[Nota de transcripción]

[Índice]

NATURALEZA DE LAS COSAS



TITO LUCRECIO CARO


NATURALEZA DE LAS COSAS

VERSIÓN EN PROSA DEL POEMA «DE RERUM NATURA»

POR

MANUEL RODRÍGUEZ-NAVAS


MADRID: 1892


Es propiedad del traductor.


Agustín Avrial.—Impr. de la Comp. de Impr. y Libreros.
S. Bernardo, 92.—Teléfono núm. 3.674.


NOTICIA BIOGRÁFICA


Según los datos más fidedignos que se han podido reunir, Tito Lucrecio Caro nació, hace ahora 1988 años, en el 658 de la fundación de Roma, correspondiente á la Olimpiada 171.ª, en ocasión en que eran cónsules Cn. Domicio Ahenobarbus y C. Cassius Longino: después de estudiar en Roma pasó á Atenas, donde siguió con Filodemo y uno de los dos Ptolomeos de Alejandría, las lecciones de Zenón, discípulo de Apolodoro, sucesor, este último, de Basílides y de Dionisio en la dirección de la escuela epicúrea: volvió á Roma cuando su amigo C. Memmio obtuvo el cargo de pretor, y acompañó á este mismo, en unión con el poeta Catulo y el gramático Curcio Nicetas, al gobierno de Bitinia: bien pronto, deseoso de entregarse completamente al estudio de los fenómenos de la Naturaleza y de la vida, regresó á Roma, donde, entristecido con el espectáculo que ofrecía la sociedad, agitada por mezquinos intereses, preocupaciones, odios, ambiciones desenfrenadas y guerras intestinas, vivió alejado en absoluto de las contiendas públicas hasta la edad de cuarenta y tres años en que murió. Eusebio de Cesarea cree que se suicidó, pero este parecer no descansa en ningún sólido fundamento.

El poema didáctico De Rerum Natura, de Lucrecio, es la obra más notable, más bella, más grandiosa y de más difícil empeño que nos legó la antigüedad clásica; porque antes de Lucrecio y después de él hubo en Grecia y en Roma poetas que trataran asuntos agradables en versos harmoniosos llenos de encanto y sonoridad; pero no hubo quien penetrara en los misterios de la Naturaleza é intentara, como él, desvanecerlos con observaciones profundas, muchas de las cuales han sido confirmadas en nuestros días por la Física, la Química, la Astronomía y la Geología; también abundaron los poetas que utilizaran y fomentaran las supersticiones del paganismo, pero solamente Lucrecio las combatió con denuedo en forma poética y supo arrostrar con ese motivo las iras y el encono de los interesados en sostenerlas: ¿quién duda que los poetas, lo mismo en Grecia que en Roma, siempre halagaron á los poderosos y á los ignorantes, desfiguraron la verdad con ficciones de todo género, inventaron fábulas que eran mejor recibidas cuanto más extravagantes eran, y de hechos naturales interpretados arbitrariamente crearon una multitud de fantásticos genios que producían cuantiosas utilidades á los mismos sacerdotes y pontífices que de ellos se reían? Pero Lucrecio no quiso vender su adhesión ni aun siquiera su silencio al poder ó á la ignorancia, ni quiso valerse de su talento en propio beneficio, ni entregar su maravilloso estro á disposición de la mentira sistematizada, y, por lo contrario, puso todo su empeño en estudiar sin prejuicios y en comunicar sin ambigüedades á sus conciudadanos el fruto de sus laboriosas investigaciones, aunque sabía que al llevar á cabo su empresa, por lo que ésta perjudicaba á los intereses constituidos, había de ser blanco de toda clase de injuria y había de perder todo reposo y la esperanza de todo bienestar; pues entonces, como hoy y como siempre, los goces de la fortuna y los beneficios sociales estaban reservados al adulador envilecido y al defensor más ó menos ingenuo, pero interesado siempre, de las costumbres y de las instituciones dominantes. En Grecia y en Roma los poetas atendían en primer término á sus personales conveniencias; Lucrecio fué el único, sin duda, que sirvió desinteresadamente á la verdad; pudo estar equivocado, pero fué siempre sincero.

Ahí está su obra literaria: en ella se muestra como filósofo moralista que no puede transigir con los vicios y con los dolores sociales creados al amparo de fantásticos dioses capaces para favorecer la hipocresía, la falsedad, la guerra, la injusticia, la opresión del fuerte sobre el débil, pero inútiles para el bien y para el progreso de la humanidad, y dirige incesantes y certeros golpes contra toda forma de superstición y contra todo pretendido infalible dogma. Cuanto Lucrecio combatió —los dioses del paganismo, la avaricia de sacerdotes que defendían en público lo que en secreto censuraban, la creencia en la perpetuidad de nuestro planeta y en la intervención de númenes caprichosos en los actos humanos— cayó por tierra cuatro siglos después de la muerte de aquel egregio poeta; y mucho de lo que Lucrecio afirmó —la composición atómica y la porosidad de los cuerpos, las atracciones y repulsiones moleculares, la gravitación universal, la existencia de muchos mundos en el espacio infinito, las leyes constantes y eternas de la vida— probado está por la ciencia moderna. Jamás, jamás negaron Lucrecio ni otro alguno de los fieles discípulos de Epicuro, la existencia de un Supremo Principio de todo ser, origen de toda realidad y fundamento de todo conocer; pero en cambio, en la exposición de su doctrina se encuentran máximas de moral purísima que San Ambrosio y San Agustín copiaron, y que hicieron á Lucrecio lo mismo que á Epicuro, merecedores de honores divinos que los pueblos de la antigüedad les tributaron. ¿Dónde, en qué lugar, en qué sitio, con qué ocasión hizo consistir Lucrecio la felicidad humana en los deleites materiales, según han afirmado en los últimos tiempos, desde el cardenal Polignac y el abate Delille hasta nuestro eximio Castelar, y con éstos una caterva de hombres ignorantes con pretensiones de eruditos?

La obra de Lucrecio consta de siete mil cuatrocientos treinta y un versos distribuidos en seis cantos ó libros, en los que hay descripciones bellísimas, cuadros maravillosos presentados con una fuerza de colorido y una riqueza de imágenes que arroban el ánimo: solamente Virgilio puede ser comparado con Lucrecio; si aquél es más elegante, más harmonioso, éste es más expresivo, más severo; si el uno fascina la imaginación, el otro subyuga el entendimiento. El sacrificio de Ifigenia en el canto I; la ansiedad de la vaca abandonada que busca intranquila su novillo, en el canto II; las reprensiones que la Naturaleza dirige al hombre temeroso de la muerte, en el tercer canto; las atrevidas é intraducibles descripciones eróticas del libro IV; la formación de las sociedades en el libro V; los efectos del rayo, de las erupciones volcánicas y de la peste de Atenas en el libro VI son cuadros admirables, grandiosos, en que palpita la vida. Bien pudo Virgilio decir de Lucrecio:

Felix, qui potuit rerum cognoscere causas

Atque metus omnes et inexorabile fatum,

Subjecit pedibus, strepitumque Acherontis avari.

Y Ovidio:

Carmina sublimis tunc sunt peritura Lucreti

Exitio terras cum dabit una dies.

***

La versión que sigue á esta breve nota, es la primera que se hace en lengua castellana y contiene, sin duda, numerosos defectos: el traductor ha tenido, sin embargo, en cuenta para realizar su difícil empeño, los comentarios del filósofo inglés Creech, los estudios de Gassendi, las citas de Lagrange, las observaciones de Pongerville, la traducción de Marchetti y las dos portuguesas de Lima Leitao y de Machado Ferraz.

Madrid 6 de Octubre de 1892.


NATURALEZA DE LAS COSAS

LIBRO PRIMERO


1. Æneadum genitrix, hominum Divumque voluptas...

Madre de los Romanos, encanto de los dioses y de los hombres, pulcra Venus[1]: Tú alientas los astros que en el ámbito de los cielos giran, las fértiles tierras y el inmenso Océano; todo animal por ti vive y por ti goza de la acción benéfica del Sol; ante la presencia tuya el cielo viste galas, huyen los vientos, la tierra produce olorosas flores, el mar se riza, el espléndido Olimpo llena de luz el Universo, la primavera brilla y el céfiro fecundo, libre, vuela; todos los seres que llenan los espacios, nutridos por tu influencia, festejan tu venida ¡oh diosa!; la gente alegre baila en el ameno prado ó á nado pasa arrebatados ríos; cuanto vive y siente, atraído por tus goces, te sigue hacia donde tú lo impulsas; y lo mismo en el dilatado mar que en los empinados montes, en los intranquilos ríos que en los pacíficos campos, y en el obscuro bosque, mansión de aves, todos los corazones por ti arden en irresistible llama de amor, y con estímulo deleitoso los siglos se propagan.

[1] Según Plutarco, Venus representa la fecundidad; y Marte, citado algunas líneas después, la fuerza destructora.

21. Quæ quoniam rerum naturam sola gubernas...

Y puesto que influyes en el mundo soberanamente, de tal modo que en él sin ti nada tendría vida y nada sería agradable, inspira estos versos que escribo destinados al estudio de la Naturaleza de las cosas, y dedicados á nuestro Memmio[2], á quien adornar quisiste en otros días con tus más nobles dones: por él ¡oh diosa! demando tu favor. Haz, entre tanto, que los horrores militares duerman en la tierra y en el mar, y como tienes poder para conservar á los mortales paz tranquila, ya que el gran Mavorte[3] que á su gusto rige las batallas suele quedar en tus brazos preso y de intenso amor herido, cuando sediento de contemplar tu albo pecho, inclinada la cabeza y embebecido en tus ojos en éxtasis prolongado tenga de tus labios pendiente su voluntad, y cuando desfallecido en tu regazo yazga y tu dulce persuasión le quebrante la ira, pídele que conceda á los Romanos paz serena; porque ni yo podría en época de aflicciones para mi patria dedicarme con ánimo reposado á entonar mis cantos, ni tampoco el ilustre Memmio podría oirme, impulsado á las armas por la común defensa.

[2] Memmio Gemelo, ciudadano romano que fué pretor de Bitinia y después vivió desterrado en Atenas, donde es fama que recibió algunas cartas de M. T. Cicerón.

[3] Marte (Mars) es síncopa de Mavorte (Mavors).

44. Quod superest, vacuas aures mihi, Memmiada, et te...

Para las lecciones que en forma de dádivas te dedico, reclamo tu atención libre de prejuicios y reposada, querido Memmio; no desprecies las enseñanzas que en ellas se contienen sin haberlas antes contrastado con razón serena: voy á disertar contigo acerca del orden de lo infinito y de la esencia de los dioses; voy á explicarte lo que entiendo respecto á los elementos de que la Naturaleza[4] ha constituido las cosas y á los cuales éstas revierten cada vez que pierden una forma, y considera que doy el nombre de elementos á esos simplicísimos cuerpos generadores que son los primeros principios de todo cuanto existe[5].

[4] Lucrecio usó en muchos lugares de su poema la palabra Naturaleza para significar la vida universal, el principio del Ser, es decir, Dios, Dios único, potencia infinita, posibilidad absoluta, fundamento de toda realidad.

[5] Deliberadamente, sin duda, Lucrecio no empleó ni una sola vez en todo su extenso poema la palabra átomo, que encierra el asunto más detenidamente estudiado en su obra.

56. Omnis enim per se Divum natura necesse est...

Por su esencia, los númenes deben disfrutar eterna vida en ocio imperturbable: indiferentes á nosotros y á nuestras cosas, exentos de peligros y de aflicciones, ricos por su propia naturaleza puesto que nada necesitan, son insensibles á nuestras virtudes é indiferentes á nuestra ira[6].

[6] De igual modo Séneca se expresó en su epístola XCV.

63. Humana ante oculos fœde cum vita jaceret...

Cuando la humanidad, abatida por el terror, se humillaba ante el aspecto horrible del fanatismo que desde las regiones aéreas dirigía á los mortales tremendas amenazas, un sabio de Grecia fué el primero[7] que se atrevió á resistir al monstruo y á levantar contra él los ojos: ni la fama de los dioses, ni rayos, ni temeroso estruendo de las concavidades del espacio pudieron abatirlo; por lo contrario, los obstáculos estimularon su energía y abrió las cerradas puertas de la Naturaleza; su genio vencedor pasó adelante y arrojó á distancia las murallas flamígeras del mundo: entonces escrutó la inmensidad con mirada vigorosa, y vencedor de ella nos dió á conocer lo que existe y lo que no puede existir en el mundo, así como descubrió que toda potencialidad de los seres está limitada por su peculiar esencia; de este modo la superstición fué á su vez subyugada y la victoria nos elevó á lo infinito.

[7] Epicuro, natural de Samos, donde nació el año 341 antes de la Era cristiana.

71. Illud in is rebus vereor ne fortè rearis...

Temo, sin embargo, te figures que voy á iniciarte en protervas doctrinas y á franquearte el camino del mal; por lo contrario, la superstición ha producido muchas veces crímenes y sucesos execrables: por ella varones famosos de Grecia, capitanes fuertes, profanaron en Aulide[8] con la sangre de Ifigenia el altar de Diana. La cabellera virginal recogida con fúnebre banda fluctuante; junto al altar el afligido padre; al lado los sacerdotes que ocultan los puñales; alrededor el pueblo que lloroso contempla á la joven; ésta, muda por el terror y agobiada por el espanto, cae sobre sus rodillas... á la infeliz no sirve ser la primera que diera nombre de padre al rey... impías manos de ministros la levantan y la conducen trémula ante las aras, no para que celebre solemnes ritos de Himeneo acompañada por lucido cortejo, sino para que muera casta pero deshonestamente bajo los golpes de su mismo padre, en el instante en que amor la destinaba á tierno esposo; y muere para que el viento no estorbe la feliz partida de la flota griega. ¡Á qué horribles males la superstición puede llevar á los hombres!

[8] Aulide, puerto de Beocia, donde se celebró el sacrificio de Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra. Agamenón, jefe de los ejércitos griegos en la guerra de Troya.

103. Tutemet à nobis jam quovis tempore, vatum...

Tú mismo, dominado por los discursos terroríficos de los vates, ¿querrás separarte de mi lado? ¿Supondrás acaso que también yo puedo fingirte delirios que cambien las reglas de tu vida ó turben tus dichas con temores? Y no te he de censurar; porque si los hombres comprendiesen cuál es el término cierto de sus infortunios, bien podrían resistir á las religiones y despreciar las amenazas de los vates; pero en la actualidad no hay saber bastante ni motivo suficiente para rechazarlas, mucho más cuando se temen penas eternas después de la muerte; pues todavía se ignora cuál sea la naturaleza del alma, si es creada con el cuerpo ó si á éste se agrega en algún momento, é igualmente se ignora si con el cuerpo fallece ó si va á visitar las extensas y negras lagunas del Orco[9], ó bien si merced á divina disposición emigra para el cuerpo de varios animales, como cantó nuestro Ennio, primero digno de eterno renombre que del risueño Helicón bajó á Italia coronado con laurel inmarcesible. En versos inmortales Ennio describió el tenebroso infierno, donde no existen almas ni cuerpos, sino espectros y pálidas imágenes: allí se le acercó la sombra del siempre floreciente Homero, y con efusión cariñosa entre lágrimas de recuerdos le explicó la naturaleza de las cosas[10].

[9] El Orco, obscuridad, muerte, infierno. La India suministró á Grecia y á Italia elementos para su lenguaje y base para su mitología.

[10] Dante Alighieri debió tomar de estas palabras de Lucrecio la idea para el Infierno de su Divina Comedia.

126. Quapropter bene cum, superis de rebus, habenda...

Antes de investigar las leyes referentes á las etéreas regiones, al curso del Sol y de la Luna y á los fenómenos terrestres, debemos inquirir la naturaleza de nuestra alma, la de nuestra vitalidad y la de todos los objetos que de cerca se nos ofrecen cuando estamos en posesión de nuestras facultades, y que después, cuando nos hallamos abatidos por enfermedad ó subyugados por el sueño, nos perturban hasta el punto de que lleguemos á pensar que ven y oyen después de muertos aquellos seres cuyos despojos cubren ya la tierra.

137. Nec me animi fallit, Graiorum obscura reperta...

Ni me engaño si pienso cuán difícil sea explicar en versos latinos las investigaciones de los Griegos consideradas obscuras (propósito que ha de obligarme á emplear palabras nuevas), ya por deficiencias del idioma, ya por la novedad del asunto. Pero tu virtud por una parte, y por otra el suave goce que me promete el trato de tu amistad, me animan á emprender la difícil labor y me inducen á velar durante las apacibles noches para escoger las frases que he de emplear en mis versos, destinados á iluminar tu inteligencia con clara luz que te permita penetrar en las cosas ocultas.

147. Hunc igitur terrorem animi, tenebrasque necesse est...

Y pues no se disipan aquel terror y aquellas tinieblas del espíritu ni con el lucir del Sol, ni con la brillantez del día, sino con el estudio reflexivo de la Naturaleza en cuanto ésta se nos ofrece, sírvanos de exordio este principio: De nada nunca puede producirse maravillosamente algo. Ahora, muchas veces, los mortales, dominados por el temor, cuando no pueden explicarse las causas de los fenómenos que se realizan en la tierra ó en la inmensidad del espacio, las suponen dependientes de la voluntad de númenes; pero cuando se persuadan de que nada puede formarse de nada, emprenderán obra de investigación que les hará conocer cómo pueden producirse los seres sin la intervención de dioses.

160. Nam si de nihilo fierent, ex omnibus rebus...

Y si de nada surgiesen los seres, también de éstos confusamente podrían formarse diversos géneros, sin necesidad de gérmenes: así, del mar podrían nacer hombres y de la tierra la estirpe de escamas y los volátiles; en los aires se producirían tímidos corderos, toros y caballos; las fieras, originadas por el acaso, poblarían desiertos y tierras cultivadas; los mismos frutos no se producirían siempre de los mismos árboles, sino todos aquéllos de todos éstos brotarían; porque si no existieran elementos formativos diferenciados, ¿qué orden podría suponerse en la generación? Pero cada ser es creado, nace y toma rumbo en los espacios de la vida merced á un propio determinado germen, y tiene la peculiar naturaleza que corresponde á los elementos que lo constituyen; luego todo, no de todo indiferentemente se produce, sino cada ser de otro que tenga adecuada virtualidad.

175. Præterea, cur Vere rosam, frumenta calore...

Después de todo, ¿por qué en primavera vemos la rosa, las espigas en tiempo de calor, en el húmedo otoño las vides, si no es porque en épocas fijas se congregan los elementos propios de cada especie y permiten á las jóvenes plantas exponer impunemente á la luz del día sus tiernos tallos, porque las condiciones del medio que les rodea son adecuadas para su vida? Es lo cierto que si de nada los seres se formasen, nacerían súbitamente en épocas inciertas y en todos sitios, porque la potencia productora funcionaría sin orden.

185. Nec porrò augendis rebus spatio foret usus...

Y por igual motivo, si éstos á la nada se debieran, no sería necesaria la acción del tiempo sobre las semillas; entre la infancia y la juventud no habría relación continua; de la tierra los árboles ya corpulentos brotarían. Pero es patente que no es ese el orden natural: todo crece paulatinamente de germen propio y con sujeción á las condiciones de su especie; de tal modo, que puedes comprobar cómo el desarrollo íntegro de cada ser es dependiente del crecimiento de la materia de que el mismo ser está constituido.

195. Huc accedit, uti sine certis imbribus anni...

Aún más sucede: la tierra no podría dar buenos productos si careciera del beneficio de lluvias periódicas, y los animales, privados de alimentos, no podrían propagar su especie ni sostener la vida. Puedes reconocer que son muchos los elementos simples, comunes á innumerables cuerpos, de modo igual que integran á muchas palabras unas mismas letras, antes que admitir la existencia de cosa alguna independiente de aquellas substancias primarias. ¿Por qué no ha producido la Naturaleza hombres que atravesasen á pié el Océano, como si éste fuera un vado, ó que pudieran deshacer con las manos las montañas, ó que mantuvieran la vida largos siglos, si no es porque todas las creaciones de la materia[11] han de tener entre sí regular adaptación? Preciso es, pues, declarar que nada se forma de la nada, y que todas las cosas que participan de la vida presuponen el desarrollo de un germen.

[11] Burnet dice que á los Hebreos, á los Griegos y á los Latinos jamás ocurrió una palabra equivalente á las actuales de crear y de aniquilar. San Jerónimo consideraba sinónimas las dicciones crear, formar y construir.

209. Postremo, quoniam incultis præstare videmus...

Vemos, por último, que los terrenos labrados producen más que los faltos de cultivo y que la mano del agricultor mejora los frutos: luego es evidente que las tierras se nutren de elementos primarios y aumentan su fecundidad cuando aquellos principios de vida se renuevan mediante la remoción del suelo por el corvo arado. Si tales elementos no existiesen, los productos naturales mejorarían espontáneamente, sin auxilio de trabajo nuestro.

216. Huc accedit, uti quidque in sua corpora rursum...

Ocurre que la Naturaleza en tiempos sucesivos descompone los cuerpos y los reduce á sus elementos simples; no aniquila, empero, á ningún ser. Pues si los elementos fuesen destructibles, las cosas perecerían repentinamente; una débil acción bastaría para separar sus partes y para anular el nexo que las uniera; por lo contrario, podemos comprobar que los elementos son eternos y que la muerte no es más que una descomposición de concreciones materiales por efecto de natural impulso, que al obrar sobre los cuerpos ensancha los poros de éstos y disgrega sus moléculas.

226. Præterea, quæcumque vetustate amovet ætas...

Demás de lo dicho, si el tiempo que todo lo transforma consumiese la materia, ¿de dónde la potencia generadora restablecería en la existencia las especies de animales? ¿De dónde la tierra derivaría alimentos para nutrir y perfeccionar los seres? ¿De dónde caudalosos ríos y manantiales ingenuos extraerían las aguas para pagar á los mares su tributo? ¿Cómo el éter sostendría la gravitación de los astros? Si los elementos se extinguieran, ya se habrían consumido, agotados por los siglos; pero si han superado al tiempo y desde la eternidad no cesan de actuar en transformaciones continuas, ciertamente su esencia es inmortal. Luego ningún ser puede extinguirse totalmente.

239. Denique res omnes eadem vis causaque volgo...

Las cosas, finalmente, serían destruidas por una misma fuerza natural si los elementos componentes de ellas no fuesen eternos ó estuviesen ligados con débil cohesión; para deshacerlas bastaría un contacto, que aunque leve, fuera suficiente para inutilizar la resistencia de moléculas desprovistas de perpetua fuerza de atracción. Como la materia no muere, subsiste en una forma hasta que circunstancias complejas debilitan la adaptación de cada objeto con el medio en que se mueve; cuando este caso llega, los cuerpos se descomponen y sus elementos vuelven dispersos al Todo universal de que procedían.

251. Postremo, pereunt imbres, ubi eos pater Æther...

También se confunden las lluvias en el seno materno de la tierra, adonde el próvido éter las precipita; por su influencia las brillantes mieses dan brotes, reverdecen los árboles, cuyas ramas, después de crecer, se inclinan encorvadas por el fruto que sirve de alimento á los hombres y de pasto á los animales; de esa fecundidad surge la juventud, y las ciudades se renuevan; las aves canoras, en las florecientes selvas, entonan sus cantos harmoniosos; los ganados se esponjan, y de sus hinchadas ubres mana sabrosa leche con la que se embriagan retozones corderillos en la pradera alegre. Lo que desaparece de nuestra vista no se extingue, sino se transforma: la vida surge de la muerte.

266. Nunc age, res quoniam docui non posse creari...

Si bien es cierto que los seres en actualidad nunca de la nada han brotado ni se aniquilan totalmente, debes también tener por cierto que aun cuando para los sentidos carezcan de apariencias muchos cuerpos elementales, la existencia de éstos se halla comprobada por la razón.

272. Principio, Venti vis verberat incita pontum...

El tormentoso viento con inmenso impulso revuelve los mares, sumerge los buques, dispersa las nubes y forma fuertes formidables torbellinos que los campos barren, árboles talan, arbustos destrozan, llenan las planicies con los despojos de victorias obtenidas en las montañas y agitan los mares con aterrador estruendo. Pero aunque notas el viento, no ves los principios elementales de que se compone; es como un soplo que conmueve las nubes, el mar y la tierra; es también como río cuyo caudal enriquecen aguas torrenciales que bajan de las montañas con impulso asolador, y á las veces destruye los puentes más sólidos, y á las veces con impetuoso movimiento se desborda, combate y arrastra cuanto se opone á su furia; cuando los fuertes vientos dominan, empujan á todo lo que les resiste, lo acometen, lo rodean, lo envuelven en remolinos y lo elevan á la atmósfera. Por sus efectos, los aires y los ríos se nos muestran como sensibles en cierto grado.

302. Tum porro varios rerum sentimus odores...

Tampoco son visibles las emanaciones odoríficas que afectan nuestro olfato, ni vemos el sonido, el calor, ni el frío, que indudablemente son fenómenos de cuerpos que se ponen en inmediata relación con nuestros órganos; y todo y cualquier contacto sólo puede realizarse mediante la intervención de substancias corpóreas.

309. Denique fluctifrago suspensæ in littore Vestes...

Ropas colocadas á orillas del mar fácilmente se humedecen, y expuestas luego á la acción del Sol pronto pueden quedar secas: no se habrá visto la manera cómo el fluido acuoso penetrara en ellas y después saliera evaporado por el calor; pero es indudable que uno y otro fenómeno se deben á la influencia de mínimas partículas, imperceptibles para la vista.

315. Quim etiam multis Solis redeuntibus annis...

Después de muchos años de uso el anillo se desgasta en el dedo; con el tiempo gota á gota el agua horada la piedra; la reja del arado se desbasta con el trabajo en los campos; las piedras de los caminos con el rozamiento de los piés se pulimentan; la diestra mano de las estatuas de bronce colocadas en las puertas de la ciudad disminuye de volumen con los repetidos besos de los devotos. La deficiencia de nuestros sentidos no nos permite penetrar en la íntima labor que se realiza en la Naturaleza y que da por resultado un desvanecimiento gradual de varios cuerpos, la formación de algunos por la acumulación de corpúsculos imperceptibles, y la disgregación de otros por la ruptura de los vínculos que unen sus partes componentes, de modo parecido al socavamiento que la sal de las aguas marinas produce con lentitud en enormes promontorios que amenazan al mar con su elevada cumbre. Luego en la Naturaleza obra la agregación y disgregación de partes mínimas é invisibles.

326. Postremo, quæcumque dies, Naturaque rebus...

Pero no de concreciones corpóreas se compone solamente la Naturaleza; también en ella existen espacios desocupados: y te será útil conocer los fundamentos de esta verdad, porque en la investigación de las cosas no conviene proceder con divagaciones, y mi opinión respecto de la extensión no ocupada por cuerpos compuestos, á la que llamaré vacío, es de fácil comprobación.

339. Quod si non esset, nulla ratione moveri...

Porque si así no fuera, no sería explicable la razón de movimiento; y si los cuerpos no pudieran cambiar de posición, no sería posible que se cumpliera aquella ley; pero es indudable que presenciamos el movimiento, lo mismo en el mar que en la tierra y en las alturas: y ese mudar constante de los seres en sí mismos y con relación á los demás, y aun la misma generación, no se efectuarían si no existiera espacio: la materia acumulada yacería en perpetuo reposo.

350. Præterea quamvis solidæ res esse putentur...

Añadiré que todos los cuerpos, aun los más duros, son porosos: las piedras poseen intersticios por entre los cuales corre el agua que después gotea en los antros; las substancias alimenticias disueltas se distribuyen por todas las partes del animal; los árboles crecen y dan frutos en sazón oportuna, porque los jugos nutricios suben por el tronco y luego se reparten por las ramas; los sonidos se transmiten á las casas á través de los muros; el frío penetra hasta lo interior de los huesos: tales efectos de penetración de los cuerpos se deben al vacío.

362. Denique cur alias aliis præstare videmus...

Además, ¿cómo podremos explicarnos el peso diferente que tienen cuerpos de igual volumen? Si en la báscula se colocasen un vellón de lana y un trozo de plomo de idéntico tamaño, pesarían lo mismo si tuvieran igual densidad, porque es propiedad de la materia la pesantez que al vacío negó la Naturaleza; por este motivo afirmamos que de dos cuerpos de igual volumen y de diferente peso el más leve ha de tener mayor espacio vacío entre sus moléculas[12]; luego la razón demuestra con toda claridad que el vacío existe en la Naturaleza.

[12] La Física moderna demuestra por medio del tubo comprobante de la porosidad y de la máquina pneumática lo mismo que acerca de este punto sostenía Lucrecio hace veinte siglos.

374. Illud in his rebus, ne te deducere vero...

Para que no te subyugue un error que acerca de este punto sostienen algunos, voy desde luego á combatirlo. Dicen que así como los peces nadadores pueden abrirse paso por entre las masas líquidas, las cuales vuelven á cerrarse detrás de ellos, así también los diferentes cuerpos moverse pueden y cambiar de lugar en el espacio aunque éste no se halle vacío: pero la razón patentiza la falsedad de esta argumentación; ¿cómo podrían los peces avanzar si las ondas no se replegasen ante el paso de ellos? ¿Y cómo podrían las masas acuosas precipitarse hacia donde los peces no pueden ir? Será, pues, necesario reconocer que los cuerpos están privados de movimientos ó que las concreciones corpóreas existen en el vacío, donde ejercitan su potencia motriz.

388. Postremo duo de concurso corpora lata...

En fin, si dos superficies planas en contacto repentinamente quedan separadas, dejan entre sí un vacío que no se puede llenar de improviso, porque el aire, aunque sutil, no ocupa un espacio sin haber circulado antes por alrededor. El que pretendiese que después de separados los dos cuerpos que han estado próximos, el espacio que resulta entre ellos se llenara por dilatación del aire que antes existiera condensado entre los dos planos superpuestos, se equivocaría ciertamente: el vacío se formó al quedar separados los cuerpos; antes no existía, y cuando lo hubo se llenó de aire, y no antes. Ni del modo que se imaginan algunos el aire puede reducirse, ni dado el supuesto de que así pudiera condensarse, el hecho se efectuaría sin la mediación de espacios vacíos. Necesario es, pues, confesar que el vacío existe en la Naturaleza.

404. Multaque præterea tibi possum commemorando...

Muchos otros argumentos podría exponerte en confirmación de la tesis que sustento; pero lo anotado basta para que tu clara inteligencia te descubra lo demás que omito. Así como canes montívagos hallan entre apretados ramajes el escondido lugar que sirve de refugio á la fiera, después que el olfato les da á conocer la pista que aquélla siguió en su huida, así también unas reflexiones te conducirán á otras que te permitan descubrir secretos de la Naturaleza, y consiguientemente la verdad.

414. Quod si pigraris, paulumve abscesseris ab re...

Pero si vacilaras en la empresa y no te decidieras á hacer por ti mismo ese trabajo de investigación, prometo ¡oh Memmio! darte á conocer con suave frase y decisión firme todo lo que á grandes sorbos he bebido en copiosas fuentes de verdad, si bien temo que la vejez con su lenta labor consiga consumir el soplo de nuestra vida antes de que yo pueda exponerte en versos harmoniosos la serie de argumentos que he reunido á tal asunto pertinentes; pero ahora comenzaré por repetirte la síntesis de lo ya dicho.

423. Omnis, ut est, igitur per se Natura duabus...

Todo lo que la Naturaleza es en sí, está constituido por los cuerpos y por el vacío en que aquéllos se hallan y se mueven: los sentidos, que son fundamento de certeza y auxiliar de la razón, porque sin ellos ésta se vería envuelta en numerosas dificultades para explicarse las causas de los fenómenos, dan testimonio de que los cuerpos existen por sí; y la reflexión demuestra que todos esos cuerpos tienen precisa colocación y necesariamente se mueven con distintas direcciones en un lugar ó espacio al que denominamos vacío, como antes he dicho[13].

[13] El moderno positivismo no puede gloriarse de contar á Lucrecio entre sus precursores.

434. Præterea nihil est, quod possis dicere ab omni...

Por lo mismo, nada existe que no se halle comprendido en los cuerpos compuestos ó en el vacío donde están disueltos los elementos simples; no hay una tercera especie en la Naturaleza; todo cuanto concreto es, aunque mínimo y exiguo, tiene su peculiar extensión, grande ó pequeña, y al ser perceptible para el tacto, está incluido en la suma de los cuerpos: todo lo demás que pueda ser atravesado por éstos ó les sirva de residencia, pertenece al espacio que llamamos vacío.

444. Præterea, per se quodcumque erit, aut faciet quid...

Aún añadiré que todo lo que se mueve por sí mismo, permanece sujeto á la acción de agentes ó facilita espacios que permitan colocación y movimiento á otros cuerpos; nada que no sea cuerpo goza del derecho de moverse ó ser movido; el vacío le deja campo libre; así, además de los cuerpos, además del espacio, no hay una tercera clase de entidades que tengan existencia en la Naturaleza: ni nuestros sentidos perciben ni la razón alcanza lo contrario; lo que no es materia ni espacio es propiedad ó accidente; propiedades de los cuerpos son aquellas condiciones que están dadas conjuntas con las cosas de las que no pueden separarse y á las que no se pueden arbitrariamente agregar, tal como el calor respecto del fuego, el peso respecto de las piedras, la fluidez del agua, la tangibilidad de todos los cuerpos, la intangibilidad del espacio; pero por lo contrario, la esclavitud, libertad, riqueza, pobreza, guerra, paz y todos los modos de la existencia que pueden variar sin que se altere la naturaleza de las cosas reciben el nombre de accidentes.

463. Tempus item per se non est, sed rebus ab ipsis...

El tiempo tampoco existe por sí; lo percibimos con relación á las cosas, como atravesado en la continuación, desde el origen, por el momento actual y por la secuencia. Nadie puede sentir el tiempo en el instante en que desligado lo considere del movimiento de las cosas ó de la plácida quietud.

468. Denique Tyndaridem raptam, belloque subactas...

También cuando se habla de la robada Tindárida[14] y de la guerra que arruinó á las troyanas gentes, debemos reconocer que esos hechos no existieron por su propia virtualidad: cuando el curso de los acontecimientos deja atrás irrevocablemente unos cuantos siglos de los hombres, lo que ocurre es que unos hechos han dado lugar á otros; así se prueba que todos los sucesos accidentes son de los cuerpos ó del espacio.

[14] La robada Tindárida: se trata de Helena, hija de Júpiter y de Leda; esta última era esposa de Tíndaro, rey de Occalia. Helena fué robada por Teseo, rey de Atenas; después casó con Menelao, rey de Lacedemonia, y fué robada nuevamente por Páris, hijo de Príamo, rey de Troya.

475. Denique materies si rerum nulla fuisset...

Si no existiese la materia de las cosas ni tampoco el lugar ó espacio en que las cosas tienen su lugar, ni el fuego amoroso que la hermosura de Helena despertó en el corazón del frigio raptor habría encendido una guerra que produjo muchas batallas, ni la célebre máquina construida por los Griegos habría vomitado ejércitos que á sangre y fuego destruyeron á Troya. Bien puedes ver que los acontecimientos no tienen una existencia real como los cuerpos y el espacio, sino son modificaciones de esos dos principios.

487. Corpora sunt porro partim primordia rerum...

Bajo el nombre de cuerpos comprendemos los elementos simples de la Naturaleza y también todos los seres que de ellos pueden formarse. Los elementos son indestructibles, y su indivisibilidad en todo se demuestra. Difícil, sin embargo, es concebir su perfecta solidez cuando consideramos que el sonido, la voz y el rayo atraviesan las paredes de las casas; que el hierro metido en el fuego se hace incandescente; que del seno de los volcanes saltan desmenuzadas duras piedras; que el oro, por la acción del fuego, se liquida y el hielo se deshace; que el frío y el calor se transmiten á la plata; que si tenemos en las manos un vaso, nos impresionamos de la temperatura de los cuerpos líquidos que en él vertemos. Luego en los objetos no existe solidez perfecta. Pero á fin de que mejor domines estas verdades que la Naturaleza muestra y la razón demuestra, voy á auxiliarte con algunas reflexiones encaminadas á hacerte observar que aunque todos los cuerpos no sean completamente sólidos, lo son los elementos simples que los integran.

508. Principio, quoniam duplex natura duarum...

Primeramente, considero ya probado que la Naturaleza consta de dos porciones entre sí diversas: los cuerpos y el espacio en que aquéllos residen; es necesario que ambas regiones existan puras, independientemente la una de la otra; donde hay cuerpo no hay espacio; donde hay espacio no hay materia: y es indudable que si los elementos simples son perfectamente sólidos, no pueden contener vacío.

516. Præterea, quoniam genitis in rebus Inane est...

En segundo lugar, si hay vacíos entre las moléculas de que los cuerpos se componen, preciso es afirmar que esos vacíos están limitados por la materia que los rodea; luego no tiene razonable fundamento la opinión de que todo cuerpo encierra vacíos no determinados por materia sólida: todos los cuerpos son, en suma, agregados de elementos simples, en los que no es posible confundir la materia con el vacío. La materia, pues, consta de sólidos principios eternos, aunque sean disolubles los cuerpos que constituyen.

525. Tum porro si nil esset, quod Inane vacaret...

Por cierto que si no existiese espacio susceptible de quedar desocupado, todo sería sólido; y si por lo contrario, no hubiera substancias sin determinaciones corporales que llenaran los sitios, que constituyeran las cosas, todo lo que forma el espacio quedaría desocupado y vacío[15]. Distintos son, pues, cuerpo y espacio: ni todo es materia, ni todo está vacío; luego la propia fluidez de las esencias corporales establece perfecta distinción entre la materia y el espacio.

[15] Lucrecio emplea las palabras spatium (espacio, escenario de la vida); vacuum (vacío, entre cuerpos determinados), é inane (extensión desocupada).

533. Hæc neque dissolvi plagis extrinsecus icta...

Los elementos simples de la materia no pueden ser perjudicados en su exterior ni penetrados de modo alguno; por lo mismo, ninguna acción puede alterarlos, según ya te he demostrado en líneas anteriores. Y como la ruptura de los cuerpos, su descomposición, su fraccionamiento, su penetración por el agua, su modificación por el fuego, su destrucción por agentes de diversa especie sólo pueden efectuarse mediante el vacío, hasta el punto de que más propensos á pronta descomposición son los cuerpos que tienen más concavidades entre sus moléculas, es evidente que si los elementos primarios son, como ya te he enseñado, sólidos, también han de ser eternos.

545. Præterea, nisi materies æterna fuisset...

Además, si la materia no fuese eterna, hace ya muchos siglos que todas las cosas habrían sido aniquiladas y habrían vuelto á surgir espontáneamente; pero si es cierto, como he procurado hacer patente, que de nada no puede crearse algo y que los seres se transforman pero no se pierden totalmente, debe ser también cierto que los cuerpos generadores han de ser inmortales, para que disueltas unas concreciones corpóreas en tiempos oportunos, de ellos puedan reproducirse otras. Es decir, que los siglos tienen duración y los seres se renuevan, merced á la perdurabilidad y solidez de los elementos de la materia.

556. Denique, si nullam finem Natura parasset...

En fin, si en la Naturaleza no tuviesen límites las divisiones de los cuerpos, también las substancias materiales llegarían á una tenuidad indefinida; con el recorrer de los siglos quedarían agotadas, y los cuerpos que de ellas se formasen no tendrían firmeza ni duración, y podrían quedar extinguidos antes de alcanzar pleno desarrollo; porque la muerte sería más rápida que la reproducción, y las pérdidas del tiempo ya pasado no podrían ser reparadas por el tiempo futuro; pero como vemos que los siglos corren y que las sucesiones se realizan con un equilibrio siempre igual y proporcionado á las fuerzas consumidas, hemos de considerar que la división de la materia tiene un límite de contrapeso regular.

570. Huc accedit, uti solidissima materiai...

Admitido que los elementos de la materia sólidos y simples son, pueden, sin embargo, tener una consistencia débil y constituir el fuego, el aire, el agua, la tierra, mediante una movilidad especial de las moléculas que generan esos cuerpos entre cuyas partes existen igualmente espacios vacíos[16]; por lo contrario, si los principios de las cosas tuvieran de propia naturaleza débil cohesión y deleznable estructura, no podrían formar las grandes masas pétreas que constituyen el armazón de nuestro mundo, ni servirían para la composición del hierro y otros cuerpos duros. Luego los elementos primarios deben ser sólidos y simples, y la diversa condensación que en sus combinaciones experimenten deberá ser el origen de los diferentes seres y de los distintos grados de resistencia y densidad que éstos ofrecen.

[16] Las palabras de Lucrecio prueban que éste consideraba que la tierra, el aire, el agua y el fuego eran cuerpos compuestos: la doctrina de los cuatro elementos, aunque tenía algunos partidarios entre Griegos y Latinos, no se generalizó hasta la Edad Media.

582. Denique jam quoniam generatim reddita finis...

La Naturaleza se determina en hechos constantes que regularizan el crecimiento y la duración de los seres y circunscriben la acción de las especies vivientes en esfera que no pueden franquear: muchas clases de pájaros se distinguen de otras análogas únicamente por la presencia constante de algunas pintas en su plumaje. Indudablemente se da en todos los seres un complejo invariable de materia; si los elementos que los integran no fuesen fijos, la Naturaleza no se mostraría en leyes, es decir, en hechos constantes, y carecería de orden. Cada ser tiene aptitudes acomodadas á su constitución, y por ese motivo se reproducen las especies, entre las cuales se conservan y se transmiten hábitos, gestos, estaturas, instintos y predilecciones por tales ó cuales alimentos.

597. Tum porrò, quoniam extremum cuiusque cacumen...

Y ciertamente el elemento primordial de los cuerpos es tan tenue, que los sentidos no pueden apreciarlo; no consta de partes; es lo más infinitamente pequeño que hay en la Naturaleza, y apenas puede considerarse como cuerpo, ya que nunca existe por sí solo é independiente de otros que constituyen la masa de la materia; unidos entre sí fuertemente hasta el punto de resistir la acción de toda fuerza, los elementos de la materia son considerados como sólidos y simples, aunque constan de mínimas porciones homogéneas enlazadas entre sí con vigor imperecedero: así es que mientras la Naturaleza sea, serán, sin disminuir en nada, esos principios, propios de toda generación y de todo crecimiento.

615. Præterea nisi erit minimum parvissima quæque...

Además, si no hubiese un término mínimo infranqueable en la composición de los cuerpos, éstos constarían de infinitas partes, y cualquiera de ellas se podría dividir en mitades y éstas en otras indefinidamente; entonces, ¿qué diferencia última se daría entre las masas grandes y pequeñas? Ninguna, porque todas serían igualmente fraccionables infinitamente. Pero como á la razón repugna esa conclusión absurda, preciso es reconocer que los elementos simples son las últimas divisiones posibles de los cuerpos de la Naturaleza, y consiguientemente por este motivo debe también confesarse que los tales elementos son sólidos y eternos.

626. Denique si minimas in partes cuncta resolvi...

Últimamente, si la Naturaleza creadora al descomponer los seres no los redujera á sus partes mínimas indivisibles, no podría reparar la vida, porque los cuerpos compuestos carecen de las condiciones de atracción, peso, repulsión, concurso y movimiento adecuadas para engendrar los seres. Luego si la división de los cuerpos fuera infinita, aún nos veríamos obligados á reconocer que á lo menos algunos que existen de toda eternidad, todavía no han sido alterados por los peligros y accidentes anexos á la vida; y si todos los cuerpos fuesen frágiles, la Naturaleza habría sido inconstante en favor de los que han podido resistir los embates de los siglos.

640. Quapropter, qui materiem rerum esse putarunt...

Por tanto, los que afirmaron que el fuego es elemento de la materia y origen del Universo estaban desprovistos de razón; Heráclito fué el primero que defendió esta doctrina y obtuvo alto renombre entre los Griegos superficiales, prendados de un obscuro lenguaje, pero no entre los sensatos que buscaban la verdad. Aquéllos sólo admiraban lo que se les decía con palabras misteriosas, y consideraban como cierto cuanto se les exponía en frases gratas al oído por su encantadora sonoridad.

650. Nam cur tam variæ res possent esse, requiro...

Y ¿cómo tan variadas especies existentes han podido ser creadas, pregunto, sólo del fuego? El fuego en estado de condensación ó de rarefacción, muestra siempre una igual naturaleza en sus partes y en su conjunto: será más intenso cuanto más condensado éste se halle, pero ni de su condensación ni de su rarefacción podría originarse la extraordinaria variedad de seres que puebla el mundo: á pesar de todo, si los apóstoles de la doctrina que impugno admitieran la teoría de la materia en el espacio, podrían hallar alguna explicación relativa á la real existencia de seres de diversa atracción molecular: pero como no aceptan esa opinión, marchan entre vacilaciones y dudas, y al cabo se alejan cada vez más del conocimiento de la verdad, quizá abrumados por las dificultades que su investigación ofrece. Ni aun reparan en que si los cuerpos estuvieran separados completamente del espacio en que se concretan, no habría en el mundo más que una sola masa y de esta nada se desprendería: lo contrario sucede con el fuego, del cual se derivan centellas y chispas bastantes para hacer patente que el fuego no es una masa compacta sino reunión de partes rodeadas de espacio.

670. Quod si fortè ulla credunt ratione potesse...

Si por acaso creyeran que las moléculas del fuego, al apretarse mutuamente, podían mudar la naturaleza de los cuerpos, este aserto equivaldría á la negación del fuego como principio elemental, porque sucedería que todo el fuego quedaba reducido á la nada y de la nada todas las cosas se crearían; y pues todo aquello que muda, se altera con el tiempo hasta que deja de existir, hay que renunciar al fuego originario, ó admitir que los cuerpos no se reducen á la nada ni de la nada las generaciones se suceden.

680. Nunc igitur, quoniam certissima corpora quædam...

Ahora, pues, si los elementos simples conservan siempre su propia naturaleza y forman diferentes cuerpos, no por su distinta esencia, sino por las combinaciones que constituyen, preciso es afirmar que tales elementos de los cuerpos no son de fuego, ya se junten ó se retiren ó se disgreguen ó se muden sin faltar al orden; si la base primordial fuese fuego, nada más que fuego habría en el mundo. Lo que hay de cierto es, según pienso, que existen en la Naturaleza corpúsculos simplicísimos, los cuales por su forma, por sus atracciones, sus movimientos y el orden en que se colocan, producen el fuego y otras muchas cosas más ó menos similares á éste, así como otros cuerpos que no tienen semejanza alguna con aquél y aun algunos que pueden emitir emanaciones que afecten á nuestros sentidos ó que exclusivamente nos son conocidas por relación de tactilidad.

695. Dicere porrò ignem res omnes esse, neque ullam...

Decir, por tanto, que del fuego proceden todos los seres y que no existe cosa alguna independiente de ese origen, es caer en un delirio que nuestra inteligencia rechaza como contrario á las pruebas que nos da el testimonio de nuestros sentidos; y admitir como primordial materia el fuego porque se cree conocerlo perfectamente, y recusar al mismo tiempo la existencia de otros seres que con suficiente claridad se muestran ante nosotros, me parece inconsecuencia y error grave. Para conocer la verdad, ¿qué mejor guía que nuestra razón auxiliada por los sentidos, los cuales nos hacen distinguir lo falso de lo verdadero y nos dan principio de certeza? Además, ¿por qué hemos de negar la existencia de todas las cosas y admitir solamente la del fuego, ó negar que éste exista y dar como reales solamente los demás cuerpos? Parece que afirmar cualquiera de estos dos extremos es incurrir en igual demencia.

712. Quapropter qui materiem rerum esse putarunt...

Así, los que han afirmado que el conjunto del Universo tiene su fundamento en el fuego y los que han entendido que en el aire se encuentra el origen de todos los seres, lo mismo que aquellos otros que han sostenido que en el agua reside el principio creador, ó bien que la tierra puede germinar todas las cosas ó determinarse en las infinitas diferenciaciones corpóreas existentes, según mi parecer, todos han caído en grave error, no menos que aquellos otros que suponen combinaciones dualísticas formadas con los elementos de todas las cosas, y al fuego juntan el aire, y á la tierra el agua; y también, por último, los que entienden que de esos cuatro materiales, fuego, tierra, aire y agua se han podido producir todos los seres.

723. Quorum Acragantinus cum primis Empedocles est.

Entre aquellos pensadores cumple colocar primero á Empedocles, nacido en Agrigento, isla famosa en triángulo cortada, á la que cercan azuladas ondas del mar Jónico y adornan con sinuoso regazo rocas salpicadas de reluciente sal; separada por canal estrecho y tortuoso de los promontorios de la tierra de Italia, oye el rugir de la espantosa Caribdis y siente el tremer del ruidoso Etna que, irritado, amenaza acumular en sus entrañas materiales de fuego y de aluvión hirviente para lanzar después, con fiero arrojo, de sus hórridas fauces, encendidas lavas cuyos fulgores en espiral lleguen al cielo; región admirable llena de prodigios, fecunda en bellezas contempladas con extático embeleso por la humana especie, enriquecida con dones copiosos naturales, guardada por varones esforzados, nunca produjo nada más grande y excelente que este filósofo, cuyos versos patentizaron su divino genio y le acreditaron de investigador conspicuo que parecía imposible fuera hijo de mortales.

741. Hic tamen et superà, quos diximus, inferiores...

Este, sin embargo, y otros muchos ya citados que aunque egregios le son inferiores y varios que menos renombre han obtenido, hicieron públicas útiles averiguaciones por su genio desentrañadas, más divinas, más santas y mucho más conformes con los dictados de la razón que los oráculos de la Pitonisa coronada con hojas de laurel y apoyada en el trípode apolónico; pero todos erraron al discurrir acerca de la naturaleza de las cosas, porque no supieron salvar un escollo que ha sido causa de varios naufragios.

749. Primum quod motus, exemplo rebus Inani...

Primeramente, porque reconocen el movimiento y no comprenden el vacío; creen que existen cuerpos suaves aislados entre sí, tales como el aire, el sol, el fuego, las tierras, los animales, los frutos, y no admiten intersticios ó vacíos en la masa de esos cuerpos.

753. Deinde quod omnino finem non esse secandis...

En segundo lugar, porque entienden que es indefinida la división de los cuerpos y aun de las partes de éstos y no se explican la existencia de un mínimo indivisible; pero como nuestros sentidos nos dan testimonio de un último grado en las cosas, el cual es un mínimo no susceptible de fraccionamiento, creo que has de considerar que cuanto existe se compone de partes muy pequeñas pero indivisibles aunque escapen á la percepción de nuestros órganos terminales.

760. Huc accedit item, quod jam primordia rerum...

Añaden, además, que los elementos primordiales de las cosas son blandos; pero la cualidad de la blandura nos parece propia de lo que nace y muere, y si todo estuviera sujeto á esas alteraciones, la Naturaleza habría ya aniquilado muchas veces el mundo y aun éste habría vuelto á nacer de nada, aserciones que ya habrás visto cuán distantes de la verdad se hallan.

766. Deinde inimica modis multis sunt, atque venena.

Además, debe considerarse que aquellos supuestos principios de los seres son enemigos entre sí; como venenos los unos para los otros, se combaten de muchos modos, se aniquilan, se disipan, y por su acción mutua desaparecen como el rayo, el viento y la lluvia en deshecha tempestad.

770. Denique quatuor ex rebus si cuncta creantur...

Últimamente: si todas las cosas fuesen formadas de aquellos cuatro cuerpos considerados como elementos y todas en ellos se resolviesen, ¿qué razón tendríamos para afirmar que son el principio de todos los seres y no de ellos resultado, ya que alternativamente se confunden, se disgregan y mudan su naturaleza? Si por lo contrario piensas que el aire, el agua, la tierra y el fuego no se confunden ni mudan de esencia, no podrás comprender que de su combinación resulte ningún vegetal ni animal, porque en esa conjunción se haría ostensible la propiedad inherente á cada substancia y se hallarían mezclados la tierra con los aires y las aguas con el fuego. Pero es lo cierto que todos los seres deberán tener determinadas propiedades no reveladas en los componentes, para evitar que prepondere ninguno, sino que, por lo contrario, cada cuerpo tenga un carácter propio.

788. Quim etiam repetunt a Cœlo atque ignibus ejus...

Los partidarios de aquellas doctrinas derivan del cielo y de los cuerpos ígneos el fuego; éste, según ellos, se convierte en aire, el aire origina el agua, y ésta, por condensación, se modifica en tierra; después, en sentido inverso, hacen nacer de la tierra el agua y de ésta el fuego. Estas transformaciones no se alteran nunca ni se interrumpen, y consideran que siempre los elementos viajan de la tierra al cielo y del cielo á la tierra; pero tales metamorfosis son incompatibles con la probada esencia de los elementos simples, los cuales por su condición han de ser inmutables para que todas las cosas no puedan quedar aniquiladas, porque ningún objeto podrá ultrapasar las condiciones de su esencia sin dejar de ser lo que antes era. Los principios, pues, de que ya hemos hablado, por su naturaleza están exentos de toda mudanza, y por este motivo no quedan totalmente deshechos los seres que de ellos se forman. Es racional admitir que todos los cuerpos se componen de elementos, los cuales en virtud de energías, atracciones y repulsiones, unas veces constituyen el fuego y otras el aire, y siempre sirven para las transformaciones y la continuada sucesión de todos los seres.

809. At manifesta palam res indicat, inquis, in auras...

Pero es patente, dices, que de la tierra, bajo la influencia del aire, los cuerpos nacen y se alimentan; y si en tiempo favorable la copa de los árboles no fuera agitada por las lluvias y los arbustos no se inclinaran bajo su propio peso, el Sol por su parte no daría calor, y los árboles y los animales no podrían nacer y desarrollarse. Y ciertamente; si los alimentos sólidos con líquidos saludables no se ayudasen, pronto nuestros miembros se debilitarían y se extinguiría la energía de nuestro ser y la vitalidad de nuestros órganos y de nuestros nervios. Añadiré que si el hombre y los animales necesitan propio adecuado alimento, y si los seres viven á expensas los unos de los otros, es porque está constituido cada uno por principios comunes á los demás, en relación con el total del Universo. Importa, pues, que investiguemos no solamente la naturaleza de esos principios elementales, sino también sus leyes, sus aproximaciones, sus movimientos recíprocos; pues es de toda evidencia que los principios que forman los ríos, el sol, el cielo, el mar, la tierra, son los mismos que contienen los árboles, los animales y los frutos de toda especie; todo se mueve según sus elementos constitutivos.

829. Quim etiam passim nostris in versibus ipsis...

Sin duda notarás que en muchos de estos versos míos hay varios elementos ó letras simples comunes á numerosas palabras, y, sin embargo, ni los versos ni las palabras tienen igual significado y sonido igual: varía el valor de las letras sólo al cambiar éstas de orden. Y como los elementos primordiales de las cosas en mayor número son que las letras, pueden producir mayor suma de seres diferentes.

836. Nunc et Anaxagoræ scrutemur Homœomeriam...

Examinemos ahora la homeomería[17] de Anaxágoras, como los Griegos llaman, con una palabra expresiva de que nuestra lengua carece, la doctrina de aquel filósofo; aunque es difícil de exponer la homeomería en cuanto apenas trata de dar acerca del origen de todas las existencias una explicación, según la cual cada hueso es formado por un cierto número de huesos pequeños, cada víscera de otras muy tenues; mínimas gotas de sangre componen la sangre; moléculas de oro constituyen el oro; la tierra de pequeñas porciones de tierra procede; el fuego del fuego; y en general todas las cosas se forman por igual procedimiento.

[17] Homeomería, semejanza de todas las partes.

849. Nec tamen esas ulla parte idem in rebus Inane...

Pero el mencionado autor en parte alguna admite el vacío ni concibe límites en la división de los cuerpos: entiendo que acerca de estos asuntos incurrió en error lo mismo que otros pensadores cuyas ideas ya dejo refutadas.

854. Adde quod imbecilla nimis primordia singit...

También aprecia como deleznables los elementos primarios y de igual naturaleza que las concreciones constituidas; y considera, por tanto, que están expuestos á fenecer bajo la violencia de ataques exteriores; ¿cuál de aquellos cuerpos ofrecerá entonces resistencia á la acción destructora de la muerte? ¿el fuego ó el agua? ¿por acaso el oro? ¿cuál de éstos? ¿la sangre ó los huesos? Ninguno, sin duda; porque todos esos cuerpos se descomponen como otros muchos que á nuestra vista perecen todos los días. Y ya queda antes probado que ni las cosas pueden nacer de nada ni completamente aniquilarse.

867. Præterea quoniam cibus auget corpus, alitque...

Cierto es que todos los cuerpos se nutren y crecen por la virtud de substancias primarias diluidas en los alimentos, y que nuestras venas, nuestra sangre, nuestros huesos y nervios de partes diferentes se componen; pero afirmar que los elementos de los cuerpos son la esencia de los huesos, de la sangre y de los nervios en proporción adecuada, no es decir que los principios que integran los cuerpos sólidos y líquidos hayan de constar de partes heterogéneas proporcionadas á las venas, la sangre y los huesos; porque si los cuerpos que vemos nacer de la tierra estuviesen dentro de ella en pequeña cantidad tales como se nos muestran, constaría la tierra de todas las diversas porciones que de ella surgen: y si aplicamos esta idea general á todos los casos particulares, habríamos de creer que el fuego, el humo y la ceniza están en la leña, y que ésta contiene en sí aquellos materiales en diversas porciones.

882. Linquitur hic tenuis latitandi copia quædam...

Apenas hay salida para escapar de esta conclusión; y sin embargo, de esa clase de argumentos usa Anaxágoras, el cual sostiene que todos los cuerpos llevan en sí, como en germen, otros que de ellos se derivan, y de los cuales son visibles los que principalmente están en la superficie; pero estas ideas repugnan á la sana razón, y para admitirlas sería preciso ver que el trigo, en el polvo á que lo reduce la piedra del molino, mostraba señal de la sangre ó de otras partes de nuestro cuerpo que con él se nutren, ó bien que dejase correr la sangre al ser molido entre dos piedras; y que por igual razón la hierba destilase leche tan pura y tan grata como la que se extrae de las ubres de las ovejas; menester sería también que en los terrones se hallasen legumbres, árboles, plantas en partes imperceptibles, y que los quebrados troncos descubriesen humo, ceniza, fuego y llama, en ellos ocultos; pero nada de esto sucede y es preciso confesar que en los cuerpos no se contienen otros iguales mínimos ya determinados, sino que en todos existen elementos simples que son comunes á otros muchos seres, los cuales son diferenciados por virtud de las variadas combinaciones en que aquellos elementos intervienen.

904. At sæpe in magnis sit montibus, inquis, ut altis...

Y sin duda has observado que en las elevadas montañas las fustigadas copas de árboles, mecidas por tempestuoso vendaval, arden con fuego que deja brillar largos torbellinos de movientes llamas; pero no por eso has de entender que en la madera existe el fuego, sino que en ella hay partes que por efecto del rozamiento se inflaman y comunican el incendio á todo un bosque; pues si tanta llama hubiera estado escondida en la selva no existirían árboles que pudieran preservarse del fuego durante mucho tiempo ni bosques habría que no se hubiesen convertido ya en ceniza.

914. Jam ne vides igitur, paulo quod diximus ante...

¿No comprendes, como poco antes ya te he dicho, la importancia que tienen las combinaciones de que son los elementos susceptibles, según la diferente posición y cantidad en que intervengan, y los distintos movimientos que engendren ó que reciban? ¿No sucede con esos fenómenos lo mismo que con las palabras lignis é ignis latinas, compuestas cuasi de las mismas letras aunque representan ideas muy diferentes?

922. Denique jam quæcumque in rebus cernis apertis...

En fin, si juzgas que no se puede explicar la causa de los fenómenos sin atribuir á los elementos que los producen iguales propiedades, necesario es conceder que se ríen como nosotros y que se bañan de amargas lágrimas.

928. Nunc age, quod superest, cognosce, et clarius audi...

Ahora, escucha y oye verdades que voy á descubrirte, y que, si no me engaño, son de exposición difícil, pero que exploraré estimulado por el premio de la gloria é impulsado por suave amor que me inspiran las Musas; animado por este sentimiento, me elevaré á las cimas del Parnaso y recorreré campos, hasta ahora no hollados por ninguna planta; iré á beber grato licor de fuentes vírgenes y me apresuraré á coger desconocidas flores con las que tejeré para mi cabeza corona insigne mejor que todas las que hasta hoy las Musas han concedido: primeramente porque enseño altas verdades é intento romper la dura esclavitud con que las religiones han abatido los ánimos, y además, porque suavizaré un estudio árido con las gracias de la poesía que convierte en agradable un asunto obscuro; así obraré conforme á razón. De igual modo que los médicos al propinar á los niños amarga medicina, untan de sabrosa miel los bordes de la copa en que la administran á fin de que inexpertos y atraídos por la dulzura que paladean sus labios, sin recelo beban el licor amargo y deban la vida á traición agradable, así yo ahora que he de explicar asuntos ásperos y desabridos para los que no están acostumbrados á ellos y fastidiosos para el vulgo, quiero exponerte mi doctrina en el ameno lenguaje de las Piéredes y con acentos de dulce harmonía, para que al buscar recreo en la lectura de mis versos, adquieras conocimiento de las leyes de la vida y del orden universal.

958. Sed quoniam docui, solidissima materiai...

Ya he dicho que los elementos de la materia son siempre sólidos y se mueven en toda eternidad sin que la destrucción los alcance; pero ahora deberemos de inquirir si las concreciones corpóreas tendrán fin ó no lo tendrán, y si el espacio indefinido, en que incesantemente se mueven los principios eternos, está encerrado en límites y es susceptible de medición en algún sentido.

965. Omne quod est igitur nulla regione viarum...

El Universo es infinito; de lo contrario tendría extremos: pero no pueden concebirse límites sino por quien está fuera de ellos mismos y puede llevar su consideración más allá de los puntos en que termina lo limitado. Creeríamos que el Universo tiene límites, cuando pudiéramos señalar sus extremos; pero el mundo no puede tener esas fronteras, porque en cualquiera parte de él que ocupáramos habríamos de ver que teníamos por delante para contemplar espacios infinitos.

975. Præterea si jam finitum constituatur...

Además, si consideramos limitado el espacio y suponemos que en sus extremos alguien se coloque y dispare una flecha con violento impulso, ¿piensas que el objeto así lanzado habría de recorrer el aire constantemente, ó supones que algún obstáculo se opondría á su vuelo? Hay que decidirse por uno de los términos de ese dilema; pero cualquier partido que sigas te ha de obligar á reconocer que no hay extremos finales en el Universo; porque ya supongas que la flecha sea detenida por un obstáculo ó ya imagines que incesantemente vuele, es lo cierto que nunca podrás figurarte que llega á tocar el límite del mundo; y si por acaso creyeras que alguna vez terminaría su marcha, habré de preguntarte: ¿qué se haría entonces de la flecha? Forzosamente nunca podrá tocar el fin del espacio y siempre le quedará una ilimitada extensión que recorrer.

991. Præterea spatium summai totius omne...

Aún hay más: si el Universo estuviese incluido ó colocado en una determinada porción del espacio, tendría necesarios límites; las grandes masas por su propia gravedad ocuparían el fondo y allá en las mayores alturas no podría subsistir ningún ser ni habría aire ni Sol: toda la materia yacería confusa en caótica eternidad; pero no es esto lo que ocurre; los cuerpos, en el orden harmónico universal, no pueden permanecer en constante quietud porque no existe ese lugar profundo en que se hacinaran para el reposo: en movimiento incesante los seres se reproducen y se organizan en virtud de los subsidios que reciben de los elementos eternos activos universales que forman las concreciones corpóreas.

1005. Postremo ante oculos rem res finire videtur...

En fin, es patente que la Naturaleza ha determinado los límites de los cuerpos; las colinas están circunscriptas por el aire, el aire por los montes, las tierras altas por el mar y el mar está encerrado entre las tierras altas. No tiene, sin embargo, el Universo nada que lo termine; la Naturaleza y el espacio ocupado por los mundos, forman como un río que perpetuamente corre y que avanza sin encontrar límites: así el Universo no tiene término alguno; es infinito.

1015. Ipsa modum porro sibi rerum summa parare...

El Universo de ningún modo puede quedar circunscripto; la Naturaleza está en todas partes; con la materia se limita el vacío y el vacío con la materia; pero espacio ocupado y espacio vacío todo es materia con mayor ó menor rarefacción; el Universo infinito así se muestra. Si tanto el espacio como la concreción corpórea no determinasen recíprocamente sus respectivos límites, ni el mar, ni la tierra, ni la bóveda brillante del espacio, ni la progenie humana, ni los cuerpos sacrosantos de los númenes podrían durar un solo instante; las partes simplicísimas de la materia, faltas de cohesión, se elevarían por el infinito espacio desocupado, sin orden ni harmonía, y nunca llegarían á formar cuerpos determinados concretos por estar siempre separadas. Ciertamente los elementos de la materia no se han movido por reflexivo determinado impulso en las direcciones en que hoy se hallan, ni han establecido por cálculo convencional ó por concierto libre el orden que constituye el Universo; lo que ha sucedido es que fluctuantes por toda eternidad en el inmenso espacio y agitados con impulsiones recíprocas, después de seguir toda clase de movimientos y toda especie de combinaciones, han llegado por adaptaciones recíprocas y por harmonía derivada de sus propias condiciones á constituir esta Suma total del Universo; y del cumplimiento de la ley emanada necesariamente de su acción invariable en el transcurso de innumerables siglos, se ha establecido el orden existente, en cuya virtud las aguas de los ríos abundosas proveen al mar de las pérdidas sufridas; la tierra, fertilizada por el Sol y por la reversión de sus vapores, renueva la pompa de sus producciones; florecen las especies de animales, y los cuerpos fulgurantes etéreos envían siempre sus destellos. Ese concierto de la Naturaleza sería con facilidad interrumpido si infinitos elementos no trabajasen continuamente en la renovación de los organismos; porque así como los seres individuales mueren cuando están privados de alimento, así también el Universo llegaría á aniquilarse cuando la materia interrumpiese la constante labor que le da movimiento y vida.

1049. Nec plagæ possent extrinsecus undique Summam...

Y no por efecto de presiones exteriores podría conservarse el orden en que el Universo está constituido; impulsos de fuera para adentro, repetidos con frecuencia, engendrarían otros nuevos que en unos casos mantendrían la harmonía del Universo; pero otras veces las partes de la materia, forzadas por el choque, saltarían y dejarían espacio suficiente para que las porciones aglomeradas pudieran desprenderse de todo enlace y dispersarse. Es, pues, necesario que la acción de los primeros cuerpos obre sin interrupción; y debe reconocerse que esas presiones exteriores al existir suponen y demuestran que los elementos de la materia son infinitos.

1059. Illud in is rebus longe fuge credere, Memmi...

Con relación á estas ideas, no debes de creer ¡oh Memmio! que todos los cuerpos tiendan, como algunos dicen, hacia un centro del Universo, y que nuestro mundo no sienta influencias exteriores que coadyuven á la gravitación general, porque todas sus regiones por sí mismas buscan el centro del equilibrio (opinión ideada en favor de la teoría que sostiene la acción de la pesantez ejercida de abajo hacia arriba, y de que algunos cuerpos vivan en la tierra en dirección contraria á los que están en la superficie en una posición parecida á la que tiene con nuestro cuerpo su propia imagen proyectada en las tranquilas ondas). Con esas ideas pretenden algunos explicarse el hecho de que animales de varia especie puedan residir en las regiones inferiores del mundo; de que nosotros mismos no podamos elevarnos á las alturas, y el hecho de que haya sobre la tierra individuos que ven el Sol cuando nosotros contemplamos las estrellas, y que tengan con nosotros las estaciones cambiadas, aunque disfruten como nosotros de días y noches.

1075. Sed vanus stolidis hæc omnia finxerit error...

En aquel error han caído los que atrevidamente dedujeron falsas conclusiones de hechos exactos. No es posible imaginar un punto medio en el espacio ilimitado, y aunque nos lo figuráramos no podríamos reconocerle una acción propia y especial sobre los cuerpos. Todo y cualquier lugar del espacio que llamamos vacío, ya sea designado con el nombre de centro ó con otro distinto, deja paso á los cuerpos graves; porque no hay un sitio donde al llegar un cuerpo arrastrado por su propio peso este cuerpo sea obligado á permanecer estático en el vacío; el espacio no puede impedir que un cuerpo cualquiera pesado lo penetre con arreglo á las leyes de la Naturaleza. Por ese motivo, la atracción del centro no es bastante para conservar la harmonía de la creación.

1090. Præterea, quoque jam non omnia corpora fingunt...

Fingen también que la tendencia hacia el centro no es propia de todos los cuerpos, sino de aquellos especialmente compuestos de tierra ó de agua, tales como los ríos que se despeñan desde altos montes para confundirse en el vasto Océano, ó como la sólida porción del mundo; por lo contrario, las tenues auras y los cálidos vapores siempre tienden á separarse del centro, y si vemos que la bóveda celeste de fulgores brilla y que su claridad nos alumbra, es porque en ella se reunen elementos que por ser ligeros de la tierra escapan, aunque desde allí contribuyen á la nutrición de los seres animados y á la fructificación frondosa de los árboles. Así también suponen que por encima de las estrellas existe un firmamento que todo lo rodea, el cual, mediante eficaz presión ejercida sobre nuestro mundo, evita que salga del centro fuego celeste que franquee los términos de la mansión humana; impide que todo sea invadido por completo desorden; que el cielo caiga sobre nuestras cabezas y la tierra se abra debajo de nuestros piés; que nuestros cadáveres, destrozados y envueltos entre las ruinas del cielo y de la tierra, se confundan en profundo caos; que los elementos primarios queden sin energía, y rotas las puertas de la disolución, se precipiten por ellas en turba amontonada todos los seres, y de cuanto existe no quede más que universal desierto.

1114 á 1118. Hæc si pernosces parvâ perfunctus opellâ.

Pero si comprendes bien las razones que te expongo, ya que las unas auxilian á las otras, no ha de robarte más negra noche la claridad que te ilumine para que puedas penetrar en el arcano de la Naturaleza; porque de unas cosas brotará luz bastante para que distingas otras.


LIBRO SEGUNDO


1. Suave, mari magno turbantibus æquora ventis...

Grato ha de sernos contemplar desde la playa el vasto mar agitado por el aquilón, y presenciar desde tierra la desesperada lucha que el náufrago sostenga con la tempestad, no porque gocemos con el infortunio ajeno, sino porque nos consideremos libres de peligros que tan próximos veamos: también será grato asistir desde lejos sin temores ni zozobras á las contiendas inhumanas de dos ejércitos que en el campo se destrocen; pero todavía ha de ser más agradable estar en posesión de las doctrinas de los pensadores, y observar serenamente desde esas alturas del saber las agitaciones de los hombres que sin guía buscan á tientas los caminos del bienestar, y para hallarlos pretenden supremacías de nobleza ó distinciones de genio y pasan días y noches entre afanes é inquietudes que les permitan acumular riquezas.

14. Ô miseras hominum mentes, ô pectora cæca!

¡Oh pobre inteligencia de los hombres! ¡Oh energías mal empleadas! ¡Entre cuántas densas tinieblas y entre cuántos inútiles peligros la vida corre! ¿Cómo no se comprende que las leyes naturales permiten la vida sin dolor del cuerpo, y sin preocupaciones y sobresaltos del alma?

20. Ergo corpoream ad naturam pauca videmus...

Por lo que se refiere al cuerpo, cuyas necesidades son escasas, debo decir que no es difícil eximirlo de muchos dolores y proporcionarle varios placeres en harmonía con las reclamaciones de la Naturaleza: si no disfrutas de festines nocturnos alumbrados por lámparas igníferas sostenidas en la mano derecha por estatuas juveniles; si en tu casa no brilla el oro ni resuena por doradas bóvedas el sonido harmonioso de las cítaras, aun así podrás tener alguna dicha si te decides á disfrutar de la frescura de las hierbas junto al río, á la sombra de los árboles dadivosos de goces que nada cuestan; y principalmente en los risueños prados, cubiertos durante la primavera de matizadas florecillas. Lo mismo inquieta la fiebre ardiente de ambición al rico potentado que vive entre púrpuras y riquezas, que al infeliz que yace tendido en burdo lecho.

37. Quapropter, quoniam nil nostro in corpore gazæ...

La opulencia, las distinciones sociales y el poder no libran de dolores al cuerpo ni proporcionan felicidad al alma: aunque mandes innumerables ejércitos extendidos por la campiña y cobijados por amplias banderas, y aunque dispongas de fuerte escuadra esparcida por dilatados mares, las preocupaciones del fanatismo no huirán de tu ánimo amedrentado ni la idea de la muerte y sus terrores darán sosiego á tu corazón.

46. Quod si ridicula hæc, ludibriaque esse videmus...

Son las grandezas ilusiones insensatas: los temores y sobresaltos de los hombres ignorantes no se ahuyentan con estruendo de armas, ni con esplendor de corona reluciente, ni con la majestad de purpurino manto, ni con la altura de soberbio trono. ¿Aún puedes dudar de que esos terrores que agobian á los hombres son producidos únicamente por la ignorancia? Como niños que de todo tienen miedo por la noche, así nosotros, durante el día, nos vemos rodeados por ilusorias sombras y fantasmas vanos que no se disipan con el rayo solar ó con la luz diurna, pero que se desvanecen mediante el uso de la razón tranquila y el estudio reflexivo de la Naturaleza.

61. Nunc age, quo motu genitalia materiai...

Voy ahora á explicarte la causa del movimiento é impulso que reciben los elementos de la materia para engendrar los cuerpos y descomponerlos, y también te explicaré la fuerza y la rapidez con que nadan sin cesar en el inmenso espacio; sigue, pues, la ilación de mis discursos. Nuestro mundo material no forma un todo inmóvil: hay diminución en todos los cuerpos, los cuales están sujetos á emanaciones, pérdidas y rozamientos que los rebajan, los reducen y aun los ocultan á nuestros ojos; pero estos fenómenos en nada perjudican á la suma universal, porque los sumandos no desaparecen sino cambian de sitio: cuando la vejez por una parte se inclina, por otra la juventud se yergue: no hay descanso en la Naturaleza; el mundo siempre con incesantes mudanzas se renueva; la vida de los que mueren se transmite á los que nacen; pomposas generaciones se elevan, mientras otras se desvanecen; todas las cosas mudan de perspectiva, y todos los que participamos de la existencia tomamos de unos en otros el turno de la vida, como los corredores en los juegos sagrados se pasan de mano en mano la antorcha luminosa.

79. Si cessare putas rerum primordia posse...

Si piensas que los principios de las cosas pueden tener descanso para recibir de éste un nuevo impulso y movimiento, incurres en error[18]; todos los cuerpos elementales que existen en el espacio han de obedecer la dirección propia de su peso y de su esencia ó la dirección á que los obligue la influencia de otros elementos: así unos y otros se encuentran en el vacío y obran entre sí por su propia gravedad y por su peculiar dureza y solidez, sin que nada extraño á ellos modifique su rumbo. Y para que más claramente comprendas el perpetuo movimiento de los principios de la materia, te he de recordar que en el Universo no hay lugar alguno que pueda considerarse inferior y sirva de asiento á los cuerpos que sean precipitados por la acción de la pesantez, pues el espacio es infinito y tiene por límites la inmensidad, como ya he demostrado en otra ocasión.

[18] Lucrecio refuta aquí minuciosamente la doctrina de Aristóteles sobre la inmovilidad de la materia.

94. Quod quoniam constat, nimirum nulla quies est...

Los primeros cuerpos ningún reposo tienen en el vacío inmenso: impelidos por constante fuerza de atracción y de repulsión á movimiento perenne, se alejan á largas distancias ó se aproximan hasta confundirse con arreglo á la especial fuerza en ellos dominante; cuando la atracción molecular es grande, se produce una concentración corpuscular que sirve de base al hierro, á las duras peñas y á otras substancias de análoga naturaleza; y cuando la atracción es muy débil, las moléculas tienden á dispersarse en el espacio y con su movilidad originan el fluido aéreo que nos beneficia y el rutilante esplendor del Sol que nos ilumina.

108. Multaque præterea magnum per Inane vagantur...

Muchos mínimos cuerpos, no obstante, vagan por el espacio en perpetua agitación y disociados siempre al parecer del movimiento general; de este hecho diariamente se muestra ante nuestros ojos una imagen sensible cuando en estancia obscura penetran por un pequeño resquicio los rayos de luz solar; entonces se ven corpúsculos sin cuento que de mil modos se agitan y en todas direcciones se mueven, como si entre ellos hubiera oposición tenaz y cruda guerra, porque jamás cesan de combatir entre sí, de unirse y de separarse. Su actividad no tiene término, y del hecho que menciono puedes conjeturar cuál sea el movimiento de los cuerpos engendradores de los seres, ya que el ejemplo recordado ha de servirte de medio para comprender vestigios de fenómenos importantes.

124. Hoc etiam magis hæc animum te advertere par est...

Tales corpúsculos, cuya movilidad y cuyas agitaciones son perceptibles á nuestra vista merced al contraste de los rayos de Sol en la obscuridad, tienen un movimiento causado por impulsiones clandestinas que determinan separaciones y afluencias producidas por su propia acción imperceptible, que obran sobre ellos mismos y que también comunican á otros cuerpos de masas más tenues, los cuales influyen sobre otros más fuertes; y así, el movimiento de los cuerpos simples se propaga de unos en otros, de igual forma que pasa con esas moléculas hechas perceptibles por la luz del Sol: pero las causas de ese movimiento aún nos son desconocidas.

140. Nunc, quæ mobilitas sit reddita materiai...

Ahora, con pocas palabras que al asunto dedique ¡oh Memmio! podrás comprender la gran movilidad de que los elementos están dotados: cuando la aurora esparce sobre la tierra sus primeros arreboles, y las aves, esparcidas por el bosque, saltan de rama en rama y llenan los aires de suaves melodías, vemos el Sol que de súbito aparece y baña con torrentes de luz toda la Naturaleza; las emanaciones de aquel astro no atraviesan un espacio completamente vacío; en su paso encuentran obstáculos que retardan la carrera de las ondas luminosas, las cuales se hacen para nosotros visibles á medida que se ponen en contacto con el fluido del aire. Pero los cuerpos simples que en el vacío se mueven y no encuentran obstáculo alguno independiente de ellos mismos, deben correr con rapidez mil veces mayor que las ondas luminosas emanadas del Sol, á no ser que se retarden por su propia acción; y sería insensato suponer que los primeros cuerpos concertaran entre sí un plan para regularizar sus movimientos.

167. At quidam contra hæc, ignari, materiai...

Pero hay quien juzga, ignaro, que la materia sin la voluntad de dioses puede, por condición propia, proveer á las necesidades humanas, formar las estaciones, producir los frutos y facilitar la reproducción de las especies todas; no reparan en que por impulso natural todo ser ciegamente contribuye á la propagación de su especie y que estímulos de atracciones y de goces naturales contribuyen á la generación. Por eso han imaginado la intervención de dioses creadores, desmentida por la razón y contrariada por los hechos. No basta que nosotros desconozcamos la propia naturaleza de los elementos para figurarnos creaciones fantásticas: la vista del inmenso espacio y la contemplación de los fenómenos que constituyen el mundo, son bastantes para probar que el mundo no ha podido ser obra de fuerza directiva inteligente, porque no pocos defectos lo deforman; pero ya te probaré estas verdades[19] ¡oh Memmio!; continuemos ahora la exposición de nuestro asunto.

[19] En el principio del canto V.

184. Nunc locus est, ut opinor, in his illud quoque rebus...

Entiendo que ahora es ocasión de hacerte comprender que ningún cuerpo es capaz de elevarse por su propia fuerza: y no incurras en error ante la presencia de las llamas que al formarse de repente se dirigen hacia arriba; también suben los árboles y las mieses que al brotar del suelo siguen en su crecimiento dirección contraria á la que parece exigida por la gravedad. Si la llama se eleva hasta alcanzar el techo del edificio, cuyo maderamen devora con insaciable afán, ciertamente no lo hace por gusto, sino porque una fuerza extraña obra sobre ella. Así también, la sangre que se escapa de vena abierta en nuestro cuerpo tiñe de púrpura todo lo que toca. ¿No has observado la violencia con que el agua arranca empalizadas firmes? Habían sido formadas con grandes precauciones; fuerzas enormes se habían empleado en esa obra; pero las aguas trabajaban con tanto más ardor para destruirla, cuanto más sobresalían de la superficie líquida las estacas, y al cabo éstas fueron vencidas. Pero según mi opinión, esos datos no nos autorizan para dudar de que los cuerpos bajen cuando fuerza mayor no contraría el efecto de su propio peso: una acción extraña obliga á la llama á elevarse en las regiones atmosféricas, á pesar de que en cuanto dependiera exclusivamente de ella tendría inclinación á bajar. ¿No ves nocturnos meteoros de fuego que se muestran en el infinito espacio y forman diversas ondulaciones por entre las cuales parece que se abre una comunicación con la Naturaleza? ¿No te figuras que en ocasiones se inclinan hacia la tierra estrellas y astros? También el Sol, desde las inmensas alturas, por todas partes prodiga su calor y su luz que los campos fertilizan, y su acción se ejerce hacia abajo; igualmente puedes notar que el rayo se abre camino á través de las nubes é impetuosamente cae sobre la tierra.

216. Illud in his quoque te rebus cognoscere avemus...

Ardientemente deseo que de estas observaciones derives el principio de que, por su propia gravedad, los cuerpos tienden á caer, pero que en circunstancias especiales de lugar y tiempo, en su caída se apartan de la línea recta, aunque su retirada apenas merezca el nombre de desviación; sin esas declinaciones, los cuerpos simples caerían pesadamente en el vacío, como vemos que se precipitan sobre la tierra las gotas de lluvia; los elementos de la materia no coincidirían nunca, y la Naturaleza sería improductiva.

225. Quod si fortè aliquis credit graviora potesse...

Alguien ha supuesto que los cuerpos más pesados caen en línea recta sobre los más ligeros, y que así originan movimientos productores; pero esa teoría repugna á la razón. Cierto es que en el agua y en el aire caen los cuerpos con una velocidad proporcionada á su peso, porque más pronto es vencida la resistencia de las ondas acuosas y fluidas, cuanto mayor es la potencia representada por el cuerpo que las penetra; pero no sucede lo mismo en el espacio desocupado; éste puede ser invadido sin obstáculo por todos los seres, y, por lo mismo, en el vacío todos los cuerpos se mueven con igual celeridad é independientemente de su volumen y de su peso. De estas afirmaciones se deduce que nunca los cuerpos más graves podrán caer sobre los más leves, ni rozarlos ni cambiar sus movimientos, de modo adecuado para que la Naturaleza produzca los seres.

243. Quare etiam atque etiam paulùm clinare necesse est...

Necesario es repetir una y mil veces que los cuerpos simples en su caída tienen una mínima declinación. No trato de inventar movimientos oblicuos que la observación no haya revelado; es patente, y de ello la vista nos da testimonio, que los cuerpos no siguen en su caída una dirección oblicua; pero ¿quién puede afirmar sólo por la autoridad de sus imperfectos sentidos, que los cuerpos al caer no se aparten algo de la línea recta[20]?

[20] En esta parte de su doctrina es donde Lucrecio, lo mismo que Epicuro, se muestra más débil é indeciso; parece que él mismo desconfía de la solidez de sus argumentos.

251. Denique si semper motus connectitur omnis...

Si es cierto que entre todos los movimientos ó manifestaciones de la vida hay una regular perpetua conexión, y que todas las cosas en el mundo se producen dentro de un orden inquebrantable, cierto ha de ser también que la declinación de los cuerpos simples no puede originar combinación alguna que rompa los lazos del destino y perturbe la ley que á cada hecho convierte en causa de lo infinito, pero engendra la libertad de que gozan los seres animados para dirigirse hacia donde el deseo los incita, aunque en nuestras acciones domine un agente motriz, que es origen de los movimientos voluntarios, en cuya virtud nos determinamos, no por las atracciones de tiempo fijo ó de lugar cierto, sino por los impulsos de nuestra alma. Es indiscutible que la voluntad es la fuerza propulsora del movimiento, cuyos estímulos se extienden por todo el cuerpo. ¿No has tenido ocasión de observar que los caballos dispuestos para la carrera, en el instante en que se abren las puertas del circo, se inquietan y se estremecen, porque no pueden lanzarse desde luego hacia donde los empuja su ardoroso instinto? Extendidas por todo el cuerpo las energías de la vida, han de auxiliarse recíprocamente para realizar, en conexión estrecha, las determinaciones de la voluntad. Por tanto, en el corazón surge el principio del movimiento, la voluntad imprime á éste la dirección, y seguidamente se comunica á todo el organismo.

272. Nec simile est, ut cum impulsi procedimus ictu...

No sucede lo mismo cuando, obligados por fuerza extraña y movidos por coacción poderosa, tomamos dirección que nos repugna; es evidente que en este caso y á pesar nuestro toda la materia de que constamos cede por de pronto á las circunstancias, y se deja subyugar hasta que la voluntad recobra su imperio sobre los miembros y puede refrenarlos: ¿no ves, por tanto, que si á los hombres empuja en muchos casos una fuerza extraña que es contraria á su voluntad y que los impele en dirección determinada, siempre queda en nosotros mismos una energía que puede resistirla, y á su arbitrio hacerse obedecer por los miembros, hasta rechazar la violencia y ponerla en fuga?

284. Quare in seminibus quoque idem fateare necesse est...

Debemos, pues, confesar que en los elementos de la materia, aparte de la acción de la gravedad y de las atracciones que en ellos reside, hay otra fuerza de la que el movimiento se origina y de la que surge para nosotros el principio de la facultad volitiva. No hay efecto sin causa: y así como la gravedad se opone á que las series de los movimientos de los cuerpos sean producidos por impulso ajeno á los cuerpos mismos, sino que han de ser consecuencia necesaria de las propiedades de los seres, así también el alma no ha de obrar sólo por extraños impulsos, ni ha de permanecer pasiva obediente á acciones recibidas de fuera, sino ha de tener una declinación de propia energía creadora de libres determinaciones independientes de las tornadizas é inciertas circunstancias de lugar y de tiempo.

294. Nec stipata magis fuit unquam materiai...

Nunca han sido los elementos de la materia más densos ni más raros. Ni aumentar ni disminuir les es lícito; así, igual movimiento que hoy tienen, han tenido en los siglos pasados y conservarán en los venideros: por iguales causas, por ley constante, se producirán en lo sucesivo los mismos seres que hasta hoy en las mismas condiciones, y existirán, y crecerán, y tendrán las cualidades que les son propias en el concierto de la Naturaleza. No hay ninguna fuerza que pueda cambiar el orden universal: tampoco hay sitio para donde pueda escapar del Todo alguna parte de la materia, ni entrada por donde penetren en el mundo cuerpos extraños y trastornen los movimientos de la Naturaleza.

308. Illud in his rebus non est mirabile: quare...

Y no es de admirar que esto ocurra; también á pesar del continuo movimiento de los cuerpos simples parece que todo el Universo yace en inmóvil quietismo, excepto aquellos seres que tienen actividad propia; como los elementos de la materia están fuera de la penetración de nuestros sentidos, es indudable que aun cuando no podamos ver sus agitaciones, éstas existirán, si bien ocultas para nosotros, de igual modo que en ocasiones dadas no podemos precisar los movimientos que ejecutan algunos seres que vemos á largas distancias. El ganado lanar sube á las altas colinas atraído por las viciosas hierbecillas donde centellean perlas de luciente rocío, en tanto que los tiernos corderillos, saciados del dulce lácteo licor, se ejercitan alegres y retozones en luchas inocentes. Si reparamos en este cuadro desde lejos, lo veremos todo confuso, y sólo distinguiremos lo blanco del ganado que se destaca de lo verde obscuro de la colina. Observemos dos grandes ejércitos que llenan vasta extensión de los campos y se ocupan en simulacros de guerra; ya se mueve la audaz caballería en torno de las legiones; ya recorre con variables ímpetus campos que se estremecen; el fulgor de las armas llega hasta el cielo; el reflejo del bronce brilla en la tierra; el suelo retumba con el paso militar; el clamor del combate resuena en los montes y se transmite á los vecinos lugares: pues estas escenas, vistas desde elevadas montañas, parecen mudas, reposadas, y su centelleo se considera procedente de los mismos campos.

333. Nunc, age, jam deinceps cunctarum exordia rerum...

Medita ahora acerca de las cualidades de los cuerpos simples en cuanto aquéllas se refieren á su peculiar forma, que puede ser algo variada, como lo atestigua el hecho de que los seres, aun los que pertenecen á la misma especie, no son idénticos. No es de admirar que los elementos sean algo distintos en su figura, porque son numerosísimos, y no todos han de tener igual forma é iguales condiciones; la especie humana, los escamosos y mudos habitantes de las aguas, los árboles corpulentos, las fieras, las varias aves que plumadas trinan en las lindas y frescas márgenes de arroyos, en las proximidades de las fuentes y de los lagos, y que se mueven con vuelos circulares por los desiertos bosques, se componen de muchos individuos que, comparados entre sí dentro de cada especie, revelan diferencias varias; si así no fuera, entre nosotros mismos la madre no conocería sus hijos ni los hijos á sus madres; y como podemos ver, entre los hombres no existen notables signos diferenciales. Cuando en los templos, junto á los altares de los dioses, muere sacrificado el novillo, de cuyo pecho palpitante corre caliente sangre, la madre, desamparada, recorre los bosques, y deja en el húmedo terreno grabada la huella de su pesuña hendida, y escruta con indagadores ojos el espacio entero para ver si encuentra á su perdido hijo, y se detiene en los bosques, y de bramidos llena la selva umbrosa, y vuelve para el corral, y queda inmóvil, atormentada por los recuerdos de su hijo: ni los tiernos pimpollos de los árboles, ni las hierbas adornadas con reluciente aljófar, ni los arroyos que corren entre amenas márgenes, le dan placer ni le hacen olvidar su tormento; otros novillos que saltan mientras alegres pastan, no le quitan su tristeza, porque ninguno es el que ella ansiosa busca. Los cabritillos de trémulas voces reconocen á sus cornígeras madres, y lo mismo que los corderos de tiernos balidos, cada uno conducido por la Naturaleza, se dirige á las atractivas ubres que ha de alimentarlos con su dulce leche.

371. Postremo quodvis frumentum, non tamen omne...

Si comparas los granos de una espiga hallarás entre ellos diferencias, aunque todos sean semejantes; lo mismo observarás en las conchas que á algunos terrenos cubren, en las argentadas olas del Océano, en las arenas de la playa, y, por último, en todas las especies creadas, cuyos individuos no son completamente idénticos, porque ninguna mano los ha tallado con sujeción á un molde; la Naturaleza los hizo, y por el espacio vagan, con diversas formas.

381. Perfacile est jam animi ratione exsolvere nobis...

Así es fácil de explicar por qué es más intenso el fuego del rayo que el producido por nuestra industria ó por la combustión de hachas resinosas: quizá el celeste fuego del rayo conste de elementos más sutiles que otro cualquiera, y por este motivo puede penetrar en poros inaccesibles para llamas que tengan otro origen: la luz se comunica á través de córnea lámina, pero no así el agua; ¿por qué? Porque los cuerpos simples componentes de la luz son más sutiles que los asociados para formar el transparente líquido.

391. Et quamvis subito per colum vina videmus...

Vemos que el vino pasa rápidamente por el filtro, pero que el aceite penetra con mucha lentitud: se efectúa este fenómeno porque los elementos del líquido oleoso componen moléculas más compactas que los del jugo de la vid, ó bien porque aquéllas se entrelazan y por su densidad ofrecen mayor resistencia á la división.

398. Huc accedit, uti mellis lactisque liquores...

Además, leche y miel afectan el órgano gustativo con grata sensación, mientras que amargo ajenjo y ruda centaura hieren el paladar con sabor repugnante: de este hecho y de otros parecidos puedes inducir que el gusto agradable se produce cuando moléculas esféricas y lisas pasan por las membranas sápidas; y que la impresión desagradable se origina por el rozamiento que en las fibras papilosas efectúan cuerpos ásperos enlazados con nexo indisoluble.

408. Omnia postremo bona sensibus, et mala tactu...

Las diferentes sensaciones de dolor y de placer que experimentamos, se deben á las impresiones que en nuestros órganos terminales producen los cuerpos, según la forma y condición de sus moléculas componentes; y tú no supondrás que el chirrido estridente de áspera sierra se produce lo mismo que las dulces melodiosas notas halladas en las fecundas cuerdas de la lira por los dedos flexibles de músico hábil. Ni considerarás que iguales son las moléculas productoras de los miasmas fétidos procedentes de cadáver consumido por el fuego, que las emanaciones del azafrán mimoso de Cilicia[21], ó los aromas de Pancaya[22], utilizados para perfumar los templos.

[21] Cilicia, provincia del Asia Menor.

[22] Pancaya, región arenosa de la Arabia Feliz.

418. Neve bonos rerum simili constare colores...

Ni pensarás que los agradables colores que nuestra vista alegran tienen los mismos principios materiales que aquellos que nos molestan y hasta provocan lágrimas ó que hacen retirar los ojos con horror; todo, pues, lo que agrado produce á los sentidos, consta de moléculas suaves; pero lo que ocasiona incomodidad ó disgusto, se compone de elementos ásperos y rudos. Pero también hay primarios cuerpos, que ni son perfectamente lisos ni ásperos del todo, sino rodeados de ángulos salientes que producen algún escozor, pero que no dañan, los cuales se hallan en la fécula y en la ínula[23]. El fuego ardiente y el granizo helado afectan nuestros órganos de un diferente modo por la especial estructura de sus elementos, de lo que nos da claro indicio el tacto.

[23] Ínula, planta sinantérea, pequeña y amarga.

444. Tactus enim, Tactus, pro Divum lumina sancta...

El tacto, pues, el tacto ¡oh, espléndido tesoro de númenes! es el sentido universal del cuerpo, ya cuando se excita por causa exterior, ya cuando se estimula por impulso interno, bien si motiva gozosas efusiones de amor, bien si por violencia sufrida engendra en nuestro ser incomodidad ó pena; hecho este último que puedes comprobar por ti mismo al sentir el contacto de un objeto sobre cualquiera parte de tu cuerpo. Según mi entender, las diferentes sensaciones que experimentamos, sólo se explican por la variedad de los principios materiales que las provocan.

454. Denique quæ nobis durata ac spissa videntur...

Los cuerpos duros y compactos deberán estar compuestos de partículas ganchudas, muy unidas y entrelazadas, como si formasen ramas. En este género figura, en primer lugar, el diamante, superior en dureza á todos los cuerpos; después, la fuerte piedra, el inflexible hierro y el bronce, de que se forman los goznes que al abrir de las puertas gimen.

461. Illa autem debent ex lævibus atque rotundis...

Los líquidos, masas fluidas, deben estar compuestos de partículas esféricas y pulimentadas, que no se entrelazan, y en superficies inclinadas con rapidez ruedan.

465. Omnia postremo quæ puncto tempore cernis...

Los fluidos que fácilmente se disipan, como el humo, las nubes y las llamas, han de estar formados de partes exactamente redondas y pulidas, y poco encorvadas para que puedan agujerear y penetrar las piedras; esas partículas no tienen entre sí completo enlace, según nos demuestran los sentidos, y, como puedes fácilmente conocer, las moléculas de esos cuerpos, si bien agudas, no pueden tener forma de gancho.