-hamar: su labio

Bañó dulce sonrisa

Su sueño al recordar,

É incrédulo, si sabio,

Juzgándolo quimera,

Tornó por la ladera

El paso á enderezar.

Y por mostrar desprecio

De sueños infundados,

Los céspedes mojados

Pisaba sin temor,

Con indignado y recio

Paso, truncando altivo

El tallo inofensivo

De una y otra flor.

Mas pronto perturbado

Su corazón de nuevo

Latió desconcertado,

Y comenzó á creer

La aparición soñada

Del celestial mancebo

Inspiración enviada

Por celestial poder.

De cada flor que rota

Derriba, ve que intacta

La desprendida gota

Resbala, y sin perder

Su redondez compacta,

En la mullida hierba

Entera se conserva,

Maciza al parecer.

Tendió la regia mano

Á la que más vecina

Halló; mas al cogerla

Reconoció Al-hamar

Su sino sobrehumano:

La gota cristalina

Era una gruesa perla,

Cual nunca las dió el mar.

Su limpia transparencia,

Su peso, su tamaño,

Su origen, tan extraño

Á cuanto oído fué,

Aclaman infinita

En número, inaudita

En precio la opulencia

Del rey que las posee.

No tiene en las ignotas

Minas que avara encierra

Tesoro igual la tierra

Ni en piedra, ni en metal:

Cada una de las gotas

Del celestial rocío

De plata vale un río

En precio á un reino igual.

¡Bendito el que tesoro

Tal poseer le cabe!

¡Bendito el que le sabe

Empleo digno dar!

¡Dichoso el Nazarita

Amir del pueblo moro,

En quien está bendita

La estirpe de Nazar!

Cayó Al-hamar de hinojos,

Y alzando al firmamento

Las manos y los ojos,

Con exaltada fe,

«Señor, dijo, yo admito

Un dón tan opulento,

Y á dón tan infinito

Corresponder sabré.»

Y así Al-hamar diciendo,

Y el dón agradeciendo

Que liberal le envía

La mano del Señor,

Las perlas recogía.....

Y acaba al recogerlas

El libro de las perlas.

¡De Aláh sea en loor!


Libro de los Alcázares.

¡Granada! Ciudad bendita

Reclinada sobre flores,

Quien no ha visto tus primores

Ni vió luz, ni gozó bien.

Quien ha orado en tu mezquita

Y habitado tus palacios,

Visitado ha los espacios

Encantados del Edén.

Paraíso de la tierra,

Cuyos mágicos jardines

Con sus manos de jazmines

Cultivó celeste hurí,

La salud en ti se encierra,

En ti mora la alegría,

En tus sierras nace el día,

Y arde el sol de amor por ti.

Tus fructíferas colinas,

Que son nidos de palomas,

Embalsaman los aromas

De un florido eterno Abril:

De tus fuentes cristalinas

Surcan cisnes los raudales:

Bajan águilas rëales

Á bañarse en tu Genil.

Gayas aves entretienen

Con sus trinos y sus quejas

El afán de las abejas

Que en tus troncos labran miel:

Y en tus sauces se detienen

Las cansadas golondrinas

Á las playas argelinas

Cuando emigran en tropel.

En ti como en un espejo

Se mira el profeta santo:

La luna envidia el encanto

Que hay en tu dormida faz:

Y al mirarte á su reflejo

El arcángel que la guía,

Un casto beso te envía

Diciéndote:—«Duerme en paz.»

El albor de la mañana

Se esclarece en tu sonrisa,

Y en tus valles va la brisa

De la aurora á reposar.

¡Oh Granada, la sultana

Del deleite y la ventura!

Quien no ha visto tu hermosura

Al nacer debió cegar.

¡Aláh salve al Nazarita,

Que derrama sus tesoros

Para hacerte de los Moros

El alcázar imperial!

¡Aláh salve al rey que habita

Los palacios que en ti eleva!

¡Aláh salve al rey que lleva

Tu destino á gloria tal!

Las entrañas de tu sierra

Se socavan noche y día;

Dan su mármol á porfía

Geb-Elvira y Macaël;

Ensordécese la tierra

Con el són de los martillos,

Y aparecen tus castillos,

Maravillas del cincel.

Ni un momento de reposo

Se concede: palmo á palmo,

Como á impulso de un ensalmo,

Se levanta por doquier

El alcázar portentoso

Que, mofándose del viento,

Será eterno monumento

De tu ciencia y tu poder.

Reverbera su techumbre

Por las noches, á lo lejos.

De las teas á la lumbre

Que iluminan sin cesar

Los trabajos misteriosos,

Y á sus cárdenos reflejos

Van los Genios sus preciosos

Aposentos á labrar.

¿De quién es ese palacio

Sostenido en mil pilares,

Cuyas torres y alminares

De inmortales obras son?

¿Quién habita el regio espacio

De sus cámaras abiertas?

¿Quién grabó sobre sus puertas

Atrevido su blasón?

¿De quién es aquella corte

De galanes Africanos

Que le cruzan tan ufanos

De su noble Amir en pos?

En su alcázar y en su porte

Bien se lee su nombre escrito:

Al-hamar.—¡Aláh bendito,

Es la Alhambra!—¡Gloria á Dios!


ALHAMBRA

¡Salud, favorita bella

Del Amir más poderoso!

¡Salud, tienda de reposo

De la gloria y el placer!

¡Vele Dios tu buena estrella,

Dichosísima señora!

¿Quién de ti no se enamora

Si una vez te llega á ver?

Al-hamar vertió en tu seno

De sus perlas los tesoros,

Te hizo perla de los Moros,

Puso reinos á tus pies.

Noble Reina, de labores

Tu real manto arrastras lleno,

Y cada una de sus flores

Un soberbio alcázar es.

Hermosísima Africana,

Ríe y danza voluptuosa:

Tu albo seno es una rosa

En lo fresco y lo gentil.

Regocíjate, Sultana,

Ríe y danza sin pesares,

Que el compás de tus danzares

Llevarán Darro y Genil.

Ríe y danza: ¿quién descuella

Como tú en poder y gala?

¿Quién compite, quién iguala

Tu opulenta majestad?

Donde tú sientas la huella

Van sembrando los amores

La semilla de las flores

Que perfuman tu beldad.

¿Dónde está la altiva reina

Que á la par de ti se ostente?

¿Dónde está la que su frente

Se corone como tú?

Son jardines tus cabellos,

Que aromado el viento peina

Cuando Mayo prende en ellos

Tocas de verde tisú.

Diadema con que se ciñe

Tu Granada, son tus brillos

Del color en que se tiñe

Roja el alba al purpurar;

Tus diamantes son palacios

Engastados en cintillos

De murallas de topacios,

Que deslumbran el mirar.

Y esas bóvedas ligeras

Cual prendidos cortinajes,

Y esos muros como encajes,

Delicados en labor,

De las manos hechiceras

De los Genios han salido,

Que en secreto ha sometido

Á su dueño el Criador.

¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete,

Perfumero de Sultanas!

Tus arábigas ventanas

Son las puertas de la luz.

El Oriente se somete

Á tus pies como un cautivo,

Y hace bien de estar altivo

De tenerte el Andaluz.


GENERALIFE
Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO

Entre lirios mal velado

El galán Generalife

Da al ambiente enamorado

Dulces besos para ti;

Como Ondina que ligera

Huyendo desde su esquife,

Vuelto el rostro á la ribera,

Se los da á quien queda allí.

¿Que Sultán su alcázar tiene

De jardines enramado,

De una peña así colgado

En mitad del aire azul?

Con los siervos que mantiene

El del Bósforo sonoro

No hará nunca á fuerza de oro

Otro igual en Estambul.

Del peñón en la alta loma

Semejando está que vuela,

Como rápida paloma

Que se lanza de un ciprés:

Mas si el ojo se asegura

De que inmoble está en la altura,

Le parece una gacela

Recostada entre una mies.

Sus calados peristilos,

Sus dorados camarines,

Sus balsámicos jardines

De salubre aire vital,

De los Silfos son asilos,

Que, meciéndose en sus flores,

Cantan libres sus amores

En su lengua celestial.

Y en las noches azuladas

Del verano, oculta cita

Trae amantes á las Hadas

Sus caricias á gozar:

Y al rayar el alba hermosa

Que interrumpe su visita,

En sus alas de oro y rosa

Tornan vuelo á levantar.

Atalaya de Granada,

Alminar de excelsa altura

De la atmósfera más pura

Colocado en la región:

¿Qué no ven de cuanto agrada

Tus ventanas por sus ojos?

¿Qué se niega á los antojos

Del que asoma á tu balcón?

Junto á ti los Alijares

Ataviados á lo moro

En el río de aguas de oro

Ven su gala y brillantez;

Más allá, sobre pilares

De alabastro, Darlaroca

Con su frente al cielo toca,

Que la sufre su altivez.

Á su par los frescos baños

De las Reinas granadinas,

Cuyas aguas cristalinas

Se perfuman con azahar

Y se entoldan con las plumas

De mil pájaros extraños,

Que se van con grandes sumas

Á las Indias á comprar.

Á tu izquierda el montecillo

Cuyo pie Genil evita,

Reflejando en sí la Ermita

De los siervos de la Cruz:

Á tu diestra el real castillo

Sobre el cual voltea inquieta

La simbólica veleta

Del bizarro Aben-Abuz.

Más allá los cerros altos

(Cuyo nombre y cuya historia

Dejarán dulce memoria)

Del Padul y de Alhendín:

Y allá más los grandes saltos

De las aguas de la sierra,

Cuya eterna nieve cierra

De tus reinos el confín.

Á tus pies Torres-Bermejas

Con sus cubos pintorescos,

Que avanzadas y parejas

Aseguran tu quietud:

Y bajo ellas, el espacio

Respetando del palacio

De su rey, los valles frescos

Donde habita la salud.

¡Oh pensil de los hechizos,

Bien amado de la luna!

¿Qué echa menos tu fortuna

En la gloria en que te ves?

Abre, avaro, antojadizos

Tus moriscos ajimeces,

Y ve qué es lo que apeteces

Con Granada ante tus pies.

De tu vista caprichosa

¿Qué no alcanzan los deseos?

Sus mezquitas, sus paseos,

Su opulento Zacatín,

Su bib-rambla bulliciosa

Con sus cañas y sus toros:

De valor y amor tesoros

Albunést y el Albaicín:

Sus colmados alhoriles,

Sus alhóndigas rëales,

Sus sagrados hospitales,

Regias obras de Al-hamar,

Todo está bajo tu sombra

¡Oh florón de los pensiles!

De tus plantas siendo alfombra

Y encantándote el mirar.

¡Oh palacio de la zambra,

Camarín de los festines,

Alto rey de los jardines,

De aguas vivas saltador,

Real hermano de la Alhambra,

Pabellón de auras süaves,

Favorito de las aves,

Y del alba mirador:

De los pájaros el trino,

De las auras el arrullo,

De las fiestas el murmullo

Y del agua el manso són,

Dan al ámbito divino

De tu alcázar noche y día

Una incógnita armonía

Que embelesa el corazón!

Encantado laberinto

Consagrado á los placeres,

Tú escalón del cielo eres,

Tú portada del Edén.

En tu mágico recinto

Escribió el amor su historia,

Y á los justos en la gloria

Las huríes se la leen.


AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES

Liberal de sus erarios,

Protector del desvalido,

Fiel, lëal para el vencido

Y del sabio amparador:

Por amigos y contrarios

Estimado en paz y en guerra,

Es la egida de su tierra

Al-hamar el vencedor.

En la paz, rey justiciero,

Oye atento en sus audiencias

Y da recto sus sentencias

Por las leyes del Korán.

En la guerra, compañero

Del soldado, buen guerrero,

Por valiente va el primero

Como va por capitán.

Ostentosa en aparato,

Costosísima en su porte,

Á los ojos de su corte

Muestra su alta dignidad:

Pero al dar con tal boato

Real decoro á la corona,

Niega sobrio á su persona

Lo que da á su majestad.

No dejado, mas modesto

En su gala y vestidura,

Da á su cuerpo limpia holgura

Y elegante sencillez:

Y recibe á su presencia,

Dondequiera al bien dispuesto,

Con cordial benevolencia

Al dolor y á la honradez.

Franco, afable, igual, sencillo

En su vida y ley privada,

En su pecho está hospedada

La leal cordialidad;

Y depuesto el regio brillo,

Los amigos de su infancia

En el fondo de su estancia

Hallan siempre su amistad.

Sus más fieros enemigos

Los Amires castellanos

Le visitan cortesanos

Y le piden protección:

Y él les trata como á amigos,

Con sus nobles les iguala,

Les festeja y les regala

Sin doblez de corazón.

Moderado en sus placeres

Cual frugal en sus festines,

Da opulento á sus mujeres

Mesa opípara en su harén;

Pero no entra en sus jardines

Tierno amante ó fiel esposo

Hasta la hora del reposo,

Como á un Príncipe está bien.

El Korán cuatro sultanas

Le permite, y como tales

En sus Cámaras rëales

Alojadas cuatro están.

Á las cuatro tiene vanas

El amor del Nazarita,

Mas ninguna es favorita

En el alma del Sultán.

Las almées y los juglares

De más gracia y más destreza

Tiene á sueldo, con largueza

Atendiendo á su placer:

Y en sus fiestas familiares

Las prodiga el noble Moro

Cuanto pueden amor y oro

Por espléndido ofrecer.

Es su harén del gozo fuente

Y de fiestas laberinto:

Estremece su recinto

Siempre alegre conmoción,

Y resuena eternamente

Por los bosques de la Alhambra

El compás de libre zambra,

De las músicas el són.

Al-hamar en tanto, á solas

Con sus íntimos cuidados,

En el bien de sus estados

Piensa inquieto sin cesar;

Y sobre las mansas olas

De aquel mar de dicha y calma

Brilla el faro de su alma,

Vela el ojo de Al-hamar.

Afanoso, inquieto, activo

Mientras dura el día claro,

De los débiles amparo,

Peso fiel de la igualdad,

Sin quitar pie del estribo,

Sin dejar puerta, ni torre,

Ni mercado, ve y recorre

Por sí mismo la ciudad.

Por doquier con recta mano

La justicia distribuye,

Por doquier sagaz se instruye

De las faltas de su ley,

Y la enmienda soberano

Del bien de su pueblo amigo,

Porque sirva de castigo

Y de amparo de su grey.

Así el noble Nazarita,

Rey y luz del huerto ameno

De Granada, Edén terreno

Modelado en el Korán,

Sus alcázares habita

De virtud siendo rocío,

Siendo rayo del impío

Y decoro del Islam.

Vencedor, nunca vencido,

Rey piadoso, juez severo,

En la lid buen caballero

Y en la paz sol de su fe:

De sus pueblos bendecido,

De enemigos respetado,

Y de fieles rodeado,

El excelso Amir se ve.

Y así mora el Nazarita

Sus alcázares dorados,

Misteriosamente alzados

Del placer para mansión.

Mas ¿quién sabe si él habita

Su morada encantadora,

Y el pesar oculto mora

En su regio corazón?

Triste, insomne, solitario,

Como sombra taciturna

Que á su nicho funerario

Un conjuro hace asomar,

Á las brechas angulares

De su torre de Comares

En la lobreguez nocturna

Tal vez asoma Al-hamar.

Apoyado en una almena

De la gigantesca torre,

Del río que á sus pies corre

Oye distraído el són,

Y contempla en los espacios,

Que la espesa sombra llena,

De su corte y sus palacios

El fantástico montón.

Pertinaz á veces mira

Del fresco valle á la hondura,

Sombra, espacio y espesura

Anhelando penetrar:

Muévese allí el aura mansa

No más: de mirar se cansa,

Y el rostro vuelve y suspira

Melancólico Al-hamar.

¡Cuántas veces en la almena

Le sorprende la mañana,

Y al afán que le enajena

Treguas da su resplandor:

Y sin dar un hora al sueño,

De Granada vuelve el dueño

De sí á echar lo que le afana,

De sí mismo vencedor!

Mas ¿quién lee sobre su frente

El oculto pensamiento

Que tras ella turbulento

Lleva el alma de él en pos?

Sólo Aquél que da igualmente

Las venturas y los males,

Y las dichas terrenales

Con el duelo acota.—Dios.

Dios, que tierra y mar divide,

La eternidad sonda y mide,

Del espacio sabe el límite

Y del mundo ve el confín.

Dios, cuya grandeza canto,

Y con cuyo nombre santo

Al libro de los Alcázares

Reverente pongo fin.


Libro de los espíritus.

RECUERDOS

¿Qué flor no se marchita?

¿Cuál es el fuerte roble

Que el huracán no troncha

Ó el tiempo no carcome?

¿Qué dicha no se acaba?

¿Qué hora veloz no corre?

¿Qué estrella no se eclipsa?

¿Qué sol nunca se pone?

¿Adónde está el alcázar

En cuyas altas torres

La tempestad no ruge

Cuando el nublado rompe?

¿Quién es el que ha cruzado

El piélago salobre

Sin que su nave un punto

La tempestad azote?

¿Quién fué por el desierto

Pisando siempre flores?

¿Ni quién pasó la vida

Sin duelos ni pasiones?

¿Ni quién es el que en calma

Durmió todas las noches

Sin que el pesar un punto

Tenido le haya insomne?

Ninguno. El rey altivo,

Como el esclavo pobre,

Al reclinar cansados

Su frente por la noche.

Ya en mendigada paja,

Ya en ricos almohadones,

Perciben que un gusano

El corazón les röe.

Es el afán secreto

Que agita eterno, indócil

Al corazón, y gira

Con la veleta móvil

Del pensamiento vano.

¡Dichoso el que conoce

Que Dios tan sólo llena

El corazón del hombre!

Por eso el Nazarita,

Que aunque de Dios favores

Sin tregua ha recibido,

Á humanas condiciones

Sujeto está, va presa

De afanes interiores

Rumiando pensamientos

Que su atención absorben.

Va solo, atravesando

El enramado bosque

Que cubre el fresco valle,

Donde al mullido borde

De fuente cristalina

Que mana entre las flores,

Un sueño misterioso

Le embelesó una noche.

Va solo, meditando

Los agrios sinsabores,

Que danle de su reino

Civiles disensiones.

De Dios pesa la mano

Sobre su pueblo y torpe

Tal vez contra sí mismo

Va á dirigir sus golpes.

¿Qué han hecho al fin sus sabios

Proyectos creadores?

¿Qué al fin han producido

Tesoros tan enormes

Como él ha dispendiado

Para elevar el nombre

De su gentil Granada

Sobre el de cien naciones?

Cubrió los verdes cerros

De gigantescas moles:

Tornó en frondosos cármenes

Sus valles y sus montes:

Mas la soñada dicha

De sus intentos nobles

¿Do está si á los humanos

No pudo hacer mejores?

Riqueza dió á los Moros,

Con la riqueza dióles

Poder, victoria, fama.....

Mas dió á sus corazones

Con ella más deseos

Y orgullo y vicio dobles:

Y al fin ¿qué es lo que logra?

Doblar sus ambiciones.

Con ellas la discordia

Germina al par: mayores

Triunfos tal vez alcancen

Sus armas: tal vez logren

Á empresas más gloriosas

Dar cima, y sus pendones

Clavar sobre los muros

Que á los contrarios tomen.

Mas ¡ay cuando su fuerza

Contra ellos mismos tomen!

Mas ¡ay cuando su ciencia

Se emplee en invenciones

De pérfida política,

De códigos traidores

Que, leyes pregonando,

Su destrucción pregonen:

Y el reino que él fundara

De tanto afán á coste,

Por él seguro acaso

De extrañas invasiones,

Tal vez consigo mismo

Luchando se destroce,

Y abra á un sangriento circo

Su alcázar sus balcones!

Tal vez un rey cristiano,

Sagaz y fuerte entonces,

Desde Castilla viendo

Los árabes discordes,

La hoguera de sus iras

Certeramente sople

Y al frente de Granada

Presente sus legiones.

Así Al-hamar discurre,

Con cálculos precoces

Llorando por Granada,

La flor de sus amores;

Así Al-hamar se aflige,

Y á solas por el bosque

Se mete, absorto y triste

Con sus cavilaciones.

Era una hermosa tarde

De Abril: los resplandores

Del sol, que á ocaso baja

Manchando el horizonte

Con tintas de oro y púrpura,

Los pardos torreones

Alumbra de la Alhambra

Con rayos tembladores.

Ya la última montaña

Á largo andar transpone

El sol: ya dora sólo

Los altos miradores

De los palacios árabes:

Cayendo al fin se esconde

Tras la montaña entero,

Y allá la mar le sorbe.

El pálido crepúsculo,

Que va tras él, recoge

La luz que al día resta;

Da un paso más, y el orbe

Con cuanto bello abarca

En lúgubres crespones

Emboza poco á poco

La silenciosa noche.

Nubló su espesa sombra

Los ojos brilladores

Del distraído príncipe,

Y al mundo real volvióle:

Volver quiso él las bridas

De su caballo, dócil

Á su llamada siempre,

Pero rebelde hallóle.

Era el caballo de árabe

Raza, leal y noble;

Mas por la vez mi primera

Su origen desmintióse.

La voz de su jinete

Desconoció: aplicóle

La espuela; y, al sentirla,

Feroz encabritóse.

Mira Al-hamar en torno

Si hay algo que le asombre,

Y al extender la vista

El sitio reconoce;

Junto á la fuente se halla

Á cuyo són durmióse

Años atrás soñando

Con célicas visiones.

La idea más recóndita

De su cerebro entonces

Se levantó espantando

Su corazón. Las dotes

Divinas del espíritu

Que allí le habló: los dones

Que recibió del Cielo

Desque á él aparecióse:

Su celestial historia,

Sus celestiales órdenes

Que obedeció arrastrado

De impulsos superiores:

De gloria y de opulencia

Las altas predicciones,

En todo con sus místicos

Oráculos conformes,

Todo fué cierto; todo

Cual lo soñó cumplióse.

¿No será, pues, su raza

Quien sus afanes logre?

¿No es, pues, el Dios que adora

El Dios de sus mayores,

Y él hizo una diadema

Con que otro se corone?

Su mente obscurecieron

Densísimos vapores:

Dudó: tembló dudando:

El corazón turbósele,

Y así exclamó en la sombra

Con temerosas voces,

Que ahogó el murmullo manso

Del manantial y el bosque:

«Espíritu, que el fondo

»De ese raudal esconde:

»Yo obedecí sumiso

»Tus misteriosas órdenes,

»Y soy la sola víctima

»De tu presencia; tórname,

»Pues, á la fe primera,

»Ó con tu ley abóname.»

Dijo: y, como acosado

Por invisible golpe,

Saltó el caballo fiero

Con repentino bote,

Por medio de las sombras

Lanzándose á galope:

Y el rey arrebatado

Á su pesar sintióse.


LA CARRERA
I

Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje

Ganando á saltos locos la tierra desigual,

Salvando de los brezos el áspero ramaje,

Á riesgo de la vida de su jinete real.

Él con entrambas manos le recogió el rendaje

Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal:

Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje,

Indómito al escape tendióse el animal.

Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos.

Las zarzas y los troncos que el viento descuajó.

Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos

Que el paso de las aguas del temporal formó.

Sin aflojar un punto ni tropezar incierto,

Cual si escapara en circo á la carrera abierto,

Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto.

El desbocado potro veloz atravesó.

Y matas y peñas, vallados y troncos

En rápida, loca, confusa ilusión

Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos,

Pasaban al lado del suelto bridón.

Pasaban huyendo cual vagas quimeras

Que forja el delirio, febriles, ligeras,

Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras,

Girando, bullendo, rodando en montón.

Del álamo blanco las ramas tendidas,

Las copas ligeras de palmas y pinos,

Las varas revueltas de zarzas y espinos,

Las yedras colgadas del brusco peñón,

Medrosas fingiendo visiones perdidas,

Gigantes y monstruos de colas torcidas,

De crespas melenas al viento tendidas,

Pasaban en larga fatal procesión.

Pasaban, sueños pálidos, antojos

De la ilusión: fantásticos é informes

Abortos del pavor: mudas y enormes

Masas de sombra sin color ni faz.

Pasaban de Al-hamar ante los ojos,

Pasaban aturdiendo su cabeza

Con diabólico impulso y ligereza,

En fatigosa hilera pertinaz.

Pasaban y Al-hamar las percibía

Pasar, sin concebir su rapidez,

En más vertiginosa fantasía,

En más confusa y tumultuosa orgía,

Más juntas, más veloces cada vez:

Y atronado su espíritu cedía

Á la impresión fatídica, y corría

Frío sudor por su morena tez.

Y en su faz estrellándose el viento,

La ponía en nerviosa tensión,

Y cortaba el camino al aliento,

Y prensaba el cansado pulmón;

Y, golpeando en sus sienes sin tiento

De su sangre el latido violento,

Sus oídos zumbaban con lento

Y profundo y monótono són.

Ya creía que, huyendo el camino

Del corcel bajo el cóncavo callo,

Galopaba sobre un torbellino,

Mantenido en su impulso no más;

Ya creía que el negro caballo,

Por la ardiente nariz y los ojos

Despidiendo metéoros rojos,

Rastro impuro dejaba detrás.

Ya sorbido por denso nublado,

Con la lluvia, el granizo y centellas

De que lleva su vientre preñado,

Cree que va fermentando á la par;

Nubes cruza tras nubes, y en ellas,

Del turbión al impulso sujetos,

Mira mil nunca vistos objetos

Remolinos eternos formar.

De este vértigo horrible transido

Caminaba á las riendas asido,

En los corvos estribos seguro

Y entre el uno y el otro borrén

Empotrado, dejando abatido

Por el bruto llevarse en lo obscuro:

Y empezaba á perder el sentido

Del escape mareado al vaivén.

Rendido y las fuerzas perdiendo

Al vértigo intenso cedió;

Y loco el cerebro sintiendo,

Los ojos cerrar no pudiendo

La ciega mirada fijó,

Tenaz contracción manteniendo

No más su equilibrio, y corriendo

Cual otro fantasma siguió.

Y espacios inmensos cruzando,

Y atrás á la tierra dejando,

Las vallas de sombra saltando

Que cercan el mundo mortal,

Creyóse su mente perdida

En tierra jamás conocida,

Región de otra luz y otra vida,

De atmósfera limpia é igual.

Y vió que un alba serena

Con blanquísimos reflejos

Amanecía á lo lejos

En esta nueva región:

Y el alma, exenta de pena

Cruzando el éter tranquilo,

Volaba á un eterno asilo

En otra inmortal mansión.

Suavísimo arrobamiento,

Deliquio dulce invadióle,

Y encima del firmamento

En el Edén se creyó.

Luz vaga alumbró su mente

Y ante los ojos pasóle

El Paraíso esplendente

Que Mahomad visitó.

El místico y nocturno

Viaje del Profeta

Juzgó que iba á su turno

Sobre el Borak á hacer:

Y la ilusión sujeta

Á lo que de él relata

La bóveda de plata

De un cielo empezó á ver.

Los astros vió suspensos

De auríferas cadenas

Y sus lumbreras llenas

De espíritus de luz:

Espíritus inmensos

En formas de caballos,

De corzos y de gallos

De enorme magnitud.

Vió islas encantadas

Flotando en los espacios,

Con templos de topacios

Y muros de marfil:

Y casas fabricadas

De nácar, cuyas puertas

De ébano dan abiertas

Sobre jardines mil.

Allí sobre alhamíes

De cedro y palo-rosa,

Bajo la sombra undosa

Del tilo y del moral,

Yacer vió á las huríes

Que, á mil amores tiernas,

Conservarán eternas

Su gracia virginal.

Y atravesó campiñas

Fresquísimas y amenas

De bosques de ámbar llenas

Y cerros de cristal,

Y prodigiosas viñas,

Que en frutos dan opimos

Las perlas en racimos

En tallos de coral.

Vió grutas pintorescas

Por Sílfides moradas,

Cubiertas sus portadas

Bajo el flotante tul

De mil cascadas frescas

Que, atravesando prados

De hermoso añil sembrados,

Van tintas en su azul.

Caer las vió en riberas

Donde reposan mansos

Los monstruos y las fieras

De tierra, viento y mar:

Y en plácidos remansos,

El sueño entreteniéndolas,

Vió cisnes y oropéndolas

Bañarse y juguetear.

Y vió dorados peces

En tumultuoso bando

Á flor de el agua á veces

Pacíficos nadar,

Y á veces, elevando

Por cima de las olas

Los lomos y las colas,

La orilla salpicar.

Vió luego estos ríos

Crecer sin vallares,

Perdiéndose en mares

De leche y de miel:

Y en ellos navíos

Do van los amores

Meciéndose en flores

De uno á otro bajel.

Murmullo tras ellos

Levantan sonoro

Mil góndolas de oro

De concha y marfil,

Do van Silfos bellos

Vogando con velas

De chales y telas

De seda sutil.

Espuma levantan

Inquietos remando

Los mil gondoleros

Que van tripulando

Los barcos veleros;

Y danzan ligeros

Y armónicos cantan

Alegre canción:

Y mil gayas aves,

Que siguen las naves,

Al sol esponjando

Sus plumas distintas

De mil varias tintas

De azul, gualda y oro,

Imitan en coro

Del cántico el són.

Al lejos el viento

Responde á su acento

Allá en la arboleda

Moviendo rumor:

Y el eco, que atento

En lo alto se queda,

Burlón le remeda

Cual sabe mejor:

El cuadro divino,

La paz, la ventura,

Perfume, frescura,

Y luz celestial

De aquel peregrino

País, torna pura

Al rey granadino

La calma vital.

Y en rápido vuelo

Pacífico y blando

Los aires surcando

Se siente llevar:

Y ve que, sin suelo

Do fije el caballo

El áspero callo,

Cruzando va el mar.

Del líquido el fondo

Contempla pasando,

Y alcanza mirando

Del agua al trasluz

El álveo redondo,

Que puebla radiante

Cohorte flotante

De peces de luz.

Sutiles vapores

Le impelen süaves

Y costas y naves

Se deja detrás:

Y espacios mayores

Cruzando en su vuelo

Aborda del cielo

Las costas quizás.

Avanza y niebla

Pálida ve

Que el aire puebla,

Según pie á pie

Ganando va

Aquel extenso

Espacio inmenso

Do errando está:

Y le parece

Que se ennegrece

Mar, niebla y viento

En torno de él,

Y que se acrece

Cada momento

El movimiento

De su corcel.

Anochece,

Y obscurece

Más apriesa

Cada vez

El ambiente,

Que se espesa

Con creciente

Lobreguez.

El camino

Desparece:

Y, sin tino

Ni destino

Que comprenda,

Sobre senda

Audazmente

Carrilada

Por un puente

De movible

Tirantez,

Tan delgada

Como el hilo

En que se echa

Descolgada

Una oruga,

Como arruga

Que en tranquilo

Lago tiende

Cuando hiende

Su agua el pez,

Tan estrecha

Como el filo

De una espada,

Como flecha

Disparada,

Cual centella

Desatada,

Va sin huella

Perceptible

El perdido

Nazarita,

Con horrible

É infinita

Rapidez.

Es el puente

De la vida,

Que la gente

Á luz venida

Ha por fuerza

De pasar.

El que intente

Y haga entera

Su carrera,

Y de frente

Sin caída

La salida

Logre hallar,

Por las puertas

Celestiales

Á las huertas

Inmortales

Como un ángel

Ha de entrar,

Las delicias

Eternales

Y los gustos

Perenales

De los justos

Á gozar.

Á este paso

Tan estrecho,

(Cuyo escaso

Corto trecho

Es camino

Tan dudoso

De cruzar,

Pero fallo

Riguroso

Del destino

Y ley santa

Que acatar),

Se adelanta

Vigoroso

El caballo

Misterioso

De Al-hamar.

Temeroso

De mirar,

Espumoso,

Siempre hirviente,

Rebramando

Eternamente

Y azotando

Siempre el puente

Con horrísono

Bramar,

Bajo de él

Hierve el mar.

Israfel

Allí está

Para ver

El que va

Sin caer,

Y pasar

No dejar

Al infiel:

Y he aquí

Que por él

Va á pasar

El corcel

De Al-hamar:

Llega, avanza:

Ya se lanza,

Ya en él entra.

Ya se encuentra

Suspendido

Sobre el puente

Sacudido

Por el piélago

Bullente,

Cuyo cóncavo

Rugido

Se levanta

Sin cesar.

Aturdido,

Sin mirar

Á la indómita

Corriente

Que le espanta,

Sin osar

Aspirar

El ambiente

Que le anuda

La garganta,

Sin que acuda

Tierra ó cielo

En su ayuda,

Vuela y pasa,

Justiciero

Rey prudente,

Juez severo

Y valiente

Caballero,

El primero

De la casa

De Nazar.

El puente

Vacila

El Príncipe

Oscila,

Perdido

El sentido,

Demente,

Transido

De horror.

Ya toca

La opuesta

Ribera:

Ya poca

Carrera

Le cuesta.

¡Valor!

Ya llega:

Le ciega

El pavor.

¡Ah! ¡Dadle

Favor!

¡Salvadle,

Señor!

Saltó.

Pasó

Con bien

Y allá

Cayó

De pie.

Salvo

Fué,

¡Oh!

Ya

¿Quién

Ve

Do

Va?


Libro de las Nieves.

INSPIRACIÓN

No hay más que un solo Dios. Él solo es grande,

Solo infinito, omnipotente solo.

Nada hay que para ser no le demande

Licencia: Él pesa la virtud y el dolo,

Y el premio envía ó el azote blande.

Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo,

Y cosa no hay por elevada ú honda

Que á su mirada universal se esconda.

No hay más que un solo Dios, cuya crëencia

Luz es y salvación: doquier la marca

Brilla de su poder y de su ciencia.

Dios solo es triunfador; solo monarca

Del universo es Él: su omnipotencia

Con ley universal todo lo abarca:

Su presencia inmortal todo lo inunda,

Todo lo vivifica y lo fecunda.

Él los mundos arregla ó desordena

Según su excelsa voluntad divina:

Él al tiempo dirige: Él encadena

Los elementos á sus pies: domina

El huracán: tras el nublado truena:

Luce á través del alba purpurina:

Entapiza con nieve las montañas,

Y abrasa con volcanes sus entrañas.

El murmullo del agua, el són del viento,

El susurro del bosque estremecido

Por sus inquietas ráfagas, el lento

Arrullo de la tórtola, el graznido

Del cuervo vagabundo, todo acento

Por ave, fiera ó eco producido,

El nombre santo de su Dios pronuncia,

Su gloria canta, su poder anuncia.

Él los errantes astros encamina:

Él azula la atmósfera serena:

Él crea y Él destruye, alza y arruina:

Él, infalible juez, salva y condena:

Él solo ni envejece, ni declina:

Él solo el hueco de los mundos llena:

El orbe encima de su palma cabe:

Solo Él no yerra nunca: solo Él sabe.

No hay más que un solo Dios. Los que le niegan

Con altivez blasfema, palidecen

Cuando al umbral de su sepulcro llegan:

Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen

Y de Él se mofan, al morir le ruegan.

Por Él existen y por Él perecen

Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre

¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?

Siglo, que audaz el de la luz te llamas

Y por miles de plumas y de bocas

El manantial de tu saber derramas:

Siglo de ciencia, que el error derrocas,

La virtud premias y el ingenio inflamas:

Siglo, que dices que á la cumbre tocas

De la dicha, que el mundo civilizas

Y tu raza de sabios divinizas:

Siglo de prensas y de bolsa y agio,

Que, en carros de vapor, hasta la luna

Intentas difundir el gran contagio

De la ciencia, y parar á la fortuna

Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio

Que, en solos nueve lustros, en sí aduna

Más maestros, artistas y doctores

Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....

¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde

Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano

Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde

La luna de su luz? ¿Cuál es la mano

Que les guía á los dos? Habla, responde,

Orgullo necio del saber humano,

Hojea el libro de tu ciencia osada:

¿Qué es lo que sabes de tu origen?—Nada.

No hay más que un solo Dios, que nada ignora:

Él conoce las puertas de la tierra;

Abre las de la cuna y de la aurora:

Las de la noche y de la tumba cierra.

Más allá de las dos Él solo mora,

Él solo sabe lo que allá se encierra;

De allá viene, allá va quien nace y muere.

¿Por qué? Su voluntad así lo quiere.

Mas detente ¡oh Espíritu divino!

¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso

Buscando un día al corazón camino

Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso:

Único fuego que del cielo vino,

Calma tu inspiración en que me abraso:

No ensayes en el arpa del poeta

Los cantos del salterio del Profeta.

Mi limitada comprensión humana,

Mi ruda voz y tosca poesía

Eleve, sí, tu inspiración cristiana

Y dignas sean de la patria mía.

Enaltece mi ingenio, porque ufana

Pueda hijo suyo apellidarme un día,

Y de mi nombre, si al olvido vence,

La tierra en que nací no se avergüence.

Mas dejemos al siglo ir desbocado

De los pasados siglos tras la herencia,

En el carro del oro arrellanado,

Ó suspendido en alas de la ciencia.

Dejémosle seguir la ley del hado

Según su voluntad ó su conciencia,

Sin que perturbe su insensata orgía

El himno audaz de la creencia mía.

Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros,

Y lejos de él transpórteme tu vuelo

Donde sus carcajadas y suspiros

No desgarren del aire el puro velo.

De él á través con luminosos giros

Álzame adonde, con eterno hielo

Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada

Salutíferas auras da á Granada.

Llévame á los recónditos asilos

De aquellas misteriosas soledades,

Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos

Nacer y perecer razas y edades.

Muéstrame las cavernas y los silos

Donde van á dormir las tempestades,

Por cima del peñón desconocido

En que suspende el águila su nido.

Del Supremo Hacedor la sabia mano

No creó sin destino esos lugares

Inaccesibles al orgullo humano:

Ni envueltos en sus mantos seculares

De nieve espían sin cesar en vano

Esos gigantes blancos tierra y mares.

Subamos, pues, sobre las auras leves

Al misterioso alcázar de las nieves.


LA CARRERA
II

En las desiertas cumbres que la sierra

Á las legiones de la luz levanta,

Paso al cielo tal vez desde la tierra:

Allí, donde árbol, animal, ni planta,

Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra

Bajo la eterna nieve, y se quebranta

Cuanto vida ó calor toma del suelo

Al peso de una atmósfera de hielo,

Se abre por las montañas un camino,

Más bien un tajo, que sus breñas parte

Como una faja de planchado lino,

El cual dirige al colosal baluarte

De la nieve. Jamás tan peregrino

Sendero supo fabricar el arte,

Ni inspirarle á la mente más risueño

Maga oriental en hechizado sueño.

Á ambas orillas de su senda blanca

Labra caprichos mil el aire helado,

Que el ampo trae que el remolino arranca,

Dejándole doquier cristalizado.

La agua congela y el vapor estanca

Y cincela sutil filigranado

Del hielo en el cristal, cuyas labores

Descomponen la luz en mil colores.

Mas como sus espléndidos reflejos

De la nieve se estrellan en la alfombra,

Y en el mate cristal de sus espejos

Mata al color la blanquecina sombra,

Todo es blanco doquiera, cerca y lejos:

Todo el país descolorido asombra

Con su igualdad la vista: blanco el suelo,

Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

Y allá del peñascal en la estrechura,

Por el lugar do empieza este sendero

Á blanquear en el fin de la llanura,

Comienza á negrear bulto ligero.

Crece..... se aclara como va la altura

Ganando. Es un mortal: un caballero

Moro: y, conforme lo veloz que sube,

Parto fué su corcel de alguna nube.

El ampo de la nieve no desflora

Con el herrado casco en su carrera,

Y, al ver la forma aérea y voladora

De jinete y corcel, se les tuviera

Mejor por ilusión fascinadora

Que por seres de vida verdadera:

Pues ¿quién sino fantásticas visiones

Osaran arribar á estas regiones?

Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos

Del mullido tapiz de copos leves?

¿Quién conoce los seres vaporosos

Que la región habitan de las nieves?

¿Quién sabe qué destinos misteriosos

Les dió Aquél que, con dos palabras breves

Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino

Del sol su destructor puso vecino?

Él solo, Dios. Recóndito misterio

Envuelve los contornos liminares

De aquel helado y silencioso imperio

Escondido entre rocas seculares.

Solo Él ve lo que encierra este hemisferio,

Por entre cuyos blancos valladares

La ardua ascensión al último acomete,

Cual suelta nube, el Árabe jinete.

De peñón en peñón, de risco en risco,

El tortuoso camino va siguiendo

Sobre su negro potro berberisco,

Y á los nublados bajo sí va viendo

Fermentar en sus vientres el pedrisco

De invisibles torrentes al estruendo,

Y según sube hacia la azul esfera

Va aflojando el caballo su carrera.

¿Quién es?—Vuela perdido en la distancia:

Su forma es vaga sombra todavía.

¿Do va?—¿Y quién su poder ó su arrogancia

Sabe? Tal vez á la mansión del día.

Genio, tal vez allí tiene su estancia:

Mortal, de un filtro acaso se valdría;

Mas ya trepa al confín: ya poco á poco

Modera su corcel su ímpetu loco.

Ya

Se

Ve

Que

Dando

Se va,

Más blando

Al freno.

Ya no bota

De ira lleno,

Ni va ajeno

De derrota

Desbocado,

Como mata

Que arrebata

Desbordado

Rapidísimo

Turbión.

Ya se dilata

Su fauce henchida

De comprimida

Respiración,

Y, vïolento,

Danza el aliento

Que le sofoca

De su pulmón,

Con resoplido

De dolorido

Cóncavo són.

Doble columna gruesa

De fatigoso aliento,

Que hace vapor el viento

Sutil de esta región,

Cual humareda espesa,

Por la nariz opresa

Vierte tras sí en la atmósfera

El árabe bridón.

Ya deja la boca herida

Más libre al bocado obrar,

Y más siente ya la brida

Que pudo el señor cobrar.

Ya el vértigo loco cediendo

Que ciego siguió á su pesar,

Va su ímpetu fiero perdiendo

Y empieza cansancio á mostrar.

Ya su rápido escape acortando

Detenerse pretende quizá:

Ya se templa, é igual galopando

Va en un aire pacífico ya.

Y aunque de espuma y de sudor blanquea,

Relincha audaz é inquieto cabecea;

Y aunque jadeando de fatiga está,

Aun piafa y se encabrita y escarcea,

Y los ijares con la cola airea,

Y corvos saltos de costado da.

Ya cambia: ya el trote medido levanta,

Y, el cuello engallado, segura la planta,

Altivo en la sombra mirándose va.

Ya lenta y suavemente su dueño le refrena:

Se acorta: ya en el paso su marcha va serena:

Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!

¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera!

Más rápido su impulso que el de las nubes era:

Caballo y caballero volaban á la par

En alas de un nublado. La alondra más ligera,

Ni el águila más rauda, pujante y altanera,

Pudieron un instante su rapidez tomar.

Al fin cesó.—Las bridas en el arzón dejando,

Los miembros extendiendo, con ansia respirando,

Repúsose el jinete sobre la silla al fin:

Y absorto, las miradas en derredor tendiendo,

Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo,

Océano de hielo, sin costa ni confín.

¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña

Do se contempla aislado!—Sólo hay una montaña

Que gruta cristalina taladra por el pie.

¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero,

De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero

Por do hasta allí ha subido?—Delirio, sueño fué.

Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella,

Ni marca de camino en rededor sobre ella;

Todo es una esplanada inmensa, sola, igual.

No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo:

Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo:

Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?

¿Adónde esta comarca estéril y desierta

Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta

Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró?

Tal vez en ella moran espíritus dañinos

Que á los mortales odian, y los fatales sinos

En dirigir se ocupan del que mortal nació.

Tal vez es la risueña y espléndida morada

De alguna dolorida y encantadora fada,

Que el vano amor lamenta que puso en un mortal.

Tal vez es la bajada del reino del olvido,

Adonde caen las almas después de haber salido

De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.

¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña

Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña

Labores y arabescos de nácar y cristal,

Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco,

Hendiendo sonoroso su embovedado hueco,

Le trajo estas palabras en canto celestial:

«Ilustre y venturoso

Caudillo Nazarita,

La gloria y el reposo

Te aguardan á la par.

Tu mente, que no alcanza

Misterio tal, se agita

Dudosa en vano.—Avanza,

Avanza, ¡oh Al-hamar!»

Es Al-hamar: el noble monarca granadino.

Es él, que arrebatado sobre las auras vino

Á dar en esta helada é incógnita región.

Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo

Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo

Repite de su canto el fugitivo són.

Á este eco, en la sonora profundidad perdido,

Cual de invisible fuerza magnética impelido

El árabe caballo feroz se encabritó.

Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde:

Piafando y relinchando con orgulloso alarde

Por la sonora gruta el palafrén entró.


ALCÁZAR DE AZAEL

Lanzóse el bruto indómito,

Con arrogante empeño

Luchando con su dueño,

Que cede á su vigor,

Por bajo de una bóveda

De fábrica divina,

Tan pura y cristalina,

De tan sutil labor,

Que su techumbre cóncava

De transparente hielo

La claridad del cielo

Deja á través gozar,

Y, en un inmenso pórtico

De regia arquitectura,

Más diáfana y más pura

La viene á derramar.

Mas ¿qué mirada humana

Á penetrar se atreve

En esta soberana

Morada celestial?

¿Qué mano alza profana

El pabellón de nieve,

Que los misterios debe

Velar de un inmortal?

El techo, almohadillado

Con planchas de diamantes,

La lumbre en mil cambiantes

Del sol vierte á trasluz.

Y el suelo, trabajado

Sobre cristal de roca,

Su brillantez provoca

Volviéndole su luz.

Los límpidos pilares,

Do asienta la segura

Soberbia arquitectura

Su peso colosal,

En torno, transparentes,

Reflejan á millares

Los círculos lucientes

Del Iris celestial.

Y de este centelleante

Alcázar encantado,

Que en hielo está labrado

Y entre la nieve está,

Al interior radiante,

Do alguna maga habita,

El noble Nazarita

Adelantando va.

Del luminoso pórtico

Del diáfano edificio

Apena el frontispicio

Magnífico pasó,

Entró bajo una espléndida

Colgada galería,

Que á un patio conducía

Que á su remate vió.

El firme pavimento

Retiembla estremecido

Bajo el galope unido

De su veloz corcel,

Su paso y movimiento

El eco prolongado

Del hueco artesonado

Marcando detrás de él.

De aquella galería

Cruzó la luenga arcada:

Pasó de otra portada

Por bajo el arco: entró

Al patio, que veía

De lejos, y el ardiente

Caballo de repente

Plantóse y relinchó.

Cual la espiral flotante

Del humo que despide

Pebete en que fragante

Perfume ardiendo está,

Y ráfaga perdida

Por bajo la divide,

Y la mitad partida

Leve á la altura va:

Poder así invisible

En paso imperceptible

Caballo y caballero,

Sin fuerza separó;

Y el bruto, cual ligero

Vapor desvanecido,

De él libre y dividido

El príncipe se vió.

Miró Al-hamar en torno

Y, al contemplar de cerca

La fábrica y adorno

Del patio de cristal

Hecho, ó tallado en hielo,

Halló que era un modelo

Del patio de la alberca

De su Palacio real.

Aquel es el arranque

De su alta torre: aquellos

Los ajimeces bellos

Que sobre el patio dan:

Aquel es el estanque:

Los arrayanes éstos

Que, por su mano puestos,

En su redor están.

Aquellos los pilares

Del corredor: aquellas

Las bóvedas de estrellas

De cedro y de marfil;

La estancia de Comares

Aquella, do su magia

Dejó la comarajia

En su labor sutil.

Los ricos tiene enfrente

Calados pabellones

Del patio de leones,

Con su oriental jardín:

Y allí está el mar bullente,

Que al Hierosolimita

De Salomón imita;

Es otra Alhambra en fin.

Es otra Alhambra, pero

Más que la Granadina

Hermosa; una divina

Alhambra celestial.

Alcázar hechicero,

Labrado con vivientes

Materias transparentes

De germen inmortal.

Los muros trabajados

Con ricos arabescos

Y flores y estucados

Prodigios del cincel,

Los gabinetes frescos

Que adornan escrituras

Divinas, miniaturas

Del oriental pincel,

Son obra misteriosa

De soberano artista,

Que ni en humana vista

Cabrá, ni en comprensión:

Y aquellos tan macizos

Muros, y quebradizos

Calados de su hermosa

Y aérea mansión,

En su materia mística

Encierran una esencia,

Que infunde una existencia

Á su insondable sér:

Y toda aquella fábrica

Tan pura y transparente

Es creación viviente

De incógnito poder.

Mirábala embebido

El Nazarita príncipe,

Cuando llegó á su oído

La deliciosa voz

Que oyó de la caverna

En la extensión interna

Sonar, cuando detúvose

Su palafrén veloz.

Y la escondida música

Que en torno de él resuena

De júbilo le llena,

Le embriaga el corazón,

Y la palabra mística

De aquel cantar de gloria

Le trae á la memoria

Antigua aparición.

Dibújase en su mente

Un valle de Granada

Con una fresca fuente

De lánguido rumor,

En una perfumada

Noche, sin nube alguna

El Cielo, de la luna

Plateada al resplandor.

Y cuanto más escucha

Su armónico concierto,

Un rumbo va más cierto

Tomando el corazón.

Triunfante de la lucha

Con la ilusión pasada

Del valle de Granada,

Al comprender su són.

—«Salud ¡oh Nazarita!

Bien llegues á las nieblas

Cuya región habita

Tu genio protector.

Ha visto en las tinieblas

Resplandecer tus ojos:

Te conoció, y de hinojos

Dió gracias al Señor.

»Su vista rutilante,

Que el universo abarca,

Posada en tu semblante

Desde tu cuna está,

Y el dedo omnipotente

Sobre tu noble frente

Grabó la regia marca,

Que á conocer te da.

»Naciste favorito

Del genio y de la gloria:

Tu nombre fué victoria,

Tu voluntad ley fué.

Tu tiempo es infinito,

Profundas son tus huellas,

Propicias las estrellas

Son á Nazar: ten fe.

»Avanza, Nazarita;

Radiante aquí tu estrella

Con viva luz destella,

Aquí en tu Alhambra estás:

Aquí mana infinita

La fuente del consuelo.

Avanza, aquí del cielo

Más cerca reinarás.»

De la celeste música

La letra así decía,

Y, atento á su armonía,

El príncipe Al-hamar

Permanecía atónito

Sin voz ni movimiento,

En dulce arrobamiento

Gozando sin cesar.

El agua, de que llena

La alberca está, ondulante

Refleja cada instante,

Más vario resplandor,

Cual si una luz serena

Bajo la linfa clara

Recóndita radiara

Con trémulo fulgor.

Debajo de su planta

Percibe que el divino

Concierto se levanta,

Del manantial detrás,

Y al borde cristalino

De la colmada alborea,

Que está á sus pies, se acerca

Cada momento más.

Y he aquí que en este punto

Del fondo transparente

Del agua donde siente

La música sonar.

De un sér resplandeciente

El rostro, que ilumina

La linfa cristalina,

Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua

Su cabellera blonda:

Quebró la frágil onda

Su frente virginal:

Dejó el agua mil hebras

Entre sus rizos rotas,

Y á unirse volvió en gotas

Al limpio manantial.

Aéreo, puro, leve,

Cual nube vaporosa

Que mansa el aura mueve

Y transparenta el sol,

Ciñendo de oro y rosa

Flotante vestidura,

Como el del alba pura

Suavísimo arrebol:

La paz en el semblante,

La gloria en la sonrisa,

Apareció radiante

El ángel Azäel;

Y sus mortales ojos

Fijando en la improvisa

Aparición, de hinojos

Cayó Al-hamar ante él.

Del agua se alzó fuera

Y, al esparcir el viento

Su blonda cabellera,

El aire perfumó:

Dejó escapar su aliento,

Y cuanto allí existía

Su aliento de ambrosía

Con ansia respiró.

Del suelo á la techumbre

El místico palacio

Reverberó la lumbre

De su divina faz,

Cuya fulgente aureola

Purpúrea tornasola

El aire del espacio

Y de las aguas la haz.

Y he aquí que su alba mano

El ángel extendiendo

Y alzando y atrayendo

Al príncipe hacia sí,

Con plácida sonrisa

Y acento soberano,

Que armonizó la brisa

Fragante, hablóle así:

«Yo visité en un sueño

Tu espíritu en la tierra,

Mostrándote halagüeño

Tu porvenir en él.

Tesoros te di y gloria,

Tu esclava hice á la guerra,

Grabando en tu memoria

La imagen de Azäel.

»Iluminé tu ciencia,

Colmé de sabios planes

Tu humana inteligencia

Y al logro te ayudé.

Cual tu ambición lo quiso

Cumpliendo tus afanes,

Terreno paraíso

Tu rico imperio fué.

»Yo inoculé en tu alma

El germen de la duda

Para turbar la calma

De tu crëencia vil:

Para que espuela fuera

Con cuya lenta ayuda

Á la verdad se abriera

Tu corazón gentil.

»Brotar hice en tu suelo

Para calmar tus penas

Las aguas del consuelo,

Que á conocer te di:

Mas de tristeza llenas

Cien noches has pasado,

Y al agua no has llegado

Cuyo raudal te abrí.

»Al verte victorioso,

Temido y opulento,

Tu corazón atento

Sólo á la tierra fué.

Dudaste, mas dudando

No osaste perezoso

El rostro á mí tornando

Poner en mí tu fe.

»Y hacia el fatal destino

Á que traidora guía

La falsa fe, te vía

Adelantar Luzbel:

Y el fin de tu camino

Mostrándome decía:

Caer era su sino:

Le pierdes, Azäel.

»Lloraba yo abismado

En mi amargura, viendo

Mi afán tan malogrado,

Tan sin valor mi fe:

Y, en mi pesar y enojo

Postrer esfuerzo haciendo,

Con temerario arrojo

Entre ambos me lancé.

»Luchamos: el Eterno,

De mi dolor movido,

Caer dejó en su oído

Su nombre y dió á mis pies.

Sumíle en el infierno:

Y en alas de un nublado

Te traje arrebatado

Adonde en paz te ves.

»Los pérfidos espíritus

Que en pos de ti traías,

Las vanas fantasías

De tu crëencia ruin

Mostrábante. ¡Quiméricos

Esfuerzos! ¡Sueños breves!

Aullando, de mis nieves

Se quedan al confín.

»Mas ¡ay! yo te conquisto

Los cielos..... y ¡cuán caro

Me cuesta á mí el amparo

Que liberal te doy!

Dos siglos ha que existo

Aquí, expiando un yerro,

Y añado á mi destierro

Uno, por ti, más hoy.

»Á condición tan dura

Tu salvación compraba,

Nazar; mas yo te amaba

Tanto, que la acepté;

No supe resignarme

Á arrebatar dejarme

Tan noble criatura,

Y tu alma rescaté.

»¡Oh! juzga bien en cuánto

Me es cara tu alma buena,

Cuando á mi larga pena

Cien soles añadí

Por ella. Ahora el santo

Fallo, inmutable, extremo,

Oye que el Juez Supremo

Fulmina contra ti.

»Hoy mismo, en apariencia,

Perecerá á las manos

De incógnita dolencia

Tu cuerpo terrenal:

Más junto á mí existencia

Tendrás, hasta que ufanos

Habiten los cristianos

Tu alcázar oriental.

»Yo les haré á Granada

Cercar como un enjambre:

Con ellos vendrá el hambre,

La muerte y el baldón:

Y talarán tus tierras,

Y en sanguinarias guerras

Tu raza aniquilada

Será sin compasión.

»Tú lo verás: estrella

Fatal para tu gente,

Tú verterás sobre ella

Roja, siniestra luz:

Y lidiarás conmigo

En pro del enemigo,

Sobre el pendón de Oriente

Hasta clavar la Cruz.

»Ahogado el Islamismo

Y desbandada y rota

Tu raza, gota á gota

Su sangre en ti caerá:

Su sangre es tu bautismo,

Y este de afán y duelos

Misterio, de los Cielos

Las puertas te abrirá.

»No hay más que un Dios. Justicia

En Él no más se encierra.

Tu empresa fué en la tierra

Dios sólo es vencedor:

Por eso te es propicia:

Mas nadie entra en su gloria

Sin pena expiatoria

Hasta del leve error.

»Tal es nuestra sentencia:

Tal es el purgatorio

Que la alta Providencia

Nos señaló á los dos.

Obra de nuestras manos,

En dón propiciatorio

Se han de ofrecer, cristianos,

Un Rey y un pueblo á Dios.

»Tú el Rey: el pueblo el tuyo.

Tan sólo dignamente

Así me restituyo

Al Cielo, que dejé.

Apróntate obediente

Á dividir conmigo

La gloria y el castigo

Que para ti acepté.

»¡Sús, pues, oh Nazarita!

De Dios al pie del trono,

Rogándole en tu abono,

Le respondí de ti.

¡Sús, pues! Á la bendita

Empresa apresta el brío;

Mortal, te hice igual mío;

Sé digno tú de mí.»

Dijo Azäel: estático

Á su divino acento,

Embebecido, atento,

Estúvose Al-hamar:

Cedió su noble espíritu

Al celestial destino,

Y se empezó el divino

Misterio á efectuar.

«Mira,» le dijo entonces

El ángel desterrado:

Y (hacia el lugar tornado

Que el ángel señaló)

El muro en dos partido,

Sobre invisibles gonces

Girando dividido,

El Nazarita vió.

Se abrió sobre un espejo

En cuyo misterioso

Cristal, con el reflejo

De un matinal albor,

Se alumbra una campiña,

Que Mayo lujurioso

Con su fecundo aliña

Primaveral verdor.

Una ciudad, fundada

Al pie de una alta sierra,

Domina aquella tierra

Por donde arroyos mil

Serpean: es Granada,

Su vega, sus alturas

Y las corrientes puras

De Darro y de Genil.

Espléndida cohorte

De Moros atraviesa

Por su alameda espesa

Llevando un ataúd,

Y á la muralla corva

De la morisca corte

Se agolpa á verles torva

Callada multitud.

Llegáronse á la puerta

De Elvira aquellos fieles

Muslimes; allí abierta

La turba les dejó

Paso, y subiendo á espacio

La cuesta de Gomeles,

Entrada en el palacio

Bib-el-Leujar les dió.

La multitud atenta

Y silenciosa iba

En pos su marcha lenta

Siguiendo: y, al tocar

La puerta judiciaria,

La triste comitiva

Paróse voluntaria

Dejándose cercar.

Entonces, elevando

El ataúd en hombros

Los que le van llevando,

Y puesto junto á él

Un Alfakí, inspirando

Doquier pavor y asombros,

«¡Llorad!—(dijo él llorando)

»Con lágrimas de hiel.

»¡Llorad toda la vida,

»¡Oh huérfanos Muslimes!

»¡La flor de los alimes,

»¡La palma de Nazar,

»¡La gloria del Oriente,

»Cayó del rayo herida!

»¡Llorad eternamente,

»Llorad sobre Al-hamar!»

Así con ronco acento

El Alfakí clamando,

Del ataúd alzando

El paño funeral,

Al pueblo los despojos

Del rey mostró; y al viento

El pueblo, al caer de hinojos,

Dió un ¡ay! universal.

Á este eco de agonía,

Que atravesó perdido

El aire hasta su oído,

Se estremeció Al-hamar.

Quitóse del espejo

Do escena tal veía,

Y se tornó el reflejo

Del vidrio á disipar.

«¡Ea!—Azäel le dijo—

»Monarca de la tierra,

»El ataúd encierra

»Tu polvo terrenal;

»Mas, de los cielos hijo,

»Del ataúd te exhalas.

»Desplega, pues, tus alas,

»Espíritu inmortal.»

Entonces el rey árabe

Sintióse aéreo, leve,

Cual luz que el aire mueve,

Cual nube que va en él.

Sólo era ya un espíritu,

Una visión ligera,

Un alma compañera

Del Ángel Azäel.

El silencioso vuelo

Ambos á dos alzando,

En el azul del cielo

Perdiéronse los dos;

Y, entre sus auras leves

Su rastro abandonando,

El libro de las nieves

Concluye. ¡Gloria á Dios!


EPÍLOGO

¡Gloria á Dios!—De Al-hamar el Granadino

Así la historia celestial concluye;

Llámala el Musulmán cuento divino,

Y en libros su relato distribuye.

Su sacra inspiración del Cielo vino

Y al Cielo desde aquí se restituye;

Tradición oriental, es la portada

Del oriental poema de Granada.

Cual dos cisnes que, al par atravesando

El mar azul con encontrado vuelo,

Isla apartada en su extensión hallando

En ella toman anhelado suelo,

Reposan juntos, y á partir tornando

Tornan la anchura á dividir del cielo,

Y de su voz un punto los sonidos

Se elevan en el aire confundidos:

Como dos peregrinos que una tienda

Dividen del desierto en la desnuda

Soledad, de Al-hamar en la leyenda

Dos poetas ocúltanse sin duda.

Uno á Aláh en sus cantares se encomienda,

Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda.

¿Quién no percibe en ella confundidos

Brotar de sus dos arpas los sonidos?

Dióles á ambos el Genio soberano

La misma inspiración, el mismo aliento:

Mas pasando tal vez de una á otra mano

De uno y otro el armónico instrumento,

El Árabe poeta y el Cristiano

Sacan de él á la par distinto acento,

Exhalando mezclada su armonía

La Árabe y la Cristiana poesía.

Confundidos así sus dos cantares

Entonan á una voz los dos cantores,

Y de la Cruz divina los altares

El poeta oriental orna con flores

Que tejen las hurís sus tutelares;

Pero de un solo SÉR adoradores,

«No hay más que un solo Dios»—dice el Cristiano;

«No hay más Dios sino Dios»—el Africano.

Tal es la historia peregrina y bella

Que os dan sobre estas hojas extendida.

Lëedla sin temor: nada hay en ella

Que la razón rechace, ó la fe impida;

La luz que de sus páginas destella

Despierta el alma á la virtud dormida,

Y eleva el corazón y el pensamiento

Á la pura región del firmamento.

Lëedla pues: y el ámbar que perfuma

Del paraíso la mansión divina,

Y el resplandor que de la Esencia suma

Derramado los mundos ilumina,

Y el rumor que levantan con su pluma

Las alas de Gabriel cuando camina,

Embalsame y alumbre y dé contento

Á cuantos lean el divino cuento.

FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.


GRANADA
POEMA ORIENTAL

Cristiano y español, con fe y sin miedo,

Canto mi religión, mi patria canto.


LIBRO PRIMERO
EXPOSICIÓN

I
INVOCACIÓN

En el nombre de Dios omnipotente,

Cuya presencia el universo llena,

Cuya mirada brilla en el Oriente,

Nutre las plantas y la mar serena,

Canto la guerra en que la hispana gente

Al África arrojando á la agarena,

Selló triunfante con la Cruz divina

Las torres de la Alhambra granadina.

¡Espíritu de Dios único y trino,

Ángel Custodio de la Fe Cristiana,

Único fuego que del Cielo vino,

Única fuente que incorrupta mana,

Único rayo del fulgor divino,

Única inspiración que soberana

Eleva al Criador la poesía:

Yo invoco tu favor para la mía!

Sostén mi voz, mi espíritu aconseja:

Mas tolera que en carmen Africano

Recoja alguna flor con que entreteja

Cairel morisco á mi laúd cristiano:

Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja,

Si algunas veces del harén profano

Las alkatifas perfumadas piso,

Ó invoco á las hurís del paraíso.

Voy la gloria á cantar de dos naciones

Por religión é instintos enemigas,

Que, fieles á la par á sus pendones,

Prodigaron al par sangre y fatigas,

Rojas brotar haciendo sus legiones

Con la sangre común aguas y espigas:

Y cual la de los dos corrió mezclada,

Junta debe su gloria ser cantada.

Pues no porque en su límpida entereza

Conserve yo la fe de los Cristianos

Que hicieron del desierto á la aspereza

Volver á los vencidos Africanos,

Del vencedor loando la grandeza

Trataré á los vencidos de villanos.

No: siete siglos de su prez testigos

Los dan por caballeros si enemigos.

Lejos de mí tan sórdida mancilla:

Antes selle mi boca una mordaza

Que llame yo en la lengua de Castilla

Á su raza oriental bárbara raza.

Jamás: aún en nuestro suelo brilla

De su fecundo pie la extensa traza,

¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra

Más de un buen corazón de nuestra tierra!

¡Augusta sombra de Isabel! perdona

Si mi ruda canción osa atrevida,

Llegando irreverente á tu persona,

Del féretro evocarte á nueva vida.

Sé que la gloria que inmortal te abona

No puede por mi voz enaltecida

Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria

No á engrandecer, sino á adorar tu gloria.

Díselo así al Católico Fernando,

Si en medio de las dichas celestiales

Alguna vez, por el Edén vagando,

Recordáis vuestras glorias terrenales,

La obscura tierra desde el sol mirando:

Y al escuchar mis cánticos mortales,

Mirad á vuestra gloria, que me inspira,

No al rudo canto de mi tosca lira.

Y vosotros, guerreros de Castilla,

Honor de sus más ínclitos solares,

Nobles Condes de Cabra y de Tendilla,

Merlos, Téllez, Girones y Aguilares,

Cárdenas y Manriques de Sevilla,

Fieles Vargas, intrépidos Pulgares,

Córdovas generosos de Lucena,

Impávidos Clavijos de Baena:

Mendozas de alta prez, Portocarreros

Y Ponces de León, de cuya historia

Sus anales jamás perecederos

Henchidos guarda la Española gloria:

Y vosotros también, ¡oh caballeros

Árabes! dignos de gentil memoria:

Muza, postrero campeador del Darro,

Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,

Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño,

Lince de las fronteras castellanas,

Reduán inalterable y zahareño,

Gazul de las doncellas africanas

Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño,

Tarfe, horror de las crónicas cristianas;

Y vosotras, sultanas granadinas

De nombres y leyendas peregrinas:

Aija la varonil, matrona osada

Jamás rendida á su fatal destino:

Zoraya, la cautiva renegada,

Por cuyos hijos la discordia vino

Á derribar el trono de Granada:

Moraima la de Loja, á quien su sino

Obligó á encomendar sin esperanza

Vida y honor á Castellana lanza;

Perdonadme también si mis canciones,

Á través de los mármoles tendidos

En vuestros solitarios pantëones,

Hieren en ronco són vuestros oídos.

Sé que merecen más vuestras acciones

Que elogios en mi voz mal atendidos:

Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo,

Es porque sé lo que á mi patria debo.

Sé que es la empresa donde me he empeñado

Dédalo obscuro, inmensurable abismo,

Do sólo penetrar han intentado

Necia temeridad ó alto heroísmo:

Conozco que, en mi orgullo, demasiado

Fío en mi corazón, fío en mí mismo:

Mas supera la fe mi atrevimiento,

Y fío en Dios que abonará mi intento.

Deliciosos recuerdos de otros días

De honor y de placer, de amor y gloria,

Que envuelta en romancescas fantasías

Guardáis oculta vuestra bella historia,

Exhalada en confusas armonías

De himnos de amor y gritos de victoria:

Dad á mi corazón, dad á mi aliento

Generoso poder, canoro acento.

Águilas que os cernéis con corvo vuelo

Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores

Que sesteáis á la sombra del Carmelo

Y bajáis al Jordán los baladores

Ganados: y vosotros los que en pelo

Montáis salvajes potros voladores,

Hijos de los ardientes vendavales

Que barren los egipcios arenales;

Tribus perdidas y á las de hoy extrañas,

Para quienes la Europa no se ha abierto,

Que incendiáis al huir vuestras cabañas

Y en la Zahara avanzáis el paso incierto;

Gacelas de las árabes montañas,

Apareadas palmas del desierto;

Caravanas errantes á quien ellas

Dátiles dan y leche las camellas;

Palomas de los cármenes floridos

Que bordan las colinas de Granada;

Golondrinas leales que los nidos

En la Alhambra colgáis; enamorada

Raza de ruiseñores que escondidos

Gorjeáis de su bosque en la enramada,

Arroyos que, á su sombra, bullidores,

Laméis su césped y mecéis sus flores;

Sierras que cubre el sempiterno hielo

Donde Darro y Genil beben su vida;

Valles salubres, transparente cielo

De la Alpujarra aún mal conocida;

De Málaga gentil alegre suelo

De la hermosura y del amor guarida;

Mar azul cuyo lomo cristalino

Á las quillas de Agar prestó camino:

Abridme los tesoros encantados

De vuestras glorias mil tradicionales;

Dadme á beber los que guardáis sagrados

De inspiración inmensos manantiales;

Germinad en mi mente, no estudiados,

Vuestros cantos de amor meridionales,

Por que pueda brotar del arpa mía

Vuestra oriental y virgen poesía.

De sus cuerdas despréndanse sonoras

Esas modulaciones nunca oídas

Por los pueblos de Europa, y de las moras

Tribus por nuestros pueblos aprendidas;

Esas notas ardientes, tentadoras,

Que aun hoy por tosca mano repetidas

Renuevan en los huertos de la Alhambra

La de veloz compás morisca zambra.

Venid en torno á mí, generaciones

Ateridas del Norte, que con pieles

Vestís nuestras moriscas tradiciones,

Rasgando sus bordados alquiceles:

Venid á oirlas en sus propios sones

Y lengua original de bocas fieles,

Al pobre són de bárbara guitarra

Debajo de un peñón de la Alpujarra.

Venid, aprenderéis del Mediodía

Cuál el origen es de los cantares

Que jamás comprendió vuestra alma fría;

Sabréis cómo entre bélicos azares

Nació la abrasadora poesía

De nuestros bellos cantos populares;

Y en el lujo oriental de su riqueza,

Considerad su bárbara grandeza.

Pues por hijos de bárbaros osada

Vuestra historia nos da, sea en buen hora:

No esa bárbara estirpe renegada

Será por mí; mas á admirar ahora

Venid el rastro que dejó en Granada

La ilustración de nuestra estirpe mora:

Y en el lujo oriental de su riqueza

Adorad nuestra bárbara grandeza.

Sí: yo os voy á contar la historia bella

De esos á quien llamáis fieros salvajes,

Y fío en Dios que entenderéis por ella

Que puede despreciar vuestros ultrajes

Quien Alhambras dejó sobre su huella,

Quien labró fortalezas como encajes,

Y quien colmó por cóncavo arrecife

Las albercas del real Generalife.

Yo os voy á hablar del mágico recinto

De esta por ellos habitada tierra,

Y á mostraros lo que este laberinto

De jardines y alcázares encierra.

En llanto y sangre le dejaron tinto,

Pero tan fértil con su amor y guerra,

Que la flor más silvestre aromatiza

Y el más vulgar recuerdo poetiza.

Yo os haré ver, de nácar, concha y oro

Sobre arcos, sus balsámicos pensiles,

Do brotan junto al cedro el sicomoro,

Junto al nudoso abeto las gentiles

Palmeras, junto al álamo inodoro

El plátano aromado, las sutiles

Hebras de la ancha pita entre rosales,

Y el fragante limón entre nopales.

Yo os haré ver su pueblo primitivo,

Mitad rudo pastor, mitad guerrero,

Cuyo robusto labrador activo,

Cambiado en la ocasión en caballero,

Lidió, veloz Numida al golpe esquivo,

Con el jinete colosal de acero:

Y aplazando con él treguas extrañas,

Corrieron toros y jugaron cañas.

Yo os haré oir sus cuentos populares

Y sus caballerescas tradiciones

En torno y al calor de sus hogares;

Vendréis á sus nocturnas reuniones

Conmigo, sus combates singulares

Juzgaréis, sus civiles disensiones

Lamentaréis, saldréis á sus campañas

Y testigos seréis de sus hazañas.

Vendréis á sus palacios construídos

Para la guerra á un tiempo y los placeres,

Y leeréis en sus muros, revestidos

De miniaturas, de oro en caracteres

Con sacra fe caballeresca unidos

Los nombres de su Dios y sus mujeres:

Sin que halléis en la casa que fué suya

Nada que en pro de su saber no arguya.

De fakíes, de reyes, y vasallos

Os contaré los gozos y las cuitas:

Os haré penetrar en sus serrallos

Y asistir á sus rondas y á sus citas:

Y sus muebles, sus armas, sus caballos,

Sus bazares, sus baños, sus mezquitas,

Desde el hogar hasta la móvil tienda

Todo lo váis á ver en mi leyenda.

Que es del poeta grande á maravilla

El poder, y radiante su mirada,

Como un fanal que las disipa, brilla

En las tinieblas de la edad pasada.

Venid, pues: con las lanzas de Castilla

Os voy á conducir hasta Granada:

Y, á pesar de sus fieros Africanos,

En la Alhambra entraréis con los Cristianos.

Tal es, tan grave, tan inmensa y alta

La empresa nueva y colosal que intento:

Tal es la altura que atrevido asalta

Descarriado quizá mi pensamiento;

Mas si del vuelo en la mitad me falta

Fuerza al impulso ó á las alas viento,

Siempre sabré sin deshonor que, en suma,

No me faltó el valor, sino la pluma.

¡Tierra oriental, mansión de la alegría,

Favorita del sol y de las flores,

Santuario del valor, cuna del día,

Paraíso del ocio y los amores,

Tesoro y manantial de poesía!

Voy á cantar tu gloria y tus primores.

¡Tierra de bendición, al Cielo santo

Pide la suya tú para mi canto!

¡Salve, ciudad del sol, Granada bella,

Amor de Boabdil, huerto florido

Que entre nieves estériles descuella,

Taza de nardos, de palomas nido,

Diamante puro que sin luz destella,

Edén entre peñascos escondido,

Ilusión de esperanza y sueño de oro

Que halaga aún al corazón del Moro!

¡Salve, vergel en donde el alba nace

Y donde el sol poniente se reclina,

Donde la niebla en perlas se deshace

Y las perlas en plata cristalina:

Donde el placer sobre laureles yace

Y Dios sonríe y la salud domina!

Divino objeto de mi canto rudo,

Yo al empezar mi canto te saludo.

Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos,

Descubierta al nombrarte la cabeza,

Con amoroso afán puesto de hinojos,

Rendido adorador de tu belleza,

Ofrecerte mis cantos por despojos

Si dignos son de tu inmortal grandeza;

Tiéndeme, pues, bellísima Granada,

Al elevar mi voz una mirada.

Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento

Por cima de los montes y los mares

Lleve á tu Alhambra sonoroso viento

Que armonía mejor dé á mis cantares!

Y si te dan á ti contentamiento

Y algún premio por ellos me buscares,

Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores!

Sepultura al morir entre tus flores.


II
NARRACIÓN

Un siglo de desorden y abandono

Para mal de Castilla había corrido,

Y cinco reyes afirmar su trono

Bajo el regio dosel no habían podido;

Y todo un siglo, con civil encono

En contiendas sacrílegas perdido,

Sólo dejaba al pueblo Castellano

Ira en el corazón, sangre en la mano.

Débil el rey, el prócer insolente,

Hecho el soldado á la rapiña, al oro

Aficionado el clero irreverente,

Rico el Judío y descuidado el Moro,

Fué la justicia inútil é impotente:

Nadie atendió al honor, nadie al decoro:

Nadie seguro en tan infanda tierra

Al deber acudió, sino á la guerra.

Constituyóse el noble en soberano,

Y el soldado en señor: el caballero

Se hizo juez, el obispo cortesano,

Soldado el labrador, aventurero

El holgazán, bandido el artesano:

Y, mucha la ambición, poco el dinero,

Robó al débil el fuerte, y en la obscura

Tienda el judío vil se hartó de usura.

Rebelde á su Monarca la nobleza

Alzó banderas y allegó parciales:

Cada solar cambióse en fortaleza,

Cada escudo en pendón: y por leales

Todos dándose á par y con fiereza

Temeraria batiéndose, á los males

Abrieron ancha puerta, y fué la España

Confusa lid, universal campaña.

Hasta el Rey portugués entró en Castilla

Su esposa haciendo á su sobrina Juana,

Y dividióse en bandos cada villa

En pro ó en contra de la unión profana.

Airado el Santo Padre á tal mancilla,

La sacrílega unión declaró vana:

Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego

En lugar de extinguir avivó el fuego.

La fe apagada y el honor extinto,

Perenne manantial de desconsuelos,

Denso caos, confuso laberinto

De pasiones, de crímenes y duelos

De la España infeliz era el recinto:

Y hundiérase su gloria, si los cielos

No la enviaran un astro de ventura

Que la alumbrara en noche tan obscura.

Grande, digna, legítima, valiente

Cual repentino el sol tras un nublado

Aparece más puro y refulgente,

Apareció Isabel. Tronó indignado

Sobre el clamor de la confusa gente

Su regio acento, y su pendón sagrado

Alzando en el tumulto de improviso,

Postróse el pueblo y la acató sumiso.

De ella en pos el Católico Fernando

Al frente apareció de sus legiones,

En las banderas de Aragón mostrando

Las barras á la par de los leones.

Todo el que noble se juzgó á su bando,

Por honor ó por miedo, sus pendones

Unió: y el porvenir con luz más pura

Comenzó á esclarecer la edad futura.

Monja en Coimbra la Princesa Juana,

Sin fe su causa y sin valor su bando,

Vencida la arrogancia Lusitana,

Rey de Sicilia y Aragón Fernando,

Reina Isabel en tierra castellana,

Quietos los nobles y seguro el mando

Bajo el doble poder de entrambos reyes,

Tornó España á su prez, tornó á sus leyes.

Acotó la licencia y el cinismo

De las viejas costumbres relajadas

La Inquisición severa: el Judaísmo

Sepultó su avaricia en las moradas

De sus obscuras lonjas: á sí mismo

Volvió el honor Hispano sus miradas,

Y un siglo entero sin virtud ni gloria

Vió que manchaba su cristiana historia.

Avergonzada entonces la nobleza,

Entregó á los monarcas los castillos

Con que á la rebelión dió fortaleza:

Y arrancando sus puentes y rastrillos,

La plebe licenció que la pobreza

Llevó á su bando; y, libre de caudillos

Tales, volvió el labriego á sembrar grano

Y volvió á su taller el artesano.

Vióse libre el erial de bandoleros,

De cohechos el foro, de judíos

El mercado, la plebe de usureros,

La sociedad de vagos, y de impíos

La fe: vióse el erario con dineros,

Con disciplina la milicia, y, bríos

Dando á Castilla el genio de otra era,

Tornó á su fuerza y dignidad primera.

Generación empero entre el bullicio

De eslabonadas y feroces guerras

Nacida, y avezada al ejercicio

De entrar por muros y trepar por sierras,

Llegó en ésta el valor á ser un vicio

Y el pelear costumbre: y en sus tierras

No hallando ya enemigos á las manos,

Pensó al fin en los fieros africanos.

Como león que hambriento se despierta

Y, al tender la mirada adormecida

De la llanura en la extensión desierta,

Á lo lejos cruzar mal conducida

La lenta caravana á ver acierta,

Y avanzado la garra entumecida,

Crespa la greña y la mirada fosca,

Para asaltarla en el jaral se embosca:

Así tendió famélica mirada,

Despertando al honor, el castellano

Hacia el florido reino de Granada,

Embalsamado harén del africano.

Así Castilla alerta y emboscada

De Isabel bajo el trono soberano,

Sólo esperaba su orden impaciente

Para caer sobre la mora gente.

La Católica Reina, sus enojos

Con varonil prudencia refrenando,

Fijos tenía los atentos ojos

En el redil del agareno bando:

Y, resuelta á arrancar sus granos rojos

Á Granada uno á uno, con Fernando

Esperaba en el Cielo oir la hora

Del exterminio de la raza mora.

Y tenía ya Dios determinado

El desastroso fin de aquella gente,

Y al término fatal era llegado

El poder de las tribus del Oriente.

El trono de Al-hamar había ocupado

Su penúltimo rey, y, á su occidente

Tocando ya la berberisca luna,

Huía hacia Castilla su fortuna.

La discordia civil vertido había

El licor de su copa envenenada

En el alma del árabe, y ardía

El cráter de un volcán bajo Granada:

Mas oculto en la tierra todavía

El fuego asolador, aposentada

Parecía en la Alhambra la ventura,

Firme su solio, su quietud segura.

Reinaba allí Muley Hasán: guerrero

Más que rey y político, su mano

Nunca el cetro empuñó, sino el acero:

No temió nunca, sino odió al cristiano.

Ni nunca treguas respetó altanero,

Ni manchó su decoro soberano

El tributo pagándole rendido

Por su padre Ismaël que fué vencido.

En diez años de próspero reinado,

Al porvenir mirando y al decoro

De su trono, Muley había logrado

Su ejército doblar y su tesoro.

De África con los reyes coligado,

Prevenido á la lid se había el Moro:

Y de víveres y armas hecho apresto,

En pie sus plazas de defensa puesto.

Numerosos sacó de Berbería

Escuadrones de tropas auxiliares,

Del desierto veloz caballería,

Saeteros de Fez almogavares:

Y un pie de sus fronteras no tenía

Sin avanzados puestos militares,

Ni un cerro de sus reinos á la raya

Sin el ojo sagaz de una atalaya.

Seguro como un águila en su nido

En Granada Muley, por sus fronteros

Guardado, y de sus súbditos temido

Por los decretos de su ley severos,

Reinaba en celebrar entretenido

Con sus enamorados caballeros

Justas, zambras, saraos deslumbradores

En honor de la hurí de sus amores.

Es esta la cautiva seductora

Que Isabel de Solís niña y cristiana

En Martos se llamó, y á quien ahora,

En el serrallo de Muley sultana,

Zoraya llaman, en la lengua mora

Lucero precursor de la mañana:

Astro en verdad de amor y de hermosura,

Mas precursor de asolación futura.

Por el ardiente amor de esta cautiva

Olvidado Muley de Aija su esposa,

De su presencia y de su amor la priva:

Y Aija, como oriental, fiera y celosa

Y, como Reina y afrentada, altiva,

Disimula la rabia que la acosa

Alentada no más por la esperanza

De tomar en los dos feroz venganza.

Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado,

Del Rey versátil, y por ella propia

En odio de Muley amamantado;

Mozo gallardo, de su padre copia.

Mas contrario á su padre por el hado

Fatal en que nació, traidor acopia

El odio hacia Muley que Aija respira,

Y el que su estrella personal le inspira.

Guárdale la sultana con desvelo

Y témele el Monarca por instinto:

Ódiale la Zoraya, con recelo

De que á sus hijos dañe cuando, extinto,

Del amor de Muley la prive el Cielo:

Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto

De Granada parciales allegando,

Sagaz se forma poderoso bando.

Sospéchalo Muley; la favorita,

En el amor del Árabe fiada,

Diestra su odio á su rival excita:

Pero menos contra ambos osa á nada

Cuanto más el Monarca lo medita.

Nace así la carcoma de Granada,

Y Hasán en el peligro se adormece,

Y el tiempo vuela, y el peligro crece.

¡Escrito estaba y del amor fué pena!

Perdió Eva al padre de la raza humana,

Á Hércules Deyanira, á Troya Elena,

Lucrecia al solio y majestad Romana,

Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena

Gente perdióse por la vil cristiana

Que, dando impura á Boabdil hermanos,

Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos.

¡Escrito estaba! comprendiólo luego

El postrimer Monarca granadino;

Y, según el Korán, el hombre ciego

Torcer no puede su fatal destino.

¡Escrito estaba! lágrimas de fuego

Vertiendo del Padul sobre el camino

Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada

Triste volviendo la postrer mirada.

Y escrito estando é inmutable siendo

El fallo del destino, hacia su ruina

Arrastrado por él iba corriendo

Sordo y ciego Muley, á la divina

É inexcusable voluntad cediendo:

Y, esclavo del amor que le domina,

En mantener no más piensa á Granada

Esclava de su hermosa renegada.

Sólo por eso su grandeza estima,

Su prez en mantener piensa por eso:

Por eso ardor de combatir le anima,

Triunfos soñando su amoroso exceso.

Por eso de su alcázar desde encima

Del muro y agobiado bajo el peso

De su amante ambición, se le veía

Mirar la vega al transponer el día.

Desde el adarve real de su alcazaba

De la Alhambra, Muley con complacencia

Del granadino reino contemplaba

La amenidad y próspera opulencia:

Y al cristiano poder desafiaba

Con desdeñosa y bárbara insolencia.

Al lejos divisando los pajizos

Muros de sus castillos fronterizos.

Sonreía el infiel con arrogancia,

Mirando las montañas guardadoras

De su tierra, y en fértil abundancia

Las tribus de sus pueblos moradoras.

Sonreíase al ver en la distancia

Del África arribar las naves moras,

Sobre un mar que parece en lejanía

Un ceñidor azul de Andalucía.

Embriagábase el Árabe de orgullo

Contemplando la espléndida hermosura

De su vega, y servíale de arrullo

El misterioso són con que murmura

La soledad, y el singular murmullo

Que armoniza doquier el aura pura,

Cuando orea con ala sosegada

La región por los hombres habitada.

Absorto contemplaba el noble Moro

La vega granadí, huerta extendida

De su corte á los pies, rico tesoro

De ocio y placer y manantial de vida:

Y el alma de Muley, en sueños de oro

Con pereza oriental adormecida,

Se gozaba en mirar desde la altura

Por milésima vez tanta hermosura.

En aquel cielo azul y transparente,

Pabellón de cristal sin mancha alguna,

Lucen sobre la tierra eternamente

Sereno el rojo sol, blanca la luna.

Allí Genil su límpida corriente

Vierte con Darro y Monachil á una,

Brotando á sus regueros creadores

En vasta profusión frutos y flores.

Allí el cedro fragante y los almeses

Amados de los pájaros campean

De Jericó á la par con los cipreses;

Las vides de Falerno allí se orean

Entre pajizas y preñadas mieses.

Que magnolias espléndidas sombrean:

Y allí las cañas del Jordán sonoras

Zumban entre las palmas cimbradoras.

Las de la humana ciencia más ignotas

Salutíferas plantas allí quiso

Dios fecundar, y de las más remotas

Tierras los frutos dió á su paraíso:

Los sagrados laureles del Eurotas,

Los poéticos tilos del Pamiso,

De Estambul los ardientes tulipanes,

De Cartago los frescos arrayanes.

Por sus fragantes y purpúreas rosas

Sus rosas la cediera Alejandría:

Por sus morenas hijas voluptuosas

Sus hijas la Circasia la daría:

El zumo de sus vides deliciosas

La campiña de Chipre envidiaría,

Su frescura los bosques de la Ausonia,

Sus árabes pensiles Babilonia.

Tal es la vega de Granada: tales

Las delicias que encierra, y que el monarca

Desde sus ajimeces orientales

Con mirada de halcón ufano abarca.

Tal es su reino entero; y en sus reales

Alientos le parece ofrenda parca

Que llevar á los pies de la que adora,

De Zoraya, lucero de la aurora.

Por eso se extasía contemplando

Sus tierras y su corte defendida

Por las bravas legiones de su mando,

De mil y treinta torres guarnecida:

Y al pensar en la corte de Fernando,

En sus tierras aun no establecida,

«¡Venga á pedir, exclama, si se atreve,

El vil tributo que Muley le debe!»

Y he aquí que, concluyendo en estos días

El plazo de unas treguas especiales

Que acotaban las locas correrías

Lícitas por las treguas generales,

No pasando la empresa de tres días,

No batiendo tambor ni alzando reales,

Presentóse en la vega una mañana

Un escuadrón de gente castellana.

Corto, pero á la lid apercibido,

Componíanle apenas cien jinetes

Que estatuas parecían de bruñido

Sonante acero. El rostro en los almetes

Bajo de las viseras escondido

Traían: sobre malla coseletes

De triples pasadores barrëados,

Los caballos de hierro encubertados.

Mazas de nueve puntas y afiladas

Hachas de desarmar en los arzones:

Puñales de Milán y anchas espadas

De Toledo en la cinta, los lanzones

Al brazo y, en lugar de las rizadas

Plumas, una cruz de oro en los crestones

Y otra al pecho, diciendo en un letrero:

Á su luz vivo y á su sombra muero.

Del cristiano escuadrón á la cabeza

Marchaba un caballero de Santiago

Comendador, templando la fiereza

De un potro negro, que al continuo halago

De su señor responde con nobleza

Cabeceando orgulloso, y al amago

Del acicate esquivo, á cada instante

Quiere escapar con ímpetu pujante.

Era este capitán don Juan de Vera

Del solar de Mendoza: Castellano

De recto juicio y de virtud severa,

Celoso asaz del esplendor cristiano,

Conoce y teme la morisma entera

Su audaz valor y su pesada mano:

Y en el tumulto de la lid confusa,

Quien valiente no es su encuentro excusa.

Con paso grave y continente altivo

Por entre el moro pueblo, que le mira

Con ojo torvo y ademán esquivo,

Llegó Don Juan al torreón de Elvira:

Y vuelto á un renegado que cautivo

Trae, con voz que majestad respira

Y en Español, mirando á su decoro,

Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:

«Di al capitán del puesto, en Africano,

Que de estas puertas al umbral espera

Licencia para hablar al soberano,

En nombre de su Rey, Don Juan de Vera:

Y que para él y su escuadrón cristiano

Pide hospitalidad franca y sincera

Por una noche; pues, su real mensaje

Cumplido, torna á continuar su viaje.»

El renegado en árabe tradujo

Lo dicho al capitán, el cual, montando

Una yegua que Córdoba produjo

Y en sus dehesas pació su césped blando,

Por la árabe ciudad les introdujo

Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando,

De sus bosques cruzando el laberinto

Les dejó de la Alhambra en el recinto.

Regia hospitalidad y alojamiento

Cómodo el moro rey, de su alcazaba

En una de las torres al intento

Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava

Á sus órdenes puso, cuyo atento

Cuidado pronto á su obediencia estaba:

Y les sirvió en opípara comida

Con caliente manjar fresca bebida.

De ella al fin un kadí, severo anciano

De barba luenga y paternal mirada,

Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano,

La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada

Recibirá mañana el soberano.

Huéspedes del monarca de Granada

Sois tú y los tuyos esta noche; mide

Por tu deseo su largueza, y pide.»

«Anciano, replicó Don Juan de Vera,

Da gracias á tu rey por su hospedaje,

Y dile que jamás de otra manera

Á caballeros de mi fe y linaje

Que tratára esperé: que á la primera

Luz del próximo día mi mensaje

Que oiga le ruego: pues la misma tarde

Debo partir. He dicho: Dios te guarde.»

Retiróse Don Juan á su aposento:

Mas no sin ver si su cristiana gente

Tenía cerca de él alojamiento

Á caballeros tales conveniente;

Y, con todo el rigor del campamento

Guardado el torreón militarmente,

Después de haber sus oraciones hecho

Tendióse armado en el morisco lecho.


LIBRO SEGUNDO
LAS SULTANAS

I
EL CAMARÍN DE LINDARAJA

Era una noche azul, pura, serena

Del fructífero Mayo, perfumada

Con el aroma de sus flores, llena

De la armonía mística exhalada

Por las auras y fuentes, que en la amena

Soledad de los bosques y los huertos

Misteriosas susurran, y alumbrada

Por la luna creciente con inciertos,

Trémulos y argentinos resplandores:

Era una noche, en fin, de esas hermosas

Noches de paz, inspiración y amores,

En que derrama Dios sobre Granada,

Africana dormida entre las rosas,

Los rayos de sus ojos creadores

Y el aura de su aliento embalsamada:

La misma noche en que Don Juan de Vera

Huésped del Moro en sus palacios era.

Y era un regio y magnífico aposento

De la oriental Alhambra, donde el oro,

El cobalto y el nácar, en labores

Mágicas trabajadas á lo moro,

Brillaban desde el techo al pavimento,

Á los suaves y tímidos fulgores

Que una aromada lámpara esparcía

Que en una taza de alabastro ardía.

Á un lado de esta cámara ostentosa

Y por bajo de un arco que cubría

Damasquino tapiz, se abría paso

Una estrecha y cruzada galería,

Formada de esta estancia por el muro

Y un balcón, por do entraba misteriosa

De los astros la luz, el aire puro

Y el són del agua que, en raudal escaso,

Vertía Darro por el valle obscuro.

El suelo de esta estancia deliciosa

Era de blanco mármol, á pedazos

Cubierto de alkatifas argelinas

Y cojines de raso azul y rosa:

Sus puertas se cerraban con cortinas

De telas de oro y seda, que con lazos,

Broches y trenzas de ámbar y corales,

Se recogían en profusos pliegues

Al gusto de los pueblos orientales:

Y en el segundo cuerpo de los muros

Se abrían dos moriscos ajimeces

De exquisita labor y árabes, puros,

Elegantes contornos

Y calados y espléndidos adornos.

Tras de sus celosías iba á veces

El Rey ocultamente, de sus serios

Afanes esquivándose un instante,

Á sorprender los íntimos misterios

De las mujeres Moras

De esta cámara real habitadoras;

Gozando así en secreto

Desde aquellas arábigas ventanas

Las voluptuosas danzas, las moriscas

Cántigas y nocturnas diversiones

Á que, con sus esclavas y odaliscas,

Se entregaban alegres las sultanas.

El balcón, que en el fondo

De la estancia se abría

Más allá de la estrecha galería,

Era otra especie de ajimez, labrado

Con el más exquisito y rico adorno

Por arquitectos Moros inventado:

Y un deleitoso camarín fingía,

Cuyas ventanas rodëaba en torno

De cedro una movible celosía.

Era pues el balcón de aquella estancia

Regia y maravillosa

Un mirador calado, que aspiraba

De su ajimez morisco por los huecos,

De los vecinos huertos la fragancia,

La música del agua rumorosa,

Que en la sombra corría,

Y el canto de las aves que albergaba

La arboleda del río, y cuyos ecos

Murmurador el aire allí traía.

Entre este camarín y este aposento,

Con caracteres de oro (en una faja

De púrpura y azul que se tendía

Por bajo el circular cornisamento

Del ajimez) escrito se veía

Un rótulo miniado, que decía:

«Mirador de la hermosa Lindaraja:»

Y á fe que el mirador es un portento

De la elegante arquitectura Mora

Y un santuario de amor y poesía:

Regalo al fin de un Árabe opulento

Á la mujer feliz que le enamora.

En esta regia cámara moruna,

De aquella hermosa noche en las primeras

Horas, al suave claro de la luna

Y al rumor de las ráfagas ligeras

Que entraban por las árabes ventanas,

Yacía, al parecer sin pena alguna,

Hada gentil de su mansión divina,

La más bella y feliz de las sultanas

Que habitaron la Alhambra granadina.

Los mullidos cojines, apilados

Bajo su cuerpo leve, sostenían

Muellemente sus miembros delicados:

Sus perezosos brazos se tendían

Sobre la pluma sin vigor: caían

Sus rizos de la faz por ambos lados

Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno,

Del morisco jubón bajo la seda,

Al aspirar con hálitos pausados,

Se dibujaba su redondo seno

Cual dos montones de apretada nieve

Que en la redonda copa de ancho pino

El aire cuaja lento y manso mueve:

Y á través del calzón, de cuyo lino

Los pliegues mil su cuerpo peregrino

Ceñían, bien bajo el tejido leve

Podíanse admirar, y á pesar de ellos,

De su cintura y muslo alabastrino

La pura tez y los contornos bellos.

Su enano pie calzaban

Chinelas de brocado: sus tobillos

Ajorcas primorosas adornaban

Hechas de gruesas perlas, que horadaban

Por su grueso mayor áureos arillos:

Sus brazos dobles sartas de corales,

Sus orejas riquísimos zarcillos:

Y, á usanza de las Moras principales,

Ostentaba sus uñas nacaradas

Con azul costosísimo miniadas.

Era en verdad bellísima la Mora,

Y merecía bien tanta riqueza,

Y ser de tal estancia moradora,

Y mandar con despótica entereza,

Y obedecida ser como señora.

Una mirada de sus negros ojos

Más que un alcázar para el Rey valía:

Por solo un beso de sus labios rojos

Una ciudad frontera vendería:

Por el más infantil de sus antojos

La cabeza más noble inmolaría:

No tenía su amor precio ni raya

En la alma de Muley.—Es la Zoraya.

Es ella, la sultana favorita

Que á solas en su cámara le espera:

Y aunque parece que feliz dormita

Y que nada la acosa, ni la altera,

Secreto afán su corazón agita

Y sueña... ¡Como sueña la pantera

Con la sangre caliente

En que espera aplacar su sed ardiente!

Entoldada la luz de sus pupilas

Con los cerrados párpados conserva,

Sus facciones inmobles y tranquilas:

Grata molicie al parecer la enerva:

Pero su corazón guarda un intento

Harto feroz, cuya afición proterva

Se oculta en su reposo soñoliento

Como un áspid letal bajo la hierba.

Imagen bella, voluptuosa y pura

De las hurís que colocó Mahoma

En su eternal Edén, por su hermosura

Parecía una cándida paloma

En la forma ideal de su figura:

Un cuerpo de mujer en que se encierra

El puro sér de un ángel, á la obscura

Región mortal de nuestra baja tierra

Enviado, á perfumarla con su aroma

Y á derramar en ella su ventura.

Pero la torva luz de su mirada,

La cortina de sombra que en su frente

Tiende su ceño cuando mira airada,

La contracción apenas perceptible

Con que el extremo de su labio ardiente

Arruga su sonrisa,

De la escondida peligrosa hoguera

Que arde en su doble corazón avisa,

Y en la faz de la Mora

Con resplandor siniestro reverbera.

Muley por su belleza seductora

Luz de la aurora la llamó..... y tal era

La luz de este lucero de la aurora:

Tal es Zoraya que á Muley espera.

Oyóse al cabo en el jardín vecino,

Bajo el abierto mirador cercano,

El dulce són de un cántico africano

Que una morisca guzla acompañaba:

Són con que la anunciaba de contino

La llegada del Rey atenta esclava.

Estremeció los miembros de la Mora

Movimiento nervioso: mas tan leve,

Que resbalar no hizo

Por su cuello, más blanco que la nieve,

El más ligero descompuesto rizo:

Ni de su blando lecho

Un pliegue solamente descompuso:

Ni con respiración más presurosa

Se hincharon los contornos de su pecho.

Inmóvil, silenciosa,

Cual si no le sintiera ni aguardara,

En su aparente sueño y perezosa

É incentiva postura

Dejó la hermosa que Muley llegara

El veneno á beber de su hermosura.

Envuelto en su alquicel, bajo el plegado

Pabellón de la azul tapicería,

Apareció Muley: tendió callado

Una sagaz mirada escrutadora

Por sobre cuanto en derredor había,

Y dilató su labio desdeñoso

Sonrisa de placer, viendo á la Mora

Que sobre los cojines en reposo

Con abandono tentador yacía.

Llegóse á ella y contempló un instante

La tranquila expresión de sus facciones,

Por milésima vez con ojo amante

Recorriendo voraz las perfecciones

De aquel cuerpo, velado escasamente

Por el leve ropaje transparente

Sobre los apilados almohadones.

Llegóse y admiró bajo la pura

Nívea tez, á través de su blancura,

La red sutil de las azules venas,

Cuyo tejido transparente indica

Que aquella piel purísima y nevada

Encubre el alma ardiente y vivifica

La complexión fogosa, enamorada,

Que á su tez atribuyen las morenas;

Y percibió el aroma con que el baño

Su cuerpo perfumó, de que las Moras

Granadinas usaban todo el año;

Y el rumor escuchó, sensible apenas,

De su respiración igual y suave,

Y sin poder con su amoroso exceso

Sobre su boca de coral, que sabe

Y trasciende al alöe de Corinto,

Depositó Muley un amplio beso

Que crujió de la estancia en el recinto.

Abrió Zoraya los ardientes ojos,

Y al fijar su mirada

Sobre la faz del Árabe, cambiada

De colérica en tierna, con acento

Más grato que el murmullo soñoliento

Que levanta la brisa en la enramada,

Díjole, disipando los enojos

Que acaso al despertar fingió indignada:

«Te esperaba, Señor: aunque dormía,

»Mi corazón velaba, y en mi sueño

»La leve huella de tu pie sentía

»Que á mis amantes brazos te traía,

»Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»

«Apenas en los altos alminares

(Contestóla Muley)» la voz sonora

»Del muezín anunció la última hora

»De la oración del día,

»Á favor de las sombras tutelares

»Vengo á ti, manantial del agua pura

»En que templa su sed el alma mía,

»Y heme á tus pies, Lucero de la aurora,

»Que me alumbras doquier con tu hermosura.

»Llamásteme en secreto,

»Sol de mi corazón, y aquí me tienes

»Á tu absoluta voluntad sujeto.

»Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes?

»Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas

»Regocijos y zambras? Mis juglares

»Llama, mis nobles Árabes convoca;

»Y aquéllos con mil juegos malavares,

»Y éstos con toros, cañas y torneos,

»En fiesta interminable, libre y loca,

»Sacien en Bib-arrambla tus deseos.

»¿Ó tal vez algún vil desventurado

»Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya

»Mi amigo sido ó su niñez pasado

»Junto á mí, y yo partido mi grandeza

»Con él, te juro por tu amor, Zoraya,

»Que te enviaré mañana su cabeza.»

Decía así Muley, en la locura

De la pasión que el alma le devora,

Y sonreía oyéndole la Mora

De la pasión del Árabe segura.

Sus dedos de marfil entre la cana

Barba de Hasán con infantil cariño

Pasó y con complacencia la Sultana,

Dejándola aromada con su mano:

Y con caricia tal, propia de un niño,

Trajo á sus pies sobre el cojín liviano

Trémulo de placer al Africano.

Zoraya entonces, su gentil cabeza

En el hombro del Moro reclinando,

Y el fuerte talismán de su belleza

Contra el alma del Árabe empleando,

Así le empezó á hablar, el suave aliento

De su boca balsámica de intento

Hasta la boca de Muley enviando,

Diálogo tal entre los dos trabando:

ZORAYA

Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva

Me crié al lado tuyo entre las flores

De los jardines de tu Alhambra: esquiva

Después á los halagos tentadores

De tus bizarros nobles Granadinos,

Negué mi juventud y mi belleza

Á cuanto no eras tú con entereza.....

¡Sentía ya ligados nuestros sinos!

Hizo en ti de los astros la influencia

Su efecto al cabo: me encontraste hermosa,

Cediste del destino á la sentencia,

Y pagaste mi amor, y fuí dichosa.

La tierra en que nací y el amoroso

Dulce calor del maternal regazo,

El acento del padre cariñoso,

Su castillo feudal que, en el ribazo

De un cerro, se levanta pintoresco

Cercado de alamedas, cuyo arrullo

Salud le daban y armonía y fresco

De despeñadas aguas al murmullo,

Todo lo echó por fin de mi memoria:

Y, del nombre y la fe de mis mayores

Renegando, las puertas de su gloria

Perjura me cerré por tus amores.

MULEY HASÁN

¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora?

¿No comprendí tu abnegación y entero

Mi corazón te di? Tú eres señora

Dél todavía; lo que quieras quiero.

ZORAYA

Quiero, Señor, decirte lo que acaso

No te deje otro afecto libremente

Comprender y juzgar: porque traspaso

Los límites tal vez de lo prudente

Con tan audaz revelación; empero

Más que el respeto y la prudencia fuerte

Mi cariño por ti, salvarte quiero

Aun á peligro de mi propia muerte.

MULEY HASÁN

¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla.

ZORAYA

Un instante

Oye en calma, Señor. Yo, que las horas

De tu existencia en vela paso amante,

Sé por tu bien lo que imprudente ignoras.

Tienes, Señor, un hijo cuya estrella

Á Granada es fatal, según los sabios

Que su horóscopo hicieron.

MULEY HASÁN

La luz de ella

Pende no más de un soplo de mis labios.

ZORAYA

Y el soplo de tus labios sólo pende

De un acero traidor que en tu garganta

Le corte.

MULEY HASÁN

¿Abú Abdil....?

ZORAYA

Señor, atiende.

MULEY HASÁN

Prosigue.

ZORAYA

De él y de su madre es tanta

Por reinar la impaciencia, que á estas horas,

Traidores á su rey y de él parciales,

Bajo los techos de las casas moras

Se afilan en silencio mil puñales.

MULEY HASÁN

Sé que Aija.....

ZORAYA

Me detesta.

MULEY HASÁN

¡Ay si te mira

Sólo un momento con semblante torvo!

ZORAYA

¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira

No sofocas, Muley! No será estorbo

Ya ni el filial ni el conyugal cariño

Para intentar el crimen: la serpiente

Da emponzoñados huevos, y el que niño

Para su padre fué desobediente.

Traidor para su rey será mañana.

MULEY HASÁN

Desecha tu temor, Zoraya mía:

Los conozco á los dos: mas será vana

Su obstinada ambición: se les espía.

ZORAYA

¿Pero ignoras. Señor, que está plagada

Tu corte de los suyos?

MULEY HASÁN

Sé sus nombres.

ZORAYA

¿Y sabes que propalan por Granada

Que Dios está por él?

MULEY HASÁN

Pero los hombres

Crédito no les dan.

ZORAYA

Rey, te equivocas:

Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra

Toda con él, sus esperanzas locas

Apoyan con la fe y la cimitarra.

MULEY HASÁN

La fe y mis cimitarras á sus breñas

Les volverán.

ZORAYA

Te engañas: los villanos

Reniegan de su fe, según las señas.

Pues pactan contra ti con los cristianos.

MULEY HASÁN

Zoraya, sus delirios ha venido

Á contarte algún loco. Te detestan

Y ambicionan reinar: mas nunca han sido

Del Nazareno amigos.

ZORAYA

Pues se aprestan

Los Nazarenos á su voz.....

MULEY HASÁN

¡Patrañas

Por derviches lunáticos vertidas!

ZORAYA

Empresas ciertas, aunque asaz extrañas:

Peligrosas, Muley, mas emprendidas.

Yo, por ti en vela, presentí el estrago

De este huracán que nubecilla asoma;

Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago

Por amor á los míos: pero toma.

Tal diciendo Zoraya, de entre el raso

De los blandos cojines tunecinos,

Prevenidos sin duda para el caso

De antemano, sacó dos pergaminos:

Y con aquella singular sonrisa

En cuya móvil expresión graciosa

Algo tal vez siniestro se divisa,

Á Muley presentóselos la hermosa:

Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo,

»Á través de esta tinta venenosa,

«El alma de la madre y la del hijo.»

Desplególos Muley, aproximándose

Al vaso de alabastro transparente

Donde la luz ardía, demudándose

Su semblante al lëer: con ojo ardiente

La Mora le espió, de su creciente

Cólera apercibiéndose, y su flecha,

Viendo herir en el blanco, dulcemente

En el mullido lecho reclinándose,

Tornó á la antigua calma, indiferente.

Más torvo, más feroz á cada instante

Según adelantaba en su lectura

Se tornaba del Árabe el semblante.

Fulguraban sus ojos: insegura

Plegaba una sonrisa repugnante

Su desdeñoso labio, y la amargura

De la hiel que el escrito rebosaba

En su lívida faz amarilleaba.

«¡Traidores!—dijo al fin, el pergamino

Con los crispados dedos estrujando.—

¡Traidores! En buen hora, en su destino

Con ceguedad estúpida fiando,

Abrirse intenten al poder camino

Y astutos formen revoltoso bando:

¡Pero poner por escalón del trono

Al cristiano!... Jamás se lo perdono.

Jamás: jamás.» Y con ahogado acento

Repitiendo «jamás,» como una fiera

Enjaulada, cruzaba el aposento

De uno á otro lado, cual si presa fuera

De vértigo infernal. Sagaz, atento

Y abierto apenas de la Mora el ojo,

Por más que indiferente pareciera,

Seguía con afán su movimiento,

La progresión pesando de su enojo.

De repente Muley frente á la Mora

Paróse, y cual si en ella se aprestara

La cólera á estrellar que en sí atesora

El exaltado corazón, la dijo

Con destemplada voz y cara á cara:

«¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras

Los secretos de Aija y de su hijo?

¿Quién te trajo las llaves

Del misterio encerrado en estas letras?

Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»

—«Señor, dijo Zoraya levantando

La cabeza con calma,

Desecha tu temor, templa tu ira:

Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma

Al padre del pecado y la mentira.

Este secreto de tu raza infando

Yace en la tumba ya: libre respira,

Muley: la esclava te veló tu sueño

Y el mensajero vil de esa escritura,

Al descolgarse audaz de tu alcazaba

Por la torre del Agua, sepultura

Á demandar no más bajó á tu esclava.

—¡Á ti, Zoraya!—Á mí; porque yo vivo

Tan sólo para ti,—Mas..... no comprendo.....

—¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo

Como me das, Muley? De los traidores

Argos les hice yo: de ellos aprendo:

Y como ellos también, compro traidores;

Me acechan sin cesar, y les acecho:

Tus secretos espían, y yo el suyo

Bajo á buscar al fondo de su pecho.

No tienen mis esclavos otro oficio,

Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento

Oculto para mí: mi sér, mi vida,

Consagrados están á tu servicio.

En esos pergaminos te presento

La desnuda verdad: está cumplida

Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia,

Señor, está en tu mano.

Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia:

Castiga justo, ó liberal perdona:

Tú eres el soberano:

Mas escoge entre el hijo y la corona.

En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava;

Que en la balanza igual de tu justicia

No sea yo jamás peso, ni traba.

El noble amor, que abrigo

En mi pecho por ti, no es de cristiano

Cobarde corazón; yo, pues, contigo

Triunfaré ó moriré como sultana

Que tu lecho y tu amor no partió en vano,

Amir: porque mi sangre es castellana,

Pero mi corazón es africano.»

Calló Zoraya y se tornó en el lecho

Á reclinar tranquila:

Y el Rey quedó como de mármol hecho

Contemplándola, inmóvil y derecho,

Dilatada de asombro la pupila.

Jamás la vió ni la creyó dotada

De corazón tan varonil y entero,

Ni sospechó que su alma apasionada

Atesorara amor tan verdadero.

Indolente, pasiva, abandonada,

Henchida la juzgó de amor sincero

Siempre: mas siempre tímida, indecisa,

Y á toda intriga al parecer ajena,

Con el cariño de su Rey pagada

De su dorada esclavitud, precisa

Por los preceptos de la fe agarena.

Hombre Muley de cabellera cana,

Pero de joven corazón y aliento

Heroico y viril, halló contento

Un alma varonil en la sultana.

Absorto de ello en el primer momento

En crëer vaciló lo que veía:

Bajó á su corazón su pensamiento

Y ahogó su voluntad con la alegría:

Y cuanto más dudaba,

Tanto más en la duda se engreía:

Y cuanto más crecía

La inacción que su sér paralizaba,

El fuego del amor que le hechizaba

Más violento en su pecho se encendía.

Conocíalo bien la artificiosa

Y astuta renegada, y contemplando

Llegada la ocasión, que codiciosa

Preparó en muchos años con constante

Mañoso afán y con prudencia mucha,

La máscara arrojó de su semblante

Y cara á cara se aprestó á la lucha.

Ya era Muley su esclavo: sus antojos

Leyes eran para él: sólo tenía

Para adorarla corazón, y ojos

Sólo para mirar lo que veía

Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde

Para que su razón iluminara

Su avasallado corazón: yacía

Ciego esclavo á los pies de su señora:

Y el Monarca despótico, el guerrero

Indomable, el león de las arenas

Abrasadas de Zahara,

Esclavo de la esclava á quien adora,

Era no más que tímido cordero

Amarrado de amor con las cadenas.

Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora

La gente del desierto que en sus venas

La sangre guarda de la raza Mora!

Por eso fascinado, enloquecido

Por su pasión, Muley veía sólo

De la Mora el amor apetecido

Tanto por él, pero jamás el dolo,

Mas nunca la ambición de soberana:

Y por eso rendido

Á tal fascinación, con ambas manos

Tomó los pies enanos

De la Mora gentil, y enardecido

Por su insana pasión, puso sobre ellos

Muchas veces sus labios soberanos.

«Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo

Vencerás ó caerás como sultana:

Y has dicho la verdad; tú soberana

Conmigo reinarás: yo te lo digo.»

Volvió la renegada la cabeza

Hacia el Rey otra vez con la sonrisa

De un ángel (y la aureola de belleza

De una visión que en sueños se divisa

Circundaba su faz), y en el sonoro

Idioma de los Árabes le dijo:

«Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro.

Te dije la verdad: mas es tu hijo.»

Agolpóse la sangre á la mejilla

Del Rey á estas palabras, y con rabia

Concentrada exclamó: «No es hijo mío

Quien favor contra mí pide á Castilla.

De la palma jamás la dulce savia

Fecundó la mortífera cicuta:

No es hijo mío quien mi fe mancilla,

Y yo, sin vacilar, contra el impío

Alzaré de las leyes la cuchilla.

—Piénsalo, Amir.—Mi ley es absoluta.

—Muley, en su favor habló el destino.

—Yo haré mentir la predicción aciaga,

Y su estrella fatal, que nos amaga,

Apagaré en mitad de su camino.»

Reverberaban de Muley los ojos

Y chispeaban los ojos de la Mora

Con vívidos destellos:

Éstos de la ambición devoradora

Con el triunfante resplandor, y aquéllos

Con el torvo fulgor de los enojos.

Pasaron todavía unos instantes

De plática en secreto

Uno de otro en los brazos: el objeto

De tal conversación le comprendía

El corazón no más de ambos amantes:

Sólo el susurro de su voz se oía.

Á poco, de los brazos de la Mora

Desprendiéndose el Árabe, embozóse

En su blanco alquicel y hacia el calado

Arco del mirador adelantóse.

Siguióle hasta el umbral la encantadora

Sultana, con un beso regalado

Sellando el labio de Muley, quien presto

Á desaparecer por la excusada

Galería la dijo: «Aláh te guarde,

Lucero de la aurora.

—Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya:

Perdona empero al alma enamorada

Si duelo te causó.—La llama que arde

Inextinguible, inmensa

En mi pecho, Zoraya idolatrada,

Al amor que en el tuyo se atesora,

Digna procurará dar recompensa.

—Los destinos, Señor.....—Yo haré que fijos

En tu favor los astros permanezcan:

Yo te lo juro, luz del alma mía,

Tú reinarás y reinarán tus hijos:

Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»

Dijo el Rey y tomó la galería:

Y por verle cruzar el lindo huerto

Adonde oculta la escalera baja

Y la esclava le espera al entreabierto

Postigo, descorrió la celosía

Del dorado balcón de Lindaraja

Zoraya, y saludóle muchas veces,

Mientras en el jardín le distinguía

Desde los arabescos ajimeces.

Y he aquí que mientras ella contemplaba

El jardín, y la espalda al aposento

Para mirar á su Señor tornaba,

Bajo la celosía que se alzaba

De una de las ventanas que en el muro

Lateral de la cámara se abrían,

Sagaz, osado, atento,

Como á la voz secreta de un conjuro

Asomó un rostro pálido un momento:

Un rostro de mujer en que lucían

Dos ojos como rayos en lo obscuro.

Clavaron estos ojos en la Mora,

Vuelta hacia el huerto aún, una mirada

Rencorosa, tenaz, devoradora:

Y las palabras lúgubres dejando

Una á una á salir con voz ahogada,

Cual sin querer la idea formulando

En la palabra apenas pronunciada,

Murmuró la mujer allí asomada:

«¿Tú reinarás y reinarán tus hijos,

»Porque hará que los astros permanezcan

»En tu favor resplandeciendo fijos?.....

»¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»

Dijo: y, volviendo el rostro la sultana

Hacia el rico aposento,

Tornó á desaparecer en un momento

El rostro de mujer de la ventana.


II
EL SALÓN DE COMARES

Amanecía apenas: los reflejos

De la rosada luz del sol naciente

Á dorar comenzaban á lo lejos

De la ancha sierra la arbolada frente:

Y empezaba la aurora purpurina

Ostentosa á tender su velo de oro

Prendido en el Oriente,

Sobre la extensa vega granadina,

Ceñidor de verdura,

Morisco chal que envuelve la cintura

De la ciudad en donde reina el Moro.

Comenzaba á sus cárdenos fulgores

La tierra fértil á tomar colores,

Exhalando de sí el aroma suave

De la humedad nocturna, y comenzaba

La flor á abrirse, á gorjear el ave,

Y la brisa del alba revoltosa

Á estremecer del bosque, donde erraba,

La cabellera verde y rumorosa.

Fresca, gentil, risueña,

Á la primera luz de la mañana

Se despertaba la ciudad sultana,

De cien ciudades orgullosa dueña:

La ciudad del amor y de las flores:

La ardiente y hermosísima africana,

Que reclina su frente soberana

Sobre el fresco tapiz de mil colores

Que á sus pies tiende su florida tierra,

Y cuyas orlas por doquier remata

Con caireles de lázuli y de plata,

Ya el mar que en torno de ella se dilata,

Ya la nevada fronteriza sierra.

Asomado á un balcón de la alta torre

Llamada de Comares, cuyo asiento

El Darro besa que á su planta corre

Regando huertas mil en curso lento,

Esperaba el Rey árabe la hora

De recibir al castellano Vera,

Quien no quería que en la Corte Mora

La venidera aurora

Su embajada sin dar le amaneciera.

La gente granadina

Con la nueva alarmada

De aquella ceremonia, aglomerada

Ante Bib-el-Leujar, la matutina

Luz aguardaba con afán, curiosa

De conocer el fin de esta embajada,

Más misteriosa cuanto no esperada.

Mil interpretaciones

Daba á su objeto el vulgo: comentaban

Los viejos y santones

Las causas y políticas razones

Que pudieron mover al Rey cristiano

Á enviar á la ciudad del africano

La enseña militar de sus legiones:

Mas fatigaban el discurso en vano;

Ignoraba hasta el Rey las intenciones

Con que vino á su Corte el castellano.

Este á su vez, y en tanto, prevenido

Para cumplir con su misión, oía,

Desde la torre que ocupaba, el ruido

Que de ella al pie la multitud hacía.

Ya antes del alba con atento oído,

Ojo sagaz y espíritu mañero,

La situación inspeccionado había

De la árabe ciudad el caballero.

De pechos en la almena

De su torre moruna,

Al resplandor de la creciente luna

La contempló de fortalezas llena,

De muros bien cercada,

Bajo un clima feliz y en cultivada

Campiña, rica, saludable, amena,

Por tres ríos á par fecundizada,

Y favorita, en fin, sin duda alguna

Del amor, de la próspera fortuna:

Y el noble castellano, inteligente

En el arte y estudios de la guerra,

Vió que estaba en su tierra

Bien prevenida la africana gente.

Comprendió de Don Juan el buen sentido

En la quietud de su nocturna vela,

Que había el moro Rey, muy entendido,

Coronado sus torres y alminares

Por uno y otro atento centinela,

Y diestra y sabiamente repartido

Sus vigías y puestos militares:

Concluyendo por fin Don Juan de Vera

De la ciudad entera

La nocturna revista,

Diciéndose á sí mismo sin reparo

Cuánto iba á ser al Castellano caro

Lograr de aquella tierra la conquista.

Hallábase en la torre todavía

El buen Comendador, rectificando

Á la primera luz del nuevo día

El juicio que hecho por la noche había,

Cuando vió que á su torre aproximando

Un escuadrón de Moros se venía,

La plaza del aljibe atravesando.

Dejó la almena, convocó su gente

Y, á la plaza bajando,

La tendió de los Árabes enfrente.

Entonces el wazir, que administraba

La justicia del reino

Y el gobierno interior de la alcazaba

Del granadino Rey, ante la fila

De los jinetes árabes saliendo,

Fuése para Don Juan, con faz tranquila

Y sosegada voz así diciendo:

«La fe de Aláh te alumbre, castellano.

»Has demandado con la luz primera

»Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera

»Del Consejo en presencia el soberano.»

Encontrando la arenga algo altanera

Y contemplando al Árabe un momento,

«Vamos» dijo no más Don Juan de Vera:

Y á paso noble, majestuoso y lento,

De la ancha plaza atravesó el espacio

Que apartaba no más su alojamiento

De las doradas puertas del palacio.

De la soberbia torre de Comares

En la ostentosa cámara, alfombrada

Con alkatifas persas, perfumada

Con pebeteros de oro y con millares

De extrañas, ricas y olorosas flores

Que en sus pensiles dan los Alijares,

Esperaba Muley al castellano

En medio de su Corte y su nobleza,

Queriendo ante los ojos del cristiano

Hacer ostentación de su grandeza.

Con la rosada luz de la mañana

Resplandecía en toda su hermosura

La labor africana

De aquella estancia regia, que figura

Un pabellón de rica filigrana,

Trabajo de algún Genio por ventura

Según la tradición mahometana.

En torno de Muley, sobre divanes

De púrpura, los viejos consejeros,

Los kadís y los nobles capitanes

Del ejército, estaban los primeros.

De su Rey menos cerca,

De pie, con respetuosos ademanes,

Los demás cortesanos caballeros

Ocupaban el patio de la alberca

Á sombra de sus frescos arrayanes.

El estanque y las fuentes del palacio,

Ornadas con vistosos surtidores,

Poblaban el espacio

De caños de cruzados saltadores

Que, deshechos en gotas en la altura,

Doblaban del ambiente la frescura

Como perlas cayendo entre las flores,

Que al borde crecen de la alberca pura

Llena de pececillos de colores.

Del wazir precedido

Y de diez caballeros Castellanos

Por decoro seguido,

Armado de los pies hasta las manos,

Del manto de Santiago revestido,

Con apostura grave y altanera,

Por medio de los nobles Africanos

El patio atravesó Don Juan de Vera.

Torva mirada de los ojos fieros

Del círculo de Moros caballeros

Pesó sobre Don Juan desde su entrada,

Manteniéndose en él tenaz, clavada,

Hasta los pies de el granadino trono;

Bien revelando el animoso encono

Con que su roja Cruz se ve en Granada.

Don Juan, empero, en ademán tranquilo,

Y mesurado aunque orgulloso porte,

Avanzó hasta el marmóreo peristilo

Que da entrada al salón do está la corte:

Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra,

Sin humildad, hincando una rodilla,

Presentóle una caja en que se encierra

Su regia credencial dada en Sevilla.

Tomóla sin abrirla el Africano

Con altivo desdén, y del prolijo

Ceremonial haciendo al castellano

Amplia merced, lacónico le dijo:

«Ya te escucha Muley: habla, cristiano.»

Púsose en pie Don Juan, y con pausada

Voz, que pudo entender el más lejano,

De esta manera expuso su embajada:

«Yo, Don Juan de la Vera, caballero

»Comendador del Orden de Santiago,

»En nombre de mi Rey vengo: primero,

»Á reclamar el atrasado pago

»De tu tributo anual íntegro, entero,

»Y después, de Castilla con Granada

»La tregua á prolongar, que es acabada.»

Dijo Don Juan y enrojeció el semblante

Del Árabe la cólera: en la estancia

Rumor universal cundió al instante

De indignación terrible, la arrogancia

De tal mensaje oyendo: más de un guante

Se alzó en contestación de su jactancia:

Más de un Moro dió un paso hacia adelante,

Puesta la mano en el alfanje: empero

Sus iras atajó Muley severo.

«Cristiano (dijo el Rey con voz airada),

»Ve á decir á los Reyes castellanos

»Que han muerto ya los Reyes de Granada

»Que pagaban tributo á los cristianos:

»Que la moneda entonces acuñada

»No conocemos ya, ni nuestras manos

»Labran ya más metales que el acero

»De que forja su arnés el caballero.

»Oiste: parte, pues. Yo te perdono

»La vida y la embajada. Á la frontera

»Del reino salvo llegarás: mi encono

»No infringirá mi fe: mas la postrera

»Colina al transponer donde mi trono

»Se respeta y tremola mi bandera,

»De mí hablar oirás, yo te lo juro,

»Castellano. Ve en paz, que vas seguro.»

«Moros, dijo Don Juan con altanero

Mas tranquilo ademán: si mi mensaje

Os ofendió, ved bien que el mensajero

Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje

Fué exactamente el de mi Rey: y espero

Que ninguno por él me hará el ultraje

De esquivar con desdén, si es que me halla,

El bote de mi lanza en la batalla.»

Dijo Don Juan. Los nobles Africanos,

De los valientes siempre apreciadores,

Abrieron en silencio á los cristianos

Paso, ahogando en el pecho los rencores

De raza y religión. Los castellanos

Volvieron á montar sus piafadores

Corceles: y, dejando á rienda suelta

La ciudad, dieron á Castilla vuelta.

* * * * *

Cuando el sol de aquel día en Occidente

Irradiaba sus últimos reflejos,

Ya transponía la cristiana gente

Los cerros fronterizos. Á lo lejos

Les vió desde sus torres impaciente

El árabe Monarca, cuyos viejos

Mas perspicaces ojos todavía

Penetran la confusa lejanía.

El brillo de las lanzas castellanas

Apenas se sumió en el horizonte,

Y apenas, embozada en sus livianas

Sombras, la noche á descender del monte

Comenzó, cuando Hasán sus africanas

Armas pidió diciendo: «Que se apronte

»Una hueste elegida y numerosa

»Á partir en la noche silenciosa.»

«Yo la conduciré.» Llamó en seguida

Á su wazir Abú-l'Kazín, que era

Gobernador de la ciudad, y «cuida

»(le dijo) bien de que se cumpla entera

»Mi voluntad. Después de mi partida

»Pon á Aija en una torre prisionera

»Con su hijo, y á habitar manda que vaya

»En el Generalife la Zoraya.

»Ten á ésta como mi única sultana,

»Á Aija y Abú Abdil como traidores.

»Yo á tocar á una villa castellana

»Una alborada voy con mis tambores,

»Y tardaré lo más una semana

»En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores,

»Á caballo y silencio! los soldados

»En Bib-arrambla esperan convocados.»

Dijo Muley, su intimación postrera

Dirigiendo á sus guardias: y, montando

En su caballo de batalla, que era

Un árabe veloz, partió tomando

La cuesta de Gomeles, con guerrera

Planta en la plaza real desembocando:

Y, al frente de su hueste, de Granada

Salió á empresa de todos ignorada.


LIBRO TERCERO
ZAHARA

I
GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA

Está Zahara en una altura

Entre montaña y colina,

Sentada en la peña dura

Que asoma la cresta obscura

Por entre Ronda y Medina.

Cuando encienden los cristianos

De noche hogueras en ella,

No distinguen los paisanos

Si son sus fuegos lejanos

Luz de atalaya ó de estrella;

Y cuando el alba naciente

Dora la almenada villa,

Se confunde fácilmente

Con la armadura que brilla

El riëlar de la fuente.

Sus atalayas pusieron

Los moros en ella un día,

De fosos la circuyeron,

Y apriesa la abastecieron

Porque el invierno venía.

Tuviéronla muchos años

De los cristianos guardada,

Con mil ardides extraños,

Causándoles muchos daños

En guerra tan prolongada.

Á la sombra guarecidos

De sus breñas y pinares,

Bajaban como bandidos

Y robaban atrevidos

Alquerías y lugares.

Toleraban los cristianos

En silencio sus desmanes:

Pero pensando á las manos

Coger á los africanos

De aquel peñón gavilanes.

Estaban los insolentes,

Aunque pocos, confiados,

Conociéndose valientes:

Los cristianos, más prudentes,

Les cogieron descuidados.

Todos los de aquella tierra,

Procurándose en secreto

Mil utensilios de guerra,

Atravesaron la sierra

De asaltarla con objeto.

Y una noche la asaltaron,

Y guardarla no supieron

Los Moros que la fundaron;

Cinco veces la cobraron

Y otras cinco la perdieron.

Entonces los vencedores

Doblaron su alta muralla,

Y abrieron fosos mayores

Para guardar previsores

La prenda de la batalla.

Estrecha y sola una senda

Dejaron en todo el cerro,

Porque mejor se defienda,

Si se empeña otra contienda,

Su sola puerta de hierro.

Por eso en sus torreones

Y en sus anchos murallones

Guardó la morisca villa,

Sobrepuestos, los blasones

De los Reyes de Castilla.

Tal es Zahara: y en la altura

Del cerro en que está fundada,

Y por la fragosa hondura

De sus barrancos guardada,

Siempre estuviera segura.

De los Moros, como el nido

De un águila suspendido

En inaccesible peña,

Si menos la hubiera sido

Su fortuna zahareña.

Pero su alcaide cristiano

Nació con estrella aciaga,

Y Dios apartó su mano

Del infeliz castellano,

Y el rayo de Dios la amaga.

Porque ¡ay! ¿qué la han de valer

Su muro y torres de piedra,

Si los ha de mantener,

Sin fortuna y sin poder,

Gonzalo Arias de Saavedra?

¡Desventurada es la historia

De este buen Gobernador,

Bravo capitán sin gloria,

Blanco de mala memoria

Y de fortuna peor!

Desdichada fué su raza:

No hubo cálculo ni traza

Que al revés no le saliera,

Ni bando, opinión ó plaza

Que, suya, prevaleciera.

Siguió su padre Hernán Arias

De Enrique el Rey las banderas

Á las de Isabel contrarias,

Y perdieron las primeras

Sus empresas temerarias.

Del de Cádiz se allegó

Hernán á los partidarios,

Y el encono se extinguió

De los grandes sus contrarios,

Y Hernán Arias se fugó.

De los Moros amparóse

Y por los Moros mantuvo

Á Tarifa; mas tornóse

La suerte: capitulóse,

Y Arias que entregarse tuvo.

Caballeros en Castilla

Intercedieron por él,

Y, olvidando su mancilla,

Le indultó Doña Isabel

Confinándole á Sevilla.

Bien único hereditario,

En su aljarafe tenía

Un torreón solitario,

Y allí su infortunio varió

Fuése á llorar noche y día.

Mas he aquí que maltratado

Por el tiempo el edificio,

Y él imposibilitado

De gastar sólo un cornado

De su hacienda en beneficio,

En un temblor que agitó

Las tierras circunvecinas

Su torre se desplomó,

Y Hernán Arias pereció

Sepultado entre sus ruinas.

¡Desventurado Hernán Arias!

Las estrellas tan contrarias

Le fueron en paz y en guerra,

Que hasta se le abrió la tierra

Sin exequias funerarias.

Su hijo Gonzalo, heredero

De su fortuna fatal,

Aunque habido por guerrero

Valiente y buen caballero,

Lo pasó siempre bien mal.

De su padre la memoria,

Lo siniestro de su historia

Y proverbial desventura,

Le hicieron, sin prez ni gloria,

Pasar una vida obscura.

Dotado de alto valor,

De ciencia y destreza rara

En la guerra, con honor

De alcaide gobernador

Le enviaron al fin á Zahara.

Dióle la reina Isabel

Compadecida este cargo:

Pero, dándoselo á él,

El mejor panal de miel

Se le hubiera vuelto amargo.

Era Gonzalo un valiente

Y entendido capitán,

Tan audaz como prudente:

Mas ¿qué hará si no le dan

Ni bastimentos ni gente?

«Tu lealtad y tu bravura

»Tendrán á Zahara segura»

Le dijeron, y le enviaron

Á Zahara: mas no contaron

Con su innata desventura.

Sin víveres y sin oro

Con que pagar sus soldados,

No puede ni su decoro

Sostener, ni contra el Moro

Tenerles subordinados.

Su gente se le rebela

Y él, sólo, en continua vela,

Su fortaleza recorre,

Y hace á veces centinela

El mismo en alguna torre.

«Si no por obligación,

»Por vuestro bien ayudadme,»

Les dijo en una ocasión:

Y su alférez Luis Monzón

Contestóle ébrio: «Pagadme.»

Y el pobre Gobernador,

Sin influencia y sin pan,

Se vió inútil capitán

De gentes que sin temor

Ni amor hacia él están.

Pedía al gobierno amparo

De víveres ó dinero:

Pero el gobierno reparo

No ponía, y el frontero

Seguía en su desamparo.

Dos veces quiso salir

Á correr la mora tierra:

Mas sus gentes, al oir

Que se trataba de guerra,

No le quisieron seguir.

Tal era la situación

De Zahara en esta ocasión;

Tal es el afán que arredra

El brío del corazón

De Gonzalo Arias Saavedra.

Por eso sus castellanos

Se están mal entretenidos

En casa de los villanos,

En pensamientos livianos

Con las mozas divertidos;

Pues por demás licenciosos

Son siempre nuestros soldados,

Cuando en puestos apartados

Les dejan vivir ociosos,

Por libres ó mal pagados.

El Rey moro, que sondara

Su abandono y su pobreza,

Se dijo: «Es cosa bien clara

Que me da la fortaleza

Quien así la desampara:

Conque tomarla es razón.»

Y Hasán dispuso á este fin

Misteriosa expedición,

Dándole gente en unión

La Alhambra y el Albaicín.

Salió, pues, de la ciudad

Muley en la obscuridad,

Sin decir de esta salida

La razón desconocida,

Para más seguridad.

Y es fama que el Africano,

De Bib-arrambla al pasar

Bajo el arco, dijo ufano:

«Le tengo de festonar

Con cabezas de Cristiano.»

Era una tarde nublada

De tormenta amenazada:

El viento ronco mugía,

Y en anchas gotas caía

Á espacios lluvia pesada.

Cerróse en obscuridad

El cielo: la tempestad

Desgarró las nubes pardas,

Y brilló en las alabardas

El relámpago fugaz.

Entre la enramada espesa

De un pinar de que se ampara,

Con la gente de su empresa

Iba Muley á hacer presa

En la descuidada Zahara.

Caídos los martinetes

Sobre las mojadas telas

Revueltas á los almetes,

Caminaban los jinetes

El lodo hasta las espuelas.

Mohino el Rey por demás,

De los pasos el compás

Oyendo con mal humor,

Iba: junto á él un tambor

Y los peones detrás.

Tras éstos los saeteros

Y hasta cien arcabuceros:

Luego los escaladores,

Luego trompas y atambores,

Y luego los ingenieros.

Tras ellos, en pelotones

Flanqueados por dos alas

De jinetes con lanzones,

Muchos negros con escalas

Para entrar los torreones.

La media noche sería,

¡Espantosa noche á fe!

Cuando de la roca umbría

Sobre que Zahara dormía

Se detuvieron al pie.

Contó el Rey cuidadosamente

Las hogueras y señales,

En que convino prudente

Con sus guías, y la gente

Partió en dos bandos iguales.

Guardando el cerro dejó

Los jinetes: apostó

Los saeteros mejores,

Y él con los escaladores

Por el peñasco trepó.

La obscuridad, la tormenta,

Patrocinan su ascensión

Ardua, silenciosa y lenta:

Todo Muley lo hubo en cuenta

Con astuta previsión.

El ruido de sus pisadas

Sofoca el ruido del viento,

Y las aguas despeñadas

Por las ásperas quebradas

Con estrépito violento.

Tal vez descienden rodando

De roca en roca chocando

Pedazos de las montañas,

Pinos, chozas y alimañas

Consigo al valle arrastrando.

Tal vez una encina añosa,

Arraigada en un peñón

Todo un siglo, estrepitosa

Se rompe con temerosa

Y atronadora explosión.

Tal vez algún lobo, fuera

De su cueva sorprendido,

Bajo una peña cogido

Invoca á la muerte fiera

Con un espantoso aullido.

Tal vez por algún torrente

Arrastrada una serpiente

De un precipicio á la hondura,

Rasga la atmósfera obscura

Con un silbido estridente.

¡Horrible noche es aquella,

En que, mientras contra Zahara

Ronca tempestad se estrella,

De la tempestad se ampara

Muley audaz contra ella!

La villa desventurada,

Por el viento sacudida,

Por el turbión anegada

Y en las tinieblas velada,

Reposaba adormecida.

Apena en un torreón

De su vieja ciudadela,

Encogido en un rincón

Murmura escasa oración

Un cristiano centinela.

Tal vez duerme sin afán

Al calor de su gabán

En su garita, al arrullo

Que viento y agua le dan

Con su continuo murmullo.

Y tal vez, sobre la mano

La barba y en la rodilla

El codo, sueña el cristiano

Una aurora de verano

En un lugar de Castilla.


II

¡Tremenda noche! La lluvia,

Desgajándose á torrentes

Por las quebradas vertientes

De la sierra, con fragor

Á la hondura de sus valles

Consigo arrastrando baja

Los árboles que descuaja

Del vendaval el furor.

¡Tremenda noche! Iracundos

Los rebeldes elementos

Amagan de sus cimientos

Las montañas arrancar:

Y, en la cresta de la roca

Donde se halla suspendida,

Con ímpetu sacudida

Tiembla Zahara sin cesar.

Á una aspillera asomado

De su antigua ciudadela,

El buen Arias está en vela,

Ocupado en escuchar

Los rumores que á su oído

En sus alas trae el viento,

Y un fatal presentimiento

No le deja sosegar.

Nada sus tenaces ojos

Ven en noche tan cerrada:

No percibe ni oye nada

En la densa lobreguez,

Más que el velo tenebroso

Y la voz de la tormenta,

Cuya furia se acrecienta

Con horrible rapidez.

Á sus pies reposa Zahara:

Sus tejados ve, á la lumbre

Del relámpago, en la cumbre

Donde el pueblo se fundó:

Mas la roja llamarada

Que el relámpago refleja

Le deslumbra y no le deja

Comprender lo que á ella vió.

Al resplandor instantáneo

Con que el pueblo se ilumina,

Cree tal vez ver la colina

Con el pueblo vacilar:

Y á veces, en el instante

De iluminarse de lleno,

Cree ver de Zahara en el seno

Vagas visiones errar.

Blancos bultos, misteriosas

Sombras, móviles reflejos

Tras los muros á lo lejos

Moverse y lucir cree ver;

Cual si, haciendo de ellas vallas,

Los espíritus del monte

De sus torres y murallas

Se quisieran guarecer.

¡Delirios vanos! ¡Quimeras

De su débil fantasía!

Pasa el pobre noche y día

En continua agitación,

Y, con fe supersticiosa

Creyendo en su fatalismo,

Recela hasta de sí mismo,

Trastornando su razón.

¡Ilusiones! Arias sólo

Oye el vendaval que brama

Y el agua que se derrama

Por los tejados rodar,

Y en los muros del castillo

El rumor acelerado

De los pasos del soldado

Que acaban de relevar.

Oye el sordo remolino

Con que rueda la tormenta

Haciendo girar violenta

Las veletas de metal,

Y zumbar estremecida

La mal sujeta campana,

Y temblar en la ventana

El desprendido cristal.

Todos reposan en Zahara,

La atalaya de Castilla:

Sólo se oyen por la villa,

En la densa obscuridad,

El agua de las goteras

Y el rumor del vago viento,

Que ruge con el acento

De la ronca tempestad.

Sólo en apartada torre

Del mal guardado castillo,

Con el fulgor amarillo

De una lámpara al morir,

Velan algunos soldados

Y se siente desde fuera

El rumor de una quimera

Y jurar y maldecir.

Óyense sus carcajadas,

Sus apodos insolentes:

Pues en esto han tales gentes

Contentamiento y placer;

Se juntan en borracheras

Para acabarlas riñendo,

Y vuelven en concluyendo

Desde reñir á beber.

Y al calor de las orgías

Y al vapor de los licores,

Disertan de sus amores

En obsceno platicar;

Pues su lengua irreligiosa,

Sin respetos y sin vallas,

Sólo de sangre y batallas

Ó mujeres ha de hablar.

De éstas se miran algunas,

Con los soldados más mozos

En impúdicos retozos

Y deshonesto ademán,

Que, osadas y descompuestas,

Ó blasfemando ó riñendo,

Hasta embriagarse bebiendo

Desatinadas están.

La trémula llamarada

De una hoguera agonizante

Presta á su rudo semblante

Una expresión más feroz;

Y, recibiendo la bóveda

La algazara en su ancho hueco,

Remeda con largo eco

La desentonada voz.

Harto de vino y de amores,

En dos bancos apoyado,

Cantaba un viejo soldado

Al són de un roto rabel,

É hiriendo á compás la mesa

Con plato, jarra ó cuchillo

Aullaban el estribillo

Ellos y ellas con él.

Brindaban, y á cada brindis

Insensatos blasfemaban,

Y reían y danzaban

Completando la embriaguez:

Y sus sombras, en silencio,

Gigantescas, agitadas,

Cual fantasmas convidadas

Erraban por la pared.

«¡Á ellos!» gritaron voces:

Y entraron el aposento,

Diez á diez y ciento á ciento,

Los moros del Rey Hasán;

Y apenas á las espadas

Acudieron los cristianos,

Les cercenaron las manos

En donde tan mal están.

Lidiaron acaso algunos:

Pero tantos les entraron,

Que al fin les acuchillaron

Con las hembras á la par.

Á los gritos de los Moros

Los Cristianos despertaban:

¡Pero los tristes se hallaban

Cautivos al despertar!

La soñolienta pupila

Prestaba crédito apenas

Á las cuerdas y cadenas

Con que atados dos á dos

Por los Árabes se vieron,

Á quienes con lengua y ojos

Pedían piedad de hinojos

En el nombre de su Dios.

Las lágrimas de las madres,

De los niños los sollozos,

Los esfuerzos de los mozos,

El dolor de la vejez,

Son inútil resistencia:

Porque á todos los infieles,

Atados como lebreles

Les arrastran á la vez.

En vano lucha la virgen

Desesperada con ellos,

Que con sus propios cabellos

Mordaza ó cordel la dan:

En vano niños y enfermos

Yacen sin fuerzas postrados;

En tropel como ganados

Todos á los hierros van

Fueron tristísimas horas

Las de noche tan sangrienta.

¡Á quien de ella pidan cuenta,

Malas cuentas ha de dar!

Mas no Arias, á quien el mundo

Con su fe abandona en Zahara,

Porque Dios no desampara

Á quien de Él se va á amparar.

Corazones como el suyo,

Almas cual la que le anima,

Dios tan sólo las estima

En su pristino valor:

Aniquilado bien pronto

El cuerpo que les encierra,

Vuelve su polvo á la tierra

Y su esencia al Criador.

Creyó al fin Gonzalo Arias,

Desde la torre en que vela,

Sentir en la ciudadela

Un verdadero rumor

De voces y de pisadas,

Y distinguir en la sombra

Muchas gentes agolpadas

Á la muralla exterior.

Iba el caracol de piedra

Á tomar del muro, cuando

Por él su escudero entrando

Dijo: «¡Los moros, Señor!»

Asió al punto Arias Saavedra

Un hacha y un triple escudo

Que halló á mano, y torvo y mudo

Lanzóse hacia el corredor.

Por el caracol torcido

Se hundió como una callada

Sombra, y la puerta ferrada

De las almenas abrió.

Confuso tropel de moros

Llenaba el adarve estrecho:

Gonzalo Arias derecho

Á los Moros se lanzó.

Tendió del primer hachazo

Los dos que halló delanteros,

Y al querer tirar del brazo

La mano de otro segó.

Á tan repentino ataque

La morisma, acorralada,

Abrió círculo espantada

Y en el centro le dejó.

Mas Arias, que no veía

De vergüenza y de ira ciego,

Cerróse con ellos luego

Con ímpetu asolador:

Y, al ver el horrendo estrago

Que en ellos su brazo hacía,

Ninguno se le atrevía,

Embargados de pavor.

Pero sobre ellos cargaba

Gonzalo Arias con tal brío,

Que adelante les llevaba

Sin dejarles revolver;

Y uno, que frente arrestado

Le hizo, entre dos almenas

Le derribó atravesado

Y en el foso fué á caer.

Aquel hombre despechado,

De mirada centelleante,

De colérico semblante

Y de fuerzas de Titán,

Sin más que un broquel y un hacha,

Pálido y medio desnudo,

Peleando solo y mudo

Con desesperado afán;

Aquel hombre aparecido

De repente en medio de ellos,

Erizados los cabellos,

Cual de un vértigo infernal

Poseído, hizo á los Moros

Concebir honda pavura,

Contemplando en su figura

Algo sobrenatural.

Un instinto irresistible

De temor supersticioso

De aquel hombre misterioso

En tropel les hizo huir,

Cual si vieran, bajo el rostro

De aquel hombre temerario,

Un espíritu contrario

De Mahoma combatir.

Abandonó, pues, el muro

Todo el pelotón alarbe,

Y dejó sobre el adarve

Solo á aquel hombre fatal.

Crispado, calenturiento,

Á las almenas de piedra

Asomóse Arias Saavedra

Presa de angustia mortal.

Allá abajo, en las tinieblas,

Por las calles de la villa

En la lengua de Castilla

Invocar á Dios oyó.

«¡Á Dios (dijo con desprecio)

Á Dios invocáis ahora!

¡Miserables! Ya no es hora:

Sucumbid, pues, como yo.»

Y á largos pasos tomando

Del castillo la escalera,

Fué á dar como una pantera

En el patio principal.

Un capitán de Granada

Allí amarrados tenía

Cuantos perdonado había

La cimitarra fatal.

Arias, de un salto, se puso

Delante del africano

Y, asiendo con una mano

Las bridas de su corcel,

Le dió en el frontal de acero

Tan descomunal hachazo,

Que caballo y caballero

Vinieron á tierra de él.

Los Árabes que más cerca

Del capitán se encontraron,

Sobre Gonzalo cargaron

Con gritería infernal:

Pero dieron con un hombre:

Y el primero que imprudente

Se llegó á Arias, en la frente

Recibió el golpe mortal.

El capitán, desenvuelto

De su caballo caído,

Vino como tigre herido

Sobre el alcaide á su vez:

Recibió su corvo alfanje

El castellano forzudo

Dos veces en el escudo,

Con serena intrepidez;

Y al verle ébrio de coraje

Descargarle el tercer tajo,

Metióle el hacha por bajo

Y el brazo le cercenó.

Saltó el pedazo partido

Con la cimitarra al suelo,

Y el Moro, con un aullido

De dolor, se desmayó.

Saltó Arias de él por encima

Y, del caballo tendido

Quedándose guarecido,

Volvió la lid á empezar.

Acométenle los Moros:

Mas ningún golpe le ofende

Por delante, y se defiende

La espalda con un pilar.

Entraba en esto en el patio

El viejo Rey de Granada:

Mas detúvose á la entrada

Á admirar el varonil

Aliento de aquel solo hombre

Que, sin casco ni armadura,

Tiene á raya la bravura

De los hijos del Genil.

Estaba Gonzalo Arias

De sangre y sudor cubierto

Tras del caballo, que muerto

Á sus plantas derribó,

Anhelante de fatiga,

Descolorido y rasgado,

Como un espectro evocado

Del panteón que le guardó.

Al ver con cuánta destreza

De tantos se defendía,

De tan alta bizarría

Pagado el viejo Muley:

«¡Teneos!» gritó á los Moros;

Y, yéndose al Castellano,

Le dijo afable: «Cristiano,

Ríndete: yo soy el Rey.»

No pudo Arias de cansancio

Contestar. «Quienquier que fueres

(Añadió el Rey), valiente eres:

Ríndete á mí y salvo irás.»

Arias, ronco de fatiga,

Pero con alma serena,

Dijo: «Muerto, enhorabuena:

Pero rendido, jamás.»

«Cristiano, repuso el Moro,

Yo soy Muley y rendirte

Á mí no será desdoro.»

Y Arias dijo: «Y yo, Muley,

Soy Gonzalo Arias Saavedra,

Y mientras me quede aliento

Y en Zahara quede una piedra,

La mantendré por mi Rey.»

Ahogó la piedad del Moro

Respuesta tan arrogante,

Y, colérico, «¡Adelante,

Saeteros!» exclamó.

Atravesado de flechas

Hincó Arias una rodilla

Gritando «¡Cristo y Castilla

Por los Arias!» Y espiró.

Cortáronle la cabeza,

Y en el arzón delantero

La ató un negro de Baeza

Por trofeo de valor.

Tal fué el fin desventurado

Del bravo alcaide de Zahara:

La suerte le negó avara

Todo, menos el honor.

* * * * *

Cuando del día siguiente

Comenzó á lucir la aurora,

Daba á Granada la vuelta

La morisma victoriosa.

Marchaba Muley delante,

Y, en el centro de su tropa,

Dos mil cautivos atados

Al carro de su victoria.

Mandó el Rey que los Cristianos,

Guardados por buena escolta,

Fueran delante á Granada

Por la vereda más corta;

Pero prevenido habiéndole

Que, por si las tierras próximas

Se levantan, con presteza

Caminar es lo que importa:

«¿En qué está, dijo, el retraso?

—En los cautivos que estorban.

—Pues bien, dijo con desprecio,

Obligadles á que corran,

Y lleguen los que llegaren:

Los mozos á las mazmorras,

Las muchachas al harén

Y los viejos á la horca.»


III

Era la noche del siguiente día

En que el fiero Muley salió de Zahara,

Vencedor insolente. Era una obscura

Y nebulosa noche: no lucía

En el cielo la luna: venda impura

De nubarrones cárdenos cubría

La luz serena de su antorcha clara.

Ceñían por doquier el horizonte

Negros grupos de nubes apiñadas,

De vapores eléctricos preñadas,

Y alcanzábanse á ver de monte en monte

Del frecuente relámpago, azuladas,

Arder las repentinas llamaradas.

Á un balcón de la torre de Comares

Asomada en silencio, la altanera

Aija escuchaba con el alma entera

Lejano són de gritos populares

Que, por la densa atmósfera perdidos,

Traía á sus oídos,

De cuándo en cuándo, ráfaga ligera.

Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro

El noble rostro juvenil tendía,

Como su madre oyendo con asombro

La confusa y extraña vocería

Que, en las tinieblas de la noche, el viento

Con eco sordo resonar hacía

Bajo el techo del cóncavo aposento.

—«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo

La sultana.—Sí, madre, y no comprendo.....

Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo

Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo

La espesa sombra penetrar queriendo,

Aija le interrumpió:—«Calla: estoy viendo

Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo?

—¿Un ruiseñor?—Sin duda: mas no canta

Tan recio el ruiseñor..... escucha atento.

¿Le oiste?—Sí.—Pues bien, hijo, ese aliento

De un pájaro no cabe en la garganta.

—Oid, Señora, oid; más cerca el pío

Del ave se oyó ahora.—Es una seña

Que viene de las márgenes del río.

—Sí, y en hacerse comprender se empeña.»

Acercáronse más á la calada

Barandilla exterior del antepecho:

Mas Aija, de repente y sin ser dueña

De sí misma, cubriendo con su pecho

El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!»

Silbando entró por el postigo estrecho

Del balcón una flecha disparada

Desde el bosque, y, tocando en la labrada

Piedra del arco, rechazó, en el lecho

De Abú Abdil cayendo despuntada.

«¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida

También atentan!» Mas alegremente

La interrumpió Abdilá, teniendo asida

La flecha: «Madre (dijo) trae cosida

Una carta.—Lee pues.» Rumor de gente

Se oyó en el corredor en este instante,

Y una esclava, asomándose á la puerta,

Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana

Fué cosa nada más que de un momento

En el pecho ocultar la carta abierta,

La flecha devolver por la ventana,

Y serena quedar sobre su asiento.

Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro

De las venganzas de Muley, entraba

El nocturno registro

Á hacer que en el salón acostumbraba,

Desque la torre de Comares era

Del Granadino Príncipe y su madre,

Por orden de Muley, prisión severa.

Saludó Abú-l'Kazín con afectada

Ceremonia, mostrando que lo hacía

Sin respeto y en pura cortesía:

Aija, en sus almohadones recostada,

Ni volvió la cabeza desdeñosa,

Ni le otorgó siquiera una mirada;

Abú Abdilá, imitando á su orgullosa

Madre, no contestó tampoco nada.

Abú-l'Kazín entonces, en sombrío

Silencio y con feroz torvo semblante,

La estancia registró con vigilante

Y prolija atención. «Es deber mío,»

Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana

Una mirada donde el odio brilla,

Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana

Vencedor de las armas de Castilla.»

Aquí, consigo sin poder, la Mora

Díjole: «¿Son por ello esos clamores

Que turban el reposo?—Sí, Señora:

El pueblo aplaude, como siempre, ahora

Á los Reyes que vuelven vencedores.»

Una mirada le lanzó de fuego

La Mora y con desdén le dijo luego:

«Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana,

Si volvieren vencidos, por traidores

Les silbará la multitud villana.

—Vele Aláh por el Rey, y no permita

Que el pueblo tenga por traidor, Sultana

Á quien abrigue sangre Nazarita!

—Eso te digo yo. Los hijos tienen

La sangre de los padres, y el que incita

Al padre contra el hijo, lo previenen

Las suras del Korán, á Dios irrita

Y su raza por Dios será maldita.

—Sultana, tus palabras.....—El anuncio

Son del desprecio en que te tengo.—Holgara

La razón en saber.—Está muy clara.

—Pronúnciala, Sultana.—La pronuncio:

Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo

Y traidor á su Dios, y yo detesto

Á los hijos de padre que tal hizo.

No lo olvides jamás.—¡Oh! lo protesto.

—Déjanos, pues, en paz.—La vez postrera

Volveré nada más, cuando el severo

Rey de Granada de su ley el yugo

Imponeros me ordene.—Aguarda fuera

Sus órdenes en tanto, carcelero,

Hasta que hayas de entrar como verdugo.»

Salió el wazir, brillando en su pupila

El fuego del rencor: y la Sultana,

Luego que oyó el rumor de los cerrojos

De la postrera cámara lejana,

La carta á desplegar volvió tranquila,

Devorando lo escrito con los ojos.

Mirábala Abdilá con impaciencia,

Procurando leer en su semblante

Lo que ella en el escrito. En apariencia,

Si el wazir la acechara en este instante.

No pudiera, al mirar su indiferencia.

Sospechar que el papel era importante.

Leyó con avidez, pero serena:

Y aquella alma viril, que dominaba

Del placer el exceso y de la pena.

No dejó percibir á quien miraba

El gozo inmenso de que estaba llena.

¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!

«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve

Pausa, vas á partir. La muerte fiera.

De tu padre á la vuelta, aquí te espera,

Y abajo espera quien salvarte debe.

No el Cielo señaló tu real cabeza

Para ceñir una corona en vano;

Tu destino de Rey he aquí que empieza;

Cumple, pues, tu destino soberano.»

Dijo y le dió la carta, que decía:

«Vuelve tu esposo vencedor, Sultana,

»Y la guadaña de la muerte impía

»Su mano trae; no aguardes á mañana:

»Cuando oigas luego que en silbar porfía

»El ruiseñor al pie de tu ventana,

»Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella.

»Y un buen caballo le valdrá y su estrella.

»No temas ni vaciles: los verjeles

»De este valle, á tu vista tan tranquilo,

»Á un escuadrón de Abencerrajes fieles

»Dan á estas horas misterioso asilo.

»Mi escritura conoces, no receles,

»Sultana, una traición: pende de un hilo

»Del Príncipe la vida: mas, burlada

»La muerte, volverá..... Rey de Granada.

»Aunque en firmar sé acaso que aventuro

»Mi cabeza, la suya es lo primero:

»Sírvate pues mi nombre de seguro

»Y alumbre tu razón Aláh infinito.»

Al pie de este renglón, claro y entero,

De Aly-Macer el nombre estaba escrito.

Leía Abú Abdilá, y á la lectura

De la carta fatal palidecía:

Y, leyendo en su rostro su pavura,

La madre el ceño varonil fruncía.

«Hijo de Reyes, como Rey procura

Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía

Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna:

Mala es mejor tenerla que ninguna.»

Tal diciendo, la intrépida Sultana

Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso

Abú-l'Kazín dejárselas, por vana

Demostración de libertad y viso

De autoridad y pompa soberana,

En la prisión. Entraron al aviso

Todas de su señora, y la severa

Sultana las habló de esta manera:

«Necesito una escala: en el momento

Desgarrad vuestras tocas y almaizales;

Los tapices que tiene el aposento

Trizas haced: mis lienzos y mis chales

Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento

De la torre, anudad los desiguales

Pedazos: no os paréis en necias dudas:

Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»

Hechas á obedecer, sin más demora

Rasgaron la oriental tapicería

Que la ostentosa cámara decora,

El chal con que cada una se ceñía,

El rico pabellón de crujidora

Seda que el lecho de Abdilá tenía.

Cuanto á las manos se las vino asieron,

Y, formando un cordón, le retorcieron.

La Sultana y el Príncipe, afanosos,

En tal ocupación las ayudaron,

Y de esta ocupación con los curiosos

Incidentes, que alegre la tornaron,

Del alma de Abdilá los temerosos

Tristes presentimientos se ahuyentaron:

Y rebosaba en gozo y osadía

Cuando el largo cordón se concluía.

Á poco un risueñor en la enramada

Los tres largos silbidos de su trino

Precursores lanzó. Corrió agitada

La Sultana al balcón, y más vecino

Volvió á silbar el ruiseñor: callada

É inmóvil escuchó: su oído fino

Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura,

De un hombre el movimiento y la figura.

Un momento después, en la maleza

Que al mismo pie del torreón crecía,

El ruiseñor silbó: la fortaleza

Y la continuidad con que lo hacía

Su voz, de la que dió naturaleza

Al ruiseñor un tanto desdecía

De cerca oída: pero al libre viento

Era bien fácil confundir su acento.

Ató Aija á Abú Abdil por la cintura

La punta de los lienzos anudados,

De su firmeza y solidez segura;

Los brazos un momento entrelazados

Tuvieron madre é hijo con ternura

Cordial: los labios trémulos, rasados

De lágrimas los ojos, no encontraron

Palabras, mas sus lágrimas hablaron.

Deshízose la madre la primera

Del cariñoso lazo, y saltó el hijo

Por la baranda del balcón afuera,

Teniendo el lienzo las mujeres fijo.

«Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera!

—¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo,

Y, bajando la voz:—honra tu nombre,

No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»

Dijo: y, á una señal, franqueza dando

Las esclavas al lienzo, por la obscura

Región del aire, suelto, fué bajando

El Príncipe Abdilá: justa pavura

Le acongojó cuándo se vió colgando

Sobre la inmensa tenebrosa hondura;

Vaciló su cerebro y, los antojos

Del miedo por no ver, cerró los ojos.

Un momento después cuatro forzudos

Brazos en las tinieblas de él asieron:

Una daga cortó junto á los nudos

El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron.

Los brazos de las Moras, á tan rudos

Esfuerzos no hechos, libres se sintieron

De repente del peso, y la Sultana

Se echó con ansiedad á la ventana.

Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento,

Parando en su atención hasta el latido

Del corazón y el curso del aliento:

Pero ni gente, ni señal, ni ruido

Se percibía: á la merced del viento

El lienzo por abajo desprendido

Flotaba, y era todo allá en la hondura

Silencio, soledad, sombra, pavura.

Apartóse en silencio la Sultana

Del ajimez: la tela recogida

Poco á poco volvió por la ventana:

Mas al entrar la punta suspendida

Por fuera del balcón, de la Africana

El corazón mortal volvió á la vida;

La punta trae de salvación un gaje

Infalible: el blasón Abencerraje.

Besóle la Sultana, y su altanera

Tranquilidad cobró: despidió luego

Sus esclavas y, sola, dijo, fiera

Reverberando en su mirada el fuego

Del corazón: «Que venga cuando quiera

Muley.» Y en los cojines con sosiego

Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena

Segura de Abú Abdil, durmió serena.


IV

Y he aquí que la Sultana

Cual Reina soberana,

Y acaso en su ventana

Detrás de la persiana

Oyó sobrecogida

Que por la peña hendida

Diez hombres que, en huída

Corriendo á toda brida

que el real Generalife,

en esta noche mora,

velaba en esta hora,

tendida en un diván,

cruzar el arrecife,

conduce hacia la sierra,

veloz y són de guerra,

hacia la sierra van.

El rostro peregrino

Zoraya hacia el camino

De polvo un remolino

Sombra el país vecino

¿Quien puede á estos parajes

Lanzarse en tan salvajes

Tan ásperos pasajes

Los diez Abencerrajes

llegando á la ventana,

miró: mas ¡vana empresa!

velaba con espesa

al ojo más sutil.

(se dijo la Sultana)

caballos, audazmente

salvando?—Solamente

que salvan á Abú Abdil.

FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.


Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de acreditados libros franceses.

Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra, émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.

He aquí la manera con que explica la Fantasía dedicada á D. Bartolomé Muriel en las primeras páginas del libro:

«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son á mi corazón las memorias de la suya.»

Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla lo siguiente:

«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la Alhambra.

Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma, el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.

Lidiaba una tarde en la plaza de Sevilla el famoso Pedro Romero, el diestro de mejor trapo y más certero pulso que pisó jamás arena del redondel. Llegado el caso de estoquear un toro de mal trapío y torcida intención que, empeorado con la lidia, tomaba el bulto y dejaba el capote, comenzó Romero á trastearle cuidadosa y maestramente, arrastrándole la muleta para encariñarle á ella y traerle después sin riesgo á una estocada por los altos y á una muerte de buena ley. Un chusco sevillano, mozo y rico, decidor y zambrero, amigo de los ganaderos y conocedor de las marcas de sus ganaderías, apadrinador de la gente de cuadrilla, acompañador de los encierros y presenciador de los apartados, donde gustaba lucir el potro cartujo, la manta jerezana, la espuela vaquera y el castoreño apresillado, y gran partidario, en fin, de Costillares, hallando sin duda largo el juego de Romero, cuyo riesgo no comprendía, y pareciéndole la ocasión oportuna para zumbarle en presencia de su rival, empezó á decirle con no poco esforzadas voces y dejo no menos provocador:—«¡Bueno, señor incomparable, bueno: que va á llevar ese toro más pasos que las procesiones del Viernes Santo! De matar se trata, que no de pasear esa oveja mansa. ¡Que no se diga que por tanto paso se pasa el tiempo y no se pasa la pavura! ¡Vamos, un puntazo por lo que sea!.... y que no haya que dar á esa espada una compañera sacada de las costillas, como nuestra madre Eva.» La alusión á Costillares produjo el efecto que el chusco deseaba, y aplaudieron sus partidarios y rieron los de los tendidos; lo cual oyendo Romero, dejando plantada á la fiera y á los espectadores suspensos, llegóse bajo el palco del zumbador mancebo, la muleta recogida en la zurda y el estoque suspendido en el dedo corazón, y díjole con aquella sorna peculiar de la gente de plaza:—«Su mercé parece, por sus razones, profesor del arte, y se ve á la legua lo acostumbrado que está á dar lecciones como maestro: conque no le deje por poco, y tome sin cortedad el lugar que le corresponde, que yo estoy pronto á escucharle. Baje, pues, su mercé y hágame su explicación á la cabeza de la res.»

Y decía bien Pedro Romero: las lecciones de torear se dan á la cabeza del toro.»

París, 15 Abril 1852.

José Zorrilla.

FIN DEL TOMO PRIMERO