EL LIBRO ROJO
| [AL ÍNDICE.] |
DE VENTA
CORRESPONDENCIA DE JUÁREZ Y MONTLUC,
Antiguo Cónsul General de México
Acompañada de numerosas cartas de personajes políticos,
relativas á la Expedición de México
Resumen: Prefacio histórico.—Autobiografía.—Capítulo I. (1858-1860).—I. Elsesser, cuñado de Jecker.—II. El Presidente Juárez.—III. Morny y las minas de Sonora.—Capítulo II. (1861).—I. Almonte é Hidalgo.—II. Los bonos de Jecker.—III. Saligny.—IV. Cámara Sindical de exportación.—Capítulo III. (1862).—I. El príncipe austriaco.—II. Lorencez y Zaragoza.—III. Cartas al Emperador.—IV. El general Forey.—V. Sus proclamas.—VI. Jecker protegido del ministro de Prusia.—VII. El Congreso Mexicano.—VIII. Drouyn de Lhuys.—Capítulo IV. (1863).—I. El Gobierno Mexicano aprueba los pasos conciliatorios de su Cónsul General en París.—II. Nuevas proclamas del general Forey.—III. Una consecuencia del negocio Jecker.—IV. Proceso de los Cónsules.—V. Entrada de las tropas en México.—VI. El Marqués de Montholon.—Capítulo V. (1864-1866).—I. El Imperio en México.—II. 1867 ¡la catástrofe!—Capítulo VI. (1867-1872).—I. Juárez entra en México.—II. México se levanta.—III. Guerra de Prusia.—IV. Conclusión.—V. Ultima carta de Juárez.—Documentos justificativos, etc., etc.
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EL LIBRO ROJO
1520-1867
POR
VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,
JUAN A. MATEOS
Y RAFAEL MARTÍNEZ DE LA TORRE
——
TOMO I
——
MEXICO
A. Pola, Editor, calle de Tacuba, Núm. 25
—
1905
Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley
MOCTEZUMA.[1]
I
Era la media noche. Un profundo silencio reinaba en la gran capital del Imperio Azteca, y las estrellas de un cielo limpio y despejado se retrataban en las tranquilas aguas de los lagos y en los canales de la ciudad.
Un gallardo mancebo que hacía veces de una divinidad, y que por esto le llamaban Izocoztli, velaba silencioso y reverente en lo alto del templo del dios de la guerra.
Repentinamente sus ojos se cierran, su cabeza se inclina, y recostándose en una piedra labrada misteriosa y simbólicamente, tiene un sueño siniestro. Abre los ojos, procura recordar alguna cosa, y no puede ni aún explicarse confusamente lo que le ha pasado. Sale á la plataforma del templo, levanta la vista á los cielos, y observa asombrado en el Oriente una grande estrella roja con una inmensa cauda blanca que cubría al parecer toda la extensión del Imperio. Apenas ha mirado este fenómeno terrible en el firmamento, cuando cae con la faz contra la tierra, y así, casi sin vida, permaneció hasta que los primeros rayos del sol doraron las torres del templo. Alzó entonces el Izocoztli la vista á los cielos, y la estrella había desaparecido[2].
II
Izocoztli al medio día se dirigió al palacio del Emperador. «Señor temible y poderoso, le dijo, anoche he visto una grande estrella de fuego en los cielos.»
Moctezuma dudó, pero quedó pensativo todo el día. En la noche él mismo permaneció en observación en la azotea de su palacio, y á cosa de las once vió aparecer repentinamente la fatal estrella roja.
Al día siguiente mandó llamar á todos los adivinos y hechiceros de la ciudad. Ninguno había visto nada. Nadie se atrevía á interpretar la aparición misteriosa de los cielos.
Moctezuma mandó llamar á los justicias. «Encerrad, les dijo, á todos estos adivinos y astrólogos en unas jaulas, y no les dareis de comer ni de beber. Es mi voluntad que mueran de hambre y de sed.
«Marchad después por todos los lugares de mi reino y haced que las casas de los hechiceros y adivinos sean saqueadas y quemadas, y traedme arrastrando del cuello por las calles á todos los que teniendo la obligación de observar los cielos y de interpretar las señales de los dioses, nada han visto, ni nada han dicho á su Rey.»
La orden se ejecutó. Los hechiceros de México murieron rabiosos de hambre y de sed en las jaulas, y á los pocos días los muchachos de las escuelas arrastraban de unas sogas amarradas al cuello á los adivinos de las provincias, que dejaban contra las esquinas de la ciudad los pedazos sangrientos de sus miembros. Así se cumplió la voluntad del muy grande y poderoso Señor Moctezuma II[3].
III
Una tarde, quizá con la intención de ir á la corte de Texcoco, el Emperador se dirigió al lago; pero en el mismo momento espesas nubes cubrieron el cielo, los rayos atravesaron el horizonte, iluminándolo de una luz siniestra, y las aguas del lago comenzaron á agitarse y á hervir, como si tuviesen una gran caldera de fuego en el fondo.
Moctezuma se retiró á su palacio más triste y abatido. Imaginó aplacar la cólera de los dioses y mandó traer una gran piedra de sacrificios que había ordenado antes se labrase con mucho esmero. Al pasar la piedra por el puente de Xoloco, construído de intento con fuertes maderos, crujió repentinamente, y la enorme piedra se hundió en las aguas, llevándose consigo al sumo sacerdote y á la mayor parte de los que la conducían.
En ese día un temblor hizo estremecer como si fuese la hoja de un árbol el templo mayor, y un gran pájaro de forma extraña atravesó por encima de la ciudad, dando siniestros graznidos. Otra vez una negra tempestad descargó sobre la ciudad. Un rayo incendió el templo.
Moctezuma no pudo ya dominar su inquietud y su miedo, y mandó llamar al sabio Rey de Texcoco.
Los poderosos y magníficos reyes de México y de Texcoco tuvieron una entrevista solemne.
Netzahualpilli era un Rey anciano, lleno de justicia, de bondad y de sabiduría, é interpretaba los sueños y los fenómenos de la naturaleza, y tenía el don de la profecía. Llegó ante Moctezuma, tomó asiento frente de él, y largo rato permanecieron los dos taciturnos y silenciosos.
—Señor, dijo Moctezuma interrumpiendo el silencio, ¿has visto la grande estrella roja con una inmensa ráfaga de luz blanca?
—La he visto, contestó el Rey de Texcoco.
—¿Anuncia hambre, peste, ó nuevas guerras?
—Otra cosa todavía más terrible, dijo gravemente el Rey texcocano.
Moctezuma, pálido, casi sin aliento, temblaba sin poder articular ya una palabra.
—Esa señal de los cielos ya es vieja, continuó con voz solemne el Rey de Texcoco, y es extraño que los astrólogos nada te hayan dicho. Antes de que apareciera la estrella, una liebre corrió largas horas por los campos hasta que se entró en el salón de mi palacio. Esta señal era precursora de la otra más funesta.
—¿Qué anuncia, pues, la estrella?—preguntó Moctezuma con una voz que apenas le salía de la garganta.
—«Habrá en nuestras tierras y señoríos, continuó el de Texcoco, grandes calamidades y desventuras; no quedará piedra sobre piedra; habrá muertos innumerables y se perderán nuestros señoríos, y todo será por permisión del Señor de las alturas, del Señor del día y de la noche, del Señor del aire y del fuego.»
Moctezuma no pudo ya contener su emoción, y se echó á llorar diciendo: «¡Oh, Señor de lo criado! ¡oh, dioses poderosos, que dais y quitais la vida! ¿cómo habeis permitido que habiendo pasado tantos Reyes y Señores poderosos, me quepa en suerte la desdichada destrucción de México, y vea yo la muerte de mis mujeres y de mis hijos? Adónde huir? adónde esconderme?»
—En vano el hombre quiere escapar, contestó tristemente el Rey de Texcoco, de la voluntad de los dioses. Todo esto ha de suceder en tu tiempo, y lo has de ver. En cuanto á mí, será la postrera vez que nos hablaremos en esta vida, porque en cuanto vaya á mi reino moriré.
Los dos Reyes estuvieron encerrados todo el día conversando sobre cosas graves, y á la noche se separaron con gran tristeza[4]. Netzahualpilli murió en efecto el año siguiente[5].
IV
El 8 de noviembre de 1519 fué un día de sorpresa, de admiración y de extraños sucesos en la gran ciudad de México.
A eso de las dos de la tarde, una tropa de europeos, á caballo los unos, á pie los otros, y todos revestidos de brillantes armaduras y cascos de acero, y armados de una manera formidable, hacían resonar las piedras y baldosas de la calzada principal con las herraduras de sus corceles, y el son de sus cornetas y atabales se prolongaba de calle en calle. En el viento ondeaban los pendones con las armas de Castilla, y á la cabeza de esta tropa, seguida de un ejército tlaxcalteca, venía el muy poderoso y terrible capitán D. Hernando Cortés.
Las azoteas de todas las casas estaban cubiertas de gente, las canoas y barquillas chocaban en los canales, y en las calles se agolpaba la multitud, estrujándose y aún exponiendo su vida por mirar de cerca á los hijos del sol y tocar sus armaduras y caballos.
Moctezuma, vestido con sus ropas reales adornadas de esmeraldas y de oro, acompañado de sus nobles, salió á recibir al capitán Hernando Cortés y le alojó en un edificio de un solo piso, con un patio espacioso, varios torreones y un baluarte ó piso alto en el centro. Era el palacio de su padre Axayacatl. Moctezuma, después de haber cumplimentado á su huésped, se retiró á su palacio. Al día siguiente, mandó que se hiciese en la montaña un sacrificio á los dioses Tlaloques. Se sacrificaron algunos prisioneros, que estaban siempre reservados para estas ocasiones; pero los dioses se mostraron más irritados. Se estremeció la Mujer Blanca, y desde la azotea de su palacio pudo contemplar asustado el Emperador azteca los penachos de nubes negras y fantásticas que cubrían la alta cima de los gigantes del Anáhuac.
V
A los ocho días de estar Hernando Cortés en México, los aztecas, irritados con la presencia y orgullo de sus enemigos los tlaxcaltecas y con las demasías que cometían los soldados españoles, dieron muestras visibles de hostilidad y de disgusto. Cortés no sabía si permanecer, si abandonar la capital ó situarse en las calzadas. Dos días estuvo sombrío y pensativo, y al tercer día llamó á sus capitanes. «He resuelto prender al Emperador Moctezuma, les dijo, y traerle á este palacio. Su vida responde de la nuestra; lo demás que siga, está encomendado á la guarda de Dios y de Santiago.»
A la mañana siguiente, después de oir toda la tropa española una misa, de rodillas y con ejemplar devoción, Cortés tomó la palabra y dijo: «Vamos á acometer hoy una de nuestras mayores hazañas, y es prender al monarca en medio de todo su pueblo y de sus guerreros. Los españoles somos un puñado que con el soplo de los indios podemos desaparecer; pero están Dios y la Virgen con nosotros. He escogido á vuesas mercedes para que me ayudeis á dar cima á esta arriesgada aventura.» Esto diciendo, señaló á Pedro de Alvarado, Gonzalo de Sandoval, Francisco de Lujo, Velázquez de León y Alonso de Avila, y estos caballeros, seguidos de algunos soldados, cubiertos todos de armaduras completas, se dirigieron al palacio del Emperador de México.
VI
Moctezuma procuraba aparecer tranquilo y afable ante sus súbditos, pero no pensaba sino en los medios de que quedasen contentos los españoles, y de que saliesen prontamente de la ciudad.
El salón en que estaba era espacioso, tapizado con mantas finas de algodón, bordadas de colores variados y con dibujos exquisitos. El suelo estaba cubierto de finas esteras de palma. En el fondo el monarca estaba reclinado entre cojines, y á su derredor había algunos nobles y una muchacha como de 16 años, de ojos y cabellos negros, de tez morena, y sonreía alegremente dejando ver entre sus labios rojos dos blancas y parejas hileras de dientes.
Los españoles se presentaron en ese momento.
Las pisadas recias de los capitanes que hacían resonar sus espuelas en el pavimento, el aire feroz é imponente que tenían, y el verlos seguidos de algunos soldados, inspiró temor á Moctezuma; se puso algo pálido, pero dominó su emoción y saludó á Cortés y á sus capitanes con la sonrisa en los labios. «Voy á ensayar el último arbitrio,» pensó entre sí; y dirigiéndose á Cortés, le dijo:
—«Malinche, tenía gran deseo de que tú y tus capitanes me visitaran, y pensaba en ello, porque tenía preparadas algunas joyas y preciosidades de mi reino para ofrecértelas.»
Los ministros y magnates que estaban cerca, presentaron á Cortés en unas bandejas pintadas de colores, muchas figuras de oro, como sapos, serpientes y conejos, primorosamente labradas, y además, esmeraldas, conchas, mosaicos de pluma de colibrí y otras maravillas del arte indígena.
Cortés, preocupado, apenas miró los objetos é inclinó la cabeza maquinalmente.
Moctezuma, que observaba la fisonomía del capitán español, cada vez estaba más alarmado.
Olid, Sandoval y Alonso de Avila examinaron con más atención los presentes; los demás guardaban silencio, y al disimulo requerían el puño de sus espadas.
El monarca dominó su orgullo.
—«Malinche, dijo, tengo para tí reservada una joya de más valor que el oro de todo mi reino. La joya que te voy á dar es mi corazón,» y al decir esto se levantó, tomó por la mano á la linda muchacha y la presentó á Cortés. «Es mi hija, Malinche, una hija que los dioses han hecho hermosa, y que te doy para que sea tu mujer y tengas en ella una prenda de mi fe y de mi cariño.»
Los ojos de Cortés se clavaron en la muchacha. Su mirada expresaba la ternura que le inspiraron las palabras del Rey, pero reflexionó un momento y cambió de resolución.
—«Señor y Rey, dijo el capitán inclinándose respetuosamente, mi religión me permite tener una sola mujer y no muchas, y ya soy casado en Cuba. Os doy gracias y os devuelvo á vuestra hermosa hija.»
Moctezuma quedó triste y corrido; la niña se cubrió de rubor al verse rechazada, y Cortés, después de un momento, hizo un esfuerzo y cambió bruscamente de tono.
—«He venido, señor, le dijo con semblante torvo, á deciros que mis soldados han sido asesinados en la costa, y mi capitán Escalante herido de muerte, y todo por la traición de Cuauhpopoca, que es vuestro súbdito, y así he resuelto que entretanto viene este traidor y se le impone el castigo que merece, os llevaré á mis cuarteles, donde permanecereis bajo mi guarda.»
Moctezuma se puso pálido; pero á poco, acordándose que era Rey, encendido de cólera se levantó y exclamó con energía:
—«¿Desde cuándo se ha oído que un príncipe como yo, abandone su palacio para rendirse prisionero en manos de extranjeros?»
Cortés se dominó y trató con suavidad de persuadir al monarca de que no iba en calidad de prisionero, y que sería tratado respetuosamente; pero Velázquez de León, impaciente de tanta tardanza, dijo:
«¿Para qué perdemos tiempo en discusiones con este bárbaro? Hemos avanzado mucho para retroceder ya. Dejadnos prenderle, y si se resiste le traspasaremos el pecho con nuestros aceros.» Todos entonces pusieron mano á la espada ó al pomo del puñal[6].
Cortés los contuvo.
Moctezuma bajó los ojos, y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
«Vamos,» dijo á Marina que le había explicado, aunque suavemente, las amenazas de los españoles.
Al día siguiente el monarca mexicano era prisionero de Cortés.
VII
Un día con un sol resplandeciente y hermoso, en medio de las calles llenas de tráfico y de bullicio, apareció una inmensa comitiva. Era un cacique ricamente vestido, que traían en unas andas unos esclavos. Seguíanle su hijo y quince nobles de la provincia. Este cacique era Cuauhpopoca, el mismo que había matado á los soldados españoles y derrotado á Juan de Escalante.
La comitiva se dirigió al palacio de Moctezuma, y á poco salió y entró con la misma pompa al palacio de Axayacatl, donde Cortés tenía todavía sus cuarteles.
Cortés y sus capitanes recibieron al cacique, que ya iba triste, cabizbajo y vestido de una grosera túnica de henequén.
—Cacique, le dijo Cortés con voz terrible, ¿eres tú súbdito de Moctezuma?
—¿A qué otro señor podía servir?—contestó el cacique.
—Basta con eso, contestó secamente Cortés; y dirigiéndose á los soldados, les dijo: Atad á esos paganos y preparad las hogueras. Las flechas, jabalinas y macanas depositadas en el templo mayor servirán de leña.
Los soldados ejecutaron prontamente las órdenes, y á poco diez y siete hogueras estaban preparadas en el patio del palacio. Sobre cada hoguera había uno de los nobles, amarrado de pies y manos. El cacique estaba enfrente de su hijo.
Los indígenas, mudos de espanto, ni procuraron defenderse ni profirieron una sola palabra. Con una resolución estoica se dejaron colocar en el horrendo suplicio.
Cortés se dirigió entonces á la pieza donde estaba Moctezuma.
—Monarca, le dijo con acento feroz, mereces la muerte; pero quiero castigar siempre tu crimen, pues eres el autor principal de la infamia cometida con los españoles.—Soldado, ejecuta la orden que te he dado. Un soldado que había seguido á Cortés, se acercó á Moctezuma y le puso bruscamente un par de grillos en los pies.
Ahogados sollozos se escaparon del pecho del monarca. Sus sirvientes derramaban lágrimas. Cortés volvió las espaldas al Rey y salió del aposento.
Cuando llegó al patio, gruesas columnas de humo se levantaban de las hogueras. Se oía el crugido de las carnes y de los huesos que se tostaban. Algún lúgubre quejido salía del pecho de aquellos infelices.
Los españoles con la arma al brazo, y los artilleros con mecha en mano, presenciaban el suplicio. Cuando el viento disipó las negras y hediondas columnas de humo, se pudieron ver diez y siete esqueletos retorcidos, deformes, negros, calcinados.
VIII
A este fúnebre acontecimiento siguieron otros; pero el más grave de todos fue la llegada de Pánfilo de Narvaez á Veracruz.
Cortés, como en todas ocasiones, tomó una resolución extrema; dejó la guarda de Moctezuma y de la ciudad á Pedro de Alvarado, Tonatiut (el sol), como le llamaban los indios, y marchó violentamente al encuentro de su rival.
En el mes de mayo los aztecas acostumbraban hacer una solemne fiesta, que llamaban Texcalt, en memoria de la traslación del dios de la guerra al templo mayor. Se dirigieron á Tonatiut, quien les dió licencia, con la condición de que no llevasen armas ni hiciesen sacrificios humanos.
Cosa de 600 nobles concurrieron á la ceremonia, ataviados con sus más ricas vestiduras cubiertas de oro y esmeraldas. Bailaban sus danzas y areitos, como les llamaban los españoles, y se entregaban descuidados á la alegría, cuando entró Alvarado al templo, seguido de cincuenta soldados armados.
¡¡Tonatiut cae sobre nosotros; Tonatiut nos mata!! exclamaron varias voces. Todos echaban á huir y querían salir; pero eran recibidos por las picas de los soldados que guardaban las puertas. Alvarado y los suyos mataban á diestra y siniestra, hasta que no quedó ninguno. La sangre corría, y bajaba como una cascada roja por las escaleras del templo. Los españoles arrancaban las joyas de los miembros destrozados y sangrientos de la nobleza azteca. Alvarado se retiró con trabajo á sus cuarteles. Toda la población se levantó en masa, furiosa y desesperada, resuelta á acabar con sus asesinos.
IX
Hernando Cortés, después de haber vencido á Narvaez, hécholo prisionero é incorporado sus tropas, regresó á México y salvó á Alvarado, que estaba ya á punto de sucumbir.
Los combates siguieron sin interrupción. Los españoles hacian salidas, barrían con la artillería las masas compactas de indígenas, que volvían á cerrarse y á cargar con hondas, maderos y piedras, cada vez con más furor. Los cadáveres amontonados interrumpían el paso de las calles, los heridos daban lastimosos gemidos, y las mismas mujeres corrían frenéticas ayudando al ataque. Al cabo de algunos días los españoles volvieron á encontrarse en la última extremidad. No podían salir de la ciudad, ni capitular, ni rendirse, porque hubieran sido sacrificados á los ídolos, y sus esfuerzos para pelear se agotaban. Todos comenzaban á desconfiar, á murmurar contra su capitán.
Cortés requirió á Moctezuma para que se interpusiera con sus súbditos y cesara la guerra.
—¿Qué tengo que hacer ya con el Malinche?—respondió despechado, dejándose caer sobre sus almohadones.
Marina, Peña y Orteguilla, que eran sus favoritos, el padre Olmedo y Olid interpusieron su influjo y le persuadieron á que se mostrase y hablase á su pueblo. Moctezuma accedió, revistióse de su más rico traje real, y subió al baluarte ó piso principal del palacio, y se dejó ver en la parte más saliente. Apenas la multitud notó la presencia de su monarca, cuando cesó el ruido y la gritería; los guerreros suspendieron el ataque, y muchos se prosternaron y cayeron con el rostro en tierra. Hubo un silencio profundo. Moctezuma habló, pero tuvo que disculparse, que manifestarse el amigo de los españoles, que interceder por ellos. Esto cambió súbitamente al pueblo; su furor redobló, y le gritaron con rabia:
«Vil mujer, monarca indigno, azteca degradado, vergüenza de tus antepasados, no queremos ya que nos mandes, ni siquiera verte un solo momento.»
Un noble azteca, vestido fantásticamente como una ave de rapiña, se acercó al baluarte, blandió airadamente su arco, y disparó una flecha al Rey. Esa fué la señal del nuevo combate. Un alarido aterrador salió como por una sola boca de todo el pueblo; una nube de flechas, de piedras y de dardos nublaron por un momento el aire, y Moctezuma, herido en la nuca por una piedra, cayó desmayado en la azotea.
X
Moctezuma fué recogido por dos soldados del terrado del cuartel y conducido á su habitación, donde permaneció sin conocimiento algunas horas. Cuando volvió en sí, su desesperación y despecho no conocieron límites. Las afrentas que había recibido de los españoles eran poca cosa cuando pensaba en la que le había hecho su pueblo, desconociéndole como su Señor y volviendo contra él sus armas. Arrancóse de la cabeza una venda que le habían puesto, y buscó una arma con que acabar con sus días; pero los nobles que le acompañaban trataron de calmar los dolores físicos y morales que le atormentaban, y á poco cayó en un abatimiento sombrío; sus ojos erraban sobre las paredes del aposento y sobre las tristes fisonomías de los que le acompañaban; cerró después sus labios, que se habian abierto para pedir únicamente la muerte á los dioses, y no volvió á proferir una palabra, rechazando resueltamente los alimentos que le presentaban y las insinuaciones que le hacía el padre Olmedo para que recibiese el bautismo.
En cuanto pasó el primer impulso del furor del pueblo azteca y vió llevar en brazos, muerto al parecer, al Rey, su rabia cambió en pavor. Los oficiales que habian tirado sobre él arrojaron las armas, otros se prosternaron contra la tierra, y la multitud, silenciosa y sobrecogida, se fué dispersando lentamente por las calles.
Cortés se dirigió á Olid. «La muerte de Moctezuma, le dijo, ha llenado de miedo á estos bárbaros. Es necesario aprovecharnos de los instantes y salir de la ciudad. Reunid inmediatamente un consejo de guerra.»
Olid convocó á todos los oficiales, y mientras quedaban unos á la guarda de la fortaleza, otros entraron en el salón que habitaba Cortés.
El consejo fué tumultuoso, como el que tiene una tripulación en una nave que va á naufragar. Se discutió con calor si la retirada sería de día ó de noche; todos voceaban y disputaban hasta el grado de poner la mano en el puño de las espadas. Cortés tuvo que imponer silencio y que dirigir una mirada fiera á los más insolentes oficiales.
En un momento de silencio el soldado Botello, llamado el astrólogo, levantó la voz:—Señor capitán, dijo, os anuncio que os vereis reducido al último extremo de miseria; pero después tendreis grandes honores y fortuna. En cuanto al ejército español, digo que es necesario que salga cuanto antes de esta ciudad maldita, pero precisamente deberá ser de noche.
La disputa cesó desde el momento que se oyó la opinión del astrólogo, y aquella gente fiera, pero supersticiosa, obedeció la voluntad del simple soldado.
—Saldremos esta noche precisamente, dijo Cortés. Haced, pues, vuestros preparativos, y armaos de la resolución que siempre habeis tenido para acabar los más apurados lances. Tomad todo el oro y joyas que querais; pero cuidado, que podreis ser víctimas del mismo peso del oro que cargueis.
Apenas los oficiales y soldados oyeron esta orden, cuando corrieron al tesoro; y encontrando el oro amontonado en el suelo, comenzaron á llenar sus alforjas y maletas con cuanto pudo caber en ellas.
XI
En la tarde, el horizonte se fué nublando gradualmente, y una masa de nubes negras y amenazadoras vino al parecer expresamente de la cumbre de los volcanes. El silencio profundo que reinaba en la ciudad aumentaba más el pavor, y todo anunciaba una tormenta en el cielo y una matanza en la tierra. Así llegó la noche imponente y sombría. Los pechos de los españoles, fuertes y templados como sus aceros, se estremecieron sin embargo. Todos pensaron que quizá no verían el sol del nuevo día.
Moctezuma, mudo, silencioso, moría entre sus cojines, más del despecho, más del dolor de haber visto el fin sangriento de su reinado, que de la herida que tenía en la cabeza. Los nobles que le acompañaban de pie á su derredor, observaban los preparativos de los españoles, y casi adivinaban la suerte que les estaba reservada. Cortés, que creía que Moctezuma había causado realmente la situación tremenda en que se hallaba, había cambiado la afección que concibió al principio, en un odio profundo.
La tempestad que se cernía hacía ya algunas horas sobre la ciudad, descargó por fin. Gruesas gotas de agua y granizos comenzaron á caer en los terrados. Los relámpagos con su azufrosa y blanca luz, herían las armaduras de los caballeros, iluminaban sus fisonomías terribles, y entraban instantáneamente por una ventana estrecha á dar un lívido color al triste cuadro que presentaban el Emperador y sus caciques, esperando silenciosos que se cumpliese su inexorable destino.
El padre Olmedo dijo una misa, á la que asistieron todos los capitanes y soldados; acabada, Cortés organizó la marcha, y á las doce de la noche del 1.º de julio de 1520, en medio de una horrible tempestad, se abrieron las puertas de la fortaleza y abandonaron los españoles aquellas murallas, testigos de sus horribles padecimientos y de su indómito valor[7].
XII
—¿Qué haremos con los prisioneros?—preguntó uno de los oficiales á Cortés.
—Nunca será bien, si aun Dios nos tiene reservado el acabar esta empresa, que quede con vida el que ha sido el Rey de estos idólatras, ni ninguno de los que se llaman nobles ó caciques[8].
Tonatiut con un semblante torvo se presentó en el salón donde estaba Moctezuma y sus nobles, alumbrado escasamente y á intervalos por una hoguera de ocote media apagada.
—Acabad con estos bárbaros que tratan todavía de sacrificarnos, y echadlos por la azotea á la calle, sobre la Tortuga de piedra, para que toda la ciudad se entretenga, y cerciorados los indios de que están muertos, no nos estorben el paso.
Los indios se estremecieron y quisieron huir, ¿adónde? Se pusieron en pie y esperaron la muerte resueltamente. El Emperador apenas levantó la cabeza.
Los soldados sacaron los estoques y comenzaron á herir á todos los que allí estaban. A Moctezuma le dieron cinco puñaladas[9]. Concluida la matanza sacaron los cadáveres y los arrojaron por la azotea sobre la gran Tortuga, que estaba en la esquina de la fortaleza, y se incorporaron al resto de la tropa que avanzaba lentamente entre la lluvia y las tinieblas, resbalando en el lodo y en la sangre de las calles.
XICOTENCATL[10]
Atravesaba el pequeño ejército de Hernán Cortés la soberbia muralla de Tlaxcala que defendía la frontera oriental de aquella indómita República.
Los soldados se detenían mirando con asombro aquel monumento gigantesco, que según la expresión de Prescott «tan alta idea sugería del poder y fuerza del pueblo que le había levantado.»
Pero aquel paso, aquella fortaleza, cuya custodia tenían encargada los othomís, estaba entonces desguarnecida. El general español se puso á la cabeza de su caballería, é hizo atravesar por allí á sus soldados, exclamando lleno de fe y entusiasmo: «Soldados, adelante, la Cruz es nuestra bandera, y bajo esta señal venceremos:» y los guerreros españoles hollaron el suelo de la libre República de Tlaxcalan.
*
* *
El ejército español y sus aliados los Zempoaltecas caminaban ordenadamente; Cortés con sus jinetes llevaba la vanguardia; los Zempoaltecas la retaguardia. Aquella columna atravesando la desierta llanura, parecía una serpiente monstruosa con la cabeza guarnecida de brillantes escamas de acero, y el cuerpo cubierto de pintadas y vistosas plumas.
Cortés caminaba pensativo: el tenaz fruncimiento de su entrecejo, indicaba su profunda meditación: mil encontradas ideas y mil desacordes pensamientos debían luchar en el alma de aquel osado capitán, que con un puñado de hombres se lanzaba á acometer la empresa más grande que registra la historia en sus anales.
Reinaba el silencio más profundo en la columna, y sólo se escuchaba el ruido sordo y confuso de las pisadas de los caballos.
De cuando en cuando, Cortés se levantaba sobre los estribos y dirigía ardientes miradas, como intentando descubrir algo á lo lejos: así permanecía algunos momentos, nada alcanzaba á ver, y volvía silenciosamente á caer en su meditación.
¿Qué esperaba, qué temía aquel hombre que procuraba así sondear los dilatados horizontes?—Esperaba la vuelta de sus embajadores: temía la resolución del gobierno de la República de Tlaxcala.
*
* *
Cuando Cortés determinó pasar con su ejército á la capital del imperio de Moteuczoma, vaciló sobre el camino que debía llevar; era su intención dejar á un lado la República de Tlaxcala y tomar el camino de Cholula, país sometido al imperio de México y en donde esperaba encontrar favorable acogida, por las relaciones de amistad que le unían yá con el emperador Moteuczoma.
Pero sus aliados los Zempoaltecas le aconsejaron otra cosa. Tlaxcala era una República independiente y libre; sus hijos, belicosos é indomables, no habían consentido nunca el yugo del imperio Azteca, vencedores en las llanuras de Poyauhtlan: vencedores de Axayacatl, y vencedores después de Moteuczoma, el amor á su patria les había hecho invencibles y les constituía irreconciliables enemigos de los mexicanos: los Zempoaltecas aconsejaron á Cortés que procurase hacer alianza con los de Tlaxcala, abonando encarecidamente el valor y la lealtad de aquellos hombres.
Comprendió Cortés que sus aliados tenían razón, y tomó decididamente el camino de Tlaxcala, enviando delante de sí como embajadores á cuatro Zempoaltecas para hablar al senado de Tlaxcala, con un presente marcial que consistía en un casco de género carmesí, una espada y una ballesta, y portadores de una carta en la que encomiaba el valor de los Tlaxcaltecas, su constancia y su amor á la patria, y concluía proponiéndoles una alianza con objeto de humillar y castigar al soberbio emperador de México.
Los embajadores partieron; Cortés continuó su camino, atravesó la gran muralla tlaxcalteca y penetró en el terreno de la República, sin que aquéllos hubieran vuelto á dar noticia de su embajada.
*
* *
El ejército español avanzaba con rapidez; el general seguía cada momento más inquieto: por fin no pudo contenerse, puso al galope su caballo, y una partida de jinetes le imitó, y algunos peones aceleraron el paso para acompañarle; así caminaron algún tiempo explorando el terreno: de repente alcanzaron á ver una pequeña partida de indios armados que echaban á huir cuando vieron acercarse á los españoles: los jinetes se lanzaron en su persecución, y muy pronto alcanzaron á los fugitivos; pero éstos, en vez de aterrorizarse por el extraño aspecto de los caballos, hicieron frente á los españoles y se prepararon á combatir.
Aquel puñado de valientes hubiera sido arrollado por la caballería, si en el mismo momento un poderoso refuerzo no hubiera aparecido en su auxilio.
Los españoles se detuvieron, y Cortés envió uno de su comitiva para avisar á su ejército que apresurase la marcha. Entretanto los indios disparando sus flechas se arrojaron sobre los españoles, procurando romper sus lanzas y arrancar á los jinetes de los caballos; dos de éstos fueron muertos en aquella refriega, y degollados para llevarse las cabezas como trofeos de guerra.
Rudo y desigual era el combate, y mal lo hubieran pasado los españoles que allí acompañaban á Cortés, á no haber llegado en su socorro el resto del ejército: desplegóse la infantería en batalla, y las descargas de los mosquetes y el terrible estruendo de las armas de fuego que por primera vez se escuchaba en aquellas regiones, contuvieron á los enemigos que retirándose en buen orden y sin dar muestra ninguna de pavor, dejaron á los cristianos dueños del lugar del combate.
Sobre aquel terreno se detuvieron los españoles, acampando, como señal del triunfo, sobre el mismo campo de batalla.
*
* *
Dos enviados Tlaxcaltecas y dos de los embajadores de Cortés se presentaron entonces para manifestar, en nombre de la República, la desaprobación del ataque que habían recibido los españoles, y ofreciendo á éstos que serían bien recibidos en la ciudad.
Cortés creyó ó fingió creer en la buena fe de aquellas palabras: cerró la noche y el ejército se recogió, sin perderse un momento la vigilancia.
Amaneció el siguiente día, que era el 2 de septiembre de 1519, y el ejército de los cristianos, acompañado de tres mil aliados, se puso en marcha, después de haber asistido devotamente á la misa que celebró uno de los capellanes.
Rompían la marcha los jinetes, de tres en fondo, á la cabeza de los cuales iba como siempre el denodado Cortés.
No habían avanzado aún mucho terreno, cuando salieron á su encuentro los otros dos Zempoaltecas, embajadores de Cortés, anunciándole que el general Xicoténcatl les esperaba con un poderoso ejército y decidido á estorbarles el paso á todo trance.
En efecto, á pocos momentos una gran masa de Tlaxcaltecas se presentó blandiendo sus armas y lanzando alaridos guerreros.
Cortés quiso parlamentar, pero aquellos hombres nada escucharon, y una lluvia de dardos, de piedras y de flechas vino á rebotar, como única contestación, sobre los férreos arneses de los españoles.
«Santiago y á ellos,» gritó Cortés con ronca voz, y los jinetes bajando las lanzas arremetieron á aquella cerrada multitud.
Los Tlaxcaltecas comenzaron á retirarse: los españoles, ciegos por el ardor del combate, comenzaron á perseguirlos, y así llegaron hasta un desfiladero cortado por un arroyo, en donde era imposible que maniobrasen la artillería ni los jinetes.
Cortés comprendió lo difícil de su situación, y con un esfuerzo desesperado logró salir de aquella garganta y descender á la llanura.
Pero entonces sus asombrados ojos contemplaron allí un ejército de Tlaxcaltecas, que su imaginación multiplicaba: era el ejército de Xicoténcatl que esperaba con ansia el momento del combate.
Sobre aquella multitud confusa se levantaba la bandera del joven general; era la enseña de la casa de Tittcala, una garza sobre una roca, y las plumas y las mallas de los combatientes, amarillas y rojas, indicaban también que eran los guerreros de Xicoténcatl.
Sonaron los teponaxtles, se escuchó el alarido de guerra y comenzó un terrible combate.
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* *
Era Xicoténcatl, el jefe de aquel ejército, un joven hijo de uno de los ancianos más respetables entre los que componían el senado de Tlaxcala.
De formas hercúleas, de andar majestuoso, de semblante agradable, sus ojos negros y brillantes parecían penetrar, en los momentos de meditación del caudillo, los oscuros misterios del porvenir, y sobre su frente ancha y despejada no se hubiera atrevido á cruzar nunca un pensamiento de traición, como un pájaro nocturno no se atreve nunca á cruzar por un cielo sereno y alumbrado por la luz del día.
Xicoténcatl era un hermoso tipo, su elevado pecho estaba cubierto por una ajustada y gruesa cota de algodón sobre la que brillaba una rica coraza de escamas de oro y plata; defendía su cabeza un casco que remedaba la cabeza de un águila cubierta de oro y salpicada de piedras preciosas, y sobre el cual ondeaba un soberbio penacho de plumas rojas y amarillas: una especie de tunicela de algodón bordada de leves plumas, también rojas y amarillas, descendía hasta cerca de la rodilla; sus nervudos brazos mostraban ricos brazaletes, y sobre sus robustas espaldas descansaba un pequeño manto, formado también de un tejido de exquisitas plumas.
Llevaba en la mano derecha una pesada maza de madera erizada de puntas de itztli, y en el brazo izquierdo un escudo, en el que estaban pintadas como divisa las armas de la casa de Tittcala, y del cual pendía un rico penacho de plumas. Xicoténcatl, con ese fantástico y hermoso traje, hubiera podido tomarse por uno de esos semidioses de la Mitología griega: todo el ejército Tlaxcalteca le obedecía, y era él, el alma guerrera de aquella República, la encarnación del patriotismo y del valor; y era él, el que despreciando las fabulosas consejas que hacían de los españoles divinidades invencibles é hijos del sol, conducía las huestes de la República al encuentro de aquellos extranjeros, despreciando los cobardes consejos del viejo Maxixcatzin que quería la paz con los cristianos, y sin intimidarse de que éstos manejaban el rayo y caminaban sobre monstruos feroces y desconocidos.
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* *
El choque fué terrible: un día entero duró aquel combate, y Xicoténcatl, que había perdido en él ocho de sus más valientes capitanes, tuvo que retirarse, pero sin creer por esto que había sido vencido, y esperando el nuevo día para dar una nueva batalla.
Cortés recogió sus heridos, y sin pérdida de tiempo continuó su marcha hasta llegar al cerro de Tzompatchtepetl, en cuya cima un templo le prestó asilo para el descanso de aquella noche.
Los soldados cristianos y sus aliados celebraban la victoria. Cortés comprendió lo efímero del triunfo. La inquietud devoraba su pecho.
Se dió un día de descanso á las tropas.
Xicoténcatl acampó también muy cerca de Cortés, y se preparaba, lo mismo que los españoles, á combatir de nuevo.
Sin embargo, el general español quiso probar aún la benignidad y los medios de conciliación, enviando nuevos embajadores á proponer á Xicoténcatl un armisticio.
Los embajadores volvieron con la respuesta del joven caudillo: era un reto á muerte y una amenaza de atacar al siguiente día los cuarteles.
Cortés reflexionó que su situación era comprometida, y decidió salir á buscar en la mañana siguiente á los Tlaxcaltecas.
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* *
Brilló la aurora del 5 de septiembre de 1519. El sol apareció despues puro y sereno, y á su luz comenzaron á desfilar peones y jinetes.
Su marcha era ordenada y silenciosa como de costumbre: cada uno de los soldados esperaba el combate de un momento á otro, y todos sabían ya que su valeroso general los llevaba á atacar resueltamente el campamento del ejército de Xicoténcatl.
Apenas habrían caminado un cuarto de legua, cuando aquel ejército apareció á su vista en una extendida pradera.
El espectáculo era sorprendente.
Un océano de plumas de mil colores que ondulaban á merced del fresco viento de la mañana, y entre el que brillaban como las fosforescencias del mar en una noche tempestuosa, los arneses de oro y plata y las joyas preciosas de los cascos de los guerreros Tlaxcaltecas, heridos por la luz del nuevo día.
En el horizonte, perdiéndose entre la bruma las banderas y pendones de los distintos caciques Othomís y Tlaxcaltecas, y dominándolo todo, orgullosa, el águila de oro con las alas abiertas, emblema de la indómita República.
Al presentarse el ejército de Cortés, aquella multitud se estremeció, y un espantoso alarido atronó los vientos, y los ecos de las montañas lo repitieron confusamente.
El monótono sonido de los teponaxtles contestó aquel alarido de guerra: los guerreros indios se agitaron un momento, y después, como un torrente que se desborda, aquella muchedumbre se lanzó sobre los españoles.
No hubo uno solo de aquellos valientes pechos castellanos, que no sintiera un estremecimiento de pavor.
El ejército de Xicoténcatl avanzaba rápidamente levantando un inmenso torbellino de polvo, que flotaba después sobre ambos ejércitos, como un dosel, al través del cual cruzaban tristes y amarillentos los rayos del sol.
Aquella era una hirviente catarata de hombres, de armas, de plumas, de joyas y de estandartes.
Levantóse un rugido como el de una tempestad: los gritos de los combatientes que se miraban á cada momento más cerca, se mezclaban con el estrépito de las armas de fuego, el silbido de las flechas, los sonidos de los teponaxtles, y de los pífanos y de los atabales.
Los dos ejércitos se encontraron, y se estrecharon y se enlazaron, como dos luchadores.
Pasó entonces una escena espantosa, indescriptible.
Ni los caballeros ni los infantes podían maniobrar.
Se escuchaban los golpes sordos de los aceros de los españoles sobre el desnudo pecho de los indios, y como el ruido del granizo que azota una roca, el golpe de las flechas sobre las armaduras de hierro de los soldados de Cortés.
Aquella carnicería no puede ni explicarse ni comprenderse.
Las balas de los cañones y de los arcabuces se incrustaban en una espesa muralla de carne humana, y la sangre corría como el agua de los arroyos.
Era una especie de hervor siniestro de combatientes que se alzaban, y desaparecían unos bajo los pies de los otros, para convertirse en fango sangriento.
La traición vino en ayuda de los españoles, y un cacique de los que militaban á las órdenes de Xicoténcatl huyó llevándose diez mil combatientes, y la victoria se decidió por los cristianos.
*
* *
El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota. Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la patria.
Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.
Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser atacados durante la noche.
Y el pueblo y el senado creyeron.
Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los cuarteles de los españoles.
Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.
Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los montes.
Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.
El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo, y le obligó á deponer las armas.
Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.
El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las montañas.
El senado de la República, que nada había hecho en favor de la independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.
*
* *
Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en la célebre noche triste, con un ejército poderoso compuesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.
En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general, aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta alianza.
Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande horca.
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* *
Estamos en Texcoco.
El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.
Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.
Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del lago.
El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero no se estremeció siquiera.
Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante la muerte.
Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles Tlaxcaltecas.
Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la sentencia con una sonrisa de desprecio.
Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.
*
* *
La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte, rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro de muerte.
El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los soldados de Cortés le contemplaban con admiración.
A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el patíbulo de la libertad de una nación.
CUAUHTIMOC
I
Los tres Reyes
Poco tiempo después de la salida de los españoles en la memorable Noche Triste, se comenzó á notar en los barrios de la ciudad una horrorosa enfermedad, antes desconocida entre los aztecas. Los médicos hacían uso de cuantas plantas benéficas conocían y de cuantos sortilegios les sugería la superstición, y todo era ineficaz. Los jóvenes y los niños eran atacados repentinamente de unas pústulas rojas que se sobreponían en el cuerpo las unas á las otras como los botones de una piña, y en breve tiempo los ojos, las narices, la boca, los carrillos no formaban sino un conjunto deforme, rojo y candente, como si con un fierro ardiendo hubiesen los verdugos marcado á la víctima. La mayor parte morían á los cuatro ó cinco días devorados por una fiebre ardiente, y dejando en el lecho los pedazos de sus carnes. Eran las viruelas, que como el primero y más funesto presente de la Europa, regalaba á la raza indígena un negro que vino entre las gentes de Pánfilo de Narvaez.
Después de la catástrofe de Moctezuma, los mexicanos se apresuraron á elegir Emperador, y recayó el mando en su hermano Cuitlahuatzin, bravo joven que había reasumido el mando de las fuerzas aztecas desde la matanza que hizo Alvarado en el templo mayor y vencido á Hernán Cortés, arrojando á los enemigos de la ciudad. Cuando se proponía levantar un grande ejército y marchar tal vez al encuentro de los españoles, que desalentados y casi perdidos se habían refugiado en la república de Tlaxcala, fué atacado de las viruelas y murió después de un corto reinado. Igual suerte tocó al Rey de Tlacopan. Los aztecas lloraron sobre los cadáveres de sus soberanos y les tributaron los honores fúnebres que eran de costumbre. La población estaba verdaderamente consternada.
A estas circunstancias y al indomable valor que había mostrado en los últimos combates, debió Cuauhtimoc su elevación, y fué elegido Emperador. Era hijo del Rey Ahuizotl y de una princesa heredera del señorío de Tlaltelulco. Tenía de 20 á 23 años; era gallardo y bien proporcionado; sus ojos negros y rasgados denotaban á la vez que una dulce melancolía, una fuerza y una energía indomables. Tenían algo de la belleza del ojo del ciervo y del orgullo y resolución de la mirada del águila. Su tez era aterciopelada y más blanca que morena; su cabellera, negra como el ébano, que le caía hasta los hombros, engastaba aquella fisonomía juvenil y guerrera, que era el tipo perfecto y acabado de la raza noble del nuevo mundo. A las funciones de general del ejército, reunía Cuauhtimoc las de sumo sacerdote, y esto hacía que los aztecas le mirasen como una divinidad.
La noticia de su elección voló de boca en boca por toda la tierra mexicana, y olvidando por un momento la peste y las pasadas calamidades, la ciudad se cubrió de gente, todas las casas fueron adornadas con arcos de flores, y nadie pensó sino en la ceremonia de la coronación, creyendo también que los dioses habían ya mitigado su enojo y que la abundancia y la victoria habían de borrar en lo futuro las plagas que habían caído sobre la reina del Anáhuac con la venida de los terribles hijos del sol.
Una mañana, bajo un cielo azul y diáfano que dejaba ver los pueblos lejanos que se reflejaban en las aguas del lago, las altas montañas y los frondosos y alegres bosques de cedros de que estaba entonces circundada la capital, una numerosa procesión atravesaba la ancha calle principal y se dirigía al templo mayor. Era este templo un conjunto de edificios, de torres y de capillas, cercado por una barda de piedra donde estaban enroscadas, formando una cornisa, horribles serpientes de granito, y las almenas coronadas con cráneos humanos, formando con los huecos oscuros de sus ojos y de sus narices, hileras fantásticas que parecían repentinamente animarse y devorar á los que pretendían poner el pie en el santuario de la sanguinaria deidad. En el centro se elevaba una gran pirámide orientada á los cuatro puntos cardinales, y una escalera casi vertical de cien escalones conducía á la plataforma. Cerca estaban unas grandes piedras convexas llenas de figuras deformes, y en una torre principal de madera, encerrada la imagen horrenda del dios de la guerra.
Los sacerdotes, vestidos con sus luengas capas de color sombrío, manchadas de sangre, y sus largos cabellos en desorden, iban delante. Seguían diez doncellas nobles con ramos de juncos rojos en las manos. Luego diez mancebos con incensarios, de donde se elevaban blancas columnas de humo oloroso. Después la nobleza, y al último sobresalía, como la alta montaña entre las pequeñas colinas, el gallardo Emperador de los aztecas con la rica vestidura real, recamada de figuras de oro y de verdes y vistosos chalchihuites. En la cabeza llevaba la mitra ó diadema real de los Emperadores aztecas. A su derecha iba Cohuanacoxtzin, Rey de Texcoco, y á su izquierda Tetlepan-Quetzal, Rey de Tlacopan.
A los tres Reyes seguían los prisioneros de guerra, españoles, tlaxcaltecas, cholultecas y huexotzingas, que habían sido cogidos en la Noche Triste y que estaban reservados para el sacrificio. Los españoles caminaban desnudos, con una corona de vistosas plumas en la cabeza y unos abanicos en la mano. Se distinguían por la blancura de su piel y por las barbas largas y espesas, que daban á su fisonomía un aire imponente. De tiempo en tiempo esta procesión se detenía, y se hacía danzar á los prisioneros. Cuando los españoles se resistían, se les obligaba hincando en sus carnes algunas espinas de maguey ó puntas de pedernal. Así fué subiendo las difíciles gradas del templo toda la numerosa concurrencia, hasta que llegó á la plataforma. Los prisioneros se colocaron en dos hileras á los lados de la piedra de sacrificios. Los tres Reyes entraron al templo de Huitzilopoztli, cuya fisonomía deforme estaba cubierta con una máscara de oro macizo.
Los sacerdotes desnudaron á los Reyes, los vistieron con una especie de túnica (xicolli) que tenía figurados con pintura calaveras y huesos de muerto, les pusieron una calabaza llena de tabaco en las espaldas, con tres borlas verdes, en la mano izquierda un saco con incienso blanco y en la derecha un incensario. La cara y la cabeza se las cubrieron con un velo verde. Así se acercaron al dios, y los Reyes comenzaron á incensarlo, mientras el numeroso pueblo reunido en la plataforma y en los patios, hacía un ruido disonante y confuso con cornetas, tambores y otros instrumentos. Acabada la ceremonia, los Reyes vistieron de nuevo sus mantos reales, y acompañados de cuatro senadores y de los sacerdotes, descendieron las gradas y entraron en la casa que llamaban Tlacochalco, donde durante cuatro días deberían ayunar y hacer penitencia.
El sacrificio comenzó en seguida, pues era la costumbre en la coronación de un nuevo Rey, ofrecer al dios de la guerra todos los prisioneros. Los españoles, cuando vieron aproximarse á los terribles sacerdotes, se estremecieron, se miraron significándose una despedida eterna, y algunas gotas de un sudor frío cayeron por sus mejillas moradas y huecas, como si la muerte hubiera ya arrojado su helado soplo en sus semblantes. Cuatro sacerdotes se apoderaron de un prisionero y le condujeron á la piedra convexa, acostándole en ella y sujetándole fuertemente los pies y las manos. El sacrificador, con una navaja de obsidiana le hizo una profunda herida en el costado izquierdo, metió por ella la mano y sacó entre borbotones de sangre el corazón caliente y humeante de la víctima, y entró á ofrecerle al dios de la guerra, mientras los otros desbarrancaban al cadáver, que hecho pedazos era recibido en el patio por otros sacerdotes. Lo mismo que se hizo con un prisionero, se hizo con todos los demás, y ya muy entrada la noche todavía le ofrecían corazones al incansable bebedor de sangre humana, que inmóvil, con su gran boca sombría, parecía entre la oscuridad alentar desde su frío altar de piedra el incansable furor de los sátrapas. A los españoles se les cortó en pedazos: las piernas y los brazos fueron enviados á las provincias, con estas palabras, que pronunciaban como una amenaza los oficiales aztecas: «Estos son los hijos del sol.» Sus cabezas fueron clavadas en las almenas de las torres, y aquellos ojos abiertos y contraídos al tiempo de morir por el dolor, parecían volverse á Tlaxcala, reclamando el amparo del conquistador. Luego que el joven Emperador salió de la casa de retiro y cumplió con todas las ceremonias religiosas, se dirigió á su palacio, y allí con los Reyes, los senadores y los ancianos caciques tuvo un solemne consejo.
—«El Malinche y nuestros eternos enemigos de Tlaxcala se preparan á hacernos de nuevo la guerra, les dijo, y yo, el día que he recibido la corona del imperio, he prometido en mi corazón defender la tierra de mis padres y de mis dioses, y morir antes que sufrir el yugo de los extranjeros.»
Los reyes y los nobles prorrumpieron en un grito de entusiasmo, y juraron también ayudar al monarca y perecer en la guerra.
A los ocho días la peste había disminuido sus estragos; la tristeza y la zozobra habían desaparecido; algunas palomas blancas que habían atravesado por los terrados del palacio, habían infundido el ánimo y la alegría en la ciudad. Más de cincuenta mil hombres trabajaban de día y de noche, los unos construyendo flechas, macanas y escudos, los otros profundizando los canales, los demás estableciendo fortificaciones en la ciudad. El Emperador personalmente recorría las maestranzas, mandaba reparar los daños hechos en la anterior campaña por los españoles, ordenaba que se limpiasen los canales y se quemasen los muertos y que se hiciese un grande acopio de maíz en los almacenes reales. Mandó embajadores y oficiales á todas las Provincias con proposiciones de paz y promesas lisonjeras, manifestando que si la raza azteca no se unía para arrojar á los enemigos extranjeros, todos serían víctimas y esclavos. En poco tiempo el reino abatido y casi al perecer, volvió á cobrar ánimo y se dispuso á recibir resuelta y valientemente á los enemigos.
II
El Sitio y el Asalto
Dos fuerzas, dos voluntades, dos derechos, dos razas iban próximamente á chocarse, y de este choque debería resultar un río de sangre humana donde hubiera podido navegar un bergantín. La fuerza de Europa auxiliada por los descubrimientos del genio, contra la fuerza indígena sostenida por el indomable carácter del monarca; el derecho bárbaro de conquista contra el derecho eterno de la independencia; la raza caucásica contra la raza india, nueva hasta ese momento en la historia humana. El carácter de acero de Cuauhtimoc, contra el carácter de fierro del capitán más valiente del siglo. Tales eran los elementos que iban á entrar en acción y en un combate á muerte.
Ni la sangre ya vertida, ni la fuerza de los caballos, ni el estampido de la artillería, ni los presagios intimidaron el ánimo fuerte de Cuauhtimoc, como tampoco hicieron ni la más leve mella en el corazón valiente del conquistador español, ni los desastres de la Noche Triste, ni los riesgos y aventuras de la empresa...... Era la lucha nunca vista en la historia de dos hombres de tal tamaño, que parecía que su sombra imponente era más alta y de mayor volumen que los gigantes inmóviles de la cordillera del Anáhuac.
El día alegre y sagrado para todo el orbe cristiano, del Nacimiento del Salvador del mundo, del año de 1520, Cortés salió de nuevo con sus fuerzas de la República de Tlaxcala y se dirigió rumbo á México. El día último del año, al caer la tarde, las tropas invasoras entraban por las calles solas y tristes de Texcoco. Sus fuerzas se componían entonces de 86 caballos, 118 arcabuceros, 700 infantes, 3 cañones gruesos de fierro, 15 más pequeños y 18 quintales de pólvora, cosa de 25 mil hombres que la República de Tlaxcala había puesto á sus órdenes y 20 ó 25 mil Cholultecas y Huejotzingas. Estas fuerzas, en el curso del tiempo se aumentaron á 200 mil hombres, y con esta tropa emprendió el sitio formal, y finalmente el asalto de la ciudad.
Cuauhtimoc por su parte tenía cosa de 200 mil hombres de guerra dentro de la ciudad, y 150 mil en diversos pueblos que fueron ó vencidos antes por los españoles ó defeccionaron por el influjo de Ixtlilxochitl, bravo y terrible auxiliar, que fué, como se dice, el brazo derecho de Cortés en esta guerra.
Luego que el capitán español tuvo listos sus bergantines y reconoció que podían obrar bien en el lago, comenzó formalmente el sitio cortando la agua de Chapultepec, impidiendo la entrada de víveres y atacando las calzadas para penetrar en la ciudad. Fué á los cinco meses de su llegada á Texcoco cuando ya decididamente organizó sus columnas. La primera división que debía ocupar Tlacopan, la confió al terrible Pedro de Alvarado. La segunda, que debía operar desde Cuyoacán al centro, la mandaba Cristóbal de Olid, y la tercera, que debía situarse en Ixtapalapa, la confió á Gonzalo de Sandoval. Él se reservó el mando de la marina, pero después lo confirió á Rodríguez Villafuerte. La fuerza naval al servicio del conquistador se componía de 13 bergantines y cosa de 16,000 canoas[11].
El primer combate de importancia fué en las aguas. Cortés pasó en un bergantín cerca de un gran peñón de piedra color de sangre que se levantaba solitario é imponente en medio del lago (el Peñón Viejo). Un alarido terrible se escuchó repentinamente, y una nube de dardos y de piedras cayeron en la embarcación. Cortés hizo anclar el bergantín, desembarcó con la tripulación y comenzó á subir por el escarpado cerro. Gruesas piedras rodaban arrastrando á los asaltantes, y las flechas y otras armas arrojadizas no los dejaban avanzar. Después de una cruda fatiga y de perder mucha gente, los españoles subieron hasta la cumbre y mataron á todos los soldados, perdonando á las mujeres y á los niños que se habían refugiado allí creyendo que ese punto era inexpugnable. Cuando Cortés volvió á bordo, el lago estaba cubierto de canoas tripuladas por los mejores guerreros aztecas que se avanzaban remando resueltamente. Un viento fresco hinchó las velas de la escuadra española, y los pesados barcos, surcando rápidos las aguas, echaron á pique las canoas. La artillería y la fusilería completaron la obra de destrucción, y pocos momentos después flotaban en las ondas los cadáveres y los restos y destrozos de las piraguas. Los indios que se cogieron prisioneros fueron ahorcados en los palos y en la jarcia de los bergantines que se retiraron á su fondeadero, balanceándose entre las brumas del crepúsculo los cadáveres de los guerreros aztecas, todavía adornados con sus vistosos penachos de plumas y sus vestiduras bordadas de vivos colores. Alvarado y Olid por su parte penetraron por las calzadas, tomaron varias albarradas y destruyeron algunas casas.
Cuauhtimoc era incansable, no dormía de noche, y en medio del silencio reparaba todos los daños que en el día habían hecho los enemigos, y procuraba sorprenderlos en las horas de silencio y de reposo. Cortés, que tenía acampadas sus tropas á la intemperie, resolvió dar un asalto, y en esta ocasión tuvo la condescendencia de dejarse guiar por un plan que le propuso el tesorero Julián de Alderete. Las columnas se organizaron, y Cortés, pie á tierra, se puso á la cabeza de la infantería. Atacadas sucesivamente por los españoles las fortificaciones aztecas, cedían después de una corta resistencia. Así fueron penetrando hasta el interior, y Alderete el primero estaba cerca del gran mercado de Tlaltelolco. Cortés reflexionó y se alarmó: era una celada en que habían caído sus tropas, y no había ya remedio. En efecto, repentinamente se escucha la corneta terrible de Cuauhtimoc que sonaba desde lo alto de un teocalli. Los mexicanos, como la avalancha de un volcán, como las olas de un mar enfurecido, se precipitan sobre los enemigos, pelean cuerpo á cuerpo, se revuelven, se matan, se arrojan á los canales, y desde las azoteas las mujeres, lanzando alaridos terribles, arrojan piedras y proyectiles sobre los combatientes. Una masa sangrienta y confusa de hombres empujada por otra, caía en el lago, y así sucesivamente, sin que fuera posible ya ni huir ni resistir, ni aun pelear contra masas tan compactas que eran lanzadas con una fuerza irresistible. Cortés fué cogido por seis guerreros y derribado por tierra; procuraban asegurarlo para presentarle como el más grande trofeo al Emperador. Cristóbal de Olea y un jefe tlaxcalteca acudieron y salvaron al capitán. Olea murió en el combate, y Cortés con mil peligros y trabajos logró llegar al extremo de la calle de Tlacopan, donde ordenó se hiciese un vivo fuego de artillería para proteger la retirada y reunir los dispersos. Los españoles quedaron completamente derrotados.
En la tarde, con la viva luz de un crepúsculo rojo y gualda, los españoles pudieron ver desde su campamento una larga procesión donde se distinguían sesenta y dos españoles desnudos que subian las gradas sangrientas del templo para ser en seguida sacrificados. En la noche se encendieron luminarias en las plataformas de los templos y en las azoteas de las casas, y una multitud frenética recorría las calles con teas encendidas, bailando y entonando cantos de guerra.
Los españoles veían mudos, llenos de espanto y con la mecha encendida en la mano, estas escenas, y su corazón fuerte temblaba pensando que quizá tendrían igual suerte que sus compañeros.
Cuauhtimoc permanecia grave, callado, triste quizá, en lo alto de su palacio. Había rechazado todas las propuestas de paz que le había hecho Cortés. La guerra no estaba concluída con esta derrota. Cortés estaba vivo, y la hambre y la peste devoraban ya á la ciudad. Los cadáveres estaban amontonados y hediondos en las casas y calles: las gentes vivas discurrian á los pocos días de esta victoria como sombras en las calles, arrancando las cortezas de los árboles, cazando á las sabandijas para mantenerse, y saciando la sed que les producía la fiebre y las heridas en las aguas cenagosas y sangrientas de los canales.
Los grandes y negros ojos de Cuauhtimoc se humedecieron un momento; su corazón vaciló ante los ruegos de unos nobles á quienes Cortés había enviado á rogarle con la paz, pero se repuso inmediatamente, y con voz resuelta dijo: «No, no; todos debemos perecer defendiendo nuestro honor, nuestros dioses y nuestra ciudad.» La guerra y la hambre continuaron.
Cortés por su parte, repuesto de la derrota y con el auxilio de nuevos aliados, se propuso terminar el largo sitio y apoderarse, si no de la ciudad, al menos de los escombros.
Un día Cuauhtimoc vió desde la torre del templo de Tlaltelolco su ruina; pero su ánimo no desfalleció ni un momento.
Cincuenta mil hombres se ocupaban de demoler calles enteras. La artillería las batia primero, y después los aliados con grandes maderos acababan de destruir las casas, derribando los techos sobre los heridos, los niños y las mujeres que estaban dentro, y robando las telas y objetos que encontraban. Los lloros y los alaridos subian á los cielos. El ruido hueco y retumbante de la artillería acallaba á intervalos los lamentos. Cuauhtimoc personalmente salia á combatir y á contener la destrucción: los soldados, sin fuerzas por la hambre y la sed, se arrojaban sobre los enemigos, pero eran recibidos por las espadas y lanzas de los destacamentos españoles que protegían esta destrucción. Así que con los escombros se llenaron los canales, y que Cortés concibió que tenía terreno donde retirarse y donde maniobrase la caballería, emprendió un ataque simultáneo y terrible. Cuauhtimoc recibió nuevas propuestas de paz, y resuelto á defenderse hasta la última extremidad, no contestó sino con atacar de nuevo á los enemigos. Tomados los templos y los palacios y destruída en su mayor parte la ciudad, se retiró al barrio de Coyonacaxco y se embarcó allí en una gran canoa llamada la Papantzin, llevando á la princesa su mujer y á los reyes de Texcoco y Tlacopan. El tamaño de la embarcación, las ricas vestiduras de los que iban en ella y la velocidad con que remaban, llamó la atención. García de Holguin, que mandaba el más velero de los bergantines, dió caza á la canoa real, y en poco tiempo y ayudado del viento la abordó. Cuauhtimoc en pie dijo su nombre con voz entera, tiró sus armas y se entregó prisionero.—«Haced de mí lo que queráis, pero respetad á la princesa,»—dijo á Holguin, y subió sereno y arrogante á la nave española. El 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito y á la hora de vísperas, fué llevado ante el conquistador el último Emperador de los aztecas, y ese día terminó para siempre la monarquía y la nacionalidad indígena, y comenzó la dominación de los reyes españoles. Los grandes sucesos de la historia mexicana han sido marcados por terribles fenómenos de la naturaleza. Esa noche comenzó á soplar un violento huracán, el viento del infierno, como le llamaban los aztecas. Los edificios demolidos acababan de caer, los fragmentos de las torres eran arrancados, y el lago furioso se salia de su seno, inundaba los barrios, y sus olas venían á estrellarse contra las ruinas. Los relámpagos alumbraban á la ciudad desolada, á los muertos sangrientos y los templos derribados, y después todo volvia á entrar en la obscuridad y el silencio. Cortés y Cuauhtimoc permanecieron mudos y aterrados ante estas fuerzas tremendas de la naturaleza que completaban la ruina de la más grande y más hermosa ciudad del Nuevo Mundo.
III
El Tesoro y el Tormento
Al día siguiente de la rendición de la capital, Cortés se retiró á Coyoacán, y los oficiales y soldados solemnizaron con un banquete donde hubo vinos y tocino que habían recibido, la espléndida pero sangrienta victoria que alcanzaron. En esa orgía tormentosa donde bebieron y jugaron y donde no faltaron las mujeres que habían robado en la ciudad saqueada y enteramente aniquilada por los aliados, se relajaron los resortes del respeto y de la subordinación, y la sed del oro se encendió con el estímulo de los licores. Deseaban oro y más oro y piedras preciosas á montones, y lo que habían recogido y tomado de las casas no era bastante. Supusieron que Cortés, de acuerdo con Cuauhtimoc á quien tenía prisionero en Cuyoacán, había ocultado todos los tesoros para apropiárselos y defraudar á la tropa su parte y al rey el quinto que le correspondía. Al día siguiente amanecieron pasquines insultantes escritos en las paredes de las casas, y Julián de Alderete, con el carácter de tesorero de la Corona, tomó la demanda por su cuenta.
—¿Sabéis, señor, lo que se dice entre nuestra gente?—dijo á Cortés antes de saludarle.
Cortés fingió no comprender nada y preguntó friamente: ¿Qué se dice?
—Se dice, prosiguió Alderete con firmeza y encarándose á Cortés, que vuesa merced de acuerdo con el Guatemuz ha ocultado los inmensos tesoros de la Corona Azteca, y que......
—Por Santiago, exclamó Cortés como buscando una arma; yo cortaré la lengua á quien tal diga.
—Vos podéis cortar la lengua á vuestros soldados, pero no al tesorero del rey de España,—contestó secamente Alderete descubriéndose y haciendo una profunda reverencia.
Cortés se dominó y replicó con una afectada amabilidad: Lo que se dice en efecto es grave; pero ¿qué hacer para acallar esas murmuraciones?
—Hay un medio que os justificará á los ojos de vuestros soldados y de S. M. El Guatemuz debe tener escondidos esos tesoros. Pedídselos, y si no los entrega, sujetadlo al tormento, y en último caso mandadle ahorcar.
—No, nada de eso, contestó resueltamente Cortés. Es mi prisionero y le he dado mi palabra, y un castellano jamás falta á ella.
—Se cumple la palabra que se da á un castellano, pero no la que se ofrece á un infiel y á un bárbaro. Acordáos del martirio de los sesenta y cuatro castellanos sacrificados en las aras del demonio.
—No, replicó Cortés secamente.
—Como gustéis, dijo Alderete cubriéndose la cabeza y retirándose; pero acordáos de que un amigo os ha venido á tender una mano cuando estábais en el borde del abismo. Perdereis vuestra gloria y vuestra conquista, y aparecereis en España como un defraudador del rey, como un ladrón.
Cortés se puso pálido, se mordió los labios, y volviendo las espaldas dijo:—Os entrego al Guatemuz; haced con él lo que os agrade.
Alderete salió con los ojos llenos de alegría, participó esta orden á los soldados, y no tardaron en encontrar el género de suplicio que debían dar al infortunado prisionero.
Llamaron al conciliábulo al Maestre Juan que era el médico, á Murcia que era el boticario, y al barbero Llerena y á otro llamado Santa Clara, y dispusieron una grande vasija de barro con aceite hirviendo. Fueron á la habitación que ocupaban los prisioneros, y sacaron á Cuauhtimoc y al rey de Tlacopan y los llevaron al patio de una casa donde había dispuestos unos maderos.
—¿Dónde está el tesoro de los Emperadores?—les preguntó Alderete.
Cuauhtimoc vió aquel aparato aterrador, comprendió de lo que se trataba, sonrió tristemente y no contestó ni una sílaba á las interpelaciones de Alderete, el cual furioso con este desprecio, ultrajó con palabras soeces al monarca. Los soldados se apoderaron de los Reyes, los ataron fuertemente á los maderos, y el barbero comenzó á bañarles los pies con aquella resina hirviente, mientras otro les acercaba unas teas encendidas.
—Señor, ¿no véis cómo sufro?—gritó retorciéndose el Rey de Tacuba.
—¿Estoy acaso en un lecho de rosas?—contestó con firmeza el Emperador azteca.
El Rey de Tacuba se fortificó con esta heróica resolución de Cuauhtimoc, y los dos sufrieron el tormento sin exhalar un quejido. Tanta firmeza conmovió el pecho de los soldados, y los mismos que habían pedido el suplicio comenzaron á murmurar contra Alderete.
—No os canséis, dijo Cuauhtimoc, que el que ha resistido la hambre, la muerte y la cólera de los dioses, no es capaz de humillarse ahora como una débil mujer: el Tesoro de los Reyes de México lo he hundido en la laguna cuatro días antes del asalto de la ciudad, y no le encontrareis jamás.
El padre Olmedo, á quien se había llamado para exhortar y amonestar á los Reyes aztecas, no pudo contenerse, y salió, volviendo á poco en compañía de Cortés.
El capitán español contempló un momento aquellas nobles víctimas, dirigió una mirada terrible á los verdugos, y dijo con un acento que no admitía réplica:—«Desatad á esos hombres y conducidles con cuidado á su habitación. Que nadie sea osado de contradecir lo que yo mando.»
El tesoro se buscó en vano, y sólo se recogieron algunas frioleras en la laguna, y un sol de oro en un estanque. Cuando el poético lago de Texcoco se seque enteramente, el gran tesoro se encontrará. La sombra de los Emperadores aztecas parece que le cuida todavía.
IV
Los tres Ahorcados
El año de 1525, Cristóbal de Olid se rebeló en las Hibueras. Cortés envió un oficial con alguna tropa; pero impaciente al no recibir ninguna noticia, se puso en camino con una fuerza, resuelto á castigar severamente al infiel capitán.
Atravesó el istmo de Tehuantepec, se dirigió por un camino lleno de ríos, de barrancas, de bosques oscuros donde no penetraban los rayos del sol, y de pantanos intransitables donde los caballos se hundian con todo y el jinete. El hambre, la sed, los insectos y las eternas y desconocidas soledades acababan con las fuerzas físicas y con el ánimo de los soldados. Muchos exhalaron el último aliento en aquellas sombrías encrucijadas, Cortés no quería volver atrás, y la esperanza le anunciaba que pronto podría encontrar una población donde guarecerse y tomar guías que le condujesen á su destino. Su humor, sin embargo, no era de lo mejor, y él mismo sentía la fatiga y el desaliento algunas veces.
Así llegó al territorio de un reino que llamaban Acallan. Llevaba como siempre á su lado á Cuauhtimoc y á los dos Reyes de Tacuba y Texcoco.
Una tarde, después de una fatigosa jornada, hicieron alto en un pueblecillo que nombraban Izancaxac. No había más que unas cuantas chozas sin techo y un teocalli arruinado. Ni un solo habitante ni un animal doméstico. Un bosque umbrío de altas ceibas aumentaba la tristeza de ese sitio. A Cortés le formaron una habitación en las ruinas del templo, y los Reyes se alojaron á poca distancia en una choza de palmas. El resto de la tropa acampó como pudo en el bosque.
Cortés trató de recogerse, y sin saber la causa, no pudo conciliar el sueño, y se levantó y escuchó que los Reyes platicaban alegremente, procurando consolarse de sus penas y fatigas. Esta alegría le hizo mal, le irritó de una manera terrible. Un bulto casi arrastrándose como si fuera un animal deforme se deslizó por entre aquellas ruinas. Cortés fijó los ojos en aquella aparición y puso la mano en el puño de su espada, pero al sacarla reconoció á Cristóbal Mexicalcin.
—¿Qué quieres á estas horas?—le dijo severamente Cortés.
—Señor, los caciques y Cuauhtimoc tienen urdida una trama infernal: vos y todos los españoles que hay en la tierra, perecerán.
—¡Por Santiago! Esta era la plática y la alegría de esos perros,—exclamó Cortés lleno de cólera; y lanzándose fuera de las ruinas, penetró en la choza donde estaban los Reyes. Cervan Bejarano y Rodrigo Mañueco, que eran sus servidores y habían permanecido despiertos, se lanzaron detrás de él.
«Llamad, les dijo, al padre Varilla. Voy á ahorcar á estos bárbaros que han urdido una trama para matarnos, y no quiero que se pierda su alma.» Marina, que también le había seguido, quiso interceder por ellos, pero vió los ojos de Cortés llenos de furia y no se atrevió. Era nada más que una esclava.
Cuando Cuauhtimoc fué sacado de la cabaña por los soldados que Cortés había llamado para la ejecución, se volvió con una firmeza increible y le dirigió la palabra: «Bien sabía, Malinche, lo que valían tus promesas, y tenía por seguro que recibiría la muerte de tus manos. Dios te pedirá cuenta de mi muerte.»
Los verdugos pusieron una cuerda al cuello del Rey, y lo mismo hicieron con los de Tacuba y Texcoco, y los colgaron en unas altas ceibas.
Eran las tres de la mañana del segundo día de Carnaval del año de 1525. La noche estaba serena y apacible, y las estrellas solas con sus tímidos rayos alumbraban melancólicamente esta misteriosa ejecución. Cortés se retiró cabizbajo y pensativo á su aposento. Allí permaneció un momento fijo y de pie como una estatua; pero le vino repentinamente un rapto de locura, de arrepentimiento quizá, midió á largos pasos la estancia y salió con la espada desenvainada á cortar los lazos corredizos donde pendían los cuerpos de los Reyes. Era ya tarde: Cuauhtimoc y el Rey de Tacuba estaban muertos. El de Texcoco cayó al suelo todavía con vida.
Al abandonar el pequeño ejército de Cortés, al día siguiente, el solitario pueblecillo, dos cadáveres se balanceaban al impulso de las brisas de la mañana. Los buitres formaban en la atmósfera círculos fantásticos, clavando sus ojos redondos y colorados en los cadáveres de los dos más poderosos monarcas del Nuevo Mundo.