Rafael Conte. José M. Capmany.

GUERRA
DE RAZAS

(NEGROS CONTRA BLANCOS EN CUBA)

HABANA.
——
Imp. MILITAR de Antonio Perez. Muralla 40.
1912

[INDICE]

DEDICATORIA

———

Al Mayor General José de Jesús Monteagudo, Comandante en Jefe del Ejército Cubano, á su lugarteniente, el Brigadier Pablo Mendieta, á los brillantes jefes y oficiales y heroicos y abnegados soldados de la República, que, al aplastar la revolución racista, salvaron á Cuba de la anarquía interior y la ingerencia extranjera.

Rafael Conte.
José M. Capmany.

Dos palabras.

Fué nuestra primera idea al dar á la publicidad el presente libro, hacer lo que podríamos llamar la pulimentación literaria de nuestros trabajos; pero como hemos creído que esto vendría á alterar los conceptos de los episodios de la guerra, resultando unos más opacos y otros de mejor colorido, hemos optado por dejar las reseñas periodísticas tal cual se escribieron en los días de ardorosa lucha, para que nuestros lectores no vean en este libro otra cosa que la verdad de los hechos tal como en el desenvolvimiento de la revolución racista acontecieron.

No presentamos esta obra como un dechado de literatura, porque esto no es posible cuando se escribe al día, pero sí podrán nuestros lectores encontrar en ella la historia verídica de casi todos los combates librados y de las principales causas del movimiento.

Muchos otros trabajos inéditos hemos creído prudente intercalar, con ilustración de datos, seguros que con ésto complaceremos la natural curiosidad de la opinión y del país, que está ávido de conocer con certeza todos los pormenores del nefasto movimiento racista, ya dominado, por fortuna.

No se nos oculta que algunos, y acaso muchos, de nuestros juicios han de parecer excesivamente severos; pero tal consideración no puede inducirnos á modificarlos, pues si tal hiciéramos dejaríamos de ser sinceros.

Al ofrecer al público este modesto libro, nos propusimos, ante todo, decir la verdad; y creemos haber cumplido fielmente nuestros honrados propósitos.

I
LUCHA DE RAZAS

El movimiento insurreccional cuyas postreras vibraciones estremecen todavía las montañas orientales, ha sido un brote racista, una protesta armada de los negros contra los blancos, de los antiguos siervos contra los antiguos señores. Suponer otra cosa, atribuirle otro carácter, sería pueril y absurdo, y acusaría un desconocimiento absoluto del más trascendental y difícil de nuestros grandes problemas nacionales.

No hay que hacerse ilusiones sobre este punto: las dos razas que pueblan la República de Cuba se han declarado recíprocamente la guerra, han venido á las manos, han hecho correr la sangre; y de hoy más, el profundo recelo de los blancos servirá de contrapeso al odio inextinguible de los negros.

Uno de los dos bandos tiene forzosamente que sucumbir ó someterse: pretender que ambos convivan unidos por lazos de fraternal afecto, es pretender lo imposible.

Tal vez hubiera sido esto realizable antes del 20 de Mayo de 1912, porque hasta entonces el negro y el blanco, que en el fondo se detestaban, habían logrado mantenerse dentro de los límites de la prudencia; pero hoy, después del choque armado, después de la agresión brutal y del terrible escarmiento, no es lógico ni humano suponer que la paz, que no pudo conservarse con halagos y promesas, haya de surgir de los campos ensangrentados de la lucha.

En todo caso, los blancos, vencedores á muy poca costa, podremos olvidar; pero los negros, vencidos, humillados, los negros que han sentido de nuevo en sus espaldas el infamante látigo del dominador, ni olvidarán el afrentoso castigo, ni perdonarán nunca á sus implacables ejecutores.

No es probable que los hombres de color, desalentados por el fracaso, se sientan dispuestos á reanudar inmediatamente la lucha; pero esto no significa ni mucho menos que las brillantes victorias de nuestros soldados en las abruptas serranías del Oriente deban considerarse como decisivas.

Todo hace creer, por el contrario, que el problema, lejos de haber sido resuelto, no está sino planteado. Tardará más ó menos tiempo en surgir un nuevo Estenoz, pero surgirá; y si para entonces no estamos convenientemente preparados, las consecuencias serán funestas.

Por lo demás, el conflicto no es nuevo, ni obedece (como propalan algunos maliciosos) á determinadas causas de orden local. Los cubanos caucásicos y los cubanos africanos luchan entre sí por las mismas razones que desde que el mundo es mundo han tenido para combatir y exterminarse los hombres de distinto origen. Es el problema eterno: desde los tiempos más remotos, toda la historia de la humanidad se ha reducido á una perpetua é implacable lucha de razas. Cuba no ha podido sustraerse á la ley general. Y menos mal que se tratara de grupos étnicos afines, oriundos de una misma raza madre, pues en este caso podría esperarse que con el transcurso de los siglos acabarían por mezclarse y confundirse, como se confundieron y mezclaron los blancos germánicos de Ataulfo y Alarico, con los blancos latinos de las provincias romanas; pero, tratándose como se trata de caucásicos y etiópicos, la mezcla es imposible, puesto que ni aun por medio del cruzamiento continuado y científico, puede lograrse la desaparición total de una de las dos razas en provecho de la otra.

II
UNA LEYENDA DESVANECIDA

La llamada campaña de Oriente ha servido, entre otras cosas, para destruir muchos prejuicios y disipar numerosas tradiciones de "la Cuba que se fué", y casi casi nos atrevemos á decir "la Cuba que hizo bien en irse".

Creíamos, por ejemplo, y nadie que se considerase bien enterado lo hubiera puesto en duda, que el negro era más valiente, más fogoso y más insensible á las fatigas y privaciones que el blanco. Recordábamos el comportamiento heroico, la acometividad, la audacia y el valor casi salvaje que habían desplegado los hombres de piel obscura en nuestras guerras emancipadoras, y llegamos en nuestra exaltación tropical á creer que eran ellos los únicos cubanos capaces de soportar sin abatirse las crudezas de una campaña militar bajo los abrasadores rayos del sol de los trópicos.

Los negros orientales, sobre todo, se nos antojaban punto menos que invulnerables titanes; y muchas veces, al meditar sobre las posibles contingencias de una lucha de razas, temblábamos de espanto ante la terrible perspectiva de vernos atacados al machete (¡nada menos que al machete!) por los legendarios escuadrones de negros montañeses, que en nuestra encendida fantasía nos parecían capaces de derribar con sus aceros las murallas seculares de la Cabaña y el Morro.

El movimiento estenocista ha servido para destruir esta épica leyenda. Los negros orientales, los legendarios negros del indomable Oriente, no han dado muestras, en esta ocasión al menos, de su decantado valor. Lamentamos sinceramente tener que decir esto, y no tanto por lo que con ello podamos mortificar á los GUERREROS racistas, como porque, hasta cierto punto, podrían interpretarse nuestras palabras en sentido desfavorable para el valiente Ejército de la República, puesto que al rebajar la calidad de los enemigos con quienes tuvieron que habérselas, parece como que se desmerita un tanto la labor heroica realizada por las tropas.

Afortunadamente, como tendremos ocasión de demostrar, el mérito de los soldados cubanos en esta campaña no se basa en los triunfos militares, á causa de la misma despreciable condición del enemigo. Y por otra parte, ¿quién nos dice que la poca acometividad de los alzados no obedeciera á que desde los primeros momentos se dieron cuenta de que tenían que habérselas con un contrario formidable?

Hay que confesar que los negros de Oriente, los mismos que al alborear nuestra gloriosa guerra de Independencia, se lanzaban sin armas ni pertrechos contra los valerosos soldados españoles, para arrancarles á viva fuerza los fusiles de que carecían, no han mostrado ahora el valor heroico, desesperado, salvaje, si se quiere, que hizo de ellos en aquella época un objeto de admiración y de terror.

Es innegable que los 10.000 soldados regulares de la República, que con facilidad pasmosa aplastaron la rebelión, tenían sobre los españoles la ventaja (la única ventaja) de ser naturales del país, y poder, por lo mismo, soportar mejor las inclemencias de la campaña; pero esto no justifica la falta de empuje, total, absoluta de los rebeldes. Ni una sola vez se atrevieron á cargar al machete; ni en una ocasión tan siquiera hicieron frente á las tropas leales, ni tuvieron valor para levantar un rail, ni llevaron su osadía hasta el extremo de detener un tren de viajeros. Todos sus rasgos de audacia quedaron limitados al saqueo é incendio parcial de La Maya, que realizaron gracias á la cooperación de algunos negros habitantes del lugar y aprovechando la ausencia del destacamento de rurales que lo guarnecía, y á la destrucción de lugarejos indefensos y estaciones aisladas y desprovistas de toda protección.

Esta cobardía, (no encontramos palabra más adecuada para expresar la timidez de los soldados estenocistas) ha sido objeto de muchos y muy encontrados comentarios y ha dado origen á inacabables controversias. Atribúyenla algunos á las eficaces combinaciones militares del General Monteagudo y á la pericia y el valor de sus oficiales y soldados. Los que así opinan, afirman que los cabecillas de la rebelión fueron derrotados con sus propias armas, merced á la táctica mambisa que emplearon las tropas. Otros, en su inútil afán de restarle importancia y gravedad al alzamiento, despojándolo de su carácter racista, aseguran que los rebeldes no hacían armas contra el ejército leal, porque les repugnaba derramar sangre de hermanos. Y por último, los más radicales, los más escépticos (y según ellos los más lógicos) afirman categóricamente que lo sucedido no les ha causado mayor sorpresa, por ser cosa demostrada que el negro, capaz de acometer las más heroicas empresas cuando se siente dirigido y amparado por el blanco, se convierte en el ser más inofensivo de la creación al encontrarse solo y sin más guía que su propia iniciativa.

Los que tal dicen traen á colación y en apoyo de sus teorías, las famosas exploraciones de Livingston y Stanley al "Africa Tenebrosa".

En aquellos peligrosos viajes á través de inmensos territorios desconocidos, los intrépidos exploradores, á fuerza de dádivas y halagos, lograron la amistad de algunos indígenas, tan salvajes, tan cobardes y tan abyectos como los demás, y que sin embargo, no bien se vieron junto al hombre blanco, convirtiéronse en verdaderos héroes y llegaron á inspirar invencible terror á los tribeños, á los cuales vencieron con facilidad pasmosa, no obstante conservar sus primitivos armamentos.

Los autores de este libro, modestos periodistas que no abrigan al publicar esta obra otro pensamiento ni persiguen otra finalidad que reseñar fielmente lo que vieron durante su permanencia en las montañas Orientales, no son los llamados á pronunciar la última palabra en cuestión de tanta trascendencia como la que sirve de tema á este capítulo.

Nosotros nos limitamos á consignar que los negros rebeldes de Ivonet y Estenoz no desplegaron ninguna de las legendarias dotes de energía y audacia que caracterizaron en otros tiempos á los montañeses orientales.

Por lo que hace á las causas que hayan podido motivar esta carencia absoluta del legendario valor, ya hemos dicho que nos son desconocidas, y no tenemos el menor interés en averiguarlas.

III
A CADA CUAL LO SUYO

Se ha repetido con marcada insistencia, que la suprema aspiración de Evaristo Estenoz y sus lugartenientes (Ivonet, Lacoste, Surín y otros) consistía nada menos que en el establecimiento de una república negra, calcada sobre los moldes de Haití.

Nada más lejos de la verdad: Estenoz, sobre todo, era demasiado sagaz para no darse cuenta de lo absurdo y descabellado de semejante propósito; y podemos asegurar sin temor á equivocarnos, que en todo pensaba él, menos en convertir á Cuba en una edición de bolsillo de la Nigricia.

Sabía el astuto cabecilla, y de fijo que no lo ignoraban sus edecanes, que aun en el caso—muy improbable por otra parte—de obtener un triunfo completo y decisivo sobre los blancos, no les habría sido posible constituir una república de negros, puesto que á ello se hubieran opuesto resueltamente los norteamericanos, que, como se sabe, no se distinguen por su amor á los hombres de piel obscura.

Otra era, á juicio nuestro, la finalidad que perseguía Estenoz; y aún á trueque de que se nos tache de excesivamente crédulos—de cándidos, si se quiere—afirmamos sin vacilar que su sueño dorado consistía en obtener la derogación de la llamada "Ley Morúa".

Evaristo Estenoz, hombre ambicioso y de muy elástica moral, producto acabado y típico de una gigantesca revolución ultrademocrática que trastornó por completo la vida social y política del país, encumbrando á los menos capacitados y hundiendo en las sombras del olvido los más brillantes talentos y los más sólidos prestigios; Estenoz, que sin estar dotado de verdadera inteligencia poseía la vivacidad característica del politicastro surgido de los comités de barrio, era tal vez entre todos los suyos, el único que aspiraba con toda sinceridad á obtener la derogación de la expresada ley, que inspirada acaso en el deseo de contener á los blancos, sólo ha servido, á juzgar por los hechos, para exasperar á los negros.

Si Estenoz hubiera obtenido la derogación de la Ley Morúa, bien por medio de la propaganda pacífica, bien empleando la violencia, se habría convertido en jefe nato de los negros que habitan la isla, y que constituyen un crecido tanto por ciento de su población total, lo que equivale á decir que el ambicioso cabecilla hubiera dispuesto á su antojo de una fuerza electoral irresistible, que ora empleada en beneficio de su raza, ora valiéndose de ella para robustecer á cualquiera de los partidos legítimamente constituídos, habría jugado, en todos los casos, un papel decisivo en la política cubana.

Los conservadores para obtener el poder y los liberales para conservarlo, hubieran pagado á cualquier precio la cooperación de Estenoz; y el leader de los titulados Independientes de Color, cargado de honores y riquezas, habría llegado á ser la figura central de todas las situaciones.

Con esto, sin embargo, poco ó nada adelantaban los miles de negros, analfabetos en su inmensa mayoría, que seguían las inspiraciones del audaz jefe racista: esos desventurados, no obstante su ignorancia, se daban cuenta de que la derogación de la Ley Morúa ningún beneficio directo habría de reportarles: individual y colectivamente, ellos continuarían siendo los más humildes, los más desgraciados, los más perseguidos por el destino adverso.

Fué, pues, necesario, para obtener la cooperación entusiasta de esos hombres, ofrecerles algo que estuviera más en consonancia con sus deseos y aspiraciones; y. . . . . .

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¿Será necesario repetir aquí lo que sabe todo el mundo y nadie se atreve á negar?

Estenoz, Ivonet, Surín, Lacoste, todos los llamados jefes del Partido Independiente de Color, que habían de convertirse poco después en cabecillas del movimiento armado, convencidos de que con promesas de futuras ventajas políticas no lograrían despertar el dormido entusiasmo de sus parciales, recurrieron al criminal expediente de excitarlos á la lucha, propalando las más calumniosas especies contra los blancos, y ofreciéndoles como horribles trofeos de victoria, el saqueo de nuestros hogares, la sangre de nuestros hombres y la honra de nuestras mujeres.

Todavía resuenan en nuestros oídos aquellas insultantes palabras que profiriera el cabecilla racista en la tribuna de Guantánamo, cuando en medio de los aplausos y rugidos de una multitud frenética y enardecida por el alcohol y la lujuria, aseguró que, después del triunfo del Partido Independiente de Color, los mulatos, que hasta el presente habían sido producto del cruzamiento del blanco y la negra, nacerían de la unión del negro con la blanca.

Eugenio Surín, por su parte, predicaba abiertamente la guerra de razas; y en una ocasión, que recordamos perfectamente, se interrumpió en medio de uno de sus discursos incendiarios, para decir que no podía continuar en el uso de la palabra, porque el cuello de la camisa, por ser blanco, le asfixiaba.

El movimiento estenocista no tuvo, pues, como se empeñan algunos en afirmar, un carácter francamente político. Los únicos que tal vez obraban con sinceridad al combatir la Ley Morúa eran Estenoz y sus principales lugartenientes, por ser ellos los únicos á quienes la derogación de la tal Ley interesaba.

Los otros, es decir, la inmensa mayoría, la casi totalidad, los seis ó siete mil negros que respondieron al llamamiento, se marcharon al campo de la revolución impulsados por un solo sentimiento: odio al blanco, al blanco que en nada les había ofendido; que después de darles la libertad, hizo cuanto pudo por levantarlos del bajo nivel en que yacían...

IV
UN VIAJE TERRIBLE

Santiago de Cuba, Junio 7, 1912.

¡Vivo!... qué inmensa felicidad! No me han matado, ni me han herido ni me han dado un arañazo... ni siquiera se han atrevido á tirotear el tren.

Hablando con toda franqueza, me alegro de que no me hayan causado el más leve daño; pero eso de no detener la locomotora me tiene desconsolado. Yo esperaba por lo menos un tiroteo, un ¡alto!, un ¡viva el ejército reivindicador!, algo, en fin, que me facilitase tema para inaugurar mi vida de corresponsal en campaña con un telegrama de esos que obligan á los regentes y empleados de la imprenta á registrar todas las gavetas del almacén en busca de tipos gruesos como puños.

¡Calculen ustedes lo hermosa que hubiera lucido la primera página de La Prensa, con títulos como estos:

El tren Central atacado por Estenoz. Heróica defensa de los pasajeros.—Nuestro querido compañero Fulanito de Tal, fué la estrella de la jornada, y á su buena puntería y control con hombres en bases se debió la victoria.... Ya no desembarcarán los americanos.—Presentación de Ivonet.—Campos Marquetti defiende la Ley Morúa.—Nuestro Corresponsal, con sus disparos de Shrapnell criollo, causó ciento noventa muertos vistos al enemigo y ocupó el dedo gordo del pie derecho de un cabecilla.

Todo esto y mucho más hubiera podido anunciar á mis ansiosos lectores, y para ello habría bastado que un grupo de alzados detuviera el tren.

Pero, ¡quiá!: los alzados no detienen nada, y todas las peripecias de mi viaje desde la siempre fiel á la siempre rebelde se redujeron á tres ó cuatro momentos de pánico, pronto disipado, y á una serie que parecía interminable de escenas cómicas, la primera de las cuales se desarrolló en Villanueva y la última en la estación de esta ciudad.

En el andén de Villanueva, desde una hora antes de la salida del tren, se advierte inusitada animación. Los viajeros y los curiosos se saludan, se confunden, forman grupos, hablan y discuten sobre los sucesos de actualidad, y hay momentos en que todos, hasta los bulliciosos maleteros, parecen héroes.

Héroes he dicho, y tengo que hacer una pequeña aclaración: en estos momentos de prueba, todo el que adquiere un boletín de la Habana á Santiago, es un valiente por los cuatro costados.

Sin duda por esta causa, son muchos los que hacen el viaje hasta la Ciénaga ó Luyanó, después de despedirse de amigos y familiares con los ojos arrasados por las lágrimas, y gritando desde la plataforma que telegrafiarán, en cuanto lleguen á Songo.

A las diez en punto, y en medio de un silencio sepulcral (ese silencio solemne que precede á todos los hechos terribles ó heróicos) se pone en marcha el tren, y apenas se deja á retaguardia la Quinta de los Molinos, empiezan los viajeros á identificarse.

Un caballero de aspecto pacífico y eminentemente mercantil es el que primero rompe el fuego, con estas palabras, que nos dejan sorprendidos.

—Ahora que se han suspendido las garantías constitucionales, van á saber esos pillos lo que es bueno.

—Hay que dar mucho machete, prorrumpe otro amable sujeto haciendo un gesto terrible, capaz de hacer presentar á Ivonet.

El reporter (futuro corresponsal en campaña) aguza el oído, y se dispone á la interview.

—¿Fuma usted? pregunta sacando la tabaquera y ofreciéndola á uno de los belicosos interlocutores.

Este y su compañero (el del machete) aceptan el obsequio; y ya el periodista se regocija pensando que tiene que habérselas con dos héroes que viajan de incógnito, cuando sus aguerridos compañeros de viaje le manifiestan que solo van á Matanzas.

—¡Cómo! ¿Nada más?

—Pues, ¿qué creía usted?

—¡Hombre! yo me había figurado que ustedes irían por lo menos hasta La Maya.

Desde aquel momento, ni el reporter ni nadie vuelve á hacer caso de esos dos bobos que solo van hasta Matanzas.

Porque la calidad de los pasajeros del central se mide en estos dias por la distancia que van á recorrer. Uno que se queda en Jovellanos, no vale gran cosa; el que llega á Santa Clara tiene más derecho á la admiración de sus compañeros y los que pasan de Camagüey son unos valientes. Ni que decir tiene que los que declaran con solemne acento que el término de su jornada es San Luis, el Cristo ó el propio Santiago, son los amos del tren. Para éstos se reservan todas las atenciones, todos los agasajos, todas las demostraciones de afecto.

—¿Ves ese hombre gordo?, dice un marido á su mujer: tiene que ir á La Maya.

—¡Ay, el pobre!, exclama con tono doliente la señora.

Por lo demás, las primeras horas del viaje son bastantes divertidas, sobre todo para los coleccionistas de armas de fuego.

—¿Lleva usted revólver?—pregunta un pasajero á su vecino.

Y el interpelado, que no desea otra cosa que exhibir su 44, saca del cinto un enorme Bulldog, sucio y descuidado, con el cual, según afirma, peleó muy duro en la escolta de Máximo Gómez. Esta primera demostración armada es la señal; y pronto todos los viajeros agitan en sus manos revólvers y pistolas de todas clases.

—Esta belga de setenta tiros, dice uno, es capaz de acabar con una partida de negros.

—Ríase usted de pistolas automáticas, exclama otro; no hay arma más fija que esta.

Y se pone á apuntar á derecha é izquierda con un Colt.

—Papá, yo tengo miedo!, grita un niño.

—El conductor interviene y todos los "escupe plomos" vuelven á sus fundas.

Es consolador, ensancha el corazón y levanta el ánimo el aspecto marcial y la resolución que se advierte en todos los pasajeros.

No hay uno entre ellos, que no desee tropezarse con los alzados, "esos canallas, miserables, traidores, que no pagan ni fritos lo que están haciendo".

Lo malo es que aquella actitud y este lenguaje solo prevalecen hasta que llega el tren á Camagüey. En ese lugar, bien porque la horrible comida que se sirve en la estación haya deprimido los ánimos, ó bien porque empiece á sentirse la cercanía del peligro, el caso es que las lenguas enmudecen.

Y pasan estaciones: Guarina, Mambí, Palo Seco... empiezan á notarse síntomas de inquietud, que va en aumento, hasta que, al llegar á Alto Cedro, que es donde empieza la "zona peligrosa" solo se oyen frases de prudencia, de igualdad política y social, de boberías entre cubanos, etc., etc.

Los viajeros blancos encuentran justificada, hasta cierto punto, la protesta de Estenoz, "porque caballeros, después de todo, no hay que olvidar que los negros pelearon mucho".

Los que más belicosos se habían mostrado entonces, empiezan á decir que ellos se lavan las manos, y no faltan quienes esconden el pistolón, la belga ó el Smith and Wesson, "porque no conviene que lo cojan á uno con armas encima."

Por su parte, los viajeros negros, que saben lo de las garantías y no ignoran que se acercan también á la zona del peligro, declaran á voz en cuello que Estenoz é Ivonet son un par de sinvergüenzas.

Se sale de Alto Cedro. ¡Qué momento! Se apagan las luces del tren. Los soldados de la escolta se forman en línea de batalla junto á las ventanillas; la locomotora marcha á paso de tortuga...

Llegamos á San Luis, y renace nuevamente la calma; en San Luis está Mendieta con su columna, y también está Capmany, el héroe de Yarayabo, irreprochablemente vestido de facineroso.

¡Por fin! ¡¡Santiago!! La bella Santiago, como la bella Habana, no ha perdido su aspecto normal. Para mí, que estuve aquí hace dos meses en misión sportiva, solo presenta un cambio: que todos mis amigos, los "igorrotes", á quienes encontré en mi viaje anterior armados de bates y pelotas, pasean ahora por las calles, con camisa azul y pantalón de kaki, llevando el fusil al hombro...

Los bates han desaparecido; las pelotas no. La capital de Oriente ha sido siempre notable por su desmedida afición al base-ball...

V
HANDS ACROSS THE SEA

Dice un refrán castellano
que Dios aprieta y no ahoga;
pero estoy viendo la soga
y el movimiento de mano
Estenoz.

San Luis, Junio 12, 1912.

Ya tenemos á los galos en Roma; y aunque los asustados gansos del Capitolio han dado la voz de alarma, difícil me parece que podamos sustraernos á los terribles efectos de la invasión.

Tanto los cablegramas de Washington como los jefes y oficiales que por aquí se encuentran y los que acabo de ver en Guantánamo, afirman categóricamente que los Estados Unidos no tienen el propósito de intervenir en Cuba, lo cual es muy posible; pero, sea éste ú otro el fin que se persigue, el caso es que ya los acorazados y cruceros de la Unión ocupan nuestros puertos y que las tropas yankees, con el pretexto de proteger las vidas y haciendas de los ciudadanos de la Gran República, se han internado en territorio cubano, y establecido guarniciones y destacamentos en los lugares más á propósito para precipitar el mejor día un conflicto de todos los demonios.

Aquí mismo, en el ingenio "Unión", á medio kilómetro de esta sucursal de la Cafrería que se llama San Luis, se halla una fuerza americana de 150 hombres, con artillería, y sus tiendas de campaña y el humo de sus vivacs se distinguen con toda claridad desde los acantonamientos cubanos del general Mendieta.

Podemos, desde luego, estar tranquilos por lo que á nuestros soldados se refiere; ellos no provocarán el más leve rozamiento ni darán lugar con su conducta, que es intachable, á que los estadistas de la Casa Blanca encuentren un nuevo pretexto; pero, ¿puede decirse lo mismo de los otros? Hasta el presente—dicho sea en honor de la verdad—todos los militares del Tío Sam, desde los de más elevada jerarquía hasta el más humilde soldado, han procedido con exquisito tacto y corrección intachable; pero ya conocemos á los americanos del ejército, sabemos lo impertinentes que suelen ponerse, y cualquiera impertinencia en los actuales momentos podría originar un verdadero lío de funestas consecuencias para todos.

Yo no acierto á comprender (lo digo con toda sinceridad) la razón que haya podido tener el gobierno americano para precipitar sobre Cuba su escuadra y ocupar militarmente una porción no pequeña de nuestro territorio. ¿Qué se propone la Gran República, qué fines persigue, á impulsos de qué sentimientos obra?

Se sabe de manera indubitable que el primer grito de alarma lo dió Mr. Brooks, ó hablando con más propiedad, el señor Brooks, convertido en mister por impulso espontáneo de su libre albedrío. Este caballero, ó por mejor decir, este gentleman, que lamenta de todo corazón el haber nacido en Cuba, desempeña en la Nigricia criolla, esto es, en Guantánamo, las funciones de cónsul de S. M. Británica, y se siente más sajón que el rey Haroldo.

El, como muchos que adquirieron patente mambisa en la revolución del 95, no tiene ni tuvo nunca otro ideal que derribar el imperio español para levantar el imperio yankee. Sin duda que el señor de mister Brooks, en su calidad de British subject, hubiera preferido un nuevo Transvaal á una segunda edición de Puerto Rico; pero á falta de pan, buenas son tortas; y ya que no es posible cantar el God save the King, bien puede un sajón, por honorario que sea, darse por satisfecho cantando el My country it is of thee; después de todo, la música es igual, y el Hail Columbia y el Rule Britannia vienen á ser una misma cosa......

Que la voz de la sangre es la más fuerte,
y hands across the sea

Volvamos al señor de mister Brooks.

No ha sido ésta su primera demostración anexionista. Hace algún tiempo, como recordarán de fijo mis lectores, estuvo á punto de provocar un conflicto, por haber solicitado del jefe de la estación naval el inmediato desembarco de tropas, sin otra causa que haber ocurrido varios desórdenes sin importancia en Guantánamo.

En aquella ocasión no desembarcaron en Cuba soldados americanos gracias á la digna y enérgica actitud del capitán York, que se opuso á ello resueltamente.

Ahora no ha hecho sino ratificar con un nuevo acto de franca hostilidad el poco cariño que le inspira la República cubana, y esto no debe sorprender á nadie, del mismo modo que no debe causarnos extrañeza que el ministro Beaupré y el mamarracho de Caldwell, corresponsal en esa capital de la Prensa Asociada, hayan sido los responsables de que un almirante y dos grandes acorazados de los Estados Unidos se encuentren hoy en la bahía de la Habana, pues ambos se han distinguido siempre por.... por.... ¡bueno! por lo mismo que se distingue el flamante Cónsul de la Gran Bretaña en Guantánamo.

Repito que la actitud de tan distinguidos anexionistas no me sorprende; pero si hay en este mundo algo que yo no pueda explicarme, es que hoy, cuando forzosamente tienen que haberse convencido de que las tropas de Cuba Libre bastan y sobran para meter á los alzados en cintura, insistan los americanos en permanecer en territorio cubano, con lo cual—bueno es que se sepa—no han conseguido otra cosa que crear dificultades á nuestro gobierno, herir á nuestro pueblo en sus más hondos sentimientos y retardar la pacificación del país.

No hay que hacerse ilusiones; mientras que Ivonet, Estenoz, y los principales cabecillas del movimiento no se convenzan de que los yankees no tienen el propósito de intervenir, se guardarán bien de rendir las armas, pues pensarán que el gobierno, al verse seriamente amenazado por una nueva intervención, acabará por concederles todo cuanto piden.

Tan convencido estoy de lo que digo, tan absolutamente seguro de que si se mantienen en las montañas es sólo por la razón que dejo expuesta, que no tengo el menor inconveniente en afirmar que la retirada de los buques y soldados yankees traería como consecuencia inmediata el cese de la rebelión.

VI
UN ACCIDENTE

Para dirigirse á Guantánamo, plaza de la cual acababa de ser nombrado comandante militar, el coronel de Infantería Jefe del Segundo Regimiento Sr. Carlos Machado y Morales, había tomado pasaje en el tren que parte de Santiago de Cuba á las 2 y 15 de la tarde, en unión del Teniente de Sanidad Militar Dr. José A. Cabrera y el Segundo Teniente señor Alfonso. El convoy que los conducía hubo de sufrir en El Cristo un retraso como de media hora, pues en la vía se encontraba un tren de carga que había tenido un percance. Este inesperado retraso hizo que dichos militares llegaran á San Luis con mucha demora, por lo que el tren que á las 3 de la tarde sale para Guantánamo ya había partido, lo que obligaría al coronel Machado y sus acompañantes á permanecer en San Luis hasta el día siguiente. Pero el coronel Machado, que es hombre que no se detiene ante ningún obstáculo para llegar al fin, y que comprendía lo necesario de su llegada á Guantánamo ordenó que la Compañía del Este pusiera á su disposición una cigüeña de vapor para hacer el viaje en unión de sus compañeros. El hacer el viaje de San Luis á Guantánamo en el tren era cosa en extremo peligrosa, pues raro era el día que los rebeldes no lo tirotearan ó quemaran un puente, una alcantarilla, y hasta alguna estación. Esto no obedecía á otra cosa que al hecho de que la zona que el tren atravesaba era la más frecuentada por las partidas rebeldes, dándose el caso repetidas veces de que los alzados plantaran su bandera sobre las lomas en las cercanías de las paralelas del ferrocarril.

Estos peligros, perfectamente conocidos por el coronel Machado, no le hicieron desistir de su propósito; y á las 4 y 25 de la tarde salían en la mencionada cigüeña automóvil el coronel Machado y los Tenientes Cabrera y Alfonso, con una pareja de la Guardia Rural, en dirección á Guantánamo.

Nada anormal ocurrióles durante el trayecto de San Luis á Bayate. Ya era de noche cuando atravesaron este paradero, por lo que enviaron á buscar algo que comer, que confortara sus estómagos. Terminada esa pequeña comida, volvieron á ocupar su cigüeña, emprendiendo de nuevo la marcha.

El jefe de ese paradero les había advertido que tuvieran cuidado, pues por la tarde había estado allí una gruesa partida de rebeldes, los que siguieron por la línea, en la misma dirección que ellos llevaban. Hacía ya más de 30 minutos que se encontraban en marcha, cuando atravesaban con bastante velocidad un puente muy largo, y sin baranda, en el medio del cual la cigüeña sufrió un choque terrible; todos cayeron unos encima de otros, y el que guiaba la máquina lanzaba lastimeros ayes; la cigüeña se había detenido en su marcha. La primera impresión fué terrible, todos creyeron que las partidas de alzados que merodeaban por aquellos lugares les habían tendido un lazo para capturarlos vivos; pero poco á poco fuese aclarando el misterio, y se pudo ver lo que había producido aquel espantoso choque: era un toro que se paseaba por el puente y al que la velocidad con que marchaba la cigüeña le impidió salir de él.

Desgraciadamente no fué solo el toro el que pagó las consecuencias de la violenta acometida; la cigüeña también se había destrozado, y todos sus pasajeros hubieron de descender de ella internándose en la manigua, pues debían buscar una posición que estuviera en condiciones de poderse defender, caso de que alguna partida tratara de atacarles. Mas cual no sería la sorpresa de los excursionistas al ver que á medida que se internaban en el monte, se presentaban ante su vista pequeñas casitas de yagua, y el humo que despedían las candeladas; todo eso demostraba que horas antes había estado acampada allí alguna numerosa partida de alzados, por lo que hubieron de abandonar aquel lugar teniendo en cuenta que sólo eran seis hombres, de los cuales solamente dos usaban arma larga. Después de enviar á la siguiente estación al conductor de la cigüeña, se emboscaron todos detrás de una cerca, esperando el momento de morir matando, pues en el caso probable de que hubieran sido atacados por los alzados éstos al ver á sus enemigos en número inferior, los hubieran tratado de capturar y como consecuencia se habrían defendido hasta disparar el último tiro. Allí pasaron 5 horas sin tomar agua ni probar ninguna clase de alimentos, y en medio de las mayores incomodidades. Por fin, un resplandor se deja ver por la manigua, las paralelas comienzan á producir ruido, un tren se aproxima, y á medida que la potente máquina avanza, van aquellos bravos militares, que hubieran sabido morir heróicamente antes que caer vivos en poder del enemigo, recuperando la confianza de vivir, que durante siete horas habían perdido.

A una señal se detuvo la locomotora, y todos reanudaron el interrumpido viaje á Guantánamo, donde llegaron á las dos de la madrugada.

Así terminó ese incidente, que pudo haber costado seis vidas y hubiera producido un efecto moral desastroso para la causa del orden.

VII
EL FUEGO DE BOQUERON POR FUERZAS DEL
COMANDANTE CASTILLO

Esta acción, que ha sido sin duda alguna de las más importantes de las efectuadas en la intentona racista, ha pasado casi inadvertida, debido á que en los días que se efectuó todos los diarios habaneros estaban preocupados con el problema de la Intervención Americana, al que dedicaban todas sus páginas, haciendo caso omiso de lo que las fuerzas armadas de la República hacían por la región oriental.

La columna del comandante Rafael del Castillo, se encontraba acampada en el pequeño pueblecito de El Palmar, lugar pintoresco situado al pie de las estribaciones de las lomas de "Los Ciegos". Al amanecer, las alegres notas de la diana despertaban á todos aquellos bravos soldados de su sueño, y de sus pequeñas tiendas de campaña iban saliendo todos ya con sus equipos preparados y sus armas en la diestra. Repartiose el café en las Compañías, y apenas la aurora se dejaba entrever en el horizonte, ya los soldados emprendían la marcha, dejando detrás El Palmar, que durante toda aquella noche les había servido de agradable campamento.

No habían andado más de 20 minutos, cuando los exploradores de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y cabo Fifí, del Tercer Regimiento, rompían fuego contra un grupo de negros que, subidos en una loma inaccesible, les respondían á balazo limpio.

Entonces el comandante Castillo, que con el corneta de órdenes había ocupado una posición sobre una altura, ordenó que la Infantería, perteneciente á la Compañía del Capitán Almeyda, avanzara sobre la posición ocupada por el enemigo. El fuego de la infantería comenzó tan pronto esta fuerza hubo coronado una loma, en cuya parte superior había una pequeña casa de guano, en la que se encontraban refugiados cuatro rebeldes, que al verse sorprendidos por la tropa, corrieron con tanta velocidad, que llegaron con la rapidez vertiginosa de un rayo á la orilla de la manigua, donde desaparecieron, no sin antes dejar uno de ellos varios cartuchos y un estandarte del "Partido Independiente de Color", barrio de Casisey Arriba.

De las lomas que rodeaban el camino salían multitud de disparos de los alzados, y por todas partes las fuerzas del comandante Castillo escuchaban tiros.

Otra orden hizo que la Compañía del Capitán Navarro con el Teniente Ramos, avanzara sobre el lugar llamado Alto de Boquerón, con objeto de evitar la retirada del enemigo; estas fuerzas fueron hostilizadas durante todo el camino por los pequeños grupos de rebeldes que creyeron imposible que una columna se atreviera á correr la aventura de entrar en aquellos estratégicos lugares, pues todos recordaban que durante la guerra de Independencia, todas las fuerzas españolas que intentaban entrar en Boquerón, desistían de su empeño, después de horas enteras de lucha, llevándose siempre gran número de bajas.

El tiroteo arreciaba. Los soldados, tendidos á la larga en el suelo, disparaban con sus magníficas armas sobre los lugares de donde se veía salir el humo, producido por los disparos de los alzados. Había ocasiones en que el fuego cesaba durante breves momentos, y entonces se percibía con toda claridad la voz de los rebeldes que gritaban: ¡Abajo la Ley Morúa! ¡Vengan para aquí, c.......! ¡al machete! y el fuego se reanudaba con la particularidad de que las tropas leales, á medida que iban disparando sus armas, avanzaban de 80 á 100 metros sobre las posiciones ocupadas por el enemigo, para lo que tenían que subir empinadas lomas, que á simple vista parecía imposible que los hombres pudieran escalarlas. Pero nuestros soldados, con sus oficiales á la cabeza, corrían sobre las bocas de las armas enemigas, disparando al propio tiempo las suyas, cuyas balas hacían un efecto desastroso, mermando las filas rebeldes.

Mientras el fuego arreciaba, en la entrada de Boquerón, Eugenio Lacoste (a) "El Tullido", abandonaba su casa del cafetal "Dios y ayuda", siguiendo con ocho hombres que lo llevaban cargado por el camino de las lomas "Felicidad" rumbo al Guayabal de Yateras, donde debía días después ser capturado con su consentimiento, por las mismas fuerzas del comandante Castillo.

La Compañía que mandaba el Capitán Almeyda había sostenido fuego con los insurrectos al tratar de retirarse éstos por la parte en que la tropa se encontraba, y la caballería, flanqueando los caminos, protegía el avance de la infantería. El fuego de los alzados iba poco á poco apagándose, y momentos después la corneta volvía á dejar oir sus notas bélicas, ordenando ¡alto el fuego! Prueba evidente de que la victoria había coronado el esfuerzo de los soldados.

Ya no se sentían tiros, sólo se escuchaba el clamor de los soldados que en lo alto de las lomas ocupadas dos horas antes por los rebeldes, gritaban alegremente, celebrando con alborozo el triunfo alcanzado.

Todos descansaron un rato reuniéndose poco después en el cafetal "Dios y ayuda", donde acamparon las fuerzas, ordenándose pasar lista para saber quiénes faltaban. Comenzada esta operación, todos los soldados respondían gozosos con un ¡aquí!, cuando se les nombraba.

Terminada la lista, pudo comprobarse que nadie faltaba, que las balas de los alzados no habían hecho heridos, y esta noticia fué recibida con tanto gozo por todos los soldados, que éstos se abrazaban y pedían á sus oficiales perseguir á los alzados, para reanudar así el combate.

Aquel día se sirvió un almuerzo que á todos pareció suculento, la alegría reinó en todo el campamento y á la mañana siguiente, 30 hombres de infantería al mando del valeroso oficial Estévez, hicieron un minucioso reconocimiento por los lugares donde el día anterior se había librado la batalla, encontrando 12 muertos y gran número de charcos de sangre.

Una orden llegada de Guantánamo hizo que la columna regresara á esa ciudad, y al siguiente día entraba en ella, donde permaneció dos días descansando. Bien se lo merecían aquellos bravos soldados que supieron tomar al enemigo posiciones que siempre fueron creídas inexpugnables por todos que las conocían.

VIII
IMPREVISION

Son tantos y de índole tan diversa los asuntos de que puede tratar un periodista profesional que tenga la suerte de hallarse en estos momentos en la bella y hospitalaria Santiago, que al poner manos á la obra de confeccionar, de prisa y corriendo, como por lo común se hacen estos trabajos, una correspondencia, se siente uno perplejo, sin saber por dónde empezar ni á qué temas dar la preferencia.

Así, por ejemplo, yo daría cualquier cosa por estar dotado del inapreciable don de condensar en el espacio de ocho ó diez cuartillas todas mis impresiones, las buenas lo mismo que las malas, y referir las mil y una peripecias que me han ocurrido, desde el último abrazo que me dió Hernández Guzmán en el andén de Villanueva, hasta el último timbrazo inútil que acabo de dar para que me traigan una pluma algo más digna de su nombre que este horrible mocho de escoba que me facilitaron en la carpeta del hotel en que me hospedo.

Santiago de Cuba, destinada, por lo visto, á sufrir todos los rigores de las campañas militares que se libran en nuestra patria, ofrece en estos momentos el extraño aspecto de un vasto campamento, y raro es encontrar por calles y paseos un hombre que no vista de uniforme.

Y no vaya á creerse que me refiero á los uniformes de la Rural ó el Permanente, los cuales, (dicho sea en honor de nuestro ejército regular) no son los que más abundan, por la sencilla razón de que casi todas las tropas están en operaciones.

Los uniformados que pululan por estas pintorescas calles (que más que otra cosa parecen montañas rusas de asfalto) son los milicianos—la "Guardia Blanca" Oriental—unos soldados que han abandonado los libros, las oficinas, los talleres, el hogar tranquilo y venturoso, para empuñar el rifle; soldados improvisados que merecen bien de la patria, y que tanto por los valiosísimos servicios que prestan, como por la compostura, disciplina y seriedad de que hacen gala, se confunden con los militares de profesión.

El Ejército, por su parte, ha demostrado hasta la saciedad que no tiene superior en el mundo; y si sufridos, heroicos é incansables son los soldados, brillante y digna de encomio es la oficialidad.

Pero yo no he venido á Oriente para fungir de monigote y por lo tanto paréceme oportuno echar á un lado el incensario, para entregarme á la inefable tarea de criticar.

¿A quién, á quiénes? ¡Qué sé yo! A nadie en concreto y á todos en conjunto.... á tí, lector querido, á mí, á todos, en fin, los que tenemos el honor de haber nacido en esta tierra y ser miembros de una raza llena de virtudes, pero desgraciadamente no exenta de defectos, entre los cuales ninguno está á mi juicio tan arraigado como el de la falta de previsión.

Es doloroso tener que confesarlo, pero ¿qué le vamos á hacer? Los cubanos, como nuestros excelentes papás los españoles, somos muy poco prácticos; y esta es la causa de que nos pasemos la vida haciendo todo menos aquello precisamente que debiéramos hacer.

Ese optimismo exagerado que nos ciega, impidiéndonos ver las cosas bajo su verdadero aspecto, ha sido y es la causa principal de casi todos nuestros males; y del mismo modo que los españoles perdieron su imperio colonial, sus soldados, sus buques, sus millones y cuanto tenían que perder, por haberse obstinado en no prestar atención á las reiteradas advertencias que se les hacían, nosotros, sus hijos, no hacemos más que salir de una situación difícil, para caer en otra. Y todo, ¿por qué?: pues, porque lo mismo que ellos, no queremos, ó no sabemos interpretar las señales de los tiempos.

No creo que sea este el momento de depurar hechos para fijar responsabilidades, y no seré yo por cierto quien tal haga, con tanto mayor motivo cuanto que sinceramente creo, como ya dije, que la culpa de cuanto en estos momentos ocurre no puede en justicia atribuírsele á nadie.

Todo obedece.... ¡bueno!, ¡chi lo sa! á que somos así; trátase de una causa ingénita, y hasta cierto punto somos irresponsables.

El convulsionismo—nadie lo ignora—es el más terrible de los males morales que nos aquejan; y lógico y natural sería que mostrásemos empeño en hacerlo desaparecer y en impedir sus brotes.

Por desgracia, hacemos todo lo contrario, y en no pocas ocasiones tal parece que nuestra única misión sobre la tierra consiste en estimular á los revoltosos.

El actual levantamiento de Estenoz, que es (aunque los espíritus pusilánimes lo nieguen) una revolución de negros contra blancos, ha sido posible y casi, casi hasta de fácil realización, porque no hay un solo cubano que no esté plenamente convencido de que en este desgraciado país, el medio más seguro de encumbrarse y obtener lo que se quiere consiste en apelar á la violencia y amenazar. Si una vez constituida la República se hubiera castigado sin misericordia al primero que intentó sublevarse contra los poderes constituídos, el convulsionismo, que aquí como en todas partes es tan fácil de intimidar como difícil de someter una vez que ha estallado, no habría tomado el incremento que hoy tiene, por la sencillísima razón de que todo el mundo, antes de lanzarse á peligrosas aventuras, lo pensaría mucho, por temor á las poco agradables consecuencias que sus diabluras podrían acarrearle.

Son muy numerosos los ejemplos que pueden citarse; pero quiero—al menos por el momento—concretarme al caso de Estenoz. Este sujeto, hombre de escasa mentalidad y que ni siquiera gozaba de prestigio entre los de su clase, ha conseguido llegar hasta donde ha llegado merced á los miramientos y consideraciones que con él se tuvieron y á la importancia que se le dió á raíz de haber iniciado su propaganda racista. Fracasado en aquella ocasión, el gobierno pudo haberse servido de él para hacer un saludable escarmiento, que por lo menos hubiera alejado durante algún tiempo el conflicto en que hoy nos vemos envueltos. En lugar de proceder en la forma indicada, Estenoz, que no era después de todo más que un pobre diablo, se encontró convertido de la noche á la mañana, y sin que él mismo, tal vez, pudiera explicarse la metamorfosis, en todo un personaje ilustre, al que se rendía la innoble pleitesía del miedo, y el resultado fué que él y los suyos, al darse cuenta de que se les temía, cobrasen nuevos bríos y se mostraran cada vez más audaces y decididos, hasta el extremo de no ocultarse ya para conspirar contra los blancos, es decir, contra la inmensa mayoría de los habitantes de la isla.

En Oriente, sobre todo, los trabajos de Lacoste, Estenoz, Ivonet y otros apóstoles del racismo, se realizaban á pleno sol, en la plaza pública, en medio de la calle: todo el mundo estaba perfectamente enterado de lo que ocurría, y es de suponerse que el gobierno central y las autoridades locales también lo sabían.

Esto no obstante, nada, absolutamente nada se hizo para impedir el golpe; los cuarenta millones de cuerpos de policía (todos inútiles y ridículos) que padecemos, aprovecharon la ocasión para dar una nueva prueba de su incompetencia, y los hombres encargados de velar por el sosiego público no se creyeron obligados á mover un solo soldado del campamento de Columbia, hasta que los perturbadores de la paz habían encontrado seguro albergue en las abruptas serranías orientales.

Eso sí; tan pronto como quedó comprobado que se habían presentado partidas de negros armados en diversos lugares de la República, empezaron á rodar cañones y á desfilar regimientos; medida tardía y no siempre eficaz, cuando se trata de países sólo independientes y soberanos á medias, cuyos tutores no suelen proceder con esos miramientos que en la práctica del derecho internacional sólo se guardan entre sí los estados que mutuamente se temen y respetan.

Yo no dudo (¡líbreme Dios de ello!) que nuestro ejército, tan bello, tan brillante y tan sabiamente adiestrado, sea capaz de aplastar en plazo más ó menos largo, la criminal revolución que hoy nos aflige; pero estoy firmemente convencido de que más eficaz que los combates heróicos y las victorias gloriosas hubiera sido un golpe policiaco, dado algunos días antes del levantamiento.

Bien es verdad que aun en el supuesto de que Estenoz y los suyos hubieran caído en poder de las autoridades, es más que probable que nada desagradable les habría ocurrido, sino todo lo contrario. Hay, por lo menos, motivos para pensar así, teniendo en cuenta los hechos pasados.

IX
EL IMPERIO DE LA CONVULSION

San Luis, Junio 1.º

Después de haber hecho largos recorridos por esta comarca, que se encuentra completamente infestada de alzados, y de haber tenido oportunidad de hablar con varios de ellos acogidos á la legalidad, he podido formar un juicio aproximado de la verdadera situación de esta rica zona, que tan desolada se encuentra, con motivo de los actuales acontecimientos.

Al principio, nadie le concedió por aquí gran importancia al alzamiento; pero apenas comenzaron á llegar noticias alarmantes, los que viven á distancia de las poblaciones se pasaban el día en éstas, ávidos de saber las últimas noticias del movimiento y llenos de una gran incertidumbre, pues luchaban entre la idea de abandonar sus bohíos, con sus animales y sus siembras, ó aguardar en el campo la terminación de este movimiento. Pero como las noticias eran cada vez más alarmantes, esto produjo en todos los montunos el efecto más desastroso, y comenzaron á llegar á las poblaciones carretas cargadas de muebles, gallinas y frutos, y á los destacamentos de la Guardia Rural venían los hombres con sus caballos á ofrecerlos al Gobierno, antes que las hordas de alzados se apoderasen de ellos. Y daba pena ver como aquellos hombres elogiaban sus respectivas cabalgaduras, para que les fuese abonado mejor precio, haciendo cada uno la historia de su jamelgo, y recordando los trabajos y penalidades que tuvo que pasar para adquirirlo. De las bodegas situadas en los lugares lejanos de los pueblos también llegaban las carretas cargadas de mercancías, para depositarlas en lugares seguros donde no alcanzaran los vales del llamado "Ejército Reivindicador". Los viajantes de casas comerciales venían á exigir el saldo de sus cuentas á los establecimientos, y la desconfianza se entronizó en todas partes.

He departido con varios alzados, de los que se han presentado á las autoridades, los que me han referido la vida, no muy tranquila, que se hace en sus campamentos. Por la mañana muy temprano se toca diana y se procede á repartir las guardias de avanzadas y centinelas, lo que es motivo para que se originen serios disgustos, pues como es muy extraño encontrar entre éllos un soldado, ya que casi todos tienen elevada jerarquía militar, no se conforma un comandante con hacer centinela ó estar tres horas sobre un árbol en las avanzadas vigilando al enemigo.

Por otra parte, es tal el desarrollo del instinto de conservación entre los revoltosos, que sus avanzadas las ponen á cuatro leguas de sus campamentos, con el fin de que, caso de ser atacados, tener tiempo suficiente para ponerse á prudencial distancia de las fuerzas del ejército.

Terminada esta operación, que por lo regular siempre finaliza con escenas violentas, se dedican á "forragear", lo que significa procurarse cada cual sus alimentos para el día, en cuya labor no reparan en medios, pues lo mismo saquean una bodega, que le roban á un campesino todas sus aves de corral. Así transcurren las horas hasta la caída de la tarde, en que se entregan al baile africano conocido por el "maní", y entregados á esa salvaje expansión, llena de movimientos lúbricos, están hasta muy entrada la noche.

Duermen casi todos en el suelo, cubiertos con un par de yaguas, y las mujeres van á los bohíos cercanos al campamento con sus chiquillos. Muchas de ellas llevan al cinto enormes machetes "paraguayos", y su aspecto resulta entre cómico y repulsivo.

El predominio sobre una de estas mujeres ha costado en distintas ocasiones derramar mucha sangre, pues los Jefes que no tienen "costilla", quieren á toda costa conseguir una "mitad", aunque ésta sea ajena.

Los espías están en todas partes. No es extraño, cuando un grupo de oficiales del ejército se encuentra hablando sobre estos sucesos, ver á un negro que disimuladamente escucha, ni observar que en los alrededores del Cuartel de la Rural se encuentran tipos sospechosos que se fijan en todo y todo lo escudriñan. Frente al mismo cuartel hay un caserón que durante el día está repleto de hombres negros y por la noche sólo se ven en él mujeres. Raro es el día en que no se hagan varias detenciones de estos confidentes, á muchos de los cuales se les han encontrado documentos comprometedores. Todos los detenidos son enviados á Santiago de Cuba á disposición del Juez Especial, que instruye esa causa. Cuando las tropas salen á operaciones, no es raro ver en muchas casas á las mujeres que allí hay—pues los hombres no abundan—lanzar miradas impregnadas de odio, y hasta se da el caso frecuente de que al pasar las tropas cierran las puertas en señal de desprecio.

Es algo que ha prendido demasiado en el corazón de los ignorantes esta cuestión de alzamientos, para desgracia de Cuba, y no es muy difícil, como ha quedado demostrado con este levantamiento, el reunir varios centenares de desdichados que se lancen á locas aventuras, aunque éstas sean tan peligrosas para la patria como la actual.

Por donde quiera que pasan Estenoz é Ivonet, siembran la alarma entre los negros que encuentran pues les dicen que el ejército viene siguiéndoles y mata á todos los negros que halla en su camino. Esta falsa alarma les dió excelentes resultados en un principio, puesto que la mayor parte de los negros campesinos, á los cuales importa muy poco lo de la "Ley Morúa", se apresuraron á engrosar las filas rebeldes. Otros, estos están en gran mayoría, fueron con el santo propósito de apropiarse de lo ajeno ó de vengarse de sus enemigos, lo que podían lograr con absoluta impunidad para sus criminales fechorías.

Aunque parezca una paradoja, también hay blancos "Independientes de Color". Estos resultan aun más criminales que los negros, puesto que su intervención en este asunto es puramente viciosa, aunque hay muchos casos en que el principal móvil del alzamiento es el caballo, pues antes de consentir que les quiten sus rocinantes, acompañan á los alzados, exponiéndose á las consecuencias.

No pasa un día sin que alguna persona se acerque al general Mendieta y le haga saber que partidas de miles de hombres alzados se encuentran rodeando su finca y que han amenazado quemarla; otros que han visto 500 hombres armados hasta los dientes, que se encontraban esperando el paso de un tren, y cuando se ordena la salida de un escuadrón para el lugar en que se ha dicho que estaba la tal partida, resulta que no se ha visto á nadie y que todo se encuentra en absoluta tranquilidad. Hace dos noches, el dueño del ingenio "Hatillo", decía por teléfono al general Mendieta que más de mil hombres rodeaban su finca, y al llamar el general al capitán jefe del destacamento de ese ingenio y preguntarle lo que hubiera de cierto en lo dicho por el propietario de la finca, aquel militar respondió que era inexacto, toda vez que solo había tenido unos cuantos tiros con una pequeña partida que merodeaba por aquellos lugares.

Así se hinchan todas las cosas por aquí.

Por las lomas que rodean los pueblos de Songo y La Maya, hay una clase de negros que solo pueden compararse con los que hacen la vida primitiva en medio de las espesuras de las selvas africanas. Van enredados en unos rosarios, cuyas cuentas son de múltiples colores, y se pasan la vida consultando si las balas del ejército les harán daño, para lo cual suspenden en el aire una punta del rosario, y si el viento empuja éste á la derecha, las balas los respetarán; mas si es al contrario, castigan sus cuerpos para ganar indulgencia, pues los proyectiles pueden alcanzarles.

Debe ser curioso ver á un regimiento de esos fanáticos, entregados á consultar sobre el destino de sus vidas.

Cuando estábamos al pie de la loma de "La Gloria", y antes de haberse recibido el telegrama del general Monteagudo, el general Mendieta me confesó que aquella posición estaba ocupada por más de 2.000 hombres armados, sin contar los desarmados, que sumaban un crecido número. Más tarde, cuando el combate en la finca "Mayala", á dos leguas del ingenio "Hatillo", me dijo que allí habían unos 1.000 hombres al mando de los cabecillas Zapata y Parada, y el grupo de Tito Fernández, al cual, si bien no me han dicho oficialmente nada, calcúlansele unos 800 hombres. Esto sin contar gran número de partiditas de doscientos, cien y cincuenta hombres, que merodean por diversos lugares de esta región. Hablando con el Jefe de Estado Mayor, teniente coronel Varona, me ha dicho que esos grupos no tienen ninguna importancia, desde el punto de vista militar, toda vez que una columna de 100 hombres, entre caballería é infantería, puede batirse con una de esas partidas, por numerosa que sea.

En el combate librado en la mañana del día 30 del pasado, pude observar el excelente ánimo de los soldados ante el enemigo. Cada vez que una granada explotaba sobre un grupo de alzados, producía un entusiasmo extraordinario, no sólo entre los soldados que servían las piezas, sino entre los de infantería y caballería, todos los cuales daban saltos y lanzaban interjecciones saludando el desastroso efecto que la metralla producía en las filas rebeldes.

También participaban de esas explosiones espontáneas de entusiasmo los oficiales, muchos de los cuales pedían permiso al general Mendieta para desalojar con la caballería á sus órdenes el campamento enemigo.

El triunfo hacía que por un momento se identificasen desde el general Mendieta, que sereno y reflexivo, daba órdenes, hasta el último soldado que hacía funcionar una ametralladora y se animaba cuando veía que á sus disparos, caían muertos ó heridos los enemigos de la paz.

Llegó la hora del reconocimiento, y todos querían ir; pero el general Mendieta, que no se deja impresionar, no consintió en ello, autorizando á su ayudante el teniente Carrerá y al teniente veterinario Federico Cagigal, para que acompañasen á las fuerzas del capitán Castillo en el reconocimiento.

Un detalle que no se me pudo escapar, fué que los soldados que con más ahinco trabajaban y más esfuerzos hacían, eran los pertenecientes á la raza de color. Y es que ellos no se consideran más que servidores de la patria, teniendo verdadero amor por el ejército y dentro de éste por su compañía ó escuadrón. Así se explica que en lo más reñido del combate se les oyera gritar: ¡Arriba el Escuadrón M! ¡Viva la Tercera Batería!

Muchos oficiales se me han acercado para pedirme que recuerde por estas líneas á las Cámaras que el Ejército de Cuba es el único en el mundo que no tiene Montepío, y que cuando un oficial muere, deja en la miseria á su esposa é hijos.

La edición extraordinaria de la Gaceta Oficial, que inserta la Alocución del señor Presidente, es repartida profusamente y circula mucho entre todos los elementos.

X
EL COMBATE DE YARAYABO[*]

San Luis, Oriente, mayo 30, á las 2 y 10 tarde.

En este momento regreso del ingenio "Hatillo", en las inmediaciones del cual se ha librado en las primeras horas de la mañana de hoy un sangriento combate. La columna del general Mendieta ha obtenido un triunfo completo, y los alzados, batidos en toda la línea, y destrozados por la metralla y el shrapnell, se han desbandado en distintas direcciones, después de alfombrar de cadáveres el campo.

[*] El combate de Yarayabo, primero de importancia que se libró en la contienda racista, ha sido objeto de los más vivos y encontrados comentarios. Nosotros, testigos presenciales de tan brillante acción, lo reproducimos en la misma forma en que apareció publicado en La Prensa, de la Habana; y al hacerlo reiteramos nuestra felicitación más calurosa y sincera al bravo general Mendieta y á los brillantes oficiales y abnegados soldados que combatieron á sus órdenes aquel día.

He tenido el privilegio de asistir á tan glorioso hecho de armas, y no obstante la intensa emoción que sentía (no hay que olvidar que se trataba de mi bautismo de fuego) momentos hubo en que participé del ardor y el entusiasmo que dominaba á nuestros sufridos y valientes soldados, que firmes y serenos bajo las balas, atacaban con heroísmo al enemigo, á los gritos de ¡Viva el Ejército!, ¡Viva la Paz,! ¡Viva la República!

El general Mendieta se ha revelado á mis ojos como un militar de relevantes dotes, y al mismo tiempo como un valeroso capitán, acostumbrado á mirar con desprecio la muerte; los oficiales á sus órdenes han estado admirables, y de los soldados todo cuanto yo pudiera decir resultaría pálido. Todos, sin una sola excepción, se han conducido con heroismo, y especialmente los pertenecientes á la raza de color. A estos había que refrenarlos, pues arrastrados por su ardor, querían á cada instante lanzarse á la bayoneta sobre las posiciones enemigas, para castigar con sus propias manos á los malos cubanos que han levantado la maldita bandera del racismo.

A la una de la madrugada salió sigilosamente de San Luis la columna Mendieta, compuesta de ciento ochenta hombres de caballería y el escuadrón del capitán Castillo, desmontado, siendo esto necesario por no disponerse de infantería, por estar casi todas las fuerzas de esta arma, prestando servicios de guarnición en las fincas pertenecientes á ciudadanos extranjeros. Llevábamos además dos ametralladoras, al mando del capitán Fernández, y dos piezas de artillería de montaña, á cargo del capitán Chomat, y los tenientes Pereda y Acosta.

La marcha fué penosísima, pues los caminos, reblandecidos por la incesante lluvia, estaban intransitables, y en muchos parajes las mulas de la artillería se hundían en el fango hasta las barrigueras.

Poco antes de las cinco, y sin experimentar el menor tropiezo, llegó nuestra descubierta á terrenos de la finca Yarayabo, á unos dos kilómetros del ingenio "Hatillo", y en ese momento se sintieron los primeros disparos hechos por los exploradores de la columna, al tropezar con una de las avanzadas rebeldes, que fué pronto rechazada sobre el núcleo principal del enemigo, que se hallaba situado, ocupando fuertes posiciones, en la finca La Majagua.

Después de las primeras escaramuzas de vanguardia, el general Mendieta efectuó un minucioso reconocimiento de las líneas contrarias, en el cual le acompañé, y me manifestó que las partidas que teníamos enfrente sumaban, en conjunto, unos mil y pico de hombres.

Este cálculo del jefe de las tropas ha sido posteriormente corroborado, y ahora, en posesión de datos fidedignos, puedo asegurar que los alzados, cuya fuerza ascendía al número expresado, estaban mandados por los titulados generales Zapata y Pitillí.

El general Mendieta ordenó inmediatamente que entrase en juego la artillería; se dieron las órdenes oportunas, y con rapidez y precisión maravillosas las dos ametralladoras y los dos cañones de montaña fueron puestos en batería, y á las cinco en punto de la mañana rompieron simultáneamente el fuego, mientras que los soldados avanzaban en orden de batalla, atronando el espacio con sus gritos de ¡Viva la República!

El espectáculo era imponente, y capaz de conmover al hombre menos sensible.

Después de los primeros disparos, y tan pronto como los artilleros afinaron la puntería y fijaron matemáticamente las distancias, empezó á notarse que la metralla producía sus efectos; los núcleos rebeldes desaparecían como bloques de hielo derretidos por el sol, y cada vez que las piezas de montaña hacían caer en sus filas una granada de shrapnell, que estallaba con terrible estrépito, veíamos rodar por tierra jinetes y caballos en confusión espantosa.

Los alzados, que no esperaban sin duda el aguacero de proyectiles explosivos que caía sobre ellos, trataron de correrse á otra posición situada algo á retaguardia de la que en un principio ocupaban; pero allí también les alcanzaron el shrapnell y la metralla; y yo, que no perdí el menor detalle de la acción, puedo afirmar que la artillería cubana es irresistible, que la fijeza de sus disparos es asombrosa, y que los oficiales americanos que sirvieron de instructores á nuestros artilleros pueden sentirse orgullosos de sus discípulos.

Indudablemente que los cabecillas rebeldes se dieron cuenta de que permaneciendo en el sitio en que habían colocado sus líneas de fuego, serían aniquilados, por lo cual, y haciendo un esfuerzo desesperado, decidieron arrostrarlo todo y cambiar su frente de batalla, para venir á situarse sobre el flanco derecho de la columna.

Para ejecutar esta maniobra, los principales grupos rebeldes tuvieron que desfilar precisamente por delante de las cuatro piezas que vomitaban sobre ellos torrentes de metralla, y las bajas que sufrieron entonces fueron enormes.

De repente, y como para cerrar con broche de oro la jornada, el general Mendieta ordenó que las fuerzas del capitán Castillo, dando un rodeo, fueran á ocupar una posición situada á nuestra derecha, es decir, á la izquierda de los rebeldes, y precisamente hacia el sitio que estos intentaban ocupar. Las tropas de Castillo, llenas de arrojo y entusiasmo, ejecutaron brillantemente el movimiento, y apareciendo de improviso sobre unas lomas, acribillaron el campamento de los alzados con un nutrido fuego de fusilería.

En ese momento la corneta de la Guardia Rural tocó ¡A degüello! y el sargento Larrea, con guardias á sus órdenes, se lanzó á la carga, apoyado por el capitán Castillo y los tenientes Cajigas y Carrerá.

No aguardaron los rebeldes este ataque, y aunque algunos grupos trataron de hacerse fuertes en un guayabal colindante, pronto fueron desalojados de allí, después de un vivísimo tiroteo.

Yo, para no perder ningún pormenor de esta última etapa del combate, puse mi caballo al galope y corrí con los rurales, que al grito de ¡Al machete! barrían á los últimos alzados.

Los núcleos principales, al tratar de retirarse con dirección al ingenio "Hatillo" fueron atacados fieramente por una compañía de infantería, destacada allí para defender dicha finca, y viéndose acosados por todas partes tuvieron que huir en todas direcciones, refugiándose en los espesos montes, donde fueron perseguidos durante algún tiempo.

Supongo que el enemigo ha sufrido enormes bajas.

El campo está sembrado de cadáveres mutilados por las granadas de la artillería.

Tan pronto como cesó el fuego, avanzó la columna hasta el batey del ingenio "Hatillo", donde el general Mendieta ordenó hacer alto para tomar el desayuno, que buena falta nos hacía. Apenas habíamos probado algunos bocados, cuando dos ó tres partidas aparecieron á distancia y trataron de hostilizar nuestro campamento, pero las dos piezas de montaña les lanzaron veinte granadas y las ametralladoras, que fueron situadas en lo alto del trasbordador de caña, completaron con sus certeros disparos la dispersión de esos grupos que á juicio de todos habían regresado al lugar de la acción con el propósito de llevarse sus muertos y heridos, que habían dejado abandonados.

La artillería, en conjunto, disparó setenta granadas y cuatrocientos tiros de metralla.

El general Mendieta sale esta noche para Santiago de Cuba, á donde ha sido llamado por el general Monteagudo, para celebrar una conferencia y acordar el nuevo plan de campaña.

El general ha sido muy felicitado por su espléndido triunfo.

XI
A TRAVES DE LA ZONA INFESTADA

Cualquier pasajero que emprenda viaje á Guantánamo, por los preparativos y despedidas que se le hacen, parece que va á un país de donde solo por pura casualidad se regresa. Tales son las muestras de tristeza de los que le acompañan al tren, y los lastimeros "ayes" y "adioses" que se le dirigen.

El motivo no es otro que los peligros que hay en esa línea, pues los trenes que por ella circulan ya han sido tiroteados varias veces por los feroces alzados y algunas de sus estaciones quemadas por los mismos pues se trata precisamente de la zona en que más abundan las partidas levantadas en armas.

Con gran retraso salimos de San Luis, á causa de que la comunicación telegráfica de la Empresa del ferrocarril se encontraba interrumpida hasta Alto Cedro, ignorándose si la vía estaba expedita. A las cuatro y treinta y cinco minutos el tren se puso en marcha, deteniéndose en todas las estaciones sin que nada anormal ocurriera. Al llegar á Bayate nos enteramos de que los alzados habían quemado la estación y el caserío de Carreta Larga.

El pequeño poblado de Bayate se encontraba custodiado por unos cincuenta hombres pertenecientes al ejército americano los cuales estaban acampados en la caseta de una báscula de caña en donde tenían extendidos sus catres de campaña con sus mosquiteros correspondientes.

EN CARRERA LARGA

Mucho antes de llegar á lo que fué Carrera Larga ya se divisaba un vivo resplandor que á medida que el convoy se iba aproximando, se convertía en enorme llamarada. Se detuvo el tren y desde el vagón en que viajaba se percibía fuerte calor producido por el incendio de la estación que aun se encontraba ardiendo.

En ese paradero subió al tren un gran contingente de pasajeros de los cuales ninguno traía ni un solo bulto de equipaje. Me aproximé después que el tren hubo partido, á uno de los que acababan de subir al convoy, y á mis preguntas me relató lo ocurrido en los términos siguientes:

A la 1 y 20 de esta tarde se encontraban todos los tranquilos habitantes de este pequeño pueblo ocupados en sus habituales tareas, cuando se oyeron gritos por la parte llamada "El Palmar". Nadie al principio creyó lo que momentos después habían de presenciar. Un grupo compuesto por unos ciento cincuenta hombres, entró en el poblado á los gritos de "¡viva el Partido Independiente! ¡vivan los negros!", produciendo entre los pacíficos vecinos enorme pánico, el que fué en aumento al ver la primera acción de los asaltantes, que fué impregnar con petróleo la estación del ferrocarril, incendiándola después. El telegrafista, que trató de sacar varios muebles de su propiedad fué maltratado por los facciosos, que le propinaron planazos con sus paraguayos. Mientras ardía la estación del ferrocarril, los asaltantes se encaminaron á varios establecimientos, saqueándolos; y después les pegaban fuego por los cuatro costados. La misma suerte corrieron las casas de los blancos: todas fueron asaltadas y robadas y el cabecilla que mandaba los foragidos hubo de amenazar á un joven que se encontraba en la tienda de Fernando Campo, diciéndole que por cada negro que cayese ellos "arreglarían" á dos blancos. Después este cabecilla, que dicen nombrarse Ducauron, ordenó y así se hizo, que fuera incendiada una báscula de pesar caña allí instalada. Terminada esta operación, un corneta dejó oir un toque muy breve que fué la señal de retirada. Todos á una abandonaron la población, no sin llevarse catorce cerdos de una pobre mujer, que estaban en un corral, dispuestos para ser embarcados.

La única bodega que respetaron los rebeldes fué la de Marcelino Gómez, que según se decía en el puebla había dado á los alzados trescientos pesos para que le fuera respetada su propiedad.

No habían transcurrido quince minutos desde que los alzados abandonaron la población, cuando llegó un escuadrón de la guardia rural, el cual se disponía á perseguir á los incendiarios en momentos en que llegaba un tren conduciendo cien hombres de artillería de costas. A uno de los rurales hubo de escapársele un tiro, y la fuerza que venía en el tren—creyéndose atacada—se lanzó del coche y á no ser por haberse adelantado el capitán del escuadrón y advertído á los del tren que era fuerza leal, se hubiera tenido que lamentar una funesta desgracia.

La caballería salió en persecución de los foragidos, regresando al lugar de partida los cien hombres de la artillería. Los independientes siguieron en dirección á las lomas, quemando todas las casas que encontraban á su paso, entre ellas el pequeño poblado de Benito, donde después de emborracharse en las tres cantinas que allí existían, les hicieron correr la misma suerte que al resto de las casas.

Ahora, como puede usted ver, terminó mi comunicante, todos los que habitábamos en "Carrera Larga" y sus alrededores los abandonamos para ir á pasar miserias y penalidades á Guantánamo; pero en llegando allí, como si fuésemos uno, empuñaremos el rifle para vengarnos del inmenso daño que esos foragidos nos han causado.

Hablando en la noche de hoy con el coronel Carlos Machado, comandante militar de esta plaza, me manifestó que las fuerzas americanas que han desembarcado en esta población y que custodian las propiedades extranjeras, obran con la mayor prudencia en todos los casos, limitándose á custodiar los intereses de sus conciudadanos. También me hizo saber que en una reunión celebrada en la tarde de hoy, los veteranos de ésta, en número de cuatrocientos, y sin distinción alguna de razas, le habían ofrecido su concurso, pidiéndole armas para salir á operaciones.

Es verdaderamente extraño lo que ocurre con los partidas alzadas en armas. Desaparecen como si la tierra las hubiera sepultado, perdiéndose el rastro de los núcleos más importantes, en los caminos, y de tarde en tarde un grupo incendia un indefenso poblado, ó asalta una cantina; salen las tropas en su persecución y siguiendo la huella que sus caballos dejan en el lodo, llegan por lo regular á un lugar donde esas huellas se multiplican tomando distintas direcciones, y dejan indeciso y sin saber qué rumbo tomar al jefe de la columna. Todo esto hace que se prolongue este movimiento que tanto perjudica á Cuba.

Entre tanto la ley marcial ha sido promulgada y las medidas enérgicas por parte de las tropas hacen concebir esperanzas de que esta situación no ha de prolongarse mucho tiempo.

XII
COMO SE PRESENTO LACOSTE

Eugenio Lacoste es un mulato, hijo de franceses, que se encuentra paralítico desde los 18 años de edad, contando en la actualidad unos cuarenta y cinco años.

Es hombre de regular cultura, y su influencia entre los negros de este término municipal es generalmente reconocida, pues en muchas ocasiones ha hecho triunfar en Guantánamo á los distintos partidos políticos á que ha pertenecido, trayendo á votar centenares de hombres que lo seguían ciegamente. En las últimas elecciones presidenciales fué uno de los más entusiastas defensores de la candidatura del General Gómez, procurándole gran cantidad de votos. Desde que comenzaron á propagarse las doctrinas del Partido Independiente de Color, fué Lacoste uno de los principales, si no el principal jefe del Partido, pues nada se hacía sin contar con su previa aprobación; dedicando á la propaganda del mismo todo su empeño y hasta su dinero, pues posee una mediana fortuna como dueño que es de una regular extensión de tierras sembradas de café en las inmediaciones de Guantánamo, que son conocidas con el nombre de "Dios y ayuda".

Ya había salido días antes el comandante Rafael del Castillo en persecución de Lacoste, y seguramente lo hubiera capturado, si no hubiera recibido orden de regresar inmediatamente á Guantánamo, lo que motivó que el valiente comandante tuviera que aplazar todas las operaciones hasta su regreso.

El día 10 salió nuevamente el comandante Castillo en persecución de Lacoste, quien según confidencias se encontraba internado en Yateras, lugar que se encuentra en el centro de unas cordilleras de montañas inaccesibles, y al cual solo puede llegarse dando enormes rodeos por infernales caminos.

Desde que la columna Castillo entró por el lugar llamado Boquerón, comenzó el tiroteo de los rebeldes. Estos, acostumbrados á que las columnas españolas cuando la guerra de Independencia, para atravesar aquellos caminos tenían que ir protegidas por el fuego de la artillería, se creían inexpugnables en aquellas fortalezas naturales, y sostuvieron largo rato el fuego; pero pronto abandonaron sus posiciones, entregándose una vez más á su sport favorito: correr para ponerse á prudencial distancia de las balas del ejército.

Durante todo el camino la columna Castillo fué hostilizada por pequeños grupos de alzados, que internados en el centro de los más fragosos montes disparaban sus armas sin que pudieran ser vistos. En más de una ocasión salieron á batir esas partidas pequeño núcleos de fuerzas, al mando de los tenientes Cruz, Estévez, Delgado, Sacramento, Baster y Betancourt, los cuales procuraban acercarse todo lo que era posible á las lomas en que las partidas tenían sus campamentos, y desde allí les hacían fuego, produciéndoles siempre algunas bajas.

También el pelotón de la Guardia Rural al mando del sargento Rizo y el cabo Fifí, prestó excelentes servicios, demostrando una resistencia y un valor extraordinarios.

———

Hacía dos días que nos encontrábamos acampados en Guayabal de Yateras, célebre por sus indios y su café. Estábamos sobre el rastro de Lacoste, á quien ya se le habían capturado cuatro acémilas cargadas con víveres, medicinas y otros efectos. A todas horas del día y de la noche salían y entraban en nuestro campamento pelotones de infantería, los cuales se internaban en el monte repartidos en pequeños grupos, buscando al titulado Gobernador de Oriente Eugenio Lacoste. Tal era la activa persecución que se le hacía, que el día 14 recibió el comandante Castillo una esquela firmada por Lacoste, en la cual le manifestaba que estaba incondicionalmente á su disposición; comisionando entonces el comandante Castillo al teniente Estévez para que fuese á buscar al "Tullido", nombre por el cual se conoce generalmente á Lacoste, al lugar en que el que trajo el papel le indicara. Una hora después, y bajo torrencial aguacero, era conducido Lacoste, en una hamaca, atada á una vara y llevado en hombros por los soldados, á presencia del comandante Castillo, quien lo envió á una casa para que estuviera más cómodo. A Lacoste le acompañaban su esposa y una niña.

Al día siguiente muy de mañana emprendimos la marcha de regreso, convenciéndome una vez más del buen espíritu de nuestros soldados y de la resistencia que tienen, pues ninguno daba señales de fatiga, no obstante haber recorrido doce leguas en menos de diez horas.

———

A nuestra llegada á Jamaica, la entrada de la población se encontraba materialmente repleta de vecinos que llenos de curiosidad, preguntaban á los soldados "dónde venía el 'tullío'". De todas las casas salían á verlo, y el pequeño pueblecito parecía que se encontraba de fiesta. La importante casa comercial "La Princesa", de González y Hnos., obsequió al comandante Castillo y oficiales con una suculenta comida, celebrando—según allí se decía—el comienzo de la paz, pues Lacoste era el que había armado el revolico.

Al igual que en Jamaica, la villa de Guantánamo estaba animadísima. Hubo necesidad de adoptar ciertas precauciones, pues corrían rumores, según pude enterarme después, de que iban á linchar á Lacoste, á su paso por las calles de la población.

El Cuartel de la Rural, á donde fué conducido Lacoste, estuvo todo el día rodeado de curiosos que deseaban verlo antes de que fuera trasladado á Santiago de Cuba.

Lacoste prestó declaración ante el comandante auditor de la Guardia Rural, señor Sardiñas, quien estuvo durante dos horas interrogándolo.

Ha producido tan buen efecto la captura de Lacoste, que el comandante Castillo ha sido muy agasajado, no solo por sus compañeros, sino por los particulares y el Ayuntamiento, el cual dedicó una velada en su honor. El cuerpo de Bomberos obsequió con una recepción al valiente militar, que ha sabido con exquisito tacto atraerse la confianza y las simpatías de toda esta comarca, que vé en él á su heroico defensor.

Lacoste ha enviado varias cartas á las personas alzadas, recomendándoles vuelvan á la legalidad, pues la protesta armada ha degenerado en guerra y ésta ha fracasado.

XIII
LA ODISEA DE UN GALLEGO

Era Manuel Ferreiro un laborioso trabajador de las minas de Daiquirí, el cual poseía un carro y varias parejas de mulos, que ocupaba en el transporte de mineral, con lo que libraba la subsistencia holgadamente. Tenía, además, algunos ahorros, que le facilitarían en época no lejana realizar su sueño dorado: regresar á su país natal, para pasar el resto de sus días en una posición relativamente cómoda.

Pero al alzarse en armas los independientes de color y poner en práctica todos los recursos que el estar fuera de la ley les proporcionaba, un día acamparon las fuerzas de Ivonet por las inmediaciones de Daiquirí, y como consecuencia se llevaron todo lo que á su paso encontraron, inclusive las mulas del buen Ferreiro. Este, desesperado por el robo que acababan de hacerle, que constituía todo su caudal y la fuente de sus ingresos, no se resignó á perder sus animales y se dispuso á recuperarlos.

Al día siguiente tomó el camino del lugar por donde los alzados habían salido, y dos días después se encontró con una partida que utilizaba sus mulas como acémilas, para cargar los efectos procedentes de los saqueos de las bodegas y cantinas. Ferreiro rogó, suplicó y hasta llegó á amenazarles para que le entregaran sus mulos; pero todo fué inútil. El que fungía de jefe le dijo que para que sus mulas le fueran devueltas era preciso una orden del "mayor general" Ivonet, sin cuyo requisito nada lograría Ferreiro, que es hombre tenaz, decidió seguir en busca de Ivonet, acompañado de la partida. Entrada la noche, y en momentos que todo parecía encontrarse tranquilo y que todos se disponían á descansar de las fatigas del camino, tuvieron que desistir de su propósito, pues había llegado al campamento un confidente participando que fuerzas del gobierno venían á sorprenderlos, en vista de lo cual, el que mandaba aquella horda, ordenó rápida marcha para ponerse fuera de peligro.

Aquello produjo en Ferreiro deplorable efecto, puesto que de hecho se encontraba en idéntica situación legal que los alzados; y concibió la idea de retroceder lo andado, comunicándole su decisión al generá. Este, que no participó de la manera de pensar del galaico, le obligó á continuar con la partida.

Dos días consecutivos anduvo Ferreiro atravesando montes, durmiendo sobre yaguas en el suelo y pasando mil penalidades, hasta que al fin llegaron al campamento de Ivonet cerca del poblado de Yerba de Guinea. No perdió tiempo Ferreiro, y acto seguido encaminóse al lugar en que le habían dicho que se encontraba el "mayor general", exponiéndole su penosa situación al hallarse sin los mulos y rogándole que se los devolviera, pues ellos eran el producto de muchos años de trabajos y privaciones. Ivonet prometió devolvérselos, y Ferreiro, con la alegría natural del que logra su objeto, se disponía á buscarlos, cuando fué visto por un "coronel" que había sido su compañero de trabajo cuando aun no poseía los mulos, y trabajaba en la colocación de barrenos de dinamita para perforar las galerías de la mina.

Entregado Ferreiro á sus recuerdos de aquella época, fué llamado por el "general", quien le preguntó si sabía manejar los petardos de dinamita, á lo que respondió afirmativamente. Entonces Ivonet llamó á un tal Ducoureau, diciéndole:

"Lleve al señor al lugar en que se encuentra acampada la 'artillería' y dígale á Saborié que he nombrado á este blanco Jefe de la Artillería del Ejército Reivindicador."

Ferreiro quedó confuso, anonadado. ¿Jefe de artillería él, que no sabía ni qué forma tenía una granada, ni jamás había visto de cerca un cañón? No obstante, dirigióse con su acompañamiento sin replicar nada, y después de andar un trayecto como de cuatrocientos metros, llegaron al lugar en que la artillería se encontraba.

Ferreiro no cesaba de dirigir miradas á su alrededor, buscando los cañones que debía manejar; pero éstos no parecían. Los tendrían escondidos ó quizás para más seguridad los habrían enterrado, pensaba el nuevo jefe de artillería.

Al fin se le acercó Saborié, diciéndole: "Ahí tiene usted cuatro cajas de dinamita y una de fulminantes y mechas. Para cuidarlas tiene 20 hombres, y para su transporte cinco caballos. Hasta luego, coronel".

Ferreiro se estremeció. Le habían llamado "coronel", y esto le alegraba, al darle una dignidad con la que jamás había soñado, y por el momento llegó á tomar su papel en serio.

Examinó las cajas que contenían la dinamita, y dió algunas instrucciones á los hombres á sus órdenes.

Al caer la tarde la partida se puso en marcha, y Ferreiro sobre un caballejo, iba orgulloso al frente de su artillería, regalándose los oídos cada vez que lo llamaban "coronel".

Pero llegó un día en que, estando acampados en Jarahueca, las tropas al mando del coronel Valiente y el capitán Amiell batieron rudamente á la partida, y aquello fué un "sálvese quien pueda", por lo que Ferreiro decidió abandonar su alta jerarquía militar y volver otra vez á la legalidad, realizándolo dos días después á unas seis leguas de Guantánamo, y presentándose acto seguido á las autoridades militares de esta villa, á las cuales hizo el relato de su odisea.

Hoy Ferreiro goza de libertad, y ansía el momento de que estos sucesos terminen, para volver á su trabajo, con la esperanza de realizar sus doradas ilusiones.

XIV
LA NOCHE TRAGICA DE LA MAYA

Santiago de Cuba, junio 2, 1912.

Acabo de llegar á esta hermosa y patriótica ciudad, después de visitar La Maya, ó hablando con más propiedad, el montón informe de humeantes ruinas que señala el sitio en que se levantó ese poblado, uno de los más bellos y pintorescos de esta región, que alguien, con mucho acierto, ha llamado "la Suiza Cubana".

Porque La Maya no existe ya; ha desaparecido devorada por las llamas entre torbellinos de humo y torrentes de lágrimas. Ha sido si nó la primera, la más importante víctima del criminal alzamiento, y sobre sus escombros, en medio del llanto de las mujeres y las maldiciones de los hombres, han jurado los cubanos guerra sin cuartel á los infames perpetradores del horrendo crimen, que deja en la miseria á tantos desgraciados.

Era ya tarde, más de las once de la noche, y yo me encontraba departiendo con un grupo de jóvenes oficiales en el cuartel de la Guardia Rural de San Luis, cuando se presentó un ordenanza, que traía un telegrama urgente para el General Pablo Mendieta.

Como éste se había ya retirado á descansar, su Jefe de Estado Mayor, el Teniente Coronel Varona, rasgó el sobre, y tan pronto como se hubo enterado del contenido del despacho, se puso en pie de un salto y ordenó que le trajeran su caballo, partiendo inmediatamente á galope, acompañado del capitán García Vega.

Largo rato permanecieron ambos oficiales en las oficinas telegráficas, enviando y recibiendo mensajes, y durante ese tiempo, y á fuerza de preguntar, logré saber que una partida rebelde estaba incendiando el poblado de La Maya, y que se habían comunicado órdenes al comandante Julio Sanguily, que con su columna se hallaba en las inmediaciones de Songo, de acudir inmediatamente al pueblo atacado.

No tardó en aparecer en el horizonte un resplandor rojizo que fué poco á poco extendiéndose, y pronto enormes llamaradas nos indicaron con toda precisión el lugar en que se desarrollaba el sangriento drama.

"¡La Maya está ardiendo!", se gritaba por todas partes; y era desgarrador el espectáculo que ofrecían los pacíficos habitantes de San Luis, muchos de los cuales tienen parientes y amigos en el pueblo incendiado. Los infelices asaltaron la oficina del telégrafo, y con súplicas y amenazas pedían noticias de los seres queridos.

A las seis y diez de la mañana, y aprovechando el primer tren que parte de San Luis, salí con dirección á La Maya. En Dos Caminos, primera estación en que nos detuvimos, subieron al tren algunas familias, que, noticiosas de lo ocurrido en La Maya, se apresuraban á refugiarse en Santiago.

Después hizo una nueva parada el convoy en la estación de El Cristo, y allí se tomó mucho pasaje, particularmente mujeres, niños y norteamericanos.

En El Cristo cambié yo de tren, y pocos minutos después corría en dirección al destruido poblado.

Pocos eran los pasajeros que conmigo hacían el triste viaje, y hasta Songo fuí solo. En este pueblo subieron al vagón muchos viajeros, y pude observar que los vecinos del lugar hacían preparativos para abandonar sus hogares.

La población estaba alarmadísima.

Pocos minutos después de salir de Songo, el silbato de la locomotora nos indicó que nos aproximábamos á una estación. Pregunté al conductor, y me respondió que íbamos á llegar á La Maya.

Corrí á la plataforma delantera y traté de descubrir las casas del poblado; pero por más esfuerzos que hice no pude percibir ni una sola vivienda, ni nada que revelase la existencia de un lugar habitado.

Por fin, el tren se detuvo, y salté á tierra.

¡Qué horrible sensación! Aquel poblado tan bello, tan poético, con sus casitas blancas, todas iguales, cubiertas de techos de zinc, limpias y resplandeciente, que tan agradable impresión me causara pocos días antes, al pasar por allí con la columna del General Mendieta, había desaparecido, y solo algunos montones de ruinas negras y humeantes, señalaban el sitio en que se alzó La Maya.

Las pocas casas que quedaban en pie estaban habitadas por familias pertenecientes á la raza negra. Por lo que hace á las casas de los blancos, todas habían sido destruídas, con una sola excepción, la ocupada por la farmacia "El Dispensario", que no ardio, probablemente, por su sólida construcción de mampostería y ladrillos.

En este sitio se hallaban reunidas casi todas las familias de la localidad; hombres, mujeres y niños, medio desnudos y que presentaban un aspecto de miseria y duelo imposible de expresar.

¡Qué terrible espectáculo! Yo he sentido á su vista nacer en mi corazón un insaciable deseo de venganza; y ahora, por vez primera, me explico que los soldados de Mendieta, en el combate de Yarayabo, lanzaran exclamaciones de júbilo, cada vez que una granada hacía volar en todas direcciones fragmentos de carne humana.

Todas las familias se trasladaron al tren, que resultaba pequeño para conducir á tanta gente, y yo me dediqué á recorrer las distintas calles del destruído caserío.

Algunos hombres á quienes encontré, se prestaron á facilitarme detalles del doloroso acontecimiento; y allá van los que he podido recoger. La pluma se resiste á describir ciertos sucesos, y hay momentos en que esta profesión de periodista, tan bella en otros aspectos, resulta una carga insoportable.

Serían las nueve y 25 de la noche, cuando se oyeron por el lado sur del poblado, repetidos disparos de rifle, que produjeron la consiguiente alarma en la población. Es de advertir que el lugar de donde partían las detonaciones, conocido con el nombre de "El Platanillo," servía de campamento á una partida rebelde, á la que, durante la tarde, había salido á batir el capitán Cossío, quien al salir de La Maya, dejó encomendada la defensa del poblado, al cabo Angulo, de la Guardia Rural, con seis números.

Esta circunstancia hizo creer en los primeros momentos, que el fuego que se sentía provenía de alguna escaramuza que libraba con los rebeldes el citado capitán Cossío, y júzguese, pues, de la sorpresa de los defensores de La Maya, cuando súbitamente los alzados se presentaron por el extremo opuesto, atacando resueltamente el cuartel de la Rural.

El cabo Angulo y sus guardias se defendieron heroicamente; pero todo su heroismo no fué bastante á impedir que las hordas de facinerosos que los atacaban, validos de su inmensa superioridad numérica, lograsen aproximarse al Cuartel, que pronto se vió envuelto en llamas, al empezar á arder el edificio de Correos y Telégrafos, que era de reciente construcción, y ofrecía excelente pasto á la candela.

Los valientes defensores de La Maya tuvieron entonces que abandonar el cuartel, y para lograrlo se vieron precisados á abrirse paso á viva fuerza á través de las masas de alzados.

Juan Formosa, Feliciano Santiesteban, Pastor Pérez y Carlos Tomé, que así se llamaban los cuatro rurales, y el valiente cabo Angulo se han hecho acreedores á una recompensa, y muy particularmente Carlos Tomé, último que se retiró, después de batirse cuerpo á cuerpo con un formidable negro que se había apoderado de la bandera nacional que se guardaba en una de las habitaciones del cuartel, y la cual consiguió rescatar el valeroso guardia.

Al mismo tiempo, también se recrudecía el fuego por la calle del Comercio, donde un hombre de la raza de color, el valiente Pablo Correoso, al frente de un pelotón de voluntarios, se batía desesperadamente con los invasores.

De pronto empezó á arder el pueblo por los cuatro costados; los heroicos defensores, abrumados por el número tuvieron que retirarse; cesó la resistencia, y entonces, ¡oh, entonces! aquella masa de ochocientos foragidos que capitaneaba Ivonet en persona, entregose á las delicias del triunfo!

La escena que se desarrolló en La Maya no es para descripta. Sin hacer el menor caso del llanto de los niños, ni de las súplicas de las mujeres, aquellos desalmados se entregaron al saqueo. Nada respetaron, y haciendo del incendio un complemento del robo, bien pronto convirtieron aquel apacible y floreciente lugar en un verdadero infierno.

Grupo de hombres, medio desnudos y blandiendo los machetes y las teas, penetraban en los hogares lanzando feroces gritos de ¡Vivan los negros!, ¡mueran los blancos!, y todas aquellas personas que intentaban oponer la más leve resistencia, eran maltratadas.

Al farmacéutico Duvierti le obligaron, poniéndole los rifles al pecho, á entregar todo el dinero que poseía, y lo mismo hicieron con los dueños y dependientes de las casas mercantiles de Celedonio Gómez, Mancebo Hno., Isidoro Campa, Cucirié y Co., J. Servet y otras muchas.

Una nota cómica, al par que repugnante, del saqueo de La Maya, fué sin duda la que ofrecieron las mujeres negras que acompañaban á los alzados, las cuales, con un refinamiento de coquetería verdaderamente salvaje, penetraban en los establecimientos y casas particulares, y haciendo caso omiso de otro botín más valioso, se apoderaban con avidez de los frascos de perfume, que destapaban de cualquier modo, y vertían el contenido de los mismos sobre sus cuerpos sudorosos y jadeantes.