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Teatro selecto de Calderón de la Barca (tomo 1 de 4)



TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA.


BIBLIOTECA CLÁSICA.

Doce reales cada tomo en toda España.


OBRAS PUBLICADAS.

Tomos.
HOMERO.—La Ilíada, traduccion directa del griego en verso y con notas de D. José Gomez Hermosilla.3
CERVANTES.—Novelas ejemplares y viaje del Parnaso.2
HERODOTO.—Los nueve libros de la historia, traduccion directa del griego, del padre Bartolomé Pou.2
ALCALÁ GALIANO.—Recuerdos de un anciano.1
VIRGILIO.—La Eneida, traduccion directa del latin, en verso y con notas de D. Miguel Antonio Caro.2
Las églogas, traduccion en verso, de Hidalgo.—Las geórgicas, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo.1
MACAULAY.
Estudios literarios.1
Estudios históricos.1
Estudios políticos.1
Estudios biográficos.1
Estudios críticos.1
Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender.
QUINTANA.—Vidas de españoles célebres.2
CICERÓN.—Tratados didácticos de la elocuencia, traduccion directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo.2
SALUSTIO.—Conjuracion de Catilina.Guerra de Jugurta, traduccion del infante D. Gabriel.—Fragmentos de la grande historia, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas del latin.1
TÁCITO.—Los anales, traduccion directa del latin de don Cárlos Coloma.2
PLUTARCO.—Las vidas paralelas, traduccion directa del griego por D. Antonio Ranz Romanillos.5
ARISTÓFANES.—Teatro completo, traduccion directa del griego por D. Federico Baráibar.2
POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(Teócrito, Bion y Mosco). Traduccion directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico).1
MANZONI.—Los Novios, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego.1
ESQUILO.—Teatro completo, traduccion directa del griego, con notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra.1
QUEVEDO.—Obras satíricas y festivas.1
DUQUE DE RIVAS.—Sublevacion de Nápoles.1

MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6


BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XXXVII


TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA

PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO

DE

D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO


TOMO II
DRAMAS TRÁGICOS

EL MÉDICO DE SU HONRA.
Á SECRETO AGRAVIO SECRETA VENGANZA.
EL ALCALDE DE ZALAMEA.
EL MAYOR MONSTRUO LOS CELOS.
AMAR DESPUES DE LA MUERTE.

MADRID

LUIS NAVARRO, EDITOR

COLEGIATA, NÚM. 6

1881


EL MÉDICO DE SU HONRA.


PERSONAS.


El rey don Pedro.

El infante don Enrique.

Don Gutierre Alfonso.

Don Arias.

Don Diego.

Coquin, lacayo.

Doña Mencía de Acuña.

Doña Leonor.

Inés, criada.

Teodora, criada.

Jacinta, esclava herrada.

Ludovico, sangrador.

Un soldado.

Un viejo.

Pretendientes.

Acompañamiento.

Música.

Criados, criadas.


JORNADA PRIMERA.


Vista exterior de una quinta de Don Gutierre, inmediata á Sevilla.

ESCENA PRIMERA.

Suena ruido de caza, y sale cayendo el INFANTE DON ENRIQUE, y algo despues salen DON ARIAS y DON DIEGO, y el último EL REY DON PEDRO.

D. Enr.

¡Jesus mil veces! (Cae sin sentido.)

D. Arias.

¡El cielo

Te valga!

Rey.

¿Qué fué?

D. Arias.

Cayó

El caballo, y arrojó

Desde él el Infante al suelo.

Rey.

Si las torres de Sevilla

Saluda de esa manera,

¡Nunca á Sevilla viniera,

Nunca dejara á Castilla!—

¡Enrique, hermano!

D. Diego.

¡Señor!

Rey.

¿No vuelve?

D. Arias.

A un tiempo ha perdido

Pulso, color y sentido.

¡Qué desdicha!

D. Diego.

¡Qué dolor!

Rey.

Llegad á esa quinta bella

Que está del camino al paso,

Don Arias, á ver si acaso,

Recogido un poco en ella,

Cobra salud el Infante.

Todos os quedad aquí,

Y dadme un caballo á mí,

Que he de pasar adelante;

Que aunque este horror y mancilla

Mi rémora pudo ser,

No me quiero detener

Hasta llegar á Sevilla.

Allá llegará la nueva

Del suceso. (Váse.)

ESCENA II.

DON ENRIQUE, desmayado; DON ARIAS, DON DIEGO.

D. Arias.

Esta ocasion

De su fiera condicion

Ha sido bastante prueba.

¿Quién á un hermano dejara,

Tropezando desta suerte

En los brazos de la muerte?

¡Vive Dios!...

D. Diego.

Calla, y repara

En que, si oyen las paredes,

Los troncos, Don Arias, ven,

Y nada nos está bien.

D. Arias.

Tú, Don Diego, llegar puedes

A esa quinta: dí que aquí

El Infante mi señor

Cayó.—Pero no; mejor

Será que los dos así

Le llevemos donde pueda

Descansar.

D. Diego.

Has dicho bien.

D. Arias.

Viva Enrique, y otro bien

La suerte no me conceda.

(Llevan al Infante.)


Sala en la quinta de Don Gutierre.

ESCENA III.

DOÑA MENCIA, JACINTA.

D.ª Men.

Desde la torre lo ví,

Y aunque quién son no podré

Distinguir, Jacinta, sé

Que una gran desdicha allí

Ha sucedido. Venía

Un bizarro caballero

En un bruto tan ligero,

Que en el viento parecia

Un pájaro que volaba;

Y es razon que lo presumas,

Porque un penacho de plumas

Matices al aire daba.

El campo y el sol en ellas

Compitieron resplandores;

Que el campo le dió sus flores,

Y el sol le dió sus estrellas;

Porque cambiaban de modo,

Y de modo relucian,

Que en todo al sol parecian,

Y á la primavera en todo.

Corrió, pues, y tropezó

El caballo, de manera

Que lo que ave entónces era,

Cuando en la tierra cayó

Fué rosa; y así en rigor

Imitó su lucimiento

En sol, cielo, tierra y viento,

Ave, bruto, estrella y flor.

Jacinta.

¡Ay señora! en casa ha entrado...

D.ª Men.

¿Quién?

Jacinta.

Un confuso tropel

De gente.

D.ª Men.

¿Mas que con él

A nuestra quinta han llegado?

ESCENA IV.

DON ARIAS y DON DIEGO, que sacan en brazos al INFANTE y siéntanle en una silla.—DOÑA MENCIA, JACINTA.

D. Diego.

En las casas de los nobles

Tiene tan divino imperio

La sangre del Rey, que ha dado

En la vuestra atrevimiento

Para entrar desta manera.

D.ª Men.

(Ap.) ¡Qué es esto que miro, cielos!

D. Diego.

El infante Don Enrique,

Hermano del rey Don Pedro,

A vuestras puertas cayó,

Y llega aquí medio muerto.

D.ª Men.

¡Valgame Dios, qué desdicha!

D. Arias.

Decidnos á qué aposento

Podrá retirarse, en tanto

Que vuelva al primero aliento

Su vida.—Pero ¡qué miro!

¡Señora!

D.ª Men.

¡Don Arias!

D. Arias.

Creo

Que es sueño ó fingido cuanto

Estoy escuchando y viendo.

¿Que el infante Don Enrique,

Más amante que primero,

Vuelva á Sevilla, y te halle

Con tan infeliz encuentro,

Puede ser verdad?

D.ª Men.

Sí es:

¡Ojalá que fuera sueño!

D. Arias.

Pues ¿qué haces aquí?

D.ª Men.

Despacio

Lo sabrás, que ahora no es tiempo

Sino sólo de acudir

A la vida de tu dueño.

D. Arias.

¡Quién le dijera que así

Llegara á verte!

D.ª Men.

Silencio,

Que importa mucho, Don Arias.

D. Arias.

¿Por qué?

D.ª Men.

Va mi honor en ello.

Entrad en ese retrete,

Donde está un catre cubierto

De un cuero turco y de flores;

Y en él, aunque humilde lecho,

Podrá descansar.—Jacinta,

Saca tú ropa al momento,

Aguas y olores que sean

Dignos de tan alto empleo. (Vase Jacinta.)

D. Arias.

Los dos, miéntras se adereza,

Aquí al Infante dejemos,

Y á su remedio acudamos,

Si hay en desdichas remedio.

(Vanse los dos.)

ESCENA V.

DOÑA MENCÍA; DON ENRIQUE, sin conocimiento, en una silla.

D.ª Men.

Ya se fueron; ya he quedado

Sola. ¡Oh quién pudiera, cielos,

Con licencia de su honor

Hacer aquí sentimientos!

¡Oh quién pudiera dar voces,

Y romper con el silencio

Cárceles de nieve, donde

Está aprisionado el fuego,

Que ya, resuelto en cenizas,

Es ruina que está diciendo:

«Aquí fué amor»!—Mas ¿qué digo?

¿Qué es esto, cielos, qué es esto?

Yo soy quien soy. Vuelva el aire

Los repetidos acentos

Que llevó; porque áun perdidos,

No es bien que publiquen ellos

Lo que yo debo callar;

Porque ya, con más acuerdo,

Ni para sentir soy mia;

y solamente me huelgo

De tener hoy que sentir,

Por tener en mis deseos

Que vencer; pues no hay virtud

Sin experiencia. Perfecto

Está el oro en el crisol,

El iman en el acero,

El diamante en el diamante,

Los metales en el fuego;

Y así mi honor en sí mismo

Se acrisola, cuando llego

Á vencerme; pues no fuera

Sin experiencias perfecto.

¡Piedad, divinos cielos!

¡Viva callando, pues callando muero!

¡Enrique! ¡Señor!

D. Enr.

(Volviendo en sí.)¿Quién llama?

D.ª Men.

Albricias...

D. Enr.

¡Válgame el cielo!

D.ª Men.

Que vive tu Alteza.

D. Enr.

¿Dónde

Estoy?

D.ª Men.

En parte, á lo ménos,

Donde de vuestra salud

Hay quien se huelgue.

D. Enr.

Lo creo,

Si esta dicha, por ser mia,

No se deshace en el viento;

Pues consultando conmigo

Estoy, si despierto sueño,

O si dormido discurro,

Pues á un tiempo duermo y velo.

¿Pero para qué averiguo,

Poniendo á mayores riesgos

La verdad? Nunca despierte,

Si es verdad que ahora duermo;

Y nunca duerma en mi vida,

Si es verdad que estoy despierto.

D.ª Men.

Vuestra Alteza, gran señor,

Trate, prevenido y cuerdo,

De su salud, cuya vida,

Dilate siglos eternos,

Fénix de su misma fama,

Imitando al que en el fuego

Ave, llama, ascua y gusano,

Urna, pira, voz é incendio,

Nace, vive, dura y muere,

Hijo y padre de sí mesmo;

Que despues sabrá de mí

Dónde está.

D. Enr.

No lo deseo;

Que si estoy vivo y te miro,

Ya mayor dicha no espero;

Ni mayor dicha tampoco,

Si te miro estando muerto;

Pues es fuerza que sea gloria

Donde vive ángel tan bello.

Y así no quiero saber

Qué acasos ni qué sucesos

Aquí mi vida guiaron,

Ni aquí la tuya trajeron;

Pues con saber que estoy donde

Estás tú, vivo contento;

Y así ni tú que decirme,

Ni yo que escucharte tengo.

D.ª Men.

(Ap. Presto de tantos favores

Será desengaño el tiempo.)

Dígame ahora, ¿cómo está

Vuestra Alteza?

D. Enr.

Estoy tan bueno

Que nunca estuve mejor;

Sólo en esta pierna siento

Un dolor.

D.ª Men.

Fué gran caida;

Pero en descansando, pienso

Que cobraréis la salud;

Y ya os están previniendo

Cama donde descanseis.

Que me perdoneis, os ruego,

La humildad de la posada;

Aunque disculpada quedo...

D. Enr.

Muy como señora hablais,

Mencía. ¿Sois vos el dueño

De esta casa?

D.ª Men.

No, señor;

Pero de quien lo es, sospecho

Que lo soy.

D. Enr.

¿Y quién lo es?

D.ª Men.

Un ilustre caballero,

Gutierre Alfonso Solís,

Mi esposo y esclavo vuestro.

D. Enr.

¡Vuestro esposo! (Levántase.)

D.ª Men.

Sí, señor.

No os levanteis, deteneos;

Ved que no podeis estar

En pié.

D. Enr.

Sí puedo, sí puedo.

ESCENA VI.

DON ARIAS, DON DIEGO.—Dichos.

D. Arias.

Dame, gran señor, las plantas,

Que mil veces toco y beso,

Agradecido á la dicha

Que en tu salud nos ha vuelto

La vida á todos.

D. Diego.

Ya puede

Vuestra Alteza á este aposento

Retirarse, donde está

Prevenido todo aquello

Que pudo en la fantasía

Bosquejar el pensamiento.

D. Enr.

Don Arias, dadme un caballo,

Dadme un caballo, Don Diego.

Salgamos presto de aquí.

D. Arias.

¿Qué decís?

D. Enr.

Que me deis presto

Un caballo.

D. Diego.

Pues, señor...

D. Arias.

Mira...

D. Enr.

Estáse Troya ardiendo,

Y Eneas de mis sentidos,

He de librarlos del fuego. (Vase D. Diego.)

ESCENA VII.

DON ENRIQUE, DOÑA MENCÍA, DON ARIAS.

D. Enr.

¡Ay, Don Arias, la caida

No fué acaso, sino agüero

De mi muerte! Y con razon,

Pues fué divino decreto

Que viniese á morir yo,

Con tan justo sentimiento,

Donde tú estabas casada,

Porque nos diesen á un tiempo

Pésames y parabienes

De tu boda y de mi entierro.

De verse el bruto á tu sombra,

Pensé que altivo y soberbio

Engendró con osadía

Bizarros atrevimientos,

Cuando presumiendo de ave,

Con relinchos cuerpo á cuerpo

Desafiaba los rayos,

Despues que venció los vientos.

Y no fué, sino que al ver

Tu casa, montes de celos

Se le pusieron delante

Porque tropezase en ellos;

Que áun un bruto se desboca

Con celos; y no hay tan diestro

Jinete, que allí no pierda

Los estribos al correrlos.

Milagro de tu hermosura

Presumí el feliz suceso

De mi vida; pero ya,

Más desengañado, pienso

Que no fué sino venganza

De mi muerte, pues es cierto

Que muero, y que no hay milagros

Que se examinen muriendo.

D.ª Men.

Quien oyere á vuestra Alteza

Quejas, agravios, desprecios,

Podrá formar de mi honor

Presunciones y conceptos

Indignos dél. Y yo ahora,

Por si acaso llevó el viento

Cabal alguna razon,

Sin que en partidos acentos

La trocase, responder

A tantos agravios quiero,

Porque donde fueron quejas,

Vayan con el mismo aliento

Desengaños. Vuestra Alteza,

Liberal de sus deseos,

Generoso de sus gustos,

Pródigo de sus afectos,

Puso los ojos en mí:

Es verdad, yo lo confieso.

Bien sabe, de tantos años

De experiencias, el respeto

Con que constante mi honor

Fué una montaña de hielo,

Conquistada de las flores,

Escuadrones que arma el tiempo.

Si me casé, ¿de qué engaño

Se queja, siendo sujeto

Imposible á sus pasiones,

Reservado á sus intentos,

Pues soy para dama más,

Lo que para esposa ménos?

Y así, en esta parte ya

Disculpada, en la que tengo

De mujer, á vuestros piés

Humilde, señor, os ruego

No os ausenteis desta casa

Poniendo á tan claro riesgo

La salud.

D. Enr.

¿Cuánto mayor

En esta casa le tengo?

ESCENA VIII.

DON GUTIERRE, COQUIN.—Dichos.

D. Gut.

Déme los piés vuestra Alteza,

Si puedo de tanto sol

Tocar ¡oh rayo español!

La majestad y grandeza.

Con alegría y tristeza

Hoy á vuestras plantas llego,

Y mi aliento, lince y ciego,

Entre asombros y desmayos,

Es águila á tantos rayos,

Mariposa á tanto fuego.

Tristeza de la caida

Que puso con triste efeto

A Castilla en tanto aprieto,

Y alegría de la vida

Que vuelve restituida

A su pompa, á su belleza,

Cuando en gusto vuestra Alteza

Trueca ya la pena mia:

¿Quién vió triste la alegría?

¿Quién vió alegre la tristeza?

Honrad por tan breve espacio

Esta esfera, aunque pequeña;

Porque el sol no se desdeña,

Despues que ilustró un palacio,

De iluminar el topacio

De algun pajizo arrebol.

Y pues sois rayo español,

Descansad aquí; que es ley

Hacer el palacio el rey

Tambien, si hace esfera el sol.

D. Enr.

El gusto y pesar estimo

Del modo que le sentís,

Gutierre Alfonso Solís;

Y así en el alma le imprimo,

Donde á tenerle me animo

Guardado.

D. Gut.

Sabe tu Alteza

Honrar.

D. Enr.

Y aunque la grandeza

Desta casa fuera aquí

Grande esfera para mí,

Pues lo fué de una belleza;

No me puedo detener;

Que pienso que esta caida

Ha de costarme la vida;

Y no solo por caer,

Sino tambien por hacer

Que no pasase adelante

Mi intento... Y es importante

Irme; que hasta un desengaño

Cada minuto es un año,

Es un siglo cada instante.

D. Gut.

Señor, ¿vuestra Alteza tiene

Causa tal, que su inquietud

Aventure la salud

De una vida que previene

Tantos aplausos?

D. Enr.

Conviene

Llegar á Sevilla hoy.

D. Gut.

Necio en apurar estoy

Vuestro intento; pero creo

Que mi lealtad y deseo...

D. Enr.

Y si yo la causa os doy,

¿Qué direis?

D. Gut.

Yo no os la pido;

Que á vos, señor, no es bien hecho

Examinaros el pecho.

D. Enr.

Pues escuchad. Yo he tenido

Un amigo tal, que ha sido

Otro yo.

D. Gut.

Dichoso fué.

D. Enr.

A este en ausencia fié

El alma, la vida, el gusto

En una mujer. ¿Fué justo

Que atropellando la fe

Que debió al respeto mio,

Faltase en ausencia?

D. Gut.

No.

D. Enr.

Pues á otro dueño le dió

Llaves de aquel albedrío:

Al pecho que yo le fio,

Introdujo otro señor:

Otro goza su favor:

¿Podrá un hombre enamorado

Sosegar con tal cuidado,

Descansar con tal dolor?

D. Gut.

No, señor.

D. Enr.

Cuando los cielos

Tanto me fatigan hoy,

Que en cualquier parte que estoy,

Estoy mirando mis celos,

Tan presentes mis desvelos

Están delante de mí,

Que aquí los miro, y así

De aquí ausentarme deseo;

Que aunque van conmigo, creo

Que se han de quedar aquí.

D.ª Men.

Dicen que el primer consejo

Ha de ser de la mujer;

Y así, señor, quiero ser

(Perdonad si os aconsejo)

Quien os dé consuelo. Dejo

Aparte celos, y digo

Que aguardeis á vuestro amigo

Hasta ver si se disculpa;

Que hay calidades de culpa

Que no merecen castigo.

No os despeñe vuestro brío:

Mirad, aunque esteis celoso,

Que ninguno es poderoso

En el ajeno albedrío.

Cuanto al amigo, confío

Que os he respondido ya;

Cuanto á la dama, quizá

Fuerza, y no mudanza fué:

Oidla vos, que yo sé

Que ella se disculpará.

D. Enr.

No es posible.

ESCENA IX.

DON DIEGO.—Dichos.

D. Diego.

Ya está allí

El caballo apercibido.

D. Gut.

Si es del que hoy habeis caido,

No subais en él, y aquí

Recibid, señor, de mí

Una pia hermosa y bella,

A quien una palma sella,

Signo que vuestra la hace:

Que tambien un bruto nace

Con mala ó con buena estrella.

Es este prodigio pues

Proporcionado y bien hecho,

Dilatado de anca y pecho,

De cabeza y cuello es

Corto, de brazos y piés

Fuerte, á uno y otro elemento

Les da en sí lugar y asiento,

Siendo el bruto de la palma

Tierra el cuerpo, fuego el alma,

Mar la espuma, y todo viento.

D. Enr.

El alma aquí no podria

Distinguir lo que procura,

La pia de la pintura,

O por mejor bizarría,

La pintura de la pia.

Coquin.

Aquí entro yo. A mí me dé

Vuestra Alteza mano ó pié,

Lo que está (que esto es más llano)

O más á pié ó más á mano.

D. Gut.

Aparta, necio.

D. Enr.

¿Por qué?

Dejadle, su humor le abona.

Coquin.

En hablando de la pia,

Entra la persona mia,

Que es su segunda persona.

D. Enr.

Pues ¿quién sois?

Coquin.

¿No lo pregona

Mi estilo? Yo soy, en fin,

Coquin, hijo de Coquin,

De aquesta casa escudero,

De la pia despensero,

Pues la siso al celemin

La mitad de la comida:

Y en efecto, señor, hoy,

Por ser vuestro dia, os doy

Norabuena muy cumplida.

D. Enr.

¿Mi dia?

Coquin.

Es cosa sabida.

D. Enr.

Su dia llama uno aquel

Que es á sus gustos fïel;

Si lo fué á la pena mia,

¿Cómo pudo ser mi dia?

Coquin.

Cayendo, señor, en él;

Y para que se publique

En cuantos lunarios hay,

Desde hoy diré: «A tantos cay

»San Infante Don Enrique.»

D. Gut.

Tu Alteza, señor, aplique

La espuela al ijar; que el dia

Ya en la tumba helada y fria,

Huésped del undoso dios,

Hace noche.

D. Enr.

Guárdeos Dios,

Hermosísima Mencía.

Y porque veais que estimo

El consejo, buscaré

A esta dama, y della oiré

La disculpa. (Ap. Mal reprimo

El dolor, cuando me animo

A no decir lo que callo.

Lo que en este lance hallo,

Ganar y perder se llama;

Pues él me ganó la dama,

Y yo le gané el caballo.)

(Vanse el Infante, D. Arias, D. Diego y Coquin.)

ESCENA X.

DON GUTIERRE, DOÑA MENCÍA.

D. Gut.

Bellísimo dueño mio,

Ya que vive tan unida

A dos almas una vida,

Dos vidas á un albedrío,

De tu amor y ingenio fío

Hoy, que licencia me dés

Para ir á besar los piés

Al Rey, mi señor, que viene

De Castilla; y le conviene

A quien caballero es,

Irle á dar la bienvenida.

Y fuera desto, ir sirviendo

Al infante Enrique, entiendo

Que es accion justa y debida,

Ya que debí á su caida

El honor que hoy ha ganado

Nuestra casa.

D.ª Men.

¿Qué cuidado

Más te lleva á darme enojos?

D. Gut.

No otra cosa, ¡por tus ojos!

D. Men.

¿Quién duda que haya causado

Algun deseo Leonor?

D. Gut.

¿Eso dices? No la nombres.

D.ª Men.

¡Oh qué tales sois los hombres!

¡Hoy olvido, ayer amor,

Ayer gusto, y hoy rigor!

D. Gut.

Ayer, como el sol no via,

Hermosa me parecia

La luna; mas hoy, que adoro

Al sol, ni dudo ni ignoro

Lo que hay de la noche al dia.

Escúchame un argumento.

Una llama en noche oscura

Arde hermosa, luce pura,

Cuyos rayos, cuyo aliento

Dulce ilumina del viento

La esfera; sale el farol

Del cielo, y á su arrebol

Todo á sombra se reduce,

Ni arde, ni alumbra, ni luce;

Que es mar de rayos el sol.

Aplícolo ahora: yo amaba

Una luz, cuyo esplendor

Vivió planeta mayor,

Que sus rayos sepultaba:

Una llama me alumbraba;

Pero era una llama aquella,

Que eclipsas divina y bella,

Siendo de luces crisol;

Porque hasta que sale el sol,

Parece hermosa una estrella.

D.ª Men.

¡Qué lisonjero os escucho!

Muy metafísico estais.

D. Gut.

En fin, ¿licencia me dais?

D.ª Men.

Pienso que la deseais mucho,

Por eso cobarde lucho

Conmigo.

D. Gut.

¿Puede en los dos

Haber engaño, si en vos

Quedo yo, y vos vais en mí?

D.ª Men.

Pues como os quedeis aquí,

Adios, Don Gutierre.

D. Gut.

Adios. (Vase.)

ESCENA XI.

JACINTA.—DOÑA MENCÍA.

Jacinta.

Triste, señora, has quedado.

D.ª Men.

Sí, Jacinta, y con razon.

Jacinta.

No sé qué nueva ocasion

Te ha suspendido y turbado,

Que una inquietud, un cuidado

Te ha divertido.

D.ª Men.

Es así.

Jacinta.

Bien puedes fiar de mí.

D.ª Men.

¿Quieres ver si de tí fío

Mi vida y el honor mio?

Pues escucha atenta.

Jacinta.

Dí.

D.ª Men.

Nací en Sevilla, y en ella

Me vió Enrique, festejó

Mis desdenes, celebró

Mi nombre... ¡felice estrella!

Fuése, y mi padre atropella

La libertad que hubo en mí:

La mano á Gutierre di,

Volvió Enrique, y en rigor,

Tuve amor, y tengo honor.

Esto es cuanto sé de mí. (Vanse.)


Sala en el alcázar de Sevilla.

ESCENA XII.

DOÑA LEONOR é INÉS, con mantos.

Inés.

Ya sale para entrar en la capilla:

Aquí le espera, y á sus piés te humilla.

D.ª Leon.

Lograré mi esperanza,

Si recibe mi agravio la venganza.

ESCENA XIII.

EL REY, criados, un SOLDADO, un VIEJO, pretendientes.—Dichas.

Voces.

(Dentro.) ¡Plaza!

Pret. 1.º

Tu Majestad aqueste lea.

Rey.

Yo le haré ver.

Pret. 2.º

Tu Alteza, señor, vea

Este.

Rey.

Está bien.

Pret. 2.º

(Ap.)Pocas palabras gasta.

Pret. 3.º

Yo soy...

Rey.

El memorial solo me basta.

Un sold.

(Ap.) ¡Turbado estoy! Mal el temor resisto.

Rey.

¿De qué os turbais?

Soldado.

¿No basta haberos visto?

Rey.

Sí basta. ¿Qué pedís?

Soldado.

Yo soy soldado.

Una ventaja.

Rey.

Poco habeis pedido

Para haberos turbado.

Una jineta os doy.

Soldado.

¡Felice he sido!

Un viejo.

Un pobre viejo soy, limosna os pido.

Rey.

Tomad este diamante.

Viejo.

¿Para mí os le quitais?

Rey.

Y no os espante;

Que, para darle de una vez, quisiera,

Sólo un diamante todo el mundo fuera.

D.ª Leon.

Señor, á vuestras plantas

Mis piés turbados llegan.

De parte de mi honor vengo á pediros

Con voces que se anegan en suspiros,

Con suspiros que en lágrimas se anegan,

Justicia: para vos y Dios apelo.

Rey.

Sosegaos, señora, alzad del suelo.

D.ª Leon.

(Levántase.)

Yo soy...

Rey.

No prosigais de esa manera.

Salíos todos afuera.

(Vanse todos ménos la dama.)

ESCENA XIV.

EL REY, DOÑA LEONOR.

Rey.

Hablad ahora, porque si venísteis

De parte del honor, como dijísteis,

Indigna cosa fuera

Que en público el honor sus quejas diera,

Y que á tan bella cara

Vergüenza á la justicia le costara.

D.ª Leon.

Pedro, á quien llama el mundo Justiciero,

Planeta soberano de Castilla,

A cuya luz se alumbra este hemisfero,

Júpiter español, cuya cuchilla

Rayos esgrime de templado acero,

Cuando blandida al aire alumbra y brilla,

Sangriento giro, que entre nubes de oro

Corta los cuellos de uno y otro moro:

Yo soy Leonor, á quien Andalucía

Llama (lisonja fué) Leonor la bella;

No porque fuese la hermosura mia

Quien el nombre adquirió, sino la estrella;

Que quien decia bella, ya decia

Infelice; que el nombre incluye y sella

A la sombra no más de la hermosura

Poca dicha, señor, poca ventura.

Puso los ojos, para darme enojos,

Un caballero en mí, que ¡ojalá fuera

Basilisco de amor á mis despojos,

Áspid de celos á mi primavera!

Luego el deseo sucedió á los ojos,

El amor al deseo, y de manera

Mi calle festejó, que en ella via

Morir la noche y espirar el dia.

¿Con qué razones, gran señor, herida

La voz, diré que á tanto amor postrada,

Aunque el desden me publicó ofendida

La voluntad me confesó obligada?

De obligada pasé á agradecida,

Luego de agradecida á apasionada;

Que en la universidad de enamorados

Dignidades de amor se dan por grados.

Poca centella incita mucho fuego,

Poco viento movió mucha tormenta,

Poca nube al principio arroja luego

Mucho diluvio, poca luz alienta

Mucho rayo despues, poco amor ciego

Descubre mucho engaño; y así intenta

Siendo centella, viento, nube, ensayo,

Ser tormenta, diluvio, incendio y rayo.

Dióme palabra que sería mi esposo;

Que ese de las mujeres es el cebo

Con que engaña al honor el cauteloso

Pescador, cuya pasta es el Erebo,

Que aduerme los sentidos temeroso.

El labio aquí fallece, y no me atrevo

A decir que mintió. No es maravilla.

¿Qué palabra se dió para cumplilla?

Con esta libertad entró en mi casa;

Si bien siempre el honor fué reservado,

Porque yo, liberal de amor, y escasa

De honor, me atuve siempre á este sagrado

Mas la publicidad á tanto pasa,

Y tanto esta opinion se ha dilatado,

Que en secreto quisiera más perderla,

Que con público escándalo tenerla.

Pedí justicia; pero soy muy pobre:

Quejéme dél; pero es muy poderoso:

Y ya que es imposible que yo cobre,

Pues se casó, mi honor, Pedro famoso,

Si sobre tu piedad divina, sobre

Tu justicia me admites generoso,

Que me sustente en un convento pido.

Gutierre Alfonso de Solís ha sido.

Rey.

Señora, vuestros enojos

Siento con razon, por ser

Un Atlante, en quien descansa

Todo el peso de la ley.

Si Gutierre está casado,

No podrá satisfacer,

Como decís, por entero

Vuestro honor; pero yo haré

Justicia como convenga

En esta parte; si bien

No os debe restituir

Honor que vos os teneis.

Oigamos á la otra parte

Disculpas suyas; que es bien

Guardar el segundo oido

Para quien llegue despues;

Y fiad, Leonor, de mí,

Que vuestra causa veré

De suerte, que no os obligue

A que digais otra vez

Que sois pobre, él poderoso,

Siendo yo en Castilla rey.

Mas Gutierre viene allí.

Podrá, si conmigo os ve,