Nota del Transcriptor:
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LOS GRANDES POEMAS.
JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.
PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE
D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.
TOMO III DE LA COLECCION.
ORLANDO FURIOSO
POEMA ESCRITO EN ITALIANO
POR
LUDOVIGO ARIOSTO
Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO
POR
D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.
TOMO II.
BARCELONA.
EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 4.
1872.
ES PROPIEDAD.
BARCELONA.
ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE JAIME JEPÚS.
CALLE DE PETRITXOL, NÚM 9, BAJOS.
1872.
ORLANDO FURIOSO.
CANTO XXV.
Rugiero libra á Riciardeto del suplicio de las llamas, á que le habia condenado el rey Marsilio.—Riciardeto refiere minuciosamente á Rugiero la causa de haber sido condenado á muerte.—Los dos jóvenes pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una gran tristeza, y á la mañana siguiente salen armados á impedir que Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.
¡Cuán violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como vencido uno ú otro sentimiento, todavía se ignora cuál de ellos ejerce un dominio más absoluto. Mucho influyó sin duda alguna en el ánimo de los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que suspendieran su amorosa contienda á fin de volar en auxilio de los suyos; pero pudo mucho más el amor, porque de no habérselo exigido así la señora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejército estarian esperando inútilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto, que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica, otras veces es útil.
Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas, se dirigieron juntamente con Doralicia hácia Paris para salvar al ejército africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia ido siguiendo las huellas del Tártaro, hasta conseguir que el celoso Rodomonte le alcanzara. Llegaron á un prado, donde estaban descansando á orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos con los yelmos, acompañando á una dama de bello rostro. En otra parte os diré quiénes eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva á hablaros del buen Rugiero, á quien dejé en el momento en que arrojaba su escudo en un pozo.
Apenas hubo andado una milla, cuando encontró uno de los correos que el hijo del rey Trojano mandaba á todos los caballeros solicitando su socorro. El mensajero le anunció tambien que Cárlos tenia puestos á los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor tardanza auxilios, en breve perderian el honor ó la vida. Asaltado Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia á cual dar la preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los más á propósito para que se formara maduramente su opinion. Por último, dejó marchar al mensajero, y revolvió su caballo en la direccion que le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulándole incesantemente para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.
Siguiendo, pues, su marcha, llegaron á la caida de la tarde á una ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno del rastrillo y de los fosos se veia un gran número de soldados y de aprestos belicosos, nadie les estorbó el paso. Como los soldados conocian á la dama que iba en compañía de Rugiero, le dejaron pasar libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Llegó á la plaza, encontrándola llena de una multitud cruel, apiñada en derredor de una siniestra pira, sobre la cual divisó pálido y macilento al jóven condenado á perecer entre sus llamas.
En cuanto Rugiero fijó sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso, creyó ver á la misma Bradamante; tal era la semejanza del jóven con ella. Cuanto más detenidamente contemplaba su faz y su talante, tanto más se convencia de que era ella, diciendo para sí: «Ó esa es Bradamante, ó no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su audacia, habrá querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal éxito su empresa, habrá quedado aprisionada, como estoy viendo. ¿Por qué esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir conmigo los peligros de esta aventura? ¡Ah! ¡gracias á Dios, he llegado á tiempo de salvarla!»
Y sin vacilar un solo instante, desenvainó la espada (porque su lanza habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando su caballo sobre aquella multitud inerme, empezó á describir círculos con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho emprendió la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos tendidos en el suelo, los más atropellados y los otros con la cabeza rota. Cual bandada de pájaros que, revoloteando seguros por las orillas de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos, abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las garras de su enemigo, así hizo aquella multitud en cuanto el valiente Rugiero dió tras ella. A cuatro ó seis de los que fueron más lentos en huir les cortó la cabeza á cercen con la mayor limpieza; hendió á otros tantos hasta el pecho, y á muchos más hasta los ojos ó los dientes. Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple más fino, los habria partido del mismo modo, ó poco menos.
No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba dotado Rugiero; fuerza que superaba á la del oso, á la del leon, y á la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse á la de un terremoto, ó á la del Gran Diablo[1], no el del Infierno, sino el de mi Señor; que con su fuego hace retroceder al cielo, á la tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro ó cinco: así es que pronto dejó ciento tendidos á sus piés. Su centelleante espada cortaba el más duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forjó aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la muerte á Orlando, pero harto le pesó haberla fabricado, pues vió su jardin destrozado con su propia obra; y si entonces causó tanta ruina y tal estrago, ¿qué no deberia hacer á la sazon, manejada por un héroe cual Rugiero? Si alguna vez se sintió este guerrero poseido de furor; si hizo alarde de su fuerza; si dió las más ostensibles pruebas de su valor indomable, nunca como entonces lo sintió, lo hizo ó las dió, creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de él, ni más ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.
Rugiero salva á Riciardeto, condenado á perecer en las llamas.
(Canto XXV.)
La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jóven sujetaban, y le armó como pudo, presentándole un escudo y una espada: al verse libre el ofendido mancebo, procuró vengarse á su sabor de aquella gente, y dió tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que en breve fué tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso Rugiero salió con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se halló en completa seguridad fuera de las puertas, dió á su libertador una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil donaire, por haberle socorrido, á pesar de no conocerle, arriesgando para ello su vida, y terminó rogándole que le dijese su nombre, á fin de saber á quién debia tanto agradecimiento.
—Esas son, decia entre sí Rugiero, las bellas facciones, la graciosa apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, ¿cómo ha podido olvidar tan pronto mi nombre?
Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigió con cierta astucia al mancebo esta pregunta:
—Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por más que esfuerzo mi imaginacion, no sé ni puedo recordar en qué sitio: ¿quereis decírmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro nombre, á fin de saber á quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno socorro?
—Bien podrá ser que me hayais visto en otra parte, respondió el jóven; pero á mi vez ignoro dónde y cuándo, porque tambien yo voy recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que hayais visto á una hermana mia, que viste armadura y ciñe espada: somos mellizos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de nuestra familia pueden distinguirnos á uno de otro. No sois el primero, ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error, tanto más disculpable, cuanto que caen con frecuencia en él nuestro padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo único que me diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y descuidados como hacen los demás hombres, al paso que ella los tenia largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibió en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y un siervo de Dios le cortó la cabellera á la altura de la oreja para curarla, no ha quedado una sola señal que nos distinga, excepcion hecha del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros, os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi semejanza con mi hermana, y que si al principio me causó algun placer, trocóse pronto en acerbo disgusto.
Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan halagüeñas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigió las más vivas instancias á Riciardeto para que le refiriera aquella aventura: el jóven, accediendo á ellas, prosiguió hablando de esta suerte:
—Sucedió en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los bosques próximos, fué herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion en que no llevaba puesto el yelmo, viéndose obligada á cortarse sus largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvió á internarse en el bosque, y vagando por él, llegó á un manantial al que prestaban los árboles grata sombra. Como estaba rendida y disgustada, se apeó del caballo, quitóse el casco, y quedó en breve dormida sobre la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fábula más bella ni extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante, acertó á pasar por allí Flor-de-Espina de España, que andaba cazando por el bosque, y cuando tropezó con mi hermana que estaba completamente armada, pero con la cabeza descubierta, y ceñia una espada en vez de empuñar una rueca, creyó hallarse en presencia de un caballero. Tanto tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que quedó prendada de mi hermana; é invitándola á cazar, se alejó de sus compañeras, y se ocultó con ella en lo más espeso del bosque.
»Así que hubo llegado á un sitio solitario en donde no temia que la sorprendieran, con sus palabras y acciones fué poco á poco descubriendo la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente, hasta que por último, fuera de sí, se atrevió á darle un beso. Mi hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba en el mayor compromiso.—«Mejor será, decia entre sí, apresurarme á deshacer su error, revelándole mi verdadero sexo, que consentir en que me tenga por un caballero descortés.»—Y decia la verdad; porque era una villanía, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion, y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como un buho. Procuró, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad, manifestándole que era tambien una doncella, que buscaba la gloria por medio de las armas, cual otra Hipólita ó Camila; añadiendo que habia nacido á orillas del mar de África, en la ciudad de Arcilla, y que desde su edad más temprana se habia ejercitado en el manejo de la espada y de la lanza.
»Esta confesion no apagó una sola chispa del fuego que abrasaba á la enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo, que este remedio fué demasiado tardío para su penetrante herida. A pesar de tal revelacion, no le pareció menos bello el rostro, menos bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana; así como tampoco logró recobrar su corazon, que, separado de su pecho, se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imaginó que, mientras la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor más vivo. Cuantos hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian llorado seguramente con ella.—«¡Qué tormentos, decia, ha habido tan crueles que no lo sean más los mios! Fácil me habria sido alcanzar el término deseado de cualquier otro amor, inocente ó culpable; habria sabido separar la rosa de las espinas; solo á mi anhelo no hallaré fin. ¡Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios que impones á los demás amantes. Entre los hombres y los animales, jamás he visto que la hembra ame á la hembra: nunca ha seducido la belleza de una mujer á otra, así como la cierva no se ha enamorado de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la única que padece tan insoportable martirio: sin duda has pretendido que mi lastimoso error sea el ejemplo más terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey Nino[2], al amar á su propio hijo, sintió deseos tan nefandos como impuros: la pasion que concibió Mirra por su padre y la Cretense por el toro[3] fué odiosa sin duda; pero la mia es más insensata que todas ellas. La hembra se enamoró del varon, esperó el fin de sus deseos y lo consiguió: Pasifae se metió en una vaca de madera para lograrlo, así como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero aunque me socorriese Dédalo[4] con todo su ingenio, no podria desatar el nudo que formó con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto existe en la naturaleza.»
»Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos ó procuraba vengarse de sí contra sí misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lágrimas, procurando calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba inútilmente en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo, continuaba lamentándose más y más, y exhalando incesantes sollozos. Empezaban ya los últimos rayos del Sol á teñir de púrpura el Occidente, y se aproximaba la hora de que buscara más seguro asilo todo el que no quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreció á Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi hermana no pudo resistir á sus ruegos y llegó en su compañía al sitio en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado á las llamas, si no os hubiéseis presentado.
»Flor-de-Espina dispuso que acogiesen á mi hermana con el mayor agasajo, é hizo además que trocara su férrea armadura por un rico traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer la que la habia acompañado; pues comprendiendo que ninguna utilidad le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplándola más detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su reposo fué muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia y lloraba, lamentándose de que su deseo fuera cada vez más ardiente. Si el sueño cerraba por algunos momentos sus párpados, la atormentaban imaginarios ensueños, figurándose ver que el cielo le concedia que Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado por la sed, logra conciliar el sueño, mientras le abrasa la fiebre, en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el sediento enfermo, veia entre sueños las imágenes más deliciosas y más propicias á sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la triste realidad. ¡Cuántas súplicas, cuántas promesas hizo durante toda la noche á Mahoma y á todos los Dioses para que por medio de un milagro sorprendente y ostensible cambiaran á Bradamante en mejor sexo! Todos fueron inútiles y quizás el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.
»Pasó la noche, y Febo sacó del seno de las ondas su blonda cabellera, iluminando el mundo. En cuanto apareció el dia y dejaron ambas el lecho, sintió Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante, que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifestó que debia ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un magnífico corcel, enjaezado con franjas de oro, y además una sobrevesta ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompañado hasta una larga distancia, regresó á su palacio, derramando copiosas lágrimas.
»Mi hermana caminó con tal rapidez, que aquel mismo dia llegó á Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del mayor júbilo; porque careciendo de noticias suyas estábamos con el mayor cuidado por ella y llegamos á temer que hubiese muerto. Al quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella nos refirió desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros, diciéndonos cómo fué herida en el bosque; cómo se vió precisada á permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cómo la sorprendió, mientras estaba durmiendo á la orilla de un arroyo, una linda cazadora, á quien dejó prendada su falsa apariencia, y cómo se retiró con ella á un sitio apartado. Nos habló tambien de la afliccion de Flor-de-Espina, que nos conmovió sobremanera, y por último, nos participó su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta regresar á nuestro lado.
»Yo conocia á Flor-de-Espina por haberla visto en Zaragoza y luego en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado en extremo; pero no dejé que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de que es un sueño ó una locura el amor sin esperanza. Al presentárseme entonces aquella ocasion tan propicia, sentí de improviso que se reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se valió de esta esperanza para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido: caí entonces en ellas, y él me inspiró medios más á propósito para conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no podria menos de tener buen éxito; pues así como mi semejanza con mi hermana habia engañado á muchos, tal vez engañaria del mismo modo á la apasionada jóven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al fin me pareció que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No participé á nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer con respecto á él. Durante la noche, fuí al sitio donde mi hermana tenia recogidas sus armas; me las puse, y salí del castillo cabalgando en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera á esperar que amaneciese. Guiado por el amor, fuí á buscar á la bella Flor-de-Espina, y llegué á su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por dichoso se tuvo el que consiguió antes que nadie anunciar á la Reina mi llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo, cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi hermana el dia anterior.
»A los pocos momentos salió Flor-de-Espina á recibirme, colmándome de las más tiernas caricias, con rostro tan radiante de júbilo, que no podia demostrarse más. Rodeó mi cuello con sus hermosos brazos, y estrechándome suavemente, me besó en la boca. Podeis pensar si el agudo dardo que entonces me disparó el amor dejaria traspasado mi corazon. Cogióme de la mano, y me condujo presurosa á su cámara, donde me quitó el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar á nadie este cuidado. Ordenó despues que trajeran uno de sus trajes más ricos y lujosos; lo desdobló por sí misma y se puso á vestirme como si yo fuese en efecto una mujer, encerrando, por último, mis cabellos en una redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se retratase la mayor modestia, lo que conseguí tan bien, que ninguno de mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez conocer, procuré fingirla de modo, que nadie concibió la menor sospecha.
»Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que se conceden á las reinas y grandes señoras. Más de una vez tuve ocasion de reirme de aquellos señores, que no sabiendo que bajo aquel traje femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con sus miradas lánguidas ó lascivas. Cerca ya de media noche, y despues de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares más exquisitos que ofrecia la estacion, no esperó Flor-de-Espina á que yo solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que me invitó galantemente á que durmiese aquella noche con ella. Despues que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y las dueñas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirigí á Flor-de-Espina estas palabras:
—»No os maravilleis, señora, de haberme visto regresar tan pronto á vuestro lado, cuando tal vez estaríais pensando en que no volveria á hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os diré en primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi permanencia aquí hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos, habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo momento, conceptuándome feliz con vivir y morir en vuestro servicio; pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra afliccion, elegí, á falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El hado sin duda me apartó del camino recto, é hizo que me internara en un bosque inextricable, en el que oí cercanos lamentos, cual si fueran despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corrí hácia donde resonaban, y á la orilla de un lago cristalino ví á un fauno, que acababa de coger en sus redes á una doncella desnuda, á la que habia sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipité sobre él, y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro modo, arranqué la vida al infame pescador. La doncella se arrojó al momento al agua y me dijo:—«Tu auxilio no quedará sin recompensa, porque sabré premiarte espléndidamente: pídeme lo que quieras: soy una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo suficiente poder para hacer las cosas más asombrosas, y hasta para que obedezcan á mi voz los elementos y la naturaleza. Pídeme todo aquello á que se extienda mi valimiento, y despues deja á mi cuidado la satisfaccion de tus deseos. A mis cánticos baja la Luna desde el Cielo, se hiela el fuego y se solidifica el aire, y más de una vez han bastado mis más sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al Sol en su curso.»—Yo no pedí, á pesar de tantos ofrecimientos, ni los más preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos los combates: únicamente solicité de ella que me allanara un camino cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este ó el otro medio, sino dejándolo enteramente á su arbitrio. Apenas le hube expuesto mi demanda, cuando se sepultó otra vez en el lago, y por única respuesta me roció con algunas gotas de agua encantada. Apenas me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontré, sin saber cómo, enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar crédito á una metamórfosis, que de mujer me ha convertido en hombre. Vos tampoco lo creeríais si no os fuera fácil convenceros ahora mismo de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora que cuando pertenecia á otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto siempre á serviros y obedeceros.»
»Así le dije, y Flor-de-Espina no tardó en convencerse de la verdad de mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras más se lamenta por verse privado de ella, más se aflige, se atormenta y encoleriza, y si bien llega á conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados de la desesperacion, que no puede dar crédito á sus ojos y permanece en la mayor confusion. Esto mismo le aconteció á la jóven que, á pesar de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueño halagador. Convencida, por último, exclamó fuera de sí: «¡Oh cielos, si esto es tan solo un sueño, haced que no despierte nunca!»—No fué necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los tambores para empezar el amoroso asalto; bastaron como señal para darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos á cambiarnos, y sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoderé de la fortaleza en que planté mi estandarte victorioso, humillando á mi dulce enemiga.
»Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de sus quejas y suspiros, en aquella lo fué de nuestras risas, fiestas y suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan más estrechamente con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.
»Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no faltó quien lo descubriera, y hasta llegó á oidos del Rey, por mi desgracia. Vos, señor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la hoguera en la plaza, comprendereis fácilmente el resto; pero solo Dios conoce el desconsuelo en que he quedado.»
Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.
(Canto XXV.)
En tales términos refirió Riciardeto sus aventuras á Rugiero, haciendo con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por un monte rodeado de peñascos y precipicios. Un escarpado sendero, angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario aserto, han asegurado que era hijo legítimo de Gerardo. Pero fuese lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal, cortés y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo á su primo Riciardeto, dispensó á Rugiero la cortés acogida que le era debida, y Rugiero le correspondió del mismo modo por respetos á su jóven compañero. Sin embargo, no salió á su encuentro tan alegremente como solia, sino que los acogió con triste semblante, por haber recibido aquel dia una noticia que anubló la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro. En vez de saludar á Riciardeto, le dijo:
—Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran valor, con tal que ella le entregara á nuestros dos hermanos Malagigo y Viviano. Desde el dia en que Ferragús los hizo prisioneros, los ha tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto bárbaro y desleal de que te hablo. Mañana los debe entregar al de Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. Él mismo debe ir en persona á pagar el precio de la sangre más ilustre que existe en Francia. Acabo de avisar á nuestro Reinaldo lo que ocurre, por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar á tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los medios no me acompañan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder, los inmolará sin remedio: así es que no sé qué hacer ni qué decir.
Mucho afligió á Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso á su amigo, se contristó tambien; mas observando que uno y otro guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:
—Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo de esta empresa: este acero que veis valdrá por mil, tratándose de libertar á vuestros hermanos. No necesito más gente ni más ayuda; pues me considero bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: únicamente os pido un guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en cambio os prometo que desde aquí habeis de oir los gritos de cuantos presencien tan impía accion.
Así exclamó, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto, que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero Aldigiero le oia como se suele escuchar á un hombre que habla mucho y sabe poco. Riciardeto le llamó aparte y le refirió cómo, merced á él, acababa de librarse de las llamas, asegurándole que cuando llegara la ocasion sabria hacer mucho más de lo que prometia. Entonces Aldigiero le escuchó con mayor atencion, formó de él el concepto que por su valor merecia, y le ofreció una cena abundante y espléndida en la cual le dispensó los mismos honores que si fuese su señor. Habiendo convenido, por último, en que era posible rescatar á los dos hermanos sin necesidad de más ayuda, se retiraron á descansar, y pronto cerró el sueño los párpados de todos los moradores del castillo, excepto los de Rugiero, que permaneció despierto, molestado por una punzante idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la infamia, el escarnio que sobre él recaerian, yendo con los enemigos de su señor. ¡Y cuán grande no seria su falta, y el desprecio con que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En cualquiera otra circunstancia hubiérase creido que su conversion era inspirada por una verdadera fé; pero entonces, cuando más necesitaba Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian estrechado, todos hubieran creido que la cobardía y la pusilanimidad, y no la conviccion de abrazar una creencia más pura, eran los móviles verdaderos de su determinacion.
Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada. Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo tuvo formado el designio de ir á buscar á Bradamante al castillo de Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar á Riciardeto. Acordóse despues de que le habia prometido esperarla en Valleumbroso, y consideraba cuál seria el asombro de la doncella al encontrarse en el monasterio sin su amante. ¡Si al menos pudiera enviarle un mensajero ó una carta, á fin de que ella no tuviese que lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que él se hubiese alejado sin decirle una palabra!
Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad, no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido, y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder de los enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha, que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos. Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante, ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás parientes.
«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:—«Mientras la fortuna se mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento; pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado del vencedor!»—Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A esto se reduce cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el resto de mi vida.»
Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama. Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho, hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.
No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros, ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo, para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en que partiese solo.
Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos hermanos: era una vasta llanura, abrasada por los ardientes rayos del Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.
CANTO XXVI.
Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas que ven en una fuente.—Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden luchas parciales con unos y otros.—La Discordia vaga en torno de ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.—El valiente Rey de Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.
Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío, sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de su Rugiero, mereciendo que tan valeroso jóven cifrara en ella todo su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras generaciones.
He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció, por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor correspondia á su marcial apostura.
—¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo, peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla, arroje de la suya á su adversario?
—Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.
Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos para el combate.
—Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy indigno de tal compañía.
Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.
No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.
—¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á la funcion?
Rugiero respondió:
—No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores. Prepárase un magnífico baile, y debemos hacer todo cuanto esté de nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.
Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.
Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte, se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos, tristes y macilentos, viéndose próximos á la muerte, mientras que Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras con el jefe sarraceno. Al ver á aquel traidor, no pudieron contener su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la lanza en el ristre, le acometieron á la vez. La lanza de uno de ellos atravesó el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro le pasó el rostro de parte á parte. ¡Ojalá sufriesen igual castigo todos los malvados!
La acometida de los dos primos fué la señal para que Marfisa y Rugiero atacasen á su vez: la lanza de la primera no se rompió sino despues de haber muerto, uno tras otro, á tres adversarios. Rugiero dirigió su asta contra el jefe de los sarracenos, que cayó instantáneamente sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompañaran en su viaje á las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los atacados un error que les condujo á su perdicion; pues mientras los de Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de tal modo heridos, empezaron á llamarles asesinos, trabándose en seguida entre ambas partes una lucha terrible á lanza, espada y ballesta.
Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros tantos lo mismo de una que de otra parte. Las tajantes espadas hacian saltar sin vida de la silla á todos cuantos alcanzaban; las corazas y los yelmos les ofrecian menos resistencia que la leña seca de un bosque á la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto ú oido referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina las acomete, y las devora, las mata ó las dispersa, podeis imaginar que Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.
Riciardeto y su primo no imitaban á sus dos compañeros en cuanto á sus alternativos ataques á uno ú otro bando: sin cuidarse de los sarracenos, descargaban únicamente su ira sobre los de Maguncia. El hermano del paladin Reinaldo unia á su esforzado ánimo un brazo vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el ódio que abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.
Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin conceder el menor reposo á su espada, hendia todos los yelmos ó los aplastaba como si fueran huevos. ¿Y quién no se mostraria atrevido, ó no seria tenido por un nuevo Héctor, yendo acompañado por Rugiero y Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?
Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus compañeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atónita sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte que habia bajado á aquella llanura desde el quinto Cielo[5]. Admiraba aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal. Lo mismo partia los yelmos que las más recias corazas; hendia los hombres de arriba á abajo hasta el caballo, ó los partia por medio en dos pedazos, arrojándolos sobre la yerba de la pradera á uno y otro lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo en que de un solo tajo mató cinco enemigos, y si no fuese por temor de que no se diera crédito á una verdad, que revestiria cierta apariencia de mentira, diria más; pero considero mejor limitarme á lo ya dicho. El buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero, que si las oyéseis, diríais que son ficciones.
Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos sus contrarios: así como ella admiraba las hazañas de Rugiero, este contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido ver en él á Marte, el jóven habria supuesto que se hallaba en presencia de Belona[6], si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno á otro se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian para probar quién de los dos tenia más pujanza.
Bastó el ánimo y valor de los cuatro para dispersar á los soldados de uno y otro bando, los cuales, arrojando las armas, se declararon en vergonzosa fuga. ¡Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues á la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! ¡Desgraciados los que de él carecian, porque á su costa comprendieron lo triste que es practicar á pié la profesion de las armas!
Los vencedores quedaron dueños del campo de batalla y del botin por no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los de Maguncia; por otro los moros, abandonando éstos los prisioneros, y aquéllos las acémilas. Apresuráronse los caballeros á cortar, con rostro placentero y más alegre corazon, las ligaduras que sujetaban á Malagigo y á Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Además de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor lujo y de esquisito trabajo, de magníficos tapices de oro y seda, tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y frascos de vino.
Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada, que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fué cortés con los amigos, se apresuró á satisfacer su deseo. No se podian cansar de contemplarla, recordando las proezas que habia llevado á cabo; pero ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo á él dirigia la palabra, teniendo al parecer en poco á los otros dos caballeros. Entre tanto, vinieron los escuderos á anunciarles que podian participar de los manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado una comida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin habia construido en Francia, rodeándola de mármoles tersos, finos y brillantes, y más blancos que la leche. El encantador habia esculpido en ellos diferentes imágenes de un trabajo admirable: parecia que respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, diríase que estaban vivas.
Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible, feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y andaba al parecer recorriendo Francia, España, Inglaterra, Italia, y en una palabra, el orbe entero[7]. Por todas partes habia ido hiriendo y matando gente, desde las clases más humildes hasta las más elevadas, y cebando especialmente su saña en los reyes, señores, príncipes y magnates. En la corte romana fué donde hizo más estragos: pues inmoló su furia papas y cardenales, mancilló la hermosa silla de Pedro, y profanó escandalosamente la fé. Al menor contacto de aquella bestia horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas. Parecia que aspirara á los honores divinos, y que el vulgo necio le prestara adoracion; diríase por último que se manifestaba orgullosa de tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.
En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceñidos por el laurel imperial, acompañado de tres jóvenes, cuyas reales vestiduras estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas insignias marchaba con ellos contra el mónstruo. Unos llevaban sus nombres escritos sobre la cabeza y otros bajo los piés. El caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entrañas de la maligna fiera llevaba escrito: Francisco I de Francia: á su lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Cárlos V traspasaba con su lanza el cuello del mónstruo, y Enrique VIII de Inglaterra le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la palabra Décimo[8], y tenia tan abatido al mónstruo con sus violentas sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse á él y herirle á su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba la vida á la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravíos.
Marfisa y sus compañeros manifestaron vivos deseos de saber quiénes eran los vencedores del terrible mónstruo que habia esparcido el terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se rogaban mútuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la refiriese á los otros. Volvióse entonces Viviano hácia Malagigo, que sin pronunciar una palabra, escuchaba á sus compañeros, y le dijo:
—A tí te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes ignorarla. ¿Quiénes son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas han dado muerte á tan horrible fiera?
Malagigo respondió:
—Ningun autor ha podido conocer todavía esa historia. Habeis de saber, que los caballeros, cuyos nombres están grabados en el mármol, no han visto aun la luz del dia; pero dentro de setecientos años serán honra y prez de su siglo. Merlin, el sábio encantador de la Gran Bretaña, hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo, é hizo tambien esculpir en ella por los más excelentes artífices los acontecimientos venideros.
«Esa bestia cruel salió de las profundidades del Infierno en los tiempos en que se pusieron límites en los campos, se empezaron á usar pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito[9]. Sin embargo, al principio no recorrió todo el mundo, sino que dejó de visitar bastantes países: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho más abyecto y soez. Desde su orígen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de crecer, y seguirá creciendo, hasta que con el tiempo llegue á ser el mónstruo mayor y más horrible de cuantos haya visto el universo. La serpiente Piton[10], tan celebrada por los poetas á causa de su tamaño y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan abominable y repugnante. Además de sus crueles estragos, contaminará é infestará todos los países; y en esas esculturas no estais viendo más que un pálido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el mundo esté ya ronco á fuerza de pedir socorro, aparecerán para auxilio de la humanidad esos príncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales brillarán más que el rubí por sus esplendorosas acciones.
«El que más ha de ensañarse con la fiera será Francisco, rey de los franceses; y forzoso es que así suceda puesto que ninguno le aventajará en valor, siendo muy contados los que en él le igualen; por sus virtudes y su régia magnificencia oscurecerá el recuerdo de los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer año de su venturoso reinado, y antes de que la corona esté bien ceñida á sus sienes, atravesará los Alpes, desbaratando los proyectos del que se proponga cerrarle el paso[11], é impulsado por una justa y generosa indignacion, vengará los ultrajes, hasta entonces impunes, que habrá inferido al ejército francés un pueblo arrastrado por su furor lejos de sus rebaños y sus hogares. Descenderá desde allí á las ricas llanuras de la Lombardia, rodeado de lo más selecto de sus guerreros, y destrozará de tal modo al helvético[12], que en vano intentará despues hacer resonar los instrumentos bélicos para llamar al combate á sus soldados. Para vergüenza y baldon de la Santa Sede, de España y de Florencia, se apoderará luego del castillo, tenido hasta entonces por inexpugnable[13]. Para conquistar esta fortaleza, le servirá, con preferencia á otras armas, la honrosa espada de que se habrá valido antes para dar muerte al mónstruo corruptor de todas las naciones: ante ella huirán ó quedarán abatidas las banderas de la Europa entera; y ni los fosos más profundos, ni los reductos más fuertes, ni las murallas más sólidas podrán defender á las ciudades de sus terribles efectos. Ese príncipe estará dotado de cuantas virtudes deban adornar al emperador más dichoso: al ánimo del gran César, reunirá la prudencia demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el humo. Por último, será tan liberal y tan magnánimo, que no encuentro con quien compararle dignamente.»
Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo[14], ensalzado por Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga[15], á Juan Salviati[16], ni á Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostró irreconciliable enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga[18], y siguiendo sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su cuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido Ubaldo[19], hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco, animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada. Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos[20]. No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde dejo á Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de España, tan encomiado por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de Montferrato; pero todos sus enemigos formaban un número insignificante en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.
Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino. Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano, suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no conocer á Rugiero.
Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:
—Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y maravilloso caballo, llamado Frontino, á quien ella tenia en mucha estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella, donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado que tiene al infame sarraceno.
Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca; y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo. Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados, sino estupefactos al considerar su admirable valor.
Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le manifestó que la dama que tan impreso tenia su valor en el corazon la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto. Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:—«Puesto que este caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme, y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo entero.»
Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna venganza.
Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente: así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero se alejaba de ellos cada vez más.
Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia, presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados compañeros.
Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella, creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor pudiese consentir en que un amante vendiera ó permutara á su dama, ó fuera fácil consolarnos de la pérdida de una con la adquisicion de otra. Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella, á fin de no tener que desprenderse él de Doralicia, determinó entregarle á Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo seria una mujer que otra; y en su consecuencia, retó á singular batalla á todos los guerreros que acompañaban á Marfisa.
Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas á fin de velar por sus compañeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados, dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habérselas con los dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneció tranquilo; por lo cual, Mandricardo fué el único que tomó parte en la lucha. El primero que se lanzó animosamente sobre su adversario enristrando un grueso lanzon fué Viviano; el Rey pagano, por su parte, le acometió con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con más ventaja: Viviano alcanzó inútilmente en el yelmo á su enemigo; pues, lejos de derribarle, ni siquiera logró moverle. El Rey pagano, cuya lanza era más dura, atravesó el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le hizo saltar de la silla, arrojándole entre las yerbas y las flores de la pradera. Acudió entonces Malagigo dispuesto á vengar sin tardanza á su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con él, que en vez de vengarle, fué á hacerle compañía. Más rápido Aldigiero que su primo para cubrirse con sus armas, saltó sobre el corcel, y desafiando al Sarraceno, le embistió valerosamente á rienda suelta: el golpe que descargó fué á dar un dedo más abajo de la visera del sarraceno; voló la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneció firme en la silla. El pagano le hirió en el lado izquierdo; y como el golpe fué dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron á Aldigiero su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada corteza. El hierro cruel penetró en el hombro; se tambaleó el herido caballero sobre el caballo, y por último fué á dar con su cuerpo en tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente pálido su rostro. Riciardeto acudió en seguida con heróica audacia: al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia: probablemente habria hecho conocer al Tártaro que le igualaba en valor, si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que cogiéndole debajo, y no por culpa suya, le privó de todo movimiento.
Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano, supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y aproximándose á ella, le dijo:
—Hermosa jóven, sois nuestra, si no hay alguien que monte á caballo en favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros á ello; pues tales son las leyes de la guerra.
Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contestó.
—Tu opinion es harto errónea: podria concederte que tuvieses razon al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese mi señor ó mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no soy suya, ni pertenezco á nadie más que á mí misma: por lo tanto, el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien yo sé manejar la lanza y el escudo, y he tendido á mis piés á más de un caballero.—Dadme mis armas y mi corcel, exclamó en alta voz dirigiéndose á sus escuderos, los cuales se apresuraron á obedecerla.
Quitóse sus vestidos femeniles, y lució más y más sus raras perfecciones y su bien formado cuerpo: á no ser porque las delicadas facciones de su rostro revelaban su sexo, hubiérasela tomado por el mismo Marte. Así que tuvo puesta la armadura, ciñóse la espada, y de un salto se colocó sobre el caballo, al que clavó tres veces el acicate, haciéndole caracolear á uno y otro lado: luego, desafiando al Sarraceno, empuñó la récia lanza, y comenzó una lucha que recordaba la sostenida al pié de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio Aquiles[22]. Al primer choque, rompiéronse las lanzas hasta el regaton, cual si fueran de vidrio; pero no se observó que ninguno de los dos combatientes se plegara hácia atrás una sola línea. Marfisa, ansiosa de conocer si combatiendo más de cerca le resistiria de igual modo el sarraceno, se volvió contra él espada en mano. Mandricardo prorumpió en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver á su enemiga inmóvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra descargaban recíprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fué más necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no habia espada ó lanza que las atravesara; de modo que el combate podia durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera interpuesto para interrumpirle, reconviniendo á Mandricardo por su demora y diciéndole:
—Si es que tanto deseo tienes de pelear, más vale que terminemos nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con más prontitud en socorro de nuestro ejército, y que convinimos en no acometer otro nuevo combate ó cualquiera otra empresa hasta haber cumplido este deber.
Despues se dirigió con la mayor cortesía á Marfisa, participándole que Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato auxilio. Rogóle en seguida que se dignara, no solo renunciar á aquel combate ó diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su compañía para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano, añadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una pelea ignorada y sin importancia.
Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo de medir sus fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo único objeto, al pasar á Francia desde las más remotas comarcas, era el de conocer por sí misma si su glorioso renombre era ó no exagerado, aceptó la proposicion de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de Agramante.
Entre tanto Rugiero habia seguido en vano á Hipalca por el camino del monte, y cuando llegó con ella al sitio designado, vió que Rodomonte se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente á la fuente, volvió las riendas á su corcel, y siguió con paso veloz las huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara á Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si volvia de nuevo á la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve á Frontino, como no tardaria en saberlo, bien en Montalban, ó bien en cualquier otro punto en que se hallara. Dióle además la carta que escribió en Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras muchas cosas, rogándole encarecidamente que le disculpara con su amada. Hipalca fijó en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidióse de él, volvió riendas, y no cesó de andar hasta llegar á Montalban aquella misma tarde.
A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno, que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta que le vió con Mandricardo junto á la fuente. Los dos sarracenos se habian prometido mútuamente que no se atacarian por el camino, ni antes de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por Cárlos. Al llegar allí, Rugiero conoció á Frontino; por él conoció al guerrero que le montaba, y enristró en el momento mismo su lanza, desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel dia más que Job; porque consiguió domar su fiero orgullo y rehusó el combate, él, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en buscarlo. Aquella fué la primera y última vez en su vida que se negase á combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio de su Rey, que aun cuando hubiese tenido á Rugiero más aferrado entre sus uñas que una liebre oprimida por las garras del ágil leopardo, no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar con él una ó dos estocadas. Añádase á esto, que sabia que Rugiero, con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con quien siempre habia deseado batirse, para conocer por sí mismo hasta dónde alcanzaba su denuedo; y á pesar de esto, no quiso aceptar aquel reto: ¡tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifestó á Rugiero la causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rogó que les prestara su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar así, haria lo que todo caballero leal está en el deber de hacer en obsequio de su señor; añadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de terminar sus querellas.
Rugiero le respondió:
—No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante quede libre del poder de Cárlos, con tal de que me devuelvas desde luego á Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un caballero valiente que has llevado á cabo arrebatando á una débil mujer mi caballo, deja á Frontino y devuélvemelo. De lo contrario, harás mal en suponer que yo renuncie á la contienda ni que te conceda una sola hora de tregua.
Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino ó un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negándose á combatir y á devolver el caballo, aplazaba para más adelante una y otra cosa, adelantóse Mandricardo y suscitó una nueva contienda al ver que Rugiero llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo el águila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Héctor, pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara en su escudo el águila blanca del héroe troyano, teniéndolo á grave injuria. Mandricardo llevaba tambien como enseña el ave que arrebató en el monte Ida á Ganimedes: no dudo que sabreis cómo la conquistó aquel dia que salió vencedor en el peligroso castillo, y cómo se la dió aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forjó Vulcano para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto á encontrarse hasta entonces, así es que en cuanto Mandricardo vió el escudo, prorumpió en amenazas con ademan arrogante, gritando á Rugiero:
—Te reto á singular pelea. ¿Todavía te atreves á usar, temerario, la enseña que me pertenece? No es este el primer dia que te he reconvenido por ello. ¡Insensato! ¿Has podido creer que, porque una vez te perdoné, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy á enseñarte cuánto más te hubiera valido obedecerme que desafiar mi saña.
Así como un leño seco y bien caldeado se enciende al más pequeño soplo, del mismo modo se inflamó la cólera de Rugiero desde la primera amenaza que oyó de Mandricardo.
—¿Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme á tu antojo, porque me ves empeñado en otra contienda? Si así lo has creido, pronto te demostraré que tan capaz soy de obligar á Rodomonte á que me devuelva mi Frontino, como de quitarte el escudo de Héctor. No hace aun mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron conatos, hoy serán hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte que esa águila blanca, antiguo blason de mi estirpe, será para tí fatal: tú la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.
—Tú eres el usurpador de mi divisa, exclamó Mandricardo, desnudando el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el bosque.
El buen Rugiero, que jamás habia desmentido su generosidad, cuando vió que el pagano desenvainaba la espada, dejó caer en el suelo su lanza, y empuñando la excelente Balisarda, embrazó el escudo; pero en aquel momento lanzó Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar á los contendientes, y rogándoles que no pasaran adelante. Rodomonte se lamentó de que Mandricardo hubiese roto por dos veces el pacto entre ellos estipulado; la primera, cuando combatió con varios caballeros, creyendo conquistar á Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa á Rugiero. Irritado por el poco interés que al Tártaro le inspiraba el peligro de Agramante, le dijo:
—Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que terminemos nuestro combate, mucho más justo y necesario que todos cuantos despues has emprendido. Con esta condicion quedó establecida la tregua que subsiste entre nosotros. Así que concluya contigo, me batiré con Rugiero por el caballo que reclama; y tú, si conservas la vida, podrás continuar la querella suscitada con él por causa de tu escudo; aun cuando espero darte tanto qué hacer, que no se fatigará mucho Rugiero.
—Padeces un error grosero, respondió Mandricardo: yo soy quien ha de darte qué hacer más de lo que deseas, y quien te hará sudar de piés á cabeza. No me faltarán vigor ni audacia, así como no falta el agua de un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con él, sino con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se atreviese á hacerme frente.
Por una y otra parte iban en progresivo aumento la cólera y las amenazas. Mandricardo, ébrio de furor, queria pelear á un tiempo mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado á soportar el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion, sino apelar á las armas. Marfisa iba de un lado á otro, procurando calmar los ánimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba en vano. Así como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas turbulentas aguas se abren á través de los campos un nuevo camino, acude presuroso á impedir que la inundacion destruya sus mieses y su forraje, y mientras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro á las aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un lado, no tardan en rebasar por otro los obstáculos que les ha puesto, precipitándose entonces toda su masa con ímpetu más destructor, así tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban coléricos entre sí, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse más esforzado, y exceder en denuedo á los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos, cansándose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia disuadir á uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los dos restantes con creciente ira.
La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:
—Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando Agramante esté fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empeña, á pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, haré á mi vez uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha con Mandricardo, y entonces veré si es tan capaz, como supone, de conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer á Agramante, hagámoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas entre nosotros.
—Por mí no ha de quedar, exclamó Rugiero, desde el momento en que se me devuelva el caballo. Una de dos; ó me restituye el corcel, ó de lo contrario que lo defienda de mí: estoy firmemente resuelto á perecer en este sitio, ó á regresar al campamento cabalgando en Frontino.
Rodomonte contestó:
—Probablemente será más fácil lo primero que lo segundo.—Y añadió:—Por lo demás, protesto aquí de que si nuestro Rey padece algun revés, tuya será la culpa; pues yo no habré sido causa de que no se haga á tiempo lo que se debe hacer.
Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la cólera, desnudó el acero, y se arrojó como un javalí sobre el rey de Argel, á quien empezó á golpear de tal modo con el escudo y con la hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de los estribos. Entonces Mandricardo le gritó:—«Suspende, Rugiero, ese combate, ó lucha conmigo.»—Al decir esto, más cruel y felon de lo que fuera hasta entonces, descargó un terrible cintarazo en el casco de Rugiero, el cual se vió obligado á bajar la cabeza hasta el cuello de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intentó, porque el hijo de Ulieno aprovechó aquel momento para darle un nuevo y más tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas. El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la otra las riendas: el caballo se lo llevó á través de los campos, y Balisarda quedó abandonada en el suelo.
Marfisa, que habia sido aquel dia su compañera de armas, se sintió abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel estado á uno solo: llevada de su natural magnánimo y generoso, se arrojó sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descargó un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte salió en persecucion de Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba vencido el jóven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron á interponerse entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometió á Rodomonte, le hizo retroceder, y le obligó á cesar en su persecucion; el segundo se acercó á Rugiero, ya vuelto en sí, y le presentó su propia espada.
En cuanto el valiente Rugiero recobró los sentidos y empuñó la espada que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y se precipitó sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era la saña, el ímpetu y el furor que le estimulaban á tomar una sangrienta venganza.
Cayó como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escapó de las manos al principio de esta lucha á causa de una cobarde felonía, creo que el yelmo de Rodomonte no bastara á proteger su cabeza, por más que dicho yelmo fuese el que se mandó fabricar el rey de Babel[23] cuando intentó declarar la guerra á las estrellas.
Convencida la Discordia de que allí no podia haber más que contiendas y riñas, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda esperanza de paz y tregua, dijo á su hermana, la Soberbia, que podian regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejémoslas marchar, y volvamos á Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en la frente de Rodomonte.
El golpe de Rugiero fué tan terrible, que el Sarraceno tocó en la grupa de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa que cubria sus espaldas; tres ó cuatro veces se le vió oscilar con el cuerpo inclinado para caer en tierra, y hubiérasele escapado la espada, á no tenerla atada á la muñeca.
Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia á Mandricardo, que el Tártaro tenia bañados en sudor la frente, el rostro y el pecho; otro tanto le sucedia á la guerrera; pero la armadura de ambos era tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte: hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso dado por el caballo de Marfisa, fué causa de que la jóven necesitara el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca, en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbaló de tal suerte, que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho; y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el descortés pagano lanzó sobre ella á Brida-de-oro, que atropellándola de través, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero á la doncella en tan crítica situacion, se apresuró á socorrerla, ya que en aquel momento podia hacerlo, porque Frontino se llevaba á Rodomonte privado de conocimiento: el jóven guerrero descargó un golpe tan violento en el casco del Tártaro que de seguro le habria partido la cabeza como un troncho, si hubiese empuñado á la sazon á Balisarda, ó si Mandricardo se hallara cubierto con otro yelmo.
Vuelto en sí el rey de Argel durante este corto intervalo, miró en su derredor, vió á Riciardeto, y recordando que habia salido á su encuentro para impedirle que hiriera nuevamente á Rugiero, lanzóse sobre él, é indudablemente le habria dado una recompensa poco envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara á su enemigo, á no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos. Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mágico más preeminente; y aun cuando á la sazon no tenia el libro, merced al cual le era fácil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espíritus infernales: inmediatamente obligó á uno de ellos á penetrar en el cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabritó furioso. Pocas palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los ángeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como á ello no le obligara la mano que le guiaba, dió súbitamente un salto de treinta piés de largo y diez y seis de altura. Grande fué el salto, pero no tan violento que derribara de la silla á la que en ella iba montada. La jóven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanzó gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo, emprendió una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una saeta, llevando consigo á la jóven, la cual no cesaba de pedir socorro.
El hijo de Ulieno fué el primero en suspender la lucha, al oir aquellas voces, y se lanzó á escape tras el desbocado palafren, con objeto de auxiliar á la doncella: Mandricardo no tardó en imitarle; y cesando en sus ataques contra Rugiero y Marfisa, voló en seguimiento de Rodomonte y Doralicia, sin pedir á sus adversarios tregua ó paz.
Entre tanto la guerrera se levantó del suelo, y ardiendo en iracunda saña, iba á vengarse de su afrenta, cuando echó de ver que su enemigo estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no solo hizo suspirar á Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era posible dar alcance á Brida-de-oro ni á Frontino.
El jóven no hacia ánimo de renunciar al combate hasta que el rey de Argel le devolviera el caballo; la doncella, por su parte, no queria terminar aun su contienda con el Tártaro, por no haber probado su valor á su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia á ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse de nuevo frente á frente, suponiendo que acudirian á él para hacer levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo. Emprendieron, pues, la marcha hácia donde creian hallar otra vez á sus enemigos; pero entonces no se alejó Rugiero tan precipitadamente que se olvidara de despedirse de sus compañeros.
Acercóse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreció como un verdadero amigo, lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna; le suplicó despues, con la mayor galantería, que saludara en su nombre á su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas que ni Riciardeto ni sus compañeros concibieron la menor sospecha. Dirigió el último adios á este jóven, á Viviano, á Malagigo y al herido Aldigiero, los cuales á su vez se manifestaron en extremo agradecidos á sus servicios, y le aseguraron que los tendria á su disposicion en cualquier parte que se hallasen.
Marfisa estaba tan deseosa de ir á Paris que se olvidó de despedirse de los amigos: así es que Malagigo y Viviano se vieron obligados á correr tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto: tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida. Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y á la sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referiré, Señor, los hechos maravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros de que os hablo llevaron á cabo con grave daño de los soldados de Carlo-Magno.
CANTO XXVII.
Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan á Carlomagno á refugiarse en Paris.—Cunden las rencillas en el campamento africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para calmar los ánimos.—El rey de Argel, despechado al ver que su dama se ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.
La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion, que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido pródigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto á las decisiones de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias que pueden acompañarlas, ó no han empleado mucho tiempo y mucho estudio antes de ponerlas por obra.
En el primer momento pareció excelente la estratagema de Malagigo; mas desgraciadamente no fué así, por más que, como he dicho, se librara merced á ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar Malagigo al espíritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de aquel sitio á Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvo en cuenta que el demonio los conduciria á causar gran daño en el ejército cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad á su primo, sin causar el menor perjuicio á las tropas cristianas. ¿No podia haber ordenado al espíritu que se llevara á la doncella hácia Oriente ú Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran á tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido hácia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hácia Paris; pero esta consideracion pasó desapercibida á Malagigo por causa de su precipitacion, y el Ángel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre de estrago, sangre y ruina, emprendió el camino más á propósito para afligir á Carlomagno, por lo mismo que el mágico no le prescribió la direccion que debia seguir.
El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continuó llevándose á la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las lagunas, las montañas ni los precipicios fueran un obstáculo para detenerle en su desatentada carrera. Atravesó con ella del mismo modo por en medio de los campos francés é inglés, y por entre todas las tropas agrupadas en torno de la enseña de Cristo, y no paró hasta llegar á la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.
Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque á lo lejos; pero de pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas, como el sabueso acostumbrado á seguir el rastro de la liebre ó del cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.
¡Mucho cuidado necesitas ahora, oh Cárlos; pues se amontona tanta cólera sobre tí, que no sé cómo podrás librarte de ella! Y no solo debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos á volver sus armas contra tí. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompañado, dejándote sumido en las tinieblas más profundas. Me refiero á Orlando y á Reinaldo: el primero, enteramente loco y además furioso, vaga desnudo por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio y el calor: el segundo, cuyo juicio no está mucho más sano, se aleja de tí precisamente cuando su auxilio es más necesario, y camina á la ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Angélica.
Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y fementido encantador habia hecho creer á Reinaldo que Angélica huia con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos más terribles que ha podido sentir amante alguno, se dirigió á Paris, en cuya ciudad le tocó por suerte el encargo de pasar á Bretaña en demanda de socorro. Terminada la batalla en que le correspondió el honor de haber encerrado á Agramante en su campo, regresó á Paris, y registró todos los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado á su Angélica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio á su amada ni á Orlando, prosiguió con nuevo ardor sus investigaciones por fuera de Paris.
Sospechó que su rival se la habria llevado á Anglante ó á Brava[24], donde estaria gozando tranquilamente de sus encantos entre fiestas y placeres, y marchó á uno y otro punto sin obtener mejor resultado. Volvió de nuevo á Paris, creyendo que no podria menos de encontrar al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener inconvenientes. Permaneció uno ó dos dias en aquella ciudad, y viendo que Orlando no llegaba, dirigióse otra vez á Anglante y á Brava, donde procuró adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, así en las frescas horas de la mañana, como en las ardientes del medio dia, lo mismo á la luz del Sol, que á la claridad de la Luna, recorrió el camino de Paris á dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.
Entre tanto, el antiguo adversario del género humano, el que incitó á Eva á arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fijó sobre Cárlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el pueblo cristiano, concitó contra él todos los guerreros más escogidos con que contaban los sarracenos. Inspiró á Gradasso y Sacripante, que caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante, la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir el ejército del emperador Cárlos, sirviéndoles de guia al través de países desconocidos, y haciendo de este modo más corto su viaje. Dió á otro de los demonios que estaban á sus órdenes el encargo de apresurar la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su otro colega obligaba á ir al caballo de Doralicia. Envió además otro demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero el que guió á estos dos guerreros, procuró refrenar sus corceles, haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad á los otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron á Agramante media hora despues que sus compañeros; pues queriendo el Ángel negro y astuto causar la mayor pesadumbre á los cristianos, hizo lo posible para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.
Los cuatro primeros llegaron juntos á un sitio, desde el que podian reconocer perfectamente las posiciones del ejército opresor y del oprimido, y las banderas que ondeaban á merced del viento: celebraron consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar á Agramante, á pesar de Cárlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: «¡África y España!» y presentándose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas empezaron á gritar á su vez: «¡A las armas, á las armas!» pero antes sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la retaguardia huyó aun sin ser atacada, poseida de un terror pánico. El resto del ejército cristiano, puesto en conmocion, se desordenó sin saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa trabada entre suizos ó gascones, segun su costumbre; mas como para la mayor parte era todavía un misterio lo que pasaba, los soldados de cada nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas, á los toques de los clarines ó los tambores, produciendo todo esto un estruendo que retumbaba en el Cielo.
El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano el motivo del desórden que observaba en su ejército: con aspecto amenazador, detuvo á los fugitivos, y vió con sorpresa que muchos estaban heridos en el rostro ó en el pecho, que acudian otros con la cabeza ó el cuello ensangrentados, y alguno con una mano ó un brazo menos. Avanzó algun tanto, y halló un considerable número de sus soldados tendidos en tierra, revolcándose horriblemente en un rojo lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agonía: encontró el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fué, observó estremecido los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos, digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y sangrienta huella de su paso. Cárlos iba contemplando aquella espantosa carnicería, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante á aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos los destrozos que ha hecho en su camino.
Acababa de llegar apenas este primer auxilio á los parapetos del campamento de Agramante, cuando por otro lado se presentó el animoso Rugiero en compañía de Marfisa. Despues de haber recorrido una ó dos veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido cuál era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno, embistieron con denuedo á los cristianos. Así como cuando se da fuego á una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra pólvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se oye despues el estruendo producido por los muros ó peñascos al ser arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrépito en su embestida. Empezaron á dar tajos á diestro y siniestro, hendiendo cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban á dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de una tormenta, que, mientras hace sentir sus destructores efectos en una parte de un valle ó de un monte, deja libre de ellos á la otra, podrá figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento cristiano.
Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres compañeros, daban gracias á Dios por haberles concedido unas piernas tan ligeras; pero encontrándose luego por su desgracia con Rugiero y Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto si huye como si permanece firme, no es dueño de evitar su buen ó mal destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro, y paga su merecido á costa de su cuerpo, pareciéndose entonces á la tímida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado por el cazador á la entrada de su madriguera, sale de ella con sus hijuelos esperando salvarse, y va á parar entre los dientes de los perros que la aguardan para despedazarla.
Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos, dándole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareció como por encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel más acobardado se mostraba ya dispuesto á combatir con un centenar de enemigos, y resolvieron unánimemente renovar las hostilidades sin dilacion alguna.
Pronto atronaron el espacio con sus bélicos sonidos las trompas, las bocinas y las chirimías moriscas; y se vieron tremolar á impulsos del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de Cárlos reunian tambien á los alemanes, britanos, franceses, italianos é ingleses, trabándose á los pocos momentos una pelea espantosa y sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundo Mandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrépida Marfisa y la del rey de Circasia, que á nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de Francia á implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y á guarecerse bajo los muros de Paris.
El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de Marfisa fueron tales, Señor, que no es posible imaginarlos, cuanto menos describirlos: por esto podreis suponer qué multitud tan inmensa de cristianos caeria bajo sus golpes, y cuán grande seria el descalabro que sufrió Cárlos. Ferragús y otros muchos caballeros moros corrieron á unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso á todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura por delante y por detrás, hubieran deseado poseer las alas de Ícaro. Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero y el marqués de Vienne, si bien el primero salió del combate con la cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese abandonado á Paris, como Reinaldo y Orlando, Cárlos se habria visto obligado á huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que estuvo en su mano; y cuando ya no pudo más, cedió ante el furioso ataque de los moros. La Fortuna sonrió á Agramante de tal suerte, que el monarca sarraceno volvió á sitiar de nuevo á Carlomagno en su misma capital.
Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos huérfanos y de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmósfera sombría hasta las puras regiones celestiales en que reside Miguel, llamando su atencion hácia á los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de Alemania, cuyos cadáveres, abandonados, á la voracidad de los lobos y de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecióse el rostro del Ángel bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido, y se creyó engañado y vendido por la pérfida Discordia, quien, sin embargo de habérsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. Así como un criado fiel, más falto de memoria que de buena voluntad, al observar que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se atreve á presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado, del mismo modo se negaba Miguel á remontarse hasta el sólio del Eterno, mientras no quedaran cumplidas sus órdenes.
Dirigióse con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia hallado á la Discordia, y la vió sentada en medio de los monjes reunidos en capítulo para la eleccion de los prelados, contemplando con deleite cómo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios á la cabeza. Asióla el Ángel por los cabellos y le dió un sin número de golpes con las manos, con los piés y con el cuento de una cruz que le rompió en la cabeza y las costillas. La mísera prorumpió en estridentes gritos, pidiendo misericordia y abrazándose á las rodillas del divino mensajero, el cual no la dejó tomar aliento hasta verla dispuesta á volar al campamento del rey de África, diciéndole al marcharse: «Cuenta con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los sarracenos.»
La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos, temiendo volver á sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo, cogió presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y añadiendo nuevo pábulo á las hogueras cuyo fuego permanecia latente, encendió otra más terrible que comunicó en breve su voracidad á muchos corazones. De tal modo inflamó á Rodomonte, Mandricardo y Rugiero, que les obligó á acudir á la presencia de Agramante, aprovechando la oportunidad de que Cárlos se habia retirado y el campo quedaba por ellos. Expusieron al monarca africano sus mútuos resentimientos, así como las causas que los produjeron, y sometieron á la consideracion del Rey que decidiera cuáles de ellos habian de ser los primeros en combatir. Marfisa habló tambien de su cuestion con Mandricardo, manifestando que estaba resuelta á terminar su interrumpida pelea con él, que fué el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta á tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar á que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigió las más vivas instancias á Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con el Tártaro.
Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella á ser el primero en terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces para socorrer á los sarracenos. Interrumpióle Rugiero diciendo, que no podia sufrir por más tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de su caballo, ni que combatiera con otro antes que con él. Para agriar más la cuestion, adelantóse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no tenia el menor derecho para ostentar en su blason el águila blanca: arrastrado por su insensato furor, queria terminar á un tiempo sus tres contiendas, desafiando á la vez á todos sus contrincantes, y los habria atacado simultáneamente, si Agramante accediera á tal pretension.
El rey de África empleó toda clase de súplicas y reflexiones para reconciliarlos; pero viéndolos al fin sordos á su voz y firmes en su resolucion, paróse á discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que consintiesen en combatir uno tras otro, y por último adoptó como mejor partido el de fiarlo á la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y finalmente, en la última, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera que salió contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte, quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y Mandricardo; lo cual causó el mayor despecho á la doncella. Tampoco se mostró muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que se verian imposibilitados de luchar despues con él ó con Marfisa.
No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia próximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que hacia de él una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existió allí un castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y del fuego: en el camino de Parma á Borgo puede verse uno semejante á él. En dicho sitio se preparó el palenque, rodeándole de una estacada de mediana altura, y formando un recinto cuadrado á propósito para el objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.
Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafío de los pertinaces adversarios, se levantaron á uno y otro extremo del palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de las puertas. El pabellon que estaba hácia Poniente era el destinado al gigantesco rey de Argel: el audaz Ferragús y Sacripante le ayudaban á cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba á Levante, poniendo por sí mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los monarcas de África y de España estaban sentados en un palco anchuroso y elevado, y á su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales capitanes del ejército sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que lograban colocarse en alguna eminencia ó en la copa de un árbol, que les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que acudió á presenciarla era inmensa, apiñándose por todos lados en torno de la extensa empalizada. Acompañaban á la reina de Castilla otras muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de Granada, y de las demás naciones que se extienden hasta las columnas de Hércules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa, tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa vestia un traje adecuado á su doble carácter de mujer y de guerrera: el Termodonte[25] vió más de una vez en sus orillas á Hipólita y las amazonas adornadas de un modo semejante.
No tardó en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en su cota de armas la divisa del rey Agramante, y publicó en alta voz las leyes del combate; y la prohibicion impuesta á los espectadores de dar ninguna clase de señal ó auxilio á los campeones. La compacta muchedumbre esperaba impaciente la señal de la lucha, y se quejaba ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se oyó en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por momentos. Sabed, Señor, que el rey de Sericania y el Tártaro eran los que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo é iba á ceñirle la famosa espada que fué de Orlando, cuando leyó el nombre de Durindana, grabado en su empuñadura, y vió además en ella el blason usado por Almonte, á quien Orlando, muy jóven todavía, habia arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinóla con más detencion, y se cercioró de que era la misma del Señor de Anglante; la espada por cuya conquista se decidió á levantar el mayor y más excelente ejército que jamás saliera de los países orientales, con el cual habia subyugado el reino de Castilla y vencido á los franceses pocos años antes; pero por más que reflexionaba, no podia calcular cómo habia pasado á poder de Mandricardo.
Preguntóle dónde y cuándo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba á la sazon en su poder por haberlo conquistado á la fuerza, ó mediante algun convenio hecho con el Conde; á lo cual respondió Mandricardo que, por apoderarse de él, habia sostenido un reñido combate con Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con él, mientras no le cediera su espada, imitando así al castor que se arranca sus órganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.
Apenas oyó Gradasso semejante explicacion, cuando exclamó:
—No, no quiero cedértela ni á tí, ni á nadie: he consumido tanto oro, tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando esté loco ó cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de ella donde la encuentro. Tú la usurpaste en medio de un camino sin tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La cimitarra que empuño será mi última razon: vamos, pues, á decidir esta cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero tan mal adquirido por tí, habrás de conquistarlo: es costumbre antigua la de comprar las armas de uno ú otro modo antes de utilizarlas en la batalla.
—No hay melodía tan grata á mis oidos, replicó el Tártaro, irguiendo soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.
Rugiero exclamó entonces:
—Jamás consentiré en que se falte á lo acordado, ni en que se altere el órden establecido para los combates. Ó Rodomonte entra primero en la liza, ó habrá de acceder á batirse despues que yo. Si prevalece la razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes de servirse de ellas, tampoco debes usar tú el águila blanca de mi blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consentí en someterme á la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el rey de Argel el primero en combatir, y yo el segundo. Como llegueis á trastornar en parte el órden prefijado, os prometo que yo lo he de trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en la mano.
—Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso Mandricardo arrebatado por la cólera, ni el uno seria capaz de arrancarme la espada, ni el otro el blason.
Y ciego de furor, lanzóse con los puños cerrados sobre el rey de Sericania, y le descargó tan tremenda puñada en la mano derecha, que le hizo soltar á Durindana. No creyendo Gradasso que el Tártaro tuviese tan loca temeridad, quedó sorprendido un momento ante tan brusco ataque, y Mandricardo se aprovechó de su estupor para recobrar el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sintió la más viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en un sitio tan público, que era lo que más le afligia y le irritaba: se hizo atrás, ardiendo en deseos de venganza, y desenvainó su cimitarra. Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se preparó á empezar aquella lucha, sino que desafió tambien á Rugiero.
—Venid contra mí los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte, y la España, y el África, y el género humano; que yo no dejaré nunca de hacer frente.
Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo, é insultaba, desdeñoso y soberbio, lo mismo á Rugiero que á Gradasso.
—Déjame el cuidado, decia á éste el rey de Sericania, de curar por mí solo á ese loco.
—¡No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero; á mí me toca castigarle: retírate; déjame solo con él.
Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban á su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trágico, á no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos á saber por experiencia lo que cuesta la pretension de salvar á los otros con peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero, no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso Trojano con el rey de España, ante los cuales todos dieron muestras de reverencia y de respeto.
El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logró que Gradasso consintiese en ceder á Mandricardo la espada de Héctor por aquel dia solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo tanto á unos como á otros todo género de reflexiones, se oyó en el otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y Sacripante.
El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba á Rodomonte á cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le auxiliaba Ferragús. Aproximáronse despues al sitio en que, tascando el rico freno y llenándolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel caballo cuya usurpacion tenia tan indignado á Rugiero. Sacripante, que servia de padrino al rey de Argel, empezó á examinar cuidadosamente si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra, dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijándose con más atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas señales particulares, conoció, sin que le cupiera ningun género de duda, que aquel corcel era su Frontalate[26], á quien habia tenido en tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su pérdida le afligió hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso caminar sino á pié. Brunel habia tenido la destreza de quitársele de debajo en Albracca, el mismo dia en que robó á Angélica el anillo, al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada á Marfisa; y cuando el bribon regresó á África, regaló á Rugiero la espada Balisarda juntamente con el caballo, al que el jóven guerrero puso despues el nombre de Frontino.
Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba, dirigióse al de Argel, diciéndole:
—¿Sabes, señor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera á contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la mano. Accedo gustoso, en atencion á la intimidad que en estos últimos dias ha reinado entre nosotros, á que hagas hoy uso de mi caballo pues bien veo que no podrias pasar sin él; pero ha de ser bajo la condicion de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no pienses montar en él, á no ser que quieras disputarme su posesion por medio de las armas.
Rodomonte, el más orgulloso de cuantos caballeros han ceñido espada, y tambien, en mi concepto, el más fuerte y valeroso de cuantos héroes han existido en la antigüedad, respondió:
—Sacripante, si otro se hubiera atrevido á hablarme en los términos que tú lo has hecho, no tardaria en conocer, por su mal, que le valdria más no haber nacido. Pero en obsequio á la intimidad que, segun me has dicho, nos une de pocos dias á esta parte, me limitaré á aconsejarte amistosamente, que aplaces la empresa que te propones llevar á cabo, hasta ver el resultado del combate que voy á sostener con el Tártaro, y entonces espero ofrecerte tal ejemplo, que no podrás menos de decirme: «Por favor, quédate con el caballo.»
—La mejor cortesía con un hombre como tú es ser villano, exclamó el Circasiano lleno de ira y de despecho; así, pues, te diré ahora lisa y llanamente, que no debes contar con ese caballo, porque estoy resuelto á prohibirte que hagas uso de él mientras mi mano pueda sostener este vengador acero; y, aun cuando no tuviera más armas que las uñas y los dientes para defenderlo, sabria mantener mi derecho.
De estas palabras pasaron ambos á las injurias, á los gritos, á las amenazas, y por fin á las manos, trabándose entre ellos una lucha encendida por su ira con mayor rapidez de la que el fuego enciende una paja. Rodomonte estaba completamente armado: Sacripante no tenia coraza ni cota de malla; pero era tan diestro en el manejo de la espada, que se resguardaba perfectamente con ella de los golpes de su adversario. Aunque el vigor y el denuedo de Rodomonte eran incomparables, no prevalecian sobre la destreza y la agilidad con que Sacripante suplia la desventaja de su fuerza. La muela que tritura el grano en un molino, no ha girado nunca con tanta rapidez como Sacripante dando vueltas en derredor de su enemigo, y colocándose con presteza en los puntos donde podia atacar sin ser atacado. Al fin, Ferragús y Serpentino sacaron con bastante atrevimiento sus espadas, y se lanzaron entre ellos, seguidos del rey Grandonio y de otros muchos jefes del ejército mahometano.
Esta era la causa del rumor que oyeron en el otro pabellon los que á él habian acudido para apaciguar, aunque en vano, al Tártaro, á Rugiero y al rey de Sericania. No faltó quien llevase al rey de África la noticia de que Rodomonte y Sacripante estaban batiéndose con extremada furia por causa del corcel; y el Rey, confuso y atónito al ver tantas querellas, dijo á Marsilio:—Permanece aquí para impedir que estos guerreros se acometan de nuevo, mientras yo procuro apaciguar á los otros dos.
Luego que entró Agramante en la tienda del Africano, refrenó este su ira y se retiró con ademan respetuoso ante su rey y señor; el rey de Circasia se retiró asimismo con iguales muestras de respeto. El jefe del ejército les preguntó con severo rostro y grave entonacion la causa de tanta cólera, y cuando la hubo conocido, procuró ponerlos de acuerdo; mas sus esfuerzos fueron inútiles. El rey de Circasia se negaba tenazmente á ceder por más tiempo su caballo al de Argel, mientras no se humillase hasta el punto de suplicarle que se lo prestara. Rodomonte, soberbio como siempre, le contestó:
—Ni el cielo ni tú podreis hacer que yo consienta en agradecer á nadie, sino á mi mismo, cualquiera cosa que me sea fácil obtener por medio de la fuerza.
El Rey preguntó al Circasiano cuáles eran sus derechos sobre el caballo, y cómo le fué robado. Sacripante se lo refirió minuciosamente, y no pudo menos de ruborizarse al confesar que el diestro ladron habia aprovechado un momento en que se hallaba sumido en una profunda meditacion, para sacarle el caballo de debajo, dejando la silla sostenida con cuatro estacas.
Marfisa, que habia acudido como otros muchos al ruido de la pelea, no bien oyó referir la historia del robo del caballo, se manifestó indignada, por recordar que aquel mismo dia le robaron su espada; y entonces reconoció el caballo en que habia visto huir al ladron, que era el mismo del buen rey Sacripante, y en el cual no se habia fijado hasta entonces. Los caballeros que la rodeaban habian oido muchas veces á Brunel vanagloriarse de aquellos hurtos, por lo cual no pudieron menos de fijar la vista en el astuto sarraceno, indicando con sus ademanes que él habia sido su autor, en término de que Marfisa concibió algunas sospechas, y preguntando á unos y á otros, averiguó por último que el ladron de su espada era Brunel. Supo además que el rey Agramante, en vez de hacerle ahorcar cual merecia por semejantes hurtos, le habia sentado en el trono de Tingitania, dando un pernicioso ejemplo.
Marfisa asió á Brunel por en medio del cuerpo, levantándole de su asiento...
(Canto XXVII)
Sintiendo renacer su antigua cólera, resolvió Marfisa vengarse en el momento mismo de Brunel, y castigar las burlas y las injurias que el ladron de su espada le dirigiera por el camino mientras huia con su espada. Hizo que su escudero le pusiera el yelmo, por estar ya cubierta con sus armas restantes: no creo que se la hubiera visto diez veces sin coraza, desde el dia en que se decidió á consagrarse á la carrera á que la llamaba su vocacion y su ardimiento increible. Cubierta ya con el yelmo, se dirigió á Brunel, que estaba colocado en la primera fila de los espectadores, y en cuanto le tuvo al alcance de su mano, le asió fuertemente por en medio del cuerpo, levantándolo de su asiento, con la misma facilidad que el águila arrebata á un polluelo entre sus corvas garras, y le llevó de este modo al sitio en que se hallaba el hijo del rey Trojano ocupado en dirimir la nueva contienda: mientras tanto Brunel no cesaba de lamentarse y de pedir misericordia, conociendo las terribles manos en que habia caido. Eran tan penetrantes las quejas y los alaridos lanzados por Brunel en demanda de piedad ó de socorro, que á pesar del rumor, del estrépito y de los gritos que resonaban por todos los ámbitos del campo, la muchedumbre acudió en torno suyo. Así que llegó Marfisa á la presencia del rey de África, le dijo con semblante altanero estas palabras:
—Quiero ahorcar por mis propias manos á este ladron, aunque sea tu vasallo, por haber tenido la osadía de robarme la espada el dia mismo en que se apoderó del caballo de Sacripante: si alguno se atreviera á decir que miento, no tiene más que adelantarse y pronunciar una sola palabra; que en tu misma presencia le probaré la verdad de mi acusacion y su imprudencia. Pero como se me podria reconvenir por haber esperado á dar este paso en el momento en que las cuestiones suscitadas entre los guerreros más valientes de tu ejército les tienen harto ocupados, demoraré por espacio de tres dias el castigo á que ese infame se ha hecho acreedor: si durante este plazo no vienes en persona á buscarle, ó no envias quien abrace su defensa, daré un buen rato á las aves de rapiña, entregándoles su cuerpo, á no ser que haya quien me lo impida. Voy á situarme en aquella torre que se levanta á la entrada de un bosquecillo, á tres leguas de aquí, sin llevar conmigo más compañía que la de una doncella y un escudero. Si hay alguien tan osado que quiera ir á arrebatarme este ladron, vaya en buena hora, que allí le esperaré.
Así dijo, y colocó en el arzon delantero de la silla al mísero Brunel, al que tenia aun agarrado de los cabellos, mientras el miserable lloraba y gritaba, llamando por sus nombres á las personas de quienes solia esperar auxilio. Agramante quedó tan confuso y aturdido al verse abrumado por tantas cuestiones, que no se le ocurria ningun medio para arreglarlas; sin embargo, le ofendió sobremanera la audacia de Marfisa, pues aunque no apreciaba ni queria á Brunel, ó más bien, aunque le odiaba hacia tiempo, y habia estado muchas veces á punto de ahorcarle, sobre todo desde que se dejó arrebatar el anillo, no obstante, la determinacion de la guerrera le pareció tan injuriosa para su honor, que se le encendió el rostro de vergüenza. Se dispuso á perseguirla en persona para hacerle sentir todo el peso de su poder y de su cólera; pero el rey Sobrino, que estaba presente, procuró disuadirle de aquella empresa, diciéndole que se avenia mal con su elevada dignidad, por más que estuviese firmemente convencido de obtener la victoria; lo cual, en último resultado, seria para él mengua más bien que honor, por lo mismo que además de vencer con dificultad, saldria victorioso de una mujer. Añadió que, siendo poco el honor, pero grande el peligro á que se expondria luchando con Marfisa, le parecia más conveniente que dejara ahorcar á Brunel, y aunque estuviese persuadido de que le bastaba levantar la cabeza para librarlo del suplicio, no deberia hacerlo así por no impedir que la justicia siguiera su curso.
—Podrás enviar un mensajero á Marfisa, le decia, para rogarle que someta este asunto á tu justicia, prometiéndole echar el lazo al cuello del ladron y dejarla cumplidamente satisfecha; y si en último caso se negase obstinada á acceder á tu peticion, deja que le ahorque en buen hora; pues con tal de conservar su amistad, no solo debes permitir que castigue á Brunel, sino á todos los ladrones como él.
El rey Agramante siguió de buen grado el consejo discreto y prudente de Sobrino, y desistió de perseguir á Marfisa, prohibiendo además á todos sus caballeros que fueran á desafiarla. Tampoco quiso rogarle á ella que le entregara á Brunel, y toleró, Dios sabe con cuánto esfuerzo, que la guerrera se tomara la justicia por su mano, á fin de prevenir mayores males y alejar de su ejército tantos motivos de disension.
La insensata Discordia reíase satisfecha, al ver que ya no podian volver al campamento la tregua ó la paz. Recorriólo por todas partes, sin encontrar un sitio donde reinara la alegría. La Soberbia saltaba y triscaba al par de su compañera, añadiendo sin cesar nuevos combustibles al incendio; y lanzó un grito tan horrible, que llegó al alto reino donde residia Miguel, como nuncio de la victoria que acababan de obtener. Tembló Paris, y turbáronse las aguas del Sena al escuchar aquel grito horrendo: su sonido rimbombó hasta en los bosques de las Ardennas, obligando á las fieras á abandonar precipitadamente sus antros: lo oyeron los Alpes, y las cumbres de las Cevenas, las playas de Arlés, de Blaye y de Ruan; lo oyó el Ródano, el Saona, el Garona y el Rhin, y hasta las madres aterradas estrecharon contra su pecho á sus hijuelos.
Cinco eran los caballeros que debian ser los primeros en resolver con las armas en la mano sus querellas, tan ligadas las unas á las otras, que el mismo Apolo no hubiera conseguido separarlas. Empezó el rey Agramante á deshacer el nudo de la primera contienda sometida á su decision, la cual era la suscitada entre el rey de Scitia y el de Argel por la posesion de la hija del rey Estordilano. El hijo de Trojano insistió nuevamente en ponerlos de acuerdo, esforzándose en convencer ora á este, ora á aquel adversario, y dando pruebas tanto á uno como á otro de su rectitud y amistad; mas encontrándolos igualmente sordos á sus ruegos, y persistentes hasta la tenacidad en no querer quedarse sin la dama, causa de su disension, adoptó al fin, como mejor partido, el de proponerles que se sometieran al arbitrio de Doralicia, la cual habria de pertenecer á aquel en quien recayese su eleccion; pero con la condicion de que, una vez emitido su parecer, el desdeñado deberia desistir de toda pretension. Los dos contendientes aceptaron gustosos este compromiso, por abrigar cada cual la esperanza de ser el favorecido.
El rey de Sarza, que amaba á Doralicia mucho tiempo antes de que la conociera Mandricardo, á quien ella habia concedido todos los favores compatibles con su honestidad, estaba persuadido de que recaeria en él una eleccion que tan feliz debia hacerle; y esta opinion no era únicamente la suya, sino la de todo el ejército mahometano. A todos les constaba cuanto Rodomonte habia hecho por ella en las justas, en los tronos y en las batallas, y todos suponian por lo mismo que Mandricardo padecia un lamentable error, al fundar su esperanza en aquella decision. Pero el Tártaro, que habia disfrutado más veces y más tranquilamente de los encantos de Doralicia mientras el Sol dejaba de iluminar la Tierra, y estaba seguro de lo que podia esperar, se reía interiormente de la necia opinion del vulgo.
Los dos famosos campeones ratificaron en seguida su compromiso en manos del Rey, y se dirigieron juntos adonde estaba la princesa: inclinó esta sus ojos ruborosos, y concedió la preferencia á Mandricardo, lo cual dejó absortos á los circunstantes, y tan atónito y consternado á Rodomonte, que no se atrevia á levantar el rostro; mas no bien desvaneció su acostumbrada ira el rojo color de la vergüenza que habia teñido sus mejillas, tachó de injusta y falaz aquella sentencia; y empuñando la espada, gritó en presencia del Rey y de toda su corte, que continuaba resuelto á someter al acero la decision de la contienda, y que rehusaba someterse al arbitrio de una mujer voluble, y como tal, inclinada siempre á hacer lo que menos debia.
Adelantóse de nuevo Mandricardo hácia Rodomonte, diciéndole: «Sea como quieras.» De modo que habria sido preciso surcar por largo tiempo una vasta extension de mar, antes de que el bajel entrase en el puerto, si Agramante, obligando á Rodomonte á amainar las velas de su nuevo furor, no le hubiera quitado la razon, convenciéndole de que ya no podria hostilizar á Mandricardo por aquella causa. Al verse Rodomonte abrumado en presencia de aquellos señores por la doble afrenta que á un mismo tiempo recibia de su amada y de su rey, á quien solo se sometia por respeto, no quiso detenerse ni un momento más en aquel sitio, y se alejó del campamento sarraceno, sin llevar en su compañía más que dos escuderos de entre la multitud allí agrupada. Semejante al toro enfurecido, que despues de haberse visto obligado á ceder su becerra al vencedor, va buscando lejos de los fértiles prados, las selvas y los parajes más solitarios ó algun estéril arenal, donde no cesa de mugir dia y noche, sin desahogar por ello su amoroso furor, así se alejaba el rey de Argel con el corazon lacerado por el dolor más vivo, despues que se vió despreciado por su ingrata dama.
Iba Rugiero á seguirle para recobrar su corcel, á cuyo fin habia ya apercibido sus armas, cuando se acordó de que entonces le tocaba batirse con Mandricardo. Desistió, pues, de seguir al Africano, y volvióse para entrar con el rey Tártaro en la palestra, antes de que se le anticipase el de Sericania, que debia batirse asimismo con él por la posesion de Durindana. Mucho le pesaba, en verdad, que le quitaran á Frontino en su misma presencia; pero resignóse á ello, formando la intencion de recobrarlo en cuanto terminara aquella empresa.
Sacripante, á quien no detenia como á Rugiero ninguna cuestion pendiente, y estaba por lo tanto en libertad de perseguir al rey de Argel, se lanzó veloz tras sus huellas; y le hubiera alcanzado bien pronto, á no haberle ocurrido en el camino una aventura que le entretuvo hasta la tarde y le hizo perder el rastro que seguia. Al pasar por la orilla del Sena, vió á una mujer que acababa de caer en él, y estaba próxima á perecer, si alguien no le daba un pronto auxilio: Sacripante se arrojó al agua, y salvó la vida á aquella desgraciada. Cuando quiso montar de nuevo á caballo, vió que se le habia escapado su corcel, el cual le obligó á correr tras él toda la tarde, por no dejarse cojer fácilmente. Logró al fin sujetarle, pero no pudo acertar con el sitio de donde se habia apartado, y anduvo más de doscientas millas por montes y llanos, antes de volver á encontrar á Rodomonte.
No pienso referir ahora dónde le alcanzó, ni el combate que se siguió entre él y el Africano, con harta desgracia para Sacripante, que perdió el caballo y la libertad; pues antes debo ocuparme de la desgracia y la ira que abrasaban á Rodomonte al partir del campamento, y de las maldiciones que lanzó contra Doralicia y Agramante. Por donde quiera que iba, inflamaba el aire con sus abrasadores suspiros, que repetia Eco desde la profundidad de las cavernas, condolida de su afliccion.
—¡Oh, imaginacion femenil! exclamaba: ¡cuán fácilmente varías, dando al olvido tus juramentos! ¡Cuán infeliz, cuán miserable es el que en tí confia! ¡Ni la más prolongada sumision á tus caprichos, ni el inmenso amor de que te dí innumerables y brillantes pruebas, han sido bastantes para contener tu corazon, ó para hacer á lo menos que no cambiara tan presto! No creo haber perdido tu amor por que yo te pareciera inferior á Mandricardo, no; solo una causa encuentro para tu deslealtad, y esta es, la de que eres mujer. ¡Oh sexo pérfido y malvado! Creo que Dios y la Naturaleza te han puesto en el mundo para terrible castigo del hombre, que, sin tí, seria feliz, así como han producido en la tierra los lobos, los osos y las feroces serpientes, han poblado el aire de moscas, abispas y cínifes, y han hecho nacer entre las doradas espigas la ortiga y la zizaña. ¿Por qué esa vivificadora Naturaleza no ha hecho que el hombre pudiera nacer sin tí, del mismo modo que se reproducen ingertándolos el serval, el peral y el manzano? Pero ¡ah! la Naturaleza no siempre hace lo más conveniente, lo cual no es extraño; pues si considero cómo la nombro, me convenceré de que no puede hacer nada perfecto, por lo mismo que lleva un nombre femenino. Y no os envanezcais, mujeres despiadadas, por que el hombre sea vuestro hijo; que tambien las rosas salen de las espinas, y la perfumada azucena de un fétido tallo. Nacidas tan solo para eterna desgracia de la raza humana, sois importunas, soberbias, desdeñosas, sin fé, sin piedad, sin juicio, temerarias, crueles, inícuas é ingratas.
Con estas y otras infinitas quejas, iba Rodomonte exhalando su mortal despecho, y lanzando las más terribles imprecaciones contra el sexo débil, en voz baja unas veces, y otras prorumpiendo en gritos, que se oian á larga distancia. Fácil era conocer que el dolor le hacia desvariar; pues por una ó dos mujeres que sean en efecto malvadas, debemos creer que otras ciento serán dignas de alabanza, y aun cuando no he podido encontrar una sola verdaderamente fiel entre todas las que he amado hasta ahora, no quiero llamar á las restantes pérfidas é ingratas, sino culpar más bien á mi mala estrella. Muchas existen en la actualidad, así como han existido infinitas, que no dan ni han dado el menor motivo de queja á sus amantes; pero mi adversa fortuna hace de modo que, si entre ciento se encuentra una sola perversa, he de ser yo su víctima. A pesar de esto, pienso redoblar mis pesquisas antes de morir, ó más bien, antes de que empiecen á blanquear mis cabellos, hasta verme tal vez obligado á confesar que he dado con una que me sea fiel. Si tal sucede, como me complazco en esperarlo, consagraré toda mi existencia á ensalzarla con mi lengua, con mi prosa y con mis versos, y desde mi humilde esfera, no cesaré un punto de trabajar para proporcionarle un glorioso renombre.
No menos encolerizado estaba Rodomonte contra su rey que contra la doncella; y en su insensato furor, maldecia tan pronto al uno como á la otra. Deseaba que llovieran sobre el reino de Agramante tantos daños y tantas calamidades, que se vieran destruidas sus ciudades, sin que quedara piedra sobre piedra; deseaba tambien que el monarca se viera despedido de sus estados, y viviera sumido en el llanto y la desesperacion, mendigando su subsistencia; pero al mismo tiempo anhelaba ser él quien le devolviera lo perdido, colocándole de nuevo en su antiguo sólio, para darle una prueba de su lealtad, y hacerle ver que un amigo verdadero, ya tenga ó no la razon de su parte, debe ser siempre preferido á despecho del mundo entero.
De este modo iba el Sarraceno cabalgando á grandes jornadas y maldiciendo alternativamente á su rey y á su dama, sin que se mitigara su cólera, ni conceder apenas descanso á Frontino. Al dia siguiente ó al otro, se encontró á orillas del Saona, y se encaminó directamente hácia las costas de Provenza, con intencion de embarcarse para regresar al África. El rio estaba cubierto de una orilla á la otra de numerosas embarcaciones, que llevaban desde diferentes sitios víveres y provisiones para el ejército sarraceno, por haber caido en poder de los moros las comarcas que se extienden por la orilla izquierda del rio, desde París á Aguasmuertas, y por la derecha, hasta los confines de España. Las vituallas se trasbordaban desde las naves á los carros y acémilas, y en seguida eran transportadas á donde no podian llegar los bajeles, custodiadas por fuertes escoltas. Poblaban las orillas del rio numerosos rebaños, procedentes de distintos países, y sus conductores pasaban la noche en varias hosterías, situadas junto á las márgenes del Saona.
Sorprendido Rodomonte por las densas tinieblas de la noche, al llegar á aquel sitio, aceptó la invitacion de un hostalero del país, que le instó para que se albergase en su posada. Despues que hubo dejado su caballo en la cuadra, pasó á participar de una buena cena, en que le sirvieron excelentes vinos de Córcega y de Grecia; pues el Sarraceno, rígido observador en lo demás de las costumbres mahometanas, bebia, sin embargo, á la francesa. El huésped se esforzaba en complacer á Rodomonte, ofreciéndole buena mesa y mejor rostro, por haber adivinado en su apostura, que era un guerrero ilustre, al par que valeroso; pero el infiel, que tenia el alma separada del cuerpo, y aquella noche no podia decir si conservaba el corazon, que volaba, á pesar suyo, al lado de su adorada, dejaba pasar desapercibida la solicitud del hostalero, y no le decia una palabra.
El buen hombre, que era uno de los más astutos y diligentes de que en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad suficiente para salvar su posada y sus bienes, á pesar de estar rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, á quienes habia llamado para que le ayudasen á servir con más prontitud á Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia á desplegar los lábios al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno á cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la vista. Despues de haber permanecido inmóvil durante mucho tiempo, lanzó un suspiro, como si despertara de un sueño abrumador, agitó todo su cuerpo, y levantó los ojos, reparando entonces en el posadero y en su familia.
Rompió despues su prolongado silencio, y con semblante más agradable y expansivo, preguntó al huésped y á los que con él veia, si alguno de ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo estaban, y entonces les exigió que le dijeran lo que cada cual creia con respeto á la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que tenian á sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el posadero, que exclamó:
—Haceis bien en creer lo que más os conviene; pero yo sé que estais muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero, á no ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. Así como en el mundo no existe más que un ave fénix, tampoco puede existir más de un solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada cual cree ser el único y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero ¿cómo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber más que uno? Tambien yo, como vosotros, incurrí en el grosero error de creer que era posible la existencia de más de una mujer casta; pero llegó aquí, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual presentándome las pruebas más irrefutables, desvaneció por completo mi ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio: nunca he olvidado su nombre: sabia uno por uno todos los ardides de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y además de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dejó plenamente convencido de que jamás existieron mujeres honradas, ya fueran pobres ó ricas, y de que si alguna parecia más casta que las otras, era porque tenia más destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas historias que me contó, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera parte de ellas), se fijó una de tal modo en mi memoria, que ni grabada en mármoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto á esas fementidas hembras, adhiriéndose á mi parecer; y si no os desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os referiria dicha historia para confusion del otro sexo.
El Sarraceno respondió:
—No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos momentos, como referirme historias ó presentarme ejemplos que estén en acuerdo con mis ideas: y á fin de que pueda oirte mejor, y tú contarme más descansado esa historia, siéntate en frente de mí, para que pueda verte el rostro.
En el canto siguiente os repetiré lo que el hostalero refirió á Rodomonte.
CANTO XXVIII.
Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una lengua falaz.—Continúa despues el viaje hácia su reino; pero antes llega á un sitio agradable para su corazon.—Se siente abrasado de un nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaña á la jóven, le da una muerte cruel y traidora.
¡Oh mujeres! ¡Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis, por Dios, oidos á la historia que el posadero refirió en desprecio vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el vilipendio, por más que una lengua tan viperina no pueda mancillaros ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo ignorante el de atreverse á todo y complacerse en hablar de lo que menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedará truncada esta historia, ni será menos clara mi narracion. Habiendo hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni dañada intencion. Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habéroslo expresado así mi lengua, que jamás ha sido avara en cantar vuestras alabanzas, sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrándoos que ni soy ni puedo ser más que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres ó cuatro páginas sin leer una sola línea: el que se aventure á recorrer su contenido, debe darle el mismo crédito que si se tratara de una ficcion ó una insensatez.
Pero volviendo á coger el hilo de mi discurso, os diré que, en cuanto el hostalero vió que todos estaban dispuestos á escucharle, y despues de haber tomado asiento enfrente del caballero, empezó su historia en estos términos:
—Astolfo, rey de los Lombardos, á quien su hermano cedió la corona para vestir el hábito religioso, fué tan bello y apuesto en su juventud, que pocos mortales llegaron á igualarle. Con dificultad hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el célebre Zeuxis ó el mismo Apeles, ú otro pintor más eminente que estos, si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil, pero el jóven lo creia así más que nadie. No le envanecia tanto la superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba con respecto á los magnates de su reino, ni ser el monarca más poderoso de cuantos en aquella region existian, ni tener á su disposicion considerables riquezas y numerosos ejércitos, como la celebridad que alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando ensalzan la cosa que más amamos.
»Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con su afecto á un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro ó de sus manos. Preguntándole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan esbeltas y proporcionadas como las suyas, oyó una respuesta contraria á la que esperaba.
—«Segun lo que veo, respondió Fausto, y lo que oigo repetir por todas partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos los reduzco yo á uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si se exceptúa mi hermano, no dudo que dejes á todos atrás en punto á belleza; pero estoy persuadido de que él te iguala y quizás te aventaja en hermosura.»
»Al Rey se le hacia difícil creer que existiera quien le arrebatase la palma de la belleza, por lo cual manifestó los más vivos deseos de conocer al jóven á quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias arrancaron á Fausto la promesa de hacer venir á la corte á su hermano, á pesar de que le costaria un ímprobo trabajo obligarle á acceder; porque Jocondo era un hombre que jamás habia salido de Roma, donde gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo para aumentar ó disminuir el patrimonio que le dejó en herencia su padre: así es, que un viaje á Pavía le pareceria mucho más largo que á otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo separar de su mujer, á la que profesaba un amor tan entrañable, que no tenia más voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstáculos, dijo Fausto que por obedecer á su Rey, marcharia á Roma y haria más de lo que le fuera posible en este asunto. El monarca unió á sus ruegos tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir á sus deseos.
»Emprendió Fausto la marcha, y á los pocos dias se encontró en Roma y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las súplicas que dirigió á su hermano, que al fin logró hacerle consentir en acudir al llamamiento del Rey. Consiguió además, á pesar de ser bastante difícil, que su cuñada no se opusiera á sus intentos, haciéndole ver las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno á que le quedaria obligado. Fijó Jocondo el dia de la partida, y entre tanto se proveyó de caballos y criados, y se mandó hacer trajes magníficos, suponiendo con razon que el adorno da mayor realce á la belleza. La mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y diciéndole que no sabria cómo soportar aquella ausencia sin que le costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor le arrancaba el corazon.—«No llores, vida mia, le decia su esposo», y mientras tanto derramaba él un copioso llanto.—«Ojalá me sea tan próspero el viaje, como es cierto que no tardaré dos meses en volver á tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados, no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia más de dicho término.»
»La afligida esposa no se consolaba, á pesar de tales seguridades, diciéndole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la encontraba muerta, solo podria atribuirlo á un gran milagro del Cielo. Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia á tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueño; llegando á tal extremo, que Jocondo, movido á compasion, se arrepentia ya de haber accedido tan fácilmente á los deseos de su hermano. Quitóse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado de una violenta enfermedad, recibió franca hospitalidad en casa del padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dejó á su huésped heredero de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa; la cual le suplicó que la llevara siempre colgada al cuello, cual constante recuerdo y prenda de su amor.
»Aceptó el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia necesidad de él para no olvidar á su adorada compañera; pues ni el tiempo, ni la ausencia, ni la próspera ó adversa fortuna podrian borrar de su corazon el recuerdo eterno é indestructible que de ella conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la noche que precedió á la mañana fijada para la partida de Jocondo, no parecia sino que su esposa iba á quedar muerta en sus brazos ante la idea de verse sin él. El sueño huyó de sus párpados, y una hora antes de despuntar el dia, le dió su esposo el último adios. Montó á caballo y se puso en camino, dejando todavía á su mujer en el lecho.
»Aun no habia andado dos millas, cuando se acordó de la cruz que, por un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la colocó al entregársela su esposa.—«¡Necio de mí! exclamaba. ¿Cómo hallaré una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya á creer que agradezco tan poco su inmenso amor?»—Ninguna de las excusas que buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: así es que se decidió á buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por sí mismo á mandar un criado ú otra persona menos interesada. Se detuvo, y dijo á su hermano:—«Sigue andando más despacio hácia Baccano, y espérame en la primera hostería que allí encuentres; porque yo he de volver forzosamente á Roma, aunque regresaré tan pronto, que espero alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempeñar la comision que me obliga á retroceder; pero no temas, que pronto seré contigo. Adiós.»—Al decir estas palabras, volvió riendas y se alejó á galope, sin permitir que le acompañara ninguno de sus criados.
»Cuando pasó nuevamente el rio, el Sol empezaba ya á disipar las sombras de la noche. Apeóse á la puerta de su casa, entró en ella, se dirigió á su lecho, y encontró en él á su mujer profundamente dormida. Descorrió del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreció á su vista lo que menos esperaba: vió á su casta y fiel esposa dormida en brazos de un jóven, á quien conoció al momento; pues era un mancebo de su servidumbre, de linaje oscuro, y á quien habia criado en su casa. Si Jocondo quedó atónito y desesperado, no hay para qué decirlo: vale más suponerlo y prestar crédito al relato de otros, que verse obligado á saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo el engañado marido. Impelido por la cólera, tuvo intencion de sacar la espada y atravesar con ella á entrambos; pero el amor que aun sentia hácia su mujer se lo impidió bien á pesar suyo. Este mismo insensato amor (¡hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permitió tampoco despertarla, por ahorrarle la vergüenza de verse sorprendida por él en tan grave falta. Salió de la estancia tan silenciosamente como pudo, bajó las escaleras, montó de nuevo á caballo, y desgarrando los hijares del animal con el acicate, del mismo modo que él tenia desgarrado el corazon por el aguijon de los celos, alcanzó á su hermano antes que este hubiese llegado á la posada.
»Observaron al momento sus compañeros de viaje la alteracion de sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se habia separado de ellos para ir á Roma, cuando donde habia ido era á Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal; pero nadie imaginaba de qué modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola á su mujer, cuando, por el contrario, lo que más irritaba y ponia fuera de sí á Jocondo, era haberla encontrado demasiado acompañada. El infeliz, con el entrecejo fruncido y contraidos los lábios, no levantaba los ojos del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un bálsamo enteramente contrario; pues recordándole su mujer, no hacia otra cosa que aumentar su dolor, cuanto más se esforzaba en calmarlo.
»Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su apetito huyó con el sueño, y su rostro, tan bello hasta entonces, experimentó tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su descarnado semblante, quedándole ya tan poco de su pasada belleza, que en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del Rey. Su dolor incesante le causó una fiebre tan molesta, que se vió obligado á detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno, desvaneciéndose allí los últimos restos de su belleza, cual se marchita una rosa privada de la luz del sol.
»Aun cuando Fausto se lamentaba del estado á que veia reducido á su hermano, se lamentaba mucho más de ser mirado como un impostor por aquel príncipe á quien en tan alto grado le alabara. Habíale prometido presentarle el hombre más gentil de cuántos existian, y ya no podia hacerle ver sino al más feo de todos: sin embargo, continuando su camino, lo llevó consigo hasta que llegaron á Pavía. Como no queria que el Rey le viese de improviso, exponiéndose á que le tachara de insensato, le advirtió por medio de una carta, que su hermano acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel, acompañada de una fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus facciones, que estaba desconocido.
»La llegada de Jocondo causó al Rey el mismo regocijo que la del amigo más querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle. Regocijóse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien conocia, que, á no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria superior, ó por lo menos igual. Le alojó en su mismo palacio, donde le visitaba diariamente, informándose á cada hora de su estado, y procuró rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni las fiestas, ni los juegos, ni la música, disminuian en lo más mínimo su acerba pena.
»Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio, y antes de llegar á él habia un salon antiguo. Como le incomodaba toda distraccion y toda compañía, solia pasearse enteramente solo por dicha estancia, añadiendo continuamente nuevo peso á los abrumadores pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, ¡quién lo creyera! encontró en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de los ángulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi nunca se abrian las ventanas, observó que el tabique no se unia bien al muro, y daba paso á un rayo de luz. Miró Jocondo por aquella rendija, y vió lo que pareceria increible á cualquiera que lo oyese referir; pero él no lo oyó decir á nadie, sino que lo vió, y á pesar de esto no podia dar crédito á sus ojos.
»Desde su extraño observatorio, descubrió por completo el retrete más secreto y más suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie podia penetrar excepto las personas de su mayor intimidad. Examinó atentamente lo que allí pasaba, y vió á la Reina abrazada estrechamente con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consiguió dominarla y hacerse dueño de su corazon. Jocondo permaneció un largo rato atónito, estupefacto, y creyendo ser presa de un engañoso sueño; mas cuando vió que el sueño no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo más remedio que dar crédito á sus ojos.—«¿Es posible, exclamó, que se someta de tal modo á un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo marido es el rey más poderoso, más gentil y más amable del mundo? ¡Oh lascivia!»
»Acordóse entonces de su mujer, á quien maldecia sin cesar por haberla sorprendido concediendo sus favores á un criado jóven; y al compararla con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas tenian alguna mancha que ocultar, á lo menos la suya no habia elegido un mónstruo.
»Al dia siguiente, volvió á la misma hora y al mismo sitio, y vió de nuevo á la Reina y al enano haciendo al Rey idéntico ultraje. Por espacio de muchos dias se repitió la fiesta; y sin embargo, la princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco amor del enano. Un dia, entre otros, observó que la Reina, turbada, impaciente y melancólica, habia mandado llamar dos veces por una de sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Ordenó por tercera vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:—«Señora, está jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon á acudir á vuestro llamamiento.»
»Ante tan extraño espectáculo, Jocondo recobró su perdida serenidad, y haciéndose digno de su nombre[29], se mostró contento, y trocó en risa su llanto. Con su alegría reaparecieron sus colores y sus buenas carnes, hasta el punto de parecer un ángel del Paraiso, dejando asombrados al Rey, á su hermano y á toda la corte ante tan repentina mudanza. Si el Rey deseaba oir de los lábios de Jocondo la causa de su rápida curacion, no se mostraba este menos deseoso de manifestársela, á fin de hacerle sabedor de tamaña injuria; pero como no queria que el Rey impusiese á su esposa el castigo que él habia dejado de imponer á la suya, antes de explicarle aquel misterio, le hizo jurar solemnemente que en ninguna ocasion habria de vengarse de cuanto le dijera ó le hiciera ver, ya le fuese desagradable, ó ya conociese que era una ofensa hecha directamente á la majestad de que estaba revestido; exigiéndole además la promesa de guardar silencio, con el objeto de que el culpable jamás pudiera sospechar, ni por palabras, ni por obras, que el Rey conocia su crímen. Astolfo, que podia imaginar cualquier cosa menos la de que se trataba, juró sin vacilar todo cuanto quiso Jocondo, y entonces este le reveló la causa de su prolongada enfermedad, diciéndole que procedia de haber encontrado á su infiel consorte en brazos de un humilde criado, y que sin duda habria muerto de desesperacion á no haber hallado tan pronto el remedio. Añadió que precisamente en el palacio real habia visto una cosa que mitigaba su quebranto, al considerar que si bien habia caido sobre él una grave deshonra, estaba seguro de no ser á lo menos el único deshonrado. Así diciendo, condujo al Rey á la rendija del salon, y le enseñó el horrible enano que se solazaba á sus anchas con la Reina.
»Fácilmente comprendereis, sin necesidad de que yo lo jure, la indignacion que semejante espectáculo causó á Astolfo: faltóle poco en su rabia para perder el juicio ó para estrellarse la cabeza contra las paredes. Estuvo á punto de gritar y de romper su juramento; pero preciso le fué sellar sus lábios y devorar su amargo ultraje, puesto que lo habia jurado así sobre la sagrada hostia.»
—«¿Qué debo hacer, qué me aconsejas, amigo mio, dijo á Jocondo, ya que me has privado de saciar la justa indignacion que arde en mi pecho con la más terrible y la más merecida de las venganzas?»
—«Abandonemos para siempre á nuestras ingratas mujeres, respondió Jocondo, y probemos si todas son tan fáciles de conseguir como ellas: hagamos con las mujeres ajenas lo mismo que los demás han hecho con las nuestras. Los dos somos jóvenes y dotados de tantos atractivos, que con dificultad encontraremos quien nos aventaje. ¿Habrá alguna mujer que se muestre esquiva con nosotros, cuando vemos que no resisten á las seducciones de seres abyectos y deformes? En el caso de que no nos valgan para rendirlas ni la juventud ni la belleza, apelaremos á otro atractivo más irresistible; el oro. No debemos cejar en nuestro propósito hasta haber conquistado los ópimos despojos de mil mujeres ajenas. La ausencia, la variacion de climas y de países, el trato con las damas extranjeras curarán, á no dudarlo, las penas del amor que hoy laceran nuestro corazon.»
»Astolfo halló excelente el plan de Jocondo, y no queriendo aplazar un solo momento la partida, se puso en camino á las pocas horas, acompañado solamente del caballero romano y de dos escuderos. Visitaron de incógnito la Italia, la Francia, el país de los flamencos y el de los ingleses, sin encontrar una mujer hermosa que no cediera á sus ruegos. Pagaban con liberalidad los favores que recibian, y con frecuencia se reintegraban de los dispendios hechos: muchas hermosas se ablandaron á sus súplicas; pero en cambio otras tantas les ofrecieron con instancias sus favores. Permaneciendo un mes en un país, dos en otro, adquirieron el íntimo convencimiento de que las demás mujeres no eran más fieles ni más castas que las suyas. Al cabo de algun tiempo, empezó á cansarles aquella vida agitada, aquel afan de ir siempre en busca de cosas nuevas, y sobre todo, la obligacion que se habian impuesto de cazar en cercado ajeno, exponiéndose continuamente á la muerte, y pensaron que era mucho mejor buscar una mujer de rostro y carácter agradables á entrambos, que les proporcionara en comun los placeres del amor, y de quien no tuvieran que sentir el aguijon de los celos.
—«Prefiero que seas tú más bien que cualquier otro mi compañero de amor, decia el Rey á Jocondo, por lo mismo que sé que entre todas las que componen la gran falanje femenil, no hay una sola que se contente con un hombre nada más. Bástanos con una sola para gustar los deleites amorosos, sin abusar de nuestra naturaleza, y únicamente cuando se manifiesten nuestros deseos. De este modo, no tendremos jamás disputas ni disensiones, ni creo que ella pueda quejarse; porque es indudable que si toda mujer tuviera dos maridos, les seria más fiel que á uno solo, y tal vez no habria tantas querellas entre los matrimonios.
»Jocondo aplaudió las palabras del Rey, y resueltos á llevar á cabo tal proyecto, empezaron á buscar por montes y llanuras la mujer que deseaban. Encontraron al fin lo que convenia á sus miras en la hija de un posadero español, que tenia una hostería en el puerto de Valencia, la cual era una muchacha de esbelto talle y agradable presencia, y cuyo lozano semblante anunciaba que apenas habia entrado en la florida primavera de su vida. El padre, que estaba cargado de hijos y era enemigo mortal de la pobreza, consintió fácilmente en entregar su hija á los dos caballeros, para que pudiesen llevársela donde más les agradara, puesto que le habian prometido tratarla bien.
»Lleváronse á la muchacha, y disfrutaron alternativamente de sus encantos en amor y santa paz, semejantes á los fuelles de una fragua, que soplando uno tras otro, no dejan que se apague el fuego. Proponiéndose recorrer toda la España y pasar desde ella al reino de Sifax[30], salieron de Valencia y se detuvieron el mismo dia en una posada de Játiva. Los dos amigos se dedicaron á visitar los templos, los palacios, los establecimientos públicos y las calles y plazas, siguiendo la costumbre que observaban en todas cuantas ciudades recorrian. Dejaron á la muchacha en la posada con sus demás criados, los cuales se pusieron á hacer las camas, á acomodar los caballos en las cuadras ó á preparar la cena para cuando volvieran sus señores.
»En aquella posada estaba de criado un mancebo que habia servido en otro tiempo en casa del padre de la jóven, de la cual fué amado en sus más tiernos años, y con la cual habia gustado las primicias del amor. Conociéronse al instante, pero procuraron disimularlo, por temor de que lo notaran los dos amigos; mas en cuanto se alejaron estos y vieron á los demás criados dedicados á sus quehaceres, dejaron aparte todo disimulo. El jóven preguntó á la muchacha el objeto de su viaje, y á cuál de los dos señores pertenecia: entonces Flameta (que tal era el nombre de la muchacha, así como el Griego el del jóven) le respondió, manifestándole la verdad.
—«¡Ay de mí! exclamó el Griego: cuando creí llegado el tiempo de vivir siempre contigo, Flameta mia, vas á ausentarte, y te perderé tal vez para siempre! Mis dulces designios van á convertirse en amargas penas, puesto que perteneces á otros, y te alejas tanto de mí! A fuerza de trabajos y de sudores, con lo que habia ahorrado de mis salarios y con las propinas de muchos viajeros, he logrado reunir algun dinero, y pensaba volver á Valencia para pedirte á tu padre por esposa y casarnos inmediatamente.»
»La jóven se encogió de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia llegado demasiado tarde. El Griego empezó á llorar y á lamentarse, aunque á la verdad, con algun fingimiento.
—«¿Quieres dejarme morir así? le dijo: estréchame á lo menos entre tus brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta. ¡Seria tan dulce para mí la muerte si pudiera pasar á tu lado todos los instantes que faltan hasta tu partida!»
»La jóven, compadeciéndose de su afliccion, le respondió:
—«Puedes creer que no lo deseo menos que tú; pero no encuentro sitio ni ocasion oportuna aquí, donde nos observa tanta gente.»
»El Griego replicó:
—«Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiéramos solazarnos un poco.»
—«¿Y cómo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches entre los dos caballeros, prodigándome cada uno alternativamente sus caricias, y teniéndome siempre alguno de ellos entre sus brazos?»
—«Ese inconveniente no debe tener importancia para tí, contestó el Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de su lado, si quisieras, como querrás sin duda en cuanto te conmueva mi profundo dolor.»
»Flameta permaneció algunos momentos pensativa, y despues dijo al mancebo, que fuese á buscarla cuando presumiera que todos dormian en la posada, informándole minuciosamente de lo que debia hacer, tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego sus instrucciones, en cuanto conoció que todos estaban entregados al sueño, se dirigió á la puerta del cuarto de su amada, la empujó cuidadosamente, y se adelantó muy despacio y caminando con suma cautela. Movia los piés con toda precaucion, haciéndose firme en el de detrás, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio ó fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fué vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se metió de cabeza con el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los piés. Fué deslizándose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada boca arriba, y así que llegó á la altura de su rostro, la abrazó estrechamente, y permaneció con ella hasta que empezó á despuntar la aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de su ardiente amor.
»Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero engañados por un comun error, creyó cada cual que su compañero habia sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos deseos, volvió á salir del mismo modo que habia entrado, y como empezara el Sol á lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte, saltó Flameta del lecho, é hizo entrar á los criados. Astolfo se dirigió á su compañero, diciéndole en tono de broma:
—«Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que descanses, puesto que no has parado un momento.»
»Jocondo le respondió en el mismo tono:
—«¡Buena es esa! me estás diciendo lo mismo que yo iba á decirte: tú eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada del dia.»
—«Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replicó el Rey, si me hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.»
»Jocondo respondió:
—«Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras mútuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: «Déjala estar».
»Tanto replicó el uno y tanto añadió el otro, que la cuestion iba agriándose por momentos. Sus palabras eran cada vez más insultantes, porque cada cual temia ser burlado por el compañero: llamaron á Flameta (que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), á fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian ocultarse con sus negativas.
—«Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de los dos te hagamos daño alguno: ¿quién ha sido el dichoso que ha pasado toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del mismo placer?»
»Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba á dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida al verse descubierta, se arrojó á sus plantas pidiéndoles perdon, y confesando que arrastrada por la pasion que sentia hácia su primer amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurrió en la noche anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosiguió refiriéndoles con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos creyeran que su compañero era el dichoso.
»El Rey y Jocondo estuvieron un gran rato contemplándose mútuamente, atónitos y estupefactos: hasta entonces no habia llegado á su noticia que dos hombres pudieran ser engañados de aquel modo. Acometióles despues un acceso de risa tan violento que se dejaron caer sobre la cama con la boca abierta, los ojos cerrados y pudiendo respirar apenas. Despues de haber dado rienda suelta á su hilaridad, hasta el extremo de dolerles el pecho y tener los ojos llenos de lágrimas, exclamaron:—«¿Cómo hemos de poder vigilar á nuestras mujeres á fin de que no nos engañen, si á pesar de tener á esta muchacha tan íntimamente unida á nosotros, que siempre la tocaba uno de los dos, nos ha burlado? Aunque un marido tuviera más ojos que cabellos, no podria librarse de una traicion semejante. Hemos puesto á prueba la virtud de mil mujeres, á cual más bellas, y ni una sola se nos ha resistido: podríamos hacer la misma prueba con otras mil, y de seguro que harian lo mismo que aquellas; pero debemos darnos por satisfechos con la última experiencia. Por lo tanto, estamos en el caso de creer que nuestras mujeres ni son más perversas ni menos castas que las otras, y puesto que son lo mismo que todas las de su sexo, lo mejor será volver á su lado.»
»Una vez tomada esta determinacion, hicieron que la misma Flameta llamara á su amante, y en presencia de cuantos habia en la posada, se la dieron por mujer juntamente con un buen dote. Montaron despues á caballo, y en vez de seguir su camino hacia Poniente, volvieron hácia Levante, y regresaron al lado de sus mujeres, sin inquietarse en lo sucesivo por lo que hacer pudieran.»
El posadero puso fin con estas palabras á su historia, que fué escuchada con suma atencion por los circunstantes. El Sarraceno guardó completo silencio mientras duró su relato: despues dijo:
—Estoy firmemente persuadido de que los ocultos ardides de las mujeres son innumerables, y tanto, que no bastaria todo el papel del mundo para recordar una milésima parte de ellos.
Entre los presentes, se hallaba un hombre de edad madura, de más prudencia, más juicio y más atrevimiento tambien que los demás, y no pudiendo sufrir en silencio por más tiempo que se censurara tan acerbamente á todas las mujeres, se volvió al que habia narrado la historia, y le dijo:
—Todos los dias estamos oyendo referir cosas que no encierran el menor fondo de verdad: probablemente tu fábula será una de estas. No doy crédito alguno al que te la contó, por más que en lo restante fuese tan verídico como un evangelista; pues de seguro, esa historia es hija de una falsa opinion, y no de su experiencia en asuntos femeniles. La malevolencia hácia una ó dos mujeres le obligó sin duda, á odiar y vituperar á todas las demás, traspasando los límites de la cortesía; pero si se mitiga su ira, estoy cierto de que le oirás ensalzarlas mucho más de lo que ahora las calumnia. Cuando quiera alabarlas, tendrá más ancho campo del que tuvo para hablar mal de ellas, y por una mujer infeliz, merecedora de vituperio, hallará ciento dignas de honor y de respeto. En vez de censurarlas á todas, se deberia aplaudir la bondad de infinitas; y si tu Valerio dijo lo contrario, obedeció á su despecho y no á lo que su corazon le dictaba.—Y ahora decidme: ¿Acaso hay entre vosotros alguno que haya guardado á su mujer la fidelidad debida? ¿Podreis negar que cuando os ha parecido conveniente, habeis perseguido á la mujer ajena, apelando hasta á las dádivas para conseguirla? ¿Creeis encontrar en todo el mundo un hombre que no haya obrado así? El que lo diga, miente; y el que lo crea, es un insensato.—En cambio, ¿habeis hallado alguna mujer que os ofrezca su amor, exceptuando á las mujeres públicas é infames? ¿Sabeis de alguno que no haya abandonado á su mujer, aun cuando fuese muy bella, para irse con otra, como estuviera persuadido de alcanzar en breve y fácilmente sus favores? ¿Qué haria aquel marido si le rogara ó le ofreciera alguna recompensa una mujer ó una doncella? Estoy seguro de que, por complacer á una ó á otra, nos expondríamos todos á perder la vida.—La mayor parte de las mujeres que abandonan á sus maridos tienen las más de las veces un justo motivo para hacerlo así; porque les ven despreciar el bien que les pertenece, para correr afanosos en busca del ajeno. Si quieren ser amados, preciso es que empiecen por amar y dar otro tanto de lo que reciben. Como estuviera en mis manos, habria de instituir una ley á la que nadie pudiera oponerse. Esta ley dispondria, que toda mujer sorprendida en flagrante adulterio fuese condenada á muerte, como no pudiese probar que su consorte habia cometido una vez la misma falta; pero si así lo probara, quedaria absuelta, y nada tendria que temer de su marido ni de la sociedad. Entre sus sublimes preceptos, nos ha dejado Cristo el de no hacer al prójimo lo que no se quiera para sí mismo. El mayor mal de que se puede acusar á las mujeres, y no á todas, es el de la incontinencia; pero en esta parte, ¿quién es más culpable? ¿Ellas, ó nosotros, para quienes la continencia es una cosa completamente desconocida? Y si de esta falta no se sonroja el hombre, como debiera, ¿cuánto mayor no deberia ser su sonrojo y su vergüenza cuando blasfema, cuando se entrega al robo, al fraude, á la usura, al homicidio, y á todos los peores crímenes, si es que existen otros peores, y que practican exclusivamente los hombres?
Disponíase el sincero y justo anciano á apoyar sus razones con algun ejemplo ofrecido por esas mujeres virtuosas, cuyas acciones y cuyos pensamientos fueron siempre reflejo de su castidad, cuando el Sarraceno, á quien repugnaba oir la verdad, le lanzó una mirada terrible y amenazadora. El temor obligó al buen viejo á guardar el silencio; pero no le hizo variar de opinion.
Habiendo terminado el Rey pagano la cuestion de este modo, dejó la mesa, y se tendió despues en su lecho para disfrutar algun reposo hasta la llegada de la aurora; pero invirtió la noche, más bien que en dormir, en lamentarse de la ofensa que le infiriera Doralicia. Apenas apareció el primer albor matutino, se puso en marcha con intencion de embarcarse en el rio; porque teniendo al excelente caballo de que se habia apoderado á despecho de Sacripante y de Rugiero toda la consideracion que debe tener un buen ginete, y reflexionando que por espacio de dos dias consecutivos le habia hecho galopar más de lo justo, quiso proporcionarle el descanso necesario, haciéndole entrar en una barca, considerando por otra parte que el viaje seria así más rápido. Mandó al momento á los barqueros que se alejaran de la orilla é hicieran fuerza de remos, y la embarcacion, no muy grande y poco cargada, se deslizó velozmente por el curso del Saona.
Rodomonte no se veia libre de sus abrumadores pensamientos, lo mismo por la tierra que por el agua: si iba á caballo, los llevaba á la grupa; si embarcado, se le ofrecian en la proa y en la popa del bajel. Oprimiendo alternativamente su corazon ó su cabeza, le arrebataban todo consuelo y toda esperanza de sosiego: no sabia qué partido adoptar para hallar un alivio á su afliccion al ver que sus enemigos quedaban libres é impunes, ni de quién esperar merced, puesto que los suyos eran los que le hacian la guerra: el cruel amor, que debia acudir en su socorro, era el que más tenazmente le perseguia, sin concederle tregua ni sosiego. Navegó todo aquel dia y la noche siguiente, siempre agitado por el mismo afan; nada podia borrar de su imaginacion la injuria que habia recibido de su rey y de su dama. La misma pena y dolor que sentia á caballo los sentia tambien en la nave. Las aguas que iba surcando no podian apagar el incendio que le abrasaba, ni la variacion de sitios y de paisajes era bastante á variar su triste estado. Como el enfermo que, rendido y aniquilado por una fiebre devoradora, busca nuevas posiciones en su lecho, y volviéndose tan pronto de un lado como de otro, espera encontrarse mejor, aun cuando no consigue descansar ni sobre el derecho ni el izquierdo, sintiéndose incómodo y mal de todos modos, así tampoco experimentaba el pagano alivio alguno á su dolencia ni en la tierra ni el agua.
No teniendo ya paciencia para continuar embarcado, saltó en tierra, y pasó por Lyon y Vienne; siguió desde aquí á Valence, y despues vió á Avignon con su magnífico puente. Todas estas ciudades y otras muchas, situadas entre el rio y los montes Celtíberos, estaban sometidas á Agramante y al rey de España desde el dia en que penetraron en aquellas comarcas. Corrióse Rodomonte por la izquierda hácia Aigues-Mortes, con ánimo de embarcarse lo más pronto posible para Argel, y llegó á un rio, á cuya orilla se asentaba una ciudad favorecida por Baco y Ceres, cuyos habitantes la habian abandonado, obligados á ello por las incesantes exacciones de los soldados sarracenos. Por un lado se descubria la inmensa superficie del mar; y por otro se veian ondear en los valles á impulsos del viento las doradas espigas. Descubrió allí una capilla, recientemente edificada sobre una colina, pero abandonada de los sacerdotes desde el principio de la guerra. Rodomonte la eligió para vivienda suya, por haberle agradado tanto á causa de su pintoresca situacion y de estar lejos del ruido de las armas que habian llegado á serle odiosas, que la prefirió á su reino. Renunciando á pasar al África, se alojó allí con sus escuderos, su caballo y sus equipajes. Aquel sitio estaba á pocas leguas de Montpellier, á la orilla de un rio y próximo á algunos castillos ricos y habitados, de suerte que era fácil proporcionarse lo necesario para la subsistencia.