Teatro selecto de Calderón de la Barca (tomo 1 de 4)
TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA.
BIBLIOTECA CLÁSICA.
Doce reales cada tomo en toda España.
OBRAS PUBLICADAS.
| Tomos. | ||
| HOMERO.—La Ilíada, traduccion directa del griego en verso y con notas de D. José Gomez Hermosilla. | 3 | |
| CERVANTES.—Novelas ejemplares y viaje del Parnaso. | 2 | |
| HERODOTO.—Los nueve libros de la historia, traduccion directa del griego, del padre Bartolomé Pou. | 2 | |
| ALCALÁ GALIANO.—Recuerdos de un anciano. | 1 | |
| VIRGILIO.— | La Æneida, traduccion directa del latin, en verso y con notas de D. Miguel Antonio Caro. | 2 |
| — | Las églogas, traduccion en verso, de Hidalgo.—Las geórgicas, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo. | 1 |
| MACAULAY. | ||
| — | Estudios literarios. | 1 |
| — | Estudios históricos. | 1 |
| — | Estudios políticos. | 1 |
| — | Estudios biográficos. | 1 |
| — | Estudios críticos. | 1 |
| Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender. | ||
| QUINTANA.—Vidas de españoles célebres. | 2 | |
| CICERÓN.—Tratados didácticos de la elocuencia, traduccion directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo. | 2 | |
| SALUSTIO.—Conjuracion de Catilina.—Guerra de Jugurta, traduccion del infante D. Gabriel.—Fragmentos de la grande historia, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas del latin. | 1 | |
| TÁCITO.—Los anales, traduccion directa del latin de don Cárlos Coloma. | 2 | |
| PLUTARCO.—Las vidas paralelas, traduccion directa del griego por D. Antonio Ranz Romanillos. | 5 | |
| ARISTÓFANES.—Teatro completo, traduccion directa del griego por D. Federico Baráibar. | 2 | |
| POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(Teócrito, Bion y Mosco). Traduccion directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico). | 1 | |
| MANZONI.—Los Novios, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego. | 1 | |
| ESQUILO.—Teatro completo, traduccion directa del griego, con notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra. | 1 | |
| QUEVEDO.—Obras satíricas y festivas. | 1 | |
| DUQUE DE RIVAS.—Sublevacion de Napoles. | 1 | |
MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6.
BIBLIOTECA CLÁSICA
TOMO XXXVI
TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA
PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO
DE
D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO
TOMO I
DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS
LA VIDA ES SUEÑO.
LA DEVOCION DE LA CRUZ.
EL MÁGICO PRODIGIOSO.
EL PRÍNCIPE CONSTANTE.
MADRID
LUIS NAVARRO, EDITOR
COLEGIATA, NÚM. 6
1881
ESTUDIO CRÍTICO.
Justa y noble cosa es que los pueblos honren la memoria de sus grandes poetas; pero si he de decir lo que siento, ántes me parece funesto que útil el entusiasmo oficial y la devocion obligada, que produce los aniversarios y centenarios, con el obligado cortejo de músicas, carros triunfales, pompas y apariencias, versos y justas poéticas. Aun lo bueno sobre un mismo asunto empalaga, cuando es demasiado: ¿qué será cuando en la turbia corriente de tales solemnidades rueda tanto de mediano y áun de malo? La secta de los cervantistas acabaria, á no ser tan grande el personaje á quien injurian y apedrean, por hacer aborrecible hasta el nombre de Cervántes en la memoria de las gentes. ¿Quién sabe si conseguirán otro tanto los calderonianos, á fuerza de sacrificar en las aras de su autor favorito todas nuestras glorias dramáticas? No sé á punto fijo en qué consiste, pero hay en el fondo de toda alma verdaderamente artística algo que se rebela contra las admiraciones convencionales, de ritual ó de reata, un secreto espíritu de reaccion contra todo fetiquismo, y de protesta contra gárrulos encomios. De aquí que los espíritus delicados y que sienten y aman desinteresadamente la hermosura, se refugien en el culto íntimo y solitario de otros autores más modestos y olvidados, á quienes suele llamarse de segundo órden por lo mismo que andan ménos profanados en bocas de necios, y porque han logrado la muy apetecible fortuna de no llevar tras sí una turba ignara de admiradores y devotos.
Quizá parezcan demasiado amargas las palabras que llevo escritas, pero no cabe en mi ánimo el decirlas más halagüeñas, ni el esperar nunca gran cosa de estas apoteósis semi-paganas, que poco han de regocijar en la otra vida á tan cristiano poeta como Calderon. Como quiera, parece que el más digno tributo que en tal ocasion puede ofrecerse á su gloria terrena es una nueva edicion de sus obras. Y por desgracia, las ediciones no abundan, ni en todo rigor crítico las mismas que hay satisfacen. Expuestos estamos á que cualquier extranjero, atraido á Madrid por el ruido y baraunda que á propósito de Calderon estamos haciendo, recorra en vano nuestras librerías sin encontrar otra coleccion asequible de las obras de autor tan famoso (en cuyo honor quemamos fuegos de artificio y encendemos luces de Bengala) sino la que forma parte de la Biblioteca de Autores Españoles, de Rivadeneyra. Si desea otra de más cómoda lectura y letra ménos apretada, tendrá que acudir á Leipzig en busca de la de Keil. Si no quiere ó no puede, por falta de tiempo, enterarse de toda la inmensa balumba de comedias y autos del poeta, y prefiere una edicion de sus dramas selectos, se fatigará en vano, porque hoy es el dia en que, á pesar de tantas bocanadas de humo y tantos ditirambos en loor de nuestro gran poeta nacional, áun tiene casi intacta en sus almacenes la Real Academia Española la impresion de los dos primeros tomos de dramas escogidos de Calderon, que empezó á publicar en 1868, y que en vista de tal indiferencia del público, no ha pasado adelante. Bueno es ensalzar á Calderon y hacer versos y prosas en conmemoracion suya, y colgar de nuestros balcones retales de percalina, cual si se tratase de festejar la entrada de un héroe patriótico y libertador; pero áun fuera mejor leer y estudiar sus obras, y razonar un poco nuestras admiraciones à priori. Aunque nos duela decirlo, los mejores trabajos críticos acerca de Calderon, los de Schack, Rosenkranz y Schmidt, han salido de Alemania: el único texto críticamente impreso de una comedia suya le ha publicado un frances, así como ántes otros extranjeros vinieron á enseñarnos y á defender contra nuestros críticos que Calderon era un gran poeta, cuando aquí le teníamos por un bárbaro.
No todo se puede hacer en un dia, pero gran principio de remedio es conocer el daño. Y por eso entiendo que lo primero y más útil es popularizar la lectura de Calderon, para que el vulgo de las gentes, y áun el vulgo literario, no le juzgue de oidas y por adivinacion, sino atendiendo á lo que en sí mismo vale y significa. Por eso esta Biblioteca Clásica, ya que por su objeto y condiciones no puede honrarse con una edicion completa de D. Pedro Calderon de la Barca, publica hoy en cuatro volúmenes lo más selecto de su teatro, convenientemente ordenado y metodizado.
La ocasion parece oportuna para refrescar algunas ideas acerca del autor y de su mérito dramático.
I.—Vicisitudes de la crítica calderoniana.
Calderon, de igual suerte que Lope, no obtuvo en su tiempo más que alabanzas, ni hay ejemplo de popularidad igual á la suya, como no sea la del Fénix de los ingenios. Y áun me atrevo á decir que fué más honda y sobre todo más duradera la de Calderon, como que á los erráticos vuelos y facilidad abandonada del padre de nuestro teatro sustituyó una concepcion dramática, si ménos ámplia y rica, más una y consistente, y asimismo más española, aunque más estrecha: tan española y tan del tiempo en que floreció, como que Calderon vino á ser el poeta nacional por excelencia: lauro honrosísimo, aunque se compre á costa de un poco de personalidad, y lauro tal que sólo suelen alcanzarle los autores de las primitivas epopeyas ó los ingenios afortunados que, como Dante, cogen una sociedad y una lengua en mantillas, y modelan á su gusto la literatura y la lengua. Pero el hacerse poeta popular cuando ya se ha fijado la lengua, y cuando la literatura de un pueblo ha llegado al punto culminante de su desarrollo, sólo suele alcanzarse por medio de la dramática; y como en el mundo andan siempre revueltos los bienes con los males, trae consigo (por lo general) á la vez que cierta abdicacion del sentir y del pensar propios, una triste sujecion á las formas convencionales y á los gustos del público, lo cual si hace al poeta personaje semi-sagrado entre los de su tiempo y raza, suele perjudicarle para lo futuro, sobre todo en el concepto de los extraños, y áun hacerle ininteligible, quitándole esa universalidad que da vida y juventud perenne á Shakespeare y á Cervántes, por ejemplo. Algo de esta fatalidad pesa sobre Calderon, pero no del todo, puesto que de él se admiran por la crítica de todos los países las concepciones y los asuntos (indicio seguro de vigorosísimo entendimiento), aunque logre ménos aplauso la ejecucion, que así en los aciertos como en los lunares, es muy española y muy del siglo XVII, ya decadente.
Como quiera, repito que nuestro poeta fué gala, entusiasmo y regocijo de su siglo, no sólo durante su vida larga, quieta, serena y siempre honestamente ocupada, sino despues de su muerte, que produjo un verdadero duelo nacional, siquiera tomase éste formas más solemnes y graves que las que sirvieron para honrar la memoria de Lope. La escuela de éste áun habia experimentado lucha y contradicciones; pero en tiempo de Calderon la victoria del sistema dramático independiente, español y revolucionario podia juzgarse completa. Hasta los clásicos más recalcitrantes habian cedido, y con alto espíritu estético buscaban en la Poética del Stagirita defensa y justificacion para las audacias de nuestros dramáticos, y ensalzaban el teatro español en el concepto de arte naturalista, puesto que, entendido rectamente el principio de la imitacion ó mimesis, que sirve de fundamento á las enseñanzas de Aristóteles, claro es que implica no la mecánica imitacion de los modelos, sino la reproduccion de la naturaleza humana con toda la variedad y riqueza de contrastes y con la alternativa de lágrimas y de risas que ella en sí tiene, y que en la vida se muestra y desarrolla. De donde inferian que, siendo la comedia espejo de la vida humana, cumplian á maravilla con su objeto nuestros dramáticos, fieles pintores de la realidad histórica que sus ojos veian, y hábiles al par que valientes en la mezcla de los efectos cómicos y trágicos. Tal es, en sustancia, la doctrina que en modo muy dialéctico y bien trabado expusieron el catedrático complutense Alonso Sanchez de la Ballesta, grande apologista de Lope de Vega contra las detracciones de Pedro de Torres Ramila, el licenciado Francisco de la Barreda en uno de los discursos que sirven de exornacion al Panegírico de Plinio (traido por él á nuestra lengua), y así otros muchos que fuera largo enumerar.
Sólo reparos morales pusieron algunos escrupulosos á las comedias de Calderon, como ántes á las de Lope y Tirso. Porque si es verdad que el autor de La vida es sueño y de El Príncipe constante, y de tantas otras joyas de la inspiracion cristiana, fué por lo general el más católico de todos los dramáticos del mundo, y aunque sea cierto de igual modo que áun en sus comedias de costumbres se abstuvo cuerdamente de las liviandades y desenfados que el fraile de la Merced habia consentido á su apicarada musa, tambien lo es que en esas mismas comedias y en sus dramas trágicos pagó largo tributo Calderon á las preocupaciones de su tiempo y de su sangre, y sobre todo á esa moral del honor, moral social y relativa, en muchas cosas opuesta á la moral cristiana y absoluta. De aquí no sólo tésis radicalmente inmorales como la de A secreto agravio secreta venganza, sino una lastimosa exageracion del espíritu vindicativo, duelista y de punto de honra. Cierto que pueden traerse circunstancias atenuantes. Así, verbi gracia, el sangriento castigo del adulterio muestra por su misma dureza y ferocidad la rareza de las infracciones, el espíritu patriarcal que aún imperaba en la familia castellana, y el dominio de la ley ética en la mayor parte de los corazones.
Pero es lo cierto que el teatro de Calderon promovió ya en sus dias los escrúpulos de algunos varones timoratos, y él mismo hubo de defenderse en un papel dirigido al Patriarca de las Indias, alegando el mandato del Rey, que le hacía escribir para sus fiestas. Despues de su muerte, la aprobacion dada á la Verdadera Quinta Parte de sus comedias por el trinitario fray Manuel de Guerra y Ribera, aficionadísimo, como otros frailes de su tiempo, á los espectáculos dramáticos, promovió contestaciones y clamores, que en vano quiso acallar el mismo aprobante con su Apelacion al tribunal de los doctos, ocasion de nueva pelamesa, en que al fin vino á quedar por los calderonianos la victoria.
Censuras literarias no se hicieron de Calderon hasta el siglo XVIII. Iniciólas Luzan en su célebre Poética (1737), tenida generalmente por código del gusto frances, aunque debe más á los italianos, cuyas interpretaciones sutiles y menudas de Aristóteles aceptó por completo. Luzan anduvo harto duro con el teatro español, no tanto, sin embargo, como sus discípulos. Por lo comun, acierta en la parte negativa, y no hay más remedio que darle la razon cuando censura, por ejemplo, los anacronismos y los errores geográficos de los dramas históricos, ó cuando tilda en las comedias de capa y espada el abuso de unos mismos é inverosímiles recursos, los escondidos y las tapadas, las casas con dos puertas, las riñas y cuchilladas, y aquello de no tener las voces humanas acento propio y distintivo; ó bien cuando reprueba en todo el teatro calderoniano el vicioso lujo y pompa desconcertada de diccion, el hacinamiento de incoherentes alegorías y metáforas, y la intemperancia lírica que á lo sumo, y en los momentos en que el mal gusto de la época no le vicia del todo, no pasa de elegantissima luxuries. De otros reparos de Luzan no se hable, y téngase por dicho que no dejó de sacar á plaza contra Calderon las famosas unidades de lugar y tiempo, de la primera de las cuales ni rastro hay en la Poética de Aristóteles (como quiera que la extrema sencillez del drama griego excluia casi las mutaciones escénicas, ó, mejor dicho, tenía una escena tan ideal como el drama mismo), refiriéndose sólo de pasada, y no como precepto sino como recuerdo histórico, á la segunda, cuando dice que «la tragedia suele encerrarse en un período de sol ó le traspasa poco.»
Los amigos y los discípulos de Luzan insistieron en la parte más endeble de su crítica, olvidando las amplísimas concesiones que una y otra vez hace al alto ingenio y soberana fantasía del poeta. Por el contrario, para Nasarre, Montiano y Velazquez, para el mismo Moratin el padre, ingenio español de tan buena ley, Calderon no fué más que el segundo corruptor del teatro, un salvaje delirante, digno sólo de ser aplaudido por un pueblo de bárbaros. Y no pararon aquí sus diatribas y desdenes, sino que hallando eco en las regiones oficiales, lograron en 1763 la prohibicion de los Autos sacramentales, como ultraje á la religion y al buen gusto. ¡Y esto lo decian los ministros de Cárlos III y los abates volterianos, saturados de las heces de la Enciclopedia! Ni es de admirar que para los sectarios de una poética semi-mecánica y de una filosofía rastreramente sensualista fuesen letra muerta, y áun pudiesen equipararse con el apocalíptico libro de los siete sellos, las extrañas composiciones lirico-dramáticas con que nuestros vates ensalzaron el adorable misterio de la Eucaristía.
La intolerancia doctrinal se extendió hasta á las composiciones profanas, y, con asombro mezclado de risa, leemos hoy que el despotismo administrativo de aquellos leguleyos vedó severamente, á fines del siglo XVIII, la representacion de La vida es sueño (quizá por haber en ella una rebelion triunfadora), la del Príncipe Constante, apoteósis del mártir D. Fernando, y El Gran Príncipe de Fez, compuesta en glorificacion de la Compañía de Jesus, motivo bastante para que la mirasen de reojo los que inicuamente habian expulsado á los hijos de San Ignacio.
Ni áun los críticos de más larga vista entre los de siglo pasado, D. Pedro Estala, por ejemplo, que en los discursos preliminares á sus traducciones, harto olvidadas, del Edipo Tirano de Sófocles, y del Pluto de Aristófanes, tan perfectamente atinó con el verdadero carácter de la tragedia y de la comedia griegas, y declaró aquel teatro admirable pero no imitable, por corresponder á un estado social y á una concepcion religiosa tan diversos de los nuestros, no acertó á desprenderse de los resabios de preceptista en sus juicios acerca de nuestro teatro, ni á hacer más alto elogio de Calderon que el de estimarle como felicísimo constructor de intrigas dramáticas, hábil en la trama y en el enredo hasta el punto de empeñar poderosamente (aunque con interes algo pueril, semejante al que resulta de descifrar un enigma ó una charada) la atencion de los espectadores. Y con crítica todavía ménos elevada y frase que raya con lo ridículo, habló del travieso Calderon nuestro eximio latinista Sanchez Barbero. ¡Y áun creeria pecar de tolerante aplicando la categoría de travesura al sublime ingenio que acertó á vestir de forma dramática el problema de la razon y del libre albedrío, los triunfos de la fe y de la gracia, los furores y desatada tempestad de los celos!
Pero miéntras esto pasaba en España, una reaccion profundísima, y guerra declarada contra el sistema dramático frances, se habia iniciado en Alemania con la Dramaturgia de Lessing, y la victoria iba quedando por los innovadores, de quienes vino á ser poderoso auxiliar aquel renacimiento de toda conciencia nacional que respondió, como protesta, á las conquistas napoleónicas. Comenzaron á ponerse en boga las literaturas indígenas, populares y espontáneas, y tanto más, cuanto más radicalmente se apartaban del arte convencional, académico y ceremonioso de los franceses. Tras de Lessing, con sus nuevas interpretaciones de la Poética de Aristóteles y sus ideas de tragedia realista y bourgeoise, vino Herder popularizando las canciones nacionales de muy diversos tiempos y países. Traspasó los límites de Inglaterra la devocion shakespiriana, y los dramas históricos del gran poeta inglés, sus crónicas en verso, con toda su animacion, movimiento y lujo de episodios, revivieron gloriosamente en el Goetz de Berlichingen, vigorosísima pintura rústica y familiar de los últimos dias de la Edad Media, y en el Campamento de Vallenstein de Schiller. Hizo Guillermo Schlegel el paralelo entre el Hipólito de Eurípides, y la Fedra de Racine, mostrando cuánto difiere la casta sencillez de la tragedia antigua (aunque se la considere en el último y más retórico de sus modelos, en el que más tributo pagó al sentimentalismo enervador y á los recursos patéticos) del arte peinado y relamido de los salones de Versalles.
Así nació el romanticismo aleman, cuyo poeta fué Tieck, y cuyos legisladores son los dos Schlegel, á quienes nos complacemos en citar, á pesar del amargo dejo que en los ánimos de nuestra generacion han dejado las humorísticas chanzas de Henrique Heine. Pero nunca las chanzas fueron argumentos, ni es el humorismo sistema crítico, sino estado subjetivo, fisiológico y á veces patológico, del espíritu que ve las cosas por un sólo aspecto, y hace víctima de sus caprichos de un dia al objeto del conocimiento. Y diga lo que quiera Heine (cegado además por su odio á todo género de restauracion católica), áun está por escribirse el libro que pueda sustituir, ni en la alteza de miras, ni en lo delicado del sentimiento estético, á las Lecciones de literatura dramática de Guillermo Schlegel. Miéntras otros le zahieren (sin perjuicio de saquearle), séanos lícito tenerle por una de las piedras angulares de la crítica moderna. Hoy son vulgaridades muchos de los principios que allí por primera vez se consignaron. ¿Qué triunfo más glorioso para un libro de crítica?
Todo el Curso de Schlegel está encaminado á la glorificacion de Calderon; aunque sólo en el último capítulo se trata de él ex-professo. Pero el autor no le olvida nunca, ni al hablar de la tragedia griega, ni al discurrir acerca de Shakespeare, ni al maltratar á Molière. Todas las formas dramáticas le parecen imperfectas y una como preparacion para aquella forma más alta, en que se resuelve de un modo firme y sereno el enigma de la vida humana. Al coronar con ella su edificio histórico, abandona Schlegel el tono de la crítica y prorrumpe en el más entusiasta ditirambo.
¿Era fundada del todo esta admiracion? En primer lugar, Guillermo Schlegel, y lo mismo su hermano Federico, que con ménos elocuencia desarrolló las mismas ideas en su Historia de la literatura antigua y moderna, desconocia casi en absoluto todo el teatro español anterior á Calderon y contemporáneo de él. De aquí el mirarle como un solitario coloso, y atribuirle todas las perfecciones y excelencias de una escuela, y poner en su cabeza la gloria de toda una literatura. Además, lo que Schlegel admira, sobre todo, en Calderon es el vigor sintético del ingenio, la grandeza de las concepciones, el espiritualismo cristiano vivo y prepotente, lo recto y justiciero del sentido moral, cualidades que en mucha parte debió Calderon á haber nacido español y católico y en el siglo XVII. Pero ¿cómo se le habia de ocultar á Schlegel que, así el sereno idealismo de Sófocles como el ardiente naturalismo shakespiriano, puntos extremos, é igualmente admirables, del arte, vencen al drama calderoniano en lo perfecto de la ejecucion, en lo eterno y universal de las situaciones y de los caracteres, en la intensidad y en lo verdadero de los afectos; viniendo á ser nuestro teatro (y especialmente el de Calderon) dentro del drama romántico é independiente, algo parecido á lo que es dentro del teatro clásico la tragedia francesa, mutatis mutandis et servatis servandis, es decir, con la ventaja en el nuestro del poderoso aliento nacional que le informa y da vida, haciendo olvidar, cuando se le mira de léjos, faltas y aberraciones de gusto, ligerezas de ejecucion, y aquella poética menuda y caprichosa, que todo lo reglamentaba no ménos arbitrariamente que la de las tres unidades?
Ni fué sólo de los románticos el entusiasmo por Calderon. Sintióle el mismo Goethe, que llegó á ensalzar no sólo las bellezas sino los desaciertos del gran poeta, y tuvo palabras de encomio hasta para la Hija del aire, verdadero monstruo dramático, en que nada hay bueno sino el carácter ideal y fantástico de la protagonista, cuyo carácter se quedó en gérmen como otros muchos de Calderon. Ni hemos de olvidar tampoco que uno de los más grandes poetas ingleses, émulo de Byron, corifeo de la escuela satánica, cantor de la victoria de Demogorgon contra Júpiter, tradujo en hermosos versos ingleses (¡rara eleccion de original para un poeta ateo!) las mejores escenas de El Mágico prodigioso.
En Alemania se multiplicaron las versiones, dando el ejemplo con las suyas, ménos literales que poéticas, Guillermo Schlegel. Hasta en la cristiandad protestante logró fervorosos admiradores el más católico é inquisitorial de los poetas. La devocion de la Cruz, que extasiaba á Hoffman, llegó á hacerse drama popular entre los devotos. Y al mismo tiempo, los sectarios de escuelas filosóficas no poco reñidas con la ortodoxia, verbi gracia, los hegelianos, diéronse á estudiar profundamente á Calderon á título de poeta simbólico, que en sus obras habia encarnado y manifestado peregrinas y encumbradas ideas. A esta escuela crítica, que tanto exageró el predominio de la idea sobre la forma, corresponde el estudio de Cárlos Rosenkranz acerca de El Mágico prodigioso, monografía hoy mismo estimable, aunque el autor extrema las semejanzas entre la obra que analiza y el primer Fausto de Goethe.
De Alemania han salido tambien los dos mejores trabajos históricos acerca de Calderon: el de Schack en su Historia del teatro español, y sobre todo el de Federico Guillermo v. Schmidt, publicado en 1857 (en Elberfield) por su hijo Leopoldo. En esta obra se examinan una por una, y con muy loable escrupulosidad, todas las comedias de Calderon y algunos de sus autos.
En España ni siquiera se ha traducido este libro, cuanto más hacer otro mejor. Pero aunque tarde, hemos caido en la cuenta de que Calderon era un gran poeta, cuando ya toda Europa le tenía por tal.
Con todo eso, y á despecho de los menosprecios de la crítica, habian conservado intacta su reputacion, y eran representados, con universal aplauso de nuestros padres, dramas de Calderon tan románticos como El Tetrarca de Jerusalem. Los mismos críticos de la escuela dominante acabaron por dar cuartel á las comedias de capa y espada, y de ellas se insertó razonable número (acompañadas de discretas observaciones) en la Coleccion general de comedias escogidas, impresa en Madrid por los años de 1827, y en que entendieron, con criterio bastante moderado y ecléctico, Gorostiza, García Suelto y algunos más.
Por otra parte, la revolucion romántica que iniciaron Böhl de Faber en Cádiz, y Aribau y Lopez Soler en Barcelona, y á la cual con más timidez ayudó D. Alberto Lista (en sus Lecciones de literatura dramática pronunciadas en el Ateneo de Madrid, y luégo en los artículos sueltos coleccionados hoy con el título de Ensayos literarios) contribuyó á restaurar en España los altares de Calderon, y á popularizar, aunque de un modo poco científico, algunos de los resultados de la crítica de los Schlegel. Desde entónces sonó el nombre de Calderon, como nombre de batalla, entre los románticos, y algunos le imitaron, no infelizmente, en el teatro; pero á esto y á panegíricos vagos se redujo todo el incienso que España quemó en sus aras. Gracias á la diligencia del Sr. Hartzenbusch, poseemos, coleccionado en cuatro volúmenes de la Biblioteca de Autores Españoles, el teatro de Calderon, si bien este texto no ha de darse por definitivo ni está exento de reparos. Quizá el Sr. Hartzenbusch no acertó siempre en dejarse guiar por el texto de Vera Tássis, reproducido por Apontes y por Keil, sobre todo cuando existian manuscritos ó ediciones hechas en vida del poeta, que nos pueden dar, si no la letra primitiva del drama, á lo ménos una leccion no tan alterada por ignorantes histriones y famélicos impresores. El prólogo que el Sr. Hartzenbusch puso á su edicion es elegante é ingenioso, pero algo tímido en las conclusiones. En las notas hay cosas útiles, sobre todo para la cuestion cronológica: el resto está tomado de otros comentadores.
De los Autos sacramentales disertó admirablemente D. Eduardo Gonzalez Pedroso, nombre de dulce recuerdo entre los católicos españoles; y más adelante dijo algo el Sr. Canalejas, aunque con ciertos resabios panteísticos, que hubieran escandalizado no poco al reverendo y cristiano poeta, si por dicha hubiese acertado á levantar la cabeza.
Trató de las tres ideas fundamentales del teatro calderoniano el Sr. D. Adelardo Lopez de Ayala en su discurso de recepcion en la Academia Española, y lo hizo por modo fácil y brillante, pero sin descender á pormenores. Tampoco puede sacarse mucho jugo de las ilustraciones del Sr. Escosura á la edicion académica de Calderon, y no porque les falte lucidez y órden, sino porque el editor apénas puso nada de su cosecha, limitándose á reproducir las ideas que en el vulgo literario corren acerca de Calderon.
Tratemos nosotros de aprovechar brevísimamente los resultados de toda esta labor crítica.
II.—El hombre, la época y el arte.
Poco sabemos de la vida de Calderon: achaque comun en las biografías de nuestros mayores ingenios, máxime de los dramáticos. Si exceptuamos á Lope, con cuyas obras impresas y manuscritas (que así y todo no son más que una tercera parte escasa de las que brotaron de su fecundísima pluma) puede tejerse una cumplida cronología literaria, y que además nos dejó en larga serie de epístolas al Duque de Sessa raras y lastimosas confidencias acerca de su vida familiar, ¿qué es lo que podemos afirmar de cierto y averiguado respecto de Tirso, Moreto y Rojas? ¿De la vida ante-claustral del primero y áun de su vida monástica, de su carácter é inclinaciones, qué sabemos, como no sea por induccion y conjetura? ¿Qué ha hecho la crítica acerca de Moreto sino desbrozar de malezas el campo, y condenar á perpétuo olvido las invenciones de poetas y novelistas, ó de biógrafos más inventivos y fantásticos que los noveladores? De Rojas ni áun sabríamos á ciencia cierta la patria, si no hubiesen parecido sus informaciones para el hábito de Santiago. Y la misma biografía de Alarcon, maravilloso libro de D. Luis Fernandez-Guerra, es ántes que todo un tour de force, un libro de reconstruccion histórica, en que á los hechos documentalmente comprobados, que son pocos, se mezclan y entretejen, con habilidad inaudita, las probabilidades, inducciones y conjeturas basadas en el estudio profundo de la época.
Ni sobre Calderon nos dan mucha luz las escasas biografías de él que corren impresas, pues casi todas adolecen del gusto gárrulo y pedantesco de fines del siglo XVII, y ahogan pocas noticias en un mar de palabras: así la Fama Póstuma de Vera Tássis, como el Obelisco fúnebre de D. Gaspar Agustin de Lara, en que apénas acierta uno á decidir cuál es peor, los versos ó la prosa. Algun dato acerca de su familia puede rastrearse en la Genealogía de la casa de Calderon, que ordenó el P. Gándara, ó en los Hijos de Madrid de Álvarez Baena; pero lo personal del poeta se reduce á bien poco. Ni han remediado esta penuria los modernos, más atentos á las obras de Calderon que al personaje mismo.
Y si algo han querido añadir, ántes es daño que provecho, y más bien extravío de la crítica que nueva luz: de tal modo se han confundido y trastrocado las especies. Así el Sr. Hartzenbusch (quem honoris causa nomino), dejándose guiar por la opinion de D. Jorge Díez, director de cierto colegio de Sevilla, imprimió como de Calderon un romance, en que éste declara á una dama su calidad y condiciones y le refiere su vida, en términos demasiadamente alegres y más de pícaro que de caballero. Hanse sacado de aquí torcidas inducciones sobre el carácter de nuestro dramaturgo; y sin embargo, ese romance no es de Calderon, sino de un maleante ingenio sevillano á quien decian D. Cárlos Cepeda y Guzman, el cual en un códice de sus obras (que examinó y extractó Gallardo) le dejó escrito de su mano.
Yéndonos á lo cierto y positivo, comencemos por afirmar que Calderon era oriundo del nobilísimo y antiguo solar de la Barca, en las Astúrias de Santillana, hoy Montaña de Santander, siéndole comun esta oriundez montañesa con otros ingenios de los que más ilustran nuestro Parnaso, vg., el Marqués de Santillana, Lope de Vega y Quevedo. Y tambien fué desgracia para nosotros (aunque tantas veces se ha repetido, que parece indicar especial y oculta disposicion de la Providencia el que salgan de nuestra tierra, no los vencedores de reyes moros sino los padres y engendradores de tales victoriosos héroes) el que D. Pedro Calderon de la Barca Henao de la Barreda y Riaño, apellidos todos de alcurnia cántabra, no viera la luz en nuestros montes ni en nuestras marinas, sino en la villa de Madrid el 17 de Enero de 1600. Y como si Dios le hubiera destinado á ser por excelencia el poeta del siglo XVII, le vivió casi entero hasta 1680, y en su vida, que nada tuvo de excepcional ni de novelesco, se atemperó naturalmente y sin violencia á cuanto aquella época exigia de un caballero cristiano y español, logrando así vivir en paz con su siglo y con su raza. ¡Mérito singular y para admirado cuando recae en un ingenio de tal temple!
Fué Calderon discípulo de los jesuitas en el colegio Imperial, y siempre les profesó amor entrañable, como lo demuestra la comedia de El Gran Príncipe de Fez, Don Baltasar de Loyola. Pero que en sus estudios no pasó de la gramática (entendida esta palabra en su más ámplio sentido) ó de las humanidades (como se decia entónces con vocablo más general), parece asimismo indudable. Nadie ha probado hasta ahora (ya que no son prueba leves presunciones) que Calderon cursara en tiempo alguno las aulas salmantinas, estudiando en ellas derecho civil y canónico, por más que lo digan sus biógrafos. Y en cuanto á su teología tan ponderada de los Autos sacramentales, tampoco excede el nivel comun de la cultura de los españoles de aquella edad, y áun puede calificarse de teología para uso de las gentes de mundo, inferior de seguro á los conocimientos que lograba el ménos aventajado de los discípulos de Bañez, de Domingo de Soto, de Molina ó de Suarez.
Desde 1619 á 1625 Calderon parece haber residido en Madrid, como caballero de capa y espada, sin empleo ni profesion especial. Comenzaba á escribir comedias, aunque de seguro exagera Vera Tássis cuando afirma que ya entónces tenía ilustrados los teatros de España. No sólo Lope sino Montalban y otros de segundo órden alcanzaban en aquellos dias más alta fama que Calderon, por más que el ingenio lozano y juvenil de éste gallardease con honra en certámenes y justas poéticas, vg. en las celebradas con motivo de la beatificacion y canonizacion de San Isidro, mereciendo elogios de Lope en el Laurel de Apolo, y de Montalban en el Para-Todos.
Pasaba Calderon por bravo y pendenciero, y de algun lance suyo de 1629 tenemos noticia. Consta que entónces persiguió, espada en mano, á un famoso comediante, que decian Pedro de Villegas, el cual alevosamente habia herido á un hermano del poeta. Y fué tan grande la porfía de los deudos de uno y otro, que el Villegas hubo de buscar refugio en la iglesia de las Trinitarias, dando ocasion á que la justicia, que le perseguia, violase la clausura con no pequeño escándalo. Y no paró aquí el ruido, sino que habiendo aludido al lance el predicador Fr. Hortensio Paravicino (célebre entre los corruptores del buen gusto en el siglo XVII), vengóse Calderon en el Príncipe Constante, llamando sermones de Berbería á los suyos, de lo cual resultaron quejas y reclamaciones del fraile, y áun prision para el poeta.
Todo esto lo pusieron en claro Hartzenbusch en una Memoria de la Biblioteca Nacional, y Molins en su libro de La sepultura de Cervántes, y todo ello parece que invalida la relacion de Vera Tássis, á tenor de la cual Calderon en 1625 fué á militar en el Estado de Milan, y allí y en Flándes permaneció hasta 1635. Pero si hay error en las fechas y hemos de rebajar algo del tiempo que se asigna á las campañas de Calderon, que fué soldado no tiene duda, y que en los campamentos adquirió aquel conocimiento de la vida y tipos militares que le ayudó á crear las enérgicas figuras de D. Lope de Figueroa, del Sargento, de Rebolledo y de la Chispa.
Valiéronle sus servicios bélicos el hábito de Santiago, y del valor que ardia en su pecho no puede dudarse, ya que le vemos en 1640, en el punto culminante de sus triunfos dramáticos, apresurar la conclusion de su comedia Certámen de amor y celos, (que habia de representarse en una funcion real) para poder seguir á las Órdenes Militares en la campaña de Cataluña: lo cual le valió treinta escudos de sueldo al mes, con cargo al capítulo de artillería. Y áun le vemos enviado por el Marqués de la Hinojosa, desde Tarragona á Madrid, con cierta comision, nada literaria, relativa al cange de prisioneros.
Pero todo esto no es más que un episodio en la biografía de Calderon, por más que contribuyera á darle la saludable educacion de la vida activa. Las aficiones artísticas se sobrepusieron en él á todo otro impulso, y fué poeta áulico y cortesano por espacio de más de cuarenta años. Así las fiestas reales del Buen Retiro, como las representaciones eucarísticas que con inusitado esplendor celebraba la villa de Madrid, dieron norte y empleo á su portentoso númen.
En 1651 se ordenó de sacerdote, y sin duda con vocacion sana y entera (digna corona de tan honrada vida), pues así como de Lope sabemos despues livianas aventuras, en el nombre de Calderon jamás acertó á poner mancha el odio de sus más encarnizados enemigos.
Calderon sacerdote tuvo ciertos escrúpulos de seguir dando culto á las musas dramáticas, y no escribió más que para los teatros públicos; pero halló él, ó escogitaron sus admiradores, una ingeniosa capitulacion de conciencia: el mandato real, que le obligaba á escribir para sus fiestas y solemnidades palacianas. Así honestó (son sus palabras) los decoros de su nuevo estado, aunque ciertos devotos le murmurasen, y esta murmuracion le perjudicara para nuevos adelantos en su carrera eclesiástica. «Si esto es bueno (decia Calderon), no me obste; y si es malo no se me mande.»
Con todo eso, Calderon llegó á ser capellan de honor de Palacio y capellan de los Reyes Nuevos de Toledo, sin otras mercedes de menor cuantía. Y tranquilo y respetado por todos, se durmió tranquilamente en el Señor el 25 de Mayo de 1681, dejando por heredera á la venerable Congregacion de Presbíteros naturales de Madrid, que en la iglesia de Salvador instituyó aniversario perpétuo por su alma.
Fué Calderon fecundísimo escritor, como casi todos nuestros ingenios del siglo XVII. Además de sus ciento veinte comedias (punto más ó punto ménos) y de sus ochenta Autos sacramentales (tambien en número redondo) y de sus entremeses y piezas cortas (que no es fácil reducir á número, porque de la mayor parte ni áun quedan los títulos), compuso un tratado en defensa de la nobleza de la Pintura, otro en defensa de la comedia, un poema sobre el Diluvio universal, un Discurso de los cuatro Novísimos (todo ello perdido) y algunas poesías líricas, de las cuales la más notable es un romance impreso en los Avisos para la muerte, no siendo tampoco indigno de memoria el Discurso poético sobre la inscripcion Psalle et sile del coro de la catedral de Toledo. Tambien es de Calderon, aunque estampada á nombre de D. Lorenzo Ramirez de Prado, la relacion de la entrada de la Reina Doña Mariana de Austria en Madrid, el año 1649.
Para la posteridad, Calderon sólo vive como dramático. Su misma genialidad lírica, que era poderosa, se derramó casi exclusivamente en sus obras teatrales. Por desgracia, nunca formó coleccion de ellas, y aunque la mayor parte han llegado á nosotros, mucho es de lamentar el verlas tan desfiguradas. Y gracias que sabemos con certeza, por declaracion del mismo poeta en carta al Duque de Veragua, las que realmente son suyas y las que malamente se le atribuyeron. Los títulos de las que él dió por legítimas pueden verse á continuacion de esta advertencia, donde asimismo cuidaremos de advertir las que faltan en la coleccion de Vera Tássis, las que éste añadió y las que figuran sólo en la edicion del Sr. Hartzenbusch. Como muestra de la poca confianza que todos los textos hoy conocidos infunden, baste decir que Calderon no revisó (segun parece) ninguno de ellos, ni siquiera los de algun tomo de Comedias escogidas de varios autores de que fué aprobante, y que su hermano D. José y su amigo Vera Tássis cuidaron de lo restante, siguiéndoles ciegamente Apontes y Keil. Los Autos se imprimieron con más esmero, porque poseia los originales la villa de Madrid, y hay de ellos dos tolerables y no raras ediciones de 1717 y de 1759.
Tan escasos datos, que además hemos compendiado en todo lo posible, bastan á dar idea de la fisonomía moral del poeta, mostrándole español á toda ley, cristiano fervoroso hasta parar en el sacerdocio, caballero por sangre y por educacion, bizarro soldado en sus floridos abriles, algo estudiante, y por cifra de todo, poeta palaciano y poeta popular á la vez, favorito de los reyes y de la muchedumbre: amalgama imposible de lograr en otro estado social que no hubiera sido el de España en el siglo XVII.
En aquella sociedad, heredera fiel de las tradiciones y de los impulsos del siglo anterior, sobre el principio monárquico, sobre el principio aristocrático, sobre toda consideracion terrena y toda grandeza de este mundo, se alzaba puro é inmaculado el principio religioso, libre de toda mezcla de herejías y novedades. Él sólo servia de lazo entre gentes divididas en todo lo demas, por raza, lengua, fueros y costumbres. A todos los unia y congregaba aquel ardiente catolicismo español que, al espirar la Edad Media, aún tenía el brazo teñido en sangre mora y acababa de expulsar á los judíos. Y cuando llegó la pseudo-reforma, terrible protesta del espíritu germánico contra la Unidad latina, España se convirtió en adalid de la Europa meridional, y luchó, no por sus intereses temporales, sino en contra de ellos, en Flándes, en Alemania y en los mares de Inglaterra, cuándo con próspera, cuándo con adversa fortuna, pero haciendo retroceder siempre la oleada septentrional dentro de los diques que desde entónces no ha traspasado, y salvando las dos penínsulas hespéricas, y á Francia misma, del contagio luterano. Verdad es que quedamos pobres, desangrados y casi inermes; pero sólo un criterio bajamente utilitario puede juzgar por el éxito las grandes hazañas históricas, y la verdad es que no hay ejemplo de mayor abnegacion ni de más heroico sacrificio por una idea, que el que entónces hicieron nuestros padres. Ríanse en buen hora los políticos y economistas; pero entre las grandezas marítimas de Inglaterra bajo el cetro de la Reina Vírgen, y el lento martirio y empobrecimiento de nuestra raza, que tan desinteresadamente fué brazo de la Iglesia durante dos siglos, toda alma que sienta el entusiasmo de lo bello y de lo noble no dudará en conceder la palma á los nuestros. Verdad es que en todos aquellos épicos y caballerescos alardes se mezcló algo de orgullo nacional, ciego y exclusivo; pero áun éste nacia de noble orígen, puesto que no nos creíamos raza predestinada á mandar ni teníamos á los demas por siervos nacidos á obedecer, sino que todo lo referíamos á Dios como á su orígen y principio, reduciéndose toda nuestra jactancia nacional á pensar que Dios, en recompensa de nuestra fe, nos habia elegido, como en otro tiempo al pueblo de Israel, para ser su espada en las batallas y el instrumento de su justicia y de su venganza contra apóstatas y sacrílegos, por donde cada uno de nuestros soldados, en el hecho de ser católico y español, venía á creerse un Júdas Macabeo. Este sentimiento anima algunas de las más bellas inspiraciones líricas del buen siglo, desde aquel valentísimo soneto de Hernando de Acuña:
Ya se acerca, Señor, ó ya es llegada
La edad dichosa en que promete el cielo
Una grey y un pastor sólo en el suelo,
Por suerte á nuestros tiempos reservada:
Ya tan alto principio en tal jornada
Nos muestra el fin de vuestro santo celo,
Y anuncia al mundo para más consuelo
Un monarca, un imperio y una espada...
hasta las hermosas octavas del capitan Francisco de Aldana:
¡Diestra, diestra de Dios! ¡ay, cómo aguardas,
Multiplicando en ira lo que tardas!
Y el sentimiento católico es el alma de toda nuestra cultura y de nuestras grandezas en aquel período, y no sólo daba aliento á los héroes que sucumbian en las marismas de Holanda, ó que daban caza á los piratas ingleses, sino á aquellos otros conquistadores que en América y en Asia y en Oceanía domeñaban razas incógnitas y bárbaras, y á los frailes que entre ellas difundian la luz de la fe y la ciencia de nuestras escuelas, y á los teólogos que en Trento eran valladar fortísimo contra las pretensiones de los reformistas, y á los que en Inglaterra restauraban el culto católico y reformaban las Universidades bajo los auspicios de la buena reina María, y á los que dentro de nuestra casa escogitaban (en oposicion al impío predestinacionismo calvinista) el sistema teológico más favorable á la libertad humana entre cuantos se han imaginado para explicar las relaciones entre la gracia y el humano albedrío; y á los que creaban y organizaban sobre la amplísima base del orígen divino del poder el derecho natural y de gentes, matando el cesarismo pagano de los leguleyos; y á los místicos y ascéticos que con toda la opulencia de la lengua castellana penetraban en los arcanos de la ontología y de la psicología, y de otra ciencia más alta y soberana que se ha atrevido á explicar en lengua terrena cómo el hombre llega casi á ser Dios por participacion; y á los reformadores de las órdenes religiosas, y á los fundadores de otras nuevas, y á los inquisidores que con serenidad de conciencia fulminaban sentencia contra los heresiarcas, y al pueblo que acudia gustoso y en tropel á los autos de fe, sin que la más leve sombra de duda enturbiase aquellas conciencias, y á los poetas que en romanceros y cancioneros sagrados daban voz y cuerpo y formas, graciosísimas y variadas, á la devocion popular, y que en los Autos sacramentales llegaban, por caso único en todas las literaturas del mundo, á crear un drama exclusivamente teológico, nuevo y peregrino testimonio de ardiente devocion al adorable misterio de la presencia sacramental, bárbaramente negado por Carlostadio y demas herejes del Norte.
Quien entienda de otro modo la historia española del siglo XVI y quiera explicarla por mezquinos intereses humanos, perderá lastimosamente su tiempo. Era España un pueblo, no ya de católicos, sino de teólogos, y esto es la sola clave para penetrar en el embrollado laberinto de aquellos gloriosos anales y trabar racionalmente los hechos.
Al lado de eso ¿qué importa lo demas? España era pueblo muy monárquico, pero no por amor al principio mismo ni á la institucion real, no con aquel irreflexivo entusiasmo y devocion servil con que festejaron los franceses el endiosamiento semiasiático de la monarquía de Luis XIV, sino en cuanto el Rey era el primer caudillo y el primer soldado de la plebe católica como Cárlos V, ó el prudente consejero del partido ortodoxo en Europa como Felipe II, para quien no imaginaban sus panegiristas mayor gloria que la de ser en los concilios presidente, cuando rotos los lazos de esta vida mortal, llegara él á ser venerado en los altares. Más adelante, y con la decadencia de España, este amor que inspiraron los grandes monarcas del siglo XVI, llegó á trocarse (al mismo tiempo que la heredada grandeza venía á ménos en sus débiles sucesores) en algo más ideal, fantástico é hiperbólico, como es de ver en nuestros dramáticos, sobre todo en Rojas.
Pero del Rey abajo, ninguno. En aquella sociedad apénas habia clases, y más que monarquía debia llamarse democracia frailuna. A ello contribuian la sencillez cenobítica y austera de que los mismos reyes, sobre todo Felipe II, dieron larga muestra; el modo de vivir áspero y duro: la general pobreza; la anulacion absoluta de la aristocracia desde que el cardenal Tavera la arrojó de las córtes de Toledo; el predominio de la Iglesia, que abriendo sus puertas á todo el mundo, lo igualaba todo; y aquella profusion de conventos y universidades, de donde los más humildes y plebeyos llegaban, en fuerza de sus letras y de su teología y cánones, á las mitras y á las togas, y al confesonario y á los consejos del Rey. Por otra parte, expulsados los judíos y los moros, y triunfantes los anticristianos estatutos de limpieza, todo cristiano viejo se creia, por serlo, igual al más encopetado magnate. La hidalguía era patrimonio comun, y provincias enteras del Norte de España se jactaban de poseerla. En la Edad Media se ganaba á lanzadas contra los moros. En el siglo XVI fué uso conquistarla lidiando contra turcos y luteranos, ó conquistando fabulosos imperios y descubriendo y cristianizando regiones incógnitas en América.
Siempre andan en el mundo revueltos los bienes con los males, y así este mismo espíritu aventurero y heroico y esta misma igualdad, cristiana en su raíz y fundamento, nos hizo mirar con menosprecio, y á veces con odio, las artes mecánicas y la industria y el comercio, dejó abandonados y silenciosos nuestros talleres y nuestras lonjas, y nos hizo súbditos de mercaderes extraños, á quienes fué á enriquecer, sin provecho nuestro, el oro de las vírgenes entrañas del Nuevo-Mundo. Toda riqueza fué aquí pasajera y advenediza: faltó clase media, y aquel vivir al acaso y fiarlo todo de la fortuna, puso en más de una ocasion al caballero á dos dedos del pícaro, aventurero tambien y conquistador á su modo.
Pero con todos sus lunares (¿y qué época no los ha tenido?), ¿quién dudará de las grandezas de aquella civilizacion? Hasta el nivel intelectual estaba muy alto, si no por lo que toca á la exacta comprension de las leyes de la naturaleza y á las ciencias basadas en el cálculo y en la experimentacion, por lo ménos en la teología dogmática y en la filosofía, que no eran patrimonio exclusivo de gente curtida en las aulas, sino alimento cotidiano del vulgo, espectador de los Autos Sacramentales, que nutria su entendimiento y apacentaba su fantasía con aquel sublime y complicado simbolismo, con aquella cristiana armonía, con las continuas reminiscencias de sucesos y personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento, de la historia eclesiástica y profana, de la mitología y de los clásicos, con extrañas sutilezas, distinciones y silogismos, y con públicas discusiones acerca de la gracia y el libre albedrío, la predestinacion y el valor de las obras.
El arte que á tales impulsos respondia era el arte popular por excelencia, el arte dramático, antiquísimo y glorioso en España. Vémosle nacer á la sombra del templo ó en el templo mismo, y su primer vagido es una representacion devota, el Misterio de los Reyes Magos, descubierto en un códice de la Biblioteca Toledana. En toda la Edad Media continúa en auge el teatro litúrgico, y aunque escaseen los monumentos escritos, acreditan la existencia de tales representaciones los registros de los cabildos y los libros de cuentas de las catedrales, juntamente con las leyes que, al discernir las representaciones que los clérigos pueden hacer y aquellas otras de que deben abstenerse, acreditan que al lado del drama religioso comenzaba á surgir otro profano y satírico, los juegos de escarnio, de que ya se habian valido en mengua y depresion del estado eclesiástico, y como fácil vehículo para la propaganda de sus heréticas doctrinas, los Albigenses de Leon: de lo cual bien amargamente se queja el Tudense. Con los albores del Renacimiento asoma la imitacion de las formas y de los asuntos clásicos, primero en Cataluña, luégo en Castilla. Ciérrase la Edad Media con un monumento singular y admirable, en que la verdad humana, así en lo trágico y apasionado como en lo cómico y groseramente realista, se ostenta con tal vigor y crudeza y con tal variedad de tonos y con tan estupendo poder característico, que en vano fuera buscar otro mayor ejemplo ántes de Shakespeare. Pero la incomparable Celestina, espejo de lengua castellana, no influyó, en parte por su perfeccion misma, en parte por sus condiciones de obra irrepresentable, tan directamente como hubiera podido creerse, en los progresos del teatro; dado que no bastan maravillas aisladas para invertir el órden natural y graduado desarrollo de una literatura. Así es que nuestra dramática, áun despues de aquel gigantesco esfuerzo, continuó balbuciendo pastoriles coloquios en las Églogas de Juan del Encina, y sólo por intervalos alcanzó en Lúcas Fernandez (insigne en la pintura de costumbres villanescas ó en donaires de ermitaños y santeros) la enérgica inspiracion y el delicado sentimiento que abrillantan algunas escenas del Auto de la Pasion. Más variedad y riqueza hay en Gil Vicente, que alguna vez, en sus obras portuguesas, v. gr., en la Farsa de Inés Pereira, presentó verdaderos esbozos de comedia de carácter, y que ensayó además el drama novelesco con asuntos tomados de los libros de caballerías. Dieron alimento y estímulo los dramáticos italianos al extremeño Torres Naharro, verdadero padre de la comedia de capa y espada en la Himenea y en la Serafina, facilísimo dialoguista en la Tinelaria y en la Soldadesca, que sin argumento propiamente dicho, y siendo rosarios de escenas sueltas, empeñan sabrosamente la atencion: tal es el desenfado, movimiento y sal mordicante de algunos pedazos. Siguen con ménos talento las huellas de Torres Naharro, Jaime de Huete y otros muchos, á la vez que se multiplican las imitaciones de la Celestina, todas inferiores á su modelo. El teatro religioso se seculariza hasta cierto punto, y sale del templo á la plaza: sus creaciones eclipsan á las del naciente teatro profano: nada más delicado que la Representacion del encuentro de Jesus con los discípulos que iban al castillo de Emaus, compuesta por Pedro Altamirando: nada más delicado que el Auto de las Donas, el de la Oveja perdida y el de los Desposorios de Cristo. Ni valen ménos las representaciones de Sebastian de Horozco, y la Obra del Pecador de Bartolomé Aparicio. En aquella mezcla y confusion de elementos, que luégo habian de armonizarse en el genuino teatro español, unos se inclinan á la imitacion de la tragedia clásica, otros refunden comedias italianas, aderezándolas con pasos é intermedios jocosos de propia invencion y de costumbres nacionales, en cuyos arreglos fueron insignes Lope de Rueda y Juan de Timoneda: otros, los ménos, buscan con poderoso instinto naturalista una forma de tragedia moderna, áun tratando asuntos de la historia ó de la Biblia. Así llegó Micael de Carvajal, en algunos pedazos de la Tragedia Josephina, á la expresion verdadera y sencilla de los afectos, sin menoscabo de la elevacion poética. Todo se habia ensayado en esta primera época de nuestro teatro, si hemos de creer al Sr. Cañete, que la ha investigado y que la conoce como nadie. «Desde la tragedia al entremes, pasando por los diferentes matices de la comedia, moral, política, urbana; desde la ideal personificacion de vicios y virtudes hasta el retrato de figuras tocadas del más grosero realismo.» Como embrion informe del drama de Lope pueden considerarse los abigarrados é incoherentes ensayos de Juan de la Cueva y de Cristóbal de Virués, donde se mezclan en modo confuso resabios clásicos (como los que inspiran la tragedia de Ayax de Telamon y la de Elisa Dido), reminiscencias italianas, novelería desenfrenada y atisbos de comedia nacional. Más que ninguno de ellos se levantó el divino ingenio de Miguel de Cervántes en aquella su ruda Numancia, tan épica en medio de su desaliño, y tal, que retrae á la memoria la férrea poesía del viejo Esquilo en Los siete sobre Tébas.
Al fin vino Lope de Vega, precedido ó ayudado por los poetas valencianos, y se alzó con el cetro de la monarquía cómica. Ingenio más lozano y fácil no le han visto los siglos; más fecundo creador de argumentos y de situaciones dramáticas, tampoco: en la pintura del amor y de los caracteres femeninos vence á todos los nuestros: cuando quiere, llega á lo trágico y á lo patético: en lo cómico sólo le excede Tirso: amenas, discretas y fáciles de leer son siempre sus comedias, cuya variedad de tonos aún asombra y maravilla más que su número. No sólo abrió el camino á todos los restantes, sino que lo probó, tanteó y recorrió en todas direcciones, dejando rastros de luz donde quiera, de tal suerte que apénas es posible descubrir en Moreto, en Calderon ó en Rojas forma, asunto, carácter, intriga ó recurso escénico que no tenga en alguna comedia de Lope su modelo, patron y fundamento. Lope lo invadió todo: la comedia italiana libre y desvergonzada; la pastoral al modo del Aminta ó de El Pastor Fido; la comedia de costumbres villanescas y populares sin falso bucolismo; la de costumbres áulicas; la de capa y espada; la de rufianes, pícaros y Celestinas; el drama histórico, el trágico, el religioso y simbólico; el mitológico; el caballeresco; el alegórico; el auto sacramental; el entremes. Con Lope ha sido injusta la fama más que con ninguno de nuestros dramáticos: pocos han tenido valor para internarse en su repertorio: á Lope le ha ahogado la inmensa balumba de sus obras. Muy de ligero se le ha declarado inferior á Calderon, sin reparar que aquel arte desordenado, hijo de la improvisacion, y en que los aciertos, con ser tantos, parecen casuales, está, por eso mismo, más exento de trabas y convenciones, y encierra un fondo de verdad humana y una generosa poesía áun no viciada ni enturbiada, sino en raras ocasiones, por el falso lirismo que ahoga, como planta parásita, las mejores concepciones de Calderon y de Rojas.
El drama español, tal como Lope le fijó y le trasmitió á sus sucesores, tiene ante todo carácter nacional y popular, y sin ir declaradamente en contra de los preceptos clásicos, prescinde de ellos, y se regula por los instintos y por el modo de sentir y de pensar del público que habia de oirle. Sus asuntos son todos los asuntos, pero vestidos y disfrazados á la castellana; su forma, la de una novela rápida y de mucho movimiento, más atenta al enredo que á los caracteres; sus fuentes de inspiracion, el sentimiento religioso, el orgullo nacional, el amor, el punto de honra; sus límites en cuanto á tiempo y lugar, ningunos; los accesorios líricos, frecuentes.
Pero ha sido error extremar las semejanzas entre nuestros dramáticos, hasta negar á cada uno sus condiciones propias y geniales. Sobre todos se levanta Tirso, el primero á toda ley de los nuestros en lo cómico, el primero tambien en la creacion de caracteres, uno de los cuales, D. Juan, logra vida tan universal y duradera como los héroes de Shakespeare, y ha dejado en el mundo más larga progenie que ninguno de ellos. Añádase á todo esto la soberana idea de El condenado por desconfiado (joya de nuestro teatro teológico), el hermosísimo carácter de Doña María de Molina en La prudencia en la mujer, crónica dramática superior á cualquiera de las de Shakespeare; los rasgos de estupenda poesía histórica y fantástica que abrillantan el Infanzon de Illescas, y finalmente aquel sinnúmero de comedias palacianas de tan hechicero y maligno discreteo, y de comedias villanescas tan primaverales y desenfadadas... ¿Quién dudará en conceder á Tirso la palma del arte entre los nuestros, y despues de él á Alarcon, maestro de la comedia terenciana, ménos pedagógico y ménos seco que Molière? Ni fuera justo relegar á tanto olvido y declarar tan de ligero autores de segundo órden á Guillen de Castro, en cuyas Mocedades del Cid revivió el poderoso aliento épico de nuestros romances; á Mira de Amescua, gran imaginador de argumentos, que otros aprovecharon luégo, eximio versificador y á veces poeta de tan enérgica inspiracion como lo acredita El esclavo del demonio (hermano menor de El Condenado), y á Luis Velez de Guevara, de quien heredó Calderon el argumento y escenas enteras de La Niña de Gomez Arias.
Tal y tan floreciente era el estado de nuestro teatro cuando Calderon vino á apoderarse de él, como en otro tiempo Lope.
III.—Autos Sacramentales.
La primera y más numerosa seccion de las obras calderonianas abraza las representaciones eucarísticas en un acto, compuestas para ser representadas en la fiesta del Córpus. Este género españolísimo y singular se llama Auto sacramental.
Sus orígenes son oscuros: para indagarlos puede ver mi lector el prólogo de Pedroso al tomo de Autos, que compiló para la Biblioteca de Rivadeneyra. La fiesta del Córpus, aunque en muchas iglesias particulares se celebraba ántes, sólo en tiempo de Urbano IV (1263) fué extendida á la Iglesia universal. En España sabemos que la introdujo Berenguer de Palaciolo (que murió en 1314). Desde el principio, á todos los regocijos con que se celebraba esta festividad, verdaderamente de alegría, á todas las solemnidades religiosas, á las ceremonias litúrgicas, se añadieron ya ciertos gérmenes de representacion dramática, por lo ménos en algunas catedrales de la corona de Aragon. En Castilla hubieron de ser poco frecuentes tales espectáculos, puesto que nada dicen de ellos las leyes de Partida, que mencionan otras representaciones de la Natividad, de la Adoracion, etc. Ni los cánones del concilio de Aranda ni los del Hispalense, encaminados á atajar los abusos que empezaban á introducirse en el teatro lírico, hacen memoria de los autos del Córpus; de donde hemos de inferir que si hubo (como parece verosímil) representaciones en tal dia, debieron de tener poca relacion, á lo ménos directa, con el misterio que se celebraba. Y así como en Gerona solian representarse en tal dia el sacrificio de Isaac, la venta de José y otras historias del Antiguo Testamento; así en Portugal la primera obra de que con certeza sepamos haber sido destinada á una funcion sacramental, el Auto de San Martinho de Gil Vicente, no contiene otra cosa que la sabida leyenda de la capa de San Martin.
En el siglo XVI, las representaciones eucarísticas, como todo género de drama sagrado, se secularizan hasta cierto punto, saliendo del templo á la plaza pública, y de manos de actores clérigos á las de histriones pagados y alquilados. Ni ha de verse en tan grave transformacion indicio alguno de entibiamiento de las creencias, puesto que nunca fueron más enérgicas ni nunca estalló con más violencia la protesta española contra la herejía, sino que la devocion se hizo en sus formas más grave y solemne, y desterró del templo (para no dar asidero á las detracciones de los luteranos) muchos de aquellos antiguos y candorosos regocijos, sin que por eso fueran ménos católicos ni de ménos provechoso ejemplo y enseñanza los nuevos autos que los antiguos.
El teatro religioso del siglo XVI, en cualquiera de sus formas, suele valer más que el teatro profano, y no fuera difícil empresa entresacar del grueso volúmen de autos viejos de la Biblioteca Nacional obras de tan grato perfume de sencillez y sentimiento como el auto de Las Donas, ó tan ingeniosos como el de la Residencia del hombre. Y nunca fué tan poeta Juan de Timoneda (aunque casi siempre refundiendo y aprovechando obras anteriores) como en la Oveja Perdida y en los Desposorios de Cristo. La accion dramática en estos primeros ensayos es sencillísima, por no decir nula: la ciencia teológica de los autores, en general muy escasa, aunque su fe los salva, y rara vez tropiezan: la poesía lírica no es tan rica y pródiga como en los de Valdivielso y Calderon, y vano fuera buscar en Timoneda ó en el tundidor Juan de Pedrosa las encumbradas síntesis y la armonía condensadora de los autos del último período. Pero en esas primeras y modestas flores de nuestra dramática halagan suavemente el ánimo ingenuos y no aprendidos acentos de ternura y de verdad humana, que compensan la pobreza y tosquedad del artificio.
Lope se enseñoreó de este género como de los restantes, y derramó en él tesoros de fantasía. Véanse sobre todo el Auto de la siega y el de los Cantares. Siguiéronle con igual fortuna Tirso y Valdivielso, facílisimo aunque desigual poeta este último, y verdadero cantor del cielo, puesto que nunca dedicó su pluma más que á asuntos sagrados, así en lo dramático como en lo épico y lírico.
Pero el auto tipo, la perfeccion del género, sólo se halla en las obras calderonianas. Ya no es posible tratar de ellas con el intolerante menosprecio que afectó la crítica del siglo pasado. Téngaselos en buen hora por una excepcion estética, por un teatro singular entre todos los del mundo; pero si el género hubiera sido tan radicalmente absurdo como le declararon sus censores, ¿se concibe que obtuviera aquel grado de popularidad (superior al de toda composicion profana), siendo, como era, por su índole misma un teatro teológico y didáctico, desprovisto de cuantos recursos pueden interesar en la escena? Algo de esta popularidad de los autos puede atribuirse al aparato y á la tramoya, á la mayor ostentacion del arte histriónico, á las apariencias, pompas y carros. Pero por mucho que concedamos al placer de los ojos y por muy buena fe que en los espectadores supongamos para deslumbrarse con tan rudos medios de producir ilusion, ¿qué auditorio del mundo, á no ser el de España en el siglo XVII, preparado á ello por una educacion escolástica y teológica, que tanto habia penetrado en las costumbres y en la vida, hubiera escuchado, no ya con entusiasmo sino con paciencia, un poema dialogado, sin accion, ni movimiento, ni pasiones humanas, en que eran interlocutores la Fe y la Esperanza, el Ingenio humano y el Albedrío, la Sinagoga y el Gentilismo, el Agua, el Aire y el Fuego y otros de la misma especie, y donde todo el interes se concentraba en los misterios de la Trinidad y de la Encarnacion y en el dogma de la presencia sacramental?
Semejante drama teológico no tiene igual ni parecido en ningun teatro. Apénas se le pueden encontrar remotas semejanzas con el Prometeo encadenado, donde Esquilo simbolizó, no (como se ha dicho) las luchas y dolores de la humanidad, sino la derrota de los dioses de estirpe titánica por otros dioses nuevos.
Ajeno de este lugar sería discutir, con ocasion de los Autos sacramentales, si en el arte tienen cabida lo sobrenatural y lo invisible, así como las abstracciones, las personificaciones, las ideas puras, las virtudes y los vicios. Si la belleza, áun en el sentido de la Estética hegeliana, es la manifestacion sensible y el resplandor de la idea en la forma, claro es que no puede limitarse á lo humano, ni ménos á lo plástico y figurativo. No sólo la belleza física, sino la intelectual y la moral, pueden y deben entrar en la creacion artística. Claro que los conceptos intelectuales, las ideas puras no caben como tales ideas ni en su desarrollo dialéctico, pero sí en cuanto se revisten de forma sensible y adecuada al arte.
Pero ¿caben en la dramática? Me atrevo casi á decir que no. El drama, tal como ha sido entendido por todas las escuelas y ejecutado por todos los pueblos, vive de pasiones, de afectos y de caracteres humanos: no es más que la vida humana en accion. Un drama con personajes simbólicos ó abstractos es un verdadero tour de force, y engendra inevitable monotonía y frialdad. Así y todo, no me atrevo á condenar los Autos. Además de ser fruto natural del tiempo y tener cumplida justificacion histórica, en ellos derramaron nuestros poetas, sobre todo Calderon, no sólo tesoros de poesía lírica, sino verdaderos primores dramáticos, aunque accidentales y accesorios.
El auto sacramental exige, más que ninguna otra composicion dramática, exacta noticia é inteligencia de las condiciones materiales de su representacion. Yo no la daré, porque ya lo hizo Pedroso trazando un admirable cuadro de época; pero séame lícito decir que el drama eucarístico no se concibe aprisionado entre los bastidores de un teatro moderno, sino á la luz del sol, en medio del dia, en la Plaza Mayor ó en la Plaza de la Villa, ante aquel auditorio tan extraño y abigarrado, pero tan uno en creencias y afectos, que comprendia desde el Rey y los magnates y los Consejos hasta la ínfima plebe, con la escena ideal y fantástica de los carros, y con toda aquella pompa y lujo de estridentes armonías y colores. Acordémonos un poco de la tragedia griega, y otro poco de la ópera moderna, y algo de las representaciones italianas al aire libre, y mucho de las conclusiones de las escuelas: añadamos á todo esto la fe ardentísima de grandes y pequeños, y sólo así comprenderemos la grandeza de aquel extraordinario espectáculo.
Tema obligado de él era la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, pero no recuerdo obra alguna en que el acto de la institucion del Sacramento haya sido presentado en su forma directa é histórica. El mismo fervor de los poetas impedia aquella manera de profanacion. Necesario fué tratar el asunto de soslayo, y encerrarle en condiciones análogas á las del arte dramático. Escogitáronse para esto varios medios más ó ménos ingeniosos: al principio largos diálogos en que dos ó más personas discurren sobre la Sagrada Cena; luégo vidas de los santos más insignes por su especial devocion al Santísimo Sacramento. Lo primero no era dramático: lo segundo asimilaba los autos á cualquier otro género de comedias devotas y humanas, idénticas en su desarrollo á las comedias profanas.
Desechados por lo comun tales recursos, no quedaba otro que la alegoría, y á él acudieron nuestros poetas. Ora entraron á saco por las historias del Antiguo Testamento, en que todo es anuncio, sombra y prefiguracion de la Ley Nueva, como es de ver en los autos intitulados La Zarza de Moisés, La cena de Baltasar, La primer flor del Carmelo, El vellon de Gedeon, etc., en muchos de los cuales hay doble y áun triple alegoría; ora se aprovecharon de los ejemplos y parábolas del Evangelio; ora, y ya con más violencia, torcieron y aplicaron á su propósito hechos bien dispares de la historia antigua y moderna. Y no paró en esto la manía alegórica, sino que constreñidos los poetas por aquella especie de pié forzado, y por la necesidad de escribir anualmente dos ó más autos, hicieron, ó bien obras puramente abstractas, en que sólo por incidencia intervienen séres humanos, siendo todo lo restante del discurso entre los elementos, las ciencias, las virtudes, los atributos de Dios, los sentidos y las potencias del alma, personificadas; ó bien dramas mitológicos como el Divino Orfeo y el Sacro Parnaso, en que los dioses del Politeismo helénico venian á ser símbolo del mismo Redentor y á dar testimonio de los misterios de nuestra fe; ó bien sermones de circunstancias (al modo de los predicadores gerundianos) y donde todo el artificio dramático y la alegoría consiste ó en una cacería del Rey, ó en una informacion de limpieza de sangre, ó en unas conclusiones de universidad, ó en el tumulto de una posada ó de un hospital de locos; que de todas estas extravagancias y otras inauditas pueden hallarse muestras en Calderon ó en sus discípulos. A veces se parodiaban los títulos, los argumentos y hasta escenas y versos de las comedias más en boga, no de otra manera que el maestro Valdivielso daba á sus ensaladillas y chanzonetas al Santísimo Sacramento el tono y la música de las canciones picarescas que más andaban en boca de las gentes.
Hay, pues, en Calderon un simbolismo, ya sublime, ya pueril, pero enderezado todo por sano y cristianísimo intento á la magnificacion y loor del Verdadero Dios Pan (título de un auto). Este simbolismo lo abraza todo, hasta las fábulas de la gentilidad, donde nuestro poeta descubre siempre huellas y vestigios alterados de la tradicion primitiva y un como anuncio y preparacion evangélica, llegando á poner en cotejo los libros teogónicos de los antiguos con la narracion del Génesis.
La riqueza lírica es grande en los Autos. Exórnanlos trozos traducidos ó imitados de las Escrituras, paráfrasis de himnos y fragmentos del rezo eclesiástico. El diálogo, ya de suyo frio y monótono por las condiciones del género, suele además estar deslustrado por las formas secas del razonamiento silogístico. Así y todo, puede decirse que Calderon en ninguna de sus obras dió tan brillantes muestras de poeta lírico como en los Autos, á pesar de las antítesis, frases simétricas, metáforas descomunales y vano lujo de palabrería bombástica y altisonante. ¿Y quién le negará el lauro de gran poeta, cuando en medio de esas dobles y triples alegorías, confusa y abigarrada mezcla de teología, de historia y de mitología, acierte á descubrir la raíz de ese maravilloso simbolismo, que de un modo más ó ménos claro y poético abraza y expone las relaciones de Dios con la naturaleza, las del cuerpo con el espíritu, las de los sentidos con las potencias del alma?
En la imposibilidad de conceder demasiado espacio á los Autos sacramentales, hemos incluido en esta coleccion tres de los que tenemos por mejores: La vida es sueño, donde, además de estar contenido en cifra y de un modo abstracto el pensamiento del más celebrado drama del poeta, es de admirar el vigor de condensacion con que el autor recorre la historia humana, desde el Fiat creador hasta la caida del hombre, y desde ésta hasta su Regeneracion, con símbolos más transparentes y de mejor ley estética que los que usa en otros autos: La cena de Baltasar, como muestra de los autos más dramáticos y en que mejor se acomodan al fin y propósito del teatro sacramental las historias del Antiguo Testamento, sin salir enteramente de las condiciones dramáticas ordinarias, realzándolo todo hermosos trozos de poesía lírica, v. gr., las primeras y las últimas octavas en agudos, tan famosas y conocidas: y finalmente A Dios por razon de Estado, como ejemplo de los autos en que predominan los conceptos puros y las discusiones teológicas.
IV.—Dramas religiosos.
Género es este tan rico en nuestra literatura como el de los Autos sacramentales. Incluyo en este segundo miembro de la clasificacion, no sólo las comedias llamadas devotas de santos ó á lo divino, sino las que versan sobre asuntos del Antiguo Testamento.
Algunas de las obras piadosas de Calderon se han perdido: así, v. gr., La Vírgen de la Almudena, La Vírgen de los Remedios, El carro del cielo y El Triunfo de la Cruz, dado caso que sea obra distinta de La Exaltacion. Tampoco parece el San Francisco de Borja, aunque pueden hallarse felices reminiscencias de ella en El Fénix de España del jesuita Diego Calleja.
Descartadas éstas y alguna otra que tampoco ha llegado á nuestros dias, quedan unas quince, muy diversas en asunto y en mérito. De gran parte de ellas puede prescindirse sin menoscabo de la gloria del poeta. Sobre historias de la ley antigua versan Los cabellos de Absalon (mera refundicion, con un acto entero igual, de La venganza de Tamar, valentísima tragedia del maestro Tirso de Molina, siquiera la deslustre lo repugnante de algunas situaciones); La Sibila del Oriente, refundicion de un auto sacramental, El árbol del mejor fruto, y obra de las peor escritas é imaginadas de Calderon, llena de absurdos geográficos é históricos, como hablar Joab de las cuatro partes del mundo y de los enemigos que habia derrotado junto al Danubio; y Júdas Macabeo, donde se hace uso de pólvora y arcabuces. Las cadenas del demonio es la evangelizacion de Armenia por San Bartolomé, y La Aurora en Copacabana la aparicion de una imágen de la Vírgen en el Perú: obras las dos de escaso mérito. De la Exaltacion de la Cruz sólo quedan en la memoria de las gentes tres hermosísimos versos en que el autor llama al sagrado madero de la cruz:
Iris de paz, que se puso
Entre las iras del cielo
Y los delitos del mundo,
versos que por sí solos, y prescindiendo de la paranomasia de Iris é iras, valen tanto como un largo poema. La Vírgen del Sagrario es una crónica dramática que dura siglos y enlaza toda la historia de España con el orígen, pérdida y restauracion de una imágen: son de notar en ella algunas escenas episódicas, como el bizarrísimo desafío entre el montañes y el muzárabe sobre la admision del rito romano.
Descartadas estas obras, quedan aún seis de Calderon, pertenecientes al género devoto. Tres de ellas forman un grupo y tienen cierta unidad de pensamiento, y áun escenas muy semejantes: El José de las mujeres, Los dos amantes del cielo y El Mágico prodigioso. En las tres los protagonistas son catecúmenos, y en las tres empiezan á salir de las tinieblas del paganismo por medio de la lectura de algun texto sagrado ó profano: el de Plinio en El Mágico, el principio del Evangelio de San Juan en Los dos amantes del cielo, y un lugar de la Epístola á los corintios en El José de las mujeres. En las tres combaten los protagonistas, ayudados por la divina gracia, contra los halagos del amor profano y contra todas las artes diabólicas, puestas en juego por el mismo príncipe de los abismos, que es personaje muy principal en ellas. Y en las tres, finalmente, reciben victoriosos la palma triunfal del martirio. Abundan en todos estos dramas, lo mismo que en los autos, las discusiones teológicas.
Pero aquí se detienen las semejanzas, porque el mérito de los tres dramas es muy desigual. El que ménos vale es El José de las mujeres, donde la heroína Eugenia, filósofa alejandrina (trasunto de Hipatia) acaba por convertirse al cristianismo y retirarse á las soledades de la Tebaida, de donde vuelve á Alejandría para derribar las estatuas que, creyéndola muerta, le habian sido levantadas durante su ausencia. El pensamiento capital de Los dos amantes del cielo (obra bastante conocida en Alemania por una traduccion de Schack) merece no escasa loa: una mujer que sólo quiere conceder su amor á quien haya muerto por ella, y que se hace cristiana movida por la consideracion del entrañable amor de un Dios que se hizo carne por los pecados del mundo; un catecúmeno cristiano que resiste y lucha contra todas las seducciones del arte y de los sentidos, y entabla una especie de duelo teológico con la mujer que adora, hasta convertirla. De todo esto podia haber resultado una accion interesante, y, sin embargo, no resulta más que una comedia de enredo con acompañamiento de teología y de sabrosos cuentos de un gracioso.
De El Mágico poco hay que decir, puesto que pasa universalmente por una de las obras maestras del poeta, y Rosenkranz llegó á compararle con el Fausto, aunque la semejanza se reduce á intervenir en ambas obras pacto diabólico por alcanzar un sabio la posesion de una mujer. Y este es elemento vulgarísimo, no sólo de la leyenda de Fausto y de la de El Mágico, sino de la de Teófilo y otras infinitas.
Lo mejor de El Mágico son los datos fundamentales que Calderon tomó de las actas de San Cipriano de Antioquía, escritas en griego por Simeon Metaphrastes, y traducidas al latin por Lipomano. En lo demas, pienso que la ejecucion es inferior á la grandeza del pensamiento y á la severa teología de las primeras escenas. Cuando no hablan Cipriano y el Demonio, El Mágico (aunque la accion pase en Antioquía y en los primeros siglos de nuestra era) es una de tantas comedias de capa y espada, con dos galanes celosos, y chistes de criados, y cuchilladas y escondites. Los caracteres son débiles: el demonio tiene mucho de ergotista y de leguleyo, y algo de prestidigitador hábil en escamoteos. Justina es tipo vulgar y pálido, hasta que llega la escena admirable en que el tentador agota sus recursos para infundir en ella el ánsia del placer, y acaba por confesar su derrota, exclamando:
Venciste, mujer, venciste
Con no dejarte vencer.
En esta escena y en la que sigue á la aparicion del esqueleto está el verdadero drama. Lo demas es un embrollo amoroso, que oscurece y rebaja la alta concepcion de esta obra, en que el autor se propuso mostrar cómo la especulacion racional es preparacion para la fe, y cómo el libre albedrío ayudado por la gracia triunfa de todas las sugestiones diabólicas.
La Devocion de la Cruz y El Purgatorio de San Patricio tienen entre sí bastante analogía. El Eusebio de la primera y el Ludovico Enio pertenecen á una galería muy rica en nuestro teatro: la de bandoleros y facinerosos, que jamás pierden la fe y llegan á convertirse á la hora de la muerte. Así, el Enrico de El condenado por desconfiado, el Leonido de la Fianza satisfecha y el D. Gil de El esclavo del demonio. Se ha tachado á estos dramas de anticristianos y de mal ejemplo: hasta se les ha querido encontrar parentesco con la doctrina luterana de la fe que justifica sin las obras. Error indisculpable que demuestra mala fe ó poca lectura, pues ninguno de estos criminales se salva por la fe sola, sino por verdadero y sincerísimo arrepentimiento de sus culpas, acompañado de firme propósito de la enmienda, y ninguno de ellos trata de disculpar sus pecados atenuando los fueros del libre albedrío. Fuera de que alguno de ellos, v. gr., Ludovico, hace áun en esta vida asperísima penitencia. La doctrina es enteramente católica: lo heterodoxo, á la vez que irracional y de mal ejemplo, sería que tales delincuentes, sinceramente arrepentidos, no hallasen perdon ni misericordia. ¡Cuán horrible y desesperado drama resultaria!
El Purgatorio de San Patricio está fundado en la vulgarísima leyenda de aquella cueva ó necromanteion irlandes, tal como la habia popularizado en España el doctor Juan Perez de Montalban. Aunque obra irregular y desconcertada, encierra el drama calderoniano primores de buena ley: trozos de vigor dantesco en la pintura de las regiones infernales, y algunos rasgos felices en el carácter de Ludovico, que el autor ha echado á perder, sin embargo, hasta hacer de él un monstruo casi increible de perversidad. La grandeza de los personajes áun en lo malo no se logra sumando enormidades, las cuales son en el carácter una falsedad equivalente al énfasis y á la hipérbole en la expresion. Yago será siempre más negro y odioso que todos los malvados de melodrama, sin necesidad de haber cometido ningun incesto ni parricidio.
La devocion de la Cruz es interesantísima leyenda, y como obra de las mocedades de Calderon, está escrita con más frescura y sencillez y con ménos afectacion que otras obras de su edad madura. Los caracteres de Eusebio y del viejo Lisardo son buenos, sin ser de primer órden. Julia no es carácter, y el mayor defecto que yo encuentro á la obra es la súbita transformacion de aquella monja en mujer facinerosa y bandolera. Que Julia por amor de Eusebio huya del convento y corra á los brazos de su amante, entra en la verosimilitud dramática; pero que una doncella tímida y recatada que áun despues de haber saltado las tapias del monasterio, siente impulsos de volver á él, cometa inmediatamente, y sin necesidad ni explicacion alguna, tantos homicidios y atropellos, no es humano, ni racional, ni interesante. Algunas escenas de este drama estan admirablemente concebidas: así, v. gr., el diálogo de Julia y Eusebio junto al cadáver del hijo de Lisardo.
Superior á todos los dramas religiosos de Calderon me parece El Príncipe constante, donde el autor ha logrado hacer interesante en la escena á un varon justo, integérrimo, dechado de santidad y perfeccion. Sabido es que los piadosos Eneas y Godofredos son personajes de poco juego en el teatro, que vive de la lucha de pasiones y de afectos. Con todo eso, el infante mártir de Portugal, Don Fernando, resulta interesante y simpático, además de admirable. El autor ha hecho de él una especie de Régulo cristiano, mucho más heroico que el de Roma, porque no le mueve sólo el amor patrio ni la palabra empeñada, sino el sentimiento religioso aterrado ante la idea de ver convertidos en mezquitas los templos de Cristo.
—¿Por qué no me das á Ceuta?
—Porque es de Dios y no es mia.
Esta sublime expresion da por sí sola el espíritu del drama. Y Don Fernando llega á interesar porque, aunque perfecto é invencible, es hombre al cabo, y se lamenta de la desnudez y del frio y del hambre, que reciamente combaten su enérgica determinacion.
Contra lo que suele pasar en Calderon, los personajes episódicos no estorban, y el bizarro tipo de Muley y sus amores con la hermosa Fénix contribuyen á dar apacible variedad y colorido al drama, y á hacerle más humano. Hay en él trozos líricos de los mejores de Calderon, sobre todo la escena en que admirablemente se glosa aquel romance de Góngora:
Entre los sueltos caballos
De los vencidos Zenétes,
cuyo efecto debia ser portentoso en un público que le sabía de memoria y que le acompañaba en coro: y el hermosísimo soneto:
Estas que fueron pompa y alegría,
uno de los pocos sonetos nuestros del buen tiempo en que los tercetos no decaen de la entonacion de los cuartetos, y uno de los pocos tambien en que la idea y la forma corren parejas y se compenetran fácil y armoniosamente.
V.—Comedias filosóficas.
Son las mismas que D. Alberto Lista llamó ideales, incluyendo malamente entre ellas algunas como Saber del mal y del bien, Gustos y disgustos son no más que imaginacion, cuya filosofía se reduce á las vulgarísimas máximas de su título, siendo por lo demas comedias de enredo ó comedias palacianas semejantes á tantas otras. Por consiguiente (salvo mejor parecer) creo que sólo dos obras calderonianas deben incluirse en este grupo: En esta vida todo es verdad y todo es mentira, y La vida es sueño.
Goza la primera de cierta celebridad en Europa desde los tiempos de Voltaire que descubrió en ella el original del Heraclio, de Corneille: lo cual han negado luégo Viguier y Philarète Chasles, promoviendo una embrollada cuestion de originalidad. Pero aunque sea cierto que de la comedia En esta vida todo es verdad y todo es mentira no descubrió Hartzenbusch edicion anterior á 1664, miéntras que el Heraclio aparece impreso en 1647, tambien lo es:
1.º Que Calderon no sabía frances, como lo prueban ciertos personajes grotescos de sus entremeses, á quienes pretende hacer hablar en aquella lengua.
2.º Que la historia literaria presenta cien casos de imitaciones de obras españolas por dramáticos franceses del siglo XVII (testigos El Cid, El Mentiroso y muchos más), y un solo caso de imitacion francesa en España, y es El Honrador de su padre, de Diamante.
3.º Que se han perdido casi todas las ediciones príncipes de nuestras comedias, ya sueltas, ya en tomos de varios. Y áun suponiendo que En esta vida... no se imprimiera hasta 1664, pudo llegar á Francia manuscrita, como otras comedias nuestras que actores españoles representaron allí, y cuyos manuscritos se conservan.
4.º Que el verdadero original de la comedia de Calderon es La rueda de la fortuna, de Mira de Amescua, impresa desde 1616.
Esto sin otros argumentos más menudos, que ya esforzó el Sr. Hartzenbusch.
Lo que Corneille tomó del drama de Calderon es la excelente situacion trágica del primer acto, en que Heraclio y Leonido se disputan la gloria de ser hijos del muerto emperador Mauricio, y el viejo Astolfo que los habia criado se niega á revelar cuál de los dos es hijo del tirano y cuál lo es de su enemigo. Todo el primer acto de En esta vida es (fuera de algunas manchas de diccion) una exposicion admirable. Desde el segundo acto, la obra degenera en comedia de magia, confusa y embrollada, y hecha más para prestigio de los ojos que para solaz del entendimiento.
La vida es sueño pasa por la obra maestra del poeta, y lo es sin duda, si se atiende al vigor de la concepcion. No hay pensamiento tan grande en ningun teatro del mundo. No sólo una sino várias tésis están allí revestidas de forma dramática: primera, el poder del libre albedrío que vence al influjo de las estrellas; segunda, la vanidad de las pompas y grandezas humanas, y cierta manera de escepticismo en cuanto á los fenómenos y apariencias sensibles; tercera, la victoria de la razon, iluminada por el desengaño, sobre las pasiones desencadenadas y los apetitos feroces del hombre en su estado natural y salvaje. La vida es sueño es cifra de la historia humana en general, y de la de cada uno de los hombres en particular. Segismundo es lo que debia ser, dado el propósito del autor, no un carácter, sino un símbolo. No es escéptico como Hamlet: la tésis escéptica no es aquí más que provisional, y cede ante una tésis dogmática más alta. La razon doma á la concupiscencia; la fe aclara y resuelve el enigma de la vida humana. El Segismundo bárbaro de la primera jornada reprime (un poco deprisa, es verdad, pero ya se sabe que el desarrollo artístico en Calderon peca de atropellado) su fiera y brava condicion, hasta convertirse en el héroe cristiano de la tercera jornada. El mismo autor nos dió la clave del simbolismo en un auto titulado tambien La vida es sueño, donde se generaliza y toma carácter universal y abstracto la accion de la comedia. El protagonista es el hombre que con su libre albedrío despeña al entendimiento, y cae en el pecado original, regenerándose luégo por los méritos de la sangre de Cristo y por el valor de sus propias obras ayudadas por la divina gracia.
El gérmen de la comedia, es decir, el sueño de Segismundo, está en un cuento muy sabido de Las mil y una noches, pero sin alcance ni significacion trascendente de ningun género. Todas las bellezas de la obra de Calderon le pertenecen á él sólo. ¿A qué apuntar los pocos lunares que la afean? Sobran sin duda las aventuras de la doncella andante que va á Polonia á vengarse de un agravio; y no son modelo de diccion las famosas décimas, aunque lo sean algunos de los monólogos de Segismundo.
VI.—Dramas trágicos.
Seccion riquísima en las obras de nuestro poeta, y la más abundante en joyas de alto precio.
Prescindamos de La niña de Gomez Arias, cuyo argumento es más propio de la novela, donde todo cabe, hasta las aberraciones morales y los casos patológicos, que del drama, en que siempre será repugnante espectáculo el de un galan que por vil interes vende su dama á los musulmanes. Además, esta obra es refundicion de otra de Luis Velez de Guevara, y Calderon ha aprovechado escenas enteras de la comedia primitiva.
El Alcalde de Zalamea no sólo es la obra más popular de Calderon entre españoles, sino la más perfecta y artística de todas las suyas. Pueden encontrársela analogías con ciertas obras de Lope, verbi gracia, El mejor Alcalde el Rey, Fuente Ovejuna, Peribáñez y el Comendador de Ocaña, pero sólo á Calderon pertenecen el desarrollo y los caracteres, que al reves de lo que sucede en otras obras suyas, son vivos, personales, enérgicos y hasta ricos y complejos, dignos del mismo Shakespeare. Y esto se diga no sólo del singularísimo D. Lope de Figueroa (que más que tipo de fantasía, es valentísimo retrato), caudillo viejo, jurador, impaciente y colérico, lleno de preocupaciones militares, y á la vez noble, generoso, recto, caballero y hasta afectuoso; no sólo del alcalde labrador Pedro Crespo, en quien se aunan por arte maravilloso el sentimiento de la justicia y el sentimiento vindicativo de la propia ofensa, sino hasta de los personajes más secundarios, de los villanos, soldados y vivanderas, de Rebolledo y la Chispa. La vida y la animacion corren á torrentes en este drama, donde hay hasta despilfarro de poder característico. Y junto con ésto la expresion suele ser sencilla, natural y única, de tal suerte que el drama llegaria á los últimos lindes de la perfeccion, si no fuera por aquella malhadada escena del bosque. ¿Pero quién no olvida tan leve mácula, cuando ve á Pedro Crespo en la escena más admirable que trazó Calderon, deponer la vara, y postrarse á los piés del capitan, demandándole la reparacion de su honor, y cuando ve perdida toda esperanza de concordia, levantarse como justicia y prenderle y agarrotarle, confundiendo en uno el desagravio de la ley moral y el desagravio de su sangre?
Rasgos trágicos de primer órden brillan en Amar despues de la muerte ó El Tuzaní de la Alpujarra, cuyo argumento está tomado de las Guerras civiles de Granada, de Ginés Perez de Hita. Interrogacion digna de Shakespeare es la del Tuzaní cuando exclama, al oir jactarse de su infame accion al asesino de Clara: «¿Fué como ésta la puñalada?» Y todo su carácter, vengativo, celoso, reconcentrado y profundo, es de purísima estirpe africana, y de sombría y vehemente inspiracion. Como se trata de un asunto histórico casi contemporáneo, es grande el color local, sobre todo en las escenas de la rebelion de los moriscos.
Nada ménos que cuatro dramas de Calderon versan sobre la pasion de los celos, quizá la más dramática de todas y la más rica en contrastes, agitaciones, antinomias y luchas. Calderon la ha descrito en su máximo grado de exaltacion: no la ha analizado pacientemente y fibra á fibra, y sin duda por eso quedan sus celosos inferiores á Otelo, y la misma pasion resulta ó idealizada hasta el delirio como en el Tetrarca, ó subordinada á rencores como en don Juan de Roca, ó á móviles de honra como en don Gutierre de Solís: nunca tan humana como en el moro de Venecia, en quien despues de todo no son los celos más que exaltacion y quinta esencia del amor.
«Quisiera estarla matando nueve años seguidos. ¡Qué divina mujer!...» Estas frases apasionadísimas que abundan en Shakespeare, jamás se le escapan á Calderon. Sus maridos matan friamente, y porque así lo exigen el honor y las conveniencias sociales, cuya injusticia deploran con amargura:
El legislador tirano
Que puso en ajena mano
Mi opinion, y no en la mia.
Vano fuera establecer cotejo entre tan correctos esclavos de la opinion, y un bárbaro como Otelo, todo carne y sangre y hervor de pasion, y por eso mismo humano, admirable y eterno.
Hay cierta gradacion en los cuatro dramas calderonianos. D. Juan de Roca, el pintor de su deshonra, se venga del adulterio consumado: D. Lope de Almeida toma secreta venganza del secreto propósito del agravio consentido: D. Gutierre Alfonso de Solís (encarnacion la más completa del sentimiento del honor en lo que tiene de irracional y falso) no venga agravio ninguno, pero quiere evitar hasta la sombra y la posibilidad de él, por el sangriento medio de la incision en las venas de su mujer: el Tetrarca, finalmente, no se venga de nada, sino que inmola á la desdichada Mariene por egoismo y para evitar que otro, despues de la muerte de él, la posea. Y sin embargo, el Tetrarca es de todos ellos el único verdaderamente apasionado. Y áun puede decirse que sus celos tienen más noble raíz y fundamento que los de Otelo; pero tanto extremó el autor la nota idealista, que el Tetrarca llega á parecer un energúmeno, fuera de todas las condiciones de la vida humana. Así y todo, es gran carácter, y tiene el drama accidentes bellísimos, como aquello de las arrastradas pompas; pero siempre daremos la preferencia al Médico de su honra, como trasunto de un modo de pensar social que era dramático, aunque tuviese una punta de falsedad.
VII.—Comedias de capa y espada.
Son comedias de costumbres del tiempo, lozanas y vivideras, como todo lo que arranca de las entrañas de la realidad. No constituyen la porcion más trascendental de las obras de Calderon, pero sí la más amena y la que más intacta ha conservado su fama, en medio de todos los cambios de gusto. Hoy mismo son las obras suyas que con más deleite vemos en las tablas. Son tambien las escritas con más llaneza, y las más libres de culteranismo, aunque no de discreteos y sutilezas, que el autor reprodujo, porque estaban en la conversacion del tiempo, y que á veces se perdonan por lo ingeniosos y bizarros y por ser un rasgo característico de la época, hijo de condiciones nativas del ingenio español.
Respírase en todas estas obras delicado perfume de honor y galantería. Todas se parecen, y todas son diferentes, sin embargo. Dan materia á la fábula amores y celos. La casualidad enreda y rige la trama. Los personajes inexcusables son un galan jóven, valiente, discreto, pundonoroso y de noble estirpe (el cual suele haber militado en Flándes ó en Italia); una dama tan noble y discreta como él, y además portento de hermosura, casi siempre huérfana de madre, y sometida á un padre, hermano ó tutor, más altiva que enamorada, algo soberbia de condicion y no poco violenta y arrojada; otra pareja de galan y dama que tiene, con ménos brillo, las mismas condiciones; un padre ó hermano, y á veces dos, muy caballeros y muy guardadores de la honra de su casa, y á la vez coléricos, impacientes y fáciles á la ira; un criado que lo anima todo con sus chistes y aconseja ó ayuda á su amo en la arriesgada á empresa. El amor que anda en juego es siempre amor lícito y honesto, entre personas libres, y encaminado á matrimonio. Para estorbar tan feliz resultado suelen atravesarse dos géneros de obstáculos, unos casuales é imprevistos, otros morales, que generalmente nacen de los celos del otro amante ó de la otra dama. El amante sospecha de la fidelidad de la dama ó ésta de la suya: comienzan los celos y las quejas: interviene á deshora en la plática el padre, el hermano ó el otro galan: embózase nuestro héroe y los resiste á todos, alborotando la calle: huye la dama despavorida y tapada á casa de una amiga ó á la del mismo galan, que por de contado respeta escrupulosamente su honor: y así va enredándose la madeja entre escondites, cuchilladas, embozos y mantos, hasta que todo se aclara felizmente, y la doncella andante premia en santo vínculo los afanes de su caballero. Sobre todo este fondo un poco monótono añádase una portentosa variedad de invenciones secundarias, un poder para atar y conducir la intriga mayor que el que constituye la única gloria de Scribe y de tantos otros: póngase todo en versos fáciles y numerosos, con toda la gala y abundancia de la lengua castellana, y se tendrá idea de esas deliciosas comedias que se llaman Los empeños de un acaso, Mañanas de Abril y Mayo, La Dama Duende, El escondido y la tapada, Dar tiempo al tiempo, Casa con dos puertas, y tantas y tantas entre las que apénas se puede escoger, por que casi todas son oro de ley.
No ignoro los reparos que se han hecho y pueden hacerse á este género. En primer lugar, la monotonía y pobreza del fondo, aunque la variedad de incidentes la realce. Pero la vida de entónces era ménos vária y complicada que la nuestra, y además una gran parte de las relaciones sociales quedaban fuera de la jurisdiccion del poeta cómico, ya por loable respeto á la santidad del hogar, ya porque aquel arte buscaba por instinto lo que habia de noble, elevado y caballeresco en la vida real, y no lo que deshacía ó turbaba su armonía.
En segundo lugar, y con más fundamento, puede achacarse á la comedia calderoniana de enredo, escasa variedad de caracteres. Hase dicho que el don Pedro y la doña Leonor de una comedia en nada difieren del D. Juan y la doña María de otra, y que Calderon nunca vió ni acertó á reproducir más que un mundo encantado en que todos los galanes son celosos y valientes, todas las damas discretas y arriscadas, y todos los criados decidores y chistosos. No negaremos que esto sea verdad casi siempre (por la razon ántes apuntada), pero pueden traerse excepciones muy notables. Aparte de que la identidad de los graciosos (que no suelen ser lo mejor de Calderon), no es tanta como se pondera, hay variedad hasta en los tipos femeninos, en que tampoco llegó Calderon á la dulce ó apasionada ternura que acertó á poner en sus heroínas Lope de Vega. Caracteres son, ó á lo ménos esbozos de carácter, la dama culti-latini-parla de No hay burlas con el amor, la hermosa necia y la fea discreta de Cuál es mayor perfeccion, la mogigata y la coqueta de Guárdate del agua mansa, y la resuelta doña Angela de La Dama Duende, sin otras que ahora no acuden á mi memoria. Como carácter de galan trazó Calderon uno bellísimo en el D. Cárlos de No siempre lo peor es cierto, prototipo de pasion generosa, delicada y pura, como quien piensa y afirma
Que es hombre bajo, que es necio,
Es vil, es ruin, es infame
El que solamente atento
A lo irracional del gusto
Y á lo bruto del deseo,
Viendo perdido lo más
Se contenta con lo ménos.
Más grave pecado, y de este sí que no podemos absolver á Calderon, es el empleo uniforme de ciertos recursos cómodos, pero que tienen mucho de convencionales é inverosímiles. En nuestras comedias basta un embozo ó un manto para hacer que desconozcan á una persona hasta sus más familiares deudos y amigos. Las tapadas, los escondidos, las luces apagadas, las puertas falsas, las alacenas giratorias, agradan en una ó en dos comedias, pero repetidas hasta la saciedad, engendran hastío y denuncian falta de inventiva en el poeta. No merecen tanta censura los duelos y cuchilladas, que con ser tantos en sus comedias, áun eran muchos más en la vida real. Y en cuanto á las visitas de las damas en casa de sus galanes, desgracia es de nuestras actuales costumbres el que no podamos concebirlas sino como pecaminosas, pero tampoco es lícito dudar que á los contemporáneos les parecian verosímiles é inocentes.
Se parecen mucho á las comedias de capa y espada (y tanto que no vale la pena de hacer clase aparte, aunque la condicion de los protagonistas sea diversa) ciertas comedias palacianas de Calderon, como El secreto á voces, El encanto sin encanto, La banda y la flor, Con quien vengo, vengo, etc., etc., en que son príncipes y grandes señores, en vez de hidalgos de la clase media, los que andan envueltos en lances de amor y celos. Calderon no hizo nada en este género que pueda compararse con la profunda, sazonada y discreta ironía de Tirso en El vergonzoso en Palacio ó en El castigo del pensé qué.
VIII.—De otros géneros cultivados por Calderon.
Despues de maduro exámen no me he atrevido á incluir en esta coleccion ninguno de los dramas de espectáculo ó comedias de tramoya, en que Calderon fué fecundísimo. El poeta queda siempre en tales dramas subordinado al maquinista y al pintor escenógrafo, y no hace obras de arte mas que á medias. Quizá él se engañara hasta tener por las mejores suyas las que escribia para los aparatosos festejos de los Sitios Reales; pero la posteridad, más cuerda, las ha relegado al olvido. Hoy no tienen más interes que el histórico y el de algunos buenos versos acá y allá esparcidos y casi ahogados en un mar de enfática y culterana palabrería. Juzgar á Calderon por tales dramas sería evidente injusticia. Buscar en ellos pasion, interes, caracteres y color de las respectivas épocas, fuera necedad y desvarío. Baste consignar para recuerdo, que Calderon explotó grandemente los Metamorfoseos ovidianos, y puso en escena casi todas las fábulas de la antigüedad: los amores de Apolo y Climene, la caida del Hijo del Sol, Faeton, la Estatua de Prometeo, el Golfo de las Sirenas, las Fortunas de Andrómeda y Perseo, las aventuras de Hércules, Teseo y Jason, y la estancia de Aquíles en casa del rey Licomedes, disfrazada con el retumbante título de El monstruo de los jardines. Unicamente hemos abierto la mano en cuanto á dos breves zarzuelas, El laurel de Apolo y La púrpura de la rosa, que además de ser de las más antiguas muestras de su género, contienen, sobre todo la primera, hermosos rasgos de poesía lírica.
Por razones análogas hemos excluido á carga cerrada los dramas fundados en libros de caballerías, v. gr., Hado y Divisa, La Puente de Mantible, El castillo de Lindabrídis, El jardin de Fabrina; así como los dramas históricos, v. gr., El segundo Scipion, Las armas de la hermosura, La gran Cenobia, etc., en que innecesaria y caprichosamente está falseada la historia, no sólo en su esencia y en el carácter distintivo de las razas y de las civilizaciones, sino hasta en los datos externos más vulgares, hasta suponer, v. gr., que Coriolano toma las armas contra Roma por galantería y por impedir que se cumpla una ley suntuaria sobre los trajes de las mujeres. Mascarada semejante no la hay ni en la misma tragedia francesa.
Sólo dos de estos dramas, ambos de asunto cercano al poeta, merecen conservarse: La cisma de Ingalaterra, no sólo por rasgos tan valientes como aquel soberbio
Yo tengo de borrar cuanto tú escribas
pronunciado por la sombra de Ana Bolena, cuando el teólogo coronado, amante suyo, prepara la refutacion de Lutero, sino por la útil materia de comparacion que ofrece con el Enrique VIII de Shakespeare. El sitio de Breda, comedia soldadesca y de circunstancias, muy animada y llena de rumbo, tropel y boato, viene á ser el cuadro de Las lanzas puesto en verso; pero desgraciadamente lo que cabe y es hermoso en la pintura, no lo es en el teatro.
Resumamos: Calderon, sin ser en todo rigor de arte el primero de nuestros dramáticos, es el más profundo en las ideas, el de genio más comprensivo y alto, quizá el más grande en lo trágico, y de cierto en lo simbólico. Es además el poeta nacional por excelencia, español y católico hasta los tuétanos é idealizador mágico de los sentimientos caballerescos y de los más nobles impulsos de la raza. Si en los caracteres fué débil, quizá debamos atribuirlo á que no acertó á ver más que los lados simpáticos y nobles de la naturaleza humana. Lo que pierde en universalidad, lo gana en sabor castizo. Sus defectos son los del ingenio español; su grandeza se confunde con la de España, y no morirá sino con ella. ¡Privilegio singular y para envidiado! Pero aún hay otro más alto: el ser á un mismo tiempo poeta admirable de su raza y de su siglo, y poeta y maestro y delicias de la humanidad en todas las edades, como lo son Shakespeare y Cervántes.
M. Menéndez Pelayo.
DRAMAS RELIGIOSOS Y FILOSÓFICOS.
LA VIDA ES SUEÑO.
PERSONAS.
Basilio, rey de Polonia.
Segismundo, príncipe.
Astolfo, duque de Moscovia.
Clotaldo, viejo.
Clarin, gracioso.
Estrella, infanta.
Rosaura, dama.
Soldados.
Guardas.
Músicos.
Acompañamiento.
Criados.
Damas.
La escena es en la corte de Polonia, en una fortaleza poco distante y en el campo.
JORNADA PRIMERA.
A un lado monte fragoso y al otro una torre cuya planta baja sirve de prision á Segismundo. La puerta, que da frente al espectador, está entreabierta. La accion principia al anochecer.
ESCENA PRIMERA.
ROSAURA, CLARIN.
(Rosaura vestida de hombre aparece en lo alto de las peñas, y baja á lo llano; tras ella viene Clarin.)
Rosaura.
Hipogrifo violento
Que corriste parejas con el viento,
¿Dónde rayo sin llama,
Pájaro sin matiz, pez sin escama,
Y bruto sin instinto
Natural, al confuso laberinto
Destas desnudas peñas
Te desbocas, arrastras y despeñas?
Quédate en este monte,
Donde tengan los brutos su Faetonte;
Que yo, sin más camino
Que el que me dan las leyes del destino.
Ciega y desesperada
Bajaré la aspereza enmarañada
Deste monte eminente,
Que arruga al sol el ceño de su frente.
Mal, Polonia, recibes
A un extranjero, pues con sangre escribes
Su entrada en tus arenas,
Y apénas llega, cuando llega á penas.
Bien mi suerte lo dice;
¿Mas dónde halló piedad un infelice?
Clarin.
Dí dos, y no me dejes
En la posada á mí cuando te quejes;
Que si dos hemos sido
Los que de nuestra patria hemos salido
A probar aventuras,
Dos los que entre desdichas y locuras
Aquí habemos llegado,
Y dos los que del monte hemos rodado,
¿No es razon que yo sienta
Meterme en el pesar, y no en la cuenta?
Rosaura.
No te quiero dar parte
En mis quejas, Clarin, por no quitarte,
Llorando tu desvelo,
El derecho que tienes tú al consuelo.
Que tanto gusto habia
En quejarse, un filósofo decia,
Que, á trueco de quejarse,
Habian las desdichas de buscarse.
Clarin.
El filósofo era
Un borracho barbon: ¡oh! ¡quién le diera
Más de mil bofetadas!
Quejárase despues de muy bien dadas.
¿Mas qué haremos, señora,
A pié, solos, perdidos y á esta hora
En un desierto monte,
Cuando se parte el sol á otro horizonte?
Rosaura.
¡Quién ha visto sucesos tan extraños!
Mas si la vista no padece engaños
Que hace la fantasía,
A la medrosa luz que áun tiene el dia,
Me parece que veo
Un edificio.
Clarin.
Ó miente mi deseo,
Ó termino las señas.
Rosaura.
Rústico nace entre desnudas peñas
Un palacio tan breve,
Que al sol apénas á mirar se atreve:
Con tan rudo artificio
La arquitectura está de su edificio,
Que parece, á las plantas
De tantas rocas y de peñas tantas
Que al sol tocan la lumbre,
Peñasco que ha rodado de la cumbre.
Clarin.
Vámonos acercando;
Que este es mucho mirar, señora, cuando
Es mejor que la gente
Que habita en ella, generosamente
Nos admita.
Rosaura.
La puerta
(Mejor diré funesta boca) abierta
Está, y desde su centro
Nace la noche, pues la engendra dentro.
(Suenan dentro cadenas.)
Clarin.
¡Qué es lo que escucho, cielo!
Rosaura.
Inmóvil bulto soy de fuego y hielo.
Clarin.
¿Cadenita hay que suena?
Mátenme, si no es galeote en pena:
Bien mi temor lo dice.
ESCENA II.
SEGISMUNDO, en la torre.—ROSAURA, CLARIN.
Segism.
(Dentro.) ¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!
Rosaura.
¡Qué triste voz escucho!
Con nuevas penas y tormentos lucho.
Clarin.
Yo con nuevos temores.
Rosaura.
Clarin...
Clarin.
Señora...
Rosaura.
Huyamos los rigores
Desta encantada torre.
Clarin.
Yo áun no tengo
Ánimo para huir, cuando á eso vengo.
Rosaura.
¿No es breve luz aquella
Caduca exhalacion, pálida estrella,
Que en trémulos desmayos,
Pulsando ardores y latiendo rayos,
Hace más tenebrosa
La oscura habitacion con luz dudosa?
Sí, pues á sus reflejos
Puedo determinar (aunque de léjos)
Una prision oscura,
Que es de un vivo cadáver sepultura;
Y porque más me asombre,
En el traje de fiera yace un hombre
De prisiones cargado,
Y sólo de una luz acompañado.
Pues huir no podemos,
Desde aquí sus desdichas escuchemos:
Sepamos lo que dice.
(Abrense las hojas de la puerta, y descúbrese Segismundo con una cadena y vestido de pieles. Hay luz en la torre.)
Segism.
¡Ay mísero de mí! ¡Ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
Ya que me tratais así,
Qué delito cometí
Contra vosotros naciendo:
Aunque si nací, ya entiendo
Qué delito he cometido:
Bastante causa ha tenido
Vuestra justicia y rigor,
Pues el delito mayor
Del hombre es haber nacido.
Solo quisiera saber
Para apurar mis desvelos
(Dejando á una parte, cielos,
El delito del nacer),
¿Qué más os pude ofender,
Para castigarme más?
¿No nacieron los demas?
Pues si los demas nacieron,
¿Qué privilegios tuvieron
Que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
Que le dan belleza suma,
Apénas es flor de pluma,
Ó ramillete con alas,
Cuando las etéreas alas
Corta con velocidad,
Negándose á la piedad
Del nido que deja en calma:
¿Y teniendo yo más alma,
Tengo ménos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
Que dibujan manchas bellas,
Apénas signo es de estrellas
(Gracias al docto pincel),
Cuando atrevido y cruel,
La humana[1] necesidad
Le enseña á tener crueldad,
Monstruo de su laberinto:
¿Y yo con mejor instinto
Tengo ménos libertad?
Nace el pez, que no respira,
Aborto de ovas y lamas,
Y apénas bajel de escamas
Sobre las ondas se mira,
Cuando á todas partes gira,
Midiendo la inmensidad
De tanta capacidad
Como le da el centro frio:
¿Y yo con más albedrío
Tengo ménos libertad?
Nace el arroyo, culebra
Que entre flores se desata,
Y apénas, sierpe de plata,
Entre las flores se quiebra,
Cuando músico celebra
De las flores la piedad,
Que le da la majestad
Del campo abierto á su huida:
¿Y teniendo yo más vida
Tengo ménos libertad?
En llegando á esta pasion,
Un volcan, un Etna hecho,
Quisiera arrancar del pecho
Pedazos del corazon:
¿Qué ley, justicia ó razon
Negar á los hombres sabe
Privilegio tan süave,
Excepcion tan principal,
Que Dios le ha dado á un cristal,
Á un pez, á un bruto y á un ave?
Rosaura.
Temor y piedad en mí
Sus razones han causado.
Segism.
¿Quién mis voces ha escuchado?
¿Es Clotaldo?
Clarin.
(Ap. á su amo.) Dí que sí.
Rosaura.
No es sino un triste (¡ay de mí!)
Que en estas bóvedas frias
Oyó tus melancolías.
Segism.
Pues muerte aquí te daré,
Porque no sepas que sé (Ásela.)
Que sabes flaquezas mias.
Sólo porque me has oido,
Entre mis membrudos brazos
Te tengo de hacer pedazos.
Clarin.
Yo soy sordo, y no he podido
Escucharte.
Rosaura.
Si has nacido
Humano, baste el postrarme
Á tus piés para librarme.
Segism.
Tu voz pudo enternecerme,
Tu presencia suspenderme
Y tu respeto turbarme.
¿Quién eres? que aunque yo aquí
Tan poco del mundo sé,
Que cuna y sepulcro fué
Esta torre para mí:
Y aunque desde que nací
(Si esto es nacer) sólo advierto
Este rústico desierto,
Donde miserable vivo,
Siendo un esqueleto vivo,
Siendo un animado muerto:
Y aunque nunca ví ni hablé,
Sino á un hombre solamente
Que aquí mis desdichas siente,
Por quien las noticias sé
De cielo y tierra, y aunque
Aquí, porque más te asombres
Y monstruo humano me nombres,
Entre asombros y quimeras,
Soy un hombre de las fieras,
Y una fiera de los hombres:
Y aunque en desdichas tan graves
La política he estudiado,
De los brutos enseñado,
Advertido de las aves,
Y de los astros süaves
Los círculos he medido;
Tú sólo, tú has suspendido
La pasion á mis enojos,
La suspension á mis ojos,
La admiracion á mi oido.
Con cada vez que te veo
Nueva admiracion me das,
Y cuando te miro más,
Aun más mirarte deseo.
Ojos hidrópicos creo
Que mis ojos deben ser;
Pues cuando es muerte el beber,
Beben más, y desta suerte,
Viendo que el ver me da muerte,
Estoy muriendo por ver.
Pero véate yo y muera;
Que no sé, rendido ya.
Si el verte muerte me da,
El no verte qué me diera.
Fuera, más que muerte fiera.
Ira, rabia y dolor fuerte;
Fuera muerte: desta suerte
Su rigor he ponderado.
Pues dar vida á un desdichado
Es dar á un dichoso muerte.
Rosaura.
Con asombro de mirarte.
Con admiracion de oirte,
Ni sé qué pueda decirte.
Ni qué pueda preguntarte:
Sólo diré que á esta parte
Hoy el cielo me ha guiado
Para haberme consolado,
Si consuelo puede ser
Del que es desdichado, ver
Otro que es más desdichado.
Cuentan de un sabio, que un dia
Tan pobre y mísero estaba,
Que sólo se sustentaba
De unas yerbas que cogia.
¿Habrá otro (entre sí decia)
Más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
Halló la respuesta, viendo
Que iba otro sabio cogiendo
Las hojas que él arrojó.
Quejoso de la fortuna
Yo en este mundo vivia,
Y cuando entre mí decia:
¿Habrá otra persona alguna
De suerte más importuna?
Piadoso me has respondido;
Pues volviendo en mi sentido.
Hallo que las penas mias,
Para hacerlas tú alegrías
Las hubieras recogido.
Y por si acaso mis penas
Pueden en algo aliviarte,
Óyelas atento, y toma
Las que dellas me sobraren.
Yo soy...
ESCENA III.
CLOTALDO, SOLDADOS.—SEGISMUNDO, ROSAURA, CLARIN.
Clotal.
(Dentro.) Guardas desta torre,
Que, dormidas ó cobardes,
Dísteis paso á dos personas
Que han quebrantado la cárcel...
Rosaura.
Nueva confusion padezco.
Segism.
Este es Clotaldo, mi alcaide.
¿Aun no acaban mis desdichas?
Clotal.
(Dentro.) Acudid, y vigilantes,
Sin que puedan defenderse,
Ó prendedles, ó matadles.
Voces.
(Dentro.) ¡Traicion!
Clarin.
Guardas desta torre.
Que entrar aquí nos dejasteis.
Pues que nos dais á escoger.
El prendernos es más fácil.
(Salen Clotaldo y los soldados: él con una pistola, y todos con los rostros cubiertos.)
Clotal.
(Aparte á los soldados al salir.)
Todos os cubrid los rostros;
Que es diligencia importante
Miéntras estamos aquí
Que no nos conozca nadie.
Clarin.
¿Enmascaraditos hay?
Clotal.
Oh vosotros que ignorantes,
De aqueste vedado sitio
Coto y término pasasteis
Contra el decreto del Rey,
Que manda que no ose nadie
Examinar el prodigio
Que entre esos peñascos yace,
Rendid las armas y vidas,
Ó aquesta pistola, áspid
De metal, escupirá
El veneno penetrante
De dos balas, cuyo fuego
Será escándalo del aire.
Segism.
Primero, tirano dueño,
Que los ofendas ni agravies,
Será mi vida despojo
Destos lazos miserables;
Pues en ellos, vive Dios,
Tengo de despedazarme
Con las manos, con los dientes,
Entre aquestas peñas, ántes
Que su desdicha consienta
Y que llore sus ultrajes.
Clotal.
Si sabes que tus desdichas,
Segismundo, son tan grandes,
Que ántes de nacer moriste
Por ley del cielo; si sabes
Que aquestas prisiones son
De tus furias arrogantes
Un freno que las detenga
Y una rueda que las pare,
¿Por qué blasonas? La puerta (A los soldados.)
Cerrad de esa estrecha cárcel;
Escondedle en ella.
Segism.
¡Ah, cielos,
Qué bien haceis en quitarme
La libertad! porque fuera
Contra vosotros gigante,
Que para quebrar al sol
Esos vidrios y cristales,
Sobre cimientos de piedra
Pusiera montes de jaspe.
Clotal.
Quizá, porque no los pongas,
Hoy padeces tantos males.
(Llévanse algunos soldados á Segismundo y enciérranle en su prision.)
ESCENA IV.
ROSAURA, CLOTALDO, CLARIN, SOLDADOS.
Rosaura.
Ya que ví que la soberbia
Te ofendió tanto, ignorante
Fuera en no pedirte humilde
Vida que á tus plantas yace.
Muévate en mí la piedad;
Que será rigor notable,
Que no hallen favor en tí
Ni soberbias ni humildades.
Clarin.
Y si humildad ni soberbia
No te obligan, personajes
Que han movido y removido
Mil autos sacramentales,
Yo, ni humilde ni soberbio,
Sino entre las dos mitades
Entreverado, te pido
Que nos remedies y ampares.
Clotal.
¡Hola!
Soldado.
Señor...
Clotal.
A los dos
Quitad las armas, y atadles
Los ojos, porque no vean
Cómo ni de dónde salen.
Rosaura.
Mi espada es esta, que á tí
Solamente ha de entregarse,
Porque al fin, de todos eres
El principal, y no sabe
Rendirse á ménos valor.
Clarin.
La mia es tal, que puede darse
Al más rüin: tomadla vos. (A un soldado.)
Rosaura.
Y si he de morir, dejarte
Quiero, en fe desta piedad,
Prenda que pudo estimarse
Por el dueño que algun dia
Se la ciñó: que la guardes
Te encargo, porque aunque yo
No sé qué secreto alcance,
Sé que esta dorada espada
Encierra misterios grandes,
Pues solo fiado en ella
Vengo á Polonia á vengarme
De un agravio.
Clotal.
(Aparte.) ¡Santos cielos!
¡Qué es esto! ya son más graves
Mis penas y confusiones,
Mis ánsias y mis pesares.
¿Quién te la dió?
Rosaura.
Una mujer.
Clotal.
¿Cómo se llama?
Rosaura.
Que calle
Su nombre es fuerza.
Clotal.
¿De qué
Infieres ahora, ó sabes,
Que hay secreto en esta espada?
Rosaura.
Quien me la dió, dijo: «Parte
A Polonia, y solicita
Con ingenio, estudio ó arte,
Que te vean esa espada
Los nobles y principales,
Que yo sé que alguno dellos
Te favorezca y ampare;»
Que por si acaso era muerto,
No quiso entónces nombrarle.
Clotal.
(Ap.) ¡Válgame el cielo, qué escucho!
Aun no sé determinarme
Si tales sucesos son
Ilusiones ó verdades.
Esta es la espada que yo
Dejé á la hermosa Violante.
Por señas que el que ceñida
La trajera, habia de hallarme
Amoroso como hijo,
Y piadoso como padre.
Pues ¿qué he de hacer (¡ay de mi!)
En confusion semejante,
Si quien la trae por favor,
Para su muerte la trae,
Pues que sentenciado á muerte
Llega á mis piés? ¡Qué notable
Confusion! ¡Qué triste hado!
¡Qué suerte tan inconstante!
Este es mi hijo, y las señas
Dicen bien con las señales
Del corazon, que por verlo
Llama al pecho, y en él bate
Las alas, y no pudiendo
Romper los candados, hace
Lo que aquel que está encerrado,
Y oyendo ruido en la calle
Se asoma por la ventana:
El así, como no sabe
Lo que pasa, y oye el ruido,
Va á los ojos á asomarse,
Que son ventanas del pecho
Por donde en lágrimas sale.
¿Qué he de hacer? (¡Valedme, cielos!)
¿Qué he de hacer? Porque llevarle
Al Rey, es llevarle (¡ay triste!)
A morir. Pues ocultarle
Al Rey no puedo, conforme
A la ley del homenaje.
De una parte el amor proprio,
Y la lealtad de otra parte
Me rinden. Pero ¿qué dudo?
La lealtad del Rey ¿no es ántes
Que la vida y que el honor?
Pues ella viva y él falte.
Fuera de que si ahora atiendo
A que dijo que á vengarse
Viene de un agravio, hombre
Que está agraviado, es infame.—
No es mi hijo, no es mi hijo,
Ni tiene mi noble sangre.
Pero si ya ha sucedido
Un peligro, de quien nadie
Se libró, porque el honor
Es de materia tan frágil
Que con una accion se quiebra
Ó se mancha con un aire,
¿Qué más puede hacer, qué más,
El que es noble, de su parte,
Que á costa de tantos riesgos
Haber venido á buscarle?
Mi hijo es, mi sangre tiene,
Pues tiene valor tan grande;
Y así, entre una y otra duda,
El medio más importante
Es irme al Rey, y decirle
Que es mi hijo, y que le mate.
Quizá la misma piedad
De mi honor podrá obligarle;
Y si le merezco vivo,
Yo le ayudaré á vengarse
De su agravio; mas si el Rey,
En sus rigores constante,
Le da muerte, morirá
Sin saber que soy su padre.—
Venid conmigo, extranjeros,
(A Rosaura y Clarin.)
No temais, no, de que os falte
Compañía en las desdichas,
Pues en duda semejante
De vivir ó de morir,
No sé cuáles son más grandes. (Vanse.)
Salon del Palacio Real en la corte[2].
ESCENA V.
ASTOLFO y soldados, que salen por un lado, y por el otro la INFANTA ESTRELLA y damas. Música militar dentro y salvas.
Astolfo.
Bien al ver los excelentes
Rayos, que fueron cometas,
Mezclan salvas diferentes
Las cajas y las trompetas,
Los pájaros y las fuentes:
Siendo con música igual,
Y con maravilla suma,
A tu vista celestial
Unos, clarines de pluma,
Y otras, aves de metal;
Y así os saludan, señora,
Como á su reina las balas,
Los pájaros como Aurora,
Las trompetas como á Pálas
Y las flores como á Flora;
Porque sois, burlando el dia
Que ya la noche destierra,
Aurora en el alegría,
Flora en paz, Pálas en guerra,
Y reina en el alma mia.
Estrel.
Si la voz se ha de medir
Con las acciones humanas,
Mal habeis hecho en decir
Finezas tan cortesanas,
Donde os pueda desmentir
Todo ese marcial trofeo
Con quien ya atrevida lucho;
Pues no dicen, segun creo,
Las lisonjas que os escucho,
Con los rigores que veo.
Y advertid que es baja accion,
Que sólo á una fiera toca,
Madre de engaño y traicion,
El halagar con la boca
Y matar con la intencion.
Astolfo.
Muy mal informada estais,
Estrella, pues que la fe
De mis finezas dudais,
Y os suplico que me oigais
La causa, á ver si la sé.
Falleció Eustorgio tercero,
Rey de Polonia, y quedó
Basilio por heredero,
Y dos hijas, de quien yo
Y vos nacimos.—No quiero
Cansaros con lo que tiene
Lugar aquí.—Clorilene,
Vuestra madre y mi señora,
Que en mejor imperio ahora
Dosel de luceros tiene,
Fué la mayor, de quien vos
Sois hija; fué la segunda,
Madre y tia de los dos,
La gallarda Recisunda,
Que guarde mil años Dios;
Casó en Moscovia, de quien
Nací yo. Volver ahora
Al otro principio es bien.
Basilio, que ya, señora,
Se rinde al comun desden
Del tiempo, más inclinado
A los estudios que dado
A mujeres, enviudó
Sin hijos, y vos y yo
Aspiramos á este Estado.
Vos alegais que habeis sido
Hija de hermana mayor;
Yo, que varon he nacido,
Y aunque de hermana menor,
Os debo ser preferido.
Vuestra intencion y la mia
A nuestro tio contamos:
Él respondió que queria
Componernos, y aplazamos
Este puesto y este dia.
Con esta intencion salí
De Moscovia y de su tierra;
Con esta llegué hasta aquí,
En vez de haceros yo guerra,
A que me la hagais á mí.
¡Oh! quiera Amor, sabio dios,
Que el vulgo, astrólogo cierto,
Hoy lo sea con los dos,
Y que pare este concierto
En que seais Reina vos,
Pero Reina en mi albedrío,
Dándôs, para más honor,
Su corona nuestro tio,
Sus triunfos vuestro valor
Y su imperio el amor mio.
Estrel.
A tan cortés bizarría
Ménos mi pecho no muestra,
Pues la imperial monarquía
Para sólo hacerla vuestra
Me holgara que fuera mia;
Aunque no está satisfecho
Mi amor de que sois ingrato,
Si en cuanto decís, sospecho
Que os desmiente ese retrato
Que está pendiente del pecho.
Astolfo.
Satisfaceros intento
Con él... Mas lugar no da
Tanto sonoro instrumento, (Tocan cajas.)
Que avisa que sale ya
El Rey con su parlamento.
ESCENA VI.
EL REY BASILIO, acompañamiento.—ASTOLFO, ESTRELLA, damas, soldados.
Estrel.
Sabio Táles...
Astolfo.
Docto Euclídes...
Estrel.
Que entre signos...
Astolfo.
Que entre estrellas...
Estrel.
Hoy gobiernas...
Astolfo.
Hoy resides...
Estrel.
Y sus caminos...
Astolfo.
Sus huellas...
Estrel.
Describes...
Astolfo.
Tasas y mides...
Estrel.
Deja que en humildes lazos...
Astolfo.
Deja que en tiernos abrazos...
Estrel.
Hiedra dese tronco sea.
Astolfo.
Rendido á tus piés me vea.
Basilio.
Sobrinos, dadme los brazos,
Y creed, pues que leales
Á mi precepto amoroso
Venís con afectos tales,
Que á nadie deje quejoso
Y los dos quedeis iguales:
Y así, cuando me confieso
Rendido al prolijo peso,
Sólo os pido en la ocasion
Silencio, que admiracion
Ha de pedirla el suceso.
Ya sabeis (estadme atentos,
Amados sobrinos mios,
Corte ilustre de Polonia,
Vasallos, deudos y amigos),
Ya sabeis que yo en el mundo
Por mi ciencia he merecido
El sobrenombre de docto,
Pues, contra el tiempo y olvido,
Los pinceles de Timantes,
Los mármoles de Lisipo,
En el ámbito del orbe
Me aclaman el gran Basilio.
Ya sabeis que son las ciencias
Que más curso y más estimo,
Matemáticas sutiles,
Por quien al tiempo le quito,
Por quien á la fama rompo
La jurisdiccion y oficio
De enseñar más cada dia;
Pues cuando en mis tablas miro
Presentes las novedades
De los venideros siglos,
Le gano al tiempo las gracias
De contar lo que yo he dicho.
Esos círculos de nieve,
Esos doseles de vidrio
Que el sol ilumina á rayos,
Que parte la luna á giros;
Esos orbes de diamantes,
Esos globos cristalinos
Que las estrellas adornan
Y que campean los signos,
Son el estudio mayor
De mis años, son los libros
Donde en papel de diamante,
En cuadernos de zafiro,
Escribe con líneas de oro,
En caracteres distintos,
El cielo nuestros sucesos,
Ya adversos ó ya benignos.
Estos leo tan veloz,
Que con mi espíritu sigo
Sus rápidos movimientos
Por rumbos y por caminos.
¡Pluguiera al cielo, primero
Que mi ingenio hubiera sido
De sus márgenes comento,
Y de sus hojas registro,
Hubiera sido mi vida
El primero desperdicio
De sus iras, y que en ellas
Mi tragedia hubiera sido,
Porque de los infelices
Aun el mérito es cuchillo,
Que á quien le daña el saber,
Homicida es de sí mismo!
Dígalo yo, aunque mejor
Lo dirán sucesos mios,
Para cuya admiracion
Otra vez silencio os pido.
En Clorilene, mi esposa,
Tuve un infelice hijo,
En cuyo parto los cielos
Se agotaron de prodigios.
Ántes que á la luz hermosa
Le diese el sepulcro vivo
De un vientre (porque el nacer
Y el morir son parecidos),