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LOS GRANDES POEMAS.

JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL

PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE

D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.

TOMO II DE LA COLECCION.

ORLANDO FURIOSO

POEMA ESCRITO EN ITALIANO

POR

LUDOVICO ARIOSTO

Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO

POR

D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.

TOMO I.

BARCELONA.
EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 1.
1872.

ES PROPIEDAD.

BARCELONA.
ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO DE JAIME JEPÚS.
CALLE DE PETRITXOL, NÚM. 9, BAJOS.
1872.

LUDOVICO ARIOSTO.

BIOGRAFÍA DE LUDOVICO ARIOSTO.

Ludovico, ó Luis, Juan Ariosto nació el 8 de Setiembre de 1474 en Reggio, ciudad del ducado de Ferrara. Sus padres fueron Nicolás Ariosto, noble ferrarés, gobernador de la ciudadela de Reggio, y Daria Maleguzzi. Luis fué el mayor de sus cuatro hermanos y cinco hermanas.

Apenas entrado en la adolescencia, dió público testimonio de su singular talento, pronunciando en la apertura del curso universitario un discurso en latin, compuesto por él, y notable por sus conceptos y por su florido estilo. Desde entonces reveló su inclinacion y habilidad en la poesía, escribiendo un drama titulado la Fábula de Tisbe, que representó despues, acompañado de sus hermanos. Por obedecer á su padre empleó cinco años en el estudio de las leyes; pero con tanta tibieza y desapego, que no correspondiendo el resultado á las esperanzas concebidas, se decidió su padre á dejarle seguir la carrera á que le llamaba su vocacion. Estudió nueva y cuidadosamente la lengua latina bajo la direccion de Gregorio de Spoleti, y se entregó con tal ardor al exámen de los más excelentes escritores de aquella lengua, especialmente de los poetas, que descubrió y aprendió las bellezas menos observadas, y consiguió descifrar los pasajes más oscuros, lo cual le dió gran renombre en la corte de Roma, bajo el pontificado de Leon X.

Habiendo adquirido Ariosto en la escuela de Gregorio el caudal de conocimientos necesario, intentó ajustar la comedia italiana á las reglas de la griega y de la latina, componiendo en prosa la Cassaria y los Suppositi (los supuestos ó fingidos), que arregló más tarde en versos esdrújulos. La muerte de su padre, ocurrida en Febrero de 1500, le privó, en gran parte, de la comodidad y del tiempo necesario para continuar los trabajos emprendidos en la poesía italiana y en la latina, por haberse visto obligado á dedicarse á una tarea tan penosa como nueva para él, cual era la del arreglo de sus asuntos domésticos, aunque no de modo que renunciara totalmente á su ocupacion predilecta, segun lo prueban las diferentes poesías que de aquel tiempo nos dejó impresas. No tardó en conocer y apreciar su talento el cardenal Hipólito de Este, hijo de Hércules I, el cual quiso que Ariosto formara parte de su alta servidumbre. Observando aquel experto Príncipe que no consistia en la poesía solamente el mérito de nuestro poeta, tuvo á gran dicha confiarle las comisiones más delicadas, así suyas como de su hermano Alfonso, sucesor de su padre Hércules en el ducado de Ferrara. Estas comisiones fueron varias; pero las dos más importantes consistieron, la primera, en impetrar del pontífice Julio II, en Diciembre de 1509, los socorros necesarios en gente y dinero para rechazar una agresion de los venecianos, y la segunda, en aplacar la cólera del mismo Pontífice, sumamente irritado contra el duque Alfonso por su alianza con los franceses.

En el tiempo en que Ariosto perteneció á la servidumbre del Cardenal de Este, se le ocurrió, con objeto de atraerse el favor de su señor, componer un poema que redundase en alabanza de dicho Cardenal y de su familia, y empezó á escribirlo en tercetos; mas satisfaciéndole poco este metro, adoptó las octavas reales, como más á propósito para su idea, emprendiendo en seguida el trabajo de completar la obra bosquejada por el conde Boyardo en su Orlando enamorado. Despues de diez ú once años de trabajo, muchas veces interrumpido, creyó que su poema estaba en disposicion de ser impreso y publicado, á fin de conocer la opinion formada sobre él, no solo por sus amigos, sino tambien por la generalidad, y tenerla presente para corregirlo más adelante. En efecto, en 1516 dió á luz su Furioso, y una vez conocido el parecer de las personas ilustradas, y despues de muchas correcciones, adiciones y cambios, y de añadir seis cantos á los cuarenta de la primera edicion, volvió á publicarlo en Ferrara en 1532. No quedó tampoco satisfecho de las correcciones hechas en esta segunda edicion; porque desanimado por el desvío con que despues de quince años de leales y penosos servicios le pagó su señor, y atormentado por los incesantes litigios que tuvo que sostener y que iban mermando su patrimonio, ó no hizo nada en su poema por espacio de mucho tiempo, ó á lo menos poco y con poco gusto; de modo que hácia el fin de su vida se lamentaba de que su Furioso careciese de la debida correccion, parte por causa de sus cuidados domésticos, y parte por culpa de sus señores, que continuamente le distraian con viajes, embajadas y gobiernos.

Ariosto suponia con fundamento que su poema le haria acreedor del aprecio del Cardenal, y supuso tambien con razon que este aprecio no se entibiaria por alguna cosa de poca importancia; pero cualquiera que fuese el concepto que al principio hubiese formado aquel príncipe de dicha obra, lo cierto es que no habian transcurrido diez y ocho meses cuando el poeta se vió privado del fruto de sus honrosas tareas. La única causa que para ello medió consistió en que, cuando pasó el Cardenal á Hungria para permanecer en aquel país, como permaneció dos años y algunos meses, Ariosto se excusó de acompañarle, fundándose en la necesidad de atender á su quebrantada salud y al cuidado de su familia. Desde aquel momento el Cardenal, si bien no le despidió de su servidumbre, le privó por lo menos de su gracia, y dió manifiestas pruebas de su animadversion hácia el poeta. Encontró, sin embargo, cierta compensacion á esta pérdida en el nombramiento dé gentil-hombre de su cámara, que le confirió el duque Alfonso.

Desempeñó tranquilamente este nuevo servicio cerca de tres años, en que disfrutó del sosiego necesario para sus estudios, aun cuando siempre que salia el Duque fuera de la capital, se veia obligado á acompañarle; pero no fueron tranquilos por lo que á sus asuntos domésticos hacia, los cuales le traian sumamente angustiado á causa de lo reducido de su patrimonio y de su numerosa familia. Poco despues se añadió á esta estrechez la pérdida de cierta pension que bastaba á sus necesidades, que cobraba en Ferrara, y que fué suprimida por el Duque.

Reducido á los mayores apuros, suplicó al Duque que le auxiliase en su necesidad ó que le diera licencia para dejar su servicio, á fin de buscar en otra parte los medios de vivir de que carecia. Alfonso creyó satisfacer sus deseos, nombrándole en Febrero de 1522 gobernador de la Garfagnana, en ocasion en que el gobierno de aquel país era peligroso á consecuencia de las distintas facciones y partidas de bandoleros que merodeaban por él. En dicho cargo continuaba en el año de 1523, cuando Clemente VII fué elegido papa, segun sabemos por la sátira sétima que escribió á Buenaventura Pistofilo, secretario del Duque de Ferrara, en respuesta á la proposicion de nombrarle ministro residente cerca del Papa, que dicho secretario le habia dirigido; manifestando que, aparte de la obediencia que al Príncipe debia, preferia continuar tranquilo en su patria. Siguió, pues, encargado del gobierno de la Garfagnana hasta terminar el plazo fijado, que era de tres años, y despues se trasladó á Ferrara, donde por complacer al Duque, á quien agradaban en extremo las representaciones teatrales, se dedicó á revisar y corregir las cuatro comedias que habia escrito hacia ya muchos años, y á empezar la Escolástica, que fué la quinta, y cuya obra dejó sin concluir.

El duque Alfonso no escaseó gasto alguno para hacer que se representaran dichas comedias, é hizo que se levantase un teatro en un salon de su palacio segun los planos del mismo poeta, el cual se esmeró tanto en su construccion, que por aquel tiempo no se conoció otro tan bello ni magnífico. En él se representaron varias veces con extraordinario aplauso y en presencia de muchos príncipes las cuatro comedias citadas, tomando parte en su ejecucion los personajes más notables de la corte, segun era costumbre en aquellos tiempos; y hasta el príncipe D. Francisco, uno de los hijos del Duque, no se desdeñó de recitar el prólogo de la Lena, la primera vez que esta obra se puso en escena en el año 1528.

Ariosto intentó componer un nuevo poema, ó más bien ampliar su Furioso, añadiendo los cinco cantos que despues de su muerte fueron impresos á continuacion del poema primitivo. Otras muchas cosas escribió, además de las publicadas, para ejercitarse en la poesía ó como meros ensayos; y sábese especialmente que, para adiestrarse en la invencion de su Furioso, se dedicó á la traduccion de varios libros novelescos, así españoles como franceses. Por complacer al Duque y quizá tambien por su propia conveniencia, se ocupó asimismo en arreglar á la escena italiana muchas comedias de Plauto y de Terencio, cuyos ensayos seria de desear que no se hubiesen perdido, por más que el Poeta los tuviese en poco, aunque solo fuese porque, merced á ellos, tendríamos una nueva y respetable interpretacion de muchos pasajes oscuros y difíciles de los clásicos latinos.

Los primeros ingenios de su tiempo apreciaron cual se merecian las valiosas dotes de nuestro Poeta, el cual vivió con ellos en cordial amistad, presentándonos un honroso recuerdo de esta en su poema. Pero más particular y hasta cariñosamente fué amado, querido y admirado de los principales señores de Europa, entre los cuales podemos citar, además de su señor natural, el Duque de Ferrara, que le distinguió más que cuantos en este ducado tenian á gala proteger las artes y la literatura, á Juan de Médicis, que fué despues Papa con el nombre de Leon X; á los cardenales Gonzaga, Farnesio, Salviatti, Bibiena y Campeggi; al marqués del Vasto y todos los señores de la corte de Urbino; á otros muchos príncipes y reyes que le ofrecieron un lugar honroso en sus cortes, y para terminar de una vez, al emperador Cárlos V, el cual, encontrándose en Mantua en noviembre de 1532, quiso honrarle públicamente colocándole por su propia mano una corona de laurel en la cabeza.

Poco más de un mes haria que habia cumplido los 58 años, cuando apenas terminada la impresion de su poema corregido y ampliado, empezó á sentir los primeros síntomas de una enfermedad que le condujo en ocho meses al sepulcro. Los principales médicos de Ferrara que le asistieron la juzgaron desde luego incurable. La calificaron de una obstruccion en el cuello de la vejiga, y queriéndola combatir con bebidas aperitivas, le estropearon el estómago: acudiendo entonces á atajar esta nueva indisposicion, tanto le estragaron, que al fin resultó ético. Supúsose que su mal habia tenido principio en la noche que precedió al último dia del año 1532, no porque entonces empezara á sentirse de él atacado, sino porque en aquella noche se agravó de manera, que desesperó ya de recobrar la salud. Ocurrió la citada noche que, prendióse fuego en una tienda situada en la galería del patio ducal frente á la Catedral, y corriéndose las llamas á las tiendas contiguas, ardieron todas en tres dias y con ellas los salones del palacio que sobre ellas habia, juntamente con el teatro que el Duque habia hecho construir pocos años antes en aquellos salones para la representacion de las comedias de Ariosto. Desde entonces la enfermedad hizo rápidos progresos, y despues de haberle extenuado completamente, le ocasionó la muerte el dia 6 de Junio de 1533. Cuatro hombres trasladaron su cadáver desde la casa mortuoria, situada en la calle del Mirasol, hasta la iglesia vieja de S. Benito, alumbrado tan solo por dos hachas, pero acompañado espontáneamente por los monjes y enterrado en dicha iglesia tan sencillamente como habia querido y prescrito.

Su hermano Gabriel deseó hacerle un sepulcro proporcionado á su cariño y al mérito del Poeta, pero no le ayudaron los medios. Su hijo Virginio se propuso trasladar sus restos á una capilla que habia levantado en el huerto de la casa paterna; mas los monjes se opusieron tenazmente á ello. Cuarenta años permanecieron los huesos de Ariosto en tan humilde sepultura, aunque visitados y honrados por muchos poetas, que le dedicaron composiciones latinas é italianas. Agustín Mosti, noble ferrarés, discípulo de Ariosto, determinó erigirle á sus expensas un sepulcro más decoroso, y lo construyó en efecto en la iglesia nueva de dichos monjes, todo de mármoles finísimos, y adornado de figuras y elegantes tallados, descollando en su parte superior la estátua del Poeta, de mayor tamaño que el natural. En 1612, uno de de sus descendientes, llamado como él Ludovico, le erigió otro sepulcro en la misma iglesia, mucho mejor por la calidad de los mármoles y por su belleza arquitectónica, y se trasladaron de nuevo á él sus cenizas, donde reposan hasta hoy dia.

Mucho nos quedaria que decir aun si quisiéramos ocuparnos minuciosamente de cuanto tiene relacion con el poeta ferrarés. Nos limitaremos á manifestar, que en sus poemas y especialmente en sus sátiras nos dejó una exposicion clara é ingénua de las dotes de su ánimo, conformes á la más rigurosa moral, y nos aventuramos á decir que, si viviese en nuestros dias, hubiera ofrecido un ejemplo digno de imitar, y habria descollado sin duda alguna entre los hombres de fama mejor sentada. Los escritores contemporáneos de Ariosto ponderan la afabilidad de su trato, la delicadeza y lealtad de sus acciones, su diligencia en complacer á cuantos hacian uso del favor que gozaba con el Duque, su modestia y su respeto hácia todos, su justicia, su mansedumbre y su agrado. Ensalzaban asimismo su moderacion en el deseo de gracias y honores, y aseguraban, que dándose por satisfecho con una modesta riqueza, aborrecia los bienes adquiridos por medio de las bajezas ó las humillaciones. Amigo de la sobriedad, despreciaba los esquisitos manjares de los banquetes solemnes. Le suponian experto y sagaz, profundo conocedor de los cortesanos y del carácter de los hombres que habia tratado; de imaginacion rápida, y agudo y hasta chistoso en sus palabras; inclinado al estudio y á la contemplacion; enemigo de la ociosidad, de las vanas ceremonias, y sobre todo de las adulaciones palaciegas; amante en extremo de su patria, fiel á sus príncipes, y constante en su amistad.

En muchos pasajes de sus poesías se manifiesta inclinado á los galanteos amorosos; pero aun cuando hubiese sido tal como él mismo confiesa, créese que se separó algun tanto de la verdad por capricho, y por dar belleza y amenidad á sus poéticas fantasias como lo exigía el carácter y la libertad de su siglo. Parece á muchos censurable que ciertos trozos de sus poesías no puedan leerse por todos sin perjuicio de la honestidad; pero debe tenerse presente que en su tiempo no sucedia lo mismo, como hoy no lo es entre ciertos isleños la desnudez que no tolerarian los europeos. Ariosto fué siempre cauto y reservado en cuanto se relacionaba con sus amores: tuvo dos hijos naturales, Virginio y Juan Bautista: el primero, nacido de una amiga, llamada Ursulina, fué canónigo de la Catedral de Ferrara; y el segundo, de madre ignorada, capitan de la milicia del Duque. De su mujer legítima, Alejandra Benucci, florentina, no se sabe que tuviese descendencia.

Por último, aun cuando á nuestro Poeta no se le ocurrió hacer gala de un valor que se avenia mal con su carácter pacífico, debemos hacer constar con el Pigna, uno de los escritores contemporáneos, que tomó parte en un combate naval contra las fuerzas del papa Julio, ó más bien contra las de la República veneciana, en el cual dió evidentes pruebas de bravura, resistiendo valerosamente con otros caballeros, y logrando apoderarse de un bajel enemigo, cargado de pertrechos y de toda clase de víveres de boca y guerra. Por lo demás, basta la energía que demostró para limpiar el territorio de la Garfagnana de los bandoleros y facciosos que lo infestaban, para dejar sentado que el valor no era una de las cualidades que menos resaltaban en el inmortal autor de Orlando furioso.

ORLANDO FURIOSO.

CANTO PRIMERO.

Huye Angélica sola, mientras Reinaldo procura alcanzar á su fiel caballo que se le ha escapado.—Encendido este guerrero en ira y en amor, ataca al orgulloso Ferragús.—Este pronuncia un nuevo juramento, más terminante que el primero con respecto á apoderarse de un casco.—El Rey de Circasia encuentra con alegría á su amada, y Reinaldo estorba la realizacion de sus planes.

Canto la galantería, las damas, los caballeros, las armas, los amores y las arriesgadas empresas del tiempo en que los moros atravesaron el mar de África é hicieron grandes estragos en Francia, imitando el impetuoso y juvenil ardor de su rey Agramante, el cual se jactaba de vengar la muerte de Trojan en la persona de Carlos, emperador de romanos.

Con respecto á Orlando, referiré cosas que jamás se han dicho en prosa ni en verso; manifestaré cómo se convirtió en un loco furioso aquel hombre tenido siempre como modelo de cordura: ojalá que aquella por quien me falta poco para verme en tal estado, segun lo que va amortiguando mi escaso ingenio, me conceda el suficiente para llevar á cabo lo que prometo.

Y vos, ¡oh Hipólito!, generoso descendiente de Hércules, ornato y esplendor de nuestro siglo, dignaos acoger complaciente este trabajo, única muestra de agradecimiento que le es dable ofreceros á vuestro humilde súbdito. Con mis palabras ó mis escritos puedo solamente pagaros lo que os debo: corto es su valor, pero os aseguro que con ellos os doy todo cuanto me es posible daros.

Entre los esclarecidos héroes que me propongo celebrar en mis versos, oireis recordar á aquel Rugiero, que fué el antiguo tronco de vuestra ilustre familia. Escuchareis el relato de su preclaro valor y memorables hazañas, si os dignais prestarme atencion, y si mis versos logran ocupar un lugar entre vuestros elevados pensamientos.

Enamorado Orlando, largo tiempo hacía, de la bella Angélica, habia alcanzado por causa de esta infinitos é inmortales laureles en la India, en la Media y en la Tartaria. Con ella habia regresado al Occidente, y llegado al pié de los elevados Pirineos, donde las huestes reunidas en Francia y Alemania, esperaban al rey Cárlos para emprender la campaña contra los reyes Marsilio y Agramante, á quienes se proponian hacer arrepentir de su loca arrogancia por haber traido del África, el primero, cuantos hombres eran aptos para llevar las armas, y haber aprestado el segundo todos sus soldados que á la sazon dominaban en España, para destruir el hermoso reino de Francia.

Orlando se presentó oportunamente en aquel lugar; pero pronto se arrepintió de su llegada, pues al poco tiempo le fué robada su dama: ¡tan sujeta está al error la inteligencia humana! Aquella mujer por quien habia tenido que sostener tantos combates desde las costas orientales á las occidentales, fuéle arrebatada cuando se hallaba en su patria, entre sus amigos, y sin poder requerir la espada para impedirlo. El prudente emperador, queriendo prevenir mayores males, fué quien la hizo desaparecer; pues habiéndose originado poco antes una viva disension entre el conde Orlando y su primo Reinaldo, llevados ambos de un apasionado y ardiente amor hácia la extraordinaria belleza de Angélica, disgustóse Cárlos en alto grado por tal querella, cuyo efecto inmediato era el de que se debilitase la ayuda que pudieran prestarle ambos paladines; y se apoderó de la doncella, entregándola al duque de Baviera, y prometiéndola como recompensa á aquel de los dos que matara por su mano mayor número de infieles y más se distinguiera en la batalla que se preparaba.

El éxito, sin embargo, fué contrario á sus deseos; pues habiendo sido derrotados y puestos en fuga los cristianos, cayó el Duque prisionero juntamente con muchos de los suyos, y quedó abandonada su tienda de campaña. Angélica, previendo que la Fortuna se mostraria aquel dia adversa á los soldados de Cristo, habia montado á caballo, poco antes de trabarse la batalla, y huyó cuando vió el giro que esta tomaba.

Entró en un bosque, y en uno de sus estrechos senderos divisó á un caballero que, á pié, cubierto con su coraza, puesto el casco, con la espada al cinto y embrazado el escudo, corria por la floresta más ligero que el aldeano que medio desnudo disputa el premio de la carrera. La tímida pastorcilla que tropieza con una serpiente cruel no huye más veloz de lo que Angélica revolvió su corcel al ver al guerrero que hácia ella se dirigia.

Este era el paladin gallardo, hijo de Amon, señor de Montauban, á quien por un extraño suceso se le habia escapado su caballo Bayardo. En cuanto fijó sus miradas en la jóven y pudo distinguir, aunque desde léjos, su bello y angelical semblante, quedó preso en las redes del amor. La doncella volvió las riendas á su palafren y lo lanzó á toda brida por la espesura de la selva, sin seguir un camino determinado. Pálida, temblorosa, y sin ser dueña de sí misma, dejó al instinto del caballo la eleccion del sendero, y despues de dar infinitas vueltas por la selva, en todas direcciones, llegó al fin á la orilla de un rio.

Cubierto de sudor y lleno de polvo encontrábase en el mismo sitio Ferragús, atormentado por la sed y el cansancio despues de la batalla: á pesar suyo, se veia detenido allí; pues en la precipitacion por refrescar su ardorosa garganta, habia dejado caer el yelmo en el agua, y hacia desesperados esfuerzos por recobrarlo.

La atemorizada doncella llegaba á escape y gritando con todas sus fuerzas: el sarraceno, al oir sus voces, saltó á la orilla, contempló un momento á la jóven, y á pesar de su palidez y turbacion, y de hacer mucho tiempo que no la habia visto, conoció bien pronto que era la hermosa Angélica la que se aproximaba.

Enamorado sin duda de ella, como los dos primos, y lleno de galantería, le prestó todo el auxilio que le fué posible, y sin cuidarse de que el yelmo no resguardaba su cabeza, tiró de la espada, y corrió amenazador hacia Reinaldo, á quien no intimidaba su feroz aspecto: ambos se habian encontrado ya muchas veces frente á frente, y ambos conocian tambien el temple de sus armas. Trabóse entre ellos un combate cruel, á pié y desnudos los aceros, descargándose recíprocamente tan terribles golpes, que no ya las corazas ni las delgadas mallas, sino ni aun los más fuertes yunques los resistirian. Pero, en tanto que los dos combatientes procuraban herirse, el caballo de Angélica necesitó valerse de todo su instinto; pues la jóven, aguijándole cuanto le era posible, lo lanzó á todo escape por el bosque y por el campo.

Cansados los dos guerreros de procurar aunque en vano derribarse el uno al otro, y de emplear todo su valor y destreza, que era igual en ambos, para alcanzar la victoria, el Señor de Montauban, en cuyo corazon ardia de tal modo el fuego del amor, que lo ocupaba por completo, se dirigió al sarraceno, diciéndole:

—Crees ofenderme á mí solo, y sin embargo ahora te estás tambien perjudicando: si combatimos porque los rayos refulgentes de ese nuevo Sol te han abrasado el pecho, ¿qué consigues con detenerme aquí? Aun cuando logres someterme ó darme la muerte, no por eso será tuya aquella doncella; pues mientras nosotros perdemos aquí el tiempo, ella huye precipitadamente. ¡Cuánto mejor seria, si es que la amas, que la alcancemos en su camino, y procuremos detenerla antes de que se aleje más! Cuando la tengamos en nuestro poder, entonces el acero decidirá á quién ha de pertenecer: de lo contrario, y despues de un prolongado combate, solo resultará perjuicio para entrambos.

Aceptó el infiel esta proposicion, y quedó aplazado el desafío. Establecióse por el momento entre ellos una tregua inusitada, llegando á olvidar sus iras y rencores hasta tal extremo, que el pagano, al apartarse de aquella fresca corriente, no consintió que fuera á pié el buen hijo de Amon; y habiendo conseguido despues de varias súplicas que montara á la grupa de su caballo, se dirigieron en seguimiento de Angélica.

¡Oh extraordinaria bondad de los caballeros antiguos! Ambos eran rivales, de diferentes creencias; aun se resentia todo su cuerpo del rigor de los golpes que acababan de darse, y sin embargo, atravesaron juntos y sin mútua desconfianza los tortuosos senderos de aquella selva oscura. El corcel, hostigado por las aceradas puntas de cuatro acicates, llegó velozmente á un sitio donde se bifurcaba el camino. Vacilantes, por ignorar el que habria seguido la doncella, pues en las dos sendas se veian huellas recientes y parecidas, se entregaron al acaso; Reinaldo siguió por una, y el sarraceno por la otra. Despues de haber dado Ferragús muchas vueltas por el bosque, fué á parar al mismo sitio de donde habia partido, y encontróse junto al rio en que habia perdido su casco. Desesperando de alcanzar á la doncella, dedicóse á buscarlo, y con este objeto se metió en el agua; pero estaba aquel tan enterrado en la arena, que necesitaba emplear muchos esfuerzos antes de recobrarlo.

Valiéndose de una larga rama, despojada de hojas, que habia arrancado de un álamo, empezó á sondear el rio y á reconocer su lecho minuciosamente. Profundamente irritado estaba ya al considerar la inutilidad de sus esfuerzos y su prolongada permanencia en aquel sitio, cuando vió que sacaba el cuerpo fuera del rio, y hasta el pecho solamente, un caballero, de feroz aspecto, y armado completamente, aunque con la cabeza descubierta, el cual sostenia en su diestra mano el mismo casco que por tanto tiempo habia buscado Ferragús infructuosamente.

Con ademan airado, le dirigió la palabra en estos términos:

—¡Infame, hombre sin fé! ¿por qué te pesa tanto dejar aquí este yelmo, que há tiempo debiste haberme devuelto? Acuérdate, infiel, de cuando diste muerte al hermano de Angélica: ese soy yo. Recuerda que me prometiste arrojar al rio mis armas y mi casco. No te turbes, pues, porque la suerte haya cumplido mis deseos, ya que tú no has querido cumplirlos; tu turbacion ha de causarla más bien tu falta de fé y lealtad. Ya que tanto deseas poseer un casco bien templado, procura adquirir otro, pero con honor: el paladin Orlando tiene uno; otro, y quizá mejor, posee Reinaldo: el uno fué de Almonte; el otro de Mambrino. Conquista cualquiera de ellos con tu valor: en cuanto á este, ya que has prometido dejármelo, harás bien en renunciar á él.

Al aparecer repentinamente fuera del agua aquella sombra, cambióse el color del semblante del sarraceno y se le erizaron los cabellos, expirando además las palabras en sus labios. Pero cuando oyó la voz de Argalía (que así se llamaba) á quien habia dado allí mismo la muerte, reconvenirle de semejante modo por su deslealtad, se sintió abrasado por la ira al par que por el rubor. Permaneció silencioso, sin ánimo ni tiempo para procurar excusarse, por lo mismo que reconocia que era verdad cuanto le habia dicho; pero tanto pudo en él la vergüenza, que juró por la vida de Lanfusa[1] no cubrir su cabeza con más casco que con el que arrancó Orlando en Aspromonte al feroz Almonte, y observó mejor este juramento que el anterior. Tan pesaroso se alejó de aquel sitio, que durante muchos dias no pudo apartar aquella escena de su memoria, ni dedicarse á otra cosa más que á buscar, aunque en vano, al paladin por todos los sitios donde suponia encontrarlo.

No habia andado mucho Reinaldo al separarse del sarraceno, cuando vió á su caballo saltar delante de él.—Detente, detente, Bayardo mio, exclama el caballero, que me perjudica mucho encontrarme sin tí!—Pero el corcel, sordo á tales voces, no solo no obedecia á su amo, sino que huia con mayor velocidad; y Reinaldo, inflamado de corage, echó á correr en pos de él.

Pero volvamos á la fugitiva Angélica que, vagando por selvas espantosas y sombrías, atravesando sitios deshabitados, yermos y salvajes, de tal temor estaba poseida, que el más leve movimiento de las hojas ó de las ramas, cualquier sombra que veia en el monte ó en el valle, le parecia que era Reinaldo que iba en su seguimiento. Cual tierno gamo ó jóven cervatilla, que al ver á su madre, entre la enramada del bosquecillo que le sirve de guarida, con los hijares desgarrados por los dientes del feroz leopardo, huye de selva en selva ante la terrible fiera, temblando de pavor y creyendo que todo, hasta el arbusto con que tropieza, es el fiero animal que abre la boca para devorarla, así Angélica volaba despavorida durante la noche y la mitad del siguiente dia, sin saber adonde dirigir sus pasos: al fin encontróse en un embalsamado bosquecillo, blandamente oreado por el fresco céfiro. Dos claros arroyuelos, murmurando en torno suyo, mantenian tierna y siempre nueva la verdura de aquel agradable sitio, y halagaba suavemente al oido el rumor del agua al correr lentamente entre las guijas. Creyéndose allí en completa seguridad y muy léjos de Reinaldo, determinó reponerse algun tanto del cansancio producido por su precipitada carrera y por un calor abrasador. Apeóse entre las flores; y quitando la brida al palafren, le dejó en libertad de pacer la fresca yerba en que abundaban las claras márgenes de aquellos arroyuelos.

No léjos de aquel sitio divisó una espesura de floridos espinos y de encarnadas rosas, que se reflejaban en el espejo de las movibles ondas y estaban preservados de los rigores del Sol por la sombra de altas y pobladas encinas: bajo aquella verde bóveda, que ofrecia un oculto al par que fresco retiro con sus ramas espesas y entrelazadas, donde el Sol no entra, y donde tampoco podia penetrar la mirada humana, habia un lecho de verde musgo que convidaba al reposo. La hermosa jóven se dirigió á él, y se entregó confiada á un sueño reparador; pero apenas lo habia conciliado, cuando le pareció oir las pisadas de un caballo: levantóse silenciosa y vió á un caballero armado, que estaba junto al rio. Ignorando si era amigo ó enemigo, su corazon palpitaba entre el temor y la esperanza, y se decidió á esperar el fin de aquella aventura, conteniendo en lo posible su respiracion para no ser descubierta.

El caballero se sentó á la orilla del rio, y apoyando su cabeza en una mano, cayó en tan profunda meditacion, que parecia convertido en mármol. Más de una hora permaneció inmóvil y entregado á sus pensamientos; despues con tono aflijido y lastimero prorumpió en tan suaves quejas, que hubiera conmovido á las piedras ó ablandado á las fieras. Surcaba sus mejillas el llanto entrecortado por los suspiros, y su pecho parecia abrasado como un volcan.

—¡Oh pensamiento, que hielas y abrasas alternativamente mi corazon, decia, y eres causa del dolor que continuamente le oprime! ¿qué debo hacer puesto que he llegado tarde y otro se ha anticipado á coger el fruto? Apenas he conseguido una palabra ó una mirada, mientras que otro ha alcanzado los más preciados tesoros. Si para mí no hay ya frutos ni flores, ¿por qué he de atormentar inútilmente mi corazon?... La doncella es como la rosa, que mientras descansa sola y segura en un bello jardin sobre su espinoso tallo, no se le acerca ni el pastor ni el ganado: el aura suave, el alba sonrosada, el agua, la tierra, todo la favorece. Los amantes y las jóvenes enamoradas gustan de adornar con ella su pecho ó su cabeza; pero en cuanto se la arranca del materno tallo y de su verde tronco, pierde todo el favor, gracia y belleza que le concedieran el cielo y los hombres. Del mismo modo la doncella, privada por un amante de esa flor que debe tener en más que la hermosura de sus ojos y que su propia vida, pierde el favor de los demás amantes. Sea pues despreciable á los ojos de los otros, por más que la ame entrañablemente aquel á quien se entregó. ¡Ah fortuna cruel y despiadada! Triunfan los demás, mientras yo muero de despecho. ¿Y podrá suceder que deje de amarla? ¡Ah, prefiero morir antes que olvidarla!

Aquel guerrero que aumentaba con sus lágrimas el caudal del rio, era el enamorado Sacripante, rey de Circasia. La causa de su amarga pena consistia en el amor que profesaba á Angélica, de quien fué bien pronto reconocido. Llevado de sus amorosos deseos habia pasado desde Oriente á Occidente; en la India supo con gran dolor que la jóven habia seguido á Orlando hácia Europa; en Francia tuvo noticia de que el Emperador se habia apoderado de ella y la habia prometido en premio á aquel que más servicios prestara á la causa de las doradas lises. Sacripante se presentó en el campo de batalla, tuvo ocasion de contemplar la derrota de los cristianos, y despues procuró descubrir las huellas de Angélica, cosa que aun no habia podido conseguir. Tal es la triste causa que en su amoroso desvarío ocasiona su tristeza, obligándole á lamentarse y á prorumpir en quejas, que serian capaces de detener al Sol en su carrera.

En tanto que el guerrero se entregaba á su quebranto y derramaba torrentes de lágrimas, quiso su buena suerte que llegáran sus lamentos á oidos de Angélica, y aquel instante inesperado fué para él más favorable que mil años de afanosa espectativa. La hermosa estuvo atenta á las palabras, al llanto y á los movimientos del que le consagraba ferviente amor; no era ciertamente aquella la primera vez que escuchaba tales quejas, pero jamás pudieron conmover su duro y helado corazon, como sucede al que desdeña á sus semejantes por no encontrar á ninguno digno de él. Pero viéndose entonces sola y en medio de los bosques, juzgó que Sacripante podia servirle de guia fiel; pues muy obstinado es el mortal que, próximo á ahogarse, no demanda socorro. Dejando escapar aquella oportunidad, le seria difícil encontrar mejor compañía, por lo mismo que en las diferentes y constantes pruebas de amor que aquel rey le habia dado, tuvo ocasion de conocer que era el más leal de sus adoradores. No desistió, sin embargo, de oponerse siempre á sus deseos, ni se proponia inundar de júbilo su corazon y reparar el daño que en él habia causado, concediéndole lo que todo amante anhela; pero sí entretenerle con lijeras esperanzas mientras pudiera serle útil, para volver despues á su frialdad y dureza habituales.

Saliendo, pues, fuera de aquella oculta espesura, se presentó de improviso tan bella y radiante como Diana ó Citerea pudieran presentarse al salir de una selva ó de una oscura cueva; y al mostrarse á Sacripante le dijo:

—La paz sea contigo. Dios proteja contigo nuestra fama, y no consienta que, contra toda razon, formes tan equivocada opinion de mí.

Jamás madre alguna fijó con tanto gozo al par que estupor la vista en el hijo, que habia llorado y tenido por muerto cuando supo que sus compañeros de armas volvian sin él, como contempló el sarraceno la figura, los seductores movimientos y el angélico semblante de aquella que se presentaba de improviso ante sus ojos. Lleno de afecto dulce y amoroso se precipitó hácia su divina señora, la cual le recibió en sus brazos, como tal vez no lo hubiera hecho en el Cathay. En el corazon del guerrero renació la esperanza de volver á ver en breve su palacio, mientras que ella contaba con el apoyo del Rey para regresar al hogar paterno.

Angélica le refirió minuciosamente cuanto le habia acontecido, y cómo desde el dia en que le envió á pedir auxilio en Oriente á Nabateo, rey de los Sericanos, la habia preservado Orlando de la muerte, de la deshonra y de toda clase de peligros; añadiendo que, gracias á él, habia podido conservar su virginidad, y mantenerse tan pura como cuando salió del vientre materno.

Quizás era verdad lo que decia, pero con dificultad lo hubiera creido cualquier hombre dueño de su razon. La de Sacripante, sumida en los más graves errores, dió fácil crédito á las palabras de Angélica; pues el amor hace invisible lo que el hombre vé, al paso que le hace ver lo invisible. La narracion de Angélica fué creída; pues el que es desgraciado cree con facilidad lo que desea.

El rey de Circasia se decia en tanto á sí mismo:

—Si el caballero de Anglante dejó pasar desapercibida neciamente la ocasion oportuna, en su perjuicio redundó: en cuanto á mí, no estoy dispuesto á imitarle; pues si en este momento dejara de aprovecharme del bien que se me concede, me arrepentiria eternamente. Arrancaré inmediatamente esa fresca y pura rosa, que andando el tiempo pudiera marchitarse. Harto sé que por más que una jóven se muestre ya desdeñosa, ya triste ó airada, le es siempre grata una violencia semejante; así es que ni su negativa ni su fingido desdén serán bastantes á impedir que yo realice mis deseos.

Dijo, y cuando se preparaba á llevar á cabo su determinacion, oyó en el bosque vecino un gran rumor que le obligó á pesar suyo á abandonar su temeraria empresa: calóse el yelmo, pues por costumbre antigua iba siempre completamente armado; corrió hácia su caballo, lo enfrenó, se colocó en la silla y empuñó la lanza.

En aquel momento vió llegar un caballero de gallardo al par que altanero continente; blancas cual la nieve eran sus vestiduras y blanco tambien el penacho que se agitaba en su casco. No pudiendo Sacripante soportar la inoportuna aparicion de aquel guerrero, que de tal modo habia estorbado la realizacion de sus deseos, le dirigió una mirada impertinente y provocativa; y apenas estuvo cerca de él, le retó á singular batalla, esperando hacerle morder el polvo. El desconocido, cuyo valor y denuedo no debian desmerecer en nada de los de su contrario, despreció las orgullosas amenazas de este, clavó los acicates en los hijares de su caballo y enristró á su vez la lanza: Sacripante revolvióse entonces furioso, y ambos paladines empezaron á descargarse golpes, procurando herirse en la cabeza. Dos leones ó dos toros irritados que se lanzan fuera de sí uno contra otro, no es posible que se ataquen con tanta violencia como aquellos dos guerreros. A los primeros golpes quedaron atravesados los escudos; el choque fué tan terrible, que hizo retemblar desde la base hasta la cima de los pelados cerros y de los verdes valles: únicamente el fino temple de sus petos pudo resistirlo, resguardando los pechos de ambos campeones. Los caballos por su parte no corrian, sino que saltaban á guisa de carneros; pero el del pagano, á pesar de ser un corcel excelente, cayó en breve muerto, arrastrando en su caida á su señor, á quien cogió debajo: el otro cayó tambien, pero se levantó al sentir en sus hijares la aguda punta del acicate.

El campeon desconocido, viendo tendido á Sacripante bajo su caballo, se dió por satisfecho y no se cuidó de renovar el combate, sino que aflojando la brida á su corcel, se alejó á todo escape; y antes de que el pagano pudiera levantarse, se hallaba casi á una milla de distancia.

Así como el labriego, á quien el fragor de un rayo ha dejado aturdido y tendido en el suelo junto á sus bueyes muertos, se levanta y contempla despojado de todas sus ramas el pino que solia ver desde léjos, del mismo modo se levantó Sacripante teniendo á Angélica por testigo de su triste aventura: gemia y suspiraba, no porque se le hubiera roto ó dislocado algun brazo ó pierna, sino por la vergüenza que sentia y que nunca hasta entonces habia enrojecido tanto su semblante y más aun al considerar que la jóven fué quien hubo de sacarle de debajo del caballo.

Mudo hubiera quedado, segun creo, si ella no le hubiese devuelto la voz y la palabra.

—Señor, exclamó Angélica, no os apesadumbre esa caida, cuya culpa no ha sido vuestra, sino de vuestro caballo, que necesitaba reposo y alimento más bien que un nuevo combate. Además, aquel guerrero no reportará gloria alguna de este encuentro, pues con su rápida desaparicion claramente demuestra, á lo que entiendo, que se ha dado por vencido.

En tanto que de esta manera procuraba consolar al Sarraceno, vieron llegar un mensajero cansado y triste, que traia pendiente de sus hombros una trompa y una bolsa, é iba montado en un mal rocin. Luego que llegó junto á Sacripante, le preguntó si habia visto pasar por aquella selva á un caballero vestido de blanco y con un penacho blanco tambien. Sacripante le respondió:

—Ese guerrero me ha puesto en el estado que puedes ver: ahora mismo acaba de alejarse de aquí; mas como deseo saber quien me ha derribado del caballo, espero que me digas su nombre.

El mensajero contestó:

—Voy á satisfacer tu deseo. Sabe que te lanzó fuera de la silla el esforzado valor de una doncella gallarda, pero

La jóven hubo de sacarle de debajo del caballo.
(Canto I.)

más que gallarda, hermosa: no pretendo ocultarte su nombre, antes bien te diré que la que en un momento te ha quitado todo el honor que hasta ahora has podido adquirir en tus combates, se llama Bradamante.

Dichas estas palabras, se alejó el mensajero á rienda suelta, dejando tan abatido al Sarraceno, que no supo qué decir ni qué hacer, abrasado como se hallaba por el fuego de la vergüenza. Cuanto más pensaba en su derrota, y en que esta la habia causado una mujer, más vivo era su dolor. Sin pronunciar una palabra montó en el otro corcel, colocó á Angélica en la grupa y se alejó, difiriendo el logro de sus planes para ocasion y sitio más tranquilos.

Aun no habian andado dos millas, cuando oyeron resonar en la selva que les rodeaba un rumor tal, que no parecia sino que temblaba la floresta, apareciendo poco despues un gran caballo adornado con ricos paramentos de oro. El hermoso bruto saltaba riscos y matorrales, arrastrando en su veloz carrera cuanto se oponia á su paso.

—Si el intrincado ramaje de este bosque y su poca claridad no engañan mi vista, dijo la doncella, creo que es Bayardo ese corcel que con tanto estrépito se abre camino al través de la arboleda: y en efecto, es Bayardo; lo reconozco. ¡Ah, cuán oportunamente llega para utilizarnos de él y aliviar á nuestra cabalgadura del doble peso que ahora soporta!

Desmontó el circasiano, y acercóse á Bayardo creyendo poder sujetarle; pero el caballo, dando una vuelta rápida, despidió un par de coces, que de haber alcanzado al caballero, lo hubiera pasado mal, pues las tiró con tal fuerza, que habria hecho pedazos una montaña de bronce. En seguida, saltando como un perro que vuelve á ver á su amo despues de algunos dias de ausencia, se acercó manso y humilde á la doncella, recordando sin duda los cuidados que le habia prodigado en Albraca, cuando Angélica amaba á Reinaldo. La jóven cojió las riendas con la mano izquierda, y con la derecha acarició el cuello y el pecho del soberbio animal, que dotado de un instinto maravilloso, se sometia á ella como un corderillo. Sacripante aprovechó entonces este momento; saltó sobre Bayardo, y oprimiéndole con fuerza los lomos, consiguió sujetarle: la doncella, por su parte, dejó la grupa y se colocó en la silla de su aliviado caballo.

Mas al volver al acaso la vista atrás, divisó un guerrero á pié y cuyas armas resonaban fuertemente: encendida en ira y despecho reconoció en él al hijo del duque Amon; que la amaba y deseaba más que á su vida, al paso que ella le odiaba y huia de él más que la paloma del halcon: en otro tiempo, sin embargo, amó apasionadamente á Reinaldo, mientras que él la aborrecia más que á la muerte; ahora hánse trocado los papeles. Tal cambio lo han causado dos fuentes cuyas aguas producen diferentes efectos; ambas corren en las Ardenas, inmediata la una á la otra; una llena el corazon de amorosos deseos; la otra los extingue, y torna en hielo el primitivo ardor. Reinaldo bebió de una, y el amor le abrasaba: Angélica de la otra; y le odiaba y huia de él.

Aquel licor saturado de misterioso veneno, que trueca en odio el cariño, hizo que los ojos de la doncella perdieran su brillo y serenidad, y que con acongojado semblante y temblorosa voz suplicase á Sacripante que huyera, sin dar lugar á que se acercase más aquel guerrero.

—¿Tan miserable soy á vuestros ojos, exclamó el Sarraceno, y tan inútil me creeis, que no pueda ampararos como debo? ¿Habeis dado ya al olvido las batallas de Albraca, y aquella noche en que, solo y apenas armado, contuve por salvaros á Agrican y todo su ejército?

Calló indecisa la jóven. Reinaldo en tanto íbase acercando, y prorumpió en amenazas contra el Sarraceno luego que conoció su caballo, y sobre todo cuando pudo distinguir el semblante angelical de la mujer que habia inflamado su corazon.

Lo que sucedió entre los dos soberbios rivales servirá de materia para el canto siguiente.

CANTO II.

Un ermitaño, valiéndose de fingidos mensajeros, hace que los dos rivales suspendan el combate.—Reinaldo acude donde le llama el Amor, pero el emperador Carlos le envia á Inglaterra.—Buscando la atrevida Bradamante á su amado Rugiero, encuentra en su lugar al traidor Pinabel de Maguncia, por quien casi perece sepultada.

¡Oh injustisimo amor! ¿Por qué te muestras tan avaro en hacer que simpaticen nuestros deseos? ¿Por qué te complace ¡oh pérfido! la desunion de dos corazones? ¿Por qué en vez de permitirnos ir por el vado fácil y tranquilo, nos arrastras á los abismos más profundos? ¿Por qué, en fin, me separas de la que me ama, mientras me obligas á amar á la que me aborrece?

Haces que Reinaldo adore la belleza de Angélica, cuando á la jóven le parece el guerrero odioso y desagradable; al paso que cuando ella le amaba y él era agradable á sus ojos, llevó hasta el último límite su despego hácia la doncella. Reinaldo se aflige ahora y se desespera en vano; pues Angélica le odia de tal modo, que preferiria la muerte á su amor.

Reinaldo dirigióse al Sarraceno con gran arrogancia, diciéndole:

—Ladron, baja de mi caballo, pues no puedo sufrir que me arrebaten lo que es mio, ni al que á tanto se atreve, deja de costarle caro. Tambien intento apoderarme de esa dama, pues vergüenza seria dejarla en tu poder: tan hermosa doncella y caballo tan perfecto no son dignos de un ladron como tú.

—Mientes, replica el Sarraceno con igual arrogancia: el dictado de ladron se te podria aplicar con más verdad que á mí, á juzgar por lo que de tí dice la fama. Pronto se verá quien de ambos es más digno de la dama y del corcel; si bien, en cuanto á ella, convengo contigo que no hay en el mundo nada que pueda comparársele.

Y cual dos furiosos canes que, impulsados por el odio ó por la envidia, se acercan uno á otro rechinando los dientes, con ojos centelleantes y más encendidos que las brasas y erizado el pelo, hasta que llegan á morderse con rabia, así el de Circasia y el de Claramonte se acometen furiosos, pasando de las injurias á las estocadas. Hallándose á pié el uno y á caballo el otro, cualquiera creeria que la ventaja estaba de parte del Sarraceno; pero no sucedió así, pues el corcel que montaba se negaba por instinto natural á ir en contra de su amo Reinaldo: así es que por más que Sacripante se valia del freno ó del acicate, no conseguia dirigirlo á su voluntad. Ora retrocedia si queria hacerlo avanzar, y ora avanzaba si deseaba detenerlo; ya bajando la cabeza despedia coces, ya por fin se encabritaba receloso. Conociendo el Sarraceno que aquella no era la ocasion más á propósito para domar su fiereza, se apeó de él con rapidez.

En cuanto el pagano se vió libre de la obstinada furia de Bayardo, trabóse entre ambos caballeros un combate digno de su denuedo, y empezaron á chocar en todas direcciones los aceros con tal fuerza y rapidez, que no podian comparárseles los martillos con que se forjaban en la ennegrecida caverna de Vulcano los rayos de Júpiter. Con sus diferentes acometidas, golpes y ataques falsos demostraban claramente su maestría en el manejo de las armas; ora se les veia erguidos, ora inclinados; ora cubriéndose, ora mostrándose á pecho descubierto; adelantarse unas veces y retirarse otras; dar vueltas en torno del lugar del combate y ocupar rápidamente uno de los combatientes el terreno perdido por el otro.

Reinaldo descargó una terrible cuchillada sobre Sacripante; pero este la paró con su escudo, que era de hueso, forrado de una excelente plancha de acero. A pesar de su espesor, quedó partido; el ruido del golpe resonó por todos los ámbitos de la selva; volaron hechos pedazos cual si cristales fueran el hueso y el acero, y el Sarraceno quedó con el brazo impedido por la violencia del golpe.

Cuando vió la temerosa doncella el estrago causado por aquel golpe, palideció de terror, como el reo que se aproxima al patibulo; y reflexionando que no debia perder tiempo, si no queria caer en manos de aquel Reinaldo á quien tanto aborrecia y que tanto la adoraba, volvió las riendas á su caballo y lo lanzó por un estrecho y áspero sendero, no sin volver la cabeza repetidas veces pareciéndole que Reinaldo la perseguia.

No se habia alejado gran trecho, cuando en un valle tropezó con un ermitaño de venerable y piadoso aspecto, cuya barba blanca le llegaba á la cintura. Extenuado por los años y los ayunos, venia caballero en un pausado jumento: al contemplarle podia creerse que su conciencia era la más escrupulosa y estrecha que tuviera ser humano. Sin embargo, cuando el ermitaño se fijó en el rostro delicado de la doncella que se le acercaba, no pudo menos de conmoverse caritativamente á pesar de su debilidad y extenuacion. La jóven le preguntó por el camino que más directamente la condujese á un puerto de mar, pues deseaba ausentarse de Francia para no volver á oir siquiera el nombre de Reinaldo. El hermanito, que era nigromante, procuró reanimar á la abatida dama, ofreciéndole apartarla de todo peligro; despues, metiendo la mano en sus alforjas, sacó de ellas un libro, y apenas hubo acabado de leer la primera página, cuando un espíritu, disfrazado en forma de criado, apareció poniéndose á sus órdenes.

Obligado por los conjuros del anciano, alejóse el espíritu, y se dirigió al sitio donde se hallaban los dos campeones frente á frente; lanzóse en medio de ellos audazmente y les dijo:

—¿Quereis decirme, por favor, qué ventaja reportará aquel de vosotros que salga vivo de este combate, con haber muerto á su enemigo? ¿Qué mérito, qué recompensa tendrán vuestros esfuerzos, una vez terminada la lucha, cuando el conde Orlando, sin riesgo ni peligro alguno, y sin sacar rota una sola malla de su cota, conduce hácia Paris á la doncella, causa de vuestra terrible pelea? A cosa de una milla de aquí he encontrado á Orlando, que se dirigia á Paris con Angélica, riéndose ambos de vosotros y motejándoos porque os mateis sin resultado alguno. Mejor haríais en seguir sus huellas antes que se alejen más; pues si Orlando logra llegar á Paris con ella, jamás volvereis á verla.

Al oir estas palabras, confusos y turbados quedaron ambos caballeros, y echándose á sí mismos en cara su lijereza y poco seso por haber dado lugar á que un rival más afortunado se burlara de ellos: el buen Reinaldo, acercándose á su caballo, juró lleno de despecho y de furor, y entre abrasados suspiros, atravesar el corazon de Orlando si llegaba á alcanzarle. Saltó sobre Bayardo, y lo hizo partir á galope, sin cuidarse de su adversario, á quien abandonó desmontado en medio del bosque, sin despedirse de él ni invitarle siquiera á que montara en la grupa. El animoso caballo, hostigado por su señor, arrolló cuanto se opuso á su paso, no siendo bastantes á detenerle en su carrera, ni las zanjas, ni los rios, ni las zarzas, ni los peñascos.

No quiero, Señor, que os parezca extraña la facilidad con que Reinaldo se ha apoderado ahora de su corcel, despues de haberlo perseguido en vano muchos dias sin poder coger una sola rienda. Si aquel caballo, que estaba dotado de una gran inteligencia, habia corrido tanto trecho huyendo de su amo, no fué por mero capricho ó por resabio, sino por guiarle hácia donde se encontraba su dama. Cuando Angélica se escapó de la tienda de campaña, aquel excelente corcel, que á la sazon se hallaba suelto, por haberse apeado de él Reinaldo para combatir con un guerrero no menos valeroso que él, siguió desde léjos sus huellas, deseoso de contribuir á que la encontrara su dueño. Así fué que tras ella se metió por aquel gran bosque sin permitir que Reinaldo lo montase, no fuera que le hiciese tomar otro camino. Por dos veces y merced á él encontró Reinaldo á la doncella, aunque sin éxito; la primera se interpuso Ferragús; la segunda el rey de Circasia. Dando ahora crédito Bayardo á aquel demonio que comunicó á su señor la falsa noticia del viaje emprendido por Angélica, permaneció tranquilo y sumiso á su voluntad.

Reinaldo, ardiendo en ira y amor, le lanzó á toda brida hácia Paris, y tal volaba su deseo, que no ya su caballo, sino hasta el viento le pareceria poco rápido. Prestando entera fé á las palabras del mensajero del astuto nigromante, no daba treguas de dia ni de noche á su desalentada carrera, en la esperanza de encontrar al señor de Anglante; y tal era su precipitacion, que pronto divisó la ciudad donde el rey Cárlos habia reunido los restos de su roto y dispersado ejército. Esperando estaba el monarca que el rey de África le presentase una nueva batalla, ó pusiera cerco á la ciudad; y ante semejante alternativa procura solícito reunir bajo sus banderas lo más escogido de sus generales, y ordena que se hagan abundantes provisiones de víveres, que se abran anchos fosos, que se reparen los muros con objeto de prolongar la resistencia, y atiende por fin á todo cuidadosamente, sin darse punto de reposo y sin diferir nada. Piensa enviar á Inglaterra un mensajero, con objeto de solicitar refuerzos que le permitan formar un nuevo campamento, pues desea salir otra vez á campaña y volver á probar la suerte de la guerra. Poniendo por obra su determinacion, elige á Reinaldo para que pase inmediatamente á Bretaña, á aquella region que despues se llamó Inglaterra[2]. Este viaje desagrada al paladin, no porque sintiera odio hácia aquel país, sino porque siendo la voluntad del Emperador que parta inmediatamente, apenas le concede un dia de reposo: sin embargo, á pesar de que en su vida hizo cosa alguna con menos voluntad que aquel viaje, por cuanto le impedia continuar sus pesquisas en busca de su amada, obedeció las órdenes de Cárlos, y emprendió la marcha con tal celeridad, que á las pocas horas llegó á Calais, en cuyo puerto se embarcó el mismo dia de su llegada.

Contra el parecer y la voluntad dé todos los marinos, y escuchando solamente la imperiosa voz de su corazon que le excitaba á dar pronto la vuelta, se hizo á la mar en ocasion en que esta estaba furiosamente alborotada y amenazando una fuerte borrasca. El viento, indignado por el desprecio que de él hacia el arrogante guerrero, suscitó en torno del bajel la tempestad que se esperaba, levantando con tal rabia montañas de espumosas olas, que llegaban hasta las gabias. Los expertos marinos arrian precipitadamente las velas mayores, y se preparan á virar poniendo la proa al puerto de donde en mal hora habian zarpado; mas el viento, como si pareciera decir: «es preciso que yo castigue la libertad que os habeis tomado,» sopla y ruge con más fuerza, amenazándoles con naufragar en el caso de que intentaran seguir un derrotero distinto del que él les marcaba con sus embates. Aumentando sin cesar en intensidad, ataca á la débil embarcacion tan pronto por la popa como por la proa; mientras que los marineros maniobrando acá y allá van corriendo la tempestad. Pero como para la obra que he emprendido, necesito urdir varios hilos y diferentes telas, dejo á Reinaldo y á su combatida nave, y vuelvo á ocuparme de su Bradamante.

Hablo de aquella ínclita doncella que derribó del caballo á Sacripante. Hija del duque Amon y de Beatriz, y hermana de Reinaldo, su valor y audacia, comparables á los de su hermano, no eran menos apreciables que los de este para Cárlos y para toda la Francia. La amaba ardientemente un caballero que pasó desde el África con el ejército de Agramante, el cual era hijo de Rugiero y de la desgraciada hija de Agolante. La jóven, cuyos sentimientos é instintos no eran los de una fiera, no se mostró con él desdeñosa; pero la caprichosa fortuna les impidió tener más de una entrevista. Por esta razon iba Bradamante buscando á su amante, llamado tambien Rugiero como su padre, y á pesar de emprender esta excursion completamente sola, tan tranquila caminaba como si llevara en pos de sí una fuerte escolta.

Despues que hubo obligado al rey de Circasia á herir con su cuerpo el rostro de la antigua madre, la tierra, atravesó un bosque y un monte, hasta llegar á una hermosa fuente, que serpenteaba por en medio de una pradera rodeada de árboles seculares que le prestaban grata sombra: el dulce murmullo de las cristalinas aguas convidaba á los viandantes á apagar en ellas su sed, y lo apacible del lugar, resguardado además del calor del mediodia por una colina que se elevaba hácia la izquierda, á disfrutar algunos momentos de reposo.

Al llegar Bradamante á aquel sitio, echó de ver que á la sombra de un bosquecillo y en la márgen verde, blanca, sonrosada y amarilla del líquido cristal estaba sentado un caballero, pensativo, mudo y solitario. No léjos de él, pendian su escudo y su almete de una haya, á cuyo tronco estaba atado su caballo. En los ojos del desconocido podian verse las huellas del llanto, y su inclinado semblante parecia melancólico y dolorido.

Ese deseo, innato en el corazon humano, que nos impulsa á averiguar las vicisitudes de los demás, hizo que la doncella preguntara á aquel caballero las causas de su dolor. Conmovido él por la cortesía con que se le dirigiera semejante pregunta, bastándole una sola mirada para apreciar el talante altivo de la dama en quien supuso un gallardo guerrero,

Bradamante encuentra á Pinabel de Maguncia.
(Canto II.)

le confió la historia de sus cuitas, expresándose en estos términos:

—Iba yo al frente de unos cuantos ginetes y peones, conduciéndoles al campo donde Cárlos esperaba á Marsilio para disputarle el paso de las montañas, llevando además en mi compañía una hermosa jóven á quien amaba con ardorosa pasion, cuando cerca de Rodona encontré á un caballero armado, ginete en un caballo alado. No bien aquel ladron, que ignoro si es un ser mortal ó un horrible aborto del Infierno, hubo contemplado mi hermosa é inolvidable dama, se precipitó hácia nosotros como el halcon que se lanza sobre su presa, y en un momento se apoderó de ella, cogiéndome tan desprevenido, que me apercibí de su accion cuando ya mi dama volaba por el espacio lanzando penetrantes gritos. No de otra suerte arrebata el rapaz milano al mísero polluelo del lado de su madre, que en vano se lamenta despues de su imprevision, y le llama y le grita en vano. En cuanto á mí, me fué imposible seguir por los aires al raptor: hallábame encerrado entre montañas, al pié de una roca elevada, y con mi caballo tan fatigado, que apenas podia caminar por aquel terreno escabroso y lleno de fatigosas peñas. Habria preferido entonces que me hubieran arrancado el corazon: así es que, pensando solamente en mi desgracia, abandoné sin jefe y sin guia á mis soldados, y emprendí al través de aquellos riscos el camino que Amor me designaba, y hácia donde me parecia que aquel bandido habia de llevar consigo mi paz, mi consuelo y mi vida.

»Durante seis dias enteros anduve por simas y pendientes horrendas, donde no habia vestigio alguno de camino ni sendero y donde jamás se habia impreso la huella de planta humana, hasta que llegué á un valle inculto y salvaje, rodeado de ásperas montañas y cavernas espantosas, y en medio del cual se alzaba una escarpada roca sirviendo de base á un castillo de excelente construccion y maravillosamente bello. Brillaba desde léjos cual fúlgida llama; sus murallas, segun pude comprender al acercarme, no estaban hechas ni de mármol ni de ladrillo; el conjunto en general me pareció admirable. Despues he sabido que los demonios, obligados por ciertos conjuros y palabras mágicas, habian amurallado aquel sitio de acero forjado en el fuego del Infierno y templado en las aguas de la laguna Estigia: así es que cada torre centellea con el brillo del acero no empañado por el moho ni por mancha alguna.

»En aquel castillo habita un feroz bandido, que recorre el país dia y noche, apoderándose de cuanto le viene en mientes, sin que ningun obstáculo sea capaz de detenerle, y sin que hagan mella en él las maldiciones ni los lamentos de sus víctimas. Allí ha ido á parar la señora de mi corazon, á quien pierdo la esperanza de recobrar. ¡Desventurado de mí! ¿Qué otra cosa puedo yo hacer más que contemplar desde léjos el peñasco donde se encierra mi bien, semejante á la raposa, que al oir los gritos de su hijuelo colocado en el alto nido del águila, da vueltas en torno de él, sin saber qué partido tomar? Tan elevado es aquel peñasco, tan fuerte el castillo, que únicamente las aves pueden llegar hasta él.

»Mientras permnanecia como petrificado en aquel sitio, ví llegar dos caballeros guiados por un enano, que á mi deseo dieron esperanzas; pero bien pronto conocí que uno y otras eran en vano. El uno de ellos era Gradaso, rey de Sericania; el otro Rugiero, jóven fuerte, y muy apreciado en la corte de África.

—«Vienen, me dijo el enano, para dar pruebas de su valor contra el señor de aquel castillo, que cabalgando en el cuadrúpedo alado, hace frecuentes excursiones de una manera tan extraña, inusitada y nueva.

—«¡Ah señores! les dije, apiadaos de mi desventura, y si, como espero, salís vencedores, os ruego que me devolvais mi dama.

»Y referíles cómo me fué arrebatada, atestiguando con mi llanto el dolor que me afligia. Me prometieron firmemente su apoyo, y empezaron á bajar por la áspera roca. Yo me preparé á contemplar desde léjos la pelea, rogando á Dios que concediera la victoria á aquellos guerreros. Al pié del castillo habia una planicie reducidísima. Así que ambos llegaron al pié de la elevada roca, se pusieron á tratar de quien habia de ser el primero en combatir, pues cada uno de por sí lo deseaba. Bien fuese por suerte, ó porque á Rugiero no le importase mucho, Gradaso se encargó de desafiar á su adversario, y llevando su bocina á la boca, sacó de ella sonidos tan fuertes que hicieron retemblar al peñasco y la fortaleza. Ábrense de pronto las puertas, y aparece un caballero cubierto con su armadura y montado en el caballo alado. Momentos despues empezó á elevarse, y como las grullas viajeras, que primeramente corren veloces por el suelo y poco á poco van separándose de él, hasta que esparcidas todas por el aire extienden velozmente sus vuelos, del mismo modo el nigromante empezó á agitar las alas remontándose á una altura donde no llegan las águilas. Cuando lo tuvo á bien, revolvió su caballo que replegó las alas y se dirigió verticalmente hácia la tierra, cual suele descender el halcon amaestrado para apoderarse del ánade ó de la paloma. El ginete hiende los aires, enristrada la lanza, con horrible fracaso, y antes de que Gradaso se aperciba de su descenso, se precipita sobre él y le hiere, rompiendo el asta de su lanza; la fuerza del golpe hace doblar las piernas de su hermoso alfana, el mejor y mas gallardo corcel de cuantos han llevado silla. Gradaso quiere herir á su enemigo; sus golpes sin embargo solo hieren el aire, pues el nigromante, sin cesar de agitar sus alas, se habia remontado de nuevo, y repitiendo la diversion anterior, baja otra vez con igual celeridad y cae impetuosamente sobre Rugiero, que mirando atentamente á su compañero, no tuvo tiempo de defenderse. Rugiero esquiva como puede el golpe violento, que hace que su caballo retroceda, y cuando quiso herir á su vez á su enemigo, ya le vió confundido en las nubes.

»El ginete del caballo alado golpea á su antojo y alternativamente á Gradaso y á Rugiero en la frente, en el pecho ó en la espalda, mientras que los dos paladines daban sus botes siempre en vago; porque era tal la rapidez de aquel, que apenas lo veian. Describiendo anchurosos círculos en el espacio, cuando amenazaba á uno, heria al otro, llegando á turbarles la vista y ofuscarles en tales términos, que ya no podian comprender por donde les acometia.

»Aquella lucha entre los dos guerreros, que peleaban desde la tierra, contra otro que desde el cielo acometia, duró hasta la hora en que tendiendo la noche su opaco velo priva de su color á los objetos. Tal como os lo refiero, así ha sucedido, sin que me haya permitido añadir ni un solo detalle: lo ví, lo presencié; y no tengo inconveniente en relatarlo á cualquiera, por más que suceso tan maravilloso parezca increible.

»El aéreo ginete sostenia en el brazo un escudo cubierto con una hermosa tela de seda. No sé cómo pudo tenerlo tapado tanto tiempo, pues por lo que se vió, tenia la propiedad de dejar al que lo mira deslumbrado completamente, y de hacerle caer como un cuerpo inanimado en poder del nigromante. Brilla el escudo como rojo granate, despidiendo incomparables resplandores: á su vista ambos caballeros cayeron deslumbrados y desfallecidos. Yo mismo, á pesar de la distancia en que me encontraba, perdí el sentido, y cuando despues de trascurrido un largo espacio pude recobrarlo, no ví ya á los guerreros ni al enano, sino desierto el campo, y el monte y la planicie envueltos en la mas profunda oscuridad.

»Calculé, por consiguiente, que el encantador se habia apoderado á un mismo tiempo de los dos guerreros, y que valido de la eficacia de su escudo, les habia arrebatado á ellos la libertad y á mí la esperanza. Así es que me despedí de aquel sitio que encerraba mi felicidad. Juzgad por lo que os he referido si de las penas que el amor pueda causar hay alguna comparable á la mia.»

Al concluir su narracion, volvió el caballero á abismarse en su profundo dolor. Era el conde Pinabel, hijo de Anselmo de Altaripa, de la casa de Maguncia; que siendo como todos los suyos desleal y descortés, no solo se igualó á ellos en sus vicios nefandos y abominables, sino que los sobrepujó á todos.

La hermosa dama, que estuvo escuchando silenciosa la narracion del caballero, y en cuyo semblante se pintaban los distintos sentimientos que esta le excitaba, apenas oyó nombrar á Rugiero demostró la mayor alegría; mas quedó turbada en cuanto supo que su amante estaba en peligro, é hizo que Pinabel le repitiera diferentes veces aquella parte de su relato. Cuando ya no le quedó duda alguna, le dijo:

—Caballero, espera; pienso que nuestro encuentro podrá ser para tí tan grato, como venturoso este dia. Trasladémonos pronto á aquel castillo que nos oculta tan rico tesoro: no temas, pues casi puedo asegurarte que no nos fatigaremos en vano, si me presta su auxilio la fortuna.

El caballero respondió:

—¿Quieres que atraviese de nuevo las montañas y te sirva de guia? A mí poco me importa perder el tiempo, cuando he perdido todo cuanto amaba; pero tú no vacilas en caminar por riscos y peñascos para encerrarte voluntariamente en una oscura prision: sea en buen hora. No podrás quejarte de mí, puesto que de antemano te advierto la suerte que te espera, á pesar de lo cual te empeñas en seguir adelante.

Así dice; y volviendo las riendas á su caballo, emprende la marcha guiando á aquella animosa dama, que por amor de Rugiero se expone á que el Mago la aprisione ó le dé muerte. Pocos pasos habian dado, cuando les alcanza el mensajero que dijo á Sacripante el nombre de la que lo habia derribado.—«¡Deteneos, deteneos!» les grita con todas sus fuerzas: y cuando á ellos se reune, participa á Bradamante que Montpellier y Narbona con toda la costa de Aguas-muertas habian alzado el estandarte de Castilla; y que Marsella, no viendo dentro de sus muros á la que debia guardarla, está alarmada, y le envia un mensajero recomendándole mucho que le pida ayuda y consejos. El Emperador habia confiado la defensa de aquella ciudad y la de una considerable extension de territorio situado entre el Ródano y el Var á la hija del duque Amon, en la que tenia cifrada su esperanza; pues acostumbraba á mirar asombrado su heróico valor cuando la veia cubierta con su arnés.

Aquel mensajero, repito, acudia desde Marsella en demanda de socorro. La jóven se quedó al pronto indecisa, dudando si debia acudir á tal llamamiento: por una parte, el deber y el honor la impelen á retroceder; por otra, el fuego del amor la incita á seguir adelante; por último, decídese á realizar su empresa y á sacar á Rugiero del castillo encantado, dispuesta á quedar prisionera á su lado si su valor no es bastante á libertarlo. Excusóse, sin embargo, de tal modo, que el mensajero se retiró contento y satisfecho.

En seguida continuó su viaje acompañada de Pinabel, que no parecia muy tranquilo; pues al descubrir que su compañera pertenecia á aquella familia á quien pública y secretamente aborrece la suya, prevé todo género de disgustos si llega á ser reconocido. Tan preocupado estaba con su inveterado odio, con sus dudas y su temor, que inadvertidamente apartóse del camino, y se encontró en una selva oscura, en medio de la cual se alzaba un monte, cuya pelada cima terminaba en una piedra dura.

Viendo el de Maguncia que la hija del duque de Dordoña no se apartaba un momento de su lado, quiso aprovecharse de la espesura del bosque para huir, y á este efecto le dijo:

—Antes que extienda la noche su denso velo, conviene buscar un albergue, y si no estoy equivocado, me parece que tras ese monte se levanta en un valle un magnífico castillo. Espérame aquí, mientras reconozco el terreno desde esa roca.

Así diciendo, encamina su caballo hacia la cumbre del solitario monte, mirando de paso si descubre algun sendero por donde encapar. Pero en medio de aquel peñasco encontró una caverna que tenia más de treinta brazas de profundidad. La peña estaba cortada á pico en sentido vertical, y en el fondo se veia una anchurosa puerta, que daba á otra cueva más extensa, de la que salia un resplandor semejante al de una antorcha que ardiera en la horadada montaña. Mientras el traidor la estaba contemplando silencioso, Bradamante que le seguia desde léjos, presumiendo que intentaba alejarse de ella, se unió á él junto á la caverna. Al ver el infame Pinabel malogrado su primitivo proyecto, buscó en su imaginacion un nuevo medio para alejarla de sí ó para hacerla morir. Encontrólo, é incitándola á que se aproximara á la peligrosa abertura, le dijo que habia visto en el fondo una doncella de semblante placentero, en cuyo aspecto y vestiduras se echaba de ver su elevada alcurnia; pero que en su turbacion y tristeza demostraba claramente lo desagradable que le era aquel encierro: añadió que, cuando se preparaba á bajar á la sima para protejer á la desconocida doncella, vió salir del interior un hombre, que la habia obligado á retirarse enfurecido.

Bradamante, incauta al par que animosa, dió crédito á las palabras de Pinabel; y deseando acudir en auxilio de la jóven, empezó á buscar el medio de bajar á la cueva. Volviendo á todos lados la vista, divisó en la frondosa copa de un olmo una rama larga, que se apresuró á cortar con su espada, inclinándola despues hácia la caverna. Encargó á Pinabel que sostuviera la rama por el extremo recien cortado, y cogiéndose despues del otro extremo quedó suspendida de él en el interior de la cueva. Sonrióse falazmente Pinabel, y le preguntó cómo pensaba saltar; en seguida abrió las manos, dejó ir la rama y exclamó:

—¡Ojalá cayesen contigo todos los de tu raza para exterminarla así de una vez!

Sin embargo, la suerte de la infeliz jóven no fué la que Pinabel se prometia; porque tocando en el fondo antes que la doncella la rama sólida y fuerte, por más que se partió, la sostuvo tanto, que merced á ella se libró de la muerte. Bradamante quedó únicamente aturdida, como seguiré diciendo en el canto siguiente.

CANTO III.

Vuelta en sí la hermosa Bradamante, encuentra á Melisa en aquella gruta, y oye el relato de las señaladas y heróicas acciones de todos sus descendientes.—En seguida, se informa del modo cómo se apoderará del anillo del vil Brunel, con objeto de hacer inútiles todas las malas artes del nigromante que tenia aprisionado á Rugiero, y de librar á su amante y demás cautivos.

¿Quién me prestará el estro poético, la inspiracion que requiere el noble asunto que me propongo cantar? ¿Quién dará á mis versos alas para remontarse hasta la altura de mis ideas? Preciso es hoy que encienda mi pecho el fuego de la poesía con más vehemencia de lo acostumbrado; porque esta parte de mi narracion va consagrada á mi Señor, de cuyos nobles ascendientes voy á ocuparme.

Entre tantos príncipes ilustres como descendieron desde el Cielo á gobernar la Tierra, no has visto, ¡oh Febo, que iluminas el mundo! raza tan gloriosa en la paz ó en la guerra, ni que por tanto tiempo haya sabido conservar el inmaculado brillo de su nobleza, como sin duda lo conservará, si no me engaña la profética inspiracion que en mí siento, mientras el mundo gire sobre sus polos.

Para celebrar completa y dignamente la gloria de sus virtudes se requiere, no la mia, sino aquella lira que dió gracias al Soberano del éter despues de la derrota de los gigantes. Si me fuera dable poseer mejores cinceles para reproducir en tan digna piedra sus gloriosas imágenes, no dejaria de emplear en semejante trabajo todo mi ingenio y mis desvelos. Mi inexperto buril procurará no obstante bosquejar esta obra, hasta que quizás consiga, á fuerza de estudio, perfeccionar del todo mi trabajo.

Pero volvamos á aquel infame cuyo pecho no podrán resguardar en adelante ni escudos ni corazas: hablo de Pinabel de Maguncia, que creyó haber dado muerte á Bradamante. El traidor pensó que la doncella se habia destrozado al caer por el alto precipicio; y apartándose entonces con faz pálida y torva de aquella triste abertura, volvió á montar á caballo, y cometiendo delito sobre delito, llevóse el corcel de la jóven. Dejemos á aquel traidor que, procurando con falacias la muerte de otros, corria sin saberlo en busca de la suya, y volvamos á la doncella que, por efecto de aquella felonía, estuvo á punto de recibir á un mismo tiempo muerte y sepultura.

Cuando se hubo levantado, aturdida todavia por el golpe que recibió contra la dura piedra, se dirigió hácia la puerta que daba paso á una segunda y más anchurosa cueva. Aquella estancia, cuadrada y extensa, parecia una venerable y silenciosa iglesia; la bóveda estaba sostenida por columnas de alabastro de bella arquitectura; en el centro se levantaba un bien dispuesto altar, ante el que ardia una lámpara, que con sus claros resplandores iluminaba todos los ámbitos de ambas cavidades.

Impulsada la doncella por una devota humildad, al verse en aquel lugar sagrado, arrodillóse y dirigió á Dios una fervorosa oracion. En tanto se oyó rechinar sobre sus goznes una pequeña puerta, que dió paso á una mujer cubierta de holgadas vestiduras, descalza y con los cabellos sueltos, la cual llamó á Bradamante por su nombre diciéndole:

—¡Oh generosa Bradamante! sabe que no es la casualidad, sino la voluntad divina la que te ha conducido hasta aquí: sabe tambien que hace muchos dias, el espíritu profético de Merlin me habia anunciado que debias venir á visitar sus santos restos por caminos inusitados, y te estaba esperando para revelarte lo que los cielos han determinado con respecto á tí. Esta es la gruta antigua y memorable que edificó Merlin, el sábio mago de quien quizás hayas oido hablar alguna vez, y á quien engañó aquí mismo la Dama del Lago. Aquí debajo existe su sepulcro, donde yace corrompida su carne, y donde se acostó vivo y halló el sueño de la muerte, por satisfacer los caprichos de aquella mujer[3]. Muerto está su cuerpo, pero su espíritu continuará animado hasta que se deje oir el sonido de la angélica trompeta, que le cierre las puertas del cielo ó á él le remonte, segun lo que resulte del juicio de sus acciones. Su voz tambien permanece viva, y si te acercas á la marmórea tumba, podrás oirla con claridad, pues nunca dejó sin respuesta las preguntas que se le dirigen sobre cosas pasadas ó futuras. Muchos dias hace ya que vine á este cementerio desde un apartado país, para que Merlin me resolviera un árduo misterio referente á mi profesion, y como tuve grandes deseos de conocerte, he permanecido aquí más de un mes; pues Merlin, que siempre me ha predicho la verdad, fijó en este dia el de tu llegada.

La asombrada hija de Amon escuchó inmóvil y atenta aquellas palabras; y tan maravillada la dejaron, que no sabia si estaba soñando ó despierta. Confusa y ruborizada bajó los ojos, y replicó modestamente:

—¿Quién soy yo, qué mérito es el mio, para que los profetas prevean mi venida?

Y alegre con tan extraordinaria aventura, se dirigió hácia la Maga, que la condujo al pié del sepulcro donde estaban encerrados el alma y los huesos de Merlin. Aquel monumento era formado de una piedra dura, reluciente, tersa y tan brillante, que á pesar de no penetrar el Sol en la estancia, la iluminaban perfectamente los resplandores que de él salian. Ya sea que algunos mármoles tengan cual pequeñas antorchas la propiedad de disipar las sombras, ó bien, y esto me parece mas verosímil, efecto de diferentes encantos, conjuros y signos de astrología, ello es que el resplandor de aquellas piedras permitia distinguir en torno de aquel sitio venerable las más bellas pinturas y esculturas.

Apenas Bradamante separó el pié del umbral de la puerta para penetrar en el secreto recinto, cuando el espíritu vivo de aquellos restos mortales le dirigió en voz clara estas palabras:

—Favorezca la fortuna tus deseos, ¡oh casta y nobilísima doncella, de cuyas entrañas saldrá el gérmen fecundo que honrará á Italia y al mundo entero! La antigua sangre de los reyes de Troya, reunida en tí por sus dos fuentes mejores, producirá el ornamento, la flor, la alegría de todos los pueblos que ilumina el Sol entre el Indo, el Tajo, el Nilo y el Danubio, y desde un polo al otro polo. Tus descendientes, colmados de los mayores honores y dignidades, serán marqueses, duques y emperadores. De tu raza saldrán los capitanes y valientes guerreros que restituirán á la Italia el antiguo honor de sus invictas armas, despues de lo cual empuñarán el cetro reyes justos, que, imitando á Numa y al sabio Augusto, harán renacer la Edad de oro bajo su gobierno benigno y paternal. Por tu parte, debes cumplir los decretos del Cielo, que te ha designado por esposa de Rugiero, siguiendo animosamente tu camino: nada habrá que pueda oponerse á este designio; en prueba de lo cual, pronto caerá bajo tus golpes el malvado que tiene encadenado á tu amante.

Calló Merlin, y acto continuo se preparó Melisa á hacer comparecer ante la vista de Bradamante su numerosa posteridad. Obedeciendo las órdenes de la maga empezaron á reunirse en un punto y bajo diferentes trajes, un número considerable de espíritus elegidos, no sé si procedentes del Infierno ó de otro lugar. En seguida Melisa hizo que la doncella se colocara en un punto al rededor del cual habia trazado un círculo de mayor diámetro que su altura; la proveyó además de un excelente talisman á fin de que la respetaran los espíritus, y encargóle que callara y permaneciera inmóvil. Hecho esto, cogió un libro y conjuró á los demonios.

De repente empiezan á salir de la primera cueva numerosos espíritus, que se fueron amontonando al rededor del sagrado círculo: en vano era que intentasen penetrar en él; pues un poder misterioso se lo impedia, cual si estuviera resguardado por fosos y murallas. Las sombras iban entrando sucesivamente en aquella estancia donde estaba la tumba que encerraba los huesos del gran profeta, despues de haber dado las tres vueltas á que estaban obligadas.

—Si pretendiera referirte los nombres y hechos de cada uno de los encantados espíritus que ves en tu presencia antes de que hayan nacido, dijo la encantadora á Bradamante, no sé cuando pondria fin á mi relato, porque no basta una noche para tanto; así es que me limitaré á indicarte algunos, segun el tiempo y la oportunidad.

»El primero que ves, y que se te parece en su semblante bello y placentero, será el tronco de tu familia en Italia, el digno hijo tuyo y de Rugiero. Espero ver la tierra enrojecida por la sangre de Pontier, derramada por su mano, y vengada la traicion y la perfidia de aquellos que habrán dado muerte á su padre. Por su valor se verá despojado Desiderio del reino de Lombardia, valiéndole tan notable hazaña el señorío de los estados de Este y Calaon.

»El que ves detrás de él es tu sobrino Uberto, honor de los combates y de La Hesperia, que más de una vez salvará á la santa Iglesia de los ataques de los infieles.

»Contempla ahí á Alberto, invicto capitan, que ostentará merecidos lauros: con él está su hijo Hugo, conquistador de Milan, que desplegará con honor el estandarte de las culebras[4]. Más allá vése á Azzo, que sucederá á su hermano en el reino de los insubres, y á Alberto Azzo, cuyos prudentes consejos serán causa de que se arroje de Italia á Berengario y á su hijo, haciéndose además digno de que el emperador Oton le conceda la mano de su hija Alda.

»Allí tienes á otro Hugo: ¡oh admirable descendencia, que sigue las huellas de sus virtuosos progenitores! Ese será el que castigue con justa razon el orgullo de los romanos, y libre de sus furores á Oton III y al Pontífice, apoderándose de la ciudad y de su castillo[5]. De ahí á Folco, que haciendo donacion á su hermano de todo cuanto tiene en Italia, pasa á gobernar otro gran ducado en Alemania[6]. Heredero por línea materna de la casa de Sajonia, próxima á desaparecer, contribuirá á mantenerla en su esplendor, y á que siga sosteniéndose en sus descendientes.

»Ese que se adelanta entre sus dos hijos Bertoldo y Alberto Azzo, es el segundo Azzo, más amigo de la galantería que de la guerra. Su primogénito vencerá al emperador Enrique II, enrojeciendo en sangre alemana los campos de Parma: al otro le harán digno sus virtudes de contraer con la gloriosa, casta y prudente Matilde[7] un enlace tan ventajoso, que además de llevar en dote casi la mitad del reino de Italia, alcanzará la honra, digna de tenerse en cuenta en aquella época, de enlazarse con la sobrina de Enrique I.

»He ahí á Reinaldo, hijo querido de aquel Bertoldo, el cual conseguirá la alta gloria de salvar á la Iglesia de las manos del impío Federico Barbaroja. Por allí se aproxima otro Azzo, que será el que posea á Verona con su hermoso territorio, y á quien el emperador Oton IV y el papa Honorio II conferirán el título de marqués de Ancona.

»No acabaría nunca si hubiera de designarte á todos aquellos de tus descendientes que, defendiendo el pendon sagrado, han de llevar á cabo portentosas hazañas en favor de la Iglesia romana. Mira ahí á Obizzo, á Folco; á otros Azzos y otros Hugos; á los dos Enriques, padre é hijo, y los dos Güelfos, uno de los cuales subyuga la Umbría, y viste el manto ducal de Espoleto. Ahí tienes al que restañará la sangre y curará las heridas de la afligida Italia, tornando en risa el llanto; de ese hablo, añadió designando á Azzo V, por quien será derrotado y muerto aquel Eccelin, tan funesto tirano, que, tenido por hijo del Demonio, aniquilará á sus súbditos y asolará el hermoso territorio de la Ausonia, y á cuyo lado parecerian varones piadosos y humanos Mario Sila, Neron, Cayo y Antonio[8]. El mismo Azzo derrotará al emperador Federico II, y regirá despues con cetro más feliz la hermosa tierra regada por el rio[9] desde donde Febo llamó con dolorido plectro al hijo que no supo guiar su ardiente carro, cuando se convirtió el llanto de las Heliades en fabuloso ámbar[10], y Cienus, cubriéndose de blanco plumage, fué transformado en cisne; aquella tierra le será dada por la Santa Sede como recompensa de sus señalados y notables servicios.

»Y, ¿dónde dejo al hermano Aldobrandino[11]? Ese héroe, por socorrer al Pontífice, no vacilará en atacar á Otton IV y á los gibelinos, que cercarán el Capitolio despues de haberse apoderado de todo el territorio vecino, sujetando á los habitantes de la Umbría y del Piceno; mas viendo que no le será posible continuar auxiliando á la Iglesia por falta de dinero, lo pedirá á Florencia, dejando en prenda, á falta de otra seguridad, su propio hermano. Desplegará en seguida sus banderas victoriosas, y destrozará el ejército aleman reponiendo en su silla al Pontífice, y castigando merecidamente á los condes de Celano. Tan activo guerrero se verá sorprendido por la muerte en la flor de su edad, estando dedicado al servicio de la Santa Sede.

»Su hermano Azzo heredará no solo los dominios de Ancona, Pisa y de todas las ciudades comprendidas entre el mar, el Apenino, el Isar y el Tronto, sino tambien la lealtad, virtud y grandeza de ánimo de su hermano, cualidades más preciadas que el mayor tesoro; pues estos los da ó los quita la fortuna, al paso que no tiene ningun poder sobre aquellos. Hé ahí á Reinaldo, cuyo valor resplandecerá con no menor brillo; pero la suerte le arrebatará la vida, envidiosa de la exaltacion de su ilustre prosapia. El duelo causado por su muerte resonará hasta aquí desde Nápoles, donde el valeroso mancebo se hallará en rehenes de su padre.

»Ahí viene Obizzo que, niño aun, sucederá á su abuelo en el gobierno de sus estados, acrecentándolos con la alegre comarca de Regio y la feroz Módena. Será tal su valor, que los pueblos le aclamarán unánimes por soberano. Mira á Azzo VI, uno de sus hijos, sostenedor de la bandera de la sagrada cruz, que por su matrimonio con la hija de Cárlos II de Sicilia, será duque de Andria[12]. Contempla ese gallardo y amistoso grupo, donde se reunen príncipes tan excelentes como Obizzo, Aldobrandino, Nicolás el Cojo y el amoroso y clemente Alberto. Por no entretenerte demasiado, dejaré de referirte cómo harán que se agreguen á su bello patrimonio Faenza[13] y Adria, ciudad que ha dado su nombre al mar agitado que la baña; el país conocido con un agradable nombre griego á causa de las muchas rosas que produce[14], y la ciudad que, elevada en medio de lagunas cenagosas, está siempre temiendo los desastrosos efectos de las dos bocas del Pó, donde habitan gentes deseosas de ver siempre enfurecido el mar y agitados los vientos[15]. Tampoco me ocuparé de Argenta, ni de Lugo, ni de otros mil castillos y ciudades populosas.

»Ahí tienes á Nicolás, elegido por el pueblo para el supremo gobierno de su país cuando aun no ha salido de la pubertad. Contra él agitará Tadeo la tea de la guerra civil, pero sabrá hacer completamente inútiles sus esfuerzos rebeldes[16]. Sus entretenimientos juveniles consistirán en el manejo de las armas y en los trabajos de la guerra; y acostumbrado así desde la infancia á los peligros que unas y otros ofrecen, llegará á ser la flor de los guerreros de su tiempo. Destruirá los planes de sus rebeldes súbditos, convirtiéndolos en daño de los mismos; y merced á su perspicacia, tan conocidas le serán toda clase de estratagemas que ninguna podrá perjudicarle. Tarde le conocerá por su desgracia Oton III, feroz tirano de Reggio y de Parma; pues Nicolás le despojará á un mismo tiempo de ambos estados y de su culpable vida[17]. Sus dominios irán siempre extendiéndose, sin que para ello se aparte del camino recto. A nadie causará jamás perjuicio alguno, como no se vea antes provocado; por lo cual el Supremo hacedor, satisfecho de sus virtudes, no pondrá límites á su elevacion, que irá en aumento mientras el mundo gire sobre sus ejes.

»Fija tu vista en Leonelo, y despues en el ínclito Borso, primer duque de Ferrara[18] y prez de su tiempo, que siendo amigo de la paz, alcanzará no obstante los triunfos más envidiables de cuantos se hayan visto en otros paises; pues conseguirá domeñar al sanguinario Marte, y encadenar al Furor. La única aspiracion de este príncipe consistirá en hacer la felicidad de su pueblo.

»Ahora se adelanta Hércules que, con el pié medio quemado y débil paso, reconviene al que va inmediato á él por haber impedido la fuga de Budrio, aun cuando este en premio le declarará luego la guerra y pasará hasta el Barco para arrojarle de Ferrara. Príncipe es ese de quien no sé explicarme si alcanzará mayor gloria en la paz ó en la guerra. Los habitantes de la Pulla, la Calabria y la Lucania, en cuyas provincias alcanzará un glorioso triunfo sobre el rey de Aragon, conservarán memoria de sus hechos; las repetidas victorias le harán famoso entre los más invictos capitanes, y con su valor recobrará un señorío cuya posesion le habrá sido disputada por más de treinta años. Cuanto agradecimiento puedan tener á príncipe alguno sus vasallos, se lo deberán á ese, no ya por haber convertido en campos fertilísimos lagunas cenagosas, ni por atender á la defensa de las ciudades amparándolas con muros y fosos, hermoseándolas además con templos y palacios, anchurosas plazas, teatros y otros mil monumentos, ni tampoco por haber sabido defender á su país de las garras del leon alado de Venecia, ni por sacarlo ileso de los tributos y desastres que ocasionará en toda la Italia la guerra con Francia: por ninguno de estos y otros beneficios deberán á Hércules tanto afecto y agradecimiento sus súbditos, como por la gloria que les proporcionarán sus ínclitos descendientes, el justo Alfonso y el benigno Hipólito. De ambos hermanos podrá decirse lo que la tradicion refiere de los hijos del tindáreo cisne[19], que se privaban alternativamente del calor del Sol para sustraerse mútuamente á los rigores de la maligna atmósfera que les rodeaba; pues cada uno de aquellos estará pronto á acudir en auxilio del otro aun á costa de su propia vida.

El afecto que se profesarán los dos hermanos hará que su pueblo esté más seguro y tranquilo que si por obra de Vulcano se rodeasen las murallas de las ciudades con un doble cinturon de hierro. Alfonso verá reunidas en sí la bondad y la ciencia de tal modo, que en los futuros siglos creerán los mortales que Astrea[20] ha vuelto desde el cielo á la Tierra, así como á ella vuelven sucesivamente el verano y el invierno. De mucho le servirán la prudencia y el valor, semejante al de su padre; pues desprovisto de ejército, llegará á habérselas por una parte con las escuadras de Venecia y por otra con la que no sé si llamar madrastra ó madre, aunque de concederle este último título, será para él tan cruel como con sus hijos lo fueron Medea ó Progne[21]. Cuantas veces salga con su pueblo fiel, sea de dia ó de noche, fuera de los límites de su país, otras tantas causará á sus enemigos derrotas memorables, tanto por mar, como por tierra, de lo cual darán fé por su desgracia los habitantes de la Romanía, que por haber hecho causa comun con los enemigos de Alfonso, regarán con su sangre las tierras que están entre el Pó, el Santerno y el Zanniolo. En los mismos confines sentirán la fuerza de su brazo los españoles, soldados mercenarios del Pastor Supremo, á quienes arrebatará la Bastia, dando muerte á su gobernador despues de apoderarse de él; en seguida hará perecer á toda la guarnicion desde el más ínfimo soldado hasta el capitan, de suerte que no habrá quien pueda llevar á Roma la noticia de tal desastre[22].

»Ese mismo Alfonso, con su valor y prudencia, alcanzará la gloria de dar el triunfo al ejército francés en los campos de Romanía contra los de Julio II y de España, cuyo combate será tan terrible, que los caballos se hundirán hasta la silla en la sangre de los muertos, y no habrá gente bastante para enterrar á tanto Aleman, Español, Griego, Italiano y Francés como allí sucumbirá.

»Aquel que, revestido de hábitos pontificales, va cubierto con el sagrado capelo cardenalicio, es el liberal, magnánimo y sublime Hipólito, gran cardenal del Colegio romano, cuyos hechos darán sobrado asunto para ser celebrados tanto en prosa como en verso, en todos los idiomas conocidos; y en cuya edad florida querrá el cielo que haya un Maron[23], como lo tuvo la edad de Augusto. Así como el Sol, con su fulgente resplandor ilumina al mundo mucho más que la Luna y las estrellas, ese será el esplendoroso astro que más brille entre todos los de su estirpe. Véole salir á campaña triste y con muy pocos guerreros, y regresar en triunfo, despues de haber apresado en las costas de sus dominios quince grandes galeras, además de otras mil embarcaciones menores[24].

»Repara en los dos Sigismundos, y en Alfonso con sus cinco hijos, cuya fama, atravesando montes y mares, llenará el mundo. Uno de ellos es Hércules II, yerno del rey de Francia; el otro, (pues á todos debes conocerlos), es Hipólito, que tan célebre como su tio, no desdecirá de su brillante prosapia. El tercero es Francisco, y los dos restantes se llaman Alfonsos.

»Si, como te he dicho antes y repito ahora, hubiera de designarte uno á uno á todos tus descendientes por cuyo valor y mérito tanta elevacion alcanzará tu estirpe, tendería la noche su denso velo y apareceria la aurora muchas veces antes de que yo hubiera dado fin á mi tarea: por lo cual, si convienes en ello, será ya tiempo de que permita á las sombras retirarse y de que yo guarde silencio.»

Diciendo esto, y mediante el beneplácito de la doncella, cerró su libro la docta encantadora, y en el acto desaparecieron precipitadamente aquellos espíritus por el sepulcro de Merlin. Entonces Bradamante, comprendiendo que ya podia hablar sin cortar á su interlocutora el hilo de su narracion, le preguntó:

—¿Y quiénes son aquellos dos de aspecto triste que hemos visto entre Hipólito y Alfonso? Se adelantaban suspirando, y tenian los ojos bajos y como privados de movimiento, mientras que sus hermanos se mantenian apartados de ellos cual si desdeñáran su compañia[25].

Al oir esta pregunta, alteróse el semblante de la Maga, y rompiendo en llanto, exclamó:

—¡Ah infortunados! ¡A qué abismo os arrastrarán los incesantes consejos de hombres perversos! ¡Oh estirpe generosa, digna del eminente Hércules! no mancharán el brillo de tu excelencia las faltas de aquellos dos. Por las venas de ambos circulará, sin embargo, tu sangre: ceda, pues, la justicia á la piedad.

Despues añadió en voz mas baja:

—No es necesario ni conveniente que sepas más. Conténtate con saborear las dulzuras que en sí encierra el brillante cuadro que he presentado ante tu vista; y no desees amargarlas á lo último. En cuanto aparezca en el cielo el primer albor matutino, emprenderemos juntas el camino que más directamente conduce al castillo donde gime Rugiero bajo el poder de otro. Yo te guiaré hasta dejarte fuera de esa áspera selva, y cuando lleguemos á la orilla del mar, te enseñaré el camino de modo que te sea imposible extraviarte.

La atrevida jóven permaneció toda la noche en aquella cueva, y estuvo hablando largo rato con Merlin, que le dirigió vivas instancias á fin de que cuanto antes acudiese en auxilio de Rugiero. Apenas empezó á rayar el dia, salió de aquella mansion subterránea por un camino oculto y oscuro, acompañada de Melisa, yendo á parar á un barranco escondido entre montes inaccesibles á toda planta humana. Saltaron zanjas, atravesaron torrentes, y á fin de hacer más agradable tan molesto camino, procuraron mitigar las fatigas que la marcha les causaba, suavizándolas con sabrosas y halagüeñas pláticas, que consistian principalmente en los medios de que deberia valerse Bradamante, y en los que la aleccionaba la Maga, para libertar con maña y astucia á su Rugiero.

—Aunque fueses Palas ó Marte, le decia, y llevases á tus órdenes más gente de la que reunen el rey Cárlos y el rey Agramante, no podrias resistir al nigromante; pues además de estar ceñida la roca inexpugnable de murallas de acero, y de ser tan alta; además de que su caballo se abre camino al través del aire, donde salta y galopa, posee el escudo mortal que, apenas descubierto, hiere los ojos del que lo mira con su resplandor irresistible, quita la vista, y se apodera en tal grado de los sentidos que es forzoso caer en tierra desfallecido. De su brillo no podrás precaverte al combatir teniendo cerrados los ojos; pues entonces, ¿cómo podrias saber en lo más fuerte de la pelea si te acercabas á tu adversario ó te alejabas de él? Un medio, y muy rápido, existe, sin embargo, para huir del fulgor que deslumbra, y para hacer vanos todos los demás encantos, y ese medio que voy á indicarte, es el único que existe en el mundo. El rey Agramante de África ha dado un anillo, robado á una reina de la India, á uno de sus barones llamado Brunel, que se encuentra á pocas millas de aquí: la virtud de ese anillo es tal, que quien lo lleva en el dedo no ha de temer maleficios ni encantos. Sin embargo, Brunel es tan experto en toda clase de hurtos y engaños, cuanto lo es en encantamientos el raptor de Rugiero. El rey Agramante, confiado en la práctica y astucia de Brunel, y en el auxilio del anillo, más de una vez probado en cosas semejantes, le ha dado el encargo de sacar á Rugiero de aquella fortaleza; y Brunel, vanagloriándose de conseguir su intento, ha prometido á su señor devolverle aquel guerrero, que merece toda la preferencia del monarca. Pero á fin de que sea á tí, y solo á tí, á quien deba tu amante su libertad, voy á manifestarte la conducta que has de seguir. Irás durante tres dias caminando por la orilla del mar, que descubriremos dentro de pocos instantes: al tercer dia te encontrarás en una posada con el portador del anillo; le conocerás fácilmente por su corta estatura que no llega á seis palmos, y por su encrespada cabeza; su cabello es negro y atezada su piel; la faz pálida, la barba desmesuradamente larga, saltones los ojos, la mirada torva, aplastada la nariz y ásperas las cejas. Terminaré la pintura que de él te hago diciéndote, que sus vestidos son estrechos y cortos y semejantes á los de un mensajero. Procurarás entablar conversacion con él hablándole de aquellos encantos extraños; y hazle creer que deseas, como en afecto lo desearás, medir tus armas con las del mago, pero guárdate de darle entender que tienes noticia del anillo que destruye toda clase de encantos. Él, entonces, se brindará á servirte de guia y compañero hasta la roca. Síguele, y en el momento en que llegueis á descubrir el castillo, dále la muerte, sin que la piedad detenga tu brazo hasta que pongas por obra mi consejo. Sobre todo, cuida de que no adivine tu pensamiento y tenga tiempo de hacer uso del anillo; porque desapareceria de tu vista en el momento en que se lo metiera en la boca.

Hablando de esta suerte, llegaron al mar, donde desemboca el Garona cerca de Burdeos. Allí se separaron ambas, no sin derramar algunas lágrimas, y la hija de Amon, que no tenia sosiego hasta conseguir romper las ligaduras que sujetaban á su amante, caminó tanto, que llegó una noche á un albergue donde ya se encontraba Brunel.

Le reconoció apenas le hubo visto, pues llevaba bien impresa en la memoria la pintura que de él le hiciera la Maga; preguntóle de dónde venia y á donde iba, cuyas preguntas satisfizo él con otras tantas imposturas. La doncella, prevenida de antemano, no le fué en zaga en engañarle, y le ocultó del mismo modo su patria, linage, religion, nombre y sexo. Temerosa siempre de ser robada, ni separaba sus miradas de las manos de Brunel, ni dejaba que se le acercase demasiado, por lo mismo que conocia sus mañas. Observándose estaban mútuamente, cuando hirió sus oidos un fuerte rumor, cuya causa os diré, Señor, luego que haya descansado un momento.

CANTO IV.

Bradamante vence en singular batalla al viejo Atlante, valiéndose del anillo misterioso, y pone en libertad á su Rugiero.—Cabalga este en el Hipogrifo, que remontándose hasta el cielo, le transporta á regiones remotas.—Llega Reinaldo á Bretaña, cumpliendo las órdenes de su rey, y se le ofrece en seguida ocasion de salvar á la princesa Ginebra.

Aunque el disimulo es siempre reprensible por dar indicios de mala condicion en quien lo usa, sucede, sin embargo, que en más de una ocasion ha producido evidentes beneficios, y hasta evitado daños, querellas y muertes; pues no siempre hablamos con amigos verdaderos en esta vida mortal, llena de envidia y más intranquila que serena. Si para encontrar uno de aquellos en quien puedan depositarse los secretos y las penas del corazon se han de hacer antes muchas pruebas y pasar no menos trabajos, ¿qué conducta deberia observar la hermosa amiga de Rugiero con aquel Brunel tan poco sincero, y de cuya astucia y disimulo le habia advertido de antemano la Maga? Disimular á su vez, tal como era necesario con aquel que podria pasar por padre de la mentira; y segun dije antes, no separar los ojos de sus manos diestras y rapaces.

Cuando se oyó el rumor que he indicado, exclamó la doncella, dirigiéndose con presteza al sitio de donde procedia:

—¡Oh Madre gloriosa! ¡oh Rey del Cielo! ¿qué podrá ser eso?

Vió al huésped y toda su familia asomados á las ventanas y á la puerta, con los ojos fijos en el espacio, como si contemplaran un eclipse ó un cometa. Tendió ella vista en la misma direccion, y vió una cosa maravillosa y apenas creible: divisó un gran caballo alado, que cruzaba los aires, montado por un caballero armado. Las alas del corcel eran grandes y de diferentes colores, y tersa y luminosa la armadura del caballero: dirigia su vuelo hácia Poniente y descendiendo un tanto, desapareció tras las montañas. Segun dijo el posadero, y decia la verdad, aquel era un nigromante que solia á pasar por allí con frecuencia, haciendo excursiones más ó menos lejanas. Unas veces elevaba su raudo vuelo hasta llegar á las estrellas; otras pasaba rozando la tierra, y se apoderaba de todas las mujeres hermosas que divisaba por aquellas comarcas. Por esta causa, las miseras doncellas que tenian ó creian tener alguna belleza, al ver que las arrebataba á todas, no se atrevian á salir durante el dia.

El huésped seguia refiriendo cómo aquel ginete poseia en los Pirineos un castillo encantado, construido de acero, y tan bello y reluciente, que en el mundo no habia otro tan admirable. Muchos eran los caballeros que habian llegado hasta él, pero ninguno habia podido alabarse de volver.—«Así es que yo temo, añadia el huésped, que estén encadenados ó muertos.»

La jóven escuchó atenta aquella narracion, congratulándose de ella, porque abrigaba la esperanza de hacer con el anillo tan admirable prueba, que consiguiera destruir el poder del Mago y su castillo. Dirigiéndose al huésped, le dijo:

—Búscame un guia que conozca mejor que yo el camino que conduce á ese castillo; porque, siguiendo los impulsos de mi corazon, no puedo contener mis deseos de pelear con ese nigromante.

—No te faltará guia, le respondió entonces Brunel; yo iré contigo. Llevo conmigo la descripcion del camino, así como tambien otras cosas que te harán agradable mi compañía.

Brunel se referia al anillo; pero no quiso enseñarlo ni aventurarse á decir más por no exponerse á las consecuencias.

—Tu compañía me será grata, le respondió Bradamante, queriendo decir que de ese modo podria apoderarse del talisman. Siguiendo la regla de conducta que se habia trazado, decia lo que le era útil, y callaba lo que podia hacerla sospechosa al Sarraceno.

El posadero tenia un caballo que agradó á Bradamante, pues era á propósito para viajar y para la guerra: se lo compró, y al amanecer del siguiente dia emprendieron la marcha, yendo Brunel unas veces delante y otras detrás de ella. De monte en monte y de selva en selva, llegaron al punto más alto de los Pirineos, desde donde pueden contemplarse cuando está despejada la atmósfera las diferentes comarcas de Francia y de España, así como en lo alto de los Apeninos, se descubre el mar de Toscana y el Adriático desde los desfiladeros que conducen á Camaldoli. Desde allí, descendieron por una áspera garganta á un profundo valle en medio del cual se elevaba un gran peñasco, cuya cúspide se veia toda cercada por un brillante muro de acero. El peñasco era tan enhiesto, que todo cuanto le rodeaba parecia diminuto, y perderian tiempo y trabajo los que pretendieran llegar á su cumbre á menos que tuviesen alas. Brunel dijo entonces:

—Hé ahí el sitio donde el Mágico guarda cautivos á las damas y á los caballeros.

La enorme roca estaba cortada á pico perpendicularmente por todos sus cuatro costados: por ninguno de ellos se veia escala ó sendero que facilitaran el acceso: en resúmen, aquel sitio era propio únicamente para morada de las águilas ó de otro animal alado.

Bradamante conoció que habia llegado el momento de apoderarse del anillo y dar muerte á Brunel; pero teniendo por una vileza ensangrentarse con un hombre desarmado y de baja esfera, cuando podia fácilmente hacerse dueña del talisman, sin necesidad de darle muerte, cogió á Brunel, que no sospechaba nada, y atándole fuertemente á un abeto corpulento y elevado, le sacó el anillo del dedo. En seguida bajó á pasos lentos de la montaña, sin que á pesar de las lágrimas, gemidos y lamentos de Brunel, le quitara sus ligaduras; y cuando estuvo en el llano al pié de la torre, retó al nigromante á singular batalla, haciendo resonar su trompa, y llamándole á la pelea con gritos amenazadores.

Apenas oyó el Encantador aquellos sonidos, salió de la fortaleza, y montando en su corcel alado, se precipitó hácia su provocador. La jóven se tranquilizó desde luego; pues observó que su adversario poco daño podia hacerle, por no llevar lanza, espada ni maza; solo tenia en la mano izquierda el escudo cubierto con una tela de seda roja, y en la derecha un libro abierto, cuya lectura le servia para sus encantamientos; de tal modo que tan pronto parecia vérsele volar enristrando la lanza y dando muerte á su adversario, ó bien herirle con la maza ó con la espada, como alejarse rápidamente, sin que ningun golpe le alcanzara.

El caballo no era un fantasma, sino un ser viviente, engendrado por una yegua y un grifo; tenia como su padre la pluma y las alas, la cabeza y las patas delanteras armadas de garras. Los miembros restantes eran iguales á los de su madre: llamábase Hipogrifo. Se ven algunos de su especie, pero en escaso número, en los montes Rifeos, procedentes de la otra parte de los helados mares del Norte. El nigromante, valido de su arte mágico, lo habia sacado á la fuerza de aquellas apartadas regiones, y tanto trabajó y empleó tanto cuidado, que al cabo de un mes consiguió hacerlo dócil al freno, montarlo y dirigirlo á su voluntad por la tierra, por los aires y por todas partes. En esto no habia como en lo demás nada sobrenatural, sino realidad. En cuanto á las restantes acciones del Mago, que era capaz de convertir lo encarnado en amarillo, todas llevaban el sello de sus diabólicas artes, mas estas eran impotentes con Bradamante, á quien protegia su anillo.

Durante largo rato estuvo la jóven dando tajos al viento y volviendo y revolviendo su caballo, esforzándose en vencer al Mago, segun le aconsejara Melisa. Cansada de combatir á caballo, apeóse de él, para cumplir hasta el fin las órdenes de la encantadora, al mismo tiempo que el Mago echaba mano de su último recurso, contra el cual no conocia ni creia que hubiese precaucion alguna, descubriendo el escudo, confiado en que su encantado resplandor bastaria para derribar á su contrincante. Desde luego podia emplear este medio como el mas eficaz de todos, sin tener entretenidos á sus adversarios, pero se complacia en manejar la lanza y esgrimir la espada durante algun tiempo, del mismo modo que el astuto gato se complace en jugar con el

Bradamante vence y sujeta á Atlante de Garena.
(Canto IV.)

ratoncillo que cae entre sus uñas, y una vez cansado de este entretenimiento, le estruja entre sus dientes. Lo mismo que el gato con el raton, habia hecho hasta entonces el nigromante con sus contendientes; pero no fué así en aquella ocasion, pues Bradamante se valió del poder oculto de su anillo.

Atenta y fija la doncella á cuanto pudiera impedir que el mago se le acercára, mientras combatia; y cuando vió que este descubria su escudo, cerró los ojos y se dejó caer en el suelo, no porque la hubiera deslumbrado, como á tantos otros, el fulgor del luciente metal, sino para conseguir que el mago bajara del caballo y se dirigiera al sitio en que yacia tendida. Su designio se realizó tal como deseaba; pues apenas la vió en el suelo el volador ginete, hizo que su caballo extendiera las alas y que se posara en tierra despues de describir un gran círculo en el espacio.

El nigromante colgó del arzon el escudo que ya habia tapado, y se dirigió á pié hácia la doncella, que le esperaba como el lobo espera oculto en un matorral al tierno cabritillo. En cuanto le vió á su lado, se levantó apresuradamente, y le estrechó con fuerza entre sus brazos. El miserable habia dejado en el suelo el libro que le servia para sus encantos: así es que la jóven le sujetó con la misma cadena que el mago llevaba siempre consigo para semejante uso, y que en aquella ocasion no habia olvidado, esperando aprisionar con ella por detrás á aquel nuevo adversario como habia aprisionado á tantos otros.

Bradamante le derribó al suelo, sin que el mago opusiera resistencia alguna: y se comprende muy bien, pues no cabia resistencia entre un débil viejo y una jóven tan esforzada. Dispuesta á cortarle la cabeza, levantó con viveza su mano victoriosa; pero al fijarse en el rostro del vencido, detuvo el golpe, como desdeñándose de tomar una venganza impropia de su valor. Entonces pudo ver que aquel á quien habia puesto en tan apurado trance era un anciano venerable, de faz rugosa y blancos cabellos, cuya edad frisaba en los setenta años.

—Quítame, por Dios, la vida ¡oh jóven! decia el viejo lleno de ira y de despecho; pero ella mostraba tanta repugnancia á quitarsela, como tenia él deseos de perderla, Bradamante anhelaba saber quién era el hechicero, con qué objeto habia edificado el castillo en un sitio tan salvaje, y por qué habia declarado la guerra á todos sus semejantes.

El viejo encantador le respondió vertiendo lágrimas:

—¡Desventurado de mí! No me guió una intencion dañina al construir la hermosa fortaleza en la cumbre de esa peña, ni es la avaricia lo que me incita al robo, sino mi solicitud por salvar la vida á un caballero gentil, que, segun me ha avisado el cielo, debe morir á traicion dentro de poco tiempo, despues de haber abrazado la religion cristiana. No alumbra el Sol entre uno y otro polo á un jóven tan hermoso y arrogante; llámase Rugiero, y desde pequeño ha sido educado por mí. Mi nombre es Atlante. Su adversa suerte, al par que el deseo de alcanzar honores y laureles, le han conducido á Francia siguiendo al rey Agramante, mientras yo, que le he amado siempre más que á un hijo, procuro sacarle de este país y librarle de toda clase de peligros. He edificado ese magnífico castillo con el único objeto de guardar con más seguridad á Rugiero, de quien conseguí apoderarme, así como esperaba hoy hacerme dueño de tí; y el objeto de aprisionar á tantas damas, caballeros y demás noble gente como verás, no ha sido otro que el de procurar una grata compañía á Rugiero, á fin de hacerle más llevadera su cautividad. He procurado satisfacer todos sus deseos, excepto el de salir de ese castillo; pues cuantos placeres ofrece el mundo del uno al otro confin, todos se encuentran reunidos en él: músicas, vestidos, cantos, juegos, manjares, en fin, todo cuanto puede desear el corazon ó apetecer el paladar. Tranquilo cogia ya el fruto que habia sembrado, cuando has venido tú á desbaratar por completo mis planes. Ahora bien: si tu corazon es tan bello como tu rostro, espero que no te opondrás á mi humanitaria empresa. Conserva ese escudo, que te cedo; apodérate de ese corcel, que tan velozmente atraviesa los aires; pero no penetres en el castillo. Si tal es tu empeño, pon en libertad á los caballeros que elijas, y permite que conserve los demás; y si deseas libertarlos á todos, sea como quieras: no me opondré, con tal de que me dejes á mi querido Rugiero. Si no obstante mis súplicas, tu designio es el de arrebatármelo tambien, ¡ah! te ruego, que antes de volverlo á conducir á Francia, arranques su podrida corteza á esta alma afligida!

La doncella se apresuró á responder:

—Estoy resuelta á ponerle en libertad, por más que digas. En cuanto al escudo y el caballo que ofreces darme en recompensa de mi condescendencia para contigo, debo advertirte que ya han dejado de pertenecerte y que son mios; pero aun cuando te pertenecieran, no creo que el cambio pudiera convenirme. Para detener á Rugiero supones que quieres preservarlo del mal influjo de su estrella; cuando, ó esta suposicion es una impostura, ó si es cierta, eres impotente para evitar lo que el Cielo ha prescrito, pues si no has podido prever el daño que te amenazaba, estando tan próximo, menos preverás el de otro, que no lo está tanto. En vano has de rogarme que te dé la muerte: si en tan poco estimas la vida, aunque todo el mundo se niegue á complacerte, tú mismo podrás quitártela mientras tu corazon sea fuerte y valeroso. Ahora, vamos á abrir las puertas de su prision á todos tus cautivos.

Así dijo la jóven, y arrastró al mago hácia el peñasco.

Atlante iba atado con su propia cadena y la doncella junto á él; pues le inspiraba tal desconfianza, que no se separaba de su lado á pesar de verle humillado y abatido. Pocos pasos habian dado, cuando encontraron al pié del monte una hendidura: penetraron en ella, y subiendo por una estrecha escalera de caracol, llegaron á la puerta del castillo.

Atlante levantó una piedra que estaba al pié del umbral de aquella, llena de caracteres desconocidos y de signos misteriosos. Debajo de la piedra aparecieron unos vasos ú ollas llenos de un fuego oculto que despedian un humo denso: el encantador los hizo pedazos, y en un momento quedó aquel sitio desierto, inhospitalario y salvaje, desvaneciéndose como por encanto las murallas y la torre, cual si jamás hubiera existido el castillo.

Simultáneamente con la fortaleza, desapareció el Mago del poder de la dama, como se escapan muchas veces los tordos de la red en que han caido presos, dejando en libertad á todos los cautivos. Las damas y caballeros se vieron sin notarlo fuera de sus soberbias estancias y en medio del campo, y hubo muchos de ellos que no agradecieron una libertad que les privaba de los placeres que allí habian encontrado.

Allí estaban Gradasso, Sacripante, Prasildo el noble caballero que vino de Levante con Reinaldo, y á su lado Iroldo su más fiel amigo. Al fin encontró allí Bradamante á su deseado Rugiero, que la acogió primero con ternura, y luego con inmensa gratitud, apenas tuvo noticia de que le era deudor de su libertad.

Desde el dia en que Bradamante se quitó en su presencia el yelmo para restañar la sangre que manaba de su herida, la amó Rugiero más que á sus ojos, más que á su corazon y más aun que á su propia vida. Seria largo referir cómo y por quién fué herida, así como las infructuosas pesquisas que para volverse á encontrar hicieron noche y dia por la áspera é intrincada selva: baste decir que hasta entonces no habian podido volverse á ver.

Tal alegría inundó el corazon del guerrero al reconocer á la doncella y al saber que á ella solamente era deudor de su libertad, que se tuvo por el más feliz y afortunado de los mortales. Bajaron ambos el monte y fueron á parar al valle, testigo de la victoria de Bradamante, donde encontraron todavia al Hipogrifo con el escudo colgado del arzon de la silla, pero cubierto. La jóven fué á coger las riendas, y el corcel permaneció quieto hasta que la vió junto á él, en cuyo momento extendió las alas, hendió los aires, y fué á posarse á corta distancia en la pendiente de la montaña. Persiguióle Bradamante, y el caballo volvió á remontar el vuelo, sin alejarse demasiado, cual suele hacer la corneja perseguida por los perros, que dá revueltas á través de los campos para hacerles perder su pista.

Rugiero, Gradasso, Sacripante y los demás caballeros que habian bajado al valle juntos, se fueron colocando en diferentes sitios, esperando poder apoderarse del caballo, el cual, despues que los tuvo cansados, haciéndoles subir inútilmente en su persecucion hasta la más empinada cumbre de los montes, ó bajar á profundos barrancos entre aquellas peñas, se quedó al fin quieto junto á Rugiero.

Este era un lazo que le tendia el viejo Atlante, que insistiendo en su constante y piadoso deseo de librar á Rugiero del peligro que le amenazaba, solo pensaba en los medios de realizarlo, y solo se lamentaba de no poder conseguirlo. Por eso le enviaba el Hipogrifo, esperando que, saliéndole bien su astucia, alejaria á Rugiero de Europa. El guerrero lo cogió é intentó hacerle seguir tras él, mas el caballo permaneció inmóvil resistiéndose á obedecerle. Entonces Rugiero se apeó de Frontino, que así se llamaba su caballo, y montando en el Hipogrifo, le clavó en los costados el acicate: el corcel salió corriendo durante algunos momentos; despues, afirmando sus patas en el suelo, dió un rápido salto y se remontó por los aires con más rapidez que el halcon, á quien el cazador quita la caperuza enseñándole su presa.

Al ver á tanta altura y tan en peligro á su Rugiero, la hermosa dama se quedó tan atónita, que durante algun tiempo no le fué posible recobrarse de su asombro. Recordando el rapto de Ganimedes, que fué arrebatado del palacio de sus padres y transportado al cielo[26], temió que llegara á suceder otro tanto á su amante, no menos gentil y bello que Ganimedes. Con los ojos fijos en el cielo, le fué siguiendo mientras alcanzó su vista; y cuando sus miradas fueron ya impotentes para divisarle, dejó que su corazon enamorado fuera en pos de él, prorumpiendo despues en amargas quejas y suspiros. Así que Rugiero hubo desaparecido de su vista, volvióse hácia el excelente Frontino, y le cogió de las riendas, decidida á conservarlo en su poder y no permitir que corcel tan bueno cayera en manos del primer advenedizo, hasta que le fuera dable restituirlo á su dueño.

El Hipogrifo en tanto continuaba remontándose, y Rugiero, imposibilitado de refrenarlo, veia á sus piés las cimas de las montañas más elevadas, cuya altura fué poco á poco haciéndose menos perceptible, hasta el extremo de no serle posible distinguir donde se elevaba el terreno, ni donde se aplanaba formando extensas llanuras. Cuando llegó á tanta altura, que desde la tierra parecia un imperceptible punto, dirigió su vuelo hácia la region donde el Sol cae á plomo cuando entra en el signo de Cáncer[27], y continuó hendiendo los aires como el lijero bajel impulsado en el mar por un viento favorable.

Dejémosle proseguir su viaje, rápido por demás, y volvamos al paladin Reinaldo.

Este guerrero, cuya nave continuaba siendo impelida por un viento tempestuoso, que soplaba siempre con igual fuerza, recorrió durante dos dias mortales una gran extension de mar, viéndose arrastrado por las olas, tan pronto hácia el Oeste como hácia el Norte. Al fin fué á parar á las costas de Escocia en el punto en que está situada la selva Caledonia, entre cuyos poblados cerros se oia con frecuencia resonar antiguamente el estruendo de las armas. Allí acudian los caballeros andantes más famosos de toda la Bretaña; así los de apartadas como los de las más próximas regiones; los guerreros, en fin, de Francia, Noruega y Alemania. El que no tuviera un valor á toda prueba, debia desistir de penetrar allí, pues donde iba en busca de lauros, solia encontrar la muerte: aquella selva fué mudo testigo de las portentosas haza­ñas de Tristan, Lancelote, Galaso, Artús y Galvan[28], y otros muchos caballeros famosos de la antigua y la moderna Tabla redonda[29], de cuyas proezas queda aun más de una memoria esculpida en monumentos y trofeos pomposos.

Reinaldo apercibió inmediatamente sus armas y su caballo, y se hizo desembarcar en aquellas costas umbrosas, dando órden al piloto de que se alejara de nuevo y fuese á esperarle al puerto de Berwick. Internóse el guerrero por aquella selva inmensa, sin escudero ni compañía alguna, siguiendo diferentes caminos, en la esperanza de que se le presentara alguna aventura extraordinaria. El primer dia de jornada pernoctó en una abadía, en donde se dispensaba hospitalaria y amable acogida á cuantas damas y caballeros llamaban á su puerta. El abad y los monjes recibieron con su proverbial agrado á Reinaldo, que les preguntó, así que hubo restaurado sus fuerzas con una comida apetitosa, qué debian hacer los caballeros para encontrar por aquella comarca frecuentes aventuras, en que, llevando á cabo alguna accion heróica, pudieran demostrar si eran dignos de fama ó de censura. Se le contestó que, vagando por aquellos bosques, podria encontrar muchas y extrañas aventuras pero que las más honrosas acciones permanecian tan ignoradas y oscuras, como oscuros eran aquellos sitios; pues la mayor parte de las veces ni siquiera se tenia noticia de ellas.

—Busca, le decian, otro sitio donde conozcas que tus obras no han de quedar ignoradas, á fin de que, al peligro y la fatiga, siga el renombre merecido. Pero ya que deseas dar una prueba de tu valor, ahora justamente puedes aprovechar la ocasion que te ofrece la empresa más digna que ni en la edad antigua ni en la moderna haya emprendido caballero alguno. La hija de nuestro rey tiene en este momento necesidad de ayuda y defensa contra un baron llamado Lurcanio, que pretende arrebatarle á un tiempo mismo la vida y la honra. Ese Lurcanio la ha acusado ante su padre, dejándose quizá llevar del odio más bien que de la razon, de haberla sorprendido una noche ayudando á subir á un amante al balcon de su palacio. Las leyes del reino la condenan á las llamas, si en el término de un mes, que está para acabar, no encuentra un campeon que pruebe la impostura del inícuo acusador. La rigorosa ley de Escocia, impía y severa, manda dar la muerte á toda mujer, sea cual fuere su clase, que se una á un hombre sin haberse desposado con él, como la acusen de este delito; é imposible de todo punto es impedir tal castigo, á no ser que acuda en su defensa un guerrero, y sostenga que es inocente, y por lo tanto, no merecedora de la muerte. El Rey, aflijido por la suerte de la hermosa Ginebra, que así se llama su hija, ha hecho publicar por ciudades y castillos, que si alguno se encarga de su defensa y consigue desvanecer tan indigna calumnia, recibirá en recompensa, con tal de que sea de noble estirpe, la mano de la princesa, que llevará además en dote un estado correspondiente á su elevada alcurnia; pero si en el término de un mes no acude nadie en su auxilio, ó si el que acuda no vence, será muerta irremisiblemente. Tamaña empresa te conviene mucho más que ir vagando á la ventura por esos bosques; pues además de proporcionarte honor y fama perdurables, conseguirás no tan solo la mano de la más hermosa de cuantas doncellas existen desde el Indo hasta las columnas de Hércules, sino tambien riquezas, un dominio que te asegurará para siempre una vida halagüeña, y la gracia del Rey, que te deberá su honor, del que hoy casi se vé desposeido. Siendo caballero, estás por otra parte obligado á vengar de semejante ultraje á una dama que, segun opinion unánime, es un modelo acabado de pudor y castidad.

Reinaldo permaneció algunos momentos pensativo, y despues contestó:

—¿Es decir, que una doncella debe morir, porque recibió apasionada entre sus amorosos brazos á su amante? ¡Maldicion sobre el que tal ley ha sancionado! ¡Maldicion mil veces sobre los que la toleran! Con mayor razon debe morir una mujer cruel y desdeñosa, que la que dá la vida á su fiel amante.... Poco me importa que Ginebra haya ó no hecho feliz al suyo: por mi parte, no puedo menos de aplaudirlo, en caso de ser cierto, con tal de que haya evitado el escándalo. Decidido estoy á defenderla: así pues, proporcionadme un guia que me conduzca rápidamente al encuentro del acusador; porque si Dios me ayuda, como espero, pronto renacerá la calma en el corazon de Ginebra. No quiero suponer que la doncella sea inocente; porque si tal dijese, podria equivocarme, cuando no tengo antecedente alguno: lo que sí sostengo, es que ninguna ley debe castigar semejante falta; que fué injusto ó por lo menos loco el primero que impuso tal pena á los que incurrieran en ella, y que tales leyes deben revocarse inmediatamente y ser sustituidas por otras más razonables. Si un mismo ardor, si igual deseo hace que se busquen y se unan los dos sexos para disfrutar del tierno desenlace que proporciona el amor, y que el ignorante vulgo considera como un crímen, ¿por qué se ha de censurar ó castigar á la mujer por haber hecho con uno ó con varios lo mismo que el hombre pone por obra siempre que bien le parece, quedando, no solo impune sino aplaudido y alabado? Con tan desigual ley se han cometido verdadera y expresamente grandes injusticias contra la mujer, y Dios mediante, no tardaré en demostrar el gran mal que se ha causado soportándola por espacio de tanto tiempo.

Todos los circunstantes convinieron unánimes con Reinaldo en que los antiguos fueron tan injustos como imprudentes al consentir que rigiese ley tan inícua, y en que obraba mal el Rey que, pudiendo, no la reformaba.

Apenas la sonrosada luz del dia siguiente apareció por el horizonte, Reinaldo cogió sus armas, cabalgó en Bayardo, y precedido de un escudero que le proporcionaron en la abadía, y que le fué acompañando en el trascurso de muchas millas, se encaminó á través del horrible bosque en direccion del país donde debia combatir en favor de la calumniada doncella. A fin de abreviar el viaje, dejaron el camino, dirigiéndose por senderos tortuosos, cuando de pronto oyeron gemidos cercanos que resonaban en todas las sinuosidades de la selva.

Reinaldo y su escudero lanzaron sus caballos hácia un valle, de donde al parecer salian aquellos lamentos, y vieron, en llegando á él, á una jóven, que desde tan larga distancia les pareció hermosa, sujeta por dos malhechores. La doncella lloraba y suplicaba tanto cuanto puede hacerlo una persona: ellos con los aceros empuñados se preparaban á regar la pradera con su sangre, sin que les conmovieran las reiteradas instancias de la jóven, que con ellas procuraba diferir su funesta suerte. Apenas reparó Reinaldo en aquel espectáculo, cuando se dirigió velozmente hácia ellos prorumpiendo en gritos y amenazas. Los malandrines volvieron las espaldas, al ver tan inesperado socorro y se ocultaron por las fragosidades del terreno. El guerrero no se cuidó de perseguirlos, sino que se acercó á la doncella; le preguntó cuál era la causa de tan gran castigo, y haciéndola montar, para no perder tiempo, á la grupa del rocin de su escudero, prosiguió su interrumpida marcha. Mientras cabalgaban, la fué contemplando mejor, y vió que era muy bella y de modales distinguidos, á pesar de que aun se veia retratado en sus facciones el espanto que le causara el temor de su próxima muerte. Reinaldo repitió la pregunta que le dirigiera, y ella empezó con voz humilde á referir lo que dejaré ahora para el canto siguiente.

CANTO V.

Dalinda refiere á Reinaldo su historia y la de la princesa Ginebra.—Lurcanio persuadido de que su hermano Ariodante se habia dado la muerte por creer que la princesa despreciaba su amor, mientras que se entregaba al Duque de Albania, la acusa ante el Rey su padre de impúdica y deshonesta.—Acude Reinaldo y dá la muerte al duque de Albania, obligándole antes á confesar sus imposturas.

Todos cuantos animales existen sobre la Tierra viven tranquilos y en paz, ó si entre ellos se origina alguna contienda, jamás el macho ataca á la hembra. La osa vaga segura por la selva con el oso; la leona descansa confiada junto al leon; la loba no abriga temor alguno hácia el lobo, como la vaca tampoco lo tiene al toro. ¿Qué abominable peste, qué Megera[30] ha venido, pues, á turbar el corazon del hombre? ¿Por qué hemos de ver con frecuencia al marido prodigar los más injuriosos dicterios á su mujer, dejar impresas en su rostro las huellas de una mano atrevida, y hasta empapar en llanto, y no solo en llanto, sino en sangre derramada por una ira estúpida, el lecho nupcial?—Todo esto es en mí concepto criminal y punible; y por lo mismo jamás tendré por un ser humano, sino por un espíritu infernal revestido de forma humana, al que, rebelándose contra la naturaleza, ó contra Dios, hiere el rostro de una débil mujer ó le arranca un solo cabello, y mucho más al que le quita la vida, ya se valga del veneno, de la cuerda ó del acero.

Tales debian ser los dos ladrones puestos en fuga por Reinaldo, que habian conducido á aquella doncella hasta un valle tan sombrío y desierto con objeto de hacerla desaparecer de entre los mortales. La dejé en el momento en que se preparaba á referir á su salvador la historia de su desgracia; continuaré, pues, mi interrumpida narracion.

La jóven empezó á hablar de esta manera:

—Prepárate á oir el doloroso relato de una crueldad mayor que las que se cometieron en Tebas, Argos ó Micenas, ó en cualquier otro lugar célebre por los horrores que haya presenciado. Yo creo que si el Sol en su rotacion diaria acerca menos sus rayos vivificantes hácia este que hácia los otros paises, es porque le repugna llegar hasta nosotros, evitando en cuanto puede el ver gentes tan crueles. En toda época se han presenciado ejemplos de la crueldad que tiene el hombre para con sus enemigos; pero dar la muerte al que solo procura su bien y piensa continuamente en él, es además de injusto, impío. Mas dejando reflexiones aparte, te manifestaré desde luego la causa de que aquellos bandidos intentasen castigarme con el último suplicio, á pesar de mi edad juvenil, á fin de que conozcas la verdad entera.

»Niña era todavia, cuando entré al servicio de la hija del Rey, ocupando en la corte un puesto honroso y distinguido. Iba creciendo al par de mi señora, cuando el cruel Amor, envidioso de mi dicha, consiguió atraerme y sujetarme á sus leyes, haciendo que el Duque de Albania me pareciera el más gallardo de los caballeros y el más apuesto de los donceles. Juróme él amor sin límites, y yo le amé con toda mi alma, sin reflexionar en que por más que se escuchen las palabras y se contemple el rostro, no es posible juzgar lo que el corazon encierra. Creyendo y amando, me dejé seducir por él, sin reparar en que le recibia frecuentemente en la cámara predilecta de la bella Ginebra, donde ella guardaba sus más preciados objetos y donde dormia las más de las veces. Yo hacia que mi amante subiera á dicha estancia, colgando del balcon yo misma la escala por donde subia siempre que deseaba permanecer algun tiempo junto á él, lo cual sucedia tantas veces cuantas Ginebra me proporcionó la ocasion cambiando de cámara, molestada por el calor ó por el frio. Aquellas frecuentes ascensiones de mi amante pasaron siempre desapercibidas para los demás, porque hácia aquella parte del palacio habia algunas casas arruinadas, por donde no pasaba nadie ni de dia ni de noche.

»Por espacio de muchos dias y aun muchos meses continuaron en secreto nuestros desahogos amorosos; crédula yo y tan confiada en su cariño, que en mi corazon ardia cada vez con más fuerza el fuego del amor, el cual me cegaba hasta el extremo de no permitirme comprender que él fingia mucho y amaba poco, á pesar de que más de un indicio debiera descubrirme su proceder engañoso. Llegó, sin embargo, un dia en que tuvo el atrevimiento de revelarme que estaba enamorado de la bella Ginebra. Ignoro si empezó entonces este amor, ó antes de estar cansado del mio. Fácilmente comprendereis su arrogancia, y el imperio tan grande que ejercia sobre mi corazon, cuando os diga que no solo no le causó rubor alguno hacerme revelacion semejante, sino que me rogó le ayudara en su nueva amorosa empresa. Decíame, no obstante, que su naciente pasion no era tan verdadera ni igual á la que por mí sentia, sino que, fingiendo estar enamorado, esperaba contraer un legítimo himeneo. Parecíale cosa fácil obtener del Rey la mano de su hija cualquiera que fuese la voluntad de esta; pues en cuanto á posicion y estirpe no habia en todo el reino otro caballero más digno, despues del monarca.

»Procuró persuadirme que, si por mi auxilio llegaba á ser yerno del Rey, estando como estaba dispuesto á encumbrarse hasta donde con respecto á su rey le es dado encumbrarse á un súbdito, confesaria que me lo debia todo, y que jamás olvidaria tamaño beneficio; añadiendo por último, que su amor hácia mí seria siempre antes que su mujer y todo cuanto pudiera alcanzar.

»Yo, dedicada constantemente á satisfacer sus menores deseos, no supe ó no quise contradecirle nunca, teniéndome por verdaderamente feliz el dia en que podia complacerle: así es que, siguiendo sus insinuaciones, aproveché cuantas ocasiones se me presentaron de hablar de él y de encomiarle, no perdonando trabajo ni astucia alguna para conseguir que Ginebra correspondiese á la pasion de mi amante. Bien sabe Dios que hice cuanto me dictó mi corazon ó mi cabeza mientras me fué posible; pero nunca alcancé de Ginebra una respuesta satisfactoria para las aspiraciones del Duque; pues mi jóven señora tenia á su vez todos sus pensamientos y todos sus deseos cifrados en el amor que le inspiraba un caballero apuesto, gentil y cortés, que jóven aun, habia venido á Escocia desde Italia en compañia de un hermano suyo, con objeto de residir en esta corte. Aquel gallardo jóven adquirió pronto tal perfeccion en el manejo de las armas, que no habia otro que se le igualara en toda la Bretaña; el Rey le distinguia con su afecto, y tanto era así, que le hizo generosa y liberal donacion de castillos, villas y jurisdicciones, concediéndole además otras dignidades que le encumbraron al par de los principales nobles del reino.

»Si Ariodante, que tal era el nombre de aquel caballero, gozaba de la amistad del Rey por su maravilloso valor, no era menos querido de su hija; pero cuando esta conoció que el corazon del jóven ardia en vivo fuego por su amor, ni el Vesubio, ni el Etna, ni la misma Troya despidieron tantas llamas como el de la hermosa Ginebra.

»Esta pasion tan sincera como leal hizo que mi Señora se manifestara siempre insensible á mis instancias con respecto al Duque, y que jamás me diese una respuesta que pudiera infundirle la más mínima esperanza; así es que cuanto más reiteradas eran mis súplicas en favor de mi amante, y con más entusiasmo abogaba por él, más le censuraba y aun le despreciaba ella, y mayor enemistad sentia hácia él. Con frecuencia aconsejé á mi amante que abandonase tan vana empresa, por no ser posible reducir el ánimo de Ginebra, reconcentrado por completo en otro amor; á cuyo fin le demostré claramente, que su pasion hácia Ariodante era tan viva, que ni toda el agua del Océano conseguiria apagar el menor átomo de aquella inmensa llama. Habiendo oido muchas veces Polineso (que así se llama el Duque) esto mismo de mis labios, y visto y comprendido por sí mismo lo mal correspondida que era su ardorosa pasion, no desistió sin embargo de ella, antes bien montó en cólera y despecho, por no poder soportar en su soberbia que se le despreciara por otro; y valiéndose de torpes maquinaciones, se dedicó á producir entre Ginebra y su amante tanta enemistad, tal discordia y tan celosas sospechas, que originaron la ruptura de sus amorosas relaciones, hasta el punto de que no volvieran á reanudarlas: á este fin procuró hacer recaer sobre Ginebra una ignominia inmensa de que no pudiera verse libre ni viva ni muerta.

Tomada esta determinacion, me dijo:—«Dalinda mia, (tal es mi nombre) te confieso que, así como el árbol cortado varias veces suele renacer de sus propias raices, del mismo modo mi desgraciada pertinacia, aunque tronchada por sucesos desagradables, no cesa de germinar, queriendo conseguir el logro de sus deseos. Tambien te confesaré que no me incita el atractivo del placer, sino la satisfaccion del vencimiento. Ahora bien, con este objeto he imaginado un plan en el que espero que tambien me ayudes, no pudiendo llevarlo á cabo por mi solo. Deseo que una de las veces en que me recibas, segun costumbre, por el balcon, en ocasion en que Ginebra descansa en su lecho, cojas todos los vestidos de que ella se haya desnudado y te los pongas, procurando adornarte y arreglar tus cabellos como ella, imitar sus ademanes, y parecerte á ella en todo y por todo; hecho esto, me echarás desde el balcon la escala; mi acalorada imaginacion verá representada en tí á la princesa con cuyo traje estarás vestida, y engañándome á mí mismo de esta suerte espero que en breve se irán amortiguando mis vehementes deseos.»

»Así dijo; y yo que no era dueña de mi razon ni de mi albedrío cuando él me pedia alguna cosa, no comprendí que lo que me acababa de proponer era un ardid de los más groseros; y cumplí exactamente sus órdenes, vistiéndome con las ropas de Ginebra, y echando desde el balcon la escala por donde él habia subido tantas veces. Cuando eché de ver el lazo que se me habia tendido, ya estaba hecho el daño.

»Por aquel tiempo, el Duque habia tenido una entrevista con Ariodante, de quien habia sido íntimo amigo antes de que el amor los convirtiera en rivales, y en ella se entabló la siguiente conversacion:

—«Maravíllome, empezó á decir mi amante, de que habiéndote guardado más consideraciones y querido más que á todos los de nuestra clase, tan mal hayas pagado esta amistad y deferencia. Estoy seguro de que no ignoras el amor que Ginebra y yo nos profesamos ha ya mucho tiempo, y de que estoy decidido á pedirla por esposa á mi soberano. ¿Por qué, pues, te atraviesas en nuestro camino? ¿Por qué te has de obstinar en obsequiarla, á pesar de conocer la inutilidad de tus esfuerzos? Si estuvieras en mi lugar y yo en el tuyo, por Dios te aseguro que respetaria tu felicidad.

—«Mayor asombro me causa tu conducta, replicó Ariodante, pues ni siquiera habias visto tú á Ginebra, cuando ya mi corazon le pertenecia. Además, me consta que no ignoras cuán grande es nuestro mútuo amor, tan ardiente como el que más; que sus deseos más vehementes se cifran en ser mi esposa, y tambien me consta que estás perfectamente enterado de que no te ama. ¿Por qué, pues, no has de guardar á mi amor ese respecto que nuestra amistad exige, y que antes solicitabas tuviera al tuyo, como indudablemente lo observaria yo si ella te distinguiera con su cariño más que á mi? Abrigo, como tú, la esperanza de poseer la mano de Ginebra; pues aunque tus riquezas sean superiores á las mias, no soy menos apreciado del Rey que tú, y en cambio soy más amado por su hija.

—«¡Oh! exclamó el Duque: ¡en qué error tan grande te ha hecho incurrir tu insensato amor! Crees ser el preferido; yo creo lo mismo: por lo tanto es preciso apelar á las pruebas. Dame cuenta, con toda sinceridad, de los favores que has conseguido; yo te revelaré ingénuamente todos mis secretos con respecto á este amor, y aquel de los dos que haya sido el menos favorecido, cederá el puesto al vencedor, y procurará consolarse con otros amores. Pronto estoy á jurarte que no diré jamás una palabra de lo que me reveles, si así lo deseas: en cambio espero que á tu vez me ofrezcas no revelar nada de cuanto yo te diga.»

»Convinieron ambos en esta proposicion, y pronunciaron su respectivo juramento con la mano puesta sobre los Evangelios; hecho lo cual, Ariodante tomó la palabra para referir al Duque la historia de sus amores. Participóle con entera franqueza y sin apelar á viles mentiras, que Ginebra le habia jurado de palabra y por escrito, que jamás consentiria en dar su mano á otro que á él; que en el caso de que el Rey su padre se opusiera á sus deseos, ella le aseguraba y le prometia oponerse á su vez á todo otro enlace, y que pasaria el resto de sus dias en la soledad. Añadió Ariodante que le animaba la esperanza de conseguir sus deseos en gracia del valor que habia demostrado en todas ocasiones, así como la de alcanzar mayores lauros y honores en beneficio de su Rey y de su patria, para hacerse tal lugar en el ánimo de su señor que llegara á tenerle por digno de desposarle con su hija, en cuanto conociera que tal enlace era del agrado de la princesa.

»Despues añadió:

—«Tal es mi actual situacion: no temo que rival alguno llegue á conseguir lo que yo; no procuro alcanzar más, ni deseo testimonio más irrecusable del amor de Ginebra; así como tampoco aspiro á mayor premio hasta que Dios me lo otorgue por medio de un legítimo himeneo; pues, por otra parte, estoy convencido de que seria completamente inútil solicitar nuevos favores á pesar de la extremada bondad de mi adorada.

»Así que el verídico y leal Ariodante concluyó de manifestar el galardon que esperaba de sus amorosos desvelos, Polineso, que ya se habia propuesto enemistarlo con Ginebra, empezó á hablar de esta suerte:

—«Veo que estás mucho menos adelantado que yo, y espero hacerte convenir en ello, y más aun, obligarte á confesar que soy el verdaderamente dichoso, cuando te descubra las circunstancias que á mi amor acompañan. Finge Ginebra que te ama; pero no te profesa cariño ni estimacion alguna, limitándose á alimentarte de vanas esperanzas y palabras: además de esto, siempre que habla conmigo atribuye tu amor á necedad y se mofa de él. En cuanto á mí, recibo con frecuencia pruebas de su ternura, más tangibles y terminantes que ridículas promesas; pruebas que te revelaré fiando en tu juramento, si bien haria mejor en callar. Has de saber que no transcurre mes sin que pase tres, cuatro, seis, y á veces hasta diez noches en sus brazos, gustando de las voluptuosidades del amor. Por esto podrás comprender si los favores que hasta ahora has recibido pueden igualarse á los que yo alcanzo continuamente. Cédeme, pues, el campo, y procura consolarte en otra parte, ya que soy el más afortunado de los dos.

—«No debo ni quiero dar crédito á tus palabras, repuso Ariodante; estoy seguro de que mientes, y de que has inventado todo ese tejido de falsedades con el objeto de obligarme á renunciar á mi empresa. Mas como todo lo que has dicho es altamente injurioso para Ginebra, es preciso que lo sostengas en todas partes; pues espero probarte ahora mismo que no solamente eres un impostor, sino tambien un vil traidor.

»El Duque replicó:

—«No seria justo que llegáramos á las manos, cuando te ofrezco hacerte ver por tus propios ojos, y siempre que gustes, la verdad de mis palabras.

»Al oir esto quedó atónito Ariodante, y empezó á sentir en todo su cuerpo tan frio temblor que, á haber dado entero crédito á lo manifestado por Polineso, allí mismo acabara su existencia. Con el corazon traspasado, pálida faz, voz temblorosa y amargo acento, respondió:

—«En cuanto me proporciones la ocasion de presenciar esa dicha, que, segun acabas de decir, alcanzas tan frecuentemente, huiré del lado de la que es tan liberal en sus favores para contigo y tan avara de ellos para mí: pero mientras no sea yo mismo testigo de mi desgracia, no esperes que dé crédito á tus palabras.

—«Cuidaré de avisarte cuando se presente la ocasion, respondió Polineso: y separóse de su rival.

»Dos noches habian pasado, cuando avisé al Duque que podia acudir á visitarme. Este, dispuesto ya á completar la trama tan artificiosamente urdida, aconsejó á su rival que á la siguiente noche se escondiera entre las solitarias ruinas que habia hácia aquella parte del palacio, y señalóle un sitio á propósito en frente del balcon por donde solia subir. Ariodante sospechó desde luego que Polineso habia procurado atraerle hácia un lugar tan desierto con el objeto de tenderle una emboscada y darle la muerte, bajo el pretexto de que queria probarle cuanto habia dicho con respecto á Ginebra, lo cual le parecia imposible. Resolvió, sin embargo, acudir á la cita; pero de modo que no le encontrase desprevenido cualquier asechanza que se le preparara. Ariodante tenia un hermano, tan valeroso como prudente, y el más famoso entre los caballeros de la corte por su destreza en el manejo de las armas: llamábase Lurcanio, y yendo acompañado por él, estaba más seguro que si le prestasen su auxilio otros diez defensores cualesquiera. Rogóle que fuera en su compañía y que acudiese convenientemente armado; y al cerrar la noche encamináronse ambos al sitio designado, sin que Ariodante revelara á su hermano el secreto que se le habia confiado. Hizo que se colocara como á un tiro de piedra apartado de él, y le dijo:

—«Si me oyes llamarte, ven en mi auxilio; pero si no es así, te ruego que, si me profesas algun cariño, no te muevas de aquí antes de que yo te llame.»

—«Te lo prometo, contestó Lurcanio.

»Tranquilo Ariodante por este lado, fué á ocultarse entre las ruinas que estaban frente á mi balcon, á tiempo que por la parte opuesta se adelantaba el infame que se complacia de antemano con la deshonra de Ginebra: hízome la señal acostumbrada, y yo, ignorante por completo de aquella perfidia, apenas la oí salí al balcon, que estaba de tal modo construido, que se me podia ver por todas partes, vestida con un trage blanco, adornado con franjas de oro en su centro y en derredor, y engalanada la cabeza con una redecilla de oro y pequeñas borlas de púrpura; moda que ninguna dama de la corte usaba más que Ginebra.

»Lurcanio, en tanto, temiendo que acaeciera alguna desgracia á su hermano, ó impulsado por ese deseo que todos tenemos de saber lo que á otros sucede, le habia ido siguiendo silenciosamente, resguardándose con la sombra, hasta que llegó á colocarse á menos de diez pasos de distancia. Ignorante yo de cuanto estaba pasando, y vestida como he dicho, salí al balcon como habia salido tantas y tantas veces. La luz de la Luna daba de lleno sobre mis vestidos, y como mi aspecto y rostro eran bastante semejantes á los de Ginebra, fácilmente podrian confundirme con ella, tanto más cuanto que entre el palacio y aquellas casas arruinadas media una regular distancia.

»El Duque se aproximó á los dos hermanos, á quienes ocultaba la sombra, y les hizo creer diestramente en aquella superchería. ¡Juzgad cuál seria el dolor y la desesperacion de Ariodante! En seguida se acercó Polineso á la escala, que ya le habia yo arrojado, y subió apresuradamente al balcon: apenas llegó á él, le eché los brazos al cuello, creyendo no ser de nadie vista, y le prodigué las más tiernas caricias, como solia siempre que venia en tales horas á visitarme. Él por su parte me acarició con más solicitud y ternura que nunca, con el único objeto de disipar hasta la menor duda que pudiera quedar en el corazon de Ariodante, el cual contemplaba desde léjos el terrible espectáculo que en mal hora habia deseado presenciar. ¡Su dolor fué tal, que intentó darse allí mismo la muerte, y desenvainando su espada, apoyó en el suelo la empuñadura para clavarse la punta en el corazon! Lurcanio, que habia visto con el mayor asombro al Duque subir al balcon, pero sin conocerle, reparando en la accion de su hermano, se precipitó hácia él y evitó que se traspasara el pecho con su propia mano, llevado de la desesperacion. Si hubiera tardado un solo instante, ó se hubiese encontrado un poco más léjos, no habria estado á tiempo de evitar aquella desgracia.

—«¡Ah, hermano desgraciado é insensato! exclamó: ¿has perdido por ventura la razon, para que por una mujer intentes arrancarte la vida? ¡Así desaparecieran todas como ante el viento la niebla! Procura más bien su muerte, pues la tiene merecida: tú debes morir de un modo más honroso y más digno de tí. Pudiste muy bien amarla cuando te era desconocida su perfidia; pero ahora que la has descubierto, debes aborrecerla con toda tu alma. Conserva, pues, ese acero, que has vuelto contra tu pecho, y que debe servirte para denunciar al Rey la deshonrosa falta de su hija.

»Cuando Ariodante vió junto á sí su hermano, abandonó su criminal empresa; pero no el intento que habia formado de librarse de la vida. No ya herido, sino traspasado el corazon de angustia y de dolor, se alejó de aquel sitio con su hermano, fingiendo que habia desaparecido ya el furor que le puso fuera de sí.

»A la mañana siguiente se ausentó sin ser visto de nadie y sin decir una palabra á su hermano, guiado por la desesperacion, ignorándose durante muchos dias qué habia sido de él. A excepcion del Duque y de su hermano, todo el mundo ignoraba la causa de su desaparicion, sobre la cual se hicieron mil diversos comentarios, tanto en palacio, como en toda la Escocia. Al cabo de ocho ó más dias se presentó á Ginebra un viajero, portador de una noticia desastrosa: tal era la de que Ariodante habia perecido en medio de las olas, y no á consecuencia de alguna tempestad, sino por haberse dado voluntariamente la muerte, arrojándose de cabeza al mar desde una peña que se elevaba bastante fuera del agua. El portador de tan triste nueva añadió:

—«Antes de llegar á tal extremo, me dijo Ariodante, á quien casualmente habia encontrado en el camino:—«Ven conmigo, á fin de que puedas referir á Ginebra la suerte que me espera; y díle que la causa de lo que vas á presenciar consiste en que he visto demasiado. ¡Dichoso yo, si antes hubiera quedado sin vista!»—Nos encontrábamos entonces cerca del promontorio de Cabo-bajo, que penetra algun tanto en el mar en direccion á Irlanda; y así diciendo, ví que desde lo alto de un peñasco se precipitó de cabeza en el mar desapareciendo entre las olas. Allí le dejé, y he venido presuroso á traerte esta noticia.»

»El dolor de Ginebra fué tan grande que cubrió su rostro una palidez mortal, perdió el conocimiento y quedó algun tiempo como muerta. Cuando, vuelta en sí, se encontró sola en su lecho virginal ¡oh Dios! cuál manifestó su desesperacion en sus acciones! Golpeábase el seno, desgarraba sus ropas, y se mesaba furiosamente los dorados cabellos, repitiendo incesantemente las últimas palabras de Ariodante: que la causa de su triste y desgraciada muerte procedia de haber visto demasiado!

»En breve circuló por todas partes el rumor de que el valiente caballero se habia dado la muerte llevado de su desesperacion. El Rey, lo mismo que las damas y caballeros de su corte, derramaron abundantes lágrimas por su memoria, pero sobre todos ellos, Lurcanio, que quedó sumido en tal luto y desolacion, que estuvo próximo á imitar á su hermano, dándose á sí mismo la muerte. A fuerza de repetirse una y otra vez que Ginebra era quien habia privado á su hermano de la vida, y que el motivo de su muerte no fué otro sino el haber sido testigo de la infame deslealtad de la princesa, se apoderó de su corazon tan insensato afan de venganza, y tanto fué lo que el dolor y la ira le dominaron, que con tal de satisfacerla no titubeó en arrostrar la ira del Rey y del país entero, y mucho menos en perder la gracia del monarca.

»Presentóse, pues, al Rey en el momento en que se hallaba rodeado de toda su corte, y con ademan sombrío, le dijo: