EL LIBRO ROJO

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DE VENTA
EL LIBRO ROJO
TOMO I

Historia de los grandes crímenes de la Conquista, el Gobierno Virreinal, la esclavitud y la Inquisición, por Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Juan A. Mateos y Lic. Rafael Martínez de la Torre, que fué defensor de Maximiliano. Este libro, fundado del todo en la Historia de México, produce intensa emoción su lectura.—Indice: Moctezuma II.Xicotencatl.Cuauhtimoc: I, Los tres reyes. II, El sitio y el asalto. III, El tesoro y el tormento. IV, Los tres ahorcados.—Rodrigo de Paz: I, En el que se refiere quién era Rodrigo de Paz y qué papel desea peñaba en México. II, De cómo las cosas del Gobierno de la Nueva España iban mal y de cómo Cortés las puso peores. III, De cómo cinco enemigos comulgaron con una sola hostia consagrada, dividiéndola en cinco partes. IV. De lo que hicieron Salazar y Chirino con Zuazo, Estrada, Albornoz y Paz. V, Refiérese cómo murió Rodrigo de Paz.—Los dos enjaulados: I. El emisario. II, El pregón. III, La arremetida. IV, Las fieras. V, Dos gotas en el mar.—La Sevillana: I, La tempestad. II, Doña Beatriz. III, El Visitador. IV, La audiencia. V, Los azotes y la loca.—Alonso de Avila: I, Prólogo: la confesión. II, El Marqués del Valle. III, Los hermanos. IV, El bautismo. V, La orgía y la conspiración. VI, Los oidores. VII, Los degollados.—Don Martín Cortés: I, La flota. II, De lo vivo á lo pintado. III, El Visitador Muñoz. IV, El tormento. V, La justicia del Rey.—Pedro de Alvarado: I, El Comendador. II, El capitán. III, Tonatiuh. IV, El Gobernador. Epílogo.—Caridad Evangélica.Fray Marcos de Mena.La Familia Carabajal: Christi Nomine Invocato. Contra. Abjuración. Declaración del Secretario Pedro de Mañosca. Auto de fe de 1601. Procesión. Amén: Laus Deo—Los Treinta y Tres Negros.El Tumulto de 1624.Don Juan Manuel. El Tapado.

Ejemplar, rústica$1 50

EL LIBRO ROJO
1520-1867

POR
VICENTE RIVA PALACIO, MANUEL PAYNO,
JUAN A. MATEOS
Y RAFAEL MARTÍNEZ DE LA TORRE
———
AMPLIFICACIONES
DE
ANGEL POLA
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TOMO II
——
MEXICO
A. Pola, Editor, calle de Tacuba, Núm. 25

1906


Asegurada la propiedad de esta obra conforme á la ley


LA FAMILIA DONGO

Al conde Gálvez imitas,
Pues entiéndelo al revés,
Que el conde libertó á tres
Y tú á tres á la horca citas.

Pasquin del año de 1789.

Por renuncia de D. Manuel Flores fué nombrado virrey de México D. Juan Vicente Güemes Horcasitas y Aguayo, conde de Revillagigedo, segundo de este título, y muy conocido y popular hasta hoy entre los mexicanos, por las muchas y enérgicas medidas que tomó para el arreglo de la administración de la colonia, y por los excelentes reglamentos de policía que puso en planta, que subsisten actualmente, y que forman la base de las ordenanzas y de las disposiciones municipales.

Llegó este célebre gobernante á México el 8 de Octubre de 1789, y á poco se presentó un suceso en que acreditó su actividad y su energía.

Vivía en la casa núm. 13 de la calle de Cordobanes un rico español, comerciante y propietario, llamado D. Joaquín Dongo. El día 24, á las siete y tres cuartos de la mañana, se dió parte por el alcalde D. Agustín Emparan de que la casa se hallaba abierta y tirado en el patio y nadando en su sangre el propietario de ella. Del reconocimiento judicial que se hizo, resultó que once personas que componían la familia y criados, habían sido asesinadas de la manera más cruel y más violenta, pues todos tenían numerosas heridas y los cráneos hechos pedazos, y que faltaban veintidós mil pesos que habían sido robados de las cajas.

El conde de Revillagigedo no durmió desde el momento que tuvo noticia del crimen cometido, y dictó toda clase de providencias, aun las que menos se pensaba que podrían dar un resultado satisfactorio. Un relojero de la calle de San Francisco observó en la calle de Santa Clara que de dos personas decentes que platicaban, una de ellas tenía una gota de sangre en la cinta del pelo; porque es menester recordar que entonces los hombres tenían un peinado con trenzas entretejidas con cinta. D. Felipe Aldama, que era el que tenía la mancha, fué reducido á prisión, y poco después dos de sus amigos íntimos, D. José Joaquín Blanco y D. Baltasar Quintero. Los tres eran personas decentes y aun nobles, como en esos tiempos se decía. El 7 de Noviembre, Blanco, Aldama y Quintero fueron ahorcados en un tablado tapizado de balleta negra, que se colocó entre la puerta principal del palacio y la cárcel de corte. Los machetes y varas de la justicia de que usaron para cometer el crimen, fueron quebradas por la mano del verdugo.

En un documento que se publicó consta la narración de este horrible crimen; y como no podríamos añadirle ni quitarle nada sin alterar la verdad histórica, le copiamos á continuación:

*
* *

Entre cuantos ejemplares de excesos y delitos ha manifestado la experiencia desde la creación y fundación de esta imperial corte mexicana, no se ha experimentado otro más atroz, más alevoso ni más desproporcionado, así por sus cualidades y circunstancias, como por las extraordinarias disposiciones de la ejecución, que el que sucedió la noche del día 23 de Octubre de 1789, en esta ciudad, en la calle de los Cordobanes, en la casa de uno de los republicanos de mejor nota, vecino honrado de este comercio, prior que fué del real tribunal del consulado, D. Joaquín Dongo, por tres personas europeas, de noble y distinguido nacimiento, quienes en un proviso fueron la destrucción suya, y de toda su familia, sin reserva, limitación ni excepción alguna, robándoles su vida y hacienda con la mayor inhumanidad.

Es el caso, que el día subsecuente, sábado 24, como á las seis de la mañana, vió un dragón cerca de su cuartel, en el barrio de Tenexpa, un coche solo, sin quien lo dirigiese y cuidase; con el que dada cuenta á su jefe le ordenó éste solicitase á su amo, y no faltando prontamente quien lo conociese, asegurando ser de Dongo, ni quien por grangear alguna dádiva ó gratificación le pasase noticia, fué un cochero cerca de las ocho á participárselo á Dongo; pero encontrando la puerta cerrada pasó á la de la cochera, y empujándola se le puso á la primera vista el horrendo espectáculo de Dongo y sus criados cocidos á puñaladas, sembrados todos por el patio, con lo que retirado inmediatamente llevó por gratificación aquel asombroso encuentro, que al instante comunicó al alcalde de barrio de aquel recinto, D. Ramón Lazcano, quien instruído de ello, pasó á participarlo al Sr. D. Agustín de Emparan, del consejo S. M., alcalde de corte de esta real audiencia, juez de provincia y del cuartel mayor número 4.º, comprensivo á dicha casa, quien con su notorio celo y eficacia, pasó inmediatamente, y por ante D. Rafael Luzero, secretario del oficio de cámara más antiguo de esta real sala, procedieron respectivamente al más prolijo reconocimiento de los cadáveres, á la fé de aquellas atroces heridas, y á la más exacta observación de cuantos indicios, fragmentos y resquicios podía ofrecer la contingencia para inferir luces al descubrimiento de los agresores.

Entrados en la casa por la cochera, se encontró á primera vista bajo la escalera del almacén un xacastle de varias vituallas y trastos de camino, que según se informó era del indio correo, de la hacienda de Doña Rosa, propia del difunto, que había de haber salido aquella mañana; á corta distancia un candelero de plata, á la derecha se reconoció el zaguán, y la puerta principal que se hallaba cerrada con llave, y en el suelo unos cordeles delgados del mismo con que parecía estar atados los porteros. Más adelante, en la misma derecha, como á distancia de dos varas de la escalera principal, estaba D. Joaquín Dongo, tirado en el suelo, envuelto en su capa y sombrero, con varias y atroces heridas, así en la cabeza como en el pecho y manos, y de una de las cuales tenía separados dos dedos enteramente; la del pecho penetrante hasta la espalda, y la cabeza abierta de medio en medio, sin hebillas, charreteras y relox. A sus pies el lacayo, reclinado á la derecha, con fuertísimas heridas en la cabeza: dividido el cráneo. En la covacha que está bajo de dicha escalera, se vió en medio de ella tirado boca abajo, atadas las manos por detrás, al portero jubilado, que le llamaban el Inválido, revolcado en su sangre, con la cabeza igualmente destrozada. En la puerta de la bodega el cochero con iguales heridas. En el cuarto del portero actual, se halló dentro al indio correo, tirado en la misma forma, con la oreja derecha separada, y destrozada la cabeza. A los pies de éste, el portero actual, con las manos atadas por detrás, con igual número y clase de heridas.

Reconocido el segundo patio, sus cuartos y caballerizas, y demás piezas interiores, no se encontró novedad digna de reparo.

Pasado á reconocer el entresuelo, se encontró en la primera pieza un baúl descerrajado ó abierto, del que faltaron cincuenta pesos á D. Miguel Lanuza, cajero y sobrino de Dongo, según éste expresó últimamente. A la tercera se halló en su cama desnudo á D. Nicolás Lanuza, padre de dicho cajero, con una fuerte herida, en la cabeza, la que igualmente le dividió el craneo; otra en la cara hacia el lado derecho, otra en la mano derecha que en el todo tenía separada, con otras varias de igual consideración; el que estaba boca arriba con las piernas encogidas, con una escopeta en la cabecera, inclinada hacia abajo, en acción de que había intentado usar de ella, y los calzones encima de la cama, como que los había querido tomar de su pretina.

Entrando en el almacén se encontraron de menos (según se reconoció por dicho D. Miguel Lanuza) varios papeles de medias, y como nueve mil pesos que estaban en plata bajo del mostrador. La siguiente pieza se encontró descerrajada, y aun quebrados los barrotes de la puerta; en medio de ella unos papeles quemados, los que según se reconoció, eran de marca, blancos, y una arca ó caja descerrajada, en que había catorce mil pesos efectivos en plata, y encima de la mesa una vela de cera, que demostraba haberles servido á los agresores en su empresa.

Habiendo subido á las piezas principales y tomado el camino á la derecha hacia el pasadizo de la cocina, se encontró á la puerta de ella á la galopina (que estaba recién entrada, como de quince á veinte años) tirada boca abajo, con la cabeza igualmente destrozada, en grado que los sesos se hallaban por el suelo y los cabellos esparcidos, tan bien cortados que parecía haber sido con tijeras.

En la cocina estaba la cocinera boca arriba, con la cara y cabeza destrozada. Entrando para las piezas principales, se halló en la anteasistencia á la lavandera, tirada en la misma forma, con dos heridas penetrantes en la espalda, otra en el brazo derecho, quebrado y dividido el hueso, y varias en la cabeza. En la asistencia se encontró á la ama de llaves en la misma disposición, en el estrado, y con la misma especie de heridas en la cabeza y brazos. En la siguiente pieza, que es la recámara, se halló descerrajado el ropero y un baúl de carey y concha grande. En las salas de recibir no se encontró novedad en el ajuar, que era de plata, ni en la labrada que andaba suelta. En el gabinete del difunto se encontraron descerrajados dos cofres, y en el suelo algunos géneros y calcetas nuevas. Una escribanía abierta con una gaveta menos que se encontró encima del mostrador del almacén. Reconocida la azotea y demás interiores de los altos, no se encontró más novedad que unas gotas de sangre en la escalera que subía á ella, que se supone ser de los sables ensangrentados con que subirían á registrarla, recelosos de no haber sido vistos ó sentidos, y asegurarse más para su intento.

En este mismo acto procedieron de orden de su señoría los maestros profesores en cirugía D. José Vera y D. Manuel Revillas, á la inspección y reconocimiento práctico de los cadáveres con la mayor prolijidad y esmero.

Evacuada esta diligencia, mandó su señoría se pasasen los cadáveres de los criados á la real cárcel de corte, donde fueron conducidos en tablas y escaleras, por medio de los comisarios de su señoría, á lo que fué indecible el numeroso concurso que asistió quedando en la casa Dongo y D. Nicolás Lanuza, los que á la noche pasaron á la iglesia del convento de Santo Domingo, donde al día siguiente por la tarde se sepultaron, con asistencia de dos de sus agresores (según se dice).

Inmediatamente se proveyó auto cabeza de proceso, dictándose las providencias más severas y rigurosas órdenes, expidiéndose en el acto las cordilleras correspondientes, hasta para caminos extraviados, previniéndose en ellas las reglas y método con que debían manejarse los respectivos justicias del Departamento á que se dirigían para su puntual observancia; oficio al capitán de la Acordada para la solicitud y aprehensión de los que pudiesen descubrirse culpados: órdenes á los capitanes de la sala, para que previniesen en todas las garitas lo conducente, por si pasase ó hubiese pasado alguno ó algunos fugitivos con carga ó sin ella, los que aprendiesen y dieran cuenta, como de cualesquiera ocurrencia ó indicio ó presunción que se advirtiese, con otras varías al caso conducentes. A los hospitales, por si ocurriese algún herido. A los mesones, para tomar razón individualmente de los que estaban posando, quiénes, de dónde, con qué fin y destino se hallaban en esta ciudad, si la noche del suceso habían salido, ó quedádose fuera alguno de ellos. Al cuartel de dragones, por los soldados que hubiesen faltado la misma noche. A los plateros con la muestra semejante á la de las hebillas que faltaban al difunto, por si ocurriesen á venderlas ó tasarlas. Al Baratillo y Parián por lo que pudiese importar. A las concurrencias públicas y demás diversiones, por las luces que pudieran producir. A los alcaldes de barrio y sus comisarios, para que por su parte practicasen las más vivas y exactas diligencias. A los demás justicias del distrito, con otras muchas que no tienen número ni ponderación.

No cesando el infatigable celo de su señoría, con cuantos arbitrios le dictó la prudencia, procedió, á consecuencia de lo determinado, á la pesquisa, examinando á los que dieron cuenta del suceso, á los vecinos, y cuantos se consideraron útiles á la calificación y descubrimiento de los homicidas.

En este acto se proveyó auto para entregar las llaves á D. Miguel Lanuza y D. Francisco Quintero, de esta vecindad y comercio, á quien se nombró de depositario con las debidas formalidades: se sacó el testamento, que se entregó á la parte de la ilustre cofradía de Nuestra Señora del Rosario, para que procediese á poner en ejecución las disposiciones del testador, como su albacea y heredera, y que corriesen los inventarios por cuerda separada, como asunto civil é incompatible á esta pesquisa.

En el siguiente domingo 25 se examinaron á cuantos amoladores fueron habidos, por las armas que hubiesen amolado. A los cirujanos que se encontraron, por los heridos que hubiesen curado. A los vecinos de por Santa Ana y calle de Santa Catarina Mártir, sobre un coche que se decía haber pasado la misma noche y hora del suceso, con precipitación, y no consiguiéndose otra cosa que un mar de confusiones; sin embargo, se continuaron haciendo muchísimas extraordinarias en ronda, registrando accesorias sospechosas, cateando casas, vigilando concurrencias, vinaterías y demás parajes de esta clase, hasta que en este cúmulo de confusiones, en que el público y su señoría se hallaban, dió Dios á luz, por un vehemente indicio, á uno de los agresores.

El lunes 26 del mismo ocurrió á su señoría cierta persona de distinción, denunciándole privadamente: Que el sábado anterior, yendo por el cementerio de Santa Clara, como á las tres y media de la tarde, se puso á parlar con un amigo, y que á corta distancia estaba igualmente parado en conversación D. Ramón Blasio, con una persona que no conoció, á quien le advirtió en la cinta del pelo una gota de sangre, que aún la conservaba fresca en aquel acto, y vacilando sobre esto, por si acaso pudiese ser alguno de los delincuentes, lo había consultado con personas de juicio y prudencia, con cuyo acuerdo lo participaba á su señoría.

En vista de esta noticia, que tuvo á las cinco y media de la tarde, mandó inmediatamente por el expresado D. Ramón, relojero de la calle de San Francisco, quien examinado sobre el particular, dijo: Que el sujeto con quien había conversado en el cementerio de Santa Clara el sábado anterior, era D. Felipe María Aldama y Bustamante, el que vivía en la Alcaicería; lo que oído por su señoría, dió inmediatamente orden para que lo fuesen á aprehender, y habiendo ido el capitán Elizalde, D. Ramón Blasio y los ministros de asistencia de su señoría, no encontrándolo en su casa, se mantuvieron ocultos en ella hasta como las ocho y media de la noche, que llegó con la ronda de la Acordada, diciendo era reo suyo, pues iba con él, sobre lo que se ofreció disputa y competencia entre ambos hasta el grado de haber pasado dicho capitán de la Acordada á ver á su señoría, á cuyo tiempo llegó el señor juez originario, y lo mandó pasar á la real cárcel de corte, donde quedó á su disposición en una bartolina, y cuando volvió de ver á su señoría, dicho capitán se halló con él en la cárcel.

Algunos dicen que iba con Aldama para que entregara á Blanco por querella de su tía, y otros que iba á catearles la casa por algunos indicios que tenía sobre este particular.

El martes 27, á las siete y media de la mañana, pasó su señoría á la real cárcel, donde habiendo puesto entre otros reos decentes, en una pieza reservada al citado Aldama, hizo entrar al denunciante para identificar la persona, quien al punto lo conoció y entresacó de todos.

«Recibídole juramento á Aldama y preguntádole sus generales, expresó ser natural de San Juan Bautista Quesama, provincia de Alava, en el señorío de Vizcaya, soltero, sin ocupación en aquella actualidad, por estar siguiendo una incidencia en la causa criminal que se le siguió en la Acordada, acumulándole un homicidio de que había salido idemne dejándole su derecho á salvo, de que tenía documento, y que cerca de diez años ha que había venido al reino, de edad de treinta y dos años, ser noble notorio hijodalgo, cuya calidad justificaría, y para ello exhibía, un documento que se le devolvió con reserva de su derecho para que lo presentase en tiempo oportuno. Preguntado dónde había andado el viernes anterior, con quiénes y en qué forma, dijo: Que como á las tres y media de la tarde fué á la plaza de Gallos donde se mantuvo hasta cerca de la oración, que regresado á su casa llegó á poco rato D. Joaquin Antonio Blanco, con quien fué á la casa de su tía á reconciliarlo con ella por cierta desavenencia; que no habiéndola encontrado, se restituyó á su posada, donde se quedó á dormir Blanco, hasta que á la mañana siguiente salió á buscar á su tía. Preguntado dónde y cuándo tuvo noticia del suceso de la casa de Dongo, dijo: Que estando el sábado como á las ocho de la mañana en la esquina del Refugio con D. Rafael Longo, llegó con la noticia un galleguito, y hablando con Longo, Aldama le dijo: hombre, dicen que han matado á Dongo y toda su familia, y que el comercio está alborotado; que asombrados del caso se separaron los tres, y Aldama se fué para la Acordada, á participarlo á su capitán. Preguntado con quién estuvo en la calle de Santa Clara aquella tarde, qué trataron, y adonde se dirigió después, respondió que con el relojero D. Ramón Blasio, con quien conversó sobre el suceso de que trata la causa; luego pasó á la calle del Aguila á la casa de Quintero, y no encontrándolo se pasó á los Gallos. Héchosele cargo sobre la mancha de sangre que tenía la cinta del pelo, que reconoció, dijo: Que como iba á los gallos donde los que mataban solían para sacarlos pasarlos por las cabezas de los concurrentes, no ponía duda en que le hubiese caído alguna gota. Preguntado de qué se mantenía con la decencia que se advertía, dijo: que de las libranzas que le mandaba de Querétaro su primo el marqués del Villar del Aguila, y otros sujetos que le prestaban; que desde el último Junio había recibido más de mil y seiscientos pesos por mano de D. «Joaquín Antonio Yermo, á más de que de «los gallos solía adquirir algunos reales.»

Para la justificación de si había dormido el viernes en su casa con Blanco, hizo su señoría comparecer á la criada cocinera de Aldama y á su hermana María Guadalupe Aguiar, quienes preguntadas si conocían á Blanco dijeron que con motivo de visitar á su amo lo conocían; el que había dormido el sábado y domingo de la semana anterior en su casa. Que su amo Aldama estaba pronto á sus horas, en especial de noche; que la del viernes no salió, y á pedimento de ellas había estado tocando en flauta hasta muy tarde que se durmieron. Que el sábado se recogió temprano y que el domingo en la noche se había ido á la comedia.

«En virtud de la cita hecha á Blanco se libró oficio al juez de la Acordada, para su remisión, al que habían aprehendido la misma noche que á Aldama en una vinatería, por la dicha queja de su tía, el que habiendo comparecido se le tomó su declaración inquisitiva, en la que expresó llamarse Joaquín Antonio Blanco, natural de la villa de Segura, provincia de Guipuzcoa, soltero, de edad de veintitrés años, sin oficio; y examinado acerca de dicha cita discordó en ésto, diciendo que había dormido la noche del viernes á casa de su tía; en cuyo acto se careó con Aldama y las criadas de su casa, y al cabo de varias disputas hubieron de convenir todos en que ambos habían dormido aquella noche en la casa de Aldama, diciendo Blanco que había discordado falsamente, consternado de que no se le atribuyese algún delito por la falta de su tía, la que no se «encontraba en su casa; en cuya virtud se restituyó á la Acordada.»

El día siguiente 28, se proveyó auto para el embargo de la hacienda de Doña Rosa, y comparecencia de su administrador en esta ciudad, cuyo despacho se expidió por la estafeta del día.

«El día 29, en prosecución de la pesquisa y con noticia de ser D. Baltasar Dávila y Quintero, uno de los amigos de Aldama, lo hizo comparecer por medio del sargento mayor de la plaza, quien expresó llamarse como dicho es, natural de la isla del Hierro en las de Canarias, capitán de mar y subteniente de milicias provinciales de dicha isla: quien preguntado por el conocimiento de Aldama, y si el viernes había estado con él, respondió conocerle, y que en efecto, el citado día fué á visitar al declarante que estaba enfermo en cama, entre cuatro y cinco de la tarde, de suerte que no salió de ella en todo aquel día, ni en la noche. Preguntado de qué se mantenía, respondió: que á expensas de la caridad de D. Jacinto Santiesteban y D. Manuel Pineda, quienes le habían hecho varios suplementos, como constaría de su libro. Preguntado si conocía á D. Joaquín Dongo, ó tenía noticia del suceso y de sus agresores, dijo: Que ignoraba enteramente la pregunta, y que aunque se hablaba con mucha variedad de los agresores, el declarante no podía dar razón por no concurrir á las mesas de trucos, ni juegos públicos, donde solían tratarse asuntos de esta naturaleza, recogiéndose como se recogía á su casa á las siete de la noche. Preguntado si el sábado por la mañana salió de su casa á comunicar á Aldama, ó éste fué á visitarlo, ó practicó alguna diligencia que le hubiese encomendado, dijo que no hacía memoria, aunque una mañana que no tenía presente, lo encontró y le había dicho se llegase á la vinatería de la Alcaicería y dijera á su dueño que fuera á su casa de Aldama que quería hablarle.» En este estado habiéndose hecho comparecer á D. Ramón Garrido, administrador de la referida pulquería, se examinó sobre la cita y expresó «que el sábado 24 (día en que amaneció la desgracia) á las seis y media de la mañana, le llevó Quintero recado de Aldama, diciéndole le llevase una libranza que tenía en su poder para que le diese los cincuenta pesos en que la tenía empeñada, con una capa blanca con galón, que inmediatamente pasó y saliendo á recibirlo al medio de la sala, ya con los cincuenta pesos en la mano, se los dió, y lo despidió, observando estaba vistiéndose de limpio: preguntado dónde había vivido aquellos últimos días, y dónde al presente, respondió que en la calle de la Aguila, en un cuarto interior, y para componerlo se había pasado á la accesoria de la misma casa, y habría como quince días que volvió al referido cuarto (constando de la casera que aquella misma noche había vuelto al dicho cuarto), diciendo tenía miedo no lo mataran en la accesoria por robarlo.»

En vista de tan claras y manifiestas contradicciones, le tomó su señoría la espada, y lo mandó aprehender por medio de un piquete de soldados que tenía prevenidos, quienes habiéndolo atado le registraron las faldriqueras, y le encontraron veinte pesos en un pañuelo: con este hecho lo bajaron públicamente como á las diez del día á la real cárcel de corte, y en seguida su señoría,

«Estando en dicha real cárcel, á efecto de continuar la declaración de Aldama, sobre los nuevos particulares que había ofrecido una mera contingencia, lo hizo parecer ante sí, quien sin embargo de las exquisitas y estudiosas preguntas que le hizo, para venir á dar al objeto del desempeño de la capa y libranza; contestó categóricamente Aldama con el mayor desenfado, concordando en lo declarado por el cajero: diciendo, que los cincuenta pesos había pagado de más de ochenta que había ganado en los gallos, como lo podrían declarar los encomenderos Villalba y Peredo, los que examinados aseguran haber ganado como diez y seis ó veinte onzas: pero que al fin salió perdido, y aunque en la ganancia de este dinero hubo algunas variaciones, con un genio tan astuto y vivo, al instante persuadía, y quería hacer ver lo contrario.

«En este estado trajeron la dicha capa blanca que estaba en su casa, y un sombrero negro salpicado de sangre, con una gota de cera en la orilla del casco; y puéstoselo de manifiesto, lo reconoció todo por suyo, y héchosele cargo de aquella sangre, dijo; que como había ido á la procesión de desagravios á San Francisco en que había habido azotados de sangre, lo habían salpicado, y aun en la cara le habían caído dos gotas que con la mano se limpió, sobre que se le hicieron fuertes cargos, y se mantuvo con su dicho. Igualmente se le hizo otro acerca de la gota de cera, por haberse alumbrado en la facción de los homicidios y robo con vela de cera, dijo: que como había ido á alumbrar al Señor de la Misericordia el día de la ejecución de Paredes en la Acordada, y como era natural ir con el sombrero en la mano y la vela ardiendo, le cayó la que se le demostró, como otras muchas en la capa que se había quitado el mismo día, con una cuchara con una brasa, por no tener plancha. Reconvenido por su señoría por una mancha de sangre que le advirtió, como medio peso, en el terciopelo de la vuelta de la capa que tenía puesta, dijo que era de las narices, como lo acreditaba con el pañuelo que tenía en la bolsa, que igualmente estaba ensangrentado; y á mayor abundamiento, para mejor prueba, fuesen á ver debajo del petate de la bartolina donde estaba su colchón, la porción que había vertido de las narices el día anterior.»

En este estado se suspendió la diligencia.

Inmediatamente el señor juez, en vista de las contradicciones de Quintero, de las mutaciones que le advirtió en el semblante y la ambigüedad con que declaraba y se retractaba. En seguida mandó se reconociera la accesoria en que había vivido y el cuarto que en la actualidad tenía interior.

Pasado inmediatamente su señoría y el escribano actuario, acompañados del capitán Elizalde y los comisarios extraordinarios de su asistencia; se reconoció la puerta de la accesoria que estaba manchada de sangre, asegurando los reos no haber habido motivo para que la hubiese, pues ninguno salió herido ni llevaron cosa que la manchara, y abierta ésta, se encontró descombrada sin trasto alguno, y levantándose á mano derecha al pie de la ventana la primera viga, se percibieron las talegas, y levantadas todas, se hallaron 21,634 pesos un real efectivos, inclusos ochenta que había con otra porción en un pañuelo. Un envoltorio en otro pañuelo con siete pares de medias de seda, cuatro pares de calcetas, cuatro camisas, una usada y tres nuevas, y una pieza de saya-saya carmesí; en una bolsita de mecate se hallaron las hebillas y charreteras del difunto, dos rosarios y un reloj de plata antiguo, lo que, sacado públicamente, se pasó á reconocer el cuarto interior y levantando sus vigas, no se encontró novedad alguna debajo de ellas; pero sí en la ropa, pues se encontró un chupín rociado de sangre, dos sombreros manchados de lo mismo, que después se verificó ser uno de Quintero y el otro de Blanco; tras de la puerta, á mano derecha, estaba una tranca gruesa con muchas señales de tajarrazos con machete ó sable amolado, como que en ella habían hecho experiencia y prueba de su corte ó fortaleza. Un belduque bajo un colchón. Todo lo cual se condujo en un carro al real palacio, custodiado de soldados, con más, unas medias de color gris ensangrentadas que estaban debajo de las vigas de la accesoria; y depositándose en cajas reales el dinero, lo demás se pasó á la sala de justicia para el reconocimiento y convencimiento de los reos, á quienes al instante se les puso un par de grillos más.

Como á las cuatro y media de la tarde del mismo jueves se procedió á tomar confesión á los reos, previo el auto correspondiente, que se proveyó, y nombramiento de curador á Blanco por ser menor, el que se hizo en D. José Fernández de Córdoba, procurador del número de esta real audiencia.

Habiendo su señoría hecho comparecer á Quintero, le recibió el juramento de estilo y generales acostumbradas, y héchosele el fuertísimo cargo de lo que resultaba y ministraban los autos sobre ser el agresor principal de los homicidios de Dongo y su familia, contestó con gran resolución: que no sabía quiénes fuesen, y mucho menos que él tuviese el más mínimo participio ni complicidad en ellos: y puéstosele de manifiesto las alhajas y ropa robada, demostrándosele cosa por cosa, se le preguntó si las conocía: dijo que no conocía nada; se le reconvino que si conocía tantas talegas que se habían sacado de debajo del envigado de su accesoria, y quería verlas: dijo que no sabía ni conocía cosa alguna. Preguntándole que si conocía el chupín, el belduque, los sombreros, la tranca y demás que se encontró en un cuarto, dijo: que sólo eso conocía por suyo, pero que lo de la accesoria no sabía, y algún enemigo, por hacerle daño, lo introduciría en ella; héchosele cargo de la sangre que tenía el chupín, dijo: que eran polvos que tomaba y expelía por las narices. Héchole cargo sobre la tranca y sobre su negativa en caso tan físico y palpable, el que se le iba formando con la mayor severidad, dijo en este acto: «Señor, ya no tiene remedio; no quiero cansar más la atención de V. S., pues Dios lo determina y me han hallado el robo en mi casa: ¿qué tengo de decir sino que es cierto todo? Que me alivien las prisiones ya que he dicho la verdad: fuerza es pagar. Aliviándole éstas, le preguntó su señoría quiénes eran los cómplices, cuántos, dónde vivían, y cuanto condujo al caso. Respondió que D. Felipe María Aldama y D. Joaquín Antonio Blanco, que estaba preso en la Acordada, quienes lo habían insistido á tal desastre, y como necesitado y frágil había accedido á tan horrendo delito; que aunque se recató, no lo pudo conseguir, pues lo vituperaron y trataron de un collón; que viéndose precisado, hubo de entrar en la casa en su compañía, á las ocho y media de la noche del viernes 23, haciendo Aldama de juez, con el bastón del confesante, el que le tomó al tocar la puerta; que habiéndole respondido, dijo: abre, y empuñando el bastón, se metió con Blanco, y el confesante se quedó cuidando la puerta: que no había hecho muerte alguna: que ellos podrían dar razón, pues no quiso ver aquella atrocidad, porque se le partía el corazón, y suplicaba que respecto á que sabía que había de morir presto, se le diese término para disponerse, dándole la muerte conforme á su ilustre nacimiento, lo que haría constar. Héchosele las demás preguntas conducentes, dijo que los otros lo declararían por extenso.

Habiéndose hecho inmediatamente comparecer á Aldama, puesto ante su señoría con un semblante modesto y compasivo, tiró la vista hacia todos, y con un tierno suspiro, dijo: señor; ya ha llegado el día de decir las verdades; y compungido con lágrimas del corazón, significó que la fragilidad y la miseria humana lo habían conducido á tan horrendo sacrificio, estimulado de su necesidad, ya violentado y estrechado de sus acreedores, ya de sus escaseces, tan extraordinarias, y ya de lo principal, que fué su triste y desgraciada suerte; y pues para Dios no había cosa oculta, y era su voluntad pagase sus atroces delitos, estaba pronto á declarar cuanto ocurrió en el caso.

Recibídole juramento en forma de derecho, y héchole las preguntas acostumbradas acerca de sus generales, que reprodujo, se le formó el riguroso cargo que ministraban los autos, y el cuerpo del delito acerca de los homicidios, y robo de Dongo y su familia, á efecto de que expresase quién promovió el proyecto, entre cuántos, qué día, en qué disposición, con qué armas, y en qué lugar; con lo demás que se tuvo por conveniente para la aclaración de tantas dudas y confusiones, en cuya vista dijo: Que había un mes que estrechado Quintero de sus indigencias y necesidades, le propuso el pensamiento de que, siendo D. Juan Azcoiti hombre de conocido caudal, y sólo podían matarlo y quedar remediados; á lo que resistió bien por su honor, y por estar muy distante de este pensamiento, contestándole ásperamente sobre que pensase en otra cosa. Que al cabo de pocos días insistió con dicho pensamiento, y ya más sagaz le contestó que lo pensaría, con la intención de no hacer aprecio y prescindir de ello. Que vuelto tercera vez á insistirlo, le dijo: que no había de quién fiarse, pues él no se valía ni de su padre; y proponiéndole Quintero inmediatamente á un primo suyo, quedó de verlo para el efecto; y habiéndolo solicitado, y sabido que estaba ausente en destino, le propuso á Blanco, quien le dijo estaba recién venido de presidio, y como quiera que había servido á Azcoiti, era más á propósito para el caso, á lo que creía no se excusaría; que le contestó lo viese en hora buena. Que habiendo caído malo el confesante, fué á visitarlo Quintero, llevando ya á Blanco, y al entrar le dijo: vé á quien te traigo acá: ahora le puedes decir lo tratado, á que le contestó Aldama: hazlo tú si quieres, que yo no estoy para eso; á poco rato se fueron: recuperado Aldama ya de su enfermedad pasó á ver á Quintero, donde halló á Blanco á quien había hablado ya Quintero, y tratando del asunto entre Aldama y Quintero, acabaron de seducir á Blanco; y habiendo determinado el pasar á verificar su intento, vieron ocupadas las piezas vacías con una familia que vino de fuera, con lo que se les frustraron sus proyectos. Y puesto inmediatamente el pensamiento en Dongo entre los tres, ofreció Aldama el instruirse de la casa, diciendo Blanco que tenía más de trescientos mil pesos en oro, con lo cual salían de penas: que al día siguiente fué Aldama á ver á Dongo con el pretexto de que le vendiese una poca de haba, con lo que observó la poca familia que le parecía tenía, y convenidos todos, quedaron de acuerdo para acecharlo en sus entradas y salidas de noche, á ver cómo y con quiénes salía, y cómo volvía: que el miércoles 21 del mismo Octubre dió Aldama cinco pesos á Quintero para que comprase y dispusiese las armas con que habían de ir; quien compró dos machetes de campo, uno de más de tres cuartas, que llevó Quintero; otro más mediano que llevó Aldama, y otro más chico que llevó Blanco, los que amolaron por la calle de Mesones: que á la noche fueron á observar la primera salida de Dongo, y no aguardaron á que volviese: que á la siguiente noche del jueves fueron y estuvieron hasta que regresó á las nueve y media Dongo. Que instruídos ya en la forma que salía y entraba, determinaron asaltarlo á la siguiente noche del viernes: que en efecto fueron dicha noche como á las ocho y media, y tomando Aldama el bastón de Quintero, tocó la puerta, y respuéstole quién era, respondió: Abre; y habiendo abierto el portero jubilado ó inválido, le dijo: ¿tú eres el portero? le respondió éste: no, señor; está en el entresuelo dando de cenar á D. Nicolás: pues llámalo; y entrando para dentro, lo esperó que bajase, y estando presente, le dijo: Pícaro, ¿qué es de los dos mil pesos que has robado á vuestro amo? y sin aguardar respuesta, lo mandó atar por detrás, y meterlo en su mismo cuarto, donde puso á Blanco que lo guardase; y volviéndose al inválido, le dijo: Y tú, ¿qué razón das de este dinero? Ata á este también, y en la misma forma lo metieron en la covacha, donde puso á Quintero de guardia, y revolviendo al zaguán, tomó al indio correo del brazo, quien estaba en compañía del inválido, y lo pasó al cuarto del portero, donde estaba Blanco, y entre ambos mataron al indio y al portero, en tales términos y con tal prontitud, que no dieron una voz: de ahí pasaron á la covacha, donde estaba Quintero con el inválido, y examinando á éste sobre la demás gente que había arriba, entre Aldama y Quintero lo mataron en la misma forma: que luego pasaron al entresuelo Aldama y Quintero, dejando á Blanco cuidando la puerta, para que avisase de cualquiera contingencia, y entrando con la vela en la mano, saludando á D. Nicolás; ya que se vieron cerca, le habían acometido ambos á un tiempo, y dejándolo muerto, pasaron al instante á las piezas superiores, y preguntando á las criadas: hijas, ¿cuántas son udes? con sencillez les respondieron ser cuatro, y entonces se volvió Aldama á Quintero, y le dijo: vd. meta á esas mujeres en la cocina, y custódielas, inter yo las voy examinando una por una. Que inmediatamente las metió Quintero en la cocina, y quedó en la puerta de ella custodiándolas: entonces tomó el confesante á la ama de llaves de la mano, y se la llevó á la asistencia, donde la mató: que inmediatamente volvió por la lavandera, y en la anteasistencia la mató; y habiendo vuelto, le dijo á Quintero: dos han quedado: una tú, y otra yo; y tomando el confesante á la galopina, y Quintero á la cocinera, las dejaron en el puesto con la mayor crueldad. Que acabada esta facción bajaron al zaguán á incorporarse con Blanco para aguardar á Dongo, donde se estuvieron sentados hasta después de las nueve y media que oyeron el coche que se acercaba á la puerta; que entonces se pusieron tras de ella y la abrieron cuando llegó, á semejanza del portero, y apeándose del coche, éste entró con su lacayo por detrás con una hacha en la mano, y se le apersonó el confesante, diciéndole con el sombrero en la mano: «Caballero, vd. tiene su lugar; dispense el atrevimiento que se ha tenido de perder los respetos á su casa.» Súbase vd. con estos caballeros, que yo tengo que hacer con los criados de vd., y echando mano al lacayo, le contestó el caballero urbanamente; pero al subir la escalera debió de recelar, por ver los cuartos cerrados donde estaban los difuntos, y haciendo que metía mano, lo mataron entre Quintero y Blanco; y viendo el confesante que ya estaban matando á Dongo, mató él al lacayo que tenía de la mano: en este intermedio dió vuelta el coche, y el confesante fué á abrir la cochera para que entrase, y luego que entró cerró la puerta, y estando en esto, ya los otros habían bajado de las mulas al cochero, y entre todos tres lo mataron y fueron á esculcar al difunto; le sacaron las llaves de la bolsa, un rosario, el reloj, hebillas y charreteras de oro, de que no supo el confesante. Que habiendo subido arriba, habían tenido mil aflicciones para ver dónde venían; que encontrando en el gabinete una escribanía, le hizo una de ellas, de donde sacaron una gabeta con las del almacén; que descerrajaron un ropero y varios cofres, de donde sólo tomaron la ropa que se les encontró, lo que no había sido con su consentimiento. Que habiendo bajado al almacén, no encontrando el oro que buscaban, tomaron nueve talegas que estaban bajo del mostrador y unos cuantos papeles de medias nuevas. Que de ahí pasaron á descerrajar la pieza siguiente, en la que quemaron los papeles de las medias porque les abultaban, y comenzando á tomar el pulso á las cajas que había, viendo que entre todas una pesaba más, la descerrajaron y sacaron catorce mil pesos, sin tocar la de las alhajas de su mujer, ni una fortísima de hierro que no pudieron descerrajar. Que puesto el dinero sobre el mostrador, de allí lo bajaron al coche, y montando de cochero Aldama, con gran trabajo, por no poderlo retroceder ni sacar, por ser difícil aun á los de profesión, como por la gran carga que llevaba, el que cimbró de tal modo, (que expresó) que sueños de bronce que hubieran tenido los vecinos, se hubieran alborotado sólo del estruendo que hizo al salir, y que de un viaje lo condujeron todo después de las once, por la calle de Santo Domingo, á torcer por la de los Medinas hasta la accesoria de Quintero, donde bajaron la carga dejando á Quintero con ella, y el confesante y Blanco fueron á dejar el coche por Tenexpa; y aunque el primero quería llevarlo por Santa Ana, no quiso Blanco, por decir que arriba había guardas y podían ser conocidos; que dejado el coche, arrojaron en el puente de Amaya dos de los machetes, y regresados en casa de Quintero, tomaron una talega que tenía cuatrocientos pesos, y distribuidos entre los tres, les cupo como á ciento y treinta pesos, que tomaron para sus prontas urgencias, y el demás dinero, alhajas y ropa, metieron debajo de las vigas; luego se retiró el confesante con Blanco, y al pasar por el puente de la Mariscala tiraron el otro sable que les había quedado, y de ahí pasó el confesante á dejar á Blanco á su casa, quien vivía por el Salto de la Agua, en casa de su tía, y no encontrándola en casa se fueron para la del confesante. En el camino le dijo Blanco que allí llevaba el reloj de oro del difunto, y habiéndolo corregido seriamente hizo lo echara en el caño de la agua de la esquina de la Dirección del Tabaco. Llegados á la casa del confesante se acostaron, diciendo en la casa que habían ido á un baile. Que al día siguiente mandó sacar sus prendas, como tiene dicho, y á las nueve llevó la noticia á la Acordada, y después se fué á los gallos. En este estado y respecto á que sabía breve había de morir, suplicaba rendidamente á la justificación de su señoría se sirviese, con atención á la nobleza notoria de su estirpe, se le diera la muerte correspondiente, no por él, pues merecía morir tenaceado y sufrir cuantos martirios se imaginasen, sino por su pobre familia; y mandádose retirar por ser las nueve de la noche, suplicó se le llamasen unos padres del colegio de San Fernando, para que lo fuesen disponiendo á su muerte, lo que así se le ofreció y cumplió.

Inmediatamente mandó su señoría que los capitanes de esta real sala fuesen á sacar los machetes y reloj, que expresó Aldama haber echado Blanco en el caño referido.

En virtud de orden de su señoría se mandó por Blanco á la Acordada, quien hasta esta hora llegó, y estando presente ante su señoría, previo el mismo juramento, se le hizo cargo de sus delitos, quien sin embargo de haberle puesto todo el cuerpo del delito de manifiesto, negó, diciendo no saber de tal cosa ni haber incurrido en semejante atrocidad; que si lo creía su señoría de él; que si fuera cierto lo confesara, como había confesado en la Acordada cuando robó á su amo: en esto se mantuvo hasta cerca de las once de la noche que se mandó retirar, sin embargo de los foertísimos cargos y convencimientos que se le hicieron.

Al siguiente día viernes se hizo comparecer á Quintero, en virtud de la discordancia que hubo entre él y Aldama, sobre haber sugerido éste á aquél, y aquél á éste, y estando puestos rostro á rostro, previo su juramento, se les hizo cargo de las discordancias de sus deposiciones en esta materia, y de los homicidios; á que contestó Quintero: que era cierto que él había sugerido y propuesto el pensamiento á Aldama: que era cierto cuanto decía, y que él también mató al igual de todos, y dudoso sobre si él había propuesto primero el pensamiento á Blanco y Aldama; que quería disponerse, para lo cual quería también padres de San Fernando, lo que se le cumplió.

A este acto se hizo comparecer á Blanco, y puesto (previo nuevo examen que se le hizo) rostro á rostro, se le hizo cargo de su negativa, quien ratificándose en ella, lo comenzaron á persuadir dijese la verdad, que perdía tiempo, el que era muy precioso: que qué tenía que negar á una cosa tan palpable como aquella: que no había de tener más resistencia que ambos, y viéndose convencidos declararon la verdad: que viera sus mismas medias ensangrentadas, con que le hacían cargo: que de todos modos había de ser lo mismo; con otras muchas expresiones de esta naturaleza, sin embargo de las cuales insistió en su negativa. Recibídole declaración á la tía de Blanco, sobre con qué medias había salido de su casa, expresó que con unas de color de gris, que son las mismas ensangrentadas; y habiéndose hecho comparecer á ésta, luego que se le puso delante, dijo: No es necesario, todo es cierto: yo los acompañé y cometí los mismos delitos, y me remito en todo á la declaración de Aldama. Que le trajeran padres, que quería confesarse y disponerse, lo que también se le cumplió; y todos unánimes y conformes reconocieron las armas que se les pusieron delante, y dijeron ser las mismas que fueron la destrucción de todos; con lo que se suspendió el acto de la diligencia.

En la misma tarde, como á las cuatro, hubo acuerdo extraordinario, con asistencia de los señores regente y fiscal, que duró hasta después de las once de la noche, en el que se determinó se recibiese á prueba por tres días, en los cuales se ratificaron los reos y los testigos sumarios; se entregasen los autos dentro del oficio al Lic. D. Manuel Navamuel, á quien se nombró defensor por veinte horas, y concluidas se pasasen al relator.

En la misma hora se hicieron las citaciones correspondientes, y al día siguiente se comenzaron á ratificar los testigos, y como á las diez y media los reos respectivamente, en que añadió Blanco que Quintero lo había seducido, y Quintero se mantuvo en su duda anterior.

El lunes 2 de Noviembre produjeron los reos sus pruebas sobre la identificación de sus ejecutorias de nobleza, con tres testigos cada uno.

El mismo día se presentó escrito por el defensor, sobre que le permitiese ver los autos en su casa, á lo que habiéndose accedido, ratificados los cuarenta y seis testigos, se le pasaron los autos por el capellán Elizalde, el mismo lunes á las nueve y media de la noche en que se cumplieron los tres días, y le empezaban sus veinte horas. El martes á las siete y media, que se le cumplieron, pasó dicho Elizalde por ellos y los condujo al relator por sólo aquella noche.

En este estado declaró Aldama en descargo de su conciencia, que la muerte que se le acumulaba, y por la que había estado preso en la Acordada, de un mulato, criado de Samper, era cierta, y que él la había hecho por robarle dos mil pesos de su amo, los que en efecto le quitó, al que arrastró y echó en una cueva de mina vieja, yendo él mismo al reconocimiento del cadáver cuando le dieron la denuncia, como teniente general que era de aquella jurisdicción de Cuautla de Amilpas.

Y Quintero expresó haber hecho una muerte en Campeche á un pasajero, á quien le robó seiscientos pesos, lo que también declaró en descargo de su conciencia.

A las ocho de la mañana del día miércoles se comenzó á relatar la causa y se siguió á la tarde, con asistencia del señor regente, el señor fiscal y los reos, cuya relación se concluyó después de la oración, finalizando el relator Echeverría con las causas de Aldama y Quintero, de que se le hizo cargo y vinieron de la Acordada.

Relatada la de Blanco, resultó que el año de 87 se procesó en aquel tribunal por cinco robos que ejecutó en compañía de D. Juan Aguirre su paisano y cajero que fué de la vinatería de D. Manuel Pineda, en la casa de Azcoitia, donde servía también de cajero dicho reo, extrayéndole más de tres mil pesos, y cinco que hizo en Guanajuato, en la tienda de su amo Alemán; el uno de varias ropas y los otros dos de reales hasta seiscientos pesos, lo que resultó justificado, por lo que fueron condenados á ocho años de presidio en Puerto Rico, y que de allí fuesen conducidos bajo partida de registro, á la casa de contratación de Cádiz, de donde se dirigieran á los lugares de su origen: que indultado éste por el Excmo. Sr. Flores, se vino á esta ciudad desde San Juan de Ulúa, donde desertó.

Por el expediente pasado, con oficio de 2 del corriente, por el Excmo. Sr. virrey, se advierte hallarse Quintero, por decreto de la misma fecha, declarado no gozar fuero alguno de guerra, cuya declaración fué expedida de resultas de la instancia que en el superior gobierno seguía sobre goce y restitución del fuero militar, de que se había antes despojado, por la causa que se le siguió en la Acordada, á querella de la viuda de su primo, quien le imputaba haberle extraído como cuatro mil pesos, en la que tuvo absolución de la instancia en 13 de Mayo último, y fué puesto en libertad con reserva de su derecho.

Después de dicha relación informó el abogado de los reos muy sucintamente, en que pidió que conociendo los graves delitos de los reos, ya que en el estado presente por lo mismo eran dignos de compasión, se mirasen con piedad y se les aplicase la muerte con atención á las circunstancias de su nacimiento, fundando la menos culpa y complicidad de Blanco, por lo que, y por su menor edad, era digno de más indulgencia.

Después siguió el señor fiscal, quien sin embargo de no haberle pasado los autos ni tener más instrucción de ellos que la relación que se hizo por el relator, hizo una oración de las más prolijas y exquisitas, en la que concluyó pidiendo, que respecto á los extraordinarios delitos de los reos, á su gravedad y circunstancias, merecían extraordinarias penas y un castigo ejemplar, por los cuales habían perdido el goce y fuero de sus privilegios; pero atendiendo á ciertas leyes y á la probanza que de su nobleza habían dado, condescendía «en que se les diese garrote saliendo de la cárcel, y el verdugo delante con el bastón y armas con que cometieron los delitos, y siendo regular ser una de las calles acostumbradas la en que vivía Dongo, el pasar por ella, los entrasen por la puerta principal, y estando un rato en ella saliesen por la cochera, por donde salieron triunfantes con el robo, salieran á pagar con sus vidas; que llegados al patíbulo, puestas en alto las armas y bastón al tiempo de la ejecución, verificada ésta, se destruyeran en el mismo tablado y que se mantuviesen los cadáveres por tres días en el suplicio para escarmiento y desagravio de la vindicta pública.»

Por ser ya las ocho de la noche no se votó, y se reservó para el jueves siguiente, en el que se pronunció la sentencia, que relativamente es la siguiente: «Hecha la relación acostumbrada de los excesos y delitos de los reos, hallaron que eran de condenar, y condenaron, á que de la prisión en que se hallaban saliesen con ropa talar y gorros negros, en mulas enlutadas, á son de clarín y voz de pregonero que manifestase sus delitos, por las calles públicas y acostumbradas; y llegados al suplicio se les diese garrote poniendo el bastón y armas á la vista del público, y verificada la ejecución se destrozasen y rompiesen por mano del verdugo, separándoseles las manos derechas: que se fijasen dos en dos escarpias donde habían cometido los homicidios, y la otra donde se halló el robo, en la parte superior de la pared, todo con ejecución, sin embargo de suplicación y de la calidad; y que el dinero depositado y demás del robo se entregara á la parte de la archicofradía heredera, como se ejecutó, y esta sentencia fué dada, presente el señor fiscal.» De la que dada parte á S. E. á las doce de este día, en su consecuencia pasó el escribano Lucero á la primera pieza del entresuelo de la cárcel, y haciéndolos traer á su presencia se las hizo saber y notificó: quienes postrados de rodillas la obedecieron conformes, y asistidos de los padres fernandinos y del rector de las cárceles Br. D. Agustín Montejano, pasaron á la capilla, quien les hizo las mayores exhortaciones de consuelo y conformidad, y postrados ante el altar hicieron una deprecación la más tierna y lastimosa, de donde tomaron sus respectivos lugares, que abrigaron con biombos.

En estos tres días se dispuso el cadalzo ó tablado, en medio de la plaza principal del real palacio y la de la cárcel, con el alto de más de tres varas, diez de largo y cinco de ancho, todo entapizado y guarnecido de bayetas negras, hasta el piso y palos.

El día sábado, 7 de Noviembre, entró el teniente de corte y demás ministros de justicia, y tras ellos los hermanos de la caridad, quien les dijo: Ya es, hermanos, la hora de ver á Dios; y levantándose se arrodillaron delante del altar, y auxiliados á gritos pidieron misericordia, haciendo muchos actos de cristiandad, y puéstoles los hermanos las ropas fueron acompañados de muchas personas eclesiásticas y condecoradas, y trepa, por las calles acostumbradas, hasta el suplicio: subiendo primero Quintero, como capitán de ellos, se colocó en el palo de en medio, Aldama en el derecho y Blanco al izquierdo. Se quebraron las armas y bastón, cuya ejecución se concluyó á la una de la tarde, durando á la vista por orden superior hasta las cinco que se pasaron á la real cárcel, y separadas las manos derechas se fijaron como se mandó, las que se quitaron el jueves 17 del mismo año, y con los hábitos de San Fernando se amortajaron y depositaron en la capilla de los Talabarteros, hasta el siguiente domingo que los hermanos de la Santa Veracruz en su parroquia hicieron un decente entierro con misa de cuerpo presente, que cantaron los fernandinos, y costó doscientos veintisiete pesos.

Este fué todo el infeliz suceso de los desgraciados agresores de Dongo y su familia.

Per misericordiam Dei, requiescant in pace. Amén.

*
* *

Al concluir este artículo debemos llamar la atención de nuestros lectores. El crimen que se ha referido fué, como se vé, cometido por tres españoles, de una condición y clase no común. En ochenta años que van transcurridos no se ha vuelto á perpetrar en la capital otro atentado tan atroz de que sea víctima una familia entera. Esto da una idea del carácter de las gentes que habitan la capital, entre las que no podemos negar que haya algunas de costumbres bien depravadas; y demuestra también que la civilización, aunque lentamente, adelanta entre nosotros, y esto lo prueban bastante las narraciones históricas que llevamos publicadas.

Manuel Payno.

EL LICENCIADO VERDAD

..................¿Y enmudece
aquella lengua que en el ancho foro
defendió la verdad...........................

(Navarrete.—Elegía en honor
del Lic. Verdad.)

I

El aliento de fuego de la revolución francesa había hecho brotar á Napoleón.

Pero si las revoluciones son como Saturno, que devoran á sus propios hijos, también es cierto que aquellas madres encuentran siempre un hijo que los sofoque entre sus brazos.

Llegó un tiempo en que Napoleón hizo desaparecer las grandes conquistas de la revolución: la República se tornó en imperio, el pueblo volvió á gemir bajo el despotismo, una nobleza improvisada, la nobleza del sable, vino á substituir á la aristocracia de la raza, y de allí de donde los pueblos esperaban el rayo de luz que alumbrara su camino, salieron torrentes de bayonetas que llevaron hasta Egipto la conquista y la desolación; Bonaparte se constituyó árbitro de la suerte de las naciones: sin llevar en sus banderas más que orgullo, sacrificó millones de hombres á su ambición, la Francia perdió á sus hijos más valientes, su tesoro quedó exhausto, y un cometa de sangre se elevó sobre el horizonte de la política europea.

Los reyes temblaban ante el enojo del nuevo César, y palidecían cuando volvía el rostro hacia sus dominios.

Llegó por fin su turno á la España. Débil y cobarde Fernando VII, conspiró contra su mismo padre, é imploró como un favor inmenso la protección de Bonaparte.

Los franceses invadieron completamente la España, y de debilidad en debilidad Fernando, acabó por abdicar el trono de sus abuelos, y Napoleón colocó sobre él á su hermano José Bonaparte.

Pero el pueblo español, abandonado por su rey, traicionado por muchos de sus principales magnates, sorprendido casi en su sueño por los ejércitos franceses que habían penetrado hasta el corazón del país, merced á la ineptitud ó á la cobardía de sus gobernantes, comprendió que le habían vendido; el león que dormía lanzó un rugido; se estremeció y oyó sonar sus cadenas; entonces vino la insurrección.

Los jefes se improvisaban, brotaron soldados de las montañas y de las llanuras, una chispa se convirtió en incendio, el viento del patriotismo sopló la hoguera, y la nación toda fué un campo de batalla.

Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario, cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.

Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.

La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su patria es un escogido de la humanidad, su memoria es un faro, perece como hombre y vive como ejemplo.

La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder la existencia.

España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos, como lucha un pueblo patriota.

Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños fabricaban el parque y cultivaban los campos.

El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes tradiciones de gloria.

Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el patriotismo hace milagros.

Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España las juntas provinciales.

II

Las noticias de los acontecimientos de la metrópoli llegaron á la colonia, y los mexicanos, indignados, olvidaron por un momento su esclavitud para pensar en la suerte de España y en la injusta opresión de Bonaparte.

Hay momentos supremos para los pueblos generosos, en que el texto de su derecho internacional es el evangelio, y olvidando las reglas de la diplomacia y los sentimientos de conveniencia, sienten la gran confraternidad de las naciones, olvidan sus rencores, y brota colectivamente en las masas una especie de caridad, de pueblo á pueblo, de nación á nación.

El duque de Berg, Lugarteniente de Napoleón, comunicó sus órdenes al virrey de México que lo era entonces Don José de Iturrigaray, teniente general de los ejércitos españoles; pero el virrey no se atrevió á acatar aquellas órdenes ni á desobedecerlas abiertamente; quiso consultar, quiso saber si contaba con algún apoyo, y citó á la audiencia para tratar sobre esto con los oidores.

Reunióse en efecto el acuerdo. El virrey les hizo presente el motivo con que los había citado, y aquellos hombres palidecieron como si vieran á la muerte sobre sus cabezas, y apenas se atrevieron á dar su opinión.

Entonces el virrey tomó la palabra, y con un acento conmovido, protestó que antes perdería la existencia que obedecer las órdenes de un gobierno usurpador; que aun podía ponerse á la cabeza de un ejército, y combatir por la independencia y el honor de su patria. Los oidores se retiraron avergonzados y cabizbajos.

La Audiencia aborrecía al virrey y le hacía una guerra sorda, y sin embargo, en aquél momento le había tenido que contemplar con respeto.

Ellos eran el vulgo delante del héroe; sólo el patriotismo pudo haber dado al indigno Fernando VII, vasallos y capitanes como los que pelearon en España y los que gobernaron sus colonias.

La noticia de estas ocurrencias se difundió bien pronto por la ciudad, y el Ayuntamiento quiso también tomar y tomó parte en la cuestión.

En el año de 1701 la monarquía española cambió de dueño; el fanático Carlos II legó los extensos dominios que conquistaran y gobernaran sus abuelos á la casa de Anjou, y Felipe V se sentó sobre el trono del vencedor de Francisco I.

Aquél cambio de dinastía se verificó sin que las colonias españolas de la América hubieran dado la menor muestra de disgusto; un rey al morir dejaba á un extraño pueblos y naciones por herencia, como un particular lega un rebaño ó una heredad, porque sus súbditos eran cosas; pero esto acontecía en 1701.

La abdicación de Fernando VII y la usurpación de Bonaparte se sabían en México en 1808, es decir, entrado ya el siglo XIX.

Los nietos conocían mejor sus derechos que los abuelos; México protestó contra la usurpación: México era colonia, por eso aborrecía las conquistas; los mexicanos eran víctimas, por eso detestaban á los verdugos.

Una tarde, el Ayuntamiento de México, en cuerpo, presidido de las masas de la ciudad, se presentó en palacio, las guardias batían marcha, la muchedumbre se agrupaba en derredor de los regidores, el virrey salió al encuentro de la corporación, y el alcalde puso en manos de Iturrigaray una representación.

En aquella representación el Ayuntamiento, á nombre de la colonia, pedía la formación de un gobierno provisional; el virrey la leyó con agrado y la pasó en consulta á la Audiencia.

El Ayuntamiento se retiró en medio de las ovaciones del pueblo, que tenía ya noticia de lo que acontecía.

Esto pasaba en el mes de Julio de 1808.

III

La Audiencia de México, compuesta en aquella época de hombres tímidos, intrigantes y que debían sin duda el puesto que ocupaban más al favoritismo que á sus propios méritos, no podía estar á la altura de su situación.

Los oidores, hombres vulgares que no pasaban de ser, cuando más, viejos abogados llenos de orgullo y obstinación, no pudieron comprender ni la lealtad del virrey, ni el arranque de generosidad del Ayuntamiento de México, ni el esfuerzo patriótico de los españoles.

La medida propuesta por los regidores pareció, pues, al acuerdo muy avanzada, y vista á la luz de ese miedo que las almas pequeñas llaman prudencia, mereció la desaprobación de todos los oidores.

En los momentos supremos de la crisis de un pueblo, fiar el consejo ó la ejecución de las grandes medidas á hombres de poco corazón ó de mediana inteligencia, es comprometer el éxito, buscar en la inercia el principio de actividad, pedir arrojo al que sólo piensa en precaución.

El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento chocaron con la Audiencia; el virrey quiso renunciar el gobierno, y lo renunció en efecto, proponiéndose pasar á España á prestar sus servicios; pero este paso fué desaprobado por sus amigos y por el Ayuntamiento, y no insistió más.

El 26 de Julio la barca Esperanza trajo la noticia de que toda la España se había levantado contra la dominación francesa, proclamando la independencia, y esta noticia se recibió en México como el más plausible de los acontecimientos.

Salvas de artillería, músicas, cohetes, repiques, paseos, todo anunciaba el gozo de la colonia, porque en México se aplaudía instintivamente el esfuerzo de un pueblo que buscaba su salvación, porque toda tiranía tiene siempre, tarde ó temprano, una reacción de libertad, porque aquella lucha era ya la alborada del día de la independencia de los mexicanos.

El Ayuntamiento instaba por la formación de un gobierno provisional, y el virrey, mirando la resistencia de los oidores, citó una gran junta, á la que debían concurrir la Audiencia, el Ayuntamiento, los inquisidores, el arzobispo, y en fin, todas las personas notables de la ciudad.

El 9 de Agosto se celebró por fin esta célebre sesión, á la que concurrió la Audiencia, no sin haber protestado antes secretamente, que sólo asistía para evitar disgustos con el virrey.

Iturrigaray presidía la reunión, y con tal carácter invitó al síndico del Ayuntamiento, Licenciado Don Francisco Primo Verdad y Ramos, para que usase de la palabra acerca del asunto para el que habían sido llamados.

Verdad era un abogado insigne en el foro mexicano, dotado de una gran elocuencia y de un extraordinario valor civil. Habló, habló, pero con todo el fuego de un republicano; habló de patria, de libertad, de independencia, y por último, proclamó allí mismo, delante del virrey y del arzobispo y de la Audiencia, y de los inquisidores, el dogma de la soberanía popular.

Aquella fué la primera vez que se escuchó, en reunión semejante, la voz de un mexicano llamando soberano al pueblo.

El escándalo que esto produjo fué espantoso, el inquisidor Don Bernardo del Prado y Ovejero no pudo contenerse, y se levantó anatematizando las ideas de Verdad; el arzobispo se declaró enfermo y pretendió retirarse.

El velo del templo se había roto, la luz había brotado por la primera vez en la colonia; después de tres siglos de obscuridad, la estátua se animaba, pero el suplicio debía seguir al reto audaz del nuevo Prometeo; los tiranos no perdonan nunca.

IV

El único resultado aparente de la primera junta, fué jurar á Fernando VII como monarca legítimo de España é Indias.

Poco tiempo después, el 30 de Agosto, se presentaron en México el brigadier de marina Don Juan Jabat y el coronel Don Tomás de Jáuregui, hermano de la mujer del virrey, comisionados ambos por la junta de Sevilla, para exigir del virrey de México que reconociese la soberanía de esa junta y pusiese á su disposición el tesoro de la colonia.

Reunióse con este motivo una segunda junta, y allí los comisionados presentaron sus despachos y sus autorizaciones que se extendían hasta aprehender al virrey en caso de que se negase á obedecer.

Las discusiones fueron acaloradas, la sesión se prolongó por muchas horas, y por fin llegó á resolverse definitivamente que no se reconocía á la junta de Sevilla.

Llegaron pliegos de la junta de Oviedo, conteniendo la misma pretensión; volvió el virrey á citar otra junta, leyólos en ella y agregó, que España estaba en la más completa anarquía, y que su opinión era no obedecer á ninguna de aquellas juntas.

Siguióse aún otra junta, tan acalorada como las anteriores, y el virrey insistía siempre en renunciar, á lo que se oponía con tenacidad el Ayuntamiento, y sobre todos el Lic. Verdad.

En fin, Iturrigaray se decidió á formar en México una junta y un gobierno provisional, á imitación de los de España; llegaron á expedirse las circulares á los ayuntamientos, y la villa de Jalapa nombró sus dos comisionados que se presentaron en la capital.

Los oidores no estaban conformes con esa resolución; pretendían indudablemente deshacerse del virrey con el objeto de que la Audiencia entrase á gobernar, y como en aquellos días el rey no podía nombrar otro virrey en lugar de Iturrigaray, y las juntas españolas no eran reconocidas en México, el poder quedaría durante largo tiempo en manos de la Audiencia.

Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.

El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la buena causa; pero el Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á los regidores.

Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.

La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.

V

El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado perderle, y lo cumplieron.

El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.

—En nombre del cielo, lea V. E. ese papel—le dijo presentándole una carta.

—¿Qué pides, hija mía?—preguntóle bondadosamente el virrey.

—Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.

La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo, montó en su carroza.

Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza, los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden ninguna.

Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar aquella noche.

El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en ella.

Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia, con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.

Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.

Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron dar el golpe.

El día 15 de Septiembre de 1808 los conjurados fueron al palacio del arzobispo, y allí el prelado los exhortó y los bendijo para que salieran airosos del lance.

Arrojáronse entonces los conjurados sobre palacio, que tomaron sin dificultad de ninguna especie, porque además de que contaban ya con el oficial de la guardia, habían, por más precaución, hecho entrar allí desde la tarde á ochenta artilleros.

Llegaron, pues, hasta la alcoba de Iturrigaray, que dormía tranquilamente y que despertó rodeado de sus enemigos, que le intimaron darse á prisión.

El virrey no opuso resistencia; los sublevados se apoderaron de su persona, lo hicieron entrar en un coche, en el que iban el alcalde de corte Don Juan Collado y el canónigo Don Francisco Jaravo, y le condujeron á la Inquisición, á donde quedó preso en las habitaciones mismas del inquisidor Prado y Ovejero.

La virreyna, en compañía de sus dos hijos pequeños, fué conducida al convento de San Bernardo, y los oidores, presididos por el arzobispo, se reunieron al día siguiente muy temprano para comenzar su feliz gobierno.

Así se consumó aquella revolución, que dió por resultado la prisión de Don José de Iturrigaray y de su familia, y el secuestro de todos sus papeles y bienes.

Los individuos que formaban entonces la Audiencia y que fueron los directores de la conspiración, eran:

Regente: Catani.—Oidores: Carvajal, Aguirre, Calderón, Mesia, Bataller, Villafaña, Mendieta.—Fiscales: Borbón, Zagarzurieta, Robledo.

VI

La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y así sucedió.

Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic. Cristo y al canónigo Beristain.

Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de morir envenenado.

Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la Audiencia como el Lic. Verdad.

Verdad se había atrevido á hablar de la soberanía del pueblo delante de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un crimen imperdonable.

En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos ejemplos, lanzó el más tremendo reto á los partidarios del derecho divino, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo: este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.

El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que había muerto.

¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.

Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á Verdad muerto en su lecho.

Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que tengo para decir esto.

Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados, Don Joaquín María Alcalde.

El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el agujero de un gran clavo, y alderredor de él, un letrero que decía sobre poco más ó menos:

Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad.

Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con las ansias de la agonía.

Allí pasó en medio de la obscuridad una escena horriblemente misteriosa—el crimen se perpetró entre las sombras y el silencio.

Los verdugos callaron el secreto: Dios hizo que el tiempo viniese á descubrirle.

La historia encontró la huella de la verdad en unos renglones mal trazados, y en un muro que guardó las señales de las últimas convulsiones de la víctima.

Vicente Riva Palacio.

HIDALGO

¿Quién era Hidalgo? ¿de dónde venía? ¿en dónde había nacido? ¿qué hizo hasta el año de 1810?

¿Qué nos importa? Quédese el estéril trabajo de averiguar todos esos pormenores al historiador ó al biógrafo que pretendan enlazar la vida de un heroe con ese vulgar tejido de las cosas comunes.

Hidalgo es una ráfaga de luz en nuestra historia, y la luz no tiene más origen que Dios.

El rayo, antes de estallar, es nada; pero de esa nada brotó también el mundo.

Hidalgo no tiene más que esta descripción: Hidalgo era Hidalgo.

Nació para el mundo y para la historia la noche del 15 de Septiembre de 1810.

Pero en esa noche nació también un pueblo.

El hombre y el pueblo fueron gemelos: no más que el hombre debía dar su sangre para conservar la vida del pueblo.

Y entonces el pueblo no preguntó al anciano sacerdote: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes? ¿cuál es tu raza?

—«Sígueme»—gritó Hidalgo.

—«Guía»—contestó el pueblo.

El porvenir era negro como las sombras de la noche en un abismo.

Encendióse la antorcha, y su rojiza luz reflejó sobre un mar de bayonetas, y sobre ese mar de bayonetas flotaban el pendón de España y el estandarte del Santo Oficio.

Del otro lado estaba la libertad.

El hombre anciano y el pueblo niño no vacilaron.

Para atravesar aquel océano de peligros, al pueblo le bastaba tener fe y constancia; tarde ó temprano su triunfo era seguro.

El hombre necesitaba ser un héroe, casi un dios, su sacrificio era inevitable.

Sólo podía iniciar el pensamiento. En aquella empresa, la esperanza sólo era una temeridad.

Acometerla era el sublime suicidio del patriota.

El hombre que tal hizo merece tener altares—los griegos le hubieran colocado entre las constelaciones.

Por eso entre nosotros Hidalgo simboliza la gloria y la virtud.

La virtud ciñó su frente con la corona de plata de la vejez.

La gloria le rodeó con su aureola de oro.

Entonces la eternidad le recibió en sus brazos.

*
* *

Hay proyectos inmensos, que por más que el hombre los madure al fuego de la meditación, siempre brotan informes.

Porque una inteligencia, una voluntad, un sólo corazón, no pueden desarrollar ese pensamiento.

Porque el iniciador arroja nada más el germen que debe fecundarse y brotar y florecer en el cerebro y en el corazón de un pueblo entero.

Porque aquel germen debe convertirse en un árbol gigantesco que necesita para vivir de la savia que sólo una nación entera puede darle.

Estas son las revoluciones.

Germen que se desprende, con la palabra, de la inteligencia del escogido.

Arbol que cubre con sus ramas á cien generaciones, cuyas raíces están en el pasado, cuya fronda crece siempre con el porvenir.

*
* *

México había olvidado ya, que en un tiempo había sido nación independiente; los hijos oían á sus padres hablar del rey de España, como rey de los padres de sus padres.

El hábito de la obediencia era perfecto.

Dios había ungido á los reyes; ellos representaban al Altísimo sobre la tierra; el derecho divino era la base de diamante del trono; para llegar á las puertas del cielo era preciso llevar el título de lealtad en el vasallaje; los reyes no eran hombres, eran el eslabón entre Dios y los pueblos; atentar contra los reyes, era atentar contra Dios, por eso la majestad era sagrada.

La obediencia era, pues, una parte de la religión.

Pero la religión no se circunscribía entonces al consejo y á la amenaza; no eran las penas de la vida futura ni los goces del cielo el premio ó el castigo del pecador, no; entonces la Iglesia dejaba que Dios juzgase y castigase más allá de la tumba, pero ella tenía sobre la tierra sus tribunales.

El Santo Oficio velaba por la religión, y la obediencia al rey era parte de la religión.

Leyes, costumbres, religión, todo estaba en favor de los reyes.

¿Cómo romper de un sólo golpe aquella muralla de acero?

*
* *

La historia de la Independencia de México puede representarse con tres grandes figuras.

Hidalgo, el héroe del arrojo y del valor.

Morelos, el genio militar y político.

Guerrero, el modelo de la constancia y la abnegación.

Quizá ningún hombre haya acometido una empresa más grande con menos elementos que Hidalgo.

¡Ser el primero! ¡ser el primero y en una empresa de tanta magnitud y de tanto peligro!

Cuando un hombre se reconcentra en sí mismo, y cuando medita en todo lo que quiere decir «ser el primero,» entonces es cuando comprende la suma de valor y de abnegación que han necesitado poseer los grandes «iniciadores» de las grandes ideas.

Entonces, al sentir ese desconsolante calosfrío del pavor, que nace, no más, ante la idea del peligro, entonces puede calcularse cuál sería este peligro, entonces se mide la grandeza del espíritu de los héroes.

Colón al pretender la unión de un nuevo mundo á la corona de España, tenía la fe de la ciencia y el apoyo de dos monarcas.—Hidalgo al querer la libertad de México, no contaba más que con la fe del patriotismo.

Colón buscó la gloria, Hidalgo el patíbulo; el uno fió su ventura á las encrespadas ondas de un mar desconocido; el otro se entregó á merced del proceloso mar, de un pueblo para él también desconocido.

Hidalgo comprendió que la religión fulminaría los rayos del anatema contra su empresa; que el rey lanzaría sobre él sus batallones; que los ricos y los nobles se unirían en su contra; que los plebeyos, espantados, escandalizados, ignorantes, huirían de él; que el confesonario se tornaría en oficina de policía; que el clero y la inquisición no dormirían un solo instante; que la calumnia tronaría contra él en las tribunas, en los púlpitos y en las cátedras; todo lo comprendió, y sin embargo, en un rincón de Guanajuato, en el pueblo de Dolores proclamó la independencia.

*
* *

Dolores es, en la geografía, una pequeña ciudad del Estado de Guanajuato.

Dolores, en la historia, es la cuna de un pueblo.

El pedernal de donde brotó la chispa que debía encender la hoguera.

La roca herida por la vara del justo, de donde nació el torrente que ahogó á la tiranía.

Al pisar por la primera vez un mexicano aquella tierra de santos recuerdos para la patria, siente latir con más violencia su corazón.

Al llegar frente á la modesta casa que ocupaba el patriarca de la independencia; al penetrar en aquellas habitaciones; al encontrarse en la estancia, que en solitarios paseos midió tantas veces el respetable anciano, se siente casi la necesidad de arrodillarse.

Instintivamente los hombres se descubren allí con veneración, y alzan el rostro como buscando el cielo, y las miradas se fijan en aquel techo, en cuyas humildes vigas tuvo mil veces clavados sus ojos el virtuoso sacerdote, mientras la idea de la esclavitud de su patria calcinaba su cerebro.

¡Cuántos días de congoja! ¡cuántas noches de insomnio! ¡cuántas horas de tribulación!

Aquellos muros guardaron el secreto del héroe, ahogaron los suspiros del hombre, se estremecieron con el grito del caudillo.

Aquella pobre casa, tan pequeña, podía contener en su recinto todo el ejército de Hidalgo en la noche del 15 de Septiembre de 1810. Y sin embargo, con sólo eso se iba á derribar un trono, á libertar un pueblo, á fundar una nación.

Hernán Cortés fué un gran capitán, porque con un puñado de valientes conquistó el imperio de Moctezuma.

Hidalgo, con un puñado también de valientes, proclamó la libertad de ese mismo imperio, por eso fué un héroe.

La superstición y la superioridad de las armas aseguraron el triunfo de Cortés.

El fanatismo y la superioridad de las armas anunciaron la derrota de Hidalgo.

Pero uno y otro triunfaron; Cortés plantó el pendón de Carlos V en el palacio de Moctezuma.

Hidalgo murió en la lucha, pero sus soldados arrancaron ese pendón, y México fué libre.

*
* *

Hidalgo pasó como un meteoro, y se hundió en la tumba, pero el fulgor que esparció en su rápida carrera, no se extinguió.—Unas cuantas fechas bastan para recordar esa historia cuyos pormenores viven en la memoria de todos.

Hidalgo proclamó la independencia el 15 de Septiembre, el 28 del mismo mes entró vencedor en Guanajuato. Triunfó en las Cruces el 29 de Octubre, y en Aculco el 7 de Noviembre.

El 30 de Julio de 1811 moría en Chihuahua en un patíbulo.

Para hablar de Hidalgo, para escribir su biografía, sería preciso escribir la historia de la independencia.

Débiles para tamaña carga, apenas podemos dedicarle un pequeño homenaje de admiración y gratitud, y creeríamos ofender su memoria, si para honrarle quisiéramos recordar, si fué buen rector de un colegio ó si introdujo el cultivo de la morera.

*
* *

Hidalgo es grande porque concibió un gran proyecto, porque acometió una empresa gigantesca, porque luchó contra el fanatismo religioso que apoyaba el supuesto derecho del rey de España, contra los hábitos coloniales arraigados con el transcurso de tres siglos, contra el poder de la metrópoli que podía poner millares de hombres sobre las armas.

Hidalgo es héroe porque comprendió que su empresa se realizaría, pero que él no vería nunca la tierra de promisión.

Hidalgo será siempre en nuestra historia una de las más hermosas figuras, y á medida que el tiempo nos vaya separando más y más de él, se irá destacando más luminosa sobre el cielo de nuestra patria, y para nosotros llegará un día un que su nombre sea una religión.

Vicente Riva Palacio.

ALLENDE

I

Un día, hace ya algunos años, caminaba yo por las montañas. Era la estación de primavera; los campos habían vestido su verde ropaje, las florecillas asomaban tímidas sus corolas por las grietas de las rocas. Las unas eran rojas como el pudor de la mujer á los diez y seis años, las otras moradas como la tristeza que se apodera del corazón en cierta época fatal de la vida, las otras amarillas color de oro como la alegría de la juventud. ¿Habéis visto los pajarillos volar de una roca á otra, colgarse después de una rama, recoger, batiendo las alas, el alimento que Dios derrama en las praderas para sus lindas criaturas? ¿Habéis visto al insecto dorado besar amoroso á las flores y sacar su néctar y llevarse su pólen......? Todo era fiesta y regocijo en la naturaleza. El cielo azul, el campo con los ruidos misteriosos de la naturaleza, el viento arrojando la delicia y la voluptuosidad con sus frescas alas en medio de los rayos del sol, las montañas unas tras otras, altas, azules, majestuosas, dejando ver en sus eternas cimas los pinos viejos y añosos y los cedros tiernos y verdes; grandes y solitarias alamedas plantadas por la mano de la naturaleza.........

Repentinamente cambió todo este paisaje, y el camino, por una angosta vereda, me condujo á una de esas mesas interminables de la Sierra Madre, donde la vegetación es mezquina, donde las rocas asoman sus calvas cabezas y donde las aves pasan rápidas en parvadas, porque su vista no descubre ni árboles ni flores. El calor era cada vez más fuerte, los rayos del sol de medio día reflejaban sobre las superficies blancas y producían una especie de vértigo que entraba por los ojos y se respiraba en la atmósfera abrasada. Ni un árbol, ni un animal, ni siquiera una choza en aquella inmensa soledad que se perdía en el horizonte tembloroso y lleno de vapores, que no alcanzaba á percibir la vista: era el verdadero desierto de la Syria.

II

¡Qué encanto! ¡qué sorpresa, qué sensación tan inesperada y tan agradable! El desierto desaparece repentinamente, se trasforma, se hunde á mis pies, y allá en una profundidad diviso una cosa maravillosa. Es un jardín, y dentro de ese jardín una ciudad con altas cúpulas resplandecientes, con casas encarnadas y blancas, con sus almenas feudales y sus balconerías, con calles como si fueran sembradas entre las peñas, y luego diviso los arroyos cristalinos que corren como cintas plateadas, siento la deliciosa humedad, sube hasta mi rostro el perfume de las flores, y se llenan mis pulmones de ese aire embalsamado y vivificante que emana de los mejores amigos del hombre, de los hermosos árboles que crió y cultiva con tanto primor la maravillosa mano del Grande y Excelso Jardinero del mundo.

Unos cuantos minutos más, y estoy ya dentro de San Miguel el Grande, dentro de esa ciudad donde todo es amable, donde todo es bello, donde son simpáticas hasta las pobres muchachuelas que con sus zagalejos encarnados atraviesan las calles, cargadas con su verdura, con sus aves ó con sus manojos de flores.

San Miguel el Grande es en el interior lo que es Jalapa en la costa del Golfo y lo que es Tepic en el mar del Sur. Ciudades que son al mismo tiempo aldeas, pueblos, haciendas, jardines, todo á la vez, y participan en ciertas ocasiones del bullicio y de la animación de la ciudad grande, otras de la apacible quietud del pueblo pequeño, y siempre del aroma y de la belleza de los jardines.

San Miguel, además de su posición, de su hermosura y de su clima, es todo él un libro abierto, un monumento histórico, un almanaque de los sucesos de la Independencia. En Querétaro, en San Miguel y en Dolores nació y se desarrolló todo el drama sangriento cuyo prólogo terminó en los patíbulos de Chihuahua.

III

Allende fué el mosquetero de la revolución. Comenzó batiéndose con la espada y la pistola, y pocos días antes de morir todavía arrojó sus balas á la frente de los jefes españoles. Los historiadores que lo conocieron lo describen como un hombre alto, bien hecho, hermoso, fuerte, ágil en el manejo de las armas, guapo y airoso disparándose en su caballo contra los enemigos, resuelto y pronto en sus ataques, excelente militar para su época y hombre de previsión. No siempre se siguieron sus consejos y sus inspiraciones, y quizá por esto la guerra de Independencia no terminó en el primer período en que hizo el mismo empuje terrible que la pólvora que se prende encerrada en una mina.

La idea de la Independencia y de la Libertad aparece depositada en el cerebro de Allende mucho antes del año de 1810. ¿Fué el verdadero autor de la idea, ó el colaborador de Hidalgo? Parece que lo primero es más probable; pero la gloria reflejó de una manera más intensa en el anciano de Dolores, mientras la muerte y la tumba fueron igualmente negras é inexorables para los dos.

Allende era hijo de ese pintoresco pueblo de San Miguel, de que he hablado, y su familia y su posición social, tan distinguidas que llegó á ser Capitán de dragones de la Reina. Sirvió en San Luis á las órdenes de Calleja, y después en el célebre cantón de las Villas.

En principios del año de 1810 ya se registran diversas historias y tradiciones que comprueban que Allende, en unión de otros oficiales de su cuerpo, habían pensado en la Independencia, y que de todo esto tenía conocimiento Hidalgo. La conjuración se descubre, el intendente Riaño, de Guanajuato, manda prender á todos los que según la denuncia estaban comprometidos; pero Allende intercepta por una rara casualidad la orden, manda ensillar sus caballos, y en medio de las sombras y saltando peñascos y barrancas, corre veloz como el viento, llega á las doce de la noche á Dolores, despierta á Hidalgo, hablan los dos un momento, se deciden á arrojarse á lo desconocido de las aventuras, á lo lúgubre y sangriento de la guerra; en una palabra, allí abren su sepulcro, labran su ataúd, al saludar á la libertad dicen adiós á la vida, se despiden de la bella naturaleza, y dan con cuatro ó cinco miserables del pueblo el tremendo é histórico grito de Dolores, el 16 de Septiembre de 1810. Hé aquí la Independencia, historia sencilla, rápida, magnífica, sorprendente, inesperada como todas las grandes cosas.

IV

Comenzaron esta obra terrible media docena de hombres. Los mexicanos nunca han medido los acontecimientos, y una vez decididos, no han conocido tampoco ni la magnitud de las dificultades, ni han podido ya comprender ese triste fenómeno nervioso que se llama miedo. Se lanzan, se arrojan á una aventura, sin temor de estrellar su frente contra ese obstáculo de fierro que se llama lo imposible.

De Dolores marcharon Hidalgo y Allende á San Miguel el Grande. Lo primero que hicieron fué entrar á una iglesia y sacar el lábaro alderredor del cual había de reunirse el pueblo oprimido y desheredado. De San Miguel, la marcha fué á Celaya. Ya no eran seis los personajes, sino sesenta mil. En momentos habían aumentado en una progresión decimal asombrosa y nunca vista.

Hidalgo era el generalísimo. Allende era su segundo; pero estas distinciones poco importaban entre masas que no podían tener organización. Eran masas, instrumentos, fuerzas depositadas durante siglos, y empujadas por el huracán de la guerra. En vez de seguir á la capital esta avalancha humana, retrocedió y se dirigió á Guanajuato.

En el curso de este libro hemos referido historias bien trágicas; pero la primera cosa verdaderamente terrible que se vió en Nueva España, fué el choque del pueblo desbordado contra la autoridad secular. Es lo mismo en la naturaleza: el río rompe el dique, el mar traga á las playas, el huracán arrebata los árboles, el volcán hunde las ciudades bajo sus lavas. La revolución arrebata á la autoridad y la destroza. Las fuerzas todas de la naturaleza se parecen. El orden físico tiene una hermandad, una alianza con el orden moral.

Los seis hombres, multiplicados, centuplicados, fueron á romper con sus pedazos de miembros, con sus cabezas erizadas por la rabia, con su sangre derramada por mil heridas, las fuertes murallas del castillo de Granaditas, colocado como un gigante fabuloso, como un cancerbero, á la entrada de ese Guanajuato que encerraba tanta plata, tanto oro, tanta pedrería acumulada por la paz y arrancada á las entrañas de la tierra durante tres siglos.

En la peregrinación á que nos referimos al escribir este artículo, nuestros pasos fueron por todos los lugares donde había algún recuerdo. Recogidos dentro de nosotros mismos, un árbol, la casa de una hacienda, la barranca, la vereda ó la loma nos daban materia para pensar en todos aquellos acontecimientos trágicos y extraños que precedieron á nuestra existencia como nación independiente. Así, de rancho en hacienda, y de hacienda en pueblo llegamos á Guanajuato, y no volviendo de pronto la vista ni á las tahonas que molían el metal, ni á las minas profundas ni á los tejos de plata que caminaban á la Casa de Moneda, nos detuvimos delante del sangriento castillo de Granaditas. Con la historia en la mano y con muchos testigos á nuestro lado que nos contaban las cosas como si acabaran de pasar, escribimos entonces algunas líneas. No las podemos hoy ni variar ni escribir de otra manera. Las trasladamos aqui para que formen parte de esta gran colección, donde hemos resumido las misteriosas lecciones y las tristes enseñanzas de la suerte de los hombres y de los pueblos.

No olvidemos que estamos el 28 de Septiembre de 1810, delante de Guanajuato, en compañía de Hidalgo, de Allende, de Abasolo, Camargo, y de la multitud que seguía este movimiento terrible de la Independencia.

V

«Luego que cundió la noticia de la llegada del ejército insurgente, la conmoción fué grande; aquellas calles angostas y pendientes de Guanajuato se llenaron de gente que corría en todas direcciones, se atropellaban y preguntaban, temerosos cuál sería la suerte de la población. Muchos españoles que calcularon que las cosas no habían de pasar muy bien, tomaron su resolución definitiva, y recogiendo parte de sus intereses y poniendo en seguridad el resto, se marcharon de la ciudad por los caminos no ocupados por las tropas insurgentes. Esta emigración produjo una consternación difícil de pintar; pero fué forzoso que quedaran los que no tenían posibilidad de huir, ó los que demasiado entusiasmados por la causa del rey creían en la victoria.

Por entonces el conflicto hubiera sido mucho mayor, si un hombre, sobreponiéndose al peligro, y aun á sus opiniones privadas é íntimas, no hubiera, con su actividad y sangre fría, asegurado medianamente á la ciudad. Este era el intendente Riaño, y del cual es forzoso hablar dos palabras. Riaño era uno de esos tipos raros, donde por una feliz concurrencia de circunstancias están reunidas las cualidades más brillantes, tanto físicas como morales. Hombre de instrucción, de experiencia y de buen juicio, comprendía perfectamente que los pueblos, como las familias, es forzoso que, trascurriendo un número dado de años más ó menos corto, se emancipen y formen otra sociedad. Esta reproducción continua, esta indispensable formación es la que ha creado las naciones y ha dividido el mundo en pequeñas porciones. Así, pues, en el fondo de su conciencia no sólo opinaba por la causa de la Independencia, sino que calculaba que una vez encendido el fuego, sólo se apagaría con los escombros y las ruinas del gobierno colonial; más español y caballero, y leal ante todo, como esos soldados casi fabulosos é increíbles que seguían á Gonzalo de Córdoba, en los momentos de peligro acalló la voz de su corazón, y no escuchando más que el grito del deber, que como primer funcionario público, le obligaba á defender al gobierno, se preparó á una obstinada resistencia, calculando que el resultado no podía ser otro sino sucumbir. Así sucedió: Riaño trazó el plan para fortificar el fuerte de Granaditas, sin pensar que erigía su sepulcro. Siempre es un dolor que el destino reserve un fin trágico á esos hombres que, cualquiera que sea su creencia política, son un modelo de honor y de virtudes. Mas volvamos á nuestra narración.

Riaño, con una actividad increíble, mandó abrir fosos en las calles, construir trincheras, animó á los moradores ya decaídos y abatidos, y puso sobre las armas cuanta fuerza le fué posible. Ejecutadas estas medidas, en las que empleó tres días y tres noches, sin dedicar ni una sola al descanso, pasó revista á sus tropas y aguardó más tranquilo los acontecimientos. Una circunstancia vino á alarmar al jefe y á los propietarios. Pensaron, y racionalmente, que la fuerza era muy corta para defender la ciudad, y que en este concepto las tropas insurgentes se derramarían por algunas calles, entregándose á la matanza y al saqueo. La cosa era urgente; así es que, después de un largo debate entre los personajes de más categoría y Riaño, se decidió que los caudales del gobierno y los de los particulares que quisieran, se encerrarían en el fuerte de Granaditas, y allí la defensa se haría con éxito. La medida no hubiera sido del todo mala, si Granaditas no se hallara dominado por el cerro del Cuarto y otros edificios; pero como ya no era posible más dilación, se adoptó la medida que va referida. Inmediatamente comenzó á trasportarse dinero, plata y oro en pasta, baúles de efectos preciosos, alhajas, ropa, y, en una palabra, cuanto tenían de más valor y estima los riquísimos comerciantes, mineros y propietarios de la ciudad. En los días 25 y 26 una cadena no interrumpida de cargadores estuvo entrando al fuerte y depositando los tesoros en las salas más cómodas y seguras del edificio. Esta tarea concluída, ya que no había más tesoros que encerrar, se introdujo maíz y otros víveres, y los dueños, con sus armas y municiones, entraron en el edificio, cerraron con dobles cerrojos y con fuertes trancas las puertas, y esperaron al enemigo.

Este no se hizo aguardar. En cuanto al pueblo, no era difícil pensar lo que haría, tanto más cuanto que también tenía un caudillo esforzado que lo guiara. Este era un muchachillo de poco más de 21 años, pelo rubio, ojos azules y fisonomía inteligente y picaresca. Había sido peón en las minas, y después barretero; poseía, como toda esta gente ocupada en recios y peligrosos trabajos, un grado de valor y de audacia casi prodigiosos. Luego que el cura Hidalgo se aproximó á Guanajuato, el atrevido muchacho salió á reconocer la clase y número de gente de que se componía el ejército invasor, y con aquel instinto natural que muchas veces excede á los cálculos de la ciencia y de la política, pensó que el negocio iba á ser funesto á los guanajuatenses. En consecuencia, el muchacho se dirigió á Mellado, allí tomó una tea, y descendiendo rápidamente por aquellas lóbregas cavernas, comenzó á gritar «afuera, muchachos; ya tenemos independencia y libertad». Los barreteros no comprendían absolutamente el sentido de estas palabras; mas el muchacho les añadió: «que una vez entrado el cura Hidalgo, como de facto entraría vencedor en Guanajuato, los tesoros encerrados en Granaditas serían del pueblo.» Desde aquel momento no hubo más que una voz: afuera, muchachos: á Granaditas. Aquellos hombres, ya preparados á la furia y á la matanza abandonaron sus trabajos, desoyeron la voz de los capataces y salieron de las minas vociferando palabras de muerte y de exterminio. Algunas bandadas de hombres se dirigieron al cerro del Cuarto, al de San Miguel y á diversas alturas, y otros se desparramaron por las calles de Guanajuato y cercanías de Granaditas, formando grupos silenciosos y afectando una especie de indiferencia fría y terrible. Riaño, que había contado con el auxilio de la plebe, miró con pavor estas masas de gentes que lo amenazaban con su silencio, y se convenció que no tenía ya que esperar más auxilio que el de Dios.

El 28 se presentaron como comisionados de Hidalgo el coronel Camargo y el teniente coronel Abasolo. En la trinchera de la calle de Belén fueron detenidos, y habiendo manifestado el primero que deseaba entrar al fuerte y hablar verbalmente á Riaño, se le vendaron los ojos y en esta forma se le condujo hasta la sala, donde reunida una especie de junta de guerra, se discutía lo que sería conveniente resolver. Abasolo no quiso aguardar, y se retiró al campo insurgente.

—¿Estáis en disposición de hablar, señor coronel? dijo Riaño á Camargo con voz afable y serena; decid el objeto de vuestra comisión.

Camargo sacó un pliego cerrado, y sin contestar palabra lo entregó á Riaño; éste lo abrió, lo recorrió rápidamente con la vista, y luego, volviéndose á los que componían la junta les dijo:

—El cura Hidalgo me manifiesta que habiéndose pronunciado por la libertad, un numeroso pueblo lo sigue......

Un rumor sordo circuló entre los circunstantes: Riaño, que lo advirtió, prosiguió con calma: