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Para el texto escrito por Cejador y Frauca, el criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española, vigentes cuando la presente edición de la obra fue publicada. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.

Para el texto citado de otros autores, el criterio fue privilegiar que coincidiese con el texto que figura en la imagen utilizada para llevar a cabo la transcripción. No se han modificado evidentes errores tipográficos ni de ortografía en esos textos, estimando que la intención de Cejador y Frauca fue de preservar la grafía original. Es por eso que se encontrarán inconsistencias en la forma que están escritos varios vocablos. Se ha incorporado también la [Fe de Erratas] incluida al final en la obra impresa original, pero los errores indicados en la misma no se han corregido.

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HISTORIA DE LA LENGUA
Y
LITERATURA CASTELLANA

(DESDE LOS ORÍGENES HASTA CARLOS V)

POR

D. JULIO CEJADOR Y FRAUCA

CATEDRÁTICO DE LA LENGUA Y LITERATURA LATINAS
DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL

MADRID
TIP. DE LA "REV. DE ARCH., BIBL. Y MUSEOS"
Olózaga, 1.—Teléfono 3.185.
1915

ÍNDICE

Pág.
Carta a guisa de prólogo[v]
NACIMIENTO DEL ROMANCE Y DE LA LITERATURA POPULAR[1]
ÉPOCA ROMANA (SIGLOS I-IV)[67]
ÉPOCA VISIGÓTICA (SIGLOS V-VII)[95]
ÉPOCA ARÁBIGA (SIGLOS VIII-XI)[109]
ÉPOCA DEL NACIMIENTO DEL IDIOMA LITERARIO Y DE LA LITERATURA ERUDITA (SIGLO XII)[120]
ÉPOCA DE ALFONSO "EL SABIO" (SIGLO XIII)[177]
ÉPOCA DIDÁCTICA (SIGLO XIV)[216]
ÉPOCA DE DON JUAN EL II LA POESÍA LÍRICA CORTESANA Y LOS ALBORES DEL RENACIMIENTO
(Primera mitad del siglo XV hasta 1454)
[267]
ÉPOCA DE LOS REYES CATÓLICOS
El arte popular. El renacimiento y los humanistas (segunda mitad del siglo XV, 1454 hasta 1516)
[335]
AUTORES Y OBRAS ANÓNIMAS[495]
ERRATAS[506]

COLOCACIÓN DE LAS LÁMINAS

Pág.
Lucio Anneo Séneca (Berlín, Altes Museum) [76]
San Beato, Comentario del Apocalipsis (Catedral de Gerona) [112]
Cofre del Cid (Catedral de Burgos).—Sepulcro del Cid (San Pedro de Cardeña)[166]
Momia de D. Rodrigo Ximénez de Rada. (Discurso de D. Enrique de Aguilera y Gamboa, Marqués de Cerralbo,
en su recepción de la Real Academia de la Historia, Madrid, 1908)
[188]
Alfonso X (Ms. de la Crónica general de la época, Biblioteca Real) [194]
Crónica de Don Jaime el Conquistador (siglo xiv, Códice de Poblet, Biblioteca de San Juan) [224]
Sepulcro de D. Juan II (Cartuja de Miraflores, Burgos) [266]
Don Enrique de Villena (Del Arte Cisoria, edición Felipe Benicio Navarro) [276]
Don Íñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana [286]
Don Enrique IV (Códice de 1467, en Stuttgart) [334]
Don Gómez Manrique (Monasterio de Fres-del Val) [340]
Los Reyes Católicos (Capilla de los Reyes, Granada) [350]
Nebrija en su escuela (Elegancias romanzadas, imprenta de su hijo, Granada) [380]
Comedia de Calisto y Melibea (Burgos, 1499)[424]

CARTA Á GUISA DE PRÓLOGO

Á DON ADOLFO BONILLA Y SAN MARTÍN
Y Á QUIEN MÁS QUISIERE LEERLA

La Historia de la Literatura castellana debióla escribir, como usted sabe muy bien, querido amigo mío, y nos prometíamos todos que la escribiese, el maestro don Marcelino Menéndez y Pelayo. Íbala escribiendo de hecho, á retazos, con el vasto saber y galano decir que en sus libros admiramos. La Historia de las ideas estéticas, la Antología de poetas líricos, los Orígenes de la novela, La Bibliografía hispano-latina, los Prólogos á las comedias de Lope, tantos otros prólogos, bibliografías, estudios y libros, sillares son y aparejo, piezas artísticamente talladas, con las cuales pensaría sin duda labrar y levantar el edificio, que su misma inagotable é insaciable erudición, la demasiada grandeza de sus propósitos y la súbita y no esperada muerte le impidieron llevar á colmo.

Lo que no pudo hacer el maestro debiera hacer usted, mi querido y sabio amigo, tan impuesto y enterado como está en todo cuanto atañe á Literatura española, á Filosofía española, á cultura española y á bibliografía española, amén del continuo conversar con los antiguos clásicos, italianos y latinos, en que usted á diario se emplea, entrando y saliendo por aquellas literaturas tan familiarmente, que no sé quién, en esta parte, no le reconozca ventaja.

Bien sé yo, por el contrario, que el son de alabanza de estas mis palabras le habrán de apesadumbrar; pero ¿cómo hemos de sufrir los que su valer reconocemos que su nombre no suene por ahí dentro de España tanto como debiera sonar y suena entre los hispanófilos de fuera, por hallarse modestamente alejado de los acostumbrados conventículos de donde salen los bombos desaforados que algunos mozos pretenciosos, hinchados de huera necedad y forrados de grotesca ignorancia, suelen repartirse entre sí, sin mentar jamás á los que cabalmente por sabios macizos no meten allí el pie, contentos con trabajar en su retiro? ¿Cómo hemos de sufrir que, con todo el matalotaje de conocimientos y saber que usted tiene allegado, se nos venga usted, al cabo y á la postre, con una sencilla traducción de la Historia de la Literatura española, como la que ha hecho del eminente hispanófilo Fitzmaurice-Kelly, dejando á los que menos valemos la recia tarea de hacer medianamente lo que con su erudición y saber haría usted por manera acabada?

Bien conoce usted que no peco de exagerado ni en ensalzarle ni en abatirme, pues se conoce á sí y me conoce y es en tanta manera verdad, que se me caía la cara de vergüenza cada vez que pensaba en poner en sus manos las cuartillas de este mi libro y que le oía decir asombrado y medio turulato: "Por cierto que el atrevimiento de Cejador sobrepuja á cuanto yo imaginara y corre parejas con su diligencia y laboriosidad".

Y estará usted en lo cierto. Porque á laboriosidad y diligencia se me figura que me igualarán pocos, y en atrevimiento ya bien ve usted y toca con las manos si yo me quedo corto.

Ahora echará usted bien de ver cómo este libro, tan hijo de mi mucho atrevimiento en escribirlo yo, como de su demasiada modestia en no haberlo escrito usted, á usted y á nadie más que á usted podía y tenía que dirigírselo, como se lo dirijo por estos renglones. Porque de esta manera mi atrevimiento y su modestia podremos decir que se balancean y el libro queda justificado y en el fiel. Y ya que para los demás que hayan de leer esta carta he levantado y puesto en su punto sus merecimientos, quiero apocar y poner en el punto debido los míos, para que, dando razón de su justo asombro, disculpe con todo eso mi atrevimiento. He intentado juntar en este libro, á la historia de nuestra literatura, la historia de nuestro idioma, cifrando en breve suma cuanto tengo más largamente probado en el Tesoro de la lengua castellana y en los Diálogos sobre el nacimiento del castellano. De Filología creo entender algo, por lo menos para lo que en España se usa, y como los españoles tenemos por estilo y costumbre, harto vieja, menospreciar lo nuestro y á la discreta modestia no se opone el reconocer el propio valer, me permitirá, mi querido amigo, que para que alguien no tome el rábano por las hojas, añada que aunque mis opiniones acerca de los orígenes del castellano sean algún tanto nuevas y no suenen del todo agradablemente en los oídos de ciertos filólogos, van fundadas en el conocimiento que tengo de los idiomas todos que pueden haber contribuido á la formación del castellano. De este asunto han tratado varones entendidos en uno ó más de estos idiomas, romanistas, arabistas y vascófilos, por ejemplo. Yo he gastado toda mi vida en estudiar griego y latín, árabe y hebreo, lenguas románicas y lenguas germánicas, y muy particularmente el vascuence. He trabajado en otros muchos y peregrinos idiomas, que no es del caso mencionar, y he escrito acerca del origen y unidad de las lenguas con argumentos que todavía nadie ha deshecho ni rebatido. Consecuencia de todos estos estudios y preparación de mi vida toda son las nuevas opiniones que sustento acerca del nacimiento de nuestro romance. Creo, mi querido amigo, tener algún derecho á no dar oídos á calladas hablillas, que por detrás y sin dar la cara y menos sin redactarlas honradamente en públicos escritos, se dejan caer por ahí de solapa ciertos filólogos, cuyos méritos reconozco, pero enteramente ayunos de la mayor parte de los conocimientos lingüísticos que este asunto requiere, que podrán estar bien enterados de la Filología románica, pero que ni entienden dos renglones de cualquier libro griego, árabe, hebreo y vascongado, y gracias que lean tropezando algunos renglones de buen latín. He de añadir algo más. Estos filólogos españoles y otros extranjeros, que tratan cosas de nuestro romance castellano, desconocen lo que es nuestro idioma. Usted, que ha leído el Tesoro de la lengua castellana, sabe muy bien que del habla vulgar y verdadero castellano de hogaño y de antaño no conoce el Diccionario de la Academia las tres cuartas partes, que más que otro tanto de voces, digo mal, más que tres veces otro tanto de voces corren por ahí y andan en libros viejos, de las cuales la Academia no tiene noticia, ni de ellas tienen noticia los romanistas extranjeros. Los cuales, con ceñirse á los vocablos latinos de nuestro romance ya creen conocerlo enteramente y fallar sobre su naturaleza y nacimiento. Pero hay otros tantos y más que no son latinos y ni siquiera los mientan por la mayor parte los romanistas, porque no los conocen, y de los que conocen suelen dar etimologías tan chistosas como opuestas á las leyes fonéticas que ellos admiten en teoría y tienen después que dejar á un lado en la práctica al quererlos explicar por el latín. Todo esto he tenido que decirlo por cuanto atañe al castellano, cuya historia resumo en este mi libro. Ahora, cuanto á literatura castellana, confieso que tiene usted motivos para asombrarse de mi atrevimiento. Porque ¿qué se me alcanza á mí de este menester si me comparo con usted y con Rodríguez Marín, el que más sabe de literatura y folklore andaluz, y aun con otros menos claros en nombre, más peritísimos en letras españolas, á quienes no he de nombrar por ser harto conocidos, así como ni á los hispanófilos extranjeros, que si menos al tanto de ciertas quisicosas del romance, me dan, en cambio, quince y raya en erudición y verdadero saber? "¿Por qué, pues, me dirá usted, se ha atrevido á poner sus manos pecadoras en una Historia de la literatura castellana, cuando de sólo pensarlo me tiemblan á mí las carnes?".

Á ese por qué deseaba responder en esta carta á guisa de prólogo. Cuando leí el ejemplar, que usted me regaló, de la nueva edición de la Historia de la Literatura española, compuesta por Fitzmaurice-Kelly y por usted traducida, Madrid, 1913, se me subió la sangre al rostro, considerando lo desairado del papel que representamos los literatos españoles al dejar que nos ganen por la mano y se nos adelanten los hispanófilos extranjeros en cosa tan nuestra, que, por muy conocedores que sean de nuestras cosas, nunca pueden penetrar en el espíritu de la raza, que en ellas late y bulle, y mucho menos en cosas tan castizas y hondas como el idioma y la literatura. Y esta es la disculpa que tiene, y yo le reconozco, la dicha Historia del eruditísimo hispanófilo inglés, en no haber acertado, según á mí me lo parece, en bastantes puntos cuanto á la crítica, siendo, en cambio, tan rica en noticias bien aseguradas y tan puntual en todo y tan al cabo de los últimos descubrimientos de la erudición, que hoy camina á más andar, como podía esperarse de su autor y de muy contados españoles podría esperarse le llegaran á igualar. Esta mengua en la crítica de algunos libros y escritores, juntamente con la brevedad sucinta á que el autor quiso ceñir su obra, están pidiendo se escriba otra, si no tan prolija, retórica y rebutida de ajenas historias como la de Amador de los Ríos, obra por otro cabo meritísima, de donde muchos sacaron no poco de lo que dieron por propio, una Historia de la literatura castellana del tamaño de la de Ticknor, poco más ó menos, más moderna y más española, que desenvuelva algún tanto más lo que en la por usted traducida se halla demasiadamente condensado y ajuste más el criterio estético en el todo y en las partes.

Eso lo hubiera podido hacer, á lograr más larga vida, el Maestro; eso lo pudiera hacer usted, si no llevase de calle tantas empresas á la vez, abrumado de las cuales me persuado que no lo llegará usted á hacer nunca; eso lo pudiera hacer Rodríguez Marín, si su cargo y ocupaciones se lo permitieran. Pero ello es que ustedes los que pueden... no pueden, y así tenemos que hacer un poder los que no podemos. Alguna disculpa tiene, pues, mi atrevimiento, y si con él lograse echar no sea más que las zanjas y asentar anchos cimientos, y si no descontentándoles la traza, ustedes los que saben ú otros que después vinieren quisieran levantar sobre ellos más gallardo y macizo edificio, daríame por bien pagado.

Qué traza y criterio sea el mío héselo de apuntar aquí en dos palabras á los demás que me leyeren, ya que adelante lo han de echar de ver al leer mi libro; usted ya lo tiene leído, puesto que tan cariñosa como desinteresadamente se me ofreció á revisar las pruebas y las revisó, por lo que jamás le quedaré bastantemente agradecido.

Dificultoso es atinar, cuando el público, que desea leer una historia de la literatura, es tan vario, que unos sólo quieren conocer ceñidamente los resultados, autores, obras, juicios del historiador y el cuadro general del desenvolvimiento literario en nuestra patria, y otros buscan la razón de los hechos, mayores pormenores, la bibliografía que les encamine para estudios particulares que pudieran emprender, los fundamentos en que los resultados estriban. Á los primeros puede satisfacer la obra de Fitzmaurice-Kelly ó la que á su imitación publicó el benemérito hispanista Ernest Merimée, ó esta mía, ateniéndose á lo que, mirando á este intento, he hecho imprimir en letra más gruesa. Para los segundos es lo que va en letra más menuda, donde he procurado resumir lo más importante que me ha parecido hallar en tantísimos libros como se han escrito y cuya bibliografía anoto con particular esmero, valiéndome, sobre todo, de la que usted con tanta puntualidad ha sabido añadir á la traducción de la obra de Fitzmaurice-Kelly. Usted mismo, Menéndez y Pelayo, Foulché-Delbosc, Rodríguez Marín, Fitzmaurice-Kelly, Merimée, Farinelli y otros hispanófilos extranjeros han escrito páginas admirables sobre puntos sueltos y sin las cuales este libro no hubiera podido escribirse. Mayormente la Revue Hispanique, dirigida por Foulché-Delbosc, como usted sabe, el más cumplido de los hispanófilos, es un minero inagotable de hechos y apreciaciones, indispensable para cualquiera que desee ahondar un asunto cualquiera. Las Bibliotecas y Bibliografías de Nicolás Antonio, Gallardo, Salvá, Heredia, Brunet, Juan M. Sánchez, etcétera, etc., son canteras harto conocidas. De todas me he aprovechado, no para enseñarles á ustedes los que saben más que yo, pues ustedes pocas cosas han de aprender en este libro y muchas tendrán que enmendar, y se lo agradezco de antemano, sino para encaminar á los jóvenes que deseen trabajar en algunos puntos particulares.

Cada vez estoy más persuadido, primero, de que al orden cronológico no ha de anteponerse el de géneros ni escuelas, y segundo, de que para comprender el cuadro literario es indispensable hallar junto á él y en su propio lugar de fecha los demás escritos no literarios, pero que completan el conocimiento de las letras españolas. "Hasta hoy no se ha entendido bien la historia de nuestra literatura, dice M. Pelayo (Cienc. Esp., II, 10), por no haberse estudiado á nuestros teólogos y filósofos". Orden riguroso de años en los cuales se imprimió la primera obra de cada autor, desde que hubo imprenta, ó en los cuales se compusieron, antes de haberla, esto es, del tiempo en que cada uno comenzó á darse públicamente á conocer por sus escritos: tal ha sido mi pauta. Las obras no literarias van en caracteres menores, como lo demás que toca á ilustrar el asunto principal. De tales obras de cultura general he escogido las de mayor momento, sin tratar de agotar la inagotable bibliografía.

Estas dos innovaciones son las que me han movido á emprender este trabajo, ya que ustedes los que pudieran mejor que yo no lo hacen; pero queda otro motivo, y es el principal. No me contenta el criterio de los que hasta hoy han tratado este asunto de la literatura y menos los que han hablado acerca del castellano. En literatura yo pongo muy por cima de cualquier obra erudita la menor obra del pueblo, la comúnmente no escrita, la sancionada en cambio por el consentimiento de la raza española, como aprecio el habla popular, la única natural, mucho más que cualquier otra modificación que en ella introduzcan los eruditos. La razón es clara para los modernos filólogos: lo que los eruditos añaden al idioma nacional es sencillamente una falsificación del idioma, bien así como las flores de celuloide ó de papel son falsas flores para el botánico. Ahora bien, esto corre igualmente respecto de la literatura. Distinguir bien el elemento popular del erudito en las obras literarias: tal es mi criterio. Cuanto á la historia del castellano, que es otra de mis innovaciones, también me aparto de los romanistas, que son los que acerca de él han tratado, y naturalmente por ser romanistas no han visto en nuestro idioma otra cosa que lengua romana, latín y solo latín. Bien sé que disgustaré ya desde aquí á muchos lectores; pero que contente á la verdad y á los que la buscan es lo que importa. En casi todas mis obras vengo probando que el éuscaro ó vascongado ó ibero ha contribuido enormemente á la formación del castellano. Todavía no se han rebatido mis pruebas; ahí siguen, pues, en pie, grita que te gritarás. Y éste es mi criterio cuanto al idioma.

Creo que son suficientes motivos para haberme puesto, con atrevimiento disculpable, á escribir la historia de la lengua y literatura castellana. El que tenga otros criterios escríbala según ellos, los míos presentan sus derechos como los de otro cualquiera.

Soy tan devoto y aun apasionado de la literatura helénica como quien se pasó su vida leyendo y saboreando sus obras maestras; no soy, con todo eso, ciego por el clasicismo, al modo de los humanistas del Renacimiento, y aun por lo mismo que he gustado el único verdadero clasicismo, que es el helénico, distinguiéndolo bien del postizo y de imitación, salvo raras excepciones, de los romanos y renacentistas. No quisiera ser un Angelo Policiano, quien por locamente ciceroniano no alcanzó jamás á escribir como Cicerón. El clasicismo helénico contenía dos elementos: el uno la naturalidad virginal, nacida de la nacionalidad en asuntos y modo de decir; el otro de idealismo que llevaba el arte helénico á ser un eco de la serena Sofrosine del Olimpo de los dioses. Ni uno ni otro imitaron comúnmente romanos ni renacentistas, contentos con tomarles los asuntos, la mitología, las frases y palabras y poco más, lo que jamás debieron tomar, por ser para los griegos nacional y para los demás extraño y postizo. Imitar el arte griego consiste en cultivar lo nacional y según las cualidades del sentir de cada nación. En España cultivar el realismo es imitar á los griegos cuanto á su idealismo; ahondar en nuestra historia, leyendas y espíritu es imitarles cuanto á su mitología.

Lo nacional es lo único natural y grande en cada pueblo. Tal es la razón de mi criterio, que pudiéramos llamar democrático y que no es mío, sino de la ciencia y de la estética moderna, para la cual vale más un cantar enteramente popular que el mejor poema erudito, si no es popular á la vez. Hoy, tanto en pintura como en literatura, se busca lo primitivo, porque es lo más popular y nacional; se quiere, por lo mismo, gozar de lo fuerte, recio, natural y realista. Ninguna nación europea atesora más obras de esta laya que España. "Cuanto á nacionalidad, ocupa la literatura española el primer puesto", dijo Federico Schlegel en su Historia de la literatura antigua y moderna (t. I, c. 11). "El romancero es, no solamente la verdadera Ilíada de España, conforme al dicho de Víctor Hugo, sino el monumento más variado y duradero y la manifestación literaria más curiosa de su vida pública y privada", dijo E. Merimée en su Précis d'histoire de la Littérature Espagnole (pág. 165). Ahora bien, el romancero es la obra más popular de nuestra literatura. Todo ello lo sabe usted de sobra y no es pequeño regalo para mí el conocer que éste mi criterio lo sea también suyo, por más que no lo haya sido de la mayoría de nuestros historiadores literarios, chapados á la antigua, demasiadamente eruditos, renacentistas y librescos.

Acepte, pues, mi querido amigo, lo que de sano y bueno hubiere dado mi atrevimiento en este libro, y eche lo malo, que no dejará de hallar bastante en él, á mi poco saber, que para eso se lo he confesado honradamente.

Julio Cejador.

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

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Bibliotheca Hispanica, ed. R. Foulché-Delbosc. Barcelona-Madrid, 1900-1913, 19 vol. (En publicación).

Biblioteca Renacimiento. Obras maestras de la Literatura universal. Madrid, desde 1913. 8 vol. (En publicación).

Bibliotheca Romanica. Biblioteca española. Strasburgo, s. f. 8 vol. (En publicación).

Clásicos castellanos. Madrid, 1910-1914. 28 vol. (En publicación).

Colección de autores españoles. Leipzig, Brockhaus, 1863-1887. 48 vol.

Colección de escritores castellanos. Madrid, 1880-1912. 144 vol. (En publicación).

Colección de libros españoles raros ó curiosos. Madrid, 1871-1896. 24 vol.

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Colección de poetas españoles, ed. Ramón Fernández [seudónimo de Pedro Estala]. Madrid, 1789-1820. 20 vol.

Libros de antaño. Madrid, 1872-1898. 15 vol.

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NACIMIENTO DEL ROMANCE
Y DE LA LITERATURA POPULAR

1. Los sabios que tratan de prehistoria nos dicen que hubo en España gentes de la fuerte raza que llaman de Cro-Magnon; los teósofos añaden que aquellas gentes fueron atlantes, desgajados de la Atlántida, que se hundió en el mar entre Europa y América; los hechos y la historia sólo nos aseguran que las tierras de España conservan todavía, como los más antiguos nombres que los hombres les pusieron, vocablos claramente vascongados y que, por consiguiente, la raza vascongada ó, por su propio nombre, euscalduna, es la más antigua conocida en España; de haberlo sido otra, no dejarían de haber quedado huellas en la toponimia. Iberos llamaron los griegos á los euscaldunas ribereños del Iber ó Ebro, nombre éuscaro, extendiendo después la denominación al resto de los españoles. La de España es voz vascongada que indica extremo, el non plus ultra, que después la simbolizó traduciendo este nombre, por ser el límite de Europa. Por acá vinieron y traficaron por el Sur y Levante fenicios y griegos, y algunas corrientes de celtas por el Noroeste, que corriéndose por la cuenca del Tajo á la meseta central hacia el Nordeste, formaron con los íberos los llamados en aquella región celtíberos. Rarísimos rastros quedan de aquellas gentes en la toponimia é inscripciones. Trajéronnos los romanos su civilización y dieron su estructura al habla de los españoles. Bandas de godos, suevos y vándalos, ya romanizados, llegaron acá, dejándonos algunos vocablos y apellidos, y más de asiento, dejándonos otras veces algunos árabes de Siria y muchos más africanos, medio arabizados. El iberismo, que se toca y palpa en las provincias vascas y Navarra, está en el fondo de todos los españoles, á pesar de las diferencias que los distinguen, merced á las cualidades de tierras y climas y á los tintes con que pueblos extraños los colorearon. Siglos y siglos vivieron apartadas varias regiones, sin que la unidad, emprendida por los Austrias y continuada por los Borbones, haya pasado de la política, siendo de hecho más nominal que real.

Galicia, en inmediato trato con Portugal y con la influencia francesa durante la Edad Media; Andalucía, respirando aire africano y moruno hasta el siglo xvii, ¿cómo iban á formar un todo verdadero por la unidad absolutista de algunos reyes? Menos lo habían de formar con Castilla las regiones de Cataluña y Valencia, apartadas por el idioma y por la historia durante tanto tiempo. Los elementos que más ayudaron á la unidad de España fueron la conformación geográfica de la Península, la cultura romana y la religión católica. Pero el verdadero lazo fué el idioma, que traba á Castilla con Andalucía y Aragón más apretadamente que á las regiones donde el habla se desvía del troquel castellano. Con todo eso, las cualidades, buenas y malas, que tan á la clara se hallan en los vascongados, se traslucen y aun campean en el común de los habitantes todos de España, incluyendo á Portugal; distinguiéndose de los demás, si algunos, los catalanes. En el español el espíritu vence á la materia, tiene más cerebro que cuerpo, mejores cualidades morales que físicas. La elevación de sentimientos le lleva á reventar de hidalgo por no abatirse al trabajo manual, que tiene por servil, dando en la picaresca y busconería, cegándose así en no ver en ella bajeza alguna, antes cierta grandeza de guapo dominador y no menor maestría en el ingenio: tal es la causa de su odio al trabajo, su afición á la vida apicarada y aventurera y el gusto por la bizarría en el porte, la majencia en el trato y el matonismo con los demás. El ingenio del español es brillante, pronto y despierto, más de intuición y fantasía que de abstractiva inteligencia, más de poeta y soñador que de sabio y erudito: de aquí su valer como artista y su poca afición á sistematizar científicamente los hechos, lo plástico y realista de sus creaciones instintivas y el desvío de lo simbólico, ideal y abstracto. El claro conocimiento de la justicia hace vivir continuamente al español en el mundo moral, juzgándolo todo éticamente, más que según el interés y la conveniencia, moralizando siempre en literatura y fiscalizando los actos de los demás, sobre todo de los suyos y aun de sí mismo; de aquí la gravedad en todo su proceder, hasta hacerse pesado y tardo, perdiendo la oportunidad con la indecisión.

El español es de una voluntad de hierro, tenaz hasta la testarudez, constante y apegado á sus tradiciones hasta el atraso en la civilización, religioso por tradición, amante de la independencia como nadie. No es guerreador por naturaleza, prefiriendo la paz; pero por la independencia, por cualquier grande ideal de justicia, se echa al campo y es constante, sufrido y bravo guerrero, sin importarle nada el perder la vida. Gracias á su claro ingenio y fuerza de voluntad, es el español extraordinariamente franco y sincero y nada supersticioso ni dado á ocultismos, ama la luz y aborrece las medias tintas. En suma, de gran sentido común en las cosas espirituales y de muy escaso en las materiales, es pensador recio, original y elevado, artista realista y sincero, de gran corazón, compasivo y valiente y denodado defensor de la justicia y de toda noble causa; pero no quiere trabajar, odia el ahorro, menosprecia el propio interés, no se muere por las comodidades materiales y sólo fué grande cuando los ideales espirituales señoreaban la opinión pública en los pueblos, quedando aniquilado y por tierra, sin saberse qué hacer, cuando los materiales del trabajo y del oro sobrepujaron á todos los demás. El catalán, más europeo y francés, es trabajador y ahorrador, comúnmente por interés; lo es, no menos, el vasco, por honradez y hombría de bien. El español lo será, y con ello será grande, el día que haga lo que el vasco, y lo hará algún día, porque lleva en su alma los mismos ideales, dormidos hoy por el golpe que dió al caer de su ahidalgado estado, al volcarse los ideales de la sociedad; cuando se persuada de que el trabajo, si puede ser cosa vil y de esclavos, también puede ser una cosa virtuosa y noble, propia de toda persona honrada é independiente.

El clima en España es extremo: africano unos meses en valles y mesetas, siberiano otros en mesetas y alturas montañosas. Los ardores del estío siéntense en toda la Península, los fríos del invierno llegan á todas partes. Algún tanto se templan estos rigores en las costas, y en todo el territorio la primavera, y más el otoño, son paradisíacos. Los tonos más violentos colorean la literatura y el habla de los españoles. No son literatura y habla de chimenea rusa, de nieblas londinesas, de gris parisién, ni lo son de arenoso y sofocado Egipto, de tropical y malsano Ganges. Son de un ambiente atemperado; pero con los mayores rigores que en un ambiente atemperado pueden darse. Hay más violencia y rigor en el tránsito de los climas en España que en Italia y Grecia: el habla y la literatura lo dicen más claro que las líneas isotérmicas é isobáricas.

2. La lengua castellana, como obra de arte popular, vale infinitamente más que toda su literatura. Hay en los modismos, en las metáforas, en las frases hechas, en los refranes, mucho más hondura de pensamiento, mayor sutileza de ingenio, más brillante colorido, chiste más delicado, que en todas nuestras obras literarias juntas. Nuestro idioma vulgar, descostrado de la mitad ó más de las voces que traen los diccionarios y empleamos los cultos, que sólo sirven de emporcarla, aguarla y empañar su vivo colorido, es la obra maestra del arte popular nacional, inconsciente si se quiere, pero de hecho hijo de la reflexión. Alguien fué el primero que dió en el chiste de una expresión, que pintó el dicho con singular gracejo ó lo vistió con no esperada metáfora; el pueblo vió al punto que tal era la expresión propia conforme al genio de la raza, y en la cual los demás no habían dado, y la abrazó como suya, se la apropió y, olvidado al día siguiente su autor, corrió ya como cosa corriente, como inconsciente brote del habla de todos.

Ni el idioma castellano ni los romances ó poesía vulgar castellana nacieron en el punto y hora en que les ocurrió trasladarlos al papel ó á los pergaminos á algunos escritores más amantes de lo nacional y menos pagados de la muerta lengua latina y de la extranjeriza literatura, que el común de los escritores suponían como únicamente dignas de escribirse. Efectivamente, un idioma y un género poético no nacen en un día ni brotan en un pueblo al amanecer de un hoy tras un ayer de muchos siglos, durante los cuales ese pueblo viviera sin literatura y sin idioma. Al finalizar el siglo iv, todo latín había desaparecido de los labios de las gentes, habíase trocado de latín vulgar en otras hablas vulgares, que ya no se podían llamar latín. Para llegar á aquel acontecimiento largos años habían pasado que se hablaban ya esas otras hablas populares, pues los truecos de idiomas, la evolución de uno en otro, como de padre á hijo, no son acaecimientos que pidan menos de varios siglos. Cuando Cristo vino al mundo se hablaba, por consiguiente, en España, latín y castellano á la vez: latín por los colonos romanos y por las personas cultas y aun acaso, más ó menos estropeado y entendido, por los vecinos, originariamente españoles, de los Conventos jurídicos, Colonias romanas y poblaciones á medio latinizar; castellano por las gentes del campo y de las aldeas, que eran los más. Creer que los aldeanos llegaron jamás en España á hablar latín, olvidando enteramente el idioma nacional prerromano, es un sueño, del cual puede suavemente despertar quienquiera que repare en que más de la mitad del caudal léxico castellano, inexplicable para los romanistas, no es latino, sino de origen ibérico; en que la pronunciación castellana es ibérica y no latina; en que no pocos sufijos derivativos y algunas construcciones pertenecen al habla prerromana de los españoles. De haberse hablado en toda España latín, olvidada enteramente aquella habla nacional, evolucionando después el latín hasta convertirse en romance, no estaría éste empapado de elementos ibéricos tan sustanciales como son la pronunciación, la mitad del caudal léxico y no pocos sufijos y construcciones, porque no hay idioma vulgar que vaya á tomar voces, sufijos y fonetismo de otra lengua ya muerta, mayormente de lengua no erudita ni escrita, cual era el habla prerromana de los españoles.

Que el castellano naciera del latín no era para puesto en duda; que naciera del latín vulgar, no del literario, tocaba averiguarlo á la moderna filología; pero cuándo y cómo naciera ya son puntos más espinosos, de pocos sabios conocidos, y aun esos pocos traen contienda sobre ello. ¿Qué latín vulgar era aquél del cual nació nuestro romance? Para deslindarlo hay que cifrar en pocas palabras la historia de la lengua latina. Hay que distinguir la lengua hablada de la escrita ó literaria: la primera la hubo desde que hubo romanos en el mundo; la segunda nació más tarde, puede decirse que con Livio Andrónico (514 de Roma), el primer autor en fecha de la literatura latina. Sabemos con toda certeza que, además del latín literario de los libros, hubo un lenguaje que los autores latinos llaman sermo vulgaris, plebeius, usualis, cottidianus, inconditus, proletarius, prisca latinitas, ó acaso varios lenguajes de la gente patricia y de la gente plebeya, y esto según los diversos tiempos, pero con alguna distinción entre las dos clases sociales, pues le contraponen el sermo urbanus, eruditus, perpolitus de los patricios, el cual siempre se ha diferenciado en todas partes del habla puramente literaria. Lo primero que echa de ver el que conoce comparativamente las lenguas indo-europeas, es que el antiguo latín vulgar, la prisca latinitas, tal cual se transparenta en las inscripciones más añejas, en los versos saturnios ó nacionales y hasta en los mismos autores clásicos que afectan arcaísmos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas de la familia y á las otras itálicas en particular, que no al latín literario clásico de la época de Cicerón y de Augusto. Baste recordar el que e, o, del antiguo latín, de varios dialectos itálicos y de las demás indo-europeas, toman en latín literario el timbre más estable de i, u; que los antiguos diptongos, debidos al esfuerzo ó guna, por el cual deico se asemeja á deic-numi, etc., etc., se contraen en i, u al llegar al latín literario. No menos manifiesto es que las tendencias del literario van poco á poco obrando con mayor fuerza, dando sello particular á esta lengua semioficial conforme adelantan los tiempos, pues se les ve apuntar en los más viejos escritores y generalizarse en la época clásica. De modo que en sus comienzos el literario apenas difiere del vulgar; pero poco á poco estas dos lenguas, evolucionando conforme á sus particulares tendencias, que son, comúnmente hablando, la vulgar hacia el dialecto úmbrio y la literaria hacia el osco, van apartándose entre sí cada vez más. En un principio, la pequeña diferencia es de creer naciera de la diferente pronunciación y gusto entre la plebe y la clase patricia, más latina ésta, aquélla más montañesa y que se iba acrecentando con los sabinos y otros que se les iban allegando. La misma gente patricia, cuando se comenzó á escribir, de creer es que escribieron en su propia habla, no en la de la plebe: por manera que siempre, en la época clásica, antes y después, el lenguaje hablado por las personas de cuenta en Roma se parecía más al literario que no al plebeius, vulgaris, proletarius. De estas tres variedades, el vulgar hablado, el hablado urbano y el literario, sólo el primero fué el que pasó á las provincias, después de colorearse con los matices de los dialectos itálicos en sus correrías por toda Italia, y el que dió nacimiento á los romances. Tenemos, pues, una prisca rusticitas, más conforme al indo-europeísmo y al dialecto úmbrio y que encerraba en germen las tendencias que después se desenvolvieron, dando su carácter analítico y fonético á las lenguas románicas, y junto á ella un latín más culto y parecido al osco, que llevado á la literatura, da otra variedad, la del lenguaje literario, el cual, tomando otro sendero opuesto al vulgar, y acompañado siempre de cerca por el hablado de las personas más granadas, se desarrolla y, apoyado en la fuerza de la política y de la cultura y caracterizado, ó digamos mejor, extranjerizado no poco con la lengua y literatura helénica, de la cual abraza vocablos y construcciones, se aparta cada vez más del pueblo para vivir en los libros. En la época clásica apenas suena para nada el habla vulgar, que corre por lo más hondo sin meter ruido y evolucionando por todo el imperio. El literario es el único que aparece y domina, crece en poder por ser el habla oficial, se impone por la Administración central, por el establecimiento de escuelas, por el mismo esplendor de la literatura. Desde Augusto á los Antoninos lucha con el habla vulgar y aun parece arrollarla en todas partes; pero declinando el poder imperial, mejor digamos, perdiéndose el arte literario verdadero con mayor velocidad de lo que tardó en desenvolverse, puede decirse que al fin del siglo ii fenece la literatura clásica y su lenguaje, el habla urbana de Roma. Renace la literatura en el siglo iv, pero ya es otra: la literatura cristiana. Los autores desde aquel tiempo los más son cristianos y escriben en una lengua muerta, especie de jerga que ni es latín literario clásico ni latín vulgar hablado, sino mezcla hechiza de entrambos; los pocos escritores gentiles que aún quedan no escriben mejor, antes Lactancio y otros cristianos sobrepujan á todos. Con la venida de los bárbaros en el siglo v todo latín hablado desaparece, pues el mismo vulgar tiempo había que, no sólo en las provincias habíase convertido en verdadero romance en labios de los indígenas, pero aun en las ciudades más cultas de ellas y en la misma Roma, se confundían los casos, se perdían las terminaciones, sustituyéndolas por las preposiciones, se usaban los participios con los auxiliares, etcétera, etc. El lenguaje literario cristiano, lengua muerta de hecho y puramente erudita, apenas lo malsaben algunas personas instruidas, por más que se siga enseñando en las escuelas que quedan en pie y aun se emplee en el púlpito, siendo entendido de la selecta sociedad. Los pocos que lo escriben lo malean más y más latinizando los vocablos extraños que los bárbaros traen ó que las naciones diversas del mismo imperio emplean en sus romances y que corren con las legiones en continuo trasiego de una parte á otra. Tal es el llamado bajo latín, latinización erudita de todo el léxico vulgar, de cualquier procedencia que fuesen las palabras, en manos de los escritores.

3. Cualquiera que conozca el espíritu de los antiguos sabe de sobra que para las personas cultas de aquellos tiempos no había más latín que el literario. Á nadie se le ocurrió jamás escribir en aquella jerga vulgar, que se consideraba como una degeneración del latín culto, torpemente desfigurado y estropeado en labios de la gente plebeya. Tal es la causa de que las únicas noticias que tenemos del latín vulgar las debamos á la investigación científica, que por medios indirectos ha llegado á rastrear algunos datos: de ahí la dificultad del problema. Y aquí ocurre una observación crítica de la mayor importancia. Ese menosprecio y extravagante manera de considerar el habla vulgar se mantuvo aun después de fenecido el Imperio. Hasta bien adelantada la Edad Media, las personas instruidas no se pusieron á escribir en romance por creerlo indigno instrumento para la literatura; mas, antes del siglo xii todos creían que su habla era el latín, bien que estropeado. Sólo así se explica que los autores modificaran el romance vulgar, acercándolo en su ortografía al latín cuanto podían, y que emplearan todos los términos latinos que les venían á la cabeza con sólo darles un ligero tinte castellano. De aquí esa dualidad lingüística en un mismo autor, que emplea, no sólo términos desconocidos del vulgo, sino aun los vulgares, con una ortografía semilatina ó etimológica y semifonética. Es imposible que en tiempo de Berceo sonara de tres maneras el mismo verbo: dannar, danpnar, damnar. Estas variantes ortográficas respondían á dañar, que era como únicamente se decía entonces, lo mismo que ahora. Pero hubieran creído estropear el latín, si lo escribían tal como lo pronunciaban. Tenían un lenguaje para escribir y creían echarlo á perder al hablar su roman paladino. Y aquí han tropezado no pocos, aduciendo esas variantes ortográficas como formas que realmente sonaron tal como están escritas y que, por consiguiente, eran las formas comprobantes intermedias de la evolución, en las cuales vemos convertirse el latín en castellano, vemos nacer á nuestro romance.

Esta observación crítica se aplica lo mismo á los escritos latinos que á los castellanos de aquellos tiempos, y es de tal importancia para la investigación de la etimología y origen del castellano, que voy á descender á casos particulares.

Está tan lejos de ser cierto que en los escritos medievales se vea nacer el castellano, que, por el contrario, lo que se ve nacer en ellos es el latín. El castellano aparece, la primera vez que se le halla escrito, como una lengua robusta y acabada, y los vocablos sueltos que aparecen en los documentos latinos más antiguos son tan castellanos como hoy día. Antes bien, las formas que aparecen antes son las más castellanas y poco á poco se van acercando más á las latinas. Es que los escritores iban sabiendo mejor el latín conforme adelantaban los tiempos. Por ej., linde se encuentra en el Fuero de Évora el año 1166 (M. P. Leges, p. 392): "Qui linde alieno crebantaverit, pectet quinque solidos, et septem ad Palacio". En la segunda recensión, Fuero de Abrantes en 1179, y de Corucha en 1182 (ibid., págs. 419 y 427): "Qui limde alienum quebrantaverit". En la tercera, F. de Palmella en 1185 (ibid., pág. 430): "Qui limede (al. limide) alieno crebantar...". En la cuarta, F. de Covilhan del 1186 y de Centocellas del 1194 (ibid., páginas 457 y 487): "Qui limitem alienum fregerit...". En la quinta, F. de San Vicente de Beira en 1195 (ibid., pág. 495): "Qui limidem alienum fregerit". Á la verdad, aquí no se ve nacer el castellano, sino diríase que el latín: linde, limde, limede, limitem, limidem. Otro tanto sucede con el término azor y el azorera, que aparecen antes que acetore y aceptore. De las formas arroyo, arroio y arrogio, la primera es la más antigua, del año 841, en la donación de Alfonso el Casto á la catedral de Lugo. En la era 916 hallamos quoto: "factum est in supradicto quoto 8 idibus junias"; y después, en las eras 937, 940 y 983, cautum; y en la de 984, cautamus. No parece sino que el castellano va á convertirse otra vez en latín; y es que la cultura adelantaba, y lo único que pretendían era escribir en latín, haciéndolo cada vez mejor. Siendo para ellos el habla vulgar un latín corrompido, lo saqueaban latinizándolo en sus escritos: abatire de abatir, abadagium, acampanare, acannizare, alcanzare, advescit == consuevit (Glos. gót. Card.) de avezar, "dña Thereysia mea ama", del ama castellano, attondus (era 1100, Arch. Arlam.) ó atuendo en ablativo (ch. Ferdin. I, Sota), del vascuence atondo, "terras cultas vel barbatas" de vervactum == barbecho (ch. Adeph. imper., era 1117. Arch. Naj.), campidator de campeador, campear (ch. Adeph., 1111, Sota), cargas de feno, carnerus, cavalcator, cerrus de cerro, collacius de collazo, collata, ganare, ganatus, autero de otero, heretarius de heredero, ingamno de engaño, quadrare, quitare, sacare, spolas. Sería insensatez figurarse que tales formas latinas hayan pertenecido jamás al habla: son vocablos castellanos, sin origen latino muchos de ellos, pero latinizados por los pendolistas de aquellos tiempos. El que sin criterio quiera amontonar los términos intermedios entre los castellanos y los latinos, los hallará todos en los documentos; pero no son términos medios de la evolución natural del latín hasta hacerse castellano, sino muchas veces, al revés, es la latinización cada vez más perfecta del habla vulgar. Por ejemplo. En Berceo hallamos miraculo (Mil., 46), miraclo (íd., 869) y miraglo (S. Dom., 315). "Berceo nos conserva tres de las cinco formas por que ha pasado miraculum para fijarse en milagro", dice Lanchetas. Si esto fuera verdad, en tiempo de Berceo aún no habría nacido el castellano, ni aun siquiera el latín vulgar, pues el miraclo del vulgar latino es posterior al miraculo de Berceo. Lo que hay es que, menospreciándose entonces el romance vulgar, los escritores creían que debían escribirlo lo más parecido al latín, única lengua literaria para ellos; de modo que en vez de escribir siempre miraglo, que es como se decía en el pueblo, escribían á veces miraclo por acercarse al latín, y aun miraculo, tomado del latín clásico, del cual no había salido miraglo, sino del vulgar miraclo. Siempre la reacción literaria corrigiendo el habla vulgar.

No se pueden tomar sin discernimiento todas las formas que hallamos escritas en los autores: la más vulgar es la única fehaciente; las otras son préstamos eruditos del latín y no reflejan el castellano hablado. Mixtura por mezcla en Berceo (Duel., 40) es de origen muy posterior respecto de mesturar por mezclar y de mesta por cosa mezclada, así como lo es misto. La x de mixtura denuncia un préstamo del latín; hoy ya ha pasado misto al pueblo, pero ha perdido la x, que ni los romanos pronunciaban, cuanto menos los riojanos del tiempo de su poeta Berceo. Modrar (S. Mill., 27, 1), aunque erudito de origen, ya ha perdido la e; la reacción posterior originó el moderar, calcándolo sobre moderare. Como modrar no se usaba entre el pueblo, desapareció ante moderar. Aquí se ve cómo la lengua erudita vive en parte enteramente divorciada del habla vulgar, puesto que en cada época ha tomado los vocablos latinos, modificándolos, no según el fonetismo castellano, sino conforme al uso que los eruditos tenían en la adaptación, mayor ó menor, según las épocas, á ese mismo fonetismo. Hoy la reacción latina es mayor y lo ha sido cada vez más desde el renacimiento. Hoy no nos parece bien se quite la e á moderare y decimos moderar, con sólo quitarle la e final para que quepa dentro de la turquesa de los infinitivos. No se atrevían á tanto los clérigos del siglo xiii, y decían modrar; pero ambas formas han flotado y flotado sobre el habla vulgar, sin penetrar en ella, como escoria erudita que va y viene y se cambia conforme al capricho de los que la emplean en sus escritos y aun en la conversación. El mismo Berceo emplea ya modulado: "Odi sonos de aves dulces e modulados" (Mil., 7); pero ese préstamo es posterior al que convirtió modulus en molde, que también es erudito, pero de época anterior, de mod(u)lus, perdida la u, que nunca sonó en el latín vulgar, y con la metátesis común que afectaron los eruditos más antiguos al transcribir vocablos parecidos, como tilde, si viene de titulus, espalda de spat(u)la. Hoy no nos atreveríamos á derivar con tales metátesis, porque nos picamos de mejores latinistas y tenemos menos cariño al fonetismo nacional. ¿Quién se atrevería hoy á decir motral junto á mortal, como se atreve Berceo? Muebda por movida es de formación erudita de aquel tiempo (S. Dom., 119), como debda de debita; mover, movido, á ser vulgares, huberan perdido la v. También hay mueda = causa motiva (S. Mill., 387), ya más castellanizado, como muedo por modo (Mil., 29), que nadie se atrevería hoy á decir, aunque es conforme al cambio sin excepción de ŏ acentuada en ue, lo mismo que muesso por mordisco (Loor., 77) de morsus, perdida la r según ley. En cambio multo (Mil., 259) es una condescendencia por multum, que hoy nadie la tendría, como no diría nadie nodicia, que dice Berceo (S. Mill., 164), suavizando legítimamente la t de notitia, ni nudrir ó nodrir por nutrire (S. Dom., 59, 528). No creo que odir ni udir se dijeran en tiempo de Berceo juntamente con oir, aunque él escriba de estas tres maneras (Sacr., 56, S. Dom., 312, Duel., 209); la d es por reacción erudita, como en odiendo por oyendo. Tampoco creo sonara palomba como escribe junto á paloma (S. Or., 40, 46), sino que la b era otra condescendencia de escritor hecha al latín. Toda cautela es poca cuando de los escritos queremos deducir lo que realmente debemos atribuir al romance hablado, separándolo de lo que los escritores añadían de su cosecha, por la creencia de que sólo el latín era un lenguaje digno de escribirse y de que el romance, no siendo más que un mal latín, debía purificarse lo más posible para hacerlo digno de emplearse en los escritos, y que se podía y aun debía echarse mano de todo el vocabulario latino, por ser latín lo que se escribía y no ser más que una misma lengua la hablada y la escrita. Otro tanto sucedía en Italia. Dante pensaba que el italiano y el latín eran una misma cosa; llamaba al italiano habla vulgar y gramática al latín, como quien dice: el italiano es un mal latín y el latín sólo merece estudiarse; ó de otra manera, el latín es la lengua literaria (gramática no significa otra cosa), y el italiano es latín mal pronunciado. Petrarca juzgaba lo mismo y menospreciaba el toscano, que en sus escritos levantaba á idioma literario. Tal es el poder de una lengua literaria cuando ha pertenecido á un gran imperio y á una gran civilización. Esas mismas creencias indican que el romance no nació de un golpe, sino que fué, sin solución de continuidad, el mismo latín que, hablado, mejor ó peor, en España en tiempo de los romanos, había ido evolucionando insensiblemente hasta el punto de no cambiar de nombre.

4. En los últimos tiempos del Imperio, verificada ya la fusión de razas, cuando las provincias, adquiridos todos los derechos de los antiguos ciudadanos de Roma por el edicto de Caracalla (212), se tuvieron por tan romanas como la misma ciudad de Rómulo, despertando el espíritu patriótico de la nacionalidad romana ante los pueblos bárbaros ó extranjeros que por todas partes rondaban las fronteras, el adjetivo romanus, aplicado antes á solos los habitantes y cosas de Roma, hubo de generalizarse á todo el Imperio, en oposición al de barbarus. Orosio llamó Romania á todo el conjunto de razas y países comprendidos dentro del Imperio, como se llamaban Hispania, Britannia, Graecia, Gallia cada uno de ellos. Lo más propio de la Romanía, su idioma, llamóse, por lo mismo, lengua romana, hablar en roman, romanice, en romance, era hablar el lenguaje de la Romanía, del Imperio romano, era lo mismo que hablar en latín. El tipo de esa habla era, naturalmente, el latín literario oficial de la administración, que era el que más se acercaba al literario; pero el habla vulgar de las provincias no se creía ser más que ese mismo latín, bien que algo estropeado. Ese mismo latín siguió hablándose por varios siglos; pero ¡qué diferencias no había causado la evolución incesante! Virgilio Cordobés, citado por Sarmiento[1], escribía en el siglo ix: "Ille est vituperandus qui loquitur latinum circa romancium, maxime coram laicis, ita quod ipsimet intelligunt totum... Et ita debent omnes clerici loqui latinum suum obscure in quantum possunt et non circa romancium". En este notable pasaje se traslucen algunos hechos históricos de la mayor importancia. En aquel mismo siglo (842) se redactó el convenio entre Carlos el Calvo y Luis de Alemania en francés ó romance del Norte de la Galia, el primer monumento que poseemos en lengua vulgar[2], del cual dice Sarmiento que lo podrían entender los gallegos sin necesidad de versión. Los clérigos hablaban su latín—dice el autor cordobés—, es decir, un latín de cocina, que distaba bastante, por una parte, del latín clásico y por otra del habla vulgar, puesto que les aconseja que lo empleen entre sí delante de la gente lega, cuando conviene que ésta no les entienda. Por donde se verá el craso error de Martínez Marina al sostener que sólo á principios del siglo xii pudo hablarse de tal manera que se tuviese el romance por distinto de la lengua latina.

Por lo mismo, cuando se querellaba[3] Álvaro Cordobés de que el latín, habla de los cristianos, lo hubiesen olvidado los españoles que andaban entre los moros, teniendo en mayor estima la lengua arábiga, puesto que se refiere al pueblo español, trata del romance vulgar español llamado por él latín por las razones antes apuntadas, no trata del latín clásico que sin género de duda hacía siglos sólo habían conocido algunos privilegiados eruditos, ni siquiera del latín vulgar que para el siglo ix ya había desaparecido. Les dice, pues, Virgilio que hablen su mal latín, latinum suum, lo menos parecidamente al habla vulgar, obscure et non circa romancium. Ese circa romancium ó romance ya no era el romano ó habla romana y latina de la Romanía, y con todo conserva el nombre. ¿Qué habla fué la de la Romanía, es decir, qué fué el llamado latín vulgar? Por las dichas creencias, nadie escribió en ese latín; no tenemos ni el menor documento redactado verdaderamente en esta lengua: de ahí la dificultad del problema. Se trata de reconstruirla por el estudio comparativo de las lenguas románicas, sus sucesoras; por el estudio del latín vulgar antiguo, sólo conocido en los arcaísmos y vulgarismos de Plauto y otros autores y en las escasas inscripciones latinas de la época republicana; por el estudio de los dialectos itálicos, el úmbrio, el osco, el falisco, el volsco, etc., que sin duda modificaron el latín de los conquistadores antes de llevarlo éstos á las demás provincias; por los defectos que á los lapidarios se les escapaban en las inscripciones de la época imperial, á causa de las diferencias entre el habla vulgar y el latín oficial en que las redactaban; por las correcciones de los gramáticos latinos, en las que enmiendan defectos de pronunciación y ortografía debidos al habla común y popular; por los glosarios vulgares coleccionados algo posteriormente, sobre todo por autores africanos y españoles, en los que hicieron notar las diferencias dialectales de estas provincias[4]. Pero todas estas fuentes de información ó no bastan ó no se han estudiado á la vez con el único empeño de sacar á luz el latín vulgar. Los romanistas, que son los que más interesados están en hacer ese estudio, ocupados en el de las mismas románicas, tienen que formarse para su propio uso un sistema é idea particular de esa lengua problemática, encomendando su investigación exprofeso á los indo-europeístas. Estos, en cambio, la dejan para los romanistas, por verse atareados con las antiguas lenguas de nuestra familia. Resultado: que sólo tenemos hechos sueltos, algunos jalones cronológicos y geográficos; pero que nos falta conocer, no sólo esa lengua, pero hasta su cronología y su geografía, los dos ojos que nos la permitirían ver. Estoy, pues, muy lejos de pretender hacer yo la historia del latín vulgar; sólo propondré algunas ideas, algunos hechos indispensables para conocer el fonetismo latino-castellano.

Sabemos con toda certeza que además del latín escrito, que conocemos por las obras literarias, hubo el habla de los romanos, algo diferente de ese latín literario y diferente en las diversas épocas. Á esa habla se refieren los mismos autores latinos, cuando mientan los términos vagos de sermo vulgaris, plebeius, usualis, cottidianus, inconditus, proletarius, prisca latinitas, etc., etc., en oposición á los de sermo urbanus, eruditus, perpolitus, etc. Unas y otras desaparecieron de hecho con la caída del Imperio, ahogadas y puestas en olvido por las lenguas románicas, que habían ido formándose insensiblemente en las provincias al evolucionar el habla vulgar romana entre razas tan diferentes, que habían hablado antes sus idiomas indígenas y tenían sus particulares tendencias fonéticas y semánticas, efecto de la idiosincrasia fisiológica y psicológica de cada raza. Lo primero que echa de ver el que ha estudiado comparativamente las lenguas indo-europeas es que el latín antiguo vulgar, tal cual se transparenta en las inscripciones, en los mismos autores clásicos que afectan arcaísmos y en los más viejos documentos, se allega más en el fonetismo á las demás lenguas de la familia y á las otras lenguas itálicas en particular, que no el latín clásico de la época de Cicerón y de Augusto. Luego veremos algunos casos prácticos que lo demuestran palpablemente: baste decir en general que e, o del antiguo latín, de muchos dialectos itálicos y de las demás I E, toman en el latín literario un timbre más estable, i, u; que los antiguos diptongos debidos al refuerzo ó guna, por el que deico es paralelo á δείκ-νυμι, etc., etc., se contraen en latín literario en i, u, etc. No menos manifiesto es que las tendencias del literario van formando y dando carácter cada vez más idiomático á esta lengua semioficial conforme adelantan los tiempos, pues se les ve apuntar en los más antiguos escritores y ya generalizarse en la época clásica. De modo que en sus principios el literario no se diferencia apenas del vulgar; pero poco á poco cada una de estas lenguas, evolucionando conforme á sus particulares tendencias, va diferenciándose más y más. Con todo, al paso que crece la potencia del literario, por ser habla oficial é imponerse por la administración central, por el establecimiento de escuelas, por el mismo influjo del esplendor de la literatura, la reacción, por decirlo así, oficial y erudita, entabla lucha mortal con el habla ordinaria del Imperio y llega en la época del mayor esplendor literario político, desde Augusto á los Antoninos, á influir poderosamente en esa habla ordinaria. Pero declinando el poder imperial, enflaquecida esa fuerza impuesta, el latín vulgar prosigue su camino, arrolla al literario y lo vence, haciéndole desaparecer de la escena. Tenemos, pues, una prisca rusticitas, más conforme al indo-europeísmo y que encerraba en germen las tendencias que después se desenvolvieron, dando su carácter analítico y aun su fonetismo á las románicas; y junto á ella un latín literario, que, tomando otra dirección, se desarrolla, y apoyado en la fuerza de la política y de la literatura, trata de matar el habla común, sucesora de la prisca rusticitas, influye en ella, pero á su vez vencida y avasallada al faltarle el apoyo oficial, muere á sus manos. Esta victoria del elemento democrático sobre el aristocrático podría dar margen á largas y profundas consideraciones en el terreno sociológico y en el lingüístico; pero no me detendré más y paso adelante.

Aquella prisca rusticitas, verdadero representante romano del habla aria en Roma, siguió su camino, desenvolviendo sus tendencias analíticas, como siguieron desenvolviendo las mismas tendencias las germánicas y el griego vulgar en Europa y las lenguas ario-iranias en la India, en la Persia y en la Armenia, pasando sobre los cadáveres de las lenguas literarias, que buscaron su sepultura en el efímero engalanamiento del artificio de un día. La naturaleza sola es duradera; lo artificial momentáneo. El latín literario, una variante del verdadero ó antiguo latín vulgar, por haberse separado de éste para acomodarse á las modas de unos cuantos literatos y al modo de ser extranjerizo del griego, atrofiado en manos de los mismos literatos y helenizantes, fosilizado en las brillantes oraciones ciceronianas, el autor más clásico y el ápice del latín literario, hubo de fenecer con la misma literatura y pinchado en la misma lengua del orador romano. La diferenciación había comenzado probablemente con la formación de la misma ciudad y pueblo de Roma[5]. Sus dos clases de puros latinos, que fueron luego el patriciado, y de sabelios y otras gentes itálicas, oriundas, sobre todo, de la montaña, y de los demás elementos allegados de la llanura ó Campania, llevaban en sus labios todos los gérmenes de idiomas algún tanto diversos. Esta divergencia fué agrandándose, cual se separan los dos lados de un ángulo, ya por la natural tendencia de la aristocracia á distinguirse de la plebe, ya por el prurito, poco después avasallador, de helenizarlo todo, mayormente desde que Andrónico llevó á Roma el culto artístico de los helenos. Verdadero dialecto del latín común y distinguiéndose apenas del habla popular en un principio, fué separándose cada vez más, quedando enteramente fijado por los autores del siglo de Augusto. Pero como el lenguaje no puede detenerse en su curso, so pena de quedar petrificado como la mujer de Loth, esa sanción literaria le condenó á muerte. La historia suele repetirse, y un mismo sol alumbró en distanciadas regiones dos acontecimientos gemelos. El idioma védico siguió al pasar el Ganjes su evolución; pero los Himnos de los antiguos Richis se refugiaron en los conventos, donde toda la civilización del Sapta-Sindhu, encerrada cual crisálida en su capullo, había de convertirse en la esplendente civilización brahmánica. Allí nació Brahma, endiosamiento del lenguaje, de los Vedas, y allí entre las glosas, prātiçākhyas y casuísmos gramaticales, políticos y religiosos de los monjes, guardadores del depósito sagrado, nació el habla perfecta, el sánskrit, que pudo consignarse después por escrito cerca ya de la Era cristiana en un alfabeto tan divino como le correspondía, en la escritura devanāgarī.

El elemento semidemocrático alzóse contra los tiranos Brahmanes, valiéndose de los mismos principios sobre que se levantaba todo su artificioso poder, y con el nombre de Budismo luchó á brazo partido y se llevó de calle los pueblos orientales. Aquél fué el momento en que los adoradores de Brahma sacaron su Verbo, y el sánskrit clásico, desenclaustrado, comenzó su era de esplendorosa literatura, reaccionando contra el Budismo y contra su instrumento el Pali. Tan artificial como el latín clásico, obtuvo el sánskrit largos siglos la hegemonía; pero las hablas vulgares que, en vez de estacionarse entre los laureles gramaticales de los Paninis ó Quintilianos, siguen adelante en su natural evolución, dejaron fosilizada aquella habla divina, hoy sacada de su sarcófago por los indianistas, como de su sarcófago habían sacado al latín literario los del Renacimiento.

Las lenguas románicas no mataron al latín vulgar; fueron sus continuadoras en la Romanía. Pero antes de salir de Italia y conquistar el Mediodía de la Europa occidental, aquella prisca latinitas hubo de recorrer toda la Península, y si logró imponerse y triunfar de las lenguas todas itálicas, no fué sino á costa propia, coloreándose de los matices de todas, enriqueciéndose con sus despojos, al par que perdía algo de su original personalidad.

Es menester no conocer las antiguas lenguas de Italia, no haber hecho el cernido del latín vulgar, ya en sus elementos fonéticos, ya en los lexicológicos, para creer que el latín llevado á las provincias por los conquistadores era el latín puro de la antigua Roma, y mucho menos el de las familias aristocráticas. Conocemos por Tito Livio (XXVII, 9, 10) las colonias latinas que hasta Aníbal (208 antes de J. C.) se habían desparramado por Italia. Desde este momento para el habla de los Romanos hubo de empezar una nueva era. Hasta la guerra social, época en que se extinguen las últimas protestas patrióticas de los pueblos subyugados, y sobre todo hasta Sila, los dialectos meridionales llevan al latín nuevos elementos lingüísticos, y las diversas hablas de Italia se constituyen todas ellas cual dialectos latinos, pero seguramente matizados por el fonetismo local. Sin admitir la hipotética división de dialectos, sugerida por Mohl[6], en general su idea no puede rechazarse; la unidad del latín vulgar, si tal vez no llegó jamás á realizarse de una manera completa, á pesar del dicho de Quintiliano de que el latín era en toda Italia sensiblemente uniforme (lo cual puede entenderse del vulgar tanto como del literario), mucho menos se había realizado por aquella época en que, vivaces aún al dar el último suspiro las lenguas itálicas, no tenían por enemigos la mayor centralización posterior, las escuelas que después en las provincias se establecieron y la literatura, que aún no había difundido su pujante influencia.

Aún bastante más tarde asevera Quintiliano (Inst., I, v. 56) que los italiotas se distinguen en la pronunciación como los metales. Suetonio (Oct., 88) habla de un funcionario palatino que disgustó á Augusto por decir isse en vez de ipse: era vulgar, como se ve por las inscripciones de Pompeya, en osco essuf, en úmbrio essu, isoc, eso. En Plinio (Ep., IX, 23) se pregunta: "¿Italicus es an provincialis?". La lex Julia municipalis, al fijar el latín como lengua oficial de toda Italia, dió el golpe mortal á todas las lenguas de la Península, que desde aquel momento fueron despeñándose más y más y acabaron por fenecer más tarde ó más temprano. Pero en aquella lucha, en que había de vencer, el latín hubo de colorearse con no pocos matices de las lenguas vencidas, tanto más cuanto mayor era el parecido fonético. "Neque solum rusticam asperitatem, sed etiam peregrinam insolentiam fugere discamus", escribía Cicerón (De Orat., III, XII, 44).

La lengua que primero y más decisivamente influyó en la antigua rusticitas de Lacio fué el úmbrio, por el mayor parecido en sus tendencias con aquel latín vulgar y por las circunstancias históricas en las que se fusionaron. Conquistada y colonizada la Úmbria desde el siglo iv antes de J. C., sus habitantes fueron siempre amigos de los romanos y de los más favorecidos en todos los derechos políticos. Siguió hablándose el úmbrio, pero influyendo en el latín y perdiendo cada día terreno. Abandonóse el alfabeto nacional, que era el etrusco, hacia el siglo iii antes de J. C., conservándose tan sólo en los escritos rituales. En el siglo i, por la ley Julia, todo se latiniza y el úmbrio sólo quedó como lengua religiosa. Así se escribieron las Tablas Eugubinas con letras etruscas y con letras latinas, sirviendo el texto latino para el uso ordinario y el otro como documento testificativo y religioso de la venerable antigüedad.

Fuera de las II y IV, todas las tablas son del reinado de Augusto; de modo que los documentos úmbrios que poseemos son del ii ó i siglos antes de J. C. y del i después de J. C. La parte escrita con caracteres latinos no puede, por su epigrafía, ponerse antes del principio del siglo i después de J. C. El latín vulgar, influido poderosamente por el úmbrio, fué el núcleo del latín hablado de Italia. El osco y demás dialectos del Sur de la Península influyeron menos y tenían tendencias más parecidas á las del latín literario que no á las de la antigua rusticitas.

Si el úmbrio influyó sobre el latín hablado, el osco parece debió influir más bien sobre el latín literario. Según Tito Livio (IX, 36), el etrusco era todavía la lengua literaria de los romanos cuando los pueblos de lengua osca recibieron los primeros establecimientos de los vencedores en el siglo iv, Capua en 342, Luceria en 320, Venusa en 290. La cultura de estas ciudades era muy superior á la de los entonces toscos romanos, merced á la influencia helénica; el osco, tras un glorioso pasado, llegaba á lo sumo de su apogeo literario, y pudo educar la naciente literatura latina. Ennius, Pacuvius, Lucilius eran naturales de países donde se hablaba el osco; un samnita hacía tragedias griegas en Catana (Plut., Timol., 31, 1); un orador lucano peroraba en Siracusa (Dion Crisost., Or., II, pág. 113); había filósofos samnitas discípulos de los griegos (Cic., Senect., 41). El latín apenas adelantó un paso en la Italia meridional hasta la época de la guerra social, en que la fuerza venció todas las resistencias patrióticas. Por lo demás, las vocales, los diptongos, las consonantes del osco convenían casi enteramente con los sonidos latinos y su fonetismo fué el fonetismo que distinguió al latín literario del latín vulgar. El osco, refractario á la contracción de diptongos y á la debilitación de i en e, de u en o, fenómenos propios del úmbrio y del latín vulgar, se opuso á que éste, modificado ya por aquél, pasase al Sur de la Península. En el siglo i después de J. C. todavía se empleaba el osco en las actas oficiales, nada menos que en Nápoles, cuando ya el úmbrio sólo se conservaba entre literatos y sacerdotes, y siguió hablándose durante el Imperio en las ciudades y en los campos. En el latín de Cartago es donde más influjo tuvieron las lenguas de la Italia meridional. El osco tuvo que empezar á perder terreno desde la guerra social, sobre todo cuando, despoblado casi el Samnium y traídos habitantes de otras regiones además de las colonias militares romanas, echó Sila las bases de la latinización completa de Italia, abandonando la antigua política romana de dejar la administración y la lengua indígena en los países conquistados.

Esta política de Sila fué la que siguieron después Augusto y sus sucesores en las provincias, originando así la uniformidad mayor ó menor del latín hablado en todo el Imperio, ayudándose mutuamente, como suele suceder, la unidad política y la unidad de idioma. El latín que las legiones romanas llevaron á sus primeras conquistas fué el latín vulgar, no influido todavía por el literario, y cargado en cambio de los arcaísmos de la antigua rusticitas[7] é impregnado ya con toda suerte de elementos itálicos. Tal es el primer fondo del latín vulgar de España y de Cerdeña, que contiene rasgos arcaicos y dialectales itálicos, no encontrados en las demás provincias. Conviene recordar el orden en que fué introducido en éstas el latín: Italia, Cerdeña (siglo iii antes de J. C.), España (siglo ii), Cisalpina, África, Iliria, Provenza (125), Galia septentrional, Rethia, Dacia. En lo que se refiere á España, Artemidoro de Éfeso, que escribía hacia la época de la guerra social, dice en un fragmento de su Periplo que algunas tribus españolas de las costas hablaban, no el latín, sino la lengua de los italiotas: «γραμματικῇ δὲ χρῶνται τῇ τῶν Ἰταλῶν οἱ παρὰ θάλασσαν οἰκοῦντες τῶν Ἰβήρων» (Cfr. Schuchardt, Vok., I, 93). Era, sin duda, el latín cargado de umbrismos de la Italia central, que entonces empezaba á bajar también hacia el Sur de la Península italiana.

Naturalmente, cuanto antes fué colonizada una provincia, tanto más arcaico hubo de ser el latín que formó la primera base del romance. Los autores de glosarios y compiladores de arcaísmos son africanos, precisamente porque allí se usaban tales términos: Nonio, Fulgencio, Plácido, que escribió en África ó tal vez en España; Charisio, de origen africano; el mismo Apuleyo de Madaura, en África. Estos autores hicieron lo que nuestro San Isidoro cuando recogía los términos característicos del habla vulgar de España. El comienzo de la colonización de nuestra patria fué á fines de la República por colonos italiotas, con muchos auxiliares pelignianos, marrucios, campanos, samnitas. El italismo aparece aquí antes que en ninguna parte. Sertorio quiso tal vez formar una nueva Italia en España, en la que todos los de nacionalidad italiana gozasen de los mismos derechos. Su Senado constaba de 300 miembros después de habérsele unido Perpenna el año 77, tanto de italiotas como de romanos. Escipión el africano fundó en 204 á Itálica famosa, favoreciendo la colonización de los mismos italiotas. Sus habitantes, coloni italicenses, formaban parte de la tribu Sergia. Eran, pues, políticamente romanos; pero italiotas de origen, sabinos, faliscos, marsos, oscos; y sin duda entre los vencidos en la guerra social no faltarían quienes vinieran á buscar aquí una nueva patria. Tal es la causa de que el castellano contenga bastantes elementos de la antigua rusticitas del Lacio y de las lenguas itálicas, elementos procedentes de los siglos ii y i antes de J. C. Por ej., cueva de cova, ñūdo por nōdus, por la ū del osco, del sabino, en vez de la ō latina. Varron dice del coenāculum falisco que se empleaba por comedor en Faleria, Lanuvio y Córdoba. Ya hemos visto que isse por ipse era dialectal, y que en úmbrio se decía essu y eso: es nuestro ese, eso, que sin duda viene del úmbrio, pues en Cerdeña es usadísimo (issu, su), y en España se encuentra (ipse) en las inscripciones en vez de los demás demostrativos. La contracción de au átono en o, excepto delante de sílaba con u, procede del úmbrio y era propia del antiguo latín vulgar; el influjo literario restauró después en gran parte el au. La 3.ª p. plural -unt, legunt, sustituyó durante el Imperio por reacción erudita á la itálica antigua -ent del osco-úmbrio stahint, benurent; pero se conservó donde ya había echado hondas raíces, en Cerdeña y en España: elien, fachen y piden, abren, cogen. La preposición per en vez de prō se encuentra en todos nuestros documentos más antiguos, como en el testamento de Odoar del año 747: "Per suis terminis": es el per úmbrio empleado con ablativo, tota-per, nomne per, como περί, empleado por el antiguo latín, de donde el per italiano, el per del antiguo castellano, del cual derivan pero, para y por. Conocida es la i del plural italiano, que colorea con este timbre delgado toda aquella lengua. Ni en España ni en Cerdeña se halla. Ninguna lengua itálica formó el nominativo plural en ī, excepto el latín: aun en las inscripciones antiguas latino-itálicas se ven formarse nominativos como filios, vireis, scalas. En úmbrio la primera declinación lleva -as en el nom. plural, urtas, anglar por rotacismo, en vez del -ai latino, musai. Lo mismo en osco: pas exaisc-en ligis scriftas set == quae hisce legibus scriptae sunt. En la segunda declinación el úmbrio lleva -us, prinuvatus; el osco lo mismo, Abellanus; mientras que el latín -i, domini. Sólo, pues, por la reacción erudita del tiempo del Imperio se explica esa -i italiana; pero esa reacción nada pudo en Cerdeña ni en España. El dativo pronominal -uī, -eī de formación reciente, masc. illuī, fem. illeī, por el epiceno illī, hállase en todas las románicas y aparece en las inscripciones italianas desde los primeros siglos del Imperio. Sólo falta en castellano-portugués y en sardo; en España y África no aparece ni en una sola inscripción. Estos hechos prueban varias cosas. En primer lugar, el influjo de la antigua rusticitas y del úmbrio en el latín de España y en el castellano. En segundo lugar, que la reacción erudita no fué tan poderosa en España como en Italia, contra lo que asevera Mohl, el cual parece que con insistir en esta aseveración ya da satisfacciones cumplidas á los defensores de la unidad del latín vulgar y á los que dicen que las lenguas indígenas no influyeron en las románicas. Cuanto más distanciadas estaban, dice Mohl, estas lenguas del latín, tanto más puro se habló el latín, tanta mayor influencia tuvo la reacción literaria, y tanto mejor se olvidaron los idiomas indígenas; y por eso, aunque el latín, viniendo á España antes que á otras provincias, hubo de tener elementos arcaicos y dialectales itálicos y evolucionar antes que las otras románicas; pero la reacción literaria, mayor aquí, niveló pronto el latín de España con el resto del Imperio. Tal parece discurrir, ó debe de discurrir, de mantener el dogma de la unicidad del latín vulgar. Pero los hechos desmienten este razonamiento y prueban que los elementos arcaicos y dialectales duraron en España sin que la reacción erudita pudiera borrarlos, y que, por lo mismo, si el latín de toda la Romanía fué esencialmente el mismo, en concreto hubo diferencias dialectales de tanta monta como las que acabamos de ver y otras que irán apuntándose. Sólo añado por ahora la no existencia en España, demostrada por el mismo Mohl, del hic y del dativo reaccionario, que dió lui y leur á casi toda la Romanía, pero que no entró en España. La verdad es que no acabo de entender la última decisión de Mohl cuanto á la doctrina de la unicidad del latín vulgar: los hechos se la hacen negar unas veces, otras la opinión general le arrastra tras sí. La teoría generalmente admitida entre los romanistas es que los romances provienen de un latín vulgar, idéntico en todo el Imperio, entre los siglos ii y iv después de J. C., es decir, después de la conquista de la Cisalpina en el siglo ii, y sobre todo durante la romanización de la Transalpina. Esta teoría supone que sólo el celtismo pudo influir en ese latín vulgar, y que no influyeron ni el latín antiguo (antiqua rusticitas), ni las lenguas itálicas. En esta época fué realmente cuando el latín hablado llegó en todo el Imperio á ser más uniforme y á parecerse más al latín literario y oficial, por razón de la mayor unificación y centralización política y del mayor apogeo de la literatura. De aquel latín vulgar común provienen los caracteres comunes de todas las románicas y cuanto se encuentra de común en todas ellas. Es más: de entonces viene el trasiego de vocablos y radicales á todas las regiones de la Romanía, los cuales eran indígenas de una ó de otra exclusivamente. El léxico románico, compuesto de radicales latinos y no latinos se fundió entonces y se generalizó en toda la Romanía. En esta doctrina se apoyan los romanistas para inventar una forma latino-vulgar que explique cualquiera otra forma de cualquier romance. De tales formas latinas bien se puede repetir lo que dijo Sittl: "Das Vulgärlatein, mit welchem die Latinisten operieren, ist ein Phantasiegebilde" (Jahresb. Fortsch. Klass. Altert., t. LXVIII, páginas 526-540): es un latín de pura fantasía. Seduce la precisión matemática con que se reconstruye de esta manera el léxico latino y con que se deducen de tales formas forjadas todo un sistema de leyes fonéticas, que después se aplican mejor ó peor á otros vocablos. Y como para que quepan todas las variantes románicas no hay más que ensanchar la fórmula latina, el negocio es fácil: no hay más que poner fórmulas generales. Se trata—dice Mohl—de explicar la contradicción entre el it. orzo y el cast. orzuelo ante el prov. ordi y fr. orge. Se dice que en latín vulgar -di- en hiato después de consonante todavía no había consonantizado la i, que en todo el Imperio se pronunciaba *ordĕu ú ordĭu. Con esto, las formas más modernas provienen de aquella época, lo mismo que las antiguas: en la fórmula caben todas ellas. Es lo que hacen los indo-europeístas al explicar todas las formas de las lenguas indo-europeas, sin tener en cuenta la cronología ni la evolución particular de cada una de ellas. Tal es el sistema comparativo, cuando á la vez no es histórico: se exagera y convierte en teórico y ultrametafísico. Si el latín vulgar no es más que lo que podamos deducir de las románicas, ese latín siempre será una lengua típica y formularia, que explique las románicas, y nada más, una lengua de abstracciones. Y claro está, no teniendo en cuenta la investigación histórica, prescindiendo de la cronología de las formas, la ilusión de rigor científico que presenta este procedimiento teórico arrastra y satisface. Pero la realidad es harto más compleja. Cuando se nota la predilección en España por los pronombres iste, ipse, y lo raro de hic, y la ausencia completa de huic, huius en toda nuestra epigrafía, mientras se menudea tanto en otras partes, no puede menos de ocurrir la sospecha de que el latín de España en algo difería del de Francia é Italia, y que es una ilusión pretender poner como tipos del latín vulgar general hic, huic, illuī, illūius, que en España no aparecen jamás. Los elementos arcaicos, que no pueden menos de confesarse, se tratan de explicar como formas aisladas y de acarreo, con tal de que subsista en pie la unidad del latín vulgar. Pero las tesis deben desaparecer cuando los hechos claman contra ellas. Además, esta tesis lleva prácticamente á querer hallar un vocablo latino para cada vocablo románico, como si las románicas no tuvieran formas debidas á su propia evolución. Este elemento idiomático, originado dentro de la vida de los romances, es, precisamente, el más interesante para cada uno de ellos, y es el que con mayor empeño pretendo yo que resalte en mis estudios acerca del castellano, sin negar nada de lo que legítimamente ha de atribuirse á la lengua común latino-vulgar.

Desde la guerra social, el latín oficial y literario lucha contra el latín hablado y contra todas las tendencias dialectales, que había ido recogiendo al través de Italia y en su marcha triunfante por las provincias. Esta reacción erudita va creciendo á la par que el poder y la centralización oficial romana hasta Augusto y sus primeros sucesores. Las escuelas, la administración oficial, el arte literario, son sus principales palancas. Desde los Antoninos, en el siglo ii, la lengua literaria y oficial comienza á decaer, vencida en toda la línea, y á principios del siglo iv desaparece. Las provincias más tardíamente conquistadas recibieron, por consiguiente, un latín más parecido al literario, Portugal ó Lusitania y el norte de la Galia. Mientras en España conocer y en Italia conoscere provienen del antiguo y vulgar conōscere, en Portugal el erudito cognōscere dió conhecer, en Francia conoistre con n por gn; pero al sur conoscere junto á cognātus, prov. conhat, cast. cuñado. El latín hablado en todo el Imperio adquiere en esta época su mayor unidad, ayudando poderosamente el continuo trasiego de las legiones, que pasan de un punto á otro, llevando á todas partes las variantes dialectales de todas.

En algunos centros españoles, el latín literario debió reaccionar poderosamente. Conocida es la completa latinización de parte de Andalucía: las escuelas de Córdoba fueron famosas, más todavía que las de Narbona, fundadas para romanizar la Provenza. Sólo en Provenza y en España hay el pluscuamperfecto, que era rarísimo en latín vulgar, y cuyo empleo en estas dos regiones parece deberse al influjo literario. Otro tanto se diga de los tipos del perfecto de subjuntivo, fuerim, habuerim, cantaverim, que no hay ni en Cerdeña: fuere, hubiere, cantare, en portugués fôr, houver, cantar, no vienen del vulgar latino, sino de la reacción literaria. Pero no es completamente exacto el dicho de Mohl: Sin el latín literario no se hubiera uniformado el latín vulgar y los romances hubieran aparecido cuatro siglos antes. ¿Acaso el latín se plantó en España sin evolucionar, aguardando á que se le llevara á las últimas provincias conquistadas? ¿Ó tuvo tal poder la reacción literaria que deshizo todo lo producido, evolucionando durante ese espacio de tiempo? No desaparecieron los arcaísmos y dialectalismos itálicos, ni se volvió atrás en su evolución el latín de España: por consiguiente, siempre hubo de tener algunos caracteres que le fueron propios.

Hay, pues, en nuestro romance una mezcla de elementos eruditos con otros arcaicos, debidos á que, cuando vino por primera vez el latín vulgar, el literario todavía no estaba del todo fijado ni había influido sobre el habla vulgar, llena de italianismos. Este doble carácter distingue á nuestro romance de todos los demás; conviniendo con el sardo en el elemento arcaico y diferenciándose de él en el literario, que en Cerdeña dejó muy pronto de influir en la época imperial. Cadiello viene del katel úmbrio, como catellus en Reichenau, no del catulus. El influjo úmbrio dominó durante el Imperio extendiendo -el de nominativo á los demás casos, haciendo olvidar el -olo-, lat. -ulus, -ulum: catel, acus. catello (úmbrio katlu): de aquí el vulgar -ello, cast. -iello, luego -illo, cuchillo de cultellus, preferido con vitellus por Plauto á los clásicos catulus, vitulus. Estas huellas itálicas deben de durar más claras y en mayor número en los patois italianos, donde siempre hubo de haber dialectos rústicos del latín vulgar: al finalizar el Imperio se hablaba mejor el latín en algunas poblaciones de España y Provenza que en Italia. La lucha entre el latín literario y el vulgar termina en el siglo iii, en el que vence el vulgar en los autores cristianos; en el siglo iv Claudiano y los puristas versifican ya en un idioma literario muerto. El latín de Dacia ó su descendiente el rumano merece especial interés, pues nos presenta el latín que hablaban las legiones imperiales en los siglos ii y iii, ya que pronto quedaron allí los colonizadores como separados del resto de la Romanía y nunca hubo especial influencia literaria.

En Italia, el latín, en tiempo de los Gracos, se componía de infinidad de patois locales, que fueron unificándose hacia la guerra social en una lengua común bastante uniforme. En Dacia, el país estaba abandonado casi enteramente al invadirlo los romanos; el latín militar llevado por Trajano era el general del Imperio durante los siglos ii y iii de nuestra era. Los colonos eran "ex toto orbe romano" (Eutropio, VIII, 6), sobre todo eran legionarios, unos 25.000 hombres; la literatura no influyó allí, pues no hubo escuelas por no haber bárbaros que latinizar, la dominación fué efímera. El rumano presenta el latín vulgar común del Imperio á fines del siglo ii: los plurales -i, -e, las segundas personas en -i, la caída de las consonantes finales, o, u, como representantes del au átono, el tratamiento de las paladiales, son fenómenos comunes al rumano y al italiano, y de Italia debieron de partir la mayor parte de los colonos de Dacia. Después del fondo italiano contribuyeron más al latín de Dacia el de Rethia y el de España por medio de los auxiliares militares de las legiones, pues los de la colonia trajana, según aparece por las listas de Goos, son casi todos españoles, retos y sirios. Los hispanismos del rumano actual son manifiestos. El verbo ajuná, macedonio adzuná = ayunar. Al finalizar de la República jā- átona se hace jē- en literario, Plauto no conoce más que iāiūnus, iānuārius quedó junto al iēnuario vulgar á causa de Iānus. De modo que iāiūnus es más antiguo que iēiūnus, y Thurneysen cree que antes fué *ēiūnos, skt. ājūna-. En Philoxeno ēiūnat, de donde por asimilación iaiunat, luego por reacción literaria ieiunat, ó tal vez de eiunus salió aiunos. La legión VII galbiana, compuesta de tarraconenses y llevada por Galba á Roma y al Lacio (Tac. Hist., I, 6, Suet., Galba, 10), fué la que más hispanismos llevó á Roma y á la Campania. Un hispanismo es la general suavización de las explosivas, sin excepción en España, acaso por influencia itálica anterior. En Italia la reacción erudita se opuso á la generalización de la ley. En úmbrio las explosivas tendían á suavizarse ante r, l: subra = lat. supra, kabru y kapru, mandraclo, podruhpei; en osco también: embratur = imperator; peligniano empratois, osco Aderl(ú) = Atella, úmbrio adro, adrer = āter, en Igubium -br- por -pr-. En el latín imperial de Italia las mudas ante r nunca llegaron á suavizarse del todo, pietra, padre, ladro; capra, cavriulo en Toscana. La -t final cae pronto en las inscripciones provinciales; en Roma y el Lacio al revés, tarda mucho en caer. En Pompeya (siglo i) pedikaud, liciid, ya se suaviza en -d, como en osco, luego las formas sin dental, muy generales al Norte, se generalizan. Del siglo iv al v sólo persiste la dental ante vocal. Después de los Antoninos, sobre todo desde el siglo iii, el latín imperial hablado se descompone, perdiendo la unidad que en mayor ó menor grado había conseguido apoyándose en el lenguaje literario y oficial. Las provincias caen en la cuenta de la debilidad del poder central, despiértanse sus iniciativas y su autonomía política y administrativa, la disolución comienza en la lengua como en la política.

Al retirarse en 329 Constantino á Bizancio da á entender que no podía ya conservar la unidad política, abandona el Occidente á su propia suerte, á la futura civilización que ya despuntaba. Teodosio, en 395, no hizo más que confirmar oficialmente esta escisión, dividiendo para siempre el Imperio. Las lenguas románicas habían sofocado, no sólo á la lengua literaria, sino á la latina vulgar, de la cual habían nacido. Cuando Odoacro destruyó el Imperio de Occidente, en 476, todo latín había dejado de hablarse—dice Gröeber[8]—. Francia quedó libre de toda relación con el Imperio romano en 538; España entre el 615 y el 623; Italia en 650[9].

Pero el latín literario continuó siendo la lengua oficial y diplomática, el habla de la ciencia y de la cultura. Se enseñaba exclusivamente en las escuelas, y era el único instrumento de comunicación para todo el que escribía. Los romances eran considerados como no diferentes del latín, eran el latín mal pronunciado, que no podía escribirse. Sin embargo, la cultura iba decayendo, y los escritores aprendían cada vez peor esta lengua oficial. Además, las instituciones y costumbres traían consigo sus términos propios en las lenguas vulgares, ya derivados del latín vulgar, ya de las lenguas nacionales, ya de las que trajeron los bárbaros del Norte, ya del griego en el culto católico, etc., etc. Parte por la necesidad de tener que nombrar nuevos objetos, parte por ignorancia del buen latín clásico, los mismos escritores de los tiempos medios se veían precisados á latinizar todos esos términos vulgares. Ese latín medieval es el llamado bajo latín, y es de suma importancia tener entendido que ese latín no fué jamás lengua vulgar que se hablara; era la lengua literaria antigua, bien que no bien sabida, con latinización de muchos vocablos vulgares; era una lengua muerta y artificial, como lo era en el siglo xvi entre los teólogos y filósofos y aun entre los autores de cualquiera materia que escribiesen, cuando lo hacían en latín. Es, por consiguiente, un crasísimo error el creer que los escritos en mal latín de los siglos viii y ix, x y xi están en la lengua vulgar hablada, y deducir de aquí que en tales escritos se ve cómo se transforma el latín en las lenguas romances. Tales documentos son latinos, escritos en una lengua artificial y muerta ya hace siglos; aunque á veces es tan malo el latín que induce á creer que era el latín que se iba corrompiendo y transformando en romance. Si el Fuero de Avilés estuviese redactado en lengua vulgar, se daría el caso de que desde él hasta las Partidas, la evolución lingüística hubiera sido cien veces más rápida y mayor que desde las Partidas al Quijote. El Fuero de Avilés quiso escribirse en latín, y resultó escrito en una mezcla de lenguas, parte reales, parte imaginarias: es el documento más polilingüe que hay, el arlequín de los documentos.

5. Bibliografía.—Sobre el latín vulgar: Edélestand Du Méril, Poessies populaires latines, París, 1843; Emil Hübner, Inscriptiones Hispaniae christianae, Berolini, 1871, con suplemento en las Inscriptiones Britanniae christianae, Berolini, 1876; Mardquardt, Römische Staatsverwaltung, I, 1873; Budinszky, Die Ausbreitung der lateinischen Sprache, 1881; J. Jung, Die romanischen Landschaften des römischen Reichs, 1881; F. Mohl, Introduction à la chronologie du latin vulgaire, 1899; O. Densusianu, Histoire de la langue Roumaine, 1902; C. Jireczck, Die Romanen in den Städten Dalmatiens, Denkschr. O. Wien. Akad. Phil. Hist. Kl., t. 48; A. Carnoy, Le latin d'Espagne d'après les inscriptions, 2.ª ed. París, 1906; Schuchardt, Vokalismus der Vulgärlateins; H. Keil, Grammatici latini, 1857-1880; Appendix Probi, edic. Heräus, Arch. lat. Lex., XI, 301-331, y K. Ullmann, Rom. Forsch., VII, 145-225; G. Loewe, Prodromus corporis glossariorum latinorum, 1876; G. Götz, Corpus glossariorum latinorum, II-VII, 1888-1903; Lindsay, Nonius Marcellus, 1901; G. Götz, Liber Glossarum, Abh. d. kgl. sächs Ges. d. Wiss. phil. hist. Kl., 13, 211-290 (glosas de voces latino-hispanas de la primera mitad del siglo viii); Corpus Inscript. latin., en el t. II las de España, por Hübner; Wölfflins, Archiv für lateinische Lexikographie.

6. La lengua primitiva de los españoles, que los griegos llamaron íberos, de los ribereños del Ebro, fué el éuscaro ó lengua vascongada, por la cual se declaran la mayor parte de los nombres propios, de los nombres geográficos y algunos otros citados por los autores griegos y romanos. Esta teoría del iberismo, sustentada por Larramendi, Erro, Astarloa y Humboldt, sigue sosteniéndose entre los sabios, fuera de ciertos autores franceses, que con haber corregido algunas de las etimologías vascongadas de las traídas por Humboldt en Los primeros habitantes de España, se dan á entender haber derrumbado enteramente lo que confirman muchedumbre de otras, que no han podido desechar. Veintidós siglos de lucha del latín y de su sucesor el castellano, de la literatura, de la cultura y de la política no han bastado para hacer desaparecer del suelo español su primitivo lenguaje, que, acorralado, fuése retirando poco á poco hasta reducirse á las provincias vascas. Todo en torno de ellas, en Álava, Navarra, Huesca, hay una zona de tierras donde los euscarismos muestran haber pasado por allí el vascuence al retirarse, y fuera de esa zona, en el castellano de toda España, vulgar y literario, no sólo han quedado huellas del idioma primitivo, sino que en varios puntos vence al latín. El fonetismo del castellano es contrario al latino y es puramente eusquérico, porque el fonetismo y pronunciación, como dijo Hervás, es lo último que se pierde, si llega del todo á perderse alguna vez en la raza que habló un idioma. Sólo el castellano, entre todas las románicas, tiene las cinco vocales puras, que ni el mismo latín tenía; pero que es carácter distintivo del vascuence. Solos los españoles y los aquitanos, que rodean el país vasco, convirtieron la f latina en la aspiración h y confundieron la b y la v. Solos los españoles pronuncian tan recia la rr y tan suaves las explosivas b, d, g, como los vascongados, y hasta el siglo xvi no conocieron la pronunciación moderna de la f, y propio de unos y de otros es el uso de las palatizadas ll, ñ, ch. De los grupos de consonantes, que el latín admitía y siguen admitiendo las demás románicas, sólo sufrió el castellano los que permite el vascuence, desechando todos los demás. De aquí que el fonetismo castellano sea el que más se acerca al vascongado, y por lo mismo es el más armónico y á la vez brioso de las lenguas de Europa. Los feos sonidos f, j, z, nacieron en el siglo xvi, perdiéndose, en cambio, lo sonidos de la j y ch francesas, que hasta entonces el castellano tuvo y se conservan en todo el litoral de la Península, así como la aspiración de la h; pero este mismo cambio de sonidos venía preparado por el fonetismo eusquérico de la raza. (Cejador, Lengua de Cervantes, I). Por años que vivan en España un inglés, un francés, un catalán, siempre los distinguiréis en la pronunciación; el vascongado, con ser su idioma tan ajeno á las románicas é indo-europeas, en aprendiendo el castellano no se distingue en la pronunciación del resto de los españoles, hecho que demuestra, sin género de apelación, que el fonetismo castellano proviene del fonetismo del éuscaro ó primitiva lengua de España.

Muchedumbre de sufijos, los más vulgares, son vascongados, así como el matiz de las vocales en los llamados diminutivos y despectivos, como -aco, -ico, -uco, -acho, -ucho, etc. Fuera de algunos fenómenos morfológicos vascongados, queda sobre todo en castellano el inmenso caudal léxico, que sobrepuja al caudal latino en el habla vulgar, quiero decir prescindiendo del caudal latino traído por los eruditos y no debido á la primitiva evolución del latín en romance. (Véase Cejador, Tesoro de la lengua castellana).

De las demás lenguas habladas en España antes de la llegada de los romanos, el fenicio, el griego, el celta, no se conoce en el castellano palabra alguna que con certeza á ellas pertenezca. Cuanto griego encierra nuestro idioma vino latinizado á España. Del celta no podía esperarse otra cosa, puesto que son contadísimas las voces que le debe el mismo francés, con haber sido céltico el idioma principal prerromano de Francia. El fonetismo céltico es lo único que influyó en las hablas del Este y Noroeste de la Península, formando el portugués, el gallego y el llamado dialecto leonés, cuya manera más propia es el bable de Asturias, rodeado del leonés oriental, que corre por parte de León, Palencia y Santander, y el occidental por León, Zamora, Salamanca y buena parte de Extremadura. Dialectos lemosines son el catalán, el mallorquín y el valenciano. En la parte Nordeste de Huesca se nota otra variante más desleída, por influjo, sin duda, del catalán. El llamado aragonés, fuera de algunas salpicaduras catalanas en los antiguos escritos, en el habla vulgar, desde que se conoce, no difiere sustancialmente del castellano: sólo en el léxico de voces de pura cepa castellana hay diferencia, tan antiguas las más, que se usan en León; á Murcia pasó el habla aragonesa y allí se conserva con la misma riqueza léxica. Algo más se distingue el dialecto andaluz, sobre todo en el fonetismo, y se debe al influjo semítico de fenicios y árabes, que señorearon por tantos siglos aquellas tierras.

7. Acerca del cuándo y cómo naciera el romance castellano, parece que fué al primer choque entre el éuscaro ó lengua nacional de los españoles con el latín vulgar que traían los romanos, esto es en cuanto las gentes vulgares de España, que carecían de la instrucción romana de algunos españoles romanizados en las Colonias y Conventos jurídicos, quisieron darse á entender en latín, puesto que pronunciándolo según el fonetismo éuscaro, mezclando á medio latinizar muchas voces y radicales éuscaras, añadiendo sufijos latinos á éstos y sufijos vascongados á radicales del latín y perdiendo más de lo que lo estaban las desinencias flexionales, verbales y nominales, hubo de resultar en sus labios una habla que, sin ser éuscaro ni latín, con gramática más latina, pero con fonetismo y léxico más vascongado, era el verdadero romance castellano. Este chapurreo y transformación hubo de verificarse durante bastantes años, pasando de región á región, desde los centros romanos hasta las partes más alejadas de su trato. Así se hallan todavía huellas de vascuence en gran parte de España hasta la época de los árabes, y hoy en día aún no ha sido del todo vencido en España, conservándose en las provincias vascas.

8. No hay que figurarse que al día siguiente de haber puesto el pie en España los romanos ya los españoles habían tenido la humorada de dejar su lengua para aprender el Musa musae. Baste decir que, si en Cartago se hablaba todavía el púnico en el siglo iv, como afirma S. Agustín, y si, como ha probado Budinszky (Ausbreit. der latein. Spr., pág. 115), el galo no desapareció de las Galias hasta el siglo vi ó más tarde (Cfr. Diefenbach, Oríg. Europ., pág. 158), en España, donde la tenacidad del patriotismo llegó hasta el extremo de ser la última provincia dominada, habiendo sido la primera en ser invadida y atacada, de haber luchado doscientos años por su independencia, la lengua indígena tuvo que vivir más acá del siglo vii. Las primeras colonias que vinieron á España no tuvieron trato particular con los españoles, que preferían la alianza con los cartagineses, sus antiguos amigos. Hasta que Augusto emprendió la latinización sistemática de las provincias, la población indígena no había hablado latín. Por medio de la nueva organización administrativa, por medio de escuelas romanas, por el traslado continuo de grandes muchedumbres, por la abolición ó inobservancia de las leyes restrictivas del ius connubii, por la atribución progresiva del derecho de ciudadanía á todas las provincias, el Imperio fué latinizándose desde Augusto; pero antes de Jesucristo las colonias romanas eran las únicas que habían hablado latín en España. Situadas en las costas y en los grandes ríos y demás vías comerciales, sólo habían tenido intento á asegurar el dominio político, la posesión de las minas, la percepción de los impuestos y á facilitar el comercio y el cultivo de las tierras por los colonos romanos é italiotas. Poquísimos hubieron de ser los españoles que supieran entonces latín; el número de bilingües en las provincias fué rarísimo, dice Gröber (Sprachquellen und Wortg., Arch. Lat. Lex., I, 43). No mueren ni se dejan matar así como así las lenguas indígenas. El griego no desapareció de Sicilia y de Italia hasta la Edad Media, vencido por el árabe y el italiano (Budinszky, pág. 44); de Nápoles tenemos inscripciones griegas hasta el siglo vii de nuestra Era. En el siglo i se hablaba la lengua indígena en España. No sólo entre los vetones, en Tormes, donde cuenta Tácito (Ann., IV, 45) que un labriego, atormentado por el pretor L. Pisón, apostrofó á los romanos sermone patrio, "lo cual indica, dice Mohl, que el latín era generalmente desconocido en el país; no sólo en Galicia, donde dice Pomponio Mela que aún eran celtas sus habitantes, etiam nunc celticae gentis, es decir, que seguían apartados de toda influencia romana (Mohl, pág. 59), sino que hasta el año 74, en que Vespasiano concedió el ius civitatis optimo iure á todas las ciudades de España, municipales ó federadas, no cesaron las ciudades españolas de batir moneda, con su escritura y su leyenda propias é indígenas[10].

Si, pues, á fines del siglo i deja oficialmente de batirse esa moneda, ¿vamos á creer que dejó de repente de hablarse la lengua indígena en que se redactaba la leyenda? Por largo tiempo se siguió hablando aquella lengua en las mismas ciudades. Y si el influjo romano no fué aquí mayor que en Cartago y en Nápoles, aquella lengua duró todavía siglos. Y si tal acaecía en las ciudades, ¿qué había de suceder en los pequeños núcleos de población y en los campos? "Caesar Augustus, dice Justino (Hist., XLIV, 5); perdomito orbe victricia ad eos (Españoles) arma transtulit populumque barbarum ac ferum legibus ad cultiorem vitae usum traductum in formam provinciae redegit". Sería extraño que en el siglo ii todavía se hablara etrusco en Italia como lengua general (Aulo Gelio, XI, VII, 4) y se escribieran inscripciones griegas en Nápoles hasta en el siglo vii, y que en España se hubiera olvidado la lengua indígena en el siglo ii. Cuando Justino llama bárbaros á los españoles no hay que creer que eran más que extranjeros para los romanos. Un país donde por tradición se conservaban poemas, como Estrabón afirma, y de venerabilísima antigüedad, y que tiene su alfabeto propio, con el que escriben en su lengua, y donde tantas ciudades baten moneda, no es un país de bárbaros. El apego á su lengua tenía que ser conforme á esta cultura, y, más que nada, conforme al carácter tenaz y conservador de sus habitantes, cuya nota característica ha sido siempre el apego á sus tradiciones y costumbres. El famoso pasaje de Estrabón (III, 3): οὐδὲ τῆς διαλέκτου τῆς σφετέρας ἔτι μεμνημένοι, además de no ser más que una exageración, como dice Mohl, no reza más que con los turdetanos, los primeros que se romanizaron, cuyas ciudades, sobre todo Itálica y Córdoba, eran más romanas que españolas; en fin, trata de andaluces, los más amigos de novedades y los primeros en extranjerizarse de todos los españoles en todo tiempo. Nada de extraño que los colonos romanos de la Turdetania y los turdetanos que vivían con ellos en los establecimientos romanos no hablaran más que el latín; y aun Mohl cree que no eran más que bilingües, como los habitantes de las cercanías de Marsella y Narbona (Estrabón, IV, I, 12). Casos aislados que el geógrafo de la antigüedad cita para ponderar el influjo romano y que comprueban precisamente que la romanización de las provincias no estaba todavía muy adelantada. Otro tanto asegura de los samnitas, lucanos y brutios (VI, I, 2), para halagar al Emperador, diciendo que habían abandonado enteramente sus antiguas hablas; y con todo, la epigrafía, que es algo más verídica, prueba lo contrario, mostrándonos las inscripciones oscas y otros dialectos en las grandes ciudades, tales como Pompeya, por lo menos hasta el Imperio, y que, por consiguiente, esos dialectos tuvieron que durar muchísimos años más, sobre todo en el campo y en las aldeas. El mismo Estrabón, en otra ocasión, confiesa que aún se hablaban el tirreno, el véneto, el ligur y el insubrio en la Cisalpina (V, I, 6). Después de seiscientos años de dominación romana y de colonización activísima, las lenguas berberiscas todavía debieron hablarse, por lo menos en el campo, puesto que aún duran, á pesar del latín, que allí desapareció, y del árabe, que aún se habla. Señal de que si el latín era el habla de la gente instruida africana, el habla del pueblo era la lengua camítica indígena, la cual sobrevivió al latín venido de fuera. Cuatro siglos duró la dominación romana en la Gran Bretaña y no pudo implantar el latín como habla popular junto á la lengua céltica, dejando solamente algunas palabras latinas en aquellos dialectos córnicos y galos[11].

Por más que se empeñan los defensores de la unidad del latín vulgar, y por más que queramos conceder á todas las fuerzas unificadoras de la época imperial, si el latín vulgar hubo de tomar algo de las lenguas itálicas al salir del Lacio, no pudo menos de colorearse al llegar á las provincias. Con razón afirma Sittl que al pasar el Rubicón el latín fué de alteración en alteración. Algo, ó mucho si se quiere, llegaría á uniformarse después; pero las modificaciones dialectales, una vez adquiridas, nunca llegan á desaparecer del todo. Los autores nos hablan del latín squamosus, pingue sonans, agrestis, inquinatus atque barbarus, que se hablaba y aun se escribía en las provincias, y los retóricos amonestan á los que van á viajar por España ó las Galias que tengan cuidado con las verba non trita Romae (Cic., Brut., XL, VI, 171). "No se trata aquí, dice Mohl, más que del latín hablado por los colonos romanos, por la población romana ó italiota establecida en las ciudades y centros provinciales; no del lenguaje de los campesinos indígenas". Pero si estos defectos tenía el latín en labios de los colonos romanos, ¿qué defectos no tendría en labios de los colonos indígenas, que no eran romanos ni italiotas y que no habían aprendido el latín más que de esos mismos colonos? ¿Acaso los españoles hablaron jamás el latín mejor que los que se lo enseñaron? Yo creo que no. Á las modificaciones que ya traía el latín, debidas á su paseo por Italia y á los mismos colonos, italiotas en su mayor parte, hubieron de añadirse las que ese latín tomó al pasar á labios extraños, á labios españoles. Sería el único caso en la historia el que los discípulos hubieran sobrepujado á los maestros y hubieran evitado todos sus barbarismos, sin añadir otros nuevos, y sería el único caso en la historia el que una lengua hubiera pasado á raza extraña sin modificarse en lo más mínimo. Los mismos españoles é ingleses, con sólo apartarse de la madre patria, van modificando en América el español y el inglés. ¿Cómo no modificarse más en labios de criollos ó de otras razas extrañas? Parece increíble; pero, á pesar de ser cosa tan evidente, los romanistas siguen tan aferrados á la unidad del latín vulgar y, por consiguiente, suponen que el latín en nada se modificó en labios de españoles ó de galos. Lo que hay, en realidad de verdad, es que de tal modo hubo de modificarse el latín, que, al ser hablado, no digo por los romanos de España, ó por los primeros prosélitos que acudían como amigos y se romanizaban viviendo en común con ellos, pero sí por españoles de pura raza y algún tanto apartados de los focos romanos, se tuvo que convertir en romance; es decir, hubo de ser pronunciado á la española y recibir no pocos términos de la lengua indígena. Lo contrario no ha sucedido ni puede suceder jamás. Confiésese que no se conocen esas modificaciones extrañas; pero que no las hubo desde un principio no puede negarse sin ir contra todas las leyes históricas y fisiológicas. Puesto que al desenvolverse aquellas modificaciones, más ó menos patentes en un principio, dieron por resultado la diferencia del castellano, del francés y del italiano, hubo esas modificaciones, y las atestiguan los monumentos más antiguos, en los cuales siempre se notan las diversas tendencias fonéticas de cada uno de los romances. Las escuelas fueron un gran instrumento de propaganda; pero en ellas sólo se enseñaba el latín clásico, y á una minúscula parte de la población. El pueblo no aprende una lengua extraña en la escuela, sino en la calle y en el trato ordinario; y en ese trato ordinario el latín les llegaba bastante alterado, y ellos lo alteraban más. ¿Qué significa la escuela de Osca, fundada por Sertorio, ni la bola de oro de los patricios romanos que se daba á los premiados, con el resto de la población? Los labriegos de entonces no creo fuesen á que se les colgara del cuello esa bola, sino que irían á vender y comprar entre los romanos, dándose á entender de cualquier manera, es decir, chapurreando y destrozando el latín, no, ciertamente, hablándolo mejor que sus dominadores. De esas escuelas saldrán tan buenos escritores como de las escuelas romanas, y llegó una época en que los mejores literatos de Roma fueron españoles; pero una cosa es el estudio literario y otra el habla vulgar aprendida en calles y plazas. La necesidad y la moda, ésas llevaron el latín á todas partes. Véase lo que pasa hoy en las provincias vascas. Se tiene en poco el vascuence, porque el español es el habla de la gente granada de las poblaciones. Así los pueblos se degüellan á sí mismos con el mismo cuchillo, que, atraídos por la moda, se escogieron: "idque apud imperitos humanitas vocabatur, cum pars servitutis esset", dice Tácito al hablar del cebo con que Agrícola atraía á los britanos para romanizarlos. Todos quieren seguir á las personas de más cuenta, aprecian más sus términos extraños que los propios, por ser éstos usuales entre la plebe, se los apropian y mezclan en su habla. Poco á poco hablan castellano; pero con pronunciación vascongada, con no pocos términos y giros vascongados, y resulta una jerga como el castellano que hasta poco ha se hablaba en Bilbao. Estamos asistiendo á las últimas conquistas del latín entre las lenguas bárbaras. Pero ¡qué latín el que lucha hoy día contra el vascuence! Tan latín como el que luchó en otro tiempo en el resto de España. Latín es nuestro castellano actual; pero... romanceado. Y tal fué el latín que habló siempre la masa general del pueblo español.

9. Acerca de si se habló latín por todo el pueblo español, así como del influjo del vascuence en el romance, he tratado largamente en los Diálogos sobre el origen del castellano, donde pueden verse muchas autoridades. Añado aquí la de Simonet (Glosario, pág. xxxvii): "Aunque el latín logró predominar y hacerse vulgar en la antigua Iberia bajo la dominación romana, conservando sus fueros bajo la visigoda, su uso no debió ser universal y exclusivo. La lengua latina llegó á ser el idioma oficial, religioso, culto y literario de toda la Península, y aun el vulgar y corriente en su mayor parte; pero coexistiendo muchos dialectos vulgares, y, sobre todo, palabras y locuciones de distintos orígenes. Pruébanlo así: el dicho de Cicerón de que los españoles no serían entendidos en el Senado sin intérpretes; los nombres de sermo patrius y patria lingua, que aplican Tácito y Silio Itálico á palabras y modismos usados por los españoles en aquellos tiempos, y las voces ó formas no latinas que cita San Isidoro como usadas vulgarmente en su tiempo por los mismos españoles latinizados: vulgus vocat, Hispani vocant, vocamus. Quien desee más sobre esta materia, consulte lo que discurre el señor Ríos en su mencionada Hist. crít., tomo II, ilustr. I.ª, núm. 1, corrigiendo la opinión de Martínez Marina, quien pretendió negar la existencia de todo lenguaje español distinto del latín bajo la dominación romana. Baste á nuestro propósito observar que la corrupción del latín y su fusión con otros dialectos se debieron en gran parte á la influencia unificadora del espíritu cristiano y de la monarquía visigótica. Y aunque este hecho no puede apreciarse con exactitud en los documentos públicos y literarios de aquellos siglos, cuyos autores habían de afectar en lo posible las formas y propiedad latina, nos dan motivo suficiente para sospechar que en el habla corriente, en la poesía popular, y siempre que la ignorancia ó la necesidad no permitía ajustarse á la pureza y rigor clásico, se usaba ya un lenguaje muy distinto del escrito por los Marciales y Lucanos y aun por San Isidoro. Finalmente, documentos latinos del siglo viii, pertenecientes á la nueva Monarquía asturiana, acreditan con muchas palabras y frases la gran corrupción en que había caído el latín y la existencia de un romance hispano vulgar". Véanse estos documentos en la Colección de Fueros y Cartas municipales, publicada por D. Tomás Muñoz y Romero, y consúltese al Sr. Ríos, tomo II, pág. 390 y siguientes.

10. El latín solo no se hubiera podido modificar tanto en el corto espacio de dos ó tres siglos para llegar á formar un idioma tan distinto como el castellano. Aquí hubo una lucha con alguna ó algunas de las lenguas indígenas. Lo está diciendo esa misma repentina transformación, que contrasta con el desenvolvimiento lento de las indo-europeas antiguas y con el del griego moderno respecto del griego antiguo, y del alemán respecto del antiguo alemán y godo. Lo está diciendo el que todavía viva la lengua indígena de España, con la que hubo de encontrarse frente á frente el latín. Lo está diciendo el fonetismo castellano, tan opuesto al fonetismo latino y tan semejante al fonetismo del éuscaro. Lo está diciendo el cúmulo de sufijos derivativos y gran parte del vocabulario eusquérico, que forman parte importantísima de nuestra lengua.

Y esa lengua es el éuscaro: si el latín fué el padre, el éuscaro fué la madre del castellano.

El influjo del éuscaro difiere enteramente del influjo del latín: en la formación y evolución del castellano influyó, ha influido y sigue influyendo el latín, puesto que, si no en el elemento popular, en el erudito ha seguido siempre dando nuevos vocablos al castellano; el éuscaro influyó solamente en su primitiva formación, y una vez pasada la primera niñez, durante la cual lo amamantó á sus pechos, murió, como quien dice, de sobreparto, dejándolo á su desarrollo propio bajo la tutela de su padre. Metáforas son éstas y nada más, pero que expresan de alguna manera lo que yo pretendo decir y resumen en pocas palabras el problema etimológico de la lengua castellana.

Lo más íntimo del organismo de un idioma es su fonetismo, pues, no sólo le da todo su aspecto exterior, que pende del elemento sonoro, sino que él es el que más influye en todo su desenvolvimiento. No influyó el éuscaro en el castellano más que hasta el momento de darlo á luz; una vez nacido, hubo por el mismo hecho de morir la madre. Pero la adaptación continua del elemento sonoro del mismo latín tuvo que irse verificando en la hija después de muerta su madre, de la misma manera que en el período de su gestación. Dado el fonetismo eusquérico en nuestro romance, las leyes fonéticas que han convertido al latín en castellano son meras aplicaciones de ese mismo fonetismo. Y las leyes fonéticas castellanas, manifestaciones de ese fonetismo eusquérico, son las que más han contribuido al desenvolvimiento y á la caracterización del idioma.

Proceden igualmente del éuscaro ciertas tendencias morfológicas del castellano, un gran número de sufijos derivativos, que lo separan enteramente de las demás neolatinas, y casi la mitad del vocabulario, esfinge de la lingüística. Hace, por lo menos, diez y seis á diez y ocho siglos que el castellano fué destetado de los pechos del éuscaro, y, sin embargo, es asombrosa la enorme cantidad de raíces que de él conserva nuestra lengua, y no vocablos comoquiera, sino raíces fecundísimas, más fecundas que las raíces latinas, y de un empleo el más vulgar y cuotidiano. Si hubiera poseído el éuscaro la literatura y la cultura que el latín, no sólo hubiera entrado éste á formar nuestra lengua como un elemento muy secundario, sino que ni siquiera hubiera podido llegar á ser un romance, á tener, digo, el corte y la estructura del latín, lo cual sucedió con el godo y el árabe, que traían una escasísima cultura, comparada á la romana viviente en España, y así sólo pudieron prestarnos algunos vocablos. Pero la cultura romana en la religión y la filosofía, en la política y en la literatura, en la ciencia y en las artes, era tan ingente y avasalladora que arrolló la precaria cultura índígena, y sus modas se impusieron y su lengua dió el tono, transformando el idioma indígena en su gramática y en la mitad de su vocabulario. La lucha de las dos lenguas que concurrieron á la formación del castellano está como estereotipada en el mismo castellano. El verbo comer no ha vencido al indígena yantar hasta el comienzo de la Edad Moderna. Los españoles empleaban su yantar, latinización del ianta eusquérico; los romanos traían su comedere, que por ser de moda empezarían á emplear las altas clases sociales españolas; después el comer, contracción española de comedere, fué bajando hasta las últimas capas sociales y fué arrinconando al yantar, hoy ya anticuado, pero sin duda más antiguo en el romance que el comer, puesto que lo debió de usar el pueblo cuando el comedere sólo lo empleaba la gente alta, y el comer no derivó más que después, cuando el comedere llegó á los labios del pueblo.

El vocablo de origen latino joven no debió de emplearlo el pueblo hasta muy posteriormente, puesto que poseía los de origen eusquérico chico, pequeño, mozo, niño, muchacho, y algo se tardaría en convertir iuven-em en ioven-em, ioven, xoven, joven. Más moderno es párvulo, de origen eclesiástico y canónico, entierro de párvulo, de donde después escuela de párvulos, etc., y que en la primera formación del castellano lo olvidaron los romanos españoles, prefiriendo los vocablos indígenas anteriormente citados. Los de puer y adolescente quedaron perdidos por completo, pues adolescente es de introducción erudita muy posterior, como que no ha llegado aún á las últimas capas sociales del pueblo español.

Fatigarse debió de ser aristocrático y de moda, y nunca pudo destronar al cansarse de cepa eusquérica, ni siquiera generalizarse tanto entre el pueblo. Ambos son castizos; pero no habrá quien no tenga por más castellano el cansarse y el cansar que el fatigarse y el fatigar, como el halagar eusquérico que el adular, y los vulgarísimos asir, agarrar, arrebatar y atrapar, que el recibir y el mismo coger. El satis y satis esse hubieron de ceder ante bastante, bastar y asaz. El quaerere tuvo que cambiar un poco el sentido originando el querer, porque el eusquérico buscar no se daba por vencido, como ni callar, que tapó la boca al tacere y al silere. Otro tanto sucedió al lucrari, que hubo de convertirse en lograr, mudando de significación, porque el ganar eusquérico no le dejaba á sol ni á sombra, y el eiicere no pudo levantar cabeza ante los eusquéricos y vulgarísimos echar, arrojar, lanzar, tirar y botar. Soltar derivó posteriormente de suelto, pero para entonces ya habían dominado echar y dejar, que no se le han sometido jamás.

Bueno es el juego y el jugar latinos, pero la holganza y el holgar no les van en zaga, y el divertirse, si vino á significar lo mismo, fué porque su primitivo valor lo tenía acaparado el dis-traerse; el gaudere no pudo vivir entre los españoles, que tenían su eusquérico gozar, y aun alegre, alegrarse, tomaron su significación, tan distinta de la de alacre-m, porque el gozo para los euscaldunas era un esse alacrem.

11. La evolución del romance con casi solos elementos eusquéricos muestra la energía del elemento popular sobre el elemento de los conquistadores. Déjase el término rostrum y se conservan los indígenas pico, morros y hocico == focico de buz, con el sufijo -ico.

Si el bec céltico hubiera sido el origen de pico, no se hubieran formado los derivados siguientes: picar, piqu-era, pico-ta, pico-tero, picote-ar, pic-udo, pic-aza, piqu-illo, pic-a, pica-cho, pica-do, pico-tazo, pica-dura, pica-joso (picaxo-so), pic-aro, picar-esco, picar-on, picaronazo, picar-illo, pic-ardía, pica-dero, pica-dillo, picard-ear, pica-za, pi-cara-da, picara-za. Todos estos sufijos son eusquéricos, excepto el -ar verbal. Añádanse las formas latinizadas pica-do, pica-nte, repicar, pica-miento, picante-mente, pícara-mente. De un bec céltico no se hacen tantos guisos, como no se hacen de un término arábigo ó gótico, cuyos vocablos, entrando en nuestra lengua, pierden la fecundidad de reproducirse. Ese bec céltico es el biko del éusquera pronunciado por los semi-íberos del Sur de Francia.

Ni los nombres sueltos latinos han tenido tanta riqueza de derivados como los nombres sueltos eusquéricos. De un verbo latino derivan muchos nombres; pero vinieron ya formados en su mayor parte del Lacio. No así de las palabras indígenas; como tenían fuerte arraigo, tomaron multitud de sufijos: unos puramente eusquéricos, otros latinos, otros comunes á las dos lenguas. La comunidad de raíces y sufijos fué un gran factor en la evolución del nuevo romance.

Carrus es término suelto en latín, tomado á los íberos de la Galia, así es que no tiene equivalente en las I-E, ni más derivados que carrūca ó silla volante, en Suetonio, carrucarius y carrŭlus, diminutivo y aun la terminación -ca es ibérica. Pero ese carrus lleva la terminación latina -us; en éuscara, e-karr-i, llevar, kar, raíz de todo el verbo. Véanse los derivados del romance: carr-aca, embarcación de acarreo; carra-co, viejo tardo; carr-al, barril para llevar vino en carro; carralero, carre-ar, a-carrear, carrejar, dim. carrello == carrillo, carr-era, ca-rrer-illa, carrer-a, carr-eta, carreta-da, carreta-je, carreta-r, carre-te, ca-rrete-ar, carrete-l, carret-ela, carret-era, carreter-ía, carreteri-l, carre-ter-o, carret-illa, carretill-ero, carret-illo, carret-ón, carreton-ero, carri-car, con -ka éusc., carri-ego, carri-l, carrill-ada, carrill-ar, carril-era, carr-illo, carrillu-do, carri-ño, carro-za, carroc-ero, carro-cha, carro-mato, carromat-ero, carru-aje, carru-co, a-carrear y todos sus derivados. Todos éstos no vienen de carrus ó carro, sino que, en su mayor parte, derivan de la raíz kar, habiendo contribuido el uso del carrus latino, sin duda alguna, á tanta fecundidad. Viene luego car-ga con -ga eusquérico, y tras él otros tantos derivados: cargar, des-cargar, re-cargar, en-cargar, cada uno de los cuales cuenta con una nueva prole, y otro tanto digo de des-carri-ar, des-carrilar, en-carrilar. Y nótese que ya no se trata de carro, sino de llevar, idea del kar, ekarri, que está aún en el acarreóme muchos disgustos, etc.

La infinidad de derivados aumenta si pasamos á la variante garra, mano en cuanto coge y lleva, que suena y es la misma en éusquero que en castellano, y es la misma raíz suave del kar fuerte. ¡Cuántos derivados no salen de garra, a-garrar, des-garrar, gar-za, engar-zar, des-engarzar, garro, garro-te! ¡Y todavía nos vendrán con que de carrus viene toda esa balumba de términos! Muchos de ellos podrían usarse también en éuscaro como en castellano, mientras que no podrían serlo en latín: es que los sufijos y la raíz son eusquéricos, mientras que sólo carrus es latino por préstamo, y ni la raíz car lo es, ni la mayor parte de los sufijos.

Comparando la masa etimológica que el castellano posee directamente del latín y del éuscaro, se nota en seguida que del latín tiene muchos términos en las explosivas c-, p-, t-, y poquísimos en las suaves g-, b-, d-, y al revés del éuscaro. La razón es manifiesta: las suaves son en éuscaro las más numerosas, por eso lo son los términos castellanos tomados directamente del éuscaro. Por el contrario, como esas suaves eusquéricas se hicieron fuertes al pasar á las indo-europeas, y entre ellas el latín, los términos que el castellano tomó del latín llevan de ordinario esas explosivas fuertes. Por manera que, cuando en algunos casos el romance suavizó las fuertes latinas, vino á parar por un círculo completo á los sonidos primitivos. Por otra parte, cuando el mismo romance reforzó las suaves eusquéricas, no hizo más que lo que habían hecho las demás indo-europeas. Y esta ley de refuerzo, aunque no sin excepciones, se halla en el paso del éuscaro al castellano, lo mismo que en el del éuscaro á las demás indo-europeas. Es la ley de Grimm, inexplicable hasta hoy, pero que en nuestro caso paréceme que se vislumbra la razón y por qué. El pasar de las fuertes á las suaves no necesita otra explicación que el principio de la degeneración fónica, del descuido en articular. Lo difícil está en explicar el hecho opuesto: el paso de las suaves á las fuertes. La pronunciación eusquérica y castellana es notable por la suavidad de los sonidos suaves; relativamente, es mucho más suave que en las demás lenguas antiguas y modernas. Por eso, cuando los extranjeros aprenden estas lenguas, pronuncian las explosivas suaves tan fuertemente, que nos choca, y parécennos articular más bien las explosivas fuertes. Del bibere hemos hecho nosotros un beber, que mejor se escribiría wewer; viene un francés y le oímos casi peper. Por la misma razón se originaron en castellano la z y la j, espirantes nacidas de la extremada suavidad de t = d, k = g. Así óyese decir Madriz, Valladoliz, y la j casi siempre viene de x, ó sea antiguamente ch francesa y eusquérica. Ahora bien: á los romanos les pasó, sin duda alguna, lo mismo que les pasa á los franceses al articular éstos el castellano ó el éuscaro, aquéllos el éuscaro ó ibero y el naciente romance: hicieron fuertes las suaves eusquéricas. Esta tendencia se hacía más necesaria por el deseo de pronunciar claro unos sonidos que á los oídos poco acostumbrados siempre parecen obscuros, sobre todo si son suaves. Así acontece que el extranjero, instintivamente, hace hincapié en cada sonido de la lengua que le es extraña, por lo mismo que deletrea y recalca cada una de las sílabas por no poseer todavía la rapidez propia del que, sin reflexionar, pronuncia en su lengua propia.

12. Sobre el éuscaro: W. v. Humboldt, Prüfung der Untersuchungen über die Urbewohner Spaniens, vermittelst der Vaskischen Sprache, 1821; Emil Hübner, Monumenta linguae ibericae, Berolini, 1893; Edouard Philipon, Les Ibères, París, 1909, y las obras de Erro sobre el alfabeto celtibérico, Astarloa, Larramendi y demás vascófilos (Allende Salazar, Biblioteca del Vascófilo, y la que después escribió Vinson).

Sobre el celta: H. d'Arbois de Jubainville, Cours de Litt. Celt., t. XII, 1902; íd., Les celtes en Espagne, Rev. Celt., t. XIV, 1893, página 357; t. XV, 1; t. XVI, 383; K. Müllenhoff, Deutsche Altertumskunde, II2, pág. 237; Gröber, Grundriss der Roman. Philol., t. I, página 388.

En general, sobre el origen del castellano: Förster, Spanische Sprachlehre, Berlín, 1880; Cejador, Tesoro de la lengua castellana, 10 vols., 1908-1914; íd., La lengua de Cervantes, 2 vols., Madrid, 1905-1906; Gröber, Grundriss, citado; F. Gorra, Lingua e letteratura spagnuola delle origine, Milano, 1898; F. D. M. Ford, Old Spanish-text, Boston, 1906; J. Cejador, Diálogos sobre el origen del castellano, Madrid, 1915.

13. En el castellano primitivo, formado del latín vulgar y del éuscaro, hay que distinguir: 1.º, el elemento éuscaro de voces las más corrientes y que expresaban los conceptos más tradicionales; 2.º, el elemento vulgar latino, de voces también comunes y de otras que el buen tono de la sociedad romana ponía de moda y de las que la cultura latina trajo como ideas nuevas para los indígenas; 3.º, finalmente, el elemento de evolución, que fué formando nuevas voces y acepciones, barajando los radicales y sufijos de entrambas lenguas. Por cima de esta habla vulgar, los eruditos, romanos y españoles, fueron añadiendo el elemento erudito, que no llegando al pueblo, no entraba de lleno en la turquesa fonética castellana, y cuando á medias entraba, formaba voces que decimos semieruditas. Unas y otras comenzaron á usarse desde el principio y han seguido tomándose del latín literario, como son las eclesiásticas, que el cristianismo trajo á poco; las forenses, las gramaticales, literarias y artísticas, etc. Como espuma que flota, han sido usadas unas un tiempo, olvidadas otras. Desde el renacimiento el prurito por estos vocablos ha ido creciendo, sobre todo en la época del gongorismo, y hoy más á imitación del francés (idioma que fué perdiendo la herencia evolutiva popular, sustituyéndola por otro léxico latino muerto y erudito, sacado del diccionario) lleva nuestro idioma el mismo camino, de arte que en nuestro diccionario sobrepuja el número de estas voces á las evolutivo-vulgares, menospreciándose éstas en cambio, que no hallan en él cabida, aunque entre la gente popular sigan vivas y lozanas. Así se divorcia el habla erudita de la nacional cada vez más.

El elemento griego ha llegado siempre al castellano pasando primero por el latín, esto es, latinizado, lo mismo las palabras que desde el principio vinieron, que se atienen á las leyes fonéticas de la evolución latino-castellana, como las que después fué trayendo la erudición, ya sean puramente eruditas, ya semieruditas. Hoy se traen infinitas técnicas, pronunciándolas á la latina para que pasen por la hilera tradicional.

Una vez formado el romance al choque del latín vulgar con el éuscaro, resultando un latín vulgar pronunciado á la española, perdidas las terminaciones casuales, con la mitad del léxico éuscaro, los idiomas que después influyeron en él tan sólo le tocaron en la superficie, prestándole algunas palabras sueltas, sin modificar en nada la gramática, la estructura ni apenas la derivación.

14. "La lengua, ha escrito Novicow[12], caracteriza por excelencia las facultades mentales de los pueblos: el vocabulario de una lengua es como una enciclopedia popular, porque no se da nombre más que á las cosas de que se tiene noción; la gramática y la sintaxis son la quintaesencia de la lógica de un pueblo; la lengua es la trama más íntima de las facultades mentales". Cada pueblo se mueve dentro de un círculo de ideas propias y á ellas corresponden los vocablos de su idioma: diferentes son las ideas de un francés moderno de las de un esquimal y de las de un griego de la antigüedad. El pueblo español prelatino se movía en un círculo de ideas bastante diferente del romano. Por muy adelantados que supongamos á los españoles de entonces, hay que convenir en que la cultura latina era mucho más extensa. Aun descartando los elementos esotéricos de cultura, propios de un número poco considerable de romanos, en la religión, en la filosofía, en la política, en las ciencias y en las artes, los cuales no pudieron generalizarse en España sino muy poco á poco, todavía quedan bastantes otros más exotéricos y populares que, en mayor ó menor grado, todo romano poseía. Estos elementos populares de cultura, que no tenían los españoles, los trajeron los primeros colonizadores romanos á España, y desde el primer momento en que al choque del latín con la lengua indígena quedaron como esbozadas las primeras líneas del nuevo romance, éste tuvo que apropiarse los vocablos latinos correspondientes á las ideas de esos nuevos elementos de cultura, que acá no tenían propia expresión.

Tal es el estrato de cultura, cuyos vocablos, ciertamente, formaron parte del habla que entonces nacía entre los españoles que se latinizaban y los romanos que se españolizaban; pero no respondiendo á ideas genuinamente españolas, hay que colocarlos en una capa superior, menos primitiva, menos general, menos castiza en una palabra, que los de las capas de que voy á hablar en seguida: son el terreno terciario del romance.

Vengamos al estrato de aristocracia. Al nacer el romance por el choque del latín con la lengua indígena de España, sucedió lo que siempre sucede: que ni los españoles (hablo de la masa popular) hablaban latín, ni los romanos podían hablar latín con los españoles, ni la lengua indígena, que no conocían; los españoles latinizaban sus vocablos propios y los romanos españolizaban los suyos. Pero en esta lucha y entrechoque de elementos lingüísticos ya se podía conjeturar cuál sería el vencedor: el más fuerte. No el más fuerte por las armas, pues godos y árabes no pudieron con ellas vencer y matar la lengua nacional, ni el más fuerte por el número, pues los árabes conquistadores impusieron su lengua en Persia y Egipto, y los romanos en España, á pesar de ser menos en número que los pueblos vencidos; sino el más fuerte por la civilización, que es lo que, al fin y al cabo, se impone siempre, como se impuso la civilización indígena española á la gótica y arábiga, y como á la española se impuso la romana. Ya no trato aquí de los elementos de cultura, sino del poder debido á la civilización y á esa misma cultura. Veamos lo que pasa hoy día. Las naciones más civilizadas imperan moralmente: Francia impone sus modas en todos los países latinos: en Italia, España, Portugal y América, y aun, en parte, puede decirse que en toda Europa; en el siglo xvi las imponía España. Si el trato de los franceses con los españoles fuera más íntimo y doméstico, si vivieran con nosotros, en nuestros mismos hogares, sucedería respecto de los vocablos lo que hoy sucede respecto de las modas en el vestir, de la quincallería y juguetes de la industria parisiense, de la literatura y de otras muchas cosas. Quiero decir que, así como en todas éstas la moda francesa se impone, por una especie de poderío como aristocrático que ejerce, haciendo que en la opinión pública pase como de buen tono lo que viene de Francia, así en los españoles de aquellos tiempos influía ese poder mágico como aristocrático y de buen tono de cuanto llevase el sello romano, y mucho más de los vocablos y modos de decir. Los términos indígenas se menospreciarían y se irían arrinconando poco á poco, prefiriéndose los términos latinos de moda, quizá menos expresivos, pero de mejor tono. Las clases sociales superiores, que estaban más en contacto con los romanos, serían las primeras en aceptar, en procurar distinguirse por el empleo de dichos términos, y, como hoy sucede, las clases inferiores seguirían más ó menos gustosamente á las clases como aristocráticas. Es lo que vemos suceder en el país vascongado, que teniendo vocablos eusquéricos prefieren, los que viven en contacto con los castellanos, emplear los vocablos castellanos, y esto aun cuando hablen en vascuence, y, por el contrario, castellanizan no pocos vocablos vascongados, resultando, por ejemplo, el patois bilbaíno que se habló hasta hace poco en Bilbao, ó la mezcolanza que se nota en todas las poblaciones vascongadas. Hasta los predicadores piensan en castellano y, por consiguiente, sus discursos vascongados están empedrados de términos castellanos con las terminaciones eusquéricas, y mucho más el pueblo, al hablar su lengua, la rellena de castellanismos, y al revés, cuando hablan castellano emplean muchos vocablos, terminaciones y giros vascongados. Pero el castellano va ganando terreno por estar de moda y ser de buen tono: y lo mismo en otros tiempos iba ganando terreno el latín, aun en el empleo de vocablos comunes á las dos lenguas que luchaban por su independencia. Tal es el estrato aristocrático, ó de moda, si se quiere, el cual está formado por términos latinos, pero más castizos que los del estrato de cultura, en cuanto que responden á ideas no traídas de fuera, sino propias del pueblo indígena, como que tenían sus términos propios en el país, sino que fueron cediendo ante la moda y el poder cuasi aristocrático de los términos latinos.

Y á este estrato, que podemos comparar al terreno secundario, creo yo que corresponde el influjo del latín en nuestro romance, cuanto á los elementos gramaticales: por ese influjo, el habla indígena de los españoles entró en la gramática latina tan de lleno, que el nuevo idioma vino á ser un romance. Y si no, véase lo que pasa en las poblaciones vascongadas, que han abandonado ó están abandonando y olvidando su propia lengua en nuestros días. La gramática castellana es la que impera: muchas terminaciones, muchos vocablos y, sobre todo, el fonetismo, son eusquéricos: ni más ni menos que en nuestro castellano respecto del latín, ó sea el latín que hablamos en España respecto del éuscaro. El castellano es un latín por la gramática y por la mitad ó más de sus vocablos; pero contiene muchísimos eusquéricos, casi la mitad de su vocabulario doméstico y popular; contiene muchas terminaciones derivativas eusquéricas, y el fonetismo, la pronunciación, es del éuscaro casi exclusivamente.

El estrato de formación, el terreno primitivo, como quien dice, de nuestro romance, está formado por un corto caudal de verbos sobre todo, demostrativos y nombres latinos, que son del uso más vulgar y necesario para la vida ordinaria. Los verbos decir, hablar, haber, tener, ser, estar, ir, llevar, traer, coger, dar, recibir, ver, oir; los nombres de los miembros corporales, de los utensilios más comunes en el ajuar doméstico, pertenecen á este estrato, el más castizo y primitivo, el que concurrió desde el principio á la formación del romance.

Por estos tres estratos, el terciario, el secundario, el primario, es por lo que el latín puede decirse que es padre del castellano, sobre todo por el primario y secundario, por los cuales le infundió su gramática y la parte esencial de su vocabulario.

15. Respecto del elemento semierudito del castellano, las leyes fonéticas más esenciales se guardan en parte también en todos sus vocablos; pero aun esas mismas y las que obraron después de la primera formación del castellano dejan de guardarse, haciendo que las tendencias fonológicas del idioma los modifiquen á medias. Los escritores en las diversas épocas los allegan al latín cuanto pueden; el pueblo los castellaniza: resultado, que viven en continuo vaivén, sin acabar de entrar enteramente en el molde castellano. La reacción erudita comenzó á oponerse al curso evolutivo natural de las lenguas románicas desde su mismo nacimiento. ¿Cómo explicar la unidad del latín vulgar y de las románicas sin ese poderoso freno que las contenía? ¿Cómo pudo aguardar el latín en España cuatro siglos, hasta aparearse con las demás y presentar idénticos fenómenos? Durante todo ese tiempo en España no pudo quedarse estacionario el latín; evolucionaba. Pero la lengua oficial lo tenía á raya y lo iba atrayendo hacia sí, y cuando ya el latín se había extendido por todo el Imperio, la reacción del habla oficial y la mutua comunicación entre las provincias igualó el habla de todas ellas, por lo menos superficialmente, como por medio de un rasero. No hay dialecto románico alguno que no posea términos abstractos: todos ellos son de origen erudito, como ha notado Mohl. Esos abstractos, dejados á merced de la evolución popular, se hubieran modificado; pero la reacción erudita estaba siempre allí para no permitir se alejasen de la latinidad. Los verdaderos abstractos nacionales son los posverbales, abstracto-concretos propiamente. Artificialmente ha ido renovando á la continua esa misma reacción erudita todos los términos de menor empleo entre el vulgo y de uso cotidiano entre las personas instruidas, que siempre tendían hacia el latín. La palanca principal de esta reacción fué siempre la Iglesia, conservadora en sus ritos y entre su clero del latín más ó menos clásico. De la Iglesia eran los que algo sabían y escribían, eran clérigos, ellos mismos se llamaban del mester de clerecía: en sus escritos tenían que mezclar el latín, y por la preocupación de que el romance no era más que latín estropeado, se creían obligados á reformarlo, á volverlo siempre hacia el tipo latino, único para ellos castizo y perfecto. Cierto es que el latín de la Iglesia, nacido precisamente como ella, de entre el pueblo, distaba bastante del clasicismo ciceroniano. Pero una vez que la jerarquía eclesiástica subió al poder, gobernó el mundo europeo y quedó dueña exclusiva de la enseñanza y de la cultura, tendió hacia el clasicismo cuanto se lo permitieron los tiempos. Si no llegó del todo á él, sino en contado número de escritores, fué porque siempre se resentía su latín de su vulgar origen, porque el pueblo, á quien se dirigía, llevaba la dirección opuesta, porque la literatura clásica era una literatura muerta, que sólo admitía imitación más ó menos lejana. Pero todos los términos eclesiásticos son eruditos en su origen, y, cuando llegados al pueblo, empiezan á evolucionar, arrastrados por el cauce común, la erudición eclesiástica los renueva otra y otra vez. Así se explican las mil variantes de tales términos: cabildo, capitol y capítulo, deán y decano. Pero en los primeros tiempos el agente principal de la restauración fué la administración romana, oficial y letrada por oficio. La sintaxis apenas pudo modificarse; pero sí los términos sueltos, el fonetismo particular. El ejército es un gran instrumento nivelador, y no lo fué menos durante el Imperio. Las escuelas, donde sólo el latín clásico se aprendía, eran focos de reacción contra las tendencias vulgares. La literatura, con su autoridad, presentaba la forma típica, á la que trataban de amoldarse en lo posible en su manera de hablar las personas cultas y los funcionarios todos imperiales. Todos estos elementos dieron cierta unidad al latín vulgar de aquella época y reaccionaron sobre muchas tendencias que llevaba consigo desde la época de la antigua rusticitas y desde la época republicana, en la que había tomado tantos elementos itálicos.

Una vez muerta la lengua literaria, su poder fué menor; pero nunca cesó de reaccionar, más ó menos, según la mayor ó menor cultura de los tiempos. En los siglos más decadentes, los romances, dejados libremente, fueron subdividiéndose y multiplicándose, á la par que políticamente se subdividían y multiplicaban los pequeños Estados. La tendencia que después llevó á éstos á unirse en grandes nacionalidades, llevó también á las hablas populares á unirse, predominando unos dialectos sobre otros. El castellano ha ido oscureciendo los antiguos dialectos y provincialismos, borrando casi las pequeñas variantes navarras, aragonesas, leonesas, salmantinas, extremeñas, andaluzas, murcianas. La lengua va adonde la llevan la unidad ó la multiplicidad de la política. Pero en todos tiempos todas las hablas románicas hallaron un freno y un elemento reaccionario que las volvía hacia el latín, en los eruditos, escritores y eclesiásticos.

Como elemento erudito que influye en el lenguaje hay que poner la escritura, que en otros tiempos apenas podía reaccionar por el corto número de personas que sabían escribir y leer; pero que en el presente, merced á la vulgarización de la cultura, pone en grave peligro el lenguaje. Á pesar de lo natural que parece el principio de que la escritura debe acomodarse á la pronunciación, puesto que no es más que un instrumento para perpetuarla, no han faltado quienes hayan proclamado que la pronunciación debe acomodarse á la escritura, por la especiosa razón de que ésta se halla menos expuesta á corromperse que no aquélla. Es el triunfo de lo artificial sobre lo natural, que se verifica en todos los órdenes y asuntos de la sociedad humana, que de suyo parece tender al convencionalismo, á la falsedad y á la rutina. Todas las instituciones sociales, todas las obras humanas, degeneran en convencionalismos: omnis homo mendax. Hoy se aprenden las lenguas por los ojos, más bien que por los oídos; no sólo las lenguas extrañas, sino hasta, en parte, la lengua materna. La mitad del vocabulario castellano lo hemos aprendido por la lectura, puesto que entre el pueblo no se usa, fuera de alguno que otro de esos infinitos términos latino-eruditos, que la generalización de la cultura va sedimentando y haciendo penetrar hasta en las más hondas capas sociales. Naturalmente todos esos vocablos los aprendemos y pronunciamos como los hallamos escritos, es decir, como quisieron propinárnoslos los eruditos que los trajeron, no del latín hablado, sino del latín escrito. Tomaron esos cadáveres seculares, que son las palabras latinas escritas, y medio vistiéndolos á la española, nos los dieron como seres vivos; pero no son más que monigotes, maniquíes que se mueven mecánicamente por el resorte de la escritura.

Llegará un día en que pronunciemos septiembre, obscuro y substancia, porque así han querido los eruditos que escribamos estos términos, que todo el mundo pronuncia setiembre, oscuro, sustancia. La psíquica, en el lenguaje, tiene poder para todo eso y mucho más. Porque mucho más es lo que ha conseguido: es una máquina que tritura y modifica cuanto se le eche en la tolva. El castellano rechazó la f latina, la cual en antiguo castellano sólo servía como signo de otra articulación muy diferente, de cierta aspiración. Pero vinieron los ignorantes eruditos y, viendo escrita la f, dieron en pronunciarla á la latina, y hoy no sólo decimos fatuo, sino fuego, y hasta en Folgaba el rey Rodrigo pronunciaremos la f, que nunca sonó, porque era mera variante ortográfica de h, letra añadida á olg-aba, de olga, olgueta en éusquera. En halagar, por el contrario, no suena f, por haberse sustituido h- por f-, falagar, y esa sustitución ortográfica ha cambiado la forma hablada. Los castellanos pronuncian tan suave la b, que pudo escribirse falagar el balaka-tu vascongado; pero en su variante empalagar tenían la etimología bien clara. En fecha la f es puramente ortográfica; pero ha servido para distinguir de sí mismo al vocablo, que sin ella es hecha, hecho.

Por centenares se cuentan en Madrid los rótulos en los que se lee carnecería: pronto diremos todos carnecería en vez de carnicería. Debió ocurrir á algún mentecato, si no fué á algún erudito consultado, que debía decirse carnecería, puesto que de carne se trata y no de carni; mandó ponerlo así en su rótulo, y los demás lo han seguido. Ó tal vez fué algún aragonés el que lo puso de moda, trayéndolo de Aragón, donde por etimología popular se dice carnecería. Pero esta palabra no viene de carne directamente, sino de carnic-ero, y nadie dice carnecero, como que carnicero deriva de carn-iza, ó sea el despojo de las carnes, las carnes, como quien dice, despojadas, partidas, de las que trata el carnicero ó cortador. Con haber puesto la Academia en su Diccionario vagabundo, quitando el vagamundo castizo, los escritores escribirán vagabundo y vagabundear, verbo no castellano, pero derivado de ese esqueleto vagabundo. La etimología de vagamundo es popular, por creerse que encerraba los vocablos vagar por el mundo, ya que -bundo nada dice á los oídos castellanos, como no sea á los eruditos, que nos han traído treme-bundo, nausea-bundo, lacrima-bundo, furi-bundo, etc. Nuestros padres decían dino, y así lo escribían; pero los latinizantes y etimólogos escribieron después digno para vestirlo á la latina, siendo así que en castellano gn da ñ, y dino es de préstamo posterior: hoy, á fuerza de leer digno, lo pronunciamos como lo leemos. Es tan antipático al castellano el núcleo gn, que por evolución natural dió ñ, cuñado de cognatus, empeño de pignus; y tomado después digno por los eruditos, por la misma tendencia tuvieron que reducirlo á dino. Otra vez vienen los eruditos y nos escriben digno: esta vez la escritura ha vencido, y digno decimos todos los que sabemos leer y aun los que no saben y no quieren pasar por rústicos. De electus la evolución fónica hubiera hecho elecho, como pecho de pectus; pero yo estoy seguro que se dirá siempre electo; y que el pueblo no erudito dirá eleto. ¿La razón? La escritura, que se impone á la evolución. ¡Bonita lengua vamos á trasmitir á nuestros nietos! Como dijo á este propósito Darmesteter: "La lengua escrita deforma la lengua hablada", es la gran palanca en manos de los eruditos y de las Academias, con la cual antes no contaban.

Los términos eruditos pueden ya dividirse en dos clases: los antiguos, que mejor se llamaran semieruditos, puesto que se acomodan en parte al fonetismo castellano, y los modernos, eruditos enteramente, que, merced á la generalización de la escritura, vienen al castellano sin modificación alguna. De éstos, muchos no son ni latinos, pues no suenan como en latín; son ultralatinos, pues se pronuncian como los encontramos escritos y como no se pronunciaban en latín. Implicar se dice, sin tomarnos la molestia de darle la modificación del semierudito plegar, cuya variante vulgar es llegar. Hoy suenan ce, ci como dentolinguales; en latín sonaban ke, ki. Encontramos escrito exceptum, y escribimos excepto, y pronunciamos con la dentolingual: somos ultralatinos. Ellos dirían tal vez eskeptum; nosotros pronunciamos la x, sonido que nunca fué castellano: es que hemos aprendido que x era sc en latín. El núcleo xt sonaba en latín st; pero nosotros, que encontramos escrito extendere, escribimos extender y pronunciamos xt: somos, repito, más latinos que los romanos. Pero eso no es limpiar ni dar esplendor al castellano: es matar á la hija ¿para resucitar á la madre?—No; á la abuela, con todos sus carcamales á cuestas. Pero de resucitarla, había que resucitarla del todo, y no á medias. ¿No dicen, aunque no es verdad, que tino viene de dignus? Pues escribamos y digamos: tiene usted mucho tigno, ha atignado usted. ¿No dicen que acontecer viene de adcontingescere? Pues digamos: adcontingesció quod illos hispaniolos stabant laxiatos de illa manu de Deus. Tal es el ideal de los latinizantes. Eso ¿es purificar el castellano, ó volver al modo de escribir de los tiempos medios y á un modo de hablar que nunca fué? Ciertas pronunciaciones actuales se deben á una falsa lección: dícese danza macabra de danse macabre; pero la variante verdadera es danse Macabré, y Macabré era un nombre propio de persona, que, por errada lectura, ha parado en adjetivo, por no llevar acento la -e en las ediciones antiguas de "la Dance Macabre". Un necio me corrigió compaña, diciéndome que era errata ortográfica por compañía en el dicho "en buena paz y compaña". Pero compañ-ía y compañ-ero ¿de dónde viene, sino del castizo compañ-a, como montañ-és de montañ-a y fontan-ero de fontan-a? Si resucita el antiguo maguer, se dirá magüer, porque así han dado en escribirlo con diéresis y pronunciarlo los que no sabían que se pronunciaba maguer, y que la u se puso para que la g no tuviera la antigua pronunciación, para que no se dijera majer, ó antiguamente madjer. Tal es el poder de la escritura. Y esto ha sucedido, más ó menos, en todos tiempos. Hemos convenido en que Berceo escribió, con mayor ó menor dosis poética, en lengua castellana. Yo estoy convencido de que más de la mitad del Diccionario de Berceo no es castellano, y que, por tanto, escribió en una lengua convencional de la gente leída y para la gente leída. Escribía con palabras de los libros, no con palabras vivas de lengua alguna. Ni las pronunciaban así los españoles ni las pronunciaron los romanos. Pero escribir entonces era calcar el latín con un mal transparente castellano. Entonces, ahora y siempre el arte de escribir tiene mucho de artificial y reniega del lenguaje que emplean los que no escriben. El castellano rancio que oye uno en las aldeas no forma parte del léxico berceano, como ni de otros muchos escritores. Buscando sus ideas en los libros, más que en el mundo real, es natural que también dejen las palabras del habla real por copiar las muertas de los libros. Hay que repetir, pues, que "la lengua escrita deforma la lengua hablada".

16. Como los eruditos han continuado sacando del latín nuevos términos en todas las épocas, después de separado el castellano de la lengua madre, desfigurado un vocablo latino y á veces modificado en el sentido, se ha puesto en uso otro derivado del mismo original latino. Antojo, por ejemplo, de ante-oculum == delante del ojo, es de formación antigua; pero ante-ojo es posterior, de formación erudita, sacado del mismo ante-oculum. Tales son los multiformes que han enriquecido el idioma. Desde luego, se echa en ellos de ver su mayor ó menor antigüedad y su origen popular ó erudito. En nuestra lengua hay unos 1.800 temas ó estirpes latinas que, por este medio, han dado origen á más de 4.000 palabras diferentes; en francés, unas 3.000 de 1.400 temas; en portugués, 1.000, de unos 300 temas; en italiano hay muchas menos. Pueden clasificarse las voces multiformes con arreglo á la modificación fónica que las distingue. 1.º. Por simple cambio de género: el cura, la cura; el canal, la canal; el vista, la vista. 2.º. Por simple mutación de vocal final, cambie ó no el género: fruto y fruta, de fructum; madero y madera, de materies (y materia); ramo y rama, de ramus; base y basa, de basis; mangla y mangle; tinto, tinte y tinta, de tinctus, -a, -un; tardo y tarde, de tardus; huerto y huerta, de hortus; grado y grada, de gradus; talle y tallo, de thallus; alegre y alegro, de alacer. 3.º. Por alteración de consonante: hervor y fervor, de fervor; hondo y fondo, de fundus, aunque hondo puede ser el ondo eusquérico; aliñar y alinear, aunque aliño parece ser el lein; allanar y aplanar, de planus; domeñar y dominar, de dominari; hilo y filo, de filum; hosco y fosco, de fuscus; jalma y salma, horma y forma, aunque el primero parece venir de orma, éuscaro, y el segundo de forma, latín; tajar y tallar y talar, cambio y cange, balurdo y palurdo. 4.º. Por modificación de vocal interior: braña y breña, torta y tarta, calvario y calavera, campaña y campiña, cerco y circo, antojo y anteojo, vedija, vedeja y guedeja. 5.º. Por alteración de vocal y consonante: cáliz, caz y cauce, de calix; lucha y luto, de lucta; alnado y entenado, payo y Pelayo, diz y dice, trueno y es-truendo, zarcillo y cerquillo. 6.º. Por aféresis, síncopa, apócope, epéntesis, etc. Son voces de diferente forma y significación, aunque de común origen. La una es obra del pueblo, la otra del literato; una es más antigua, otra más moderna.

Entre las mismas populares hay formas que sólo difieren por el sufijo, empleándose en sentido algo diferente; otras veces se diferencian por la suavización de las explosivas, ley antigua de nuestro romance, que la formación erudita no tiene en cuenta. De modo que nuestra lengua obedece á dos series de principios muy encontrados, porque casi es lengua doble. Las formaciones antiguas populares constituyen el castellano verdadero; las eruditas son un emplasto de puro latín ó griego, con ligeras modificaciones en las desinencias, jerga parecida al latín macarrónico que se quisiera añadir al habla del Lacio, y que consiste en dar terminaciones latinas á las palabras castellanas.

Según el genio del castellano se formaron los sufijos -ado, -ago, -blo, etc.; los eruditos han introducido formas en -ato, -aco, -plo, etcétera, verdolaga, de portulaca; clérigo, de clericus; amigo, de amicus; higo, de ficus; lego, de laicus; cantiga, de cantica; fuego, de focus. Van contra esta ley: bellaco, cántico, público, apostólico, cívico, cáustico, cómico, famélico, lumínico, músico, laico, físico, etc. Decir famélico, de fames, teniendo hambriento, es como decir hambrienticus en latín macarrónico. El sufijo -za es más antiguo que -cia, -tia, pereza y pigricia, pigritia, dureza y duricies; avaricia, codicia, justicia, planicie, franquicia, son eruditos; franqueza, llaneza, son populares en su origen. Terneza y ternura, pureza y puridad, tienen diverso sufijo y diverso valor. Llano y plano, tilde y título, cabildo y capítulo, frío y frígido, tizón y tizne, velar y vigilar, venganza y vindicta, tienen el mismo origen, algunos con sentido diverso; pero otros ni aun en esto difieren, y sólo se deben al capricho de los autores, que han querido ostentar originalidad necia y vana palabrería. No tienen razón de ser frígido, vigilar, vindicta, como la tienen huebra, obra y ópera, sueldo y sólido, fragua y fábrica, habiendo demás el francés forja. Á veces la ignorancia, ó el quererse atener á la letra, han originado ciertas voces, como, por ejemplo, algunas eclesiásticas: monaco, monago y monje, de monacus; deán y decano, episcopado y obispado, decanato, pináculo, cenáculo y cenador, dominica y domingo, todas litúrgicas.

La pronunciación varía á veces, otras la sola ortografía, fundada acaso en una etimología falsa: holgar y folgar, faca, haca y jaca, hatajo y atajo, hasta y asta, buhardilla y guardilla, hosco y fosco, agur y abur, halda y falda, hanega y fanega, arpado y harpado, holgorio, folgorio y jolgorio, atiborrar y atiforrar, crear y criar, hierba y yerba, fleco y flueco, frey y fray, menjuí y benjuí, albóndiga y almóndiga, aspaviento y espaviento, moñiga y boñiga, bodrio y brodio, bolondro y molondro, cuáquero y cuácaro, cogulla y cugulla, entremeter y entrometer. No poco influye en esta variedad el uso de los diversos dialectos, que no se han fundido todavía. Por lo mismo, esta variedad fué mucho mayor antiguamente, y en sus principios debió de haber una espantosa confusión. No habiendo las comunicaciones de hoy ni la literatura, elementos que fijan las formas en cada provincia y en cada población, era natural se formasen los vocablos con cierta variedad y libertad: dentro del genio del castellano caben muchas particularidades, puesto que las leyes fonéticas se fundan en principios generales cuya aplicación permite cierta amplitud, y los sufijos y raíces, no teniendo otro valor que el convencional del uso, fácilmente se modifican en los labios del pueblo. Los sufijos latinos, por su mayor parte, tienen una significación muy vaga, no responden á una idea fija: de aquí que se aplicaran con mucha libertad y poca precisión al derivarse nuevas formas. Esto no sucede con los sufijos de origen eusquérico, cuyo valor es exactísimo y determinado, y así lo conservan y se conservan ellos mismos más intactos en castellano.

El genio del castellano tiende á formar diptongo de cualquier combinación de vocales; los eruditos tienden á conservar el reflejo etimológico de las voces. De aquí la varia pronunciación: los eruditos dicen amoníaco, zodíaco, Calíope, miríada, saúco, Esaú; pero el pueblo quita ese acento y forma los diptongos zodiáco, Caliópe, miriáda, sáuco, Esáu, y tiene el derecho de hacerlo, pues una cosa es hablar griego ó latín y otra hablar castellano y como lo pide el genio del castellano.

17. Los radicales helénicos del castellano pueden dividirse en cuatro clases:

1.ª. Los que han dado palabras y derivados vulgares en castellano. Todos han venido por el latín vulgar y se atienen á la fonética de los radicales vulgares latinos. Tales son los radicales vulgares latino-helénicos.

2.ª. Los que vinieron desde el tiempo del Imperio como vocablos de erudición y de cultura, con la religión, las artes, las letras, las ciencias. Han penetrado más ó menos en el castellano vulgar, según que las ideas que consigo llevan han llegado á ser patrimonio del pueblo. Pero en la fonética se atienen á los radicales latino-eruditos, no transformándose enteramente y mudando de pronunciación según los tiempos, como herencia exclusiva del clero, de los sabios, de los artistas, etcétera, en la cual sólo indirectamente el vulgo tiene parte. Son los radicales semieruditos.

Es de advertir que aun en Occidente la lengua de la Iglesia en los primeros siglos, fué el griego, y que en los dos primeros se empleaba el griego en la liturgia, en la predicación, en las cartas de los Pontífices, en los escritos de los Padres y autores eclesiásticos, y en las inscripciones sepulcrales, como puede verse en la Roma subterránea.

3.ª. Los que han llegado al castellano pasando por el árabe ó por el italiano y el francés entran en el caudal común de radicales románicos, ateniéndose á su fonética. Son los radicales que podemos denominar helénico-extraños.

4.ª. Los que se han traído ó ídose formando artificialmente por los eruditos con el transcurso del tiempo, conforme á los nuevos inventos y doctrinas, necesitando de un tecnicismo apropiado: han acudido los eruditos como á conocido arsenal al Diccionario helénico. Son los términos eruditos técnicos, que, con la gran expansión de la cultura moderna, se han multiplicado, sobre todo desde la época del Renacimiento, y más desde la Revolución francesa. Este caudal, que, con algunos términos latinos, otros híbridos de latín y griego y otros de las lenguas modernas, forma un diccionario particular de cada ciencia, arte y oficio, por ejemplo, el tecnicismo de medicina, de las ciencias físicas, de las matemáticas, de la filosofía, de la gramática y literatura, etcétera, contiene algunos vocablos que van llegando hasta las últimas capas sociales, en razón de lo generales que son las ideas y objetos que designan. Son términos cosmopolitas, como son cosmopolitas esas ideas y objetos, por manera que se han introducido en todas las lenguas cultas, no sólo de Europa, sino del mundo entero. Si el individualismo de las naciones y pueblos no opusiera constantemente sus tendencias diferenciadoras, llegaría un día que el mundo entero se hallaría, sin saberlo, dueño de una lengua realmente universal. Esta lengua, que ya es universal para la ciencia, la industria, las artes y el comercio, iría arrinconando multitud de vocablos particulares de cada idioma, reemplazándolos con otros cosmopolitas grecolatinos. Porque no se limita al tecnicismo, sino que esta lengua universal va infiltrándose hasta en el léxico general y vulgar, introduciendo vocablos para designar ideas y objetos de uso antiguo, haciendo que la moda y el buen tono les hagan lugar y se les prefiera á los antiguos vocablos. Es que la cultura transforma poco á poco todas las instituciones, todas las ideas, todos los artefactos, el modo de ser de las ciencias, de las artes, de los oficios, y las nuevas modificaciones traen consigo nuevos términos, que se sacan, generalmente, del léxico griego, fuente de la cultura europea y arsenal de nuestra civilización.

Los que pretenden generalizar esas lenguas artificiales, tan desastrosamente fabricadas por gentes que poco ó nada entienden de lingüística, bautizándolas con el pomposo nombre de lenguas universales, aunque sólo tengan la efímera vida de dos ó tres años entre algunos aficionados á este género de deporte, que lo es tanto como el del boxeo, de la esgrima, del automovilismo, de la filatelia, llegará un día en que se darán de bruces con la verdadera lengua universal, que, sin manos de hombre, como todas las cosas naturales y necesarias, se había ido formando por sí sola y sin sentir, como efecto consiguiente de la comunidad de ideas y de la expansión mundial de la civilización, que llena ya el mundo, se arraiga y afianza hasta en las regiones más salvajes, y allega todas las razas en una sola comunidad humana.

La lucha entre estas tendencias niveladoras de la civilización, con su instrumento propio, que se está formando, quiero decir con esta lengua helénica universal, y entre las tendencias separatistas de los pueblos con sus correspondientes idiomas, está entablada tiempo ha, y ha venido á heredar la de los antiguos imperios conquistadores, con sus propios idiomas, contra los pueblos inferiores con los suyos. Como el Imperio griego con su lengua griega dominó el oriente, como el Imperio romano con su lengua romana dominó el occidente, porque no fueron imperios apoyados puramente por la fuerza bruta, cual el de los bárbaros del Norte ó el de los árabes, sino fundados en la cultura, y que lo que llevaban á los pueblos vencidos era la cultura, eso mismo pasará, y está ya pasando con la cultura europea y su lengua propia, que es la helénico-científica.

No puede desconocerse el resultado de la lucha: la cultura será vencedora, tarde ó temprano, como siempre lo fué, y lo que el griego y el latín antiguamente, será para el mundo entero esta nueva lengua, que á nuestros ojos vemos formarse en nuestros días y crecer y recorrer el universo. Tal es el porvenir del tecnicismo helénico.

Cosa de risa es oir á los que creen tachar de pobres algunos idiomas, pongo por caso el vascuence, con echarle en cara su falta de términos científicos, artísticos, industriales. ¿Acaso los tiene el castellano ó el francés? Ese lenguaje de las artes, de la industria, de la ciencia, tan vascongado es como francés ó castellano. Es griego científico, ó, digamos mejor, griego artificial, á veces muy mal fraguado por manos inexpertas, ajenas á todo conocimiento lingüístico, y que se contentaron con hojear un léxico helénico y pegotear malamente raíces y sufijos.

Ese lenguaje es del mundo de la civilización. Cada pueblo lo modifica algún tanto al pasar por sus labios, y algo menos al escribirlo; pero ninguno puede alabarse de ser suyo propio, ni aun los mismos griegos, cuyo idioma difiere de aquel antiguo del cual se ha formado.

Los alemanes tienen en gran parte formado un tecnicismo con radicales y sufijos alemanes, y otro tanto pudieran hacer los vascongados, si, constituyendo una nación tan numerosa como la germánica, hubiera alguna utilidad en ello. No han dejado de intentarlo, para la gramática sobre todo, algunos autores vascongados, y no es menos ridículo el que se hayan algunos burlado de tal intento, diciendo que ese era un lenguaje artificial. Tan artificial es, ciertamente, como el del tecnicismo alemán y como el del tecnicismo griego. El griego, el alemán, el vascuence, dan de sí para formar ese lenguaje, y claro está que siempre será artificial, digo parto de algunos particulares eruditos, puesto que las ideas que expresa nunca pueden ser propiedad común de la multitud.

Pero ni el individualismo germánico, ni el empeño de algunos euscarófilos lograrán hacer viables y duraderos esos lenguajes artificiales. El único que tendrá porvenir será el helénico, porque es hijo de toda una civilización que conquista el mundo y que en sus tendencias transformadoras lleva camino de volver de arriba abajo todas las ideas, artefactos é instituciones, por manera que, á pesar de ser artificial en su punto de arranque, es un lenguaje que se irá haciendo natural por ser indispensable vehículo de la cultura, que penetra cada vez más hasta las más hondas capas sociales.

Ni hay que temer que, en llegando al pueblo ese lenguaje, habrá de mudar fonéticamente en cada nación, desmembrándose en infinidad de idiomas, conforme al color fonético de los idiomas peculiares de cada una de ellas, que es lo que sucedió con el latín en las diversas regiones de la Romanía, y lo que sucedería con cualquier lengua universal de esas artificiales, que hoy se fabrican cinco ó seis al año. Las comunicaciones han de ser cada vez mayores. Los pueblos tienden á unificarse en sus costumbres é ideas y á unirse políticamente en grandes nacionalidades, que el día de mañana tal vez sean tres ó cuatro en toda Europa, y se hayan de llamar la nación latina, la nación germánica, la nación eslava. La ciencia, el arte, la industria, el comercio, estarán todavía más unidos, y siendo precisamente propiedad de ellos ese lenguaje, es más difícil que se disuelva, desmembrándose, con lo que se perdería el propósito final de la unidad lingüística. Estas mismas instituciones, fundamento de tal lenguaje, tienen por instrumento indispensable la escritura, que contiene la evolución del habla.

La civilización, en una palabra, será única para todos los pueblos, y la escritura y las comunicaciones servirán de archivo perenne conservador del instrumento de esa única civilización, que será el lenguaje helénico-científico.

Ni es necesario, ni siquiera conveniente, el que de todo punto desaparezcan las hablas populares y con ellas las literaturas de las razas. Con ellas puede convivir hermanadamente una lengua científica, artística, comercial y, hasta cierto punto, popular y literaria, que sea patrimonio común de todos los pueblos. Pero del porvenir sólo puede hablarse por conjeturas, y adivinando por las señales que deja traslucir el estudio de las tendencias históricas de la sociedad y de la civilización.

18. Nacimiento de la literatura popular.—No menos que en el lenguaje, entre el popular y erudito, hay que asentar esta distinción capital en la literatura. Son dos corrientes que corren paralelas: todo idioma que no se escribe tiene su literatura popular, que es tan necesaria consecuencia de la fantasía y del entendimiento de un pueblo como lo es el uso del adorno y de la música, que en ningún pueblo faltan, por salvaje que sea. Hablárase la lengua que se hablara en España, siempre el pueblo tuvo su propia literatura no escrita, que llamamos popular. Desde que se habló romance hubo, pues, literatura popular castellana, que constaba, como siempre ha constado, de refranes, que pertenecen más bien al género didáctico y son frases particulares que envuelven algún principio doctrinal; de cantares ó coplas, que más bien pertenecen al género lírico, y de narraciones algo más largas, al modo de los romances, que pertenecen al género narrativo, épico y más ó menos dramático. Estos géneros cultiva hoy el pueblo de por sí y los cultivó siempre en España. Aventajan en universalidad y profundidad á las obras literarias eruditas, cuanto al habla erudita aventaja el habla popular, por ser lo popular más nacional, mejor dicho, lo único nacional y digamos personal de la nación, y valer tanto más cualquiera obra de arte cuanto más de personal tiene. La raíz de ello está en lo natural é inconsciente y como nacido de lo más hondo del alma de toda la sociedad, y esto en la literatura no menos que en el idioma. En cambio, las obras eruditas son más reflexivas y más individuales y en gran parte producto de la imitación de las obras extrañas de otros pueblos, por consiguiente, menos personales y menos nacionales. Por eso, el criterio estético moderno se gobierna por el principio del ser las obras más ó menos nacionales, populares y personales. Lo más popular es lo más nacional; pero lo más personal en un autor dado es lo más nacional y popular igualmente, porque la raíz más honda de la personalidad de un individuo es la que arranca del alma común del pueblo y nación donde nació. Así, el Quijote es obra personalísima de Cervantes, y lo es mucho más que el Persiles, porque es, á la vez, más española en el pensamiento y en el lenguaje. La personalidad, en vez de desviarse de la nacionalidad, tira á ella, como á su propio centro, y lo más personal es lo que con la nacionalidad se confunde.

La nota característica de la literatura popular española es el realismo, quiero decir, el aferrarse á la realidad de la vida y de los hechos, huyendo de todo ensueño, quimera, símbolo y abstracción metafísica. Lo cual no empece para que el empleo de la metáfora no sea tan propio de la literatura como lo es del idioma castellano; antes bien, llega al derroche y adonde no llegó lengua ni literatura alguna. Pero esto mismo confirma lo dicho, en vez de debilitarlo, porque la metáfora hace que los pensamientos más abstractos se aferren á la realidad, pintándolos, no con otro color que la pura materia real, con hechos reales, que se ven, se tocan, se huelen y suenan. Por ser realista es, además, ética, moral, esto es, mira siempre á la práctica del vivir, como nuestra filosofía, realista y ética, que no se desvaha en metafísicas y sistemas idealistas á la griega ó á la alemana.

19. El cotejo del saber popular, encerrado en refranes, cantares, romances y gestas, comparado con el de los eruditos y sabios particulares, lo ha hecho como nadie Joaquín Costa en la Poesía popular española (Madrid, 1888). El saber, especificado por los artistas del pueblo, es más objetivo, porque también es más impersonal, y, como consecuencia, más homogéneo, más uno y, en el fondo, más verdadero; el saber de los científicos (hablamos de la ciencia de las escuelas) sufre más la presión y el influjo de la individualidad; revela, por punto general, menos discreción y prudencia; es más propenso á declinar en quimérico y abstracto y á tomar por imágenes verdaderas de los objetos cognoscibles engañosos espejismos de la fantasía; se muestra más perplejo é inseguro en las conclusiones y más fecundo en fórmulas doctrinales sobre un mismo problema, por lo mismo que difiere más de la realidad. Que si, ciertamente, la verdad es una sola, los aspectos relativos, falsos ó parciales de la verdad son infinitos. Así, en el saber del sentido común, no se conciben los sistemas, al paso que sería difícil concebir sin ellos el desenvolvimiento histórico de la ciencia.

En segundo lugar, el saber popular, si es más uno en el fondo, es más inorgánico en la forma, y su oposición al de los científicos nace de ser éste en la forma uno, y vario é inorgánico en la esencia. La unidad visible es dote de la teoría; la invisible, del sentido común. En aquélla la aparente unidad no tiene otra existencia que la puramente exterior, no es eco ni reflejo de la interior real, porque en el interior no hay sino variedad y oposición insoluble; en el sentido común, al contrario, la unidad es sólo de cosa, vive replegada en la substancia, no se revela al exterior, es unidad amorfa. Podría compararse el saber de los teóricos á aquellas armonías fantásticas y puramente subjetivas que creen escuchar los enfermos de ciertas dolencias, y que son efecto de una perturbación de sus facultades psíquicas. Mientras que el Refranero, por ejemplo, semeja tumultuoso clamor de voces discordantes, siendo en realidad acordada sinfonía de infinitos armoniosos acentos y ecos en que toma parte toda la humanidad; mas para percibirla es menester apoderarse antes de la clave, replegarse en lo íntimo de la conciencia y abstraerse de algunos ruidos extraños que no alcanzan á turbar aquel divino concierto: es preciso saber escuchar.

En tercer lugar, el individuo falla en su saber por sobra de teoría y falta de práctica, y así, el varón más sabio es de hecho el más experimentado. Pero ¿qué es para la experiencia la cortedad de la vida de un hombre, si la comparamos con la suma de las vidas de cuantos constituyen el pueblo, y esto durante una y otra generación? El saber popular es como el sedimento de la experiencia de los siglos, es lo más aquilatado que pudo pasar por la criba de millones de hombres, de suerte que sólo lo que todos aceptaron como bueno y verdadero, lo más apurado, el epifonema de todos los desengaños de las gentes, es lo que entra á formar parte del tesoro del saber común. El saber individual no puede menos de llevar mucha liga, que sólo la experiencia, á la larga, iría desechando.

Finalmente, la sabiduría del saber popular en refranes, canciones, romances, se expresa en lenguaje figurado, mientras que en la ciencia teórica la expresión es directa, lógica; explica lo invisible por lo visible, habla á la imaginación, no conoce el lenguaje abstracto ni el análisis en que se declara la ciencia de los sabios; sus silogismos son vivientes encarnaciones estéticas, sus verdades no se encasillan en conceptos abstractos, sino que se vierten en hechos vivos, en figuras sensibles. El refrán es obra de poesía, de intuición; la ciencia es obra de abstracción, de razonamiento. El refrán dice las verdades pintando los hechos; la ciencia, abstrayendo fórmulas.

Parecidas cualidades encierra el conocimiento histórico popular, cotejado con la historia erudita. Toda la literatura sabia puede reducirse á lo de Horacio: res gestae regumque ducumque et tristia bella. La Historia de España es la historia de sus reyes, no la de la nación española de su vida, de su cultura, de sus instituciones. Las narraciones populares, del Romancero y de las gestas, diríanse una protesta contra esas Crónicas reales, personificando al pueblo en Bernardo del Carpio, Fernán González, el Cid, contra la monarquía. No que contra ella vaya el espíritu popular castellano, antes se muestra amantísimo de sus reyes; sino que se complace en salir por los fueros del común y goza con sus triunfos y pena con sus desastres, personificándolo en caudillos que son otros que sus reyes, retratando así la lucha natural entre el egoísmo de uno y la sumisión de la muchedumbre. No suelen ser los reyes los más cantados por la musa popular, sino los personajes, á veces obscuros, que simbolizan los ideales del pueblo ó sus penas y sentimientos. Lo que es esencial al cantor é historiador erudito es secundario á la musa popular, y, al revés, le es á ella esencial lo que deja en la sombra el escritor erudito.

La verdad histórica en las narraciones populares, tamizadas por los siglos, es mayor en el fondo, siquiera lo sea menos en los accesorios: el espíritu es más independiente, la palabra más ingenua, los juicios más desinteresados é imparciales, porque el pueblo, al través de los tiempos, por ser impersonal, ni adula ni teme, ni se inclina á una ú otra bandería más que á la parte donde le lleva el peso del saber popular encerrado en sus refranes, de la moral eterna encerrada en el sentido común. Si fuera parcial, una parte del pueblo no aceptaría la narración, y así ha de quedar apurada por el parecer de todos antes de llegar á ser popular. Además, la narración del erudito queda á veces sacrificada al arte, á un buen dicho, á un rasgo elegante, á una frase, al afeite exterior, al golpe y efecto que desea producir en el público; la popular carece de toda afectación y propósito técnico, es natural, y su arte consiste en no tenerlo sino inconscientemente.

La musa popular castellana se distingue, además, de la de otros pueblos por no hacer intervenir lo maravilloso más que en una justa medida. Cree en apariciones de Santiago y de otros bienaventurados y en milagros, pero mucho menos que los autores del mester de clerezia, y todo ello puede reducirse al providencialismo, que el pueblo español reconoce; pero no adolece del carácter quimérico y fantástico que saca de la realidad á la épica arábiga, francesa ó germánica, donde hormiguean tantos entes de razón, filtros, talismanes, varillas encantadoras, hadas, jayanes, enanos, nigrománticos, magas, encantamientos. Solos algunos agüeros, restos latinos, quedan en la poesía popular castellana como en el pueblo, y aun en esto, los demás pueblos europeos, y hoy mismo las clases elevadas de fuera de España, son infinitamente más supersticiosas. El simbolismo que personifica vicios, virtudes, doctrinas, no es del genio popular castellano, sino sólo de los eruditos, que lo mamaron en Italia. Lo más propio de la narración popular es el predominio de lo concreto sobre lo abstracto, el pormenor ahoga á la idea del hecho, lo individual á lo general. El árido cronicón escueto es el comienzo de la narración erudita; la escena pintoresca, el germen de la narración popular; las vastas síntesis descuellan en aquélla, en ésta los hechos particulares. El pueblo no es generalizador, porque es más poeta; no ama los abstractos conceptos, sino los cuadros vivos; no labra sus obras con el seco razonamiento que abstrae fórmulas científicas, sino con la jugosa visión y la fantasía pintadora de rasgos particulares. Y con todo, en lo hondo de esas visiones particulares hállase con mayor brío y con toda la fuerza de la realidad la doctrina abstracta y el conjunto de hilos que traman la doctrina científica, la cual, por presentarnos el erudito de un golpe, sacada de los quicios vivos de la realidad, pierde su fuerza, no se imprime tanto en el lector y se olvida fácilmente; es una doctrina ahilada y enclenque, menos fecunda, por lo mismo, en hechos y en la práctica de la vida, mientras que la doctrina desleída en hechos de la narración popular, clavándose más hondo, acicatea continuamente á las grandes y virtuosas acciones. Así resulta que el arte erudito, al parecer más filosófico, es de hecho menos filosófico que el arte popular.

20. En punto á gustos y criterios estéticos, sabido es que necedad es escribir. Hombres hay nacidos para todo lo artificial, convencional, afectado, en suma, para gustar de la mentira; otros aborrecen cuanto empañe la naturalidad. Los primeros jamás sabrán apreciar el arte popular. Y el mejor encomio que del arte popular puede hacerse es que jamás traspasa las lindes de la naturalidad; la afectación es su mayor contraria. En cambio, el arte erudito, de letrados, de cultos, está tan á dos pasos de la afectación, que en ella bastardea siempre en las épocas de decadencia, y aun en las de mayor esplendor son contadas las obras eruditas que por alguna afectación no se vean mancilladas. Ahora bien, la naturalidad es la primera virtud del arte, y el peor vicio la afectación.

La lucha entre el gusto popular ó natural y el afectado ó erudito, que, por lo dicho, bien pueden aparearse ambas tendencias con la virtud y vicio más comunes, se da hasta en los grandes ingenios, arrastrados por su elevado criterio á buscar lo popular, y refrenados por la vanidad, que les hace temer no sean contados entre la gente no leída. La hallamos en Lope de Vega, mayormente en su Arte nuevo de hacer comedias. "En Lope hay dos hombres, escribe M. Pelayo (Ideas estét., t. II, vol. II, pág. 446), el gran poeta español y popular, y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina é italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una ó triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia más ó menos clara de la grandeza de su obra... Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados Poéticas, en los cuales, con autoridades mejor ó peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu... Sobre el mismo que en la práctica audazmente rompe las cadenas de la antigua estética, suelen pesar enormemente el prestigio y la reverencia de mil trivialidades de gramáticos y retóricos...: unas veces hacía gala de menospreciar su teatro, declarando que "las comedias eran flores del campo de su vega que sin cultura nacían"; pero que "él tenía ingenio y letras para más, como lo mostraban los libros suyos, que corrían por Italia y Francia", es decir, sus obras líricas y épicas, lo que la posteridad estima menos". Como si el arte del pueblo y el de los sobresalientes ingenios necesitase esa cultura erudita, y como si el ingenio hiciese falta para la erudición á quien basta el trabajo y un mediano talento. "Otras veces, por el contrario, anunciaba el advenimiento de una poética invisible, que se ha de sacar ahora de los libros vulgares. Pero llegado á formular esta Poética, avergonzábase de aparecer como un ignorante y un bárbaro ante los italianos ó ante los cultísimos ingenios que componían la Academia Matritense..., y llama bárbaro de mil modos al pueblo que, teniendo razón contra él, se obstinaba en aplaudirle, y se llama bárbaro á sí mismo, y hace como que se ruboriza de sus triunfos por contemplación á los doctos "refinados y discretos", y se disculpa con la dura ley de la necesidad, como si hubiese prostituido el arte á los caprichos del vulgo; y hace alardes pedantescos de tener en la uña la poética de Aristóteles y sus comentadores".

Del mezclar lo trágico con lo cómico dice que "aunque resulte un minotauro",

"Buen ejemplo nos da Naturaleza,
Que por tal variedad tiene belleza".

Lo que es belleza en el universo es, pues, monstruoso para los eruditos. Es la eterna antinomia entre la naturaleza, inconscientemente sabia, y la docta y presuntuosa reflexión humana.

Algunos piensan que en España no hubo Renacimiento, porque así se desviaron nuestros ingenios de la pauta italiana y aun latina, como Lope en el teatro y Velázquez en la pintura al romper con Pacheco y la escuela clásica. Si á imitar lo extraño se hubiesen ceñido, ¿qué linaje de renacimiento fuera? Renacimiento de aprendices. Los españoles se apropiaron las ideas del Renacimiento, y, conforme á su verdadero espíritu, se lanzaron por sí á no esperadas aventuras, poniendo su propio y nacional sello al Renacimiento español.

"Con los versos extranjeros,
En que Laso y Boscán fueron primeros,
Perdimos la agudeza, gracia y gala,
Tan propia de españoles...
Y así ninguno lo que imita iguala,
Y son en sus escritos inferiores,
Pues ninguno en el método extranjero
Puso su ingenio en el lugar primero".

Así Lope, en La Filomena (parte segunda). Y no le dejemos sin que nos diga lo que sentía del popular romance (pról. á las Rimas): "Algunos quieren que los romances sean cartilla de los poetas; yo no lo siento así; antes bien los hallo capaces, no sólo de exprimir y declarar cualquier concepto con fácil dulzura, pero de proseguir toda grave acción de numeroso poema. Y soy tan de veras español en esto, que por ser en nuestro idioma natural este género, no me puedo persuadir que no sea digno de toda mi estimación". Y al escribir La Dorotea recomienda la prosa para el drama realista, "porque siendo la Dorotea tan cierta imitación de la verdad, le pareció que no lo sería hablando las personas en verso, como las demás que ha escrito... Si algún defecto hubiese en el arte..., sea la disculpa la verdad, que más quiso el Poeta seguirla que estrecharse á las impertinentes reglas de la fábula".

21. No se distingue lo popular de lo erudito en que lo popular sea producto inmediato de todo el pueblo y lo erudito de un solo individuo, puesto que siempre es un individuo el autor inmediato de cualquier obra popular. "La distinción nace de que la recíproca no es verdadera, diremos con Costa (pág. 136): el artista no siempre especifica ni declara en sus creaciones el sentimiento artístico de la colectividad de que forma parte: no es siempre intérprete fiel de su pueblo; sus obras no encuentran eco siempre en el alma de éste ni hablan el lenguaje de la universalidad": tal es el artista erudito. Por el contrario, lo popular es obra de un individuo, pero como ministro é intérprete del pueblo todo y su obra á veces la va perfeccionando ó amoldando el pueblo, limando lo que no es enteramente conforme á su espíritu, lo que el individuo le pudo poner de subjetivo y no popular.

Entre lo enteramente popular y lo enteramente erudito caben muchos grados: obras hay populares que tienen dejos eruditos, y el pueblo, con el tiempo, se los va quitando; obras eruditas que tienen mucho ó poco de populares, y el pueblo gusta, más ó menos, en consecuencia, de ellas; obras eruditas puramente, que para el pueblo son letra muerta. Así se comprende que haya obras hechas por eruditos, que el pueblo se apropia tarde ó temprano, por ser populares en lo principal y costarle más ó menos tiempo al pueblo el quitarle lo que no le es á él acomodado. Artistas populares son los que Carlyle llamó héroes, los intérpretes que con su levantado ingenio individual fueron voz de las aspiraciones más ó menos conscientes del pueblo, hombres que, sintiendo lo que todos, vieron y supieron expresar lo que ninguno otro pudo. Otras veces son varias las voces, todas débiles, pero una entre ellas, la más popular y expresiva de las populares necesidades vence, y otros intérpretes populares van después robusteciéndola, como acaece con las costumbres que se van convirtiendo en leyes; el código es popular; pero en cuanto salió, por mano de un individuo, de las costumbres populares, que ya de hecho eran leyes por el uso recibido. Un individuo es el que supo expresar en forma lapidaria lo que todo el mundo sentía y no acertaba con su propia expresión. Así nace el refrán, el cantar, el romance, el poema popular. El pueblo lo desbasta de lo que no dice con su manera de sentir, de lo que el individuo puso en él de subjetivo y no común ni popular; el nombre mismo del autor se olvida al hacerse en cierta manera obra de todos la que comenzó siendo obra de uno: "Ea quoque quae vulgo recepta sunt, hoc ipso quod incertum auctorem habent, velut omnium fiunt". (Quintil., Inst., 5, 11). El autor individual sacrifica su fama por el mismo hecho de ser enteramente popular; y si no queriendo sacrificarla pone en su obra más elementos subjetivos, antipopulares, correrá su nombre entre los eruditos, pero su obra no será apreciada más que por el escaso número de ellos. Así nacieron las llamadas rapsodias griegas ó retazos, en las que, como Wolf dijo, "la Grecia se cantó á sí misma", hasta que en tiempo de los Pisistrátidas, juntos todos los pedazos por algunos eruditos de Atenas, salieron en su forma corriente la Ilíada y la Odisea. No hubo, acaso, tal Homero ó autor único; los homeros fueron los ciegos rapsodas, que cantaban los trozos y los iban aumentando ó mejorando y añadiendo otros nuevos á los ya conocidos. Muchos de aquellos retazos desaparecían; los mejores, aprobados por el pueblo y hechos así populares, duraron y fueron merecedores de formar la epopeya griega ú homérica. "Toda obra literaria, dice Costa (pág. 155), es de creación individual: erudita, cuando, por razón de su contenido, es subjetiva ó extemporánea, hija de la pura individualidad del artista, cuando no reconoce por base los materiales fragmentarios ofrecidos por la tradición ni ha bebido su inspiración en el arsenal de los recuerdos vivos y de las creencias y aspiraciones ideales de la sociedad, cuando la sociedad no ha sido consultada ni atendida; popular, en el caso contrario, cuando el poeta se ha hecho nación, raza, humanidad, desprendiéndose de todo elemento egoísta y particular, empapándose del sentido universal histórico é informándolo en un cuerpo esplendoroso, cuando el pueblo se reconoce objetivado en la obra, la acoge y la sanciona con la aprobación y se la transubstancia, haciéndola carne de su carne y hueso de sus huesos. En lo cual no difiere un ápice el refrán ó el romance del poema cíclico ó de la epopeya: la diferencia es meramente cuantitativa". La colaboración popular va perfeccionando la obra. El primer romance ó gesta cuenta el hecho escueto, prosaico; pero en alas de la musa popular, al pasar de boca en boca, de generación en generación, va tomando por una parte más color y brío en los pormenores, como lo toman las noticias, y como ellas, va, por otra parte, idealizándose y agrandándose y agigantándose, haciéndose hasta maravilloso y sobrehumano el personaje. Así nacieron, por evolución, los héroes, y tan héroes son el Cid y Bernardo del Carpio en España, como Aquiles y Ulises en Grecia. Alrededor de esos héroes va creando cada región los suyos, de donde nacen los poemas cíclicos y los ciclos de gestas y romances, todos eslabonados en torno de una empresa como Troya ó la Reconquista ó de algunos héroes más sobresalientes. "Quem conta hum conto, sempre lhe accrescenta hum ponto", dice el refrán portugués. Ni las leyendas anteislámicas de Antara salieron desgajadas de un poema único, ni las rapsodias helénicas, ni los romances castellanos de una gesta; antes los retazos fueron cosiéndose hasta formar poemas, gestas y leyendas, y la síntesis siempre fué posterior al análisis. Así es anterior el refrán al cantar, el cantar al romance, el romance al poema, sin que al nacer cada uno de estos géneros perezca el anterior, sino que convive con él y le da siempre nueva savia y acrecentamiento.

Un cantar, copla, quintilla, seguidilla, no es más que el mismo dicho apodíctico en que consiste el refrán; pero parafraseado, ensanchado, dispuesto para el canto, y así en todo cantar se encierra, tácita ó expresamente, un refrán, y todo refrán puede desdoblarse en un cantar. Refranes se han llamado á los estribillos de las canciones, que lo glosan y nada más: "Fecieronle (á D. Jaime I) un cantar, de que non me acuerdo sinon del refrán: Rey bello que Deos confonda, | tres son esta con a de Malonda", escribe D. Juan Manuel. Los Proverbios de Santillana son refranes glosados. "Mi madre me lo predica | y yo la digo: | Predicar en desierto | sermón perdido." "En la isla de León | se pesca con hilo y caña: | por la boca muere el pez; | cuenta con lo que se habla".

Un romance no es más que una canción desarrollada en sus pormenores, ó varias canciones zurcidas, explicativas del mismo hecho. Por eso se llamaron Cantares las gestas ó narraciones largas, y Coplas las composiciones largas, como las de ¡Ay, panadera!, ó las del Provincial. Cantares glosados, ampliados, los hay á montones. El cantarcillo "Sí, ¡ganada es Antequera! | ¡Ojalá Granada fuera!", dió nacimiento al romance: "¡Sí! me levantara un día...". Otras veces sale de un golpe el romance entero, y es lo ordinario; pero no es más que un cantar que necesita muchos versos para exponerse todo el hecho.

La gesta ó poema sale de los retazos ó rapsodias cuando un poeta junta en un todo lo que se cantaba esparcido acerca de un mismo asunto. Tal dice hoy la filología que pasó con los poemas homéricos, y tal debemos concluir que sucedió con muchas gestas. ¿Quién duda si no, que antes de componerse el Mio Cid se cantaron trozos sueltos sobre cada uno de los hechos que esta gesta abarca? Los trozos poéticos que entraron en las Crónicas creyeron Menéndez Pidal y Menéndez Pelayo que lo son de gestas largas; ¿y por qué no de retazos, de pedazos, que aún no llegaron á coserse ó á fundirse en una gesta ó poema? Nadie ha probado hubiese tales poemas. Sólo se sabe por las Crónicas que hubo retazos, pues retazos y no poemas entraron en ellas. Hubo, pues, rapsodias, romances, digamos, y nada más; y de ellos sólo llegaron á cuajar algunos poemas ó gestas: el de Fernán González y los dos del Cid. Los romances viejos de los siglos xv y xvi son tan rapsodias como las que entraron en las Crónicas. En qué se diferenciaran de las rapsodias ó romances más antiguos de las Crónicas y de las que cuajaron en poemas ó gestas largas es otra cuestión; pero los romances viejos son sucesores de los más antiguos que debemos de suponer y que sin suposición hallamos diluidos en la prosa de las Crónicas: quiero decir que, en sustancia, es el mismo género, aunque pudieran diferenciarse accidentalmente, á la manera que de los romances viejos se diferenciaron los posteriores eruditos y los mismos populares, que el pueblo sigue cantando.

Todos los días asistimos á la creación de romances: los vemos componer á propósito de un crimen, de una desgracia privada ó pública, de un acontecimiento glorioso. No eran los hombres antaño diferentes de los de hogaño: así hacían romances en el siglo xv y los hacían en el siglo xii y los hicieron antes. Cuando el acontecimiento ó el héroe daban de sí por la variedad de hechos, se hacían otros tantos, contándolos. Llegaba un ingenio sobresaliente, y, juntando los asuntos de todos los pertenecientes á un acaecimiento ó héroe, y aun recosiendo los romances sueltos, fraguaba una gesta ó un poema. Eso se ha hecho siempre y en todas partes, y no vamos á creer que en España solamente se hiciera lo contrario, que primero hubo gestas ó poemas y luego trozos ó romances de ellos descosidos. Los romances del siglo xv aguardaban un ingenio que con ellos forjase un poema, ó varios ingenios que recogiesen en un poema los romances de cada ciclo. No nacieron tales ingenios épicos, porque los tiempos mejores de la épica habían pasado. Pero hubo ingenios dramáticos que con ellos hicieron dramas, que no es otro el drama que la épica de tiempos más cultos, como se ve en Grecia y en todas partes. ¿Qué otra cosa hicieron Juan de la Cueva, Matos Fragoso y Lope de Vega con los romances de los Infantes de Lara, al componer sus dramas? La mitad del teatro de Lope, ¿no está formada sobre leyendas más ó menos cantadas antes de él? Por eso fué Lope popular, como lo fué Esquilo y lo fueron sus sucesores, por poner en escena las antiguas rapsodias y leyendas griegas. Las mocedades del Cid, de Guillén de Castro, son los romances dramatizados. Y esto mismo puede decirse de todo el teatro español popular, á diferencia del erudito, que se entretenía en repetir asuntos mitológicos ó extranjeros, que desconocía el pueblo.

Entender que la primera manifestación artística de Grecia fueron los poemas homéricos, y la primera española fueron las gestas de Mio Cid y las que sueñan algunos diluidas en las Crónicas, equivaldría á proclamar las Doce Tablas ó el Digesto como primera manifestación en Roma del derecho. Sostener, como Damas-Hinard, que los primeros monumentos de la poesía popular española fueron poemas hechos y derechos, y que, efecto de su descomposición posterior, nacieron los romances, es desconocer el proceso de las obras sociales é individuales, que es enteramente el inverso. Y eso han sostenido M. Pidal y M. Pelayo. Todo cantar es breve por tener que acompañarle la música: el poema ó la gesta es refundición de muchos cantares: "Arma virunque cano", "Canto l'arme pietose", "Eu canto o peito ilustre Lusitano".

Ahora bien, la primitiva poesía es siempre cantada, y á ello alude todo el tecnicismo poético. Luego los cantares cortos fueron antes que los largos ó poemas. "Los primeros principios de los versos menores en España, dijo el P. Sarmiento (Memor. p. hist. poes., § 404-405) habrán sido los adagios ó proverbios, y los versos mayores se compondrán de los menores... No se podrá oponer que el refrán, que se comprende en un metro, tuvo origen en el metro de los poetas, antes bien se podría decir que los poetas hicieron ó formaron tal y tal metro, á imitación de los adagios". "El proverbio se trasformó en canto" (Wolf, citado por Milá, Poesía heroico-pop., pág. 49). Los refranes son tan viejos como los idiomas, aunque su expresión vaya modernizándose al mismo paso que éstos. Los himnos ó cantos cortos, esto es, las canciones, son las más primitivas manifestaciones literarias en todos los pueblos; pocos son los que llegan á tener poemas y dramas, y siempre son posterior perfeccionamiento y síntesis de las canciones, después de desarrolladas en rapsodias ó, digamos, romances. Como ejemplo práctico de esta evolución de la poesía trae acertadamente Costa (pág. 213) el refrán: "Entrarásle por la manga, saldrá por el cabezón", y la leyenda en romances y en drama y en poema, que lo es el Moro expósito, y el de los Infantes de Lara. Su gesta, que M. Pidal ha visto en las Crónicas, yo no la percibo; sólo veo trozos, rapsodias, romances, en suma. La gesta, ó poema, ó drama, salió mucho después bajo la pluma de Lope y de Saavedra.

22. La primera y más sencilla manifestación del arte popular es el refrán, que pudiera clasificarse como poesía épico-didáctica; pero que abraza todos los géneros y es como el germen de todos ellos. Ni el único fin de los refranes es la enseñanza, ni es hacer una obra bella; en los refranes, como en toda obra popular, se barajan tan hondamente el fondo y la forma, que hacen un todo, inconscientemente nacido del pueblo: así pertenecen tanto á la filosofía como á la literatura, mezclando utile dulce. Si en su forma no hubiera brotado bello el modo de expresar el pensamiento, no hubiera corrido como refrán, pues cabalmente se repite y corre como tal el pensamiento que ha hallado su bien entallada expresión; y una expresión, por bella que parezca, no corre como refrán si no entraña un pensamiento digno de retenerse por su provecho común. Como los pensamientos de esta laya abarcan todas las disciplinas y la vida entera, así el campo de las ideas donde brotan refranes es inmenso y abarca todo linaje de doctrinas. Igualmente en la forma artística, ya cuanto al estilo y figura retórica de la expresión, ya cuanto al metro y ritmo, la variedad es infinita, y no nace cada refrán vaciado en determinada encella, aunque siempre suena á manera de verso, de un metro ú otro, no pensado de antemano, y con una expresión, metáfora ó comparación, que parece venirle como nacida. Sólo cuando fondo, forma y sonido se ajustan entre sí acabadamente y que, andando de boca en boca, nadie da en lo que pudiera mejorarlo, es tenido como refrán y cunde bien asegurada su inmortalidad. Tan sólo de tiempo en tiempo y muy á la larga, suele remozarse alguna palabra de él, cuando ya la vieja es tan desusada y oscura que ha menester nuevo ropaje para lucir entre las gentes.

Al hablar de los refranes no pueden pasarse por alto las palabras de Mal Lara en el Preámbulo de La Philosophia vulgar, donde se declara lo espontáneo y natural del saber vulgar y su infalible certeza. "En los primeros hombres..., al fresco se pintaban las imágenes de aquella divina sabiduría heredada de aquel retrato de Dios en el hombre, no sin gran merced dibuxado... Se puede llamar esta sciencia, no libro esculpido, ni trasladado, sino natural y estampado en memorias y en ingenios humanos; y, según dize Aristóteles, parescen los Proverbios ó Refranes ciertas Reliquias de la antigua Philosophia, que se perdió por las diversas suertes de los hombres, y quedaron aquéllas como antiguallas... No hay refrán que no sea verdadero, porque lo que dize todo el pueblo no es de burla, como dize Hesiodo...". Libro natural llama á los refranes, y añade: "Antes que hubiese filósofos en Grecia, tenía España fundada la Antigüedad de sus refranes... ¿Qué más probable razón habrá que la que todos dizen y aprueban? ¿Qué más verisímil argumento que el que por tan largos años han aprobado tantas naciones, tantos pueblos, tantas ciudades y villas, y lo que todos en común, hasta los que en los campos apacientan ovejas, saben y dan por bueno...? Es grande maravilla que se acaben los superbos edificios, las populares ciudades, las bárbaras Pirámides, los más poderosos reynos, y que la Philosophia Vulgar siempre tenga su reyno, divido en todas las provincias del mundo... En fin, el refrán corre por todo el mundo de boca en boca, según moneda que va de mano en mano gran distancia de leguas, y de allá vuelve con la misma ligereza por la circunferencia del mundo, dejando impresa la señal de su doctrina... Son como piedras preciosas salteadas por ropas de gran precio, que arrebatan los ojos con sus lumbres".

La riqueza de formas que revisten los refranes castellanos es maravillosa en lo ingenioso y profundo, en lo socarrón y grave, en lo sentido y sentencioso, en lo chistoso y severo, en lo cortado y dramático. Cuanto á la métrica, tienen parte el paralelismo, la aliteración, la acentuación, el número de sílabas y la rima. La rima la busca el pueblo en los refranes; pero el metro nace como exigido por la expresión misma espontáneamente. De aquí la grandísima variedad: 4 + 6, 4 + 7, 4 + 8, 5 + 6, 6 + 5, 6 + 7, 7 + 4, 7 + 6, 7 + 9, 8 + 6, 8 + 10, 9 + 4, 9 + 8, 4 + 6 + 4, 5 + 5 + 7, 8 + 8 + 8 + 9, etcétera, etc. Abundan los pareados de 4 + 4, 5 + 5, 6 + 6, 7 + 7, 8 + 8, que pueden considerarse como hemistiquios rimados de octosílabo, de decasílabo, arte mayor, pentámetro y pie de romance. Cuanto al acento, no siempre se sujetan los refranes á las leyes prosódicas, como en el verso de once sílabas, el acento en la sexta ó en la cuarta y octava; en el de diez sílabas, el acento en la tercera y sexta; en el de nueve, en la octava; en el de ocho, en la séptima y en la primera y tercera ó en la segunda, quinta y octava, etc. Cuanto á la rima, hay versificación libre, semi-rima ó concordancia de vocales finales ó rima imperfecta ó asonante, tanto llana como aguda, rima perfecta ó consonante, aguda ó llana, aliteración ó congruencia de sonidos en la sílaba radical de las dos palabras principales que se componen ó contraponen, aliteración y á la vez asonante ó consonante, consonancia completa ó de todas las sílabas, ó sea repetición de una misma palabra al final de los versos y, finalmente, rima interior. Las combinaciones rítmicas son variadísimas.

23. Tras los refranes vienen las canciones ó cantares, expresión del lirismo popular, del dolor, de la alegría, del amor con todas sus consecuencias. Las formas más populares de la canción son la copla ó redondilla y la seguidilla, entrambas de cuatro versos, aunque posteriormente la seguidilla tomó los otros tres versos del estribillo. La música requiere cinco ó seis versos, pero se repite el primero una vez al principio, ó dos veces: una al principio, y otra al fin. Los cantares son unas veces circunstanciales, ya por un acontecimiento social, ya por lo que al que canta le sucede particularmente; otras veces encierran un pensamiento ó un sentimiento común y trascendental. En el primer caso, el cantar vive poco, aun los de acontecimientos sociales suelen olvidarse á las pocas generaciones; en el segundo, pueden llegar á tener vida tan larga como los refranes, y así corren siglos y siglos, más ó menos modificados. Si los refraneros tardaron en escribirse, mucho más tardaron los cancioneros populares, los cuales puede decirse que comienzan á compilarse en nuestra edad. Los eruditos apreciaban más las canciones cortesanas y artísticas, y así, ni un cancionero popular se imprimió en el siglo xvi entre los muchos eruditos que vieron la luz pública. Todo lo más, hállanse en ellos, y glosados aparte, cantares sueltos, verdaderamente tradicionales y tan proverbiales como los mismos refranes. Nuestro pueblo los hace con facilidad asombrosa é ingenio estupendo. Los improvisan los mozos en sus serenatas y rondallas tan chispeantes, tan hondos y sentimentales, que es un duelo no se recogieran en los tiempos pasados, como hoy se va haciendo en colecciones de las varias provincias, sobresaliendo en esta parte los cantares baturros ó cantas de Aragón, y los cantares y cantes andaluces y flamencos. Toda admiración queda aquí sobrepujada por la realidad. Esta vena fecundísima del pueblo español es de todo punto imposible que no haya corrido en todo tiempo en esta tierra de cantares sin fin ni cabo, tan en todo tiempo como las tonadas regionales, que son antiquísimas, de variadísimas tonalidades en cada tierra: en Galicia, en Asturias, en la Euscalerría, en Navarra, en Aragón, en Andalucía, etc., etc. Aires vascongados hay que se salen de las medidas y compases conocidos, y deben proceder de los íberos. Podemos, pues, asegurar que desde que se habló castellano hubo cantares populares en España, y á ellos se alude en los escritos de todos tiempos. Un pueblo que verdaderamente nada en un mar de sentidísimos cantares que chorrean ingenio y delicadeza tiene que ser poeta. Grima da pasar los ojos por los farragosos cancioneros eruditos sin hallar una sola flor, una flor que huela, que robe las miradas, cuando, al revolver de la esquina, se oyen, al caer de la noche, por esas calles, á montones, sin que nadie se bajara durante tantos siglos á recogerlas. El metro más común en las coplas es el octosílabo, rara vez adulteradas con algún verso de siete ó nueve sílabas, porque tal es el verso más propio del castellano, como veremos al hablar del pie de romance, cuyo hemistiquio es igualmente octosílabo. En cantarcillos ó coplillas se usa el verso de seis, á veces el de cinco; en las seguidillas, de siete y cinco alternados. Los eruditos prefirieron en lo antiguo los metros franceses ó yámbicos, de siete y nueve sílabas; pero presto desaparecieron, quedando vencedores los metros trocaicos españoles, hoy los únicos que se cantan, pues si alguna vez se hacen de siete ó nueve, el cantor los acomoda á la música de los octosílabos por medio de la sinalefa, sinéresis, apócopes y paragoges: tan contrarios son á la métrica castellana. La rima de los cantares es de dos, tres, cuatro y hasta ocho versos, todas las combinaciones de los refranes, pareados, monorrimos, rimas alternas, encadenadas, etc. En los de cuatro versos, la más frecuente combinación es abcb, asonante ó consonante: rara es abba, y más todavía aabb; las seguidillas, abcbede.

24. De los pueblos europeos sólo el pueblo griego tuvo un arte y una literatura enteramente nacional, popular, castiza, por eso fué grande y sin par el arte y la literatura de la Grecia. El arte y la literatura son como las plantas, que no pueden vivir sino arraigando en la tierra, y no medran y se desenvuelven bien sino en la tierra suya propia; en trasplantándose á otras tierras de diferente calidad, condiciones, clima, bastardean. Verdad es que se dan plantas lozanísimas en otras tierras de las que fueron originarias, pero es porque en el mundo hay lugares y tierras de condiciones muy parecidas y apropiadas para cada planta. La nación es la tierra del arte y de la literatura, y no hay dos naciones iguales ni casi parecidas, como hay parecidas tierras cuanto á la aclimatación de las plantas. Por eso, toda arte ó literatura trasplantada á otra nación bastardea y vive como en terreno impropio. Tal es el gran principio del arte y de la literatura.

Robusteceráse y quedará aclarado con otra comparación. Toda obra de arte es tanto mejor cuanto más personal sea, cuanto más individual y propia de su autor y más distinta de las obras de los demás. Porque la obra de arte es la expresión del autor que la fragua. Y tanto más expresiva será de su autor, cuanto más propia suya é individual y más distinta de los demás autores. El sello de la personalidad de su autor engrandece las obras del arte. Si todos los hombres supieran expresar su alma, serían todos los hombres artistas; sonlo los pocos que pueden hacerlo, y sonlo en tanto que lo pueden hacer: así la obra de arte es más levantada, más sobresaliente, cuanto el autor pudo poner en ella más de su alma individual, de su propia persona. Ahora bien, cada nación, respecto de las demás, es lo que respecto de los demás es cada individuo: cada nación tiene su alma propia y su personalidad, tanto más sobresaliente cuanto, ¡oh, paradoja!, cuanto sobresale de las demás, cuanto menos adocenada y común. El arte, pues, cuanto más nacional será más expresiva del alma de una nación, y se distinguirá más del arte de las demás naciones. Tal es la doctrina del casticismo en el arte, en la literatura y en el idioma, que es la obra artística por excelencia de cada nación.

Contra ella no valen ni pesan todos los reparos que los innovadores oponen á los defensores de lo castizo en el habla. Los extranjerismos, bien se ve, por este principio, que no enriquecen el idioma, antes lo empobrecen. Porque lo que en el árbol no salga de su propio tronco y savia, no sólo no le adorna, sino que lo afea y le daña. Colgad de sus ramas púrpuras y joyas: hasta el más rústico patán os gritará que quitéis de él esas ricas preseas. Los extranjerismos cuelgan, como ellas, del idioma; no sirven más que para quitarle el calor vivificante del sol, para embarazar la respiración pulmonar de sus hojas, para secarlo y encanijarlo, empobreciéndole la savia y acabándole la vida. Por cada palabra ó construcción extraña que se mezcle en el idioma, se olviden, no una, sino muchedumbre de palabras, construcciones y frases equivalentes, pero idiomáticas y propias. Las voces así perdidas eran expresivas del alma nacional, llevaban el calor y el color, el pensar y el sentir de la nación; por ellas se usan las extrañas que saben, suenan, huelen á extraño, no dicen nada á los oídos nacionales, porque extraña es su raíz y procedencia, no arraigan en el suelo nacional y no pueden llevar su savia ni su alma.

Lo que en el idioma, pasa en la literatura y en el arte en general. No respondiendo al alma nacional, si se traen de allende, la necesidad obliga á desfigurarlas. La expresión de la personalidad nacional, que forzosamente ha de manifestarse en sus obras artísticas y literarias, se ve mezclada con la expresión propia y diferente de la nacionalidad que ellas traen de fuera consigo, y el forzoso resultado es una mezcla, que ni es cosa propia ni extraña, sino común. Y expresión común ó arte común no puede ser arte ni expresión sobresaliente, artística. Trasplántese á España la arquitectura del Norte, y la necesidad la transformará en breve plazo. Tráigase la pintura francesa, elegante y de salón, pero por lo mismo demasiado idealizada, y el artista español, todo realismo y verdad, hará un pisto ni francés ni español, pero menos español que francés. ¿Y habrá necio que se atreva á luchar con otro en expresar el alma del otro, contraria á la suya propia? El pintor español que quiera vencer á los franceses en pintar á la francesa es un loco, porque tendrá que inventar lo que los franceses, llevándolo dentro, no tienen más que manifestarse para conseguirlo. Loco será el francés que pretenda escribir una historia de pícaros á la española, porque, no llevando esa española picardía en las venas, tendrá que ceñirse á imitar las historias picarescas hechas por españoles, y toda imitación queda por debajo del modelo.

Ahora se verá claramente por qué la literatura latina clásica, imitación de la griega, trasplante de Grecia, tuvo que ser flor de un día, entretenimiento de unos cuantos poderosos, que no pudo gozar el pueblo romano, porque no arraigaba en el alma nacional, ni pudo quedar sino por debajo de su modelo. ¿Fué expresión del alma romana aquella literatura, griega en las creencias y en los dioses, en el estilo, en gran parte de las voces? Ni lo fué, ni, por lo mismo, fué literatura romana, más que á medias, ni más que á medias literatura griega. Los dioses, que en Grecia lo eran de veras, fueron monigotes ó nombres de monigotes en Roma, con los cuales jugueteaban los literatos rebutiendo de ellos sus versos como de borra helénica, elegante, pero borra al cabo. Las tragedias de Terencio agradaban á los cultos, porque oían en latín lo que en griego admiraban; el pueblo dejaba á Terencio y se iba tras Plauto, no por lo griego, que también tenía, sino por sus gordas sales romanas y sus romanas sentencias. La filosofía, que en Grecia había desmenuzado los seres todos, que había escudriñado el alma humana, perdió los vuelos de sus levantadas elucubraciones, que se las cortó el romano, práctico hombre de mundo y nada amigo de soñar científicamente: así patulló por el suelo en Roma, rotas las alas, la filosofía helénica. La tragedia, expresión ritualista de la religión griega, vióse convertida, al llegar á Roma, en ejercicios retóricos, lírico-prosopopeicos, para recitación de los palacios y palmoteo interesado de algunos señorones. Y en la misma Roma, la elocuencia, fruta verdaderamente tan romana como la jurisprudencia, una vez quitada la libertad, terreno propio que la hizo nacer, vióse convertida en retórica de escuela, y retórica de escuela ha seguido siendo en las naciones nacidas del Imperio, hasta que volvió á ellas la libertad política.

Las literaturas europeas nacieron nacionales, naturalmente; pero sólo cuanto á las obras del pueblo; las obras eruditas, que se sobrepusieron á las populares y las obscurecieron, la que se llama literatura, rebrotó como retoño de la literatura decaída, retórica y de imitación helénica, que vivía muriendo en los últimos tiempos del Imperio romano. Sólo en algunos momentos históricos, en que las nuevas naciones europeas se sintieron fuertes y poderosas, capaces de romper las cadenas extrañas y tradicionales, en que se fundieron en una recia personalidad nacional las clases popular y erudita, se dieron frutos literarios propios, nacionales, sinceros y de verdadero valer estético, ó cuando algún ingenio sobresaliente se sintió tan de su pueblo que, dejándose de erudiciones peregrinas, se levantó como eco de los sentimientos de su raza. Tal en Italia Dante, que supo interpretar el alma cristiana medieval; tal en España el cantor de Mio Cid; tal el Arcipreste de Hita; tal Cervantes en la novela caballeresca; tal Lope en el teatro. Tal España entera en el siglo xvi, cuando el Renacimiento para los mejores ingenios sólo sirvió de acicate, que les movió á buscar dentro de la tradición misma española, en las entrañas mismas del pueblo, asuntos y lenguaje, el arte entero, que los adocenados no sabían hallar más que entre las piltrafas desenterradas de la cultura greco-latina.

25. El realismo y la moral práctica en nuestro idioma, en nuestra literatura popular y aun en la erudita cuando es verdaderamente nacional, son notas tan manifiestas como en nuestra filosofía. De ésta lo ha proclamado claramente Bonilla (Hist. de la Filosofía española, Madrid, 1908-1911, 2 vols.). Séneca es el dechado de nuestra filosofía y lo es de la filosofía práctica, física y moral; parece ignorar la metafísica griega y hasta las elucubraciones abstractas acerca de la teodicea y de la física. Cierto que esta nota es propia de los romanos todos y en ella convenimos con ellos los españoles; pero el realismo es acá harto más pujante y dominador. Acaso la falta de cabeza idealizadora hizo que Lucano no diese unidad á su obra y le tacharan de haber sido más historiador que poeta épico, mientras que Virgilio fué más épico y de historiador no tiene nada; que poeta, fuélo Lucano, no á la manera de Virgilio ú Homero, sino á la española, pintando lo real de la manera más viva y realista posible. Lo maravilloso que en su obra hay se le pegó de la educación helénica; en la literatura popular castellana no hay nada de maravilloso. Hadas, silfos, enanos, ondinas, dríadas, gnomos, gigantes, todo eso se queda para griegos y germanos. Las exageraciones, como las del Roland francés y de los libros caballerescos, las deificaciones de la mujer á lo caballeresco y provenzal, no son cosas españolas. Hasta lo caballeresco y lo heroico tratado en los romances muda de tono y pierde todo el extraño idealismo que trajeron de fuera. Don Quijote y Sancho entierran con su realidad viva todos esos sueños. Acaso no haya obra más simbólica é ideal que el Criticón, de Gracián, una de las más extraordinarias obras del mundo; con todo, es un simbolismo tan cuajado en seres concretos y vivos, que la Virtud, la Verdad y todas las demás personificaciones obran y hablan como personas de carne y hueso, hechos y palabras de eterna verdad, que vive en los hechos y palabras de todos los mortales. No hay allí metafisiquerías, maravillas ni músicas celestiales de ninguna especie: son las ideas platónicas, como si las hubiera hecho bajar á la tierra y vivir en el mundo. Nuestra mística no sabe desprenderse de la ascética en sus más levantados arrobos. Nuestra novela es la realísima picaresca. Nuestra épica, el Romancero y Mio Cid. Nuestra lírica, la copla popular.

NOTAS: