SPANISH TALES
FOR BEGINNERS

EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY
BY
ELIJAH CLARENCE HILLS, PH.D., LITT.D.
PROFESSOR OF ROMANCE LANGUAGES IN
INDIANA UNIVERSITY

REVISED EDITION
WITH DIRECT METHOD EXERCISES

NEW YORK
HENRY HOLT AND COMPANY

Copyright, 1909, 1919,
BY
HENRY HOLT AND COMPANY

[CONTENTS]
[NOTES]
[EJERCICIOS]
[VOCABULARY:] [A], [B], [C], [Ch], [D], [E], [F], [G], [H], [I], [J], [K], [L], [Ll], [M], [N], [O], [P], [Q], [R], [S], [T], [U], [V], [Y], [Z]

[Please note that Spanish orthography has changed slightly since this book was written.
The words á and é are no longer accented.
(Note of etext transcriber)]

PREFACE

IN selecting these Spanish Tales for Beginners, three objects have been kept in view: (1) that they be good literature, (2) that they portray modern Spanish life, and (3) that they be interesting and not too difficult in language and thought. Some of the stories do not conform to all three rules,—the first two, for instance, do not portray modern Spanish life; but I hope that most of them will be found to conform fully. A few short lyric poems have also been included, since poetry forms an integral part of literature. Verse, moreover, is better for oral work and memorizing than prose.

Spain has a rich and varied literature, from which other nations have freely drawn,—a literature that gives true expression to the life and aspirations of the Spanish people. The selections in this volume are taken from literary works that have been written in the past fifty or sixty years, and although they are inferior in some respects to the great master-pieces of the sixteenth and seventeenth centuries, I believe that they have literary excellence, and they have, besides, the advantage of being written in the language of today and of describing present-day life.

It is my greatest wish that this volume may awaken the students' interest in the civilization of Spain, and that it may serve as an introduction to the study of Spanish literature.

The integrity of the texts has been preserved so far as the exigencies of a beginners' book permit, but the following changes have been made: (1) Some words or passages have been omitted, chiefly in the earlier stories. The parts thus omitted are, for the most part, digressions or uninteresting descriptive passages. Omissions have generally been marked by four suspensive points, or by three at the beginning of a story. Except at the beginning of a story, three suspensive points form a part of the punctuation of the several authors. (2) The orthography has been made to conform to that now prescribed by the Royal Spanish Academy. (3) In the earlier stories, le has been substituted for the feminine indirect object-pronoun la, and los for the masculine plural direct object-pronoun les. (4) And in the earlier stories, the conjunctive personal pronoun-object has been placed before the indicative verb: e.g., se tornó for tornóse, p. 11, l. 4. (5) The conjunction y has been added a few times to bridge over an omission: e.g., p. 2, l. 3. (6) In a few cases one word has been substituted for another: vieron for se apercibieron de que, p. 22, l. 11; la niña for la del rojo balandrán, p. 47, l. 13; Rogó for De esto á rogar, p. 48, l. 9; ese dinero for esos monises, p. 57, l. 31; cochero for auriga, p. 58, l. 4; reloj for calderómetro, p. 101, l. 7; otro pájaro for la escula-mata, p. 116, l. 9; madre for escula-mata, p. 116, l. 11.

In the notes the difficulties have been explained, so far as possible, by reference to the vocabulary, or by rearranging the words; but it has often been necessary to translate into English. Perhaps the criticism will be made that the notes to the first few pages are too numerous and too simple; but many of these notes, and especially those that explain elementary rules of Spanish grammar, are given for the benefit of students who begin to read almost from the first. In the notes to the lyrics, no attempt has been made to treat Spanish prosody fully; only a few rules are given, and these in the simplest language.

The vocabulary has been made as complete as possible. It contains many facts, such as descriptions of places and biographies of noted men, that are usually not given in vocabularies. It contains also all irregular verb-forms that occur in the first fifty pages of the texts.

I have pleasure in acknowledging my indebtedness to many of my colleagues for advice and helpful suggestions, and I am especially indebted to Dr. S. Griswold Morley for help in reading the proofs.

E. C. H.

COLORADO SPRINGS, COLO.

CONTENTS

PAGE
[Map of Spain]facing page[I]
[Los Consejos de un Padre]José Echegaray[1]
[Casilda]Antonio de Trueba[8]
[La Florecita Azul]María del Pilar Sinués[15]
[La Niña del Vigía]Manuela de la Peña Cuéllar[20]
[Tony]Enrique Pérez Escrich[23]
[Pescador de Caña]Ernesto García Ladevese[30]
[La Confesión de un Crimen]Armando Palacio Valdés[34]
[Economía Práctica]Luis Taboada[40]
[De Viaje]Luis Taboada[43]
[Temprano y con Sol]Emilia Pardo Bazán[46]
[El Premio Gordo]Emilia Pardo Bazán[53]
[El Libro Talonario]Pedro Antonio de Alarcón[60]
[El Pájaro en la Nieve]Armando Palacio Valdés[67]
[La Ballena del Manzanares]Antonio de Trueba[79]
[La Casa Donde Murió]Julia de Asensi[83]
[Las Noches Largas de Córdoba]Narciso Campillo[96]
[Cuadros de Costumbres (Fragmentos)]Fernán Caballero[110]
[La Ajorca de Oro]Gustavo Adolfo Bécquer[125]
POESÍAS
[Los Dos Conejos]Iriarte[135]
[El Pato y la Serpiente]Iriarte[137]
[El Jabalí y la Zorra]Samaniego[138]
[Á Todo Hay Quien Gane]Felipe Pérez y González[139]
[El Peral]Juan Eugenio Hartzenbusch[140]
[El Globito Azul]Juan Antonio Cavestany[141]
[Fusiles y Muñecas]Juan de Dios Peza[143]
[Cantos de Pájaro]Antonio de Trueba[146]
[Canción]Fernán Caballero[148]
[¡Bello es Vivir! (from Indecisión)]José Zorrilla[149]
[¡Excelsior!]Gaspar Núñez de Arce[150]
[Rimas: XIII]Gustavo Adolfo Bécquer[151]
[Rimas: LIII]Gustavo Adolfo Bécquer[152]
[Notes][155]
[Vocabulary][203]

SPANISH TALES

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LOS CONSEJOS DE UN PADRE

EL LEÓN, el rey de las selvas, agonizaba en el hueco de su caverna....

Á su lado estaba su hijo, el nuevo león, el rey futuro de todos los animales.

El monarca moribundo le daba penosamente el último consejo, el más importante.

—Huye del hombre—le decía:—huye siempre; no pretendas luchar con él.

Eres señor absoluto de los demás animales, no los temas; domínalos, castígalos, devóralos si tienes hambre.

Con todos puedes luchar, á todos puedes vencer; pero no pretendas luchar con el hombre: te daría muerte y sin piedad, porque es cruel, más cruel que nosotros.

—¿Tan fuerte es el hombre?—preguntó el hijo.

—No es fuerte, no—replicó el padre.—Y continuó diciendo:—De un latigazo de tu cola le podrías lanzar por los aires como al más miserable animalejo.

—¿Sus dientes, sus colmillos, son poderosos?

—Son despreciables y ridículos: valen menos que los de un ratoncillo.

—¿Sus uñas, son tan potentes como mis zarpas?

—Son mezquinas y á veces las lleva sucias; no, por las zarpas no conseguiría vencerte.

—¿Tendrá melenas como éstas, que nosotros sacudimos orgullosos?

—No las tiene, y algunos son calvos.

Aquí el león moribundo abrió enormemente la espantosa boca..., y lanzó el último rugido.

Después sólo pronunció estas palabras:

—Mi consejo, mi último consejo; no luches con el hombre... huye... huye del hombre....

Se estremeció su cuerpo; dobló majestuosamente la cabeza, y murió el león padre.

Empezó el reinado del león hijo.

Cuando éste comprendió que su padre había muerto, no lloró, porque los leones no lloran; pero se tendió junto á él, acercó su cabeza enorme á la enorme cabeza del león difunto, y así se quedó un rato. Los dos hocicos se unieron: el ardiente y el helado. Las dos melenas se mezclaron....

Al fin el hijo se levantó: sacudió cola y melenas y rugió....

Salió de la caverna: á zarpazos hizo rodar unos cuantos pedruscos, hasta cerrar completamente la entrada. El león muerto tenía ya su tumba, ni más ni menos que un faraón.

El león vivo se alejó por el monte y trompeteó el nuevo reinado con tres poderosos rugidos; pero aquella noche no devoró á ningún animal: no tenía hambre. Durmió poco y lo poco que durmió fué soñando con el último consejo de su padre. ¡El hombre! ¡El hombre! ¿Por qué? ¿Sería el hombre tan temible?

Á la mañana siguiente despertó y se echó por el mundo....

De pronto sonó algo estrepitoso y terrible: algo á modo de rugido. Debía de ser el hombre que rugía.

Pero no: era un borrico que rebuznaba con rebuznos formidables.

El león, por impulso que no pudo contener, acometió al borrico, le derribó y le sujetó con sus poderosas garras.

—¿Eres el hombre?—le preguntó.

—No—contestó el pobre animal.—No soy el hombre, ¡aunque he oído decir que algunos se parecen á mí! Es un burro, es un borrico, se dice de muchos....

—¿Dónde encontraré al hombre?

—Sigue este valle, salva esa montaña y quizá lo encuentres al otro lado.

El león soltó al borrico y siguió su camino.

De pronto, algo se le enredó á una pierna; era una serpiente. Con violenta sacudida la arrojó á distancia; dió un salto y la sujetó con la pata.

—¿Eres el hombre?—le preguntó.

—No soy el hombre; soy la serpiente.

—¿Se parece á ti?

—Algunos á mí se parecen; como yo, se arrastran; y como yo, son venenosos.

—¿Dónde encontraré al hombre?

—Sigue por la montaña.... Pero déjame, que pesas mucho.

Y forcejeó la serpiente y quiso morderle.

—Eres un animal muy feo—dijo el león....

Y aplastó y desgarró al reptil.

Continuando su camino pasó la cresta de la montaña y empezó á bajar.

De pronto vió un animal que corría, y saltando sobre él, sin esfuerzo alguno lo sujetó, porque era pequeño y poco robusto.

—¿Quién eres? ¿Acaso eres el hombre?

—Soy el zorro—dijo el animalejo,—y valgo tanto como el hombre por mi travesura; entro en sus corrales y me como sus gallinas, y él sólo aprovecha las que yo le dejo.

—¿Pero le conoces?

—Mucho.

—Pues, ven conmigo.

Y el león y el zorro penetraron en el bosque.

En esto saltó un mono, se subió á un árbol y desde arriba hizo gestos burlescos á su dueño y señor, el rey de las selvas....

—¿Qué animal es ése?—preguntó el león al zorro;—¿es acaso el hombre?

—No es el hombre; pero se le parece mucho. Algunos suponen que son hermanos, ó, por lo menos, primos....

—¡Adelante! ¡Á buscar al hombre!... Un ser que se parece al borrico por el entendimiento, á la serpiente por lo rastrero y venenoso, al mono por la figura, y á quien el zorro le come las gallinas! ¡Á él! ¡Á él!—rugió el león con poderosos rugidos.

Otro animal le cerró el paso; le desafió valiente; le ladró furioso.

—No hables mal del hombre, animal, bárbaro y salvaje. El hombre es bueno, es noble, es mi compañero: parte conmigo su pan, duermo á los pies de su cama. Si le ofendes, me ofendes á mí: si luchas con él, lucharé á su lado; mi cuerpo será escudo que pare tus zarpazos.

—Eres valiente—dijo el león.—Quien cuenta con tan buen amigo, algo bueno tendrá.

—El hombre no tiene nada bueno, como no sean sus gallineros—refunfuñó el zorro.

Pero un águila real llegó desde un picacho y tomó parte en la discusión.

—Calla, animalejo ruin: el hombre es un animal de cuenta: lo digo yo, que miro las cosas desde arriba....

El león levantó la cabeza, y preguntó:

—¿El hombre vuela como tú?

—Él no vuela: pero en su cabeza, como en jaula misteriosa, lleva una ave que vuela más que yo y que sube más alto.

—¿Cómo se llama?

—El pensamiento.

—No le conozco.

—Tampoco yo.

El león se quedó pensativo. ¿Qué sería el hombre? Los borricos hablaban de él con desprecio, las serpientes con envidia, los zorros con burla, los monos le imitaban; pero el perro le defendía y el águila le respetaba, y su padre, el más poderoso león de los bosques, mostró temor al hablar del hombre.

¿Qué debería hacer? ¿Respetar la última voluntad del león moribundo ó buscar resuelto y domar valeroso al que pretendía ser rey de la creación?

Vaciló, pero el zorro le dijo:

—Eres el animal más fuerte que existe: eres nuestro soberano, ¿y vas á huir cobardemente ante el hombre, de quien me burlo yo así todos los días y todas las noches?...

—¿Y el consejo de mi padre? ¿Y su memoria que yo respeto? ¿Y su experiencia?

—Tu padre estaba chocho: los años apagaron su entendimiento y gastaron su fuerza.

El león se decidió á buscar al hombre y á combatir con él.

Continuó caminando por el bosque con el zorro al lado, el perro delante, el mono de árbol en árbol y el águila por los aires.

Al fin, el zorro le dijo:—Mira, allí está. Aquel que va á caballo con arco y flechas, aquél es el hombre.

—Pero aquel animal que cruza á lo lejos es muy grande y tiene cuatro patas, y tú me dijiste que el hombre se parecía al mono.

—Es que el hombre, á veces, tiene cuatro patas ó las merece—replicó el zorro con sorna.—De todas maneras, has de saber que aquel hombre va á caballo.

—¡Pues á él!—rugió el león, y avanzó potente y valeroso.

Empezó la lucha.

El hombre á veces huía, á veces disparaba una flecha; y en retiradas y acometidas y evoluciones, atrajo al león hacia unos matorrales.

De pronto, al dar el león un salto, le faltó tierra y cayó en un foso profundo.

Quiso salir y sintió que unas fuertes ligaduras le sujetaban manos y pies, y todo el cuerpo.

Había caído en una trampa; estaba perdido. Después de bregar un rato lo comprendió, y murmuró con roncas voces:—Mi padre tenía razón, debí huir del hombre: pero ya es tarde; y se dispuso á morir con dignidad....

Se quedó inmóvil y dobló la majestuosa cabeza.

Al borde del hoyo se asomaron con curiosidad el hombre, el perro, el zorro y el mono; el águila miró desde arriba.

El hombre le arrojó una piedra al león á ver si podía aplastarle la cabeza.

Pero el león le dijo:

No me pegues ni me hieras en la cabeza.... Hiéreme con una de las flechas EN LOS OÍDOS; los culpables son ellos, que no oyeron el consejo de mi padre: hiéreme EN EL CORAZÓN, que no le quiso ni respetó como debía.

Y volviéndose el león, presentó el noble pecho.

El hombre, que á veces es compasivo, atendió á su ruego, le disparó una flecha y el león quedó muerto en el fondo de la fosa.

El hombre se inclinó gozoso, pensando:—Hermosa piel; se la arrancaré en cuanto me asegure que ha muerto.

El zorro se deslizó mirando al hombre de reojo, y diciendo para sí:—Ahora que estás entretenido, voy á comerme tus gallinas.

El mono saltó sobre el perro, y en él se montó imitando al hombre; caballo perruno y caballero cuadrumano, salieron corriendo por el bosque.

El águila se remontó, diciendo:—El hombre mató al león; hay que subir mucho para que no me alcance; ¿quién sabe si algún día me alcanzará?

CASILDA

I

ERA el rey de Toledo el moro Almenón, con quien el rey de Castilla don Fernando el Grande mantenía cordial amistad.

Este rey moro tenía una hija muy hermosa y compasiva, llamada Casilda.

Una esclava castellana contó á la hija del rey moro que los nazarenos amaban á su Dios, y á su rey, y á sus padres, y á sus hermanos, y á sus esposas.

También contó la esclava á la hija del rey moro, que los nazarenos nunca quedan huérfanos de madre, porque cuando pierden á la que los concibió, les queda otra, llamada María, que es una madre inmortal.

Pasaron años, pasaron años, y Casilda fué creciendo en cuerpo y en hermosura y en virtud. Se le murió su madre, y envidió la dicha de los huérfanos nazarenos.

En los confines del jardín que rodeaba el palacio del rey moro, había unas lóbregas mazmorras, donde gemían, hambrientos y cargados de cadenas, muchos cautivos cristianos.

Sucedió que un día fué Casilda á pasear por los jardines de su padre, y oyó gemir á los pobres cautivos. La princesa mora tornó al palacio, lleno su corazón de tristeza.

II

Á la puerta del palacio encontró Casilda á su padre, y arrodillándose á sus pies, le dijo:

—¡Padre! ¡Señor padre! En las mazmorras gime muchedumbre de cautivos. Quítales sus cadenas, ábreles las puertas de su prisión y déjalos tornar á tierra de nazarenos, donde lloran por ellos padres, hermanos, esposas, amadas.

El moro bendijo á su hija en el fondo de su corazón, porque era bueno y amaba á Casilda como á la niña de sus ojos.

El pobre moro no tenía más hija que aquélla.

El pobre moro amaba á Casilda porque era su hija, y porque era además la viva imagen de la dulce esposa cuya pérdida lloraba hacía un año.

Pero el moro, antes que padre, era musulmán y rey, y se creía obligado á castigar la audacia de su hija.

Porque compadecer á los cautivos cristianos y pedir su libertad, era un crimen que el Profeta mandaba castigar con la muerte.

Por eso ocultó la complacencia de su alma, y dijo á Casilda con airado semblante y voz amenazadora:

—¡Aparta, falsa creyente, aparta! ¡Tu lengua será cortada y tu cuerpo arrojado á las llamas, que tal pena merece quien aboga por los nazarenos!

É iba á llamar á sus verdugos para entregarles su hija.

Pero Casilda cayó de nuevo á sus pies, demandándole perdón en memoria de su madre.

El pobre moro sintió sus ojos arrasados en lágrimas, y estrechó á su hija contra su corazón, y la perdonó, diciendo:

—Guárdate, hija mía, de pedir otra vez por los cristianos, y aún de compadecerlos, porque entonces no habrá misericordia para ti; que el santo Profeta ha escrito: «Exterminado será el creyente que no extermine á los infieles.»

III

Cantaban los pájaros, era azul el cielo, era el sol dorado, se abrían las flores, y el aura de la mañana llevaba al palacio del rey moro el perfume de los jardines.

Casilda estaba muy triste, y se asomó á la ventana para distraer sus melancolías.

Los jardines le parecieron entonces tan bellos, que no pudo resistir á su encanto y bajó á pasear su tristeza por sus olorosas enramadas.

Cuentan que el ángel de la compasión, en forma de hermosísima mariposa, le salió al paso y encantó su corazón y sus ojos.

La mariposa volaba, volaba, volaba de flor en flor, y Casilda iba en pos de ella sin conseguir alcanzarla.

Mariposa y niña tropezaron con unos recios muros, y la mariposa penetró por ellos, dejando allí inmóvil y enamorada á la niña.

Tras aquellos recios muros oyó Casilda tristísimos lamentos, y entonces recordó que allí gemían, hambrientos y cargados de cadenas, los pobres nazarenos, por quienes en Castilla lloraban padres, hermanos, esposas, amadas.

Y la caridad y la compasión fortalecieron su alma é iluminaron su entendimiento.

Casilda tornó al palacio, y tomando viandas y oro, se tornó hacia las mazmorras, siguiendo á la mariposa, que volvió á presentarse á su paso.

El oro era para seducir á los carceleros, y las viandas eran para alimentar á los cautivos.

Oro y viandas recataba con la falda de su vestido, cuando al volver una calle de rosales tropezó con su padre, que también había salido á distraer allí sus melancolías.

—¿Qué haces aquí tan temprano, luz de mis ojos? La princesa se puso colorada, como las rosas que mecía á su lado el aura de la mañana, y al fin contestó á su padre:

—He venido á contemplar estas flores, á oir trinar estos pájaros, á ver el sol reflejarse en estas fuentes, y á respirar este ambiente perfumado.

—¿Qué llevas envuelto en la falda de tu vestido?

Casilda llamó desde el fondo de su corazón á la madre inmortal de los nazarenos, y respondió entonces á su padre:

—Padre y señor, llevo rosas que he cogido en estos rosales.

Y Almenón, dudando de la sinceridad de su hija, tiró de la falda del vestido de la niña, y una lluvia de rosas se derramó por el suelo.

IV

Pálida estaba la niña, pálida como las azucenas de los jardines del rey moro, su padre.

Cuenta la historia que apenas quedaba sangre en las venas de Casilda, porque todos los días coloraba, arrojada á borbotones, la sarta de blancas perlas que brillaba entre los labios de la princesa.

Pálida estaba la niña, y el rey moro se moría de pena viendo morir á su hija.

La ciencia de los médicos de Toledo no acertaba á devolver la salud á la princesa, y entonces Almenón llamó á su corte á los más afamados de Sevilla y Córdoba.

Pero si impotente había sido la ciencia de los primeros, impotente era también la ciencia de los segundos.

—¡Mi reino y mis tesoros daré al que salve á mi hija!—exclamaba el pobre moro, viendo á Casilda próxima á exhalar el último suspiro.

Pero nadie acertaba á ganar su reino y sus tesoros, que la sangre continuaba colorando, arrojada á borbotones, la sarta de blancas perlas que brillaba entre los labios de la princesa.

—¡Mi hija se muere!—escribió el rey de Toledo al rey de Castilla.—Si en vuestros reinos hay quien pueda salvarla, que venga, que venga á mi corte, que yo le daré... mis reinos, mis tesoros, y hasta le daré mi hija.

V

Por los reinos de Castilla y de León sonaban pregones anunciando que el rey moro de Toledo ofrecía al que devolviera la salud á su hija, su reino y sus tesoros, y hasta la hija cuya salvación anhelaba.

Y cuentan que un médico venido de Judea se presentó al rey de Castilla, ofreciéndole tornar la salud á la princesa mora.

Y era tal la sabiduría que brillaba en las palabras de aquel hombre, y tal la fe que inspiraba la bondad que resplandecía en su rostro, que el rey de Castilla no vaciló en darle cartas, asegurando á Almenón que le enviaba con ellas el salvador de la princesa Casilda.

Apenas el médico venido de Judea tocó la frente de la niña, la sangre cesó de correr, y el color de la rosa empezó á asomar en las pálidas mejillas de la enferma.

—¡Tomad mi reino!—exclamó Almenón, loco de alegría y llorando de agradecimiento.

—Mi reino no es de este mundo—respondió el médico venido de Judea.

—¡Tomad mi mayor tesoro!—repuso el rey de Toledo, designando al médico su hija.

Y haciendo una señal de aceptación el médico, extendió la mano hacia Castilla, y dijo:

—Allí hay unas aguas purificadas que han de completar la salvación de la virgen musulmana.

Y al día siguiente, la princesa Casilda pisaba la tierra de los nazarenos, acompañada aún del médico venido de Judea.

VI

Casilda y el médico venido de Judea caminaban, caminaban, caminaban por la tierra de los nazarenos, y al fin se detuvieron á la orilla de un lago de aguas azules.

El médico tomó algunas gotas de agua en el hueco de la mano, y exclamó, derramándolas sobre la frente de la princesa:

¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, yo te bautizo!

Y la princesa sintió un bienestar inefable, parecido al que allá en su niñez le había contado la esclava nazarena que sentían los bienaventurados en el paraíso.

Y sus rodillas se doblaron, y sus ojos se fijaron en la bóveda azul del cielo, y en torno suyo resonaron dulcísimos hosannas, que la hicieron volver la vista á su alrededor.

El medicó venido de Judea no estaba ya á su lado, que cercado de vívidos resplandores se elevaba hacia la bóveda azul del cielo.

—¿Quién eres, señor, quién eres?—exclamó la princesa atónita y deslumbrada.

—Soy tu esposo, soy el que dió la salud á la hija de Jairo, que padecía el mal que tú padeciste; soy el que dijo: «Cualquiera que dejase casa, ó hermanos, ó hermanas, ó padre, ó madre, ó mujer, ó hijos, ó tierras por mi nombre, recibirá ciento por uno, y poseerá la vida eterna.»

En la orilla del lago azul que hoy llaman de San Vicente, y está en tierra de Briviesca, hay una pobre ermita, donde vivió solitaria la hija del rey moro de Toledo, que hoy llaman Santa Casilda.

LA FLORECITA AZUL

UN niño de seis años murió en la aurora de un bello día de estío, y el ángel de su guarda bajó á buscar su alma inocente, y con ella se remontó á los cielos.

Ya habían abandonado la opulenta ciudad donde quedaban los padres del niño muerto; ya habían perdido de vista los campos de trigo donde cantaba la alondra, los bosques en que resonaban las risas de los leñadores, los jardines cubiertos de flores y de frutas, y el ángel de la guarda no había mirado nada. Pero cuando llegaron en su vuelo el ángel y el alma del niño á cruzar sobre una pobre aldea, aquél se detuvo y sus ojos buscaron una callejuela solitaria, á cuyos lados se veían algunas míseras cabañas.

La hierba crecía entre las piedras de la mísera calle como prueba de su silencio y abandono, y en muchos sitios se veían cenizas arrojadas al viento y groseros platos de barro rotos.

El ángel miró tristemente y durante largo tiempo aquel pobre y abandonado sitio; pero de repente su celeste mirada fué á posarse en una florecita azul que un rayo de sol había abierto y que parecía sonreir á la tierra: el ángel dejó oir un grito de alegría: abatió su vuelo y fué á cogerla.

El alma del inocente muerto preguntó entonces al ángel:...

—¿Por qué te detienes ante esta flor sin perfume y sin belleza?

—Mira, amigo mío, allá abajo hacia el fin de esta triste callejuela, le respondió el ángel: á poca distancia de nosotros descubrirás una cabaña, cuyo techo se ha hundido con la lluvia y las nieves y cuyas paredes húmedas están tapizadas de hiedra: mira bien esa triste morada.

—¡Oh! exclamó el alma del niño: ¡qué pobre asilo!

—No era mucho más alegre que ahora, cuando sucedió lo que voy á repetirte: era una mísera cabaña donde habitaba la pobreza y la honradez: la familia se componía de dos esposos y de dos niños, hijos de los mismos; la mayor tenía doce años, y durante todo el día iba á conducir un rebaño de vacas: el niño, débil y enfermizo desde su nacimiento, tenía tu misma edad, seis años.... La pobreza agobiaba á la pobre familia, y los padres trabajaban todo el día para llevar por la noche un poco de pan y leche para ellos y para sus hijos!...

El pobre niño creció en la sombra, y jamás vió el sol más que desde la ventana de la sola pieza que había en la casa de sus padres; todo el día estaba solo; su madre lavaba la ropa en casa de un rico arrendador; su padre labraba los campos; su hermana llevaba á pacer las vacas de un vecino; cuando con gran trabajo conseguía el pobre niño dejar su camita de paja, se apoyaba en dos pequeñas muletas que su padre le había hecho de las ramas de un sauce, y salía á la puerta de la calle: pero allí no llegaba el sol nunca; la calle era tan estrecha y tan obscura....

Sus padres no podían sacrificar ni una hora de sus tareas para llevarle al campo: el trabajo de los padres es rudo y despótico, y ocupa todos los instantes de su vida. Tampoco podían enseñarle otra cosa que amar á Dios sobre todo, porque es el padre de los tristes....

El desdichado niño no había visto jamás la verdura de los prados, ni el follaje de los bosques; algunas veces los niños del pueblo le traían ramas de álamo, que él colocaba con cuidado sobre su lecho; y cuando se dormía, soñaba que estaba en un hermoso valle á la sombra de grandes árboles, que el sol brillaba á través del follaje, y que los pájaros cantaban y saltaban alegremente.

Un domingo, su hermana mayor, que le quería mucho, obtuvo permiso de los labradores, á quienes servía de pastora, para ir á ver al desdichado enfermito, y le trajo una florecita azul que había cogido en el campo, y que por casualidad había salido de la tierra con una parte de raíz.

El niño recibió el humilde presente con una gran alegría: los dos hermanos plantaron la florecita en una maceta vieja, que llenaron de tierra, la regaron con cuidado, y Dios hizo prosperar la planta, que á los pocos días se adornó con algunas hojitas: cuidada por la pequeña y débil mano de un niño doliente, constituyó, no sólo el jardín, sino el universo entero del pobre enfermo: porque aquella pequeña flor le representaba los prados, los bosques, los jardines, los ríos, en una palabra, toda la creación.

Mientras el niño vivió, ningún cuidado faltó á la humilde planta: él le daba todo lo que la angosta ventana dejaba pasar de aire y de luz: y cada noche la regaba, despidiéndose de ella con dulces palabras como de una amiga; y la florecita azul se llenó de hojas, y fué un hermoso adorno para el pobre tiestecillo donde la habían plantado.

Dios llamó un día al inocente mártir, predestinado á una dicha eterna.

Al caer la tarde de un hermoso día, le dió fiebre, y hubo de acostarse en su camita: al otro día estaba peor: los niños del pueblo, sus amigos, vinieron la tarde del domingo y cubrieron el lecho de ramas verdes y de flores del campo; sus padres lloraban, y su hermana, avisada de lo que sucedía, llegó llorosa y afligida: tomó la maceta de la ventana, y la puso al lado de la almohadita del niño, sobre la única mesilla de la mísera estancia....

La florecita parecía sonreir cuando el niño voló al seno de Dios.

La madre, desolada, quiso dejar aquella aldea; el dueño de la cabaña deseó arreglarla; al entrar en ella, hizo tirar todo lo que la familia había olvidado: la florecita azul, que había perdido su solo protector, fué arrojada en su viejo tiesto con todo lo demás....

—¿Y cómo sabes todo eso, mi buen amigo? preguntó el alma inocente del muerto.

—Porque soy yo mismo el pobre niño enfermo que andaba con muletas, y que había nacido sólo para sufrir; Dios me ha pagado esos dolores, que han durado poco en la tierra, dándome todas las alegrías del Paraíso: pero la dicha que hoy disfruto no me ha hecho olvidar mis alegrías de la tierra, y daría yo la más bella estrella del cielo que habito por esta pobre florecita azul que acabo de encontrar, y que voy á trasplantar á los jardines celestiales.

El ángel tomó la flor, la colocó en las plumas de sus alas, y llevando en sus brazos el alma del niño muerto, remontó su vuelo á las regiones donde la luz es eterna, donde el sol no se pone jamás.

LA NIÑA DEL VIGÍA

UN faro es un edificio muy elevado, que generalmente tiene la forma de una torre, con un gran fanal en la parte superior. Este fanal se enciende todas las noches, y como su luz recibe considerable aumento con la ayuda de lentes y de grandes reflectores, puede ser vista á una distancia considerable, y guiar de esta manera á los navegantes durante la noche.

Los faros se colocan generalmente en las rocas más elevadas, cerca de la orilla del mar, ó en los puntos en que hay peligro para los buques....

Hay hombres encargados de cuidar los faros; que viven en ellos y encienden todas las noches aquella luz.... Estos hombres se llaman vigías, y tienen que ser empleados sumamente fieles....

En uno de los faros de la costa de Valencia vivían un vigía y su hija única, niña de unos ocho años, que se llamaba Mariquita. El faro estaba situado en un peñasco que sólo se unía á la tierra firme por medio de una calzada estrecha, construida sobre una lengua baja de arena y rocas. No se podía atravesar esta calzada sino durante un espacio de tres horas, dos veces al día, pues durante todo el tiempo restante estaba cubierta por las aguas que crecían con la marea.

Una tarde el vigía.... cruzó la calzada para comprar algunas provisiones, dejando sola á su hijita en la torre del faro.

Mientras el padre apresuraba el paso hacia el pueblo vecino..., tres hombres de mala traza, ocultos detrás de unas rocas, espiaban sus movimientos. Eran raqueros, gente que vive del saqueo de los buques que naufragan en las costas. Sabiendo ellos que los buques que habían de pasar aquella noche, se estrellarían contra los arrecifes si el fanal no les advertía el riesgo, y que entonces tendrían ellos una buena presa, se propusieron apoderarse del vigía.

Llegado que hubo éste á la costa, salieron los raqueros de su escondrijo y le derribaron al suelo; le ataron de pies y manos, y le dejaron bajo la custodia de uno de ellos mientras los demás se dirigían á la playa.

Mariquita entretanto esperaba impaciente la vuelta de su padre. La noche se acercaba, y había barruntos de tempestad, pues ya se veían las olas estrellarse contra las rocas y se oía el viento bramar alrededor de la torre.

Dieron las seis; y la niña no ignoraba que pronto la marea subiría. Dieron las siete; miró á la costa, pero no vió á su padre. Á las siete y media ya la marea llegaba al borde de la calzada; sólo las cimas de las más altas rocas se descubrían sobre el nivel del mar, y muy pronto todo desapareció debajo de las turbulentas aguas.

—¡Papá! ¡Papá mío!—exclamó la acongojada niña—¿dónde estás? ¿me has olvidado?

En este momento se acordó de que era hora de encender las lámparas; pero ¿qué podía hacer la pobre niña estando las mechas demasiado altas para su estatura?

Cogió unos cuantos fósforos é hizo luz; probó si con una escalera podía alcanzar al lugar apetecido, pero aunque la puso sobre una mesa, vió que todavía le faltaba un poco para llegar á las mechas.

Ya iba á sentarse descorazonada y afligida cuando se acordó de un gran libro en que su padre acostumbraba leer; lo trajo, y colocándolo debajo de la escalera, la elevó lo suficiente para poder encender las mechas.

Los rayos de luz del fanal se derramaron sobre la expansión de las aguas, ya embravecidas por la tempestad, y los buques pudieron evitar aquella noche el peligro que los amenazaba.

En cuanto vieron los raqueros que el fanal estaba encendido, pusieron en libertad al vigía y huyeron de aquel sitio.

La mañana siguiente, como ya había bajado la marea, el vigía pudo llegar al faro, donde su hijita se arrojó á sus brazos y le contó los trabajos que había pasado aquella horrenda noche en la torre del fanal.

TONY

HE tenido muchos perros y he conocido muchos más, y puedo aseguraros que la familia de los ingratos no existe en la raza canina.... La naturaleza ha sido ingrata y cruel con la raza canina, dotándola de una enfermedad horrible: la rabia.... Muchas veces, con sólo ver á un perro con la lengua fuera y la mirada triste, se le sacrifica bárbaramente por si rabia....

De los perros se cuentan muchas historias que parecen inverosímiles, y son ciertas y reales como la luz del sol. Pablo González tenía un mastín de lomo rojo, ojos claros, y potentes colmillos; se llamaba Tony, y era inseparable compañero de su amo en todas las excursiones que con su jaca rabona y la escopeta colgada de la grupa hacía desde su pueblo á los montes y dehesas para comprar ganados.

Tony era un mastín inteligente, leal, fornido y dócil; frotaba su enorme cabeza en las piernas de todo el mundo; los niños del pueblo se subían á caballo sobre su lomo, y cuando se cansaba de sufrir las impertinencias infantiles, gruñía un poco, enseñaba sus terribles colmillos y se tumbaba al sol, como diciendo: Basta de juego. Todos querían á Tony, le pasaban la mano por la cerdosa cabeza en prueba de confianza, porque el mastín de Pablo, en tiempo de paz, no mordía á nadie.... En el campo Tony era otra cosa; adivinaba su misión sobre la tierra, reducida á velar por los intereses y la persona de su amo.

Pablo estaba seguro de que mientras Tony velara su sueño, no sería nunca víctima de una sorpresa; confiaba en la lealtad y la fuerza de su noble mastín.... Se veía precisado muchas veces á tratar sus asuntos en terrenos despoblados y solitarios, y en estas ocasiones Tony no se separaba una pulgada de su amo, mirando siempre á la cara de la persona desconocida, como si quisiera adivinar sus intenciones....

Pablo recibió una carta, en la cual se le citaba para el día cuatro de mayo en el monte de Val-frío. Allí debía esperarle otro tratante en ganados, y los dos juntos debían ir á ver una punta de ovejas merinas que se hallaban pastando en las cañadas de Cabeza-fuerte. El tratante salió de Guadalajara montado en su jaca, la escopeta de dos cañones en la grupa, el revólver en el bolsillo del chaquetón, un gato con veinte mil reales en oro y plata en las alforjas, y el noble y valiente Tony detrás. Siguió la carretera de Pastrana hasta el atajo de El Palomar, subió la empinada cuesta, llegando, después de hora y media de caminata, al sitio prefijado, donde ya le estaban esperando dos hombres.

Echó pie á tierra, comenzaron los dimes y diretes del que compra y el que vende, y sucedió lo que sucede con frecuencia, es decir, que no se entendieron; porque Pablo quería que la punta de ovejas merinas fueran conducidas por los pastores del vendedor al prado de Villaverde, en las inmediaciones de Madrid, y el vendedor quería deshacerse de sus ovejas en el monte de Cabeza-fuerte, que era donde se hallaban pastando. En resumen: se deshizo el negocio.

Pablo había sacado el gato, dejándolo junto á las piedras, y en el calor de la disputa, y viendo la terquedad y mala fe de su contrincante, exclamó:—Conste que, si no cerramos el trato, es por culpa vuestra; porque ya sabéis que convinimos que la entrega de las ovejas se haría en el prado de Villaverde, y allí se contarían las cabezas, pagando las que resultaran en perfecto estado de salud.—Pues no puede hacerse el trato más que aquí,—añadió el ganadero;—si no te conviene, lo dejas.—Quédate con tu ganado y yo con mi dinero, repuso Pablo....

Tony, sentado sobre su cuarto trasero, presenciaba impasible el diálogo que antecede. Pablo, irritado y refunfuñando de aquella informalidad, desató la jaca de las ramas de una encina, montó á caballo y silbó á su perro. Tony permaneció inmóvil. Mientras tanto, los dos ganaderos montaron también á caballo, alejándose de aquel sitio, pero en dirección opuesta á la que había emprendido Pablo. Tony comenzó á ladrar desesperadamente. Su amo se detuvo y le silbó segunda vez.

De pronto el mastín tomó una veloz carrera y fué á reunirse con su amo, pero sin cesar en sus imponentes ladridos. Pablo no le hizo caso, preocupado en lo que acababa de acontecerle; pero tanto y tanto ladró el perro, que por fin dirigió una mirada recelosa en derredor suyo, y dijo:—¿Qué te pasa, animal?... Tony, de dos saltos, se colocó delante del caballo, como si tratara de impedirle el paso, hasta tal punto, que llegó á ponerle sus robustas zarpas sobre el pecho.

Entonces el chalán le sacudió un terrible latigazo; pero Tony, aunque sentía el agudo dolor de aquella culebra de cáñamo que se le había arrollado por el cuerpo, no se quejó y continuó ladrando.—¡Es extraño! Nunca he visto tan fosco y tan irritado á Tony. El mastín dió una carrera, se paró á unos doce pasos de la cabeza del caballo, y se echó atravesado en medio de la angosta vereda, ladrando siempre. Cuando llegó la jaca, saltó por encima del perro para no pisar á su compañero de cuadra.

Nuevamente el perro volvió á colocarse delante del caballo, tomó carrera hasta chocar su áspera y fuerte cabeza con los redondos y blandos belfos de la jaca, que se descompuso, con grave riesgo del jinete.—Pero ¿te has vuelto loco, Tony?...—gritó el chalán, sacudiéndole un segundo latigazo más enérgico que el primero. El mastín entonces hizo presa en uno de los estribos vaqueros, y tiró con fuerza hacia atrás.

Los ojos de Tony brillaban como dos ascuas de fuego, sus gruñidos eran potentes, amenazadores; aquel noble animal representaba con hermosura salvaje la desesperación del perro á quien su amo no entiende lo que quiere decirle, y se ve privado del precioso don de la palabra. Una idea cruzó por la mente de Pablo, y descolgando la escopeta de la grupa, se dijo:—Este perro rabia. El chalán clavó las espuelas á la jaca, que llevó arrastrando al pobre Tony, sin que soltara el estribo, diez ó doce metros. Por fin Tony soltó su presa, y se quedó como enclavado en medio de la vereda.

Pablo revolvió su caballo como para hacer frente al enemigo, apuntó su escopeta, é hizo fuego. Tony exhaló un lamento doloroso, y rodó por la cañada. Pablo aplicó de nuevo las espuelas en los ijares de la jaca, que partió como un rayo, cuesta abajo, en dirección á Guadalajara. El chalán, disgustado del lance, y no queriendo contemplar la agonía de su pobre Tony, no volvió ni una sola vez la cabeza.

Cuando llegó á la posada, echó de menos el gato que encerraba los veinte mil reales. El chalán se quedó aturdido, porque aquella pérdida le colocaba en una situación difícil para hacer frente á sus negocios. Al aturdimiento siguió la desesperación; montó á caballo en su valiente jaca, emprendió á escape el camino de Val-frío, llegó en menos de tres cuartos de hora á las piedras, pero el gato no estaba allí.—¡Ah!—exclamó.—Aquí lo dejé, aquí lo puse por mi propia mano.... ¡Esos miserables me han robado!... Ahora comprendo que mi noble Tony me avisaba, me decía: «Vuelve atrás; te dejas tu dinero.» Y yo, miserable, estúpido, imbécil, he pagado su lealtad dándole la muerte. Y Pablo se golpeaba la frente y se arrancaba los cabellos.

—¡Tony! ¡Tony! ¡Tony!—comenzó á gritar con desesperación. Pero cada uno de estos gritos que brotaba del alma del chalán sólo levantaba un eco en los barrancos. Pablo, abrumado bajo el peso de su desgracia, se sentó en una de las tres piedras, y entonces vió con sorpresa unas manchas de sangre y la tierra movida como si se hubiera revolcado un animal. Con los ojos inmensamente abiertos reconoció el terreno que le rodeaba, y observó que aquí y allá, en dirección del monte, había manchas de sangre.

Con esa inquietud, mezcla de desaliento y esperanza, Pablo comenzó á seguir aquel rastro de sangre. De vez en cuando se inclinaba para examinar las matas, con la detención de esos hombres de la naturaleza que ven las huellas de los animales impresas sobre la yerba. Junto á un enebro se veía otra revolcadura y algunos pelos de color rojizo pegados á la mata.—Sí, no me cabe duda,—se dijo Pablo,—por aquí ha pasado Tony.... Pero ¿es esto posible?.. Yo le pegué el tiro en el atajo, lejos de este sitio, en el fondo de la cañada. El chalán continuó siguiendo las gotas de sangre y las revolcaduras del pobre animal herido. Así se internó en el monte unos cincuenta metros. Junto á una espesa maraña había otro charco de sangre; pero allí se perdía el rastro.

Pablo entró con alguna dificultad en aquel espesar, y no pudo contener un grito de asombro, de admiración, tal vez de remordimiento; porque allí estaba Tony... Tony ensangrentado, Tony moribundo, con sus potentes zarpas sobre el gato que contenía los mil duros, y su enorme cabeza apoyada en el tesoro de su amo, dispuesto á defenderlo aún después de muerto. Pablo cayó arrodillado junto á su perro. Tony le miró con tristes ojos, exhalando uno de esos débiles gemidos que preceden á la agonía.

El chalán, con los ojos llenos de lágrimas y el alma angustiada por los remordimientos, abrazó la cabeza de aquel pobre animal, y besándola respetuosamente, murmuró en voz baja:—¡Perdón... perdón, pobre Tony: yo he sido tu asesino, yo he pagado tu lealtad dándote la muerte! Tony comenzó á lamer las lágrimas que resbalaban por las curtidas mejillas de su amo. Poco á poco aquella lengua, que acariciaba á su asesino, fué perdiendo la fuerza y el calor, hasta que se quedó inmóvil y fría.

Tony, sin embargo de que la muerte había paralizado la ternura de su corazón, permaneció con los ojos abiertos, mirando á su amo. Aquellos ojos sin luz parecían decirle: «Perdona si me han faltado las fuerzas, si no he podido llevarte el dinero hasta tu casa: ya lo ves, la culpa no es mía.» Pablo permaneció una hora arrodillado junto al cadáver de su perro. Por fin se levantó, y dijo:—Tony, tu muerte será para mí un remordimiento que ha de acompañarme hasta el sepulcro.

Aquella misma tarde el noble perro fué enterrado al pie de un árbol, que desde entonces lleva por nombre «La encina de Tony.»

PESCADOR DE CAÑA

SENTADO á la sombra en la orilla del río, cubierta la cabeza con un sombrero de paja de anchas alas ya bastante moreno por el uso, las piernas colgando, la caña de pescar tendida casi horizontalmente á poca altura del agua, el bueno de Chaviri se pasaba las horas muertas, esperando que algún pez picase en su anzuelo.

Los chicos del pueblo, al pasar por allí, solían gritarle:

—¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Y no siempre eran los chicos los que se burlaban de él, sino á veces los grandes, preguntándole en tono de zumba:

—¿Pican? ¿Pican?

Chaviri miraba á unos y á otros con sonrisa desdeñosa, ó se encogía de hombros sin mirar siquiera, y, atento á su caña, seguía esperando la pesca con paciencia ejemplar.

Antes de hacerse Chaviri pescador de caña, había intentado hallar la fortuna por diversos caminos. Hombre de imaginación viva y fecunda, tuvo en varias ocasiones muy luminosas ideas; pero, al ir á realizarlas, fué tan desgraciado que siempre se le adelantó alguno en las empresas por él concebidas....

Lo que no acababa de comprender nunca, en medio del desaliento que en él producían sus continuos chascos, era cómo á Pérez, y á Martínez, y á González, no les había pasado lo mismo al establecerse, habiendo podido llegar los tres á reunir millones....

Anduvo caviloso algún tiempo, y observaron todos un gran cambio en el carácter de Chaviri. Lo vieron dar paseos solitarios y ausentarse del pueblo largas horas.

Ya no era, como antes, franco y expansivo, sino silencioso y reservado.

Y como tenía fama de ambiciosillo y de hombre tenaz que no se rinde fácilmente á las contrariedades, todos se dijeron al verle ir y venir:

¡Algo nuevo trae en su cabeza Chaviri!

Así es que, cuando se supo que después de tantas cavilaciones se había hecho pescador de caña, no hubo quien no dijese:

—¡Se ha desengañado! ¡Se da por vencido!

En los primeros días de aquella nueva ocupación de Chaviri, acudieron muchos á verle pescar, entre ellos Pérez, Martínez y González, que con sorna le preguntaban de vez en cuando:

—¿Pican? ¿Pican?

Y los chicos, menos disimulados que las personas mayores, le gritaban al nuevo pescador:

—¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Sólo de tarde en tarde se le veía sacar del río algún pececillo, que ni la carnada valía siquiera.

Mas es el caso, que cuando Chaviri á la caída del sol volvía al pueblo, no llevaba sólo aquellos pececillos miserables cuya pesca habían presenciado los curiosos, sino también hermosas anguilas y soberbias truchas, que las vendedoras del mercado le pagaban á subido precio.

No había nadie que al pueblo llevara pesca tan rica y abundante como la de Chaviri.

Los primeros días se atribuyó aquello á simple casualidad. Pero la cosa iba durando una y otra semana. Á los dos meses el nuevo pescador había ganado ya mucho dinero.

Fué la noticia extendiéndose, y Chaviri dejó de oir el irónico: ¿Pican? ¿Pican? Los chicos ya no volvieron á gritarle: ¡Pescador de caña, más pierde que gana!

Y como se había hecho malicioso, pronto se dió cuenta de que algunos de los que antes se burlaban de él, le acechaban con cautela ó le seguían con disimulo.

—¡Ah! ¡Qué bien hice—se dijo—en evitar que nadie me viese río arriba, donde está el escondido remanso de las anguilas y de las truchas que he descubierto yo solo!

Usaba de toda clase de ardides para observar si era acechado ó seguido, y prefería volver sin pesca al pueblo á exponerse por una imprudencia á que acertasen el sitio de la pesca maravillosa.

Una tarde en que Chaviri estaba seguro de ser espiado, después de pasar pacientemente una hora echando su caña en el sitio donde solía ponerse para que las gentes le vieran, miró á su alrededor con gesto receloso, levantóse, recogió su aparejo, y se fué río abajo, donde la orilla forma un recodo oculto entre espinos y zarzales.

Se sentó sobre la hierba, tendió su caña y echó su anzuelo á la corriente.

Al poco rato exclamó:

—¡Gracias á Dios que estoy solo! ¡No es floja la pesca que hoy voy á llevar!

Entonces, del jaro inmediato salió una cabeza, y luego otra del de más allá y otra tercera más lejos. Chaviri reconoció al punto á González, á Martínez y á Pérez, que se apresuraron á decirle:

—¡Tú nos engañas!

—¡No pones nada en tu anzuelo!

—¡Si querrás hacernos creer que se puede pescar sin carnada!

—¿Cómo que no? ¡Ya lo veis!—contestó Chaviri riéndose.—¡Nada he puesto en mi anzuelo... y los tres habéis picado!

LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN

EN el vasto salón del Prado aún no había gente. Era temprano; las cinco y media nada más. Á falta de personas formales los niños tomaban posesión del paseo, utilizándolo para los juegos del aro, de la cuerda, de la pelota y de escondite....

El sol aún seguía bañando una parte no insignificante del paseo. Los chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en una mesa de mármol. Las niñeras, guardianas fieles de aquel rebaño, con sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos coloradas y las mejillas rebosando salud, se agrupaban á la sombra sentadas en algún banco, desahogando con placer sus respectivos pechos henchidos de secretos domésticos, sin que por eso perdiesen de vista un momento los inquietos y menudos objetos de su vigilancia....

Esperando la llegada de la gente, me senté en una silla metálica de las que dividen el paseo, y me puse á contemplar con ojos distraídos el juego de los chicos. Detrás de mí estaban sentadas dos niñas de once á doce años de edad, cuyos perfiles—lo único que veía de ellas—eran de una corrección y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con singular gracia y elegancia....

Me llamó la atención desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco ó ningún efecto que les causaba la alegría de los demás muchachos. Al principio creí que aquella circunspección procedía de considerarse ya demasiado formales para corretear, y me pareció cómica: pero observando mejor, me convencí de que algo serio pasaba entre ellas....

El paseo se iba poblando poco á poco.... Los pequeños, retrocedían ante la invasión de los grandes á los parajes más apartados, donde establecían nuevamente sus juegos. Un chico rubio, vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se quedó fijo delante de nuestras niñas contemplándolas con insistencia, y no hallando al parecer conveniente la gravedad que mostraban, se puso á hacerles muecas en son de menosprecio. Luisa, al verse interrumpida, se levantó furiosa y le tiró por los cabellos. El chico se alejó llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me disponía á dejar la silla para dar algunas vueltas, oí exclamar á Luisa:

—¡Calla... calla... me parece que ahí viene Lola!

Asunción se estremeció la cabeza vivamente.

—Sí, sí, es ella,—continuó Luisa.—Viene con Pepita y con Concha y Eugenia... Es el primer domingo que viene después de la muerte de su hermano... No te asustes... verás, yo lo voy á arreglar todo.