OBRAS SELECTAS
DE LA CELEBRE
MONJA DE MEJICO,
SOR
JUANA INES DE LA CRUZ,
PRECEDIDAS DE SU BIOGRAFIA Y JUICIO
CRÍTICO SOBRE TODAS SUS PRODUCCIONES,
POR
JUAN LEON MERA
QUITO.
IMPRENTA NACIONAL.
1873
A la cara memoria de mi amigo
el distinguido jurisconsulto
Doctor Don Ramon Miño,
consagro respetuoso
mi corto trabajo en este libro.
J. Leon Mera.
FE DE ERRATAS.
| PÁG. | LINEA. | DICE. | LÉASE. |
| VI | 1 | de la Sor | de Sor. |
| XXI | 20 | sus plumas | su pluma. |
| XXVIII | 24 | en la misma | es la misma |
| 23 | 12 | quereses; | quereres; |
| 30 | 19 | no me vistas de | no me vistas la |
| 41 | 3 | su vista | su vista. |
| Id. | 22 | En en | En el |
| 46 | 21 | pretendo | pretende |
| 106 | 14-15 | venia mia | venia mía. |
| No lo hagais | No la hagais | ||
| 272 | 27 | estais | esteis |
Las demas erratas que se hallaren serán advertidas y corregidas por el buen juicio del lector.
I
El sexo llamado débil y mirado con desden, especialmente al considerarle por sus facultades intelectuales, ha venido de siglo en siglo, ántes y despues de la era cristiana, dando pruebas de que ese desden ha sido injusto, y protestando á la faz del mundo contra él.
El hombre que se ha llevado para sí toda fuerza y todo poder en la sociedad, relegando á la mujer á una region inferior, no ha podido en ningun tiempo hacer que se eclipse del todo en el alma femenina el destello de luz que, junto con la existencia, recibiera de la mano de Dios.
¿Afirmaremos esta verdad con hechos históricos? No hay necesidad: ¿quién la niega en nuestros dias? Ya se confiesa francamente que la mujer no es una cosa, que tiene alma, que sabe pensar, elevarse y ennoblecerse, que posee derechos propios y que su destino en la humanidad está nivelado con el del hombre, su compañero, no su señor y dueño.
Prescindamos, pues, de una erudicion intempestiva, y limitémonos á breves reminiscencias cuando vengan ajustadas al agradable tema en que vamos á ocuparnos: la vida de una célebre mujer y las obras con que inmortalizó su nombre y honró á su patria.
II
El siglo que dió á la literatura francesa las Sevigné y las Dacier, dió también á la española las Záyas de Sotomayor en la península y las Sor Juana Ines de la Cruz en América.
¿Quién fué esta religiosa?
Sabíamos que hácia los últimos años del siglo XVII habia florecido en la tierra de Anahuac un notable ingenio poético llamado de aquel nombre. Pero á esto solo se hallaban circunscritas nuestras noticias: conocíamos, pues, un nombre; esto es, no conocíamos nada. ¿Quién puede preciarse de saber el contenido de un libro porque aprendió su título de memoria?
Con todo, un nombre de mujer, y de mujer americana, fué motivo bastante poderoso para dispertar nuestras simpatías por ella, y hacernos desear el conocimiento de sus obras.
Por aquel tiempo leimos la excelente “Historia de la literatura española” por M. Ticknor, y encontramos mentado el nombre de la monja de Méjico precedido del epíteto de célebre. En una nota, al pié de la página, se la llama la Décima Musa y se citan sus poemas dados á la estampa en Zaragoza de 1682 á 1725, en tres tomos en 4º; mas al fin se han puesto estas líneas tomadas del “Semanario pintoresco” del año 1845: “Sor Juana Ines de la Cruz, mas notable como mujer que como poeta, nació en Guipúzcoa[A] en 1651, y murió en Méjico en 1695.”
Ser célebre y merecer el dictado de décima musa, son cosas incompatibles con el juicio fatal que encierran estas últimas palabras.
Un calificativo honroso en boca de M. Ticknor es tìtulo valioso: difícilmente el concienzudo literato anglo-americano pudo haber concedido celebridad á quien no la tenia. En lo de haber levantado á la monja al coro de las piérides, no teniamos confianza, porque era obra de sus contemporáneos y, sobre todo, de un tiempo en que la hipérbole fué condicion precisa del elogio, y este se habia abaratado por estremo en el mercado de las letras castellanas. Por otra parte, juzgábamos que los autores del “Semanario pintoresco” no se habrian atrevido á echar á volar su parecer acerca de una poetisa que les pertenecia, sino con pleno conocimiento de sus obras, y fiados en muy sano criterio.
Una mujer, una americana habia escrito versos á fines del siglo XVII. Esta rareza llamó acaso la atencion de M. Ticknor, mas que el mérito real de esos versos, y le hizo soltar en su “Historia de la literatura española” una palabra de tanta significacion. El que halló en la misma autora mayor mérito en la mujer que en el poeta, tuvo, pues, acaso mas razon. El sexo sirvió en cierta manera à las letras, no estas al sexo; la hechura, aunque asaz imperfecta, se hizo notable á causa de la deficiencia del instrumento en ella empleado. Ademas, las notas de la obra citada, ¿no son puestas por el mismo M. Ticknor?
A tales reflexiones nos condujo nuestra sindéresis. La simpatía vacilaba, pero era mas ardiente el deseo que abrigábamos de conocer las poesías de Sor Juana Ines. El velo de la ilusion no se habia rasgado del todo, aunque presentíamos que iba á desaparecer una estrella del cielo americano, y esto nos causaba enojo. La ruptura entre nuestro primer pensamiento sobre la autora y nuestro juicio posterior, entre el afecto que habia anidado en el corazon y el rayo de luz que aclaraba el entendimiento, nos parecia inevitable.
Por dicha nuestra, ántes que las obras de la religiosa mejicana, nos vino á las manos otro libro precioso por muchos respectos: “La mujer,” por don Severo Catalina. En una de sus páginas salpicadas de diamantes extraidos de las minas del corazon y de la inteligencia, encontramos unos versos. ¡Versos de la Sor Juana Ines de la Cruz, llenos de poesía y de verdad, inspirados por un profundo sentimiento de indignacion contra la injusticia del hombre, y de justicia en pro de la mujer!
Entre esos versos hay esta cuarteta:
“Pues ¿para qué os espantais
De la culpa que teneis?
Queredlas cual las haceis,
O hacedlas cual las buscais.”
“Estos versos, esclama el señor Catalina, pueden constituir un tratado importantísimo de filosofía y de moral.”
Cierto; y ellos constituyen, ademas, un valiente reto dirigido á quienes, concupiscentes, matan la virtud de las mujeres, y necios, se lamentan de no hallarlas con las prendas que han destruido con sus propias manos.
La belleza poética y la belleza moral de esos versos nos entusiasmaron, y Sor Juana Ines fué restituida al honroso pedestal de que la habiamos bajado á causa de la cavilacion en que nos pusieron las palabras del “Semanario pintoresco.”—Esa poesía, nos dijimos, no la produce sino un poeta; esa verdad no es hija de una alma vulgar: Sor Juana fué, sin duda, mujer de gran talento, y sus obras deben ser dignas de ella.
Este juicio, ya por demas favorable, vino á robustecerse con la honrosa memoria que de la Monja de Méjico hace el insigne historiador moderno, César Cantú, y con las biografías de la misma que consultamos posteriormente. Mas el criterio fundado en el dicho de otros autores, por muy acreditados que sean, es con frecuencia inseguro; ó por lo ménos es indudable que vale mas la luz obtenida por medio de las observaciones propias, aunque sea corta, que la que se recibe por la reflexion de agenas inteligencias. ¡Las obras! veamos las obras de la Monja! Y tanto mayor era el deseo de verlas, cuanto los escritores citados la atildan de gongorista, y queriamos que nos constase este pecado de una poetisa por quien ya ardiamos de entusiasmo.
¡Las obras! las obras de la Décima Musa! ¿Dónde dar con ellas en nuestra tierra en que es tan difícil hallar libros antiguos y en que casi no existen bibliotecas públicas? Sin embargo, las buscaremos; nuestras diligencias no serán infructuosas; leeremos esas obras con el interes que cumple à un americano, y sin duda hallaremos en ellas mucho bueno. Sí, es imposible que Sor Juana Ines no haya producido mucho bueno. El gran ingenio que se estraviò imitando á Góngora en lo malo, ha debido imitarle tambien en lo excelente, ó no es un gran ingenio, y no es la poetisa celebrada por Ticknor y Cantú.
Las perlas sacadas del fondo del mar no son para que yazgan perpetuamente sepultadas en el fondo de un cofre, y, sinembargo, tal es la suerte que á muchas cabe. Así sucede tambien con algunas producciones del talento, y quizás tan mal destino ha cubierto con sus sombras las de la monja mejicana. Celebradas con calor cuando aparecieron, brillaron en la corona de la Nueva España por cortos años. Cambiáronse los tiempos; al exceso de mal gusto del siglo culterano se siguió el rigor de la reaccion literaria, y la sociedad, avara é injusta, encerró esas joyas en el cofre del olvido, confundiéndolas sin discernimiento con las zarandajas y pepitorias ridículas que en verdad abundaron en España y América con lastimosa profusion. Busquémos, pues, los cantos de la arrebatada musa de Nueva España, busquémoslos como otros buscan el oro que la avaricia cubrió de tierra por sustraerle de las miradas de la necesidad.
III
Grande amor hemos profesado siempre á nuestra América, tan rica y tan hermosa, y á esta pasion ha correspondido nuestro entusiasmo por sus glorias. Cuando tratamos de ellas, Méjico, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, todas las naciones del mismo orígen y que viven de la misma vida intelectual y moral en el Nuevo Continente, constituyen para nosotros una sola patria. Los lazos de la lengua y literatura son poderosos por naturaleza; pero en América han adquirido mayor grado de robustez, especialmente desde su emancipacion política, porque desde entónces los americanos han formado un grupo aparte, diremos así, de ideas íntimas é intereses vitales muy diversos de los de la madre patria.
De este amor americano nacia principalmente nuestro anhelo de conocer las obras de Sor Juana Ines de la Cruz. Ya presentíamos, alumbrados por la muestra que habíamos visto, como acabamos de insinuarlo, que serian dignas de todo elogio, y honrosas para Méjico y toda la América española. Las producciones que brotan en este adorado suelo son frutos de una misma huerta, sazonados por un mismo sol y destinados al alimento y deleite de una sola familia.
Un dia tuvimos un verdadero gozo: dimos con el tesoro que buscábamos. Nuestro querido amigo el doctor don Ramon Miño, cuya muerte lamentamos todavía, nos lo proporcionó con su generosidad acostumbrada, franqueándonos su selecta y abundante librería.
Para quien no hubiese tenido tantas ganas de hacer la lectura de dichas obras, habria sido repugnante hasta el aspecto de tres tomos forrados en pergamino, maltratados, de malísima impresion en su mayor parte y de ortografía viciada por demas, como lo general en los libros españoles de aquel tiempo;[B] mas nosotros emprendimos gustosos esa tarea, leyendo hoja por hoja, párrafo por párrafo, deteniéndonos en cada estrofa y cada línea, á fin de suplir los defectos tipográficos, errores de ortografía y á veces hasta cambios de palabras, independientes, no cabe duda, de la voluntad de la autora, y penetrando de esta suerte los pensamientos y bellezas poéticas, que no son escasas.
Al mismo tiempo que íbamos buscando y entresacando de esos tres tornos que encierran las obras completas de la monja, todo cuanto nos parecia digno de recomendacion para formar un conjunto de sus poesías selectas, íbamos tambien tomando datos acerca de su vida, bien de sus propios versos y prosa, bien de lo que de ella han dicho sus panegiristas, para añadirlos á las noticias que ya poseíamos y cumplir nuestro propósito de escribir su biografía junto con el juicio crítico de sus partos literarios.
El P. Diego Calleja, de la Compañía de Jesus, en la aprobacion del último tomo de los escritos de Sor Juana Ines, trae bastantes y curiosos rasgos de su vida; pero son mas interesantes los que la religiosa da de sí misma en una larga y recomendable carta que dirigió á Sor Filotea de la Cruz, monja trinitaria y, al parecer, mejicana tambien. Ademas, la dan á conocer perfectamente el propio carácter y especial movimiento y colorido de sus producciones. Esto lo penetró muy bien uno de los prologuistas de sus obras cuando dijo, hablando en general de los escritores, que “se trasuntan insensiblemente al papel las facciones del alma.” El pensamiento de Buffon, “el estilo es el hombre,” no fué, pues, tan original que digamos.
Condicion precisa de todo letrado ingenio es trasmitir poca ó mucha parte de su ser interior á sus obras: ellas son el espejo de las pasiones y vida de sus autores. Esto es muy natural, porque es rarísimo el talento de escribir lo que no se siente, sacando del tintero y no del alma cuanto se va espresando con la pluma. Si esto sucede generalmente, los poetas en especial no pueden contradecirse á sí mismos; y si lo hacen, á fe que no dan á sus producciones aquel sentido, aquella vitalidad ó espíritu que se comprende y no se esplica, y que forma la esencia de la poesía. La estética de los hijos del Parnaso es innata; por eso cada uno de sus versos, cada uno de sus pensamientos es hijo legìtimo de su númen, pedazo de su propia naturaleza arrancado por la fuerza de la inspiracion.
¿Percibis en el jardin, á la hora en que la noche comienza á descolgar su velo sobre el mundo, un olor suavísimo y delicioso? Es la fragancia del jazmin sacudido por el céfiro. Así es la poesía del alma sacudida por el estro. La fragancia os da á conocer la flor: la poesía os da á conocer al poeta.
Hemos visto algunas biografías de la ilustre monja; mas, no obstante, juzgamos que en la actualidad no se la conoce ni de nombre cual merece serlo. Sus obras están olvidadas; ¿se piensa que apénas son buenas para consultadas por los eruditos? ¡Ah, qué error! tamaño error que ha hecho que los Parnasos y Colecciones carezcan de ellas. Hasta el célebre Quintana ha desterrado de la suya las poesías de Sor Ines. ¿Es posible que no haya hallado entre estas joyas ni una sola digna de seleccion? No puede ser: entre las que forman su Tesoro del Parnaso hay algunas inferiores á varias de las de la musa mejicana, y debemos atribuir la omision mas bien á falta de conocimiento de estas que á falta de buen gusto ó á injusticia.
Nosotros queremos, pues, sacudir el polvo que cubre las producciones de que venimos hablando, escojer las mas bellas y darlas nuevamente á luz para deleite de los amantes de la verdadera poesía. No alcanzamos la razon que algunos tengan para aprovechar de las obras que ostentan mérito actual, por corto que á veces sea, y ver con desprecio las que fueron escritas en otros tiempos y cuyas bellezas, por muy acompañadas que estén de errores y faltas, no dejan de ser bellezas de primer órden, agradables y dignas de encomio. ¿No seria necedad olvidar el oro de Góngora á causa de su escoria? Y eso que nadie ignora cuánto mal hizo á la literatura castellana el autor de las Soledades.
IV
A pocas leguas de la ciudad de Méjico, en un pintoresco lugar dominado por dos montes, hallábase la alquería de San Miguel de Nepanthla, propiedad de don Pedro Manuel de Asbaje y doña Isabel Ramírez de Cantillana. Hija legítima de estos honrados colonos y en aquel retiro naciò Juana Ines el 12 de noviembre de 1651. Uno de sus biógrafos hace notar la circunstancia de haberse verificado el nacimiento en una habitacion llamada celda, para que en una celda tambien viviese y muriese cuarenta y tres años y medio mas tarde el célebre personaje que nos ocupa.
Tres años de edad contaba la niña cuando, gracias á su precoz inteligencia, comenzó el aprendizaje de las primeras letras. Apénas cumplido un lustro, sabia leer, escribir, contar y otras menudencias que suelen aprender las niñas en mas adelantados años. A esta sazon despuntó asimismo su amor á la poesía, pues gustaba de aprender y recitar versos españoles, y con tan asombrosa facilidad la practicaba, que su nombre adquiria creciente fama, y ya no era difícil prever cuan tamaña seria en lo futuro.
La naturaleza señala al parecer el camino que ha de llevar cada criatura en el mundo. A veces esta determinacion irrevocable permanece oculta largos años, y asoma al declinar las primeras fuerzas de la vida: testigos, entre otros, Richardson y Rousseau. Otras veces como que viene cierto poder misterioso á romper el egoismo de la naturaleza, y á manifestar el genio que yacia escondido: testigos Corregio y Ana Cowley. “Yo tambien soy pintor,” esclamó entusiasmado el primero, y fué, en efecto, gran pintor. “Yo tambien soy autora,” dijo con igual inspiracion y fuego la segunda, y fué, como se sabe, célebre dramaturga. Otras veces, en fin, madura el ingenio con demasiada prontitud, y los niños piensan y obran como los viejos que han visto agostarse sus dias entre el polvo de las bibliotecas y las pesadas horas de una constante vigilia. Pero en este caso acontece por lo general que se pierde el equilibrio entre las fuerzas del cuerpo y las del espíritu; este triunfa desde luego, mas el otro se desbarata y cae en la tumba. Cuanto mas grande y viva es la llama, tanto mas presto se consume la cera del hacha.
Juana Ines fué uno de estos seres excepcionales, niños en edad y viejos en inteligencia. No habia rayado todavía en su octavo año, cuando llevada por la noble codicia de un libro ofrecido en premio, escribió una loa al Santísimo Sacramento, que llamó la atencion de los entendidos. Se cuenta que doña Gertrúdis Gómez de Avellaneda, gran honra de las letras americanas, escribió tambien en la misma edad de la poetisa mejicana un cuento intitulado “El gigante de cien cabezas.” ¡Cómo ha solido fecundar siempre el sol del Nuevo Mundo las inteligencias femeninas!
Juana Ines, en su vehemente anhelo de saber, temia que algunos manjares influyesen en aminorar su talento y memoria, y se abstenia de ellos. Otras veces se cortaba el cabello en cierta medida, imponiéndose la obligacion de aprender tal ó cual materia durante su crecimiento, y de cortarle nuevamente en via de castigo si salia fallido su propósito; porque “no me parecia razon, dice ella misma, que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era mas apetecible adorno.” En mas de una ocasion rogó con instancia á sus padres que la enviasen, disfrazada en traje de varon, á cursar las ciencias en la Universidad de Méjico; pero como no consiguiese este imposible, se desquitaba leyendo “muchos y varios libros” que poseía su abuelo, “sin que bastasen castigos ni reprehensiones á estorbarlo.”
Al fin, conducida á Méjico á los ocho años, pudo hallar mas vastos elementos de instruccion en nuevos libros, y proteccion y estímulo poderoso; si bien parece que en el seno de su familia halló contradicciones que vencer. Acabamos de ver que ella misma habla de “castigos y reprehensiones,” y en otros pasajes de sus obras pudieran hallarse nuevos testimonios sobre este punto; mas nos contentaremos con citar las siguientes cuartetas de un romance en que habla de la facilidad que tenia para versificar:
“Y mas cuando en esto corre
El discurso tan á priesa,
Que no se tarda la pluma
Mas que pudiera la lengua.
Si es malo, yo no lo sé:
Sé que nací tan poeta,
Que, azotada como Ovidio,
Suenan en metro mis quejas;”
y tambien este trozo de un escrito en prosa: “Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio á todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor á la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razon, fué tan vehemente y poderosa la inclinacion á las letras, que ni agenas reprehensiones, que he tenido muchas, ni propias reflexas, que he hecho no pocas, han bastado á que deje este natural impulso que Dios puso en mí.”
Por la misma época en que compuso su primera loa, empezó á estudiar latinidad bajo la direccion de un respetable sacerdote, su tio. Unas pocas lecciones fueron suficientes para ponerla en camino; pues, careciendo luego de maestro, su talento y aplicacion suplieron la falta, y con admirable prontitud la lengua del Lacio le vino á ser familiar.
Careció asimismo de preceptores para las demas artes y ciencias que llegó á poseer; pues algunas veces, cuando ha nacido el alma con cierta superior disposicion para cosas grandes, sus facultades se desenvuelven en la soledad y el silencio, padres de la meditacion, y las páginas de un libro son mas provechosas que las palabras de un pedagogo. Y no faltan, por otra parte, ejemplares de haberse maleado la generosa naturaleza con una enseñanza errada. Raros son los maestros que conocen la índole intelectual de sus discípulos y la guian sin extraviarla.
Los marqueses de Mancera, vireyes de Méjico á la sazon, añadieron al timbre de su ilustre cuna y alta suposicion el no ménos distinguido de constituirse Mesénas de Juana Ines. La proteccion que la prestaron fué abierta y sin límites; lleváronla á vivir consigo en palacio, y la vireina cobró tal cariño á la niña, que no podia pasarse sin verla. La regalada vida no fué, sinembargo, como suele suceder especialmente en la infancia, un estorbo para los estudios y la concentracion de aquel númen, cuya condicion le arrebataba irresistible á las regiones de la inteligencia y del espiritualismo. Por el contrario, dado á sus anchas á su ocupacion favorita, aumentaba todos los dias su caudal de saber, y derramaba poesía con profusion en torno suyo.
Habia cumplido los diez y siete años de edad, con la satisfaccion de no haber perdido nunca su tiempo en frivolidades, ni de haberse pagado de su propia belleza y gracias exteriores con menoscabo de las prendas del alma. El tiempo es dinero, dice una moderna máxima inventada por la codicia; pero las almas nobles parece que siempre han dicho: el tiempo es sabiduría.
Hermosa y atractiva de cuerpo y semblante, de corazon mansísimo, discreta en conceptos y acciones, y amable en el trato con toda clase de personas, cautivaba fácilmente las voluntades; pero su raro saber la atraía tambien el respeto y admiracion de cuantos la comprendian. Solo ella, al parecer, no se conocia bastante, lo cual es dote del buen talento, que lleva en sí joyas preciosas escondidas á sus propios ojos y visibles á los agenos.
En aquella edad, esto es, á los diez y siete años, cuando la vida es para hombres y mujeres un alegre mosaico de ilusiones y el corazon un armonioso instrumento que suena al toque de cualquier afecto, el alma de Juana Ines se hallaba nutrida de variados y sòlidos conocimientos. Era una planta cargada de frutos precoces, mas no por esto ménos bien sazonados que los que produce un árbol crecido y desarrollado en muchos años. Filosofía, escritura santa, teología, historia profana, geografía, matemáticas, lógica, retórica, física, derecho civil y canónico, arquitectura, música, y otros ramos de ciencias y artes fueron abarcados por su vasta y poderosa capacidad. A par de claro juicio gozaba de feliz memoria y de facilidad de espresion. Tertuliano y San Gerónimo, San Agustin y Santo Tomas, así como otros muchos padres de la Iglesia eran, fuera del Antiguo y Nuevo Testamento, sus fuentes de erudicion piadosa. En lo profano su caudal de conocimientos fué adquirido en la lectura de los clásicos latinos, poetas y prosistas, y en los autores españoles, reflejos de aquellos en su mayor parte. Los sucesos históricos de Grecia y Roma, cronológicamente estudiados, y la ingeniosa mitología de esas dos naciones, troncos robustos de la civilizacion antigua, se hallaban prestos en sus labios para amenizar la conversacion, ó brotaban de su pluma con tino y gracia seductores.
Un dia el marques de Mancera entró en tentacion de someter á dura prueba la sabiduría de la jóven, y reunió en palacio mas de cuarenta personas de lo mas ilustrado de Méjico para que la examinasen. Juana Ines, que siempre hizo gala de su obediencia y sumision á quienes la protegian, se rindió á los deseos y mandato del virey, y se presentó al acto singular. Llovian sobre ella de todas partes las proposiciones y argumentos sobre variadas y difíciles materias; mas no era vulgar colegiala quien respondia, sino una maestra que, sobre bien fundados y extensos conocimientos, poseía un admirable talento para comprender y juzgar, y grande viveza de imaginacion para dar vigor y diversos movimientos á su discurso y raciocinio. Su dialéctica era invencible porque no era aprendida, sino obra espontánea de la razon ilustrada. Así, pues, el triunfo que obtuvo en la controversia fué completo. Merecen copiarse las palabras que trae su biógrafo, el P. Calleja, refiriéndose al marques de Mancera: “A la manera, dice, que un galeon real se defendiera de unas pocas chalupas que la envistiesen, así se desembarazaba Juana Ines de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, y cada uno en su clase la propusieron”.
Tan buen éxito, sinembargo, no dejó en el ánimo de la jóven ninguna impresion. ¿Fué modestia? ¿fué orgullo? Acaso no quedó satisfecha de sí misma; talvez no juzgó gran cosa el haberse sobrepuesto á quienes sabian ménos que ella; si bien, como ya dijimos, parece que fué la única que nunca conoció su propio valer. En todo caso, si obró la modestia, digna fué de alabanza, y si el orgullo, harto justificado quedó.
Pudiera creerse con razon que mucha parte de la fama de Juana Ines fué debida al tiempo en que vivió; pero si se examinan sus escritos aunque sea á sobre peine, no es difícil descubrir en ellos, á pesar de sus innegables defectos, hijos ellos sí del tiempo, que aquella jóven poseía prendas naturales y conocimientos de tan genuino mérito, que hoy en dia tanto como entónces nadie podria menospreciar, á no ser algun bárbaro.
Prueba es tambien de su mérito no vulgar el deseo de conocerla personalmente que tuvieron los sujetos mas distinguidos de Nueva España y de toda la América latina, y el eco que hizo su nombre en la Península, no obstante que la condicion de americana debió influir acaso en suscitar algunos celos. Parece que en todo tiempo se ha tenido á la América por mas fecunda en oro y plata que en riqueza de inteligencia; y, sinembargo, la historia prueba que si las arcas reales de España se colmaban con los metales preciosos de las colonias, las letras no dejaron de percibir su tributo, si relativamente corto en verdad, en ningun caso despreciable, ya se atienda á su mérito real, ya al mismo atraso en que por aquellos siglos se bailaba la educacion literaria de nuestro continente.
Juana Ines nació en mala época, no cabe duda, y habria sido milagro que no se contaminase de los vicios literarios dominantes, como lo fuera que un cisne conservara blancas las plumas en una charca de tinta. Pero la fuerza del talento la salvó de la completa perdicion en que tantos de sus contemporáneos se sumieron: ha dejado versos que la recomiendan hoy y que la harán pasar á la posteridad mas remota, y trozos de prosa en que se paladea el puro lenguaje de Santa Teresa. Casi no hay obra suya, aun entre las mas culteranas, que no tenga cierto sello que patentiza una alma no comun, un corazon de oro y una fecundísima imaginacion. Así como entre las nubes tempestuosas se ven intersticios luminosos que dan á conocer que el sol está tras ellas, así tambien en las mas defectuosas de las piezas de nuestra poetisa hay rasgos que revelan su genio. La necedad y la ignorancia nunca tienen lúcidos intérvalos ni pueden producir jamas cosa ni medianamente buena. El verdadero talento nunca se eclipsa del todo, porque tiene algo divino, y por tanto superior á las miserias de la tierra. Ademas de todo esto, y aunque la mayor parte de las obras de Juana Ines estuvieran por estremo enfermas del mal gusto de Góngora, las que se libertaron de este achaque, así en verso como en prosa, bastarian para justificar el buen nombre de la autora.
Y ¿no sucede otro tanto con el mismo Góngora? Todo el mundo condena sus funestos delirios que echaron por tierra la literatura española; mas ¿quién no admira sus aciertos? El famoso demoledor del buen gusto de las musas castellanas es mas responsable por este daño causado con su ejemplo, que por haber extraviado su propio talento; pero ¿quién se atreverá á negarle sus insignes dotes de poeta? Atinado anduvo á fe quien le llamó Angel de tinieblas. Sì, se envolvió de tinieblas, mas no dejò de ser àngel; cayó arrastrando consigo multitud de secuaces, mas no se confundió con ninguno de ellos.
V.
Costumbre ó necesidad española fué que los mayores ingenios, tanto en la Península como en América, se encerraran en las claustros ò se arrimaran, en pos de mejor suerte, á las inmunidades del altar. Recórrase la estensa lista de los escritores españoles, prosistas ó poetas, hasta muy avanzada la segunda mitad del último siglo, y se hallará que la mayor parte fueron eclesiásticos, debiendo notarse que muchos tomaron este estado ya entrados en edad y despues que habian adquirido fama literaria en el mundo.
La vida retirada y de contemplacion debe ser muy favorable á las letras, porque en ella se robustece el espíritu y aguza la inteligencia. En efecto, nuestra literatura religiosa debida á Santa Teresa, frai Luis de Leon y otros muchos varones que brillaron en la Iglesia hispánica, muestra cuánto alcanza el talento concentrado en sí mismo y léjos de las distracciones del mundo.
Pero el ascetismo no es para todos; ni siquiera los que á el se consagran pueden, con bien raras escepciones, olvidarse que son compuestos de carne y sangre. La naturaleza visible y palpable que los rodea, el gérmen de las pasiones humanas que nunca se aniquila del todo con los ayunos y las maceraciones, los sacan de tarde en tarde de las mìsticas regiones para que den un respiro en las de la materia y la vida real. El mismo frai Luis de Leon hizo mas de una vez sonar profanamente su lira, y estudió, imitó y tradujo los clásicos latinos; y unos cuantos otros frailes y clérigos ilustres, ó mezclaron las inspiraciones divinas con las reminiscencias de la tierra, ó contentos con honrosos títulos y una conducta arreglada aunque no mística, se dieron á visitar con frecuencia los templos de Apolo y de Minerva: querian á un tiempo asegurar su entrada en la bienaventuranza y figurar con afamado nombre en la sociedad. Si este proceder era evangélico, ó por lo contrario digno de censura, no nos toca examinar; nos basta confesar que creemos hay organizaciones naturalmente inclinadas á la vida monacal, y que los llamados á ella por un secreto y poderoso atractivo hacen muy bien de seguirla. Debe ser cosa agradable y consoladora para quien no tiene apego á los objetos mundanos, volverles las espaldas con noble desden, reducirse á una sociedad de pocos individuos, acortar las necesidades del cuerpo, satisfacer ampliamente las del alma y aspirar en el silencio de las pasiones y el olvido de sí mismo á un bien inmenso que solo se encuentra allá arriba.
Ceguedad de la costumbre ó impulso de la necesidad ó acaso arranque de despecho fué lo que llevò tambien á Juana Ines de Asbaje á un monasterio. Hallamos tal contradiccion entre su carácter revelado claramente en sus poesías, y las austeridades del claustro, que hemos meditado mucho por descubrir el verdadero motivo que la indujo á huir de la sociedad mundana y cubrirse con las tocas monjiles. Dícese que la mujer es infiel guardiana del secreto. Créase en hora buena en tal acusacion; mas su propio corazon es un arcano que aunque nos lo quisiera esplicar ella misma, no lo podriamos comprender. Lo único que se nos alcanza es que miéntras mas lucido sea el talento de una mujer, mas fogosas son sus pasiones, y por consiguiente con mayor facilidad se sacrifica en las aras del ídolo, cualquiera que sea, que ha podido seducirla. En la antigüedad las Safos daban el salto de Léucades; en los siglos modernos las Eloisas se sepultan vivas en los claustros. La naturaleza moral de las mujeres es la misma; solo las creencias y las costumbres han cambiado; mas el resultado de sus afectos llevados al ùltimo grado de tirantez, es el mismo tambien: es buscar con ansia febril léjos de mundo, léjos de la vida, léjos del ruido el antídoto contra los celos ó el dolor intenso, la calma de la tempestad que agita el corazon; alguna cosa, en fin, que apague esa especie de electricidad de que está poseido todo su ser y que estalla en forma de llanto, de quejas, de ayes agudos, hasta de gritos frenéticos. La vocacion, á nuestro ver, no se forma: es innata, y Dios la imprime en la naturaleza humana. No es, pues, el hombre quien la adquiere; lo que el hombre hace con frecuencia, es contradecir la voluntad de Dios y labrarse su desgracia. Dudamos que Juana Ines haya tenido inclinacion natural á la vida monástica, y nos atrevemos á creer que, consagrándose á ella, se impuso un sacrificio violento por causas que no es dable penetrar, pero que se traslucen bastante bien. Si fué desgraciada ó venturosa en el convento, tampoco lo podemos asegurar; mas fué virtuosa y es probable que seria feliz cuanto es posible serlo en medio de las contradicciones de una existencia amarrada por fuerza á un yugo estraño y pesado. Ademas, amaba con pasion la lectura y el estudio, que son tambien elementos de consuelo y bienestar.
El Diccionario histórico, y, siguiendo el dicho de este, varios otros escritores, aseguran que la resolucion de nuestra heroina fué ocasionada por la muerte del jóven con quien iba á casarse. Nuestra opinion concuerda bastante con esta. No sabemos cuáles sean las fuentes de donde tal noticia se ha tomado; pero que hubo muerte, ausencia ó pérdida del amante de cualquier modo que sea, es un hecho mas que probable. Sinembargo, aceptando por una parte como evidentes la reparticion que la jóven hizo de sus bienes à los pobres, y el haber esperado que muriesen sus padres para darse definitivamente á la vida monástica, como lo aseveran dichos autores, queremos en todo lo demas atenernos á los contemporáneos de la religiosa y á sus propias obras; aquí, en estas bases mucho mas seguras apoyaremos nuestro criterio. Los últimos son contradictorios de los primeros: Sor Ines misma dice y presenta cosas capaces de hacer vacilar al observador que no tenga el pulso necesario para sujetarlas en la tenaza de la lógica; y no obstante, allí está la verdad; sí, allí está; la estamos viendo: la túnica con que se la ha cubierto es de gasa de Cos.
El P. Calleja, ántes mentado, asegura que Juana Ines nunca pensó en casarse, y para justificar su resolucion de tomar el velo, habla con gracia de lo caduco y fútil de la belleza exterior y de los peligros que la rodean, “porque el verdor de los pocos años tiene su misma ternura por amenaza de su duracion; y no hay abril que pase de un mes ni mañana que llegue á un dia;” y porque “la buena cara de la mujer pobre es una pared blanca donde no hay necio que no quiera echar su borron.” El mismo Padre habla en seguida sobre lo incompatible de los estudios á que se habia aplicado la jóven, con las obligaciones de religiosa, obstáculo que, no sabemos cómo, allanó el jesuita Antonio Núñez, sacerdote bien reputado y confesor de los vireyes de Méjico. A este propósito dice la misma Juana Ines estas notables palabras: “Y sabe (su Divina Magestad) que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento, dejando solo la que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra (segun algunos) en la mujer, y aun hay quien diga que daña. Sabe tambien su Magestad que, no consiguiendo esto, he intentado sepultar con mi nombre mi entendimiento, y sacrificársele solo á quien me le dió, y que no otro motivo me entró en la religion, no obstante que al desembarazo y quietud que pedia mi estudiosa intencion, eran repugnantes los ejercicios y compañía de una comunidad; y despues en ella, sabe el Señor y lo sabe en el mundo quien solo debió saber, lo que intenté en órden á esconder mi nombre, y que no me lo permitió diciendo que era tentacion; y así seria.” “Éntreme religiosa, dice en otro lugar, porque aunque conocia que tenia el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes á mi genio, con todo, para la total negacion que tenia al matrimonio, era lo ménos desproporcionado y lo mas decente que podia elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvacion; á cuyo primer respecto, como al mas importante, cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no querer tener ocupacion obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.”
Lo que dejamos trascrito pudiera ser buen testimonio de que Juana Ines buscó en los claustros solo la perfeccion de la virtud ascética: queria que se apagase su inteligencia y que su nombre no luciese en el mundo; queria consagrarse toda á Dios; se humillaba, se abatia, se anonadaba. Mas ¿cómo armonizar este procedimiento con su delirante pasion á los estudios profanos? ¿cómo convenir en que haya llegado aquella austera virtud á ser la reina absoluta de un corazon cuyo fuego, que nada tiene de místico, está todavía y estará vivo y abrasador como el de la musa de Lésbos,[C] en mas de un centenar de versos? “A la verdad, yo nunca he escrito, dice nuestra heroína, sino violentada y forzada, y solo por dar gusto á otros, no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia”... “El escribir nunca ha sido dictámen propio, sino fuerza ajena, que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistes” ¡Qué conflictos los nuestros! Todo esto es verdad sin duda; pero lo es tambien lo que pensamos, y nuestra lógica está fundada en pruebas que nos proporciona la misma poetisa...
Pero no, no es así; corrijamos nuestros conceptos que van errados. La aficion de Juana Ines á los estudios debia producir frutos; pero estos, si provenian de asunto sagrado, eran peligrosos, y “yo no quiero, confiesa ella, ruido con el Santo Oficio, y tiemblo de decir alguna proposicion mal sonante, ó torcer la genuina inteligencia de algun lugar.”... “El cual inconveniente no topaba en los asuntos profanos, pues una heregía contra el arte no castiga el Santo Oficio, sino los discretos con risa y los críticos con censura.”
¿Satisface esta razon? Sí que satisface, contestamos. El espíritu religioso de aquellos tiempos que se mezclaba tanto en las menudencias del hogar como en los mas trascendentales enredos de la vida pública, hacia difícil el tratar ciertas materias; y entre lo sagrado que podia abrir al escritor las puertas de una mazmorra para encerrarle por largos años, y esto saliendo bien librado, y lo profano que deleitaba sin peligro, no cabia vacilacion: se elegia lo segundo, por mas que hubiese necesidad de rozarse, y á veces hasta ensuciarse (¡oh fea contradiccion!) con el sensualismo de los paganos, tan opuesto á las puras doctrinas del Evangelio. Juana Ines, que tenia necesidad de dar salida á un gran caudal de pensamientos que bullian represos en su mente, obró muy bien en levantar la compuerta de plata del lado de la tierra, y mirar con respetuoso temor la de oro del lado del cielo. Sí, muy bien obrò, y tanto mas cuanto, á nuestro juicio, lo profano que aceptó por necesidad, no dañó nunca el sentimiento piadoso arraigado en su alma.
Pero Juana Ines asegura que nunca se inclinó al matrimonio, y esos versos de fuego, esos versos que centellean como desprendidos del hierro candente golpeado sobre el yunque, fueron arrancados por la fuerza, casi con violencia; ¿cómo entendemos esto? ¡Ah! ¿os acordáis de Eloisa? Tambien se opuso al matrimonio. ¡Noble espíritu de la décima musa, perdonadnos! vos habeis dejado impreso vuestro ser en unas cuantas estrofas, y sois la causa de que así os juzguemos... La fuerza, la violencia, el poder de una mano que la jóven besaba y bendecia con gratitud, el dulce imperio de una voz para ella mágica é irresistible, la hicieron pulsar el laud y cantar: Juana nunca pudo resistir á los deseos é insinuaciones de su protectora la marquesa de Mancera, y de otras personas que, por el afecto y consideracion que la merecian, habian llegado á adquirir una suerte de imperio sobre ella. Cantó, pues, y aunque lo hizo de la manera que lo dice, no pudo ocultar sus propios afectos, y los trasladó á sus versos. Sea espontáneamente, ó bien por la herida que hace el acero en la corteza, el enebro produce incienso, y no ninguna otra resina. Para ocultar esos afectos era preciso guardar silencio; al cantar, su aparicion era infalible. De lo contrario habria mentido la poetisa: sus cantares fueran falsos, descoloridos, insustanciales, frios como témpanos. Cierto, Juana Ines queria esconder lo que sentia, y le causaba positiva repugnancia aquello que debia hacer traicion á su secreto.
Quedan, pues, en su punto nuestras sospechas. ¡Qué! sospechas, decimos, y decimos mal: á nuestro juicio hay evidencia: Juana abrigaba una pasion de esas vehementes, violentas, consumidoras pasiones que prenden solo en el pecho de las poetisas formadas por el amor y para el amor. La sensibilidad con que nacen constituye su tormento y su gloria. Aman con delirio, padecen sin tregua, se sacrifican con heroismo; la espresion de su cariño, sus quejas, suspiros, gritos de angustia... todos son cantares, todos son melodías; y enbebecidas en los afectos ó en los dolores que las dominan, no advierten que el mundo las escucha; y absortas en su historia íntima actual, no tienden las miradas á lo porvenir donde brilla ya la seductora estrella de su fama. El poeta es un templo vivo consagrado á los afectos y á las ilusiones, y su propio corazon es la víctima del cotidiano sacrificio; mas la poetisa añade tanta ternura, tanto atractivo y misterio á ese culto sublime, que casi siempre se hace superior, por este respecto, á su hermano de sentimiento y de armonía.
“Deja que nuestras dos almas,
Pues un mismo amor las rige,
Teniendo la union en poco,
Amantes se identifiquen.
Un espíritu amoroso
Nuestras dos vidas anime,
Y Láchises al formarlas
De un solo copo las hile;
Nuestros dos conformes pechos
Con solo un aura respiren,
Un destino nos gobierne
Y una inclinacion nos guie”.
¿Escuchais? Es Juana Ines quien deja escapar esas veces del corazon, esa melodía del amor.
Y estos no son los únicos ni los mas lucidos versos en que muestra su pasion: ¡oh, no! los hemos tomado á la ventura, reservándonos examinar mas adelante las mejores de sus poesías amorosas. Con todo, vienen muy á cuento las siguientes cuartetas para la materia que tratamos:
“Yo me ocuerdo (¡oh nunca fuera!)
Que he querido en otro tiempo,
Lo que pasó de locura
Y lo que excedió de extremo.”
“Tan precisa es la apetencia
Que á ser amados tenemos,
Que aun sabiendo que es inútil,
Nunca dejarla sabemos.”
“Si es delito, ya lo digo;
Si es culpa, ya la confieso;
Mas no puedo arrepentirme,
Por mas que hacerlo pretendo.”
“Pero valor, corazon,
Porque tan dulce tormento,
En medio de cualquier suerte,
No dejar de amar protesto.”
He ahí una confesion que ha debido excusarnos de escribir la mitad de cuanto en este capítulo llevamos dicho: ¡Juana Ines amaba! No importa que no sepamos quien fué el dichoso mortal en quien fijó sus ojos esta eminente mujer; contentámonos de saber que fué apasionada en el amor, de entrever que no fué dichosa en él, de recelar que algun desengaño, alguna pérdida, alguna de esas hondas penas propias de las almas elevadas y vehementes, contribuyeron á llevarla al monasterio, asilo frecuente, aun en dias de vivos, de las desgracias que no tienen remedio en el mundo. Juana halló, queremos suponer, el consuelo que buscaba, y llegó talvez á disfrutar alguna felicidad: fué virtuosa, amaba el estudio; ya lo hemos dicho.
Poco tiempo despues de haberse colmado de gloria sosteniendo el certámen á que fué obligada, y ántes de haber llegado á los diez y ocho años de edad, tomó el velo en el monasterio de San Gerónimo de Méjico. Mas no por esto rompió del todo con el mundo: era una lámpara que Dios habia encendido para que puesta en alto alumbrara á todos los de la casa, y no para que fuese escondida debajo del celemin. La fama de su sabiduría la obligaba á vivir en comunicacion con las personas doctas y de encumbrada gerarquía; era un oráculo consultado por los vireyes, los prelados, los literatos y hombres científicos, nacionales y estranjeros, y por este medio participaba, mal su grado, de la vida social y profana que se agitaba allende los muros de su convento. Su sed de mayor sabiduría iba á par del brillo de su nombre y de la admiracion general de que era objeto, y doblaba el estudio y la meditacion. Sinembargo, no dejaba de cumplir con puntualidad sus deberes de monja, y como “la caridad era su virtud reina,” buscaba y aprovechaba las ocasiones de ejercerla, ya por medio de oportunos consejos y advertencias, ya con ocultas limosnas, ya sirviendo hasta de enfermera en el monasterio. Lo que rehusó siempre, porque le gustaba ménos que estas santas ocupaciones, ó por juzgarlo como ocasion de malgastar el tiempo, fué tener mando en la comunidad: dos veces fué electa abadesa, y ambas renunció decididamente. Fué quizás tambien obra de humildad; mas sino lo fué, bien se comprende la razon que tendria para rechazar el dominio sobre una reducida grey de mujeres, quien habia llegado á dominar por la fuerza del ingenio sobre toda una sociedad lucida y numerosa.
El tino en la distribucion del tiempo lo dobla y hasta triplica, y como Sor Juana Ines era en todo cuerda y activa, despues de las horas gastadas en sus piadosas atenciones y en entender en los asuntos profanos que como á sabia y literata la encomendaban, las tenia, pues, largas para consagrarse á sus favoritas labores intelectuales y departir á solas con sus cuatro mil amigos que habia logrado reunir en su biblioteca. Metida aquí, con leer y mas leer, estudiar y mas estudiar, como ella misma dice; teniendo por únicos maestros los libros y por condiscípulo el tintero, alcanzó mayor grado de perfeccion en las ciencias y artes que ya sabia, aprendió otras y escribió unas cuantas obras en prosa y verso.
Parece que su organismo hubiera sido hecho exprofeso para la observacion y la meditacion: cuando no tenia el libro en las manos, hallaba motivos de estudio en las personas que veía, en los objetos que la rodeaban, en el suelo que pisaba, en los ángulos de un aposento, en la luz, en el aire, en todo. “Paseábame, dice en una carta, en el testero de un dormitorio nuestro, que es una pieza muy capaz, y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo á nivel, la vista fingia que las líneas se inclinaban una á otra, y que el techo estaba mas bajo en lo distante que en lo próximo; de donde inferia que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van á formar una figura piramidal. Y discurria si seria esta la razon que obligó á los antiguos á dudar si el mundo era esférico ó no; porque aunque lo parece, podia ser engaño de la vista, &.”
A nuestro juicio, aunque en el convento escribió muchas cosas profanas, las poesías eróticas deben referirse al tiempo anterior; pues si, como pensamos y tenemos por indudable, quiso ahogar en el claustro alguna desgraciada pasion, mal pudo haber atizado su dolencia en vez de remediarla. A lo ménos no era mujer que no pudiese hacer el sacrificio de cubrir en lo posible un sentimiento mundano con una piedad necesaria é imprescindible.
Pero monja era ya cuando se dieron á luz sus obras, y no una sino varias veces. En la tercera edicion del primer tomo se lee: “Corregida y añadida por su autora.” Si añadió y corrigió, no tuvo á bien por otra parte, suprimir los versos harto profanos y amorosos que desdecian de su estado. ¿Les juzgó inocentes, por ventura, en razon de ser hijos de un sentimiento verdadero? ¿Tuvo repugnancia de arrancar de su corona esas rosas brotadas en las huellas del amor? ¿Juzgó innecesario ocultar lo que ya el mundo conocia? Nada podemos contestar. Los editores dedicaron las obras de Sor Juana Ines “á la Soberana Emperatriz del cielo y tierra, María, nuestra Señora,” y esto sí se puede explicar: en aquellos tiempos en que la religiosidad española era nimia, porque era profunda la fe y suma la sencillez del espìritu, cuando gustaba algun libro, por impregnado que estuviese de los miasmas de las pasiones terrenales, se le echaba la dedicatoria á la Virgen ó á un santo, ó cuando ménos se les invocaba, como para neutralizar el escándalo que debia producir la lectura. Esa incoherente muestra de devocion servia de tenaza para agarrar el ascua. ¡Inocentadas de otra edad! Pudo ser tambien esa costumbre precaucion para amortiguar el celo del Santo Oficio, que cierto no culparia de malicioso á quien invocaba un bendito nombre para dar á la estampa los desahogos del corazon ó los desbordes de la fantasía.
La publicacion del primer tomo de sus versos trajo muchos disgustos á Sor Juana. En medio de los elogios aparecieron amargas censuras; pero estas, mas que en los defectos de las obras, se fundaban en el disparatado concepto de que el estudio de las letras era incompatible con la condicion del sexo femenino, y mas todavía con el estado monacal. El númen poético de la jóven religiosa era especialmente objeto de serias contradicciones. “¿Quién no creerá, dice en la carta citada, viendo tan generales aplausos, que he navegado viento en popa y mar en leche, sobre las palmas de las aclamaciones comunes? Pues Dios sabe que no ha sido muy así, porque entre las flores de esas mismas aclamaciones se han levantado y despertado tales áspides de emulaciones, cuantos no podré contar”... “Pues por la en mí dos veces infeliz habilidad de hacer versos, aunque fuesen sagrados, ¿qué pesadumbres no me han dado? ó ¿cuáles no me han dejado de dar?”
De tan necias acusaciones se defiende Sor Juana citando con oportunidad y gracia varias mujeres célebres por su sabiduría, tanto entre las gentiles como entre las cristianas, así en la antigüedad como en los tiempos modernos. Con no menor destreza y fundado raciocinio combate á los que, aferrados al Mulieres in Ecclesia taccant, querian que dejase y condenase su aficion al estudio. ¡Salvaje pretension de la cual se vengó la sabia monja dando rienda á su ingenio! Llegó hasta privarse voluntariamente, cuanto le fué posible, de la sociedad de sus compañeras de claustro, por consagrarse mas y mejor á la lectura y la meditacion. Esto prefieren las almas grandes á la comunicacion con las almas vulgares.
Pero una de estas llegó a ser superiora de la comunidad, é inducida por alguno de los que se habian propuesto perseguir á Sor Juana Ines, la prohibió toda lectura y estudio. Entónces era cuando su ardiente imaginacion buscaba y hallaba hasta en los objetos triviales ocasion de meditar y aprender. “Si Aristóteles hubiera guisado, decia alegremente una vez, mucho mas hubiera escrito.” Sinembargo, su espíritu estaba reducido á una especie de ayuno, y el esfuerzo que hacia para buscarse alimento sin el auxilio de los libros, vino á quebrantar las fuerzas físicas, y la jóven cayó gravemente enferma. “Eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones, refiere ella misma, que consumian mas espíritus en un cuarto de hora, que el estudio de los libros en cuatro dias.” Por fortuna los médicos calaron el motivo de la dolencia. Tras el diagnóstico vino la aplicacion de la medicina, los libros: abriéronle la biblioteca á Sor Juana despues de tres meses de entredicho y se le abrieron las puertas de la vida. Suceso enteramente igual al que se refiere del Petrarca: el Obispo de Cavaillon, su amigo, quiso privarle de la mucha lectura y le encerró sus libros; el poeta cayó malo, y fué menester devolverle las llaves de su biblioteca para restituirle la salud perdida en el ocio forzado á que se le condenó. Mala muestra de sus alcances dan los que piensan que solo de pan vive el hombre. La falta de pan enflaquece y mata la materia, mas no el espíritu. La falta de estudio y de saber mata el espíritu y á veces el cuerpo; este recibe vigor de la influencia de aquel. La naturaleza, aunque no siempre, es verdad, establece de tal manera las relaciones de los dos, que para que la máquina corpórea no se desorganice es precisa mucha actividad en las potencias del alma. “En árbol donde se coje la ciencia, no se coje la vida: vida y ciencia no son frutos de un mismo tronco,” ha dicho un eclesiástico al tratar de la temprana muerte de Sor Juana Ines. Esas palabras encierran una verdad, pero no absoluta: si se han visto gastarse muchas vidas y disolverse al fuego de la ciencia, como la nieve á los rayos del sol, no son pocas las que se han sostenido apoyadas por el trabajo mental de todos los dias, y que se habrian agostado y hecho polvo al sentir la inaccion del espíritu.
Veintitres años de clausura llevaba nuestra poetisa; veintitres años empleados en continuar dando pábulo á su pasion por la sabiduría; pero se habia inclinado acaso mas de lo justo á las ciencias y literatura profanas, con cuyo motivo la aconsejaba su amiga la trinitaria Filotea que, sin dejar la lectura de los filósofos y poetas, se consagrase con preferencia á las letras divinas y á la práctica de la virtud; porque “ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe la califica por necedad.” “Lástima es que tan grande entendimiento, añade Sor Filotea, de tal manera se abata á las rateras noticias de la tierra, que no desee penetrar lo que pasa en el cielo.”
Algun tiempo despues, unos dos años ántes de su fallecimiento, se verificó en la vida de Sor Juana Ines un cambio radical y definitivo; se desprendió de su pasado, si asì podemos decir, rompió todos los lazos que la sujetaban á las profanidades de la tierra, se sobrepuso con voluntad heróica á la necesidad y á la costumbre del contacto con los doctos y grandes del mundo, y se dió completamente á la mística. Entónces, y no desde el principio de su clausura, como algunos han escrito, comenzó nuestra religiosa su vida de austeridad y penitencia. Cuál haya sido la causa de tan súbita y grande mudanza, no es posible decirlo con absoluta certeza. ¿Fué talvez la pérdida de alguna cara ilusion que guardaba en el secreto de su celda? ¿fué por entónces arrebatado de la muerte el amante, ya moralmente perdido para ella en la sociedad, pero todavía objeto del silencioso culto que un corazon ardiente no puede á veces dejar de rendir á su ídolo, aunque le vea caido ó sobre otro altar colocado? ¡Ay! de cuántas maneras, ademas de la muerte, se pierde lo que se ama, sin que se apague la pasion!... ¿Fué por ventura el orígen del cambio algun otro desengaño superior al que la obligó á cubrirse con las tocas monjiles, alguna demostracion inesperada de una de esas certidumbres crueles que restregan y allagan el delicado corazon de la mujer hasta matarlo? ¿fué el acìbar que derramaron en sus entrañas la murmuracion y la calumnia, eternas enemigas de la virtud y del saber? ¿fué el efecto que produjo al cabo la constante exhortacion de sus amigos que, como Sor Filotea y aun mas que ella, deseaban se entregase absolutamente á la contemplacion devota y práctica del rigor ascético? Cualquiera cosa que haya sido, la verdad es que se la vió trocada de sabia en santa. Su fervor para el estudio se convirtió en estremado celo por los ejercicios piadosos. Le parecia que hasta entónces habia vivido “no solo sin religion, sino peor que pudiera un pagano.”
Vendió su librería, cuyo precio distribuyó entre los pobres, cambió los instrumentos de las ciencias y su amada lira con los cilicios y la disciplina, y llegó su exaltacion en la via del ascetismo hasta firmar con su sangre la protestacion de fe con que dió principio á su santificacion. Siempre son así las almas apasionadas: no conocen la templanza, ó no la juzgan virtud; el fuego en que se encienden las impulsa á volar, á precipitarse, y ó se disparan al cielo ó se hunden al abismo, siempre con la presteza del rayo.
Era imposible que tamaña alteracion no amenguase la salud de la religiosa. Ya sabemos el efecto que la hizo la privacion temporal de sus libros; pues la misma causa y en mayor grado, debió traer funestas consecuencias. Tarde comprendió el confesor el daño que el exceso de penitencia traia á la madre Juana, y trató en vano de moderarla. Nunca fué demasiado robusta, y fácilmente vino á dar en achacosa.
Por el año de 1695 se introdujo en el monasterio de San Gerónimo una fiebre que diezmó terriblemente la comunidad. Buena ocasion se le ofreció á Sor Juana Ines para ejercer la caridad, y la aprovechó; pero su estenuacion y el contacto frecuente con las enfermas no tardaron en hacer que tambien se contagiase. Esta noticia alarmó y afligió á todo Méjico, y miéntras los mejores médicos agotaban su ciencia por salvar la vida de la insigne monja, las iglesias estaban llenas de gente que oraba por ella, se hacian rogativas públicas y las campanas tocaban plegarias. Todo fué inútil: Dios habia dispuesto apagar ese brillante lucero en la tierra para encenderlo en el cielo; el 17 de abril del mismo año no quedaban de la Décima Musa sino el cuerpo inanimado, próximo á convertirse en polvo, y el nombre venerado por sus compatriotas y expuesto, no obstante, á ser presa de la ingratitud y del olvido.
Las exequias que se le hicieron fueron suntuosas, y es grande el número de poesías que en América y España se escribieron en su elogio.
VI
Sor Juana Ines de la Cruz, segun su gran talento, vasta instruccion y rara facilidad de producirse, escribió relativamente poco. Sinembargo, dejó muy considerable número de poesías líricas, unas cuántas loas, género á la moda en su tiempo, varios autos y dos comedias. Entre las primeras están incluidos muchos villancicos, graciosos juguetes destinados al canto y que bien pudieran llamarse populares.
Sus obras en prosa son cortas en número y extension: un juicio crítico, ó sea crísis sobre un sermon, una carta á Sor Filotea, la descripcion de un arco triunfal, y varias oraciones y ejercicios piadosos.
El todo forma tres tomos en cuarto menor, debiendo advertirse que el ùltimo, que lleva el título de “Fama y obras póstumas del Fénix de Méjico &,” contiene como una tercera parte de prosa y versos de otros autores en alabanza de la poetisa.
Hemos apuntado en otra página que Juana Ines vino por desgracia al mundo en los dias nefastos para la literatura española, como una flor que debió nacer en la primavera y nació en el invierno cuyo cierzo le arrebató buena parte de su fragancia.
El mal gusto que apareció en la Penìnsula y se desenvolvió á la sombra de la fama de Góngora y con el poderoso esfuerzo de su mal empleado ingenio, fué una plaga universal: Italia, Francia é Inglaterra no pudieron librarse de ella; si bien no fué de tanta magnitud ni tan prolongado el feo achaque en estas naciones como en la desgraciada España, donde, por consiguiente, causó mayores estragos. Fué acaso porque Marini, Ronsard y John Lilly se quedaron muy atras del innovador cordovés en punto á grandeza y vigor de talento.
El trato asiduo de los clásicos latinos era comun á españoles é italianos, ingleses y franceses. Creyeron todos ellos que no era dable hallar ninguna otra fuente de bellezas literarias, y la falta de cordura en los estudios á que se aplicaron les produjo, si se puede hablar así, una indigestion de latinismo. De aquí nacieron, no solamente el prurito de dar al lenguaje un giro y saborete ajenos de su propia índole, sino los ridículos relumbrones del estilo, aquel extraño tejido de extrañas frases, aquel hacinamiento de oscuras imágenes y torcidos conceptos, aquella afectacion y pedantería insoportables en todo y por todas maneras.
Los maestros del clasicismo fueron y son excelentes, y ántes como despues de la invasion del mal gusto que bosquejamos, tuvieron discìpulos que, siguiéndolos paso tras paso, llegaron á alcanzar alta nombradía. Comprendieron muy bien que la literatura clásica es esencialmente imitadora, y nunca se atrevieron á partir por otros caminos que por los trazados y conocidos. Pero asomaron ciertos ingenios que dieron en la singular locura de querer mostrarse originales sin dejar de ser copistas. Como tal pretension era imposible de realizar, los esfuerzos de todos ellos produjeron lo que debieron producir: adefesios y tonterías que les dieron, tras un momentáneo aplauso, descrédito perpetuo.
Bien examinada la historia de la literatura española, la escuela culterana tuvo sus principios algun tiempo ántes de la aparicion de Góngora, y siendo este muy jóven todavía, el justamente afamado Herrera presentó, como observa M. Ticknor, algunos gérmenes del dañado gusto que mas tarde habia de ser tan extenso y poderoso. Góngora alcanzó la funesta honra, si honra puede llamarse aunque funesta, de hacer que esos gérmenes se desarrollasen y convirtiesen en el àrbol de hondas raices y tendidas ramas que tomó el nombre de gongorismo.
Llegó á tal preponderancia el mal, que hubo tiempo en que su cerrazon no dejó traslucir luz ninguna en las regiones de la poesía española. Sor Juana Ines de la Cruz floreció noventa años despues de Góngora, y habria sido maravilla no verla contaminada de los vicios dominantes que la rodearon desde el instante en que pisó los campos literarios.
Sinembargo, no fué del todo culterana, sino que participó de la secta conceptista y sutilmente artificiosa anterior á Góngora. El carácter de las locuras de este innovador se ve fielmente trasladado al Sueño que, imitándole, escribió nuestra monja. Cosa no extraña, por cierto, la autora daba preferencia al incomprensible Sueño, largo y asaz enojoso, sobre sus demas producciones, y el mismo aprecio mereció de los entendidos de su tiempo. Uno de estos dice elogiándole:
“Lo enfático á vuestro Sueño
Cedió Góngora, y corrido
Se ocultó en las Soledades,
De los que quieren seguirlo.”
En verdad, la discípula venció al maestro: nos parecen ménos oscuras las Soledades que el Sueño. Otro elogiador desea que tamaña maravilla tenga un hábil intérprete que la desenmarañe, y un tercer apasionado ensalza, por fin, las perífrasis, fantasías y sutilezas “con que hubo por fuerza de salir profundo (el Sueño,) y por consecuencia difícil de entender para los que pasan las honduras por oscuridad.”
Al saberse que Sor Juana Ines participò de los defectos y vicios de los cultos y conceptistas, fácil es juzgar cuál sea el carácter censurable de sus poesías; pero, ademas, se nota en muchas de ellas una fastidiosa erudicion histórica y mitológica, la aplicacion inoportuna de términos científicos y artísticos, falta de nobleza en varios asuntos, que no tienen otro objeto que dar años á los vireyes y grandes, derramando á manos llenas la adulacion; cansada monotonía en largos trozos; hasta prosaismo, flojedad, carencia de armonía en no pocos versos, y bastantes descuidos en el lenguaje, con ser, por lo general, puro y castizo en la fácil pluma de Sor Juana. No debemos pasar por alto en esta breve censura el mal gusto de introducir trozos burlescos en las piezas mas serias, y hasta puerilidades ridículas. En un villancico á San Pedro Apóstol hay unas coplas que comienzan con esta:
“Válgame el Sancta Sanctorum,
Porque mi temor corrija:
Válgame todo el Nebrija,
Con el Thesaurus verborum.
Este sí es gallo gallorum
Que ahora cantar oì,
Qui qui riquí.”
En otros villancicos dedicados á San Pedro Nolasco, se halla un diálogo que empieza:
“Hodie Nolascus divinus
In cœlis est collocatus.
Yo no tengo asco del vino,
Que ántes muero por tragarlo.”
Otras veces imita el dialecto de los negros esclavos, ó bien mezcla la lengua española con la mejicana, y en fin, profana á un tiempo su propio talento y el asunto mas digno de veneracion con despropósitos y miserias de la laya, increibles en una escritora como Sor Juana Ines, tan llena de prendas intelectuales y de claro juicio.
Quizás tantos y tan graves defectos hayan dado ocasion á juzgar que ha sido inmerecida la fama de nuestra monja; pero, con venia del lector, comenzaremos la defensa de ella aplicando al caso un verso del célebre Quintana, sin mas que el cambio de un nombre: todos esos mortales pecados literarios,
“Crímen fueron del tiempo, no de Juana.”
En todos los escritos de esta, hasta en algunos de los mas defectuosos, se trasluce un talento nada comun. Su corazon de mujer espiritual y de mundo al mismo tiempo, fué ardiente y apasionado, y desde su fondo brotaban centenares de versos llenos de aquel no se qué inexplicable que se comunica á otros corazones, y no pertenece ni á las calidades del ser material ni al vulgo de los poetas: es la poesía hija de una naturaleza superior, y que se manifiesta sin esfuerzo ninguno dominando al arte, no la poesía que necesita del arte para levantarse y dominar. Su pensamiento es profundo, y cuando se muestra desembarazado de los defectos de la forma, agrada generalmente y deja impresion duradera en el ánimo. Su imaginacion rica, flexible é inquieta, bien pudiera compararse con el céfiro, con el colibrí, con la abeja: vuela entre las flores, besándolas, halagándolas, esparciendo á veces sus pétalos por el suelo, y siempre hurtándoles el aroma y la miel. Sinembargo, se distingue con frecuencia cierta gravedad en el fondo de sus poesías, gravedad que proviene de su tendencia congénita á pasar de la superficie al centro de las cosas: del color de las rosas á la esencia; de la armonía á la causa que la produce; de las bellezas del cuerpo á las del espíritu; de las condiciones de la vida material á la filosofía moral. Sor Juana Ines comprendió muy bien que la poesía no era para el deleite pasajero de un sentido externo, sino para seducir y avasallar el alma á fuerza de estimular sus afectos, de hacerlos arder, de hacerlos hervir al sagrado fuego de las musas. Quien no consigue producir tales efectos, no es poeta; quien permanece frio al influjo del poeta, es un desdichado de alma de trapo.
La asombrosa facilidad de versificar llevó á Sor Juana á emplear gran número de metros, cual si á posta hubiese querido jugar con todas sus dificultades; mas de aquí, de esta confianza absoluta en su facultad métrica, vino el que muchas veces obrase con descuido ó negligencia.
El mérito mas bien fundado de la poetisa se halla en sus producciones líricas; y entre estas las mas lucidas son aquellas en que ha espresado afectos amorosos y tiernos, de donde ha nacido que la juzgásemos tocada del fuego de Eloisa, porque nos parece de todo punto imposible que, sin sentirla, se pinte bien una pasion. El amor no se finge, y si se finge nunca se le puede pintar como verdadero: al traves de todos los lineamentos y de todos los colores se descubre el esqueleto del engaño que no puede alucinar si no es á quien quiere alucinarse. Quizás algunas veces se poetise obligado por ajena voluntad, como asegura Sor Juana; pero si en la obra no entra el albedrio del escritor, sí entran por cierto su afecto y pensamiento, porque son los materiales de que por fuerza ha de valerse, so pena de producir una obra chavacana que le desconceptúe.
En todas, ó casi en todas las poesías del género de las que nos ocupan, ha esparcido Sor Juana Ines cierto tinte de dulce melancolía que sirve tambien de confirmacion á nuestras sospechas y juicios y de verdadera disculpa á su encierro en el claustro, en tan temprana edad y con manifiesta violencia de su carácter. Podríamos citar muchos versos en testimonio de nuestro aserto. Véase á lo ménos el soneto que comienza con este cuarteto:
“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
Como en tu rostro y tus acciones via
Que con palabras no te convencia,
Que el corazon me vieses deseaba.”
En todo él está pintada la pasion con pinceladas vivas y conmovedoras. Véase tambien el soneto tercero de la coleccion que va en seguida, en el que despues de una dulce y tierna queja, parece que la poetisa alcanza un instante de consuelo y prorrumpe estos bellos versos:
“No sé conqué destino prodigioso
Volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido mas dichoso?”
Pero sobre todo, el alma de la jóven está retratada con toda la fuerza del amor concentrado que la abrumaba, en el bellìsimo soneto cuarto, que comienza:
“¡Detente sombra de mi bien esquivo!”
¿Puede espresarse de la manera que lo hace Sor Juana en estos versos quien no se siente penetrado de una vivísima pasion? ¡Oh, no! Si así fuera, tendríamos que convenir con un absurdo, con que el arte que sabe concertar las palabras y producir la armonía, tiene tambien la virtud de arrancar del corazon afectos que no conoce. ¡Oh, no! repetimos; quien pretenda convencernos enséñenos los granos de oro extraidos de una mina de hulla.
Otras veces la poetisa, en aquel estado del alma enamorada en que la sacuden al mismo tiempo el deseo y el temor, la desconfianza y la indecision, pinta los afectos de la pasion con desenfado y melancólica gracia, como en las cuartetas que comienzan:
“Este amoroso tormento
Que en mi corazon se ve,
Sé que lo siento, y no sé
La causa por qué lo siento.
“Siento una grave agonìa
Por lograr un devaneo,
Que empieza como deseo
Y acaba en melancolía.”
En las endechas se siente el mismo calor, se percibe el mismo aroma, se oye la misma voz apasionada. En una de ellas dice:
“De tu rostro en el mio
Haz amorosa estampa,
Y mis mejillas frías
De ardiente llanto baña.”
...........
Recibe de mis labios
El que en mortales ansias
El exánime pecho
Ultimo aliento exhala!”
En los “Sentimientos de una ausencia” y la “Satisfaccion á unos celos,” se miran, prescindiendo de algunos de los defectos de que ya hemos hablado, abundantes oleadas de amor y sentimiento que conmueven y arrebatan. Rasgos como los siguientes hay varios en la primera de esas poesías:
“Si ves el cielo claro,
Tal es la sencillez del alma mia;
Y si, de azul avaro,
De tinieblas se emboza el claro dia,
Es con su oscuridad y su inclemencia
Imágen de mi vida en esta ausencia.
Mas ¿cuándo ¡ay gloria mia!
Mereceré gozar tu luz serena?
¿Cuándo llegará el dia
Que pongas dulce fin á tanta pena?
¿Cuando veré tus ojos, dulce encanto,
Y de los mios secarás el llanto?
Esta composicion nos trae á la memoria la celebrada cancion de Mira de Améscua, que presenta tantos objetos de la naturaleza como símiles de las diversas faces de su triste suerte.
De igual mérito es la segunda de las piezas citadas. ¡Qué pasion, qué ternura tan inocente, qué vigor de espresion la de este par de estrofas!
“Si otros ojos he visto,
Mátenme, Fabio, tus airados ojos;
Si á otro cariño asisto,
Asìstanme implacables tus enojos;
Y si otro amor del tuyo me divierte,
Tú que me has dado vida, me des muerte.
Si á otro alegre he mirado,
Nunca alegre me mires ni me vea;
Si le hablé con agrado,
Eterno desagrado en tí posea;
Y si otro amor inquieta mi sentido,
Sáquesme el alma tú que mi alma has sido.”
Lector, pon la mano sobre el corazon, y si no le sientes agitado despues de la lectura de esos versos, confiesa que le tienes de mármol.
En otras composiciones finge la poetisa el dolor de una mujer que ha perdido á su esposo, y da paso franco á un torrente de llanto y llamas que no puede contener en el propio corazon. Comienza con estos muy significativos y valientes versos.
“A estos peñascos rudos,
Mudos testigos del dolor que siento,
Que solo siendo mudos
Pudiera yo fiarles mi tormento,
...........
Quiero contar mis males, &.”
Espresa luego en medio de un dolor delirante que, para mitigarle con la memoria de algun mal, habria querido que el esposo hubiese sido ménos amable y ménos fiel. Exajeracion hay sin duda en el pensamiento, pero mucha verdad en el modo de espresarlo:
“¡Quién tan dichosa fuera
Que de un agravio indigno se quejara!”
¡Quién un desden llorara!
¡Quién un alto imposible pretendiera!
¡Quién llegara de ausencia ó de mudanza
Casi á perder de vista la esperanza!
¡Quién en ajenos brazos
Viera á su dueño, y con dolor rabioso
Se arrancara á pedazos
Del pecho ardiente el corazon celoso!”
¡Qué versos todos! pero especialmente ¡qué versos los cuatro últimos! son brasas desprendidas de la hoguera del corazon. Espronceda nos habia sorprendido con su esclamacion en el “Canto á Teresa:”
“Huid, si no quereis que llegue un dia,
En que enredado en retorcidos lazos
El corazon, con bárbara porfía
Lucheis por arrancároslo en pedazos.”
...........
“Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazon pedazos hecho;”
pero los quilates de estos versos han rebajado bastante, á nuestro juicio, desde el punto en que hemos dado con los de la vehemente religiosa.
Basta para nuestro propósito lo que dejamos citado. Quien desee mas pruebas, lea las varias poesìas de carácter erótico en la compilacion que hemos formado de lo mas florido de las producciones de Sor Juana Ines. Solo falta que digamos, porque nos cumple decirlo, que en aquellas poesías tan apasionadas, tan fogosas, tan sájicas por el espíritu que las anima, no obstante que desdicen del estado religioso de su autora, no hay desenvoltura repugnante, no hay aquel sensualismo pagano que, por ejemplo, se ha censurado en la monja portuguesa, Violante de Ceo, coetánea de Sor Juana Ines. Si esta poetisó movida por un sentimiento puramente humano, nunca consintió que llegasen á su lira los dedos de la inmunda lascivia. Fué monja contra la naturaleza de su genio, y escribió para fuera del convento. Su espíritu se escurrió al mundo por entre las rejas del locutorio; mas el espíritu del mundo no la extravió ni manchó jamas. Sus virtudes de monja, aunque en todo caso virtudes, fueron adquiridas por fuerza; sus virtudes seculares, excelentes para la vida social y activa, fueron espontáneas; en estas tuvo el mérito de la docilidad para seguirlas y de la sinceridad de mostrarlas sin ofender la modestia; en aquellas tuvo el mérito del valor y del sacrificio, pues que tuvo que luchar consigo misma: las poseyó por derecho de conquista. De esta manera se esplica por qué su musa, mal avenida con la toca, prescindió con frecuencia de las virtudes ascéticas y respetó las sociales. Las primeras la obligaban á contradecir, á condenar sus afectos, y esto era imposible; las segundas podian santificar esos afectos quitándoles todo veneno corruptor, y á esa causa las dió preferencia.
No son ménos recomendables las demas poesías líricas de Sor Juana Ines, pues en todas ellas se ve patente su privilegiado ingenio y las dotes de su varonil al par que afectuoso corazon. Inclinada al tono cortesano, la gracia y el donaire le son naturales. La monotonía, la flojedad, el prosaismo, la vulgaridad que atras condenamos, son mucho ménos frecuentes en este género que en el dramático, y son asombrosos la habilidad y el garbo masculino y señoril con que se desembaraza de las mayores dificultades del arte y del pensamiento. Ha escrito buenos romances hasta en el frívolo género de la lisonja en los cumpleaños y otras felicitaciones; en algunos luce el sencillo y fácil lenguaje epistolar manejado con notable maestría. Su tino y delicadeza al espresarse en el seno de la amistad son admirables. Citemos como muestra el soneto en versos agudos que empieza:
“En mi vida, que siempre tuya fué,” y que está dedicado á la marquesa de Mancera. Los dos sonetos á la muerte del duque de Veráguas, por desgracia no de los mejores como artìsticos, en el fondo encierran imágenes bellas y muy delicadas ideas. El cuarteto con que comienza el primero nos parece muy bueno:
“Ves, caminante: en esta triste pira
La potencia de Jove está postrada;
Aquí Marte rindió su fuerte espada,
Aquí Apolo rompió su dulce lira.”
Los dos versos con que termina el segundo nos atrevemos á calificarlos de ricas perlas: despues de lamentarse la poetisa derigiéndose á un caminante (¡siempre ha de ser caminante el que lea un epitafio!), se consuela al considerar que vivirá la memoria del noble duque, pues
“En las piedras verás el Aquí yace,
Mas en los corazones, Aquí vive.”
Entre las cualidades que mas llaman la atencion al leer las obras de la musa mejicana, no debemos olvidar tampoco el gran conocimiento que muestra del corazon humano, y la tendencia que de aquì le viene á filosofar, indagando ya la naturaleza de las pasiones, ya sus consecuencias, ó bien examinando y pesando los sucesos de la vida con seso y pulso superiores á su sexo y al tiempo y tierra en que vivió. Como prueba de esta verdad, ahí están sus cuartetas “A los hombres,” en que con estilo severo y lógica percuciente les echa en cara su indigno porte con las mujeres, de cuyas faltas y vicios ellos son responsables ante Dios y la sociedad; ahí están igualmente varios de sus sonetos, como el que comienza:
“Fabio, en el ser de todos adoradas
Son todas las beldades codiciosas,”
el cual encierra una leccion maestra sobre la ambicion de las mujeres en lo tocante al amor. El soneto X,
“Miró Celia una rosa que en el prado &, es otro estudio muy acertado del corazon femenino. No son ménos notables los sonetos históricos “A Lucrecia,” “La esposa de Pompeyo” y “A Porcia.” El temple de alma de estas heroinas de la antigua Roma halló correspondencia en el alma de Sor Juana Ines, que á no haber tenido virtudes cristianas, no le habrían faltado las nobles prendas de aquellas mujeres.
Ahí están, por ùltimo como pruebas de nuestro sentir, unos cuantos trozos en los versos y en la prosa, que puede ir observando el atento lector.
En las poesías religiosas es inferior la monja, mas en ningun caso despreciable. Lo que mas se presta á la censura es el haber empleado en ellas un lenguaje profano, y á veces hasta chocarrero. Las mejores son las que produjo cuando, despues de haber vendido su librería y dado completamente de mano á las cosas del mundo, se entregó fervorosa á las prácticas devotas. Al principio de esta época debe referirse el bello romance que comienza con estas dos fàciles y sentidas cuartetas:
“Miéntras la gracia me excita
Por levantarme á la esfera,
Mas me abate á lo profundo
El peso de mis miserias.
“La virtud y la costumbre
En el corazon pelean,
Y el corazon agoniza
En tanto que lidian ellas.”
En este romance se ve ciertamente que el corazon de la sensible religiosa sirviò de palestra á la lucha de encontrados afectos, y, triunfe cualquiera de ellos, por demas seguro era que el corazon quedaría mal parado.
Un villancico ligero y gracioso al sueño de San José, da principio con un pensamiento semejante al de “La flor de Zurguen” de Meléndez Valdes:
“Quietos, airecillos,
No, no susurreis;
Mirad que descansa
Un rato José.
“No, no os movais,
Oh no, no voleis;
Quedito, pasito,
Que duerme José.”
En el género de poesìa que nos ocupa empleaba algunas veces nuestra monja el metro llamado lira, hoy en desuso, y que en composiciones de corto aliento no deja de ser agradable, porque entónces la repeticion cadenciosa de ciertas palabras no fastidia, como tampoco es fastidioso el compasado martilleo del mismo verso en la letrilla, tan usada por los poetas modernos.
Sor Juana, versada en el latin, no solo tradujo versos de esta lengua, sino que los hizo con soltura y donaire.
La poesía juguetona y burlesca ocupó tambien con frecuencia la lira de la célebre poetisa. Se chancea de las simplezas de un caballero español que la comparó con el ave Fénix, echa unas cuantas pullas á un poeta peruano[D] que le dedicó un romance, y burlándose con sorprendente facilidad de los consonantes forzados en varios sonetos, lanza agudas saetas ya contra Teresilla, ya contra los mismos que la tentaron con la dificultad que acepta y vence; saetas que, en puridad, habria sido mejor que no todas saliesen de su aljaba, porque hieren demasiado... En el “Retrato de una belleza,” imitacion de Jacinto Polo, segun la misma autora, hay algunos rasgos satíricos bastante felices; pero cansa y fatiga su demasiada extension.
Los epigramas son breves y agudos. Los mas recomendables son el primero y el tercero; mas de las ideas que encierran decimos lo que de aquellas saetas, pues no nos parecen dignas de una monja, ni siquiera propias de una dama de la delicadeza y pulcritud de corazon de Juana Ines. Tenemos, por lo mismo, que apreciarlos prescindiendo de la autora, de cuya pluma no quisiéramos ver destilar ni una sola gota de acíbar.
De las comedias, “Amor es mas laberinto,” que pertenece al género heróico, es un embrollo inverosímil y pesado, que no tiene otra cosa recomendable si no es, por lo general, su bella y delicada versificacion. El segundo acto es obra de don Juan de Guevara, y colocado entre el primero y tercero de Sor Juana Ines, hace el efecto de una piedra pómez entre dos trozos de mármol. El lirismo que predomina en todas las poesías de la monja, se estiende á sus composiciones dramáticas, y es quizá mas notable en la comedia que nos ocupa.
La segunda intitulada “Los empeños de una casa,” y que pertenece á las de capa y espada, vale mucho mas, aunque el artificio de la trama la hace tambien en muchas partes inverosìmil de puro enredado, defecto muy frecuente, á nuestro ver, hasta en varias de las mejores piezas dramáticas españolas de aquel siglo y del siguiente. El exceso de ingenio perjudicaba á sus autores, como perjudica á los árboles la exuberancia de savia.
Es de notar que en la pintura de doña Leonor hecha en la primera jornada de esta pieza, se descubre el intento de la autora de hacer su propio retrato.
En ambas comedias observamos que la poetisa gusta de escenas en la noche y á media luz para facilitar los toques cómicos ó dramáticos, ó el desenlace de algun punto muy complicado; en ambas asimismo hay doncellas y graciosos de tipo muy español, que sirven de confidentes y pajes á los principales protagonistas. En fin, por defectuosas que sean, no se puede desconocer en ellas la escuela á que pertenecen y la hábil mano que las ha trazado.
En punto á caracteres, aunque Sor Juana Ines los ha sostenido bien, no ha pintado ninguno que se distinga por la originalidad; y son, ademas, escasos de vivacidad y movimiento en las pasiones, y bastante pálidos é insustanciales.
Con todo, “Los empeños de una casa” se lee con mucho agrado, á beneficio de la flexibilidad y gracia del estilo, y de la soltura y armonía del verso.
El argumento, desembarazado de sus numerosos incidentes y reducido á su plan fundamental, queda así: don Pedro y don Cárlos son á un tiempo amantes de doña Leonor, quien corresponde al segundo. Doña Ana, hermana del primero, es amada de don Juan; mas se prenda ciegamente de don Cárlos. Este ha robado á Leonor y fuga con ella; pero don Pedro lo ha sabido con anticipacion, y merced á las arterías que emplea, son sorprendidos en la calle por dos embozados. Se cruzan los aceros, don Cárlos hiere á uno de ellos; los amantes son presos por la supuesta justicia, y doña Leonor es entrada y puesta en depósito en casa de don Pedro, como este lo habia dispuesto. Pero, sin saberlo ella, don Cárlos, que ha logrado fugar, cae tambien en la misma casa. Ambos hermanos aprovechan la coyuntura, y don Pedro requiere á doña Leonor, y doña Ana á don Cárlos, aunque esta con disimulo y maña, procurando al mismo tiempo, por medio de la astuta Celia, su doncella, romper los amores de él con Leonor, quien sencillamente le instruyó de ellos. Despues de un intrincado laberinto de hechos, por obra de las tramas de doña Ana y Celia, y de los recíprocos celos de todos los amantes, incluso don Juan que ya sospecha de aquella, fugan por la noche doña Leonor y don Cárlos, ambos engañados, pues él cree que ella es doña Ana y la otra que él es don Juan. Como don Cárlos diera este paso por salvar de un lance de honor á la hermana de don Pedro, juzga prudente llevarla á casa de don Rodrigo, padre de Leonor, que la supone robada por don Pedro. Entretanto Ana, que no pudo huir, quiere salvar á don Cárlos, y equivocadamente pone á don Juan en un escondite, miéntras don Pedro galantea y requiebra al paje Castaño, que para facilitar su evasion se disfrazó con los vestido de doña Leonor. Don Rodrigo, viejo prudente, quiere salvar la honra de su hija casándola con don Pedro, y la honra de doña Ana, á quien piensa que tiene en su casa, enlazándola con don Cárlos. Vase, pues, á hacer sus arreglos con don Pedro, que, por supuesto, acepta al instante la proposicion del anciano para él y para su hermana. Esta, que todo lo ha estado oyendo, se presenta de sobresalto y gozosa, sorprendiendo mucho á don Rodrigo, y hace salir del escondite al supuesto don Cárlos; y don Cárlos, que todo lo ha visto tambien, observa lleno de confusion que Ana está presente y que luego asoma por ahí su amada. Lánzase airado en medio de todos para sacarla, y da con su paje disfrazado. Auméntase el asombro, pues todos van conociéndose; don Pedro se enfurece contra Castaño, doña Ana se ve corrida, mohino don Juan, y doña Leonor que aparece á tiempo para que todo se desenrede, confiesa su pasion por don Cárlos, con quien al fin don Rodrigo consiente en casarla. Ana se conforma con sus antiguos amores y acepta á don Juan, y don Pedro se queda con sus galanterías mal empleadas en Castaño, el que se burla del pobre caballero y termina por echar unos piropos á Celia.
Tal es el argumento, ingenioso sin duda, que la autora ha ido desenvolviendo y manejando por medio de unos cuantos resortes que le sugeria su fecunda imaginacion. Hay diálogos animados, y Castaño no deja de tener sal en algunos pasages.
En los autos se ha sujetado nuestra monja con fidelidad á las reglas del género, y los ha escrito como Calderon y Lope de Vega; pero en estos dramas que han caido en total desuso, y en los cuales la fe ayudaba poderosamante á la imaginacion, se presentan mas de bulto los defectos en que solía incurrir Sor Juana Ines, y de los cuales hemos tratado ya, sin que por esto neguemos las bellezas que tan raro ingenio ha esparcido en dichas producciones. Se cita como el mejor el auto intitulado El Divino Narciso; mas creemos que al lado de este esfuerzo de la inventiva de Sor Juana, en que la alegoría es á veces un enigma, pudiera colocarse, quizas con ventaja, el San Hermenegildo mártir.
VI
El verso es para el corazon y la prosa para la cabeza; aquel es el sentimiento, esta la lógica.
No queremos decir que no se puedan espresar los mas vivos afectos tambien en prosa, ni que el metro anda reñido con la gravedad del raciocinio; nada de eso, pues no hacemos sino indicar el mejor y mas natural empleo relativo de cada una de esas formas.
Sor Juana Ines de la Cruz, como hemos visto, empleó el verso cuando quiso mostrarse poetisa, esto es, cuando quiso hablar con el corazon, dando salida á los afectos que en él hervian. Pero al proponerse escribir con los materiales acumulados en su privilegiada cabeza, manejó la prosa como debia y podia, con desenfado y galanura.
Las frecuentes citas en latin y la pesada forma silogística, así como tambien algunas sutilezas y rebuscadas frases, son los defectos de cuenta que Sor Juana Ines no ha podido evitar en esta clase de escritos. Era bien difícil que hubiera alcanzado á sacudirse del escolasticismo y gusto de la época, y es mucho verla desempeñarse de la manera que lo hace, á fuerza de talento y de saber, de profunda penetracion y delicado sentimiento. La naturaleza se sobrepuso á la escuela, y la lucidez de la inteligencia á las sombras del estragado gusto á la moda. La lengua, salvo tal cual defecto proveniente del mismo descarrío ó amaneramiento de la forma, y del melindre en labrar y redondear las mas sencillas ideas, muestra en el fondo pureza y casticismo dignos de alabanza. Si las producciones de la madre Juana pecan tal cual vez por la innecesaria espresion de muchos conceptos, juzgamos que, por otra parte, no pueden ser tachados de inútil fraseología, defecto capitalísimo en el dia, hasta en algunos de los que han alcanzado fama de grandes escritores en Europa y América.
El escrito en prosa en que nuestra monja quiso hacer mayor alarde de las premisas y consecuencias peripatéticas, y en el que, por lo mismo, es bastante cansada, es la “Crísis sobre un sermon;” pero, en cambio, en él resaltan como en ningun otro la fuerza viril de su inteligencia, su razon despejada y los profundos conocimientos escriturarios que llegó á poseer. El predicador, que fué el afamado padre Vieira, portugues, se empeñó en lucir su pedantesco saber y dió márgen á que la monja le despedazase bajo los golpes de una censura lógica y bien dirigida. El tema del sermon fué proponer la opinion de los santos Agustin, Tomas y Juan Crisóstomo acerca de las finezas de Cristo para con los hombres, y contradecirla luego probando que mayor fineza fué ausentarse que morir. La simple enunciacion de semejante aserto hace comprender cuales serian las sutilezas y falsedad de la dialéctica del buen orador.
La sabia religiosa, gastando excesiva urbanidad con él, analiza y escudriña su obra, defiende á los santos, y con argumentos que los escritos de estos mismos y las Santas Escrituras la proporcionan, sostiene la tésis contraria, motejando de paso y con sagaz disimulo la vanidad del predicador que llegó á decir no hallaba quien pudiese contradecirle.
Pongamos como muestra del estilo y manera de raciocinar de la monja el siguiente trozo:
“Pero porque me propuse probar que no es la ausencia mayor dolor que la muerte, y, por consiguiente, ni mayor fineza, sino al contrario, será preciso responder á la prueba de la Magdalena, y así digo: Que de llorar la Magdalena en el sepulcro y no llorar al pié de la cruz, no se infiere sea mayor dolor el de la ausencia que el de la muerte; ántes lo contrario. Pruébolo:
“Cuando se recibe algun grande pesar, acuden todos los espíritus vitales á socorrer la agonía del corazon que desfallece. Y esta retraccion de espíritus ocasiona general embargo y suspension de todas las acciones y movimientos, hasta que moderándose el dolor, cobra el corazon alientos para su desahogo, y exhala por el llanto aquellos mismos espíritus que le bruman por confortarle, en señal de que ya no necesita de tanto fomento como al principio. De donde se prueba por razon natural: Que es menos el dolor cuando da lugar al llanto, que cuando no permite que se exhalen los espíritus, porque los necesita para su aliento y confortacion. Pruébase con que este mismo efecto suele ocasionar un gozo: luego no son indicio de muy grave dolor las lágrimas, pues son un signo tan comun, que indiferentemente sirve al pesar y al gusto.”
Esta crítica fué ocasion de que Sor Filotea de la Cruz, religiosa de cuenta por su alcurnia, virtudes é inteligencia, dirigiese á la autora la carta que ántes hemos citado, no despreciable por la manera con que está escrita.[E] En ella elogia la obra de Sor Juana, que mandó imprimir con el título “Carta atenagórica,” y despues de apreciar y aplaudir la aficion de las mujeres á las letras, y especialmente en Sor Juana Ines el cultivo de la poesía, la aconseja que sinembargo modere su amor á las ciencias profanas y emplee en las divinas la mayor parte del tiempo.
A Sor Filotea respondió extensamente la poetisa. La naturaleza de este escrito no permitió el movimiento y tono escolásticos. Tiene algunos rasgos calcados sobre el gusto dominante, como tal cual meloso concepto, unas pocas sutilezas y muchas citas en latin, que si bien prueban clásica erudicion, no por eso dejan de ser fastidiosas. En cambio el español está manejado con pulcritud y gallardía, el estilo, si bien no siempre epistolar, es natural y fluido, la erudicion es oportuna y la riqueza y flexibilidad de imaginacion siempre de encumbrada poetisa. La lectura de esta carta es, pues, muy agradable; sus buenas cualidades hacen olvidar sus cortos defectos. Principia agradeciendo á Sor Filotea en palabras casi humildes el haber hecho publicar la “Crísis sobre un sermon;” pasa á darle algunas noticias sobre su propia vida y estudios, y termina defendiéndose de las acusaciones que se le habian hecho á causa de su amor y consagracion á ellos.
El “Neptuno alegórico,” descripcion en verso y prosa de un arco de triunfo erigido en Méjico en honra del conde de Parédes, virey de Nueva España, es lo que ménos vale de lo escrito por Sor Juana Ines. Pero su prosa mística tiene grande mérito, porque ademas de las buenas partes que hemos notado en las piezas que acabamos de examinar, sus oraciones y meditaciones están adornadas de tal sencillez y blandura de afectos, de tal uncion devota y espíritu de profunda verdad, que ojalá estuviesen escritos por ese tenor los centenares de libros de esta clase que andan hoy en manos de la gente piadosa hasta en nuestras mas cortas y pobres aldeas. Los “Ejercicios devotos” para la novena de la Encarnacion son lo mejor que en este género de escritos ha dejado Sor Juana Ines.
ADVERTENCIAS.
1ª. Al verificar la seleccion de las obras de Sor Juana Ines de la Cruz, he creido conveniente cambiar ó simplificar los títulos ampulosos y enfáticos de muchas poesías, pues no habia para qué conservar un defecto que era propio del tiempo de la autora, y cuya correccion en nada altera lo sustancial de sus producciones.
2ª. He corregido la ortografía, cuyos vicios maleaban el sentido de mas de un pasage.
3ª. He hecho unas pocas y breves alteraciones en los lugares en que no cabe duda que las faltas ó errores provienen de la imprenta; libertad que me he tomado con tanta mas razon, cuanto las ediciones de los tres tomos que he consultado, son viciadas por demas, y ninguno tiene fe de erratas.
4ª. De varias piezas no he tomado sino fragmentos; pero lo he verificado de manera que, en lo posible, tengan ilacion y sentido cabal; esto es, que para ser entendidos no les haga falta la parte suprimida.
En ninguno de los cuatro casos se hallará ni el mas ligero cambio ú omision que pueda desfigurar, en el fondo ó en la forma, las producciones de la insigne religiosa que hoy vuelven á salir á luz; al contrario, ademas de fielmente copiadas van exentas de la mala compañía de otras que las oscurecian, y puestas en el órden conveniente.
OBRAS SELECTAS
DE
LA MONJA DE MEJICO.
ROMANCES.
I.
A los condes de Paredes, vireyes de Méjico, con motivo de haber concurrido á una fiesta en el monasterio de San Gerónimo.[F]
Hoy que las luces divinas
De uno y otro luminar
Se avecinan á la tierra
Sin ocultarse en el mar:
Hoy que se muestran benignos,
Depuesto el tono real,
Jove sin vibrar el rayo,
Juno sin la majestad:
Hoy que Vénus de sus cisnes
Desunce el carro triunfal,
Y por América olvida
De Chipre la amenidad:
Hoy que gloriosa Belona
Tremola señas de paz,
Y por el ramo de oliva
Depone el asta fatal:
Hoy que Apolo ardiente deja
El monte de fatigar,
Y dejadas las saetas
Usa la lira no mas:
Hoy que pacífico Marte
Deja el estruendo marcial,
Y en tranquila paz conmuta
El estrépito campal:
Hoy que Alcídes apacible
En dulce tranquilidad
Y con mejor Yole cambia
Lo fuerte por lo galan:
Hoy, en fin, que en esta casa
Humanada la deidad,
Cuanto está mas disfrazada,
Tanto está mas celestial,
Su dueño, que en reverentes
Obsequios quiere mostrar
Que solo paga en deseos
Lo que no puede pagar,
No intenta pedir perdones,
Aunque ve su cortedad,
Pues sabe que en los favores
El primero es perdonar;
Y pedir lo que se ha dado
Fuera querer estrechar
De una peticion al voto
Tanta liberalidad;
Pues sabe que las deidades
No tienen necesidad,
Como obran independientes,
De méritos para obrar;
Porque ántes en el indigno
Hace la grandeza mas:
Que es la estrechez del mendigo
Lisonja del liberal;
Que á no haber necesitados
No hallara objeto capaz,
Y era frustránea potencia
A faltar necesidad.
El bien es comunicable,
Y si llegara á faltar
Con quien, siempre fuera bien,
Mas no fuera utilidad.
Y así gustoso en su esfera,
Otra no quiere envidiar,
Pues merece que tres soles
Le lleguen á iluminar;
Y remitiendo al silencio
Lo que no puede esplicar,
A sí mismo de sus dichas
Los parabienes se da.
II
Dando el parabien á un doctorado.
Gallardo jóven ilustre,
Que en bien logrados abriles
De sazon temprana ofreces
Frutos que el Otoño envidie.
Tú que en gloriosa palestra
De las literarias lides,
Al alto honor de las ciencias
Nuevo añades sacro timbre;
Cuyo nombre será siempre,
En inscripciones plausibles,
Fatiga honrosa á los bronces,
Dulce afan á los buriles;
Hoy que doctoral insignia
Tu dichosa frente ciñe,
Y que de la amarga siembra
Gustosos frutos percibes,
Goza el laurel, goza el premio
Que tu fama te apercibe,
Puro blason que te adorne,
Cándido honor que te anime;
Gózale honroso, aun que corto
Desigualmente compite
El que tus sienes halaga
Al que tus méritos piden;
Gózale, excepcion del tiempo,
Y porque el mundo te admire,
Vive tanto como sabes,
Goza tanto como vives.
III
A un caballero español que dirigió á la autora un romance, diciéndola haber hallado en ella el fénix.
Válgate Apolo por hombre
[No acabo de santiguarme
Mas que vieja cuando Jove
Dispara sus triquitraques]
De tan paradoja idea,
De tan remoto dictámen;
Sin duda que este el autor
Es de los estravagantes.
Buscando dice que viene
Aquel pájaro que nadie,
Por mas que lo alaben todos,
Ha sabido á lo que sabe;
Para quien las cetrerias
Se inventaron tan en balde,
Que es un gallina el alcon
Y una mandria el gerifalte,
El azor un avechuelo,
Una marimanta el sacre,
Un cobarde el tagarote
Y un menguado el gavilane;
A quien no se le da un bledo
De que se prevenga el guante,
Pihuelas y capirote,
Con todos los demas trastes,
Que bien mirados son unos
Trampantojos borëales,
Que inventó la golosina
Para alborotar el aire;
De cuyo antojo quedaron,
Por mucho que lo buscasen,
Sardanápalo en ayunas,
Heliogábalo con hambre.
De él el pobre caballero
Dice que viene al alcance,
Revolviendo las provincias
Y trasegando los mares;
Que para hallarlo, de Plinio
Un itinerario trae,
Y un mandamiento de Apolo
Con las señas de rara avis.
¿No echas de ver, peregrino,
Que el fénix sin semejante
Es de Plinio la mentira
Que de sí misma renace?
En fin, hasta aquí es nonada;
Mas nunca falta quien cante
Daca el fénix, toma el fénix,
En cada esquina de calle.
Es lo mejor que es á mí
A quien quiere encenizarme,
O enfenixarme, supuesto
Que allá uno y otro se sale.
Dice que yo soy la fénix
Que, burlando las edades,
Ya se vive, ya se muere
Ya se entierra, ya se nace;
La que hace de cuna y tumba
Diptongo tan admirable,
Que le mece de nacida
La que le guardó cadáver;
La que en fragantes incendios
De las gomas mas suaves,
Es parecer consumirse
Volver á vivificarse;
La mayorazga del sol,
Que, cuando su pompa esparce,
Le engasta Ceilan el pico,
Le enriza Ofir el plumage;
La que mira con záfiros,
La que vuela con diamantes,
La que pica con rubíes
Y respira suavidades;
La que Atrópos y Laquésis
Es de su vital estambre;
Pues es la que corta el hilo
Y la que vuelve á enhebrarle.
Que yo soy, jurado Apolo,
La que vive de portante,
Y en la vida como en venta,
Ya se mete, ya se sale.
Que es Arabia la feliz
Donde sucedió á mi madre
Mala noche y parir hembra,
Segun dicen los refranes.
(Refranes, dije, y es que
Me lo rogó el consonante,
Y porque hay regla que dice;
Pro singulare plurale)
En fin, donde se pasó
La rota de Roncesválles;
Aunque quien nació de nones
no debiera tener pares.
Que yo soy la que andar suele
En símiles elegantes,
Abultando los renglones
Y engalanando romances.
El lo dice, y de manera
Eficaz lo persüade
Que casi estoy por crerlo,
Y de afirmarlo por casi.
¡Qué fuera, que fuera yo
Y no lo supiera ántes!
Pues ¿quién duda que es el fénix
El que ménos de sí sabe?
Por Dios, yo lo quiero ser,
Pésele á quien le pesare;
Pues de que me queme yo
No hay razon que otro se abrase.
Yo no pensaba en tal cosa;
Mas si él gusta graduarme
De fénix, ¿he de echar yo
Aqueste honor á la calle?
¿Qué mucho que yo lo admita?
Pues nadie puede espantarse
De que haya quien se enfenice,
Cuando hay quien se ensalamandre,
Y de esto segundo vemos
Cada dia los amantes,
Al incendio de unos ojos
Consumirse sin quemarse;
Pues luego no será mucho,
Ni cosa para culparme,
Si hay solamandras barbadas
Que haya fénix que no barbe,
Quizá por esto nací
Donde los rayos solares
Me mirasen de hito en hito,
No vizcos, como á otras partes.
Lo que mas gusto me ha dado
Es ver que de aquí adelante
Tengo solamente yo
De ser todo mi linage.
¿Hay cosa como saber
Que no dependo de nadie,
Que he de vivirme y morirme
Cuando á mí se me antojare?
¿Que no soy término ya
De relaciones vulgares,
Ni ha de cansarme el pariente
Ni molestarme el compadre?
¿Que yo soy toda mi especie,
Y que á nadie he de inclinarme,
Pues cualquiera debe solo
Amar á su semejante?
¿Que al médico no he de ver
Hacer juicio de mi achaque,
Pagándole el que me cure
Tanto como el que me mate?
¿Que mi tintero es la hoguera
Donde tengo de quemarme,
Supliendo los algodones
Por aromas orientales?
¿Que las plumas con que escribo
Son las que al viento se baten,
No ménos para vivirme
Que para resucitarme?
¿Que no he de hacer testamento,
Ni cansarme en item mases,
Ni inventario, pues yo misma
He de volver á heredarme?
Gracias á Dios que ya no
He de moler chocolate,
Ni me ha de moler á mí
Quien viniere á visitarme.
Ya con estas buenas nuevas
De hoy mas tengo de estimarme,
Y de etiquetas de fénix
No he de perder un instante.
Ni tengo ya de sufrir
Que en mí los poetas hablen,
Ni ha de verme de sus ojos
El que no me lo pagare.
¿Cómo? Eso se querrian
Tener el fénix de balde:
¿Para qué tengo yo pico
Si no es para despicarme?
¡Qué dieran los saltimbancos
Para poder agarrarme,
Y llevarme como monstruo
Por esos andurrïales
De Italia y Francia, que son
Amigas de novedades!
Y ¡qué pagaran por ver
La cabeza del gigante,
Diciendo: “Quien ver el fénix
Quisiere, dos cuartos pague,
Que lo muestra maese Pedro
En la posada de Jáques!”
Aqueso no, no vereis
En este fénix, vergantes,
Que por eso está encerrado
Debajo de treinta llaves.
Y supuesto, caballero,
Que á costa de mil afanes
En la Invencion de la Cruz
Vos la del fénix hallásteis.
Por modo de privilegio
De inventor, quiero que nadie
Pueda, sin vuestra licencia,
A otra cosa compararme.
IV
A la condesa de Paredes, escusándose de enviarla un cuaderno de música.
Despues de estimar mi amor,
Excelsa, bella María,
El que en la divina vuestra
Conserveis memorias mias;