Año V—N.ᵒ 3
Mayo de 1919
Revista de Filosofía
Cultura—Ciencias—Educación
PUBLICACIÓN BIMESTRAL DIRIGIDA POR
JOSÉ INGENIEROS
SUMARIO
| 321—Rodolfo Rivarola | [Discurso de apertura de la Universidad.] |
| 332—David Peña | [Alberdi, Sarmiento y Mitre. Alrededor de 1852.] |
| 358—J. Alfredo Ferreyra | [Acotaciones a Montaigne.] |
| 367—Rodolfo Senet | [Los sentimientos morales, estéticos y religiosos.] |
| 386—J. Laub | [¿Qué son espacio y tiempo?] |
| 406—Leopoldo Maupas | [Lógica inductiva.] |
| 437—Nicolás Besio Moreno | [Ulises en el Infierno dantesco.] |
| 442—César Reyes | [Democracia individualista.] |
| 457—Octavio Méndez Pereyra | [La crítica y el arte.] |
| 462—José Ingenieros | [Las ideas filosóficas de Ameghino.] |
| [Índice del volumen IX] | |
Redacción: calle Viamonte 743
Administración: Casa Vaccaro—Avenida de Mayo 638
BUENOS AIRES
EN LOS NUMEROS PRÓXIMOS
| Carlos O. Bunge | Ensayo sobre Sarmiento (póstumo) |
| Ernesto Quesada | Desenvolvimiento social hispano americano. |
| Juan Agustín García | Notas sobre la evolución colonial. |
| José Nicolás Matienzo | Problemas universitarios. |
| Roberto J. Giusti | Ensayo sobre Amiel. |
| Pedro N. Arata | La ciencia en la época del Renacimiento. |
| Franciso de Veyga | La psicología hindú. |
| Rodolfo Rivarola | Cuestiones de filosofía política. |
| Joaquín V. González | Problemas culturales y universitarios. |
| Leopoldo Maupas | Ensayos de lógica. |
| Carlos F. Melo | Fundamentos y función social del Derecho. |
| Enrique Mouchet | Sobre psicología del lenguaje. |
| Víctor Mercante | Principios básicos de la educación. |
| Rodolfo Senet | Los sentimientos morales y religiosos. |
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| J. Alfredo Ferreyra | Estudios de ética. |
| Alcira Villegas | Ética social. |
| Félix Icasate Larios | Las categorías en Aristóteles y Kant. |
| R. Sarmiento Laspiur | La obra científica de Julio Méndez. |
| Cristóbal M. Hicken | La obra científica de Eduardo L. Holmberg. |
| Eusebio Gómez | Psicología de las pasiones antisociales. |
| Narciso Laclau | El problema de la vida. |
Obras de JOSÉ INGENIEROS
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REVISTA de FILOSOFIA
Año V—N.° 3
Mayo de 1919
DISCURSO DE APERTURA DE LA UNIVERSIDAD
Por el Dr. RODOLFO RIVAROLA
Presidente de la Universidad de La Plata
La situación actual del mundo, en lo político, económico, social y moral presenta problemas para un porvenir inmediato de tal magnitud que ni siquiera me animo a nombrar, y mucho menos a abrir discusión sobre ellos en este acto. Están fuera de nuestro país, y asimismo, gravemente al parecer, dentro de nuestras fronteras. Diríamos que se respiran en el ambiente y producen en nuestro espíritu una sensación de peligro próximo. Con todo, no es de ello que debo hablar en este acto, sino de lo concreto de nuestros problemas más inmediatos, los que correspondan a la común aspiración de la mejor enseñanza, y a la mayor consideración y estimación recíproca de profesores y alumnos.
En mi razonamiento, lo que digo significa, para mí, que hay un compromiso de conciencia que nos afecta por igual a profesores y alumnos. Tenemos los primeros que saber claramente para qué enseñamos y los segundos saber también claramente para qué asisten a nuestras enseñanzas.
En el análisis de la primera proposición para qué enseñamos, confesemos dos motivos egoístas: la satisfacción de una tarea honrosa y la percepción del honorario. No podemos moralmente contentarnos con los motivos egoístas. Uno y otro implican el cumplimiento de un deber, sin el cual, en vez de satisfacción, sentiríamos vergüenza y pena, si tenemos conciencia regularmente normal y moral. Nuestro honorario se compone de dos partes: una que paga la Sociedad por su órgano, el Estado; otra que pagan los alumnos a título de derechos que la Universidad percibe. Nuestro servicio será para la Sociedad, en cuanto la Universidad deberá proveerla de aptitudes individuales útiles para su bienestar, su mejor gobierno, sus mejores servicios administrativos, su mayor producción económica, su mejor justicia, su mejor moralidad, salud o higiene. Deberá ser para cada alumno, en cuanto le habilitará para que sirviendo bien a la sociedad, se sirva a sí mismo mediante la remuneración honrada de su trabajo.
Si hemos tomado a nuestro cargo la responsabilidad de enseñar, es porque confiamos en nuestras aptitudes; pero tal vez no meditamos suficientemente en el fin de nuestras enseñanzas. De aquí se sigue que nuestros planes de estudios, nuestros programas o nuestros métodos puedan carecer de precisión para orientarnos hacia la utilidad social e individual.
Es urgente distinguir entre la elaboración de la ciencia y su aplicación, o sea entre investigar y hacer. ¿Por qué haríamos un investigador de física cuando sólo necesitamos un electricista? ¿Por qué haríamos un botánico, cuando necesitamos un agricultor? Un electricista deberá convertir su habilidad en dinero: un agricultor lo mismo. Su servicio será para un industrial, particular, sociedad o colectividad, en vista de una retribución correspondiente. ¿Qué haría con el investigador de física o de botánica, el industrial a quien sólo interesara el rendimiento económico más provechoso, si el sabio ocupara su tiempo en adelantar la ciencia en vez de adelantar las entradas en dinero de la industria? Ante el peligro de que la investigación científica arruinase la industria ¿despediría el sabio o, por lo menos, le relegaría a un laboratorio y tomaría un técnico? Lo que digo del físico y del botánico, lo digo también del químico, del médico, del veterinario, del abogado y de cuanto saber debe transformarse en hacer, de cuanta ciencia debe ser arte: arte de curar, se decía de la medicina.
El método de educar para la ciencia y el método de preparar para la profesión, son necesariamente diversos como correspondientes a fines distintos. El primero aspira a la explicación más completa de las cosas; el segundo a la ejecución más perfecta de las obras. La ejecución es más perfecta cuando responde con mayor exactitud al fin deseado, aunque en cualquier caso particular el ejecutor ignore la explicación. Continuando todavía con uno de los ejemplos que he propuesto, la agricultura es fuente de riqueza nacional; la proposición sería de una trivialidad afligente si intentara decir alguna novedad. En ella va contenida la afirmación de ser la agricultura arte de economía; arte de producir riqueza transformada en su signo representativo, la moneda. Cuando diplomamos a un perito agrónomo, no tenemos que certificar sus conocimientos científicos o teóricos en las diversas ciencias que adelantan la agricultura. Se nos pide únicamente que certifiquemos su habilidad para transformar semilla en dinero. Deberá nuestro perito tener esta habilidad; con el menor gasto posible producir la mayor utilidad. No solamente deberá saber cuál es la semilla que produce mejores plantas, sino que es indispensable que sepa cuánto cuesta y dónde se vende, y deberá saber qué precio se obtendrá por los productos. La perfección de este arte no estará, pues, en presentar los frutos más hermosos, según el criterio estético, sino en obtener los de mayor utilidad económica, porque este es el fin del servicio. Una escuela de agronomía es, pues, una escuela económica, destinada a preparar comerciantes de la agricultura, y ella misma debe ser una casa de comercio agrícola, para que sus alumnos puedan ser buenos comerciantes (no demos a la palabra la acepción jurídica) de la industria rural.
Sé que expreso estos pensamientos contrarios a otros que oigo y leo sobre enseñanza agrícola. Tengo desde muchos años en los oídos esta frase de los especialistas más respetables y distinguidos: las escuelas de agricultura son establecimientos de enseñanza y no de producción; a lo cual contesto que deben ser de producción para que se aprenda a producir. Pero declaro que mi interés de este momento no es abrir polémica sobre esta cuestión, sino presentar un ejemplo de demostración lógica, aplicable a cualquier arte, considerada en el único aspecto que indicará el método de enseñarla: su finalidad. Quien acude a un abogado porque tiene un pleito, le interesará que su letrado obtenga el reconocimiento de lo que cree su derecho, le importará poco lo que sepa sobre problemas de reformas legislativas, que correspondan al grado de estudio cuyo objeto es la mejor organización de la sociedad. Lo mismo, quien acude a un médico es para que le cure la enfermedad; le importará poco cuáles sean sus profundos conocimientos en determinada investigación de laboratorio, si no ha visto muchos enfermos y aprendido su arte al lado de quien los asistía y los curaba de modo que él mismo sepa curar... por lo menos las enfermedades curables, las únicas que se curan, como decía el doctor Wilde.
El tema que aquí trato es el mismo que sometí a la Asamblea General de Profesores, en agosto del año pasado; y lo consideraremos de nuevo en la próxima Asamblea General. Me sirve ahora para traerlo hasta algunas de las cuestiones universitarias que parecen haber tomado mayor importancia.
Las ideas corrientes de organización universitaria argentina, sus planes de estudio y métodos, aspiran a hacer principalmente profesionales, o sea técnicos, mediante métodos de investigación científica. No hay distinción positiva, bien clara, entre la preparación para la ciencia y la preparación para la profesión. No tenemos escuelas técnicas, porque la enseñanza técnica está dentro de las mismas universidades, y cuando se encuentra afuera imita los métodos y planes científicos, aspira a igualar con la enseñanza que debería ser puramente científica y no profesional. No es para mí inconveniente que se encuentre dentro de la Universidad lo científico puro y lo profesional, lo elemental y lo superior; pero a condición de que distingamos lo que corresponde a una y otra finalidad de la enseñanza.
Cuando se cita el ejemplo de universidades extranjeras, especialmente alemanas, y se encomia su admirable libertad de enseñar lo que el profesor quiera, y de aprender el alumno lo que quiera, de asistir o de no asistir a clase, de elegir unas materias y no otras, de no dar exámenes, etc., se advierte al mismo tiempo que en aquellas universidades la enseñanza es puramente científica, y que la técnica se da en institutos especiales. He mostrado en otro momento y lo repito ahora, que hay gravísimo error en aplicar aquellas ideas a las universidades argentinas, que no son puramente científicas, sino que proponen a la vez los dos fines de preparación para la ciencia y para la profesión.
Cuando los estudios científicos con educación especial en métodos adecuados y rigurosos, corran por separado de los métodos para la preparación profesional, diremos claramente que no hay exigencia de asistir a clase, ni reglamento de práctica, ni obligación de alumno: quien quisiere aprender asistirá a la enseñanza que pueda darle quien tenga ciencia para enseñar.
Esta separación es simplemente una tesis que sostengo; no es una realidad existente en nuestras universidades. Muchos, tal vez la mayoría, no creen en ella, como yo no creía antes de haberme rectificado. Toda la enseñanza universitaria está organizada bajo el supuesto de una base científica sin distinción de finalidad científica o profesional. De esto resulta que, en definitiva, no sea ni preparatoria de aptitudes científicas ni preparatoria de habilidad profesional.
La medida en que la enseñanza científica deberá servir a la preparación profesional, es en casos particulares de positiva dificultad. Lo reconozco y lo declaro. Por eso mismo, y mientras la tesis no se haya convertido en realidad, corresponde que cada alumno se proponga a sí mismo la cuestión de su propia vocación y destino que desea dar a sus estudios. En la enseñanza de cada materia, encontrará una parte o un aspecto, un modo o un método que se ajustará mejor a sus deseos o conveniencias. Es en este sentido que la presencia en la clase será para él un beneficio que a su tiempo lamentará haber descuidado, aun cuando a su juicio, en cuya infalibilidad de hoy no debe creer, le parezca que la enseñanza no responda a su interés futuro.
Por otra parte, quien aspire solamente a ejercer una profesión, por ser ésta de carácter que requiere derivarse de conocimientos científicos, ninguna medida de tiempo que emplee en adquirirlo le será perjudicial para su profesión. De la misma manera, quien aspire a consagrar su empeño en la adquisición de la ciencia, en ninguna manera le será perjudicial cualquier contacto con el arte o aplicación profesional de la ciencia.
Demasiado sabemos por experiencia propia que no alcanzamos a ser hombres de ciencia, desde que discutimos o inventamos muy poca cosa en la vía de la producción científica, y si adquirimos alguna habilidad profesional es con frecuencia mediante rectificación de errores que reconocemos después de haberlos cometido.
Mediante la misma rectificación de errores bajo el látigo de la experiencia diaria, hemos llegado a profesar en la cátedra y a tener en verdad cierta experiencia que utilizamos y debemos utilizar para aprovechamiento de los jóvenes que en calidad de alumnos nos reclaman el fruto de lo que la vida haya sembrado en nuestro espíritu. Agregaré, porque es verdad y porque hablo sin disimulo, que así como no todas las tierras son apropiadas para que la semilla germine y salga a la luz la planta, no en todos los espíritus la experiencia da frutos iguales. Resulta así natural desigualdad en aptitudes para enseñar. Tal desigualdad se hará mayormente manifiesta, cuanto mayor sea lo que puede llamarse individualismo profesional, quiero decir, completa libertad del profesor para hacer o no hacer, enseñar o no enseñar, guardar analogía con la media normal del método de enseñar, o no guardarla, sea por mayor aproximación a cualquier extravagancia de genio o de talento, o por retardo, hijo de la pereza, o de cualquier otra madre.
Entretanto, cumplidas las exigencias de planes de estudio y programas, el decano o director de instituto firma un diploma que certifica con valor de instrumento público inatacable que el poseedor del pergamino o cartulina sirve profesionalmente para lo que el documento declara. Suscripto por el decano o director, el documento pasa a la firma del presidente de la Universidad y es así, bajo esta doble fe de verdad, que el público la recibe.
Parece elemental que por respeto a la firma propia, que es el propio honor, nada sea suscripto por ella que no sea verdad. De esto nace el deber de verificar si es cierto lo que bajo la propia firma se declara y el derecho de hacer lo necesario para cumplir con el deber. El decano o director tiene deber y derecho de verificar la enseñanza que se da bajo su dirección inmediata y el rector o presidente tienen deber y derecho de exigir que la vigilancia sea cumplida. Estas son funciones del cargo respectivo, declaradas por la ley y bajo la responsabilidad de los funcionarios a quienes las confía.
Supone esta organización universitaria, que cada cual cumple con su deber y facilita en perfecta armonía y cordialidad el cumplimiento del deber de los demás. Todo profesor debe tener agrado en que su enseñanza sea directamente vigilada por el propio decano o director, que para esto cuenta con el voto de la mayoría, que no es más que un signo de voluntad de la total corporación docente. Debe tener agrado y ver en la función de vigilancia un descargo de la propia responsabilidad y una seguridad contra el error de los alumnos.
Son francas mis expresiones y deseo que nadie las encuentre ásperas como papel de lija. Me son sugeridas por la observación de lo que en parte explica alguna agitación universitaria fuera de nuestra casa, por muy tranquilos que nos sintiéramos de que en la nuestra no habrá motivo de análogos sinsabores. Un aspecto de cualquiera reforma universitaria que hayamos observado, deja advertir de alguna falta de idoneidad del personal docente. Los alumnos descubren algunas veces este defecto y ejercen ellos, en formas propias de la edad, el legítimo derecho de descontento, que la dirección de la enseñanza debió prever y evitar. Es natural que cuando falta gobierno regular desde arriba, comience el gobierno irregular desde abajo, que puede ser, por lo irregular, desgobierno. La reacción se hace revolucionaria y corren a veces igual suerte los buenos y los malos, si acaso los primeros no son los que se retiran de la lucha amargados y entristecidos. Cuanto desde este punto de mi discurso podría decir, me llevaría demasiado lejos. La limitación de tiempo me conduce a esta única declaración de mi pensamiento: el mal de que estoy hablando no se cura con reformas electorales en la provisión de los cargos universitarios. Con ellas o sin ellas puede crecer si no se despierta la conciencia del deber que a cada cual impone la función que le está confiada.
Y como deseo concluir, adelanto que no pongo en mis palabras ninguna reserva sobre los diversos recursos alegados para corregir males de este género.
Por el momento me ocuparé de dos de ellos que sirven de tema a conversaciones de alumnos y profesores, a saber: la asistencia de alumnos en los consejos directivos y la libre asistencia o inasistencia a las clases teóricas.
En cuanto a lo primero, declaro mi disconformidad con el voto electoral de los alumnos para elegir autoridades universitarias. De todas maneras tal voto está excluído por nuestra ley universitaria. En cambio, consecuente con pensamientos ya antiguos en mi experiencia de estas cosas, he suscripto con el vicepresidente de la Universidad, señor Besio Moreno, el proyecto para que los alumnos tengan delegados con voz en los consejos, que ha sido sancionado anteayer.
En cuanto a la asistencia obligatoria, me he declarado autor de la iniciativa que es el texto de la ordenanza de fecha 3 de marzo de 1906 que dice: “en la Universidad Nacional de la Plata no habrá alumnos libres”.
Su objeto fué crear el estudiante universitario para la Universidad que entonces se fundó. El efecto de esta resolución está a la vista. La nueva Universidad pudo ser un simple establecimiento de mesas examinadoras para alumnos de todas las regiones de la República. La ciudad de la Plata es hoy universitaria porque los estudiantes han tenido que ser alumnos regulares. De esta ordenanza han derivado otras, particulares de las facultades o generales de la Universidad, que han declarado obligatoria la asistencia a un número de clases. Yo deseo que la ordenanza que excluye los alumnos libres sea mantenida y no tengo inconveniente en que se derogue la asistencia obligatoria. Todo estará en encontrar la definición del alumno libre excluído, o la definición del alumno propio o regular por algún signo diverso de la asistencia obligada a un número proporcional de clases de todos los cursos y en todos los años. No es esto imposible, ni siquiera difícil, y muchos alumnos conocen ya el pensamiento que es objeto de mis reflexiones para hallar solución a este problema.
La no asistencia a clase tiene dos aspectos; uno el de los alumnos perezosos que no van a clase o huyen del profesor que les interroga; otra el de los alumnos diligentes que aspiran a prepararse seriamente y quieren significar por su inasistencia a algunas clases su disconformidad con los profesores que creen malos. De este último aspecto sólo puedo reconocerles que ejercitarán ellos una función realmente abandonada, cuando tal ocurriese, por los respectivos decanos y consejos.
La no asistencia a las clases puede ser realmente un signo de disconformidad de los alumnos con un mal profesor; pero sé por experiencia que data de algunos años antes de que nacieran los jóvenes que ahora son alumnos, que también es motivo de deserción de la clase el temor de ser interrogados para observaciones de clasificación. Seamos todos absolutamente sinceros; séanlo, pues, como yo, los jóvenes que me escuchan o que lean después estas declaraciones; el alumno que estudia mal, que se distrae en cosas que no son las correspondientes a su preparación para la clase o que no tiene educación mental anterior, está siempre dispuesto a faltar el día en que sospecha que puede ser interrogado. Profesores más empeñosos, los que asisten con interés y disposición docente, los que dan muestra de su labor en la producción científica y hacen lo que es posible hacer para adelantar los conocimientos, podrán ver sus clases desiertas el día en que se propongan interrogar. Esto es de mi experiencia personal, si se me permite contarme entre los que hayan seguido con alguna vocación la carrera docente y pensado y escrito sobre diversas materias de ciencia y enseñanza desde hace treinta años. He tenido la fortuna de que mis alumnos me consideraran siempre con respetuosa amistad y no me dieran sino satisfacciones en mi vida de profesor. Es, pues, el cuento que hace próximamente veinte años tenía yo a mi cargo una clase de Derecho Civil en la Universidad de Buenos Aires, con más de doscientos alumnos en lista. Comencé mi año con el afán de profesor todavía joven y con ilusiones mejores que la realidad. Preparé mis lecciones metódicamente, con sumarios de exposición que no he vuelto a hacer desde entonces, y dí con este método un curso de conferencias. A cierta altura de mi exposición del programa, quise informarme de la utilidad que para los alumnos tuviera mi enseñanza de la materia; el aula estaba completa como de ordinario; comencé a nombrar uno por uno a los que estaban en la lista, y como continuaba yo leyendo sin que nadie se dijera presente, me dirigí a la clase con esta pregunta: “Pero, señores, ¿quiénes son ustedes?” Como tampoco respondieran, hablé particularmente a uno de la primera fila: “¿Cómo se llama usted?” Me dijo su nombre; yo lo había leído. Le pregunté: ¿Por qué no ha contestado usted cuando le llamé? Porque no estaba preparado, señor. Pasé a otro con la misma pregunta y la misma respuesta. Les dije entonces: “No es posible que la imprevisión de ustedes sea tanta que ni siquiera se encuentren preparados para saber cómo se llaman; para esto no necesitan preparación”. Seguí informándome y resultó que toda la clase estaba presente para escuchar y ausente para hablar. Si yo hubiera dicho en la anterior que interrogaría, no hubiera tenido a quien llamar porque el aula habría estado desierta.
Es este caso de inasistencia voluntaria con asistencia corporal, que no he olvidado cada vez que se ha hecho el argumento de que la inasistencia de los alumnos sea un signo positivo de la incapacidad del profesor. Pero es también verdad, señores, que lo mismo que ocurre a tantos otros en todo género de funciones, no me he decidido a reconocer mi propia incapacidad, que si la reconociera tendría que abandonar necesariamente la función de mi cargo.
Para no perder a mis alumnos de entonces ni enfriar mi entusiasmo de profesor privándome de numerosa asistencia, declaré que no volvería a interrogar, con aviso ni sin aviso previo, y todo lo contrario, quedaba a disposición de mis alumnos, para ser interrogado por ellos sin previo aviso.
Y sucedió así; después de repetir mi declaración al terminar algunas clases que siguieron, alguien me interrogó, y luego otros y otros más. Pude entonces descubrir que una pregunta es indicio más seguro de estudio o talento en quien la hace que una respuesta a una interrogación. Efectivamente, en toda pregunta va contenido un elemento para la respuesta; algo como presentación de términos afirmativos o negativos; y la posibilidad de error se reduce a contestar no, en lugar de sí, o viceversa. Entretanto, para formular la pregunta ocurre la necesidad de optar entre una multitud de términos, y formular previamente múltiples juicios de opción para que la pregunta tenga sentido. Descubrí así, que tal vez la verdad en estos casos está, como en muchos otros, al revés de lo que vemos. En realidad, un hombre de estudio y de ingenio preguntará siempre cosas interesantes; un tonto no preguntará sino tonterías.
Se me disculpará la pesada narración de mi anécdota, que no he sabido contar más brevemente, pero estimo que algún valor tenga para quienes hacen todavía experiencia de profesores y de alumnos; puede asímismo concluirse de ella que tales cuestiones como las que hoy se agitan no son nuevas.
Sirvan los pensamientos de este discurso para que profesores y alumnos pongan su mejor voluntad en comenzar y continuar las labores del año con el mejor empeño en el estudio y la mejor cordialidad en el trato.
Me complace declarar que esta cordialidad ha sido como un signo o carácter particular de esta Universidad. La generalidad de los profesores pusieron siempre noble y generoso empeño en servir sus cátedras del mejor modo posible. El ejercicio continuado de la docencia ha formado en ellas ese caudal de experiencia que no se improvisa ni se adquiere fuera del ejercicio de la cátedra. Alguna que otra excepción que habría que hacer con sentimiento en días recientes, sirven para confirmar que las direcciones de la enseñanza universitaria no son indiferentes al deber de vigilancia o al ejercicio de su autoridad cuando el caso ocurra.
Las aptitudes que se adquieren en la experiencia no pueden ser suplidas por ningún otro origen, aunque tenga por medida la vocación o disposición natural para enseñar. Se debe tolerar en cierta medida de equidad cualquiera falla de menor cuantía, cuando se sabe lo difícil que es llenar la vacante de una cátedra.
No sé por qué destino personal he tenido desde hace más de veinte años, por razón de mis cargos universitarios, la grave responsabilidad de elegir candidatos para el profesorado superior. Las vacilaciones, diría mejor las tribulaciones de mi espíritu, las han tenido cuantos han pasado por semejante situación. No se puede ser profesor porque sí, porque se reciba un nombramiento o porque se tenga un título profesional. De esto puede resultar un profesor, pero no hay relación entre el título o nombramiento y la aptitud para enseñar.
Sirvan estas palabras para dar un consejo amistoso a los jóvenes que tan repetidamente me dan pruebas de confianza consultándome sobre intereses generales de la enseñanza o sobre sus casos particulares. Piensen y admitan la posibilidad de ser llamados algún día a la cátedra; de ser llamados aunque no aspiren a ella, o de ser aspirantes aunque hoy no tengan estímulos ni sientan vocación que podrá despertarse en lo sucesivo. Al asistir a cada clase aprendan dos cosas, a saber: la concerniente a la materia particular de la enseñanza y la que corresponde al modo o método de enseñar. Aprendan lo correspondiente a la rama de las matemáticas, de las ciencias sociales o de las ciencias naturales, de que tratan sus profesores, y aprendan a la vez, por el ejemplo que tienen a la vista, de qué manera se enseña. Tienen ellos una medida o patrón de crítica que les servirá para evitar, cuando a ellos les toque enseñar, los defectos que crean advertir como alumnos. Piensen en hacerlo mejor cuando les llegue el turno de profesor.
Advierto que mis palabras en lo que estoy diciendo son superfluas. Tengo repetidos testimonios de ser los alumnos de esta Universidad disciplinados en el estudio, amantes de la institución y dispuestos a honrarla dentro y fuera de la casa. A propósito, y antes que el año que ha pasado se aleje en la corriente del tiempo, que se lleva todos los recuerdos, detenga en este lugar el de la grata impresión que produjo en mi espíritu la opinión que dejaron de sí mismos y de la Universidad los jóvenes delegados al Congreso Universitario de Córdoba, el año anterior. Recogí, entonces, de fuente sincera y de testigos inmediatos, la seguridad de que los delegados de la Universidad de la Plata se habían conducido con tal seriedad y circunspección, que se hizo notable en la opinión de aquella ciudad y se esparció luego fuera de ella. Al regreso de la delegación, tuve el placer de escuchar el relato de los asuntos tratados por ellos y confirmar personalmente la buena opinión que habían conquistado. Pensé entonces que por mucho que tal circunspección fuese inspirada por condiciones de temperamento personal, algún influjo tenía en ellas la colectividad de estudiantes y alguna en esta última la dirección docente de facultades e institutos y la obra perseverante de mi antecesor en fundar el porvenir de la Universidad sobre la base de los buenos sentimientos recíprocos entre profesores y alumnos. Puede comprenderse cuánta será mi propia felicidad si llego a comprobar que no se ha destruído ni disipado en mis manos el tesoro de simpatías acumuladas en la Universidad que tengo tanto honor en presidir. Espero que en ellas mismas se encuentre la mayor felicidad para cuantos comiencen hoy un año más en el trabajo de enseñar y de aprender.
Y así esperaremos con serenidad y de frente los peligros que amenazan al mundo y los que más de cerca nos aflijan.
Quedan abiertos los cursos de 1919.
17 Marzo 1919.
ALBERDI, SARMIENTO Y MITRE
ALREDEDOR DE 1852
Por DAVID PEÑA
Profesor en las Universidades de Buenos Aires y La Plata
Por el asedio y otras causas, la rueda de argentinos residentes en Montevideo se achicó de pronto hacia 1851, aumentando, en cambio, las que existían en Santiago, Valparaíso y Copiapó. Otros pasaron al Perú, otros a Bolivia y otros al Brasil. Esta incorporación ahondó la divergencia que ya existía en Chile entre los primeros acerca de las cuestiones internas de la República Argentina y sus problemas exteriores. Algunos de los recién llegados se inclinaron al grupo que tenía su sede en Valparaíso y otros al Club que comenzaba a funcionar en Santiago.
Sarmiento y Alberdi eran los representantes de éstas como tendencias antagónicas que estaban latentes en todos los espíritus, manifestadas en los vagos anhelos, en las observaciones críticas, en las conversaciones de las ruedas familiares de las tardes y las noches. Los sucesos y los hombres de la patria se apreciaban de diverso modo, como también se discrepaba al considerar los planes referentes al futuro.
Cuando Sarmiento y Mitre abandonaron el hospitalario Chile, ya quedaban divididos los ánimos, mucho antes de Caseros.
Sarmiento y Mitre, acompañados de Aquino y de Paunero, embarcáronse en Valparaíso, con rumbo a Montevideo, a donde llegaron el 2 de Noviembre de 1851. De allí escribe Sarmiento a don Manuel Montt esta fatua confidencia: “Todos presienten que hay un rol que me está reservado, y mi llegada parece que llena una necesidad”.
Tal ufanía sería explicable tratándose del escritor, pero no del político, y menos del organizador. Bien conocidos eran los méritos de la pluma de Sarmiento como incansable denostador de la tiranía y anheloso propagandista del régimen de libertad, para que no se le estimulase con el augurio de que el general Urquiza sabría apreciar debidamente sus talentos y utilizar su pluma; pero no suplían sus tentativas en el papel para acreditarle capacidad de mando, en una campaña que llevaba consumidas existencias valiosas y el patrimonio de dos generaciones. A él le bastaba, sin embargo, que el hermano de Lavalle le hubiera regalado las espuelas que usara el general, o que el ministro Batlle se desprendiera de su espada, en su obsequio, para sentirse animado de aquel superior aliento que transportaba heroísmo a la adarga de Don Quijote. Puso en agitación a medio Chile con su proyecto de penetrar a su país por la región andina al frente de una expedición, y, al salir con Paunero, Aquino y Mitre... sólo obtuvo el acompañamiento de tres peones que andaban sin trabajo. Mas ¿qué importa? Habían sido soldados del Ejército de los Andes, desde luego sargentos, y nada más fácil que del Regimiento de Granaderos a caballo. A poco, uno de ellos, su asistente, se deja seducir por un bombero de Pacheco y, entre libación y libación, le entrega el paquete de papeles y el “Diario de Campaña” de su jefe el escritor.
Sarmiento trasladóse a Gualeguaychú, acompañado de Aquino, donde el general Urquiza preparaba su ejército desde su cuartel general. La entrevista debió ser interesante. Sarmiento vestía un flamante traje de teniente coronel, grado que él se concediera ante sí y por sí. Urquiza lo reconoció y mantuvo en ese grado, con su poco de apego por el extraño personaje que pusiera su pluma poderosa al servicio de la campaña contra Rosas y también de su persona. Conocía todos los artículos laudatorios del eminente escritor de “La Crónica”, “La Tribuna” y “Sud América”, como de años atrás las páginas de “Facundo”; pero también sabía que Sarmiento constituía una fuerza incierta, un punto de apoyo de insegura resistencia, un aliado intermitente. Debióle bastar un simple golpe de ojo al Favio criollo para averiguar la psiquis de aquel raro compatriota que hablaba a destajo de las eminencias europeas y barajaba los ejemplos de la América del Norte, entre el ludir de las caballadas y el hervor del campamento, semejante a colmena. De aquella conversación en la carpa no resultó Sarmiento jefe del Estado Mayor sino encargado de redactar el “Boletín” del ejército. Munido de fondos, regresó a Montevideo a organizar su imprenta ambulatoria.
Paunero y Mitre lo esperaban allí. Con ellos se embarcó en uno de los buques de la escuadra brasileña que debían proteger el pasaje del ejército, soportando en el Paso del Tonelero el fuego de las baterías enemigas al mando de Mansilla, amigo después de ellos. Al siguiente día llegaron al Diamante, donde ya había empezado el ejército de Urquiza el pasaje histórico. Mientras Mitre y Paunero ocupan los puestos que se les tenía ofrecidos, Sarmiento prepara los enseres de la imprenta militar. Una vez la columna en marcha, Sarmiento se adelantó hacia el Rosario sin la correspondiente autorización del general en jefe, a recibir las anticipadas ovaciones de aquella modesta villa que se acababa de declarar por la revolución[1].
Fué allí mismo y a los breves días, que aconteció el suceso desgraciado y alarmante de la sublevación del regimiento de Aquino y el asesinato de este jefe por sus propios soldados. Mitre atravesaba esa noche el campo para ir a visitarlo en su carpa, y distraído en la conversación con quien lo acompañaba, se separó del camino. Si llega antes, asiste a la tragedia. En homenaje a la amistad y a su empeñosa solicitud, Urquiza recomendó de todos modos la aprehensión de los soldados fugitivos, prometiéndole que sería inexorable con los asesinos del valeroso jefe.
Caseros se produce. Sarmiento no tiene ningún papel militar, pero asiste a la batalla. Mitre comanda unas piezas de artillería frente a frente de su ínclito ex jefe el coronel Martiniano Chilavert, el antiguo unitario pasado recientemente a las fuerzas de Rosas después de sus lucidos servicios a la causa opuesta.
La batalla de Monte Caseros ha sido juzgada con distinto criterio como hecho de armas, pero del punto de vista de su acción política y moral, es una batalla grande, de las más grandes después de las de la Independencia, como que allí fué, por fin, aventada la omnímoda tiranía que desde 1829 resistiera todos los embates y cruzadas.
En los preliminares de esta acción, preocupaba a Urquiza la averiguación del jefe a quien Rosas entregaría la dirección del combate, como que de su elección dependería, en mucho, el éxito, dando siempre sus ojos, al repasar la lista, con el nombre del general Pacheco. Díaz, Chilavert, Lagos, no detenían su atención. Era Pacheco. Era Pacheco. Entonces urdió una supuesta correspondencia con él, de anterior data, y escribióle cartas como si fueran la continuación de aquélla, cartas que confiaba a chasques con instrucción respecto del camino que debían de tomar, el mismo por donde estaban apostados los centinelas de Rosas. Apresados los citados mensajeros, eran llevados ante el Restaurador con el cuerpo del delito.
Contábale yo este episodio al general don Benjamín Victorica hace muy pocos años y, al oirme, él completó la narración de esta manera: “Como se acercara el momento de la batalla y el gobernador (Rosas) no le hubiera designado al general Pacheco su papel en ella, y en cambio Manuelita había tenido ya actos de preferencia y de obsequiosidad para con Lagos, el general Pacheco resolvió entrevistarse con el general Rosas, buscándolo donde se hallara. Rosas consintió en recibirlo en las proximidades de Caseros, en un edificio que antes sirviera de panadería. Yo me quedé a la espera del general Pacheco, de quien era ayudante. Cuando salió, vi su fisonomía descompuesta.—“Ciertamente el gobernador debe de estar loco”, fué lo único que me dijo. Nos alejamos en nuestros caballos hasta una casa semi abandonada, seguidos de los soldados que formaban su guardia. Penetramos a una de las piezas, y como era ya de noche, preparamos nuestros recados como camas y, acostados uno cerca del otro, encendimos nuestros cigarros mientras nos venía el sueño.
De pronto vi una sombra pegada a la ventana cerca de la cual yo estaba, y oí mi nombre pronunciado apenas. Me levanté al instante y acudí al llamado. Un hombre embozado hasta los ojos díjome que un amigo, que no puedo nombrar a usted, me prevenía no dormir esa noche cerca del general Pacheco. El misterioso mensajero desapareció en seguida.
Yo dí aviso al general del peligro que lo amenazaba, y él dispuso entonces volver a ensillar los caballos y separarse de aquel sitio. Lentamente proseguimos en dirección a sus campos. El general Pacheco, terminaba el doctor Victorica, no asistió en efecto a la batalla. Al otro día tuvimos noticias del resultado de ella, muy distantes del lugar en que se había realizado”.[2]
Vencedor Urquiza, estableció su residencia en Palermo. Los primeros días, sofocados los asaltos de la canalla y los robos de delincuentes y soldados, debieron ser de regocijo indescriptible para los que volvían a ver las calles de Buenos Aires después de una proscripción forzosa o voluntaria de más de cuatro lustros.
¡Buenos Aires! Los de menor alejamiento eran los que salieron jóvenes a la época que iniciara Alberdi la égida en 1838. Mitre no conocía propiamente la ciudad soñada, pues trasladado a Patagones el mismo año de su nacimiento, de allí pasó a la estancia del hermano de Rosas, y de esa estancia a Montevideo. Así se explica que en los días inmediatos a Caseros aquellos hombres jóvenes se pasaran recorriendo los lugares históricos con un fervor intenso y un tanto melancólico, porque se sentían como extraños en el hogar común[3].
Vencedor Urquiza, decía, estableció su residencia en Palermo. Allí le presentaron parte de los desertores asesinos de Aquino, los que fueron en seguida fusilados. También lo fué Chilavert, a causa (a estar al ayudante Elías) de su arrogante manifestación hecha con el objeto de que lo supiera Urquiza, que para él Rosas representaba la causa de la nacionalidad; y que, lejos de arrepentirse de su reciente renegación, la volvería a cometer una y cien veces. Saldías, pariente de Chilavert, ha rodeado de comentarios dramáticos este final del talentoso artillero para hacerlo caer como un héroe de leyenda; y otros historiógrafos han difundido el dato de que Mitre le vituperó con energía la acción al mismo vencedor. Si a renglón seguido se recuerda que el rasgo fisonómico de Urquiza que nos han grabado a fuego los mismos narradores, transformaban a aquel hombre en tigre, con sus ojos verdes, brillantes por la cólera, y sus pómulos movidos por el temblor del odio, no sabemos cuando tienen razón: si cuando trazan la figura de Urquiza en actitud de oir, sumiso, la reprimenda del comandante Mitre, o cuando lo muestran poseído de la crueldad de las fieras.
Urquiza no se entrega a las delicias de Capua. Urgido por el cumplimiento de sus promesas hechas a la faz de América y del mundo, va derecho a la solución de los problemas que preocuparan a los hombres de Mayo y que quedaron interrumpidos en el último ensayo del año 26, brillando un día en la mentalidad de Facundo:—la organización nacional.
Echa el vistazo en derredor y percibe de inmediato el espíritu unitario en conciliábulo extraño, resto de aquel rezongo de los que detuvieron el paso de Dante en el Infierno.
Urquiza protege la ciudad; Urquiza declara y demuestra no querer intervenir en un solo acto relativo al manejo interior de Buenos Aires; Urquiza comparte su victoria y su gloria con todos los generales del ejército aliado acordándose del propio jubiloso modo de los orientales como de los correntinos, de los brasileños como de los entrerrianos. Impide que se inmiscuya el ejército en los preliminares del acto electoral que después de veinte años va a llevarse a cabo, a fin de que haya una legislatura libre. Todo lo espera del patriotismo como el suyo. No hay vencedores ni vencidos, vuelve a decir, como en Montevideo. Olvídese el pasado. No hay otro enemigo que el que yace derrocado, camino de la proscripción. ¿A qué perseguir ese enemigo? No se pesquisará a nadie, pues, porque todos los argentinos hacen falta al fin inmediato y perentorio de reconstruir el edificio desde sus propios cimientos. Mientras llega el momento de ensayar el ejercicio de las nuevas instituciones y de dar al país su ley fundamental, por medio de un congreso general, ocupe el gobierno de la provincia de Buenos Aires el varón más anciano y también el más ilustre, el que desempeñara accidentalmente el cargo de presidente al renunciar Rivadavia, el autor de la Canción Nacional de 1813.
Todo esto por el lado inmediato y con relación a Buenos Aires. Del Arroyo del Medio para allá, ¿qué hacer con las provincias? ¿Qué hacer con las gobernaciones? Si se las desatiende o desconoce y con más razón si se les humilla o ataca, volveráse a la guerra civil del año 20 como pensaba Sarmiento el año 92. Se plantearán las luchas de Buenos Aires contra López, Ramírez y Bustos. No. No se ha destruído una tiranía de 20 años para empujar al país reconquistado, hacia una anarquía innecesaria. Esos gobiernos de provincia representan “intereses creados”. Hay que acordarles intervención en la obra común de la organización política, porque son partes del todo, ramas de un mismo árbol, miembros de la familia que vuelve a estar reunida. A fin de inspirarles confianza, comenzando por las clases obscuras, en cuyo seno está el hogar gaucho y en él la materia de que se ha de hacer el pueblo, ofrézcase un hecho material visible que sirva de promesa y de vínculo ideal, tardío y complicado si ha de traducirse en palabras; simple y claro si el signo entra por los ojos. Y Urquiza propone, como en el ejército, el uso de una cinta colorada como prenda de conformidad en la iniciación del nuevo credo republicano argentino.
Lo grave de la decisión estuvo en el color elegido, y acaso únicamente en el color, pues el uso de cintas como distintivos políticos se pierde en los siglos. Como primer antecedente argentino figuran las escarapelas repartidas por Beruti y French a los patriotas de 1810. Pero Urquiza necesitaba apoyarse en los mismos servidores de Rosas, y en el color residía el secreto. Claro es que si la cinta colorada le aportaba el concurso de los federales, despertaba la desconfianza o engendraba la “fobia” en los unitarios. ¿Adónde habría ido a parar la inspiración de Sarmiento, provocada por el color colorado, si Urquiza elige el azul? Pero todo el mundo sabe que en la época de Rosas no existía este color en Buenos Aires.
La cinta colorada o cintillo—después de ser aceptado—fué el pretexto para el repudio y el encono, atribuyendo al vencedor el propósito oculto de substituir la tiranía de Rosas por la propia. Pero se escondió en los revueltos pechos la causa verdadera que era el afán de reemplazarlo en la tarea de la organización de la República. ¿Y quiénes hubieran realizado esa organización? ¿Los unitarios que dirigieron sin acierto la campaña militar que dió el triunfo completo al general Oribe? ¿Los unitarios civiles que, dispersos de Montevideo a Chile y del Brasil a Bolivia no habían podido juntar los medios eficaces de derrocar a Rosas desde 1835 a 1852, cayendo en el error de creer que si la pluma bastó para engendrar el desprestigio de un déspota, pudo también unir pueblos desarticulados por el odio y trabajados por la desconfianza? ¿Cuál era el hombre capaz de ocupar la posición de Urquiza, por valimientos propios, considerando valimientos para las funciones de gobierno desde el factor de la riqueza material, que afianza la independencia de la conducta y facilita la ayuda a los demás, hasta el claro conocimiento de las necesidades de todo el territorio a gobernar, y desde el talento de clasificar y medir hombres e intenciones, hasta las galas del valor físico, necesario a demostrar en todo la superioridad señalada por el medio?
Urquiza celebra conferencias con los hombres distinguidos que concurren a Palermo, jóvenes o viejos, provincianos o porteños, militares o civiles.
Tenía del gaucho de la tierra el astuto disimulo y una sin igual penetración para distinguir el valer positivo del mérito ocasional. Mezcla y lucha de claridad interior y de vacilación externa, concebía el problema sin poseer los medios mentales para resolverlo, como que su instrucción sólo le permitía la resultante pero no los términos. Era clara su visión y podía, con mano firme, realizar el trazo; pero, faltábale la línea y el color.
Muy conocedor de hombres, prefería siempre oírlos. Su silencio era en él una facultad equivalente a la función de asimilación de cuanto convenía a su espíritu. Escaso de dulzura para atraerlos por los recursos ondulantes, hoy tan esparcidos en política, elegía el camino más corto para que lo entendieran.
Entre las variantes de los caudillos argentinos, carecía de la generosidad de Facundo, del donaire de Ramírez, de la mansedumbre de Benavídez, de la implacable y fría exterioridad de Rosas, de la hipocresía de López. Su gran pasión fué poseer tierras. No hubo señor feudal más rico en campos. La más enorme de sus satisfacciones era dominar el horizonte de una altura y descubrir con sus ojos los límites infinitos de sus posesiones para no hallarles término.
Sarmiento no mereció de parte del general Urquiza la distinción del intercambio de ideas políticas, por lo que resolvió de pronto pedir licencia para trasladarse a Río Janeiro y de allí volver a Chile. ¿Qué había acontecido? Hasta tanto lleguemos a la explicación cierta de tan repentino alejamiento, digamos que su amor propio comenzó a sufrir desde la travesía del ejército donde sólo se le distinguía con el mote de “El Boletinero”.
¿No supo mantener, o en aquel ambiente complejo no le quisieron acordar, la autoridad moral a que era acreedor por sus antecedentes intelectuales, y antes de un rompimiento, prefirió la deserción voluntaria? Más adelante se verá el fundamento de esta duda.
Sarmiento se detiene en Río, con efecto, y allí es recibido con afabilidad por el joven emperador del Brasil don Pedro de Alcántara, muy capacitado para el conocimiento de los hombres y sucesos del Plata por su inclinación a la información oral y a la lectura.
“El emperador, dice Sarmiento en carta a Mitre,—joven de veintiséis años (Sarmiento tiene 41) estudioso, y dotado de cualidades de espíritu y de corazón que lo harían un hombre distinguido en cualquier posición de la vida, se ha entregado con pasión al estudio de nuestros poetas, publicistas, escritores sobre costumbres y caracteres nacionales. Echeverría, Mármol, Alberdi, Gutiérrez, Alsina, etc., etc. son nombres familiares a su oído, y por lo que a mí respecta, habíame introducido favorablemente “Civilización y Barbarie”, hace tiempo, con la primera edición, habiéndose procurado después “Sud América” “Argirópolis”, “Educación Popular”, etc.[4].
Hasta el momento actual nada ha podido ocurrir que baste a alterar los vínculos de compañerismo y amistad entre Sarmiento, Alberdi y Mitre. Sarmiento ha tenido, es cierto, dos encuentros periodísticos con Alberdi, explicables por las modalidades de temperamento, antes que por disconformidad de ideas, a propósito de la tesis de Alberdi para graduarse en Chile, la primera vez, y otra “sobre lo que era “honesto y permitido” en un extranjero en América”. Se han escrito con asiduidad y recíprocamente se han auxiliado con nobleza. Es al volver Sarmiento a Chile que procura embarcar a Alberdi en sus prejuicios y enconos contra Urquiza, trayéndole la pasión de sus enojos; pero Alberdi se gobierna a sí mismo y opone su tranquila fe en la obra imperecedera y en las cualidades del obrero.
Esta fe la ha demostrado Alberdi escribiendo casi improvisadamente un libro que constituye la colaboración más trascendental a la obra realizada y a realizar por el general Urquiza, a quien se lo envía con la siguiente carta:
A S. E. el Señor General
Don Justo José de Urquiza
Valparaíso, Mayo 30 de 1852.
Señor General:
Los argentinos de todas partes, aun los más humildes y desconocidos, somos deudores a V. E. del homenaje de nuestra perpetua gratitud por la heroicidad sin ejemplo con que ha sabido restablecer la libertad de la patria, anonadada por tantos años. En cortos meses ha realizado V. E. lo que en muchos años han intentado en vano los primeros poderes de Europa, y un partido poderoso de la República Argentina. Quien tal prodigio ha conseguido ¿por qué no sería capaz de darnos otro resultado, igualmente portentoso, que en vano persigue hace cuarenta años nuestro país? Abrigo la persuasión de que la inmensa gloria—esa gloria que a nadie pertenece hasta aquí—de dar una Constitución duradera a la República, está reservada a la estrella feliz que guía los pasos de V. E. Con este convencimiento he consagrado muchas noches a la redacción del libro sobre “Bases” de organización política para nuestro país, libro que tengo el honor de someter al excelente buen sentido de V. E. En él no hay nada mío sino el trabajo de expresar débilmente lo que pertenece al buen sentido general de esta época y a la experiencia de nuestra patria. Deseo ver unida la gloria de V. E. a la obra de la Constitución del país; mas, para que ambas se apoyen mutuamente, es menester que la Constitución repose sobre bases poderosas. Los grandes edificios de la antigüedad no llegan a nuestros días sino porque están cimentados sobre granito; pero la historia, señor, los precedentes del país, los hechos normales, son la roca granítica en que descansan las constituciones duraderas. Todo mi libro está reducido a la demostración de esto, con la aplicación a la República Argentina. Espero que encuentre en la indulgencia de V. E. la acogida que merecen las buenas intenciones, y que admitirá con igual bondad V. E. la seguridad de mi gratitud, como ciudadano argentino, y del respeto profundo con que tengo el honor de suscribirme de V. E. atento servidor.
Juan B. Alberdi.
El general Urquiza se apresura a contestar esta carta en la siguiente forma:
“Al señor Doctor
D. Juan B. Alberdi
Valparaíso.
Palermo (Buenos Aires), Julio 22 de 1852.
Apreciable compatriota:
La carta que con fecha 30 de Mayo me ha dirigido usted, adjuntándome un ejemplar de su libro “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, ha confirmado en mí el juicio que sobre su distinguida capacidad, y muy especialmente sobre su patriotismo, había formado de antemano.
Me es muy lisonjero encontrar en la generalidad de los argentinos el deseo y la firme resolución de contribuir a que nuestra querida patria se constituya al fin un sistema de leyes digno de sus antecedentes de gloria y capaz de conducirla al grado de prosperidad que le corresponde.
Conociendo bien esos sentimientos de los argentinos, contando con ellos y con sus decididos esfuerzos, me he puesto al frente de la grande obra de constituir la República. Tengo fe de que esta obra será llevada a cabo.
Su bien pensado libro, es, a mi juicio, un medio de cooperación importantísimo. No puede ser escrito ni publicado en mejor oportunidad.
Por mi parte, lo acepto como un homenaje digno de la patria y de un buen argentino.
La gloria de constituir la República debe ser de todos y para todos. Yo tendré siempre en mucho la de haber comprendido bien el pensamiento de mis conciudadanos y contribuido a su realización.
A su ilustrado criterio no se ocultará que en esta empresa deben encontrarse grandes obstáculos. Algunos, en efecto, se me han presentado ya; pero el interés de la patria se sobrepone a todos. Después de haber vencido una tiranía poderosa, todos los demás me parecen menores.
¡Que la República Argentina sea grande y feliz, y mis más ardientes votos quedarán satisfechos!
Usted hallará siempre en mí un apreciador de sus talentos y de su patriotismo y en tal concepto los sentimientos sinceros de un afectuoso compatriota y amigo.—Justo José de Urquiza.”
La aparición de las “Bases” fué saludada con entusiasmo dentro y fuera del lugar en que su autor residiera. En Chile puede apreciarse esa impresión con sólo saber que el Club Constitucional Argentino que presidía don Gregorio Gómez, resolvió un acuerdo que significó un homenaje cívico en favor de la personalidad de Alberdi.
Sarmiento, por su parte, deja estampado así su juicio acerca de “Las Bases”.
“Yungay, Septiembre 16 de 1852.
Mi querido Alberdi:
Su Constitución es un monumento: es usted el legislador del buen sentido bajo las formas de la ciencia.
Su Constitución es nuestra bandera, nuestro símbolo. Así lo toma hoy la República Argentina. Yo creo que su libro “Bases” va a ejercer un efecto benéfico.
Es posible que su Constitución sea adoptada; es posible que sea alterada, truncada; pero los pueblos, por lo suprimido o alterado, verán el espíritu que dirige las supresiones: su libro, pues, va a ser el Decálogo Argentino: la bandera de todos los hombres de corazón.—Domingo F. Sarmiento.”
Desde ese instante los hombres que rodeaban al general Urquiza tuvieron su brújula segura para orientar el barco que acababan de tripular. Mas las opiniones del grupo unitario persistían en su afán de no despegarse del terreno, entendiendo que era a ellos a quienes les correspondía por derecho propio la tarea de organizar la República.
Para medir entretanto en su tamaño real la obra que acababa de realizar el general Urquiza, conviene echar una mirada retrospectiva hacia el Buenos Aires que Rosas había gobernado y las maneras que usó.
Rosas había comenzado por dividir la sociedad en dos partes: lo físico y lo moral. Lo moral era el elemento ilustrado de la ciudad, que tuvo a Rivadavia por representante y cuyo fracaso estaba fresco. Lo físico era la campaña, el elemento inculto, que él representaba y para el cual reivindicaba el ensayo del gobierno. Para identificarse a él, decía, había llegado al sacrificio: a abandonar las comodidades y las seguridades del poblado y a hacer abandono absoluto de su provecho personal.
Había vivido en contacto íntimo con la masa, en el desierto, con el paisano paria. Ahora probaría el manejo de la cosa pública con esa fuerza incomprendida y se vería que el éxito estaba de su lado; que eran estos hombres repudiados los que tenían de su parte el buen sentido, el patriotismo y la honradez[5].
Después del último ensayo constitucional—27 años atrás—el espíritu público de Buenos Aires había caído en la atonía a que contribuye y arrastra en conspiración la lentitud del tiempo, sometiéndose a la pasibilidad fatalista de todo pueblo inculto, hecho al manejo del héroe, cacique o César. Faltaba en su seno el ejercicio, aún primario, de toda libertad democrática. La reunión pública no existía. No se conocía el debate de la prensa ni de la Sala de Representantes. El ambiente de claustro universitario había desaparecido. La rueda social enrarecida, no daba asidero ni siquiera al comentario, porque el espionaje de la servidumbre se encargaba de transportarlo en delación de los oídos de doña Encarnación Ezcurra, y, después de ella, a los de cualquiera de los directores de la Mazorca. Rosas hacía un gobierno de información plebeya y poseía en sus manos los hilos de todas las familias, como los tenía el virrey y el obispo en la época de la colonia. No había suceso de carácter policial que no pasara su vista para su resolución. La vida de Buenos Aires estaba contenida en los prontuarios o carpetas que a diario se elevaban a su conocimiento, arriba de las cuales, en dos líneas, debajo de su extracto, iba la pena, escrita de su puño. Era el gobierno de la menudencia íntima, pero a cuya virtud él debía el dominio de cada cuestión, de cada hogar, de cada ser, y por tanto, de la sociedad entera.
Los asuntos de mayor volumen, relacionados a los intereses, civiles o comerciales o a las grandes faltas o crímenes, pasaban, con mayor razón, a su conocimiento inmediato y en escrupulosa preferencia. Entonces se entendía con los jueces directamente, sin cortapisas ni escrúpulos, echando mano siempre de un recurso en el que era artista supremo. La anécdota de su entrevista con el doctor don Vicente López es así tan sugerente y de tan provechosa enseñanza psicológica que vale por una demostración.
Otro recurso de que Rosas usaba para su dominación, era el dinero. Las almas angustiadas, apuradas todas las soluciones, iban en última instancia, a él; y hecha la confesión del desastre y la sentida promesa de la gratitud eterna, venía el préstamo en fácil y abundante forma. Rosas era el hidalgo prestamista que sólo pedía la adhesión como interés, y esta franca munificencia, secreto de todo caudillismo, era más abierta y espontánea con aquellos individuos de quienes él se prometía un favor político o militar. Banco de descuentos, de provisión o ayudas, formábase en su torno el halo del hombre providencia, tanto más general y esparcido cuanto mayor era su tacto para manejarse con los favorecidos. Estos tratos eran siempre directos y reservados. Manuelita intervenía para los de otra laya: la súplica ante “tatita” para indultos, conmutaciones, gracias. Este espíritu detallista y administrador regía en sus relaciones con los gobernadores y sus emisarios, aunque éstos fueran chasques. Rosas presidía personalmente desde el suministro de armas o ropas para el ejército, hasta el de una pieza de lienzo para el gaucho portador de cartas.
Dipútanse el desempeño de comisiones ante él desde los confines de la República, los más infelices paisanos, porque la “menta” de su generosidad se había extendido hasta ellos. Quien, había traído un caballo regalado; quien, un poncho, quien, un traje. Los gobernadores que gozaban de la amistad de Rosas tenían franquicias comerciales para sus Estados, soluciones para los intercambios de sus productos, para los problemas de su moneda o para los pasajes de sus haciendas. Y cuando esos gobernadores venían a su sede, eran proverbiales los agasajos de toda la sociedad de Buenos Aires, amén de sus favorables concesiones. A Quiroga le decreta honores que recorren la gama del placer, desde el caballo a la bacanal degastadora y crapulosa. A López, banquetes y vacas; a Ibarra plata y armas.
En los asuntos arduos obtiene el medio de saber, valiéndose de una estratagema. Cuando se presenta una cuestión internacional o simplemente de derecho administrativo o de gobierno, complicada o difícil, manda llamar a su despacho o a su casa al doctor Lorenzo Torres, explica el caso y le pide su juicio. Horas más tarde usa el mismo procedimiento para con el doctor Dalmacio Vélez; y por el mismo repetía la consulta con don Pedro de Angelis o don Tomás de Anchorena. Preparado de este modo, reunía todo el cónclave y a cada uno presenta la cuestión con la argumentación tomada del contrario, resultando que a su modo repite el papel de Napoleón en la discusión del Código.
Tiene la pluma fácil: es de su agrado el escribir. Escribe sobre todo: desde la carta política a Ibarra, glosando el versículo de la Biblia de “quien no está conmigo está en contra de mí” al billetito penetrante y avisor, como el mandado a doña Inés Dorrego. ¡Todo un espécimen! Dos son sus grandes amanuenses de confianza: Reyes, cuya letra llega a confundirse con la de él, y don Pedro de Angelis, que lo interpreta a maravilla.
Un otro factor de verdadera confianza y como complemento de su personalidad: la casa que habita.
Cualquiera podría creer que quien vivía en esa penumbra era un misántropo, un enfermo, un melancólico a lo Francia, Felipe II o Luis XI. No, por cierto. Rosas es una expresión casi permanente de buen humor, entremezclado con una cantidad de inconsciencia manifiesta, que lo acerca al terrible filósofo siempre optimista y cínico hechura de Luzbel. Ordena un fusilamiento o un degüello y en seguida está apto para urdir una broma. Tras de un asesinato, del de Maza, por ejemplo, puede reir si se le ocurre hacer llamar por medio de Corvalán al señor Obligado, que ese día ha tomado purga. Como a Alejandro VI, un espectáculo de muerte puede abrirle el apetito. Ahora, pasemos al Rosas de la proscripción. Es charlador, sociable, cultor de damas, y borrajeador incansable de cuartillas. Fabrica él mismo adobes; anda a caballo todo el día, luego se pone a escribir un libro de medicina. Llama a su criada con cencerro; se hace dar friegas en las piernas; no le agradan las visitas de americanos. Tal su régimen por años. ¿Tuvo una hora de honda meditación en las soledades de Southampton? ¿Sintió una sola vez, una siquiera, el estremecimiento de ese dolor que remuerde por no haber hecho a su patria y a sus compatriotas todo el bien que pudo y que deja escapar por entre las palmas de las manos? Por lo menos en el instante final, en esa última palpitación del cerebro y del corazón, de la memoria y de las fibras, al despedirse del cuadro lleno de luz ante su vista interior, ¿lo sacudió una angustia, un recuerdo hondo, un arrepentimiento de los que acaso bastan a la purificación en el dintel de la Eternidad? Ni uno solo. Su hija nos habla de la agonía y de la muerte serena de su padre, como un historiador nos hablaría de la agonía y muerte de un justo. ¡Conciencia humana! ¿Qué eres?
Pero, volvamos a tomar los hilos de nuestro discurso o sea lo que importa a las tres vidas paralelas, materia de estos capítulos.
Al regresar Sarmiento a Chile con el ánimo enconado contra el general Urquiza por el único delito de que Urquiza no le consultara sobre el plan de Caseros, primero, y luego sobre el mejor modo de organizar el país, dióse a glosar los 26 Boletines de la Campaña del Ejército Libertador de que había estado encargado, intercalando entre ellos comentarios despectivos contra la persona del general vencedor. Al dar a luz este trabajo, determinó dedicárselo a Alberdi.
Según un pasaje de esta dedicatoria parecería que Alberdi hubiera suscitado la polémica en “El Diario” de Valparaíso; pero el aludido rechaza categóricamente la alusión.
La dedicatoria está llena de velados cargos y otros bien directos contra Alberdi, desde la inculpación de su posición semioficial, hasta la de creerlo interesado en lanzar a Sarmiento a la anticipada publicación de su “Campaña”, que él reservaba para muchos años después. Desde su ignorancia de los hechos, que Sarmiento en cambio acaba de ver envueltos en sangre, hasta el recuerdo de su deserción de Montevideo, al acercarse a Oribe.
La censura, pues, a Urquiza comienza con una página adversa a su amigo, a quien llama “Mi querido Alberdi”.
La “Campaña en el Ejército Grande” se inicia con la Introducción, que es otro golpe indirecto a Alberdi, y entra luego, como diario de un viaje, a referir impresiones de los distintos puntos y accidentes por que ha tenido que pasar, desde su salida de Chile hasta la “fuga” de Buenos Aires, después de Caseros.
En forma amena, pero falta de cohesión, va dejando escapar sus sentimientos y reflexiones sobre los hombres y los sucesos que le salen al encuentro, destacando siempre de la interesante narración su figura en primer término.
Sin constituir una crónica de hechos, ni menos un estudio de caracteres, esta producción de Sarmiento, tan rica de matices, puede ser considerada como un auxiliar para la historia de la época o del acontecimiento que comprende, si bien debe cuidarse quien la utilice, del espíritu preconcebido que la mueve. Bajo la pasión demoledora de estas páginas, no obstante, asoma aquí y allá un afecto, un rasgo de admiración, un verdadero aplauso a tal o cual figura determinada, todo ello mezclado con lo anterior, como tintas claras y obscuras, manejadas a un tiempo en un mismo estado de ánimo por un firme pincel. No se ajusta el autor a ningún género dado, como que la soltura sigue siendo su característica; quiero decir que, junto a la descripción de un paisaje, vése un estudio de paralelo; y al lado de una reflexión filosófica, que dá a la oración un corte de discurso moral, interrumpe un diálogo y con éste una narración pintoresca y con ella un apóstrofe y en seguida un retrato y por último una epístola.
De estas páginas, que causan el efecto de hojas diseminadas, Sarmiento lo va diciendo todo muy aprisa, con el único cuidado de no posponer al protagonista ni un instante. Y por ese propio apuro, el protagonista moral y material, nos resulta un extraño ser, un ser inexplicable. De pronto un hombre que tiene miedo a un perro y, al lado, un valeroso crítico del general en jefe, compitiendo con él en volumen político y social, como por ejemplo al adelantarse al Rosario, o al recibir las primeras salutaciones de Palermo. Unas veces el servidor medroso que espera del ayudante una palabra tranquilizadora de parte del superior; otras, el violento discutidor que a voz en cuello censura al padre ante su hijo. De pronto, vestido de pequeño mariscal francés, con plumas en el sombrero, depositando a gritos palabras peligrosas en el oído de las gentes que le salen al paso. Más tarde, sometiéndose a las menores indicaciones del general, con una disciplina rayana en servilismo.
A las impresiones relacionadas con lo que Sarmiento llama su Campaña, están unidos sus juicios referentes a los sucesos que siguieron a la batalla, en la cual, desde luego, no desempeña ningún papel.
“Mi papel de “boletinero” me exoneraba de toda obligación militar con mis jefes, por lo que, así que hubimos de rompernos los cuernos, dejé al general Virasoro con sus edecanes y sus caballos blancos, yo que no andaba muy bien montado, y busqué el batallón oriental que mandaba el coronel Lezica y me coloqué donde no estorbase, con mi ayudante, el capitán Dillon y uno de mis asistentes, pero en lugar bien aparente, precaviéndome contra ciertas bromas que estaba seguro se harían valer contra mí,—el militar con guantes y con levita,—si podían decir que me había perdido.”
En balde será el empeño de hallar en esta producción de Sarmiento las pruebas que justifiquen sus acerbas manifestaciones contra el general Urquiza, a quien llega a examinar hasta en su faz doméstica. Del relato mismo se desprende que éste y todos los jefes que lo acompañan, sólo tuvieron consideración y afecto para con el instable compañero.
“Enrolándome, dice Sarmiento, en el Ejército, tuve ocasión de conocer de cerca el personal de guerra de nuestro país, los jefes más acreditados, los medios de acción y cuanto interesa al publicista, al historiador, al viajero, y al político argentino. Merecí de todos, distinción y aprecio, y reconocí las virtudes, patriotismo, capacidades, y talentos de los hombres que han de figurar más tarde. Déboles a todos los jefes y oficiales el más profundo agradecimiento. Fuí siempre atendido por los coroneles Urdinarrain, Palavecino, Basabilvaso y otros de Entre Ríos; considerado por Virasoro y Galán: y sólo con el coronel Pirán tuve reyertas en que nos decíamos ambos las impertinencias de más grueso calibre.”
En lo que se relaciona con el general Urquiza, Sarmiento nos dice que en cierta ocasión le dió mil explicaciones, lo llamó su amigo y se estrecharon varias veces la mano. Hay pasajes en que su devoción por el general Urquiza pasa por entre sus enconos, como la luz por entre los celajes, y en que llega a aplaudir terribles hechos de sangre, tal como en la escena en que traen a la presencia del general vencedor al jefe rosista Santa Coloma, que Urquiza manda degollar por la nuca en castigo de sus víctimas, inmoladas en la misma forma.
Viaja el monorritmo de la cinta colorada por entre las páginas de la “Campaña” como una obsesión formada e impuesta a los fines de disculpar tanto agravio férvido en la pluma del autor. Pero si hay momentos en que el tema puede ser oído con alarma, descúbrese en seguida que es uno de los “sistemas” a que obedece la modalidad literaria de Sarmiento, y de la que no se aparta a pesar de consejos tan sanos y autorizados como los que ya le había dado don Valentín Alsina.
Tal es la síntesis de la “Campaña en el Ejército Grande”. La imparcialidad del lector crítico no puede atenuar el egotismo y la imprecación hiriente que constituyen su esencia, porque el limo que sus aguas dejan, fecundiza la figura del vencedor de Caseros, dando un resultado contraproducente acerca de la tolerancia de su alma, frente a la ingratitud que lo combate.
Alberdi no considera el ataque de este punto de vista, sino del que le es directo. Mas, lejos de contestarlo en el tono de la réplica, volviéndola también reducida y personal, saca partido doctrinario del asunto y lo eleva a la altura de un estudio, generalizándolo y legándolo como enseñanza.
Retirado en Quillota, dedicó cuatro cartas a su adversario que aparecen fechadas tres en el mes de enero y otra en febrero desde Valparaíso.
Explica en la primera que no hubiera leído, por escasez de tiempo, la “Campaña”, cualquiera sea su mérito, a no verse obligado a ello por la dedicatoria, lo que a su vez lo determina a analizar y contestar todo el trabajo. Advierte que nada tendrá que hacer con la persona del contendor, quien sólo le merecerá una crítica alta, digna y respetuosa, y que su propósito capital es estudiarlo en sus escritos. Y al entrar en materia, comienza por establecer cuán distinta tiene que resultar la prensa, desde la caída de Rosas, si ha de intentar llegar a la eficacia de sus fines políticos. Tras del dibujo del licenciado de la vieja prensa, insubordinado a toda regla o disciplina, agitador de poblaciones y de improvisada preparación, especie de gaucho malo, el lector vé alzarse, como en fotografía superpuesta, la efigie de Sarmiento. Estas primeras cuatro cartas son de una notable importancia por la serenidad, por la lógica, por la fuerza destructora e inmensa y por el estilo diáfano.
Es acaso el primer escritor de América que conoce los insuperables secretos de la difícil síntesis. Escribe, con la menor cantidad de palabras, la mayor porción de ideas. Del ahorro de sonidos, obtiene más substancia y pensamiento. Es la pluma de las “Bases”. Y lo admirable de su construcción, es que lejos de perder la forma de su belleza, la aumenta en flexibilidad y ondulaciones, volviendo tan terso y sutil el velo, que se ve toda la imagen al través. De modo que es el latín clásico traducido al español armonioso.
Estas cartas debieron producir la sensación de las máquinas de guerra de los griegos que se destinaban a aplanar los cuerpos de los muertos, después de la batalla. . .
Pero, Sarmiento no estaba muerto. Contestó la réplica de Alberdi con toda la violencia de su temperamento de demostrado luchador, tirando a fondo sus formidables golpes de clava como para finalizarlo todo.
Su prosa es amplia, su brazo largo, su juego desordenado y abierto, sus golpes a la cabeza del contendor. No le perdona ni la letra. Y de la letra, la estatura, la manera de reir, las intenciones, y, acto por acto de su vida de abogado, de escritor, de periodista.—“Alma y cara de conejo”, le dice. “Sólo sabe agrupar pesetas y palabritas”. Llega al giro despreciativo minúsculo: “pillito”, “ratoncito que roe papeles”. “Estate quietito: tú serás enviado diplomático en Chile”.
Otras veces, del asunto obtiene el vocablo que le viene a la pluma: “ergotista genovés”, recordando que Alberdi estuvo en Génova y que allí escribió uno de sus libros. “Andate enhoramala, botarate”.
La gracia y la novedad del denuesto se traduce en figuras como ésta: “Es una esponja de limpiar muebles que absorbe todas las ideas para volverlas a estrujar y aplicarse a todas las cosas sucias”.
El tono sube:—“Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen “a la multitud de frac” que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización, y le ponga polleras. . .” “Entecado que no sabe montar a caballo”. . . “Abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz; conejo por el miedo; eunuco por sus comparaciones políticas; federal-unitario, ecléctico-panteísta; periodista, abogado, conservador, demagogo”.
Este es Sarmiento de una vez:—“¡Pues, qué! ¿quería mamar a dos tetas?”
Sarmiento vuelve a recuperar el campo como Hércules vencedor. Sus amigos, sus admiradores, los jóvenes, los viejos, sus compatriotas, el resto de emigrados que presenciaban el encuentro desde la sombra del tendido, lanzaron el ¡hurra! del loor ganado. Sarmiento era el representante de la democracia brava frente a la borla doctoral.
¿Y Alberdi? No responde. ¿Dónde está el doctor Alberdi? No es habido en los sitios sociales ni en el foro. ¿Qué le pasa al académico escritor? Su posición es tan ingrata que sus íntimos y correligionarios deciden instarlo a la refriega, pero se hallan con que el metódico trabajador tiene entre manos, en esos mismos instantes, un proyecto de Constitución para su país, que forma el complemento de las “Bases”. Hasta tanto no lo termine, no se enterará de los nuevos ataques de Sarmiento. Vanos fueron los argumentos que se le hicieron para demostrarle la necesidad perentoria de que ensayara la refutación de los cargos y acusaciones de su enemigo implacable. Alberdi . . . Pero estoy cometiendo una falta de probidad y de buen gusto al dar ropaje propio a un relato que ha sido ya hecho por un maestro, por el inolvidable Lucio V. López, que a su vez repite la narración de su ilustre padre, testigo de la época, amigo por igual de Alberdi y de Sarmiento.
Al ocuparse Lucio López de la reimpresión de las “Cartas Quillotanas” en 1873, legó páginas de insuperable mérito, que contienen con la dramaticidad del momento, noticias directas de la psicología de los dos soberbios contendores. Helas aquí:
“Las “Cartas Quillotanas” están destinadas a vivir siempre en la literatura política de nuestro país. Ellas son la más severa lección que se ha dado a la prensa que emplea el dicterio y el insulto para convencer al público y confundir al adversario. Ellas son la protesta más ardiente y victoriosa que puede hacerse contra esa literatura feroz de que la ignorancia vulgar de nuestras sociedades se ha amamantado en las pasadas luchas civiles, creando reputaciones de arcilla e inconsistentes que la justicia severa de los fallos modernos tiene por fuerza que desconocer.
Esas cartas son poco conocidas en Buenos Aires. Hasta hace muy poco, tan sólo las conocíamos por las referencias de sus contemporáneos, y su crónica había llegado hasta nosotros, sin que hubiéramos podido procurarnos las preciosas páginas que las contenían. Es por esto, que no podemos menos de agradecer al editor el verdadero servicio que se ha hecho a las letras argentinas, haciendo de ellas una edición copiosa que, al mismo tiempo que pueda repartirse con profunsión por todos los rincones de la República, sirva para estudiar tranquilamente y sin pasiones mezquinas la índole de ciertos hombres que las injusticias del pasado han tratado de obscurecer.
La historia de las “Cartas Quillotanas” es interesante. Un testigo ocular nos ha narrado su crónica que vamos a tratar de transmitir a nuestros lectores con toda la imparcialidad que nos corresponde.
La refutación del doctor Alberdi a la Campaña del Ejército Grande, que el señor Sarmiento le narra intencionalmente, exasperó el ánimo de éste con justos motivos. El golpe había sido mortal. La contestación había apurado todos los recursos de la sátira y la pluma de Alberdi había rayado en el papel la caricatura del adversario con los gráficos rasgos de un Chatam y con la culta acrimonía de un Timon. La primera parte de las cartas es la gran parodia “de la Campaña”.
Los gritos de la herida fueron tan elocuentes por parte del señor Sarmiento como había sido punzante el dardo sutil que la causaba. Su espíritu se encrespó, tomó formas colosales, midió el cuerpo de su adversario y prorrumpió en un torrente de lava escrita característico en él, si tenemos en cuenta una cualidad remarcable de sus talentos: la labia copiosa con que manifiesta sus pasiones. Alberdi se encontró ahogado por aquella avalancha. Danton y Robespierre, y todas las furias de la revolución francesa, no habrían producido una diatriba más sublime que aquella.
El señor Sarmiento no es clásico sino “criollo puro” y sin embargo, es curioso de notar, cómo en su réplica a las primeras cartas de Alberdi, palpita el más legítimo paganismo haciendo recordar las pasiones del anatema clásico puesta en boca de los dioses, menos el estro de Homero y de Virgilio.
La cultura del lenguaje, la delicadeza del escritor, todos los escrúpulos sociales están desconocidos en la réplica del señor Sarmiento y para que no se dude de nuestra aseveración puede leerse el siguiente párrafo con que ataca al señor Alberdi. “Usted ha tenido la debilidad de eludir la ley penal por el decoro; pues yo tendré la gentileza “de degradar mi rango de escritor y de insultar la ley y la sociedad poniendo escritos inmundos contra usted”.
Si Facundo hubiera sabido escribir, no de otra manera hubiera escrito.
La réplica del señor Sarmiento hizo gran sensación en Chile. Los amigos de Alberdi se enfriaron en su entusiasmo. Los amigos del señor Sarmiento aprovecharon esta frialdad y la convirtieron en éxito para sus afecciones. El señor Sarmiento estaba triunfante y la “vox populi” sancionaba su victoria. Alberdi había enmudecido y todos consideraron que el golpe lo había abrumado. ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? ¿Cuál era la causa de su silencio? Este continuaba. Días, semanas y meses pasaban sin que respirase. Varios amigos suyos resolvieron buscarlo y decirle la crítica posición en que se encontraba. Lo hicieron, y fueron recibidos en su gabinete donde trabajaba con perfecta calma y tranquilidad. Le manifestaron lo que pasaba en Chile con su persona, y una vez enterado, oyeron con asombro de sus labios que no había leído la réplica del señor Sarmiento, que estaba sumamente empeñado en concluir su proyecto de constitución para la República Argentina y que había previsto que la lectura de las cartas de su adversario, podía distraer su atención poniendo en conflicto la terminación de su obra. En vano fué que sus amigos le manifestasen la necesidad en que estaba de salir cuanto antes de su crítica posición. Su determinación fué irresistible. No hizo la lectura y se dispuso a desocuparse del trabajo que se lo impedía. Extrañó, sí, la debilidad de la opinión para condenarlo tan ligeramente y quiso tal vez imponerle con su silencio el castigo de su ligereza. A los pocos días llamó a uno de sus amigos y le manifestó que su proyecto de Constitución estaba concluído y que al día siguiente partía para Quillota a ocuparse de contestar al señor Sarmiento cuya réplica ya había leído. Prometió a sus amigos vindicarse ante la opinión y anonadar a su adversario para siempre. Regresó de Quillota al poco tiempo trayendo un rayo que lanzó de improviso y que cambió el hado próspero de su contendor. Y en efecto, “La complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina”, que era el título de la contrarréplica, fué fatal para el señor Sarmiento. Este había presentado infinidad de hechos que menoscababan la reputación del doctor Alberdi. Estos hechos fueron desmentidos uno por uno, con datos tan fidedignos que toda la opinión reconoció su veracidad. Alberdi en boca de Sarmiento había sido indigno instrumento de los gobiernos, mal abogado, mal escritor, ignorante, mal político y en fin dueño de las cualidades más poco envidiables que se pueden poseer, y el mismo Alberdi, según su expresión, se encargaba de “tomar por la oreja al mentiroso, sentarlo en el banco de la risa y hacerlo desmentirse con sus propios escritos” que dejaban a Alberdi bajo el punto de vista de un hombre digno, independiente, buen abogado, brillante y competentísimo escritor, político hábil y en fin con todas las excelentes dotes que las pasiones febriles del señor Sarmiento le habían desconocido.
Las últimas cartas de Alberdi corrieron de mano en mano con un prestigio extraordinario. Llamó la atención sobre todo la parte final titulada “Enmienda Honorable” que es una colección crecida, compuesta únicamente de elogios de todo orden, debidos a la pluma de su adversario. La crónica cuenta que el señor Sarmiento quedó sumamente mal parado. Ofreció cuarenta cartas más con las que prometía hundir por siempre a su antiguo amigo, pero sólo produjo dos y la mala acogida que recibieron acabó de descorazonarlo para siempre haciéndolo abandonar la escena que le había arrebatado tan felizmente su adversario.
Esta es la sencilla historia de las “Cartas Quillotanas”, cuya reimpresión acaba de hacerse y cuya lectura no podemos menos de recordar a los que no lo hayan hecho. En ellas se verá que la República Argentina tiene en su literatura ingenios de nota, cuyos escritos participan del género de los que inmortalizaron a Fígaro y a Cormenin.
De las “Cartas sobre la prensa” resulta, que hasta el odio a Buenos Aires, otro de los cargos vulgares con que se ha querido combatir a Alberdi, nadie lo ha expresado como el actual presidente de la república en los siguientes párrafos que insertamos:
“En vano le han pedido (a Buenos Aires) las provincias que les dejase pasar un poco de civilización, de industria y de población europea: una política estúpida y colonial se hizo sorda a estos clamores. Pero las provincias se vengaron mandándole en Rosas mucho y demasiado de la barbarie que a ellos le sobraba. Harto caro la han pagado los que decían: “La República Argentina acaba en el Arroyo del Medio”. (Sarmiento: “Facundo“, pág. 23, 1.ª edición).
“Tucumán tiene hoy una grande explotación de azúcares y licores que podría permutar por las mercaderías europeas “en esa ingrata y torpe Buenos Aires” desde donde le viene hoy el “movimiento barbarizador”. (Sarmiento: “Facundo”, pág. 195. 1.ª edición).
“¡Eh! vergüenza de Buenos Aires, os habeis hecho las guaridas de todas las alimañas, que Paz hace huir del interior”. (Sarmiento: “Facundo”, pág. 195, 1.ª edición).
“Diréselo a usted al oído, a fe de provinciano, porque el pueblo de Buenos Aires, con todas sus ventajas es el más “bárbaro” que existe en América”. (Sarmiento: “Sud América”, tom. 2, núm. 2.—Mayo 1.ᵒ de 1851).
Después de estas inserciones, todo comentario nos parece inútil, pues la justicia no puede hacer sino uno que no corresponde repetir.”
Terminado y remitido, pues, con urgencia el Proyecto de Constitución, Alberdi vuelve a la polémica, titulando esta vez sus escritos así: “Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina” y precediéndolas de una saludable “Advertencia”.
Si eficaces fueron las primeras, estas últimas resultaron decisivas. Y debieron serlo, de verdad, porque redujeron a silencio la pluma de Sarmiento y abrieron doble brecha en su cuerpo y en su ánimo. En cartas íntimas gime su cuita y expresa el dolor de su carne macerada por el látigo de Alberdi[6].
Quedó abierto desde entonces el abismo que había de separar hasta más allá de la tumba el alma de estos dos argentinos. ¡Y qué larga y profunda fué la venganza de Sarmiento contra las “Cartas Quillotanas”!
De modo que por su orden de tiempo debe leerse la “Campaña del Ejército Grande” de Sarmiento, punto inicial de la polémica; en seguida las “Cartas sobre la prensa” más conocidas por “Cartas Quillotanas” de Alberdi; luego “Las Ciento y Una” de Sarmiento, y, por último, “Complicidad de la prensa en las guerras civiles de la República Argentina” punto final, puesto por Alberdi.
No hay otro duelo en los fastos literarios de América de mayor repercusión y de mejor enseñanza. Préstanle su fama el volumen de sus autores, la habilidad en las armas y la gravitación que tuvo en los sucesos públicos de la patria.
El lauro ha sido discernido por la posteridad a Alberdi, quien al domeñar todos sus humanos impulsos, habilitóse a sí mismo para vencer al adversario, colérico y sin freno, impulsivo, ciego y cruel. Alberdi constituye de entonces un modelo en la alta polémica. La cultura universitaria, aun en la pelea, tenía que salir victoriosa de la locura del titán.
ACOTACIONES A MONTAIGNE
(Notas marginales)
Por J. ALFREDO FERREYRA
Profesor en la Universidad de La Plata
Conocía a Montaigne por la monografía que Compayré le dedica en su galería de didactas ilustres. Había meditado también el capítulo que el mismo Montaigne dedica con tan buen sentido a la educación: sus vistas reformadoras y libres, de hombre del Renacimiento. Pero por primera vez leí todos sus Ensayos en las vacaciones de 1905-1906. En enero a febrero de 1913, los repasé, pero no de punta a cabo, sino según el método con que él los escribió. Abría las páginas que más me llamaban la atención, o buscaba aquellas en que creía encontrar la aclaración de una duda mía, o por saber qué opiniones alentaba el autor sobre tal o cual cuestión.
Conozco, además, biografías del hombre, desde luego cortas, pues ha sido un cuerpo de poca acción. Todo su espíritu, movedizo y ondulante, está en su obra. Su biografía es su libro. Europa ha producido algunos hombres de pensamiento y de acción, cuyo prototipo es César. Pero en América no son raros los ejemplos de Mitre, Sarmiento, Roosevelt. El concepto de la educación integral bien practicado, creo que ha de fomentar al hombre que hace y piensa al mismo tiempo, pues la acción social me parece tan excitadora, como el estudio sedentario de un problema científico.
Quiero transmitir mi impresión personal sobre Montaigne, como quien comenta al pasar una lectura en voz alta. Incitar a leer los grandes libros podría ser un servicio didáctico: se cuenta entre los deberes y los derechos del maestro de escuela.
Es un genio que hace de la modestia, de la franca confesión de sus ineptitudes, una fuerza principal. Constituye casi una excepción entre sus congéneres que pecan de vanidosos, según lo creía Sarmiento. Sócrates confesaba que nada sabía, para mejorar su situación mental respecto a los otros hombres. Jesús se endiosó. Y la lista sería larga.
Alguna vez, es verdad, que la humildad de Montaigne se parece al orgullo de Diógenes al través de su capa remendada. Reitera su pereza, por ejemplo. Le gusta leer indolentemente a los clásicos latinos sin propósito determinado, hasta que cierta necesidad de exponer sus reflexiones y sugestiones le hace tomar la pluma. Parecería que con ello muestra que no hay que forzar a los temperamentos, torciendo o pretendiendo torcer las vocaciones grandes o pequeñas con presiones exteriores y artificiales, a que han sido bastante aficionados los padres y las escuelas.
Recalca filosóficamente su falta de memoria, intuyendo con gran sagacidad de su propia introspección, que esa deficiencia, lejos de ser un mal absoluto, puede favorecer la meditación y las concepciones originales. El memorista corre el peligro de ser un incorregible repetidor de cosas ajenas.
Montaigne quiere sobrevivirse; de ahí que defienda la inmortalidad en cualquier forma. En ninguna parte he visto tratada esta cuestión con rasgos de mayor originalidad que en los Ensayos. Presenta el caso de capitanes antiguos o coetáneos que encargaban que su cuerpo o su esqueleto acompañase a sus ejércitos en el curso de la guerra, para asegurar su triunfo. No cita al Cid, cuyo cadáver montado en Babieca, ganó su última batalla contra la morisma en Valencia. Otras veces, para el cadáver no se pedía tregua ni concesiones al enemigo, como si continuara vivo el jefe al que pertenecía.
Este es realmente un modo concreto de concebir la inmortalidad subjetiva, formulada casi tres siglos después por Comte.
Muchos pensadores antiguos—Epicuro, Lucrecio, Séneca, entre otros—no creyeron en la supervivencia del cuerpo ni del alma después de la muerte. Estuvieron muy lejos de comulgar con el valle de Josafat. Debemos convenir que el buen sentido ha tenido sus representantes en todos los tiempos, como el mal sentido los tiene aún en el siglo XX, en que un señor de Unamuno, ahuecando un tanto la voz, llama a la muerte “pavoroso e insoluble problema”.
La ociosidad produjo los Ensayos de Montaigne; esa ociosidad, que dejaba vagar con libertad (“la del caballo que dispara sin freno, albarda, ni jinete”) su mente por diferentes asuntos, sin orden aparente. Nunca la ociosidad ni la comodidad de un hombre que no tuvo necesidad de ganarse la vida produjo tan glorioso resultado.
A Montaigne le faltó, en general, el punto de vista social de que participamos, ahora aún los principiantes en sociología. Una ciencia más o menos sistematizada ayuda mucho las operaciones mentales. Montaigne precedió a Montesquieu en más de un siglo; de modo que la concepción de un organismo social o de organismos sociales regidos por leyes internas y externas, a semejanza de los individuales, era acaso anticipada para él.
En su original capítulo acerca de los medios contradictorios que los hombres han empleado para llegar al mismo resultado o a resultados opuestos, se nota esa ausencia de concepción sociológica.
Un vencido o los vencidos en una guerra, han obtenido clemencia del vencedor unas veces por la súplica y otras por el valor altivo. En otras ocasiones, uno y otro medio han conducido al exterminio, a la mayor cólera del vencedor, aunque éste fuera el magnánimo transigente Alejandro de Macedonia.
Atribuye Montaigne estos hechos exclusivamente a la psicología personal del vencedor; nunca a otras circunstancias, principalmente las sociales que tanto influyen en los acontecimientos, mucho más que los deseos y resoluciones individuales.
Maquiavelo, en sus Aforismos políticos fundados en la Historia de Tito Livio y en la de su tiempo, tiene idénticas observaciones; pero mayor perspicacia sociológica, para inducir que en la función pública se cambia de método con el cambio de circunstancias.
Montaigne no se contenta con lo presente, y con lo que ve, y donde vive. Se extiende hacia lo pasado y mucho hacia lo porvenir. Sale de la tierra. Lo desconocido lo atrae. Se reconoce habitante del Universo. Actuando en un radio limitadísimo, de aislamiento en su castillo, habla de un radio inmenso, desconocido, que la Humanidad va desbrozando poco a poco. El infinito y la eternidad están descubiertos. Imposible sujetar la imaginación a la ciencia experimental, por más que sus resultados constituyan su solo regulador externo. Cuando se pierde este elemento de equilibrio, la imaginación se exalta hasta la locura, como Don Quijote que, a fuerza de palos y de no leer más, notó al fin que los nidos no tenían pájaros. No quiere decir que los creadores, por la imaginación, no sean incomparables intuitores. Comte llama a los grandes poetas profundos observadores de la naturaleza humana.
Este descontento por la realidad develada por sabios y poetas, en cada época de la evolución mental colectiva, produce las hipótesis más sanas y más disparatadas. Lo primero, engendra el progreso comprobable y utilizable; lo segundo, las vaguedades metafísicas que se complacen en meditar horas enteras si los valles se mueven o se están quietos, y otras tonterías. Las luces relativamente verdaderas y las relativamente falsas, marchan paralelas.
Montaigne trata del rezo con su buen sentido positivo. Las peticiones de la oración son muchas veces injustas y generalmente egoístas. “Dios” merecería respeto y debe recibir homenajes y “servicios”, y no pedidos de codiciosos, maleantes de todo género que ruegan salir sin peligro o airosos de una aventura. Margarita de Navarra recuerda de uno que atravesaba compungido el interior de una iglesia, para ir a dormir con su querida, haciendo antes actos de devoción ante el altar mayor.
A Montaigne se le ha escapado, sin embargo, el lado psicológico de la plegaria: su fuerza sugestiva y autosugestiva, cuando es sincera. La oración teológica ha debido producir sus efectos en el período correspondiente de la Humanidad, y del que muchos seres humanos aún no han salido. Ahora, en vez de suprimirse, debería transformarse en creación positiva, en propósitos determinados de acción, como lo aconseja Smiles. En la gran guerra, se inventó la plegaria del centinela y del soldado, como acto de resolución resignada, por ideales humanos, sin invocación sobrenatural.
Llama la atención de Montaigne la vanidad de Cicerón, y la detracta. Visto el gran romano a través de ese juicio, parece un petimetre sin méritos que busca gloriolas, apelando hasta al “réclame”. No es así. Cicerón tenía cualidades sólidas, y, en su género, fué uno de los más perfectos que exhiba la historia. Es claro que mostraba también el reverso del orador y del artista: instabilidad, indecisión. Me habría satisfecho más y habría sido más justo un estudio sobre la personalidad total. Pero Montaigne no supo o no quiso hacerlo por cualquier razón. Ya se sabe que él no escribió un libro, sino una serie de artículos sobre lo que se le antojaba y cuando se le antojaba. No fué un escritor profesional que tuviera que exprimir su inteligencia sobre temas obligados u obligantes.
Para cohonestar su juicio unilateral sobre Cicerón, debe anotarse que la antropología no es de su tiempo, y los psicólogos natos, los Shakespeares y Cervantes, han sido muy contados, aún en esta época de psicologías.
A medida que más se penetra en el estudio del hombre, más se explican sus anomalías, sin odio, tal vez con piedad y aun amor. Si el análisis crítico es cada vez más profundo, la censura va de capa caída, manejada sólo por los meros literatos que abominan de todo lo que no coincide con sus inclinaciones personales instituídas, sin mayores miramientos, en el patrón único para juzgar todo. Debemos aceptar lo irremediable, es decir, los millares de temperamentos diferentes y diferenciados, y su distinta manera de manifestarse. En el fondo, es un bien que la naturaleza humana muestre tantos matices como la naturaleza cósmica.
Montaigne (1533-1592) no creía en el progreso, es decir, en la evolución aprovechada por el hombre. Estaba con el corso e ricorso. Era hombre del siglo XVI. Comte sostiene que la idea de un progreso continuo e indefinido se afirmó en el siglo XVII y XVIII, como lo demuestran las fórmulas orgánicas de Pascal, Leibnitz y Condorcet, que instituyeron una Humanidad, sobre las patrias, que constantemente aprende y constantemente crece.
Yo creo que uno de los hechos que más ha afirmado la creencia de un progreso general, a pesar de los retrocesos regionales o de factores aislados, es la conquista sucesiva de la Humanidad sobre la Naturaleza, es decir, el método experimental que dió sostén sólido a la ciencia. Esta se aplicó a la industria que trasforma constantemente las cosas en el sentido de su mayor utilidad humana. Estas trasformaciones objetivas se han impuesto. El progreso subjetivo de las ideas era menos discernible, ya porque está fuera del contralor de la mayor parte de las gentes, ya porque su mezcla y confusión por los sofistas de todos los tiempos que hacen juegos malabares, aparentan muchas veces estacionamiento o retroceso.
El progreso de las cosas derivadas del progreso de las ideas, ha producido a su turno el desenvolvimiento de éstas, que se apoyan así en una comprobación externa. El progreso se realiza por inventos sucesivos, dice Pasteur. Cada nuevo invento demuestra un mayor dominio del hombre sobre el universo cósmico y social, y nos da la perspectiva de que ese dominio será ilimitado. Cada vez que un eminente genio ha afirmado una imposibilidad en el futuro, ha errado, dice Flammarión.
Las ideas invisibles pueden discutirse; pero su encarnación en hechos sucesivos, no. Si todo es ilusión, si no nos es dable percibir al Universo tal cual es por deficiencia de sentidos y estructura cerebral, la utilización de las cosas, de los hechos y de las leyes para el acrecentamiento humano, es una realidad aunque no fuera la realidad.
Montaigne es el tipo del hombre del Renacimiento. Ama la gloria literaria de Grecia y de Roma. Cita constantemente a sus pensadores, a sus poetas, historiadores, oradores. Plutarco y Séneca son sus guías. Pero Horacio, Juvenal y Persio, Cicerón, Terencio, Ovidio, Plinio el viejo y el joven, ratifican sus afirmaciones. Sábese que hablaba el latín. Lo aprendió desde niño, conversando, como un idioma vivo, y leía constantemente a los creadores de tan profunda literatura. No era latinista de catálogo, de los tantos defensores del latín, incapaces de leer de corrido tres sentencias del Cornelio Nepote. Virgilio y Lucrecio están siempre en la punta de su pluma. Resurge, pues, en su mente, libre observadora del presente moderno, la antigüedad clásica. Esa aleación ha producido una síntesis inmortal con los Ensayos.
Montaigne está lejos de ser un dogmático: no quiere y, sobre todo, no puede serlo. Su afirmación es siempre débil; su duda, transparente. Su positivismo es notorio; pero no dispone de elementos necesarios para apoyarlo.
Nada de antropocéntrico, y esa es una de sus glorias. Su pensamiento y sentimiento ondulantes participan de la diversidad de los temperamentos humanos. Parecería que quisiera observar el mundo al través de cada uno de sus semejantes. Hay en él varios espíritus, como los que inspiraban a Goethe. Nada lo apasiona, todo lo reflexiona, es un famoso plurilateral.
Leí con cuidado el capítulo que dedica a Raimundo Sabunde, donde se muestra más su positividad. Cree que los animales tienen más que instinto: inteligencia y sentimientos morales. La diferencia con el hombre es sólo de grados. Hace presentir a Lamarck y a Darwin. Cita un número asombroso de hechos referentes a los animales. Hoy que ha tomado cuerpo la psicología animal, resurge Montaigne.
La verdad es que todos los problemas, resueltos o no, de que está ocupada la Humanidad presente, ya han sido propuestos por los antiguos, y a muchos se les ha dado en remotos tiempos una solución acertada, si bien por excepcionales pensadores que predicaren o no en desierto. El problema de la muerte, de la inmortalidad, de Dios: todo ha sido tratado abundantemente. Lucrecio, siguiendo a Epicuro, cuya doctrina poetizó, sostuvo que el aniquilamiento del cuerpo traía también el del alma, función corporal. Alguien dijo que Dios no era un ser, ni menos extrauniversal, sino una ley. Otros, que la inmortalidad objetiva del alma era apenas un mito poético y consolador para el tiempo respectivo.
Nótase también que muchos problemas metafísicos se han reducido por los progresos de la ciencia que ha muerto hipótesis y divagaciones, creando probablemente otras. Pero la ciencia no sólo ha respondido a muchas interrogaciones seculares, sino que ha mostrado el régimen fecundo de la razón humana, el método que ha descubierto y ha de descubrir gradualmente, con mayor o menor rapidez, enigmas que la inquietud humana formula sin cansarse.
En Montaigne se nota el sentimiento de la verdad relativa. Nadie lo tuvo como él al afirmar o negar. Pregunta más que contesta. De nada está completamente seguro. Define con simpatía el Pirronismo. Pero él es sólo Pirronista intelectual. No llegó a la ética estoica que alcanzó el sublime escéptico griego. Este enseñaba que todas las cosas son igualmente inciertas y discutibles. Es necesario dudar de todo y ser indiferente a todo. De ahí derivaba su moral, doctrina de renunciamiento e indiferencia, que él practicó fielmente con organismo adaptado.
No tener opinión ni sobre el bien, ni sobre el mal, es el medio de evitar todas las causas de turbación. Las más de las veces los hombres mismos se hacen desgraciados: sufren porque son privados de lo que creen ser un bien, o temen perderlo, porque estiman que esto sería un mal. Suprímase toda creencia de este género, y todos los males desaparecerán. Dejar que siga el mundo como es, y que cada uno tome su lote de males inevitables: he ahí el ideal de Pirrón. No le importaba más vivir que morir, porque no estaba convencido que lo uno fuera bien y lo otro mal. En un naufragio, mostró con toda calma a los pasajeros despavoridos la impasibilidad de un cerdo que comía tranquilamente, mientras el barco se sumergía. Así debería ser la impasibilidad consciente del sabio, en presencia de los hechos de la vida y de la muerte. Pudo decir con Lucrecio que la religión no consiste en adorar piedras o ensangrentar altares, sino en contemplar con ánimo sereno la corriente favorable o adversa de los sucesos.
Montaigne no tuvo nunca la concepción, ni menos practicó la ética de Pirrón. Fué un rico que vivió cómodamente en su castillo campestre, bien servido, eligiendo su sociedad, pensando muy mal de las mujeres, perfumando sus pañuelos y guantes, abrigándose mucho en invierno porque era friolento, y temiendo la muerte.
En la voluptuosidad de leer descansadamente a los genios antiguos, meditar espontáneamente, escribir sin trabajar, anotando los pensamientos que su profunda naturaleza le sugería: así se engendró ese libro universal que se llama los Ensayos. Salió espontáneamente como la seda del gusano.
Es un realista sin prejuicios y sin las groserías de Rabelais. Es el padre espiritual de Renán, de Anatole France, de la sonriente ironía francesa también heroica. Es la resurrección, al través de las letras latinas, de la mentalidad griega tan poco respetuosa de los dogmas, tan poco asustadiza de los misterios, tan poco sorprendida de lo nuevo, que aceptó sin mayores preocupaciones el todo o la nada de la vida.
Febrero 1919.
LOS SENTIMIENTOS MORALES, ESTÉTICOS Y RELIGIOSOS
Por RODOLFO SENET
Profesor de la Universidad de Buenos Aires
La religión y los sentimientos éticos
Tener una religión sin poseer sentimientos religiosos, es no tener nada. Los sentimientos religiosos deben ser siempre previos a su sistematización y sintetización en forma de religión.
La ética que se basa en los principios religiosos, es ultraegoista. El estudio de la gran mayoría de los preceptos morales que surgen de esa fuente, comprueban con toda evidencia el aserto. Tomaré el tan difundido “Haz bien y no mires a quien”, que sólo obedece a que, persiguiendo el sujeto beneficiarse a sí mismo, claro está que sea indiferente el individuo sobre quien recae la acción. El benefactor lo es, ante todo, de sí mismo, puesto que su buena acción no quedará sin su premio correspondiente y se sumará en su haber. Si bien es cierto que el hecho es que resulta un beneficiado, la falta de discernimiento con que se aplica el beneficio, indica que el primer plano lo ocupa el benefactor, siendo absolutamente indiferente el beneficiado. Los que practican la caridad aplicando el precepto sin tener en cuenta para nada su beneficio personal, creen de buena fé realizar un acto moral, y no obstante, es pseudomoral; los que lo realizan desde el punto de vista de la recompensa futura, inconscientemente, realizan actos inmorales. De este modo, cuando un religioso hace una obra piadosa cualquiera, con el ánimo de hacer méritos, quien debe agradecer es él antes que nadie y no el que recibe el beneficio, y debe quedarle grato, además, por prestarse o hacerse cómplice de su egoismo, puesto que el premio que espera obtener supera con mucho al bien realizado.
La moral religiosa es una moral a base de premios y castigos, de carácter eminentemente egoista, prometiendo castigos horrendos o como recompensa un sensualismo que envidiarían los epicuristas. El “rogaré por Vd.”, el “Dios se lo pague”, etc., que contestan los beneficiados, en los casos de limosna, por ejemplo, indica una devolución de ultratumba infinitamente mayor al beneficio realizado. Si esa moral se pudiera hacer efectiva en la vida diaria, la usura ahogaría a la vida misma.
Por lo demás, el eje sobre el que reposa, especialmente la moral religiosa, es la cuestión sexual.
El instinto de conservación específico, satisfecho de acuerdo con los preceptos establecidos, resulta siempre una inmoralidad disimulada, y por tanto, tolerada. En el terreno afectivo-emocional, su base más honda, está en la afectividad negativa y en la emotividad depresiva.
No entraré a analizar la pseudomoralidad que aporta en la ética individual, la religión; caería en el terreno del deporte de los poco cultos que recién descubren la pseudomoralidad de la ética religiosa.
Lo que trataré de ver es si normalmente, si racionalmente, se puede edificar una ética o se pueden formar sentimientos morales, a base de religión.
Los prácticos lo consagran así, y, no obstante los reiterados fracasos, la rutina subsiste. El hogar religioso, trata desde la más tierna edad de formar en el niño sentimientos religiosos. Luego las clases de doctrina dadas por sacerdotes del culto, y en algunos países atrasados la enseñanza de la religión en la escuela, tratan de crear sentimientos religiosos a bases de enseñanza de la religión.
Claro se vé que si es absurdo tratar de formar sentimientos morales, enseñando moral teórica, lo es a fortiori, pretendiendo hacer penetrar a los niños en abstracciones muy alejadas de su mentalidad y en cuestiones de carácter dogmático. Los resultados así lo atestiguan, pues salvo el caso de que al sujeto lo haya rodeado un ambiente muy propicio, o que se trate de sujetos de cierta pobreza mental, los demás, cuando llegan a jóvenes, hablan en tono jocoso de la religión que les inculcaron en la niñez, evaporada hoy; recuerdan lo odioso de esa enseñanza impuesta, o bien las travesuras de las clases de doctrina, o los regalitos para atraerlos, u otros procedimientos como juegos, etc., para inculcarles la fe.
Analizar todas estas tentativas para desarrollar en el niño sentimientos religiosos, desde el punto de vista psicológico, es, sencillamente, tiempo perdido. Basta una palabra, se trata de disparates.
No se pueden desarrollar sentimientos morales a base de sentimientos religiosos, porque los últimos están por sobre los primeros, son superiores en jerarquía y mal pueden ser causa de los sentimientos morales, cuando deben ser efectos de éstos. Los sentimientos morales son previos a los religiosos, de manera que no son los sentimientos religiosos los que conducen a los morales, sino que la evolución superior de los morales conduce a los religiosos. Si los sentimientos religiosos son verdaderos, sinceros, si no se trata de vividores o mistificadores, para llegar a esta etapa de la evolución psíquica, el sujeto debe, necesariamente, haber construído antes todo su andamiaje ético, para construir más tarde su monumento religioso. Antes de llegar a la fé, el individuo ha tenido un período de duda, o por lo menos, de discusión y de grande sintetización, de carácter, no solo sentimental, sino también mental. Los sujetos verdaderamente religiosos son grandes razonadores; sólo los débiles mentales tienen fe sin discernimiento.