REVISTA DE FOLKLORE CHILENO
Tomo IX.—1923
CUENTOS
POPULARES EN CHILE
(recogidos de la tradición oral)
POR
RAMON A. LAVAL
Socio fundador
de la Sociedad de Folklore Chileno y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía,
Miembro Correspondiente de la Real Academia de la Historia,
Membre de la Société des Traditions Populaires
et de la Société des Américanistes de Paris, Socio correspondiente da Sociedade
de Geographia de Rio de Janeiro.
SANTIAGO DE CHILE
IMPRENTA CERVANTES
Moneda, 1170
1923
I PARTE
Cuentos maravillosos, Cuentos de
animales, Anécdotas.
Cuentos populares en Chile, recogidos de la tradición oral[A]
1. EL SOLDADILLO.
El Soldadillo se estaba aburriendo en su casa y se le puso en la cabeza salir a rodar tierras, por ser hombre y por saber.
Salió, pues, un día, llevando al hombro unas alforjas muy bien provistas y un buen cuchillo asegurado a la cintura.
Después de haber andado unas cuantas horas, en un camino apartado se encontró con un hermoso joven, elegantemente vestido. El Soldadillo, que era hombre bien hablado, se sacó su gorra y saludando con todo respeto, preguntó:
—¿A dónde va, mi señor? Si lo puedo servir en algo, estoy a sus órdenes.
El Príncipe, porque el joven era hijo de Rey, le contestó:
—Si quieres acompañarme, te daré buen sueldo; el sirviente que traía se me perdió en el camino, y necesito de una persona que me ayude; pero ésa ha de ser muy valiente, porque nos hemos de ver quizás en qué peligros.
—Su mercé, respondió el Soldadillo, tal vez haya oído hablar de su servidor, porque yo he peleado en todas las batallas que ha dado Su Sacarreal Majestad el Rey su padre, y siempre me porté con valor y nunca volví la espalda al enemigo. Juan me llamo, señor, y por sobrenombre me dicen el Sordaíllo.
—¡Con que tú eres, hombre, el mentado Soldadillo! No he podido encontrar mejor compañero; he andado con suerte; desde luego te tomo a mi servicio.
Siguieron andando los dos, más que como patrón y sirviente, conversando como amigos. El Príncipe le contó cómo se había enamorado, por un retrato que había visto, de la más linda princesa del mundo, a quien andaba buscando: estaba encantada y nadie sabía en donde se hallaba.
El Soldadillo le prometió ayudarlo en todo y no dejarlo mientras no dieran con la princesa, y hasta dejarse matar por él, aunque—le dijo—todavía no ha nacido quien se atreva a tocarme un pelo.
Siguieron andando y andando, y hacía ya muchos días que iban por el mismo camino, cuando encontraron a un hombre que se ejercitaba en dar saltos muy grandes. El Soldadillo le preguntó:
—¿Cómo te llamáis, ho?
—Yo me llamo—contestó el hombre—Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor.
—¿Y en qué te ocupáis, hó?
—En saltar, pus, ñor; y pueo dar saltos de más de dos cuairas, pus, ñor.
—Este hombre nos conviene—le dijo el Príncipe al Soldadillo;—pregúntale si quiere entrar a mi servicio.
Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:
—¿Por qué no te venís con nosotros?[{7}]
—Si me dan buena paga, me voy con ustedes.
Y Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, se fué con ellos.
Siguieron andando y andando, y más adelante toparon con un hombre que se llevaba tranqueando de arriba para abajo, a grandes pasos, y que no descansaba ni un momento.
—¿Cómo te llamáis, ho?—le preguntó el Soldadillo; y el otro le contestó:
—Yo me llamo Andín, Andón, hijo del buen Andaor.
—¿Y en qué trabajáis, vos?
—En andar, pus, ñor; ese es mi oficio; porque yo soy lo mesmito que el Judío Errante, que me canso cuando me siento; y aemás soy muy forzúo, y me los pueo echar a toos ustees al hombro y llevarlos aonde ustees me igan; porque han de saber que soy nieto de Carguín, Cargón, hijo del buen Cargaor, y que hei sacao las juerzas de mi agüelo.
—Este hombre nos conviene—le dijo el Príncipe al Soldadillo;—contrátalo a ver si quiere servirme.
Entonces el Soldadillo le dijo al hombre:
—¿Por qué no te venís con nosotros? Te daremos buena paga.
—Métale, pus, ñor—contestó Andín, Andón, hijo del buen Andaor; y para probarles que era cierto lo que les había dicho acerca de las fuerzas que tenía, agarró a los tres compañeros en sus brazos y siguió cargado con ellos, como si tal cosa.
Bien les vino a los pobres, porque estaban muy cansados.
Así anduvieron por tres días, hasta que encontraron a un hombre sentado en la tierra, que con una mano rodeaba una de sus orejas, como para escuchar mejor. El Soldadillo le dijo:
—¿Qué hace ahí, mi amigo? ¿se puede saber?
—Como nó—le contestó el hombre:—estoy oyendo a una niña que está encerrada siete estados bajo tierra llorando sin consuelo y quejándose de que la tienen encan[{8}]tada. En este momento, dice: ¿Qué será del Rey, mi padre? ¡Cómo llorará mi madre! ¡Cuándo vendrá el príncipe que ha de libertarme!
El Príncipe no dudó que la princesa encerrada era la que él buscaba, e inmediatamente preguntó al hombre:
—¿Cómo te llamas tú?
—Yo me llamo, señor—le contestó—Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor.
—Vente conmigo y te pagaré bien—le dijo el Príncipe.
—Eso quisiera yo—le dijo Oidín—porque estoy sin empleo.
Y Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, pasó a ocupar su lugar al apa de Andín, Andón, hijo del buen Andaor.
Siguiendo las indicaciones de Oidín, que a cada rato hacía que Andín se parara, para escuchar mejor, se metió Andín con su carga por un bosque muy tupido, llegando una noche, al cabo de siete días de marcha, frente a un castillo. Dieron seis vueltas alrededor de él, sin encontrar puerta alguna; sólo veían una fila de ventanas, todas alumbradas, pero muy altas y defendidas por gruesos barrotes de fierro. A la séptima vuelta vieron una puerta toda de fierro, hecha de una sola pieza y con un gran llamador. Golpearon y nadie contestó; golpearon dos veces más y tampoco nadie salió. Entonces el Soldadillo dijo:
—Que se queden todos aquí; a mí me agarra en peso Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, y de un salto nos ponemos dentro del castillo.
Así lo hicieron; pero todavía no ponían un pie en tierra, cuando oyeron cerca de ellos una voz de trueno que decía:
—¡Carne humana huele aquí! Carne humana huele aquí!
Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, todo asustado, de un brinco volvió afuera, dejando sólo a mi buen Soldadillo frente a frente de un gigante enorme.
—A peliar vengo con vos—le dijo el Soldadillo;—y no me grite tan fuerte, que no soy sordo y le pueo cortar[{9}] la lengua con este cuchillito; ni me mire tan fiero, porque tamién le pueo sacar los ojos con estos cinco deos. Sepa el cara e capacho viejo, que está hablando con el Sordaíllo y quien se mete con él, sale fregao.
Esto que dice el Soldadillo y el gigante que se le va encima; pero el Soldadillo le saca el cuerpo con toda ligereza, y plantándose detrás, le da con su cuchillito un tajo tan bien refuerte, que me le corta al gigante los nervios de la corva de la pierna derecha, y de otro tajo me le rebana los nervios de la corva de la pierna izquierda, y mi buen gigante cae al suelo dando unos bramidos que hacían temblar toda la tierra.
Los de afuera oían los bramidos, todos asustados, y por más que el Príncipe le decía a Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, que los transladara a todos adentro para ayudar al Soldadillo, Saltín no quiso obedecerle, porque, como el miedo es cosa viva, todavía le temblaban las carnes y no se animaba a ponerse cerca del gigante.
De repente se dejan de oir los bufidos y las puertas del castillo se abren de par en par. Mi buen Soldadillo, con el cuchillo en la mano, chorreando sangre, les dice que ha muerto al guardián del castillo y que ya pueden entrar sin cuidado. No sabía el pobre los peligros que todavía le esperaban.
Entraron, y al pasar por un gran comedor, todo lleno de manjares, Andín, Saltín y Oidín, quisieron sentarse a comer, pero el Príncipe y el Soldadillo dijeron que era preciso sacar primero a la Princesa; que después habría tiempo para comer y mucho más. Tuvieron que obedecer, porque donde manda capitán no manda marinero, y el que manda, manda, y mano a la cartuchera; y sirviéndoles de guía Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, llegaron hasta un pozo. El Soldadillo buscó una barra de fierro y la atravesó en la boca del pozo; buscó después unos cordeles y amarrando un extremo en la barra y el otro a su cintura, lo descolgaron.
Lo que sucedió después es digno de oirse.[{10}]
Cuando llegó al primer estado bajo tierra, el Soldadillo que entra a una sala muy hermosa y que se le presenta un enorme culebrón con siete cabezas. El Soldadillo, que estaba curado de espantos, no se asustó, antes, echando pie atrás, alzó el cuchillo y de un fuerte golpe le cortó a la Culebra una de sus cabezas. El Culebrón dió un silbido que aturdió, y desapareció por un agujero; y el Soldadillo la siguió de atrás. Al llegar al segundo estado, nuevo combate; la Culebra quería enroscar con su cola al Soldadillo, pero éste, haciéndole un quite, logró ponérsele al frente y cortarle otra de las cabezas. El Culebrón arrancó como un condenado por un portillo y el Soldadillo se coló detrás de él por el mismo portillo. Llegaron al tercer estado, la Culebra con cinco cabezas no más, y el Soldadillo, firme como un peral y con su cuchillo en la mano. Tercer combate; el Culebrón quería enterrarle la lanceta de una de sus bocas, pero el Soldadillo en un dos por tres, ¡zás! le cortó otra cabeza. Ya no le quedaban al Culebrón mas que cuatro cabezas, las mismas cuatro que le cortó mi valiente Soldadillo, una en cada estado a que el Culebrón bajaba, hasta que llegaron al séptimo, en que le cortó la última y me lo dejó sin poder moverse más.
Ya tenemos al Soldadillo en el séptimo estado bajo tierra, libre del gigante y del Culebrón y oyendo los quejidos de la Princesa, que no sabía de qué parte salían.
Buscando y buscando, da con una puerta, que abre con mucho cuidado y se encuentra dentro de una pieza tan grande y tan linda como no había visto otra en su vida; estaba toda cubierta de oro y plata y alumbrada con muchos blandones, candelabros y arañas, y en medio, tendida en el suelo, desmayada, la más hermosa Princesa que hayan visto ojos humanos. La cargó en brazos y la llevó en ellos hasta que llegó al primer estado, y amarrándose allí nuevamente el cordel a la cintura, gritó que lo suspendieran. Cuando llegó arriba, todos se quedaron con la boca abierta de ver tan hermosa Princesa, y al Príncipe casi se le salía el corazón por la boca, tan fuertemente le saltaba.[{11}]
Cuando la Princesa volvió en sí, contó que una vieja bruja la había hechizado y encerrado en ese castillo, del cual nadie tenía noticias, y que el encantamiento debía durar hasta que un príncipe viniera a librarla.
El Príncipe estaba muy feliz, porque había encontrado a su Princesa; y después de comer de los exquisitos manjares que habían encontrado preparados, el Príncipe, no queriendo demorar su casamiento, ordenó a Andín, Andón, hijo del buen Andaor, que cargara con todos y los llevara a la Corte del Rey, su padre.
¡Bueno en el hombre forzudo! A todos se los echó al hombro como si no pesaran más que una pluma, y en un par de días llegaron a la capital del reino, donde se celebró el matrimonio con grandes fiestas y banquetes, y vivieron muchos años muy felices y dichosos y rodeados de hermosos hijos que se parecían a ellos.
Después de la boda, el Soldadillo y sus demás compañeros pidieron licencia al Príncipe para retirarse, y entonces éste y la Princesa les dieron a cada uno un gran talego de plata y al Soldadillo dos; y a los cuatro, trajes muy ricos, pues estaban muy agradecidos de ellos; porque sin Andín, Andón, hijo del buen Andaor, no habrían podido llegar al castillo; sin Oidín, Oidón, hijo del buen Oidor, no habrían sabido dónde se encontraba la Princesa; sin Saltín, Saltón, hijo del buen Saltaor, no habrían podido entrar al castillo; y sin el Soldadillo, la Princesa habría seguido encantada hasta ahora. Bien dicen que Dios, sin ser vaquero, todo lo rodea.
Y aquí se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento; y pase por una mata de poroto para que Fulano me cuente otro.[{12}]
2. EL PESCADITO ENCANTADO
(Referido en 1911 por Samuel Antonio Letelier, de 9 años, de Molina. Lo oyó contar en 1910 en Linares)
Este era un Rey que no se alimentaba sino de pescados, y para que lo abasteciera de esta carne tenía a su servicio a un viejecito que todos los días iba a pescar al mar. Le pagaba bien por su trabajo; pero lo tenía amenazado con que le haría cortar la cabeza el día que no le llevara provisión fresca de ellos.
Este viejecito vivía en una pequeña casa cerca de la costa, en compañía de su mujer, de dos hijas a quienes quería entrañablemente, sobre todo a la menor, que era muy buena y cariñosa con él; y de una perrita, que todas las tardes, cuando volvía con la pesca, salía a recibirlo.
Un día el viejecito no sacó nada en la red, a pesar de haberla arrojado muchas veces al agua; y lamentándose de su mala suerte, se sentó en un peñasco a llorar su desgracia, porque veía que su fin iba a llegar.
Llorando estaba cuando entre las olas asomó la cabeza un Pescadito colorado y le preguntó:—«¿Por qué llora el buen viejo?» El interpelado, entre sollozos, le contó lo que le pasaba; que por más que había echado las redes al mar, nada había sacado, y que si no le llevaba pescados al Rey, éste le haría cortar la cabeza.
El Pescadito le dijo entonces:—«Yo te daré todos los pescados que tú quieras, mientras vivas, con la condición de que me des a la que salga a recibirte cuando vuelvas a tu casa». El viejo le dijo que no tenía inconveniente en aceptar esta condición, porque el pobre se figuraba que, como de costumbre, saldría a recibirlo la perrita.
El Pescadito ordenó al anciano que echara la red; el viejo obedeció, y pocos momentos después la sacaba llena[{13}] de congrios, corvinas, truchas y robalos, tan grandes, tan gordos y tan lindos como nunca los había visto.
Se fué muy contento a su casa, y cuando le faltaban unas dos cuadras para llegar a ella, salió a encontrarlo su hija menor. Ya había olvidado su promesa.
Estaba la familia del pescador sentada a la mesa tomando la sopa, cuando se oyó un fuerte silbido que venía del lado del mar; y sólo entonces se acordó el anciano que tenía que llevar a su hija menor para entregársela al Pescadito. Al punto se puso muy triste, lo cual todas notaron. Entonces le pidieron que les dijera por qué tan de repente se había puesto así, siendo que debía estar contento como nunca por haber traído tan buena pesca. Les contó él lo que le había pasado, y concluido su relato, la hija menor le dijo:—«Cumpla, padre, lo que ha prometido, porque si no, es seguro que mañana no pescará nada y el Rey le mandará cortar la cabeza».
Llorando se fueron los dos para el mar; y cuando llegaron, el Pescadito, que estaba esperándolos, mandó al pescador que se subiese a una roca y dejara a su hija en la arena, porque las aguas iban a subir y se iban a tragar a la niña.
Así sucedió. Subió el mar y la niña desapareció.
En cuanto descendieron las aguas, bajó el pobre viejo y se volvió a su casa triste y lloroso.
Cuando la niña desapareció debajo del agua, el Pescadito la llevó a un hermoso palacio que había en el fondo del mar y le dijo que cuanto veía todo era de ella; pero que si quería vivir feliz, no encendiera ni fósforo ni vela en la noche, porque en el momento que alumbrara su dormitorio, todo lo perdería.
El palacio era más grande y mejor que el del Rey a quien servía su padre, y de nada faltaba en él. En el día estaba muy bien alumbrado, pero en la noche, en el instante mismo en que la niña se acostaba, quedaba sumido entre tinieblas.
Estaba custodiado por un enorme perro que se llamaba[{14}] Leofricome, al cual—dijo el Pescadito a la niña—debería pedir todo lo que necesitase, con la seguridad de que al punto se vería servida.
Todas las noches, en cuanto la niña se metía en la cama y el palacio se obscurecía, sentía que alguien se acostaba a su lado. Ardía ella en deseos de saber quién era la persona que dormía con ella.
Una tarde que la niña paseaba, acompañada de Leofricome, por el huerto que había en el fondo del palacio, vió que en una rama de un peral muy alto estaba una tenquita cantando que se volvía loca.
La niña preguntó a Leofricome:—«¿Qué hace aquella tenquita que está cantando allá arriba de aquel peral?» Leofricome le contestó que era su hermana, que al día siguiente se iba a casar y que venía a convidarla.
La niña le dijo:—«¿Podré conseguir permiso para ir al casamiento?» Leofricome le contestó que sí, que hablara en la noche con el Pescadito cuando se acostara con ella.
La niña se quedó pensativa, porque creía que era un hombre el que dormía a su lado. Sin embargo, en la noche, completamente a obscuras, habló con el sér que la acompañaba, y éste le dió el permiso que pedía para ir a casa de sus padres; pero hasta por dos días solamente y debiendo ir acompañada de Leofricome.
Cuando llegó a casa de sus padres, cargada de regalos para ellos y para su hermana, estaban en lo mejor de la fiesta.
Leofricome se quedó en la puerta cuidando que la niña no huyera, y ella se fué adentro con sus padres a contarles todo lo que le había pasado.
La madre le aconsejó que cuando se fuese llevara dos paquetes de velas y dos cajas de fósforos y que encendiese una vela cuando en la noche sintiera roncar al Pescadito o al hombre que se acostaba en su cama.
Pasaron los dos días que la niña tenía de permiso y volvió con Leofricome al fondo del mar; y en la misma noche, deseosa de conocer al que compartía el lecho con[{15}] ella, en cuanto lo sintió roncar encendió una vela y vió que era un príncipe hermosísimo. Entusiasmada, para verlo mejor, inclinó la luz; pero, por su desgracia, cayó una gota de esperma sobre la mano derecha, que el Príncipe tenía fuera de la cama.
Con la impresión de calor que la esperma produjo en la piel de su mano, despertó el Príncipe, la reprendió muy airado, le dijo que ya no volvería a verlo más e inmediatamente se transformó en pescadito colorado y se fué.
Desde aquella noche se vió en el palacio la luz de la luna y de las estrellas, lo mismo que en la tierra.
Después de algún tiempo la niña tuvo un hijo que nació con un candadito de oro en el estómago.
Cuando ya se sintió bien, fué donde Leofricome y le dijo que quería volver a casa de sus padres. Leofricome le contestó que no podía salir del mar sin permiso del Pescadito, a no ser que quisiera ver muerto a su padre. Entonces ella le preguntó que a dónde podría irse, porque no quería vivir más en el palacio, que a cada paso le recordaba su desgracia.
Leofricome tomó un ovillo de hilo, y cogiendo la punta, lo lanzó con todas sus fuerzas; en seguida dijo a la niña que siguiese el camino que el hilo le indicaba y que sería bien recibida en la casa en que había ido a dar la otra punta.
Después de andar muchos días, porque el extremo del ovillo había caído muy lejos, llegó con su niño a unos corrales que pertenecían al palacio de los padres del Príncipe.
Cuando entraron, todos los animales se pusieron a bramar a la vez, y el Rey, al sentir tanto ruido, dijo a la Reina:—«Algo extraordinario debe de pasar en los corrales, cuando los animales forman tanta bulla».—Fué a los corrales, y encontró a la niña que estaba dándole de mamar a la guagua. Los recogió y los llevó al palacio.
Cuando el Rey y la Reina vieron que la guagua tenía en el estómago un candadito de oro, conocieron que era[{16}] hijo del Pescadito, porque el Pescadito tenía la misma señal, y los recibieron como a hijos de ellos, a la madre y al niño, y todos comían en la misma mesa.
Pasado algún tiempo, volvió una noche el Pescadito a su palacio para ver si la niña continuaba siempre allí, porque seguía amándola con mucho cariño y no podía olvidarla. Cuando vió que no estaba, escribió una carta a sus padres en que les preguntaba si habían visto por casualidad a una niña de las señas que les daba; y la mandó con Leofricome.
Los padres le contestaron que la niña por la cual les preguntaba debía de ser una que hacía tiempo había llegado a su palacio con una criaturita que tenía un candadito de oro en el estómago, y que ellos tenían a su lado como a hijos.
Supo la niña que el Pescadito iba a ir a buscarla y temiendo que fuera con intenciones de matarlos a ella y a su hijo, huyó, sin decir nada, para unas montañas y se ocultó en un bosque.
Llegó el Pescadito y se encontró con que la madre y el niño habían desaparecido. Salió inmediatamente a buscarlos, y después de mucho tiempo y de grandes trabajos, los encontró en el bosque.
En este mismo instante se acabó el encanto, y el Pescadito, convertido en el hermoso Príncipe que la niña había visto a la luz de la vela, se arrodilló a sus plantas y le suplicó que lo perdonara; que lo hiciese por su hijo; que todo lo que había pasado había sido efecto del encanto que en ese momento se rompía.
La niña, feliz de volver a ver otra vez a su Príncipe, lo perdonó de muy buena gana, y vueltos al palacio de los Reyes, se casaron para siempre, vivieron muy dichosos y fueron reyes del mar; y Leofricome, transformado en un gallardo mozo, fué mayordomo del palacio.[{17}]
3. DELGADINA Y EL CULEBRÓN
(Recitador: Pedro Danús, de 13 años, de Santiago. La oyó contar en la misma ciudad)
Para saber y contar y contar para saber: que est’era ño Antequera, de media caña y de caña entera; no le echaré los combates porque voy a tomar mate; ni los dejaré de echar porque su poquito ha de llevar: San Juan recibe lo que te dan; sea harina o sea pan, lo echaremos al costal con sus patas de animal, con sus picos de zorzal, que se enganchan, que se ensanchan por las narices de...[B].
Este era un caballero muy rico casado con una señora muy hermosa. Ambos se amaban entrañablemente, y hacía más feliz esta unión una linda guagüita que Dios les había concedido y que era todo su encanto. La guagua se llamaba Delgadina. No había cumplido un año todavía, cuando murió la mamá. El caballero lloró su desgracia, y como era completamente solo, sin parientes, mandó criar afuera a su hijita.
El caballero se aburría en su soledad y no hallaba qué hacer. Para distraerse se entregó al juego y con tan mala suerte que perdió toda su fortuna, menos una cantidad que había apartado para atender a la crianza y educación de su hija.
Cuando entró Delgadina a los quince años, se la entregaron a su padre, grande, bonita e instruida en toda clase de conocimientos, porque había recibido una educación esmerada, pero al mismo tiempo era sumamente sencilla,[{18}] inocente y sin malicia, porque había vivido encerrada y no conocía el mundo.
Ya se le había concluido al caballero la plata que había dejado de reserva, y ni siquiera tenía para hacer los gastos del día siguiente. Esto lo tenía muy afligido, pero tanto dió y cavó que al fin se acordó que en un rincón de la casa había un fusil viejo abandonado, y se decidió a salir a cazar para tener con que alimentar a su hija. Tan pobre estaba que tuvo que pedir a una comadre que vivía cerca de su casa un poco de plata prestada para comprar fulminantes, pólvora y balas, y aceite para limpiar el cañón, que estaba sumamente mohoso.
Salió muy de madrugada y cazó un buen número de pajaritos que entregó a su hija para que los guisara, porque no tenían sirvienta. Delgadina los peló, los destripó y fué a lavarlos a un estero que corría a poca distancia de la casa.
Cuando venía de vuelta, vió al lado de una piedra una Culebrita que estaba helada de frío. Delgadina tenía buen corazón y la tomó, y para calentarla se la echó al seno y se la llevó para la casa.
Todo el día anduvo con la Culebrita en el seno; en la noche la arregló en una canastilla entre algodones y lana, y todos los días le daba de la misma comida que comía ella.
Mientras su padre andaba cazando, Delgadina se entretenía en los quehaceres de la casa, porque era muy hacendosa; en seguida arreglaba la comida que había sobrado el día anterior y se la daba a otras personas más pobres que ellos, porque era muy compasiva y sufría con la desgracia de los otros; y una vez terminadas estas tareas, se ponía a jugar con la Culebrita a las escondidas, al pillarse y a otros juegos en que se entretienen los niños. Las dos eran muy buenas amigas y se querían como si fuesen hermanas.
Con el cuidado de Delgadina creció rápidamente la Culebrita, de tal modo que al poco tiempo no cabía en la[{19}] canastilla. Hubo que ponerla en una gran canasta y poco después en una tina; tanto creció y engordó.
Ya la Culebrita se había convertido en un gran culebrón y fué preciso trasladarla a un tonel; pero el tonel también se hizo chico al fin, pues no tenía espacio para moverse ni podía salir de él.
Entonces el Culebrón le dijo a Delgadina que subiese sobre una silla y apoyase sus manos en el borde del tonel para lamérselas; que con esto cada vez que se las lavara y las sacudiera sin secárselas caerían onzas de oro de entre sus dedos.
Delgadina obedeció, y el Culebrón pasó repetidas veces su lengua por las manos de la niña. En seguida le dijo que se iba porque ya no cabía en donde estaba. Delgadina lloró mucho, porque desde que llegó a casa de su padre la Culebra había sido la única amiga que había tenido y estaba muy acostumbrada con su compañía.
El Culebrón la consoló y le dijo que no llorase, que él siempre la acompañaría; que estuviese tranquila, que velaría por ella y la libraría de los peligros en que pudiera verse envuelta.
Terminadas estas palabras, el tonel estalló y el Culebrón desapareció.
Delgadina se quedó muy triste con la ida de su compañera y esa noche apenas cerró los ojos. Al otro día se levantó muy de alba y fué al estero vecino a lavarse. Cuando concluyó de lavarse sacudió las manos y a cada movimiento que hacía caían de entre sus dedos multitud de onzas de oro. Ella no conocía el valor de estas monedas, ni siquiera se le ocurrió de que fuesen dinero; más bien pensó que eran botones.
En ese momento pasaba por ahí mismo un falte y le dijo a Delgadina que si le daba esos botones le traería zapatos, ropa blanca y vestidos muy elegantes. Delgadina le dió las onzas, que eran muchas, y al día siguiente, a la misma hora, el falte le trajo lo que le había prometido.[{20}]
Delgadina se lavó y peinó con más cuidado que otras veces, se vistió la nueva ropa, con la cual se veía más hermosa aún, y se fué a su casa para que la viese su padre; pero éste ya había salido a cazar.
Mientras regresaba el padre, Delgadina fué a casa de su madrina, que era una vieja bruja mala y envidiosa, que tenía una hija muy fea y tan mala y envidiosa como ella. Ambas se quedaron asustadas de ver a Delgadina tan bonita y elegante y le aconsejaron que se volviese a su casa a esperar la vuelta de su padre para que le diera una sorpresa.
Así lo hizo Delgadina. Mientras tanto la vieja y la hija se quedaron acechando al cazador, y en cuanto lo divisaron salieron a su encuentro y lo convidaron a almorzar; le dijeron que tenían leche con arroz, postre que sabían le gustaba mucho.
Cuando el caballero estaba tomando el postre, la vieja, que hervía de envidia, le dijo que Delgadina tenía unos vestidos de mucho valor y que se los había regalado un hombre.
El caballero, inquieto, se levantó inmediatamente, cargó su fusil hasta la boca, y sin siquiera dar las gracias se fué precipidamente para su casa.
Delgadina, que estaba en la puerta esperándolo, no hizo mas que verlo y corrió hacia él con los brazos abiertos; pero él le apuntó con el fusil y disparó. El arma, desviada por una mano invisible, no dió en el blanco, y las balas se clavaron en la tierra.
Delgadina, asustada de la acción de su padre y maliciando cuál era la causa de su enojo, corrió al estero, se mojó las manos, y sacudiéndolas le decía al caballero, que la había seguido: «Estos botones me ha costado la ropa que tengo puesta»—y era de ver cómo caían las onzas, unas tras otras, brillantes como si acabasen de ser acuñadas.
Con esto el padre se tranquilizó, y muy contento se puso a recoger las monedas. Recogió una cantidad muy grande,[{21}] porque Delgadina, cuando veía que sus manos se secaban, corría al estero a mojárselas de nuevo y sacudirlas; y esto lo repitió tantas veces que del cansancio no podía mover los brazos y tuvo que irse a acostar a la cama para descansar.
El padre de Delgadina pasó a ser uno de los hombres más ricos y poderosos de su país.
Sucedió que la fama de su riqueza y de cómo la había hecho corrió de boca en boca y llegó por fin a oídos del Rey, que mandó buscar al caballero para conocerlo.
Después de varios días de viaje por mar, porque la Corte estaba distante, llegó el caballero a presencia del Rey y le contó su historia. El Rey quiso conocer a Delgadina y ordenó al caballero que se la trajera, porque deseaba ver cómo caían las onzas de oro de sus manos. Le agregó que si no la traía, la cabeza le costaba.
Llegó el padre a su casa llorando inconsolablemente y no se atrevía a decirle a su hija lo que le había pasado. Pero, en vista de la insistencia y ruegos de Delgadina, se lo contó todo. Ella le dijo:—«Lléveme no más, padre, ¿qué puede pasarnos? nada tenemos que temer, pues nada malo hago».
La malvada vieja, madrina de Delgadina, que estaba presente, se ofreció para acompañarla:—«Compadre,—le dijo al caballero—usted no soportará su dolor si el Rey quiere dejarla; yo la llevaré».—El caballero accedió, porque verdaderamente ya sufría mucho.
Se embarcaron en un buque Delgadina, la vieja y la hija de ésta.
Cuando ya habían navegado tres días y el buque estaba muy distante de la costa, la vieja dijo a su hija:
—«Matemos a Delgadina y la echamos al mar, y yo haré que el Rey se case contigo».—«No la matemos,—le dijo la hija;—saquémosle los ojos no más y la echamos al agua».
Y así lo hicieron. Una noche esperaron que Delgadina[{22}] estuviese bien dormida, le arrancaron los ojos y la arrojaron a las olas.
Pero aconteció que la niña, en vez de caer al agua cayó en el bote de un viejo pescador que en ese preciso momento pasaba al lado del buque, sin lo cual habría perecido seguramente.
Dejemos por un momento a Delgadina.
Llegó la vieja con su hija donde el Rey, y postrándose a sus plantas, habló de esta manera:—«Señor, mi esposo, a quien Vuestra Majestad ordenó trajera a su presencia a nuestra hija Delgadina, muy a su pesar no ha podido concurrir, pero me encargó a mí que yo la trajera, y hela aquí, pero debo advertir a Vuestra Majestad que con la navegación ha perdido la virtud que tenía de que al mojar sus manos y sacudirlas le brotaban de ellas onzas de oro, y que no la recuperará hasta que se case y tenga un hijo».
El Rey creyó lo que la vieja le dijo, y a pesar de que la muchacha le era muy antipática, se casó con ella.
Ahora volvamos a Delgadina.
El viejo pescador en cuya barca había caído Delgadina era muy pobre y con el producto de su trabajo ganaba apenas para sustentar a su mujer y a sus pequeños hijos; pero el hombre era bueno, tuvo lástima de la pobre ciega, y vistiéndola de hombre la llevó a su choza, donde fué recibida como miembro de la familia. Todos la querían por su buen carácter y procuraban con su cariño y atenciones hacerla olvidar su desgracia. En el pueblo no maliciaban que era mujer y la llamaban Delgadino.
Un día que estaban conversando sentados en la puerta del ranchito, pasó frente a ellos un leñador con su carreta cargada de leña.—«¿Qué lleva esa carreta, taitita?» preguntó Delgadino al viejo.—«Leña, hijito», le contestó él.—«Y por qué no la compra».—«Porque no tengo plata, pues, hijito».—«Taitita, lléveme para adentro», le dijo Delgadina.
La llevó para adentro el viejo y cuando estuvieron en la pieza Delgadina le pidió que le trajese una palangana con[{23}] agua y que la dejase sola por un instante. Cuando el pescador se fué, Delgadina metió las manos en el agua y sacándolas las sacudió repetidas veces, y de cada sacudida caían a chorro de entre sus dedos las onzas de oro.
Delgadina llamó al viejo.—«Tome esas monedas, taitita, le dijo, y compre la leña y lo demás que necesite, porque toda esa plata es suya.»
El viejo pescador compró con las onzas una gran casa y allí se instaló la familia con toda clase de comodidades. Ya habían dejado de ser pobres, no necesitaban trabajar, de nada les faltaba, vivían felices.
Una mañana Delgadina fué sorprendida con el llanto y los gritos de angustia de su familia adoptiva. Quiso saber qué había ocurrido, y el viejo, entre sollozos le dijo:—«¡Ay, Delgadino! esta mañana mandé al mozo con mi hijito menor al campo y de repente salió de debajo de un gran peñasco que hay a la orilla del camino, un enorme Culebrón que se llevó a mi hijito. ¡Ya se lo habrá comido! Ay, ay, ay! pobre hijito mío! ya no te veremos más!»
Delgadina se entristeció mucho, porque el niño arrebatado por el Culebrón había sido siempre muy cariñoso con ella y era su regalón; pero pensaba entre sí que el Culebrón bien podía ser la culebrita que ella había criado, y le dijo al viejo que la llevara al lado del peñasco. El viejo no quería; sin embargo, después de mucho rogarlo Delgadina, consintió en ello y la condujo hasta el pie del peñasco.
Ellos que llegan y el Culebrón que aparece arrastrándose suavemente y llevando sobre sus espaldas al niño, que iba risueño, sano, sin el menor rasguño y cargado de regalos.
El Culebrón le dijo al viejo:—«Te entrego a tu hijo, vivo, pero con la condición de que le saques los ojos, y se los pongas a Delgadina, y si no lo haces yo lo mataré y yo mismo se los sacaré. Vestirás a Delgadina de mujer con los vestidos más ricos que encuentres; e irás a la ciudad gritando por las calles que el Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes»; y desapareció inme[{24}]diatamente sin dar lugar a que Delgadina le pidiera, como era su intención, que no dejaran ciego al niño, que ella se había acostumbrado ya a no ver la luz y que vivía contenta como estaba.
El viejo no tuvo más remedio que hacer lo que el Culebrón le había mandado. Era preferible tener a su hijo ciego que muerto, y por otra parte Delgadina había sido tan buena con ellos.
Al día siguiente muy temprano se trasladó el viejo a la ciudad y con su voz más fuerte se fué gritando por las calles:—«El Culebrón va a salir y se va a comer a chicos y a grandes».
El Rey oyó los gritos y preguntó qué bulla era ésa. Cuando le contaron de qué se trataba, ordenó que diesen al viejo cien azotes para que no anduviera atemorizando a la gente.
Ya le iban a dar al viejo los cien azotes cuando apareció Delgadina vestida con un traje riquísimo a interceder ante el Rey para que no lo castigaran. El Rey quedó deslumbrado de la hermosura de Delgadina, de la riqueza de su traje y del brillo de las joyas que cargaba; hizo suspender el castigo y convidó a su mesa al viejo y a Delgadina.
La vieja y la hija conocieron inmediatamente a Delgadina, pero se desentendieron de ello y la agasajaron mucho. Cuando estuvieron solas dijo la madre:—«No te decía yo que la matásemos!»—«Mamita, contestó la hija, aunque se parece mucho a Delgadina, no puede ser ella ¿no le arrancó usted misma los ojos? y ella los tenía negros y los de ésta son azules. Y fíjese que el viejo es el padre de ella y no se parece en nada a su compadre». Con esto se tranquilizaron.
Muchas veces más convidó el Rey a comer a Delgadina, y siempre tenía ella gran cuidado de no lavarse las manos en la mesa; pero en una ocasión que se las manchó con fruta hubo de lavárselas, y sucedió que sin querer las sacudió. Inmediatamente comenzaron a caer de entre sus dedos a puñados las onzas de oro, tan nuevecitas, tan[{25}] amarillas como si estuvieran recién acuñadas. Todos se quedaron con la boca abierta y no podían salir de su asombro.
Entonces el Rey conoció que había sido engañado por la vieja y que la verdadera Delgadina era la que hasta entonces había pasado por hija del antiguo pescador. El Rey le pidió que le contase su historia y Delgadina accedió gustosa.
La vieja y su hija protestaron de que todo era mentira, y entonces el Rey hizo venir al viejo y a su familia, que corroboraron lo que a ellos les constaba, y como si esto no fuese bastante apareció de súbito el Culebrón, que refirió todo lo sucedido sin omitir detalles.
Cuando hubo concluido el Culebrón su relato, se convirtió en un hermoso niño, y volviéndose a Delgadina le dijo:—«Yo soy el Angel de tu guarda y he hecho esto contigo porque siempre fuiste buena hija y compasiva con los pobres; yo estaré continuamente a tu lado y velaré por ti».
Mientras hablaba el niño, vieron todos que le brotaban de sus espaldas dos brillantes alas, que desplegó suavemente cuando terminó, y emprendió el vuelo desapareciendo ante la vista atónita de los circunstantes.
El Rey hizo quemar a la vieja y a su hija, mandó buscar al padre de Delgadina y se casó con ella; y en el momento mismo en que le ponían la bendición, el hijo del viejo pescador recobró la vista.
Y así todos los buenos fueron felices y los malos castigados.
Y aquí se acabó el cuento y entró por la puerta del convento, nosotros nos quedamos afuera y los frailes se quedaron adentro.[{26}]
4. LA TENQUITA.
(Recitado en 1905 por Polonia Gonzalez, de 50 años, de la provincia de Colchagua)
Para saber y contar y contar para aprender.
Esta era una Tenquita que tenía unos tenquitos muy lindos, que acababan de salir del huevo.
Una mañanita salió a buscarles que comer, y como era invierno y había caído mucha nieve, a la Tenquita se le heló una patita.
Al verse coja la avecita se afligió mucho y llorando le dijo a la Nieve:
—Nieve, ¿por qué eres tan mala que me quemaste la patita a mí?[C].
Y la Nieve le contestó:
—Más malo es el Sol que me derrite a mí.
Entonces la Tenquita se fué donde el Sol, y le dijo:
—Sol, ¿por qué eres tan malo que derrites a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
Y el Sol le respondió:
—Más malo es el Nublado que me tapa a mí.
Se fué la Tenquita a ver al Nublado, y le dijo:
—Nublado, ¿por qué eres tan malo que tapas al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Viento que me corre a mí.
Fué la Tenquita donde el Viento, y le dijo:
—Viento, ¿por qué eres tan malo que corres al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más mala es la Pared que me ataja a mí.
Fué la Tenquita a ver a la Pared, y le dijo:[{27}]
—Pared, ¿por qué eres tan mala que atajas al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Ratón que me agujerea a mí.
Fué la Tenquita donde el Ratón y le dijo:
—Ratón, ¿por qué eres tan malo que agujereas a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Gato que me come a mí.
Fué la Tenquita donde el Gato y le dijo:
—Gato, ¿por qué eres tan malo que te comes al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Perro que me corre a mí.
Entonces la Tenquita fué donde el Perro y le dijo:
—Perro, ¿por qué eres tan malo que corres al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Palo que me pega a mí.
Fué entonces la Tenquita donde el Palo, y le dijo:
—Palo, ¿por qué eres tan malo que pegas al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Fuego que me quema a mí.
Fué la Tenquita donde el Fuego y le dijo:
—Fuego, ¿por qué eres tan malo que quemas al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato corre al Ratón, el Ratón agujerea la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve, y la Nieve me quema la patita a mí?[{28}]
—Más mala es el Agua que me apaga a mí.
Fué la Tenquita donde el Agua y le dijo:
—Agua, ¿por qué eres tan mala que apagas al fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Buey que me bebe a mí.
Fué la Tenquita donde el Buey y le dijo:
—Buey, ¿por qué eres tan malo que bebes el Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Cuchillo que me mata a mí.
Fué la Tenquita donde el Cuchillo, y le dijo:
—Cuchillo, ¿por qué eres tan malo que matas al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Más malo es el Hombre que me hace a mí.
Fué la Tenquita donde el Hombre, y le dijo:
—Hombre, ¿por qué eres tan malo que haces al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
—Pregúntaselo al Señor que me hizo a mí.
Fué entonces la Tenquita donde su Divina Majestad, y arrodillándose humildemente delante de ella inclinó la cabeza hasta besar el suelo, y le dijo:[{29}]
—Señor, ¿por qué hiciste al Hombre, que es tan malo, el Hombre hace al Cuchillo, el Cuchillo mata al Buey, el Buey se bebe al Agua, el Agua apaga al Fuego, el Fuego quema al Palo, el Palo pega al Perro, el Perro corre al Gato, el Gato come al Ratón, el Ratón agujerea a la Pared, la Pared ataja al Viento, el Viento corre al Nublado, el Nublado tapa al Sol, el Sol derrite a la Nieve y la Nieve me quema la patita a mí?
Y la Tenquita se puso a llorar tan amargamente que daba lástima verla.
El Señor se compadeció de la desgracia de la pobre avecita y le dijo con mucha dulzura:
—Vete tranquila, Tenquita, a cuidar a tus tenquitos, que están tiritando de frío y muriéndose de hambre.
La Tenquita, como buena cristiana, obedeció al momento y cuando llegó a su nidito se encontró con que tenía buena y sana la patita quemada.
En el cuento que sigue, español, pero que no he visto impreso, el desarrollo es casi el mismo que el de la Tenquita. Lo publico como nota comparativa.
5. EL GALLITO (Cuento de pega)
(Dictado en 1911 por don Victoriano de Castro, español, de 55 años. Lo oyó contar en Belver de los Montes, provincia de Zaragoza, donde el cuento era muy popular, cuando él era niño)
Había una vez en una aldea un Gallo, que recibió una invitación de otro Gallo, primo suyo, para asistir a sus bodas. El Gallo se levantó muy temprano, se acicaló y vistió convenientemente y emprendió el viaje, olvidando tomar el desayuno.[{30}]
En el camino encontró una boñiga de vaca, toda llena de granos de trigo sin digerir; y aquí vinieron los apuros de mi buen Gallo, que empezó a decir entre sí:
—¿Qué haré? picaré o no picaré? si pico, me mancho el pico, y si no, me muero de hambre.
Así estuvo meditando por algún rato y mirando los granos de trigo, hasta que cayó en la tentación y se dió un buen hartazgo.
Siguió su camino y a poco andar encontró una mata de Malva y le dijo:
—Malva, límpiame el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Malva dijo:
—No quiero.
Más adelante encontró a una Oveja y le dijo:
—Oveja, come a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
La Oveja dijo:
—No quiero.
Siguió andando y más adelante encontró a un Lobo y le dijo:
—Lobo, come a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Lobo dijo:
—No quiero.
Siguió el Gallo su camino y más adelante encontró a un Perro y le dijo:
—Perro, mata a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Perro dijo:
—No quiero.
A poco andar encontró el Gallo a un Palo y le dijo:
—Palo, apalea a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no qui[{31}]so comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Palo dijo:
—No quiero.
Anduvo el Gallo un rato más y se encontró con un Fuego y le dijo:
—Fuego, quema a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Fuego dijo:
—No quiero.
Más adelante encontró el Gallo al Agua y le dijo:
—Agua, apaga a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
El Agua dijo:
—No quiero.
Siguió andando el Gallo y más adelante encontró a un Burro, y le dijo:
—Burro, bébete a Agua, que Agua no quiso apagar a Fuego, que Fuego no quiso quemar a Palo, que Palo no quiso pegar a Perro, que Perro no quiso matar a Lobo, que Lobo no quiso comer a Oveja, que Oveja no quiso comer a Malva, que Malva no quiso limpiarme el pico, que voy a la boda de mi primo Juan Periquito.
(Aquí se suspende el cuento y se habla de cualquiera otra cosa. De pronto se dice:—«¿Dónde llegaba? ¿al Palo? ¿al Fuego?»; y cuando contesta alguno:—«Al Burro», se le dice:—«Alzale la cola y bésale el c...»)[{32}]
6. LA TORTILLA O EL CANARITO ENCANTADO
(Referido por don Osvaldo Martínez, Presbítero, de Santiago, en 1912)
Este era un Rey que tenía una hija única, de una hermosura extraordinaria, virtuosa, caritativa y hacendosa. El Rey la amaba entrañablemente y, como se dice, tenía puestos los ojos en ella.
La Princesa acostumbraba subir todos los días a la terraza del palacio y allí pasaba las horas cosiendo o bordando y recreándose con la vista de las plantas, árboles y flores que adornaban el parque real, que desde allí se dominaba.
Un día que estaba en su acostumbrado trabajo, un lindo Canarito se paró en la rama de un árbol que casi llegaba hasta donde ella estaba sentada, y entonó un canto tan melodioso que la princesa, a fin de oirle mejor, se levantó para acercarse a la avecita, pero apenas se movió de su asiento, el Canarito se fué.
La Princesa, pensando que el pajarito podía volver, hizo colocar una jaula con trampa en el mismo árbol, para cazarlo.
Efectivamente, el Canarito volvió al día siguiente, pero en vez de acercarse a la jaula, se posó en el bastidor de la Princesa y después de gorjear unos cuantos trinos, tomó con el pico una madeja de seda y emprendió el vuelo.
Al otro día estaba la Princesa, como siempre, ocupada en sus labores, cuando de repente llega el Canarito, se para en el bastidor, canta dulcemente un instante, y tomando con el pico el dedal de oro que la Princesa acababa de dejar en el costurero, y abriendo las alas desapareció en el espacio.
La repetición de la aventura preocupó bastante a la Princesa, que no pasó buena noche. Sin embargo, se levantó temprano y volvió a la terraza a continuar su bor[{33}]dado, pensando en el Canarito, de quien a toda costa quería apoderarse.
En esto estaba cuando llega la linda avecita, cantando aún mejor que en los días anteriores, y sin siquiera detenerse un momento, se apodera de las tijeras de oro de la Princesa, y elevándose por los aires, se pierde de vista.
La Princesa cayó gravemente enferma. Por llamado del Rey, vinieron los médicos más prestigiosos y los adivinos de más fama, tanto del país como del extranjero, y ninguno pudo conocer la enfermedad.
Mientras tanto, la Princesa languidecía, su mal se agravaba, y se iba consumiendo poco a poco. El Rey, desesperado, hizo publicar un bando en que ofrecía grandes riquezas al que lograra sanar a su hija.
Muchos lo tentaron, pero ninguno lo consiguió, y la Princesa seguía empeorando a ojos vistas.
En un pueblo algo alejado de la ciudad en que la Corte residía, vivía una viejecita que tenía un hijo vivo y despierto, llamado Juan.
Un día lo llamó y le dijo:
—Mira, Juanito, toma estas tres tortillas que acabo de hacer al rescoldo y se las llevas a la Princesa, que ellas le darán salud. Que no te vayas a comer ninguna, ni se te pierdan, porque las tres han de llegar a poder de la Princesa.
El muchacho tenía la costumbre de obedecer sin replicar. Subió en un burro; a un lado de las alforjas colocó las tortillas y al otro un pedazo de pan, harina y un poco de charqui y se puso en marcha.
La mitad del camino llevaría andado, cuando el burro se puso a corcovear y por más que Juanito le pegaba fuerte y feo con una varilla, el animal no avanzaba un paso.
Viendo la porfía de la bestia, Juanito sacó las tortillas de las alforjas y descendió del burro para seguir a pie; pero en cuanto bajó, se le cayó una de las tortillas y se le fué rodando por el camino.[{34}]
Era de ver cómo Juanito corría detrás de la tortilla, que rodaba y rodaba, sin poderla alcanzar; y el pícaro burro, que antes no quería moverse, cómo seguía a Juanito, que casi le pisaba los talones.
Por fin la tortilla se metió adentro de una cueva y Juanito se coló detrás de ella.
Cuando Juanito estuvo adentro, se encontró, sin saber cómo, en un gran comedor regiamente amueblado. La mesa estaba cubierta de ricas viandas y manjares de toda especie que exhalaban un perfume delicioso, y como al muchacho, con la carrera, se le había abierto el apetito, tomó el cucharón para servirse un plato de cazuela y ya iba a meterlo en la sopera, cuando el cucharón se le enderezó en la mano y pegándole fuertemente en la cara le dijo:
—¿Cómo te atreves a comer antes que tus amos?
En esto se sintió un gran ruído, y entró rodando al comedor una gran bola de cobre. Juanito, lleno de miedo, apenas tuvo tiempo de esconderse detrás de la puerta, y desde allí pudo ver que la bola se abría en dos partes, como una concha, y de ella salía un lindo canario.
Con el mismo ruído y el mismo aparato entraron otras dos bolas más, una tras otra, y de cada una salió otro canario.
Las tres avecitas sacudieron sus plumas un momento, como si se desperezaran, y después, volando, se introdujeron a un elegante dormitorio situado al lado del comedor, en el que había tres lujosas camas.
Juanito continuaba observando desde su escondite, con la curiosidad que es de suponer, tan extraños acontecimientos. De pronto vió que tres negros atravesaban el patio y el comedor y entraban al dormitorio conduciendo sendos baños de plata, que colocaban al lado de las camas.
Inmediatamente los Canaritos se zambulleron en el agua y un rato después salían de los baños transformados en hermosos Príncipes. Los esclavos los perfumaron, los enjuagaron y ayudaron a vestirse, y en seguida se reti[{35}]raron, dejándolos recostados en sus camas, contándose lo que les había pasado en los últimos quince días, tiempo que no se veían.
Dos de los Príncipes nada importante tuvieron que referir; pero, en cambio, el tercero contó que en una de sus excursiones había divisado a una Princesa tan hermosa como no había visto otra en su vida, que estaba perdidamente enamorado de ella y que, no hallando cómo llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda con que bordaba, otro día su dedal y al siguiente unas tijeras de oro, objetos que tenía al lado en su velador. Y tomándolos, los besaba tiernamente, diciéndoles las palabras más dulces y cariñosas.
Después de escuchar esto, Juanito logró escabullirse sin ser notado, y como el hambre le apretaba, se metió en la cocina, en la cual no encontró a nadie. Con temor probó de uno de los guisos, y viendo que nada le pasaba, se creyó autorizado para hartar su estómago.
Después de satisfacer su apetito, salió, sin tropiezos, de aquel palacio encantado, y al lado afuera de la entrada de la cueva, tropezó con su burro, que lo esperaba. Montó en él, y a las pocas horas se encontró frente al palacio del Rey.
Pidió permiso al jefe de la guardia para pasar a ver a la Princesa y entregarle las tortillas, con las cuales—aseguraba él—sanaría la enferma. Al principio no querían dejarlo entrar, pero en vista de su insistencia, lo condujeron a presencia del Rey, y como la petición de Juanito estaba de acuerdo con el bando que el mismo Rey había mandado publicar, ordenó que se le llevase a las habitaciones de la Princesa.
La Princesa, cansada con las preguntas de tanto charlatán como había ido a visitarla, en cuanto entró Juanito se dió vuelta para la pared; pero éste, sin inmutarse, le habló en los siguientes términos, de un resuello:
—Manda a decir mi mamita que su mercé es su señorita, que tenga muy buenos días y que cómo está y que aquí[{36}] le manda estas tres tortillas, pero no le traigo más que dos, porque la otra se me fué rodando cuando salí de mi tierra, y yo, por seguirla, llegué hasta un palacio encantado, en donde vi y oí cosas tan maravillosas como tal vez no habrá visto ni oído alma viviente en este mundo. Figúrese usted, señorita que, escondido detrás de la puerta del comedor del palacio, vi que llegaban tres grandes bolas de cobre, que al rodar metían mucho ruido y que se abrían por la mitad y que de cada una de ellas salía un canarito.
Al llegar a este punto, la Princesa se volvió para el lado de Juanito, e incorporándose en la cama, le preguntó con ansiedad:
—¿Y qué hicieron esos pajaritos?
—Sacudieron sus alitas y en seguida se fueron volando a un dormitorio situado al lado del comedor y en el cual había tres camas; y entonces llegaron tres negros, trayendo cada uno un baño que depositó al lado de las camas; en cada uno de ellos se metió un Canario y a los pocos instantes salieron convertidos en tres hermosos Príncipes, que se recostaron en sus camas y empezaron a contarse lo que les había ocurrido en los últimos días. Dos de ellos no tuvieron nada nuevo que contar, pero el otro, que era el más lindo de los tres, les dijo que un día que pasaba volando por el palacio de un Rey, divisó a la Princesa más hermosa que en su vida había visto, que se había enamorado perdidamente de ella y que, para llamar su atención, le había robado un día una madeja de seda, otra vez el dedal de oro y otro día sus tijeras. No oí más, porque ya no aguantaba el hambre y me fuí a la cocina a comer algo. Después que maté el hambre salí, y al lado afuera encontré a mi burro, monté en él y me vine a cumplir el encargo de mi mamita. Pero su mercé me perdonará que no le haya traído más que dos de las tres tortillas que mi mamita me entregó para su mercé, porque como habrá visto, no es mía la culpa de que se me haya perdido una.
La Princesa, que había escuchado anhelante a Juanito, contestó:[{37}]