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GRANADA
POEMA ORIENTAL

PRECEDIDO DE LA
LEYENDA DE AL-HAMAR

POR
DON JOSÉ ZORRILLA

TOMO SEGUNDO
NUEVA EDICIÓN

MADRID
IMPRENTA Y LITOGRAFÍA DE LOS HUÉRFANOS
Juan Bravo, 5.—Teléfono 2.198.
1895


INVOCACIÓN

Dixit autem Dominus: si habueritis fidem, sicut granum sinapis, dicetis huic arbori moro: Eradicare, et transplantare in mare: et obediet vobis.

Evang. seg. Luc., cap. xvii

Fe, de toda virtud inspiradora,

Manantial del valor y el heroísmo,

Del tiempo y de la muerte vencedora,

Espanto de los genios del abismo,

El sér en quien tu fuego se atesora

Lleva el poder de Dios consigo mismo:

Los prodigios, las glorias, las hazañas,

Herencia son de los que tú acompañas.

Nada en el mundo tu poder resiste;

Á la luz de tu antorcha luminosa

El Edén á los mártires abriste:

De Oriente á la región caliginosa

Las legiones de Cristo condujiste,

Y, á través de la mar tempestüosa

Alumbrando su espíritu profundo,

Descubriste á Colón un nuevo mundo.

Nada hay grande sin ti, nada completo;

Desde Nembrod á Napoleón, tu esencia

Del genio ha sido el talismán secreto:

Nadie logró sin ti grande existencia,

Ni fué grande sin ti ningún objeto:

Polvo fué cuanto fué sin tu asistencia:

De la fuerza de Dios tu fuerza viene

Y en tus hombros el orbe se sostiene.

Tu soplo es impetuoso torbellino

Que, al alma ardiente á quien su impulso lleva,

Hasta la eternidad abre camino

Y sobre el polvo terrenal la eleva.

Del fuego santo manantial divino

Que en el fuego de Dios sus fuentes ceba,

Tú das irresistible atrevimiento

Á sér á quien inflamas con tu aliento.

Para ese son efímeras empresas

Las más peligrosísimas hazañas:

Disípanse á su voz como pavesas

Las torres, las ciudades, las montañas:

Las marcas de su pie conserva impresas

La tierra para siempre, y sus entrañas

Cobran fecundidad bajo su paso,

Y un reino brotan donde había un raso.

Alma del universo, cuanto existe

Con tu poder se crea y robustece:

Cuanto á tu influjo creador resiste,

Como leve vapor desaparece:

Á la nación do tu favor no asiste

Sorbe otra á quien tu mano favorece:

Y así es como del tiempo en los misterios

Pasan unos sobre otros los imperios.

¡Desdichada nación la que te olvida!

Su esencia mina la carcoma lenta,

Y no siente que se hunde carcomida

La débil base que su pie sustenta;

Otra nación que aguarda su caída

La empuja al fin y en su lugar se asienta:

Y así Castilla, por su fe amparada,

Pasó como un turbión sobre Granada.

Dame ¡oh potente fe! tu auxilio santo:

Tú por quien pudo rescatar á España

La ilustre Reina cuya gloria canto,

Dame su fe para ensalzar su hazaña:

Y, el himno rudo que en su honor levanto

Al entonar, mi espíritu acompaña,

Porque me escuche en la celeste esfera

La augusta sombra de Isabel primera.


LIBRO CUARTO

AZAEL

I

Zahara cayó: sus tristes moradores

Víctimas van de tan fatal jornada

Esclavos de los Moros vencedores,

De ganado rüin como manada.

Muley envió delante corredores

De su victoria nuncios á Granada,

Y, con victoria tal alegre y fiera,

Al vencedor Hasán Granada espera.

Preparan las familias principales,

Á los guerreros y sangrientos fines

Del anciano monarca más parciales,

Zambras, saraos, himnos y festines,

Unas en sus salones orientales,

Otras en sus balsámicos jardines:

Prodigando sin duelo sus tesoros

Para ensalzar el triunfo de los Moros.

Los cadís á su vez tienen dispuestas

De fuegos, de pandorgas y de cañas,

De sortija, de toros y de apuestas,

De bohordos, de gallos y cucañas,

Para la plebe revoltosa fiestas

Cual nunca alegres, como nunca extrañas:

Porque deje tal triunfo en su memoria

Largo recuerdo de placer y gloria.

Engalanan los altos miradores

Lujosas colgaduras y doseles,

Flotantes plumas, enredadas flores,

Lazos de palmas, arcos de laureles,

Damascos de vivísimos colores,

Tapices festonados de caireles,

Y ocupan ajimeces y ventanas

Nobles, jeques, walíes y sultanas.

Viejos, mancebos, niños y mujeres

Abandonan curiosos sus hogares:

Dejan los artesanos sus talleres,

Olvidan los sederos sus telares,

Cierran su mostrador los mercaderes,

Los armeros sus fraguas: los lugares

Vecinos se despueblan, y doquiera

Bulle la muchedumbre novelera.

Corren plazas y calles tañedores

De sonajas, adufes y panderos,

Rawíes de romances narradores

Al compás de la guzla, cuadrilleros

De diversas comparsas conductores

Y parejas de enanos, y gaiteros

De Marruecos y Fez, cuyos cantares

Recuerdan del desierto los aduares.

Circulan por doquier profusamente

Roscones de Jaén, tortas de Alhama,

El alhajú de Ronda, largamente

Saturado de especias, á quien llama

El mostillo su hermano, y el caliente

Buñuelo hinchado que la sed inflama:

Y, pese al libro del Korán divino,

Templa la sed el malagueño vino.

En la jornada de tan fausto día

De fiesta real y universal holganza,

La ley á la licencia da franquía

Y destierra el placer á la templanza:

Y la plebe, sin coto en su alegría,

Canta ruidosa, descompuesta danza:

Pues nada hay que desdore ó avergüence

Al celebrar sus triunfos á quien vence.

Es ley universal. ¡Ay del vencido!

Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos!

¡Ignominia y baldón para el rendido!

¡Mengua y esclavitud á los Cristianos!

Mas no olvidéis que encomendada ha sido

De la venganza á las sangrientas manos

La ley de los vencidos inhumana.

¡Ay de vosotros si lo sois mañana!

¡Gloria á Muley! La multitud que llena

Las torres y alminares ve á lo lejos,

Á través de la atmósfera serena,

De las moriscas armas los reflejos.

Un grito inmenso de placer resuena

Con nueva tal: mujeres, niños, viejos,

Se agolpan á las puertas de la Vega

Á recibir al Rey que en triunfo llega.

Ya avanzando en hileras ondulantes

Se ven los ordenados escuadrones:

Parecen con el sol cintas brillantes

Las filas de los árabes peones:

Sobre el blanco montón de sus turbantes

Tremolan sus enseñas y pendones,

Y desgarran la atmósfera sonoros

Los atabales y clarines moros.

He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente

Sombrean los flotantes lambrequines

De su penacho real: cuelga esplendente

Su escudo del arzón: y, hasta las crines

Embarrado, el caballo bufa ardiente

Y piafa, conociendo los confines

De los cotos rëales y la dehesa

Donde, potro, pació la hierba espesa.

«¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!»

Gritó la multitud al divisarle,

Y aglomeróse atropelladamente

Bajo su estribo mismo á vitorearle:

Mas la mano de Dios omnipotente

Que hasta este día se dignó ampararle

Le retiró su auxilio, y en su seno

Del infortunio derramó el veneno.

Tornóse contra él cuanto en pro era:

Cambióse en vencimiento su victoria,

Su popularidad en pasajera

Fama de un día, y en baldón su gloria.

La muchedumbre, en su verdad entera

Al leer de Zahara la sangrienta historia,

Retrocedió, por Dios iluminada,

El porvenir leyendo de Granada.

Con repugnante ostentación impía,

Un gigantesco negro de Baeza,

Del pelo asida, junto al Rey traía

Del buen Arias la lívida cabeza.

Un escuadrón entero le seguía,

En cuyas lanzas con brutal fiereza

Se ostentaba sangriento igual trofeo,

Medroso al alma y á la vista feo.

En medio de los árabes soldados

Y los Gomeles negros, lastimeros

Suspiros arrancaban despechados

Los cautivos Cristianos, por sus fieros

Vencedores heridos y arrastrados

En confuso tropel como carneros:

Y á marchar ó morir les obligaban,

Y dichosos al fin los que expiraban.

Las fuerzas de los viejos no bastando

Á soportar ultrajes tan crüeles,

Al Dios de las venganzas invocando

Caían á los pies de los corceles:

Sin compasión sobre ellos, espoleando

Sus caballos, pasaban los Gomeles,

Apresurando su postrer instante

La aguda lanza y yatagán cortante.

Traían muchas madres en los brazos

Los hijos muertos, y ocultar querían

Su fin bajo los sórdidos retazos

De los rotos harapos que vestían,

Pues sus tiernos cadáveres pedazos

Los guardias negros de Muley hacían,

Y con horror de los maternos ojos

Quedaban insepultos sus despojos.

La mora multitud, aunque villana

Civilizada, á compasión movida,

Del Rey maldijo la impiedad tirana y

En odio la alegría convertida.

Circundó á la feroz guardia africana

Con agresivo impulso, y, encendida

La furia popular, por un instante

El paso barreó del Rey triunfante.

Arrebatando las mujeres moras

Sus hijos á los míseros cautivos,

«Dádnosles, los dijeron: sus señoras

Os les tendrán esclavos, pero vivos.»

Comenzaron cien manos vengadoras

De las bridas á asirse y los estribos,

Y á brillar comenzaron los puñales

Debajo de los jaiques y almaizales.

Á cundir comenzó la infausta nueva

Entre las turbas y á crecer la ira:

Doquier la multitud, que se renueva

Y que sus fuerzas acrecienta, gira

Del Rey en torno, quien sus olas prueba

Con su caballo á hender y torvo mira

Venir la tempestad y acrecentarse

El popular furor, pronto á inflamarse.

Sus feroces Gomeles, que le vieron

Afirmarse en la silla, adivinaron

Su resuelta intención: se rehicieron,

Y á sostenerle fieles se aprestaron.

«¡Adelante!» gritó: tras él vinieron

Á alinearse y las lanzas enristraron.

Se abrió la plebe: y, rota ya la valla,

Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.»

La multitud, compuesta de artesanos

Inermes, de mujeres sin defensa,

De cobardes ociosos y de ancianos,

Tan débil é impotente como densa,

Se abrió ante los jinetes africanos,

Retrocediendo en oleada inmensa

Como el círculo que abre el haz del río

Ante la quilla corva del navío.

Turba que ceja un pie, fuerza vencida.

La hueste de Muley siguió adelante

Y en la ciudad entró; mas, convertida

La alegría en terror, fué con semblante

Sombrío y en silencio recibida

Por el vulgo, ó medroso ó inconstante:

Y Hasán, seguido de sus negros fieles,

Subió al trote la cuesta de Gomeles.

Deshízose del pueblo; mas siguióle

Hasta el recinto real su descontento,

Y á par con él su indignación mostróle

De modo asaz visible el firmamento.

Repentino nublado encapotóle,

Se negreció su azul, rebramó el viento,

Con la fortuna de Muley en guerra

Declarándose á un tiempo cielo y tierra.

En la Alhambra rëal los cortesanos

Le vitorearon al llegar; empero

¡Ay del Rey á quien guardan los villanos

Odio ó temor! Apenas el postrero

De los temidos guardias africanos

Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero

Rompió en inmenso sedicioso grito

Que en el espacio azul vibró infinito.

Aparecieron por doquier audaces

Cabezas de motín: gestos feroces

Que revelaban ánimos capaces

De realizar los planes más atroces.

Santones venerados y sagaces

Dervichs alzaron por doquier sus voces:

Y el populacho, en grupos dividido,

Dió á sus discursos por doquier oído.

Y he aquí que, en el centro de la plaza,

Se alzó sobre las turbas de repente

Viejo santón de venerable traza,

Famoso asaz entre la mora gente.

Era el severo Aly-Mazer, de raza

Noble, de vida austera y penitente,

Quien por causas recónditas y extrañas

Retirado vivía en las montañas.

Hombre á quien solamente se veía

En los grandes peligros y ocasiones,

Y de quien siempre el pueblo recibía

Oportunos consejos y lecciones.

Siniestra aparición que precedía

Siempre á las populares convulsiones

Que, en su postrera edad desventurada,

Estremecerse hicieron á Granada.

Hombre doquier temido y respetado

Por su severidad y por su ciencia,

De la virtud muslímica dechado,

Sincero amparador de la indigencia,

Leal consolador del desdichado,

Prosternóse la plebe en su presencia:

Y callaron ante él respetüosos

Los demás oradores sediciosos.

Tomando entonces por mimbar la fuente

Que el centro de la plaza decoraba,

Paseó sus miradas tristemente

Sobre la multitud que le cercaba;

Y con lúgubre voz, cuyo doliente

Tono en el hondo corazón vibraba,

Profética, inspirada, lastimera,

El discurso rompió de esta manera:

«¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!

»Para escarnio y baldón de las edades

»Será no más su historia consignada.

»¡Regia ciudad; sultana de ciudades,

»Estás por tus cimientos horadada!

»¡Va sobre ti á llover calamidades

»El cielo sin piedad á quien provocas,

»Y contra ti se volverán las rocas!

»Musulmanes, Hasán está hechizado

»Por el nefando amor de una cristiana:

»Aixa, de fe cual de virtud dechado,

»Es esclava en su harén y no sultana;

»El Príncipe legítimo, encerrado

»Llora en los hierros de prisión lejana.

»¿Y en provecho de quién tal tiranía?

»De una extranjera, renegada impía.»

»Ya lo veis: impolítico atropella

»Cuantos derechos y principios fijos

»Hasta hoy se respetaron, y degüella

»Los rendidos y esclavos. Tan prolijos

»Crímenes ¿á qué fin? Sólo por ella:

»Por coronar á sus bastardos hijos,

»Que, lobeznos de raza castellana,

»Como ella al fin renegarán mañana.

»¿Comprendéis? ¡oh muslimes!—Esa impía

»Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma,

»De nuestra desdichada monarquía

»Es con sus hijos la mortal carcoma.

»Ella al Cristiano os venderá algún día

»Si en sus proyectos incremento toma:

»Porque en el odio universal que encierra

»Incendiará, á poder, toda la tierra.

»Pero ¿creéis tal vez que los Cristianos

»La sangre olvidarán vertida en Zahara?

»Como Hasán en sus triunfos inhumanos,

»Vendrán con sed de vuestra sangre avara.

»La que hoy vertieron sus inicuas manos

»Del pueblo moro goteará en la cara:

»Y en todas ocasiones y parajes

»Nos considerarán como á salvajes.

»¿Oís ese huracán? Horrorizada

»De tan inútil y brutal fiereza,

»Truena contra nosotros indignada

»La madre universal Naturaleza.

»¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!

»El rayo amaga su imperial cabeza,

»La ponzoña mortal hierve en su seno,

»Y Aláh se torna en pro del Nazareno!»

Dijo así Aly Mazer. Como evocados

Al són de sus fatídicos acentos,

La tierra conmovieron desatados

En furioso huracán los elementos.

Torrentes de las nubes desgajados

Inundaron las calles, y los vientos

Arrebataron arcos y doseles,

Lazos, flores, damascos y caireles.

Huyó la población supersticiosa,

Siempre en agüeros á creer dispuesta,

Y encerróse en sus casas pavorosa,

La ira de Dios creyendo manifiesta.

Desierta la ciudad y silenciosa

Quedó en redor, se interrumpió la fiesta:

Y en vez de los aplausos y canciones,

Doquier se oyeron ayes y oraciones.

Duró la tempestad la tarde entera,

Y entre el rugido cóncavo del trueno

Y el estridor de la tormenta fiera,

De los obscuros barrios en el seno

Una voz incesante y lastimera

Exclamaba aterrando al agareno:

«Aláh torna á su grey la faz airada.

¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!»

Campo desierto de olvidadas ruinas,

Medroso despoblado cementerio

Parecían las calles granadinas

De tal desolación bajo el imperio:

Y cual si se efectuara en las divinas

legiones algún lóbrego misterio

Fatal para los Moros, agobiada

De pánico terror quedó Granada.

II

Era en verdad así: que en tal momento,

De la fortuna y la existencia mora

En la esfera inmortal del firmamento

Íbase á señalar la última hora:

Y el arcángel que rige el movimiento

De la aguja fatal, niveladora

De los tiempos, el fin del reino moro

Iba á marcar en su cuadrante de oro.

No en vano entre los cielos y Granada

Un velo de nublados se extendía:

Con la luz á sus ámbitos negada

Otra región feliz resplandecía.

Su cresta secular Sierra Nevada

Con una aureola de fulgor ceñía,

Y el misterio que Dios obra en la Sierra

Permitido sondar no es á la tierra.

En el seno glacial de aquellas cumbres

Cuya paz no turbó la voz mundana,

Lloraba celestiales pesadumbres

Ser de divina estirpe soberana.

Lanzado de las cólicas techumbres

Siglos hacía á la región humana,

Para su habitación labró en la nieve

De su helado cristal palacio leve.

Lejos de su alma patria luminosa

Fué condenado, expiación de un yerro,

Su forma pura, celestial y hermosa

Á sepultar en terrenal encierro,

Dando cima á tarea misteriosa

Por Dios impuesta en su mortal destierro;

Mas ya á su fin la expiación tocaba

Y su tarea al concluir estaba.

Treinta afanosas décadas había

En preparar el ángel empleado

Su difícil labor, y ya veía

Su éxito misterioso asegurado:

Y, para darla fin, en este día

Iba por Jehováh purificado

Á recobrar su blanca sobreveste,

Su sér divino y su poder celeste.

Tal es, en suma, el celestial portento

Que va el Señor á obrar sobre la Sierra,

Y cuya vista vela en tal momento

El nublado á los ojos de la tierra.

La tempestad que entolda el firmamento

Es un crespón que sus espacios cierra:

Y tras aquellas fulgurantes nubes

Cantan un himno santo los Querubes.

Sobre sus alas con rumor sonoro

Las cohortes angélicas descienden,

Y al dulce són de su celeste coro

Troncos y rocas de placer se hienden.

Los serafines en mecheros de oro

De la divina fe la luz encienden,

Sobre el alcázar místico de hielo

Rasgado el seno cóncavo del cielo.

Del zenit en el punto culminante,

En medio de una luz deslumbradora,

Del sumo Dios apareció el semblante

Y tronó la palabra creadora.

Al eco inmenso de su voz gigante

La celestial cohorte voladora,

Con las alas cubriéndose los ojos,

Para escuchar se prosternó de hinojos.

«¡Azäel!»—dijo Dios, al sér divino

Desterrado en la tierra interpelando,

Y al umbral de su alcázar cristalino

El ángel bello pareció temblando;

Y el eco gigantesco y montesino

De las cóncavas peñas, despertando

Al acento de Dios, volvió medroso

El nombre del espíritu glorioso.

«¡Azäel!—repitió el Omnipotente;—

»Torna á tu antiguo sér y poderío,

»Cobra tu vestidura refulgente

»Y obra sobre la tierra en nombre mío.

»Toda á tu voluntad está obediente:

»Sus destinos gobierne tu albedrío:

»Completa mis designios soberanos:

»Yo bendigo la obra de tus manos.»

Dijo el Señor. El ángel desterrado,

Recobrando su gracia primitiva,

Levantóse á su voz transfigurado,

Revestido de gloria y de luz viva.

Orna su cuerpo ceñidor alado,

Ciñe su sien inmarcesible oliva,

Y de la fe la luminosa tea

En su diestra purísima flamea.

Un séquito de espíritus potente,

Que deja sometidos á sus santas

Ordenes el Altísimo, obediente

Y á su voz pronto se ordenó á sus plantas;

Ante el Señor el ángel reverente

Se prosternó tres veces, y otras tantas

El eco del hosanna y los salterios

Conmovió con su són los hemisferios.

Tornó Dios á sumirse en su santuario:

Tornaron los arcángeles el vuelo

Á tender, el vacío solitario

Transponiendo y los límites del cielo:

Y de la eternidad en el horario

Brillando el fatal número, hacia el suelo

Moro, dijo, la mano nacarada

Extendiendo Azäel: «¡Ay de Granada!»

¡Ay! repitió en el cóncavo y profundo

Seno del monte aterrador el eco;

¡Ay! repitió siniestro el vagabundo

Viento que rueda en el vacío hueco;

¡Ay! repitió el nublado, en tremebundo

Trueno rompiendo desgarrado y seco;

¡Ay! repitió la voz desesperada

Que gemía fatídica en Granada.

Á este medroso universal lamento,

De la voz del Señor eco en la tierra,

Desgarró con estrépito violento

Sus entrañas marmóreas la sierra,

Y abrióse el misterioso monumento

Que su cimiento colosal encierra;

Fábrica de materia indestructible,

Á los humanos ojos invisible.

Es el alcázar de Azäel: divino

Palacio transparente y encantado,

De nácar y de hielo cristalino

Entre nieves eternas fabricado.

En él oculta el ángel peregrino

Un sér, aunque mortal, predestinado

Á que con él su porvenir divida

En la terrena y la celeste vida.

En este alcázar níveo, modelo

De la oriental Alhambra granadina,

Bajo la eterna bóveda de hielo

Que corona la cumbre al sol vecina,

Envuelta yace en encantado velo

La regia sombra de Alhamar divina,

Á quien letargo místico y profundo

Encadena á este límite del mundo.

No tienen á este sér bajo su imperio

La vida ni la muerte: su existencia

Fantástica protege hondo misterio

Que sondea no más la omnipotencia.

Su sér no pertenece á este hemisferio,

Y, ni celeste ni mortal, su esencia

Tiene el poder del ángel defendida

Del poder de la muerte y de la vida.

Misterio incomprensible para el hombre,

Á toda humana explicación resiste

Y á la ciencia mortal fuerza es que asombre;

Obra sabia de Dios, por Dios existe:

No tiene historia, explicación, ni nombre,

Ni mi pluma en buscárselos insiste:

La inspiración divina del poeta

No está á mortal explicación sujeta.

Yace bajo el poder de tal encanto

De Alhamar la fantástica existencia,

De aquel alcázar luminoso y santo

Debajo de la nítida apariencia.

Todavía le cubre el regio manto,

Humean todavía en su presencia

Pebetes de ámbar, y su real persona

Circunda el esplendor de la corona.

En medio de un salón prolijamente

Decorado con cúficas labores,

Á estilo de los reyes del Oriente,

Sobre un tapiz de espléndidos colores

Y en trono de marfil, radia su frente

Bajo un dosel de plumas y de flores:

Y, símbolo del mando soberano,

El cetro abarca aún su augusta mano.

Su vista, empero, inmóvil, que no mira,

Su insensibilidad, que no percibe

Lo que en su rededor resuena ó gira,

Le delatan por sombra que no vive.

Un aura triste en su redor suspira;

Una aureola eléctrica describe

Círculos mil sobre su real cabeza,

Y aún ostenta su faz torva belleza.

Azäel, de sus ángeles cercado,

Llegando ante el Monarca Nazarita,

Sobre su pecho de calor privado

La antorcha puso de la fe bendita;

Al reflejo viviente derramado

Por esta llama que sobre él se agita,

Deshecho el hielo que su esencia pasma y

Movimiento á cobrar volvió el fantasma.

Giraron en las órbitas sus ojos,

Llenó el aire su pecho, su garganta

Paso á un suspiro dió, y, otra vez rojos

Sus labios, sonrió é irguió la planta:

Mas juzgando tal vez del sueño antojos

De aquellos seres la presencia santa

Y del encanto aún preso en los lazos,

Tendió entre él y los ángeles sus brazos.

Entonces Azäel «torna á la vida»

Dijo: «del Cielo la sentencia sabes:

»Tu existencia mortal interrumpida

»En década inmortal fuerza es que acabes.

»Alma sin cuerpo, espectro sin guarida,

»Ve de tu Alhambra á recoger las llaves.

»¡En el nombre de Dios, he aquí tu hora!

»Prevén la tumba de la raza mora.»

Al mandato del ángel obediente,

El sér de los fantasmas adquiriendo,

Incoloro, impalpable, transparente,

Su esencia de la tierra desprendiendo

Elevóse Alhamar en el ambiente:

Y, cual vapor que en él se va meciendo,

Á través de la atmósfera nublada

Se dirigió siniestro hacia Granada.

III

Era la hora en que expirando el día,

Con la sombra al luchar breves momentos,

Entre la luz crepuscular envía

Al corazón mortal presentimientos

Funestos: esa hora misteriosa

Que al hombre pensador melancolía

Infunde; al criminal remordimientos.

Y al poeta solemne, religiosa

Inspiración y santa poesía;

Era la hora, en fin, de las historias

Tristes y de las lúgubres memorias.

Tendido en los bordados almohadones

Del rico camarín de Lindaraja,

Cediendo á las sombrías impresiones

De la luz del crepúsculo, que en vano

Por repeler su corazón trabaja,

Á solas con sus negras reflexiones

Yacía de Granada el soberano.

La sombra, más espesa á cada instante,

Su manto de tinieblas desplegando

Por la arabesca estancia, condensando

Iba su obscuridad, y vacilante

La postrimera claridad del día

Al pintado cristal de las ventanas

Trémula se asomaba, y confundía

Cada momento más las africanas

Labores de oro que el cristal tenía.

Los plegados tapices de las puertas,

Los jarrones magníficos de flores,

Todos los muebles que la estancia ornaban,

Con extraña ilusión, formas inciertas

Movimiento y fantásticos colores

Á tomar en la sombra comenzaban;

Y empezaba á girar en el vacío

Recinto opaco de la estancia obscura

Ese turbión fascinador y umbrío

De objetos sin color, forma ni nombre,

Que en la superstición ó la pavura

Hacen en las tinieblas ver al hombre.

El rumor de los árboles vecinos

Y de las fuentes del jardín, los trinos

De las aves en ellos anidadas,

Y los lejanos sones campesinos

Que en revoltoso vuelo descarriadas

Allí traían las nocturnas brisas,

De la cóncava bóveda los huecos,

Los arcos, las acústicas cornisas

Poblaban con las voces exhaladas

Por misteriosos y fugaces ecos.

Por su impresión fatídica evocados,

En su febril meditación sentía

Muley, que en sombra y soledad yacía,

Tumultuoso tropel de ya olvidados

Recuerdos asaltar su fantasía,

Donde por siempre los creyó enterrados.

¡Vaporosos recuerdos aflictivos,

Irritados espectros vengativos,

Que en luengos años por la vez primera

Veía con pesar que aun eran vivos,

Acíbar para ser de su postrera

Edad y de su suerte venidera!

Recordaba las penas ignoradas

Que turbaron los últimos momentos

De su padre Ismael, ocasionadas

Por las locas empresas empeñadas

Por su fogosa juventud: los cuentos

Y pronósticos tristes propagados

Al nacer Abdilá, de cuya madre

Los numerosos deudos, apartados

De su corte, tal vez en la montaña

En bien del hijo y para mal del padre

Acopio hacían de razón y saña.

Recordaba á Abdilá que, cuando niño,

Hermoso como un ángel, le tendía

Sus tiernos brazos, con filial cariño

Su dulce abrazo paternal pidiendo,

Y que él con esquivez le repelía

En su fatal horóscopo creyendo;

Y el niño, su esquivez no comprendiendo,

Cobrándole temor de día en día,

Concluyó por llenar su sino horrendo

Y hoy su rencor nefasto le volvía.

¿Y quién sabe si, más que de su sino,

Efecto fué del paternal encono

El odio de Boabdil al Granadino

Rey? ¿Y quién sabe si el fatal destino

Que pesa sobre el Príncipe, es acaso

No más que el odio de Muley que al trono,

Fanático ó feroz, le cierra el paso?

Aún no se le ha borrado de la mente

Á Muley el amor sincero, ardiente,

De Aixa, su legítima sultana,

Altanera como él, como él prudente,

Venerada como él entre la gente

Por su pura real sangre africana:

Y aún se le acuerda el popular disgusto

Con que vió el Moro su desdén injusto

Por ella y su pasión por la cristiana.

¿Y quién sabe si el astro que preside

Á los destinos de su raza y vierte

En ella su fatídica influencia,

Triste fanal de asolación y muerte,

De destrucción y deshonor sentencia,

Que con odios sacrílegos divide

De padres y de hijos la existencia,

No es más que la influencia derramada

Por su feroz política? ¿Quién sabe

Si este arcano de sangre y de rencores,

No tiene otro secreto ni otra llave

Que del Rey los políticos errores,

Que han dado luz ¡en hora bien menguada!

Á la estrella fatal de sus amores?

Por la primera vez lo advierte acaso

Y se espanta Muley, con ansia viendo

Imposible hacia atrás volver el paso,

Por la primera vez rugir oyendo

La tempestad del porvenir horrendo.

Acordósele el torvo y silencioso

Aspecto de la plebe, cuando entraba

Aquella misma tarde victorioso

Por las puertas de Elvira, ante la esclava

Muchedumbre de Zahara: y penetrando

Su vista el horizonte nebuloso,

Comprendió que á su vez el Africano

Rehusaba, como él supersticioso,

Besar servil su ensangrentada mano.

Comprendió que las lívidas cabezas

De Saavedra y sus nobles Zahareños,

No fueron para el pueblo de proezas

Testimonios sin par, sino visiones

Que empañaron del triunfo las grandezas:

Fueron, en fin, proféticos ensueños

Que trocaron para él los corazones.

Y al fin el Moro comprendió, con pasmo

Mortal y con hondísima congoja,

Que aquella multitud, cuyo entusiasmo

Se extinguió ante su faz de sangre roja,

Y tornó sus miradas compasiva

Á la cristiana multitud cautiva,

No vió sobre el laurel de la victoria

El reflejo del astro de la gloria,

Sino el reflejo torvo y fugitivo

De la hoja de alfanje vengativo.

Comprendió que, en su ausencia, entre la plebe

Germen de rebelión vertido había

La callada traición con soplo aleve:

Y, si hasta entonces escondido y leve,

Cuanto más encubierto más seguro,

Vió que el volcán de la discordia hervía

De su regia ciudad dentro del muro.

Por la primera vez de su existencia

Tembló mirando al tenebroso abismo

De la pasada edad: de su conciencia

El primer grito oyó, y, al fatalismo

Sometido de la árabe creencia,

Cuando á solas se vió consigo mismo,

Vió su regio poder en la agonía

Y que el rostro la suerte le volvía.

Rota la tregua con el Rey cristiano,

La plebe á la revuelta provocada,

Comprendió, aunque muy tarde, el Africano

Que estaba su política burlada,

Falseado su poder de soberano;

Y, su crueldad despótica exaltada,

Trocándose de bárbaro en villano,

Del generoso Rey soltó la espada

Y se armó del puñal del Rey tirano.

«Mueran, dijo: sería empresa vana

»Cejar un paso ya: ciña en redondo

»De mi trono los pies lago sin fondo

»De sangre mixta mora y castellana.

»Mueran cuantos me busquen enemigo

»Y que avance el pendón de los cristianos:

»Los Árabes ante él se harán hermanos

»Y á la muerte ó al triunfo irán conmigo.

»Si no quiere Granada ser vasalla

»Respetuosa, intentando á cotos fijos

»Reducir mi querer: si bien no se halla

»Con mi amor á Zoraya y á sus hijos

»Y quiere de mi ley saltar la valla,

»Bajo la cimitarra vengadora,

»Nueva estirpe real, nueva señora

»Recibirá temblando la canalla.»

Dijo, y abandonando los cojines

Enderezó sus pasos á la puerta,

Que daba del salón á los jardines

Del patio de Leones; pero yerta

Sintió al umbral la planta y erizado

El cabello el Rey moro cuando, abierta

Al tenerla, miró del otro lado

Avanzar por la estrecha galería

Horrenda aparición que hacia él venía.

Pálida, lacrimosa, descompuesta,

La vaporosa imagen de un Rey moro

Era en su forma la visión funesta.

Su sien ceñía la corona de oro

Y en sus hombros traía el regio manto:

Arrastrábale empero sin decoro

Y con sus orlas enjugaba el llanto.

Vaga aureola de azulada lumbre

Radiaban los contornos transparentes

Del fantasma real, y ayes dolientes

De mortal profundísima agonía

Mostraban la angustiosa pesadumbre

Del fatídico sér que así gemía.

Enclavados los pies al pavimento

Y sostenido en el pilar apenas,

Parado el corazón, roto el aliento,

Sintió Muley paralizar sus venas

El hielo del terror. Quiso un momento

Huir de la visión que así le espanta,

Mas sus miembros halló sin movimiento;

Quiso gritar, mas muda su garganta

No acertó á producir ni aun un lamento.

Poco á poco hacia él adelantando

Por la obscura y angosta galería,

Tristísimos suspiros exhalando,

La aparición en tanto se venía;

Paralizado en el umbral estrecho

El Moro y avanzando hacia adelante

La aparición, se hallaron un instante

El fantasma y Hasán pecho con pecho.

Soplo glacial, emanación helada

Del pecho de aquel sér, penetró agudo

En el pecho de Hasán como una espada:

Y á su impresión, que soportar no pudo,

De pavura y dolor lanzó un gemido.

Entonces, acercándose á su oído,

Dijo aquella visión desconsolada

Con tristísimo acento dolorido:

«¡Escrito estaba! La postrera hora

»Llegó para la gente desdichada

»De mi gentil ciudad habitadora.

»¡Ay de la gloria de la gente Mora!

»¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

Dijo la aparición y, suspirando,

El corredor tomó que al huerto guía,

Y el Rey hasta el balcón fuese arrastrando,

Tendiendo una mirada de agonía

Sobre el jardín.—Por él atravesando

Vió que la lenta aparición seguía:

Mas á través del murallón macizo

Sumida entre las piedras se deshizo.

El alma de Muley, amedrentada,

Abandonó un instante sus sentidos,

Derribando su cuerpo en la bordada

Alfombra del balcón: mas sus oídos

Zumbaban con la voz de la angustiada

Visión, que repetía entre gemidos:

«¡Ay de los de Nazar! ¡Ay de Granada!»

Sus densas sombras espesado había

Lenta la noche y silenciosa en tanto,

Y cobijada la ciudad yacía

Bajo los pliegues de su negro manto.

IV

Astro de bendición para el Hispano,

Una ardiente mujer nació en su suelo,

Y avivada la fe del castellano

Brotó cuando á su faz la trajo el Cielo.

El fulgor de su genio al Africano

En el alma infundió siniestro duelo,

Y de su luz el misterioso influjo

La estrella mora á obscuridad redujo.

Por siete siglos alumbrado había

La estrella del Islam la gloria mora,

Y en el zenit aún resplandecía,

De la región ibérica señora.

Desesperada ya, lucir la vía

La raza de Jesús adoradora,

Condenada creyéndose en el Cielo

Á partir con el Árabe su suelo.

Clara, constante, perceptible y bella,

Mostró el Señor al ánimo cristiano

Su refulgente y protectora estrella

Bajo la forma real de un sér humano;

Lábaro santo de victoria en ella

Recibió al recibirla el castellano,

Y, al ver la aureola que en su frente brilla,

Su estrella en Isabel miró Castilla.

Dios en la eternidad marcó su hora

De púrpura y de luz con caracteres,

Y esta estrella radió deslumbradora

Orgullo para ser de las mujeres.

De paz y de bonanza precursora,

Ajustó los opuestos pareceres

Y dió fin al rencor y enemistades

Que turbaban sus campos y ciudades.

Isabel, en cuya alma generosa

Puso Dios cuanto bien lo humano encierra,

Pura, modesta, noble y pïadosa,

Fué la Reina más grande de la tierra.

Dulce y tierna á la par que vigorosa,

Diligente en la paz, sabia en la guerra,

Dió al bueno premio, al infeliz consuelo,

Y de damas y Reinas fué modelo.

Dió su aliento rëal valor á España,

Gloria á su sexo y á su edad decoro:

Para empresa de honor, propia ó extraña,

No rehusó jamás fatiga ni oro.

Cada memoria suya es una hazaña:

Del cristiano fué prez, terror del Moro:

Dios, en fin, á su aliento soberano

Abrió no más el mundo americano.

Dios á su corazón dió una fe ardiente

Con una voluntad dominadora,

Para que en uno y otro continente

Derramara su luz consoladora;

Y la adoró la americana gente,

Y se humilló á sus pies la gente mora,

Y de ambos mares en la opuesta orilla

Clavó los estandartes de Castilla.

Tuvo en su alma varonil asiento

La virtud inflexible y verdadera:

Nueva edad comenzó su nacimiento:

Fué su genio la antorcha de otra era:

Su victorioso nombre llenó el viento:

Su gloria vivirá imperecedera:

Con orgullo español mi voz la canta,

Mi fe venera su memoria santa.

Tal fué Isabel. Su grande pensamiento

Concibiendo su espléndido destino,

Á su secreto y colosal intento

Con gran prudencia preparó el camino:

É invocando el favor del firmamento,

Con fe esperando en el favor divino,

Su escrutadora y perspicaz mirada

Tenía sin cesar fija en Granada.

Es ya la media noche: rasa y fría

La atmósfera ostentar al firmamento

Deja su manto azul, de pedrería

Salpicado, al fulgor amarillento

De la menguante luna; ya no pía

Ni susurra en el bosque ave ni viento;

Todo, desde el palacio hasta la choza,

Sueño reparador en calma goza.

Todo tranquilo yace en el recinto

De Medina del Campo, donde mora

Del Católico Rey Fernando quinto

La esposa ilustre, del país señora.

Doquier el fuego y el rumor extinto

Por la cristiana villa, que la adora,

Único de su alcázar centinela

El castellano honor su sueño vela.

No por barreadas puertas defendida,

Ni cercada de guardia numerosa,

Duerme Isabel inquieta por su vida

En torreón con barbacana y fosa;

En cámara modesta, guarnecida

De tapiz sencillísimo, reposa

Á la luz de una mustia lamparilla

La virtuosa Reina de Castilla.

Su aposento y su lecho no decora

De genovés brocado, ni de encaje

Flamenco, ni de seda crujidora

De Francia, cairelado cortinaje;

Lino salubre y lana guardadora

Del natural calor, de su mueblaje,

Su lecho y su vestido son la tela:

Nada allí el lujo mundanal revela.

Isabel, aunque hermosa y soberana

Y con glorioso porvenir nacida,

Reconoció desde su edad temprana

La vanidad de la terrena vida:

Y su sincera educación cristiana

De la era turbulenta transcurrida

En el aciago y anterior reinado

La experiencia ha después fortificado.

Y por eso no hay lujo en su aposento,

Y es común y modesto su vestido,

Y es frugal y sencillo su alimento,

Y su dispendio personal medido:

Y, el fausto de su alcázar opulento

Del orden de su casa dividido,

Es, digna al par de imitación y fama,

Reina opulenta y laboriosa dama.

Da á su suprema dignidad decoro

Con regia pompa y ostentoso porte,

Al extranjero al recibir y al Moro

En ceremonias y actos de su corte:

Vacía sin pena su rëal tesoro

En todo caso que al honor importe:

Mas desnuda en su cuarto su persona

Del pomposo esplendor de la corona.

Por eso su alma, que altivez no abriga.

Tiene franca y leal correspondencia

En la adhesión de sociedad amiga:

Dos afanes que agobian su existencia

De Reina amistad íntima mitiga:

Y tiene en los que admite á su presencia

Amigos fieles, defensores bravos,

No aduladores sórdidos y esclavos.

Del amor de sus súbditos por eso

Segura, y más segura que entre lanzas,

De sus regios deberes lleva el peso

Libre de rebeliones y asechanzas;

Y del pueblo el honor guardando ileso,

Y en su honor con inmensas esperanzas

Abrigando una fe que no vacila,

En su lecho Isabel duerme tranquila.

De un Crucifijo santo la escultura

Pende sobre la augusta cabecera

De su lecho real, donde segura

Reclina la cerviz: su cabellera

Recoge casta toca, y la blancura

De su cuello y sus brazos con severa

Honestidad envuelve en blanca bata,

Que su pudor ni aun para el Rey desata.

Su postura modesta y recogida,

La serena expresión de su semblante,

Muestran que orando se quedó dormida

Y que al remordimiento vigilante

Su corazón leal no da guarida:

De sus virtudes el vapor fragante

En torno de su lecho se respira,

Y su casta beldad respeto inspira.

¡Su aposento rëal cuán diferente.

Cuán distinto su púdico reposo

Del sueño de las reinas del Oriente,

Inquieto en camarín voluptüoso!

De torpe desnudez el aliciente

Atrae allí no más al torpe esposo,

Y sobre el cieno del placer reposa

Sólo el cariño de la infiel esposa.

Allá, en torno del áurea alcazaba,

Rugen la rebelión y el descontento,

Y asalariada muchedumbre esclava

Contiene al pueblo, de respeto exento;

Aquí, del miedo sin la odiosa traba,

Las puertas sin cerrar de su aposento,

Duerme del pueblo la Señora hermosa,

Reina querida, respetada esposa.

Allá, las salas del alcázar moro

Pueblan las inquietudes y traiciones,

La voz de la discordia, el són del lloro,

El terror y las lúgubres visiones;

Aquí, de bien y de placer tesoro,

Sólo abrigan los regios artesones

El casto amor, la plácida esperanza,

Sueños de paz y días de bonanza.

Allí, en la sombra, de la muerte huyendo,

Corre el hijo del padre fugitivo:

Allí medita parricidio horrendo

Supersticioso el Rey y vengativo.

Allí un espectro sin cesar gimiendo,

De tumba falto y al reposo esquivo,

Turba el sosiego de la real morada

Y augura el fin de la oriental Granada.

¡Cuán distinto el alcázar de Medina

En la nocturna sombra se levanta!

Vela sobre él la protección divina

Y orea su recinto un aura santa.

Aquí la paz benéfica domina,

La esperanza feliz el alma encanta,

Y de la religión bajo el imperio

Se efectúa en la noche un gran misterio.

Un ángel bello, del Señor enviado

De la Reina Isabel llegando al lecho,

Su aliento de los cielos emanado

Introduce en el fondo de su pecho:

Y con su álito puro y perfumado,

Cual del Edén con los aromas hecho,

Aleja los espíritus malignos

Y los delirios de su sueño indignos.

Es Azaël: en su rosada mano

De la alma fe la antorcha centellea:

Su vivífico soplo soberano

La faz risueña de Isabel orea:

Un canto, en cuyo són nada hay humano,

Su oído no, su corazón recrea:

Luz celestial su espíritu ilumina,

Y su alma ve la aparición divina.

De pacíficos ángeles un coro

El casto lecho de Isabel circunda:

Un suavísimo albor de grana y oro,

Como una aurora boreal, inunda

El aire: rumor plácido y sonoro

De harpas lejanas la quietud profunda

De la noche harmoniza, y la fragancia

De la mirra trasciende por la estancia.

Un misterioso encanto indefinible

Por el Palacio y la ciudad se extiende,

Cuyo mágico efecto incomprensible

De su cámara regia se desprende,

Y en sueño delicioso y apacible

Sume la población, que no comprende

La celestial incógnita influencia

Que envuelve en tal deleite su existencia.

Cuanto aliento vital goza en Medina,

Fecunda en germen y en raíz vegeta,

Esta influencia mágica y divina

Á su poder recóndito sujeta:

Y bajo este poder que la domina,

En calma universal, en paz completa,

La tierra de Isabel goza ignorante

Las dichas del Edén por un instante.

De Jehováh el espíritu en tal hora

Al alma de Isabel se comunica,

Y del Señor la fuerza triunfadora

En su valiente corazón radica.

En su pecho magnánimo atesora

Santo fuego Azäel, y centuplica

El humano vigor que en él encierra

Dios, que la trajo á dominar la tierra.

El Ángel á quien Él ha encomendado

La grande empresa que á Isabel destina,

Se la acerca, su término llegado,

Y sobre el pecho de Isabel se inclina:

Y del Señor con el poder armado,

Va de la antorcha de la fe divina

Á encerrar de su pecho en lo profundo

Chispa capaz de iluminar el mundo.

Abrió Azäel sobre el augusto lecho

Sus dos nevadas alas, abarcando

De muro á muro el camarín estrecho

Y á Isabel bajo de ellas cobijando:

Y de su antorcha, que acercó á su pecho,

Una chispa con su índice arrancando

Que, al brotar, un relámpago produjo,

En el real corazón se la introdujo.

Á su contacto abrasador sintióse

Su corazón mortal regenerado,

Y su cuerpo de barro iluminóse,

Al fuego de la fe purificado.

El sér humano de Isabel cambióse

En más sublime sér divinizado,

Y comenzó á gozar con nueva esencia

Mejor que la mortal nueva existencia.

Al soplo de Azäel, que fecundiza

En su mortal naturaleza humana

Los gérmenes celestes, la ceniza

Voló de toda inclinación liviana;

Y de materia vil y quebradiza

Exenta ya su esencia soberana,

Dijo á Isabel el Ángel, con la palma

Sobre su corazón que late en calma:

«¡En el nombre de Dios, de su fe santa

»Prenda en tu corazón esa centella!

»En su nombre inmortal la Cruz levanta,

»Y convoca á tu grey en torno de ella.

»Espanto del Islam, bajo tu planta

»La frente infame de Mahoma huella:

»Astro de los cristianos, aparece:

»Dios en tu luz sagrada resplandece.»

Al poder de este acento sobrehumano,

Levantóse Isabel transfigurada

Y al ígneo corazón llevó la mano,

Al fuego celestial no acostumbrada;

Mas de misterio tal en el arcano

Por Dios al punto penetró inspirada,

Cuando al tender en su redor los ojos

Vió á sus pies á los ángeles de hinojos.

Entonces en su mente, prevenida

Por celestial intuïción, brotaron

Los pensamientos mil que en su guarida

Hasta entonces ocultos fermentaron;

Á su vista, por Dios esclarecida,

Del porvenir las nieblas se rasgaron,

Y, al sentirse por Él predestinada

Para rendirla, dijo: «¡Ay de Granada!»

Y al salir á las auras exteriores

Las harmónicas notas de su acento,

Se transformaron en fragantes flores,

Y en mariposas áureas sin cuento,

Y en pájaros de luz de mil colores

Los átomos vivientes de su aliento:

Los genios de Azäel los recogieron

Al brotar, y en el aire se perdieron.

«Partid,» dijo Isabel, sus transparentes

Formas perderse en el azul mirando:

«Partid, y al corazón de los creyentes

»Id con los ecos de mi fe llamando:

»Mis encendidos átomos vivientes

»Por mis ciudades id desparramando:

»Id en nombre de Dios, id por Castilla

»De mi fe derramando la semilla.

»¡Espíritu de Dios! ya en mí te siento:

»Ya señalarse en el cuadrante de oro

»De la honda eternidad veo el momento

»Propicio al Español, fatal al Moro.

»Heme pronta á tu santo llamamiento:

»Obedezco tu voz, tu ley adoro.

»¿Quién me resistirá de tu fe armada?

»Yo plantaré la Cruz sobre Granada.»

Dijo Isabel. Los átomos divinos

De su aliento, por Dios purificado,

Mensajeros de su alma, peregrinos

Por la región del aire purpurado

Ya con los arreboles matutinos,

Al término que Dios les ha marcado

Partieron.—Dios, haciéndoles fecundos,

Transforma leves átomos en mundos.

V

Antes que el sol su esplendorosa hoguera,

De la luz de los astros alimento,

Mostrara en el Oriente, su carrera

Misteriosa acabando en un momento,

De Castilla hasta la última frontera

De su Señora se esparció el aliento:

Y doquier que sus átomos posaron,

Chispas de fe, las almas alumbraron.

Al influjo de este álito divino

Regeneróse la Cristiana tierra

Con nuevo sér y cambio repentino;

Los nobles turbulentos, que con guerra

Doméstica ensangrientan su destino,

Sintiendo el nuevo sér que su alma encierra,

Sintieron sus alientos belicosos

Bajo instintos brotar más generosos.

El pueblo, por sus próceres armado

En pro de asoladoras banderías,

Contempló su valor desperdiciado

En contiendas inútiles ó impías;

Y, por la nueva fe iluminado,

Pensó en borrar de tan nefastos días

Con páginas espléndidas de gloria

Del libro de los tiempos la memoria.

El soplo de los ángeles fecundo

Inoculando la feraz semilla

De la fe de Isabel en lo profundo

Del alma de los hijos de Castilla,

La progenie evocó que, un nuevo mundo

Del mar buscando en la encontrada orilla,

Iba en sus carabelas viento en popa

Las llaves de otro mundo á traer á Europa.

Un vapor luminoso, perceptible

No más á los espíritus del viento,

Á la mirada de Satán terrible,

Y á las del Hacedor del firmamento,

Alfombra en punto tal la haz apacible

Del católico reino en tal momento,

Recibiendo sus pueblos, que en paz duermen,

De la celeste inspiración el germen.

De los jefes católicos, en sueños,

El generoso corazón se agita

Á impulso de presagios halagüeños

Que el soplo en ellos de Azäel excita.

Temerarios y heroicos empeños

Ya delirando cada cual medita,

Y, á la voz de los cielos obediente,

Pronto al combate cada cual se siente.

Uno entre todos, héroe futuro

De la conquista en que la Cruz se empeña,

Con el asalto de agareno muro,

Por Azäel arrebatado, sueña,

Y el fondo ve del porvenir obscuro

Que con la fe alumbrándole le enseña.

Es Ponce de León, el caballero

Mejor, en fe, y en armas el primero.

Él, de la ira de Dios rayo inflamado,

De su divina cólera instrumento,

El primero en su mente inoculado

Percibe de Isabel el pensamiento;

Como ella, por el Ángel instigado,

Penetrar en su sér siente su aliento,

Y que en él á su soplo se levanta

De la cristiana fe la llama santa.

Del corazón le advierten los latidos

Del invisible genio la presencia,

Y el placer con que gozan sus sentidos

El soberano bien de la existencia;

Y oye en su corazón, no en sus oídos,

Una voz que relata á su conciencia

De una era de fe, de honor y gloria

La venidera y encantada historia.

El ángel Azäel, ante sus ojos

Del negro porvenir el libro abriendo,

Con sangre escrito en caracteres rojos

Del Árabe le muestra el sino horrendo.

Mensajero se ve de los enojos

De Jehováh en Granada combatiendo,

Desplegado un momento ante su vista

El cuadro colosal de la conquista.

Él, de su panorama misterioso

Reconoce los sitios y figuras,

Y ve doquiera su pendón glorioso

Tremolando el primero en las alturas;

Siempre descubre su corcel fogoso

Recorriendo triunfante las llanuras

Que abandonan ante él los Africanos

Y que tras él ocupan los Cristianos.

La fiebre de su espíritu guerrero

Á este ensueño de gloria se enardece,

Y al envidiado honor de ir el primero

En su noble ambición se desvanece:

Y soñando que blande el ancho acero,

Que tira el primer golpe le parece,

Y el rudo brazo al descargar exclama:

«En honor de mi Dios y de mi fama.»

Poniendo entonces Azäel su mano

Sobre su ardiente y generoso pecho,

Díjole, del honor y la fe arcano

Su noble corazón dejando hecho:

«El primero serás: Dios soberano

»Acuerda á tu valor ese derecho.

»Levanta el grito y el pendón de guerra:

»Tala, rayo de fe, la mora tierra.»

Dijo Azäel: y abriendo en el ambiente

Sus alas de vapor, por un momento

Dejando tras de sí fosforescente

Rastro, perdióse en el azul del viento.

Despertó el Castellano de repente

La puerta oyendo abrir de su aposento,

Y presentóse en ella á Don Rodrigo

De un cristiano adalid el rostro amigo.

Es el valiente escalador Ortega,

De la guerra avezado al ejercicio,

Donde su vida cada día juega

De escucha haciendo el peligroso oficio.

Del territorio de los Moros llega,

Y su presencia siempre algún servicio

Promete al de León, quien en campaña

Siempre de él se aconseja y acompaña.

Reconoció de Dios al mensajero

En él el pïadoso Don Rodrigo,

Y el gaje espera que le trae primero

De las promesas de Azäel consigo.

Incorporóse, pues, el caballero

Diciendo alegre:—«¿Qué me traes, amigo?

—Traigo una prenda que os dará gran fama:

Traigo una villa mora.—¿Cuál?—Alhama.»

—«¡Alhama! Es la más rica del Rey moro.

—Sí, señor: de su reino está en el centro.

—¿Dicen que en ella guarda su tesoro?

—Sí, señor: y yo de ella os pondré dentro.

—¿Sabes lo que prometes?—Nada ignoro,

Señor; mas cuando ofrezco es que me encuentro

En posición de dar. Venid conmigo,

Y sois dueño de Alhama, Don Rodrigo.»

—«Ortega, en una empresa tan osada

Es preciso que Dios guíe tu huella.»

—«La voluntad de Dios está marcada

Y nos la brinda á nuestra buena estrella.

Yo no me he contentado en mi emboscada

Con rondar por la noche en torno de ella;

Señor, yo he estado dentro de la villa:

Dios por mi mano se la da á Castilla.»

—«Yo veo la de Dios tras de tu mano.

Basta: aguarda mis órdenes afuera.»

Salió Ortega: el ilustre Castellano

Del lecho se arrojó, y, con fe sincera

Puesto de hinojos, con fervor cristiano

Dijo: «Mi fe, Dios mío, en Vos espera:

Si en Alhama, Señor, me dais entrada,

Yo llevaré la Cruz hasta Granada.»


LIBRO QUINTO

INTRODUCCIÓN

¡Escrito estaba así! Dios en su mano

Tiene los corazones de los Reyes,

Y sus profundos cálculos políticos

La voluntad de Dios acota siempre.

Esa nación, que poderosa nace

De las ruinas de aquella que perece,

Al mandato de Dios brota y se encumbra

Y en alas sólo de su aliento viene.

Los pueblos y las razas se renuevan,

Devorando el que nace al que fenece,

Como en la inundación bajo las aguas

Se renueva el país que se sumerge.

La gloria y el poder de las naciones

Nace, se eleva y cae, cual se suceden

Las semillas y frutos de la tierra,

Hijas de la estación que les da germen.

El invierno corona las montañas

Con blancas tocas de apretada nieve,

Y el aire de sus copos infecundos

La lluvia extrae para regar las mieses.

Cuna y sepulcro al par de cuanto en ella

Vegeta y se consume, nace y muere,

Fúnebre ¡adiós! ó alegre bienvenida

Da la tierra á quien parte y á quien viene;

Y lo mismo que el manto se desciñe

De vida y flores en que Abril la envuelve,

Se despoja insensible de sus pueblos,

Y sus razas olvida indiferente.

Así han nacido y perecido todos

Bajo esta ley universal, y quieren

Explicar los políticos en vano

Los misterios del tiempo y de la muerte.

Mane, Tézel, Farés, escribió el dedo

De Dios de su palacio en las paredes,

Y se hundió Baltasar y Babilonia;

Y así se hunden los pueblos y los Reyes.

En vano achaca el sabio á su política

El viento que á su ruina les impele:

Al pueblo que á su fin mísero toca,

Su propio peso hacia su fin le vence:

Y el Rey que nace de su raza el último,

Por mucho que afanoso se desvele

Por la prez y la gloria de sus pueblos,

Al fin sus pueblos y su gloria pierde.

Nínive así, Jerusalén y Roma

Fueron: y así las razas del Oriente

Que encantaron los valles de Granada

Fueron: sombra de sauce, inquieta y breve,

Aroma de jazmín que dura un día,

Humo de mirra que borró el ambiente,

Nube formada del vapor del alba

Que á los rayos del sol se desvanece.

Tal fué Granada: y al dejar sus muros,

Filósofa ó fanática su gente

«Escrito estaba así!—dijo partiendo,

¡Alahú-akbar!—¡Dios grande, Tú lo quieres!»

Y yo, que al relatar su última historia,

En empolvados libros y papeles

Roídos por el tiempo, voy sus hechos

Al olvido robando, siento á veces

Preñárseme los párpados de lágrimas,

Viendo la abnegación de aquellos seres

Que al África partieron resignados,

Más que á su patria á su crëencia fieles;

Y cuando leo los cristianos libros

Que les tratan de bárbaros y aleves,

Digo en mi corazón: «Escrito estaba:

¡Alahú-akbar! ¡Dios grande, Tú lo quieres!»

Mas volviendo á tomar mi torpe pluma

Y tornando á elevar mi canto débil,

Torno al relato de su antigua historia

Y vuelvo de Granada á los verjeles.


NARRACIÓN

I

Más allá de la selva de avellanos,

Á cuya sombra misteriosa mana

Murmuradora fuente cuya historia

Cuento parece de orientales hadas:

Más allá de los cármenes que alegran

De los cerros del sol la verde falda,

Y más allá de las rojizas lomas

Que á Darro obligan á torcer sus aguas,

Hay un tajo que forman dos colinas

Donde la arcilla estéril, de las plantas

Secando las semillas, el arraigo

De hierbas, flores y árboles rechaza.

De este tajo en la cóncava hendedura,

Del Moro y del Cristiano abandonada

Y objeto de pavor para ambos pueblos,

Hay una vieja torre solitaria.

Fábrica, según unos, de un mal Genio

Que, teniendo en las nubes su morada,

Robó audaz una Hurí del paraíso

Y al mundo la bajó sobre sus alas,

Encerrándola luego en esta torre

Que fabricó con piedras encantadas.

Obra de un parricida, según otros,

De quien no quiso Satanás el alma,

Y la enterró con el nefando cuerpo

Debajo de la arcilla emponzoñada,

Vuelta después en fuente pantanosa,

Turbia, insalubre, fétida y amarga.

Mas cualquiera que fuere el misterioso

Origen ignorado de su fábrica

Que en los siglos se pierde, es esta torre

Objeto del terror de la comarca.

Al amor de la lumbre los ancianos,

De las noches de invierno en las veladas,

Á sus vecinos y parientes, de ella

Mil leyendas quiméricas relatan.

Ni pastor llevó nunca su ganado

Por aquellos contornos, ni serrana

Por recia tempestad sobrecogida

Se abrigó de sus bóvedas rajadas;

Ni nunca las doncellas campesinas

Se casaron con hombre que pasara

En la luna anterior al matrimonio

Por bajo de esta torre condenada;

Ni cazador alguno su ballesta

Disparó sobre el ave ó la alimaña

Que se acogió á las grietas de sus muros,

Ó en su cresta posó desalmenada.

El padre al revoltoso rapazuelo

Con la torre fatídica amenaza,

Y el muchacho, medroso, se guarece

Bajo el regazo maternal y calla.

Dicen que en las tinieblas de la noche

En torno de ella apariciones vagas

Se perciben tal vez, y se iluminan

Los huecos de sus lóbregas ventanas;

Dicen que un Moro, ó alquimista ó santo,

De triste voz y venerable barba

La torre habita, y que curó con filtros

Á una pobre mujer endemoniada;

Y cuentan, aunque nadie le designa,

Que un mancebo del pueblo, que idolatra

Á una Infanta rëal, clavó una noche,

Caprichos por cumplir de la que ama,

En el viejo postigo de la torre

El velo de la hermosa con su daga:

Y la hermosa á otro día halló clavados

El velo y el puñal en su ventana.

Un mercader del Zacatín, muy rico,

Muy limosnero y de costumbres santas,

Consultó escrupuloso con un sabio

Santón el fundamento de estas fábulas,

Y el sabio Aly-Mazer, que penitente

En los montes habita una cabaña

Que nadie vió, y á quien el vulgo dice

Que cuida allí de alimentar un águila,

Su plática al oir sobre la torre

Dijo con vista torva y voz airada:

«¡Ay del que pise de su umbral la piedra

Allí afila la muerte su guadaña.»

Y esto el sabio santón diciendo á voces

Al mercader, atravesó la plaza,

Dejándole aterrado y circuído

De inmensa multitud estupefacta.

Dícese, sin embargo, aunque se dice

Entre amigos no más, y en voz muy baja,

Que algunos han llegado hasta esta torre

De consejos ó filtros en demanda,

Y que el viejo dervich que habita en ella

Satisfizo sus dudas ó sus ansias:

Y aun dicen que debajo de las piedras

De aquella torre vacilante se hallan

Camarines suntuosos, alumbrados

Con candelabros de coral y de ámbar,

Y una fuente que aduerme los sentidos

Al dulce són de sus bullentes aguas.

Dios sabe la verdad; el vulgo siempre

Da formas temerosas y fantásticas

Á lo que no comprende, y esta torre

Le es en sus sueños pesadilla ingrata.

Era la última tarde de Febrero:

Ya el crepúsculo en sombra se cerraba,

De los vientos de Marzo comenzando

Á zumbar en los árboles las ráfagas.

Ya recogido el labrador su yunta

Cansado había y el pastor sus cabras,

Y el humo de las chozas y alquerías

Á su frugal banquete le llamaba.

Se hundían en sus cuevas los reptiles

Y acudían las aves á las ramas,

Llamando á la vecina primavera

Que más de lo que anhelan se retarda.

La tierra, en fin, en brazos de la noche,

Yerta, en silencio y soledad quedaba,

Y al lejos la ciudad se distinguía

Sólo ya por la luz de sus ventanas.

Era una noche fría y tenebrosa:

Crecía el viento y, de la luna falta,

La bóveda del cielo parecía

Con fúnebres crespones enlutada.

Era una de esas noches en las cuales

La voz del miedo al corazón nos habla y

Y de infantil superstición al soplo

Quimeras mil en nuestra mente se alzan.

Noche agradable para oir historias

Junto á la lumbre del hogar contadas,

Ó para hacer castillos en el aire

Bajo el triple doblez de espesa manta.

Mas no siempre á su antojo goza el hombre

Plácida ocupación, cómoda estancia,

Y alguno hay siempre que afanoso vela

Mientras el mundo universal descansa.

He aquí por qué del arcilloso tajo

Donde la antigua torre está fundada,

Á pesar de la noche pavorosa,

La soledad un hombre atravesaba.

No se alcanzaba á ver en las tinieblas

Ni aun el contorno de su forma humana;

Mas se oía su aliento fatigoso

Y el compás desigual de sus pisadas.

Sonoro el rosetón de sus espuelas

Tal vez por caballero le acusaba,

Y por hombre de guerra el són metálico

Con que bajo el caftán crujen sus armas.

Llegó á la cima del repecho, donde

La puerta da del torreón: ahogada

Tos de cansancio le saltó del pecho,

Mas sofocó su ruido en la garganta.

Breve silencio luego, hondo, absoluto,

Indicó que dudoso vacilaba,

Y que tal vez en el momento crítico

Le abandonaba el corazón su audacia

Con larga aspiración tomar aliento

Oyósele después, y de la daga

Con el pomo dos golpes dió en la puerta,

Secos, iguales, firmes: no temblaba.

El corazón que daba á aquella mano

Tan sereno vigor latía en calma,

Y el hombre que llamaba á aquella torre

Resuelto en ella á penetrar llegaba.

Si á su secreto huésped conocía,

Su relación con él era harto franca;

Si la creía habitación de espíritus,

Con temeraria fe les provocaba.

El doble són de su doblado golpe

Los ecos de la torre abandonada

Cóncavos repitieron, hasta ahogarles

En la desierta cavidad lejana,

Y un momento después otra voz ronca

Tras de la puerta preguntó:—«¿Quién llama?»

—«Un hombre solo», respondió el de fuera.

EL DE DENTRO

¿Qué quiere?

EL DE FUERA

Quiere hacer una demanda

Al espíritu sabio que aquí mora.

EL DE DENTRO

¿Su ciencia sin saber de quién dimana?

EL DE FUERA

Del cielo ó del infierno: importa poco:

Con que me sepa responder me basta.

EL DE DENTRO

¿Resuelto traes el corazón?

EL DE FUERA

Á todo.

EL DE DENTRO

¿Tienes bien la pregunta meditada?

FUERA

Sí.

DENTRO

¿Sabes que la ciencia nunca miente,

Y que desnuda la verdad espanta?

FUERA

Favorable ó fatal, saberla quiero;

Pon precio á tu respuesta, pero dámela.

DENTRO

La ciencia no se vende: y quien el cáliz

Osa apurar de la verdad amarga,

En el veneno que al saberla bebe

La compra por su mal bastante cara.

Entra.—Abrióse la puerta: pasó el hombre,

Y fué todo silencio, sombra, nada.

En medio de un morisco gabinete

Que, á juzgar por su bóveda cerrada,

Pertenece sin duda á alguna obra

Desconocida, oculta y subterránea,

Al suave resplandor con que la alumbran

De pulido alabastro cinco lámparas,

Hay una fuentecilla que se vierte

De mármol transparente en una taza.

El desborde del líquido impidiendo,

Un sumidero que su fondo orada

Le conserva en nivel constante siempre,

La que sume igualando á la que mana.

Su ancho tazón que sobresale apenas

Del pavimento, á la arabesca usanza,

Cercado está de blandos almohadones

Y tupidas alfombras toledanas;

Mas parece que sólo se destinan

Por el rico señor de aquella estancia

Á que gocen sus huéspedes la vista

Y el grato són de la corriente mansa:

Y la luz de las lámparas, que recta

En su cristal á reflejarse baja,

Para alumbrar también parece sólo

La transparente linfa preparada.

Radia empero esta luz por todas partes

En rededor de la ostentosa cámara

Sobre mil preciosísimos objetos,

Que la opulencia del señor delatan.

Ricos jarrones del Japón que ostentan

Índicas flores que en su seno arraigan,

Plumas costosas de chinesco origen,

Y talismanes y amuletos y armas

Por su rara virtud ó precio enorme

De enriquecer capaces á un Monarca,

Decoran el fantástico aposento

Que aroma un ancho perfumero de ámbar:

Exquisitos damascos, cairelados

Con anchos flecos y tejidas randas,

Cubren los muros, cuyo friso adornan

Minuciosas labores africanas;

Y del techo estaláctico, de cedro

y olorosas maderas cinceladas,

Los huecos casetones laberínticos

Miniaturas espléndidas esmaltan.

El murmullo continuo de la fuente,

La suave luz en ella reflejada

Y el aroma oriental del perfumero

Que harmoniza, ilumina y embalsama

El aire de este asilo misterioso,

Embebecen el ánimo y embargan

Los sentidos, y el alma á las delicias

De beáticos éxtasis preparan.

Al respirar su atmósfera vivífica

La cavidad del pecho se dilata

Con placer inefable: y, cual si en ella

Un bálsamo vital se inoculara,

Corre la sangre renovada, al cuerpo

Comunicando ligereza extraña,

Como si el soplo de benigno genio

Su peso terrenal aligerara.

Este deleite, empero, inexplicable,

Este placer magnético que embriaga

El ánimo y el cuerpo en este sitio,

Tanta delicia infunde, que aletarga.

Aura parece del Edén, divina

Fruición de la gloria que, arrastrada

Á la tierra de impuro sortilegio

Por la virtud, deleita pero daña.

Mansión es ésta singular: acaso

En ella con sacrílega amalgama

El ambiente vital del paraíso

Y el aliento satánico se hermanan.

Mansión que está sujeta á algún encanto,

Ó por algún espíritu habitada,

Ó por un sabio mago está dispuesta

Para abusar de la razón humana.

Fantástica mansión, cuyo recinto

Se encierra oculto en la maciza fábrica

De los hondos cimientos que mantienen

La torre secular que al vulgo espanta.

II

Como visión que se aparece muda

Á la voz del conjuro que la evoca,

Como la mancha que proyecta móvil

La nube que ante el sol cruza la atmósfera,

Así apartando la crujiente seda

Que el subterráneo camarín decora,

En su oriental recinto penetraron

En sombrío silencio dos personas;

Hombres las dos: el uno, revestido

De luengas, anchas y talares ropas,

Bajo el morisco capuchón plegado

La edad oculta y el semblante emboza;

Debajo el otro de caftán turquesco

Rica armadura y cimitarra corva

Deja admirar: mas el cerrado almete

Su faz resguarda de atención curiosa.

Ser el primero en su ademán revela

De esta mansión el dueño: indagadora

Inquietud, mas no miedo, del segundo

Muestra la continencia cautelosa.

Busca el primero entre los mil objetos

Que allí se ven, de aplicación incógnita,

Algo que necesita, y el segundo

Sagaz espía sus acciones todas.

Un talismán y un libro, cuyos usos

Sólo tal vez su posesor no ignora,

Tomó por fin el sabio y puso el libro

En un atril de laboreada concha.

Era el libro un volumen con respeto

Guardado en un cajón de palo-rosa,

Y el talismán representaba un áspid,

El cuerpo de oro y de coral la cola.

De un candelero de oro salomónico

Encendió luego la bujía roja

El silencioso encapuchado, y dijo

Volviéndose al guerrero:—«Ya está pronta

El ara de la ciencia y arde en ella

La luz de la verdad. Ese áspid toma,

Pregúntale; divide de ese libro

Las páginas con él y, sobre la hoja

Que abras, lee la respuesta á tu pregunta,

Y..... espera todavía, si te importa

Tu secreto guardar, que por tu lengua

Hable tu alma: la palabra sobra.»

Obedeció en silencio el caballero:

Y dejando en un mueble sus manoplas,

Con la desnuda mano asiendo el áspid

Se aprestó á la tremenda ceremonia.

Hizo en secreto su demanda, y luego,

Metiendo el talismán entre las hojas

Del libro, en el atril por ambos lados

Caer partidas al azar dejólas.

Á través de las barras del almete

Tendió á lo escrito la mirada ansiosa:

Leyó, y el estertor que hinchó su pecho

Mostró de su alma la mortal congoja;

Mas hombre á dominar acostumbrado

Sin duda al corazón, una tras otra

Leyó todas las líneas de la página,

Su acíbar apurando gota á gota.

Acabó de leer y cabizbajo

Permaneció un momento: escrutadora

Entretanto del sabio la mirada

Sobre él en vano pertinaz se posa;

Porque el tejido espeso de las barras

De la celada penetrar le estorba

Hasta su rostro que, indiscreto acaso,

Revelara su idea más recóndita.

Alzó al fin el armado la cabeza,

Con un suspiro desechando la honda

Fatídica impresión del sortilegio,

Rompiéndose el silencio en esta forma:

EL SABIO

¿Has concluído?

EL CABALLERO

Sí.

EL SABIO

¿Que trae el libro?

EL CABALLERO

Una encantada y peregrina historia.

EL SABIO

La tuya.

EL CABALLERO

Puede de ser: pero la escrita

Tiene cierto sabor á fabulosa.

EL SABIO

En vano quieres con fingida calma

Ocultar á mis ojos tu zozobra;

Yo sé que la verdad de tus palabras

Está en tu corazón, y no en tu boca.

Yo sé que espanta el porvenir: que acíbar

Guarda no más de la verdad la copa,

Y que, por más sereno que la apures,

Te fermenta en el alma su ponzoña.

EL CABALLERO

Un alma varonil, con su destino

Lucha: una fe tenaz todo lo arrostra.

EL SABIO

La fe de quien á oráculos acude,

Sólo es superstición que la fe ahoga.

Voy la historia á lëer con que ese libro

Respondió á tu demanda; y si aún dudosa

Tu alma desea explicación más clara,

Pídela y la tendrás, palpable y pronta.

Dijo: y fijando su mirada el sabio

Sobre el libro fatal, con pavorosa

Voz empezó á lëer, el caballero

Prestando á su pesar atención honda:

«Un celestial espíritu encantado

»Tiene al Rey Alhamar: su augusta sombra

»Sobre los leves rayos de la luna

»Baja á la Alhambra en las nocturnas horas.

»Mudo, invisible, su fantasma regio

»Se mostrará una vez y una vez sola

»Hablará: mas ¡ay! ¡triste del que entonces

»Vea su faz y sus palabras oiga!

»Él será engendrador del Rey postrero

»Que en la Alhambra rëal ciña corona:

»Y ¡ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!

»Con ese Rey fenecerá su gloria.»

Leyó el sabio: y, quitándose del libro,

Dirigió así la voz conminadora

Al caballero, que encerrado le oye

Mudo é inmoble en su armadura cóncava:

—«¡Ay de los de Nazar! ¡ay de Granada!

»Su Rey ha visto la tremenda sombra;

»Y ¡ay de ti, Rey Hasán! ¡ay de tu sangre,

»De raza tan fatal engendradora!»

Á estas palabras, el sombrío armado

Dando un paso hacia el sabio, con voz ronca

Pero resuelta, dijo, levantando

La celada que el rostro le encapota:

—«Yo soy Muley-Hasán: tú lo dijiste:

»Yo he visto esa fantasma aterradora,

»Cuya verdad de confirmarme acaba

»La virtud de tu ciencia misteriosa.

»Yo soy Hasán; pero desde este punto,

»Para que tal cual soy me reconozcas;

»Oye á tu vez la predicción que te hago

»En cambio de tu oráculo y tu historia.

»Yo soy el Rey Hasán; pero primero

»Que mi raza consume tal deshonra,

»Todos mis hijos, todos, uno á uno,

»Ahogará sin piedad mi mano propia.

»Ya lo sabes: adiós; y abre, pues creo

»Que el aire de este cuarto me sofoca.»

Dijo Muley-Hasán, y la salida

Buscó bajo el tapiz, ebrio de cólera:

Mas tomándole el sabio por la mano,

Le detuvo diciendo: Rey, tú ignoras

Lo que el cielo te guarda, y es preciso

Desvanecer tus esperanzas locas,

Tu hijo Abú-Abdil.....

MULEY-HASÁN (interrumpiéndole.)

Preso en la Alhambra

Yace, y cadáver le hallará la aurora.

EL SABIO

Te engañas: en Guadix contra su padre

Junta sus partidarios á estas horas.

MULEY-HASÁN

¡Mientes!

EL SABIO

¡Mísero Rey! tú ignoras sólo

La desventura inmensa que te agobia:

Mas yo te haré agotar hasta las heces

De la horrenda verdad la amarga copa.

MULEY-HASÁN

Déjame: basta ya: sé lo bastante;

Y siento que mi mente se trastorna,

Y de alegría imbécil ó satánica

Mi inmenso mal el corazón me colma.

¡Déjame!

EL SABIO

No, Muley: esa alegría

Insensata la bebes en la atmósfera;

Desde que en este camarín entraste,

En ti de un filtro la influencia obra:

Y esa febril exaltación que sientes

Ya á llevarte, en las alas vagarosas

De una ilusión quimérica, á unos sitios

Cuyos sucesos conocer te importa.

—Déjame, exclamó Hasán como luchando

Con alguna impresión vertiginosa.

—Obedece, mortal, exclamó el sabio

Con elevada voz dominadora.

Magnetizado Hasán desde este punto,

Obedeció á su voz como un autómata:

—«Siéntate,» dijo, y se sentó: «contempla

El agua de esa fuente.» Y en sus ondas

Fijó la vista fascinada.—Entonces,

Cerrando el caño por do el agua brota

Y el sumidero que la taza orada,

Posarse el sabio encantador dejóla.

Deshízose en el mármol el postrero

Círculo que formó su última gota,

Y quedó el haz del agua tersa, inmóvil,

Reflejando en su fondo de la bóveda

Las múltiples labores que, alumbradas

Por las lámparas, fingen con sus combas,

Ángulos, radios, casetones y arcos,

Grupos de casas, árboles y rocas.

Sentóse el sabio junto al Rey, y asiendo

Su yerta mano y de su oído próxima

La boca colocando,—«duerme, díjole,

«Duerme Muley, á tu pesar, reposa:

»Mas recibe los sueños que te envío

»Y dales un asilo en tu memoria,

»Para que cuando vuelvas de tu sueño

»Recuerdes sus visiones vaporosas.

»Sueña, feroz Muley, y mis palabras

»De ensueños vagos en quimeras torna:

»Sueña que ves debajo de esa fuente

»Lo que en tu sueño de mis labios oigas.»

Y aquí el encantador encapuchado

Comenzó á relatar con voz monótona

Una historia, confusa como un sueño,

En que un millar de imágenes se agolpa:

Vaga, como unos versos sin cadencia,

Que parece tal vez que nunca logran

En su harmonía dar con un sonido

Que con otro sonido corresponda;

Historia, en fin, cuyo relato hecho

En la inflexión y guturales notas

De árabe dialecto, semejaba

Al susurro del agua y de las hojas.

III

—«Mira, escucha y comprende lo que pasa

En torno tuyo ¡oh Rey!—¿Ves esas sombras

Que como en alas de los vientos cruzan

Esos llanos y montes con que sueñas,

De esa obscura ciudad saliendo todas?

Los corredores son, que el Rey cristiano

Envía á sus alcaides fronterizos.

Esa ciudad de donde parten, cuyo

Mudo recinto en las tinieblas yace

Al parecer pacífico y tranquilo,

Es Medina del Campo. Desde aquellas

Torres los Reyes de Castilla miran

Hacia Granada, el pensamiento fijo

En su desolación y la memoria

En el fatal horóscopo, que anuncia

Á Abú-Abdil como el postrer monarca

Que reinará en la Alhambra; sus jinetes

Por eso envían en secreto, y sólo

Caminando de noche, á sus mejores

Adalides. ¿Y sabes el mensaje

Que les llevan, Muley? Que pues rompiste

Las treguas tú, cayendo sobre Zahara,

Den por abierto el campo de la guerra

Y metan por tus tierras sus pendones,

Talando sin piedad y destruyendo

Mieses, viñedos, torres y ciudades.

Vuelve ahora la vista hacia este lado:

¿Ves ese cerro sobre el cual blanquean

Las almenadas torres y los muros

De una morisca villa? Son las torres

Y las murallas de Guadix. ¿Ves ese

Pendón que en ellas vagarosa agita

El aura de la noche? No es ya el tuyo:

Es el de Abú-Abdil. ¿Ves esos hombres

Que, envueltos en sus blancos alquiceles

Y jaiques africanos, uno á uno

Entran en la segura fortaleza

Do se hospeda tu alcaide? Todos esos

Son los parciales de Abdilá, que acuden

Á ofrecerle su brazo y sus tesoros

Contra su mismo padre: y son los mismos

Que tus inicuas leyes desterraron

De Granada; los hijos y los nietos

De aquella ilustre raza degollada

Por el infame padre del que ahora

Es tu primer Wazir, tu consejero,

Del tirano tal vez que por ti reina:

De Abú'l-Kasín Ben-Egas, hijo digno

Del renegado vil á quien llamaron

Moros y Castellanos con desprecio

El Tornadizo: y todos alimentan

Sed de venganza contra él, y el odio

Hierve en su corazón contra la impura

Cristiana á quien adoras, y detestan

Toda la estirpe vil de renegados

Que te cerca, Muley, y al pueblo impulsan

Hacia la rebelión, que ya fermenta

Hasta en tu misma corte, y cuyo fuego

Puede atajar tal vez Dios solamente,

¡Alahú-akbar! así está escrito. Vuelve

La vista hacia ese valle: es el de Dona.

¿Ves esa multitud de gente armada

Que por él atraviesa? Son Cristianos

Que á Alhama van. Á Alhama, donde tienes

Tus más ricos tesoros: donde acuden

Con tus anuales rentas tus alcaides:

Donde almacenas los inmensos víveres

Á tus tropas fronteras necesarios.

Á Alhama van: la llave de Granada,

Como los Granadinos la apellidan:

Á Alhama van. Repara cómo trepan

Por los peñascos en que está fundada,

Como astutos reptiles, los Cristianos

Escaladores; mira cómo llegan

De los muros al pie sin ser sentidos:

Mira cómo aproximan las escalas:

Mira cómo en silencio en las almenas

Aseguran las manos, cómo tienden

Los cautelosos ojos al recinto

Del muro y del adarve abandonados:

Mira cómo el primero salta dentro

Y sesenta tras él. Ese maldito

Es Ortega del Prado, ese famoso

Escalador cuyas sorpresas tienen

En vela eterna á los Alcaides todos

De tus castillos fronterizos. Mira

Cómo asesina al centinela y corre

Á sorprender la guardia de las puertas:

Mira cómo un enjambre de Cristianos

Por las murallas entra. ¡Ay de tu Alhama!

¡Ay de los que no ven que están cercados

De lobos Nazarenos! Mira, mira.

Aquel jinete, que á su frente viene

Á emboscarse traidor junto al postigo,

Es Ponce de León, Marqués de Cádiz,

Maldecido de Aláh y azote nuestro.

Aquel otro de arnés empavonado,

Es el rico Asistente de Sevilla

Diego de Merlo: aquel que con el hacha

El barreado rastrillo hace pedazos

Con fuerzas de Titán, es Juan de Robles,

Alcaide de Jerez, que mató un toro

Dándole en el testuz un puñetazo.

Y no creas que es gente allegadiza,

Poco diestra en la lid y mal armada;

No, Muley, son guerreros avezados

Á pelear: ilustres por sus hechos

Y por su sangre generosa: todo

Cuanto encierra mejor Andalucía

De Castellanos capitanes. Mira:

¿Ves aquel joven cuyo bozo apenas

Sobre su labio superior apunta?

Bien puedes con el alba que esclarece

Divisarle, jinete en un morcillo

Que piafa de impaciencia: ese es un hijo

De aquel Conde de Cabra cuyo brazo

Teme no más Aly-Athár de Loja;

Es su hijo Don Martín, prez de la raza

De Fernández de Córdova. Aquel otro

Que monta un potro negro y que tremola

Un pendoncillo cárdeno en la lanza,

Don Pedro Enríquez es, Adelantado

Mayor de Andalucía. Toda entera

La tienes ya sobre tu reino: toda

Tiene la voz de alarma y se dispone

Para vengar á Zahara. ¡Ay de tu Alhama,

Que tienen ya por suya! ¡Oh! mira, mira:

Aquel que gana el caracol estrecho

Del torreón y baja á dar entrada

Á los que aguardan del postigo fuera,

Es el Comendador Martín Galindo,

Que ha jurado inmolar treinta Muslimes

Á la implacable sombra de un hermano

Muerto á sus pies por el Zegrí de Vélez.

Mira cómo ayudado de Estremera

Su escudero, y de Pedro de Valdivia,

Alcaide de Archidona, desatranca

Los pesados barrotes de la puerta

Y sube las cadenas del rastrillo.

Ya logró levantarle: ya una hoja

Franqueó del postigo: apresurados

Mira cómo por él se lanzan todos

Sedientos de oro y sangre ¡Aláh clemente,

Compadece á los Árabes! Escucha.

¿No oyes el repentino clamoreo

Que ensordece la villa? ¡Desdichada!

Su gente anoche se acostó tranquila,

Y en brazos de la muerte se despierta.

Mira aquel que en la torre de homenaje

De la alta ciudadela ha enarbolado

La bandera cristiana; oye cuál grita,

Agitando frenético los brazos,

¡Alhama por Castilla!... ya la tienen.

Mas no: mira los tuyos cómo acuden

Á la pelea: todavía es suya

La villa, y el castillo solamente

De los Cristianos es. ¡Aláh bendito!

Mira cómo coronan las murallas,

Una nube de flechas arrojando

Sobre los siervos de Jesús. ¡Cuál caen

Entre los muros de ambos fuertes! Cejan,

Se encierran otra vez en el castillo

La tierra con su sangre enrojeciendo.

¡Ah, leales Muslimes, degollados

Primeros que rendidos! Viejos, niños,

Mujeres, cuantos ciñen el turbante

Africano, pelean por su patria.

Mira, van á intentar una salida:

Ya están acorralados los Cristianos

En el castillo, y á su vez ahora

Van á ser los sitiados. No hay tronera,

Ni lucerna, ni almena, ni resquicio

Por donde asome un ojo castellano,

Que cubierto de dardos no se vea

En el instante mismo. Ya los tuyos

Comienzan á salir: mas ¡Cielo santo!

En tumulto, sin orden y sin jefe,

Como muchachos de una escuela salen.

¡Oh! van á ser pasados á cuchillo

Si los Cristianos dan en ellos. ¡Pronto

Desdichados! ¡atrás! ¡atrás! Es tarde.

Un lienzo de muralla derribando

Los Cristianos se lanzan de repente

Sobre su ciega multitud, y en ellos

Corno en ganados en redil se ceban.

Huyen: la puerta los de dentro quieren

Cerrar: mas se aproximan unos y otros

En confuso tropel: todo es en vano:

Todos al par se precipitan dentro.

Oye cómo á la avara soldadesca

Autorizan los jefes al saqueo,

Para animar sus bárbaros instintos.

¡Ira de Dios! La muerte por las calles,

Por las plazas, las casas y mezquitas,

Corre hambrienta de víctimas humanas

Y se harta de cadáveres. En vano

Unos pocos valientes, prefiriendo

La muerte al cautiverio, se resisten

Como leones del desierto. En vano

En tu regio mirab encastillándose,

Ante el ara sagrada del Profeta

Forman una muralla con sus pechos.

Un impío Cristiano, una embreada

Tea aplicando á la dorada puerta,

Sopla la llama arrodillado, en tanto

Que otros con sus escudos le protegen

De los árabes tiros. Ya la llama

Prendió en la puerta cincelada: el humo

En espirales pardas culebrea

Por cima de los cascos: ya las chispas

Saltan á impulso del seguro soplo

De la adarga de cuero con que aventan

El incendio naciente, y ya rechina

La primorosa ensambladura hendiéndose.

Mira cómo abrasada se desploma

La mezquita y sepulta á los Muslimes:

Mira cómo el incendio se propaga

Por sus bazares y almacenes: mira

Las lagunas de sangre, en cuyo fondo

La voz de todo un pueblo degollado

Al justiciero Aláh contra ti clama:

Mira cómo el incendio, porque veas

Mejor, extiende en derredor su llama

Encendiendo á tu honor mortuorias teas:

Mira la cruz sobre el peñón de Alhama!....

Desventurado Rey, ¡maldito seas!....»

Dijo y calló la voz del nigromante;

De la frase final lúgubre el eco

En pavoroso són zumbó un instante

Bajo morisco artesonado hueco.

Un momento después la luz brillante

Se extinguió de las lámparas: un paso

Lento, más firme gravitó en la alfombra:

Sintióse en los tapices un escaso

Rumor.... y todo fué silencio y sombra.

IV

Despuntaba la luz de la mañana:

El sol, detrás aún del horizonte,

Tendía ya su resplandor de grana

Como un inmenso chal de monte en monte.

Alfombraba la escarcha las laderas

De los valles de Darro, y argentinas

Del árbol desprendíanse ligeras

Las perlas del rocío, á las primeras

Ráfagas de las auras matutinas.

Diáfana en fin la atmósfera, sereno

El cielo y quieto el aire, se anunciaba

Un día claro y de alegría lleno

Que al perezoso mundo despertaba.

En la loma del cerro abandonado,

Donde se eleva el torreón obscuro

Que al vulgo atemoriza, un hombre armado

Yacía al pie de solitario muro,

De espaldas en sus piedras apoyado.

Verde caftán de damasquina tela,

Cuyo valor y forma la elevada

Clase y poder del portador revela,

Cubría su armadura cincelada,

El calado antifaz de su celada

No permitiendo ver si duerme ó vela.

Allá en el valle y á la torre vuelto

De espalda, un negro y colosal Nubiano

Dormía echado en su alquicel envuelto,

Á precaución habiéndose revuelto

Las bridas de dos yeguas á la mano.

La hermosa raza del desierto en ellas

Se dejaba admirar, y en sus mantillas

De seda tunecí, y en las hebillas

De plata de su arnés, bien claras huellas

Se veían del lujo de su dueño,

Cuya venida retardaba acaso

Dulce el placer, ó descuidado el sueño.

El sol, apareciendo de repente

Tras de las cumbres de la helada sierra,

Derramó su esplendor sobre la tierra,

Y un rayo de su luz hirió el luciente

Casco de la armadura en que se encierra

El hombre que en la torre al pie del muro

Yace, su oculta faz dando al Oriente.

Su calor ó su luz, si es que dormía,

Le desvelaron: si aguardaba su hora,

Le avisaron puntuales que era día.

Entonces el armado, la pereza

Ó el sueño desechando, en torno suyo

Revolvió lentamente la cabeza:

Dió tensión á su cuerpo entumecido,

Y con señales claras de sorpresa

Reconoció el lugar: mas de la torre

Viéndose á los umbrales, como herido

De repentina idea, ó tal vez presa

De una locura, alzóse, y una gruesa

Piedra cogiendo entre sus brazos, corre,

Y con cuanto vigor halló en su pecho

Lanzándola en impulso bien medido

Contra el postigo de madera estrecho,

Le descuajó del quicio carcomido.

Cayó dentro la hoja levantando

Una nube de polvo, revocada

Por su hueco en espesa bocanada:

Al temeroso ruido, despertando

El negro que esperaba en la alhameda,

Volvióse con pavor: mas no vió nada

En medio de la densa polvareda.

Inmóvil el Nubiano contemplaba

Desvanecerse el polvo que impelido

Por el aura corría, y esperaba

Sin duda hallar detrás de su cortina

Aquel maldito torreón hundido

Y abrasada ó desierta la colina,

Cuando á manera de marmóreo busto

Que, abandonando su sepulcro, asoma

Del panteón á la puerta, vió con susto

Bajar hacia él por la empinada loma

Una radiante y colosal figura,

Tras sí dejando el torreón vetusto

Del cual la vió salir con gran pavura.

Ya para huir despavorido acaso

Las manos á la crin y el pie al estribo

Iba á llevar, cuando atajó su paso

La voz de su señor (cuya armadura

Brillaba al Sol con resplandor tan vivo

Que deslumbraba), y dándole el nativo

Nombre gritóle:—«¡Zil, pronto, á caballo!»

Y montando de un salto, á toda brida

Lanzó su yegua. Zil, como él activo,

Sacó en escape volador tendida

La suya de él en pos, y esclavo y dueño

Se hundieron de su rápida corrida

Entre el polvo, cual sombras de un ensueño.

V

Media hora después caía muerta

De fatiga á los pies de su jinete

La yegua del fiel Zil, ante la puerta

De la Alhambra: tras él Muley llegando,

Á contener la suya no bastando

Desenfrenada y en carrera abierta,

Con ella por el pórtico se mete.

Sujetaron á un tiempo veinte manos

Al fogoso animal: á tierra echóse

El fatigado Amir, y en medio hallóse

De su guardia de negros africanos.

Como una torva y rencorosa hiena

Que olfatea con ansia en el desierto,

Buscando el tronco del viajero muerto

Que enterró el salteador bajo la arena:

Tal el fiero Muley el zurdo paso

Enderezó á la torre de Comares,

Con el designio de manchar acaso

Con un nefando crimen sus hogares.

En su rostro, de cólera amarillo,

La decisión horrenda se leía

En su sangriento corazón forjada,

Y el infernal placer de su alma impía

En sus trémulos labios y en el brillo

Siniestro de su lúgubre mirada.

Los negros su furor adivinando

En su ademán y rostro descompuesto,

Paso le abrieron con temor callando:

Él, en vez de palabras, empleando

Un imperioso irresistible gesto,

Abrir mandó la cámara africana

Que sirve de prisión á la Sultana.

En sepulcral silencio, más terrible

Que la voz más furiosa, entró en la estancia,

De Comares Muley: con impasible,

Desdeñosa y sultánica arrogancia,

Serena faz y fulgurantes ojos,

Á Aixa halló que acercarse le veía

En pie y desafiando sus enojos,

Silenciosa como él, como él sombría.

Como audaz cazador que, asegurado

De la muerta leona, hallar espera

Sus cachorros sin riesgo, y confiado

Avanza hasta la oculta madriguera:

Mas en su boca lóbrega, imprudente

Los cachorros dormidos reclamando

Escarba, y con terror ve de repente,

Su ondulante espiral desarrollando,

Salir con un silbido una serpiente:

Tal se encontró Muley bajo la altiva

É imperiosa mirada de la Mora,

Á quien débil juzgó como cautiva

É insolente encontró como señora.

Miráronse un momento frente á frente

Aixa y Muley-Hasán: mas no hay quien pueda

La mirada arrostrar resplandeciente

De esta mujer, cuyo ánimo valiente

Tanta virtud como valor hospeda.

Con los brazos cruzados sobre el pecho

Preguntó al Rey impávida:—«¿Qué quieres?»

—«Tu hijo,» exclamó Muley.—«¡Qué imbécil eres!»

Repuso con desprecio la Sultana,

Dominando á Muley á su despecho.

«¿Cuándo has supuesto que albergado viva

»En el pecho viril de una Africana

»El villano temor de una cautiva,

»Ni el corazón servil de una Cristiana?

»Tú te olvidas que Dios Reina me ha hecho.

»¿Mi hijo á pedirme vienes? ¡Insensato!

»Libre partió: mas si seguir su huella

»Deseas, de ocultártela no trato.

»Corre á tu villa de Guadix, y en ella,

»De Dios y de tus pueblos con la ayuda,

»Alzado Rey le encontrarás sin duda.»

—«¡En Guadix!—dijo el Rey,—¡no lo he soñado!»

Y, de pavor mortal sobrecogido,

Ante la Mora en pie quedó aterrado,

Mudo é inmóvil, cual del rayo herido.

Ella le contempló por un instante

Sin comprender lo que por él pasaba:

Mas suponiendo que algo meditaba

Contra el fugado Príncipe, arrogante

Díjole, de él poniéndose delante:

«La bestia más feroz, jamás se encona

»Con sus hijos cual tú. ¿Qué esperar debo

»Del tigre que á sus hijos no perdona?

»Ya á todo yo por Abdilá me atrevo:

»Tigre, te encontrarás con la leona.

»De hoy, pues, no lograrás, feroz tirano,

»Ni tocar al menor de sus cabellos

»Sin que, cual tú feroz, mi regia mano

»Meta un puñal entre tu mano y ellos.»

Dijo, y una insolente carcajada

Soltó, la espalda con desdén volviendo:

No la volvió Muley ni una mirada

Ni la escuchó tal vez, sólo atendiendo

Á la duda fatal en que vacila:

Y la Sultana, hallándola entreabierta,

Con noble majestad pasó la puerta

Y á su cámara real fuese tranquila.

Vióla Muley el patio de la alberca

Cruzar, volviendo en sí: mas no dió un paso

Contra ella, ni el gesto más escaso

Hizo, aunque la guardia el patio cerca.

En silencio, los brazos sobre el pecho

Cruzados é inclinada la cabeza,

Á solas con su mal ó su despecho,

Presa permaneció por largo trecho

De ruin superstición ú honda tristeza.

Mas notando el Monarca de repente

Que sus guardias le estaban contemplando,

Miró á su dignidad, irguió la frente,

Y, cobrando su indómita fiereza,

Al patio se lanzó, donde llegando

Tendió la vista en derredor, ansioso

De encontrar una víctima á su saña.

En pie, junto á un pilar del peristilo,

Vió un hombre cuya cara le era extraña,

Pálido, ensangrentado, silencioso,

Y de torvo ademán, pero tranquilo.

Sonrió al divisarle, satisfecho

De hallar en quien la cólera del pecho

Descargar, y con calma aterradora

Fuese Muley á él. De pie derecho,

Contemplándole audaz, con ojo fijo,

El hombre le aguardó, y hasta él llegando

El iracundo Rey así le dijo:

—«¿Quién eres?»—«Nadie ya,» repuso el hombre.

De la ira Muley sintió la llama

Subirle al rostro, y de furor temblando:

«¿Tu raza, dijo, tu país, tu nombre?»

Y con acento de tristeza lleno

Al Rey el hombre contestó sereno:

«No tiene nombre ya, país no tiene,

»Ni familia ni tribu le reclama

»Por suyo aquel que, su país dejando

»Esclavo, huyendo de su patria viene

»Á contar el baldón con que se infama.

»Mi pueblo yace, Amir, muerto ó cautivo;

»Y él solo ves en mí que escapó vivo

»De la tremenda asolación de Alhama.»

Palideció el Monarca de pavura

Á esta nueva fatal: su mensajero

Sonrió con sardónica amargura

Así siguiendo:—«Amir, mi alma está pura

»De traición: combatí junto al primero:

»Mas cuando todo se perdió, mi escaso

»Aliento aproveché con la esperanza

»De poder, á tus pies llegando acaso,

«Pedirte, no favor, sino venganza;

»Pero no para mí: yo no la quiero:

»Sin honra y sin hogar morir prefiero.

»Alhama se perdió por tu abandono

»Y clamó contra ti su pueblo entero:

»Mas yo soy un creyente verdadero

»Y, en ti mirando á Aláh sobre tu trono

»En nombre de mi raza te perdono.»

Dijo el lëal; y con sublime calma

En su pecho la daga sepultando,

Expiró, buen Muslim, encomendando

Su venganza á su Rey, á Dios su alma.

La guardia de los negros, torva y muda,

Ante el cuerpo del último Alhameño

Lloró tal vez su bárbaro heroísmo:

Sólo insensible y enarcado el ceño

Permaneció Muley con faz sañuda,

Víctima de un segundo parasismo

De su pavor recóndito sin duda.

Reinó un punto el silencio más solemne:

Luego, hablando Muley consigo mismo,

Dijo:—«Sí, la verdad está perenne:

»La aparición..... Alhama..... ¡todo es cierto¡

»¡Y él libre ya!—¡Confúndale el abismo!

«¡Más valiera al nacer haberle muerto!»

Y aquí el Rey, humillando la cabeza,

Prosiguió con hondísima tristeza:

«¿Conque el cielo y la tierra se han unido

»En contra mía por tan varios modos?»

Mas irguiéndola al punto con fiereza,

Dijo:—«Mas no dirán que me he rendido:

»Mientras vive Muley, aún no han vencido:

»Todos, pues, contra mí, yo contra todos.»

Y volviendo la espalda, á pasos lentos

Volvió Muley de su oriental palacio

Á entrar en los dorados aposentos

Donde Zil le siguió tras breve espacio.

VI

«¡Ay de mi Alhama!» en su palacio dijo

Muley, que aun suya en su dolor la llama:

Y el eco triste, de sus techos hijo,

Suspiró: «¡Alhama!»

Desde las torres del gentil palacio

Bajó en las brisas, y de rama en rama

Corrió los huertos y gimió el espacio:

«¡Ay de mi Alhama!»

Llegó hasta el vulgo la terrible nueva.

¿Quién pára el vuelo de la errante fama?

Su voz diciendo en la ciudad se eleva:

«¡Ay de mi Alhama!»

La turba ociosa, de pavor transida,

La aciaga nueva por doquier derrama:

Doquier repiten por donde es oída:

«¡Ay de mi Alhama!»

El ruin villano y el audaz guerrero,

El noble altivo y la orgullosa dama

Dicen, llorando con el pueblo entero:

«¡Ay de mi Alhama!»

Y el pueblo entero del palacio augusto

Corre á las puertas, y furioso clama

Con voz que impone á sus vivientes susto:

«¡Ay de mi Alhama!»

La guardia negra que á Muley defiende

«¡Atrás!» las picas enristrando exclama:

Se irrita el pueblo, y el clamor se extiende:

«¡Ay de mi Alhama!»

Las regias salas el motín conturba

Que en torno de ellas cual tormenta brama.

Y al grito tiemblan de la airada turba:

«¡Ay de mi Alhama!»

Muley no duerme: cinco mil guerreros

En quienes arde del honor la llama,

De sus legiones manda delanteros

Ir sobre Alhama.

Y al caer la noche, jineteando al frente

De hueste inmensa que la lid reclama,

Partió gritando con su armada gente:

«¡Venganza á Alhama!»

«¡Venganza á Alhama!» Repitió la plebe

Que al Rey valiente y vengador aclama:

«¡Aláh, le dijo, la victoria lleve

Contigo á Alhama

Mas ¿quién penetra en el destino obscuro

De su ancho velo por la espesa trama?

Voz misteriosa suspiró en el muro:

«¡Ay de mi Alhama!»

Eco siniestro, que la fe desmiente

De los Muslimes y á su Rey infama,

Toda la noche repitió doliente:

«¡Ay de mi Alhama!»

¡Tal vez las almas de los muertos, cuyos

Miembros sin tumba el agua desparrama

De los nublados, piden á los suyos

Tierra en Alhama!


LIBRO SEXTO

LAS TORRES DE LA ALHAMBRA

Más allá de la torre de Comares,

De la Alhambra rëal siguiendo el muro,

Recuerdo de los blancos alminares

De Damasco y esbelto cual seguro,

Dominando alamedas seculares

De frescas sombras y de ambiente puro,

Se alza un torreoncillo de arabesco

Estilo, aéreo, blanco y pintoresco.

Su cabeza gentil no se levanta

Coronada de sólidas almenas,

Ni su robusta construcción espanta

Con aspilleras de espingardas llenas.

Defiéndenle no más soledad santa

Y quietud misteriosa, y bien ajenas

De apariencia marcial, siempre cerradas

Sus celosías con primor caladas.

Tal vez despide al despuntar el día

En espirales mil humo de aromas

Cual pebete oriental su celosía:

Tal vez los ecos de las verdes lomas

Despierta por la noche la harmonía

De los cantos que exhala, y las palomas

Y aves, á quienes place su murmullo,

La aduermen con sus trinos y su arrullo.

Es esta torrecilla solitaria

Un sagrado alminar, y su clausura

Destinada no más á la plegaria

De la mañana, goza el aura pura

Del valle y la extensión y vista varia

De la vega feraz desde su altura.

Es el mirab del Rey do sólo él ora,

Y tal vez la mujer que le enamora.

Hoy, con escarnio de la Fe, le habita,

Transformando en harén de sus amores

El alminar de la oración bendita

Y en camarín de sueños tentadores,

Zoraya, la insolente favorita:

Destinando sus áureos miradores

De su ocioso mirar para recreo,

Para atalaya de su vil deseo.

Alcánzase desde ellos la sombría

Torre que guarda á la rival Sultana,

Y ella afanosa sin cesar espía

Desde allí la prisión de la Africana.

Por eso ocupa el mirador que impía

Con su presencia criminal profana:

Mas Dios á su rival tendió la mano

Y ya, libre Boabdil, la espía en vano.

Sobre campo y ciudad el delicioso

Mirab descuella como erguida palma;

Y es en verdad lugar maravilloso

Para elevar al Criador el alma,

Ya del alba temprana en el reposo,

Ya de la noche en la apacible calma:

Y el Moro y el Judío y el Cristiano

Ten desde allí del Criador la mano.

¡Quién no te cree, Señor, quién no te adora

Cuando, á la luz del sol en que amaneces,

Ve esta rica ciudad de raza mora

Salir de entre los lóbregos dobleces

De la nocturna sombra, y á la aurora

Abriendo sus moriscos ajimeces

Ostentar á tus pies lozana y pura,

Perfumada y radiante su hermosura!

Yo te adoro, Señor, cuando la admiro

Dormida en el tapiz de su ancha vega;

Yo te adoro, Señor, cuando respiro

Su aura salubre que entre flores juega:

Yo te adoro, Señor, desde el retiro

De esta torre oriental que el Dauro riega;

Y aquí tu omnipotencia revelada,

Yo te adoro, Señor, sobre Granada.

¡Bendita sea la potente mano

Que llenó sus colinas de verdura,

De agua los valles, de arboleda el llano,

De amantes ruiseñores la espesura,

De campesino aroma el aire sano,

De nieve su alta sierra, de frescura

Sus noches pardas, de placer sus días

Y todo su recinto de harmonías!

Yo te conozco ¡oh Dios! en los rumores

Que á este árabe balcón me trae el viento

Perfumado entre pámpanos y flores,

Y harmonizado con el grato acento

De las aves de Abril. Tantos primores

Producto son de tu divino aliento;

Porque á tu aliento creador se aliña

Con sus mejores galas la campiña.

Tú soplas ¡oh Señor! desde la altura

Y saltan los collados de alegría,

Y se cubre de flores la llanura,

Y se llenan los bosques de harmonía,

Y se aduermen las aguas en la hondura,

Y sin nublados resplandece el día:

Que en tus ojos la vida reverbera

Y es tu aliento, Señor, la primavera.

Y no hay región recóndita en el mundo

En donde más tu majestad se ostente,

Donde sea tu aliento mas fecundo,

Ni la tierra en tu prez mas diligente.

Señor, tú estás aquí; tú en lo profundo

Brillas aquí del corazón creyente;

Tú estas aquí; tu trono y tu morada,

Tras este cielo azul, sobre Granada.

Dame ¡oh Señor! de querubín aliento,

Porque pueda esta vida transitoria

Emplear en cantar con digno acento

En medio de este edén tu inmensa gloria:

Y al lanzar desde aquí mi voz al viento

Dando á Granada su oriental historia,

Purifique, Señor, mi arpa cristiana

El impúdico harén de una Sultana.

NARRACIÓN

I

Iba á dejar en brazos de las sombras

Á la tierra el crepúsculo: la vega,

El monte y la ciudad entre sus turbios

Vapores comenzaban á sumirse,

Y el ocaso, alumbrado todavía

Con desgarradas ráfagas de fuego,

Ultima luz que el sol reverberaba,

Teñía los collados con purpúreos

Resplandores de incendio. Á la cabeza

De su hueste Muley había apenas

Traspasado las puertas de Granada

Con dirección á Alhama, y en las torres,

En las murallas y altas azoteas,

Para verle salir, la muchedumbre

Se aglomeraba silenciosa y triste.

Sus alas ¡ay! sobre la gente mora

El genio del dolor tendido había;

Fatal presentimiento de amargura

Sus corazones lúgubre llenaba,

Y miraban tal vez indiferentes

De sus hermanos el socorro. Apenas

Algunos grupos de la plebe sórdida

Que al camino salieron vitoreaban

Pagados á Muley: ardid inútil

De política torpe que aumentaba

El desprecio del pueblo entristecido.

El rumor de los gritos desacordes

Confuso con las ráfagas llegaba

Hasta el alto mirab, en donde inquieta

Le escuchaba Zoraya tras las árabes

Labores de su espesa celosía.

Fijos los ojos, la mirada torva,

Presa de aquel fatal presentimiento

Que acaso con su atmósfera pesaba

Sobre la mora gente, la lectura

De su alméh favorita oía, empero

Sin escucharla. Á veces el oído

Hacia el rumor de la ciudad tendía,

Y la alméh se paraba, y en silencio

Quedaba el aposento hasta que vuelta

La favorita en sí decía «sigue»:

Mas desechados iban diez volúmenes

De distraer su espíritu incapaces.

Los peregrinos viajes y aventuras,

Los inspirados y divinos libros

Del Korán, las leyendas orientales

De los poetas de Damasco y Córdoba,

Desarrugar su ceño no podían

Ni atraer su atención; guerras, encantos,

Sueños, amores, himnos de alabanza

Á su propia hermosura dirigidos,

Pasaban por su oído resbalando

Como agua por encima de las rocas:

Y sin embargo, sus lecturas eran

En los célebres libros escogidas

De los más sabios escritores, siendo

Leídas con las gratas inflexiones

De una voz melodiosa, amaestrada

En el arte divino de la música,

Y en la recitación que alas de fuego

Presta á la encantadora poesía.

Á la luz de una lámpara de plata

Colocada en un trípode de concha,

La alméh, tomando el séptimo volumen,

Comenzaba á leer los puros versos

De Abú-Taleb-Abdel-Gebar, de Júcar,

Que cantó las victorias y virtudes

De los almorávides:—«Pasa, dijo

La impaciente Zoraya interrumpiéndola;

Otra leyenda busca;» y fué pasando

La alméh las hojas de su libro, en ellas

Sin posar su mirada la Zoraya

Diciendo distraída:—«¿Quién prosigue?

—Abí-Aly-Anás.—Pasa. ¿Quién otro?

—El faquí Zacaría.—¿De qué trata?

—Da consuelos al rey en la amargura

De sus pesares.—¿Cuáles eran?—Creo

Que él solo se salvó de una batalla.

—Lee: tal vez consolar logre los míos.

—Mas no me escuchas ¡oh Sultana!—Esclava,

Lee y obedece.» Prosiguió leyendo

La reprendida alméh y á su profunda

É inquieta distracción volvió Zoraya.

La deliciosa voz de la lectora

Resonaba en el cóncavo recinto

Del camarín, como el rumor continuo

De un arroyo que corre bajo el césped

Quebrando entre los guijos sus cristales:

Los harmoniosos versos del poeta

Árabe, recitados en su lengua

Riquísima, en los tonos é inflexiones

Dulces sin par del andaluz dialecto,

Resonaban en él inútilmente,

Y en su vacío espacio se perdían

Como el canto de un pájaro extraviado

En el llano infecundo del desierto.

Zoraya no escuchaba tiempo hacía

De la alméh la lectura: á los cristales

Del calado ajimez pegado el rostro,

Penetrar del crepúsculo anhelaba

La obscuridad creciente: pero en vano.

La ciudad se sumía en las tinieblas,

Y el rumor que llegaba hasta su oído

Era tan sordo, tan confuso y vago,

Que era imposible comprender su origen.

La humana voz asemejaba á veces

Ronco, amenazador, cual si en tumulto

Se agitara la plebe descontenta;

Otras, el triste é íntimo lamento

En que prorrumpe á un tiempo la familia

Que en derredor del padre moribundo

Su último aliento aguarda, y al lanzarle

En llanto universal rompe afligida.

Otras, gemido largo y misterioso,

Como si algún espíritu que, errante

Huyendo por la atmósfera, espantado

En sus vacíos senos le lanzara:

Mas siempre, siempre al comprender la Mora

Del rumor el origen verdadero,

Le encontraba con rabia producido

Por alguna bandada de palomas,

Ó por el són del aire en la arboleda,

Ó por la voz de algún pastor tardío

Que guiaba en los cerros su rebaño.

Y volvía á tenderse despechada

En los cojines blandos, y volvía

Á mandar continuar una lectura

Que no escuchaba, mas que el tiempo largo

De su impaciencia entretenía.—«Sigue,»

Decía á la lectora: mas un libro

Y otro libro hojeado uno por uno

Inútilmente había, y con tristeza

En silencio la alméh la contemplaba.

—«Sigue,» dijo con ímpetu la altiva

Favorita: y la alméh, postrada en tierra,

Dijo:—«Imposible continuar, Sultana.

—¿Por qué?—Porque tus libros uno á uno

Has ido desechando, y en sus hojas

No hay ya más que leer.—Busca otros nuevos.

—No poseemos más.—Pues toma un arpa

Y cántame..... distráeme..... entretenme.....

Si no, ¿de qué me sirves? ¿Qué te valen

Los talentos que encomian los imbéciles

Que te enviaron á mí?» La desdichada

Alméh, sus gracias y talento viendo

Denostados así, dobló la frente

Sobre su pecho, y abrasado llanto

Comenzó á derramar. Zoraya un punto

Permaneció en silencio contemplándola:

Empero en la impaciencia que la agita,

En la rabia tal vez que la devora

El vengativo corazón, ajena

Á toda compasión, díjola:—«Vete:

Para nada me sirves. Dí al primero

Que halles en esa cámara que venga

Á divertirme: un guardia, algún esclavo

Cuya cabeza al menos me responda

De su talento, si le falta. Vete.»

Salió la alméh: volvió á la celosía

Zoraya. Era ya noche: por doquiera

Extendida la sombra encapotaba

La tierra. Alguna luz pálida y trémula

Brillaba en los postigos entreabiertos

De las casas fronteras á la Alhambra,

Del ajeriz en el tranquilo barrio.

Más allá, por las calles angulosas

Del Albaycín, se oía sordamente

La voz de sus inquietos moradores

Elevarse en murmullo misterioso,

Como si sus vecinos, sus moradas

Dejando, por las calles reunidos

Con tumultuosa plática turbasen

La solitaria calma de la noche.

Zoraya en vano sondear quisiera

Lo que en el Albaycín pasa á estas horas.

Es el barrio que habitan los parciales

De Aixa y de su hijo, y en la torre

De Comares están de él fronteriza.

¿Quién sabe si el rumor que en su absoluta

Obscuridad del Albaycín se alza

Será efecto ó señal de inteligencia

Entre el barrio y la torre? ¡Oh! Tarda mucho

El Wazir en volver. ¿Si por desdicha

La partida del Rey infunde aliento

Á los conspiradores, y en las calles,

Tomadas ya, al Wazir han sorprendido?

Todo lo teme ya la favorita:

Pero todo lo ignora abandonada

En el mirab donde impaciente espera:

Y he aquí que, al volverse, de la entrada

Bajo el dintel y del tapiz delante

Ve un esclavo que aguarda silencioso.

ZORAYA

¿Qué quieres?

EL ESCLAVO

¡Oh Sultana! á ti me envía

La alméh que acaba de partir llorando

Despedida por ti.

ZORAYA

¿De dónde vienes?

ESCLAVO

De la ciudad.

ZORAYA

¿De la ciudad? ¿qué pasa

Allí?

ESCLAVO

Ya nada: de los muros lejos

Va ya Muley: el pueblo se retira

Después de haberle visto.

ZORAYA

¿Á despedirle

Mucha gente acudió?

ESCLAVO

Salió, Sultana,

Toda cuanta hay en la ciudad.

ZORAYA

¿Y viste

Á los del Albaycín?

ESCLAVO

Todos estaban

De la puerta Monaita en las alturas

Como bandada de águilas.

ZORAYA

¿Inquietos

Se mostraban sus grupos?

ESCLAVO

Al contrario:

Al Rey desde los altos despedían

Diciéndole: ¡buen viaje! y saludábanle

Con las manos de lejos.

ZORAYA

¿Y en qué sitio

Viste al Wazir?

ESCLAVO

Tras de las huestes queda

Hablando con el Rey.

ZORAYA

¿Tú estabas próximo

Á ellos?

ESCLAVO

Sí: mas en torno defendidos

Por centinelas platicaban ambos

En calma.

ZORAYA

Ea, pues, mientras espero

La vuelta del Wazir, ve cómo puedes

Distraer mi impaciencia; me fastidio.

¿Qué harás para alegrar á tu señora?

ESCLAVO

Manda, y veré si obedecerte puedo.

ZORAYA

¡Si puedes!

ESCLAVO

Sí, Sultana, soy Cristiano:

Me cautivaron en Jerez los Moros,

Y conservo mi fe. Si contra ella

Me mandaras obrar, perdona, pero

No te obedecería. Dios es antes

Para mí que la vida.—La Zoraya

Le oía de hito en hito contemplándole,

Y recordando que en sus venas corre

Sangre cristiana, chispeante y roja,

Con ardiente rubor la faz sentía:

Su niñez con vergüenza recordaba

Tímida ante el esclavo la señora:

Pronto, empero, repuesta y su sonrisa

Habitual en sus labios ver dejando,

Más terrible mil veces que su ceño,

Díjole:—«Eres cristiano..... enhorabuena.

Veamos lo que saben los cristianos

Para abreviar el tiempo á sus señores

Cuando pesa sobre ellos el fastidio,

Ó esperan, y esperar les importuna.

Dime: ¿En qué te ocupabas en tu patria?

—Era paje de un noble caballero

De Calatrava.—¿Cuál era tu oficio

Con él?—Le preparaba sus arneses,

Salía detrás de él á la campaña,

Me batía á su lado. Si vencíamos,

Dábamos gracias al Señor á un tiempo;

Si nos vencían y salía herido,

Le curaba, velándole constante

Junto á su lecho: y en salud completa

Ó en grave enfermedad, todas las noches

Devotas oraciones le leía,

Ó leyendas sagradas de la Biblia

Le recitaba. Así creí, Sultana,

Mi existencia pasar en su servicio

Mientras durara su existencia, y luego,

Admitido en la Orden, como noble

Pelear y morir en la defensa

De mi fe; Dios, empero, de otro modo

Lo dispuso, Sultana. Un día aciago,

Caminando la vuelta de Antequera,

Dió en nosotros un árabe algarada.

Viajábamos diez y ocho caballeros

Con otros tantos pajes, y los Moros

Eran un escuadrón; nos aprestamos

Á combatir: cayeron uno á uno

Los más valientes, mi señor entre ellos.

Yo, con intento de salvar su cuerpo

Ó perecer sobre él, lidié con ira,

Y Dios me castigó: caí cautivo,

Y pasto de los cuervos fué el cadáver

Del último Solís, hijo de Martos;

Su familia y la gloria de su casa

Acabaron en él. Tal es mi historia,

Sultana. Tuyo soy, manda á tu esclavo.»

La favorita de Muley sus ojos

Encendidos de cólera fijaba

Sobre los ojos del cautivo, en vano

De sus palabras la intención oculta

Profundizar queriendo. Ella, cristiana

Y de la raza de Solís nacida,

Era el último sér que se animaba

Con sangre de Solís. Aquel esclavo,

Servidor de su casa en otro tiempo,

La vió niña tal vez en el castillo

De la encomienda de su padre; ahora,

En Granada cautivo, ¿conocía

De su señor á la hija renegada?

Su presencia en la Alhambra, ¿era un agüero

Favorable ó funesto? ¿Era un amigo

Que velaba por ella? ¿Era un espía

Que traidor la acechaba? Los recuerdos

De su infancia dichosa y sus dormidos

Remordimientos, á la par alzándose

Como horribles espectros á su vista,

La helaron de terror. La sombra airada

De su ultrajado padre parecía

Que tras aquel cristiano á levantarse

Iba, y en el pavor supersticioso

De su alma criminal y en la nerviosa

Exaltación del miedo, sus miradas

Fijó en la puerta de la estancia. Ante ella,

Pálido como el mármol que sostiene

Su cincelada bóveda, sombrío

Cual fantasma del féretro evocado,

El viejo Aly-Mazer la contemplaba

En lúgubre silencio. Sus pupilas

Radiaban con fulgor siniestro y trémulo,

Y los hilos brillantes de sus rayos,

Como los de la baba poderosa

De la culebra, al estrellarse ardientes

En las pupilas de Zoraya, á ellas

Se adherían tenaces, é invisible

Extendiendo una red en torno suyo,

En sus mágicos nudos la envolvía,

Y el vigor de su sér paralizaba,

Aunque en su helado cuerpo arder sentía

La inquieta sangre como hirviente lava.

Subyugada, incapaz de movimiento,

Víctima de poder incomprensible,

Vió Zoraya cruzando el aposento

Llegar á Aly-Mazer con paso lento,

Su mágica influencia indefinible

Dominando su sér, y en su semblante

Su fulgente mirar teniendo fijo,

Con desdeñosa voz así la dijo:

—«¿Te fastidias, Sultana? ¿Te impacientas?

¿De tu infeliz alméh con las historias

Vacías de interés no te contentas?

¿Por qué no lees las íntimas memorias

Que en el fondo de tu ánima aposentas?

¿Por qué en vez de leyendas ilusorias

No lees sobre tu faz tu historia horrenda?

¿Crees que no hay interés en su leyenda?

Iguales son los fallos soberanos

Para todos: delira y entretente

Tu porvenir meciendo en sueños vanos:

Mas escrito tu horóscopo en tu frente

Llevas: sobre las rayas de tus manos

Tus ojos pon y le verás patente.

Naciste y morirás entre cristianos:

Y, más fatal que el de Abdilá, tu sino

La obscuridad te anuncia solamente;

Su estrella real apagará tu estrella:

Su destino anonada tu destino;

Extranjera á Granada, no hay en ella

Para tu raza impura

Ni trono, ni mansión, ni sepultura.

Esclava sin pudor, tu cuello doma

Al yugo de tu dueño; renegada

Sin fe y sin patria, el fugitivo aroma

De tu poder pasó: sobre Granada

De otro poder real el alba asoma;

Tú no posees sobre su tierra nada:

La estrella de Bu-Abdil, contraria tuya,

Es fuerza que al brillar tu luz destruya.»

Dijo el severo Aly, y con el cristiano

Partió, y á la Sultana fascinada

Un escrito al partir dejó en la mano.

II

Su vida y su vigor recobró al punto

Libre de Aly-Mazer ya la presencia,

Y al misterioso escrito echó Zoraya

Una mirada de pavura llena.

Criada desde niña entre los Árabes,

De la superstición de su creencia

Es víctima su espíritu, y con miedo

De él contempló las misteriosas letras.

El escrito es su horóscopo: los datos

De la consultación que le encabeza,

De su país, su raza y nacimiento

Son los nombres exactos y las fechas.

Un confuso dibujo cabalístico

Marca la conjunción de los planetas

Que, desde el punto en que nació, su vida

Dominan con su mágica influencia;

Y bajo el doble nombre entrelazado

Que entre Cristianos y Árabes conserva,

Explicando sus cálculos y signos

Se leía en arábigo esta letra:

«Cinco años será Cristiana,

Veinticinco será Mora,

Diez esclava y diez Sultana:

Mas su estrella protectora

Va á apagar antes de un hora

Otra estrella soberana.—

Ni Española ni Africana,

Ni de raza engendradora,

Morirá en tierra cristiana

Ni cautiva ni señora;

Odiada como tirana,

Oculta como traidora.»

Fijos aún los espantados ojos

En el fatal pronóstico, y apenas

Con tiempo de ocultarle, en la otra cámara

Oyó los pasos del Wazir Ben-Egas.

Dominó su emoción, dió á su semblante

Su expresión ordinaria, y de la puerta

Al dintel el Wazir apareciendo,

Diálogo se entabló de esta manera:

ZORAYA

¡Por Aláh, que impaciente te aguardaba!

EL WAZIR

Detúvome Muley más que quisiera

Mi impaciencia también.

ZORAYA

¿Partió?

EL WAZIR

Va lejos,

Sultana.

ZORAYA

¿Y la ciudad?

EL WAZIR

Tranquila queda.

ZORAYA

Del callado Albaycín la misteriosa

Obscuridad algún secreto encierra.

EL WAZIR

El que todos los barrios: por Alhama

Lloran con profundísima tristeza,

Y la ciudad por la perdida villa

Yace de luto universal cubierta.

ZORAYA

¿Y la Sultana? ¿Y Abdilá? ¿Qué órdenes

Con respecto á los dos Muley te deja?

EL WAZIR

¡El infierno sin duda les protege!

ZORAYA

Acaba de una vez: habla.

EL WAZIR

Funestas

Nuevas de ellos te traigo. El Rey no quiso

Que por su propia boca lo supieras.

Abdilá, descolgado por su madre,

Por un balcón huyó.

ZORAYA

¡Maldita sea

Mi confianza en ti! Siempre he temido

Que te burlara su infernal destreza.

Pero explícame en fin.....

EL WAZIR

Es imposible:

Todo se ignora aún.

ZORAYA

Pero ¿y la fuerza

De tu ley? ¿No eres tú juez de la Alhambra?

EL WAZIR

Muley prohibe que se emplee en ella

Mi autoridad, y manda que en su alcázar

No obedecida pero libre sea.

ZORAYA

¿Aixa libre en la Alhambra?

EL WAZIR

Sí.

ZORAYA

¿Acotada

Tu autoridad?

EL WAZIR

Prohibe que la ejerza

Contra ella.

ZORAYA

Wazir, te estás mofando.

EL WAZIR

No lo permita Aláh. Del Rey la letra

Conoces: lee sus órdenes escritas

Por él: esta es su ley mientras su ausencia:

«Sin potestad, mas libre, viva Aixa

Mi esposa, Abú-l'Kasín: la más pequeña

Ofensa ó vejación que sufrir la hagas,

La consideraré contra mí hecha.

La razón yo la sé: de la Sultana

Me respondes, Wazir, con la cabeza.»

ZORAYA

¡Oh! la mía se pierde en tal misterio.

EL WAZIR

Pero tal vez la mía le penetra.

He interrogado á Zil, á los esclavos

Que le sirvieron, á su guardia negra,

Y á la torre maldita sé que ha ido,

Que en Comares furioso entró á su vuelta,

Que estuvo allí con la Sultana á solas,

Que ella salió después altiva y fiera,

Y que Muley, sombrío y aterrado,

Libre la dejó ir, cielos y tierra

Diciendo que contra él se conjuraban,

De una impresión supersticiosa presa.

Pues bien, Zoraya, en esa torre creo

Que encontraré la explicación entera

De su superstición y de sus órdenes

Incomprensibles de hoy.

ZORAYA

Bien dices: vuela,

Wazir Abú-l'Kasín, vuela á esa torre,

Demuele sus murallas, y sus piedras

Registra una por una, y aprisiona

Sin piedad, interroga y atormenta

Al sér aciago que en la torre encuentres,

Hasta que des con la verdad.

EL WAZIR

Modera

Tu cólera, Sultana: todavía

Algo que hacer en la ciudad me resta.

En sus barrios acaso entre las sombras

Ya criminal conspiración fermenta,

Y es mi primer obligación á salvo

Ponerte á ti de su furor. Te esperan

Al postigo del Agua tus esclavos

Y una guardia leal que te defienda.

Vas á habitar los Alijares: este,

Más que regio palacio, es fortaleza,

Y en ausencia del Rey todo lo temo

De la Sultana audaz.

ZORAYA

Me desesperas,

Abú-l'Kasín con tu prudencia imbécil.

Cuando torne Muley, que la baile muerta,

Y nos dará las gracias.

EL WAZIR

Tú deliras,

Zoraya: eso sería en ancha hoguera

Tornar el fuego que debajo duerme

De la ceniza aún: mientras alienta

El Príncipe Abdilá, siempre los suyos

Tienen un capitán y una bandera:

Y en tanto que la madre está segura,

Rehén tenemos para el hijo en ella.

Vamos, y fía en mí; partamos antes

Que la luna en los cielos aparezca,

Porque importa que nadie se aperciba

De que el palacio de la Alhambra dejas

La Zoraya, cediendo á las razones

Del prudente Wazir, aunque la pesa,

Dejó el mirab y, en el espeso velo

Embozada la faz, siguió sus huellas.

De la torre del Agua en el postigo

Una escolta leal halló dispuesta,

Y al fuerte de los regios Alixares

La condujo el Wazir en las tinieblas.

Mas en el punto de partir, del muro

Donde la torre apoya á las almenas.

Una mujer que se asomó espiaba

La ruta por do van. Era la Reina.

III

Sobre el muro que el recinto

De la Alhambra real circunda,

Si en fortaleza segunda

Primera en esplendidez,

Hay una torre morisca

Frontera al Generalife,

Que sobre angosto arrecife

Abre un dorado ajimez.

Este arrecife tortuoso,

Que extiende sus líneas combas

Entre yedras y gayombas,

Madreselvas y jazmín,

Solitario, áspero, umbrío,

Parece el lecho de un río

Que dividió en otro tiempo

El alcázar del jardín.

Fresco, umbroso en el verano,

Abrigado en el invierno,

Gozando el verdor eterno

De la yedra y el laurel,

Es este oculto arrecife,

Lleno de sombra y misterio,

Huella oriental del imperio

De la raza de Ismael.

Á un lado, Generalife

De sus floridos verjeles

Le entolda con los laureles,

Le impregna de aromas mil;

Al otro, la Alhambra espléndida

Le fía por sus ventanas

De cautivas y sultanas

Toda su historia gentil.

De una parte le armonizan,

Por el lado de las flores,

Los canoros ruiseñores

Que anidan en el verjel:

De otra, por el del alcázar,

Opuesto al de los jardines,

Las zambras y los festines

Que se celebran en él.

Por un lado le engalana

La rica naturaleza,

Por otro le dan grandeza

Las cien torres de Alhamar;

Por allí muestra patente

Dios su creadora mano,

Por aquí del soberano

Se hace el poder acatar.

Tal vez en noche de estío,

Al són de un arpa morisca,

Desde el muro una odalisca

Entona amante canción,

Y algún colorín celoso,

Desde la verde floresta,

Con trino amante contesta

Del arpa amorosa al són.

En la ciudad empezando

Y abriendo paso á la sierra,

¿Quién sabe cuántos encierra

Secretos de honra y amor

Este encantado camino,

Bajo flores encubierto

Y sobre peñas abierto

De un palacio en derredor?

¡Cuánta hermosa enamorada

Intentó el arduo descenso

Del vacío espacio extenso

Que hay desde él á su balcón!

¡Y cuánto noble Africano

Cayó en su arenosa loma,

Muerto por oculta mano

Y por oculta razón!

No hay un pie de este camino

Que una tradición no hechice,

Que un nombre no poetice,

Ó dé un recuerdo valor.

La torre allí de los Picos

Se eleva, cuyos cimientos

Defienden encantamientos

De un sabio conjurador.

Allá la de la Cautiva,

Donde entre són de cadenas

Viene á lamentar sus penas

El alma de una mujer:

Allá la puerta de Hierro,

Por do su vida salvaron

Los Reyes á quien lanzaron

Sus vasallos del poder.

Y allí, en fin, el pie cercado

De adelfa y silvestres plantas,

La torre de las Infantas

Se alza con regia altivez,

Abriendo en su grueso muro,

Frontero á Generalife,

Encima del arrecife

Un misterioso ajimez.

Una graciosa ventana

De arabescos y labores

Orlada, cuyos colores

Minió maestro pincel:

Una ventana morisca

Que, en dibujos de oro envuelto,

Parte un pilarcillo esbelto

De mármol de Macaël:

Un mirador delicioso,

Cuyo arco filigranado

Está en redor festonado

Con leyendas del Korán;

Cuyos dos graciosos huecos

Ornados de medallones,

Hojas, nichos y agallones,

Contento á los ojos dan.

Mas ¿quién mora en esa torre

Donde jamás se percibe

Ni el rostro de quien la vive,

Ni ruido de humana voz?

Jamás de aquella ventana

Se abre al sol la celosía,

Ni de un cantar la armonía

Da nunca al aura veloz.

Muestra, empero, que se habita

Allá en las nocturnas horas

La luz de las tembladoras

Lámparas de su interior,

Que á pesar de su cerrada

Celosía y su vidriera

De colores, lanza fuera

Su trémulo resplandor.

Y á veces apunta el alba

Ya, y tras esta celosía

Se percibe todavía

De la lámpara el fulgor,

Y una sombra que va y viene

Por dentro del aposento,

Da ó quita á cada momento

Luz ó sombra al mirador.

Su movimiento incesante,

Sus paradas repentinas,

Recogiendo las cortinas

Para ver ó para oir,

Demuestran que el desvelado

De aquel ajimez espera

Algo que dél por afuera

Debe sin duda venir.

Mas pasa una noche y otra,

Y la luz del sol se traga

Su luz, y con ella apaga

El que allí esperando está

Su esperanza, hasta otra noche

Que vuelve á arder la bujía,

Y él vuelve á la celosía

Y tras ella viene y va.

Es alta noche: en el sueño

Yace el mundo sumergido:

El aire se ha recogido

Bajo del césped feraz:

Tiéndense inmobles las ramas

De los troncos, no se mueve

Ni la ráfaga más leve,

Ni el murmullo más fugaz.

¡Silencio!—He aquí que, en medio

Del universal reposo,

El mirador misterioso

Se abre por primera vez.

La celosía dorada

Se levanta: la cortina

Se descorre, y se ilumina

Por adentro el ajimez.

Y al pilar que en dos divide

El arco de su ventana

Llega una figura humana

Lentamente: una mujer,

Sultana, esclava, cautiva,

Joven, ó hermosa..... ¿qué ojos

Á altura tan excesiva

La podrán reconocer?

Apartó de ante su rostro

Su blanco y flotante velo:

Una mirada del cielo

Por la cavidad tendió,

Y, vuelta hacia el Occidente

Do ya tocando la luna

Está, en la lengua moruna

Y con voz triste exclamó:

«¡Un día más!—La menguante

»Luna hacia la mar declina,

»Y su lumbrera argentina

»Toca al horizonte ya.

»¡Casto fanal de la noche,

»De los creyentes lumbrera,

»Que tu brillante carrera

»Guíe protector Aláh!

»Ve en paz ¡oh de las tinieblas

»Sultana dominadora,

»Pendón de la gente mora,

»Lámpara de la oración!

»¡Y plegue á Aláh que mañana,

»Cuando vuelvas por Oriente,

»Vuelva con tu luz naciente

»La luz de mi corazón!

»Ve en paz: y si sobre Loja

»Al verter tu lumbre pura,

»Hallas vivos por ventura

»Á mi buen padre Aly-Athár

»Con el Príncipe mi esposo,

»Que es la luz del alma mía,

»Diles ¡ay! que noche y día

»Les aguardo sin cesar.»

Dijo, y la frente apoyando

En el pilar arabesco,

Dentro el marco pintoresco

Del morisco mirador

Quedó, como una escultura

Para su cuadro labrada

La Mora desconsolada,

Á solas con su dolor.

Resalta, á la luz de espalda,

Su contorno destacado

Sobre el fondo iluminado

Del aposento oriental:

Y parece desde lejos

Al genio de la pureza,

Que va á partir con tristeza

De una cámara nupcial.

Mas aquel busto tan noble

De suave y rubio cabello,

Aquel nacarino cuello

Pálido como el marfil,

Aquel brazo modelado

Por una ática escultura,

Aquella frágil cintura,

Y aquel todo tan gentil;

Asomado á tales horas

Á una torre destinada

Sólo á las Princesas moras,

Al ojo menos sutil

Delatan á la que ocupa

Su misteriosa ventana,

Por la infelice Sultana

Esposa de Abú-Abdil.

Es ella, sí: allí apacenta

El dolor que la acongoja

Moraima, la flor de Loja,

La azucena de Aly-Athár:

La gacela de ojos garzos,

Cuyas niñas de azul cielo

Eran fuentes de consuelo

Para el viejo militar.

Hoy son ya fuentes de lágrimas:

Sus abrasadas pupilas

No reflejan hoy tranquilas

La pura luz del placer;

Hoy la dulce paz del niño

Su sonrisa no revela,

Porque en sus labios la hiela

El dolor de la mujer.

Moraima, sí, la más triste,

La más pura de las Moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

Triste es su historia. Su padre,

La mejor lanza africana,

La otorgó como Sultana

Al sucesor de su Rey;

Temiendo al viejo soldado

En rebelión harto crítica,

Con su torcida política

Pensó en tal boda Muley.

El bravo Aly-Athár, más hombre

De pelea que de Estado,

Se dió en ello por honrado

Y á Granada la llevó.

La boda hizo el Rey al punto,

Pero á sí mismo se dijo:

«¡Imbécil! le doy el hijo,

Pero la corona no.»

Dos niños eran entrambos,

Rubios, alegres, gentiles:

Apenas sus quince abriles

Cumplido habrían los dos;

Hermosos como inocentes,

Les unieron y se amaron:

Mas en su amor no contaron

Con la voluntad de Dios.

Sosegados ya los pueblos,

No fué Aly-Athár peligroso:

Y en su aislamiento amoroso

Afeminado Abdilá,

Los hijos de la Zoraya,

Merced al fatal destino

De Abdilá, libre el camino

Tendrían del trono ya.

Tal pensó el Rey; los dos niños,

Sin cálculo y sin encono,

De sus derechos á un trono

Ni aun se acordaron tal vez:

Pero otro sér mas activo

Á quien amor no adormía,

En lugar de ellos abría

Sus ojos con avidez.

Aixa, la altiva Sultana,

Celosa de su derecho,

Fué una mañana á su lecho

Como un ensueño fatal.

Abrieron sobresaltados

Los dos Príncipes los ojos,

Y ella, respirando enojos,

Dijo con voz sepulcral:

«Aquel á quien Dios destina

»Á ceñir una corona,

»Sus derechos no abandona

»Sino por orden de Dios.

»Hijo de Reyes, despierta:

»Rompe tus amantes lazos

»Y tiende el alma y los brazos

»De tu real corona en pos.

»Y á ti, flor silvestre y pálida

»De los peñascos de Loja,

»¿Por ventura te se antoja

»Que no hay más ley que el placer?

»¿Crees que tus ojos de cielo,

»Tu alma y tu tez de nieve,

»El dote son que traer debe

»Á un Príncipe una mujer?

»Pues te engañas: la que espera

»Dominar como Sultana,

»Necesita un alma entera,

»Con más altivez que amor.

»Despertad pues; los lobeznos

»De la torpe renegada

»Giran con planta callada

»De vuestro trono en redor.»

Abú-Abdilá, de su madre

Hecho á la exacta obediencia,

Tras ella sin resistencia

Del aposento salió:

Moraima, sobrecogida

Por la plática severa

De aquella Reina altanera,

Quedóse sola y lloró.

«¿Qué me importan á mí, dijo,

»Su poder y su corona?

»Lo que mi amor ambiciona

»Es no más su corazón;

»Y si éste me lo arrebatan

»Por el gobierno y la guerra,

»¿Qué me dejan en la tierra

»Á mí, sin regia ambición?»

¡Pobre niña! el joven Príncipe

Empezó desde aquel día

Á dejar su compañía

Y su cámara á dejar:

Venía por él su madre

Apenas el sol rayaba,

Y hasta que el sol se ocultaba

No le veía tornar.

Entonces, aunque volvía

Alegre y enamorado,

Volvía tan fatigado,

Tan hambriento y sin vigor,

Que en la mesa devoraba

Y se dormía en el lecho,

Cual si no hubiera en su pecho

Ni corazón ni calor.

Moraima, en su seno amante

Colocando su cabeza,

Contemplaba con tristeza

Su rostro franco y leal,

Que empezaba en el reposo

De su fatigado sueño

Á adquirir un torvo ceño

Que no le era natural.

«¿Qué hará? ¿Dónde irá? (decía

»La pobre niña) ¿Qué afanes

»Más propios para gañanes

»Me le cansarán así?

»Si tanto cuesta á los Príncipes

»Guardar su trono, ¡pluguiera

»Á Aláh que pastor naciera,

»Sin esperar más que en mí!»

Y una mañana, Moraima,

Un sueño tenaz fingiendo,

Fué desde lejos siguiendo

Á la Reina y á Abdilá,

Y vió que, cruzando apriesa

De los muros el espacio,

Se salieron del palacio

Al bosque que al río da.

Corrió al oratorio regio

Que domina su enramada,

Y vióles á una esplanada

Tras una loma llegar.

Allí esperaban tres hombres

Hasta los dientes armados,

Con caballos ensillados

Y en guisa de pelear.

Ciñóse una jacerina,

Embrazó una recia adarga,

Asió de una lanza larga

Y cabalgó Abú-Abdil.

Salió el caballo botando:

Moraima tembló de gozo

Y miedo al verle tan mozo,

Tan armado y tan gentil.

Cabalgaron uno á uno

Los otros tres: apartóse

La Sultana, y preparóse

La escaramuza. Abdilá,

En medio de la esplanada

Y de los tres circundado,

Á la suerte preparado

Inmóvil y atento está.

Dió la señal la Sultana,

Y empezaron los guerreros

En torno de Abdil mañeros

En círculo á galopar,

Á cada vuelta estrechándole;

Mas, como un chacal atento,

Espiando él un momento

Su línea para salvar.

Sereno sobre su silla,

Con mirada centelleante

Espía un propicio instante

En liza tan desigual,

En tanto que en torno suyo

Van los tres caracoleando,

Á cada vuelta cerrando

La peligrosa espiral.

Giraba él en ellos puesta

La vista: por todas partes

Hallaba un arma funesta

Dirigida contra él.

Vió al fin que un potro rebelde

Se mostraba, y contra él hizo

Un amago: espantadizo

Encabritóse el corcel.

Hirió y arrancó, del círculo

Dentro, á escape jineteando,

Y á alguno siempre amagando

Con incierta rapidez;

Desigualó las distancias

Ciando, hiriendo y salvándose,

Y fué el círculo ensanchándose

Más y más de cada vez.

Ya sobre un lado fingía

Caer y sobre otro daba:

Ya al escape se tendía:

Ya diestro en firme paraba:

Ya de todos tres huía,

Y á todos tres amagaba

Y á salvo doquier hería

Con certera agilidad:

Hasta que romper logrando

La línea que manteniendo

Iban los tres, trabajando

Sobre el círculo y abriendo

Más sus distancias, girando

De repente, salió huyendo,

Un breve espacio ganando

Con extraña habilidad.

Cubierto entonces, tendido

Sobre su silla de pechos,

Comenzó á alargar los trechos

De unos á otros, y fué

Cargándoles uno á uno:

Con lo cual, hecha la suerte

De aquel combate moruno,

Echaron á tierra pie.

Moraima, que de lo alto

Miraba la escaramuza,

Á cada embestida y salto

Temblando por Abdilá,

Solamente sostenida

Por su ansiedad, en el mármol

Se sentó desvanecida

Al verla acabada ya.

Volvióse luego á su cámara.

¡Ay! todo lo comprendía:

Abdilá pasaba el día

Lección de armas en tomar.

Al fin lograba la madre

Hacer de su hijo un guerrero,

Tornándole áspero y fiero,

De su cariño á pesar.

Dos lunas después, por fruto

De este acendrado cariño

Dió Moraima á luz un niño

Que el porvenir la doró:

Y el Rey, un año más tarde,

Al prender á la briosa

Aixa, de Abdilá la esposa

En su torre encarceló.

Tal es su historia. Moraima,

La más triste de las moras,

Pasa allí sus largas horas

En silencio y soledad.

Moraima, que de su esposo

Encadenada á la huella,

Con él de su mala estrella

Parte la fatalidad.

La hermosa Sultana, pálida

De tez, mas de alma encendida,

Es la que está distraída

En su ajimez oriental.

Sabe que Abdilá está en salvo,

Mas pronto que vuelva espera

Á buscar la compañera

De su destino fatal.

Y vendrá: también lo sabe

Cuando al ajimez se asoma;

Lo sabe, sí: una paloma,

Mensajero fiel de amor,

Por mano desconocida

Enviada hasta su ventana,

Trajo un día á la Sultana

Un papel consolador.

Un Africano, jinete

Sobre mi corcel del desierto,

Llegó al camino encubierto

Sobre el que la torre da

Con temeraria osadía,

Y atada á un cordón de seda

La alzó hasta la celosía

Diciendo: «Abrid á Abdilá.»

Al ruido que en ella hicieron

Las alas de la paloma,

Abre Moraima y se asoma,

Y, asiéndola con placer,

Mira al audaz que esto osara:

Mas él huyendo, por única

Despedida, en voz muy clara,

Dijo: «Dios y Aly-Mazer.»

Su pronta vuelta anunciaba

Del Príncipe la misiva:

Desde entonces la cautiva

Cada noche le aguardó:

Y aislada en aquella torre

Y sin amigos por fuera,

Á Aly-Athár y á Abdil espera

Como el papel prometió.

El modo, el día... lo ignora:

Espera que se los traiga

La fortuna protectora,

Y espéralos con afán.

Mas no está sola Moraima

En su torre: hay otros seres

Que distracción y placeres

Y pruebas de amor la dan.

Consigo (sin los que aguarda)

Tiene entera su fortuna:

Su hijo que duerme en la cuna,

Su nodriza, esclava fiel,

Y un negrito enano y mudo,

Que inteligencia destella,

Distracción única de ella

Y ocupación sólo de él.

Ligero como una corza,

Sagaz como una serpiente

Y audaz como diligente,

Todo lo escucha y lo ve.

Leal como un falderillo,

Pero con bríos de alano,

Doquier se tiende el enano

De su hermosa dueña al pie.

Mudo, jamás incomoda

Con plática inoportuna,

Pero no hay idea alguna

Que no sepa él expresar.

Los guardas le dejan libre

Teniéndole por salvaje,

Y no hay más astuto paje

En el reino de Alhamar.

Ni su forma es repugnante

Por sus defectos nativos,

Ni sus gestos expresivos

Mohines ingratos son:

La gracia de su sonrisa

De modo su rostro alegra,

Que se lee tras su faz negra

El placer del corazón.

Nada hay en él que amedrente,

Nada en su exterior que extrañe;

Nada en su interior que dañe;

Ni expresa su negra faz

La envidia, el pesar ó el odio

Que otros seres imperfectos

Abrigan con sus defectos

En su alma uraña y falaz.

No al ver la ajena hermosura

Su deformidad deplora;

Ve la hermosura y la adora

Con sincera admiración;

Sér mezquino en proporciones

Le formó naturaleza,

Mas bajo negra corteza

Le dió blanco el corazón.

Ve en Moraima el infortunio

Y leal la compadece;

Ve la hermosura, y se ofrece

Del débil y hermoso sér

En servicio: y admirando

La beldad sin pesadumbre,

Acepta su servidumbre

Como justa y con placer.

Amigo, juglar y esclavo,

Empléase en todo oficio

Y abarca todo servicio

De interior utilidad.

Entretiene la tristeza

Con sus juegos de destreza,

Y penetra con su instinto

La exterior seguridad.

Tal es la real servidumbre

Que asiste á la hermosa Mora

En la prisión en que llora,

Corta y débil, pero fiel.

Tal es el mejor amigo

De Moraima, el Nubio enano

Que de su amparo al abrigo

Vive, y se llama Kaël.

Ahora, y mientras Moraima

De tristes memorias presa

En recuerdos se embelesa

Asomada al mirador,

Duerme el negrillo á la sombra

Del lecho de la nodriza

Sobre el paño que tapiza

El alhamí en derredor.

Todo calla: permanece

Inmoble al balcón Moraima:

La noche se lobreguece,

Ausente la luna ya.

Ni una estrella en el espacio:

Todo es silencio y tinieblas

Dentro y fuera del palacio;

Mudo el universo está.

He aquí que, como avisado

Por algún sér misterioso,

El negrillo desvelado

La cabeza enderezó,

Y con la boca entreabierta,

Sin alentar, y clavados

Los ojos sobre la puerta,

Por un instante quedó.

Nada se oía: el instinto

De su raza le advertía

Un riesgo que todavía

Se escapaba del poder

De los sentidos: sólo era

Voz de su presentimiento,

No voz, rumor ni lamento

Que oirse pudiera hacer.

Él, empero, á deslizarse

Comenzó sobre la alfombra,

Llegando como una sombra

Hasta la puerta exterior:

Mas al pegar al encaje

De sus hojas el oído,

Le hirió otro distinto ruido

Que entró por el mirador.

Volvió un punto á su absoluta

Inmovilidad, tendiendo

La cabeza y conteniendo

La respiración Kaël.

Alumbró luego un relámpago

Su mirada inteligente,

Y al lejos confusamente

Se oyó trotar un corcel.

Sacó de su arrobamiento

Su rumor á la Sultana,

Que intentó con ansia vana

Las tinieblas penetrar.

Kaël, por las colgaduras

Trepando á la celosía,

Se puso el són que traía

El aire libre á escuchar.

Tal vez era algún viajero

Que á ver venía á Granada,

Tal vez algún mensajero,

Acaso algún mercader

Que, deseando temprano

Ganar la alcaicería,

Llegaba á la Alhambra ufano

Aun antes de amanecer.

Todavía no pisaba

El camino que circunda

De la Alhambra la alcazaba

Sombría, cuando Kaël,

De la ventana saltando

Con agilidad salvaje,

Corrió á la puerta, aplicando

El oído á su cancel.

Moraima, á sus pantomimas

Y señas acostumbrada,

Con impaciente mirada

Explicación le pidió.

Kaël, pasando una mano

Alrededor de su frente

É irguiéndose altivamente,

Á Aixa por allí anunció.

¿Y el caballo? preguntóle

La bella Mora temblando;

Y al mirador señalando

Y con los brazos Kaël

De un ave imitando el vuelo

Y leer ansiosamente

Fingiendo, trajo á su mente

La paloma y el papel.

Moraima, aún no asegurada

De comprenderle, le hizo

Su pregunta reiterada,

Y él sus señas repitió.

Lanzóse ella á la ventana,

Mas detúvola él á punto

Que á la misma puerta junto

La voz de Aixa resonó.

—«Abre»—en su imperioso tono

Dijo con alguno hablando:

Y ante ella el portón girando,

Pareció bajo el dintel.

Ante su rostro severo

Calló Moraima, inclinándose,

Y fué á hacerla, prosternándose,

Larga zalema Kaël.

Con una antorcha un esclavo

Seguía de Aixa la huella;

Cerró la puerta, y en ella

Quedóse el esclavo en pie:

Sin fijar la vista apenas

En Moraima, la Africana

En silencio á la ventana

Con paso altanero fué.

Mas no bien á su antepecho

Tocó, cuando al pie del muro,

Sobre el arrecife obscuro

Trotar al corcel se oyó.

Asomóse Aixa: el caballo

Paró en firme: cesó el ruido,

Y un ruiseñor, sorprendido

Tal vez al huir, silbó.

Sacando entonces del seno

Aixa un torzal muy delgado

Que tiene un plomillo atado

Á una punta, dijo:—va,—

Y por el balcón lanzóle

Prestando el oído atento.

Después de un breve momento,

Dijeron abajo:—ya.

Recogió el torzal la Mora,

Y de la bujía al brillo

Fué á examinar un anillo

Que volvía atado á él.

Él es—dijo—y una llave

En vez del anillo atando,

Tornó á arrojarle, tornando

Á oirse trotar el corcel.

Reinó un silencio completo

Por un instante. Moraima,

Con el corazón inquieto

Miraba á Aixa, sin osar

Interrumpirle: la esclava

Con el infante dormía,

Y el enanillo escuchaba,

Como Aixa, sin respirar.

Quietos, atentos, callados,

Parecían esculturas

Ó seres que allí encantados

Un Genio paralizó.

Confuso luego y lejano

Comenzó un rumor á oirse,

Que cada vez más cercano

Por grados se acrecentó.

Al principio fué un susurro

Suave, como el soñoliento

Rumor que produce el viento

Entre las hojas: después

Pareció que muchas voces

Hablaban en el camino

Por lo bajo, y al fin vino

El són claro tal cual es.

Ruido de pasos unidos,

Iguales y acompasados,

Pasos de muchos soldados

que avanzan con rapidez:

Y Moraima, no pudiendo

Contenerse, adelantóse

Á par de Aixa y asomóse

En silencio al ajimez.

Quitó la antorcha al esclavo

Y, asiéndose al cortinaje,

Al labrado barandaje

Trepó con ella Kaël.

Sacóla sobre el camino,

Y su roja llamarada

Reflejó en la gente armada

Que descendía por él.

Como una inmensa serpiente

Que se arrastra en la pradera,

Así su movible hilera

En torno ciñendo va

Del regio alcázar el muro,

Hasta sumirse en lo obscuro

De la bóveda excusada

Que sobre el camino da.

Subterráneos pasadizos

Que en los cimientos macizos

Labrar mandó de la Torre

De los picos Alhamar,

Dan á una puerta de hierro,

Cuya boca honda y callada

No se cansa aquella armada

Muchedumbre de tragar.

Tal vez la traición ó el oro

Franquean aquella puerta,

Puesto que en silencio abierta

Da paso al largo cordón

De armados, que en ella se hunde

Cual procesión de fantasmas

Que unas en otras confunde

Febril imaginación.

Con fiebre á su vez las veía

Deslizarse una tras otra

Moraima, y no se atrevía

Á la Reina á interrogar,

Quien con altanera calma

Y semblante satisfecho,

Desde el calado antepecho

Las contemplaba pasar.

Como vagas creaciones

De un sueño, en el subterráneo

Jinetes tras de peones

Se hundieron: volvió el cancel

De la poterna á cerrarse,

Y tras él, desde la altura,

Del arrecife á la hondura

Lanzó su antorcha Kaël.

Entonces Aixa, volviéndose

Á Moraima, por la mano

Asiéndola y con ufano

Semblante detrás de sí

Llevándola, el aposento

Cruzó con ella callada

Hasta ponerla á la entrada

De su oriental alhamí.

Allí, del lecho que parte

Con su nodriza el dormido

Hijo de Abdilá, corrido

Teniendo ante ella el tapiz,

La dijo:—«Ahora, hija enteca

»De un árabe, débil planta

»De savia fría, levanta

»Con orgullo la cerviz.

»El sol que tras de la sierra

»Se elevará esta mañana,

»Te saludará Sultana,

»Pese el sangriento Muley.

»Encrespa, pues, tu flotante

»Melena rubia, leona

»Real, porque tu tierno infante

»Es desde hoy hijo de un Rey.»

Dijo, y comprendiólo todo

Moraima en aquel momento:

Mas aunque libre y contento

Dentro su pecho saltó

Su corazón, ante el vano

Orgullo de soberano

Ni aun el latido más leve

En holocausto ofreció.

Abrazó, con sus caricias

Despertándole, á su hijo:

Mas únicamente dijo,

Con inquietud juvenil,

Volviéndose á la Africana:

—«¿Pero supongo, Sultana,

»Qué me ha traído esa gente

»Á mi esposo Abú-Abdil?»

Miróla Aixa como un águila

Mira, dejándola ir viva,

Á una alondra fugitiva

Que encuentra por su región,

Con esa mirada propia

De los seres colosales

Que á los débiles mortales

Sólo otorgan compasión.

Criaturas fuertes, y almas

Todas vigor, que calculan

Por el que ellas acumulan

El vigor de las demás:

Almas en quien arde virgen

La luz de su fe divina,

Mas para quien no ilumina

Su luz la tierra jamás.

Seres dueños de los ímpetus

De las terrenas pasiones,

Que juzgan los corazones

Del suyo por la virtud,

Y que siguen inflexibles

El carril de sus deberes,

Creyendo á todos los seres

Con su firme rectitud.

Seres que nacen en tiempos

Indignos de ellos; de gente

Que arrastra cobardemente

Su existencia terrenal:

Seres que bajo su siglo

Se sepultan con fiereza,

Sin humillar la cabeza

Ante su siglo fatal.

Tal fué Aixa y tal la fría

Mirada que echó á Moraima

Que trémula la sentía

Sobre su frente pesar:

Tales estas dos mujeres

Iguales sólo en fortuna:

Débil cual las flores una,

Otra fiera como el mar.

El silencio de un momento

Que produjo esta mirada

Kaël con un movimiento

De alegría interrumpió.

Corrió á la puerta, el oído

Á sus hojas aplicando,

Y ufano á los pies saltando

De su señora volvió.

Pasos presurosos, rápidos

Por los jardines se oían,

Y luces se percibían

De los vidrios á través:

Aixa exclamó:—«Ahí le tienes:

»Por suerte no es tan villano

»Que como un perro cristiano

»Venga á tenderse á tus pies.»

Dijo: mas ya no la oía

Moraima, que entrelazados

Sus bellos brazos tenía

Al cuello de Abú-Abdil:

Y el viejo Aly-Athár, que entraba

Detrás del Rey, de su hija

Embebido contemplaba

El arrebato infantil.

Ella, soltando al esposo,

Corrió á los brazos del padre,

Que los abrió cariñoso,

Y olvidando la ocasión

En que se encontraba, en ellos

La levantó como á un niño

De su paternal cariño

En la expansiva efusión.

Hasta los negros esclavos

Que alumbraron tal escena

Su emoción con harta pena

Pudieron disimular.

Aixa tan sólo inactiva

Y silenciosa á sus brazos

Con circunspección altiva

Dejó á Abú-Abdil llegar.

Y le abrazó: más diciéndole:

«Abdil, ya estás en el trono:

»Tuyo es, y el cielo en tu abono

»Contra la injusticia está:

»Piensa, empero, que Aláh es justo

»Y que con airada mano

»Quita el trono al Rey villano

»Lo mismo que se le da.

»No olvides que á la fortuna,

»De los valientes amiga,

»Sólo el valiente la obliga

»Y huye del cobarde vil.

»Como hombre, pues, sube al trono;

»Mas si Aláh al fin te abandona,

»No bajes de él sin corona,

»Sino sin cabeza, Abdil.»

Diciendo así, la Africana

Abandonó el aposento,

Y ocupáronse al momento

Los fuertes por Abdilá,

En el silencio nocturno

Sorprendiendo á los soldados

Á quien los dejó fiados

Muley, que hacia Alhama va.

IV

El sol, al asomar por el Oriente,

Del Rey Abú-Abdil vió la bandera

Flotar sobre la Alhambra y por su gente

Guarnecida á Granada. Nueva era

Comenzaba á correr, y alegremente

Corrió la muchedumbre novelera,

Al vencido Muley abandonando,

Del nuevo Rey á acrecentar el bando.

¡Clemente Aláh, cuya potente mano

Los imperios del polvo creadora

Engendra y los reduce á polvo vano,

Según tu santa ley niveladora

De la humildad y del orgullo humano:

Tiéndela pío hacia la gente mora!

¿Qué va á ser de ella en guerra fratricida

Entre el padre y el hijo dividida?


LIBRO SÉPTIMO

I

¿Quién acota los fallos del destino

Ni el pie sujeta de la errante fama,

En medio del incógnito camino

Por do rauda sus nuevas desparrama?

Su voz por el cristiano y granadino

Reino la historia pregonó de Alhama,

Y á par en su defensa como buenos

Se arrojaron Cristianos y Agarenos.

Por recobrarla Hasán, desde Granada

Corrió con su veloz caballería,

Y á defenderla en masa levantada

Acudió la cristiana Andalucía.

Salió al campo Fernando: su morada

Abandonó Isabel, y lució el día

En que á mortal y decisiva guerra

Se aprestó de una vez la Hispana tierra.

Juntó Muley cincuenta mil guerreros

De Alhama al avanzar por el camino,

Á cinco mil valientes caballeros

Que trae del territorio granadino;

Y en el valle á la vez por cien senderos

Lanzando de su gente el torbellino,

En alas de la rabia que le inflama

Llegó el viejo feroz al pie de Alhama.

La voz de la morisca muchedumbre

La roca estremeció donde se asienta;

Mas Ponce de León, desde la cumbre

La voz oyendo de la grey sedienta

De su sangre leal, la pesadumbre

Para aumentar del árabe y la afrenta,

Elevó las banderas Alhameñas

Al par de sus católicas enseñas.

Al verlas de los muros en la cima

Ondear Muley, con la encendida saña

De quien su honor manchado en nada estima

El asalto emprendió de la montaña;

Mas era el jefe que velaba encima

El más ilustre capitán de España,

Y á la amenaza de Muley rabiosa

Contestó con sonrisa desdeñosa.

Vió el árabe Monarca esta sonrisa,

Y al punto comprendió con pesadumbre

Que su impotencia el de León le avisa

Para asaltar la inaccesible cumbre.

De venganza la sed dióle más prisa

Que discurso, y fió en la muchedumbre,

Y vió que sin inmensa artillería

Jamás á los cristianos rendiría.

Tarde lo vió; mas viendo con despecho

Que arriesgaba el honor y el tiempo urgía,

Él mismo por el áspero repecho

Sus gentes al asalto conducía:

Y en impaciencia y en furor deshecho,

Contemplaba que sólo conseguía

Abrir á sus valientes sepultura

De aquellos precipicios en la hondura.

La encanecida barba se mesaba

El iracundo Rey, y de la empresa

No desistir en su furor juraba

Hasta cobrar la codiciada presa:

Correos tras correos despachaba

Máquinas de batir á toda priesa

Demandando, y tenaz en tal intento

Ante Alhama plantó su campamento.

Los peñascos minó, los manantiales

Cegó que daban agua á los sitiados,

Y de la villa en derrededor sus reales

Circunvalando, les dejó bloqueados.

Pronto de su constancia las fatales

Consecuencias sintieron los cercados,

Viendo que, sin socorro pronto y fuerte,

Su esperanza mejor era la muerte.

El valeroso capitán cristiano,

Que el apellido de León tenía,

Sin dar tregua al discurso ni á la mano,

Su valor de León no desmentía:

Y viéndole al peligro el más cercano,

Siempre y doquier en vela noche y día,

No hubo ni un solo cristiano que cejara

Ni que matar por él no se dejara.

Infatigable, impávido, tranquilo,

Con el valor del héroe sereno,

Salió seis veces por oculto silo

El campo á sorprender del Agareno;

De agua otras cien por conservar un hilo

Que de un peñasco les quedó en el seno,

Peleó con el fango á la rodilla

Mientras bebían de él los de la villa.

En vano gran refuerzo poderoso

De hondas, ribadoquines y lombardas

Llegó por fin al Árabe orgulloso;

Él con sus arcabuces y espingardas

Continuo fuego sustentó animoso;

Y aunque ya asaz por el cansancio tardas

Las manos, de tronar sobre las rocas

Jamás cesaron sus ardientes bocas.

Asombrado Muley de tanto arrojo,

Pactos amigos al Marqués propuso;

Mas Ponce de León, con grande enojo,

Á sus mensajes sin dudar repuso:

—«Cuando en Alhama mi estandarte rojo

»Roja de sangre infiel mi mano puso,

»No fué para quitarle á tu venida,

»Sino bajo él para dejar la vida.»

—«Pues bien, dijo Muley, serás mi esclavo,

Ya que no te contenta ser mi amigo.»

—«Mejor me está la esclavitud al cabo.»

Replicó fieramente D. Rodrigo.

—«Muere, pues,» dijo al irse el viejo bravo.

—«Dios de mi honrado fin será testigo.»

Dijo el Marqués; y el Moro y el Cristiano

Volvieron á sus armas á echar mano.

Ensordeció otra vez la artillería

Los precipicios cóncavos de Alhama,

Y el cristiano valor vió en su agonía

De su esperanza vacilar la llama.

Habían hecho ya cuanto podía

Hacerse por la patria y por la fama

Los Castellanos, mas al fin, mortales

Se agotaban sus fuerzas corporales.

Rayaba ya la postrimera aurora

Que podía alumbrar su resistencia:

Postrer asalto de la hueste mora

Iba fin á poner á su existencia,

Y, viendo sin pavor su última hora,

De su muerte aguardaban la sentencia;

Mas Dios, que no abandona al buen cristiano,

Entre Alhama y Muley tendió su mano.

La luz de las hogueras con que invoca

Socorro el pueblo á la invasión expuesto,

De ciudad en ciudad, de roca en roca,

Se difundió por el país bien presto;

Y al resplandor que á pelear convoca,

El peligro de Alhama manifiesto,

De Cristo por los campos andaluces

Avanzaron las lanzas y las cruces.

Alonso de Aguilar, el compañero

De armas de Ponce de León, la gente

De sus estados allegó el primero;

Y cruzando los montes diligente,

Como una estatua de bruñido acero

Asomó sobre un cerro del Oriente.

Y el sol, como un fantasma de luz y oro

La presentó á la vista del Rey moro.

Los hermanos Girón, de Calatrava

Con la legión ecuestre aparecieron

Por un valle de sauces: con su brava

Infantería por el Sur salieron

Los Córdobas de Cabra, y por la caba

De un monte que al cruzarle descubrieron,

Asomaron, los dos bajo una enseña,

El Conde de Alcaudete y el de Ureña.

Mirábalos Muley considerando

Su fuerza escasa para serios fines,

Y se aprestaba á cometerlos, cuando

Del montuoso horizonte á los confines

Vió de peones numeroso bando,

Y en el agudo són de sus clarines

Conoció y en sus cárdenos pendones

De Enrique de Guzmán los escuadrones.

Con ira entonces comprendió que junto

Un ejército entero en su mal era,

É impío blasfemó, viendo en un punto

Venir sobre él la Cristiandad entera;

Y mirando avanzar en buen conjunto

Los jinetes cristianos por doquiera,

Cual jabalí acosado por los perros

Alzó su campo y se acogió á los cerros.

Desde ellos vió con cólera impotente

Sus postigos abrir á los de Alhama;

Y echando al corazón la mano ardiente,

Á contener la hiel que se derrama

En sus hinchados vasos, y la frente

Al peso del baldón que se la infama

Doblando, con ahogado y ronco grito

Exclamó: «¡Alahú akbar! estaba escrito.»

Entonces silencioso y cabizbajo

De sus gentes cubrió la retirada,

Rechazando por sí, no sin trabajo,

De las huestes de Ureña una avanzada.

Cuando en salvo la vió, por un atajo

Se encaminó otra vez hacia Granada,

Seguido de unos pocos caballeros

De su aciaga fortuna compañeros.

Mas ¡ay! su estrella en la gentil Granada

Para siempre su luz obscurecía,

Y era ya aquella la postrer jornada

Que hacer por ella como Rey debía.

Ya en la Alhambra, de rayos coronada,

Estrella más feliz resplandecía,

Y á otro pendón que al de Muley su gloria

Otorgaba versátil la victoria.

En la vega al entrar, de una colina

Al revolver el áspero sendero,

De la luna á la lumbre mortecina

Vió correr hacia él un caballero.

Era un doncel de raza granadina

Que, ante él parando el fatigado overo,

Dijo con voz por la carrera ahogada:

—«Tente, Señor: no vuelvas á Granada.»

—«¿Por qué?»—dijo Muley.—«Porque ya llegas

Tarde: de ella Abdilá se ha apoderado.»

—«¿Y mi Wazir Abú-l'Kasín-Ben-Egas?»

—«Está en los Alixares encerrado.»

—«¿Y mi Zoraya?»—«De las turbas ciegas

Por milagro no más se ha libertado:

Los pocos fieles que te quedan vivos,

Te buscan por la sierra fugitivos.»

—«¿Todo pues lo perdí?—La honra te queda.

—Te engañas, infeliz; sin ella vengo.

—La puedes recobrar mientras que leda

Se conserve tu fe.—Ya no la tengo

Tampoco: es fuerza que al destino ceda;

Su ley fatal á obedecer me avengo.

—Aún te resta, señor, una esperanza.

—¿Cuál?—La mejor de todas: la venganza.

—Tienes razón. ¿Podemos todavía

En el alcázar penetrar?—Acaso:

Si te ayuda tu intrépida osadía,

Yo puedo abrirte hasta la Alhambra paso

En las tinieblas de la noche.—Guía:

Y si á ella subo, como frágil vaso

Quebrantaré de Aixa y de su hijo

La existencia fatal que Aláh maldijo.»

Y el Rey, á la venganza decidido,

Á los que son con él la faz volviendo

Les dijo: «Á este mancebo habéis oído;

Uniros á mi suerte no pretendo;

Abandonad, si os place, al Rey vencido.»

Mas la mano los Árabes poniendo

De los corvos alfanjes en los pomos,

Respondieron resueltos: «Tuyos somos.»

Metió Muley á su corcel la espuela,

Y echando por delante al Granadino,

Pensando en sorprender su ciudadela

Hacia Granada continuó el camino.

Mas ¡ay! en vano el hombre se rebela

Contra la ley de su fatal destino,

En vano avasallar quiere á la suerte:

La voluntad de Dios siempre es más fuerte.

Era la hora en que entregado al sueño

Abú-Abdil, en la Alhambra aposentado,

Soñaba con el bien de que era dueño,

Con el cetro que á Hasán había robado.

Aixa también, desarrugado el ceño,

Su saña habiendo y su ambición saciado,

Al fin vengada de su infiel esposo,

Entregábase en brazos del reposo.

Era todo silencio en el recinto

Del regio alcázar de la corte mora:

Reinaba en su dorado laberinto

Del descanso la paz reparadora,

Cuando el eco de un ¡ay! claro y distinto

De sala en sala retumbó á deshora,

Y el joven Rey, de sus estancias dueño,

Al eco de aquel ¡ay! rompió su sueño.

Oyólo al par la varonil Sultana

Su madre, y fuera del suntuoso lecho

Lanzándose veloz, á la ventana

Escuchó atentamente largo trecho.

Sus sentidos sutiles de Africana

Y el velador instinto de su pecho

La revelaron el terrible arcano

De aquel ¡ay! eco del dolor humano.

Escuchaba el Rey moro todavía

El eco de aquel lúgubre gemido,

Cuando su madre con vigor le asía

Por el brazo en que estaba sostenido.

—«Levántate, hijo mío, le decía,

Levántate, Abdilá: ¡Nos han vendido!

—¿Qué pasa, madre? preguntó el mancebo.

—Tu padre busca á la venganza cebo.»

Su alfanje Abú-Abdil blandió desnudo,

Y asiendo de un clarín con gran coraje,

En los senos lanzó del aire mudo

Una sonata de África salvaje.

De aquel bárbaro són al eco agudo

Se estremeció su guardia Abencerraje,

Y de su riesgo próximo avisada

Acudió junto al Rey precipitada.

Y á tiempo fué. Su yatagán sangriento

Muley blandiendo apareció á sus ojos

Por la puerta del próximo aposento,

Rebosando sacrílegos enojos.

Feroz vampiro, de su carne hambriento,

Sus brazos muestra con su sangre rojos,

Y con los ojos en su sangre fijos

La sangre anhela de sus propios hijos.

Helóse de terror á su presencia

Toda la guarnición de la alcazaba:

Aixa, empero, abrasada de impaciencia,

Empuñó un arcabuz gritando brava:

«¡Muera el tirano!» Al punto con violencia

Lid fratricida sin cuartel se traba:

En el mismo aposento en que nacieron

Los hijos con los padres se batieron.

Peleaba Muley como un demente,

Y á Aixa los suyos de la lid sacaron:

Hallarse no lograron frente á frente

Los dos Reyes por más que se buscaron.

Llamaba á Abdil con cólera estridente

El viejo Rey, cuando sobre él cargaron

Tantos al par, que sin lograr su objeto

Cejó y huyó por corredor secreto.

En el versátil vulgo confiando

Descendió á la ciudad por una cueva,

Juntar creyendo poderoso bando

Con que arruinar la monarquía nueva.

Metióse, pues, por la ciudad, llevando

Audaz á cabo tan osada prueba,

Y en un momento la ciudad entera

Campo sangriento de batalla era.

Doquier, se escuchan con pavor lamentos,

Ayes de muerte y gritos de pelea:

Á salvarse no más todos atentos,

Sólo en salvarse cada cual se emplea:

No hay nadie que en tan críticos momentos

Presa de los cristianos no se crea:

Nadie á juzgar la realidad se para,

Nadie ve dónde ni de quién se ampara.

En tanta confusión, en duelo tanto,

Abandonando Hasán la lid confusa,

Va á los umbrales á llamar de cuanto

Moro por su parcial la fama acusa;

Mas, al reconocerle, con espanto

Seguirle todo musulmán rehusa,

Porque se hundieron su prestigio y fama

Bajo su triste expedición de Alhama.

Su nombre con horror de boca en boca

Rápidamente en las tinieblas pasa,

Y por doquiera contra él evoca

Ira sin compasión, rencor sin tasa:

Cobra valor la muchedumbre loca,

Y al correr la verdad de casa en casa,

Por rejas, ajimeces y balcones,

Comienzan á asomar luces y hachones.

Comiénzase á ordenar la gente fiera

Del Albaycín: tremólanse estandartes

Que atraen á sí la juventud guerrera,

Y conócense al fin por ambas partes.

¡Aláh por Bu-Abdil! gritan doquiera;

Y descubriendo las traidoras artes

Á que echa Hasán para vengarse mano,

Gritan dando sobre él: ¡muera el tirano!

Desengañado el viejo vengativo

Abandonó su despechada empresa,

Dándose por feliz en salir vivo

Favorecido por la sombra espesa:

Y con veinte jinetes fugitivo

Que aún le seguían, caminó con priesa

Muley hacia los altos alijares

Donde aún tiene Zoraya sus hogares.

Allí la favorita con Ben-Egas

Le aguardaba á caballo: á marchar prestos,

Sus guardias negros como estatuas ciegas

Por él se hallaban á morir dispuestos.

—«Vamos, dijo Muley.—Á tiempo llegas,

Repuso Abú-l'Kasín: Aixa mis puestos

Descubrió ya, y á su merced estamos.

—¡Maldita sea! dijo el Rey: huyamos.»

Y entrando por las lóbregas laderas

De la sierra fragosa y escarpada,

Aprovecharon cautos las postreras

Sombras para alejarse de Granada:

Y del alba siguiente á las primeras

Luces, el que fué Rey ya no era nada:

El reino se le huyó de entre los brazos

Y su cetro al caer se hizo pedazos.

¡Clemente Aláh, que como aristas secas

Las más robustas fábricas quebrantas,

Los pueblos hundes, y las razas truecas

Bajo el polvo que en pos dejan tus plantas!

Del hombre vil las vanidades huecas

¿Cómo han de interrumpir tus leyes santas?

De Hasán tocó tu soplo en la corona,

Y fué... ¡Dios bueno, lo que fué perdona!

II

Llena al fin de su enojo la medida,

Abrió el Señor la urna en que atesora

De las naciones la acotada vida:

De ella arrojó la de la estirpe mora,

Y al caer en la nada desprendida

De su mano, con voz imperadora

Dijo Dios á Isabel: «He aquí tu día:

Parte, rayo de fe: tu empresa es mía.»

Y por el fuego de la fe abrasada,

Por la celeste mano compelida,

Los brazos Isabel tendió á Granada,

Que por sus brazos se sintió ceñida

Con angustia mortal: y al punto armada

Y con el sayo de la cruz vestida,

Aparición marcial salió á campaña

La fe invocando y el honor de España.

Á su inspirado y vigoroso acento,

La nobleza leal de Andalucía

Pareció ante Isabel en un momento,

Rebosando valor y bizarría.

Llenas de emulación con su ardimiento

Cuantas provincias en su reino había,

Su gente enviaron de pelea en planta

En derredor de su bandera santa.

Encendida en sus bélicos deseos,

Desde Córdoba envió con gran premura

Numerosos y rápidos correos

Á Toledo, León y Extremadura.

Cuantos gozaban en su nombre empleos

Ó de su autoridad investidura,

Su intimación de guerra recibieron

Y en campaña obedientes se pusieron.

Cartas atentas escribió á sus damas

Para que á sus amantes y maridos,

De los troncos más nobles y sus ramas

La enviasen á la lid apercibidos;

Y por los pueblos esparció proclamas,

Llamando á los mancebos atrevidos

Á romper una lanza en la campaña

Por el honor y libertad de España.

De su entusiasmo el religioso influjo

Derramó el entusiasmo por doquiera,

Y cuanto noble su nación produjo

En redor acudió de su bandera.

Sus vasallos á Córdoba condujo

Todo varón que diez tuvo siquiera,

Y en cada hora nueva que sonaba

Un valiente á Isabel se presentaba.

Ella entretanto en vastos almacenes

Depositó profusas provisiones

De granos, vinos y cecinas, bienes

De que abundan sus fértiles regiones:

Acopió ropas y armas: montó trenes

De batir, con lombardas y cañones:

Soldados instruyó que los sirvieran,

Y acémilas compró que los movieran.

No se excusó ni un noble castellano

De acudir de Isabel á la cruzada,

Y no quedó un solar en monte ó llano

De que no hubiese en Córdoba una espada.

Todas las joyas del valor hispano

Fueron parte á tomar en la jornada,

Sombreando sus bizarros escuadrones

De sus casas más ricas los pendones.

Vino el primero el Cardenal de España

Con escolta lucida y numerosa:

Desde el campo feraz que el Ebro baña,

El buen Duque llegó de Villa-hermosa.

Trajo el Conde de Cabra de montaña

Ballestería diestra y vigorosa;

Y á los suyos el Conde de Cifuentes

Trajo armados de hierro hasta los dientes.

Vinieron los del pródigo Infantado

Armados de broquel, puñal y clava,

Con rico arnés azul empavonado:

Vino la gente de Alburquerque brava

Con ancho escudo y espadón pesado,

Y la Orden militar de Calatrava

Llegó, con su Maestre á la cabeza,

En caballos de indómita fiereza.

Trajo Medinaceli sevillanos

Sobre pintadas yeguas caballeros,

Y el de Ureña jinetes jerezanos

En potros como el céfiro ligeros;

Vinuesa de leales castellanos

Trajo gran pelotón de espingarderos,

Y leoneses con enormes mazas

Que hendían los broqueles y corazas.

Trajo Fernando de Aragón sus huestes,

Y con ellas vinieron de Navarra

Los montañeses ásperos y agrestes,

Al tiro afectos del balón y barra;

Los de Aza y Urgel, jamás contextes,

Armados de morisca cimitarra,

Y los deudos de Pedro de Velasco

De abigarrado y penachudo casco.

Desde el muro hasta la árabe alcazaba,

De los Kalifas oriental palacio,

Córdoba un campamento semejaba,

De sus plazas y calles el espacio

El aparato militar llenaba,

Y de lejos brillar como un topacio

La veían los vecinos montañeses

Alfombrada de auríferos arnases.

Y he aquí que de un balcón que la domina,

Contemplaba Isabel la roja hoguera

Del sol arder tras la postrer colina,

Cuando dobló tendido á la carrera

La falda de la loma más vecina

Un corredor cristiano de Antequera,

Que en nombre de los héroes de Alhama

Bastimentos y víveres reclama.

Su mensaje al oir Fernando, al punto

Convocando en su estancia su Consejo,

Pidió opinión sobre tan grave asunto.

Pedro de Vargas, Capitán ya viejo,

Frontero en territorio á Alhama junto

Y del país conocedor, espejo

De los cristianos jefes fronterizos,

Dijo, mostrando al Rey sus blancos rizos:

«Mi existencia, Señor, pasé en la guerra.

Y aún no esquivo por débil la batalla,

Ni el viejo corazón que aquí se encierra

Late aún con temor bajo la malla;

Pero conozco bien aquella tierra:

Alhama es un peñasco que se halla

Cercado por doquier de plazas moras

Que le tendrán en riesgo á todas horas.

«Mantenerla no pudo vuestro abuelo

San Fernando, Señor, y es necesario

Que para conservar su inútil suelo

Empleéis la mitad de vuestro erario.

Con cinco mil jinetes aún recelo

Que será su destino bien precario,

Porque cada convoy que hasta allí llegue

Fuerza es con sangre que el camino riegue.

«Sólo quien tenga guarnición en Loja

La podrá conservar, y aun así un día

Puede que el Moro por traición la coja:

Si yo fuera que vos, la quemaría,

Y de su incendio con la lumbre roja

Á Granada una noche alumbraría,

Dejando en su ceniza al Rey pagano

Un testimonio del furor cristiano.»

Dijo el anciano Vargas. Los prudentes

Y graves consejeros que le oyeron,

Sus razones hallando suficientes,

Á su opinión unánimes se unieron:

«De Alhama retirad á vuestras gentes

Y quemadla, Señor,» al Rey dijeron:

Mas Isabel, que los escucha y mira,

Llena exclamó de generosa ira:

«No permita el Señor que se abandone

Prenda de tal valor de esa manera,

Ni que vileza tal nos ocasione

Escarnio ser de la morisma entera.

No quiera Dios que entre ellos se pregone

Que, del peligro en la ocasión primera,

Ni en Dios ni en nuestro brío fe tenemos.

Ni lo nuestro á guardar nos atrevemos.

»No se hable, pues, de abandonar á Alhama:

Cuando á lidiar mis gentes he traído,

No para empresas sin peligro y fama,

Para las dignas de renombre ha sido:

Auxilio Alhama de su Rey reclama,

Y yo se le daré, que á eso he venido;

No ha de cejar ni descansar mi gente

Sino cuando en la Alhambra se aposente.»

Dijo Isabel: y á la ciudad bajando,

Cabalgando en su rápida hacanea

«¡Á Alhama!... dijo al castellano bando,

¡Conmigo á Alhama quien valiente sea!»

¡Á Alhama! las banderas desplegando

Clamó toda la gente de pelea;

Y tras la Reina, que su ardor inflama,

Se encaminó el ejército hacia Alhama.

¡Mísero Abú-Abdil! con luz incierta

Ya tu estrella fatal sobre ti brilla:

Recuerda tus horóscopos: despierta.

¡Apresta tu corcel y tu cuchilla!

Ya de la Alhambra á la dorada puerta

Va á llamar con ejércitos Castilla,

Y á echar van sobre ti los españoles

De siete siglos los sangrientos soles.

III

Dejó Isabel á Alhama guarnecida,

Sus muros y baluartes la repuso,

Y, en templo su mezquita convertida,

Segura guarnición en ella puso.

Á Luis Portocarrero á su salida

Por su alcaide nombró, quien, según uso

De los fronteros jefes castellanos,

Conservarla ó morir juró en sus manos.

El Católico Rey, dejar queriendo

Á los moros señal de aquella entrada,

En sus fronteras con estrago horrendo

Se corrió por su tierra amedrentada,

Y su bizarro ejército metiendo

Por la fecunda vega de Granada,

Incendió mieses, arrasó olivares,

Robó ganados y asoló lugares.

Los moros que estos daños achacaron

Del furioso Muley á la imprudencia,

Partido al punto por Abdil tomaron

Y Rey le proclamaron en su ausencia.

Las tropas de Muley le abandonaron,

El vulgo le mofó con insolencia,

Y á Málaga, frustrada su esperanza,

Huyó por fin sin alcanzar venganza.

Aixa, empero, temiendo la inconstancia

Del pueblo, y conociendo que en el trono

No tendría Abdilá segura estancia

Sino haciendo venir de él en abono

Alguna empresa ó triunfo de importancia

Que al vulgo deslumbrara, y que su encono

Contra Hasán aumentara, con secreto

Se preparó para lograr su objeto.

Congregó los más diestros capitanes

De todas las opuestas banderías,

Y desechando y rehaciendo planes,

Oyendo escuchas y escuchando espías,

Realizó sus solícitos afanes

Aprontando por fin en breves días

Numerosa y segura cabalgada,

De espléndido botín esperanzada.

«Probemos á los Reyes castellanos

Que aprovechar sabemos sus lecciones,

(Dijo á su hijo Abdilá). Pues nuestros llanos

Talan, sal á talar sus posesiones.

En nuestras tierras por llenar sus manos,

Sus castillos están sin guarniciones;

Lo que hallan, pues, en nuestra vega amena

Busca tú por sus campos de Lucena.»

Comprendió el joven Rey á la Sultana;

Y ganoso de gloria, y con deseos

De probar en la tierra castellana

El valor que ha ostentado en los torneos,

Con gallardía juvenil y ufana

Resolución, sus bélicos arreos

Vistiendo, mostró el joven Soberano

Su alma de Rey y origen africano.

IV

¡Qué hermosas son las noches de Granada!

¡Cuánto placer la atmósfera respira!

¡Con qué rumor tan grato perfumada

Susurra el aura que en sus huertos gira!

Su misteriosa soledad, poblada

De árabes genios, languidez inspira,

Y no encierran los senos de su sombra

El vago miedo que en la noche asombra.

El canto de los pájaros canoros

Que anidan en sus bosques embebece;

El ruido de sus árboles sonoros

Y de sus frescas aguas adormece;

De la brisa en los pliegues incoloros

Extasiado el espíritu se mece:

Todo reposa allí bajo el imperio

De un oriental incógnito misterio.

Encantada ciudad, cuyas historias

Piden del Rey profeta el arpa de oro;

Sultana del Genil, cuyas memorias

Evoco á solas y en silencio adoro;

Alcázar oriental, de cuyas glorias

Envidioso está el mundo: bien el Moro

Dijo al decir que la mansión divina

Está sobre tu tierra peregrina.

Tras el cendal da tu estrellado cielo

Se ve la faz de Dios que centellea;

No hay quien detrás de tu flotante velo

La omnipotencia de su Sér no vea;

No hay quien escrita en tu fecundo suelo

La realidad de su poder no lea;

No hay quien contemple tu nocturna calma

Sin alzarte un altar dentro del alma.

¡Tierra de bendición! ¿Quién no te adora?

¡Tierra de amor, en que el placer se anida,

En tus dulces recuerdos se atesora

Toda la gloria de mi inquieta vida!

¿Quién de ti, si te ve, no se enamora?

¿Quién tus noches espléndidas olvida?

Bien hizo el que á tus pies por no perderte

Peleando tenaz buscó la muerte.

Es una noche azul de primavera:

Millones de lucientes luminares

Dan tibia luz á la terrestre esfera;

De flores aromáticas millares

Alfombran ya la tierra, y la ligera

Brisa en la regia estancia de Comares

Introduce sus vírgenes olores

Á través de los áureos miradores.

Sobre cojín morisco reclinada,

Los pies doblados sobre escasa alfombra,

Yace la que de la árabe Granada

Al fin Sultana sin rival se nombra.

Rico dosel de seda cairelada

Da á su lánguida faz templada sombra,

Y pantalla chinesca en su penumbra

Guarda el mechero que el salón alumbra.

Es la azucena pálida de Loja;

Es de Aly-Athár la tímida gacela;

Es la mujer, que trémula cual hoja

De triste sauce, duda, ama y recela:

Moraima es, cuyo ánimo acongoja

Pesar secreto que la tiene en vela.

Es la Sultana de cabellos de oro,

Que el alma hechiza del Monarca moro.

Käel, su negro y perspicaz Nubiano,

Yace á sus pies con languidez tendido;

La frente apoya sobre la ancha mano

Fatigado tal vez, tal vez dormido;

Mas la mirada fija del enano

Y la abierta nariz y atento oído,

Al que su instinto y lealtad comprende

Advierten que sagaz á todo atiende.

En el obscuro camarín, formado

Por la maciza fábrica del muro,

Y en donde se abre el ajimez dorado

Que da aire y luz al aposento obscuro

Al estilo de Oriente fabricado,

Contempla el cielo otra mujer; su duro

Contorno sobre el cielo se destaca,

Pues fuera del balcón el cuerpo saca.

Es Aixa, la despótica Sultana,

El genio protector del Islamismo,

Que desde aquella arábiga ventana

Mide del porvenir el hondo abismo.

Genio tenaz, encarnación humana

De la fe, del valor y el heroísmo,

Genio que, á aparecer en otra era,

Mentir á los horóscopos hiciera.

Con el rumor del bosque confundidos

Que sombrea la torre de Comares,

Trae el aura fugaz á sus oídos

Del bullicioso pueblo los cantares.

Á sus vasallos quiere entretenidos

Tener el nuevo Rey en sus hogares,

Y el mal que sus horóscopos predicen

Cantando olvidan y á su Rey bendicen.

Pero Aixa, que jamás en ilusiones

Se adormeció y á quien la edad avisa

De que las populares ovaciones

Tan efímeras son como la brisa

Que su murmullo trae á sus balcones,

Con desdeñosa y lúgubre sonrisa

Su són escucha, que al rayar el día

Ser puede amotinada vocería.

Todo en la regia cámara reposa:

Ajenos al turbión de los placeres

De la morisca corte voluptuosa,

Aquellos tres tan diferentes seres

Tristes meditan. Á la fin la esposa,

La más inquieta de las dos mujeres,

Dando sin duda al pensamiento giro

Distinto, débil exhaló un suspiro.

Llamó de Aixa la atención el eco

De aquella exhalación enamorada,

Y del balcón dejando el fondo hueco

Fijó en Moraima su glacial mirada;

Y con el tono desabrido y seco

De su voz, á mandar acostumbrada,

La dijo: «Afrenta de las Reinas moras,

Espíritu cobarde, ¿por qué lloras?»

No lloraba Moraima todavía,

Mas tan duras palabras la preñaron

De lágrimas los ojos. Muda, fría,

Aixa las vió cuando á la faz brotaron

De la débil mujer que las vertía.

Las vió, mas conmoverla no lograron,

Y con regio desdén, á paso lento

Comenzó á atravesar el aposento.

Mas al llegar del arco á los umbrales,

De la alberca en el patio embaldosado

Anunciaron los roncos atabales

Al Rey por las Sultanas esperado.

Seguido de sus deudos más leales

Llegó Abdilá para el combate armado:

Sonrió al verle con su arnés más bello

Aixa, y Moraima se abrazó á su cuello.

—«¡Tan pronto! dijo la afligida esposa.

—Ya tarda, dijo la valiente madre.

—¡Aláh te vuelva!... murmuró la hermosa:

—Mas si no vences: volverá tu padre,

Añadió la Africana vigorosa.

—¡Antes cristiana lanza me taladre!»

Dijo el mancebo rebosando enojos,

Y un rayo de rencor brilló en sus ojos.

Entonces la Sultana:—«En paz os dejo:

(Añadió con voz grave) despedíos

Á solas, pero ved que no me alejo;

No me le quites con tu amor los bríos

Que necesita.» Y, torvo el entrecejo,

Se sumió en los tortuosos y sombríos

Corredores, dejándoles á solas

Del mar de su aflicción entre las olas.

En silencio abrazados los esposos

Largo espacio quedaron: el exceso

De su dolor en ayes angustiosos

Exhalaba Moraima, mientras preso

Mantenía en sus brazos cariñosos

Á Abú-Abdil: dióla él un tierno beso

De su cariño en la efusión sincera,

Diciéndose los dos de esta manera:

BU-ABDIL.

No llores, alma mía: cobra aliento:

Llevo todo mi ejército conmigo.

MORAIMA.

Abdil, tengo el fatal presentimiento

De que no has de volver: yo te lo digo.

He soñado, mi bien, tu vencimiento,

Y mi sueño es lëal. Mi dulce amigo,

Manda tus capitanes á la guerra:

Tú eres el Rey; no salgas de tu tierra.

BU-ABDIL.

Moraima de mi vida, ¿no comprendes

Que tu congoja mi valor me quita?

Esta salida que evitar pretendes

Es nuestra salvación. Se necesita

Que el pueblo crea en mi valor ¿entiendes?

El Rey ha de ser Rey. Ve á la mezquita

Á orar; mas oye ¡oh flor de mis amores!

Delante de mi madre nunca llores.

Mi madre es una Reina verdadera,

Cuyo orgullo jamás ha concebido

Que un Rey pueda llorar. Tu amor modera

Ante ella y muestra del dolor olvido:

Porque ella, aunque á sus pies morir nos viera,

No exhalara, Moraima, ni un gemido;

Matar sobre nosotros se dejara,

Mas creyera infamarse si llorara.

MORAIMA.

¿Qué culpa tengo yo de que Aláh Santo

Débil mujer me hiciera y no Sultana

Feroz como ella? Contener mi llanto

No sabré yo ni tarde ni mañana,

Y soñaré de noche con espanto

Que muerto yaces ó en prisión cristiana,

Sin mí llorando ó demandando á voces

El fin de tus horóscopos atroces.

BU-ABDIL.

¡Calla, Moraima calla: me estremeces!

Creo que tu exaltada fantasía

En la locura te despeña á veces.

Déjale al vulgo que la suerte mía

Juzgue fatal al Árabe, y tus preces

Dirige á Aláh, para que llegue un día

En que contra ellos la victoria arguya

Y el triunfo mis horóscopos destruya.

¡Adiós! yo parto á pelear ahora;

Mas cálmate, bien mío, porque creo

Que en esta correría asoladora

Voy sólo á dar un militar paseo

Y á recoger botín. ¡Adiós! que es hora

Ya de partir y á la Sultana veo.

MORAIMA.

¡Aláh te guíe!

BU-ABDIL.

Hasta volver contigo.

MORAIMA.

¡Ay! que no volverás, yo te lo digo.

Esta fué la siniestra despedida

De Moraima y Abdil. Muda y serena

Aixa del corredor á la salida

Se presentó, y á impulso de su pena

Mortal se desplomó desvanecida

Moraima. Partió el Rey para Lucena

Y fué su madre á despedirle al muro,

Fiando á Dios el porvenir obscuro.


LIBRO OCTAVO

DELIRIOS

I

¡Alahuakbar! ¡Dios grande! No sin causa

Llamaron á Bu-Abdil desventurado,

Ni sin razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

Desdichado en su hogar desavenido,

En sus empresas de armas desdichado

Y en su amor infeliz, siempre implacable

Faltóle Dios en cuanto puso mano.

La casa en que nació, la madre que hubo,

El siglo en que á luz vino, todo aciago

Le fué, y á todo cuanto en torno suyo

Vivió sus desventuras alcanzaron.

Dios le puso al nacer dentro del pecho

Un corazón del infortunio blanco,

Y el ambiente fatal de la desgracia

Por doquiera que fué le fué cercando.

Odio de su nación supersticiosa

Por el temor de sus siniestros hados,

Y por instinto de creencia y raza

Odio á la par del vencedor cristiano,

Vió el mundo sus virtudes sin aprecio

Y su valor inútil sin aplauso,

Y Árabes y Cristianos, por vencido,

Á un tiempo sin piedad le calumniaron.

Los Moros olvidándole con ira,

Mirándole con mofa los Cristianos,

Unos y otros infiel en sus historias

Legaron á los siglos su retrato.

Los unos con lo negro de la saña,

Los otros con la tinta del escarnio,

En el cuadro inmortal de la conquista

Su figura real emborronaron.

La poesía, empero, cuyos ojos

Escudriñan sagaces lo pasado,

Y en dondequiera que lo encuentra admira

Lo bello y lo infeliz, con entusiasmo

Alumbra su semblante obscurecido,

Y, sus forzadas formas restaurando,

Su noble y melancólica figura

Dibuja con contornos más exactos.

No es la de un grande Rey que el fatalismo

De su sino provoca temerario,

Con el valor del héroe que queda

Por él vencido, pero no humillado:

Es la figura triste de un Monarca

Que obedece al impulso de los astros,

Y, sin poderse defender, sucumbe

De su destino bajo el peso abogado.

No es la robusta encina que se troncha

Del huracán gigante entre los brazos,

Sino la flor que, abriéndose tardía,

Muere marchita por el cierzo helado.

¡Mísero Abú-Abdil! La historia austera

No halla luz en tu rostro soberano,

Pero la poesía te le alumbra

Con el fulgor del infortunio santo.

La historia te ve Rey y sin corona,

Enamorado y sin favor, soldado

Y sin victoria, muerto y sin sepulcro...

¿Dónde hallará su luz para ti un rayo?

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa.

Llamaron á Bu-Abdil desventurado,

Y con razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

II

Rico de juventud y de hermosura

Cual de esperanza y de valor sobrado,

Jinete sobre un tordo berberisco

Salió el Rey moro Abú-Abdil al campo.

Reverberan al sol de la mañana

Sus arneses con oro claveteados,

Y se ciernen sobre él como palomas

Las plumas de su espléndido penacho.

En lugar del lanzón que en Bib-Elvira

Se hizo al salir en el quicial pedazos,

Despreciando pronósticos siniestros,

Corvo alfanje de Fez empuña osado.

Piafa el brioso bruto en que cabalga,

Fuerza, vapor y espuma respirando,

Mosqueando inquieto con la blanca cola

Sus ricos paramentos africanos;

Y Abú-Abdil sobre la silla diestro

Cabalgador caracolea ufano,

Tan lleno de bravura y gentileza

Como de gloria y de fortuna falto.

Detrás de su pendón tranquilos marchan

Seis mil peones y dos mil caballos,

La flor de la nobleza granadina,

Los campeones del Islam más bravos.

Por honra del Rey mozo, de Granada

Los quinientos mancebos más gallardos

Para salir con él á esta campaña

Como para un torneo se equiparon.

Vense tan sólo rostros juveniles

En derredor de Abú-Abdil, y el fausto

De los trajes, las armas y jaeces

Turba los ojos y suspende el ánimo.

Quién con el velo de su dama lleva

Hecho el turbante al rededor del casco;

Quién de la suya en el crestón prendido

El ceñidor de virgen en un lazo.

Quién una trenza de cabellos negros

Ata en el hierro del lanzón dorado,

Habiendo prometido devolverla

Empapada en la sangre del cristiano.

¡Qué de garzotas desordena el viento!

¡Qué de colores y reflejos varios

Ostentan los brillantes escuadrones

En sus móviles grupos ordenados!

Desde las torres de Granada al verlos

Ya de la vega en el confín lejano,

Cintas de oro parecen sus hileras

Del sol heridas por los limpios rayos.

Aquella tarde Abdil de las murallas

De la empinada Loja al pie llegando,

Vió lanzarse cien árabes jinetes

Del su enhiesto peñón como milanos.

Sobre caballo indócil del desierto

Que avanza á modo de león á saltos,

Bajaba á la cabeza de los ciento

El alcaide Aly-Athár, de fe relámpago.

Al ver los Granadinos campeadores

Llegar al fiero triunfador anciano,

Con un ¡lelí! de admiración unánimes

Su anhelada presencia saludaron.

«De Aláh llevamos el favor, dijeron,

Si con nosotros á Aly-Athár llevamos.»

Y lo creen: hace ya setenta lunas

Que es su bandera de Castilla espanto.

El fuerte viejo, que indomable arrastra

El peso colosal de sus cien años,

De ellos el brío y la experiencia abriga

Bajo el cendal de sus cabellos blancos.

Hijo feroz del África, en la guerra

Endurecido, su nervioso brazo

Con un bote de lanza todavía

Al caballero arranca del caballo.

Árabe verdadero en genio y raza

Y del Korán indómito sectario,

Quiere para subir al paraíso

Una escala de cuerpos de cristianos.

Su existencia Aly-Athár pasó con ellos

En lid no interrumpida peleando,

Sin que de amigos ni enemigos Reyes

Respetara jamás treguas ni pactos.

Tal es el viejo capitán de Loja:

Tal es el padre de Moraima; amparo

De los Muslimes, vencedor doquiera,

Jamás vencido y por doquier temblado.

Mas ¡ay! ¿Quién fía en su feliz estrella,

Ciego imprudente junto á sí llevando

La fortuna de un Rey de quien los cielos

Abrieron un abismo entre los pasos?

¿Para quién resplandece estrella alguna

Á través de los lóbregos nublados?

Alahuakbar ¡Dios grande! Hacia Lucena

Marcha Aly-Athár de Abú-Abdil al lado.

Va la saña de Dios delante de ellos:

De Santaella y de Aguilar los pastos

Quedan sin hoja verde, y como lluvia

Corre á sus pies el oro y el ganado.

De Montilla y la Rambla las moradas

Son humo nada más, y el viento vano

Se lleva sus cenizas, de sus dueños

Sin tumba los cadáveres dejando.

¡Allí van! ¡allí van! Como un torrente

Bajan de las montañas, y su rastro

Siguen manadas de voraces lobos,

Y los buitres sobre ellos van volando.

Allí van: ya las torres de Lucena

Blanquean á lo lejos: espantados

Huyeron los fronteros, ó dormidos

Yacen sin verlos descender al llano.

Todo reposa en la extensión desierta:

Las sombras de la noche condensando

Se van, y de los Árabes protegen

La marcha lenta con que avanzan cautos.

De un silencioso valle en la espesura

Donde abrieron las lluvias un barranco,

Siguiendo de Aly-Athár un buen consejo

El rey Abú-Abdil mandó hacer alto.

Alzáronse las tiendas: en el centro

Metieron el botín, reses y esclavos,

Y esperando la luz del nuevo día

Se dieron unas horas al descanso.

«Nadie se mueve, dijo el Bey: sin duda

Aláh por nuestro bien les ha cegado:

Mañana somos dueños de Lucena,

Cuando no por sorpresa, por asalto.

—Así lo espero, Amir; pero reposa

Para lidiar mejor, dijo el anciano

Aly-Athár á Bu-Abdil: duerme tranquilo

Y deja lo demás á mi cuidado.»

Entró Abdilá en su tienda, y apagadas

Las luces que pudieran delatarlos,

Sumidos en silencio y en tinieblas

Los emboscados Árabes quedaron.

Del valle á la salida, en una altura,

Un hombre se apostó tras un peñasco,

Mudo y quieto como él permaneciendo:

Era Aly-Athár que vigilaba el campo.

Mas ¿cuyos son los ojos que penetran

De la mente de Dios el denso cäos?

¿Cuya la inteligencia que sorprende

De sus hondos designios el arcano?

Mientras el viejo vigilante guarda

El campamento moro, confiando

En la tranquilidad del enemigo

Su empresa audaz para llevar á cabo,

En el confín del horizonte obscuro,

En una torre que cual punto blanco

Vió Aly-Athár con el día, una luz roja

Brilló toda la noche. El africano

La vió, mas sola y sin aumento viéndola,

La contempló brillar sin sobresalto,

Pues vió que no era seña ni atalaya,

En avisos de guerra ejercitado.

Á la lejana luz continuamente

Volvíanse sus ojos sin embargo,

No por fundado y racional recelo,

Mas por tenaz presentimiento vago.

«¿Quién allí velará?» Se preguntaba

Á sí mismo Aly-Athár. «Si no me engaño,

Aquel es el castillo de Baena,

Pero ausente está de él su castellano.

Si aquella luz fuera señal, seguía

Consigo propio el Musulmán hablando,

Ya hubieran las cristianas atalayas

Con otros á su fuego contestado.

¿Quién velará en Baena?» Así pensaba

El viejo Moro al resplandor lejano

Mirando; pero Dios solo pudiera

Ver en tiniebla tal, y á tal espacio.

Y á poder ver el Moro, hubiera visto

Á un castellano capitán que armado

Se asomaba al balcón del aposento

Donde brillaba aquella luz. Debajo

De aquel balcón y tras los gruesos muros

De aquel castillo y en su extenso patio,

Hubiera visto á combatir dispuestos

Trescientos caballeros: y, apoyados

Los arcabuces en el muro, hubiera

Visto hasta mil peones castellanos,

Que aguardaban las órdenes del hombre

Que estaba en el balcón iluminado.

Hubiera visto luego que otro jefe

Con otros cien jinetes de su bando

Llegaba, y abrazando al que esperaba

Tocaron bota-silla sus soldados.

Todo esto, á poder ver, hubiera visto

Aly-Athár, ó lo hubiera imaginado,

Si su clara y sagaz inteligencia

No obscureciera Dios para estorbárselo:

Mas no vió más que lo que ver podía;

Y viendo el día á clarëar cercano,

Dejó su puesto y de Abdilá en la tienda

Entró, diciendo respetuoso: «Vamos:

Levántate, Señor: ya está la aurora

Próxima, está el camino solitario,

Y es fuerza que á las puertas de Lucena

Á un tiempo con el sol amanezcamos.»

Cabalgó Abú-Abdil: en breve tiempo

Los escuadrones moros se aprestaron

Á partir y partieron, á Lucena

En su poder el Rey imaginando.

Alahuakbar ¡Dios grande! No sin causa

Llaman á Abú-Abdil desventurado;

Ni sin razón Moraima el fatalismo

Lloró de sus horóscopos infaustos.

III

Llora, esposa infeliz: tu amor es ido

Para más no volver; preso en Lucena

Se dejará su corazón tu esposo,

Y volverá sin alma cuando vuelva.

Sultana de las flores de Granada,

Llora; porque en verdad ya no te queda

Más consuelo que el llanto que derrames

En los amargos días que te esperan.

Arranca, pues, tristísima Moraima,

Tus rizos de oro y sin piedad cercena,

Para hacerte un dogal, de tus cabellos

La rica y aromática madeja.

¡Llora, madre sin par desventurada!

Ese hijo hermoso á quien con ansia besas

Nació cautivo para ser: su cuello

Tiene ya la señal de la cadena.

¿Por qué uniste tu amor y tu fortuna

De Abú-Abdil á la fortuna adversa?

¿Por qué tu padre te arrancó de Loja,

Blanca y olorosísima azucena?

¡Feliz de ti si nunca le dejaras!

¡Feliz si nunca, de amistad en prenda,

Tu padre del Monarca granadino

Al oriental alcázar te trajera!

Tal vez entonces Aly-Athár, contrario

Al hijo de Muley, sólo á la guerra

Le dejara partir, y no quedaras,

Cuando su amparo necesitas, huérfana.

¿Qué has hecho tú, paloma enamorada,

Víctima para ser de tales penas?

¿Qué has hecho á Dios para atraer los rayos

De su furor á tu gentil cabeza?

¡Ay! harto has hecho respirando el aire

Que de tu Rey el hálito envenena.

Nada esperes del Cielo que maldijo

La raza de Bu-Abdil: nada te resta.

IV

¡Pálida sombra de Moraima! escucha:

Oye mi voz que te habla en las tinieblas,

Y verás con placer que todavía

Hay quien contigo de tu mal se duela.

Ven, triste sombra, ven: Dios, compasivo,

Alas me ha dado como á ti, y la lengua

Me ha permitido hablar que hablan las sombras

Para ir á su región y hablar con ellas.

Ven ¡oh Moraima! El universo duerme:

Desciende en una ráfaga á la tierra:

Yo sé que está tu espíritu en la Alhambra

Y vengo á consolártele: no temas.

¡Gracias, hermosa sombra! Ya te veo

Que sobre un rayo de la luna llegas

Á estos escombros que la Alhambra fueron.

¡Ay! ¡sombras sólo en su recinto quedan!

Ven; yo te haré de mi ignorada vida

La misteriosa relación secreta,

Y tú se la dirás á tus hermanas

Cuando al imperio de las sombras vuelvas.

Yo más tarde que tú nací tres siglos:

Mas no que vivo en mi centuria creas,

No: enamorado de las sombras, vivo

Como tú en el país de las quimeras.

He venido esta noche á estas mansiones

De soledad y de silencio llenas

Y, aunque tú te creías invisible

Para mí, yo vagar te vi por ellas.

¿Sabes, dulce y quimérica Moraima,

Cuál es la ocupación de mi existencia?

Pues es no más la de contar al mundo

De los pasados tiempos las leyendas.

Yo he venido á Granada á demandaros

No más que á solas me contéis las vuestras,

Para que yo en mis versos harmoniosos

Á mi egoísta edad contarlas pueda.

Y ahora escucha, Moraima, otro secreto,

Que mi callado corazón encierra

Desde el instante en que pisé la Alhambra;

Pero que tus hermanas no lo sepan.

Oye: de todas las hermosas sombras

Que los recintos de Granada pueblan,

Tú eres la más gentil, la mas simpática,

Y la de que mi edad menos se acuerda.

Pues bien, Sultana de las sombras, oye:

Yo adoro tu fantástica belleza;

Yo, que he puesto en las sombras mis amores,

Te amo, y mi tierno amor quiero que sepas.

Cuando, mujer, en la región vivías

De los mortales, en mortal tristeza

De los pesares víctima viviste,

Calumniada te viste con afrenta

De tu estirpe y virtud, vendida esposa,

Madre apartada de tus hijos, sierva

Más que reina en tu casa, y del más noble

Y más valiente de los padres huérfana;

Pues bien, Moraima, ahora que, fantasma,

Vives con otro sér otra existencia,

En tu vida de sombra, yo, que te amo,

Una vida mejor quiero que tengas.

Tú serás la Sultana de mis cuentos,

Yo en mi laúd lamentaré tus penas,

Enjugaré tus lágrimas con flores

Y regaré tu lecho con esencias;

Te llevaré conmigo á los alcázares

En donde tiene su morada regia

La noble, omnipotente poesía,

Que sobre el mundo soberana impera.

Entonces tomarás, como las auras

De la montaña, transparente aérea

Y luminosa forma, y será obscura

Á par de ti la nieve de la sierra,

La claridad del alma menos limpia

Que de tu vaga faz la transparencia,

Y la del sol poniente menos rica

Que tu rubia y flotante cabellera.

Y entonces con desdén verás que el mundo

Te reconoce de las sombras reina,

Tu pavorosa aparición adora

Y de tu velo azul las orlas besa.

Mas ya comienza á amanecer: al cielo,

Sombra gentil de mis amores, vuela:

¡Adiós, Sultana de las sombras! huye:

Yo me quedo cantándote en la tierra.

V

Ya por el horizonte blanquecino

Comienza á despuntar la luz primera

Del sexto día en que con hueste brava

El Rey Abú-Abdil partió á Lucena;

Y ya, envuelta en un schal de cachemira

Desde la parda torre de la Vela

Tiende su madre los avaros ojos

Por la extensión de la tranquila Vega.

Todo es silencio, el campo todavía

Iluminado por el alba apenas;

Duermen aún las aves en las ramas

Y cerradas están todas las puertas.

Ningún viviente sér en lontananza

Comienza el punto de su sombra negra

Á acrecentar, sobre el sendero blanco

Por donde de Abdilá se aguardan nuevas.

Fría, impasible al parecer la Mora,

Pero de angustia inexplicable presa,

Silenciosa y sombría se mantiene,

Inmóvil, apoyada en una almena.

Dentro del triste corazón materno

Fiera aunque oculta tempestad fermenta,

Y á sus ojos las lágrimas no suben

Porque en el hondo corazón gotean.

Alguna vez su pie, que el suelo hiere

Con ímpetu, delata su impaciencia,

Y algún suspiro, que fugaz exhala,

La realidad de su aflicción revela.

Nadie parece aún: el sol brillante

De un día de temprana primavera

Extiende ya sus purpurinos rayos

Por el verde tapiz de las laderas.

Las cristalinas gotas del rocío,

Que se columpian en la móvil hierba

Mecidas por el aura matutina,

Del sol á los reflejos reverberan.

Ya abandonando su caliente nido

Bulliciosos los pájaros gorjean,

Y estremeciendo de placer sus plumas,

Á Dios bendicen y su luz celebran.

¡Cuán hermosa en los campos de Granada

Se ostenta la feraz naturaleza,

Cuando del seno de las sombras sale

Virgen, florida, perfumada y fresca!

Aixa desde la torre su hermosura

Callada y melancólica contempla,

Sin ver en la extensión de la campiña

Más que de Loja la torcida senda.

«¡Alahuakbar! clamó, sola creyéndose;

¡Ya la tardanza de Abdilá me aterra!»

Y á sus palabras contestó un gemido

Hondo, angustioso: de Moraima era.

Tornó los ojos la Sultana madre

Hacia la esposa pálida, y al verla

Con la vista y la faz desencajadas,

Siguió de su visual la línea recta.

¡Presentimiento de su amor sin duda!

Un punto negro y móvil va con lenta

Vacilación su forma acrecentando

Sobre el camino que hacia Loja lleva.

Käel, que á los pretiles no alcanzando,

Por la hendidura ve de una aspillera,

Fué el primero que un árabe jinete

Reconoció en el punto que negrea,

Y á Moraima con muda pantomima

Explicó la verdad, que aun no penetra

La vista de las Moras, menos clara

Por la edad y las lágrimas en ellas.

«Tiene razón Käel, es un jinete,»

Dijo la madre al fin, sobre las cejas

Formando una pantalla con la mano

Para ver más sin que la luz la ofenda.

«Es un guerrero, sí», dijo Moraima

Á su enano Käel que la hace señas:

«Es un guerrero de Granada, dijo

Aixa á Moraima, tus colores lleva.»

Es, en efecto, un caballero moro,

Que á escape las campiñas atraviesa

Sobre un caballo del desierto, y rápido

Como una nube á la ciudad se acerca.

Dos ó tres veces se perdió cubierto

Por los árboles altos de las huertas,

Y apareció otras tantas, más distinto

Cada vez y más próximo. Las cercas

Dobló de los jardines exteriores,

Cruzó las intrincadas callejuelas

Del arrabal y entró por Bib-Elvira,

Por el vigía al conocerle abierta.

«Vamos á recibirle»,—exclamó Aixa.

«Vamos», dijo Moraima: y, la escalera

Tomando de la torre, las Sultanas

Bajaron de la Alhambra hasta la puerta.

Un momento después, bajo del arco

De la justicia, la rendida yegua

Del caballero moro desplomóse

Ante los pies de su jinete muerta.

Era el bizarro Cid-Kaleb, amigo

De Abú-Abdil, quien respirando apenas

Dobló ante las Sultanas la rodilla,

Mas sin poder hablar. En su impaciencia

Hirió Aixa el suelo con la planta y dijo:

«Habla: ¿qué es de Bu-Abdil?—Hacia la tierra

Cristiana con la mano señalando,

Respondió Cid-Kaleb:—¡Allá se queda!

—¿Muerto?—Cautivo.—¿Y Aly-Athár?—Sin vida,

Su cuerpo el agua del Genil se lleva.

¡Cayó sobre los Árabes el cielo

Y yacen sin sepulcro en tierra ajena!»

Lanzó un grito Moraima, íntimo, agudo,

Honda expresión de su profunda pena,

Y cayó sin aliento entre los brazos

De Aixa, que la abrazó por vez primera.

Lívida, silenciosa, sosteniendo

Á la infeliz Moraima con la fuerza

Nerviosa del dolor, quedó Aixa un punto

Los ojos con horror fijos en tierra.

«¡Alahuakbar! ¡Dios grande!» exclamó al cabo:

Y de su rostro por la tez morena

Resbalaron dos lágrimas, dos solas:

¡Mas de lava y de hiel dos gotas eran!

VI

Tórtola blanca de azulados ojos,

Perla robada del peñón de Loja,

Flor de la Alhambra, de su bosque ameno

Cándida corza:

Bella Sultana, creación aérea

De mi alma triste que en los aires mora:

¿Dónde me ocultas tus celestes ojos,

Garza paloma?

Pálida estrella cuya luz no veo,

Flor de quien busco el delicioso aroma

¿Dónde eres ida, mi gentil Moraima?

¿Quién te me roba?

¿Qué nube opaca tus estancias ciñe?

¿Qué genio infausto en su mansión se posa?

¿Por qué es hoy luto y soledad lo que antes

Fué luz y gloria?

¿Qué maleficio de silencio y duelo

De tus estancias el recinto colma,

Que hasta la fuente que corría en ellas

Seca está ahora?

Tus frescos patios de arrayanes llenos,

Tus ricos techos de marfil y concha,

Tus camarines de labor morisca

Yacen en sombra.

¿Dónde tus ojos que alumbrar solían

Tus regias salas, imperial señora?

¿Dónde los sones de tus ya olvidadas

Cántigas moras?

¡Ay! muda oprimes en letargo yerto

Los almohadones de tu umbría alcoba:

Sólo tu esclavo te sostiene, sólo

Käel te llora.

Duerme, Moraima, en tu letargo, duerme;

No vuelvas nunca á las amargas horas

Que las vigilias de tu vida aguardan

Tempestüosas.

Duerme y no vayas al salón sombrío,

Donde Aixa escucha de Kaleb á solas

Las de tu padre y de tu esposo aciagas

Negras historias.

Duerme y no vayas: á Kaleb no escuches,

Hija sin padre, sin esposo esposa;

Su voz aterra, su relato eriza:

Duerme: no le oigas.

Sér vaporoso, creación de un alma

Que en sombras leves su pasión coloca,

Hada que hechizas de mi amor poético

La fe recóndita:

Ven á mis brazos, de mis sueños hija;

Ven: dame tu alma que el pesar desola,

Y yo del sueño la hundiré en la sima

Lóbrega y honda.

Yo, que comprendo de las sombras vagas

La lengua pura y la mortal congoja,

Traeré á tu alma aletargada menos

Fieras memorias.

Ven: yo no quiero que tu sér errante

Vague esta noche por las frías bóvedas

De este palacio, que sangrientos sueños

Sólo atesora.

Sé que en la angustia de tu afán doliente

Hasta el consuelo de mi amor te enoja;

Mas ven al campo de las almas tristes

Y melancólicas.

Allí dormida soñarás quimeras

Tristes y vagas, pero no angustiosas,

Mientras relatan la fatal leyenda...

Ven: no la oigas.

Mas ¡ay! ¿quién puede interrumpir los daños

De los pesares que al mortal acosan?

Sufre y delira, vagarosa hija

De mi alma loca.

Tórtola triste que en el sauce umbrío

Tu amor perdido solitaria lloras:

Ráfaga helada que el ciprés gimiendo

Lúgubre azotas:

Són temeroso con que el mar airado

Fiero amedrenta la desierta costa:

Eco del viento que las huecas ruinas

Cóncavo asordas,

Dadme de vuestros funerales ruidos

Las más siniestras y dolientes notas,

Para que en torno de la Alhambra eleve

Fúnebre trova.

VII
ORIENTAL

Sultana de la alegre Andalucía,

Alcázar de la luz y de las flores,

¿Qué fué de la alegría

De tus Señores?

Encanto de los ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Espejo de la luz del medio día,

Kiosko oriental de excelsos alminares,

¿Qué fué de la harmonía

De tus cantares?

Bellísima Granada,

Tu luz está apagada,

Los ojos celestiales

Están bajo sus schales

Su pecho dolorido

Su voz es un gemido

del cielo favorita,

tu gloria está marchita:

de tus doncellas moras

llorando largas horas:

suspira sin amores;

su lecho ayer de flores

Es lecho de agonía...

Encanto de los ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Rosal del medio día,

Nidal de ruiseñores,

¿Qué fué de la alegría

De tus Señores?

La Alhambra está desierta

Cerrada está su puerta,

Su fábrica altanera

Y en ella la bandera

No anuncian la victoria

Los cánticos de gloria,

y obscuros sus salones:

cerrados sus balcones:

la tempestad azota

de Abú-Abdil no flota:

sus áureos alminares:

placer de sus hogares,

Son ayes de agonía...

Encanto de mis ojos,

¿Quién causa tus enojos?

Rosal de Alejandría,

Remedio de pesares,

¿Qué fué de la harmonía

De tus cantares?

¡Oh mísera Granada!

¡Oh madre desolada!

Tus hijos los más bravos,

Ó muertos son, ó esclavos

Abdil, flor de tus flores,

Y están tus defensores

¡oh triste reina mora!

¡llora sin tregua, llora!

amor de tus entrañas,

detrás de tus montañas;

no habita ya en Comares,

sin tumba ó sin hogares.

¡Lamenta tu agonía,

Sultana de la hermosa Andalucía!

Mirab sin alminares,

¿Quién te dará harmonía

Sin tus cantares?

Espejo de la luz del medio día,

Alcázar de las flores,

¿Quién te dará alegría

Sin tus Señores?

VIII

Es alta noche ya: muda y desierta

Yace en tinieblas la oriental Alhambra;

Ni una luz en sus altos ajimeces,

Ni un paso, ni una voz en sus murallas.

Granada está á sus pies, como ella obscura,

Muda como ella, triste y solitaria:

Ni una voz en el fondo de sus calles,

Ni una luz en sus lóbregas ventanas.

El peso del dolor y de la afrenta

Y el ambiente letal de la desgracia

La tienen, más que en sueño sumergida,

En profundo sopor aletargada.

El duelo universal que la circunda

Los lamentos inútiles apaga,

Y se oyen los gemidos solamente

En la profunda soledad del alma.

Todo es silencio la morisca Corte:

Mas ¿quién no vierte en el silencio lágrimas?

Allí llora la madre por el hijo,

Por el hermano allí gime la hermana:

La esposa llora su perdido esposo,

Su cautivo galán llora la dama,

El amigo la suerte del amigo...

¡Noche horrenda y fatal para Granada!

Todos conocen la sangrienta historia,

Y á su vez la magnánima Sultana

Aixa, después de lamentarla, quiso

Con pormenores amplios escucharla.

La Madre de Abú-Abdil es una altiva

Matrona, digna de la edad romana,

Que en el momento de sentir las penas

Reflexiona que debe dominarlas.

Entregada á un dolor íntimo y mudo,

Todo el día pasó sola en su estancia;

Pero se dijo al fin: «Si está cautivo,

Pensar debemos en que libre salga.»

Y avisado Kaleb por un esclavo,

Subió de noche al silencioso alcázar,

Donde de oir la desastrosa historia

Le esperaba impaciente la Sultana.

«Habla, Kaleb, le dijo cuando á solas

Se hallaron: cuenta la fatal jornada:

Todo quiero saberlo en esta noche,

Y Aláh, Kaleb, me alumbrará mañana.»

Y he aquí que en el silencio de la noche,

Relatando Kaleb y oyendo Aixa,

En un salón del patio de Leones

En este punto de la historia estaban.

IX
KALEB

«No era de día aún cuando empezamos

Á salir del barranco, donde á obscuras

Habíamos pasado aquella noche

En profundo silencio. Las hileras

De guerreros, cautivos y ganados

Que cruzaban el valle, parecían

Sobre las sendas cóncavas, movibles

Serpientes gigantescas, á la escasa

Claridad de los astros. Los enormes

Peñascos dibujaban sobre un cielo

Apenas azulado los contornos

Deformes de sus crestas, en las cuales,

Toda la noche oímos el siniestro

Graznido de los buitres, y el aullido

Temeroso del lobo, cuyos ojos

Veíamos brillar entre las matas.

Todos éramos hombres avezados

Á las escenas de la guerra; pero

Un no sé qué de pavoroso y triste

Nos encogía el ánimo en aquella

Melancólica noche, y caminábamos

En lúgubre silencio: parecía

Que iban á desplomarse los peñascos

Sobre nuestras cabezas, y queríamos

Salir cuanto antes del medroso valle.

Dimos por fin en la llanura: el alba

Comenzaba á clarear y distinguimos

Los almenados muros de Lucena.

Con los cautivos y la presa entonces

Mil peones dejando y cien jinetes,

Avanzamos, creyendo sorprenderla,

Sobre la villa. Abú-Abdil, seguido

De un escuadrón de jóvenes valientes

Y ansiosos de renombre, se metieron

Á escape por las huertas y arrabales.

Ni un sér viviente se encontraba en ellos,

Ni se abrió una ventana ni una puerta.

Prevenidos sus cautos moradores,

Se habían encerrado en el castillo.

¡Mas Aláh estaba allí!... Su faz airada

Brilló tras de los muros y, en el punto

En que tiñó la luz el horizonte,

Se cubrieron de cascos de cristianos,

Y una lluvia de dardos y de piedras

Cayó sobre nosotros: los clarines

Y tambores cristianos atronaron

El viento, y la bandera de Castilla

Se desplegó con insolente orgullo.

«¡Al asalto!» gritó con voz de trueno

El Rey Abú-Abdil, con una trompa

Haciendo la señal. En el instante

Se cubrieron de escalas las murallas,

Y los turbantes moros blanquearon

Envueltos con los cascos de Castilla

Encima de los cóncavos adarves.

¡Ay! Aláh estaba allí contra nosotros,

Sultana: era un león cada cristiano,

Y los genios impuros del abismo

Peleaban por ellos aquel día:

Sus hachas y sus mazas con horrible

Martilleo caían en las frentes

De los escaladores, y rodaban

Al foso con estruendo los cadáveres.

«Señor, dijo Aly-Athár á vuestro hijo

Que rugía de saña: es necesario

Retirar nuestra gente: prevenidos

Estaban, mas la tierra está tranquila

Y no han hecho señal las atalayas.

No tienen, pues, socorro, y con un sitio

De un solo día se darán.» Oyóse

Tocar á recoger, y comenzamos

Á cejar. Una niebla blanquecina

Traída por un viento de Occidente

Enlutaba la atmósfera, impidiendo

Ver á largas distancias. Los peones

Que custodiaban el botín, mirándonos

Volver, picaron las revueltas reses

Y comenzaron á marchar, creyendo

Ya abandonada nuestra empresa. Ahora

Dispénsame, Sultana, si el desorden

De mi dolor confunde mis palabras,

Porque de mis ideas el tumulto

No las deja mejor brotar del labio.

¡Ay! ¿cómo te diré lo que quisiera

Olvidar para siempre?»—Sofocada

Aquí la voz del Árabe, tomaron

Una expresión siniestra sus miradas;

Sus músculos temblaron sacudidos

Por interior agitación, su cara

Palideció, y al fin con hondo acento

Y en el dialecto gutural del África,

El lento é inharmónico relato

Continuó así de la fatal jornada,

Ora bajando el tono, ora elevándole

Conforme la pasión que le agitaba.

¡Y era espantoso de escuchar su cuento,

Y espantosas de ver sus exaltadas

Actitudes y gestos, inspirados

Por el rencor, la afrenta y la venganza!

«En medio de la niebla, como turba

De maléficos genios, los cristianos

Salieron á nosotros: no les vimos

Hasta que atravesados por sus flechas

Cayeron los Muslimes. Su caballo

Revolvió el Rey al punto, y todos dimos

La cara á aquellos perros, que salían

Por detrás á mordernos. Ya en desorden

Les teníamos puestos, cuando, el aire

Rasgando una trompeta castellana,

Nos sentimos cargar por la derecha

Por una tropa de jinetes: íbamos

Á volvernos allí cuando, en el monte

Que á nuestra izquierda se elevaba, oímos

Un clarín italiano, y cada encina

Brotó un cristiano caballero. Entonces,

Con tan distintas señas confundido,

Dijo Aly-Athár al Rey: «Esa trompeta,

Señor, es Italiana: el estandarte

Que traen aquellos otros no le he visto

En batalla jamás: el mundo entero

Creo que viene aquí sobre nosotros.»

¡Alahuakbar! ¡Sultana, estaba escrito!

Cejábamos lidiando, en la esperanza

De unirnos á los nuestros: mas al punto

De mirar hacia atrás, vimos que todos

Huían por los montes, torpemente

El inmenso botín abandonando.

«¡Volved, gritaba el Rey corriendo á ellos,

Volved, desventurados, y á lo menos

Sabed de quién huís.» ¡Voces inútiles!

Otro tambor, doblando en la angostura

Por donde huían, aumentó su miedo

Y dieron como ciervos espantados

Á correr por el valle. ¡Aláh potente!

Obligados á huir los que quedábamos

En rededor del Rey, le circuimos

Y volvimos la espalda, descendiendo

Hasta un angosto paso de la sierra:

Un pelotón de nobles Granadinos,

Caballeros leales que volvían

Á buscar á su Rey, en él hallamos

Protegiendo á los últimos peones

De nuestro bando. El Rey volvió la cara

Al llegar á la cóncava angostura,

Y en un estrecho llano deteniéndose

Nos dijo: «Retirémonos como hombres

Que ceden á la suerte, mas no huyamos

Como cobardes que la muerte temen.»

Y metiendo al caballo las espuelas,

Cargó sobre los perros Nazarenos

Que nos seguían: á ampararle todos

Nos lanzamos tras él, y los cristianos,

Desordenados al tremendo empuje

De los caballos árabes, nos dieron

Tiempo para ganar las angosturas

Donde en estrechas sendas imposible

Les era acometernos; y emprendimos

La peligrosa retirada á Loja.

Los enemigos, pronto rehaciéndose,

Entraron tras nosotros en la hondura

Pisándonos las huellas; cinco leguas

Combatiendo y marchando recorrimos

Hasta el valle fatal de Algarinejo.

Aquí el Genil, con las crecidas ancho,

Segunda vez detuvo nuestra marcha:

Nos arrojamos á vadearle y salvos

Nuestros caballos á sacarnos iban

Nadando vigorosos, cuando vimos

Con ira y con terror que, á la ribera

Bajando en rigurosa disciplina,

Salía á recibirnos en sus lanzas

Otro escuadrón cristiano, como un muro

De hierro levantado en el camino.

Su jefe, el gigantesco Don Alonso

De Aguilar, á su frente sonreía

Mirándonos salir de entre las aguas

Con placer infernal; yo le había visto

En mi cautividad y le tenía

Bien presente. Dió el grito de ¡Santiago!

Y aquel muro de hierro se nos vino

Como un témpano encima. La pelea

Fué horrenda. Con el agua á la cintura

Los más, mucha la ira, el suelo escaso,

Vinimos á las manos arrojando

Las inútiles lanzas y acudimos

Á los alfanjes y puñales; rojas

Iban á poco del Genil las aguas.

Yo peleaba junto al Rey: su brazo

Era un rayo: sus ojos chispeaban

Como carbones encendidos: sangre

Le brotaban los labios, que rabioso

Se mordía, y hendiendo, atropellando,

No con la voz, con el esfuerzo heroico,

Nos animaba á combatir sin tregua,

Para morir con honra ante su vista.

Mas he aquí que un cristiano que caído

Se halló bajo de mí, tal vez creyendo

Que era yo el Rey por mi caballo blanco,

Le cortó los jarretes; dió un bramido

El generoso bruto, y desplomándose

Cayó sobre mi cuerpo, en torno mío

Una laguna con la sangre haciendo

Que sus arterias rotas derramaban.

Pasaron sobre mí cien y cien veces

Amigos y enemigos, sin que fuera

Posible levantarme. Entonces, Aixa,

¡Aláh lo olvide! blasfemé, escupiendo

Al cielo sin piedad para los Árabes:

Y allí tendido, ahogado bajo el peso

De los que sobre mí cayendo iban,

Y recibiendo en mi lugar la muerte,

Á quien en vano á veces invocaba,

Vi caer á Aly-Athár, bajo el mandoble

De Don Alonso. Con la frente hendida

Á un tajo de su brazo formidable

Cayó, más sin soltar la cimitarra,

Aly-Athár en el río, y su cadáver

Las turbias ondas del Genil sorbieron.

¡En el Edén los justos le reciban!

Los que lidiar y perecer le vieron

Su muerte llorarán mientras que vivan.

Con él se hundió el valor de los Muslimes;

Cuarenta caballeros que lidiaban

Con el Rey, le dijeron á mi lado

Defendiéndole: «Sálvate: nosotros

Moriremos por ti. » Yo vi el semblante

De tu hijo, surcado por dos lágrimas,

Volverse á aquellos fieles caballeros

Y lanzarse otra vez en la pelea

Para morir con ellos. ¡Oh Sultana!

Tu hijo es un Rey valiente que combate

En la primera fila: es un Rey noble

Que defiende á los suyos; pero temo

Que sus tristes horóscopos se cumplan:

Dios le abandona á su fatal estrella,

Y por más que su aliento soberano

Prodigios hace de valor humano,

La fuerza de su sino le atropella.

Persuadido por fin de que era inútil

Ya su obstinada resistencia, tu hijo

Arrojándose al agua, á su corriente

Se abandonó: mis ojos le siguieron

Con indecible afán: le vi alejarse:

Le vi tocar en la ribera opuesta,

Vi caer su caballo moribundo,

Y le vi vacilante de fatiga

Meterse en un jaral: le creí salvo.

Mas ¡ay! á poco junto á mí sin armas

Le vi pasar, á la merced de un jefe

De quien iba cautivo. En su cimera

No había ya una pluma, ni una hebilla

Que encajara en su arnés, roto en cien partes.

Lleno de sangre y de sudor el rostro,

Reconocíle apenas: como un sueño

Le vi alejarse, y el pesar, la ira,

La vergüenza, el cansancio, me prensaron

De angustia el corazón... pasó una nube

De sangre ante mis ojos y, en la arena

Caer dejando la cabeza inerte,

Que para verle alcé, me eché sin pena

En los brazos del ángel de la muerte.»

Calló Kaleb y, el rostro con las manos

Cubriéndose, lloró. Torva, sombría,

La Sultana clavó sus negros ojos

En el suelo, las lágrimas apenas

Pudiendo contener que en las pupilas

Sentía aglomerársela, y gran trecho

Sin pestañear inmóvil se mantuvo,

Porque no se la huyeran de los párpados.

Tragóselas al fin, y sobre el hombro

Poniendo de Kaleb su mano ardiente,

Dijo: «Bien. ¿Y qué más?» El Moro alzando

La cabeza y mostrando su semblante,

Que surcaban las lágrimas, repuso:

«¿Qué más he de decirte? Anochecía

Ya cuando en mí torné. Tendí los ojos

En rededor: cubierta la ribera

Estaba de cadáveres: los buitres

Aguardaban la ausencia de la vida

De algunos que aun luchaban con la muerte

Para cebarse en ellos, y en las breñas

Aullaban ya los lobos. Mi caballo,

Con las postreras ansias revolcándose,

Se separó de mí, y á sus esfuerzos

Desesperados, de los cuerpos libre

Que pesaban sobre él, me había dejado

Libre también á mí. Tendí mis miembros

Entumecidos y probé mis fuerzas.

Al movimiento que hice, vi los ojos

De un Árabe tendido en mí fijarse.

Era el valiente Ben-Osmín; el pecho

Tenía atravesado por un dardo

Que no pudo sacarse, y expiraba

Con el valor sereno de los héroes.

Me conoció, y al verme en pie llamóme:

«Toma (me dijo el infeliz), si vives

»Y vuelves á Granada, da esa trenza

»De sus cabellos á Jarifa, y dila

»Que es mi sangre la sangre en que empapada

»Se la envío, y que ya no espere verme

»Sino en el Paraíso;» y alargándome

La trenza con la mano ensangrentada,

«Toma,» me dijo, y se tendió, cerrando

Los ojos para siempre. Apoderarme

Logró al fin de un caballo sin jinete,

Y echando por lo espeso de la sierra,

Corrí en un día lo que anduve en siete,

Hasta salir de tan infausta tierra.»

«¡Alahuakbar! Dios es de los destinos

Señor, exclamó Aixa. Ven mañana

Al trasponer el sol á este aposento:

Temo á los inconstantes Granadinos,

Y necesito meditar mi intento:

Mañana le sabrás.—Adiós, Sultana.»

Dijo Kaleb, y hacia la puerta un paso

Dió: mas al levantar de su cortina

El cairelado azul pérsico raso,

Permaneció Kaleb sin movimiento,

Cual si viera en la cámara vecina

Alguna aparición. Su macilento

Rostro volviendo á él, dijo la Mora:

«¿Qué es lo que tal admiración te inspira?»

Kaleb, ante su vista indagadora,

Descorriendo el tapiz, la dijo: «Mira.»

X

Más pálida que el mármol de la fuente

Donde apoya su brazo nacarino,

Más triste que la voz con que doliente

Gime en la costa el pájaro marino

Cuando cercano el temporal presiente,

En la ancha pila del jardín vecino

Contemplaba Moraima silenciosa

La triste imagen de su faz llorosa.

Suelto el cabello, que á merced del viento

Por los desnudos hombros ondulaba,

En el agua, al reflejo amarillento

De una lámpara de oro, se miraba.

Su cuerpo sin acción, sin movimiento

Sus enclavados ojos, semejaba

Su blanca y melancólica figura

Añadida á la fuente una escultura.

Á la luz que su lámpara destella,

Su rostro con asombro contemplaron

Aixa y Kaleb, y con callada huella

Á la infeliz Moraima se acercaron

Solícitos: mas ¡ay! inmóvil ella,

Ni les vió ni sintió cuando llegaron:

«Duerme, dijo Aixa que tenaz la mira:

—No duerme, dijo el Árabe: delira.»

Delirando, Moraima el ojo atento

De la taza de mármol no quitaba,

La imagen de su rostro macilento

Contemplando que el agua reflejaba;

Y al fin, con un suspiro y con acento

Cuya tristeza el alma traspasaba,

Con el mirar en ella siempre fijo,

Así á su imagen transparente dijo:

«¿Quién eres tú que pálida me miras

»Debajo de la trémula corriente?

»¿Quién eres tú que como yo suspiras

»Con triste faz y en ademán doliente?

»¿Eres algún espíritu que giras

»Por los senos del agua transparente,

»En pos del bien á quien perdido lloras,

»Y en el lugar en que se oculta ignoras?

»¡Ay! no le busques, sombra enamorada:

»No te fatigues más, alma perdida.

»Vete, sombra: ya amor no hay en Granada:

»Alma, vete: en Granada ya no hay vida.

»Mira: yo estoy también abandonada

»Como tú, y en el alma estoy herida:

»¡Ay! yo busco también á los que adoro

»Y el sitio en donde están como tú ignoro.

»Mas ¿por ventura buscas á tu esposo?

»¿Á tu padre tal vez? Los dos se han ido.

»El Cielo estaba obscuro y tempestuoso,

»Rugía el huracán cuando han partido.

»Iban á pelear: era forzoso:

»La tempestad allá les ha cogido...

»¿Padres y esposos buscas? ¡insensata!

»Míralos... el Genil les arrebata.

»Vete, pues: aún no han vuelto de Lucena.

»Mas ¿por qué así me miras, sombra vana?

»No me mires así: me causas pena.

»¿Quién eres?... mas ¿te ríes? ¡Ah villana!

»¡Tú eres alguna esclava nazarena!

»Sí, sí: ¡Tú eres la pérfida cristiana!

»Que me le hechiza el corazón ahora

»¡Con su infernal amor!... toma, traidora.»

Dijo y tiró la lámpara á la fuente:

Con hueco són al sumergirse en ella,

El agua helada salpicó su frente.

Quedó en tinieblas el jardín: la bella

Y enamorada aparición doliente

Se disipó, sintiéndose su huella

Primero del jardín entre las flores,

Y luego en los sombríos corredores.


LIBRO NOVENO

PRIMERA PARTE

Yo era ayer como luna llena y esplendorosa

y hoy soy como estrella que desaparece.

Azz-Eddin Elmocaddessi.

INTRODUCCIÓN

¿Qué sabe el corazón lo que desea?

¿Qué sabe de su mal ni su ventura?

Nada le satisface que posea:

Cuando no tiene, poseer procura;

No hay fealdad que, como ajena sea,

No tenga para si por hermosura:

No tiene bien que mal no le parezca,

Imposible no ve que no apetezca.

Tal anhela respetos y se infama:

Tal blasona de honor y se envilece;

Aquél cree que aborrece lo que ama,

Cree que repugna aquél lo que apetece;

Éste recoge lo que aquél derrama,

Consigue el otro lo que no merece;

¡Oh miserable corazón humano,

Como de polvo vil mísero y vano!

¡Mísero corazón que juzga eterno

Todo lo deleznable y quebradizo,

Y sumiso lo adora y lo ama tierno;

Que ciego, pertinaz, antojadizo,

Equivoca el Edén con el Averno

Y el milagro real con el hechizo!

¡Mísero corazón que diviniza

Todo lo que es como él polvo y ceniza!

¿Quién dijo: «no lo haré» que no lo hiciera,

Ni quién «no lo amaré» que no lo amara?

¿Quién hubo que por ver no se perdiera,

Ni quién que por burlar no se burlara?

¿Qué afición no empezó débil quimera

Y no acabó pasión que avasallara?

¡Mísero corazón que nada sabe,

Y de quien solo Dios tiene la llave!

Una carta, un recuerdo ó un suspiro

Hacen en sus instintos y aficiones

Tomar al corazón diverso giro,

Distinta fe, distintas opiniones.

Unas horas de ausencia ó de retiro

Cambian las simpatías en pasiones,

Y un dulce y solitario pensamiento

Da á una pasión volcánica alimento.

Una pasión que cambia nuestra esencia,

Una pasión que va con nuestra vida,

Que corroe voraz nuestra existencia:

Por cuyo ardiente amor todo se olvida,

El deber, el honor y la conciencia,

El padre tierno y la mujer querida:

Una pasión que forma nuestra suerte,

Nuestra fe, nuestra vida, nuestra muerte.

Y esa pasión preñada de misterios,

De crímenes tal vez é infamias llena,

Que pierde las familias, los imperios,

Que las almas sacrílega condena,

Es la historia de entrambos hemisferios:

Oña, Clorinda, Deyanira, Elena,

Cleopatra, Raquel, Dido y Lucrecia,

Son las de España, Italia, Egipto y Grecia.

¿Qué cosa empero es el amor? Se ignora.

Es un grande placer ó un dolor grave,

Que dicha ó mal eternos atesora.

¿Cómo viene ó se va? Nadie lo sabe,

Aparece y se extingue en una hora:

En ningún sér está y en todos cabe;

Los poetas le cantan y le cuentan:

Los pueblos le maldicen y lamentan.

Dios, sin embargo, dámosle no pudo

Como pasión desoladora y fiera,

Sino de la tristeza para escudo,

De esperanza y de fe como bandera.

Dios no creó el amor torpe y sañudo

Que desola, emponzoña y desespera,

Sino el amor feliz, íntimo y tierno,

Memoria y prenda de su amor eterno.

El hombre imbécil, cuya torpe mano

Mancha é impurifica cuanto toca,

Fué el que hizo de un instinto soberano

Una pasión desaforada y loca.

Del hombre ha sido el corazón villano,

Del hombre ha sido la profana boca,

Los que del dón mejor del alto cielo

Han hecho un germen de miseria y duelo.

De ella luego el infierno apoderado,

Contra el hombre volvió sus beneficios:

Hechizó al corazón enamorado

De su amor con los torpes maleficios:

Le arrastró con su amor desesperado

Á los más insensatos sacrificios,

Y le inmoló su honor, su fe, su calma,

Y, renunciando á Dios, vendió su alma.

Misteriosa pasión devastadora,

Inexplicable, incomprensible, insana,

Voy á lanzarme en tu región ahora.

Yo, en el templo de amor alma profana,

Yo, cuya inspiración amó hasta ahora

Las bellas sombras de la edad lejana,

Voy á hundirme en la sima en que se encierra

El infierno á que amor llama la tierra.

Pasión irresistible, cuya esencia

Se compone de hiel y fuego y lava,

Cuyo instinto feroz con complacencia

Al alma ve del corazón esclava,

Cuyo aliento letal de la existencia

Consume el germen y el vigor acaba;

Vil pasión de la fe competidora,

Tú sola puedes inspirarme ahora.

Ven, pues, á germinar en mi garganta

El secreto poder de los hechizos

Con que tu magia al universo encanta:

En mis palabras pon los bebedizos

Con que al amor tu espíritu amamanta,

Con que hace á los creyentes tornadizos;

Para cantarte, en fin, pon en mi seno

De tu esencia infernal todo el veneno.

Corazón de Boabdil, ante mis ojos

El libro pon de tu secreta historia;

Dame á leer los sueños, los antojos

Que te hicieron perder imperio y gloria,

Que de Dios te atrajeron los enojos,

Que mancharon tu vida y tu memoria,

Que te dieron al fin fatal y obscura

Muerte sin funeral ni sepultura.

¡Venid á mis conjuros!, yo os evoco,

Sombras enamoradas de Baena;

Almas á quienes dió por su amor loco

Lecho la eternidad, la vida pena;

Tú, hermosa, á cuyo amor faltó bien poco

Para abrazar traidor la fe agarena,

Y tú, africano Rey, cuya alma insana

Vendió su corazón á una cristiana.

Á la vida volved por un momento:

Recobrad vuestro sér á mi conjuro,

Vuestra faz, vuestra voz y movimiento:

Mas sólo lo poético y lo puro

De vuestro sér tomad, y al pensamiento

Mostraos á través del tiempo obscuro

Como fantasmas blancos y halagüeños,

Cual sombras puras de encantados sueños.

I

Descuella del castillo de Baena

La torre superior del homenaje

Sobre las otras torres de su fábrica,

Cual pino erguido sobre humildes sauces.

Compónese esta antigua fortaleza

De un vasto cuadrilátero que, iguales,

Flanquean cuatro torres, que en sus ángulos

Colocadas se ven y equidistantes,

Y á las que unen de robustos muros

Cuatro sólidos lienzos, según arte

Militar de aquel tiempo, coronados

De almenas, aspilleras y baluartes.

De cada lienzo en la extensión, esbeltos,

Cuatro torreoncillos sobresalen,

Que á la par que duplican la defensa,

Dan adorno á su fábrica elegante.

Estos lindos y aéreos torreones

Del muro en la mitad toman arranque,

Y en él apoyan sus ligeros cubos

Rematando en graciosas espirales,

Y, en el muro colgados, asemejan

Borlones de arabesco cortinaje,

Y sus cabezas almenadas, nidos

De cigüeñas y de águilas rëales.

En medio de esta fábrica se eleva

La torre principal, de la que parten

Cuatro arcadas que, uniéndola á los muros,

Su comunicación mantienen fácil.

Dividida en dos cuerpos esta torre,

Concluye el inferior en un adarve

Sobre el que cuatro puentes levadizos

Dejan aislada la maciza base:

De modo que si en caso de un asalto

Los muros exteriores se ganasen,

Aun quedarán sus bravos defensores

Señores de su centro inexpugnable.

Del cuerpo superior se alza orgullosa

La cabeza magnífica y gigante,

Ceñida de almenados torreones

En que ondea de Cabra el estandarte:

Y le cerca, partido por los puentes,

Hermoseando los sólidos adarves,

Un cinturón de huertos y jardines,

Copia gentil de los pensiles árabes.

Recreo de sus nobles Castellanos,

Cuando tiempo les dejan sus afanes

Guerreros ó políticos, en ellos

Se entregan á domésticos solaces.

La Condensa de Cabra al fin del día

Á sus floridos cenadores sale,

Y sus hijas en ellos de preciosas

Plantas cultivan tiestos á millares.

Y desde lejos á las dos hermanas

Viendo vagar entre sus flores y árboles,

Tal vez las cree el patán supersticioso

Del castillo los genios tutelares.

Tal es la fortaleza de Baena

Cuya historia es famosa en los romances,

Y á cuya antigua fábrica del mío

La descosida narración nos trae.

II

Es una noche clara en que ilumina

El firmamento azul la luna llena,

Con esa luz templada y argentina

Que extiende por la atmósfera serena

Un velo de fantástica neblina.

Las torres del castillo de Baena

Vense á su tibia claridad distintas,

Tomando en ella nacaradas tintas.

En paz reposa el señorial castillo;

Todo tranquilo en su recinto calla:

Del vigía que vela en el rastrillo

Y el centinela puesto en la muralla,

De las móviles armas radia el brillo:

Todo cerrado y barreado se halla;

No hay más que una ventana que no encaje

En la torre feudal del homenaje.

De ella asomado á la robusta reja

Contempla la campiña un prisionero,

Y á su ánima vagar por ella deja,

Dando un solaz mezquino y pasajero

Al rudo afán que el corazón le aqueja,

Y al pie de su ventana un ballestero

Vigila en el adarve, murmurando

La estrofa de un cantar de cuando en cuando.

Mas no es tan sólo al campo á lo que mira,

Sin duda, el melancólico cautivo;

Ni es para la aflicción con que suspira

La libertad el solo lenitivo.

Lo que espera no es, ni á lo que aspira,

Seña exterior, ni á verse fugitivo:

Su esperanza tal vez está pendiente

En un balcón del torreón de Oriente.

De él su mirada pertinaz no quita,

De su reja teniéndole frontero:

Mas que sorprenda cuidadoso evita

Su mirada el sombrío ballestero,

Cuya curiosidad acaso excita

La vigilia tenaz del prisionero;

Es ya empero la noche bien entrada

Y nada justifica su mirada.

La media noche al fin cantó el vigía,

Cuando he aquí que del balcón del muro

Lentamente se abrió la celosía;

Hundióse de su cárcel en lo obscuro

Al ver el prisionero que se abría,

Y á poco en la región del aire puro,

De una guzla morisca acompañada,

Se derramó una voz á ella acordada.

Y bien fuera por seña convenida,

Ó por acaso inmeditado fuera,

La guzla tras la reja fué tañida,

Del balcón al abrirse la vidriera:

Mas entonada por azar ú oída

Desde el balcón por alguien que la espera,

El cautivo esta cántiga entonaba,

Y hasta el balcón el viento la llevaba.

SERENATA MORISCA

ESTRIBILLO

Azucena—de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa—Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

1.ª

Sultana hermosa de los jardines,

Ramo de mirra, tazón de flores,

Bajo la huella de tus chapines

Nacen rosales, mirto y jazmines:

En cuyas ramas llenas de olores

Hacen su nido los colorines,

Duermen los genios de los amores,

Y buscan sombra los serafines.

¿Dónde hay belleza de criatura

Que se compare con tu hermosura?

Tienes el cuello airoso

De la paloma,

Y el aliento oloroso

Como el aroma;

Tus ojos puros

Son ojos de gazela,

Dulces y obscuros.

Cristiana bella,

Por ver un rayo de tu mirada,

Sentir tu aliento, seguir tu huella,

Yo te daría

El mejor carmen de mi Granada,

Mi mejor torre de Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena—de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa—Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

2.ª

Sultana, hermana de las huríes,

Que los jardines del cielo moran,

Tus dos mejillas son carmesíes

Como granadas que se coloran;

Tus labios rojos como rubíes,

Y me parecen cuando sonríes

Los dientes puros que en sí atesoran,

Corderos blancos entre alhelíes.

¿Quién es el hombre que te merece?

¿Quién la que hermosa te se parece?

Tu cintura es esbelta

Como las palmas;

Tu cabellera suelta,

Red de las almas;

Suave tu acento

Como el rumor del agua

Y el són del viento.

Cristiana hermosa,

De tus cabellos por solo un rizo,

Por tu sonrisa más desdeñosa,

Yo te daría

Mi castillejo más fronterizo,

Mi mejor puerto de Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena—de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa—Nazarena,

Abre á mi canto tu celosía:

Abre, Sultana del alma mía.

3.ª

Si tú admitieras, linda cristiana,

Las verdaderas creencias mías,

Á mi suntuosa corte africana

Como mi esposa me seguirías.

Tendrías fiestas todos los días,

Sortija y toros cada semana,

Y en mis palacios habitarías

De mis vasallos como Sultana.

¿Quién no te hablara puesto de hinojos?

¿Quién en ti osara poner los ojos?

Garza sobre una peña

Mal anidada,

Ven conmigo á ser dueña

De mi Granada.

Vuela sin ruido,

Las torres del Alhambra

Serán tu nido.

Bella cristiana,

Si te vinieras á ser mi esposa,

Para que fueras sola y Sultana

Yo te daría

Para tu esclava mi alma amorosa,

Para tu alcázar mi Andalucía.

ESTRIBILLO

Azucena—de Baena,

Abre tus hojas al sol del día:

Desdeñosa—Nazarena,

Ven á ser Reina de Andalucía.

Ven ¡oh Sultana del alma mía!

Así dando la voz y el instrumento

El amante cantar por concluído,

Calló la guzla y expiró el acento:

De sus últimas notas el sonido

Fugaz el eco remedó en el viento

Con un suave y dulcísimo gemido.

Y al perderse en el aire la harmonía,

Se cerró del balcón la celosía.

Fin de los versos contenidos en el tomo segundo.


Zorrilla no pasó de aquí en su composición del Poema á Granada. Durante los cuarenta años transcurridos desde que imprimió esos últimos versos hasta su muerte, ofrecía continuar la obra, á veces dando á entender que iba á constar de varios tomos, á veces de sólo un tercero, que dejó anunciado en este segundo como próximo á publicarse. Sin embargo, ni en las lecturas privadas que hacía constantemente de sus composiciones, ni en los apuntes ó fragmentos de ellas que se han encontrado entre sus papeles, figuraron nunca trozos inéditos del Poema ó proyectos alusivos á su desarrollo y terminación. Últimamente, cuando en 1889 el poeta fué coronado en Granada, dijo que si se le alojaba un año en la Alhambra escribiría ese tomo tercero, sobre el cual fundaba muchas ilusiones, aunque no se detuvo á explicarlas, ni menos á indicar los resortes artísticos de que iba á valerse.

Es, pues, de presumir que Zorrilla llevaba en su cerebro el Poema, y en disposición á toda hora de vaciarlo sobre el papel sin grandes preparaciones, como sin ellas había vaciado tantos miles de versos en leyendas, odas, dramas y romances, más pronto quizá compuestos que concebidos. Todo puede creerse de su oriental fantasía, que esta vez se cansó, por desgracia, antes de concluir una obra guardada para sí sola en los anales del Parnaso español.


ÍNDICE

DE LOS TÍTULOS CORRESPONDIENTES Á LAS DIVERSAS PARTES DEL POEMA

TOMO PRIMERO
DEDICATORIA Á DON BARTOLOMÉ MURIEL
PÁGINAS
Fantasía17
Las dos luces31
Inspiración44
LEYENDA DE AL-HAMAR
Libro de los sueños49
Libro de las Perlas69
Libro de los Alcázares95
Alhambra100
Generalife103
Al-Hamar en sus Alcázares109
Libro de los espíritus
Recuerdos117
La carrera127
Libro de las Nieves
Inspiración147
La carrera151
Alcázar de Azäel162
GRANADA.—POEMA
Libro primero.—Exposición
Invocación191
Narración205
Libro segundo.—Las Sultanas
El camarín de Lindaraja223
El salón de Comares251
Libro tercero.—Zahara
Gonzalo Arias de Saavedra263
TOMO SEGUNDO
PÁGINAS
[Invocación]5
[Libro cuarto.—Azäel]9
Libro quinto
[Introducción]67
[Narración]71
Libro sexto
[Las torres de la Alhambra]117
[Narración]122
[Libro séptimo]189
[Libro octavo.—Delirios]227
[Oriental]253
[Kaleb]258
Libro noveno
[Introducción]275
[Serenata morisca]287

FIN DEL TOMO SEGUNDO