Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.

PÁGINAS SEVILLANAS

Tirada de ciento cincuenta ejemplares.
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EJEMPLAR NÚM. 59

MANUEL CHAVES

PÁGINAS SEVILLANAS

SUCESOS HISTÓRICOS, PERSONAJES CÉLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES, TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.
CON UNA CARTA-PRÓLOGO
DEL SEÑOR
DON JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ

[AL ÍNDICE]

AL EXCMO. SR. D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.

Mi respetable señor y amigo:

Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto difíciles para llevarla á cabo tan á la perfección como mi deseo hubiera sido, me permito dedicarla á V., pues quiero corresponder de algún modo á las atenciones y pruebas de estima que le debo.

Me inclinan también á hacerlo así sus decididas aficiones á los trabajos de la índole del mío, y la benevolencia con que en diferentes ocasiones ha juzgado esta modesta colección de apuntes, sacados de la historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de contribuir de algún modo, con bien escasas fuerzas, á generalizar la memoria de personajes célebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y que muchos han olvidado.

Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me alcanza que lo que le ofrezco es cosa baladí, la intención es bonísima y en nada cede á la de cuantos ingenios más afortunados que yo se honraron poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones.

De V. S. S. y devoto amigo,

Q. L. B. L. M.,
MANUEL CHAVES.

Sevilla, 3 de Mayo de 1894.

CARTA-PRÓLOGO

SR. D. MANUEL CHAVES.

Los sencillos relatos que V. hace de sucesos históricos, las descripciones de monumentales fábricas, las curiosas leyendas que han brotado al calor de la fantasía popular, los mil recuerdos que V. tan hábilmente evoca, despertarán siempre en todo sevillano muy varias y profundas impresiones, porque con aquéllos sabe V. herir la más delicada fibra del sentimiento.

Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea, experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista, al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay bastante para llenarlo.

De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios, para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver, ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos, estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y recordando al manco sano, al regocijo de las Musas, por las que conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía, ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares. Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde: los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores, relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes flores.

Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez que se aproxima...

Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad, arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el sueño eterno!

Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de sus canteros masones; de otra la magnífica atalaya que fabricara el infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San Jerónimo...

Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.

¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si fuese muñidor en unas elecciones!!...

Muy pocos (pero éstos buenos amigos en verdad) le aplaudirán y harán justicia; mientras que si endereza sus pasos por el ancho campo de la ambición soberbia ó de la adulación servil y baja alcanzará gran predicamento, y entonces muchos le halagarán y enaltecerán!!...

Todavía reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro inolvidable Bécquer, y no tardará mucho en que veamos alzarse en el cementerio de San Fernando suntuoso sarcófago, costeado por suscrición popular, que guarde los restos de El Espartero. ¿Qué va V., pues, á esperar de las letras? ¿Qué protección de nuestros grandes hombres, de nuestros insignes políticos?

Y sin embargo de que V. está persuadido de estas tristes verdades, continúa firme en sus nobles propósitos y lleva V. su abnegación y su entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que á estos renglones acompaña, sin más estímulo que el de vulgarizar nuestras glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos, sino para contribuir á la enseñanza de aquél, mostrándole sanos y altísimos ejemplos que lo inciten á imitar lo bueno y á apartarse de lo malo. Si pues tales han sido sus intentos, ¿cómo negar á V. mi pobre pero sincero aplauso, cuando hoy carécese tanto de buenas lecturas, cuando el veneno es pródigamente servido en doradas copas, y cuando se atrofian las inteligencias con los más monstruosos relatos?

Tendrá V., pues, la mayor y más noble de todas las recompensas; la íntima satisfacción que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada esta triste época de desdenes é indiferencias, las generaciones que nos sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de amor á su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos ocupará lugar muy preferente.

De V. afectísimo amigo,

Q. L. B. L. M.,
JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ.

15 de Junio 94.

I
LA FUENTE DEL ARZOBISPO

«Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse: para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.»

CERVANTES.

Siguiendo este camino, y á una distancia bastante regular, se encuentra una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fué construída, según la tradición, en tiempos de D. Fernando III.

En aquel lugar existía la huerta y palacio que el Monarca conquistador regaló á D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla después de ser abandonada por los sarracenos.

D. Remondo, que entre otros muchos edificios poseía una hermosa casa en la calle que hoy lleva su nombre, próxima á la Catedral, solía pasar algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situación topográfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de cuantas existían desde la casa de Buena-vista hasta el campo donde según la tradición eran sacrificados los mártires de los primeros tiempos del cristianismo.

La magnífica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286, sufrió no pocos cambios de propiedad; el palacio fué derruído casi por completo á mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos, todo desapareció, excepto la Fuente, que aún se conserva casi igual á como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, según la afirmación de algunos autores, que ponemos en duda.

La fuente del Arzobispo no puede ser más sencilla, pues sólo la componen algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora acción de los tiempos, y varios caños, por donde sale el agua cristalina y abundante, formando blanquísima espuma.

El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores de antigüedades de Sevilla lo creen á larga distancia, sin dar para ello razones de gran fundamento.

De esta Fuente se llevó el agua para la Alameda, construyéndose entonces un acueducto, del que sólo quedan hoy escasos restos.

Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de construcción romana, pues en aquel lugar, escribe González de León, hubo un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio Adamas. Dicho templo debió ser obra soberbia, así como una fortaleza que también tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.

El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se bebía en Sevilla, y hasta los médicos la recomendaban á ciertos enfermos; por lo cual diariamente, á pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudían allí gentes de todas las clases sociales, que, á más de tomar el líquido salutífero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy higiénicos, y desde los cuales la población presenta una bellísima perspectiva.

El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la antiquísima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su desagradable gusto: y si ya no van á probarlas los vecinos de Sevilla, aún se ven los domingos y días festivos muchas gentes que acuden allí á merendar al sol y á pasar un rato agradable.

II
LA PUERTA REAL

«Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de las calles más dignas de la ciudad, y de una arquitectura sólida...»

F. González de León.

Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andalucía, y una de las más notables, sin duda, era la Real, llamada así desde mediados del siglo décimosexto.

Según los más puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta fué el de Goles, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra una estatua de Hércules, que se conservó hasta algunos años antes de la reconquista.

El día 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejércitos cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien puso cerco á Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venció al fin el poder de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo D. Alfonso, que de Murcia vino á tomar parte en la empresa, el famoso Almirante Bonifaz, y otros caballeros.

Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas del mayor júbilo y alegría.

Muchos años después, en tiempos del asistente D. Francisco Chacón, se llevaron á cabo importantísimas mejoras en esta Puerta, reconstruyéndose casi por completo, y dándose fin á los trabajos en 1565.

Entonces perdió el carácter que tuvo cuando la reconquista, desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.

Cuando el rey Felipe II celebró su casamiento con D.ª Ana de Austria, y vino á Andalucía, entró en la capital por la Puerta de que nos ocupamos, la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de aquel poderoso Monarca.

La puerta Real se adornó entonces con inusitado lujo, cubriéndose de multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombró de oliente juncia, y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo gastó enormes sumas.

Felipe II recibió allí las muestras más espontáneas del amor y respeto que le tenía el pueblo de Sevilla, según escribe Malara.

Frente á la puerta Real se estableció durante la terrible epidemia llamada Peste levantina, en 1649, un cementerio, en el que fueron sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.

En el siglo XVIII se intentó hacer algunas reformas grandes en la Puerta; pero no sabemos por qué causa quedaron en proyecto, y sólo se ejecutaron ligeras modificaciones.

Las princesas del Brasil que visitaron á Sevilla en 1816 entraron por la puerta Real, y al llegar el carruaje que las conducía á la calle Armas, un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganchó los caballos y se dispuso á tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo no consintieron las princesas, que se apearon más que de prisa, frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.

El triste día de S. Antonio del año 1823, cuando desbandados los absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos destrozos, y ante ella formaron un enorme montón de objetos diversos, robados de casas de liberales, á los que prendieron fuego con furor salvaje.

Tapióse la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban á Sevilla, y el año 1862 comenzó el derribo, desapareciendo al poco tiempo con el trozo de muralla y las casuchas de feísimo aspecto que estaban adosadas á los muros.

«La puerta Real—escribe un historiador—era de regular arquitectura, majestuosa y elegante, y en cuanto á su solidez nada dejaba que desear.»

Constaba de dos cuerpos: el primero tenía un gran arco romano adornado de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre el que se alzaban varias graciosas pirámides.

Sobre el arco se encontraba una inscripción latina, que traducida al castellano decía lo siguiente:

«Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo.»

III
EL MESÓN DEL MORO

«Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza; pero más que ninguno engañador é hipócrita.»

BÉCQUER.

Todavía, á pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le dió el vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una á otra generación sin que se perdiera. Nos referimos á la calle Mesón del Moro, que está situada, como todos saben, entre las de Borceguinería y Ximénez Enciso, y que pertenece á la collación del Sagrario.

Hace tiempo que nos movió la curiosidad por saber el origen del nombre de esta calle, y aunque no ignorábamos que debía el llamarse así á una posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueño fué un creyente del Profeta, no sabíamos quién fué aquél y qué celebridad tuvo para que llegase á ser tan conocido de todos.

Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradición que, satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido también á ponernos en conocimiento de un suceso que quizá desconozcan algunos de nuestros lectores.

Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte, que á la verdad no era muy próspera.

En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita mayor, Djema Mukyarrim, habitaba un musulmán que antes había poseído grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma religión profesasen.

Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.

Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor sospecha.

Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno, llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.

Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que traía.

Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas, demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.

Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.

El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna de algunas personas.

Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.

Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando más embebido estaba sintió de pronto abrirse la puerta de la estancia, penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candilón, lanzóse sobre el cristiano, y, echándole las manos al cuello, dióle allí mismo muerte en pocos minutos. Después Hach-Elarbi escondió en una cueva el cadáver, recogió el dinero y guardó el tesoro en el rincón más apartado de la casa.

Largo tiempo permaneció este crimen oculto, descubriéndose años después por una rara casualidad que la tradición no nos cuenta.

Sábese sí que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneció cerrada durante algunos años, y que en el mes de Febrero del año 1250 Hach-Elarbi sufrió la última pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada en una de las paredes exteriores del edificio.

IV
LA TORRE DE DON FADRIQUE

«Aún permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del palacio que para sí construyó el Infante de este nombre...»

P. Madrazo.

En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se encuentra aún en el mejor estado de conservación.

«Su planta—escribe un distinguido autor contemporáneo—es rectangular y consta de tres cuerpos, empleándose la piedra en algunas partes y lo restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada curiosa archivolta de estilo románico con arcos semicirculares y columnillas, sobre la cual existe una inscripción; en el segundo cuerpo rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus frentes hay elegantes ventanas del mismo carácter románico, y en el último, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de aquéllas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los ángulos debió tener gárgolas para desagüe, de las que sólo resta una.»

Esta Torre, según los datos más auténticos, fué mandada construir el año 1253 por el infante don Fadrique, que allí tuvo su palacio, edificado en los terrenos que le cedió su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo el reparto de la ciudad después de la conquista.

Llamóse en un principio La Torre encantada, no sabemos por qué, pues aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.

Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro, existe una lápida negra con varios adornos y la siguiente inscripción, que traducida del latín dice así, según la copia que sacó Peraza:

«Esta Torre es obra ó edificio del magnífico Infante Federico, que fué hijo amado de su madre la Reina D.ª Beatriz: débese dar alabanza al maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en la era de mil é doscientos noventa, que es en el año de mil é doscientos cincuenta y tres años.»

Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de Andalucía, Luis de Peraza, que floreció en los comienzos del siglo XVI, escribía lo siguiente en su obra, aún inédita, titulada Antiquísimo origen de la ciudad de Sevilla, etc. «Estando un lienzo de aquel compás (el de Santa Clara) caído, yo entré... y subí á la Torre y vi en ella tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habiéndolas paseado y mirado muy bien, me volví á salir.» Sin embargo de lo que dice Peraza, añadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y sólo tienen en las partes superiores de los ángulos unas robustas nervaduras.

D. Fadrique murió en Burgos en 1276 y fué uno de los más poderosos enemigos que tuvo su hermano D. Alonso el Sabio, el que mandó quitarle la vida, confiscándole sus estados, por tomar parte muy señalada en la revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por González de Lara, Díaz de Haro y Fernández de Castro.

El infante D. Fadrique fué hermano también del primer arzobispo que tuvo Sevilla después de la conquista, hijo de D. Fernando III, que á pesar de su estado casó con la hija del Rey de Daria, pasando á vivir á extranjeros países.

Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron donados por Sancho el Bravo á las monjas clarisas, que allí levantaron el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gótico, se conservan entre otras bellezas artísticas muy buenas esculturas de Martínez Montañés y de Alonso Cano.

La torre de D. Fadrique tiene un carácter tan marcado de las antiguas edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destácase airosa sobre el trasparente cielo, acuden á la imaginación los recuerdos de aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y heróicas, embellecidos por la poesía y el arte.

Esta Torre es uno de los más antiguos monumentos de Sevilla, y puede darnos una idea de lo que sería aquel soberbio palacio donde residió el turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron según afirman puntuales cronistas.

Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su nombre por el hermano de D. Pedro el Justiciero; y aunque este error ha sido aclarado por muchos escritores, aún hay quien lo sustente, demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra patria.

V
LA IGLESIA DE SANTA ANA

«Éste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su seno bastantes producciones de mérito.»

J. Amador de Los Ríos.

Si notable es este templo por las joyas artísticas que encierra, su historia no deja de ser curiosa, y vamos á referirla á los que la ignoren, haciendo mención también de las principales imágenes y pinturas que allí se guardan.

Remóntase la fundación de la iglesia de Santa Ana á los tiempos de D. Alfonso el Sabio, el cual se encontraba en nuestra población en 1280 disponiendo sus tropas para empezar la campaña contra los moros de Granada.

Cuando iba á marchar sintióse el Rey molestado por un fuerte dolor en el ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le aplicaban los físicos, creció más cada día, causando grandes molestias al paciente.

Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no había remedio alguno para su mal, se encomendó á todos los santos, y muy particularmente á Santa Ana, por quien siempre tuvo no poca devoción, prometiéndole que si curaba levantaría en su honor un templo de hermosa fábrica y de constante y fervoroso culto.

Oyó la Santa la súplica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta la tradición que á poco el ojo empezó á dar señales de mejoría, quedando tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los físicos.

Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el Sabio hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si habían sido hechas á los santos, apenas se vió restablecido manifestó sus deseos de erigir la iglesia conforme lo tenía pensado.

Por entonces los vecinos de Triana, que no tenían más templos que una capilla dedicada á San Jorge, pidieron al Rey que construyera una iglesia, cosa que les hacía gran falta, y el Rey, que andaba sin saber dónde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los trianeros, y cumplió su promesa, mandando empezar las obras del templo dedicado á Santa Ana á fines del ya citado año de 1280.

El monarca Sabio, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho González y Fr. Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construcción de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla éste costeó varios retablos é hizo que se terminasen por completo las obras, ampliándolas y embelleciéndolas.

En los comienzos del siglo XV se renovó el edificio, que había sufrido bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocándose por esta época los bellos azulejos esmaltados que aún se conservan.

Entre otras reformas llevadas á cabo por los años de 1548 se construyó el altar mayor, cuyas pinturas son debidas á Pedro de Campaña, que también ejecutó otras obras en varias capillas, donde existen cuadros muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernández, Varela, Frutet, Goltzus, Tomás Martínez, Roelas y Sánchez de Castro.

Hacia el 1755 se renovó el templo de Santa Ana casi por completo, modificándose muchos de sus retablos, añadiéndole algunas imágenes y quitándole algunos nichos y trozos de labores que, según dicen, afeaban las paredes del interior.

Entre las esculturas de mérito que han existido en Santa Ana merecen citarse: un Cristo llamado del Buen viaje, una Santa Cecilia, un San Miguel, y una Concepción que pertenecía á la antigua hermandad de este nombre.

En la sacristía se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor, que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mérito artístico que encierran.

La iglesia de Santa Ana sufrió algunos desperfectos cuando la invasión francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy estimables, que fueron destruídos por los invasores.

Las muchas lápidas que en las paredes y en el suelo del templo se encuentran todavía dan á entender que allí se enterraron personas ilustres, como González del Real y sus deudos, la familia de don Lope Sánchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la hermandad de la Concepción que ya hemos citado.

Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada por don Alonso X el Sabio. La fachada es de gran extensión; los muros son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones; tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisándose desde ella un hermoso panorama, que renunciamos á describir.

VI
LA GIRALDA

«Torre excelsa, magnífica Giralda, que al cielo alzando la orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de aéreas nubes mágica guirnalda...»

L. S. Huidobro.

Fama universal goza este soberbio monumento, admiración de cuantos visitan á Sevilla; y aunque su historia no es á la verdad desconocida, ni sobre ella podemos añadir ningún dato ó noticia nueva, creemos que resultarían incompletos estos apuntes si no dedicásemos algunas líneas á tan magnífica y celebrada Torre.

La Giralda es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano: apenas hay poeta español que no le haya dedicado una frase ó una alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas líneas sobre el lienzo ó sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que á nuestra ciudad visitan deja de subir á ella para contemplar el soberbio panorama que ante los ojos se extiende.

Sevilla tiene en la Giralda su nota más característica: los lienzos, acuarelas, grabados y fotografías que representan esta Torre circulan por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente alegría en su alma y satisfacción imposible de contener.

¡Cuan magnífica y esbelta es nuestra Giralda!... la mole de ladrillos se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto fantástico; en los días hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no puede ser más agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se alegra y el sonido de aquellos metales alegra también el espíritu de los sevillanos.

Según algunos la Giralda fué mandada construir para observatorio astronómico, y según otros sólo servía para alminar de la mezquita. Decretóse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fué continuada bajo el mando de Yakub, y se terminó en 1196 bajo la dirección del arquitecto moro Hever, según es tradicional.

La Giralda estuvo expuesta á ser derribada cuando se ajustaban las condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D. Alfonso, según dicen antiguos autores, esto no llegó á verificarse.

Entonces la Torre sólo tenía 250 pies de altura, «un antepecho de almenas dentelladas—escribe Gestoso—coronaba la parte en que al presente están las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo rectangular, cuyo remate lo componían cuatro enormes globos ó manzanas de metal ó bronce», las cuales se describen de este modo en la Crónica del Rey Sabio:

«Á la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan grande obra, é tan grandes, que no se podrían hacer otras tales. La de somo es la más pequeña de todas, é luego la segunda que so ella es mayor empués; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor, é de tan grande é extraña obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de canales, é ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos comunales.»

En 1396 estas bolas cayeron á impulso de un fuerte vendaval ó de un temblor de tierra, según hemos leído, y muchos años después, en 1568, siendo arzobispo D. Cristóbal Valdés, se construyó el segundo cuerpo de la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocándose la estatua de la Fe llamada el Giraldillo, que se debió al escultor y fundidor Bartolomé Morel, quien dió principio á su obra en 1566.

Está probado que el primer reloj que se conoció en España lo tuvo esta Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qué papel leímos que, habiéndose descompuesto la máquina, permaneció parado cerca de dos años, pues fué necesario traer de Ginebra un inteligente mecánico que supiese arreglarlo.

El reloj que hoy existe es una magnífica obra, concluída en los comienzos del siglo XVIII por el fraile José Cordero, de la orden de San Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400 á presencia del monarca D. Enrique el Doliente.

No creemos necesario hacer aquí una descripción del interior y exterior de la Giralda: ¿para qué? se han hecho tantas por tantos autores, que casi tendríamos que seguirlos con sus mismas palabras.

Sólo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa Torre en 1888 ésta quedó en el mejor estado de conservación, para bien de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiración de propios y extraños.

VII
RECUERDOS DEL REY DON PEDRO

«Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la crítica formando reñidísimo torneo, es porque fué su persona tan grande, que quiso el Cielo que el que vivió siempre en guerra moviera á discordia muerto.»

M. Cano y Cueto.

La memoria del Monarca justiciero está tan unida á las historias y tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sería no dedicar en estos apuntes un recuerdo al rey más popular de España, y que más han calumniado los cronistas é historiadores, presentándolo como un monstruo sediento de víctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos errores.

La pasión ha conducido la pluma de los escritores á los más lamentables extravíos al ocuparse del reinado de D. Pedro, á quien son menos los que con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribuído patrañas absurdas y cuentos ridículos, haciéndose eco de los que corrían en boca del ignorante vulgo.

Pero la verdadera crítica, investigando con incansable actividad, ha arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando que el Monarca á quien se llama Cruel merecía el calificativo de Justiciero, como así lo entendió Felipe II.

D. Pedro dejó en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las cuales existirán siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las generaciones.

¡Cuántos edificios, cuántas calles, cuántos lugares nos traen aquí á la memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor y valiente, á quien sólo pudieron vencer sus enemigos por la traición más alevosa!

El Alcázar, esa joya de la arquitectura mudéjar, fué reconstruido por él en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos puntos de España objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en los trabajos á los más reputados artífices.

En el regio edificio existe aún la cámara particular que ocupó D. Pedro; allí puede verse el patio donde cayó herido al golpe de las mazas el maestre D. Fadrique; allí están los amenos jardines por los que tantas veces paseó D.ª María de Padilla; allí está la magnífica portada cuyos dibujos é inscripciones dirigió el mismo Rey, y allí, en fin, existen próximos los sombríos y tortuosos callejones por donde él salía de noche á vigilar la población y á sorprender las tenebrosas reuniones de sus enemigos.

En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asomó su luz á la ventana una noche que el Monarca había tenido pendencia con un desconocido, reconociéndole por el ruido de las choquezuelas, suceso que por ser de todos sabido no relataremos, limitándonos á decir que el busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se colocó el año 1600, sustituyendo á la cabeza toscamente labrada en barro que el Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la riña.

Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judío Leví, y en la que permaneció D.ª Aldonza Coronel mientras sostuvo sus amorosas relaciones con D. Pedro.

Éste reedificó á sus expensas cuatro templos, que fueron el de San Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que solía presenciar muy á menudo en compañía de sus cortesanos.

En el convento de Santa Inés yace enterrada la esposa de D. Juan de la Cerda, D.ª María Coronel, á quien D. Pedro requirió de amores con tanta insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible á los halagos del joven Monarca, se retiró á la ermita de San Blas y luego á dicho convento, que fundó, y en donde, viéndose aún perseguida por su galanteador, no encontrando á mano otro medio de alejarle, se aplicó aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de extraordinaria fealdad.

Cuando la guerra con Aragón, en el sitio de las Atarazanas equipó D. Pedro la escuadra que había de obtener tan señalada victoria, y se dice que el Rey en persona acudía todos los días á estos sitios, dando muchas ordenes verbales á los marinos y demás gentes que trabajaban en las obras.

No lejos de este lugar cuenta la tradición que D. Pedro entró en el río á caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que había anatematizado el enlace con D.ª María Padilla, viéndose muy apurado el eclesiástico para huir en una barca, que por fortuna le salvó de una muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivió aquella hermosa dama, cuando fué conocida por el Rey; á la puerta del templo de San Gil fué enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha trasmitido... ¿Y á qué seguir enumerando lugares y edificios?... Ya dijimos que Sevilla está llena de recuerdos de aquel Rey, y los que hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.

Si dispusiéramos de más espacio lo dedicaríamos á la memoria del Monarca justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten, ponemos punto á nuestro modesto trabajo.

VIII
EL SEPULCRO DE GUZMÁN EL BUENO

«Un hijo dióme Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su enemigo... Y porque te persuadas cuán distante me encuentro de faltar al deber mío, si armas no tienes para darle muerte, toma, allá va, verdugo, mi cuchillo.»

Gil de Zárate.

Á poco más de media legua de Sevilla existe una pequeña aldea, llamada Santiponce, inmediata á la cual pueden aún verse las ruinas del antiguo y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso Pérez de Guzmán y su esposa D.ª María Alonso Coronel en el año de 1301.

No es nuestro propósito hacer aquí la historia de este edificio, que en situación tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en él se hallan relegados al más imperdonable olvido.

El que tiene algún cariño por las glorias de la patria, el que estima los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que á las presentes dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al recorrer aquel claustro derruído, aquellos patios solitarios y aquellas galerías que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de unos y el instinto destructor de otros, unido á la acción de los tiempos, hayan conducido á estado tan deplorable el monasterio en cuyo lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el año 1053, en que, con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados á la ciudad de León por el obispo Avito.

Siguiendo nuestro propósito, sólo nos ocuparemos en este apunte del Sepulcro del fundador de la casa, que aún se conserva y hemos tenido ocasión de ver hace poco tiempo.

Éste se encuentra en la parte más antigua de la iglesia, y fué construído en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy escasas é incompletas las noticias que tenemos.

El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno de tan esclarecido varón, cuyo heroísmo es admirado por cuantas generaciones le han sucedido. Está adornado de escudos de armas, de labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre la ancha losa está grabado el epitafio, que dice así:

«Aquí yace D. Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que Dios perdone; fué bien aventurado é que previno siempre servir á Dios y á los Reyes; él fué con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; é estando el Rey en esta cerca fué á ganar á Gibraltar, á después que la ganó entró en cabalgada en la tierra de Gaucin, é tuvo facienda con los moros é matáronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fué año de el Señor de 1309.—H. S. E.—19 era Septenbris anno domini 1609—300 a die sui abitibus

Sobre el sepulcro está la estatua de Guzmán, vestido de armadura, y arrodillado ante un reclinatorio como entregado á la más profunda oración.

El escultor Martínez Montañés hizo la estatua, que, como todas las obras que su prodigioso cincel labró, es de un mérito excelente, si bien han hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso presentan bastantes anacronismos.

La contemplación del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espíritu á melancólicas reflexiones, y poco á poco acuden á la imaginación los recuerdos de aquel personaje heróico, cuya figura ha sido tantas veces ensalzada por el arte y la poesía y cuya hazaña inmortal está grabada con caracteres indelebles en las páginas de la historia.

El cuerpo del defensor de Tarifa se conservó largos años en perfecto estado, según escriben varios autores que lo vieron; pero en la actualidad sólo existen algunos huesos podridos y terrosos en aquella bóveda solitaria medio derruída. Cerca del mausoleo de Guzmán se encuentra también el de su esposa D.ª María Alonso Coronel, la muy casta dueña de manos crueles que dijo Juan de Mena, y que falleció en 1332, siendo sepultada con gran solemnidad y pompa cerca de su heróico marido. Entre otras personas cuyos hechos memorables consigna la historia, yacen enterradas en sendos sepulcros en aquel lugar D.ª Urraca Osorio y su fiel doncella Leonor Dávalos.

Las cortas dimensiones de estos apuntes no nos permiten extendernos en más detalles, y terminamos estas líneas recomendando al lector cuanto acerca del monasterio de San Isidro y su necrópolis han escrito el P. Torres, Maldonado, Saavedra, Zeballos, Matute, Gestoso, Gali y otros inteligentes y eruditos autores.

IX
LA PUERTA DEL PERDÓN

«En el muro antiguo que formó parte de la gran aljama, y en su centro, hállase la puerta que llaman del Perdón, que sirve de ingreso al patio de los Naranjos.»

J. Gestoso.

Llámase así una de las puertas de la hermosa Basílica sevillana, por la cual se entra al patio de los Naranjos, donde aún existen recuerdos de la gran mezquita de los musulmanes.

La puerta del Perdón tiene también su historia, y de ella vamos á hacer un ligero extracto.

Antes de la reconquista fué esta puerta la principal de la mezquita, y conforme la dejaron los árabes se conservó largos años, hasta que en 1340 don Alfonso XI, después de la célebre batalla del Salado, la mandó edificar nuevamente, gastando una suma bien considerable.

En el reinado del emperador Carlos V, y hacia el año de 1519, se hicieron algunas reparaciones en dicha puerta, aumentándole las complicadas labores que rodean su arco árabe, colocando sobre ella un ancho guarda-polvo con prolijos artesonados, y á derecha é izquierda las dos estatuas de S. Pedro y S. Pablo que aún existen, y que son obra del célebre escultor Miguel Florentín.

El arquitecto Bartolomé López fué encargado de reparar entonces la antigua puerta, tomando también parte en las labores famosos maestros, según dicen varios puntuales cronistas.

Poco tiempo después se levantó tras de la puerta un altar de mármol, rodeado de alta verja, en el cual existe de muy antiguo un busto de Jesús coronado de espinas y con la irrisoria caña, llamado del Perdón, tomando desde entonces este nombre la Puerta que nos ocupa.

Cuando pasaban por delante de este altar los reos que eran condenados á la horca ó á la hoguera les hacían detenerse algunos momentos para que rezasen á la efigie de Cristo un Padre nuestro, que repetían en voz alta los que formaban la comitiva de los infelices que iban á morir.

Á principios del pasado siglo construyóse sobre la cornisa de la puerta del Perdón un campanario de pobre aspecto y del peor gusto, con tres arcos y dos campanas, pertenecientes á la parroquia del Sagrario.

Hacia el año 1818 hiciéronse obras en la Puerta, desapareciendo entonces el guarda-polvo, artesonado y muchos de los complicados adornos y primorosas labores que tenía, cubriéndose entonces las hojas de la puerta con una espesa capa de pintura verde.

Estas hojas están forradas de cobre; tienen prolijos adornos de alto mérito, y, según afirman antiguos historiadores, son las mismas que tuvo la mezquita.

Un desgraciado accidente ocurrió en la puerta del Perdón cierta noche del mes de Agosto de 1839, y el cual lo hemos visto escrito en diferentes autores. Á las doce de aquella noche llegaron á la Puerta dos caballeros muy conocidos y apreciados en Sevilla en demanda de los auxilios espirituales para una señora que se encontraba enferma en una casa de la calle Vizcaínos, y al acercarse ambos al umbral desprendiéronse algunos trozos de la moldura que encierra el relieve representando á Jesús que arroja á los mercaderes del templo, yendo á caer sobre los indicados sujetos, uno de los cuales quedó muerto casi en el acto y el otro gravemente herido.

Hace poco tiempo se repararon algunos adornos y las estatuas de la puerta del Perdón, donde mientras duren las obras de nuestra hermosa Basílica se coloca todos los años un estrado para que el Cabildo Eclesiástico presencie desde allí el tránsito de las renombradas cofradías de Semana Santa.

X
DOÑA URRACA OSORIO

«É cuando el rey D. Pedro tornó á Sevilla después de la batalla vencida, falló y á D.ª Urraca Osorio, madre del dicho D. Juan Alfonso de Guzmán; é con gran saña que había de su fijo, fízola prender é matóla muy cruelmente.»

Crónica.—López de Ayala.

Ante la puerta principal del convento de Nuestra Señora de la Encarnación de Belén existió desde muy remota fecha hasta la tercera década del presente siglo una cruz de hierro que se alzaba sobre un ancho pedestal de azulejos, y que era llamada Cruz del Palo ó de la Tinaja, que por ambos nombres la conocía el vulgo.

Lo que éste ignoraba era el motivo que hubo para que se colocase aquella cruz en semejante lugar; y bien merece lo recordemos, acogiendo, con las reservas consiguientes, el relato de la tradición que hasta nosotros ha llegado.

Después de la memorable batalla de Nájera, ocurrida en Abril de 1367, y en la que tan completa victoria alcanzó el rey D. Pedro I de Castilla sobre su desleal hermano, retiróse el Monarca justiciero á nuestra ciudad, pasando antes algunos meses en Toledo y Córdoba.

Muchos eran los descontentos y ambiciosos que en Andalucía se señalaron por sus ideas en favor del bastardo D. Enrique, y entre ellos se distinguió D. Alfonso Pérez de Guzmán, Señor de Sanlúcar y nieto del bravo defensor de Tarifa.

Cuando entró en Sevilla D. Enrique en 1366, Pérez de Guzmán, que había servido al rey D. Pedro, viéndole fugitivo y próximo á retirarse á la Galia inglesa, reconoció al bastardo como monarca legítimo, jurándole fidelidad y haciendo que por él se proclamasen todas sus gentes y muchas de la ciudad, que sedujo con falsas promesas, siendo ayudado en aquellos manejos por su madre D.ª Urraca Osorio, señora principal y de noble estirpe.

Triunfó D. Pedro en Nájera, y al aproximarse á Sevilla, huyó D. Alfonso Pérez de Guzmán, no sin haber dejado antes encargados á su madre con el mayor secreto ciertos negocios en favor de la causa del bastardo.

Preciso fué castigar con severa mano á los que siguieron al Infante, y entre otros caballeros rebeldes y traidores fueron ejecutados en la capital de Andalucía D. Juan Ponce de León, D. Gil Bocanegra y el tesorero Martín Yáñez.

Al poco tiempo fué presa también D.ª Urraca Osorio, sobre la cual recaían gravísimos cargos, que inútilmente podía rehuir de sí por las muchas y terminantes pruebas que contra ella y su hijo existían.

Condenaron á muerte á D.ª Urraca, y á muerte horrible, pues, según la sentencia, debía ser quemada viva ante el pueblo, y en una plazuela próxima al sitio conocido por La Laguna, donde más tarde se construyó la Alameda de Hércules.

El rey D. Pedro, cuya indignación contra Pérez de Guzmán por su comportamiento era grandísima, no quiso perdonar á la madre, y á principios del mes de Setiembre de 1367 levantóse una mañana la hoguera para la infeliz D.ª Urraca.

El populacho y la gente de la heria asistieron en gran número á presenciar aquella ejecución, en la que concurrían circunstancias muy especiales, no sólo por ser la reo muy noble y principal señora, sino por lo mucho que era conocida en toda la ciudad.

Acompañada de alguaciles y soldados, llegó la dama al pié del patíbulo, y después de ser atada con fuertes ligaduras á un madero, comenzaron á arder los secos troncos, que pronto levantaron grandes llamas y espeso humo.

Retorcíase la víctima entre horribles dolores, lanzando desgarradores gritos cuando el fuego quemaba sus carnes, y en una de esas violentas sacudidas de cuerpo rasgóse el vestido de la dama, dejando al descubierto la mayor parte de sus formas.

Entonces la plebe que presenciaba aquella dramática escena prorumpió en atronadora gritería, insultando á la víctima y llenándola de sangrientos epigramas y crueles sarcasmos.

Pero cuando más imponente se presentaba la chusma y más lastimoso era el estado de D.ª Urraca, una mujer abrióse paso entre la concurrencia, y llegando precipitadamente á la hoguera, abrazóse á la madre de Pérez de Guzmán, cubriéndola con sus ropas, y dejando que las llamas la devorasen como á la reo.

Leonor Dávalos llamábase esta mujer heróica, y pertenecía á la servidumbre de D.ª Urraca, á quien profesaba todo el cariño que revela aquel acto de generosidad imponderable.

En el monasterio de San Isidro del Campo yacen enterradas D.ª Urraca Osorio y su fiel doncella, según hemos apuntado; y para conmemorar la muerte de ambas colocóse frente á la puerta del convento de Belén la cruz á que en el principio de este trabajo nos referimos.

XI
EL PATIO DE LAS MUÑECAS

«Y si mató á don Fadrique, mucho le importa el hacerlo; de su muerte y otras muchas sabe las causas el Cielo, y aun fuera mayor castigo si se rompiera el silencio.»

QUEVEDO.

El que por vez primera visita el magnífico Alcázar de nuestra ciudad, soberbio edificio lleno de recuerdos, en el que tantas generaciones han dejado huellas de su paso, al cruzar aquellas hermosas galerías, patios y salones se cree trasportado á los tiempos de las tradiciones y de las leyendas, no pudiendo también por menos de sentir admiración ante los primores y bellezas que en él los artistas fueron dejando.

Uno de los sitios del Alcázar donde más se detiene el visitante, es sin duda el célebre patio de las Muñecas, próximo al salón de Embajadores; y al extender la mirada sobre aquel lugar acude siempre á su memoria la trágica muerte del infante don Fadrique, ocurrida el martes 29 de Mayo del año 1358, once años antes de la memorable escena de Montiel.

El patio de las Muñecas es una verdadera joya del arte muslímico; según frases de Guichot, «salvo tal cual lunar, debido á repetidas restauraciones, es sin disputa el mejor modelo que nos queda del último período del arte árabe.»

Las dimensiones del patio no son muy grandes, y se llega á él por tres salones, que fueron renovados en el primer tercio de nuestro siglo y tienen gran número de azulejos y labores.

Diez son los arcos del patio, los cuales descansan en esbeltas columnas; hay en el centro una pequeña fuente, y en el segundo cuerpo algunas ventanas con celosías de mucho carácter, y cierra la obra una feísima montera de cristales que fué colocada con el peor gusto no hace muchos años.

El patio de las Muñecas es quizá la pieza que menos variaciones ha sufrido desde la época en que el Rey justiciero y legendario mandó dar muerte en él al Maestre de Santiago siete veces traidor, como le nombra un historiador contemporáneo.

Llamábase entonces patio de los Azulejos, y según cuentan las tradiciones la sangre del Infante dejó en sus paredes y en sus losas manchas imborrables, que aún se conservan en nuestros días.

La muerte de D. Fadrique es uno de los hechos donde con más ensañamiento censuran á D. Pedro de Castilla sus enemigos; y llevados de su pasión, ni se detienen á analizar la vida del Infante, ni se hacen cargo de las circunstancias y razones que la motivaron.

Siguiendo casi todos los escritores al cronista López de Ayala, narran aquella escena con los más tristes colores, á fin de hacer resaltar la crueldad del Rey y los perversos instintos que desean atribuirle, y no hay frase agria que no apliquen al Monarca ni detalle sanguinario y terrible que dejen de apuntar para conseguir su objeto.

La Crónica de Pedro López, escrita, como todos saben, después que el Canciller de Castilla dejó el servicio de D. Pedro y pasó á las banderas de don Enrique el Fratricida, está tachada de parcial é injusta; y la crítica histórica, examinándola con el mayor detenimiento, ha combatido las falsedades que en ella se encuentran, menos difíciles de probar mientras más se estudia aquel turbulento é inolvidable reinado.

López de Ayala cuenta la muerte de D. Fadrique con un verdadero lujo de detalles, y no contento con describir la terrible escena con una frialdad que asombra, dice que D. Pedro, después de espirar su bastardo hermano, hizo que le sirvieran la comida en el patio de los Azulejos junto al ensangrentado cadáver, retirándose después tan tranquilo á pasear por la orilla del río, según era costumbre en él.

Había llegado D. Fadrique al Alcázar al mediodía, siendo recibido por el Rey, quien permaneció hablandóle un buen rato, pasado el cual, tras haber saludado á la reina D.ª María, y á las Infantas, bajó el Maestre á los corrales para ordenar le preparasen sus cabalgaduras, y estando en esto recibió aviso de D. Pedro para que subiese de nuevo á verle, lo cual se dispuso á hacer en seguida.

Notó D. Fadrique al cruzar algunas galerías que los individuos que le acompañaban íbanle dejando solo, y al llegar al salón de Embajadores oyó de pronto la voz del Rey, que decía:

—¡Prended al Maestre!

Y cuando López de Padilla iba á ejecutar el mandato, dijo D. Pedro estas palabras:

—¡Ballesteros, matad al Maestre!

«É los ballesteros—escribe Ayala—llegaron á él por le ferir con las mazas, é non se le guisaba ca el Maestre andaba muy recio de una parte á otra, é non le podían ferir. É Nuño Fernández más que otro ninguno llegó al Maestre, dióle un golpe de maza en la cabeza en guisa que cayó en tierra, é entonces llegaron los otros ballesteros é firiéronle todos.

»É el Rey, desque vió que el Maestre yacía en tierra, cuidando fallar alguno de los del Maestre para les matar.»

Los poetas han descrito de muy diversas maneras la muerte de D. Fadrique, presentándolo como un tipo de perfecto caballero y aplicando al Rey los criterios de siempre, que tantos historiadores repiten.

¡Si pudieran hablar aquellos muros del patio de las Muñecas!... ellos contarían la trágica escena tal como pasó, y desvanecerían muchas opiniones erróneas que hay formadas contra el Monarca más valiente, más justiciero y más calumniado que ha tenido España.

XII
LA TORRE DEL ORO

«Sobre la orilla del río se alza la torre del Oro como eco de otras edades y de un pasado glorioso.»

J. F.

¿Quién, por alejado que esté de nuestra población, no ha oído hablar de este antiguo é histórico monumento, tantas veces descrito por la pluma y copiado por el lápiz y los pinceles de eximios artistas?

La torre del Oro es tan famosa como nuestra Giralda, y fué construída, pocos años después de terminadas las obras de la segunda, por el gobernador Cid Abu-l-Ola, según dicen los eruditos historiadores.

La forma de la Torre es bien sencilla, y tiene un carácter que la distingue entre todos los monumentos que dejaron en nuestra ciudad los creyentes del Profeta. Aquella mole de ladrillos, coronada de almenas y rematando en una cúpula de construcción muy posterior, se alza arrogante á la orilla del río, evocando los recuerdos de otros tiempos y otras edades, embellecidos por la poesía y la leyenda.

Cuando el sitio de Sevilla por las tropas cristianas, los mahometanos se defendieron con valentía desde la torre del Oro, que entonces se llamaba de Borch Adahab, causando desde allí grandes destrozos en los barcos que ocupaban el Guadalquivir, y que eran mandados por el heróico almirante don Ramón de Bonifaz.

Al ser reconquistada la población, se hizo una capilla en la torre del Oro, dedicada á San Ildefonso, y por la cual tuvo gran predilección el Rey Sabio, que ordenó se celebrasen en ella solemnes cultos, que con gran prodigalidad costeaba.

Durante el reinado de D. Pedro I de Castilla la torre del Oro fué muy visitada por este Monarca, quien guardaba allí escondido gran parte de su tesoro, al cuidado del judío Samuel Leví, viejo sagaz y astuto en quien tenía mucha confianza el hijo de Alfonso XI.

Siempre que D. Pedro estaba en Sevilla acudía todas las tardes á la torre del Oro, donde pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el bello panorama que desde allí se ofrece á la vista y jugando á la tabla, á lo que era muy aficionado.

Otra ocupación más agradable hacía que D. Pedro fuese con tanta frecuencia á la histórica Torre, pues en ella tuvo á su amante D.ª Aldonza Coronel, quien, cediendo á los galanteos del Monarca, entregóse á él por completo, siendo durante algunos años objeto de sus caricias y deseos.

Cuando la pasión del Rey justiciero parecía extinguirse D.ª Aldonza se retiró al convento de Santa Inés, y allí terminó su vida siendo abadesa del monasterio, que, como es sabido, lo fundó su hermana D.ª María.

Á principios del siglo XV la torre del Oro servía para prisión de nobles, algunos de los cuales fallecieron dentro de aquellos espesos muros, y otros fueron por sus delitos colgados de las almenas.

El alcaide de la Torre era, por lo general, un caballero de los que más se habían distinguido en los campos de batalla, y teníase á mucho honor ocupar este cargo, por lo que eran muy numerosos los que lo solicitaban.

En un principio la torre del Oro estuvo en su exterior cubierta de azulejos amarillos, y muchos suponen que á esto debió su origen el nombre de ella; si bien otros contradicen esta opinión, asegurando que el llamarse del Oro es debido á las riquezas que, como ya dijimos, guardó en la Torre el rey D. Pedro.

El monumento estaba unido por una muralla al Alcázar, y así permaneció hasta el año 1821 en que fué derribada, embelleciéndose mucho aquellos lugares, que son de los más concurridos y amenos que tiene Sevilla.

El tiempo no ha alterado en nada la robusta solidez de la famosa Torre, pero su exterior debiera ser restaurado según el proyecto que se aprobó hace poco, y, una vez concluídas las obras, Sevilla podría ofrecer á los ojos del viajero un monumento antiquísimo en el mejor estado de conservación.

¡Lástima grande es que esta obra, á la que tan ligadas están muchas tradiciones de nuestra población, no haya podido destinarse á un uso más adecuado que el que actualmente tiene!

XIII
LA HERMANDAD DEL PILAR

«Los aragoneses que vinieron á la conquista de esta ciudad instituyeron una cofradía con la advocación de Nuestra Señora del Pilar...»

Ortiz de Zúñiga.

Entre las tropas que formaban las huestes del rey D. Fernando III cuando conquistó á Sevilla venían no pocos hijos del reino de Aragón, los cuales dieron pruebas de ser hombres devotos fundando una capilla en la mezquita que acababa de convertirse en templo cristiano, consagrada á la Virgen del Pilar.

En esta capilla se daba culto con el mayor esplendor á la Patrona de Zaragoza, y la Hermandad que lo sostenía fué aumentando hasta ser una de las más ricas que en la ciudad había.

Pasaron así algunos años, y hacia el 1317, los hermanos, que disponían de un capital bastante crecido, proyectaron fundar un hospital para recoger á los peregrinos pobres que viniesen á Sevilla.

El infante D. Pedro, que á la muerte de don Fernando IV en 1312 se había hecho cargo de la tutoría del heredero de la corona D. Alfonso XI, hallábase en nuestra ciudad cuando los aragoneses acordaron la fundación del hospital del Pilar, y á nombre del Rey, niño entonces de siete años, cedió un solar inmediato al Alcázar, para que en él se construyera el benéfico establecimiento.

Cuando estuvieron terminadas las obras en 1317, D. Pedro otorgó á la casa títulos y preeminencias, declarándose protector de ella y haciendo que todos los prelados y rico-homes se inscribiesen en aquella Hermandad.

En la iglesia que se edificó en el hospital trabajaron los más hábiles artistas de la época, y en el retablo mayor se puso la imagen de la Virgen del Pilar que se conservaba en la capilla de la Basílica, y cuya escultura fué sustituida más tarde por otra, que es la que hoy existe, obra de Juan Millán, que floreció en el siglo XV.

Tanta era la importancia que entonces llegó á adquirir el hospital fundado por los devotos aragoneses, y tantos los fondos de que la Hermandad disponía, que á más de lo mucho que diariamente invertíase en el culto y en la asistencia de los enfermos, aún quedaban sumas muy importantes, con las cuales se daban limosnas á las gentes de los barrios bajos y á los ancianos que venían de Zaragoza, se rescataban cautivos á los moros, y se mantenían tres galeras, dotadas del personal necesario, para defender las costas andaluzas.

D. Pedro I de Castilla y su bastardo hermano D. Enrique II hicieron no pocas mercedes al hospital del Pilar, introduciéndose en él grandes mejoras, que lo colocaron á la mayor altura de perfección que entonces se conocía. Pero todo pasa, y á la Hermandad pasó también su época de auge, comenzando á disminuir las limosnas, y con ellas disminuyeron también los hermanos, y los pobres que en el hospital se albergaban, siguiendo cada vez más rápida la decadencia, que, iniciándose á principios del siglo XV, se hizo completa en los últimos años del reinado de D. Fernando y D.ª Isabel.

El benéfico establecimiento quedó reducido á los más estrechos límites, y los pocos hermanos que aún sostenían el culto á la Virgen del Pilar trasladaron luego la imagen á la Catedral y á una modesta capilla situada cercana á la puerta que el vulgo llama del Lagarto.

Los individuos de la ilustre familia de los Pinelos se declararon patronos de la capilla, y en ella fueron enterrados D. Francisco Pinelo, primer Factor de la Casa de la Contratación de Indias, su esposa D.ª María de la Torre y su hijo D. Jerónimo, canónigo que fué de la Catedral.

La capilla de la Virgen del Pilar, según se encuentra hoy, ofrece poco de notable. El altar donde se conserva la estatua hecha por Juan Millán es de escaso mérito, así como otro situado á la derecha, donde existió hasta hace algún tiempo una imagen de la Virgen de las Angustias.

En esta capilla estaba el Ecce-Homo pintado por el gran Murillo, y que fué regalado á Luis XVIII en 1839 por el Cabildo de la Basílica.

El analista Ortiz de Zúñiga, en nuestros días González de León, y últimamente D. Francisco Collantes y D. José Gestoso, han publicado muchas y curiosas noticias respecto á la hermandad del Pilar y á la capilla de que hemos tratado en este breve apunte.

XIV
LA CÁRCEL REAL

«Veinticinco calabozos tiene la Cárcel Real; veinticuatro traigo andados sin cobrar mi libertad.»

Copla popular.

En los comienzos del siglo XV vivía en la capital andaluza una noble dama llamada D.ª Guiomar Manuel, señora adornada de las más estimables virtudes y que poseía una gran fortuna, cuya mayor parte empleó en obras de caridad y en hacer toda clase de bienes á los necesitados.

Además costeó de su peculio no pocas obras, y entre éstas merecen especial mención las que mandó hacer reedificando la Cárcel Real, por los años 1418, que se encontraba situada en la calle Sierpes hacia el lugar que hoy ocupa el Círculo de Labradores y Propietarios.

D.ª Guiomar Manuel dotó el edificio de aguas abundantes, construyó de cimientos la capilla é hizo que reinasen constantemente en la prisión la más completa higiene y el mayor orden, invirtiendo cuantiosas sumas en tan laudable obra.

Murió D.ª Guiomar en 1426, dejando en el pueblo de Sevilla gratísima memoria, siendo enterrado su cadáver en la Catedral y delante de la capilla de San Pedro, donde también yacían los padres de tan virtuosa mujer.

El Asistente D. Francisco Chacón amplió el edificio de la Cárcel en 1563, y desde esta fecha no volvieron á hacerse allí obras de importancia, hasta las que se llevaron á cabo en 1732 por el Asistente Caballero, y últimamente en 1784.

El aspecto exterior de la Cárcel Real era en extremo sombrío; pero mucho más lo eran sus lóbregos calabozos, privados de luz y ventilación, sus estrechos corredores y sus patios destartalados y de irregular arquitectura.

El año 1626 desbordóse el Guadalquivir, inundando casi toda la población, y sus aguas llegaron hasta la Cárcel, produciendo grandes destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apatía y el poco interés que demostró el Concejo.

Cuando la peste levantina se introdujo en Sevilla en 1649, se dió el caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Cárcel, quedando abandonada durante los meses que duró la cruel y asoladora epidemia.

El terremoto de 1765 derribó un gran trozo de la prisión, grieteando sus muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto caserón.

El año cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Cárcel; mas á pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de continuo una catástrofe.

Desde la invasión francesa el edificio empeoró bastante, y por el 1830 la prisión se hallaba sin agua, los encierros sin ventilación, las rejas casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los techos hacían más horrible y angustiosa la situación de los desgraciados que estaban allí enterrados en vida.

Durante cerca de cinco siglos que permaneció en pie la Cárcel Real ¡cuántos infelices no perderían allí la existencia! ¡cuántos delitos no se cometerían dentro de aquellos muros! ¡cuántos inocentes no pagarían allí culpas ajenas!...

Por la puerta del edificio que daba á la plaza de San Francisco salían las víctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle Sierpes entraban confundidos, más de una vez, los criminales más feroces y los inocentes á quienes se condenaba por el menor motivo.

El Municipio adquirió en 1836 el exconvento del Pópulo, y allí se trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando poco después el derribo de la Cárcel Real, á la que nos ha parecido oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.

XV
LA SUSONA

«...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio profundo.»

BÉCQUER.

El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas, tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no volver nunca.

Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta nosotros la tradición.