¡SI YO FUERA RICO!
BIBLIOTECA UNIVERSAL
¡SI YO FUERA RICO!
NOVELA ORIGINAL
DE
DON LUIS MARIANO DE LARRA
ILUSTRADA POR ALEJANDRO DE RIQUER
BARCELONA
—
MONTANER Y SIMÓN, EDITORES
CALLE DE ARAGÓN, NÚMS. 309-311
1896
ES PROPIEDAD DE LOS EDITORES
Al Sr. D. José Laméyer
Siento, querido Pepe, que no seas ya un conspicuo abogado de los más célebres de la península, ni un eximio diputado de los más influyentes en la cosa pública, para hartarme de endilgarte epítetos y calificativos modernos, entre los que descollarían el valioso y el docto y el perspicuo, y tantos otros dictados académicos, arcaicos y churriguerescos, tan del gusto de los críticos fin del siglo, que felizmente nos corrigen, guían y desmenuzan.
En vez de toda esa hojarasca ditirámbica, te habrás de contentar con que te tenga por lo que eres: un joven de gran talento, de sólida instrucción y de sentimientos nobles y generosos, digno heredero de aquel honradísimo y cumplido caballero D. Gerardo Laméyer, que te dió el ser, y á quien jamás he olvidado ni en mi recuerdo, ni en mis oraciones.
Siguiendo su ejemplo y sus lecciones, ocupas hoy, aunque muy joven todavía, un puesto distinguido en el partido liberal, en el foro y quizás pronto en el Parlamento. Á todas partes te seguirá solícito mi nunca desmentido afecto, y en todas te deseo triunfos sin cuento y dichas sin número.
Compártelos con todos los seres caros á tu cariño, y no olvides entre ellos, por muchos que sean, que siempre será tu invariable y apasionado amigo,
Luis Mariano de Larra
10 diciembre 1892
CAPÍTULO PRIMERO
LA FÁBRICA DE BERNAREGUI
Era doña Bernarda Bonet, mujer que frisaba en los cincuenta años, de morenas y apretadas carnes, de complexión robusta, de carácter agrio, de palabras secas y desabridas, y de corto y revesado entendimiento. Sabía comprender todas las cuestiones propias ó extrañas que se sujetaban á su criterio por el lado más ilógico é irracional; y todos sus actos, como consecuencia natural de tales premisas, eran casi siempre los menos acertados en la marcha normal de su existencia. No había sido en su juventud ni más fea ni más bonita que en su edad madura, y si hemos de creer á cuantos la habían conocido desde sus primeros años, siempre había sido igual; diríase que había nacido de cincuenta años, con el mismo vestido de merino negro, el mismo delantal de cuadros azules y blancos, el mismo pelo pegado á las sienes y el mismo gesto de vinagre. Huérfana casi desde su infancia, siempre había vivido con su hermano Benito, hombre de bonísima pasta á quien conoceremos dentro de poco; y en honor de los dos hermanos debemos decir que se querían entrañablemente y que su conducta moral pública y privada podía servir de ejemplo y de modelo á la clase social á que pertenecían.
Nunca se supo de doña Bernarda si había aspirado en su juventud á los dulces y legales placeres del matrimonio; pero en su calidad de mujer es muy probable que así hubiera sucedido. Sea porque su desabrido carácter hubiera alejado á los pretendientes, ó porque su adocenada y ancha figura no hubiera inspirado simpatías, ó también porque su género de vida la apartaba de fiestas públicas y de recreaciones caseras, ello es que habían transcurrido los años sin que un mal noviazgo ni un ligero proyecto matrimonial hubieran venido á romper la monótona soltería de doña Bernarda. Esto era lo que la opinión pública sabía de sus asuntos; pero en el fondo del corazón de la solterona, y sin que nadie pudiera sospecharlo, había un drama, y un drama terrible, desarrollado en el misterio, en la soledad y en el fuero impenetrable de la conciencia.
Où le terrible va t’il se nicher?
Eso dijo el poeta y eso creen los satíricos; pero en la práctica de la vida vemos continuamente tragedias y crímenes de que son autores ó protagonistas seres vulgares y tontos de capirote. La prosaica, la robusta, la vulgarísima doña Bernarda tenía su drama correspondiente. Por sainete le juzgaría quizá el mundo si le hubiera conocido, pero para ella drama era, y drama fatalista, drama viviente, drama sentimental y hasta filosófico. Desentrañemos su pensamiento y ofrezcámosele como espectáculo á nuestros lectores.
La escena pasa en el corazón de doña Bernarda. ¡Pobre doña Bernarda! En la escena no hay muebles de ningún género, ni puertas públicas ni secretas, ni siquiera una mala ventana. La escena está completamente á obscuras; de pronto entra, recatándose, un personaje...: á la tenue claridad del crepúsculo vespertino parece un hombre: no habla una palabra; no hace más que pasearse y mirar al cielo de cuando en cuando. Y entra y sale y vuelve á entrar y vuelve á salir, y repite esta situación durante cinco actos. Al final se va para siempre y no vuelve más: cae el telón y se acaba el drama. Ni Shakespeare ni Calderón pueden imaginar tragedia más terrible. ¡Pobre doña Bernarda!
Pero y ¿cuál es el argumento del drama, de ese drama inédito que nadie conoce, y que debe estar como todos dividido en actos y en escenas, y escrito sin duda alguna en prosa ó verso, según los gustos ó la idiosincrasia del autor? El drama no sabemos cómo estaba escrito, pero sí afirmaremos que parecía escrito con sangre en vez de tinta y que sus escenas debían ser patéticas y reconcentradas, y exornado además con todo el aparato que exigía su argumento.
El argumento—helo aquí—no podía ser más sencillo ni más humano. La fábrica de tejidos de Joaquín Bernaregui, establecida en Barcelona, era si no una de las más pingües en rendimientos de Cataluña, una de las más consideradas y de reputación más sólida del Principado. Habíase establecido en 1824 con los escasos elementos con que contaba entonces la industria española, y sólo á fuerza de años y discutiéndolas palmo á palmo se habían introducido en ella las reformas y adelantos que el progreso extranjero había sancionado en sus continuos trabajos. Á fines del año 1880, el balance general de la casa acusaba un capital de dos millones de pesetas, después de cubiertos todos los gastos y de equipararse con poca diferencia los créditos no cobrados con los giros y letras á pagar. Puede decirse, por lo tanto, que el estado de la casa de comercio de Bernaregui era desahogado y su situación financiera sólida y segura. Cierto que los dos millones de pesetas no podían ser realizados en metálico contante y sonante, si se hubiera querido liquidar en el acto, y que el valor en coste de la fábrica con sus máquinas, telares, géneros, utensilios y mobiliario industrial y particular nunca hubiera dado un efectivo de la mitad de lo que importaba en los libros de comercio. Para que la fábrica hubiese ido creciendo en importancia y ganancias desde que Bernaregui padre la fundó en 1824 hasta que Bernaregui hijo firmó el balance de 1880, se había acumulado en los últimos veinte años el trabajo asiduo de tres individuos casi de la misma edad y de idénticas condiciones y aptitudes comerciales, aunque de carácter antagónico y desemejante. Uno de ellos era Joaquín Bernaregui, el dueño, el propietario y el jefe de la industria: otro era Juan Puig, el cajero de la casa, honrado á carta cabal, serio y grave en su vida privada como en su cargo oficial; y el tercero Benito Bonet, hermano benévolo de nuestra amiga doña Bernarda. De los tres amigos sólo éste tenía familia: una hija bellísima, que frisaba en los catorce años en el de 1880, y la hermana en cuestión, pues su esposa había muerto al dar á luz á Lucía, la alhaja de la casa, y de la que había sido padrino en la pila bautismal el mismo D. Juan Puig, compañero de Benito. Estos tres hombres, asiduos en el trabajo, morigerados en sus costumbres y económicos en sus gastos, no tenían más objetivo en su existencia que la marcha acertada de la casa comercial y el mayor rendimiento posible de la fábrica. Bernaregui dirigía, emprendía y reglamentaba, por decirlo así, las exterioridades generales de la empresa: celebraba los contratos, llevaba á cabo las compras y ventas por mayor, y como amo y propietario, se embolsaba las ganancias, dando una pequeñísima participación de ellas á sus dos amigos, que nunca habían llegado á ser sus socios y se contentaban, ó lo parecía al menos, con ser los dos principales empleados de la casa. Puig, el cajero, tenía á su cargo, como era natural, la parte administrativa: letras, giros, pagos, asientos; en una palabra, cuanto en casas de más fuste está encomendado al tenedor de libros, al cajero, al apoderado y al tesorero. Ni una peseta entraba en la casa, ni un real salía del bolsillo del principal, sin pasar por las manos y los libros de Puig, y hasta su sueldo, que no pasó nunca de tres mil pesetas anuales, sólo se cobraba después de probarse por balances y arqueos que no había ni la equivocación de un céntimo en los libros ni en las esportillas. Benito Bonet tenía á su cargo la dirección práctica de la industria. Los talleres diversos, los complicados telares, los almacenes, las salas de trabajo, todo estaba bajo la vigilancia, la inspección y la dirección de Bonet, que por su carácter dulce era mirado por todos los obreros como su verdadero jefe y su defensor nato en todas sus quejas ó sus deseos. Estos tres hombres, solteros los dos primeros y viudo el último, formaban una trinidad de idénticos poderes aunque con distintos atributos, y su vida mutua se pasaba en mancomunidad de trabajos, de inteligencias y de gustos. Bernaregui vivía en la fábrica, ocupando dos modestísimas habitaciones del piso principal, pared por medio de la oficina, gran salón atestado de piezas de tela, libros comerciales de cada año, mesas de escritorio, caja, taburetes altos para los escribientes, y estantes con legajos de correspondencia, facturas, partes telegráficos, etc. Dos ancianas, obreras jubiladas de la fábrica, cuidaban de la limpieza, digámoslo hasta cierto punto, de las habitaciones principales y de la ropa interior y de cama del amo, no siendo necesario cuidar de la de mesa, por comer y almorzar siempre Bernaregui en un fonducho en sus años juveniles, en una fonda en los de su edad viril, y en un restaurant en los últimos de su vida. Tampoco Puig y Bonet vivían en la fábrica. El cajero ocupaba un gabinete en un piso tercero de una calle cualquiera como huésped de paga segura, y Benito vivía con su hija y su hermana en un piso modesto, que no para otros lujos daban los doce mil reales de su sueldo, equiparado al de Puig en la decena de años de 1870 al 1880 á que nos referimos. Y aquí empieza el argumento del drama de Bernarda. Puig visitaba á menudo á su compañero y amigo Bonet, y como éste era el único de los tres amigos que tenía casa y hogar, en este hogar y en esta casa se celebraban todas esas fiestas caseras que hacen algo menos monótona la vida de los que diariamente se entregan á un trabajo periódico y uniforme. Las pascuas de Navidad, la noche de ánimas, el día de año nuevo y los respectivos santos de los tres inseparables, siempre los veían reunidos bajo el techo patriarcal y modesto de Benito y Bernarda, si bien en cada circunstancia solemne pagaban los convidados su escote con oportunos obsequios, para no aligerar demasiado con excesos gastronómicos la exigua bolsa del anfitrión.
¿Dió á entender alguna vez Puig á Bernarda Bonet con palabras claras ó indirectas embozadas que no la era indiferente? Nadie puede asegurarlo. ¿Figuróse la pobre mujer que las miradas de Juan tenían una significación que estaban muy lejos de tener? Todo es posible; pero de un modo ó de otro la suposición ó la esperanza nada tenían de absurdo ni de desatinado. Los dos amigos tenían idéntica posición y hasta el mismo sueldo en casa de Bernaregui. Su constante amor al trabajo y el empleo eterno de su tiempo alejaba á ambos de intrigas y hasta casi de conocimientos superficiales femeninos. Siendo ella la única mujer á quien visitaban Bernaregui y Puig, milagro es que Bernarda se contentara con ser amada del compañero de su hermano y no soñara serlo por el mismo opulento jefe de la fábrica y señor de todas aquellas vidas y haciendas.
No fué así, sin embargo. Ella creyó que Puig la amaba ó que podía amarla, que aspiraba á su mano ó que no sería difícil que aspirase á ella; y como su edad era poco más ó menos la misma de su amador en ciernes, y como ambos eran pobres, que pobres son los que sólo tienen por todo capital un sueldo modesto; y como ambos eran feos y honrados y económicos, el plan no tenía nada de descabellado ni de irrealizable. Y sin embargo no se realizaba nunca. En esta situación beatífica y serena sorprendió la muerte un día á Joaquín Bernaregui. Tras rápida enfermedad y rodeado de aquellos únicos seres que constituían, si no su familia, sus únicas afecciones, murió el honrado fabricante, pocos días después de hecho el balance de la casa en 1880.
Abierto el testamento la misma tarde que era conducido el cadáver á su mansión eterna, se vió con sorpresa de todo el mundo y con mayor sorpresa del interesado, según aseguraba él mismo, que el heredero universal de Bernaregui, por carecer éste de parientes en ningún grado, era Juan Puig, su constante cajero y su más constante amigo. Para él la fábrica, la casa comercial, algunos solares, alguna finquita rústica y todo lo que constituían los dos millones de pesetas del último balance.
¡Qué situación final para el drama de Bernarda! Puig no se había casado con ella antes de heredar: ¡no era ya probable ni lógico que se casara después! Quizá ella pensaba, cuando sucedió la catástrofe, en la posibilidad de un atrevimiento por su parte para obligar al hombre á ser más explícito; pero la herencia destruía todos sus planes y sus propósitos. Además ¿quién podía prever cuáles serían las intenciones del nuevo rico respecto á su eterno amigo y compañero?
La humilde casa de Benito, Bernarda y Lucía Bonet, que hasta entonces había sido morada de paz, fué por aquellos días centro de luchas intestinas y de amargas quejas contra el implacable destino. No llegaban á la vecindad gritos ni juramentos, pero oíase el sordo murmullo de las murmuraciones y el continuo silbido de la envidia. ¿Por qué Bernaregui había legado toda su fortuna á Puig? ¿No tenía Bonet los mismos méritos que el agraciado? ¿No habían trabajado los dos del mismo modo durante treinta años para poner la fábrica y la casa de comercio á la dichosa altura en que se encontraba? Si los méritos de ambos eran iguales y el carácter de Benito era mucho más apacible, más benévolo, más dulce que el de Puig, ¿no parecía natural que el difunto hubiese preferido á Bonet? Y si se tenía en cuenta que Bonet tenía familia, una hermana á la que sin cesar habían molestado los tres en sus francachelas, y una hija única sin dote, ¿no era más lógico y sobre todo más equitativo que Bernaregui hubiese nombrado á Bonet su heredero universal, puesto que Puig carecía de familia y sus necesidades eran menores que las de Benito? Y por último, y á este pensamiento se aferraban no sólo los interesados, sino hasta los empleados y obreros de la fábrica, ¿por qué Bernaregui no había repartido su fortuna por igual entre los dos amigos, los dos empleados modelos que le habían ayudado á consolidarla? Cierto que en una cláusula del testamento se encargaba expresamente al nuevo poseedor de la fábrica que atendiera siempre á la persona y familia de Benito; pero dejábase al heredero la facultad de cumplir ó de interpretar semejante recomendación; y como el dinero ciega tanto, ¡Dios sabe en qué términos se daría cumplimiento al deseo del testador!
No seríamos justos si creyéramos unánimes los juicios de los tres individuos que constituían la familia desheredada. El jefe, el pacífico, el honrado Benito se lamentaba de su suerte con sencillas exclamaciones: se alegraba públicamente de la fortuna de su querido amigo y compañero Puig, y sólo hostigado por las agresivas indirectas de su hermana y los profundos suspiros de su encantadora hija Lucía, solía exclamar de modo que sólo lo oyese él mismo: «Si Bernaregui hubiera querido, yo sería ahora rico; y ¡qué felices seríamos todos... si yo fuese rico!» El desahogo no podía ser más prudente. De doña Bernarda no hay que hablar. Quejas, lamentaciones, disparates, malos pensamientos y peores palabras eran el fruto de su extraviado entendimiento, y hasta se permitía mentir á sabiendas, dando á entender con sus reticencias á propios y á extraños, que Puig había bebido los vientos por ella cuando era pobre; que hasta la había hablado de matrimonio más de una vez, y que su deber era haberla ofrecido su mano en el mismo momento en que se vió favorecido por la fortuna de Bernaregui. Lucía suspiraba, pero sin decir por qué: sus tíos la suponían tan interesada como ellos en los asuntos financieros de la familia, y es posible que se equivocaran, como veremos más adelante y como podía esperarse de sus catorce años de edad, que aún no había cumplido en aquella época.
Pasó el novenario de la muerte del testador, y como los negocios comerciales no pueden paralizarse y los trabajos de la fábrica exigían la continuación metódica de los mismos, se convino tácitamente por todos en seguir en la misma situación hasta que el nuevo principal diera cuenta de sus nuevos propósitos. La solemne conferencia que se celebró un mes más tarde en el despacho-oficina de la fábrica y á la que fué invitada doña Bernarda, dejó más amargos desengaños en el alma de la atrabiliaria señora, calmó los poco excitados nervios del bueno de Benito, y fué aprobada y aplaudida por todos los empleados y dependientes. Puig declaró que al heredar á Bernaregui sólo se creía depositario de su fortuna, y por lo tanto seguiría con la fábrica en el mismo pie que el difunto la había dejado. Si la generosidad sin límites de su difunto amigo mermaba su capital con dádivas y alguno que otro sueldo innecesario, él seguiría el mismo camino, y todos los empleados, operarios y obreros tenían en la casa asegurada su subsistencia. Su única aspiración era que todos pudiesen creer que aún vivía Bernaregui.
En cuanto á Benito, á su inseparable amigo, á su querido compañero, al que era más digno que él de haber heredado al difunto, nada más justo que conferirle el cargo de cajero que él había desempeñado. Puig se reservaba, además de su empleo de amo, el de inspector general de los trabajos del escritorio y de los talleres, que había sido el destino de Bonet hasta aquel día. Allí sólo se había verificado un cambio de nombre en el Registro de la Propiedad y en el Tribunal de Comercio, y la muerte de un amigo del corazón. Todo lo demás era exactamente lo mismo que diez, veinte, treinta años antes.
Puig sólo había llegado á tener tres mil pesetas de sueldo al año, lo mismo que Benito; pero desde aquel momento Benito tendría cinco mil, y como además la casa era grande y Puig carecía de familia y siempre había querido á la de Benito como si fuera propia (¡qué rubor el de Bernarda al escuchar aquellas palabras!), quería que su amigo y su familia se viniesen á vivir con él á la fábrica. Aquí ya el abanico de Bernarda empezó á echar tanto aire en la sala donde se celebraba la conferencia, que todos los presentes se apartaron de su lado por temor á una pulmonía. Esto no podría causar escándalo ni sorpresa á nadie—prosiguió el orador,—porque su edad y la de doña Bernarda no se prestaban á malos pensamientos; porque Lucía era su ahijada y de su cuenta corría dotarla cuando más adelante eligiera esposo de su clase y merecedor de su cariño, y porque, en fin, para que no se hiriera la delicadeza de doña Bernarda haciéndola aceptar una posición equívoca, desde luego la confería la dirección completa de su hogar, nombrándola su ama de gobierno y señalándola para alfileres quince duros mensuales.
¡Horror de los horrores! Oir los aplausos y plácemes de empleados y obreros, sentir los cariñosos brazos de su sobrina oprimiendo su cuello con muestras de felicidad, y ver á su hermano..., al mismo Benito, llorar de placer y agradecimiento en los brazos del tirano, del amo, del ser sin entrañas que la relegaba á la categoría de criada..., ¡á ella, á la que merecía ser ama de todos, á la que tenía derechos antiguos..., derechos sagrados á ocupar, no el comedor ni el cuarto de costura, sino el mismo tálamo del emperador de la China!
¡Falso y calumnioso pensamiento que abrasaba su cerebro y hacía enmudecer su lengua de víbora! Ella había sido siempre honrada, sin darse cuenta de ello; Puig había sido siempre casto, y jamás ni con el pensamiento, si hemos de dar crédito á sus antecedentes y á su conducta, había tratado de conceder derechos de ningún género á la ilusa doña Bernarda; pero ésta, en su rabia por no ser el ama, en su despecho por no ser rica, ni apenas se daba cuenta de que echaba su honra por los suelos con tal de zaherir y desacreditar al que los colmaba de beneficios.
Por no dar una campanada escandalosa quizá, y por no perder del todo la esperanza de que aún pudiera conquistar con sus encantos aquel corazón de roca, aceptó en silencio y con cara y ademanes de víctima propiciatoria el puesto que se la brindaba; hiciéronse en la casa las obras indispensables para el nuevo género de vida de unos y otros, y á los tres meses escasos de la muerte de Bernaregui quedó instalada la nueva familia en las mejores habitaciones de la fábrica.
Así pasaron tres años, tolerándose mutuamente unos y otros los defectos de carácter inherentes á toda criatura humana, aunque acentuándose más en la vida íntima todos los puntos salientes que causan rozamientos y divergencias. En esos tres años Benito adornó con un tinte amargo y melancólico su obediente asiduidad; Lucía se desarrolló rápidamente y cumplió sus diez y siete abriles, proclamada por todos los que la conocían como un prodigio de belleza, y doña Bernarda había casi enmudecido echando á solas espuma por la boca, y lanzando por ella suspiros capaces de ablandar las piedras cuando alguno la preguntaba por su salud ó por su dicha.
Puig seguía inalterable desempeñando su papel de amo y de principal, dictando sus órdenes, vigilando su fábrica, haciendo sus balances, algo menos brillantes que los de su predecesor, y más silencioso aún que de costumbre. Cuando se retiraba á su dormitorio y todo era calma y soledad en aquel edificio tan bullicioso durante el día, diríase que una pena profunda embargaba toda su ánima, y que una cadena de pensamientos tristes ataba aquella existencia que tantos envidiaban y que todos creían una de las más felices y bienaventuradas de la tierra.
Formando contraste con estos melancólicos personajes vivía también en la fábrica, en calidad de dependiente, pero con el verdadero empleo de criado de todos y para todo, un hombre de treinta y seis años, de no mala figura, de desenvueltos modales y de rostro no desprovisto de gracia. Llamábase Rispall, había nacido en Villanueva y Geltrú, y gracias á sus buenas referencias no tuvo inconveniente el principal en admitirle á su servicio. Lo malo fué que á pesar de asegurar el hombre con inaudito aplomo que sabía de todo, lo mismo para el escritorio que para el servicio doméstico, se vió muy pronto que no sabía nada, ni para nada servía.
Cuando se le enviaba á la calle con un recado urgente, empleaba dos ó tres horas en cumplir su cometido, y cuando pillaba por su cuenta El Porvenir, órgano de Ruiz Zorrilla y su periódico favorito, hasta que no leía el último anuncio no se daba por satisfecho, ni había forma de hacerle dejar la lectura por más necesarios que fueran sus servicios. Pero era tan agradable su conversación, tan cómicas sus lamentaciones filosófico-sociales y tan originales sus protestas para disculpar la pereza y la afición á la holganza que le caracterizaban, que se había hecho simpático á todos sus jefes; y es de advertir que sus jefes eran todos los empleados de la fábrica, y las familias de los mismos, y cuantos más ó menos directamente tenían algo que ver con el principal. Á bien que á Rispall le importaba muy poco el excesivo número de sus amos; no obedecía á ninguno, con pretexto de obedecer á todos, y hacía en todo y por todo lo que se llama vulgarmente su santa voluntad.
El innato espíritu de rebeldía que domina en el hombre y que á duras penas logra vencerse con la educación y las costumbres sociales, parece que adquiere mayor desarrollo en los grandes centros fabriles y dondequiera que una masa de individuos creen tener iguales derechos y contribuir por igual con su trabajo al desarrollo y prosperidad de una industria. Cada uno de los que se creen con iguales méritos que los otros pretende tener un mérito especial para ser distinguido de sus mismos iguales, y de aquí el afán constante en cada uno de creerse más necesario, de oponer mayor resistencia á las órdenes generales y de suponerse exceptuado por derecho propio de respetar ciegamente las leyes que regulan el orden y la disciplina del establecimiento. Todos bien, pero yo... es la frase que, si no se atreve á salir de los labios, se cuece en todos los cerebros desde el primer dependiente hasta el último obrero, y que perturba sin cesar la armonía exterior, aquel conjunto de voluntades sujetas á la voluntad única y superior del principal. Mientras la resistencia es pasiva y permanece en el estado latente de una enfermedad endémica, nadie se da cuenta de ella y el orden impera en los diversos órganos de que consta aquel cuerpo social; pero hay ocasiones en que el mal toma carácter epidémico, la fiebre se apodera de todos, la invasión estalla, y nacen las huelgas, los motines, las asonadas, las colisiones entre obreros y patronos, los incendios y las ruinas. Por fortuna nosotros no tenemos que describir ninguna de esas escenas terribles, en el día tan comunes, no sólo en nuestra nación, sino hasta en las más ilustradas de Europa y América.
Nuestros cuadros serán más tranquilos, más sosegados, y la lucha, si lucha hay, entre los elementos que constituyen el medio ambiente de nuestro relato será una lucha íntima, sorda, malévola siempre, pero encerrada también en los límites de la mutua conveniencia y del orden establecido.
Para ser verídicos debemos hacer constar que el estado de la fábrica, en cuanto se refiere á su atmósfera moral, no era, en la época que da principio á nuestra historia, tan limpia y sana como en los tiempos de Bernaregui. La enérgica voluntad de su antiguo dueño, causa primera sin duda de su situación brillante, había desaparecido con él, pues el carácter de Puig, reservado y triste, se doblegaba con más facilidad, por su deseo de paz y concordia, á las exigencias de unos y otros y á las aspiraciones no siempre justas y nunca desinteresadas de los más bulliciosos. Y sucedió lo que lógicamente debía suceder. Cuando Bernaregui mandaba, todos sabían que sus órdenes eran irrevocables y que justas ó injustas no había medio de protestar contra ellas, y de aquí nacía la tranquilidad de la obediencia. Puig, por el contrario, admitía observaciones, oía consejos y muy á menudo revocaba alguna de sus órdenes; gran disgusto y profundas quejas cuando no las revocaba todas. Lo que en el uno había sido natural entereza y unidad de miras, se tuvo en el otro por exigencias desmedidas y tiránico despotismo. Los mismos que callaban por todo ante Bernaregui, chillaban por nada ante Puig, y efervescente espíritu de rebelión cundía injustamente de taller en taller y de oficina en oficina en aquella siempre bien dirigida casa de comercio y fábrica de tejidos.
Si en otro tiempo obreros y empleados hubieran podido con algo de razón llamar autócrata á Bernaregui, hoy carecían de ella en absoluto al apostrofar con el dictado de tirano al tolerante y reconcentrado Puig. No se traducían aún en hechos estos temerarios juicios que de él se hacían en conversaciones más ó menos públicas; pero, á la primera ocasión que se presentaba, les faltaba tiempo á todos para quejarse de las exageradas autocracias del antiguo cajero de la casa.
Y ésta era la verdadera piedra de toque de aquellos juicios inmerecidos y de aquellas quejas inmotivadas. Si á Bernaregui hubiera sucedido en la dirección de la fábrica un hijo, un hermano, quizá un lejano pariente, nadie se hubiera dado cuenta del cambio de amo, por más que su carácter, sus costumbres y hasta su inteligencia fueran peores que las de su antecesor. Pero heredar la fábrica uno de ellos, por más que fuese el mejor y el más inteligente de todos, un obrero como los demás, un individuo ajeno á Bernaregui, eso era el colmo de la injusticia, un golpe de la loca fortuna, un capricho de la suerte, que lo mismo y con la misma razón hubiera podido favorecer á otro. Todas las buenas cualidades, todo el mérito, toda la inteligencia que se reconocían con gusto en Puig cuando criado, aunque de la primera categoría, se desconocieron en él cuando amo; y es porque todos sin excepción se creían con el mismo mérito, con las mismas circunstancias que el agraciado.
Como siempre, se exageraba la cuantía en la herencia, haciendo subir á cuatro, seis y más millones de pesetas el capital de la casa, que, según el balance de 1880 á que nos hemos referido anteriormente, sólo arrojaba dos millones, no muy bien contados; y cuanto mayor era la fortuna, mayor era el descontento de los que la veían en manos que no eran las suyas.
Estas indicaciones acerca del estado de los ánimos de cuantos dependían de la fábrica de Bernaregui, que así continuaba llamándose y así había de llamarse siempre, por expresa voluntad del difunto, explican perfectamente los acontecimientos que han de desarrollarse en ella.
CAPÍTULO II
QUEJAS DE UNA ADEPTA DE NOCEDAL Y REFLEXIONES DE UN CORRELIGIONARIO DE RUIZ ZORRILLA
Las ideas políticas se han apoderado de todos los cerebros y han invadido todas las conciencias. En otros tiempos, no sé si más venturosos ó menos desdichados que los presentes, sólo los actores que tomaban parte en la representación de la comedia política se interesaban verdaderamente por ella, ó mejor dicho, por ellos mismos; pero el público que presenciaba el espectáculo apenas le prestaba atención pasajera; y lo que es la multitud que llenaba el mundo, ni sabía la existencia del teatro, ni conocía á los actores, ni acertaba á deletrear el título de la comedia.
Como la piedra lanzada á un lago lleva hasta el último límite de su superficie los círculos de sus ondas; como el sonido atraviesa las capas atmosféricas repercutiéndose en las ondas sonoras hasta el infinito inapreciable á muchos oídos, llegaban al pueblo los acontecimientos políticos. Sentía el movimiento, percibía el sonido, pero ignoraba por completo la piedra que causaba el primero ó el ¡ay! que producía el segundo.
La Revolución francesa al declarar los derechos del hombre, haciendo á éste partícipe consciente de la vida de la humanidad, como el Nuevo Testamento le había antes dado equitativa participación en la vida eterna, hizo á todos los humanos actores del drama político, de la comedia social, del sainete de costumbres y aun de la tragedia religiosa: Uno para todos y todos para uno es el lema moderno; socialismo práctico más infalible, más inevitable y más eterno que todos los sistemas teóricos de Prudhones y Smithes presentes y futuros.
La nueva ley social necesitaba un Nuevo Testamento, y ese Nuevo Testamento de la nueva ley social fué la prensa periódica. Por ella es hoy el hombre ente social, y factor político, y miembro científico y parte integrante del todo humano.
El periódico, que ahorra el libro, por ser la síntesis pública é impresa de todos los libros; que da diariamente impresa la opinión ya concreta y condensada sobre todos los hechos, todas las ideas y todos los sistemas políticos, científicos, artísticos, literarios, morales, filosóficos y sociales; que ahorra el estudio, el tiempo, el trabajo intelectual previo para entender de todo, hablar de todo y juzgar de todo, es hoy, no ya la palanca de la idea, sino la idea misma, asequible por igual á todos los criterios y á todas las inteligencias.
Si la invención de la moneda ha hecho fácil y práctico para la gran masa humana el pan nuestro de cada día indispensable para el cuerpo, así la invención de la prensa periódica ha dado al mundo el pan nuestro de cada día para satisfacer las necesidades del espíritu.
Y como la eterna ley del progreso más se refiere al espíritu que á la materia; como la humanidad, al irse modificando á través de la historia y de las vicisitudes del planeta terrestre, ha modificado su esencia moral, sin alterar en nada su estructura física, puesto que el hombre y la mujer tienen hoy los mismos órganos, las mismas funciones fisiológicas y las mismas formas externas que Adán y Eva, sus primeros padres, claro es que la necesidad del pan es igual para todos los estómagos humanos, como lo ha sido desde el pecado original, variando sólo según los progresos del espíritu las necesidades de éste.
Por eso durante muchos siglos el hombre resumió sus aspiraciones gritando en todos los tonos: Pan y palo.
Por eso los españoles gritaban en los albores del gran siglo XIX, como resumen de todos sus goces: Pan y toros.
Por eso, sin gritarlo, pero sintiéndolo en todos sus actos, en todos sus juicios y en todos sus deseos, el hombre moderno pide para vivir, como únicos factores de su existencia: Pan y periódico.
Siento corrérseme por los puntos de la pluma el deseo de hacer un estudio monográfico del periodismo, pero como otros ingenios más peritos que el mío en la materia lo han de hacer de seguro alguna vez, y como, después de todo, para mi novela sólo hacen falta algunas reflexiones que indiquen la importancia del periódico en la vida social moderna, me contentaré con aquellas que, por ser pocas y venir á cuento, no han de parecer extravagantes ni inoportunas en mi relato.
El hombre es eminente y fatalmente holgazán. Como se le dió hecho el mundo, lo tomó á beneficio de inventario, y así toma siempre todo lo que le dan hecho: la religión, las leyes, las costumbres y hasta las modas. Como rezan todos, así reza; como le mandan todos, así obedece; como lo quieren todos, así se viste. Si no fuera por las excepciones de esta regla general, por los cuatro ó seis hombres que en el transcurso de cada siglo dan un empujón, ó una sacudida, al mundo moral donde vegetan mil millones de seres humanos, él viviría hoy, como al principio del mundo, en paños menores, tumbado á la bartola debajo de las encinas y alimentándose de las bellotas que por su propio peso y buscando el centro de gravedad le cayeran en la boca, con cáscara y todo.
Convencidos de esa triste verdad
«los pocos sabios que en el mundo han sido,»
esto es, los pocos genios que han alumbrado con la llama imperecedera de su divina esencia los tristes derroteros de la humanidad, han dirigido siempre sus dichosas empresas y sus extraordinarias conquistas á dos objetos, á dos fines igualmente útiles y asombrosos:
1.ºGanar tiempo.
2.ºAhorrar trabajo.
Como la vida es corta, lo principal en todas las manifestaciones del espíritu, en todos los proyectos humanos, en todas las especulaciones de las ciencias, de las artes, de la industria, ha sido ganar años, ó mejor dicho, quitárselos á las labores largas, á los estudios prolongados, á los interminables preliminares.
Como el hombre es holgazán y de todas sus fuerzas la que mejor emplea es la de la inercia, la otra fase de los descubrimientos y del progreso á que han contribuído genios y sabios ha sido la de economizar el sudor de la frente á los seres humanos condenados al trabajo eterno. Por eso sin duda la escala de Jacob no se sube por el hombre peldaño tras peldaño, sino á saltos, tragándose diez ó veinte de una vez, y quedándose quieto en el último recorrido, hasta que el empujón ajeno le hace subir, sin darse siquiera cuenta del impulso recibido, otros veinte ó treinta en la interminable escalera de su perfectibilidad.
Figurémonos, pues, lo que significa el empujón del periodismo en la escala del trabajo humano.
El periódico relata todo lo ocurrido, lo que ocurre y lo que puede ocurrir, sin que el lector se tome el trabajo de averiguarlo, de preguntarlo, ni casi de oirlo. El periódico formula la opinión, la ordena, la comenta y deduce las consecuencias del hecho, de la idea ó del fenómeno: le da por lo tanto al lector criterio, raciocinio y discurso: le facilita (ahorrándole tiempo y trabajo) el diagnóstico y el pronóstico de la enfermedad humana colectiva ó individual, al día, al minuto, al instante. Y más aún; el periódico es panacea de todos los males, solución de todos los problemas, realidad de todas las hipótesis, corolario de todos los axiomas; porque desde su punto de vista todo lo resuelve, todo lo practica y todo lo realiza, en participando de sus ideas, de sus doctrinas y de su lógica. El suscriptor ó lector de un periódico tiene bastante con leerle todos los días para saber lo que los más sabios, para pensar como los grandes pensadores, para pertenecer (sin esfuerzo ni trabajo propio) á la exigua falange de los que impulsan á la masa inconsciente de mil millones de seres completamente pasivos que pueblan el planeta terrestre.
Esta ilustración general omnisapiente á domicilio tiene sin embargo algunas contras; que algunas había de tener el universal beneficio que produce, y sin las cuales sería de seguro el periodismo, ó mejor dicho, la prensa periódica, la completa felicidad humana.
Entre esas contras de que hablamos, sólo una es pertinente á nuestro relato y sólo de ella hemos de dar cuenta á nuestros lectores. Como la opinión pública, de la que cada periódico se proclama y pregona exclusivo representante, tiene diariamente en cada población importante diez ó veinte ó cien órganos distintos que la representan, resulta que cada grupo de cinco, diez ó veinte mil almas... de cántaro se cree único eco oficial de esa opinión que á todos simboliza y á todos representa; y de esa divergencia diaria de criterios individuales y agrupaciones sueltas nace un desconcierto de ideas capaz de hundir para siempre á la verdad, á la lógica y á la misma opinión pública, causa y efecto á un tiempo mismo de todas las aberraciones, absurdos é hipótesis constantes que constituyen el caos diario de nuestra moderna civilización.
Tot cápita, tot sensus, dice un proverbio latino, y si á él añadimos que hay muchas cabezas que no tienen ningún pensamiento propio, se comprenderá que es una gran ventaja para estos seres encontrarse por cinco céntimos diarios con una multitud de pensamientos formulados ya y todo, que pueden apropiarse y hacer pasar por suyos con toda la gravedad concisa de la soberbia humana. Á esta serie pertenecían dos de los principales personajes de nuestra historia, sin darse, por supuesto, cuenta de su inferioridad intelectual, y convencidos, por el contrario, de que todo cuanto leían en su periódico predilecto había sido pensado y hasta casi escrito por ellos y para ellos. Los dos seres de que hablamos eran de distinto sexo, y sus periódicos de distintos ideales políticos, aunque lo mismo los periódicos que ellos se distinguían por estar al unísono en una misma cuerda: la de la oposición furibunda á todo lo existente, la de incesante protesta á todo lo constituído.
Doña Bernarda, que no por verdadera fe religiosa, sino por despecho rutinario, se había refugiado en las iglesias á llorar su terrible desengaño, pertenecía á esa colección de seres humanos tan perfectamente descritos por la admirable Pardo Bazán en Una Cristiana, que toman á Dios, á la Virgen y á los Santos por instrumentos de sus pasiones y los creen naturalmente ocupados en arreglar sus asuntos particulares á medida de sus deseos. Á ellos se querellan de sus dolores físicos y morales, y de ellos esperan el castigo de cuantos los han ofendido, como si el mundo hubiera sido formado sólo por ellos y para ellos, y como si ellos solos fueran los verdaderos hijos de Dios, creados á su imagen y semejanza y herederos de su gloria.
Doña Bernarda leyó una vez por casualidad, esperando en una sacristía la llegada de su confesor, un número de El Siglo Futuro, y tan de acuerdo con su espíritu encontró al órgano intransigente de los neocatólicos, que al salir de la iglesia pasó por una librería y se suscribió al periódico que había de ser en adelante guía de todas sus acciones y órgano de todas sus creencias.
Ya no pensó ni habló sino como los redactores de El Siglo, y dió por seguro que sólo con el triunfo de aquellas ideas estaría el mundo bien arreglado; y sus asuntos, por consiguiente, entrarían de una vez y para siempre á formar parte de la armonía universal que el triunfo político de la Iglesia había de dar en muy próximos días á todos los seres humanos.
Rispall, el mozo de oficios, ó criado universal, ú ordenanza de la fábrica, tenía también su periódico predilecto: el que más halagaba su holgazanería independiente; el que, defendiendo todos los derechos del pueblo, solía olvidarse con frecuencia de recordarle sus deberes; el que prometía también á sus suscriptores un inmediato arreglo social que, echando abajo todo lo existente, haría de la tierra el paraíso de los pobres y el infierno de los ricos.
***
Eran las siete de la mañana de un día de octubre del año de gracia de 1883, triste y nublado como lo son generalmente los del principio del otoño en los pueblos de Levante. Desde la oficina oíase el rumor de los obreros al entrar en la fábrica, y la péndola del reloj de pared del escritorio era el único ruido monótono que interrumpía el silencio de las oficinas. Los libros de comercio descansaban cerrados sobre sus atriles; las sillas y taburetes altos estaban aún separados de sus sitios, y todo indicaba la interrumpida tarea de la limpieza cotidiana. En una butaca de anchos brazos, tendido más que recostado, descansaba el activo Rispall con un plumero grande sobre los muslos y El Porvenir sostenido por sus dos manos elevándole cerca de sus ojos, para ser leído con toda comodidad.
Su abstracción era completa, cuando entró por la puerta que daba al pasillo interior de la casa nuestra amiga doña Bernarda con El Siglo Futuro en su mano izquierda y la derecha metida en uno de los grandes bolsillos de su delantal rayado. Colgaba de su cintura un llavero con muchas llaves de distintos tamaños y surcaban su frente las arrugas hondas que publicaban su carácter atrabiliario, dominado continuamente por una hipócrita conformidad, que en alta voz y en toda ocasión pregonaba, á los altos decretos de la Providencia.
—Nadie por aquí todavía...—dijo al penetrar en el despacho, creyéndose sola;—aún estará durmiendo el usurpador.
Así llamaba casi siempre la dulce católica al pobre Puig, como si la fortuna de que disfrutaba hubiera sido usurpada por él y no heredada legítimamente.
—¡Ojalá!—la respondió Rispall, levantándose con rapidez de la butaca en que se escondía y estrujando en la mano su periódico como si su lectura le hubiera excitado los nervios.—Si él se levantara más tarde, descansaríamos los demás ese tiempo. Pero desde que amanece no está uno tranquilo en ninguna parte. En cuanto el día despunta, ya da principio su tiranía. Recorre los talleres; investiga si han venido los obreros, regaña con los criados, amonesta á los dependientes, y hasta la toma conmigo, que soy el modelo de la actividad y el burro de carga de la fábrica. ¿Qué más Nerón, qué más Narváez que el principal?
—¿Y qué quiere usted, amigo Rispall? Hay que perdonar al prójimo sus flaquezas, según la doctrina cristiana—respondió Bernarda con un mohín más sarcástico que religioso.
—Estamos conformes, señora. Sus flaquezas, sus desgracias, sus errores, sus defectos, hasta sus vicios, si usted me apura, deben perdonarse al prójimo; pero lo que es sus millones, ¡nunca!
—No por rico deja de ser nuestro prójimo.
—¿Prójimo nuestro ese hombre? Buen prójimo te dé Dios. Los ricos no tienen prójimos nunca, señora. Todos los hombres son para ellos esclavos ó enemigos.
—¡Qué ideas tan demoledoras las del buen Rispall!—dijo sonriéndose amargamente el ama de llaves.
—Las de mi credo político; las únicas que han de salvar nuestra sociedad desgraciada y devolvernos nuestros derechos conculcados—que eso mismo decía el artículo de fondo del periódico que estrujaba en su mano izquierda, mientras con la derecha blandía el plumero á guisa de machete.—Soy republicano federal—continuó, alzando la voz—y fuí alcalde de barrio el año setenta y tres, cuando los míos mandaban. Si hubiese continuado aquella época feliz, ¡quizá sería hoy ministro!
—¡Ave María Purísima!—objetó entre dientes doña Bernarda.
—¡Toma! ¿Pues no fué mi compañero Alejandro Martín capitán de artillería á los dos años de haber caído soldado?
—Pero aquello acabó para no volver nunca. Fueron horrores del liberalismo llevados á su más alta y espantosa expresión. Del liberalismo, plaga más terrible que las de Faraón, azote de la humanidad y castigo de la Providencia por haber robado el poder temporal al Soberano Pontífice—que así decía aquella mañana el periódico que doña Bernarda oprimía contra su seno.
—¡El poder temporal, farsa! ¡El Pontífice, otro farsante, otro autócrata, otro rey absoluto más absoluto que Fernando VII! ¡Todos los monarcas son idiotas, todos los reyes infames, todos los amos tiranos! Por eso no puedo ver á estos patronos, á estos principales, que porque tienen en sus arcas todo el oro que nos roban, exigen que trabajemos sólo porque pagan nuestros servicios. ¡Vaya una exigencia!
—¡En cuanto á eso hay mucho que hablar!
—El hombre no ha nacido para trabajar. ¡Es libre, independiente!
—Pero la Biblia...
—La Biblia es otra farsa. La Biblia no habla nada del oro, del vil metal... ¡Maldito sea el oro... cuando le tienen los demás!... ¡Maldito sea el trabajo... cuando le tengo yo! Esos son mis principios políticos y religiosos. ¡Abajo los tiranos, sean los que sean y vengan de donde vengan!
—Si le escuchara á usted mi hermano, ya le respondería lo que hace al caso. Benito no tolera tales exageraciones.
—Porque D. Benito es un ángel, doña Bernarda. Porque su hermano de usted está de non en el mundo. Ese es el amo que debíamos tener, ese el principal de la fábrica, y no el que tenemos por chiripa. D. Benito es afable, es indulgente, es tolerante. Si él fuese el jefe..., todos seríamos dichosos, todos, desde el primero hasta el último.
—Los juicios de Dios son incomprensibles.
—¡Y tanto, que no hay manera de conformarse con ellos! En la fábrica todos opinan lo mismo que yo. ¡Si fuera D. Benito el principal! ¡Anda!, ¿quién trabajaba?
—¡Hombre, me gusta la franqueza!
—Es decir..., se trabajaría..., pero con cierto método..., con cierta medida; porque su hermano de usted es bueno, es compasivo..., mientras Puig..., ¡oh!..., ¡ése!...
—Cuidado no le oiga á usted; ya debe andar por ahí...
—¡Á mí no me importa que me oiga todo el mundo! ¡No pertenezco á la inmunda clase de los aduladores del poder! ¡No soy esclavo!
—Pero al fin hay que tener en cuenta—le interrumpió doña Bernarda, acentuando más su irónica sonrisa—que nos da sueldo, casa...
—Comerciando con nuestro sudor.
—¡Prudencia y calma, Rispall!
—¡Chupando la sangre de los ciudadanos, asesinando al pueblo libre!
—No digo que no tenga usted razón..., pero al fin es el amo.
—¡Amo! ¡Jefe! ¡Dueño! ¡Principal! ¡Señor! ¡Vergüenza da que en el último tercio del siglo diez y nueve se usen aún tales calificativos! ¿De qué nos ha servido entonces que matáramos á César en Roma hace más de dos siglos?
Como se ve, el buen Rispall estaba muy fuerte en historia romana y no se equivocaba mucho en las fechas.
—Vamos, cállese usted y sacuda el polvo. Si el escritorio no está limpio y arreglado cuando venga...
—Sí, dirá que le sirvo mal...
—Será muy capaz de ello.
—Y que le robo el pan que como... ¡Canalla! Vamos, por más que lo pienso, no me explico cómo siendo Bernaregui tan amigo de D. Benito como de don Juan Puig, no le dejó á aquél su fortuna en vez de dejársela á éste. ¡Claro! Procedió como proceden siempre los tiranos. Olvidó al hombre lleno de virtudes, al honrado padre de familia, para hacer poderoso y millonario al hombre adusto, al egoísta, al solterón empedernido, al perverso, al que debe estar plagado de vicios y quizá de crímenes. Digo: ¡qué hombre será él cuando no tiene ni padres ni hijos!
—Eso digo yo—murmuró doña Bernarda sonrojándose.
—Usted misma debe ser su juez más inflexible. Todos creíamos en la fábrica que, al heredar D. Juan Puig el capital de Bernaregui, su primera determinación sería pedir á usted su mano y hacerla su esposa.
—Como lo manda la Santa Madre Iglesia...
—Y como, según parece, tenía usted motivos para esperar, dada la antigua amistad que les unía á ustedes con el nuevo propietario, y hasta quizá sus ofrecimientos en épocas anteriores.
—Me ha hecho su ama de llaves—respondió doña Bernarda, pintándose en su rostro una expresión de despecho y de indignación imposibles de describir, aunque veladas por cierto tinte de resignación cristiana.
—Sin duda para un alma como la suya es igual que usted le cuide el corazón que la despensa. ¡Alma de conservador, y está dicho todo!
—¡Silencio, que viene gente!
Oyéronse, en efecto, unos pasos precipitados, y apareció en el umbral de la puerta del escritorio la bellísima figura de Lucía.
—Es mi sobrina. ¡Calle usted y limpie!—dijo á Rispall doña Bernarda en voz baja, saliendo al encuentro de la joven.
—Otra víctima del monstruo—dijo Rispall con voz apenas perceptible; y con ademanes rabiosos dió dos ó tres plumerazos á los muebles y colocó los taburetes y las sillas en su sitio acostumbrado, disponiéndose sin embargo á escuchar lo que hablaran las dos mujeres y á meter su cuarto á espadas en la conversación, si lo creía necesario.
CAPÍTULO III
DONDE APARECE EL INDISPENSABLE DIOS CUPIDO, SIN CARCAX NI FLECHAS Y VESTIDO AL USO DEL DÍA
¡Oh Madrid, tierra de promisión, paraíso soñado, ciudad santa para todos los cerebros provincianos, para todas las ambiciones desordenadas, para todos los corazones aventureros, para todos los ideales artísticos y literarios; sima sin fondo, mar sin orillas para los apocados de voluntad, para los pobres de espíritu, para los que careciendo de la energía que se impone ó de la ductilidad que se arrastra, aspiran á escalar los altos puestos siempre asequibles á la audacia y á la adulación! ¡Madrid, tienda de asilo de media España, oasis hospitalario de la eterna caravana de la miseria, gigantesco coloseo donde hay luchas á diario entre las fieras y los hombres, necrópolis de todas las esperanzas, tribuna pública de todas las oratorias, salón del trono de todas las soberanías y manicomio ó falansterio de todas las insanias, manías, chifladuras y aberraciones cerebrales de los españoles: yo te saludo, no como el ángel, sino como el gladiador romano!
Ave, Cæsar, morituri te salulant!
Á Madrid se dirigieron madre é hijo, desde la humilde y escondida ciudad de Cuenca, al año escaso de haber fallecido D. Jerónimo García, oficial primero de aquel Gobierno civil durante catorce años, contando en su hoja de servicios treinta y seis de carrera administrativa. La Junta de clases pasivas había hecho su clasificación y correspondían á la viuda mil quinientas pesetas de viudedad con la natural rebaja del diez por ciento establecida. Mal, muy mal pueden vivir en el mundo una mujer de cincuenta años y un hijo de diez y nueve, teniendo por toda renta la exigua cantidad de cinco mil cuatrocientos reales; pero cuando ese mundo es Cuenca, y se tienen los muebles y las ropas de toda la vida, y se pagan tres reales diarios por una casa ventilada y alegre, y no hay exigencias sociales en trajes y gastos de representación, aún es posible no morirse de hambre. Trasládese á Madrid esa exigua renta; nazcan los deseos casi necesarios de vivir con cierto decoro y de atender á ciertas necesidades sociales en busca de porvenir más halagüeño, y se verá en lontananza aparecer la desmantelada buhardilla y las eternas noches de la miseria.
Era la madre, doña Antonia Rubielos, una buena mujer, de cortos alcances, de dulce carácter, de irreprochables costumbres y de limitadísimas aspiraciones. Su condición pasiva la había dado la felicidad de vivir en paz con todo el mundo, y puede decirse que durante sus treinta y dos años de matrimonio no había conocido más penas ni más dolores que algún que otro resfriado y el embarazo y crianza de su hijo Ramiro, joven de diez y nueve años á la sazón. Contenta siempre con su suerte y satisfecha con su posición de oficiala primera del Gobierno civil de Cuenca, la muerte de su marido D. Jerónimo fué el primer problema serio que se le presentó en su vida, ¡á ella que no había tenido nunca otro problema que el matemático de ajustar la cuenta del gasto diario!
¿Qué debía hacer con sus cinco mil cuatrocientos reales de viudedad? ¿Continuar en Cuenca con su hijo comiéndoselos en santa paz, sin darle carrera, puesto que á los diez y nueve años no había aún emprendido ninguna, si bien tenía ya su título de bachiller en letras en el bolsillo, ganado fácilmente en el Instituto de segunda enseñanza de Cuenca; ó buscar en otros horizontes más dilatados campo ancho y abierto al porvenir de aquel hijo que era ya el jefe de la familia? Cierto que su hijo no sabía hacer nada; que carecía además de esa vocación, segura en unos hombres é incierta en otros, hacia una profesión determinada, que desde la infancia revela la predilección á las armas, las bellas artes ó el sacerdocio; que el niño miraba con aversión toda ocupación seria y todo trabajo continuado; pero por esa misma indiferencia, por esa misma vaguedad de propósitos era indispensable empujarle á cualquiera de los caminos que á la juventud se ofrecen, si no se quería que, andando el tiempo y desperdiciados los años oportunos, el niño se convirtiera en un vago, no accidental, sino de profesión.
Muy encontradas fueron las opiniones de los varios amigos del difunto esposo á quienes doña Antonia recurrió en busca de consejos para su difícil situación. Uno opinó que en Cuenca podía encontrar Ramirito ocupación modesta; otro, que en una capital tan miserable no hallaría jamás Ramiro ni porvenir ni presente; el de más allá, que dedicándose con empeño á estudiar el francés y la partida doble, ningún joven se moría de hambre; el de más acá, que en Madrid hay campo para todas las ambiciones y para todos los gustos, y que sólo en Madrid hallarían madre é hijo bienestar y quizá fortuna. Como ésta era la opinión más desatinada, ésta prevaleció en el ánimo de la viuda, que malvendiendo casi todo su ajuar y gastando casi todos los miserables ahorritos de su larga existencia de servidora del Estado, se trasladó á la villa y corte, fijando su residencia en un cuartito sotabanco de la calle de Ministriles.
Cómo pudieron comer, vestirse, vivir, en fin, madre é hijo durante tres años, sin más recursos que la paga y algunos trabajos de aguja hechos por la pobre Antonia, es inexplicable. Eso pertenece al orden de los milagros modernos, casi tan absurdos como el sustento de los santos antiguos con hierbas silvestres y panes traídos por cuervos.
En aquellos tres años emprendió Ramirito más de tres carreras, que siempre abandonó antes de acabarse el año; pero aprendió en cambio en aquellas perpetuas vacaciones á fumarse dos infernales cajetillas diarias, á pasarse tres horas seguidas todas las noches en una mesita del café de Zaragoza con otros jóvenes tan aprovechados como él, á gritar y silbar en todos los motines universitarios, á ejercer la profesión de estudiante sin coger un libro en sus manos, y á gastar en tonto, sin vicios, pero también sin virtudes, los hermosos años de la primera juventud, que ni vuelven nunca, ni jamás se recobran, cuando se desperdician en la vagancia.
Al ver la pobre madre estériles todos sus sacrificios y desvanecidas sus esperanzas, comenzó á enfermar, tanto de pena cuanto de escasez y falta de ambiente, y ya enferma y presintiendo su próximo fin, consiguió de su hijo que, dejándose de estudios hipotéticos, se dedicara con empeño á reformar su letra, á escribir con ortografía y á entender de cuentas. Con estos humildes, pero prácticos conocimientos no era difícil que encontrara una casa de comercio donde ganar un pedazo de pan, ya que dentro de poco tiempo iba á faltarle la limosna del Estado.
Y así sucedió en efecto. Las lágrimas y las súplicas de Antonia hicieron mella en su hijo, y en pocos meses consiguió poseer una hermosa letra inglesa, no escribir con demasiados errores ortográficos y afirmarse algo en su descuidada aritmética. Todo esto era muy poco para un hombre, pero era algo para un chico, y como decía muy bien su madre, consolándose con aquel algo, «muchos hay que á los veintidós años no saben ni eso.»
La pobre mujer murió antes de que Ramirito aprovechara aquel algo de educación tardía, y quedóse en Madrid el huérfano sin más recursos que la tierra que pisaba como presente y el espléndido cielo azul como porvenir. Buscó una casa de comercio donde vender, que no prestar, sus servicios, y sólo se le ofrecieron alguna que otra trastienda y diversos mostradores para medir telas y llamar madamitas á las compradoras. Él aspiraba á algo más dentro de sus modestas aspiraciones; no le parecía decoroso descender desde el estado civil de estudiante de Derecho ó de Medicina al de hortera, ni cambiar el veladorcito del café de Zaragoza por el mostrador del comercio de la calle de Postas.
Urgía, sin embargo, poner remedio á su situación apurada: comenzaba á vivir con el vergonzoso recurso de los préstamos amistosos: el tiempo se iba, la ropa se iba más aprisa que el tiempo, y de pedir prestado á pedir limosna no hay más que un paso. No quiso con muy buen acuerdo franquearle Ramirito, y aceptó la eficaz recomendación que para la casa Bernaregui, de Barcelona, le ofreció el mismo dueño del café de Zaragoza. La casa era segura; el sueldo, aunque módico al principio, podía ir aumentando conforme aumentaran su asiduidad y sus servicios, y ¡quién sabe lo que una casa de comercio puede dar de sí en algunos años!
Salió Ramiro de Madrid, quizá para no volver jamás á entrar en él; llegó á Barcelona, agradó con su buena presencia y hermosa letra inglesa á Puig y á Benito, y quedó instalado en el escritorio, para llevar la correspondencia y el copiador de la fábrica, con mil quinientas pesetas de sueldo al año. Poco era para fin, pero bastante para comienzo, y aunque el amanuense no contaba entre sus buenas cualidades con el amor al trabajo, verdadera virtud de los catalanes, la carencia de amigos y conocidos y la ignorancia de la localidad le hicieron asiduo al escritorio, más por aburrimiento que por afición espontánea.
En la casa no había muchachos de su edad: en la de huéspedes donde comía y dormía no había aficionados á gastar el tiempo y el dinero en el café ó en teatros, de modo que sus distracciones, las horas y los días libres, se limitaban á las diversiones públicas gratis, que no escasean en Barcelona. Paseos al parque, al puerto, á la montaña; audición de conciertos al aire libre, ejercicios de las tropas de la guarnición, entrada y salida de buques de guerra ó correos, regatas y procesiones, todo lo vió Ramiro siempre solo, y pronto se aburrió de su soledad y su aislamiento dentro de aquella ciudad comercial, donde hasta la amistad necesita del negocio para ser duradera.
Aburrido, cansado y con el espíritu predispuesto para el sentimentalismo y la melancolía, se encerraba en el escritorio ó vagaba por los patios de la fábrica, no sin sorpresa de sus jefes que no comprendían cómo renunciaba aquel muchacho á sus horas de libertad y que elogiaban su buen juicio, su formalidad y sus morigeradísimas costumbres. Doña Bernarda sobre todo estaba encantada con aquel muchacho, y en cuanto á Lucía... ¡oh!, en cuanto á la bellísima Lucía..., el asunto merece párrafo aparte.
Acababa de cumplir diez y siete años; era alta, esbelta, de andar airoso, de fisonomía expresiva, de negros ojos, de lindísimo talle, y de formas amplias, impropias para su edad, sobre todo dadas las costumbres estéticas de la capital de España, pero no anómalas en la del Principado. Su abundante y sedoso cabello castaño claro, elegante y naturalmente rizado sobre su frente; sus finas y largas pestañas, y sobre todo su linda boca de labios algo gruesos, pero encarnados como cerezas, de apretados y menudos dientes y de frescura incomparable, merecían llamar la atención y fijar las miradas de cuantos la encontraban á su paso.
Pocos eran, sin embargo, los que podían encontrarla. En primer lugar, los catalanes, por regla general, sean jóvenes ó viejos, van siempre por las calles á su negocio, y apenas conceden una rápida ojeada á las mujeres guapas que se encuentran en su camino. En cuanto á seguirlas ó á echarlas piropos, como los andaluces y madrileños, lo reputan por de poca seriedad ó de mala educación, y creo que aciertan en ambas cosas; pero en cambio quitan alegría y encanto á los paseos y á los encuentros fortuitos del sexo fuerte con la más linda mitad del género humano. En segundo lugar, Lucía apenas salía de la fábrica. Los domingos casi de madrugada á misa con su tía doña Bernarda y cubierto su lindo rostro con el tupido velo; los mismos días por la tarde al campo con su tía, su padre, y alguno de ellos, muy pocos por cierto, con Puig, con quien disputaban siempre Bernarda y Benito y que se despedía de ellos antes de terminar la expedición, por no poder aguantarlos. Algunas calurosas noches de estío, de esas en que la falta de brisa convierte las movibles hojas de los árboles en inmóviles recortaduras de cinc, á sentarse en el paseo de Gracia. Ni más teatros, ni más bailes, ni más reuniones de cumplido ó de confianza. La vida de la fábrica, monótona, trabajadora, sin interrupción, sin vacaciones, relegaba al hogar doméstico á aquella linda joven que en otros círculos y en diferente posición social hubiera podido ser encanto de los salones y ornamento de las tertulias.
El desarrollo físico de Lucía era completo. Hermosa, robusta, sana, podía competir con la aldeana más bizarra, y en gracia y gentileza aventajar á la más distinguida señorita. ¿Habíanse desarrollado igualmente su inteligencia y su corazón? Eso á nosotros toca decirlo; que ni ella hubiera sabido explicarlo, ni su padre y su tía comprenderlo.
La fábrica de Bernaregui no era terreno á propósito para cultivar inteligencias privilegiadas, ni una casa de comercio bien reglamentada y concienzudamente dirigida podía ofrecer ancho campo á la imaginación para desarrollar sus brillantes aptitudes. Así es que Lucía, naturalmente más sensata y de criterio más inteligente que su padre, y de más recto juicio y más nobles pensamientos que su tía Bernarda, simpatizaba con Puig más que con nadie de los propios y extraños que la rodeaban. Veía en él una víctima de los enconos y las envidias de los desheredados por Bernaregui, y hacía justicia á sus rectas intenciones y á su carácter misantrópico y reflexivo. Pero todo esto lo hacía ella casi inconscientemente y sin ser el resultado de los esfuerzos de su inteligencia para estudiar los secretos de la vida y la lucha de los caracteres. Podemos decir por consiguiente, sin temor de equivocarnos, que Lucía poseía una inteligencia innata, susceptible de gran desarrollo á caer en buenas manos, pero que hasta el día sólo había dado de sí los frutos espontáneos de una regular semilla caída en buena tierra. Faltábanle el cultivo y la atmósfera apropiada á su completa y sabrosa madurez.
En cuanto á su corazón, justo es decir que hasta cumplir sus diez y siete años no se había ejercitado en grande escala. Amar á Dios sobre todas las cosas, en la forma platónica y teórica con que todos los católicos pasivos aman al Ser Supremo, que es un modo de amor muy parecido á la indiferencia; honrar padre y madre, al uno vivo y á la otra muerta sin haberla conocido, á la manera de como el criado obedece las órdenes indiferentes del amo á quien sirve, y amar al prójimo como á sí misma, sin más prueba de este amor que dar algunos céntimos de limosna á los mendigos que la importunaban á su paso, esas eran las virtudes sentimentales de aquel corazón dormido hasta entonces á todos los verdaderos afectos humanos.
Y justo es también decirlo, ¿qué otros sentimientos más vivos podían despertar en su tierno corazón, por vehemente, por apasionado que llegara á ser andando el tiempo, la quejumbrosa pasividad de su padre, la gárrula y envenenada palabrería de su despechada tía, la seria y reconcentrada amargura del ya viejo Puig, la charla demagógica de Rispall y la eterna murmuración que á guisa de ruido de colmena se extendía por todos los ámbitos de la fábrica, comentando, criticando ó protestando de todas las leyes divinas y humanas y de todas las órdenes, disposiciones y reglamentos de la tierra?
En este estado casi beatífico de su espíritu se encontraba la encantadora Lucía cuando llegó Ramiro á pisar el escritorio. Por curiosidad primero, por simpatía después, por interés más tarde, fueron ambos jóvenes aproximándose uno á otro; y descubriendo la homogeneidad de sus ideas, viendo con satisfacción mutua que casi siempre tenían idéntico punto de vista en todas las cuestiones y les producían el mismo efecto los acontecimientos, cayeron en la cuenta de que sus corazones se entendían perfectamente. De esto á creer que habían nacido el uno para el otro no hay más que un paso, y lo creyeron con fe profunda y alegría inmensa, como cumple á corazones que no han amado nunca y que ven realizadas por vez primera sus aspiraciones á amar y ser amados.
¡Cambio profundo en aquellos caracteres! Ramiro, menos apasionado, pero más aburrido que su bella conquista, encontró en aquellas cuatro paredes mujer á quien amar, amiga con quien discutir y compañera de sus largas horas de aburrimiento y soledad, y esta era la razón de su alejamiento del mundo exterior, de su aire melancólico y sentimental y de su constante permanencia en el hogar algo falansteriano de su Lucía. Ésta lloraba á lo mejor sin motivo por los rincones de la casa, reía á carcajadas sin razón aparente, corría á veces, y otras vagaba silenciosa por patios y talleres, y un día llegó hasta á besar con emoción profunda las secas y arrugadas mejillas de Bernarda, que no acostumbrada á recibir de nadie semejantes pruebas de afecto, se contentó con murmurar: Esta chica está tonta. Si la pobre aunque antipática mujer hubiera sido más práctica en conocer los misterios del alma humana, y sobre todo del alma femenina, no hubiera vacilado en decir: «Mi sobrina está enamorada.»
Tales fueron, sin embargo, las chiquilladas de los dos inocentes amantes, tantas sus cándidas imprudencias y tan á las claras dejaban ver el estado de sus mutuos corazones, que no necesitó nadie gran penetración para conocer su, según ellos, guardadísimo secreto. Sonrióse malignamente todo el mundo, y sin hablar palabra, todos aceptaron como un hecho natural y consumado el amor de Lucía y Ramiro, extrañando mucho á ambos no encontrar en nadie la contrariedad y oposición que, según todas las novelas y dramas antiguos y modernos, convierte en incendio devastador y en llama asoladora el más puro y sencillo amor de la tierra.
Puig, que á pesar de su prudente reserva veía con gusto aquel amor naciente entre el asiduo empleado y la hija de su mejor amigo, ahijada suya, se permitió un día poner roja de placer y de vergüenza á la muchacha, prometiéndola un modesto dote para el día que algún muchacho honrado y de buenas referencias pidiese su mano y la obtuviera de buen grado de su mismo padre.
—¡Oh! De aquí á entonces... ¡ya va largo!—contestó Benito, mirando fijamente á su hija, que no sabía dónde esconder los ojos.
—Si tan largo me lo fías..., ¡echa un cuartillo!—exclamó Bernarda, sonriéndose irónicamente y fijando su mirada inquisitorial en el aturrullado semblante del pobre escribiente.
Hasta el mismo Rispall, el criado irreverente que tenía la fatal costumbre de meterse en todo, añadió en voz baja:
—Para entonces ya habrá venido Ruiz Zorrilla.
Aquello era una conspiración. Todos parece que se habían propuesto burlarse de los dos amantes, ó darles aquel mal rato para aguar sus alegrías y sorprender su dichoso misterio. El único resultado de aquella inocente escaramuza fué que Puig aquel mismo día aumentó el sueldo á Ramiro, sin indicación de nadie, y que éste pudo contar con dos mil pesetas anuales en premio de sus méritos aritméticos y caligráficos. Hacía escasamente un año de su entrada en la casa.
Todo siguió en el mismo estado durante otros doce meses, y llegó la época en que da principio nuestro relato. Es de sentir, para el interés necesario á toda historia, que no ocurrieran peripecias ni sucesos extraordinarios en aquellos amores; pero la nube, como dicen los labradores aragoneses, no iba por aquel lado. La animadversión hacia Puig se había acentuado en todos los que de él dependían. Lo que empezó por quejas aisladas y lamentaciones individuales tomaba proporciones de guerra sorda, pero sin cuartel. Se interpretaban torcidamente todas sus disposiciones; se desobedecían, con el pretexto de dificultades en su cumplimiento, todas sus órdenes; se exageraban todos los inconvenientes de sus reformas, y todos bajo la capa de una hipócrita resignación, ó de un interés excesivo por los negocios de la casa, eran constante rémora á todos los proyectos del principal y jueces inflexibles y tiránicos de todos sus actos.
No era un complot, pero lo parecía. Sin previo acuerdo, todos estaban unánimes en su conducta; y Puig se encontraba cada vez más aislado y más lejos de todos aquellos seres que le debían su subsistencia y su bienestar. Á haber tenido un carácter más enérgico, quizá hubiera cortado por lo sano ejerciendo su suprema autoridad, y poniendo á raya á los rebeldes les hubiera dado á escoger entre la obediencia ciega á sus órdenes ó la inmediata dimisión de sus empleos y condecoraciones. Verdad es que si desde su elevación al poder se hubiera revestido de la energía que le faltaba, no hubieran llegado las cosas al extremo en que se encontraban.
Esta era la situación de los ánimos cuando el diálogo que sostenían Bernarda y Rispall en el capítulo precedente se interrumpió por la llegada de Lucía, única persona ajena á la conspiración y que sin querer se encontraba metida en ella, pues hasta el mismo Ramiro, espoleado por su amor y con la impaciencia propia de un enamorado, iba ya sospechando que Puig era la causa de que se retrasase el logro de sus esperanzas.
Precisamente el día anterior se había celebrado una conferencia de familia, y en ella se decidió por mayoría de votos, dos contra uno, el de Lucía y Bernarda contra el de Benito, que éste hablaría desde luego á Puig de las relaciones amorosas declaradas entre Lucía y Ramiro. Le diría que los chicos se amaban con delirio, que deseaban casarse, que ya tenían edad para constituir una nueva familia y que él, como padrino de la muchacha y jefe del novio, debía señalar época para el casamiento, cuanto más próxima mejor, entregar á la chica el dote prometido y dar al muchacho otro ascenso para que con ambas cosas pudieran ya atender á sus nuevas obligaciones. No haría nada de más tampoco el rico por chiripa en ensanchar un poco su hogar, para que cupieran todos, hasta los seres que podrían venir después á coronar el edificio, y de ese modo tan sencillo y tan natural hacer algo por el bien de sus semejantes, ya que debía al cielo, sin merecerla, la casualidad de disfrutar de una fortuna que lo mismo podía haber sido para otro, que hubiera hecho sin duda mejor uso de ella.
Todas estas reflexiones de doña Bernarda, que parecieron al pronto de perlas á Benito, no le fueron ya tan fáciles de formular cuando pensó en ellas; y según temían los interesados, no hizo nada en el asunto.
—¿No está aquí papá?—preguntó Lucía asomando la cabeza por entre las dos hojas de la puerta del escritorio.
—No ha parecido aún por estos barrios—contestó Bernarda,—y Dios sabe si estará escondiéndose de nosotras para evitar las preguntas que con sobrada razón sabe que hemos de hacerle.
—¿De modo que usted cree que no habrá hecho nada, á pesar de todo lo que ayer convinimos los tres?
—Nada absolutamente. Desengáñate, chiquilla, mi hermano es un bendito, pero por lo mismo no sirve para nada. Tengo la certidumbre de que pasarán días y días y no se atreverá jamás á ponerse frente á frente de su amigote de otros tiempos, aunque le sobre la razón por encima de los pelos.
—¡Como que D. Benito es un ángel!—dijo Rispall suspendiendo su problemática limpieza del escritorio, adivinando que se trataba de algo que pudiese mortificar al autócrata de la fábrica.
—Y ¿qué le parece á usted que hagamos, tía?
—¿Qué hemos de hacer, sobrina? Lo que está resuelto. Yo os he prometido ayudaros en todo y por todo, y por lo tanto, si el cobardón de mi hermano no sabe cumplir con los compromisos contraídos y con el deber que le imponen las leyes de la naturaleza, yo los cumpliré por él, y con muchísimo gusto mío. Ya lo sabes.
—¿De modo que usted hablará á D. Juan?
—¿Que si le hablaré? Y hoy mismo. Esta misma mañana.
—¡Muchas gracias, tía, por Ramiro y por mí!—añadió con cierta timidez Lucía, como adivinando que la escena que se preparaba entre doña Bernarda y Puig podía ser tempestuosa;—pero háblele usted de modo que no se enoje. Él ha dicho espontáneamente, no una vez sola, sino varias, que cuando yo me case será mi padrino de boda, como lo fué de bautizo, y que piensa darme un dote, sin precisar de cuánto, como prueba del continuo afecto y amistad que profesa á mi padre...
—¿Y qué menos puede hacer por usted ese vampiro—interrumpió con gesto y ademán trágicos el vehemente Rispall,—sino darle á usted algo á cuenta de nuestro sudor y de nuestra esclavitud?
—Y te olvidas—añadió doña Bernarda con sarcástica intención—de que tu enlace, cuando llegue el caso, ha de ser á su gusto. Eso dijo muy claro la última vez que habló de tal asunto.
—Y me parece muy justa la tal condición—dijo Lucía.—Si él es quien ha de dotarme y de apadrinar mi casamiento, natural es que no le desagrade el novio que yo elija. Demasiado sabe él quién es el elegido de mi corazón y el que sólo vive por mi cariño.
—También puede ser una añagaza ó un pretexto para eludir el compromiso de sus obligaciones. No gustándole jamás el esposo que usted elija, sea el que sea, se guarda el dote y no tiene que aflojar un cuarto ni para usted ni para él. ¡Como que es tonto!
—Eso no es posible—respondió con profunda convicción Lucía.—D. Juan es incapaz de tan bajos pensamientos.
—Nada es imposible en el mundo, sobrina, y quien se ha vuelto tan desagradecido y tan desmemoriado como D. Juan Puig, es capaz de cualquier felonía, por terrible que parezca.
—¡Otra sería la conducta de su padre de usted, si se encontrase en el caso de su amigo!
—Ya lo creo; siendo mi padre, el caso no es el mismo.
—Es que su padre de usted no andaría con reparos ni se detendría en examinar antecedentes. El que usted eligiera, ese sería su marido de usted sin más vacilaciones; y en cuanto al dote, la daría á usted lo menos la mitad de su fortuna, y todos felices.
—¡Ah! Si mi padre fuera rico, es posible que lo hiciera como usted asegura; pero como al fin D. Juan no es pariente nuestro, cuanto haga hay que agradecérselo con alma y vida.
—Y pedírselo de rodillas humildemente...—añadió Rispall con burlona sonrisa y aire de chacota.
—¡Y evitar que le dé un soponcio por el sacrificio!...—dijo Bernarda.
Lucía miró fijamente á sus dos interlocutores, y con semblante apenado y algo ceñudo, les dijo:
—¿Pero es que ustedes no quieren á D. Juan?
—¿Que si le queremos? Más que él se merece—contestó Bernarda;—pero una cosa es quererle y otra conocer y lamentar sus defectos. En fin, sobrina; déjate de consideraciones y de temores. Yo te prometo hablar hoy á tu padrino resueltamente, y de mi cuenta corre arreglar el asunto.
—Permita usted que la vuelva á recomendar la prudencia. No le enoje usted, porque ese sería un gran mal para todos.
—¡Vaya, vaya, doña Bernarda, no haga usted caso de la señorita y háblele usted con energía! Esté usted á la altura del siglo, y trátele con el digno desprecio que merecen hoy todos los poderes constituídos.
—No olvide usted que es nuestro protector...
—Sí, nuestro Cronwell, como si dijéramos—añadió Rispall, con su superioridad histórica de costumbre.
En este momento se abrió de par en par la puerta del escritorio y entró por ella Puig, sin casi reparar en los tres personajes que, reprimiendo un grito de sorpresa, se quedaron clavados como estatuas en el pavimento.
CAPÍTULO IV
SIGUE CRECIENDO LA MAREA
Á dos pasos de Puig y con el semblante algo descompuesto, entró Ramiro con varias cartas abiertas en la mano y se dirigió á ocupar su puesto en la mesa grande que estaba en el rincón más obscuro del escritorio. El principal se adelantó á Ramiro, y continuando la conversación que debían traer por el corredor de entrada, le dijo:
—Se empeñan en no pagar el trimestre, y hay que averiguar si son ciertas sus disculpas.
—Aseguran que la cosecha ha sido malísima, que no han podido vender el grano.
—Por eso decía que es necesario saber la verdad. Si, por desgracia de todos, los pobres no pueden satisfacer lo que me deben, yo nada los exijo. El mal es más grande para ellos que para mí. Se les da un plazo prudencial..., y se les espera. Si mienten, se les ejecuta; digo, si no piensa usted de diferente modo.
—¿Yo? Líbreme Dios. Á usted le toca mandar, y á mí resignarme con sus órdenes; pero siento que me dé usted comisión semejante.
—Á mí me parece que sin principios de orden y de justicia no hay capital que pueda defenderse.
En este momento, los ojos de Puig, distraído hasta entonces, se fijaron en los tres individuos que estaban en el escritorio antes de su llegada y se habían quedado casi petrificados al verle. Doña Bernarda aparecía en primer término, y detrás de ella casi se escondía su sobrina con los ojos bajos y encendidas de rubor sus mejillas, más sin duda por la inesperada presencia de Ramiro que por la de su principal. Rispall pasaba el plumero con insistencia por sillas y legajos.
—¡Ah! No había visto á ustedes—dijo D. Juan con acento de sorpresa, comprendiendo que de algo inusitado se trataba cuando tan temprano invadían el escritorio Bernarda y su sobrina. Miró á ambas fijamente y ninguna de ellas sostuvo su mirada: contentáronse con responder un «buenos días» que más parecía despedida que salutación. Rispall fué el único que, conservando su aplomo y su superioridad cómica, añadió:
—Lo mismo digo—como si se dignara rebajarse saludando, no á un compañero, sino á un mozo de cuadra ó á un mendigo.
Puig, al escuchar su voz y al advertir su gesto, se encogió de hombros con indiferencia y se contentó con decirle:
—Qué, ¿estás aún aquí? ¿Dos horas para mal limpiar tres libros y dos legajos?
—¿Qué es eso de mal limpiar? Desafío á cualquiera...
—¡Basta!—dijo Puig, señalando á Rispall la puerta del escritorio.
—¡Y sobra!—respondió éste, marchándose con su plumero en la mano á guisa de espada, y dando un portazo que hizo retemblar las puertas vidrieras de todas las ventanas.
Reprimió D. Juan un pequeño movimiento de ira, y dando dos pasos hacia el centro de la habitación, se dirigió á Lucía preguntándola:
—¿Y tu padre? ¿No ha bajado por aquí todavía?
—No, señor...
—Está ya recorriendo los talleres...—dijo Bernarda, interrumpiendo á su sobrina y disculpando la ausencia de su hermano.—Ha madrugado, como siempre.
—¡No preguntaba yo tanto!
—Y á estas horas está toda la casa arreglada y limpia. No creo que tenga usted motivo de queja de nosotros.
—Y ¿quién la dice á usted semejante cosa? ¿Cuándo ni cómo me he metido yo en tales pequeñeces? ¿No es usted el ama verdadera de mi casa? ¿No manda usted y dispone en ella á su antojo?
—Según y cómo, Sr. D. Juan, según y cómo. Me guardaré yo muy bien de extralimitarme. Sé cuál es mi puesto y cumplo mi obligación de ama de llaves con la mayor escrupulosidad. Á eso me atengo, que eso es lo que usted ha dispuesto, y eso y no otra cosa es lo que verá usted en mí toda la vida.
—¡Qué ama de llaves ni qué zarandajas! Señora, yo estimo á usted tanto como quiero á Benito, mi compañero y amigo desde los primeros años de nuestra juventud. Yo tengo á Lucía, mi ahijada, un cariño verdaderamente paternal; y puesto que ustedes son mi única, mi verdadera familia, puesto que en ustedes tengo vinculadas todas mis afecciones y como á familia mía los trato y los riño, cuando viene al caso, exijo de ustedes, no el ceremonioso afecto con que me pagan, sino la leal amistad que les he tenido siempre. Esa es la única queja que yo tengo de ustedes, y esa es la verdadera alegría que le falta á mi corazón.
—Su corazón de usted se guarda de tal modo las cosas, que es punto menos que imposible adivinarlas. Antiguamente...
—Antiguamente, como ahora, y ese es su error de usted, los he querido y tratado del mismo modo. Si mi carácter no ha sido nunca expansivo y alegre, si tengo el defecto, que todos tenemos alguno, de reconcentrar en mí mismo mis sentimientos y de no dar dos cuartos al pregonero para que el público sepa y se entere de mis penas ó de mis alegrías, no por eso dejo de tener, como cualquiera, unas y otras; y lo extraño es que ustedes, que deben conocerme al cabo de tratarme tantos años, interpreten torcidamente, en perjuicio de nuestro mutuo afecto, mis palabras y hasta mi silencio.
—Lo que es yo, padrino, no sé...—dijo tímidamente Lucía.
—Por mi parte no creo haber dado motivo á semejante filípica—dijo Bernarda,—y si usted tiene hoy mal humor, como de costumbre, y quiere pegarla injustamente con nosotros, podía decirlo más claro...
—¡Y volvemos á la misma tema! Parece que tiene usted decidido empeño en no querer entenderme. Puesto que hoy, contra mi costumbre, me manifiesto expansivo y he dejado á mi corazón que vierta algo de la amarga hiel en que rebosa, procuren ustedes entenderme, que bien claro hablo. Yo no me he quejado nunca, ni me quejo hoy, ni me quejaría jamás, aunque no me faltara motivo para ello, de su conducta de ustedes en el cumplimiento de las obligaciones que ustedes, más que yo, se han impuesto. Usted, doña Bernarda, se ha empeñado en llamarse ama de llaves; Benito sigue llamándose cajero, y uno y otra son tan amos como yo de cuanto hay aquí, á pesar de no querer aparecer más que como empleados míos. Santo y muy bueno, á su gusto y con su pan se lo coman; pero yo he cumplido siempre lo que les dije al morir mi querido Bernaregui y al encontrarme heredero de su fortuna. Esta es su casa: aquí todo el mundo vive conmigo y aquí nadie paga nada más que yo. Ustedes quisieron tener sueldo fijo, para conservar su independencia, me dijeron, y se hizo lo que ustedes deseaban. ¿Les parece poco el que entonces me pidieron? Pues señálense el que quieran; á mí no me importa el dinero, y todo el que yo tengo es tan suyo como mío. Hablemos claro de una vez: dejémonos de suspicacias y de recelos y examinen su conciencia, que de seguro no ha de estar tan limpia como la mía.
—Nuestra conciencia está al nivel de nuestra honradez—respondió con gesto desabrido doña Bernarda;—y si administramos en cierto modo algo de su casa, tanto mi hermano como yo somos incapaces de pagar mal la confianza que en nosotros ha depositado.
—Pues la pagan ustedes muy mal, señora. ¿Por qué responden á mi cariño con su frialdad y con ese constante aire de reserva contrariada y de resignación ceremoniosa? ¿Qué notan de malo ó de desconsiderado en mi conducta, para que á mis perseverantes pruebas de afecto leal y desinteresado respondan con semblantes esquivos y no con caras placenteras?
—La gratitud, Sr. D. Juan, no es un sentimiento alegre, y con tal de tenerla, cada uno la manifiesta como puede.
—El respeto que todos tenemos á usted...—añadió Lucía.
—¿Y quién les pide á ustedes ni respeto ni gratitud? Cariño es lo que creo tener derecho á pedirlas y eso es lo que les pido, y eso es lo que ustedes, con muy mal corazón, se empeñan en negarme.
—¡Oh, no lo crea usted, padrino mío! Yo le quiero, y le quiero mucho; pero también debe usted conocer que su carácter serio no es el más á propósito para excitar en los demás, y con más razón en los que de usted dependen, confianza y expansión. Y sin embargo, basta con lo que usted acaba de decir, para que yo me enmiende desde hoy y le haga comprender que no soy ingrata á sus beneficios.
—¡Y dale con la gratitud! Olvida esa palabra y dame en cambio las muestras que quieras de tu cariño, pagando el que te profeso. Vamos á ver. Sé franca. Á algo habrás venido aquí al escritorio con tu tía tan de mañana. ¿Me buscabas? ¿Querías algo de mí? ¡Verás qué pronto nos entendemos!
Sin duda Lucía esperaba alguna mirada que la diera ánimos para contestar á D. Juan; pero Bernarda había bajado sus ojos, no sabemos si convencida ó irritada por las palabras de Puig, y Ramirito..., éste garrapateaba con furia en su pupitre fingiendo sin duda que no oía la conversación ó dando á entender que no iba con él nada de aquello. La pobre niña se vió desamparada en aquel trance supremo y sólo balbuceó:
—Yo no sé..., no debo ser yo...
—Habla, hija, habla..., no temas...
—No me corresponde hablar á mí... Mi padre es el que prometió ayer hablar á usted de un asunto muy importante.
—Tu padre nada me ha dicho, como nada me dice nunca.
—Pues á falta de mi padre..., yo creo que mi tía...
—Vamos, doña Bernarda, ¿qué ocurre? Deje usted ese aire de matrona ofendida y de estatua. Baje usted de su pedestal y dígame qué sucede.
—Si para usted soy una estatua, no me faltarán motivos, señor mío. Más valiera que no me pusiese usted en ridículo y no me exigiera lo que yo no puedo darle. Soy su ama de llaves y no otra cosa. No tengo más que decirle.
—Nos dejó pegados á la pared, hija, no hay manera de entendernos. Habla tú, y cree que nos será más fácil á ti y á mí llegar á un acuerdo.
—Á mí me parece que soy la única que no debe hablar. Si mi tía y mi padre guardan silencio, quizá otra persona puede hablar por todos.
Respondiendo á esta indirecta, que no podía ser más clara, oyóse el ruido de un taburete, y Ramiro, adelantándose con paso rápido, vino á ocupar el centro de la estancia. Su aire resuelto, su enérgico ademán, dieron valor á Lucía, que se acercó más á Puig. Éste se sonrió con malicia, y fingiendo una sorpresa que estaba muy lejos de sentir, por estar, como todo el mundo en la fábrica, enterado de los misteriosos amores de los dos chicos, se dirigió á Ramiro diciéndole:
—¡Calla! ¿Es negocio que le corresponde á usted?
—D. Juan, me corresponde á mí y á todos nosotros.
—Me ponen ustedes en cuidado. Ya le escucho... ¡Veamos!
—Sr. D. Juan, yo amo á su ahijada Lucía con toda mi alma. Su hermosura, sus bellísimas cualidades, su modestia y su virtud me tienen completamente hechizado. Ella corresponde á mi pasión con toda su alma y ambos hemos decidido acudir á usted para que nos conceda su beneplácito.
—¿Pero qué dice mi amigo Benito á todo esto?
—El padre de Lucía—continuó Ramiro—me ha concedido la mano de su hija, pero me ha exigido al mismo tiempo que alcancemos el permiso de usted, ya que es usted el padrino y el protector de la que ha de ser mi esposa.
—Eso es lo que sucede, y me parece que ahora no se quejará usted de nuestra falta de confianza y de cariño—dijo Lucía acercándose á D. Juan, que la estrechó tiernamente y por breves instantes entre sus brazos.
—¿Conque tu padre aprueba tu elección?
—La aprueba completamente, y claro es que, aprobándola él, los demás debemos conformarnos con su voluntad y no meternos en más—dijo Bernarda, queriendo dar por terminada la conferencia.
—No sea usted tan súbita, señora, y déjeme usted meter mi cucharada, que para algo habrán querido los chicos contar conmigo.
—Esperamos con ansiedad su consentimiento—dijo Ramiro.
—Su opinión, querrá usted decir—gruñó Bernarda.
—Y tiene usted razón; de mi opinión se trata, pues el consentimiento lo ha dado Benito, que es á quien únicamente corresponde. Pues mi opinión, muchachos, es que se debe aceptar en principio tal proyecto y que yo, por lo que á mí toca, no lo desapruebo. Tú eres buena, hija mía, pero me pareces un poco más impaciente de lo justo por dejar tu feliz situación de hija de familia; él es honrado y trabajador, pero no pone todo lo que puede para adquirir mayores conocimientos y arrojarse decidido en la carrera comercial, que paga casi siempre la actividad y la perseverancia con la fortuna. En una palabra, los dos sois demasiado jóvenes para el matrimonio: por esperar no perderéis nada, y por apresuraros en cargar con grandes obligaciones os exponéis á perder mucho. Yo tomo á mi cargo el asunto. Daré á Ramiro alguna participación en mis negocios; quizá convendrá que le mande algún tiempo fuera de Barcelona, á Cette, á Marsella, por ejemplo. Si es listo, si trabaja, si se hace digno de mi protección y de mi afecto, tu mano será su recompensa. ¿Te parece bien?
—¿No lo dije? ¡Adiós boda!... ¡Si ya me lo temía, sobrina!
—Yo hablaré después de este asunto con Benito...
—No se moleste usted; ha resultado lo que temíamos—dijo doña Bernarda con entonación resuelta y queriendo pluralizar sus malos pensamientos para que Puig no se fijara sólo en ella.—¡Era natural que así sucediese!
—¿Qué quiere usted decir, señora?
—Que del dicho al hecho hay gran trecho, y que no es lo mismo prometer una cosa que cumplirla.
Lucía y Ramiro, que con la contestación de D. Juan se habían quedado mudos y no disimulaban su desaliento, oyeron de distinta manera las palabras de Bernarda, que iban sin duda á producir una tormenta. Lucía protestó á su modo de aquellas palabras tirando á su tía del vestido, como aconsejándola que debían ambas retirarse: Ramiro, por el contrario, espoleó con su gesto de aprobación el partido adoptado por Bernarda.
—Hable usted claro y de una vez, y no me venga con sarcasmos ni indirectas. Sepamos lo que usted quiere darme á entender con su refrán—la dijo Puig.
—Pues lo que quiero dar á entender no puede ser más claro. Quiero decir, y digo, que si se ha arrepentido usted, como es costumbre suya desde hace algún tiempo, de todas sus promesas y no quiere dar hoy á mi sobrina el dote que la ofreció para cuando se casara..., lo diga usted claro y no ande con disculpas y con pretextos que no necesitamos.
—¡Pero qué mezquinos y miserables pensamientos son los de ustedes!
—Padrino, yo juro á usted que no he pensado nada malo.
—¿Cuál ha sido mi respuesta al plan de esa boda? Ó yo estoy loco ó es que quieren ustedes hacerme perder el juicio. Yo quiero á Lucía como si fuese mi propia hija, y si Benito tiene sentido común y no se ha vuelto estúpido con los consejos disparatados de su hermana, opinará lo mismo que yo. Lucía tiene diez y siete años; Ramiro, veintitrés: ¿qué edad es esa para casarse y para empezar tan pronto á llevar la pesada carga de padres de familia? Trabaje él algún tiempo, espere ella, y si yo me muero de repente ó me arruino, lo que no es difícil, que tengan algo propio con que mantenerse y dar carrera á sus hijos. ¿Qué hay en esto de tiránico ni de egoísta? ¿Con qué ojos me miran ustedes, que ven en todos mis actos, hasta en los más racionales y sensatos, un cálculo interesado, no un cariño previsor?
—Yo hago justicia siempre y hoy más que nunca á sus determinaciones de usted y estoy dispuesta á obedecerle en todo—respondió Lucía conmovida.
—¡Eso es! Hágala usted llorar ahora. ¿Á que tenemos todavía que pedirle perdón después de haber destruído todos nuestros planes?
—Señora, ¡es usted capaz de concluir con la paciencia de un santo!—dijo ya casi fuera de sí D. Juan, paseándose por el escritorio.
—¡Póngase usted ahora como un energúmeno, después de querer tiranizarnos aun en nuestros más pequeños negocios, cual si fuéramos sus esclavos!
—Doña Bernarda, haga usted el favor de retirarse—la dijo Ramiro, interponiéndose entre ella y D. Juan.—El principal no está ahora para atender á razones y podríamos tener un disgusto muy grande.
—Oiga usted, D. Chiquilicuatro—gritó Puig, ya en el colmo de su furor;—yo estoy siempre para escuchar razones; lo que no estoy dispuesto á escuchar nunca son necedades ni disparates.
—¡No todos podemos ser sabios!
—Tía, por Dios... Tranquilícese usted.
—Repare usted, Sr. D. Juan.