Recuerdos de mi vida
S. RAMÓN Y CAJAL
Recuerdos
de mi vida
2.ª EDICIÓN
(OBRA ILUSTRADA CON NUMEROSOS FOTOGRABADOS)
TOMO I
MI INFANCIA Y JUVENTUD
MADRID
IMPRENTA Y LIBRERÍA DE NICOLÁS MOYA
Garcilaso, 6, y Carretas, 8.
—
1917
Es propiedad del autor.
ADVERTENCIA AL LECTOR
Allá por los años de 1896 a 1900 se puso en moda el género de la autobiografía. Varios ingenios, en su mayoría pertenecientes a los gremios militar, político y literario, dieron la señal redactando interesantes y amenos Recuerdos, que serán de seguro consultados con fruto por los actuales y futuros historiadores.
Yo fuí entonces un caso de contagio de la general epidemia. Para complacer a algunos amigos que deseaban saber en qué condiciones se desarrolló mi modesta actividad científica, resolví escribir la historia de una vida vulgar, tan pobre de peripecias atrayentes como fértil en desilusiones y contrariedades.
Además de aportar el consabido documento humano, me proponía ofrecer al público un caso de psicología individual y cierta crítica razonada de nuestro régimen docente. En el Prólogo advertencia, que precedía al primer tomo, decíamos con leves variantes:
«Contendrá este libro, más que narración de actos, exposición de sentimientos e ideas. En él se reflejará sintéticamente la serie de las reacciones mentales, provocadas en el autor por el choque de la realidad del mundo y de los hombres.
»Enseñan Taine (entonces Taine estaba a la moda) y otros modernos críticos, que el hombre es función del medio físico y moral que le rodea. Referir las ideas que le guiaron y los afectos que le movieron, es tanto como mostrar los efectos casi necesarios del ambiente, las causas mecánicas de la obra realizada; pero es también, y muy señaladamente, poner en evidencia los gérmenes de error, de atraso o de progreso existentes en el medio social; es señalar los vicios de la enseñanza y de la educación; y es, en fin, por lo que toca a nuestro caso particular, marcar los obstáculos contra los cuales se estrella a menudo la juventud cuando, a impulsos de generosa ambición, pretende, en la modesta esfera de sus aptitudes, colaborar en la magna y redentora empresa de la cultura patria.
»Tal es la justificación de la presente obrilla. Ahí está también, según yo pienso, el único y menguado interés que mi autobiografía puede inspirar a aquellas personas sinceramente preocupadas del arduo problema de la educación nacional.
»No busque, pues, aquí el lector aventuras estupendas, narraciones pintorescas, ni arranques pasionales. Quien sienta, como el toro, atracción por lo rojo, debe leer vidas de caudillos, historias de héroes.
»Una vida de aventuras implica exceso y variación continua de la acción y de su escenario, al revés de lo que reclama la labor del espíritu, que a imitación de la naturaleza sólo puede producir en la calma, el silencio y la obscuridad.
»Pero una vida, por sencilla que sea, es un haz complejísimo de ideas, de sentimientos y de sucesos, frecuentemente contradictorios e ilógicos, solamente enlazados y armonizados por la continuidad de una conciencia personal. Imposible será, pues, sin faltar a la sinceridad o sin trazar un cuadro incompleto y excesivamente objetivo, dejar de reflejar en un escrito de este género los diversos y sucesivos estados mentales del autor acerca de sus convicciones o sus dudas en materias religiosas, filosóficas, científicas y hasta sociológicas y artísticas...
»Si algún psicólogo o educador se toma la molestia de recorrer estas páginas, podrá ver en ellas un caso típico de educación romántica; siendo de notar la curiosa circunstancia de que semejante educación fué muy principalmente obra personal y tuvo la significación de una reacción compensadora excesiva contra los gustos y cultura, harto utilitarios y positivistas, que padres y maestros quisieron imponer al autor.
»Cumplióse en mí cierto principio de mecánica moral que podría llamarse ley de la inversión de los efectos. Esta ley, que padres y maestros debieran tener muy presente para no extremar ciertas tesis ni imponer con celo exagerado determinados gustos e inclinaciones (con lo que se evitarían resultados contraproducentes), explica cómo las voluntades más indisciplinadas y los revolucionarios más radicales han salido tan a menudo del seno de las corporaciones religiosas.
»Desde otro punto de vista, una biografía sincera, aun referente a persona tan vulgar e indigna de los honores de la historia como yo, encierra algún interés para el pensador. La vida es, ante todo, lucha. La inteligencia se adapta a las cosas, pero éstas se adaptan también a la inteligencia. La teoría del medio moral no lo explica todo; en el resultado final de la educación entra por mucho el carácter individual, es decir, la energía específica traída del fondo histórico de la raza. Es para nosotros indudable que el hombre nace con un cerebro casi siempre algo original en su organización, porque la naturaleza, preocupada ante todo del progreso de la especie, cuida de no repetirse demasiado; y así, a cada generación cambia sus tipos, desarrollando en ellos inclinaciones diferentes. Mas el medio social, gran demagogo de la vida, propende, en virtud de cierta contrapresión deformante, a uniformarnos, achicándonos o elevándonos según la energía mental nativa, con la mira de transformar el carácter disonante traído del seno del protoplasma humano, en un producto uniforme, anodino, especie de diagonal o término medio entre todas las tendencias divergentes.
»Pero ni gobiernos, ni familias, ni educadores, pueden crear, a pesar de las más exquisitas precauciones, un medio moral rigurosamente idéntico para todos; de donde resulta que las discrepancias y los estridores surgen por todas partes. Constreñida entre las mallas de la educación burguesa, la naturaleza reclama de vez en cuando sus fueros, y asistida por esas desigualdades irremediables del ambiente social, por el azar de las impresiones personales o el choque de lecturas imprudentes, hace surgir diariamente, para preocupación de maestros y tormento de padres, espíritus rebeldes, celosos de su individualidad y resueltos a defenderse de los efectos aplanadores del rodillo igualitario.
»Esto sentado, resulta interesante averiguar en virtud de qué influencias quedó desvirtuada y sin efecto, para ciertos díscolos temperamentos, la obra de la presión colectiva, y pudieron mantenerse, con leves e insuficientes adaptaciones, las agudas aristas traídas de la cantera orgánica, a despecho del perenne batir del oleaje social, que tiende a transformar todas las cabezas en cantos rodados, igualmente lisos, redondos y movedizos.
··················
»Faltaría a la sinceridad que debo a mis lectores si no confesara que, además de las razones expuestas, me han impulsado también a componer este librito móviles egoístas. Cuando el hombre ha entrado en el último cuarto de la vida y siente ese molesto rechinar de piezas desgastadas por el uso y aun por el abuso; cuando los sentidos pierden aquella admirable precisión y congruencia que tuvieron en la edad juvenil, convirtiéndose en averiados instrumentos de física... gusta saborear el recuerdo de los tiempos plácidos y luminosos de la juventud; de aquella dichosa edad en que la máquina, pulida y rozagante como recién salida de la fábrica, podía funcionar a todo vapor, derrochando entusiasmo y energías, al parecer inagotables. ¡Época feliz en que la naturaleza se nos ofrecía cual brillante espectáculo cuajado de bellezas; en que la ciencia se nos aparecía como espléndida antorcha capaz de disipar todos los enigmas del Cosmos, y la filosofía como el verbo infalible de la tradición y de la experiencia, destinada a mostrarnos, para consuelo y tranquilidad de la existencia, los gloriosos títulos de nuestro origen y la grandeza de nuestro destino!
»¡Sí, repetimos, cuando se llega a cierta edad nadie puede sustraerse a esa nostalgia de fuerza y de vida que nos arrastra, como burlando la ley inexorable del tiempo, a vivir otra vez nuestra juventud, contemplada desde el áureo castillo de nuestros recuerdos, donde buscamos ese calor de humanidad y de afecto que el viejo no encuentra ya en el medio social, cruelmente frío y positivista para los inválidos del tiempo y los prometidos de la muerte! Los jóvenes sobre todo miran al anciano con antipatía; considéranle como obstáculo perenne a su legítima ambición, acaparador egoísta de puestos y honores oficiales...
»Una advertencia antes de terminar. Ha dicho Renan “que no es posible hacer la propia biografía como se hace la de los demás. Lo que de uno mismo se dice es siempre poesía”. El gran Goethe encabeza también su autobiografía con el significativo subtítulo de Poesía y Realidad. En igual pensamiento se han inspirado artistas como Wagner, filósofos como Stuart Mill, naturalistas como C. Vogt, etc., y entre nosotros, dramaturgos como Echegaray, y pensadores como Unamuno. Todos han formado el ramillete de sus recuerdos con las flores más bellas escogidas en las márgenes, no siempre verdes y floridas, del accidentado camino de la vida. Y con mayor razón deberemos inspirarnos en él las medianías, los grises y monótonos obreros de la ciencia y de la enseñanza.»
Hasta aquí el prólogo de 1901, de que entresacamos solamente los párrafos más significativos.
Como se ve, nuestro propósito era escribir una autobiografía con tendencias filosóficas y pedagógicas.
Hoy, transcurridos dieciocho años, me sorprendo un poco de mis arrogancias de entonces. Engolfado hasta la preocupación en estudios de índole analítica, mi cultura psicológica y literaria dejaba harto que desear. Había leído poco o nada de los admirables educadores ingleses y franceses. Mi documentación era, pues, demasiado deficiente para dar cima a la empresa acometida. Si hoy debiera repensar y redactar este libro, adoptaría de seguro plan, tendencia y estilo diferentes.
Pero carezco del vagar necesario para refundir por completo el viejo texto. En la edición actual me he limitado, por consiguiente, a sanearlo un poco, abreviando digresiones, condensando o descartando desahogos líricos y filosóficos asaz inoportunos, y limando el estilo sin tocar esencialmente a lo fundamental del relato.
En algunos capítulos aparecen adiciones introducidas con la doble intención de hacer menos ingrata la lectura y de mitigar en lo posible las monótonas descripciones de travesuras estudiantiles, en el fondo bastante vulgares y corrientes. Se han multiplicado también los grabados.
A pesar de las referidas correcciones y adiciones, el contenido del primer volumen de los Recuerdos dista mucho de ser comparable, a los fines educativos, con la materia del segundo. Poco me falta hoy para pensar que su valor pedagógico es francamente negativo.
Mas considerando que el indulgente lector ha agotado una primera edición, sin contar las aparecidas en dos Revistas literarias[1], me animo a sacar a luz esta segunda, confiando en que el público la acogerá con igual bondadoso interés que la anterior.
Madrid, Junio de 1917.
CAPÍTULO PRIMERO
Mis padres, el lugar de mi nacimiento y mi primera infancia.
Nací el 1.º de Mayo de 1852 en Petilla de Aragón, humilde lugar de Navarra, enclavado por singular capricho geográfico en medio de la provincia de Zaragoza, no lejos de Sos. Los azares de la profesión médica llevaron a mi padre, Justo Ramón Casasús, aragonés de pura cepa, y modesto cirujano por entonces, a la insignificante aldea donde vi la primera luz, y en la cual transcurrieron los dos primeros años de mi vida.
Fué mi padre un carácter enérgico, extraordinariamente laborioso, lleno de noble ambición. Apesadumbrado en los primeros años de su vida profesional, por no haber logrado, por escasez de recursos, acabar el ciclo de sus estudios médicos, resolvió, ya establecido y con familia, economizar, aun a costa de grandes privaciones, lo necesario para coronar su carrera académica, sustituyendo el humilde título de Cirujano de segunda clase con el flamante diploma de Médico-cirujano.
Sólo más adelante, cuando yo frisaba en los seis años de edad, dió cima a tan loable empeño. Por entonces (corrían los años de 1849 y 1850), todo su anhelo se cifraba en llegar a ser cirujano de acción y operador de renombre; y alcanzó su propósito, pues la fama de sus curas extendióse luego por gran parte de la Navarra y del alto Aragón, granjeando con ello, además de la satisfacción de la negra honrilla, crecientes y saneadas utilidades.
El partido médico de Petilla era de los que los médicos llaman de espuela; tenía anejos, y la ocasión de recorrer a diario los montes de su término, poblados de abundante y variada caza, despertó en mi padre las aficiones cinegéticas, dándose al cobro de liebres, conejos y perdices, con la conciencia y obstinación que ponía en todas sus empresas. No tardó, pues, en monopolizar por todos aquellos contornos el bisturí y la escopeta.
Con los ingresos proporcionados por el uno y la otra, o digamos las perdices y los clientes, pudo ya, cumplidos los dos años de estada en Petilla, comprar modesto ajuar y contraer matrimonio con cierta doncella paisana suya, de quien hacía muchos años andaba enamorado.
Era mi madre, al decir de las gentes que la conocieron de joven, hermosa y robusta montañesa, nacida y criada en la aldea de Larrés, situada en las inmediaciones de Jaca, casi camino de Panticosa. Habíanse conocido de niños (pues mi padre era también de Larrés), simpatizaron e intimaron de mozos y resolvieron formar hogar común, en cuanto el modesto peculio de entrambos, que había de crecer con el trabajo y la economía, lo consintiese.
No poseo, por desgracia, retratos de la época juvenil, ni siquiera de la madurez de mis progenitores. Las fotografías adjuntas fueron hechas en plena senectud, pasados ya los setenta años.
Lám. I: Retrato de mis padres. Estas fotografías están hechas cuando mis progenitores pasaban de los setenta años.
La ley de herencia fisiológica da, de vez en cuando, bromas pesadas. Parecía natural que los hijos hubiésemos representado, así en lo físico como en lo mental, una diagonal o término medio entre los progenitores; no ocurrió así desgraciadamente. Y de la belleza de mi madre, belleza que yo todavía alcancé a ver, y de sus excelentes prendas de carácter, ni un solo rasgo se transmitió a los cuatro hermanos, que representamos, así en lo físico como en lo moral, reproducción casi exacta de nuestro padre; circunstancia que nos ha condenado en nuestra vida de familia a un régimen sentimental e ideológico, monótono y fastidioso.
Porque, según es harto sabido, cada cual busca instintivamente aquello de que carece, y se aburre y molesta al ver reflejados en los otros iguales defectos de carácter, sin las virtudes y talentos que la Naturaleza le negó. A la manera del concierto musical, la armonía moral resulta, no del unísono vibrar de muchos diapasones, sino de la combinación de notas diferentes. Por mi parte, siempre he sentido antipatía hacia esas familias homogéneas, cuyos miembros parecen cronómetros fabricados por la misma mano, en las cuales, una palabra lanzada por un extraño provoca reacciones mentales uniformes, comentarios concordantes. Diríase que las lenguas todas de la familia están unidas a un hilo eléctrico y regidas por un solo cerebro. Afortunadamente, y en lo referente a nosotros, la heterogeneidad del medio moral, es decir, las condiciones algo diversas en que cada uno de mis hermanos ha vivido, han atenuado mucho los enfadosos efectos de la uniformidad psicológica y temperamental.
Pero no debo quejarme de la herencia paterna. Mi progenitor era mentalidad vigorosa, donde culminaban las más excelentes cualidades. Con su sangre me legó prendas de carácter, a que debo todo lo que soy: la religión de la voluntad soberana; la fe en el trabajo; la convicción de que el esfuerzo perseverante y deliberado es capaz de modelar y organizar desde el músculo hasta el cerebro, supliendo deficiencias de la Naturaleza y domeñando hasta la fatalidad del carácter, el fenómeno más tenaz y recalcitrante de la vida. De él adquirí también la hermosa ambición de ser algo y la decisión de no reparar en sacrificios para el logro de mis aspiraciones, ni torcer jamás mi trayectoria por motivos segundos y causas menudas. De sus excelencias mentales, faltóme, empero, la más valiosa quizá: su extraordinaria memoria. Tan grande era, que cuando estudiante recitaba de coro libros de patología en varios tomos, y podía retener, después de rápida lectura, listas con cientos de nombres tomados al azar. Con ser grande su retentiva natural u orgánica, aumentábala todavía a favor de ingeniosas combinaciones mnemotécnicas que recordaban las tan celebradas y artificiosas del abate Moigno.
Para juzgar de la energía de voluntad de mi padre, recordaré en breves términos su historia. Hijo de modestos labradores de Larrés (Huesca), con hermanos mayores, a los cuales, por fuero de la tierra, tocaba heredar y cultivar los campos del no muy crecido patrimonio, tuvo que abandonar desde muy niño la casa paterna, entrando a servir en concepto de mancebo, a cierto cirujano de Javierre de Latre, aldea ribereña del río Gállego, no muy lejana de Anzánigo. Aprendió allí el oficio de barbero y sangrador, pasando en compañía de su amo, un benemérito cirujano romancista, ocho o diez años consecutivos.
Lám. II, Fig. 1.—Larrés tomado a vista de pájaro. En la fotografía no aparece el Pirineo nevado, que hacia el Norte cierra el horizonte.
Lám. II, Fig. 2.—La casa alta, destartalada y situada en el centro de la calle, fué donde nací. (Petilla).
Otro que no hubiese sido el autor de mis días, habría acaso considerado su carrera como definitivamente terminada, o hubiera tratado de obtener como coronamiento de sus ambiciones académicas, el humilde título de ministrante; pero sus aspiraciones rayaban más alto. Las brillantes curas hechas por su amo, la lectura asidua de cuantos libros de cirugía encontraba (de que había copiosa colección en la estantería del huésped), el cuidado y asistencia de los numerosos enfermos de cirugía y medicina que su patrón, conocedor de la excepcional aplicación del mancebo, le confiaba, despertaron en él vocación decidida por la carrera médica.
Resuelto, pues, a emanciparse de la bajeza y estrechez de su situación, cierto día (frisaba ya en los veintidós años), sorprendió a su amo con la demanda de su modesta soldada. Y despidiéndose de él, y en posesión de algunas pesetas prestadas por sus parientes, emprendió a pie el viaje a Barcelona, en donde halló por fin, tras muchos días de privación y abandono (en Sarriá), cierta barbería cuyo maestro le consintió asistir a las clases y emprender la carrera de cirujano.
A costa, pues, de la más absoluta carencia de vicios, y sometiéndose a un régimen de austeridad inverosímil, y sin más emolumentos que el salario y los gajes de su mancebía de barbero, logró mi padre el codiciado diploma de cirujano, con nota de Sobresaliente en todas las asignaturas, y habiendo sido modelo insuperable de aplicación y de formalidad. Allí, en esa lucha sorda y obscura por la conquista del pan del cuerpo y del alma, bordeando no pocas veces el abismo de la miseria y de la desesperación, respirando esa atmósfera de indiferencia y despego que envuelve al talento pobre y desvalido, aprendió mi padre el terror de la pobreza y el culto un poco exclusivo de la ciencia práctica, que más tarde, por reacción mental de los hijos, tantos disgustos había de proporcionarle y proporcionarnos.
Años después, casado ya, padre de cuatro hijos, y regentando el partido médico de Valpalmas (provincia de Zaragoza), dió cima a su ideal, graduándose de Doctor en Medicina.
Cuento estos sucesos de la biografía de mi padre, porque sobre ser honrosísimos para él, constituyen también antecedentes necesarios de mi historia. Es indudable que, prescindiendo de la influencia hereditaria, las ideas y ejemplos del padre, representan factores primordiales de la educación de los hijos, y causas, por tanto, principalísimas de los gustos e inclinaciones de los mismos.
De mi pueblo natal, así como de los años pasados en Larrés y Luna (partidos médicos regentados por mi padre desde los años 1850 a 1856), no conservo apenas memoria. Mis primeros recuerdos, harto vagos e imprecisos, refiérense al lugar de Larrés, al cual se trasladó mi padre dos años después de mi nacimiento, halagado con la idea de ejercer la profesión en su pueblo natal, rodeado de amigos y parientes. En Larrés nació mi hermano Pedro, actual catedrático de la Facultad de Medicina de Zaragoza.
Cierta travesura cometida cuando yo tenía tres o cuatro años escasos, pudo atajar trágicamente mi vida. Era en la villa de Luna (provincia de Zaragoza).
Hallábame jugando en una era del ejido del pueblo, cuando tuve la endiablada ocurrencia de apalear a un caballo; el solípedo, algo loco y resabiado, sacudióme formidable coz, que recibí en la frente; caí sin sentido, bañado en sangre, y quedé tan mal parado que me dieron por muerto. La herida fué gravísima; pude, sin embargo, sanar, haciendo pasar a mis padres días de dolorosa inquietud. Fué ésta mi primera travesura; luego veremos que no debía ser la última.
CAPÍTULO II
Excursión tardía a mi pueblo natal. — La pobreza de mis paisanos. — Un pueblo pobre y aislado que parece símbolo de España.
Aun cuando trunque y altere el buen orden de la narración, diré ahora algo de mi aldea natal, que, conforme dejo apuntado, abandoné a los dos años de edad. De mi pueblo, por tanto, no guardo recuerdo alguno. Además, mis relaciones ulteriores con el nativo lugar no han sido parte a subsanar esta ignorancia, puesto que se han reducido solamente a solicitar, recibir y pagar serie inacabable de fées de bautismo. Carezco, pues, de patria chica bien precisada (en virtud de la singularidad ya mentada de pertenecer Petilla a Navarra, no obstante estar enclavada en Aragón). Contrariedad desagradable de haberme dado el naipe por la política; pero ventaja para mis sentimientos patrióticos, que han podido correr más libremente por el ancho y generoso cauce de la España plena.
Así y todo, y después de confesar que mi amor por la patria grande supera, con mucho, al que profeso a la patria chica, he sentido más de una vez vehementes deseos de conocer la aldehuela humilde donde nací. Deploro no haber visto la luz en una gran ciudad, adornada de monumentos grandiosos e ilustrada por genios; pero yo no pude escoger, y debí contentarme con mi villorrio triste y humilde, el cual tendrá siempre para mí el supremo prestigio de haber sido el escenario de mis primeros juegos y la decoración austera con que la Naturaleza hirió mi retina virgen y desentumeció mi cerebro.
Impulsado, pues, por tan naturales sentimientos, emprendí, hace pocos años, cierto viaje a Petilla. Después de determinar cuidadosamente su posición geográfica (que fué arduo trabajo) y estudiar el enrevesado itinerario (tan escondido y fuera de mano está mi pueblo), púseme en camino. Mi primera etapa fué Jaca; la segunda, Verdún y Tiermas (villa ribereña del Aragón, célebre por sus baños termales), y la tercera y última, Petilla.
Hasta Verdún y Tiermas existe hermosa carretera, que se recorre en los coches que hacen el trayecto de Jaca a Pamplona; pero la ruta de Tiermas a Petilla, larga de tres leguas, es senda de herradura, flanqueada por montes escarpadísimos, cortada y casi borrada del todo, en muchos parajes, por ramblas y barrancos.
Caballero en un mulo, y escoltado por peatón conocedor del país, púseme en camino cierta mañana del mes de Agosto. En cuanto dejamos atrás las relativamente verdes riberas del Aragón, aparecióseme la típica, la desolada, la tristísima tierra española. El descuaje sistemático de los bosques había dejado las montañas desnudas de tierra vegetal. Sabido es que en estas tristes comarcas cada aguacero, en vez de llevar la esperanza al agricultor, constituye trágica amenaza. Precisamente dos días antes ocurrió tormenta devastadora. Campos antes fecundos aparecían cubiertos de légamo arcilloso; y nueva denudación de valles y laderas había convertido ríos y arroyos en ramblas y pedregales. Para apagar la sed y calmar el calor hice escala en dos o tres humildes aldehuelas cuyos habitantes lamentaban aún los furores y estragos de la pasada tempestad. Y caída ya la tarde, llegué a la vista del empinado monte donde se asienta el pueblo.
A medida que me aproximaba a la aldea natal, apoderábase de mí inexplicable melancolía, y que llegó al colmo cuando me hizo escuchar el guía el tañido de la campana, tan extraña a mi oído, como si jamás lo hubiera impresionado.
No dejaba, en efecto, de ser algo singular mi situación sentimental. Al regresar al pueblo nativo, todos los hombres saborean anticipadamente el placer de abrazar a camaradas de la infancia y adolescencia; en su espíritu aflora el grato recuerdo de comunes placeres y travesuras; todos, en fin, ansían recorrer las calles, la iglesia, la fuente y los alrededores del lugar, en los cuales cada árbol y cada piedra evoca un recuerdo de alegría o de pena. «Yo sólo —me decía— tendré el triste privilegio de hallar a mi llegada por único recibimiento la curiosidad, acaso algo hostil, y el silencio de los corazones. Nadie me espera, porque nadie me conoce.»
Y sin embargo, me engañaba. El cura y el ayuntamiento habían barruntado mi visita y me aguardaban en la plaza del pueblo. Y hubo además un episodio conmovedor. Al pie del altozano, sobre que se alza la aldea, cierta anciana, que no tenía la menor noticia de mi excursión, y que se ocupaba en lavar ropa a la vera de un arroyo, volvió de pronto el rostro, dejó su faena y, encarándose conmigo y mirándome de hito en hito, exclamó: «¡Señor, si usted no es D. Justo en persona, tiene que ser el hijo de D. Justo! ¡Es milagroso!... ¡La misma cara del padre!... ¡No me lo niegue usted! ¡Si supiera usted cuántas veces, enferma su madre, le dí a usted de mamar!... ¿Vive aún la Sra. Antonia? ¡Qué buena y qué hermosa era!...»
Felicité a la pobre octogenaria por su admirable memoria y excelentes sentimientos, y dejando en sus manos una moneda, continué mi ascensión a Petilla.
Es Petilla uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las vecinas villas aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con la más lejana de Aoiz, cabeza del partido a que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la carreta. Extraño y forastero para los pueblos aragoneses que le rodean, tiénenlo por igual abandonado los navarros, quienes, inspirándose en ese criterio de ruin egoísmo tan castizamente español, excusan su desdén diciendo que la construcción de una carretera que enlazara Aoiz y Petilla, cedería en provecho de muchos pueblos aragoneses, entre los cuales yace, como una isla, mi nativo lugar.
Álzase éste casi en la cima de enhiesto cerro, estribación de próxima y empinada sierra, derivada a su vez, según noticias recogidas sobre el terreno, de la cordillera de la Peña y de Gratal.
Lám. III, Figs. 3 y 4.—Dos vistas de Petilla: la primera tomada del lado Sur y la segunda del lado Norte.
El panorama, que hiere los ojos desde el pretil de la iglesia, no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que abrigo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y de castigo. Según mostramos en el adjunto grabado, una gran montaña, áspera y peñascosa, de pendientes descarnadas y abruptas, llena con su mole casi todo el horizonte; a los pies del gigante y, bordeando la estrecha cañada y accidentado sendero que conduce al lugar, corre rumoroso un arroyo nacido en la vecina sierra; los estribos y laderas del monte, única tierra arable de que disponen los petillenses, aparecen como rayados por infinidad de estrechos campos dispuestos en graderías, trabajosamente defendidos de los aluviones y lluvias torrenciales por robustos contrafuertes y paredones; y allá en la cumbre, como defendiendo la aldea del riguroso cierzo, cierran el horizonte y surgen imponentes colosales peñas a modo de tajantes hoces, especie de murallas ciclópeas surgidas allí a impulso de algún cataclismo geológico. Al amparo de esta defensa natural, reforzada todavía por castillo feudal actualmente en ruinas, se levantan las humildes y pobres casas del lugar, en número de 40 a 60, cimentadas sobre rocas y separadas por calles irregulares cuyo tránsito dificultan grietas, escalones y regueros abiertos en la peña por el violento rodar de las aguas torrenciales. Al contemplar tan mezquinas casuchas, siéntese impresión de honda tristeza. Ni una maceta en las ventanas, ni el más ligero adorno en las fachadas, nada, en fin, que denote algún sentido del arte, alguna aspiración a la comodidad y al confort. Bien se echa de ver, cuando se traspasa el umbral de tan mezquinas viviendas, que los campesinos que las habitan gimen condenados a una existencia dura, sin otra preocupación que la de procurarse, a costa de rudas fatigas, el cuotidiano y frugalísimo sustento.
Desgraciadamente, no es mi pueblo una excepción de la regla; así viven también, con leves diferencias, la inmensa mayoría de nuestros aldeanos. Su ignorancia es fruto de su pobreza. Para ellos no existen los placeres intelectuales que tan agradable hacen la vida y cuya brevedad compensan.
Por un contraste chocante, en una aldea en donde la escuela está reducida a cuartucho destartalado y angosto, y en que hasta la iglesia es pobre y menguada, álzase orgullosa cierta casa nueva, mansión cómoda, holgada y hasta espléndida, a la cual encuadra y adorna, por el lado del campo, frondoso huerto y ameno y vistoso jardín: tal es la abadía o casa del cura, construcción donada al pueblo por cierta persona tan piadosa como opulenta, a fin de que sirviera de albergue decoroso al humilde pastor de almas.
En otra situación de ánimo, tan punzante contraste hubiese dado a mis meditaciones un giro amargo. Hubiera pensado acaso que en nuestra pobre y abatida España, no hay sino una pasión grande, absorbente, suprema manifestación del egoísmo individual, a saber: el ansia de alcanzar a todo trance el cielo prometido por la religión a los buenos, y una sola generosidad (si cabe considerar como tal lo que se da en vista de personales provechos), los legados al clero y a las fundaciones piadosas. La caridad generosa y de buena ley, ese sublime calor de humanidad del filántropo, que, depurado de bajos egoísmos, da sin esperanza de remuneración, sin desear más recompensa que la gratitud de los buenos, es un sentimiento rarísimo entre nuestros opulentos. Exclusiva preocupación de éstos parece ser realizar lo que podríamos llamar el copo de la felicidad, es decir, alcanzar los dones de la fortuna en esta vida y gozar la beatitud eterna en la otra.
Pero yo, que sólo me siento socialista muy de vez en cuando, no estaba entonces para semejantes consideraciones. Impresionado por la miseria y el abandono de aquel lugar; por la esquivez de una naturaleza tirana e insensible; por las fatigas y trabajos a costa de los cuales aquellos infortunados aldeanos debían ocurrir a su mezquino sustento; por la ausencia, en fin, de toda comodidad y regalo, capaces de hacer amable o tolerable la vida, me pregunté: Si el sacerdote no tenía allí alta y piadosa misión que cumplir; si aquella casa, relativamente suntuosa, destinada a asegurar la residencia de un ecónomo, que de otra suerte viviría en alguna aldea próxima más populosa, no satisfacía vital necesidad, ¿qué sería —decíame para mis adentros— de estas existencias duras, si la religión no acariciase y elevase sus almas abatidas por la fatiga y el dolor? ¿Cómo soportar la desconsoladora monotonía de una vida sin otros contrastes que los creados por la sucesión de las estaciones y los inevitables estragos del tiempo? ¿Cómo adherirse, formal y profundamente, a la infecunda tierra donde nacimos, sin ese confortador optimismo de la religión, que nos promete, calmando impaciencias y desalientos del presente, en pos de una vida de prueba y de expiación, la resurrección luminosa, la ansiada repatriación a las doradas tierras del cielo, cuna de nuestras almas y mansión donde nos esperan los muertos queridos y llorados?
Gran escuela de espiritualidad y virtud es un suelo gris y un cielo perennemente azul. Donde la naturaleza es próvida y paganamente deleitosa, declina a menudo el sentimiento religioso.
¡Oh, los heroicos labriegos de nuestras mesetas esteparias!... Amémosles cordialmente. Ellos han hecho el milagro de poblar regiones estériles, de las cuales el orondo francés o el rubicundo y linfático alemán huirían como de peste. Y, de pasada, rechacemos indignados la brutal injusticia con que ciertos escritores franceses, catalanes y vascos (no todos por fortuna) y en general los felices habitantes de los países de yerba, desprecian o desdeñan a los amojamados, cenceños, tostados, pero enérgicos pobladores de las austeras mesetas castellanas y aragonesa, como si tan humildes cultivadores del terruño nacional tuvieran la culpa de haber visto la luz bajo un cielo inclemente...
Pero arrastrado por mis pensamientos, olvido hablar de la visita a mi pueblo. Diré, pues, que a mi llegada fuí recibido con grandes agasajos por el ecónomo, a quien el párroco, residente en otro lugar y sabedor de mi visita, habíame recomendado. Fina y generosa hospitalidad dispensáronme también diversas personas, particularmente algunos ancianos que se acordaban de mi padre, con quien me encontraban sorprendente parecido. Complacíanse todos en mostrarme su buena voluntad y en colmarme de halagos que yo agradecí de todo corazón. Y para hacer agradable mi breve estancia allí, concertáronse algunas giras campestres. Recuerdo entre ellas: la exploración de las ruinas del vetusto castillo; la gira a los seculares bosques de la vecina sierra, y la visita a modesta ermita, situada a corta distancia del pueblo, tenida en gran devoción, y en cuyas inmediaciones se extiende florido y deleitoso oasis, donde hubimos de reconfortarnos con suculenta y bien servida merienda. Mostráronme, también, la humilde casa en que nací, fábrica ruinosa casi abandonada, albergue hoy de gente pordiosera y trashumante. Algunas ancianas del lugar, que se ufanaban bondadosamente de haberme tenido en sus brazos, recordáronme la lozana belleza de mi madre, la robustez de mis primeros meses y las hazañas quirúrgicas y cinegéticas de mi padre, cuya fama de Nemrod dura todavía.
Al despedirme de los rudos pero honrados montañeses, mis paisanos, oprimióseme el corazón: había satisfecho un anhelo de mi alma, pero llevábame una gran tristeza. Cierta voz secreta me decía que no volvería más por aquellos lugares; que aquella decoración romántica que acarició mis ojos y mi cerebro al abrirse por primera vez al espectáculo del mundo no impresionaría nuevamente mi retina; que aquellas manos de ancianos, selladas con los honrosos callos del trabajo, no volverían a ser estrechadas con efusión entre las mías.
Apesadumbrado por estos melancólicos sentimientos y cavilaciones bajé la áspera cuesta del pueblo, tendí una última mirada sobre el agreste y desolado paisaje, cuya imagen intenté fijar en mi retina con esa tenacidad con que procura retener el que sueña la fugitiva visión que le mintió sabrosas felicidades, y alejéme tristemente, tomando la vuelta de Tiermas y de Jaca. Una voz interior me decía que no lo vería más; y, en efecto, hasta hoy no lo he visto. Los lazos del afecto son harto flojos para llevarme a él, porque la atracción y el amor nacen del hábito y se miden por la amplitud del espacio que las representaciones de los hombres y de las cosas ocupan en la memoria. Y en la mía los recuerdos juveniles de gran vivacidad y difusión se enlazan con otros lugares, con aquellos donde transcurrieron mi niñez y adolescencia y en donde anudé las primeras amistades.
Ni sería razonable conceder excesiva importancia al hecho de haber casualmente nacido en una aldea de la montaña navarra; pues el hombre no es como la planta, que sabe a la tierra que le crió. El alma humana toma su sabor, digamos mejor su timbre sentimental, antes que de la tierra y del aire inorgánicos, del medio vivo, de la estratificación humana que alimentó las raíces de su razón y fué ocasión de las primeras imborrables emociones. Bajo este aspecto, mi verdadera patria es Ayerbe, villa de la provincia de Huesca, donde pasé el período más crítico y a la vez más plástico y creador de la juventud, es decir, los años que median entre los ocho y los diecisiete de mi edad, o sea desde el 60 al 69, fecha esta última de la famosa revolución española.
CAPÍTULO III
Mi primera infancia. — Vocación docente de mi padre. — Mi carácter y tendencias. — Admiración por la naturaleza y pasión por los pájaros.
Los primeros años de mi niñez, salvo los dos pasados en Petilla y uno en Larrés, transcurrieron, parte en Luna, villa populosa de la provincia de Zaragoza, edificada no lejos del Monlora, empinado cerro coronado por antiguo y ruinoso monasterio, y parte en Valpalmas, pueblo más modesto de la misma provincia y distante tres leguas no más del precedente. En este último habitó mi familia cuatro años, desde 1856 a 1860; en él nacieron mis dos hermanas Pabla y Jorja.
Mi educación e instrucción comenzaron en Valpalmas, cuando yo tenía cuatro años de edad. Fué en la modesta escuela del lugar donde aprendí los primeros rudimentos de las letras; pero en realidad mi verdadero maestro fué mi padre, que tomó sobre sí la tarea de enseñarme a leer y a escribir, y de inculcarme nociones elementales de geografía, física, aritmética y gramática. Tan enojoso ministerio constituía para él, más que obligación inexcusable del padre de familia, necesidad irresistible de su espíritu, inclinado, por natural vocación, a la enseñanza. Despertar la curiosidad, acelerar la evolución intelectual, tan perezosa a veces en ciertos niños, le resultaba deleite incomparable. De mi progenitor puede decirse justamente lo que Sócrates blasonaba de sí, que era excelente comadrón de inteligencias.
Hay, realmente, en la función docente algo de la satisfacción altiva del domador de potros; pero entra también la grata curiosidad del jardinero, que espera ansioso la primavera para reconocer el matiz de la flor sembrada y comprobar la bondad de los métodos de cultivo.
Tengo para mí, que desenvolver un entendimiento embrionario, gozándose en sus adelantos e individualizándolo progresivamente, es alcanzar la paternidad más alta y más noble, es como corregir y perfeccionar la obra de la Naturaleza, lanzando al mundo, poblado de seres vulgares y repetidos, una especie original, un temperamento sui generis, capaz de formar del mundo visión personal e inconfundible. Fabricar cerebros nuevos: he aquí el gran triunfo del pedagogo.
Esta función docente ejercitábala mi padre no solamente con sus hijos, sino con cualquier niño con quien topaba; porque para él la ignorancia era la mayor de las desgracias, y el enseñar el más noble de los deberes.
Recuerdo bien el tesón que puso, no obstante mi corta edad, en enseñarme el francés. Por cierto que el estudio de este idioma tuvo lugar en cierta renegrida cueva de pastores, no lejana del pueblo (Valpalmas), donde solíamos aislarnos para concentrarnos en la labor y evitar visitas e interrupciones. Por tan curiosa circunstancia, en cuanto tropiezo con un ejemplar del Telémaco surge en mi memoria la imagen de la citada caverna, cuyos socavones y recovecos veo ahora, transcurridos cerca de cincuenta y ocho años, como si los tuviera presentes.
En resumen: gracias a los cuidados de mi padre, adelanté tanto y tan rápidamente, que a los seis años escribía corrientemente y con alguna ortografía, y estaba adornado de bastantes nociones de geografía, francés y aritmética.
A causa de esta relativa precocidad vine a ser el amanuense y el secretario de la casa; y así, cuando un año después mi padre se trasladó a Madrid para completar su carrera y graduarse de doctor en Medicina y Cirugía, fuí yo el encargado de la correspondencia familiar y de enterarle de los sucesos del partido médico, regentado a la sazón por facultativo suplente. Mis progresos dieron ocasión a que mis padres, llenos de ese optimismo tan natural en todos, auguraran para su hijo, un poco a la ligera, como luego veremos, lisonjero porvenir.
En el orden de los afectos y tendencias del espíritu, era yo, como la mayoría de los chicos que se crían en los pueblos pequeños, entusiasta de la vida de aire libre, incansable cultivador de los juegos atléticos y de agilidad, en los cuales sobresalía ya entre mis iguales. Entre mis inclinaciones naturales había dos que predominaban sobre las demás y prestaban a mi fisonomía moral aspecto un tanto extraño. Eran, el curioseo y contemplación de los fenómenos naturales, y cierta antipatía incomprensible por el trato social.
Tales eran la vergüenza y cortedad que experimentaba al verme entre personas extrañas, que cuando debía comer fuera de casa o había en la nuestra convidados, se veían y se deseaban mis padres para hacerme sentar a la mesa y alternar con los forasteros. Tan extremado encogimiento costóme no pocos castigos y reprimendas, pues mi progenitor juzgaba, con harta razón, que semejante repugnancia hacia el trato de gentes, no podía menos de retardar mi evolución mental, originando además rudeza de modales y esquivez y extravagancia de carácter. De que mi padre fué profeta, da testimonio toda mi historia. Tengo por indudable que ese deseo de vivir a mis anchas, entregado a mis caprichos, sustraído constantemente a la coacción moral de las personas mayores, dióme fama de reservado y huraño, me privó de amistades valiosas en momentos de apuro, y retrasó notablemente mi carrera.
Para decirlo de una vez: durante mi niñez fuí criatura díscola, excesivamente misteriosa y retraída y deplorablemente antipática. Aun hoy, consciente de mis defectos, y después de haber trabajado heroicamente por corregirlos, perdura en mí algo de esa arisca insociabilidad tan censurada por mis padres y amigos.
Preciso es reconocer que hay un egoísmo refinado en rumiar las propias ideas y en huir cobardemente del comercio intelectual de las gentes. Ello aporta cierto deleite morboso, sólo disculpable en caracteres celosos de conservar su individualidad. Lejos de los hombres, nos hacemos la ilusión de ser completamente libres. Sólo la soledad nos pone en plena posesión de nosotros mismos. En cuanto un diálogo se entabla, nuestras palabras responden al ajeno pensamiento. Piérdese la iniciativa mental; las asociaciones de ideas sucédense en el orden marcado por el interlocutor, que viene a ser en cierto modo dueño de nuestro cerebro y de nuestras emociones. No podremos evitar ya en adelante que evoque con su cháchara indiscreta o impertinente recuerdos dolorosos, que ponga en acción registros de ideas que quisiéramos enterrar en las negruras del inconsciente. Y esa sensación de esclavitud perdura horas y horas. Pero lo más grave de esta vibración parásita del cerebro es que turba las polarizaciones ideales útiles y nos distrae del trabajo.
¡Qué de veces acudimos en busca de distracción al café o a la tertulia, y salimos con un abatimiento de ánimo, con una sedación de voluntad, que esteriliza o imposibilita, y a veces por mucho tiempo, la cuotidiana labor!
Síguese de aquí que solamente al hombre aislado y entregado a sus pensamientos le es dado gozar de calma inalterable y de un humor sensiblemente uniforme: no sentirá ciertamente en su rincón grandes alegrías, mas no sufrirá tampoco grandes tristezas. Pero atajemos reflexiones impertinentes y reanudemos la narración.
La admiración de la Naturaleza constituía también, según llevo dicho, una de las tendencias irrefrenables de mi espíritu. No me saciaba de contemplar los esplendores del sol, la magia de los crepúsculos, las alternativas de la vida vegetal con sus fastuosas fiestas primaverales, el misterio de la resurrección de los insectos y la decoración variada y pintoresca de las montañas. Y así, me pasaba todas las horas de asueto que mis estudios me dejaban, haciendo correrías por los alrededores del pueblo, explorando barrancos, ramblas, fuentes, peñascos y colinas, con gran angustia de mi madre, que temía siempre, durante mis largas ausencias, que me habría ocurrido algún accidente. Como derivación de estos gustos, sobrevino luego en mí la pasión por los animales, singularmente por los pájaros, de que tenía siempre gran colección. Complacíame en criarlos de pequeñuelos, en construirles jaulas de mimbre o de cañas, y en prodigarles toda clase de mimos y cuidados.
Mi pasión por los pájaros y por los nidos se extremó tanto, que hubo primavera que llegué a saber más de 20 de éstos, pertenecientes a diversas especies de aves. Esta instintiva inclinación ornitológica aumentó todavía ulteriormente[2]. Recuerdo que frisaba ya en los trece años, cuando dí en coleccionar huevos de toda casta de pájaros, cuidadosamente clasificados. Para facilitar la colecta (que mi padre veía con buenos ojos), ofrecí a los muchachos y gañanes una cuaderna por cada nido que me enseñasen. De este modo, la colección se enriqueció rápidamente, llegando a contar 30 ejemplares diferentes. Mostrábala yo orgullosamente a mis camaradas del pueblo como si fuera tesoro inapreciable. Desgraciadamente, mi colección —que guardaba cuidadosamente en una caja especial de cartón dividida en compartimientos minuciosamente rotulados— no pudo conservarse: los ardores del mes de Agosto dieron al traste con mi tesoro, provocando la putrefacción de las yemas y la rotura de las cáscaras. ¡Grande fué mi pena cuando me dí cuenta del percance y comprendí toda la extensión del irreparable daño! Estaba inconsolable al ver que los huevos de engaña-pastor (chotacabras), tordo, gorrión, pardillo, pinzón, cogullada (cogujada), cudiblanca, mirlo, picaraza (garza), cardelina (jilguero), cuco, ruiseñor, codorniz, etc., mostraban las cáscaras abiertas y rezumando líquido corrompido y mal oliente.
Tales aficiones fomentaron mis sentimientos de clemencia hacia los animales. Gustaba de criarlos para gozar de sus graciosos movimientos y sorprender sus curiosos instintos; pero jamás los torturé haciéndoles servir de juguetes, como hacen otros muchos niños. Para cazarlos prefería los procedimientos que permitían cogerlos vivos (besque o liga, lienas[3] con hoyos hondos, la red, etc.). Cuando había reunido muchos y no podía atenderlos y cuidarlos esmeradamente, los soltaba o los devolvía, si eran todavía pequeñuelos e implumes, a sus nidos y a las caricias maternales. En estos caprichos no entraba para nada el interés gastronómico ni la vanidad del cazador, sino el instinto del naturalista. Bastaba para mi satisfacción asistir al maravilloso proceso de la incubación y a la eclosión de los polluelos; seguir paso a paso las metamorfosis del recién nacido, sorprendiendo primeramente la aparición de las plumas sobre la piel de los frioleros pequeñuelos; luego, los tímidos aleteos del pájaro que ensaya sus fuerzas y despereza las alas, y finalmente, el raudo vuelo con que toma posesión de las anchuras del espacio.
Los instintos admirablemente previsores de los animales, llenábanme de ingenua admiración; pero no menos me chocaban las inarmonías que, de vez en cuando, nos ofrece la vida, como acreditando en el Creador extrañas distracciones y complacencias. Recuerdo que, cuando me contaron las tretas de que el cuco se vale para criar su prole (tretas que pude comprobar personalmente), sentí penosa impresión. Fué ésta la primera incongruencia del orden natural que llegó a mi noticia; luego conocí otras todavía más graves con relación a los insectos y crustáceos. Y fué triste cosa pensar que el mal que yo suponía producción puramente humana, tenía ya sus raíces en la más baja animalidad...
CAPÍTULO IV
Mi estancia en Valpalmas. — Los tres acontecimientos decisivos de mi niñez: los festejos destinados a celebrar nuestras victorias de África, la caída de un rayo en la escuela y el eclipse de sol del año 60.
Durante los últimos años pasados en Valpalmas (pueblo de la provincia de Zaragoza, no lejos de Egea), ocurrieron tres sucesos que tuvieron decisiva influencia en mis ideas y sentimientos ulteriores. Fueron éstos: la conmemoración de las gloriosas victorias de África; la caída de un rayo en la escuela y en la iglesia del pueblo, y el famoso eclipse de sol del año 60. Tendría yo por entonces siete u ocho años.
Los festejos acordados por el Ayuntamiento de Valpalmas para celebrar los triunfos de nuestros bravos soldados en África, fueron rumbosos y proporcionados al entusiasmo patriótico que reinaba entonces en toda España. «Por fin —oía yo decir—, las lanzas y espadas a menudo esgrimidas contra nosotros mismos, se han vuelto contra los odiados enemigos de la raza.» ¡Hacía tanto tiempo que la gloriosa bandera española no había flameado sobre los muros de extranjera ciudad! No cabía duda; la raza hispana había vuelto en sí, readquiriendo conciencia de su propio valer. Aquellos eran los mismos esforzados infantes de Pavía y San Quintín.
¡Con qué cordial e ingenuo entusiasmo vitoreábamos a los bravos soldados de África, y singularmente a los generales Prim y O’Donnell! ¡Cuán orgullosos estábamos de la derrota de Muley-el-Abbas y de la sangrienta toma de Tetuán, y cuán indignados también contra la diplomacia inglesa —la pérfida Albión, como se decía entonces, con olvido de los inestimables servicios que nos prestara en nuestra guerra contra los franceses— por haber detenido con un gesto de altivez y de mal humor el avance triunfal de nuestras tropas!... No tenía yo entonces representación muy clara del carácter de las ofensas recibidas, de la legitimidad y necesidad de la venganza, ni de las ventajas morales y materiales que la guerra podía traernos; pero, al ver alegría y entusiasmo en todo el mundo, me entusiasmé y alborocé también, aceptando mi parte en los obsequios y finezas con que nuestros rudos, pero patrióticos ediles de Valpalmas, quisieron exteriorizar la gran satisfacción y noble orgullo que rebosaba en todos los corazones.
Entre los festejos preparados para celebrar la entrada de nuestras tropas en Tetuán, recuerdo las marchas, pasos-dobles y jotas, ejecutadas con más fervor que afinación por cierta murga traída de no sé dónde; y una hoguera formidable encendida en la plaza pública, y en cuyas brasas se asaron y cocieron, a semejanza de lo contado por Cervantes en las bodas de Camacho, muchos carneros y gallinas. Al compás de la ruidosa orquesta, circulaban de mano en mano, y sin darse punto de reposo, botas rebosantes de excelente vino de la tierra, así como sabrosas tajadas, a las cuales, como se comprenderá bien, no hicimos asco los chicos; antes bien, jubilosos por la fiesta y el jolgorio, y alborotados con esta especie de comunión patriótica, nos pusimos ahítos de carne y medio calamocanos de mosto.
Fué ésta la primera vez que surgieron en mi mente, con plena conciencia, la idea y el sentimiento de la patria. Representa, por lo común, el patriotismo pasión tardía; acaricia el espíritu durante la adolescencia, cuando penetran en sensorio las primeras nociones precisas acerca de la historia y geografía nacionales. Estas nociones exceden y dilatan el mezquino concepto de familia y, empequeñeciendo el amor al campanario, nos enseñan que más allá de los términos de la región viven millones de hermanos nuestros que aman, esperan, luchan y odian al unísono con nosotros; que, en suma, hablan la misma lengua y tienen iguales origen y destino. Tamaño sentimiento de solidaridad se exalta todavía en el niño cuando lee el relato de las hazañas de sus mayores: tales lecturas despiertan en él la admiración y el culto hacia los héroes de la raza, defensores del territorio nacional contra las agresiones de los extraños, y sugiérenle, además, el noble deseo de emular a las grandes figuras de la historia y de sacrificarse, si preciso fuera, en el altar sagrado de la patria.
Pero en mí, por virtud quizá del acontecimiento aludido, acaso por el concurso de otras causas, el sentimiento de patria fué muy precoz. Pobres e incompletas eran las nociones históricas aprendidas en la escuela o de labios de mi padre; pero bastáronme para formar alta idea de mi nación como entidad guerrera, descubridora y artística, y para que me considerase orgulloso de haber nacido en España.
Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al feroz marroquí, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía una injusticia que más adelante corregí.
Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que, en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes. No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las empresas de la civilización europea brillante papel[4].
De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.
El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el rayo caído en la escuela, con circunstancias y efectos singularmente dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de malvados.
He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra, a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados, corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos, sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable.
La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.
Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin embargo, al maestro.
Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos, penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared.
Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.
Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de ley, penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados; los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos...
Mas he aquí que de improviso tan hermosa concepción, que yo, como todos los niños, había formado, se tambalea. La riente paleta del sublime Artista se entenebrece; inopinadamente, el idilio se trueca en tragedia.
Muchas interrogaciones, a cual más formidables, me asaltaron. ¿Será cierto —pensaba— que el Dios de la Doctrina cristiana y de la Historia sagrada sienta infinita piedad por los hombres? ¿En su fervor religioso, los teólogos no habrán exagerado algo el interés que inspiramos a la Divinidad? ¿Y si resultara que nos mide con el mismo rasero que a las más humildes bestezuelas? Si realmente lo puede todo y es infinitamente bueno, según aseguran formalmente el cura y el maestro, ¿cómo esta vez no ha interpuesto una mano piadosa en el furioso engranaje de los elementos, evitando la muerte de un santo varón, el destrozo de un templo y el terror de tantos inocentes? Y mi fantasía, sobreexcitada por la emoción, forjó no sé cuantas absurdas conjeturas.
Tales dudas y cavilaciones pasaron luego, cediendo el campo a más vulgares preocupaciones; pero dejaron en mí el amargo germen del pesimismo. Doy por seguro que el libro, todavía inédito, pero redactado desde hace muchos años, acerca de las inarmonías del mundo y de la vida (libro que no he publicado porque, a la luz de la crítica moderna, carece de toda novedad esencial), tuvo su germen en el luctuoso acontecimiento referido.
Afortunadamente, la edad de los ocho años no es propicia a la filosofía, ni consiente largas abstracciones. En la aurora de la vida es harto fugaz el sentimiento para que ningún suceso pueda perturbar, de modo duradero, la hermosa serenidad del niño, entregado, por irresistible instinto, a modelar y robustecer el cuerpo con el juego y la gimnasia espontáneos, y a enriquecer y vigorizar el espíritu con ese continuo curioseo y exploración del espectáculo de la Naturaleza.
El tercer acontecimiento que me produjo también efecto moral importante, fué el eclipse de sol del año 60. Anunciado por los periódicos, esperábase ansiosamente en el pueblo, en el cual muchas personas, protegidos los ojos con cristales ahumados, acudieron a cierta colina próxima, desde la cual esperaban observar cómodamente el sorprendente fenómeno. Mi padre me había explicado la teoría de los eclipses, y yo la había comprendido bastante bien. Quedábame, empero, un resto de desconfianza. ¿No se distraerá la luna de la ruta señalada por el cálculo? ¿Se equivocará la ciencia? La inteligencia humana, que no pudo prever la caída de un rayo en mi escuela, ¿será capaz, sin embargo, de predecir fenómenos ocurridos más allá de la tierra, a millones de kilómetros? En una palabra; el saber humano, incapaz de explicar muchas cosas próximas, tan íntimas como nuestra vida y nuestro pensamiento, ¿gozará del singular privilegio de comprender y vaticinar lo lejano, aquello que menos puede interesarnos desde el punto de vista de la utilidad material? Claro que estas interrogaciones no fueron pensadas de esta forma; pero ellas traducen bien, creo yo, mis sentimientos de entonces.
Es justo reconocer que la casta Diana no faltó a la cita, cumpliendo a conciencia y con exquisita exactitud su programa. Parecía como que los astrónomos, además de profetas, habían sido un poco cómplices, empujando la luna con las palancas de sus enormes telescopios hasta el lugar del cielo donde habían acordado ensayar el fenómeno. Durante el eclipse, hízome notar mi padre esa especie de asombro y de indefinible inquietud que se apodera de la naturaleza entera, acostumbrada a ser regulada en todos sus actos por el acompasado ritmo de luz y de obscuridad, de calor y de frío, resultante del eterno girar de la tierra. Para los animales y para las plantas, el eclipse parece constituir un contrasentido, algo así como imprevista equivocación de las fuerzas naturales, como olvidadas de los perennes intereses de la vida.
Se comprenderá fácilmente que el eclipse del 60 fuera para mi tierna inteligencia luminosa revelación. Caí en la cuenta, al fin, de que el hombre, desvalido y desarmado enfrente del incontrastable poder de las fuerzas cósmicas, tiene en la ciencia redentor heroico y poderoso y universal instrumento de previsión y de dominio.
—¿Pero la ciencia lo sabe todo, lo puede todo? «No —me contestaba mi padre—; la ciencia es poderoso gigante en unas cosas, débil e impotente infante en muchas otras. Cuando el problema es esencialmente geométrico, como en el caso de los movimientos de los astros, y los datos de las ecuaciones contienen solamente masas, pesos y velocidades, la ciencia acierta y prevé; pero cuando los términos se complican, y las incógnitas crecen y los símbolos son insustituíbles por valores cuantitativos, la mente humana se ofusca y sufre las tristes consecuencias de su ignorancia; porque la naturaleza procede muchas veces como aquella famosa esfinge de Tebas, tan citada por literatos y filósofos, la cual decía al caminante: “Adivíname o te devoro”.
»El hombre de ciencia, que con tan maravillosa precisión ha sabido calcular la fecha y duración de un eclipse; que conoce la distancia de los astros a la tierra y ha logrado fijar la velocidad de la luz, no podrá averiguar si este año se perderá o no la cosecha de trigo, o si durante el otoño furiosa tormenta arrasará nuestras vides. En el arduo fenómeno de la vida es, sobre todo, donde la ciencia humana debe confesar humildemente su impotencia. El científico que tan penetrantemente ha sabido explorar los arcanos del mundo geométrico, sólo muy lenta y presurosamente sabe explorarse a sí mismo; de donde resulta el paradójico contraste de que la ciencia capaz de pesar los astros y fijar su composición, sea impotente para determinar y esclarecer la estructura y la función de esas células cerebrales, con ayuda de las cuales pesamos, medimos y calculamos.»
No fueron éstas ciertamente las frases de mi padre; pero ellas envuelven, sin duda, el sentido general de sus explicaciones.
El eclipse de sol del año 1860 contribuyó poderosamente a mi afición por los estudios astronómicos. Mi cariño a la cosmografía llegó más adelante hasta leer no sólo todas las obras de popularización escritas por Flammarion y Fabre, sino hasta las abstrusas y esencialmente matemáticas de Laplace; aunque mi rudimentaria preparación en el alto cálculo me obligara a saltar sobre las inaccesibles integrales para fijarme exclusivamente en las leyes y en los hechos de observación.
CAPÍTULO V
Ayerbe. — Juegos y travesuras de la infancia. — Instintos guerreros y artísticos. — Mis primeras nociones experimentales sobre óptica, balística y el arte de la guerra.
Cumplidos mis ocho años, mi padre solicitó y obtuvo el partido médico de Ayerbe, villa cuya riqueza y población prometíanle mayores ventajas profesionales y más amplio escenario para sus proezas quirúrgicas que Valpalmas, amén de superiores facilidades para la educación de sus hijos.
Es Ayerbe villa importante de la provincia de Huesca, y famosa por sus vinos en todo el Somontano. Está situada en la carretera de dicha ciudad a Jaca y Panticosa, no lejos de la Sierra de Gratal, primera estribación del Pirineo aragonés. Sus pintorescas casas extiéndense al pie de un monte elevado de doble cima, una de las cuales aparece coronada por las ruinas, aún imponentes, de venerable castillo feudal. En el centro del pueblo, dos grandes y regulares plazas dan amplio espacio a sus mercados y ferias, famosas en toda la comarca. Entre ambas plazas sirve de lindero, al par que de adorno, cierta opulenta mansión señorial, que antaño perteneciera a los Marqueses de Ayerbe.
Mi aparición en la plaza pública de Ayerbe fué saludada por una rechifla general de los chicos. De las burlas pasaron a las veras. En cuanto se reunían algunos de ellos y estaban seguros de maltratarme a mansalva, me insultaban, me golpeaban a puñetazos o me hostilizaban a pedrada limpia.
¿Por qué esta imbécil aversión al chico forastero? Lo ignoraba y aún hoy no me lo explico bien. Creo, empero, ver en ella un efecto de esa sorda inquina, no siempre traducida en actos, que el labrador pobre siente contra el burgués y el hombre de carrera: contenida en los hombres por la prudencia, estalla violentamente en los chicos, en quienes las artes del disimulo no han enfrenado aún los más groseros impulsos naturales. En semejante malquerencia colaboran, sin duda, la rusticidad y la ignorancia.
Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del pueblo. Vestido humildemente —porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía lujos—, de cara trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó para que entre aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño, verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes y aragoneses antiguos. Allí se decía: forato por agujero, no pas por no, tiengo y en tiengo por tengo o tengo de eso, aivan por adelante, muller por mujer, fierro y ferrero por hierro y herrero, chiqué y mocete por chico y mocito, abríos por caballerías, dámene por dame de eso, en ta allá por hacia allá, m’en voy por me voy de aquí, y otras muchas voces y locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.
Lám. IV, Fig. 5.—Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del Castillo.
Lám. IV, Fig. 6.—La plaza baja de Ayerbe con la torre del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de vecindad.
En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido inverosímiles elipsis, toda vez que el, la, lo, se habían convertido en o, a y o, respectivamente. Diríase que estábamos en Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el forano (forastero).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.
He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas, por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.
Tienen los juegos de la niñez, y particularmente los juegos sociales, en los que se combinan, en justa proporción, los ejercicios físicos con las actividades mentales, gran virtud educadora. En esos certámenes de la agilidad y de la fuerza, en esos torneos donde se hace gala del valor, de la osadía y de la astucia, se avaloran y contrastan las aptitudes, se templa y robustece el cuerpo y se prepara el espíritu para la ruda concurrencia vital de la edad viril. No es, pues, extraño que muchos educadores hayan dicho que todo el porvenir de un hombre está en su infancia, y que Rod, Froebel, Gros, France y otros, y en nuestra patria Giner y Letamendi, hayan concedido al juego de los niños gran importancia para el desarrollo fisiológico y para la exploración de la realidad objetiva.
«Jugar, ha dicho Thomas, es aplicar los propios órganos, sentirse vivir y procurarse la ocasión de conocer los objetos que rodean al niño, objetos que son para él un perpetuo milagro.» Por mi parte, siempre he creído que los juegos de los niños son preparación absolutamente necesaria para la vida de acción y de conocimiento; merced a ellos el cerebro infantil apresura su evolución, recibiendo, según los temas preferidos y las diversiones ejercitadas, cierto sello específico moral e intelectual, de que dependerá en gran parte el porvenir.
Esperamos que estas consideraciones excusen a los ojos del lector el que consagremos al examen de los juegos y travesuras de nuestra niñez mayor espacio del que se suele conceder a estos asuntos en todas las biografías. Lo exige así el plan de este libro, cuyo fin es demostrar cómo las condiciones del medio en la puericia imprimieron determinada dirección a mi vida de hombre, y crearon ventajas y defectos de grandes consecuencias en la lucha por la existencia.
En cuanto amainó la mala voluntad de los muchachos para conmigo, concurrí, pues, a sus diversiones y zalagardas; tomé parte en los juegos del peón, del tejo, de la espandiella, del marro, sin olvidar las carreras, luchas y saltos en competencia; hallando en todas estas diversiones la sana alegría asociada a la actividad moderada de todos nuestros órganos y a la impresión personal del acrecentamiento de la energía muscular y de la flexibilidad de las articulaciones. Ya lo dijo Aristóteles y lo han repetido muchos pedagogos, singularmente Bouillier: «hay placer, dice este autor, cuantas veces la actividad del alma se ejerce de acuerdo con su naturaleza y según el sentido de la conservación y desenvolvimiento del ser». ¿Quién ignora que la inactividad constituye para el niño la mayor de las torturas? El dolor mismo es preferido al reposo. Además, hay positivo goce en adquirir conciencia de nuestra evolución, en sentir cómo nuestros músculos se vigorizan y nuestros pulmones se amplían, y advertir cómo, en fin, en esa pugna diaria de ardides, ordinarios recursos de toda pelea entre muchachos, se afina la atención vigilante y se fortalece la aptitud para la agresión inopinada.
Pero los chicos de Ayerbe no se entregaban solamente a juegos inocentes: el tejo y el marro alternaban con diversiones harto más arriesgadas y pecaminosas. Las pedreas, el merodeo y la rapiña, sin consideración a nada ni a nadie, constituían el estado natural de mis traviesos camaradas. Descalabrarse mutuamente a pedrada limpia, romper faroles y cristales, asaltar huertos y, en la época de la vendimia, hurtar uvas, higos y melocotones; tales eran las ocupaciones favoritas de los zagalones del pueblo, entre los cuales tuve pronto la honra de contarme.
Muchas veces he procurado darme cuenta de esa tendencia al merodeo, a que con tanta fruición se entregan los chicos, sin acertar a explicármela de modo satisfactorio. A tan peligrosa conducta debe contribuir, sin duda, el ansia de las golosinas impuesta al niño por la naturaleza, la cual exige el consumo diario de gran cantidad de substancias azucaradas, indispensables para reparar el continuo derroche de energía muscular (el azúcar oxidado produce calor y energía motriz); pero esto no parece bastante. Precisamente casi todos los chicos que tomábamos parte en las depredaciones de huertos y viñas, teníamos en nuestras casas la fruta a canastas. Además, y por lo que a mí se refiere, mi familia poseía frondoso huerto y, durante el estío y otoño, raro era el día en el que los clientes, agradecidos a los buenos servicios médicos de mi padre, no nos ofrecieran algún presente de frutas o verduras. Sin embargo, leyendo los libros que tratan del gran problema de la educación y de la psicología de los juegos, he creído hallar la clave principal del enigma: el ansia de emoción, la atracción del peligro.
Con razón hacen notar los educadores que el niño, en sus juegos y empresas, gusta bordear constantemente el peligro; y así como, cuando pasea, prefiere al camino llano gatear por tapias y peñas, cuando juega prefiere aquellas diversiones en las que sólo a costa de agilidad, de sangre fría o de vigor, logra sortear un accidente.
Desde otro punto de vista, puede considerarse el niño como el representante de aquella hermosa edad de oro, en la cual, al decir de Cervantes, se desconocía el significado de las palabras tuyo y mío. En el fondo de cada cabeza juvenil hay un perfecto anarquista y comunista. Hasta por la forma de sus facciones y desproporción de sus miembros se parece el niño, como nota Herbert Spencer, al salvaje. A semejanza del indio bravo, el niño es todo voluntad. Ejecuta antes que piensa, sin dársele un ardite de las consecuencias. Ante su violento querer, ante su absorbente individualismo, que se afirma constantemente con actos de pillaje y de vandalismo, las leyes son papeles mojados: obligan solamente en cuanto la fuerza las sanciona, es decir, cuando el padre, el amo y el guardia rural, armados respectivamente de bastón, garrote y escopeta, se constituyen en sus defensores y custodios.
A los instintos anarquistas del niño deben añadirse estos otros dos: la crueldad y la inclinación al dominio. Muy a menudo, a despecho de las reglas de la moral y de la buena crianza, complácese la infancia en abusar de sus fuerzas, maltratando a los débiles y sujetándolos a su autocrática soberanía, que ejerce sin más límites que los trazados por el alcance de sus fuerzas y osadía.
No diré yo con Rousseau «que el corazón del niño no siente nada, que es inaccesible a la piedad y que sólo comprende la justicia»; pero fuerza es confesar que los sentimientos de humanidad, caridad y compasión, hállanse en él muy poco desarrollados.
Yo opuse al principio algunas resistencias a los juegos brutales, así como a las poco recomendables hazañas del escalo de huertos y rebatiña de frutos. Pero el espíritu de imitación pudo más en mí que los sabios consejos de mis padres y los mandamientos del Decálogo. Algo hubo, con todo eso, en que mi caballerosidad nativa no transigió jamás: fué el abuso de la fuerza con el débil, así como la agresión injusta y cruel. El culto a la justicia, que ha sido siempre una de mis virtudes, o digamos debilidades, afirmábase ya por entonces vigorosamente, en un medio moral en que la tiranía de los músculos, la crueldad y la insensibilidad eran regla corriente entre los chicos.
Decía a Pablos su tío el verdugo de Segovia: «Mira, hijo, con lo que sabes de latín y retórica, serás singular en el arte de verdugo». Esta frase graciosa de Quevedo, que parece una chuscada, encierra un fondo de verdad. Los rápidos progresos que yo hice en la vida airada de pedreas y asaltos, de ataques a la propiedad pública y privada, prueban, sin duda, que la geografía, la gramática, la cosmografía y los rudimentos de física con que mi padre había espabilado mis entendederas, entraron por algo en mis hazañas de mozalbete. Tengo para mí que dichos conocimientos, tempranamente adquiridos, produjeron cierto hábito de pensamiento y de imaginación, que me permitieron sobresalir rápidamente entre los ignorantes pilluelos que me rodeaban, superando a muchos de ellos, así en la maquinación de ardides, picardías y diabluras, como en el dominio de los juegos y luchas a que consagrábamos nuestras horas de asueto.
Pronto tuve camaradas entusiastas, compañeros de glorias y fatigas que emulaban mis flores y habilidades; recuerdo entre ellos a Tolosana, Pena, Fenollo, Sanclemente, Caputillo y otros, a los que vino a juntarse más adelante mi hermano Pedro, dos años más joven que yo. Merced a gimnasia incesante, mis músculos adquirieron vigor, mis articulaciones agilidad y mi vista perspicacia. Saltaba como un saltamonte; trepaba como un mono; corría como un gamo; escalaba una tapia con la soltura de una lagartija, sin sentir jamás el vértigo de las alturas, aun en los aleros de los tejados y en la copa de los nogales, y, en fin, manejaba el palo, la flecha, y sobre todo la honda, con singular tino y maestría.
Tantas y tan provechosas aptitudes no podían estar ociosas, y, en efecto, no lo estuvieron. Mi habilidad en asaltar tapias y en trepar a los árboles, diéronme pronto triste celebridad. Como el buscón de Quevedo, cobraba censos, diezmos y primicias sobre habares, huertos, viñas y olivares. Para la cuadrilla capitaneada por mí, criábanse los más sabrosos albérchigos, las más dulces brevas y los más suculentos melocotones. De nuestras reivindicaciones comunistas, informadas en espíritu de niveladora equidad, no se libraban ni el huerto del cura, ni el cercado del alcalde. Ambas potestades, la eclesiástica y la civil, nos tenían completamente sin cuidado.
En fin, yo me dí tanta traza en asimilarme las bellaquerías, mañas y picardías de los chicos de Ayerbe, que llegué a ser uno de los muchachos a quienes los padres ponen en el Índice de las malas compañías. Con mostrarme tan diligente y dispuesto en todo género de travesuras y algaradas, había algunas, singularmente aquellas en que entraba por algo la mecánica, en las cuales todos reconocían mi superioridad. Mi concurso, pues, era solicitado por muchos y no para cosa buena.
¿Había que armar una cencerrada contra viejo o viuda casada en segundas o terceras nupcias? Pues allí estaba yo disponiendo los tambores y cencerros y fabricando las flautas y chifletes, que hacía de caña, con sus correspondientes agujeros, lengüetas y hasta llaves. Una observación cuidadosa, fecundada por larga práctica, me había revelado las distancias a que debían hacerse los agujeros para que resultasen los tonos y semitonos, así como la forma y dimensiones de las lengüetas. Recuerdo que algunas de mis flautas, que abarcaban cerca de dos octavas, sonaban con el timbre e intensidad del clarinete; y así me ocurrió más de una vez, ejecutando de oído algunas melodías populares, ser tomado por músico ambulante.
¿Disponíase una pedrea en las eras cercanas o camino de la fuente? Pues yo era el honrado con el delicado cometido de fabricar las hondas, que hacía de cáñamo y de trozos de cordobán que los chicos me traían. Más de una vez ocurrió que, faltando el becerro viejo, tuvimos que echar mano del material de los borceguíes, cuya altura, claro es, disminuía progresivamente. ¡Quién podrá contar la indignación de nuestros padres al comprobar aquella evolución retrógrada del calzado, en cuya virtud la que fué flamante botina venía a parar en raquítica zapatilla!
¿Jugábase a guerreros antiguos? Pues a mi industria se recurría para los yelmos y corazas, que fabricaba de cartón o de latas viejas, y sobre todo para labrar las flechas, en cuya elaboración adquirí gran pericia. En efecto, mis flechas no sólo tenían gran alcance, sino que marchaban sin cabecear ni volverse del revés. Cierto espíritu de observación desarrollado con ocasión de estos juegos, hízome notar pronto que el asta o varilla de la flecha debe pesar menos que el hierro, y ser perfectamente lisa y recta, a fin de que el proyectil no oscile y se tuerza en su trayectoria inicial. En consonancia con esta regla práctica, fabricaba el asta de caña y sustituía los clavos o alfileres que otros usaban a guisa de punta, con el cuento de las leznas rotas de zapatero. Este cuento o espiga afecta forma de lanza, pesa bastante, y convenientemente aguzado y bien amarrado al asta de caña mediante bramante embreado, constituye excelente dardo. A guisa de arco, me valía de largo y robusto palo de boj verde, trabajosamente encorvado, y de cuya excelencia en punto a fuerza y elasticidad me aseguré, estudiando comparativamente arcos fabricados con casi todas las maderas conocidas en el país. Excusado es decir que para procurarme la primera materia (las leznas rotas) entablé relaciones comerciales con todos los aprendices de obra prima de la población. Ellos me proporcionaban también, a veces, corambre para las hondas, a cambio del regalo de una de ellas.
Comprenderá el lector que tamañas flechas, que en mis luchas con camaradas solía embolar, a fin de no herir gravemente, no se empleaban exclusivamente en vanos simulacros de guerra antigua; servían también para menesteres más utilitarios. Cazábamos con ellas pájaros y gallinas, sin desdeñar los perros, gatos y conejos, si a tiro se presentaban.
Ocioso será advertir que estas empresas cinegéticas costáronme soberbias palizas, disgustos y persecuciones sin cuento. Pues aunque mi cuadrilla entera participaba en las citadas fechorías, no se mataba perdiz o reclamo en jaula, ni conejo o gallina en corral, cuya responsabilidad no se me imputara, bien en concepto de autor material, bien a título de fabricante del cuerpo del delito o bien, en fin, como instigador a su comisión.
Merecida o exagerada, mi fama de pícaro y de travieso crecía de día en día, con harto dolor de mis padres, que estallaban en santa indignación cada vez que recibían quejas de los vecinos perjudicados. Las tundas domésticas vinieron frecuentemente a reforzar las sufridas de las manos, harto más inclementes, de los querellosos. Vine de esta suerte a pagar, con las propias, culpas de muchos, con gran contentamiento de mis cómplices, que huían bonitamente el bulto, abandonándome constantemente en la estacada.
CAPÍTULO VI
Desarrollo de mis instintos artísticos. — Dictamen de un revocador sobre mis aptitudes. — ¡Adiós mis ensueños de artista! — Utilitarismo e idealismo. — Decide mi padre hacerme estudiar para médico y enviarme a Jaca.
Por entonces, si mi memoria no me es infiel, comenzaron, o al menos cobraron gran incremento, mis instintos artísticos. Tendría yo como ocho o nueve años, cuando era ya en mí manía irrefrenable manchar papeles, trazar garambainas en los libros y embadurnar las tapias, puertas y fachadas recién revocadas del pueblo, con toda clase de garabatos, escenas guerreras y lances del toreo. En cuanto afanaba una cuaderna, ya estaba comprando papel o lapiceros; pero como no podía dibujar en casa porque mis padres miraban la pintura cual distracción nefanda, salíame al campo, y sentado en un ribazo junto a la carretera, copiaba carretas, caballos, aldeanos y cuantos accidentes del paisaje me parecían interesantes. De todo ello hacía gran colección, que guardaba como oro en paño. Holgábame también en embadurnar mis diseños con colores, que me proporcionaba raspando las pinturas de las paredes o poniendo a remojo el forro, carmesí o azul obscuro, de los librillos de fumar (entonces las cubiertas estaban pintadas con colores solubles). Recuerdo que adquirí gran habilidad en la extracción del color de los papeles pintados, los cuales empleaba también a guisa de pinceles, humedecidos y arrollados en forma de difumino; industria a que me obligaba la falta de caja de colores y la carencia de dinero para comprarlos.
Mis gustos artísticos, de cada vez más definidos y absorbentes, crearon en mí hábitos de soledad y contribuyeron no poco al carácter huraño que tanto disgustaba a mis padres. En realidad mi sistemático arrinconamiento no nacía de aversión al trato social, toda vez que, según dejamos dicho, el de los niños me contentaba y satisfacía; nació de la necesidad de sustraerme, durante mis ensayos artísticos y fabricaciones clandestinas de instrumentos músicos y guerreros, a la severa vigilancia de las personas mayores.
Mi padre, trabajador y estudioso como pocos, dotado de gran voluntad y de talento científico nada vulgar, adolecía de una laguna mental: carecía casi totalmente de sentido artístico y repudiaba o menospreciaba toda cultura literaria y de pura ornamentación y regalo. Se había formado de la vida ideal extremadamente severo y positivo. Era lo que los educadores llaman un puro intelectualista.
En su concepto, en el problema de la educación, lo importante consistía en la adquisición de conocimientos positivos y en el desarrollo del entendimiento, a fin de preparar ventajosamente al adolescente para el ejercicio de una profesión honrosa y lucrativa. La educación del corazón, que tanta importancia tiene para la felicidad, no entró nunca en sus miras. Consideraba al hombre cual mero instrumento de producción que había que adiestrar muy tempranamente para prevenir contingencias y percances. Sin duda amaba el saber por el saber; pero rendíale tributo sobre todo por la capacidad financiera que a la sabiduría va unida. «El hombre, solía decir, cuanto más sabe más gana, y cuanto más gana más útil es a sí y a su familia.»
Tengo para mí que esta tendencia de mi padre no fué originaria, sino adquirida; constituía adaptación harto positivista o equilibración excesiva impuesta por el ambiente moral riguroso que rodeó su juventud. Ese sagrado temor a la pobreza, representa a menudo el poso amargo que deja en el corazón la áspera lucha contra la miseria, la injusticia y el abandono.
En la esfera familiar, la citada concepción utilitaria y un tanto pesimista del mundo que mi padre había formado produjo dos consecuencias: el sobretrabajo y la economía más austera. Mi pobre madre, ya muy económica y hacendosa de suyo, hacía increíbles sacrificios para descartar todo gasto superfluo y adaptarse a aquel régimen de exagerada previsión.
Lejos de mí la idea de censurar una conducta que permitió a mis padres adquirir el peculio necesario para trasladarse a Zaragoza, dar carrera a los hijos y crearse una posición, si no brillante y fastuosa, desahogada y libre de cuidados; pero es preciso reconocer que el espíritu de economía tiene límites trazados por la prudencia, límites que es harto arriesgado traspasar. El ahorro excesivo declina rápidamente hacia la tacañería, cayendo en la exageración de reputar superfluo hasta lo necesario; destierra del hogar la alegría que brota comúnmente de la satisfacción de mil inocentes bagatelas y poco onerosos caprichos; impide las gratas expansiones de la novela, del teatro, de la pintura o de la música, que no son vicios, sino necesidades instintivas del joven, a que debe atender toda discreta y perfecta educación; y en fin, relaja en la familia los lazos del amor, porque los hijos se acostumbran a mirar a sus padres como los perennes detentadores de la felicidad del presente. Añadamos aún que nadie puede vivir teniendo constantemente delante de los ojos el espectro terrorífico de la muerte: el hombre vive porque olvida que debe morir. Buena y santa es la previsión que se anticipa a los tristes sucesos y ampara a la prole de los posibles y aciagos reveses de la fortuna; mas debe tenerse presente que la vida sólo es tolerable en cuanto vale la pena de ser vivida. Ni es lícito olvidar tampoco que cada edad tiene sus deleites como tiene su cruz, y que es triste regla de conducta sacrificar enteramente la dicha de la edad juvenil a los mustios y anodinos placeres de la ancianidad.
Confío en que el lector hallará natural que yo reaccionase obstinadamente contra un ideal tan triste de la vida, ideal que mataba en flor todas mis ilusiones de mozuelo y cortaba bruscamente los arranques de mi naciente fantasía. Ciertamente, sin el misterioso atractivo del fruto prohibido, las alas de la imaginación hubieran crecido, pero no hubieran llegado quizás a adquirir el desarrollo hipertrófico que alcanzaron. Descontento del mundo que me rodeaba, refugiéme dentro de mí. En el teatro de mi calenturienta fantasía, sustituí los seres vulgares que trabajan y economizan por hombres ideales, sin otra ocupación que la serena contemplación de la verdad y de la belleza. Y traduciendo mis ensueños al papel, teniendo por varita mágica mi lápiz, forjé un mundo a mi antojo, poblado de todas aquellas cosas que alimentaban mis ensueños. Paisajes dantescos, valles amenos y rientes, guerras asoladoras, héroes griegos y romanos, los grandes acontecimientos de la historia... todo desfilaba por mi lápiz inquieto, que se detenía poco en las escenas de costumbres, en la copia del natural vulgar y en los tráfagos de la vida común. Eran mi especialidad los terribles episodios bélicos; y así, en un santiamén cubría una pared de barcos echados a pique, de náufragos salvados en una tabla, de héroes antiguos cubiertos de brillantes arneses y coronados de empenachado yelmo, de catapultas, muros, fosos, caballos y jinetes.
Pocas veces dibujaba soldados modernos: hallábalos insignificantes, prosaicos, cargados con su mochila y manta que les presta aire de faquines, con su feo ros, triste parodia del antiguo y majestuoso casco, y con la corta y casi inofensiva bayoneta, especie de asador sin mango, caricatura ridícula de la elegante, artística y tajante espada.
Además, la guerra moderna, a tiro limpio, considerábala antiartística y cobarde. Pensaba yo que en ella no puede vencer ya el guerrero más gallardo, corajoso y arrogante, sino acaso el más pusilánime y ruin que disparó su fusil desde un reparo y a mansalva. Antojábaseme semejante manera de combatir, más propia para degradar la raza humana que para mejorarla: una verdadera selección al revés. Sin duda que las guerras antiguas eran mortíferas, pero eran al menos siempre elegantes y estaban conformes con el principio de la evolución, ya que en ellas ceñían casi siempre el lauro los exquisitos artistas de la energía, de la forma y del ritmo. Hoy el plomo enemigo diezma preferentemente a los corpulentos, valerosos y arrojados, y respeta a los pequeños, flojos y pusilánimes. «En adelante —decía para mis adentros— no triunfarán los griegos, sino los persas; el heroísmo desarmado será arrollado por la riqueza y el frío cálculo; el zorro desarmará al león, y aquellos hermosos atletas, lustre y prez de la especie humana, los Milones de Crotona, cuyos esforzados brazos, endurecidos en mil combates gloriosos, fueron el escudo y el antemural de la patria, quedarán relegados a la triste y baja condición de Hércules de feria.»
De los asuntos guerreros pasaba al santoral. Pero cuando pintaba santos, prefería los de acción a los contemplativos, y sobre todo los de caballería, entre los cuales, según adivinará fácilmente el lector, gozaba de todas mis simpatías el mío, es decir, Santiago apóstol, patrón de las Españas y terror de la morisma. Complacíame en representarlo tal como lo había contemplado en las estampas, o sea galopando intrépido sobre una parva de cadáveres de moros, la espada sangrienta en la diestra y el formidable escudo en la siniestra. ¡Con qué piadoso esmero iluminaba yo el yelmo con un poco de gutagamba y pasaba una raya azul por la espada, y me detenía en las negras barbas de mi santo, las cuales me salían largas, borrascosas, cual suponía yo que debía ser la pelambrera de los apóstoles!
Una de las copias del apóstol Santiago, hecha en papel e iluminada con ciertos colores que pude añascar en la iglesia, fué causa de mi perdición, y de que mis aficiones artísticas tuvieran en mi padre, ya de suyo mal avenido con toda clase de inclinaciones estéticas, enemigo declarado. Aburrido ya, sin duda, de quitarme lápices y dibujos, y viendo la ardiente vocación demostrada hacia la pintura, decidió mi padre averiguar si aquellos monos tenían algún mérito y prometían para su autor las glorias de un Velázquez o los fracasos de un Orbaneja. Y como no hubiese nadie en el pueblo suficientemente competente en achaques de dibujo, recurrió el autor de mis días a cierto revocador forastero, llegado por aquellos tiempos a Ayerbe, cuyo cabildo le había contratado para enjalbegar y pintar las paredes de la iglesia, terriblemente averiadas y chamuscadas por reciente incendio.
Lám. V, Figs. 7 y 8.—Para quienes gusten de estas bagatelas, reproducimos aquí dos acuarelas encontradas rebuscando entre mis viejos papeles. Fueron ejecutadas de memoria, cuando yo tenía nueve o diez años, poco después de la época del desahucio del revocador. Ambas, sobre todo la primera, ofrecen ostensibles defectos de dibujo y proporciones. Una de ellas representa cierto labriego de Ayerbe bebiendo en la taberna; la otra reproduce la ermita de la Virgen de Casbas, en los Anguiles, cerca de la citada villa.
Llegados a presencia del Aristarco, desplegué tímidamente mi estampa; miróla y remiróla el pintor de brocha gorda, quien, después de mover significativamente la cabeza y de adoptar actitud digna y solemne, exclamó:
—¡Vaya un mamarracho! ¡Ni esto es apóstol, ni la figura tiene proporciones, ni los paños son propios... ni el chico será jamás un artista!...
Aterrado quedé ante el categórico veredicto. —¿Pero de veras no tiene el chico aptitudes para el arte? —osó mi padre replicar. —Ninguna, amigo mío —contestó implacable el rascaparedes—. Y dirigiéndose a mí, añadió: —Venga acá, señor pintamonas, y repare usted en las manazas del apóstol, que parecen muestras de guantero; en la cortedad del cuerpo, donde las ocho cabezas prescritas por los cánones han menguado a siete escasas, y, en fin, fíjese en el caballo, que parece arrancado de un tiovivo.
Yo no entendía jota de cánones; pero veía disiparse como humo mis más caras ilusiones, y me atreví a contestar tímidamente «que una figura copiada o arreglada de malas estampas no podía juzgarse con la severidad de un estudio del natural, pues ni yo había contemplado apóstoles, ni visto los arneses ni vestimentas de antiguos guerreros. Añadí que algunos de los defectos denunciados no me lo parecían del todo; así, un guerrero a caballo no podía ser tan largo como puesto de pie. Y en cuanto a las manos, ¿quería usted que las de un apóstol, acostumbrado a pegar recio y a empuñar formidable y pesada lanza, las tuviera tan pequeñas y relamidas como una señorita? Por lo que atañe al colorido, tiene usted razón; pero no habiendo yo podido proporcionarme otros colores que el bermellón, el ocre y ultramar que usted gasta en la iglesia, lo que usted debía hacer, antes que censurar mi paleta, es emplear otra mejor surtida. En resolución, dudo mucho que usted sea verdadero artista, ni siquiera persona medianamente discreta y razonable; pues de serlo, sabría usted excusar las incorrecciones en que forzosamente ha de caer un aficionado de nueve años, que pinta sin maestros, cuya falta de habilidad podría ser corregida con el estudio y el trabajo.» Claro está que no fueron tales mis palabras, pero sí mis razones.
Pero el cultivador del almazarrón y del albayalde hablaba ex cathedra y me desahució definitivamente. El silencio harto significativo de mi padre dióme a entender que todo estaba perdido. En efecto, la opinión del manchaparedes cayó en mi familia como el dictamen de una Academia de Bellas Artes. Decidióse, por tanto, que yo renunciara a los devaneos del dibujo y me preparara para seguir la carrera médica. En consecuencia, arreció la persecución contra mis pobres lápices, carbones y papeles; lo que me obligó a emplear todas las artes del disimulo para ocultarlos y ocultarme cuando, arrastrado por mi pasión favorita, holgábame en la copia de toros, caballos, guerreros y paisajes. Todavía conservo algunos de aquellos infantiles ensayos tan execrados por el famoso revocador. Como muestra de mis dibujos de entonces reproduzco cierta acuarela donde saltan a la vista graves defectos de proporción. Presenta harto grotescamente a un baturro en la taberna, empuñando el clásico porrón. ¿Pero quién pinta mejor, sin estudios, a los ocho años de edad?
Así comenzó entre mis progenitores y yo guerra sorda entre el deber y el querer; así surgió en mi padre la oposición obstinadísima contra una vocación tan claramente afirmada y definida; oposición que había de prolongarse aún diez o doce años, y en la cual, si no naufragaron del todo mis tendencias artísticas, murieron definitivamente mis aspiraciones a ser pintor.
¡Adiós ambiciosos ensueños de gloria, ilusiones de futuras grandezas! ¡Era menester trocar la mágica paleta del pintor por la roñosa y prosaica bolsa de operaciones! ¡Era forzoso cambiar el mágico pincel, creador de la vida, por el cruel bisturí, que sortea la muerte; el tiento del pintor, que parece cetro de rey, por el nudoso bastón de médico de aldea!
Tenía yo entonces un concepto demasiado lisonjero del arte y de los artistas. A mis ojos, el pintor genial aparecía como un ser superior, de estirpe de dioses, destinado a depurar la naturaleza de escorias y prosaísmos, de incongruencias y fealdades, y susceptible de crear un mundo ideal, superior al real y más digno de su Creador. Pensaba, además, que el augusto ministro de la belleza estaba llamado a desempeñar misión social de gran transcendencia: reconfortar las almas abatidas en sus conflictos con la realidad; conmover y edificar los corazones mostrándoles sublimes arquetipos de belleza moral y de alto patriotismo; y, en fin, difundir un poco de luz y alegría en el tenebroso camino por donde marcha la humanidad, fatigada por el trabajo y afligida por el dolor. Hoy, sin dejar de admirar a los buenos artistas, no hablaría de ellos con tanto entusiasmo. Y en este momento pienso[5], sobre todo, en esos modernísimos pintores que, ansiosos de renombre improvisado y no sabiendo cómo destacar y amplificar la minúscula personalidad, hacen gala de menospreciar el dibujo, el color, la perspectiva, las proporciones, el ambiente, todo lo que constituyó siempre la característica de los grandes maestros —de los cultivadores de la pintura perenne—, para sustituirlos con miserables engendros que se dirían visiones de beodos o pesadillas de enajenados[6]. Pero no divaguemos y continuemos nuestro relato.
Mis conocimientos literarios hacían, entretanto, débiles progresos. Asistía a la escuela; pero atendía poco y aprendía menos. En realidad, mi instrucción elemental era bastante buena gracias a las lecciones de mi padre, que me enviaba al aula municipal, antes con la mira de sujetarme, que con la de que me ilustrara. Este prudente freno a mi libertad lo imponía mi carácter díscolo y mi afición a la vagancia. Cuanto más que mi progenitor no podía vigilarme: se lo impedía la numerosa clientela del pueblo y, sobre todo, sus salidas frecuentes a los anejos de Linás, Riglos, Los Anguiles y Fontellas. El seguimiento de mis pasos y la reprensión de mis desmanes corría, pues, a cargo del maestro y de mi madre, la cual, harto atareada con la crianza de los pequeños y el gobierno del hogar, no podía consagrar a su primogénito toda la atención deseada.
No obstante las precauciones tomadas, el diablo me tentaba a menudo. En cuanto la ocasión se presentaba, los revoltosos de clase hacíamos pimienta, celebrándola unas veces con peleas que armábamos en las afueras; otras explorando y escalando las ruinas del histórico castillo, en donde nos complacíamos en remedar las batallas de los tiempos feudales; y, en fin, engolfándonos en la vecina sarda, bosque secular de encinas, en donde pasábamos largas horas disparando flechazos a los pájaros y buscando nidos de picaraza (garza).
Por cierto que en este último entretenimiento ocurrióme cierta vez, dolorosa sorpresa: encaramado en la copa de una encina, afanábame en explorar un nido de garza, cuando, después de tocar cierta cosa peluda y blanduja, saqué súbitamente la diestra ensangrentada y dolorida a puros mordiscos: una familia de ratas, que había hecho presa del nido y devorado los huevos, revolvióse furiosamente contra el intruso que venía a molestarles en la pacífica posesión de su rapiña.
En otra ocasión, mi pasión por los nidos púsome en apretadísimo lance. Deseoso de explorar un nido de águilas, descendí como pude la gradería de imponente escarpa (Sierra de Linás); contemplé de cerca los aguiluchos todavía implumes, que me miraban espantados; pero no pude llegar hasta ellos. Temiendo la acometida de las águilas, cuyos chillidos creía oir, traté de escapar de la cornisa en que me había metido; pero al intentar la ascensión tropecé con dificultades insuperables. La especie de repisa en que mediante temerario salto había caído mostraba las paredes altas y casi lisas; quedé cogido como en trampa, pasando horas de terrible ansiedad bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y sed, pues nadie podía socorrerme por aquellas soledades. Mi industria y la navaja de que iba siempre acompañado salváronme al fin. Gracias a la herramienta y a la relativa blandura de la roca logré ensanchar algunas angostas grietas que, sirviéndome de peldaños y de agarradero para las manos, pusiéronme en franquía. ¡Qué de temeridades como éstas podría contar si no temiera abusar de la paciencia del lector!
A su regreso de los pueblos, mi padre se enteraba de las demasías y algaradas de sus hijos y, montando en cólera, nos aplicaba azotaina monumental, amén de increpar a mi pobre madre (cosa que sentíamos mucho), por lo que él llamaba sus descuidos y excesivas blanduras para con nosotros.
El anuncio de estas palizas paternas, las cuales, por lógica progresión y por adaptación adecuada al acorchamiento de nuestra piel, se iniciaron con vergajos y terminaron con trancas y tenazas, infundíanos verdadero terror; y así aconteció en alguna ocasión, que por evitar la harto expresiva caricia paternal huíamos de casa, causando con ello honda pena a nuestra madre, que, angustiada y atribulada, nos buscaba por todo el pueblo.
Recuerdo que habiendo hecho mi hermano y yo novillos cierta tarde, y noticiosos de que alguien había llevado el soplo al severo autor de nuestros días, decidimos escaparnos a los montes, en donde permanecimos media semana o más, merodeando por los campos y alimentándonos de frutas y raíces; hasta que una noche, y cuando ya íbamos tomando gusto a la vida salvaje, mi padre, que nos buscaba por todos los escondrijos del vecino monte, hallónos durmiendo tranquilamente en un horno de cal. Sacudiónos de lo lindo, atónos codo con codo, y en tan afrentosa disposición nos condujo al pueblo, en cuyas calles tuvimos que soportar la chacota de chicos y mujeres.
Eran las somantas o tundas, según habrá colegido el lector, ordinario término de nuestras hazañas; pero, en virtud del proceso adaptativo susodicho los palos nos escocían, pero no nos escarmentaban. Mientras los cardenales estaban frescos guardábamonos muy bien de reincidir; pero una vez borrados, olvidábamos el propósito de la enmienda. Y es que los impulsos naturales, cuando son muy imperiosos, se deforman algo, se disimulan siempre, mas no se anulan jamás. Contrariados en nuestros gustos, privados del placer de campar por breñas y barrancos, a fin de ejercitar el lápiz del dibujante, la flecha del guerrero o la red del naturalista, asistíamos rezongando a la escuela, sin corregirnos ni formalizarnos. Todo se reducía a variar el teatro de nuestras diabluras: los diseños del paisaje se convertían en caricaturas del maestro; las pedreas al aire libre se transformaban en escaramuzas de banco a banco, en las cuales servían de proyectiles papelitos, tronchos, acerolas, garbanzos y judías; y en fin, a falta de papel de dibujo servíame de las anchas márgenes del Fleury, que se poblaban de garambainas, fantasías y muñecos; alusivos unos al piadoso texto, otros harto irreverentes y profanos.
En la escuela, mis caricaturas, que corrían de mano en mano, y mi cháchara irrestañable con los camaradas, indignaban al maestro, que más de una vez recurrió, para intimidarme, a la pena del calabozo, es decir, al clásico cuarto obscuro; habitación casi subterránea plagada de ratones, hacia la que sentían los chicos supersticioso temor y yo miraba como ocasión de esparcimiento, pues me procuraba la calma y recogimiento necesarios para meditar mis travesuras del día siguiente.
Allí, en las negruras de la cárcel escolar, sin más luz que la penosamente cernida a través de las grietas de ventano desvencijado, tuve la suerte de hacer un descubrimiento físico estupendo, que en mi supina ignorancia creía completamente nuevo. Aludo a la cámara obscura, mal llamada de Porta, toda vez que su verdadero descubridor fué Leonardo de Vinci.
He aquí mi curiosa observación: El ventanillo cerrado de mi prisión daba a la plaza, bañada en sol y llena de gente. No sabiendo qué hacer, me ocurrió mirar al techo, y advertí con sorpresa que tenue filete de luz proyectaba, cabeza abajo y con sus naturales colores, las personas y caballerías que discurrían por el exterior. Ensanché el agujero y reparé que las figuras se hacían vagas y nebulosas; achiqué la brecha del ventano sirviéndome de papeles pegados con saliva, y observé, lleno de satisfacción, que, conforme aquella menguaba, crecía el vigor y detalle de las figuras. Por donde caí en la cuenta de que los rayos luminosos, gracias a su dirección rigurosamente rectilínea siempre que se les obliga a pasar por angostísimo orificio, pintan la imagen del punto de que provienen. Naturalmente mi teoría carecía de precisión, ignorante como estaba de los rudimentos de la óptica. En todo caso, aquel sencillo y vulgar experimento dióme altísima idea de la física, que diputé desde luego como la ciencia de las maravillas. Claro es que tenía en cuenta el portento del ferrocarril, de la fotografía (recientemente inventada por entonces), la aerostación, etc. Y mis entusiasmos, algo instintivos, no me engañaban. Porque a la física somos deudores de la gloriosa civilización europea. Si fuera posible restar del patrimonio del humano saber las leyes y fenómenos de dicha ciencia, el hombre retrocedería bruscamente al estado cavernícola.
Por entonces, muy ajeno a las grandiosas perspectivas que abre al espíritu el estudio de las fuerzas naturales, propúseme sacar partido de mi impensado descubrimiento. Y montando sobre una silla entreteníame en calcar sobre papel aquellas vivas y brillantes imágenes que parecían consolar, como una caricia, las soledades de mi cárcel.
«¿Qué me importa —pensaba yo— carecer de libertad? Se me prohibe corretear por la plaza, pero en compensación la plaza viene a visitarme. Todos estos fantasmas luminosos son fiel trasunto de la realidad y mejores que ella, porque son inofensivos. Desde mi calabozo asisto a los juegos de los chicos, sigo sus pendencias, sorprendo sus gestos, y gozo, en fin, lo mismo que si tomara parte en sus diversiones.»
Muchas veces he pensado que la dicha está en la contemplación y que toda acción es más o menos dolorosa. ¡Qué hermoso fuera observar a los hombres como el astrónomo observa los astros, sin intervenir para nada en el conflicto de las voluntades! ¡Así debe contemplar Dios a los hombres desde el alto Empíreo! El autor de la Creación dispone quizás también de colosal cámara obscura, tendida allá en las negruras del espacio, en cuyo fondo discierne las imágenes de todos los fenómenos del Cosmos, desde el girar de los mundos hasta el palpitar de los átomos. Si no fuera irreverencia hablar en sentido directo del ojo de Dios, diríamos que posee retina tan vasta, que puede recibir la imagen total del Cosmos; acuidad diferencial tan exquisita, que alcanza a distinguir hasta el electron y las partículas del éter (caso de que no sean la misma cosa); tan poderosa capacidad para la apreciación de la tercera dimensión, que ve por transparencia, con su tamaño natural y con su relieve propio, desde los mundos más próximos hasta las más remotas nebulosas. Pero no recaigamos en enfadosas divagaciones.
Ufano con mi descubrimiento, tomaba cada día más apego al reino de las sombras. Pero tuve la simplicidad de comunicar mi hallazgo a los camaradas de encierro, los cuales, después de reirse de mi bobería, aseguraron que dicho fenómeno carecía de importancia, por ser cosa natural y como juego que hace la luz al entrar en los cuartos obscuros. ¡Cuántos hechos interesantes dejaron de convertirse en descubrimientos fecundos, por haber creído sus primeros observadores que eran cosas naturales y corrientes, indignas de análisis y meditación! ¡Oh, la nefasta inercia mental, la inadmirabilidad de los ignorantes! ¡Qué de retrasos ha causado en el conocimiento del Universo!
Es curioso notar cómo el vulgo que alimenta su fantasía con narraciones de brujas o de santos, sucesos misteriosos y lances extraordinarios, desdeña, por vulgar, monótono y prosaico, el mundo que le rodea, sin sospechar que en el fondo de él todo es arcano, misterio y maravilla. Todos podemos convertir el sainetón, gris, fastidioso y casero, en comedia de alta magia, por cuyo escenario desfilen hadas y gnomos, gigantes y monstruos, ángeles y diablos, Princesas que descienden a Cenicientas y Cenicientas que suben a Reinas. Para operar tan prodigiosa metamorfosis, la ciencia posee una varilla mágica y cierto talismán infalibles: llámanse respectivamente atención y reflexión.
Por lo demás, dejo consignado que mi flamante descubrimiento físico no podía granjearme los honores de la prioridad. Dos siglos antes había sido hecho por el gran Leonardo, que fué no sólo insigne pintor, sino físico ilustre; de presumir es también que, en tiempos más remotos, otros muchos sorprendieran, aunque no publicaran, el sorprendente fenómeno.
Lám. VI, Figs. 9 y 10.—Dos vistas del Castillo de Loarre, objetivo de mis correrías y curioseos arqueológicos durante mi adolescencia. La primera muestra la fortaleza-palacio de Sancho Ramírez, vista desde el Este. La segunda enfoca el mismo tema pero desde más lejos, y fué tomada por mí allá por los años de 1883.
CAPÍTULO VII
Mi traslación a Jaca. — Las pintorescas orillas del Gállego. — Mi tío Juan y el régimen vegetariano. — El latín y los dómines. — Empeño vano de los frailes en domarme. — Retorno a los devaneos artísticos.
Corría el año 61. Hallándome próximo a cumplir los diez de mi edad, decidió mi padre llevarme a estudiar el bachillerato a Jaca, donde había un Colegio de padres Escolapios, que gozaba fama de enseñar muy bien el latín y de educar y domar a maravilla a los chicos díscolos y revoltosos. Tratada la cuestión en familia, opuse algunos tímidos reparos: dije a mi padre que, sintiendo decidida vocación por la pintura, prefería cursar la segunda enseñanza en Huesca o en Zaragoza, ciudades donde había Escuela de dibujo e Instituto provincial. Añadí que no me agradaba la medicina, ni esperaba, dados mis gustos e inclinaciones, cobrar afición al latín; de que se seguiría perder tiempo y dinero.
Pero mi padre no se avino a razones. Mostróse escéptico acerca de mi vocación, que tomó acaso por capricho de muchacho voluntarioso y antojadizo.
Dejo ya consignado más atrás que mi padre, intelectualista y practicista a ultranza, estaba muy lejos de ser un sentimental. Se lo estorbaba cierto concepto equivocado del arte, considerado como profesión social. En su sentir, la pintura, la escultura, la música, hasta la literatura, no constituían modos formales de vivir, sino ocupaciones azarosas, irregulares, propias de gandules y de gente voltaria y trashumante, y cuyo término fatal e inevitable no podía ser otro que la pobreza y la desconsideración social. En su concepto, la obsesión artística de algunos jóvenes representa algo así como enfermedad de crecimiento, cuyos síntomas característicos son: tendencia a la holganza y al regalo, aversión a la ciencia y al trabajo metódico y, en fin, indisciplina de la voluntad.
Para persuadirme y traerme a lo que él consideraba el mejor camino, contábame historias de conocidos suyos, artistas fracasados, pintores de historia con demasiada historia y poco dinero; de literatos que se criaban para genios y cayeron en miserables gacetilleros o en famélicos secretarios de Ayuntamiento de pueblo; de músicos resueltos a emular a Beethoven y Mozart que pararon en derrotados y mugrientos organistas de villorrio. Como última razón, y a guisa de consuelo, prometíame que, cuando fuera médico, es decir, a los veintiún años de edad, asegurada mi situación económica, podría divagar cuanto quisiese por las regiones quiméricas del arte; pero entretanto su deber era proporcionarme modo de vivir honesto y tranquilo, capaz de preservarme de la miseria.
No era mi progenitor de los que, tomada una resolución firme, vuelven sobre ella, y menos por las observaciones aducidas por sus hijos. Debí, por tanto, someterme y prepararme al estudio del antipático latín y a trabar conocimiento con los frailes.
En los días siguientes, que eran los postreros de Septiembre, escribió mi padre a Jaca, anunciando a unos parientes, tan honrados como laboriosos, la decisión tomada y su deseo de que recibiesen a su hijo, en concepto de pupilo, durante el tiempo que durasen los estudios. La contestación fué afirmativa, según era de suponer dado el parentesco de mi tío Juan, y los motivos de gratitud que le ligaban a mi familia.
El excelente tío Juan, hermano de mi madre, era un hábil tejedor de Jaca, en donde gozaba bien cimentada fama de laborioso y de hombre cabal. Pero su situación económica, años antes desahogada, había sufrido recientes reveses, a los que vinieron todavía a añadirse la muerte de su mujer y la escapatoria del hijo mayor, brazo derecho del taller y amparo del anciano. Estas desgracias de familia obligáronle a contraer algunas deudas, siendo mi padre el principal, aunque desinteresado acreedor.
Cuento estos detalles para que se comprenda mejor mi especial situación en casa de mi tío. Deseoso mi padre de reintegrarse lo prestado, convino con mi pariente en pagarle un pequeño estipendio mensual por el hospedaje, destinando otra parte del importe de éste a enjugar la deuda.
Con tan singular procedimiento de cobro, cometióse grave error; porque si bien la calidad del parentesco y la bondad de mis patrones, alejaba toda sospecha de malos tratos, era imposible que mi tío, escaso de recursos, y no muy bien de salud para trabajar, se sacrificara para procurar a su sobrino, sin compensaciones pecuniarias suficientes, alimentación y regalo que para sí deseara.
Dispuesto todo para la partida, despedíme con sentimiento de mis amigos, compañeros de tantas travesuras y desmanes; dije adiós al maestro, a quien tanto había hecho rabiar, y cierta hermosa mañana de Septiembre púseme en camino para la ciudad fronteriza, en compañía de mi padre, que deseaba recomendarme eficazmente a los frailes.
Sirviónos de vehículo el carro del ordinario, en el cual y cubriendo el equipaje, habíase extendido mullido colchón. Yo me instalé junto a las lanzas del carro a fin de explorar cómodamente el paisaje.
Las dos primeras horas del viaje transcurrieron lentas y tristes. Era la primera vez que abandonaba el hogar y una impresión de vaga melancolía embargaba mi ánimo. Pensaba en los sollozos de mi madre al desgarrarse de su hijo y en los consejos con que trató de inculcarme el cariño y obediencia a mis tíos y el respeto y veneración a mis futuros maestros.
Poco a poco fué cediendo mi tristeza. El instinto y la curiosidad de lo pintoresco se sobrepusieron a mi languidez.
El camino, algo monótono desde Ayerbe a Murillo, se hace muy interesante desde esta población hasta Jaca. Durante gran parte del trayecto, la carretera serpentea por las orillas del Gállego, cuyas rápidas corrientes marchan, en unos puntos, someras y desparramadas, mientras que en otros se concentran y precipitan tumultuosamente por entre acantilados gigantes, medio ocultas en angostas gargantas.
No me cansaba de admirar los mil detalles pintorescos que los recodos del camino y cada altura, penosamente ganada, permitía describir. Entre otros accidentes del panorama, quedaron profundamente grabados en mi retina: los gigantes mallos de Riglos, que semejan columnatas de un palacio de titanes; el bloque rocoso de Lapeña, que amenaza desplomarse sobre el pueblo, al pie del cual corre, embutido en profundísimo canal, el rumoroso Gállego; el elevado y sombrío monte Pano, cuya formidable cima asoma por Occidente, no lejos de Anzánigo; y por último, el sombrío y fantástico Uruel, de roja cimera, que domina el valle de Jaca, y semeja colosal esfinge, que guarda la entrada del valle del Aragón.
Lám. VII, Fig. 11.—El monte Uruel (Jaca), visto por el Poniente. La proximidad del punto de vista impide reconocer la forma y apreciar la grandiosidad de esta montaña, que sólo aparece bien desde el llano de Jaca, es decir, contemplada por el Norte.
Mi curiosidad complacíase sobremanera en presencia de tan hermosas perspectivas; y así no cesaba de pedir a mi padre, que conocía a palmos el terreno, noticias detalladas sobre los ríos, aldeas y montañas, cerca de las cuales pasábamos. No sólo satisfizo mi curiosidad, sino que me contó multitud de anécdotas y episodios de su juventud transcurridos en aquellos lugares, y algunos sucesos históricos de que las orillas del Gállego fueron teatro en la funesta primera guerra civil.
Llegados a Jaca e instalados en casa de mi tío, fué la primera providencia de mi padre presentarme a los reverendos Escolapios, a quienes me recomendó encarecidamente. Encargóles que vigilaran severamente mi conducta y me castigaran sin contemplaciones en cuanto diera para ello el menor motivo.
El Director del Colegio dió plena seguridad a mi padre acerca de este punto, y para tranquilizarle nos presentó al padre Jacinto, profesor de primero de Latín, que era por entonces el terrible desbravador de la Comunidad y a quien, según fama, no se había resistido ningún rebelde. A la verdad, yo me alarmé algo, sólo un poco, al contemplar la estatura ciclópea, los anchísimos hombros y macizos puños del dómine, que parecía construído expresamente para la doma de potros bravíos. Y me limité a decir para mi capote: «Allá veremos».
Días después sufrí el examen de ingreso, que satisfizo plenamente a los frailes; fué tan lisonjero el éxito, que me consideraron como el alumno mejor preparado para la segunda enseñanza.
Tranquilo mi padre por el buen giro que tomaban las cosas, y esperanzado de que yo pagaría con una aplicación nunca desmentida los afanes y sacrificios que se imponía, regresó a Ayerbe y yo quedé entregado a mi santa voluntad, que era como quedar entregado al diablo mismo.
Dejo apuntado ya que mi tío era muy anciano y estaba achacoso; vivía casi solitario, pues de sus dos hijos sólo el pequeño, mi primo Timoteo, a la sazón aprendiz en una fábrica de chocolate, le acompañaba. Absorbido en su telar, cuidaba poco de la casa, que abandonaba al manejo de vieja criada. Los conocimientos culinarios de esta buena mujer no podían ser más sumarios ni mejor encaminados a evitar el despilfarro y la indigestión.
Las coles, nabos y patatas constituían los platos fundamentales y de resistencia; de vez en cuando, comíamos carne; pero en justa compensación abundaban las gachas de maíz, llamadas allí farinetas, que era una bendición. Días hubo que nos sirvió tres veces gachas y, a fin de evitar la monotonía, nuestra patrona, que no carecía de imaginativa, dió en la flor de asar las farinetas sobrantes del almuerzo; con cuyo ingenioso arbitrio convirtióse el engrudo de maíz en un plato nuevo, tan original como vistoso, que podía pasar, con algo de buena voluntad, por aristocrático pudding. Nuestro postre habitual eran manzanas, fruta de que se cultivan en Jaca variedades excelentes.
Los días de fiesta nos reservaba la patrona grata sorpresa: añadía a las plebeyas gachas suculentos chicharrones. ¡Eran de ver los gestos de contrariedad que hacíamos mi primo y yo cuando la ciega lotería del cucharón nos agraciaba con sólo un premio, reservando la mayoría de los sabrosos tropezones para otros comensales!
Hambre, sin embargo, no pasábamos. Cuando nuestro estómago insatisfecho exigía algún suplemento, hallábamosle en los montones de las sabrosas manzanas del granero y en la improvisación de un plato de patatas al natural, que preparábamos asando estos tubérculos sobre el rescoldo y adobando la amarilla y jugosa miga con algunos granos de sal y gotas de vinagre.
Merced al régimen de las farinetas y a los ayunos de castigo de que más adelante hablaré, quedé hecho un espárrago. Creo que hasta mis facultades mentales declinaron bastante. Dijérase que el engrudo de maíz se me embebió en la cabeza y ocupó el lugar de los sesos; pues, según veremos luego, los buenos de los frailes se vieron y se desearon para imprimir en ellos algunos pocos latines.
Debo añadir que al final de aquel año el trato de mis patrones mejoró muchísimo. Uno de mis primos, Victoriano Cajal, regresado de sus correrías, se estableció en el hogar de sus padres, contrayendo poco después matrimonio con doncella sumamente bondadosa e inteligente. Con aquel inesperado refuerzo, el gobierno de la casa entró en orden y el menú se hizo más variado y suculento.
No sabría decir yo si el vacío de afecciones y la excesiva sequedad de mis maestros exacerbaron mis rebeldías nativas y dieron al traste con promesas formales. Algo debieron influir quizá; imagino, sin embargo, que no fueron condición única de mis extravíos. La loca de la casa con que mi padre no había contado y que de día en día iba exaltándose, a pesar del régimen enervante de las gachas y de los diarios castigos, contribuyó mucho a mi creciente desaplicación.
Retoñaron, pues, vigorosamente mis delirios artísticos. Cobré odio a la Gramática latina, en donde no veía sino un chaparrón abrumador de reglas desautorizadas por infinitas excepciones, que había que meter en la cabeza, quieras que no, a porrazo limpio, como clavo en pared. Desazonábame también esa aridez desconsoladora del estilo didáctico, seco y enjuto, cual carretera polvorienta en verano.
Con la citada antipatía hacia la Gramática, inauguróse en mí esa lucha sorda y tenaz, física y moral entre el cerebro y el libro, en la cual lleva éste siempre la peor parte; porque de los sabios preceptos del texto pocos o ninguno penetran en el alma; pero, en cambio, las divagaciones y ensueños de la fantasía entran a saco, sin compasión, en las hojas del texto, cuyas márgenes se cubren de una vegetación parásita de versos, paisajes, episodios guerreros y regocijadas caricaturas.
Mis textos latinos —el Cornelio Nepote, el Arte poética de Horacio, etc.— vencidos en esta batalla, transformáronse rápidamente en álbums donde mi desbordante imaginación depositaba diariamente sus estrafalarios engendros. Y como las márgenes de los libros resultaban harto angostas para contener holgadamente todas mis alegres «escapadas al ideal», más de una vez me decía: «¡Lástima de Gramática que no fuera todo márgenes!»
Pero si mi Nebrija no me enseñaba nada, aprovechaba, en cambio, para divertir a mis camaradas. En cuanto llegaba yo a clase, rodeábanme los golosos de las ilustraciones del texto, que corría de mano en mano y era más zarandeado y sobado que rueda de barquillero.