Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto. ([La lista de los errores corregidos sigue el texto.])

CUENTOS CLÁSICOS DEL NORTE
SEGUNDA SERIE


BIBLIOTECA
INTERAMERICANA
Obras publicadas
Benjamín Hárrison: Vida Constitucional de
los Estados Unidos.

Édgar Allan Poe: Cuentos clásicos del norte:
Primera serie.

Nathániel Háwthorne, Wáshington Írving,
Édward Éverett Hale: Cuentos clásicos del
norte: Segunda serie.

En prensa
Nícholas Múrray Bútler: El significado de la
educación.

En preparación
Wílliam P. Trent: La literatura de los Estados
Unidos.

J. Rússell Smith: El comercio y las industrias.
Alexánder Johnston: La historia de la política
de los Estados Unidos.

——

Con el título de INTERAMERICAN LIBRARY, se
editará en inglés un número correspondiente de obras importantes
americanas, traducidas del español o del portugués,
para distribuirse en los Estados Unidos.


BIBLIOTECA INTERAMERICANA

III

Cuentos Clásicos del Norte
Segunda Serie

Por
Wáshington Írving
Nathániel Háwthorne
Édward Éverett Hale

Traducción de
Carmen Torres Calderón de Pinillos
Nueva York
Doubleday, Page & Company
1920

BIBLIOTECA INTERAMERICANA

Fundada por la Dotación de Carnegie para la Paz Internacional
para la difusión de ideas entre los pueblos del Nuevo
Mundo, mediante la traducción y publicación de obras importantes
que expresen los ideales y los sentimientos nacionales.

Copyright, 1920, por la
División Interamericana
de la
Asociación Americana para la Conciliación
Internacional
Péter H. Góldsmith, Director
407 West 117th Street, Nueva York

SUMARIO

[WÁSHINGTON ÍRVING]
PÁGINA
Esbozo Biográfico[3]
Introducción a Rip Van Winkle[6]
Rip Van Winkle[11]
La Leyenda del Valle Encantado[45]
[NATHÁNIEL HÁWTHORNE]
El Anciano Campeón[97]
El May-Pole de Merry Mount[115]
El Experimento del Doctor Héidegger[137]
Leyendas de la Casa Provincial
I. La Máscarada de Howe[155]
II. El Retrato de Édward Rándolph[178]
Feathertop[199]
El Entierro de Róger Malvin[233]
[ÉDWARD ÉVERETT HALE]
El Hombre sin Patria[267]

WÁSHINGTON ÍRVING

Wáshington Írving nació en Nueva York el 3 de abril de 1783; murió en Súnnyside, su casa de campo cerca de Tárrytown, Nueva York, el 28 de noviembre de 1859. Era hijo de Wílliam Írving, un inglés oriundo de las islas de Órkney. Desde muy joven comenzó a trabajar y estudiar en un despacho de abogado, pero interesábale más escribir para el Morning Chronicle, bajo el seudónimo de “Jonathan Oldstyle,” que dedicarse a los estudios serios. Habiendo decaído su salud, resolvió viajar, dirigiéndose a Europa en 1804, donde pasó dos años. A su regreso a los Estados Unidos fundó el Salmagundi en sociedad con J. G. Páulding. Conquistó su fama literaria con la publicación de su History of New York, by Diedrich Knickerbocker (1809). En 1810 estableció en compañía de sus dos hermanos una casa de comercio. Desde 1815 hasta 1832 residió en Europa, siendo nombrado agregado a la legación de los Estados Unidos en Madrid en 1826, y secretario de la legación en Londres en 1829. Permaneció casi constantemente en Súnnyside desde 1832 hasta 1842, época en que fué nombrado ministro en España, volviendo a Súnnyside en 1846 y continuando allí hasta su muerte. Además del trabajo arriba mencionado dió a luz las obras siguientes: The Sketch Book (publicado por partes en 1819 y coleccionado en 1820); Bracebridge Hall, or the Humourists (1822); Tales of a Traveler (1824); Life and Voyages of Christopher Columbus (1828); Chronicle of the Conquest of Granada (1829); Voyages of the Companions of Columbus (1831); The Alhambra (1832); Crayon Miscellany (including Tour on the Prairies, 1835); Astoria, etc. (en colaboración con Pierre M. Írving, 1836); Adventures of Captain Bonneville, etc. (1837); Oliver Goldsmith (1849); Mahomet and His Successors (1850); Wolfert’s Roost (1855); Life of George Wáshington (1855-1859).

WÁSHINGTON ÍRVING

ESBOZO BIOGRÁFICO

WÁSHINGTON ÍRVING, uno de los primeros y más populares autores americanos, a quien Tháckeray, en inspirada frase, llama “el primer embajador que el mundo nuevo de las letras envió al antiguo,” nació en 1783, en la ciudad de Nueva York. Recibió su educación en las escuelas públicas, abandonando las aulas a los dieciséis años, aun cuando continuara después por largo tiempo la lectura sistemática de los mejores autores, especialmente Cháucer, Spénser y Bunyan. Desde su juventud, demostró poseer un talento natural para escribir ensayos e historietas. Como siempre detestó las matemáticas, escribía a menudo las composiciones de sus compañeros quienes, en cambio, solucionaban sus problemas. Estudió derecho por algún tiempo; pero no sintiéndose inclinado a la esclavitud de una profesión, prefirió entregarse a vagabundas correrías alrededor de la isla de Manhattan, que le familiarizaron con el magnífico paisaje que hizo después famoso con su pluma. Adquirió de esta manera el conocimiento exacto de varios puntos históricos, curiosas tradiciones y leyendas de que tan bello uso ha hecho en su Sketch-Book y en la History of New York. En 1804, amenazado de pulmonía, se embarcó para Europa y permaneció en el extranjero cerca de dos años. A su regreso intentó reasumir la práctica legal, pero sin ningún resultado. En compañía de algunos compañeros inició entonces la publicación de una obra por entregas llamada Salmagundi la cual, bien dirigida, obtuvo éxito. En 1809 publicó su Knickerbocker’s History of New York, obra única en nuestra literatura, perfectamente redondeada, y de sátira fina y sostenida. Dirigió durante dos años una revista en Filadelfia a la cual contribuía con artículos incluidos después en el Sketch-Book. En 1814 sirvió como ayudante del gobernador Tompkins, y cuando terminó la guerra, regresó de nuevo a Europa donde permaneció esta vez diecisiete años. Con motivo de la quiebra de su hermano perdió toda su fortuna y, entregado a sus propios recursos, dedicóse a la literatura para atender a su subsistencia. Publicó su Sketch-Book en 1819, el cual, debido a la influencia personal de Sir Wálter Scott, se reimprimió en Londres, quedando inmediatamente establecida la reputación de Írving como gran autor.

A continuación publicó Bracebridge Hall, en 1822, y Tales of a Traveler en 1824. Encargado de algunas traducciones del español, fué a establecerse en Madrid. A su permanencia en España debemos algunas de sus obras más encantadoras, como la Life of Columbus, Conquest of Granada, The Alhambra, Mahomet and His Successors y Spanish Papers. Regresó a América en 1832; y durante los años subsiguientes se publicaron Astoria, Adventures of Captain Bonneville y Wolfert’s Roost. En 1842 Írving fué nombrado Ministro en España. Su Life of Goldsmith vió la luz pública cuatro años más tarde, después de su vuelta a la patria. Su postrera obra, escrita con especial esmero, fué la Life of Washington, en cinco volúmenes.

Los últimos años de Írving transcurrieron en “Sunnyside,” su encantadora residencia en Tárrytown, a las orillas del Hudson, en el centro del hermoso paisaje que había inmortalizado. Írving falleció el 28 de noviembre de 1859, el mismo año que Préscott, el historiador, y que Macáulay. Un amigo que trató mucho a nuestro autor en sus últimos días, le describe así: “Tenía ojos color gris obscuro, hermosa nariz recta que casi podría decirse grande; frente ancha, alta y abierta, y boca pequeña. Era de tamaño mediano, cinco pies y nueve pulgadas más o menos, y tendía un poquillo a la obesidad. Su sonrisa era extremadamente genial, iluminándole todo el rostro y haciéndole muy atrayente; y cuando se preparaba a decir algo jocoso, brillaba en sus ojos mucho antes de que hubiera pronunciado una palabra.”

George Wílliam Curtis, en uno de sus deliciosos ensayos, Easy Chair, dice: “Írving era personaje tan exótico como su Díedrich Kníckerbocker en los anuncios preliminares de la History of New York. Hace treinta años podía vérsele en ciertas tardes de otoño, marchando a lo largo de Broadway con paso ágil y elástico, calzando zapatos bajos esmeradamente atados, y ataviado con capa Talma, prenda corta semejante a la esclavina de un abrigo. Tenía cierto aire ligero, jovial y de antigua escuela, que revelaba incontestablemente al holandés y armonizaba admirablemente con sus obras. Parecía, en realidad, escapado de alguno de sus libros; y la afabilidad cordial y agudeza de sus discursos, al detenerse para alguna charla pasajera, constituían uno de sus deliciosos rasgos característicos. Era ya por aquel tiempo uno de nuestros más famosos literatos, pero jamás demostraba vanidad alguna ni pretensiones dogmáticas.”

INTRODUCCIÓN A RIP VAN WINKLE

LA HISTORIA de Rip Van Winkle se supone escrita por Díedrich Kníckerbocker, jocosa creación de Írving, y cuyo nombre se hizo familiar al público como autor de A History of New York. Esta historia se publicó en 1809, diez años antes de que viera la luz pública el primer número de The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Gent. Este número, que contenía la historia de Rip Van Winkle, fué escrito por Írving en Inglaterra y enviado a América para su publicación, lo mismo que las ediciones sucesivas. Colocó la escena en Káatskill, pero describió el sitio según su fantasía y ajenos informes, habiéndolo visitado solamente en 1833. El argumento no es nuevo: el cuento de hadas de la bella durmiente en el bosque tiene el mismo tema, así como la historia de Epaminondas de Creta, que floreció en la sexta o séptima centuria antes de J. C. Se asegura que Epaminondas se quedó dormido en una cueva cuando era muchacho y despertó cincuenta y siete años después mientras su individuo había continuado su desarrollo normal. Existe también la leyenda de los siete durmientes de Éfeso, mártires cristianos emparedados en una cueva que buscaron como refugio y donde se conservaron maravillosamente durante dos siglos.

Entre las historias que tanto abundan en los montes Harz de Alemania, se refiere una de Péter Klaus, un cabrero a quien se acercó cierto día un joven que comenzó a seguirle silenciosamente y le condujo a un lugar aislado donde encontró doce caballeros que jugaban a los bolos sin pronunciar una sola palabra. El cabrero vió una cantimplora de vino fragante y bebiéndolo, quedó sumergido en profundo sueño que se prolongó durante veinte años. La historia relata los incidentes del despertar del cabrero y los cambios que encontró en su aldea a su regreso.

Esta historia, publicada con algunas otras en 1800, dió probablemente origen a la de Írving, quien hace uso casi de idéntico argumento. Las jocosas adiciones con que ha adornado su relato y la gracia de que todo el cuento está revestido han logrado que la historia de Írving suplante en la mente popular a todas las primitivas de este género, llegando Rip Van Winkle a convertirse en un personaje familiar a quien aluden frecuentemente aun personas que jamás han leído la historia de este festivo autor. La forma dramática dada posteriormente a este cuento, aunque asumiendo sólo los rasgos principales, ha contribuído en gran manera a definir la concepción del personaje. La historia despierta un sentimiento de curiosidad respecto de la vida futura, no muy alejado de aquel que se considera en general como la tendencia del espíritu humano a la inmortalidad individual. El nombre de Van Winkle fué una feliz elección de Írving, pero no ha sido inventado por él. El impresor del Sketch-Book, sin ir más lejos, llevaba el mismo nombre. El de Kníckerbocker se encuentra también entre los holandeses, pero Írving lo ha hecho típico. En The Author’s Apology, que agregó como prefacio a una nueva edición de la History of New York, dice: “He encontrado que este nombre es una palabra de orden para dar sello familiar a cualquiera cosa destinada al favor del público, como las sociedades Kníckerbocker; las compañías de seguros Kníckerbocker; los vapores Kníckerbocker; los ómnibus Kníckerbocker; el pan Kníckerbocker; el hielo Kníckerbocker; y... hasta los neoyorquinos de origen holandés tienen a gala llamarse “genuinos Kníckerbockers.”

RIP VAN WINKLE
OBRA PÓSTUMA DE DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER

Por Woden (Odin), Dios de los sajones, de quien procede Wednesday (miércoles) que es Wodensday (día de Odin). La verdad es algo que siempre conservaré hasta el día en que me arrastre hacia la tumba.

Cártwright.[1]

EL CUENTO siguiente se encontró entre los papeles del difunto Díedrich Kníckerbocker, un viejo caballero de Nueva York, muy curioso respecto de la historia holandesa de la provincia y de las costumbres de los descendientes de sus primitivos colonos. Sus investigaciones históricas dirigíanse menos a los libros que a los hombres, pues que los primeros escaseaban lamentablemente en sus temas favoritos mientras que los viejos vecinos y, sobre todo sus mujeres, eran riquísimos en aquellas tradiciones y leyendas de valor inapreciable para el verídico historiador. Así, cuando le acontecía tropezar con alguna familia típica holandesa, agradablemente guarecida en su alquería de bajo techado, a la sombra del frondoso sicomoro, mirábala como un pequeño volumen de letra gótica antigua, cerrado y abrochado, y lo estudiaba y profundizaba con el celo de la polilla.

El resultado de todas estas investigaciones fué una historia de la provincia durante el dominio holandés, publicada hace algunos años. La opinión anduvo dividida con respecto del valor literario de esta obra que, a decir verdad, no vale un ápice más de lo que pudiera. Su mérito principal estriba en su exactitud, algo discutida por cierto en la época de su primera aparición, pero que ha quedado después completamente establecida y se admite ahora entre las colecciones históricas como libro de indiscutible autoridad.

El viejo caballero falleció poco tiempo después de la publicación de esta obra; y ahora que está muerto y enterrado no perjudicará mucho a su memoria el declarar que pudo emplear mejor su tiempo en labores de más peso.[2] Era bastante hábil, sin embargo, para encaminar su rumbo como mejor le conviniera; y aunque de vez en cuando echara un poco de tierra a los ojos de sus prójimos y apenara el espíritu de algunos de sus amigos, a quienes profesaba sin embargo gran cariño y estimación, sus errores y locuras se recuerdan “más bien con pesar que con enojo,” y se comienza a sospechar que jamás intentó herir ni ofender a nadie. Mas como quiera que su memoria haya sido apreciada por los críticos, continúa amada por mucha gente cuya opinión es digna de tenerse en cuenta, como ciertos bizcocheros de oficio que han llegado hasta el punto de imprimir su retrato en los pasteles de Año Nuevo,[3] dándole así ocasión de inmortalizarse casi tan apreciable como la de verse estampado en una medalla de Wáterloo o en un penique de la reina Ana.[4]

RIP VAN WINKLE

TODO aquél que haya remontado el Hudson recordará las montañas Káatskill. Son una desmembración de la gran familia de los montes Appalachian y se divisan al este del río elevándose con noble majestad y dominando toda la región circunvecina. Todos los cambios de tiempo o de estación, cada una de las horas del día, se manifiestan por medio de alguna variación en las mágicas sombras y aspecto de aquellas montañas, consideradas como el más perfecto barómetro por todas las buenas mujeres de la comarca. Cuando el tiempo está hermoso y sereno, las montañas aparecen revestidas de púrpura y azul, destacando sus líneas atrevidas sobre el claro cielo de la tarde; pero algunas veces, aun cuando el horizonte se encuentre despejado, se adornan en la cima con una caperuza de vapores grises que se iluminan e irradian como una corona de gloria a los postreros rayos del sol poniente.

Al pie de estas montañas encantadas[5] puede descubrir el viajero el ligero humo rizado que se eleva de una aldea, cuyos tejados de ripia resplandecen entre los árboles cuando los tintes azules de la altura se funden en el fresco verdor del cercano panorama. Es una pequeña aldea muy antigua, fundada por algunos colonos holandeses en los primeros días de la provincia, allá por los comienzos del gobierno del buen Péter Stúyvesant[6] (¡que en paz descanse!), y donde se sostenían contra los estragos del tiempo algunas casas de los primitivos pobladores, construídas de pequeños ladrillos amarillos importados de Holanda, con ventanas de celosía y frontones triangulares rematados en gallos de campanario.

En aquella misma aldea y en una de las aludidas casas que, a decir verdad, estaba lastimosamente maltratada por los años y por la intemperie, vivía hace mucho tiempo, cuando el país era todavía provincia de la Gran Bretaña, un hombre bueno y sencillo llamado Rip Van Winkle. Era descendiente de los Van Winkle que figuraron tan heroicamente en los caballerescos días de Péter Stúyvesant y le acompañaron durante el sitio del fuerte Christina.[7] Había heredado muy poco, sin embargo, del carácter marcial de sus antecesores. Hice ya notar que era un hombre sencillo y de buen corazón; era además vecino atento y marido dócil, y gobernado por su mujer. A esta última circunstancia se debía probablemente aquella mansedumbre de espíritu que le valió universal popularidad; porque los hombres que están bajo la disciplina de arpías en el hogar son los mejor preparados para mostrarse obsequiosos y conciliadores en el exterior. Indudablemente su carácter se doblega y vuelve maleable en el horno ardiente de las tribulaciones domésticas; y, a decir verdad, una reprimenda de alcoba es más eficaz que todos los sermones del mundo para enseñar las virtudes de la paciencia y longanimidad. Una mujer pendenciera puede así, en cierto modo, considerarse una bendición; y a este respecto Rip Van Winkle era tres veces bendito.

Lo cierto es que era el favorito de todas las comadres de la aldea que, como las demás de su amable sexo, tomaban parte en todas las querellas domésticas y nunca dejaban de censurar a la señora Van Winkle siempre que se ocupaban de este asunto en la chismografía de sus reuniones nocturnas. Los chicos de la aldea le aclamaban también alegremente cuando se presentaba. Tomaba parte en sus diversiones, les fabricaba juguetes, les enseñaba a volar cometa y a jugar bolas, y les refería largas historias de aparecidos, brujas, e indios salvajes. Fuera donde quisiese, escabulléndose por la aldea, rodeábale una turba de pilluelos colgándose de sus faldones, encaramándose en sus espaldas y jugándole impunemente mil pasadas; y ni un sólo perro del vecindario se habría decidido a ladrarle.

El gran defecto de la índole de Rip era su aversión insuperable a toda clase de labor provechosa. No que adoleciera de falta de asiduidad o perseverancia, pues se habría sentado a pescar sin un murmullo en una roca húmeda y armado de una caña larga y pesada como la lanza de un tártaro, aun cuando no picara el anzuelo un sólo pez en todo el día para alentarle en su faena. Podía llevar por largas horas una escopeta al hombro y arrastrarse por selvas y pantanos, por colinas y cañadas para tirar a unas cuantas ardillas o palomas silvestres. Nunca rehusaba ayudar a sus vecinos aun cuando fuera en la tarea más penosa, y era el primero en todas las reuniones de la comarca para desgranar las mazorcas de maíz, o construir cercos de piedra; las mujeres de la aldea le ocupaban también para sus correrías, o para ciertos trabajillos de poca monta que sus poco amables maridos no querían desempeñar. En una palabra, Rip estaba siempre dispuesto a atender a los negocios de cualquiera de preferencia a los propios; pues cumplir con sus deberes domésticos o mirar por las necesidades de su granja le era punto menos que imposible.

Declaraba, en efecto, que resultaba inútil trabajar en su propia alquería; era el más endiablado trozo de terreno en todo el país; cualquiera cosa que se emprendiera salía mal allí y saldría siempre, a pesar de sus esfuerzos. Los cercos se caían a pedazos contínuamente; su vaca se extraviaba o se metía en las coles; la mala hierba crecía de seguro más ligero en su finca que en cualquiera otra parte; llovía justamente cuando él tenía algo que hacer a campo abierto; de manera que si su propiedad se había desmoronado acre por acre hasta quedar reducida a un pequeño trozo para el sembrío de maíz y de papas, debíase a que era la granja de peores condiciones en toda la comarca.

Sus chicos andaban tan harapientos y selváticos como si no tuvieran dueño. Su hijo Rip, un rapazuelo vaciado en su mismo molde, prometía heredar con los vestidos viejos todas las disposiciones de su padre. Veíasele ordinariamente trotando como un potrillo a los talones de su madre, ataviado con un par de polainas de desecho de su padre, que con gran dificultad procuraba mantener en alto sujetándolas con una mano, como llevan las señoras elegantes su cola en el mal tiempo.

Rip Van Winkle era, sin embargo, uno de aquellos felices mortales de disposición fácil y bobalicona que toman el mundo descuidadamente, comen con la misma indiferencia pan blanco o pan moreno a condición de evitarse la menor molestia, y preferirían morirse de hambre con un penique a trabajar por una libra. Si le hubieran dejado vivir a su manera, nada pediría a la vida, sumído en beatitud perfecta; pero su mujer andaba siempre repiqueteandole los oídos con su incuria, su pereza y la ruina que atraía sobre su familia. Mañana, tarde y noche trabajaba su lengua sin cesar, y cada cosa que él decía o hacía provocaba seguramente un torrente de doméstica elocuencia. Rip tenía solamente una manera de contestar a estas reprimendas que, en razón del continuo uso, había llegado a convertirse en hábito. Encogía los hombros, sacudía la cabeza y levantaba los ojos al cielo sin pronunciar una palabra. Esta mímica daba siempre lugar a una nueva andanada de parte de su mujer; de modo que se veía constreñido a reunir sus fuerzas y tomar el portante, único recurso que queda, en verdad, al marido maltratado por su mujer.

El único aliado con que contaba Rip en la familia era su perro Wolf (lobo), tan maltratado como su amo, pues la señora Van Winkle juzgaba a ambos compañeros de ociosidad, y aun miraba a Wolf con malos ojos considerándole culpable de los frecuentes extravíos de su dueño. La verdad es que bajo todo punto de vista era Wolf un perro honorable, y valeroso como el que más para corretear en los bosques; pero ¿qué valor puede afrontar el continuo y siempre renovado terror de una lengua de mujer? Apenas entraba Wolf en la casa decaía su ánimo y con la cola arrastrando por el suelo o enroscada entre las piernas deslizábase con aire de ajusticiado mirando de reojo a la señora Van Winkle, y al menor blandir de la dama un palo de escoba o un cucharón volaba a la puerta con quejumbrosa precipitación.

Las cosas iban de mal en peor para Rip Van Winkle a medida que transcurrían los años de matrimonio. El carácter desapacible nunca se suaviza con la edad, y una lengua afilada es el único instrumento cortante que se aguza más y más con el uso continuo. Por algún tiempo trató de consolarse en sus escapadas fuera de la casa, frecuentando una especie de club perpetuo de los sabios, filósofos y otros personajes ociosos del pueblo, que celebraba sus sesiones en un banco a la puerta de un pequeño mesón que ostentaba como muestra un rubicundo retrato de su majestad Jorge III. Acostumbraban sentarse allí a la sombra durante los largos y soñolientos días de verano, repitiendo indolentemente la chismografía del vecindario o relatando inacabables historias sobre cualquier friolera. Pero habría representado cualquier capital para los estadistas escuchar las profundas discusiones que a menudo tenían lugar cuando por casualidad algún viejo periódico tirado por cualquier transeúnte caía entre sus manos. ¡Cuán solemnemente atendían a su contenido conforme iba desentrañándolo el maestro de escuela, Dérrick Van Búmmel, docto y vivaracho hombrecillo que no se amedrentaba por la palabra más altisonante del diccionario! Y ¡cuán sabiamente deliberaban sobre los acontecimientos públicos algunos meses después de realizados!

Las opiniones de esta junta se sometían completamente al criterio de Nicholas Védder, patriarca de la aldea y propietario del mesón, a cuya puerta sentábase de la mañana a la noche, cambiando de sitio lo justamente indispensable para evitar el sol, y aprovechar la sombra de un gran árbol que allí junto crecía; de manera que los vecinos podían decir la hora por sus movimientos con tanta exactitud como por un cuadrante. Verdad es que rara vez se le oía hablar, pero en cambio fumaba su pipa constantemente. Sus admiradores (¿qué grande hombre carece de ellos?) le comprendían perfectamente y sabían la manera de interpretar sus opiniones. Cuando le disgustaba algo de lo que se leía o refería, podía observarse que fumaba con vehemencia lanzando frecuentes y furiosas bocanadas; pero cuando estaba satisfecho arrancaba suaves y tranquilas inhalaciones, emitiendo el humo en nubes plácidas y ligeras; y aun algunas veces, separando la pipa de sus labios y dejando que el humo fragante se ondulara a la extremidad de su nariz, movía gravemente la cabeza en señal de perfecta aprobación.

Pero aun de esta fortaleza se vió desalojado el infortunado Rip por su agresiva mujer, quien atacó repentinamente la paz de la asamblea volviendo polvo a todos sus miembros; y ni la augusta persona de Nicholas Védder quedó a salvo de la atrevida lengua de la terrible arpía que le acusó de alentar a su marido en sus hábitos de ociosidad.

El pobre Rip vióse al fin en los umbrales de la desesperación; siendo su única alternativa para escapar del trabajo de la alquería y de los clamores de su mujer, coger su fusil e internarse entre los bosques. Sentábase allí a veces al pie de un árbol y compartía el goce de sus alforjas con Wolf, con quien simpatizaba como compañero de miserias. “¡Pobre Wolf,” acostumbraba decir, “tu ama te da una vida de perros; pero no te importe, compañero, que mientras yo viva no te faltará un fiel amigo!” Wolf movía la cola, miraba de hito en hito al rostro de su dueño y, si los perros pudieran sentir piedad, creería yo verdaderamente que experimentaba en el fondo de su corazón un sentimiento recíproco al que expresaba su amo.

En un hermoso día de otoño en que llevaba a cabo una de sus largas correrías, trepó Rip inconscientemente a uno de los puntos más elevados de las montañas Káatskill. Perseguía su distracción favorita, la caza de ardillas, y aquellas soledades habían retumbado varias veces al eco de su fusil. Fatigado y jadeante, echóse hacia la tarde a descansar en la cima de un verde montecillo cubierto de vegetación silvestre y que coronaba el borde de un precipicio. A través de un claro entre los árboles podía dominar toda la parte baja del terreno en muchas millas de rica arboleda. Veía a la distancia, lejos, muy lejos, el majestuoso Hudson deslizándose en curso potente y silencioso, reflejando aquí y allá ya una nube de púrpura, ya la vela de alguna barquilla remolona adormilada entre su seno cristalino, y perdiéndose al fin entre las azules montañas.

Por el otro lado hundía sus miradas en un valle profundo, salvaje, escabroso y desolado, cuyo fondo estaba sembrado de fragmentos amenazadores de rocas alumbradas apenas por la refracción de los rayos del sol poniente. Por algún tiempo reposó Rip absorto en la contemplación de esta escena. La noche caía gradualmente; las montañas comenzaban a tender sus grandes sombras azules sobre el valle; Rip comprendió que reinaría la obscuridad mucho antes de que pudiera regresar a la aldea y lanzó un hondo suspiro al pensamiento de afrontar la temida presencia de la señora Van Winkle.

Cuando se preparaba a descender, oyó una voz que gritaba a la distancia: “¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!” Miró en torno suyo, pero sólo pudo descubrir un cuervo cruzando la montaña en vuelo solitario. Creyó que hubiera sido una ilusión de su fantasía e iniciaba de nuevo el descenso, cuando llegó hasta él idéntico grito atravesando el ambiente tranquilo de la tarde: “¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!” al mismo tiempo que Wolf, erizando el lomo y lanzando un ladrido concentrado, refugiábase al lado de su amo, mirando temerosamente al valle. Rip sintió que una vaga aprensión se apoderaba de su espíritu; miró ansiosamente en la misma dirección y advirtió una figura extraña que avanzaba con dificultad en medio de las rocas, inclinándose bajo el peso de cierto bulto que llevaba en sus espaldas. Sorprendióse Rip de ver un ser humano en aquel lugar desierto y aislado; pero juzgando que pudiera ser alguien del vecindario necesitado de su ayuda, se apresuró a brindarle su asistencia.

Conforme se aproximaba sorprendíase más y más ante el aspecto singular del desconocido. Era un viejo pequeño y cuadrado, de barba gris y cabellos ásperos y enmarañados. Vestía a la antigua usanza holandesa: coleto de paño recogido a la cintura y varios pares de calzones, el de encima muy ancho y adornado de hileras de botones a los costados y borlas en las rodillas. Llevaba al hombro un barril que parecía lleno de licor y hacía señas a Rip para que se acercara y le ayudase a llevar su carga. A pesar de sentirse tímido y desconfiado con respecto de su nuevo conocido, obedeció Rip a su celo acostumbrado; y sosteniéndose mutuamente treparon ambos por una estrecha garganta que parecía el lecho desecado de algún torrente. Mientras subían, oía Rip de vez en cuando ruidos que retumbaban en ondulaciones como truenos lejanos y que parecían brotar de una profunda hondonada, o hendedura mejor dicho, entre inmensas rocas hacia las cuales conducía el áspero sendero que seguían. Detúvose Rip por un momento; mas prosiguió luego su camino imaginando que el rumor provendría de alguna de aquellas pasajeras tempestades de lluvia y truenos que a menudo estallan en la altura. Introduciéndose por la hendedura llegaron a una cavidad semejante a un pequeño anfiteatro rodeado de precipicios perpendiculares, sobre cuyas orillas tendían grandes árboles sus ramas colgantes, de manera que sólo podía vislumbrarse a trozos el cielo azul y las brillantes nubes de la tarde. Rip y su compañero, habían marchado en silencio durante todo el trayecto, pues aun cuando el primero se maravillaba grandemente al conjeturar el objeto de acarrear un barril de licor en aquellas montañas agrestes, había algo extraño e incomprensible en el desconocido que inspiraba temor y cortaba toda familiaridad.

Al penetrar en el anfiteatro aparecieron nuevos motivos de admiración. En el centro de una planicie veíase un grupo de extraños personajes jugando a los bolos. Vestían de fantástica y exótica manera; algunos llevaban casaca corta, otros coleto con gran daga al cinto, y la mayor parte ostentaban calzas enormes de estilo semejante a las del guía. Su aspecto era también peculiar: uno tenía larga barba, rostro ancho y ojos pequeñitos de cerdo; la cara de otro parecía constar únicamente de nariz y estaba coronada por un sombrero blanco pan de azúcar adornado de una pequeña cola de gallo encarnada. Todos llevaban barba, de diversas formas y colores. Había uno que aparentaba ser el jefe. Era un viejo y robusto gentilhombre de aspecto curtido por la intemperie; llevaba casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, sombrero de copa alta adornado de una pluma, medias rojas y zapatos con rosetas. El conjunto del grupo recordaba a Rip las figuras de cierto cuadro antiguo flamenco, traído de Holanda en tiempo de la colonización y que se conservaba en el salón de Dominie Van Shaick, el párroco de la aldea.

Lo que encontraba Rip más extraño era que aun cuando indudablemente todos aquellos personajes trataban de divertirse, conservaran tanta gravedad en su semblante, un silencio tan misterioso, y formaran, en una palabra, la partida de placer más melancólica que pudiera presenciarse. Sólo interrumpía el silencio el ruido de los bolos, cuyo rodar repercutían los ecos a través de la montaña semejando el rumor ondulante de los truenos.

Cuando Rip y su compañero se aproximaron, los jugadores abandonaron súbitamente el juego y fijaron en el primero una mirada tan persistente, tan sepulcral, con tan singular y apagado continente, que sus rodillas se entrechocaron y el corazón le dió un vuelco dentro del pecho. Su compañero vaciaba entretanto el contenido del barril en grandes frascos, haciéndole señas de que sirviera a la compañía. Rip obedeció trémulo y asustado; bebieron ellos el licor en profundo silencio, volviendo luego a su juego.

Poco a poco fueron desapareciendo el terror y las aprensiones de Rip. Aun se aventuró a probar el licor cuando nadie le miraba, encontrando que tenía mucho del sabor de excelente holanda. Sediento por naturaleza, pronto sintió la tentación de repetir la prueba. Un trago provocaba otro trago; e hizo al fin al frasco visitas tan reiteradas, que sus sentidos se adormecieron, sus ojos nadaron en sus órbitas, su cabeza inclinóse gradualmente y quedó sumergido en profundo sueño.

Al despertar, encontróse en la verde hondonada donde vió por primera vez al viejo del valle. Se frotó los ojos. Era una brillante y hermosa mañana. Los pajarillos gorjeaban y revoloteaban entre la fronda, el águila formaba círculos en la altura, y se respiraba la brisa pura de las montañas. “Seguramente,” pensó Rip, “no he dormido aquí toda la noche.” Rememoró los sucesos antes de que el sueño le acometiera: el hombre extraño con el barril de licor; la hondonada de la montaña; el agreste retiro entre las rocas; la tétrica partida de bolos; el frasco.... “¡Oh, ese frasco, ese condenado frasco!” pensó Rip. “¿Qué excusa daré a la señora Van Winkle?”

Buscó su fusil al rededor; pero en vez de la limpia y bien aceitada escopeta de caza halló una vieja arma con el cañón obstruido por el polvo, el gatillo cayéndose y la madera roída por la polilla. Sospechó entonces que los graves fanfarrones de la montaña le habían jugado una pasada y, embriagándole con su licor, le habían robado la escopeta. Wolf había desaparecido también; pero era posible que se hubiera extraviado persiguiendo alguna ardilla o alguna perdiz. Le silbó y llamó a gritos por su nombre, pero en vano; los ecos repitieron su silbido y su llamada, pero ningún perro apareció en lontananza.

Determinó entonces regresar al lugar donde se había realizado la broma de la noche anterior y si encontraba a alguno de la partida, reclamarle su perro y su fusil. Cuando se levantó, encontróse con las articulaciones rígidas y falto de su acostumbrada actividad. “Estos lechos de montaña no me sientan bien,” pensó Rip, “y si la broma me resulta en reumatismo, voy a tener un tiempo bendito con la señora Van Winkle.” Con bastante dificultad pudo llegar hasta el valle y encontró la garganta por donde él y su compañero subieron la víspera; pero observó con gran estupor que espumaba allí un torrente saltando de roca en roca y llenando el valle de parleros murmullos. Trató, sin embargo, de ingeniarse para trepar por los costados, ensayando una fatigosa ascensión a través de matorrales de abedules, sasafrases y arbustos de varias clases, más difícil aún por la trepadora vid silvestre que lanzaba sus espirales o tijeretas de árbol a árbol tendiendo una especie de red en el sendero.

Llegó al cabo al sitio donde las rocas de la hondonada se abrían para llevar al anfiteatro; pero no quedaba rastro de semejante abertura. Las rocas presentaban un muro alto e impenetrable sobre el cual se despeñaba el torrente en capas de rizada espuma para caer luego en una ancha y profunda cuenca, obscurecida por las sombras de la selva circundante. Aquí el pobre Rip vióse precisado a detenerse. Llamó a su perro y lo silbó una y otra vez; pero sólo obtuvo en respuesta el graznido de una bandada de cuervos holgazanes solazándose en lo alto de un árbol seco que se proyectaba sobre un asoleado precipicio desde el cual, seguros en su elevación, parecían espiar lo que pasaba abajo y mofarse de las perplejidades del pobre hombre. ¿Qué se podía hacer? La mañana transcurría rápidamente y Rip sentíase hambriento por la falta de su desayuno. Apenábale abandonar su perro y su fusil; temblaba a la idea de encontrarse con su mujer; pero no podía morirse de hambre entre los montes. Sacudió la cabeza, echó al hombro la vieja escopeta, y con el corazón lleno de angustia y de aflicción enderezó los pasos al hogar.

Conforme se acercaba a la aldea iba encontrando varias personas a quienes no reconocía, lo cual le sorprendía un tanto pues siempre había creído conocer a todo el mundo en los alrededores de la comarca. Los vestidos que llevaban eran también de estilo diferente al que estaba él acostumbrado. Todos le observaban con iguales demostraciones de sorpresa, y apenas fijaban en él sus miradas llevaban invariablemente la mano a la barba. La repetición unánime de este gesto indujo a Rip a hacer el mismo movimiento sin darse cuenta; y ¡cuál no sería su estupor al notar que su barba tenía un pie de largo!

Llegaba ahora a los arrabales de la aldea. Una turba de chiquillos extraños corría a sus talones, burlándose de él y señalando su barba gris. Los perros ladraban también a su paso y no podía reconocer entre ellos a ninguno de sus antiguos conocidos. Todo el pueblo estaba cambiado; era más grande y más populoso. Había hileras de casas que él jamás había visto, y habían desaparecido sus habituales guaridas. Veíanse nombres extraños sobre todas las puertas, y rostros extraños en todas las ventanas; todo era extraño, en una palabra. Sus ideas comenzaban ya a abandonarle; principiaba a recelar que tanto él como el mundo que le rodeaba estaban hechizados. Evidentemente éste era su pueblo natal, el mismo que abandonó la víspera. Allí estaban las montañas Káatskill; allí a corta distancia se deslizaba el plateado Hudson; las colinas y cañadas ocupaban exactamente el mismo lugar donde siempre estuvieran; pero Rip se hallaba tristemente perplejo. “¡Ese frasco de anoche,” pensaba, “ha dejado huera mi pobre cabeza!”

Con alguna dificultad encontró el camino de su propia casa, hacia la cual se aproximaba con silencioso pavor esperando oír a cada instante la voz chillona de la señora Van Winkle. Todo estaba arruinado, el techo cayéndose a pedazos, las ventanas destrozadas y las puertas fuera de sus goznes. Un hambriento can, algo parecido a Wolf, andaba huroneando por allí. Rip lo llamó con el nombre de su perro, mas el animal gruñó enseñando los dientes y escapó. Esto fué una herida dolorosa, en verdad. “¡Aun mi perro me ha olvidado!” sollozó el pobre Rip.

Penetró en la casa que, a decir verdad, mantenía siempre en meticuloso orden la señora Van Winkle. Aparecía ahora vacía, tétrica y en apariencia abandonada. Tal desolación se sobrepuso a sus temores conyugales, y llamó en alta voz a su mujer y a sus hijos. Las desiertas piezas resonaron un momento con sus voces y luego quedó todo nuevamente silencioso.

Apresuróse a salir y se dirigió rápidamente a su antiguo refugio, el mesón de la aldea; pero éste también había desaparecido. En su lugar veíase un amplio y desvencijado edificio de madera con grandes y destartaladas vidrieras, rotas algunas de ellas y recompuestas con enaguas y sombreros viejos, el cual ostentaba pintado sobre la puerta un rótulo que decía: “Hotel Unión, de Jónathan Dóolittle.” En vez del gran árbol que cobijaba con su sombra al silencioso y menudo mesonero holandés de otros tiempos, alzábase ahora una larga y desnuda pértiga con algo semejante a un gorro rojo de dormir en su extremidad superior, y de la cual se desprendía una bandera de rayas y estrellas en singular combinación: cosas todas extrañas e incomprensibles. Reconoció en la muestra, sin embargo, la rubicunda faz del rey Jorge, debajo de la cual había saboreado pacíficamente tantas pipas; pero aun la figura se había metamorfoseado de manera singular. La chaqueta roja habíase convertido en azul y ante; ceñía una espada en lugar del cetro; la cabeza estaba provista de un sombrero de tres picos, y debajo del retrato leíase en grandes caracteres: GENERAL WASHINGTON.

Había, como de costumbre, una multitud de gente delante de la puerta, pero Rip no podía reconocer a nadie. Aun el espíritu del pueblo parecía cambiado. Oíanse acaloradas y ruidosas discusiones en lugar de las flemáticas y soñolientas pláticas de otros tiempos. Buscaba en vano al sabio Nicholas Védder con su ancho rostro, su doble papada y su larga y hermosa pipa, lanzando nubes de humo en vez de discursos ociosos; o al maestro de escuela Van Búmmel, impartiendo a la concurrencia el contenido de antiguos periódicos. En lugar de ellos, un flaco y bilioso personaje con los bolsillos llenos de proclamas, peroraba con vehemencia sobre los derechos de los ciudadanos, las elecciones, los miembros del congreso, la libertad, Búnker Hill, los héroes del setenta y seis, y otros tópicos que resultaban una perfecta jerga babilónica para el trastornado Van Winkle.

La aparición de Rip con su inmensa barba gris, su escopeta mohosa, su exótica vestimenta, y un ejército de mujeres y chiquillos pisándole los talones, atrajo muy pronto la atención de los políticos de taberna. Amotináronse a su alrededor mirándole con gran curiosidad de la cabeza a los pies. El orador se abalanzó hacia él y llevándole a un costado inquirió “de qué lado había dado su voto.” Rip quedó estupefacto. Otro pequeño y atareado personaje cogiéndole del brazo y alzándose de puntillas le preguntó al oído: “¿Demócrata o federal?” Veíase Rip igualmente perdido para comprender esta pregunta, cuando un sabihondo, pomposo y viejo caballero, con puntiagudo sombrero de tres picos, abrióse paso entre la muchedumbre apartándola con los codos a derecha e izquierda, y plantándose delante de Rip Van Winkle con un brazo en jarras y descansando el otro en su vara, con ojos penetrantes y su agudo sombrero amenazador, preguntó con tono austero, como si quisiera ahondar hasta el fondo de su alma, “qué motivo le traía a las elecciones con fusil al hombro y una multitud a sus huellas, y si intentaba por acaso provocar una insurrección en la villa.”

—¡Ay de mí, caballero,—exclamó Rip con desmayo,—yo soy un pobre hombre tranquilo, un habitante del lugar y un vasallo leal de su majestad, a quien Dios bendiga!—

Aquí estalló una protesta general de los concurrentes.

—¡Un conservador! ¡un conservador! ¡un espía! ¡un emigrado! ¡golpe con él! ¡afuera!—Con gran dificultad pudo restablecer el orden el pomposo caballero del sombrero de tres picos; y, asumiendo tal gravedad que produjo diez arrugas por lo menos en su entrecejo, preguntó de nuevo al incógnito criminal el motivo que le traía y a quién andaba buscando por el pueblo. El pobre hombre aseguró humildemente que no tenía proyectos subversivos sino que venía simplemente en busca de algunos de sus vecinos que acostumbraban parar en la taberna.

—Bien, ¿quiénes son ellos? Nombradlos.—

Rip meditó un momento e inquirió luego:—¿Dónde está Nicholas Védder?—

Hubo un corto silencio, hasta que un viejo replicó con voz débil y balbuciente:

—¡Nicholas Védder! ¡Vaya! ¡Si murió y está enterrado hace dieciocho años! Una lápida de madera daba razón de él en el cementerio de la iglesia, pero se gastó también y ya no existe.

—¿Dónde está Brom Dútcher?

—¡Oh! se fue al ejército al principio de la guerra; algunos dicen que murió en la toma de Stony Point;[8] otros que se ahogó en una borrasca al pie de Ántony’s Nose.[9] Yo no podría decirlo; lo que sé es que nunca regresó.

—¿Dónde está Van Búmmel, el maestro de escuela?

—Se fué también a la guerra, se convirtió en un gran general y está ahora en el congreso.—

El corazón de Rip desfallecía al escuchar tan tristes nuevas de su patria y de sus amigos, y encontrarse de repente tan solo en el mundo. Las respuestas le impresionaban también por el enorme lapso de tiempo que encerraban y por los temas de que trataban y que él no podía comprender: la guerra, el congreso, Stony Point. No tuvo valor de preguntar por sus otros amigos, pero gritó con desesperación:

—¿Nadie conoce aquí a Rip Van Winkle?

—¡Oh, seguramente! Rip Van Winkle está allí recostado contra el árbol.—

Rip miró en la dirección indicada y pudo contemplar una exacta reproducción de sí mismo como cuando fué a la montaña; tan holgazán como él, al parecer, e indudablemente harapiento al mismo grado. El pobre hombre quedó del todo confundido. Dudaba de su propia identidad y si sería él Rip Van Winkle o cualquier otra persona. En medio de su extravío, el hombre del sombrero de tres picos le preguntó quién era y cómo se llamaba.

—¡Sólo Dios lo sabe!—exclamó, al cabo de su entendimiento.—¡Yo no soy yo mismo, soy alguna otra persona; no estoy allá, no; ése es alguien que se ha metido dentro de mi piel. Yo era yo mismo anoche, pero me quedé dormido en la montaña y allí me cambiaron mi escopeta y me lo han cambiado todo. Yo mismo estoy cambiado, y no puedo decir siquiera cuál es mi nombre ni quién soy!—

A estas palabras los circunstantes comenzaron a cambiar entre sí miradas significativas, sacudiendo la cabeza, guiñando los ojos y golpeándose la frente con los dedos. Corrió también un murmullo sobre la conveniencia de asegurar el fusil y aun al viejo personaje para evitar que hiciera algún daño; ante cuya suposición el sabihondo caballero del sombrero de tres picos se retiró con marcada precipitación. En tan crítico momento, una fresca y hermosa joven avanzó entre la multitud para echar una ojeada al hombre de la barba gris. Llevaba en sus brazos un rollizo chiquillo que asustado con el extranjero rompió a llorar.

—¡Sht, Rip!—dijo la joven, calla, tontuelo; el viejo no te hará ningún daño.—

El nombre del niño, el aire de la madre, la entonación de su voz, todo despertó en Rip Van Winkle un mundo de recuerdos.—¿Cómo os llamais, buena mujer?—preguntó.

—Judith Gardenier.

—¿El nombre de vuestro padre?

—¡Ah, pobre hombre! Llamábase Rip Van Winkle, pero hace veinte años que salió de casa con su fusil y jamás regresó ni hemos sabido de él desde entonces. Su perro volvió solo a la casa; y nadie podría decir si mi padre se mató o si los indios se lo llevaron. Yo era entonces una chiquilla.—

Quedábale a Rip sólo una pregunta por hacer y la propuso con voz desfallecida:

—¿Dónde está vuestra madre?

—¡Oh! ella murió poco después. Se le rompió una arteria en un arranque de cólera con un buhonero de Nueva Inglaterra.—

Aquello era una gota de alivio, a su entender. El buen hombre no pudo contenerse por más tiempo. Cogió a su hija y al niño entre sus brazos, exclamando:

—¡Yo soy vuestro padre! ¡El Rip Van Winkle joven de otros tiempos, y ahora el viejo Rip Van Winkle! ¿Nadie reconoce al pobre Rip Van Winkle?—

Todos quedaron atónitos, hasta que una viejecilla trémula atravesó la multitud y poniéndose la mano sobre las cejas le examinó por debajo el rostro por un momento, exclamando en seguida:

—¡Seguro que es Rip Van Winkle! ¡El mismo, en cuerpo y alma! ¡Bien venido al pueblo, viejo vecino! Decidnos, ¿dónde habéis estado metido estos largos veinte años?—

Pronto hubo referido Rip su historia, pues que los veinte años transcurridos se reducían para él a una sola noche. Los vecinos le miraban con asombro al escucharla; algunos se guiñaban entre sí poniendo la lengua en sus mejillas; mientras el pomposo caballero del sombrero de tres picos—que regresó al campo de acción tan pronto como la alarma hubo pasado—sacudía la cabeza recogiendo las extremidades de su boca; sacudimiento dubitativo que se hizo entonces general en la asamblea.

Decidióse, sin embargo, consultar al viejo Péter Vánderdonk a quien se veía avanzar por la carretera. Era descendiente del historiador del mismo nombre[10] que escribió una de las primeras crónicas de la provincia. Péter era el más antiguo de los habitantes de la aldea y muy versado en todos los acontecimientos maravillosos y tradiciones del vecindario. Reconoció a Rip Van Winkle inmediatamente y corroboró su relato de la manera más satisfactoria. Aseguró a la asamblea que era un hecho establecido por su antepasado el historiador que las montañas Káatskill habían estado pobladas siempre de seres extraños. Afirmábase igualmente que el gran Héndrick Hudson, descubridor del río y de la comarca, celebraba allí una especie de velada cada veinte años con toda la tripulación de la Half-Moon; siéndole dado así el recorrer los lugares donde se realizaron sus hazañas y mantener ojo alerta sobre el río y la gran ciudad llamados por su nombre. Declaró que su padre les había visto una vez vistiendo sus antiguos trajes holandeses y jugando a los bolos en una cueva de la montaña; y que él mismo había oído una tarde el eco de las bolas resonando como lejanas detonaciones de truenos.

Para abreviar, la compañía se disolvió volviendo al asunto más importante de la elección. La hija de Rip llevósele a su casa a vivir con ella; tenía una linda casita bien amueblada, y por marido a un fornido y jovial granjero a quien recordaba Rip como uno de los pilluelos que acostumbraban encaramarse en sus espaldas. En cuanto al hijo y heredero de Rip—la copia de su padre que apareció reclinado contra el árbol—estaba empleado como mozo de la granja; pero mostraba una disposición hereditaria para atender a cualquiera otra cosa de preferencia a su labor.

Rip reasumió entonces sus antiguos hábitos y correrías; encontró pronto muchos de sus contemporáneos, aunque bastante averiados por los estragos del tiempo; prefiriendo entablar amistades entre la nueva generación de la cual a poco llegó a ser el favorito.

No teniendo ocupación en la casa y habiendo alcanzado la edad feliz en que el hombre puede ser holgazán impunemente, ocupó de nuevo su lugar en el banco a la puerta del mesón, donde era reverenciado como uno de los patriarcas de la aldea y como crónica viviente de la época “anterior a la guerra.” Transcurrió algún tiempo antes de que se pusiera al corriente de la chismografía del vecindario o llegara a comprender los extraños acontecimientos que se habían desarrollado durante su sueño: la guerra de la revolución, cómo arrojó el país el yugo de la vieja Inglaterra, y cómo era que en vez de ser vasallo de su majestad Jorge III, se había convertido en ciudadano libre de los Estados Unidos. En realidad, Rip no era político: las transiciones de estados e imperios hacíanle muy poca mella; pero existía cierta clase de despotismo bajo el cual había gemido largo tiempo: el gobierno de las faldas. Felizmente aquello había terminado; había escapado al yugo matrimonial y podía ir y venir por todas partes sin temor a la tiranía de la señora Van Winkle. Cada vez que se mencionaba este nombre, sin embargo, Rip sacudía la cabeza, encogía los hombros y levantaba los ojos al cielo, lo cual podía tomarse tanto como expresión de resignación a su suerte como de alegría por su liberación.

Acostumbraba referir su historia a todos los extranjeros que se hospedaban en el hotel de Mr. Dóolittle. Pudo notarse al principio que la relación difería cada vez en varios puntos, lo que se debía indudablemente a su reciente despertar. Pero al fin se fijó exactamente en la forma que acabo de relatar, y no había hombre, mujer o niño en todo el vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos afectaban siempre dudar de su veracidad insistiendo en que Rip no había estado en sus cabales, y que respecto de este punto siempre desvariaba. Los viejos holandeses, sin embargo, le daban casi unánimemente pleno crédito. Aun hoy no pueden oír las tempestades de truenos que estallan ciertas tardes de verano en los alrededores de las montañas Káatskill, sin decir que Héndrick Hudson y su tripulación están jugando su partida de bolos; y es el deseo general de los maridos del pueblo maltratados por su mujer, cuando la vida les resulta muy pesada, obtener algunos tragos del frasco bienhechor de Rip Van Winkle.

NOTA

Podría sospecharse que el cuento que antecede hubiera sido inspirado a Mr. Kníckerbocker por una pequeña superstición alemana acerca del emperador Federico der Róthbart[11] y la montaña Kypphaüser. La nota adjunta, sin embargo, que escribió como apéndice a este cuento, demuestra que es un hecho absolutamente verídico, narrado con su habitual fidelidad:

“La historia de Rip Van Winkle parecerá increíble a muchas personas; mas, a pesar de todo, le doy entero crédito porque sé que los alrededores de nuestra viejas colonias holandesas han sido teatro de muchos sucesos y apariciones maravillosas. Verdaderamente, he oído en las ciudades de las riberas del Hudson historias más inverosímiles que la presente, las cuales estaban demasiado bien autorizadas para permitirse alimentar la menor duda. Yo mismo he hablado varias veces con Rip Van Winkle, quien era un hombre anciano y venerable la última vez que le vi, y tan perfectamente racional y lógico, desde todo punto de vista, que no creo que ninguna persona de conciencia rehusara dar crédito a su historia; he visto también un certificado al respecto otorgado ante el tribunal de la comarca y firmado con una cruz de la propia mano del juez. De consiguiente la historia se encuentra fuera de toda posibilidad de duda.

“D. K.”

POST SCRIPTUM

Las siguientes notas se han tomado de un memorándum de viaje de Mr. Kníckerbocker:

El Káatsberg, o montañas Káatskill, han sido siempre una región de leyenda. Los indios las consideraban como la mansión de los espíritus que dominaban el tiempo lanzando nubes o rayos de sol sobre el horizonte y procurando buenas o malas estaciones de caza. Estaban dirigidos por el espíritu de una vieja india que se suponía ser la madre y habitaba en el pico más elevado de las montañas Káatskill. Corría a cargo de las puertas día y noche para abrirlas y cerrarlas a la hora conveniente. Colgaba las lunas nuevas en el firmamento y recortaba las viejas para hacer estrellas. En tiempos de sequía podía obtenerse, con adecuada propiciación, que hilara ligeras nubes de verano, formadas de telarañas y rocío de la mañana, y las enviara a flotar en el aire copo a copo desde la cresta de la montaña, como vedijas de algodón cardado; hasta que disueltas por el calor del sol caían en lluvia deliciosa provocando el brote de la hierba, la madurez de los frutos y el crecimiento de las mieses a razón de una pulgada por hora. Si, en cambio, se encontraba disgustada, aglomeraba nubes negras como tinta, colocándose en el centro como una araña ventruda en medio de su tela; y cuando aquellas nubes estallaban ¡qué de calamidades sucedíanse en el valle!

Antiguamente, afirmaban las tradiciones indias, existía una especie de Mánitou o espíritu que habitaba las regiones más salvajes de las montañas Káatskill y experimentaba un malvado placer en procurar toda clase de males y vejaciones a los hombres rojos. Algunas veces asumía la forma de oso, gamo o pantera para arrastrar al extraviado cazador a una fatigosa jornada a través de bosques intrincados y ásperas rocas, y desaparecer entonces lanzando un fuerte ¡ho! ¡ho! dejando al despavorido cazador al borde de un escarpado abismo o de un torrente devastador.

Aun se muestra la residencia favorita de este Mánitou. Es una roca o risco enorme en la parte más agreste de la montaña y se conoce con el nombre de Garden Rock (Roca florida) a causa de las frescas vides que trepan abrazándola, y de las flores silvestres que abundan a su alrededor. A sus pies yace un pequeño lago, asilo del solitario alcaraván y poblado de serpientes acuáticas que toman el sol en las hojas de los nenúfares que duermen en la superficie. El lugar era tenido en gran veneración por los indios, hasta el punto que ni el más atrevido cazador habría osado perseguir la pieza dentro de su recinto. Cierto día, sin embargo, un cazador extraviado penetró en Garden Rock y pudo observar gran número de calabazas colgando de las ramas ahorquilladas de los árboles. Cogió una de ellas y trató de hurtarla; pero en su prisa por huir la dejó caer entre las rocas, de donde brotó un torrente que le arrebató y arrastró a profundos abismos en cuyo fondo quedó destrozado por completo. El torrente siguió su curso hasta el Hudson y continúa corriendo hasta el día; siendo el mismo arroyo conocido hoy por el nombre de Kaaters-kill.

LA LEYENDA DEL VALLE ENCANTADO
ENCONTRADA ENTRE LOS PAPELES DEL DIFUNTO DÍEDRICH KNÍCKERBOCKER

Es tierra bonancible de extrañas fantasías,
De ensueños que se ciernen sobre ojos entornados,
Y encantados castillos en nubes fugitivas
Que siempre se coloran en cielos estivales.
—Castle of Indolence.[12]

EN EL fondo de una de aquellas espaciosas ensenadas, que tanto abundan en las playas orientales del Hudson, y en un gran ensanchamiento del río, denominado Tappan Zee[13] por los antiguos navegantes holandeses, donde acortaban velas prudentemente, invocando la protección de San Nicolás para atravesarlo, yacía una pequeña aldea o puerto rural que algunos llaman Gréensburgh, pero que es general y propiamente conocida por el nombre de Tarry Town (Lugar de parada). Se dice que este nombre le fué dado antiguamente por las buenas comadres del pueblo vecino, con motivo de la inveterada costumbre de sus maridos de estacionarse en las tabernas en los días de mercado. Sea de ello lo que fuere, yo no garantizo el hecho sino simplemente lo consigno en mi deseo de ser preciso y auténtico. No muy lejos del pueblo, quizá a dos millas más o menos, existe un diminuto valle o más bien un repliegue del terreno entre altas colinas, que es uno de los sitios más tranquilos en todo el universo. Un pequeño arroyo lo atraviesa, deslizándose con suave murmullo que invita al reposo; siendo el reclamo eventual de la codorniz o el golpeteo del pájaro carpintero los únicos ruidos que turban de vez en cuando la tranquilidad estática de aquel paraje.

Recuerdo que mi primera hazaña en la caza de ardillas, cuando yo era todavía un mozalbete, tuvo lugar en un bosquecillo de altos nogales que sombrean un lado del valle. Vagaba por allí al mediodía, hora en que la naturaleza está particularmente tranquila, y me sobrecogí al estruendo de mi propia escopeta, prolongado y repercutido por el indignado eco, rompiendo el sosegado silencio de los alrededores. Si alguna vez anhelara yo un pacífico retiro donde huir del mundo y de sus distracciones y soñar en tranquila quietud todo el resto de una agitada existencia, nada respondería mejor a tal propósito que este escondido vallecito.[14]

A causa de la indolente tranquilidad del lugar y del carácter peculiar de sus habitantes, que descienden de los originarios colonos holandeses, aquella recóndita cañada era conocida hace mucho tiempo por el nombre de VALLE ENCANTADO, y los rústicos mozos del vecindario son conocidos en todo el país circunvecino como los zagales del valle encantado.

Una letárgica y soñadora influencia parece pesar sobre toda la comarca y prevalecer en su ambiente. Algunos afirman que el lugar fué hechizado en los primeros días de la colonización por un ilustre doctor alemán; otros, que un viejo jefe indio, el profeta o adivino de la tribu, celebraba allí sus conjuros antes del descubrimiento de aquella región por Master Héndrick Hudson.[15] Lo cierto es que el lugar continúa bajo el dominio de algún encantador que mantiene hechizada la mente de aquellas buenas gentes, haciéndolas vivir en plena fantasía. Son dadas a toda clase de creencias maravillosas; están sujetas a éxtasis y visiones, y continuamente ven extrañas apariciones y oyen músicas y voces por los aires. El vecindario abunda en cuentos locales, en lugares frecuentados por espectros y en supersticiones sombrías. Las estrellas voladoras y los brillantes meteoros cruzan aquel valle más a menudo que cualquiera otra comarca; y el demonio de la pesadilla, con sus nueve secuaces,[16] parece haber hecho del país el escenario favorito de sus cabriolas.

Sin embargo, el espíritu dominante en esta hechizada región, y que parece ser el jefe supremo de todas las potencias del aire, es el fantasma de un jinete sin cabeza. Algunos opinan que es el espectro de un soldado de caballería de Hesse,[17] cuya cabeza fué arrebatada por una bala de cañón en alguna batalla desconocida de la guerra de la revolución, y a quien pueden sorprender de vez en cuando los naturales del pueblo galopando en la obscuridad de la noche como llevado en alas de los vientos. Sus apariciones no se limitan al valle, sino que se extienden a veces hasta las carreteras adyacentes y se repiten particularmente en las cercanías de una iglesia[18] situada a corta distancia. En efecto, algunos de los historiadores más auténticos de la comarca, que han recogido y asociado las versiones flotantes con respecto a este espectro, alegan que por haber sido enterrado el cuerpo del soldado en el cementerio de la iglesia, ronda el fantasma por las noches el lugar de la batalla en busca de su cabeza; atribuyéndose la velocidad con que atraviesa a menudo la hondonada a la prisa que tiene por llegar al cementerio antes del amanecer, con motivo de haberse retardado más de lo permitido en sus pesquisas nocturnas.

Tal es la interpretación general de esta legendaria superstición que ha procurado tema para muchas historias descabelladas en aquella región de aparecidos; siendo conocido el espectro en todos los hogares por el nombre de El jinete sin cabeza del valle encantado.

Es digno de notarse que la propensión visionaria de que he hablado no se limita solamente a los naturales de la comarca, sino que se la asimila inconscientemente todo aquel que reside allí por algún tiempo. Por más despierta que haya sido una persona antes de penetrar en la región de los sueños, es seguro que se apropiará en poco tiempo la influencia encantada del ambiente, volviéndose fantástica, fingiendo quimeras y viendo aparecidos.

Menciono con todo elogio este pacífico retiro, pues que en estos apartados rincones holandeses, escondidos acá y allá en el gran estado de Nueva York, se conservan las antiguas costumbres, población y hábitos, mientras los barre inadvertidos en otros lugares el impetuoso torrente de inmigración y progreso que provoca incesantes cambios en la agitada vida de la nación. Son como aquellas fajas de agua tranquila que bordean algún tumultuoso arroyo, donde permanecen quietamente al ancla burbujas y pajas meciéndose con suavidad en su improvisado puerto sin ser molestadas por el flujo de la corriente. Aun cuando han transcurrido muchos años desde que me desprendí de las letárgicas sombras del valle encantado, me pregunto si encontraría todavía los mismos árboles y las mismas familias vegetando en su abrigado seno.

En este recóndito paraje de la naturaleza vivía, en época remota de la historia americana, es decir hará unos treinta años, una digna criatura llamada Íchabod Crane, que residía o “paraba” allí, como él decía, con el propósito de instruir a los niños del vecindario. Era natural de Connécticut, estado que procura a la Unión exploradores tanto de las selvas como del pensamiento, y reparte todos los años legiones de hombres de sus bosques fronterizos y legiones de maestros de escuela de sus comarcas. El nombre de Crane (grulla) no estaba en desacuerdo con su persona. Era alto y excesivamente flaco, con hombros estrechos, largos brazos y largas piernas, manos que sobresalían una milla de sus mangas, pies que podían servir de palas, y toda una figura colgante que parecía mantenerse unida con dificultad. Su cabeza era pequeña y chata en la parte superior, con grandes orejas, grandes ojos verdes y vidriosos y larga nariz agachadiza; de manera que semejaba un gallo de campanario encaramado en su cuello de huso para indicar de qué lado iba a soplar el viento. Al verle, en un día ventoso, dando zancadas por el flanco de alguna colina, con sus vestidos colgantes y flotando en torno suyo, se le habría creído el genio del hambre descendiendo sobre la tierra, o algún espantajo hurtado de cualquier campo de trigo.

La escuela era un edificio bajo, de una sola pieza, construído rústicamente con tablones; las ventanas en partes tenían vidrios y en otras, parches de hojas de cuadernos viejos. En las horas vacantes se aseguraba de manera muy ingeniosa por medio de un mimbre retorcido en la aldaba de la puerta, y estacas colocadas contra las persianas de las ventanas—idea sugerida indudablemente al arquitecto por el misterio de las trampas de anguilas[19]—de manera que, si bien los ladrones podían penetrar con perfecta facilidad, encontrarían posiblemente alguna dificultad para salir. La escuela encontrábase aislada hasta cierto punto, pero en agradable situación, al pie de una frondosa colina, con un arroyo deslizándose en las cercanías y un gran abedul sombreando una de sus esquinas. Desde allí podía escucharse, en los soñolientos días de verano, el murmullo de las voces de los alumnos semejante al zumbido de una colmena, interrumpido de cuando en cuando por la autoritaria voz del maestro ya en tono de amenaza o de mandato; o por acaso, el rumor pavoroso del abedul como aguijoneando a algún holgazán negligente en la florida senda de la ciencia. A decir verdad, Íchabod Crane era un hombre de conciencia que tenía siempre presente la máxima de oro: “Escatimar los azotes es malograr al discípulo.” Y seguramente con Íchabod Crane no se malograban los discípulos.

No debe deducirse de aquí, sin embargo, que fuese uno de aquellos crueles potentados de la escuela que se gozan en la aflicción de sus vasallos; al contrario, administraba justicia más bien con método que con severidad, aliviando la carga de los hombros del más débil y poniéndola sobre las espaldas del más fuerte. Al chiquillo esmirriado que retrocedía al menor preludio de azotes, se le administraban con indulgencia; pero los fueros de la justicia quedaban incólumes infligiendo doble ración al robusto y obstinado rapazuelo holandés, de amplias posaderas, que se enfurruñaba y ensoberbecía y se volvía más tozudo y hosco bajo el abedul. A todo esto llamaba el maestro “cumplir su deber para con los padres;” y jamás se dió el caso de que administrara un castigo sin que le siguiera la advertencia, muy consoladora sin duda para el adolorido mozalbete, de que “recordaría toda su vida y le quedaría siempre grato por lo que ahora hacía en su obsequio.”

Fuera de las horas de clase era el camarada y compañero de juegos de los muchachos mayores; y en las tardes de los días festivos solía acompañar a su casa a algunos de los más pequeños, siempre que tuvieran lindas hermanas o buenas amas de casa por madres, lo que se dejaba notar en seguida por el regalo de las alacenas. En realidad, le convenía estar en buenos términos con sus discípulos. La renta que producía la escuela era pequeña y habría bastado apenas para su diaria subsistencia porque era un gran glotón y, aunque flaco, tenía el poder de dilatación de una boa; mas para ayudar a su sostenimiento se alojaba y comía, siguiendo la costumbre del lugar, en casa de los granjeros a cuyos hijos enseñaba. Turnábase por semanas en casa de todos ellos, dando así la vuelta al vecindario y llevando todo lo que poseía en el mundo atado en un pañuelo de algodón.

Para que este sistema no resultara demasiado oneroso para la bolsa de sus rústicos patrones, siempre prontos a considerar pesada carga cualquiera pensión de la escuela y a juzgar a los maestros solamente como unos zánganos, tenía Íchabod varios modos de hacerse a la vez útil y agradable. Ayudaba a los granjeros de vez en cuando en las labores ligeras de la alquería, tomaba parte en la preparación del heno, componía los cercos, abrevaba los caballos, traía a las vacas del pasto y cortaba leña para combustible en el invierno. Despojábase asimismo de toda la dignidad autócrata y despotismo absoluto con que reinaba en su pequeño imperio, la escuela, y se volvía admirablemente gentil e insinuante. Atraíase a las madres mimando a los chicos, particularmente a los más pequeños; y, semejante al león audaz que acariciaba antiguamente al cordero con tanta magnanimidad,[20] solía sentarse con un chico en las rodillas mientras mecía con el pie la cuna de otro por varias horas.

Además de sus diversas habilidades, era el maestro cantor del vecindario y cosechaba muchos brillantes chelines por enseñar la salmodia a los mozos del lugar. No era una de sus menores satisfacciones instalarse los domingos con un grupo de cantores escogidos, en el centro de la tribuna de la iglesia donde, a su entender, arrebataba completamente la palma al viejo capellán. Lo cierto es que su voz resonaba sobre todas las de la congregación; y aun hoy se escuchan en aquella iglesia gorgoritos que se dicen legítimos descendientes de la nariz de Íchabod Crane, y que pueden oírse a media milla, hasta el lado opuesto de la alberca, en las tranquilas mañanas del domingo. Así, por medio de sus pequeños ardides y de la ingeniosa manera llamada vulgarmente “echar de mangas,” el digno pedagogo hacía su vida tolerable, mientras todos aquellos que no comprenden una palabra del trabajo mental, juzgaban que se pasaba una existencia maravillosamente envidiable.

El maestro de escuela es generalmente una figura importante entre el círculo femenino de una comunidad rural, donde se le considera una especie de caballero desocupado, de mucho gusto y talento muy superior a todos los burdos zagales de la comarca, y solamente inferior al párroco en conocimientos. Por consiguiente, su presencia causa siempre cierta emoción en las mesas de té de las granjas, provocando a menudo la adición de algunos dulces y pastas y aun, en ocasiones, la exhibición de alguna tetera de plata. Nuestro letrado sentíase también especialmente feliz con las sonrisas de todas las damiselas campesinas. ¡Con cuánto gozo discurrían entre ellas los domingos en el cementerio de la iglesia, después del servicio religioso, cogiendo los racimos de las vides silvestres que cubrían los árboles de las cercanías, descifrando para distraerlas los epitafios de las tumbas, o vagando con toda la compañía por la orilla de la represa del molino adyacente, mientras los encogidos patanes del lugar seguían tímidamente por detrás, envidiando la superioridad de su talento y elegancia!

A consecuencia de su errante vida era también una gaceta ambulante que llevaba de casa en casa todos los líos de la chismografía local, por lo que su presencia se acogía siempre con satisfacción. Era, además, estimado por las mujeres a causa de su erudición, pues había leído varios libros casi hasta el final y conocía a fondo la History of New England Witchcraft (Historia de la brujería en Nueva Inglaterra), por Cotton Máther,[21] en la que, diremos de paso, creía firme y ardientemente.

Íchabod Crane poseía en realidad una extraña mezcla de sagacidad limitada y pueril credulidad. Su afición por lo maravilloso y su facilidad para digerirlo eran igualmente extraordinarias, habiendo alcanzado mayores proporciones con su estadía en aquella encantada región. Ninguna leyenda era demasiado monstruosa o inverosímil para su capacidad de absorción. Deleitábase a menudo, después de cerrar la escuela por las tardes, en tenderse en el mullido lecho de trébol que bordeaba el pequeño arroyo que murmuraba en las cercanías, y leer los horrendos y antiguos cuentos de Máther hasta que la obscuridad creciente de la tarde convertía los caracteres impresos en las páginas en sombras indecisas delante de sus ojos. Entonces, continuando su camino a través de pantanos y medrosas arboledas hacia la alquería donde se hospedaba en aquel momento, turbábase su excitada imaginación con todos los ruidos de la naturaleza en aquella hora misteriosa: el lamento de la chotacabras desde los flancos de la colina, el grito agorero de la rana arbórea anunciando la tempestad, el medroso alarido de la lechuza y el repentino rumor del follaje al roce de los pájaros sorprendidos en su asilo. Las luciérnagas, que brillaban con mayor intensidad en los sitios más obscuros, asustábanle también de vez en cuando al cruzar inopinadamente alguna de las más lucientes su camino; y si por casualidad cualquier enorme escarabajo aturdido venía bamboleándose en desatinado vuelo en su dirección, el pobre camastrón estaba a punto de rendir el ánima imaginando que había sido herido por algún maleficio. Su único recurso en tales ocasiones para distraer sus pensamientos o alejar los malos espíritus era entonar salmos; y las buenas gentes del valle encantado, sentadas al ocaso a las puertas de sus casas, llenábanse a veces de pavor escuchando su melodía nasal “brotando en largos eslabones de dulzura,”[22] y extendiéndose desde la distante colina o a lo largo de la polvorienta carretera.

Otra fuente de medroso placer consistía para él en pasar las largas noches de invierno en compañía de las mujeres que hilaban en torno del fuego escuchando, mientras sartas de manzanas se asaban y chisporroteaban en el hogar, sus maravillosas historias de duendes y aparecidos, de campos y arroyos encantados, y de casas y puentes poseídos; y particularmente la leyenda del jinete sin cabeza o soldado galopante del valle encantado, como le llamaban a veces. Deleitábalas por su parte con las anécdotas de brujería y de pavorosos augurios y apariciones portentosas y ruidos en los aires, que acontecían en los antiguos tiempos de Connécticut; y llenábalas de angustia con diversas consideraciones sobre los cometas y estrellas errantes, así como sobre el hecho alarmante de que el mundo giraba absolutamente en redondo y que estaban precisamente a medio camino de la voltereta.

Pero si existía algún placer en tales conversaciones mientras se encontraban abrigados y protegidos en el rincón de la chimenea, en una habitación vivamente alumbrada por el resplandor de los crujientes leños y donde ningún espectro se hubiera atrevido por cierto a asomar la faz, este goce se pagaba caramente con los subsiguientes terrores del camino de regreso a los respectivos hogares. ¡Qué figuras y sombras más horrendas a lo largo del sendero, entre la bruma y brillo sepulcral de una noche de nevada! ¡Con qué anhelante mirada examinaba Íchabod cada rayo tembloroso de luz brillando a través del vasto campo desde alguna distante ventana! ¡Cuán frecuentemente sintióse atemorizado ante cualquier arbusto cubierto de nieve que, cual fantasma revestido de una sábana, parecía espiar su camino! ¡Cuántas veces se estremeció de helado pavor al sonido de sus propios pasos en la endurecida corteza de la tierra, sin atreverse siquiera a mirar por encima del hombro por temor de encontrarse con algún ser extraordinario marchando pesadamente a sus talones! ¡Y cuán a menudo se sintió desfallecer del todo al rumor de una ráfaga de viento gimiendo entre los árboles, con la idea de que era el soldado de caballería galopando en una de sus excursiones nocturnas!

No eran, sin embargo, más que simples terrores de la noche, fantasmas de la mente del que camina en la obscuridad; y aun cuando Íchabod había visto muchos espectros en diversas ocasiones y había sido más de una vez acechado en diferentes formas por Satán[23] en sus solitarios vagares, la luz del día ponía siempre fin a estas alucinaciones; y habría disfrutado con todo una dichosa existencia, a despecho del diablo y de sus obras, si no se hubiera cruzado en su camino el ser que causa a los mortales perplejidades mayores que todos los espectros, duendes y la raza entera de los brujos reunidos; esto es: una mujer.

Entre los discípulos de música que se reunían una vez por semana en la noche para recibir sus lecciones de salmodia, encontrábase Katrina Van Tássel, hija única de un rico granjero holandés. Era un delicioso pimpollo de dieciocho años, regordeta como una perdiz, sabrosa, suave y de mejillas tan rosadas como uno de los melocotones de su padre; y de fama universal, no sólo por su belleza sino por sus vastas expectativas en el porvenir. Con esto, era un poquitillo coqueta como podía deducirse de su manera de vestir, combinación de la moda antigua y moderna en la forma más apropiada para realzar sus encantos. Usaba los mismos adornos de oro amarillo puro que su tatarabuela trajera de Saardam; el tentador peto y una provocativa falda corta que permitía admirar el más lindo pie y tobillo que se lucían en toda la región circunvecina.

Íchabod Crane tenía un corazón blando y decidido por el bello sexo; por lo cual no debe maravillar que bocado tan exquisito encontrara gracia ante sus ojos, sobre todo después de haber estado de visita en la casa paterna. El viejo Baltus Van Tássel era la encarnación perfecta del granjero próspero, feliz y de corazón abierto. Es verdad que rara vez traspasaban sus ideas o sus miradas más allá de los linderos de su granja; pero dentro de ellos todo era dicha, holgura y comodidad. Vivía satisfecho pero no orgulloso de su prosperidad; y tenía más a gala la abundancia sencilla que el estilo rebuscado en su manera de vivir. Sus dominios estaban situados sobre las riberas del Hudson, en uno de aquellos verdes, abrigados y fértiles rincones en que tanto gusta anidar a los agricultores holandeses. Un gran olmo extendía sus anchas ramas sobre la casa, y a sus pies brotaba una fuente de agua dulce y cristalina en un pequeño manantial formado por un barril, de donde se escapaba centelleando entre el césped hasta reunirse al arroyuelo vecino que murmuraba bajo los alisos y los sauces enanos. Cerca de la casa había una vasta troje que podía haber servido de iglesia; sus ventanas y hendeduras parecían a punto de estallar con los tesoros de la granja; oíase resonar dentro día y noche el atareado mayal; las golondrinas y vencejos deslizábanse gorjeando bajo los aleros; mientras hileras de palomas, algunas con un ojo vuelto hacia arriba como para examinar el tiempo, otras con la cabeza bajo el ala o enterrada entre el pecho, otras hinchándose, arrullando o haciendo la rueda a sus damas, tomaban el sol desde el tejado. Cerdos bruñidos y pesados gruñían en el reposo y abundancia de sus chiqueros, de donde asomaban las narices aquí y allá, como absorbiendo el aire, manadas de cachorros. Un majestuoso escuadrón de nevados gansos nadaba en el cercano estanque, escoltando flotillas enteras de patos; regimientos de pavos cloqueaban por la granja, mientras las gallinas de Guinea protestaban de tal atrevimiento con su malhumorado y discordante grito, como gruñonas amas de casa. Delante de la puerta de la troje pavoneábase el arrogante gallo, modelo de maridos, de guerreros y gentileshombres, sacudiendo sus brillantes alas y cantando toda la alegría y el orgullo de su corazón; escarbando a veces la tierra con las patas y llamando después generosamente a su siempre hambrienta familia de mujeres y chiquillos para que saborearan el rico bocado que había descubierto.

Volvíase agua la boca del pedagogo al contemplar las magníficas promesas de suculenta mesa para el invierno. En su devoradora visión aparecían los lechoncillos rellenos corriendo a su alrededor con una manzana en el hocico; los pichones voluptuosamente acostados en apetitoso pastel y arrebozados en su dorada corteza; los gansos nadando en su propia salsa; y los patos agradablemente instalados por parejas en las fuentes, como amorosos cónyuges, con una decente provisión de salsa de cebollas. En los puercos veía señalarse las rayas del futuro y reluciente tocino, y el jugoso y delicado jamón; no había un solo pavo al que no adivinara deliciosamente trufado, con la molleja bajo el ala y algunas veces con un collar de sabrosas salchichas; y hasta los bizarros monarcas del corral yacían tendidos sobre el lomo, como plato de entrada, con las garras levantadas como implorando el cuartel que su caballeresco espíritu desdeñara demandar en vida.

Al mismo tiempo que el extasiado Íchabod fantaseaba todo esto al rodar la mirada de sus verdes ojos sobre los pingües prados, los ricos campos de trigo, de centeno, de trigo sarraceno y maíz, como sobre los árboles cediendo al peso de los rubios frutos en las huertas que rodeaban la propiedad de Van Tássel, su corazón suspiraba por la damisela que heredaría estos dominios, y caldeábase su imaginación a la idea de cuán fácilmente podrían convertirse en plata contante que a su vez se invertiría en inmensas posesiones de terreno yermo y palacios de ripia en el desierto. No se detenía allí su ardiente fantasía sino que, realizando sus esperanzas, le presentaba a la graciosa Katrina con toda una larga prole de chiquillos, sentada en lo alto de un carro cargado de baratijas caseras, con potes y marmitas danzando en la parte inferior; y él mismo veíase montando a horcajadas una pacífica yegua con un potrillo a la zaga, camino de Kentucky, Tennessee o Dios sabe qué rumbo.

Cuando entró en la casa, su corazón quedó conquistado por completo. Era una de aquellas espaciosas granjas de altos caballetes y tejados de bajo declive, construídas al estilo transmitido por los primeros colonos holandeses; proyectándose hacia adelante los bajos aleros hasta formar un corredor fronterizo capaz de cerrarse por completo en el mal tiempo. Debajo colgaban mayales, arneses, instrumentos de labranza y redes para pescar en la ribera cercana. En todo el largo de los costados había bancos para el tiempo de verano; una gran rueda de hilar a uno de los extremos y una mantequera al otro lado, mostraban los diversos usos a que este importante pórtico estaba destinado. Del corredor pasó el embelesado Íchabod a la sala que formaba el centro del edificio y era el sitio habitual de residencia. Allí, hileras de resplandeciente vajilla, colocada en un gran aparador, deslumbraron sus miradas. En un rincón había un enorme saco de lana lista para hilarse; en otro, una cantidad de lino y lana acabada de llegar del telar; mazorcas de maíz y cuerdas de manzanas y melocotones secos pendían de los muros en atractiva decoración, mezclados al festival de los rojos pimientos; mientras una puerta ligeramente entornada permitía echar una ojeada al salón más caracterizado, donde las sillas con sus patas de garras y las mesas de caoba obscura relucían como espejos; los morillos de la chimenea, con sus correspondientes palas y tenazas, resplandecían bajo su cubierta semejando cabezas de espárragos; arbustos y conchas decoraban la repisa de la chimenea, sobre la cual veíanse suspendidas hileras de huevos de diversos colores; un gran huevo de aveztruz campeaba pendiente en el centro de la pieza; y un gran anaquel, abierto intencionadamente, desplegaba inmensos tesoros de plata antigua y porcelana bien conservada de la China.

Desde el momento en que Íchabod reposó sus miradas en aquellas escenas deleitosas desapareció la paz de su espíritu, y todo su estudio concentróse en descubrir la manera de ganar el afecto de la sin par hija de Van Tássel. Tropezaba, sin embargo, para esta empresa con dificultades mayores de las que acostumbrara vencer el enjambre de caballeros errantes de antaño que sólo combatían con gigantes, encantadores, fieros dragones y otros adversarios de este jaez, fáciles de dominar; viéndose obligados solamente a abrirse paso a través de puertas de hierros y bronce, y muros de adamanto, para llegar al castillo encantado donde se hallaba confinada la dama de sus pensamientos; hazañas todas que realizaban tan fácilmente como quien abre una vía hasta el fondo de un pastel de Navidad, encontrando al cabo que la dama les otorgaba su mano como cosa convenida con anterioridad. Íchabod, por el contrario, tenía que ganar el corazón de una coqueta de aldea, perdido en un laberinto de caprichos y extravagancias que ofrecían cada vez nuevas dificultades y estorbos; y hacer frente, además, a una legión de adversarios de carne y hueso, los rústicos y numerosos admiradores de Katrina, que sitiaban todos los accesos a su corazón espiándose mutuamente con irritadas miradas, pero prontos a formar causa común para atacar a cualquier nuevo competidor.

El más formidable entre ellos era un jactancioso, turbulento y atronador valentón llamado Abraham o Brom Van Brunt según la abreviatura holandesa, que se había hecho el héroe de la comarca por sus hazañas de fuerza y temeridad. Tenía anchos hombros y macizas articulaciones, cabello corto, negro y rizado, y aspecto rústico pero no desagradable, con cierto aire mezcla de jovialidad y arrogancia. Por su figura hercúlea y sus potentes miembros había merecido el sobrenombre de Brom Bones (Brom el huesoso), por el cual se le conocía generalmente. Tenía fama de grandes conocimientos y destreza en la equitación, sintiéndose tan firme a caballo como un tártaro. Era el primero en todas las apuestas y peleas de gallos y, con el ascendiente que la fuerza física ejerce siempre en la vida rural, hacía de árbitro en todas las disputas, decidiendo por cualquiera de las partes y dictando sus sentencias con aire y tono que no admitía réplica ni contradicción. Estaba siempre pronto para un lío o para una juerga; pero había más travesura que mala intención en su temperamento y, en medio de toda su rudeza exterior, gastaba en el fondo sus arranques de broma y buen humor. Tenía tres o cuatro buenos camaradas que le tomaban como modelo y a la cabeza de los cuales recorría la comarca mezclándose en todas las contiendas y diversiones en muchas millas a la redonda. En el invierno llevaba siempre como distintivo un gorro de piel con airosa borla de cola de zorro; y cuando la gente reunida en alguna fiesta de aldea divisaba a la distancia el conocido penacho agitándose en medio de un escuadrón de atrevidos jinetes, sabía ya que se preparaba una borrasca. Algunas veces se oía pasar la banda a media noche delante de las granjas, en medio de gritos y exclamaciones como una tropa de cosacos del Don; y las viejas damas arrancadas a su sueño acostumbraban escuchar por un momento hasta que el ruido hubiera cesado y exclamaban entonces: “¡Ah! ¡Por allí anda Brom Bones y su banda!” Los vecinos le miraban con mezcla de pavor, admiración y simpatía, y siempre que ocurría en el pueblo algún tremendo alboroto o cualquier extravagante locura, sacudían la cabeza y garantizaban que Brom Bones se encontraba al fondo del asunto.

Hacía ya algún tiempo que este selvático héroe había hecho de la deslumbradora Katrina el objeto de sus rudas galanterías, y a pesar de que sus amorosos manejos eran algo semejantes a las gentiles caricias y halagos de un oso, se murmuraba que la joven no desalentaba sus esperanzas. Lo cierto es que sus avances fueron la señal de retirada para los candidatos rivales que no se sentían inclinados a irritar a un león en sus amores; de manera que, cuando un domingo por la noche pudo verse su caballo atado en las caballerizas de Van Tássel, como muestra infalible de que su amo hallábase dentro cortejando o “pretendiendo,” como se acostumbraba decir, todos los aspirantes continuaron su camino desesperados y fueron a iniciar nuevas lides por otros barrios.

Tal era el formidable rival con quien Íchabod Crane había de luchar y, todo bien considerado, hombres más fornidos que él habrían temido al competidor, y los más prudentes habrían desesperado. Pero en la naturaleza del maestro había una mezcla feliz de maleabilidad y perseverancia; en figura y en espíritu era un mozo bien templado; flexible, pero tenaz; doblegándose sin romperse; y aun cuando inclinaba la cabeza a la menor presión, apenas pasado el momento difícil ¡zas! erguíase de nuevo y llevaba la frente tan alta como de costumbre.

Habría sido ciertamente una locura combatir a campo abierto contra semejante rival, hombre tan incapaz como el fogoso Aquiles, de sufrir la menor oposición a sus amores, Íchabod, por consiguiente, hacía sus avances de manera muy suave e insinuante. So capa de maestro de canto hacía visitas frecuentes a la alquería; sin que esto signifique, de otro lado, que tuviese nada que temer de la oficiosa intervención de la familia que a menudo representa un grave escollo en la senda de los amantes. Balt Van Tássel era un hombre bueno e indulgente; amaba a su hija más aún que a su pipa, y a fuer de hombre razonable y excelente padre, dejábala hacer su voluntad en todo cuanto se la antojase. Su arreglada mujercita tenía demasiado que hacer con atender a la casa y cuidar de las aves; y además, como observaba sabiamente, los patos y los gansos son muy tontos y es preciso mirar por ellos, mientras que las muchachas pueden cuidarse por sí mismas. Así, mientras la atareada señora bullía por la casa o daba vueltas a la rueca en un extremo del corredor, el honrado Balt sentábase a fumar su pipa al otro extremo, contemplando las proezas de un pequeño guerrero de madera que, armado de una espada en cada mano, desafiaba al viento valientemente desde el pináculo del granero. Entretanto Íchabod defendía su causa con la hija bajo el gran olmo al lado de la fuente o vagando por la granja hacia el crepúsculo, hora la más propicia para la elocuencia amatoria.

No me precio de saber cómo se vence y es vencido el corazón de la mujer. Para mí ellas han sido siempre un enigma y un motivo de admiración. Algunas parecen tener solamente un punto vulnerable o puerta de acceso, mientras otras tienen millares de avenidas y pueden capturarse de mil modos diferentes. Es un gran triunfo de la estrategia conquistar a las primeras, pero demanda aun mayores conocimientos en esta ciencia conservar la posesión de las segundas, porque entonces el hombre tiene que librar batalla en todas las puertas y ventanas para defender su fortaleza. Aquel que vence un corazón de mil entradas tiene ciertamente derecho a algún renombre; pero el que conserva dominio indisputable en el corazón de una coqueta es un héroe, en verdad. Mas no era éste el caso con el temible Brom Bones, pues desde el momento en que Íchabod Crane inició sus avances, declinaron evidentemente los intereses del primero; no se veía ya su caballo atado en la caballeriza los domingos por la noche, y una enemistad mortal desarrollóse gradualmente entre él y el preceptor del valle encantado.

Brom, con su natural rudeza caballeresca, habría llevado de buena gana las cosas a campo abierto y definido las pretensiones de ambos sobre la dama en combate singular, de acuerdo con la moda de los más concisos y simples razonadores, los caballeros errantes de antaño; pero Íchabod tenía demasiada conciencia de la superioridad física de su adversario para arriesgarse a justar con él; había oído jactarse a Bones de que “doblaría en dos al maestro y le encerraría en uno de los anaqueles de la escuela;” y era demasiado prudente para darle ocasión de ponerlo en práctica.

Había algo extremadamente provocativo en su sistema de pacífica obstinación, que no dejaba a Brom otra alternativa que acudir al fondo de bellaquería que tenía siempre a su disposición y jugar a su rival pesadas bromas, Íchabod llegó a convertirse en el objeto de una fantástica persecución de parte de Bones y sus zafios camaradas. Pillaban sus en otro tiempo pacíficos dominios, llenaban de humo la sala de canto obstruyendo la chimenea, invadían la escuela durante la noche a despecho de las ataduras de mimbres y estacas de las ventanas volviéndolo todo de través, de manera que el pobre maestro comenzaba a creer que las brujas de todo el país se congregaban allí para celebrar sus sábados. Pero todavía lo más insoportable era que Brom aprovechaba toda ocasión de ponerle en ridículo delante de su dama, y tenía un canalla de perro a quien había enseñado a aullar de la manera más irritante y al cual presentaba como rival de Íchabod para enseñar a Katrina la salmodia.

En esta forma marcharon los asuntos por algún tiempo sin producir efectos sensibles en la respectiva situación de los poderes beligerantes. Una hermosa tarde de otoño encontrábase Íchabod muy pensativo, entronizado en el alto escabel desde donde dominaba generalmente todos los incidentes de su pequeño reino de las letras. Balanceaba en su mano una férula, cetro de su despótico poder; la varilla justiciera, terror constante de los malhechores, reposaba en tres clavos detrás del trono, mientras sobre el escritorio podían verse diversos artículos de contrabando y armas prohibidas, como manzanas mordidas, cerbatanas, perinolas, jaulas de moscas y legiones enteras de exuberantes gallitos de papel, decomisados sobre la persona de aquellos holgazanes bribonzuelos. A todas luces, había tenido lugar hacía poco algún tremebundo acto de justicia, porque los escolares estaban intensamente atareados con sus libros o cuchicheaban tras ellos a hurtadillas con ojo avizor sobre el maestro; y una especie de latente zumbido reinaba en toda la sala de clase. Bruscamente el silencio se interrumpió con la aparición de un negro, vestido de chaqueta y calzón de cáñamo, con un fragmento redondo de copa de sombrero semejando el gorro de Mercurio, y montado en un potro esmirriado, salvaje y cojitranco, al que manejaba con una soga a guisa de ronzal. Se presentó alborotando a la puerta de la escuela y trayendo a Íchabod una invitación para una fiesta campestre o “quilting frolic”[24] que tendría lugar aquella noche donde los Van Tássels; y después de declamar su mensaje con el aire de importancia y el esfuerzo por expresarse en lenguaje fino que los negros son tan dados a desplegar en pequeñas embajadas de esta clase, saltó sobre su rocinante y desapareció por la hondonada con toda la prisa ceremoniosa que requería su misión.

Todo era ahora bullicio y aturdimiento en la poco ha tranquila sala de clase. Los muchachos pasaron sus lecciones al escape sin detenerse en bagatelas; los más vivos escamotearon la mitad impunemente; los tardíos recibieron de vez en cuando alguna eficaz aplicación en la parte posterior para aguijonear su inteligencia y ayudarles a encontrar cualquier palabra difícil. Arrojáronse los libros a un lado sin preocuparse de ordenarlos en los anaqueles; volteáronse los tinteros, cayeron las bancas, y la escuela quedó desierta una hora antes de lo acostumbrado, dejando escapar una legión de diablillos que chillaban y alborotaban entre el verdor en la alegría de su temprana emancipación.

El galante Íchabod dedicó por lo menos media hora más de lo ordinario a su tocador, acepillando y puliendo su mejor y a decir verdad único vestido negro desteñido, y arreglando sus guedejas con ayuda de un trozo de espejo colgado en una de las paredes de la escuela. Para presentarse ante su dama en verdadero estilo caballeresco, pidió prestado un corcel al granjero en cuya casa se alojaba por entonces, un viejo holandés gruñón llamado Hans Van Rípper, y así, bizarramente montado, salió como un caballero errante en busca de aventuras. Mas tratándose de una historia romántica, necesito consignar aquí siquiera en somera forma el aspecto y equipo de mi héroe y de su cabalgadura. Montaba un averiado caballo de arado que había dejado tras sí todo en la vida menos sus defectos. Era flaco y peludo, con pescuezo de oveja y cabeza que parecía un martillo; sus amarillentas crines y cola estaban todas enredadas y llenas de nudos de cadillos; uno de sus ojos había perdido la pupila y aparecía vidrioso y espectral, mientras el otro tenía reflejos genuinamente diabólicos. A juzgar por su nombre, Gunpowder (Pólvora), debía haber tenido mucho fuego y brío en sus días. Había sido, en efecto, la montura favorita del iracundo Van Rípper, jinete frenético, que había infundido probablemente al animal algo de su propio espíritu, pues viejo y maltratado como estaba, conservaba aun más oculta malicia que cualquier potro joven de la comarca.

Íchabod era figura adecuada para tal cabalgadura. Llevaba estribos cortos que ponían sus rodillas cerca del pomo de la silla; sus codos agudos proyectábanse hacia fuera como patas de saltamonte; sostenía el látigo perpendicularmente como un cetro; y al trotar del caballo, el movimiento de sus brazos figuraba un continuo aleteo. Un pequeño sombrero de lana descansaba en la cumbre de su nariz, que así podía llamarse la estrecha faja que hacía las veces de frente; y los negros faldones de su chaqueta flotaban sobre las ancas casi hasta la cola del caballo. Tal era el aspecto de Íchabod y de su corcel cuando transpusieron renqueando la portada de Hans Van Rípper, formando en conjunto una aparición tan extraordinaria como pocas veces es dado contemplar a la clara luz del día.

Era, como he dicho, una hermosa tarde de otoño; el cielo estaba claro y sereno y la naturaleza hacía gala de la rica y dorada librea que asociamos siempre a la idea de abundancia. Los bosques ostentaban su soberbio amarillo obscuro, mientras algunos árboles tiernos se habían teñido con la helada de brillante colorido anaranjado, púrpura y escarlata. Hileras interminables de patos salvajes aparecían en el horizonte; podía oírse el latido de la ardilla desde los bosquecillos de hayas y nogales y a intervalos el meditabundo silbo de la codorniz desde el vecino campo de rastrojo.

Los pajarillos celebraban su último banquete diurno. En la plenitud de su regocijo revolvíanse chirriando y triscando de rama en rama y árbol en árbol a su capricho, entre la profusión y variedad de los alrededores. Revoloteaba por allí el honrado petirrojo con su nota alta y quejumbrosa, caza favorita de los mozalbetes; y los mirlos gorjeadores volando en negras nubes; el carpintero de doradas alas con su cresta carmesí, su ancha gorguera negra y espléndido plumaje; el pájaro del cedro con sus alas de puntas rojas, su cola terminada en amarillo y su pequeña montera de plumas; y el gayo azul, ese estrepitoso currutaco, con su chaqueta azul claro y su ropaje blanco interior, chillando y gorjeando, cabeceando, agitándose y haciendo cortesías, y afectando estar en buenas relaciones con todos los cantores del boscaje.

Mientras Íchabod seguía a trote lento su camino, sus ojos, siempre abiertos a todo síntoma de abundancia culinaria, recontaban con deleite los tesoros del opulento otoño. Divisaba por todos lados amplia provisión de manzanas, colgando unas de los árboles en pesada madurez, reunidas otras en cestos y barriles para el mercado, y amontonadas las de más allá en abundantes pilas destinadas a la prensa del lagar. Más lejos podía observar los hermosos campos de maíz con sus doradas mazorcas asomando entre la hojosa cubierta, sugiriendo la promesa de bollos y pasteles; y debajo las amarillas calabazas mostraban sus redondos vientres, preludio de las pastas más exquisitas; y dondequiera que atravesaba y observaba los fragantes campos de trigo sarraceno exhalando un olor a colmena, dulces esperanzas se apoderaban de su mente haciéndole saborear de antemano las tortas bien cargadas de mantequilla y endulzadas con miel o jarabe, preparadas por las lindas y regordetas manecitas de Katrina Van Tássel.

Alimentando así su imaginación con mil dulces pensamientos y “azucaradas” fantasías, caminaba por el flanco de una hilera de colinas que dominaban algunos de los paisajes más bellos del majestuoso Hudson. Gradualmente descendía el sol hundiendo su ancho disco hacia el oeste. El dilatado seno del Tappan Zee yacía inmóvil y vidrioso, y apenas una ligera ondulación acá y allá delineaba y engrandecía la sombra azulada de las montañas lejanas. El horizonte lucía bellos tonos dorados que paulatinamente se tornaban en nítido verde manzana y luego en el azul profundo del cenit. Rayos oblicuos, prolongándose sobre las crestas arboladas de las montañas que dominan algunos puntos de la ribera, prestaban mayor intensidad al gris obscuro y purpúreo de sus rocosos flancos. Una barca mecíase indolentemente a la distancia, derivando con suavidad a impulsos de la corriente mientras su vela flotaba ociosa contra el mástil; y, como la refracción del cielo se reflejaba sobre el agua quieta, la embarcación parecía suspendida en el espacio.

Hacia la noche llegó Íchabod al castillo de Herr Van Tássel, encontrándolo atestado de lo más alto y florido de la comarca adyacente. Viejos granjeros con el rostro enjuto y curtido de su raza, vistiendo calzas y chaquetas de tela basta, medias azules, enormes zapatones y magníficas hebillas de metal. Mujercitas vivarachas y ajadas, con sus gorros plegados y ceñidos, sus faldas cortas y corpiños de talle largo, enaguas de tela basta, y las tijeras y acericos y bolsillos de zaraza colgando al exterior. Alegres doncellas, vestidas de moda casi tan anticuada como las mamás, salvo uno que otro sombrero de paja, alguna linda cinta y a veces algún vestido blanco que revelaba síntomas de ciertas innovaciones de la ciudad. Mozos llevando chaquetas de faldones cuadrados, hileras de estupendos botones de metal y el pelo largo por lo común y dispuesto en coleta según la moda de aquel tiempo—especialmente si habían podido conseguir una piel de anguila, que se consideraba en todo el país como el tónico más poderoso y eficaz para el cabello.

Brom Bones era, sin embargo, el héroe de la jornada, habiéndose presentado a la fiesta montando su caballo favorito Daredevil (Temerario), que poseía a la par que su amo grandes bríos y coraje, y al cual nadie sino Bones habría podido dominar. Distinguíase, en efecto, por su afición a esos animales reacios y espantadizos, acostumbrados a toda clase de mañas y que ponen al jinete en continuo riesgo de romperse la crisma; pues sostenía que un caballo tratable y bien domeñado era cabalgadura indigna de un mozo de hígados.

De buena gana me detendría a describir el mundo deleitoso que brotó ante las miradas de mi héroe al penetrar en la sala de recibo de la morada de Van Tássel. No se trataba por cierto de los encantos del grupo de muchachas campesinas con su ostentoso despliegue de blanco y rojo, sino de los innumerables atractivos de una mesa de te campestre y genuinamente holandesa en la abundante estación del otoño. ¡Qué aglomeración de fuentes de pastas de diversas clases, casi indescriptibles, y cuyo secreto guardaban las hacendosas amas de casa holandesas! Veíase allí el ilustre doughnut,[25] el tierno oly koek,[26] y el frágil y dorado cruller;[26] bizcochos y bollos, pasteles de jengibre y pastas de miel; en fin, todas las familias de pastas y bollos. Y había además pasteles de manzana, de melocotón y de calabaza, codeándose con rebanadas de jamón y carne ahumada y con deliciosas fuentes de conservas de ciruelas, melocotones, peras y membrillos; sin hacer mención de los pescados a la parrilla y gallinas asadas, ni de los tazones de leche y crema, todo amontonado tan confusamente como lo he enumerado, ni de la maternal tetera lanzando desde el centro nubes de vapor. ¡Dios bendiga la marca! Necesitaría aliento y tiempo de que disponer para describir como se merece este banquete, y tengo demasiada prisa para terminar mi historia. Afortunadamente, Íchabod Crane no estaba tan apurado como su historiador, y dispensó grandes honores a todas estas golosinas.

Era una bondadosa y agradecida criatura, cuyo corazón se dilataba en proporción al buen alimento que recibía su estómago y cuyo espíritu se abrillantaba con la comida como acontece a otros con la bebida. Tampoco podía evitar que sus grandes ojos rodaran por todas partes mientras comía, ni regocijarse interiormente ante la posibilidad de llegar algún día a ser el dueño de este lujo y esplendidez casi incomparables. Pensaba cuán pronto volvería entonces la espalda a la vieja escuela, cómo chasquearía sus dedos en las narices de Hans Van Rípper o cualquier otro de sus tacaños patrones, y enviaría a rodar al ambulante pedagogo que se atreviera a llamarle camarada.

El viejo Baltus Van Tássel discurría entre sus invitados con rostro dilatado por la alegría y buen humor, tan redondo y jovial como el plenilunio de otoño. Sus hospitalarias atenciones eran breves pero expresivas, limitándose a un apretón de manos, alguna palmada en el hombro, una risotada y la apremiante invitación para “embestir a las cosas, y atenderse cada uno por sí mismo.”

Pronto el sonido de la música en la sala o aposento general invitaba a danzar. El ejecutante era un negro viejo de pelo gris, que por más de medio siglo había sido la orquesta ambulante de todo el vecindario. Su instrumento aparecía tan viejo y maltratado como el dueño. La mayor parte del tiempo rascaba el violinista sólo dos o tres cuerdas acompañando con la cabeza cada movimiento del arco; inclinándose casi hasta el suelo y dando un golpe con el pie siempre que iba a comenzar una nueva copla.

Íchabod estaba tan orgulloso de sus cualidades de danzarín como de su poder vocal. Ni uno solo de sus miembros, ni una sola de sus fibras quedaba en reposo; y al ver su destartalada figura toda en movimiento y chacoloteando alrededor del cuarto, habría podido creerse que San Vito en persona, el bendito patrón de la danza, había descendido entre los bailarines. Constituía la admiración de los negros de todas edades y tamaños que, habiéndose reunido de la misma granja y del vecindario, formaban una pirámide de rostros de negrura brillante en todas las puertas y ventanas, y miraban la escena con deleite rodando las blancas bolas de sus ojos y mostrando en una mueca de oreja a oreja dos hileras de marfil. ¿Cómo era posible que el azotador de pilluelos no se sintiera animado y satisfecho? La dama de su corazón era su pareja en el baile y sonreía graciosamente a sus amorosos guiños, en tanto que Brom Bones, dolorosamente carcomido por el amor y por los celos, se mantenía todo meditabundo sentado en un rincón.

Cuando terminó la danza, Íchabod se sintió atraído hacia un grupo de personajes serios que, en compañía del viejo Van Tássel, estaban sentados en un extremo de la plazoleta fumando y departiendo sobre los antiguos tiempos y sacando a relucir largas historias de la guerra.

En la época de que me ocupo, aquella comarca era uno de los lugares más favorecidos por la crónica y por los grandes hombres. Las tropas inglesas y americanas habían andado muy cerca de allí durante la guerra; y había sido por consiguiente el escenario de toda clase de merodeos, viéndose infestada de emigrados, vaqueros y otras formas de caballería de la frontera. Había transcurrido justamente el tiempo necesario para permitir a cada uno urdir su historia con ribetes novelescos que la hicieran más interesante y, en la vaguedad de los recuerdos, erigirse en héroe de todas las hazañas que se relataban.

Salió a luz la historia de Doffue Mártling, cierto holandés de larga barba azul que casi llegó a apoderarse de una fragata inglesa con un viejo cañón de hierro de a nueve, colocado en un parapeto de barro, sólo que el cañón estalló a la cuarta descarga. Y había también un viejo caballero a quien no nombraremos por ser un mynheer[27] demasiado poderoso para mencionarle de ligero, y el cual era maestro tan cumplido de esgrima que en la batalla de White Plains desvió una bala de mosquete con la punta de su sable, de manera que pudo percibir perfectamente el silbido de la bala resbalando por la hoja y rebotando en el puño; en prueba de lo cual estaba dispuesto a mostrar en cualquier momento el puño un poquito abollado por el choque. Muchos otros se habían distinguido igualmente en el campo de batalla, persuadidos todos de haber ejercido considerable influencia para llevar la guerra a feliz terminación.

Pero esto no era nada en comparación de los cuentos que siguieron sobre espectros y apariciones. La comarca es rica en tesoros legendarios de tal naturaleza. Las historias locales y las supersticiones medran bien en aquellos escondidos y antiguos retiros; pero son menos apreciados por la flotante multitud que forma la población de la mayor parte de nuestras ciudades rurales. Además, los espectros no encuentran gran aliciente en nuestras poblaciones porque apenas han tenido tiempo de echar la primera siesta y revolverse en sus tumbas, cuando ya los amigos que les sobrevivieron han abandonado el lugar; de modo que al levantarse para sus rondas nocturnas no encuentran gente conocida a quien visitar. Ésta es quizá la razón por la cual tan rara vez oímos hablar de espectros, a no ser en aquellas antiguas comunidades holandesas.

Con todo, la causa inmediata del predominio de las historias maravillosas en aquellos sitios era, sin duda, debida en su mayor parte a la proximidad del valle encantado. Había una especie de contagio en el ambiente de esta poseída región; respirábase una atmósfera de quimeras y fantasías que infestaba todo el lugar. Varios habitantes del valle encantado se encontraban presentes en la reunión de Van Tássel y, como de costumbre, repetían sus salvajes y extraordinarias leyendas. Relatáronse muchos cuentos horrendos acerca de procesiones funerarias, sollozos y gemidos lamentosos, vistas y oídos respectivamente, cerca del gran árbol que crece en sus inmediaciones y bajo el cual hicieron prisionero al infortunado mayor André. Hablóse también de la mujer vestida de blanco que visitaba la obscura cañada de Raven Rock donde pereció entre la nieve, y cuyos alaridos se oían a menudo en las noches de invierno antes de alguna tempestad. La mayor parte de estas historias tornaba siempre, sin embargo, al espectro favorito del valle encantado, el jinete sin cabeza, de quien se había oído hablar varias veces últimamente en sus correrías a través de la comarca y que, según decían, maniataba su caballo por las noches entre las tumbas del cementerio de la iglesia.

La situación aislada de esta iglesia parece haber contribuído siempre a convertirla en el refugio predilecto de los espíritus inquietos. Está edificada en la cima de un montecillo y rodeada de soberbios olmos y algarrobos, entre los cuales brilla modestamente con sus discretos muros blanqueados, como resplandece la pureza cristiana entre las sombras del claustro. Suave pendiente conduce hasta una plateada sábana de agua bordeada por altos árboles entre los cuales pueden divisarse las azules colinas del Hudson. Contemplando el cementerio cubierto de césped, en que los rayos del sol parecen dormir tranquilamente, se pensaría que allí al menos los muertos pueden reposar en paz. A un costado de la iglesia se extiende un ancho barranco montuoso por donde se precipita un torrente entre rocas destrozadas y troncos de árboles caídos. Sobre la parte más negra y profunda del torrente, no lejos de la iglesia, habían arrojado antiguamente un puente de madera; el sendero que allí conducía y el puente mismo estaban sombreados por árboles colgantes estrechamente enlazados que producían tétrica sombra durante el día, la cual se convertía hacia la noche en pavorosa obscuridad. Era ésta una de las correrías favoritas del jinete sin cabeza, y el lugar donde se le encontraba con mayor frecuencia.

Se contaba que el viejo Bróuwer, el herético más descreído en materia de aparecidos, encontró al jinete de regreso de una de sus excursiones al valle encantado, viéndose obligado a montar a la grupa; que galoparon por bosques y malezas, por colinas y pantanos, hasta que llegaron al puente donde el jinete se transformó súbitamente en un esqueleto, arrojó al viejo Bróuwer en el torrente y desapareció con ruido de trueno entre las copas de los árboles.

Esta historia encontró inmediatamente una competidora en la tres veces maravillosa aventura de Brom Bones, quien afirmaba haberse burlado del galopador soldado en sus pretensiones de jinete insigne. Según él, volviendo una noche del vecino pueblo de Sing Sing, fué detenido por el nocturno caballero, quien le propuso apostar carreras por un vaso de ponche; y que le habría ganado, pues Daredevil llevaba chico al caballo duende en todo el valle, si no hubiera sido que al llegar al puente de la iglesia, el fantasma dió un salto repentino y desapareció en una llamarada.

Todos aquellos cuentos relatados en el misterioso medio tono con que se habla en la obscuridad, mientras el auditorio recibía tan sólo de cuando en cuando el rayo imprevisto del reflejo de alguna pipa, produjeron honda impresión en la mente de Íchabod. Contribuyó a su vez con largos extractos de su incomparable autor Cotton Máther, añadiendo maravillosos acontecimientos realizados en su estado natal, Connécticut, y pavorosas apariciones presenciadas por él mismo en sus paseos nocturnos por el valle encantado.

La fiesta terminaba gradualmente. Los viejos granjeros reunían a su familia en sus carros, oyéndose por algún tiempo el tintineo de los cascabeles que se alejaba por las carreteras de la hondonada y por las distantes colinas. Algunas damiselas iban sentadas en albardas a la grupa de su galán favorito, y su risa alegre, mezclada al rumor de las pisadas y repetida por el eco a través de las selvas silenciosas, resonaba más y más débil hasta extinguirse gradualmente por completo, quedando mudo y desierto el lugar poco ha lleno de ruido y de alegría.

Sólo Íchabod había quedado, siguiendo la costumbre de los galanes del país, para tener un tête-à-tête con la heredera, plenamente convencido de hallarse en vísperas del triunfo. No pretendo decir lo que pasó en aquella entrevista, porque lo ignoro en realidad. Temo, sin embargo, que algo anduvo mal porque Íchabod salió tras corto intervalo con las orejas caídas y el aire todo desolado. ¡Oh, mujeres! ¡mujeres! ¿Era posible que esta chica hubiese estado representando con él una de sus acostumbradas comedias de coquetería? ¿Alentar las esperanzas del pobre pedagogo había sido una simple farsa para asegurar la conquista de su rival? ¡Sólo Dios lo sabe, no yo! Baste decir que Íchabod escapó con el aspecto de un salteador de gallinero más bien que del corazón de una linda dama. Sin mirar a la derecha ni a la izquierda para observar la opulencia agrícola que tan a menudo había ambicionado, fué directamente al pesebre y a puñetazos y patadas levantó con gran descortesía a su corcel del cómodo alojamiento donde dormía a pierna suelta soñando con montes de maíz y avena y valles enteros de forraje y trébol.

Era precisamente la hora nocturna de las brujerías[28] aquella en que Íchabod, alicaído y descorazonado, seguía el camino de su casa por el flanco de las elevadas colinas que dominan Tarry Town y que con tanta alegría recorrió esa misma tarde. La hora estaba tan melancólica como él. Lejos, allá abajo, extendía el Tappan Zee la obscura e incierta inmensidad de sus aguas, sobre las que se divisaba aquí y allí el alto mástil de un barco meciéndose tranquilamente al ancla. En el mortal silencio de la media noche podía Íchabod percibir el ladrido del perro del guarda, débil y vago, como para dar solamente idea de la distancia a que se encontraba este fiel compañero del hombre. De vez en cuando escuchaba también resonar con eco fantástico en sus oídos el largo y arrastrado canto de algún gallo incidentalmente despierto, lejos, muy lejos, en alguna granja entre las apartadas colinas. Ninguna señal de vida mostrábase a su alrededor, fuera del melancólico chirrido del grillo o el grito gutural de las ranas desde el pantano vecino como si, sintiéndose incómodas durante el sueño, se revolvieran súbitamente en su lecho.

Todas las historias de duendes y espectros que había oído al crepúsculo, acudían ahora en tropel a su memoria. La noche se ponía más y más obscura; las estrellas parecían hundirse más profundamente en el firmamento, y nubes errantes las ocultaban por momentos a sus ojos. Jamás se había sentido tan triste y abandonado. Aproximábase, de otro lado, al sitio donde se radicaban muchas historias de aparecidos. En medio de la carretera elevábase un enorme tulipán que dominaba como un gigante a todos los árboles de la vecindad y servía como una especie de mojón. Sus ramas, tan grandes como troncos de otros árboles, afectaban formas nudosas y fantásticas retorciéndose casi hasta llegar al suelo y elevándose de nuevo por los aires. Se le relacionaba con la trágica historia del infortunado André, hecho prisionero en las cercanías, y era universalmente conocido por el nombre de “árbol del mayor André.” El pueblo le miraba con cierta mezcla de respeto y superstición, nacida en parte de la simpatía por la suerte de su malaventurado tocayo, y en parte de los cuentos de extrañas apariciones y lamentaciones dolorosas que circulaban a su respecto.

Conforme se aproximaba Íchabod al temido árbol comenzó a silbar, creyendo luego que alguien había respondido a su silbo; pero era solamente una ráfaga sutil cortando las secas ramas. Al acercarse un poco más, pensó que veía algo blanco colgando del centro del árbol; detúvose y dejó de silbar; pero mirando con más cuidado advirtió que el árbol había sido herido por el rayo y en cierto sitio aparecía desnuda la madera blanca. Repentinamente oyó un gemido; sus dientes se entrechocaron y sus rodillas golpearon la silla: era solamente el roce de una gran rama contra otra, movidas por la brisa. Transpuso el árbol con felicidad, pero nuevos peligros levantábanse contra él.

A doscientas yardas del árbol un pequeño arroyo cruzaba la carretera y corría hacia un valle cenagoso y montuoso llamado el pantano de Wíley. Algunos ásperos maderos colocados uno junto a otro servían de puente para pasar al riachuelo. Al lado opuesto del camino, donde el arroyo se internaba en el bosque, un grupo de castaños y robles espesamente entrelazados con vid silvestre arrojaba sombras cavernosas sobre la vía. Atravesar el puente era la prueba más difícil. En idéntico sitio fué capturado el desventurado André y bajo aquellos castaños y vides se ocultaron los inflexibles labriegos que le sorprendieron. Desde aquel entonces se consideraba encantado el arroyo y se llenaban de terror los muchachos de la escuela que se veían obligados a atravesar el puente después de anochecido.

A medida que se acercaba al arroyo, el corazón de Íchabod comenzó a dar pesados golpes en su pecho; invocó en su ayuda, sin embargo, toda su energía, dió a su caballo una veintena de talonazos en las costillas y decidió valerosamente cruzar el puentecillo; pero el viejo y perverso animal, en vez de lanzarse hacia adelante, dió un bote de costado y se arrojó de través contra la estacada. El maestro, cuyos temores aumentaban con la demora, tiró entonces las riendas del lado opuesto y espoleó vigorosamente al jaco con el pie contrario. Todo fué en vano: el caballo arrancó, es verdad, pero sólo para arrojarse al otro lado del camino entre unas matas de zarzas y malezas de toda clase. Íchabod hizo uso entonces del látigo y los talones contra los flancos hambrientos del viejo Gunpowder que se lanzó de frente resoplando y bufando, pero para detenerse justamente delante el puente, tan de súbito, que casi arroja al jinete por las orejas. En este preciso instante el sensible oído de Íchabod percibió un pesado chapoteo hacia el lado del puente. Entre la obscura sombra de la arboleda a orillas del arroyo, vió algo inmenso, informe y de altura desmesurada. No se movía, sino que parecía recogerse en las tinieblas como algún monstruo gigantesco pronto a lanzarse sobre el viajero.

El cabello del despavorido pedagogo se erizaba a impulsos del terror. ¿Qué podía hacer? Era demasiado tarde para volver riendas y además, ¿qué probabilidades tenía de escapar a un duende o aparecido, si tal era, que podría cabalgar en alas de los vientos? Reuniendo su valor, preguntó con voz temblorosa: “¿Quién sois?” No recibió respuesta. Repitió su pregunta con voz aun más agitada. Tampoco obtuvo contestación. Azotó de nuevo los ijares del inflexible Gunpowder y cerrando los ojos rompió a entonar un salmo con involuntario fervor. Precisamente en aquel momento el sombrío objeto de alarma se puso en movimiento y lanzándose de un bote plantóse en medio del camino. Aun cuando la noche era lóbrega y siniestra podía discernirse en cierto grado la figura del desconocido. Aparentaba ser un jinete de grandes dimensiones montado en un caballo negro de aspecto vigoroso. No hacía demostración alguna en pro ni en contra sino que se mantenía a lado de la carretera, zangoloteándose ligeramente por el lado tuerto de Gunpowder que parecía ahora libre de su terror y malas disposiciones.

Íchabod, a quien no agradaba mucho el extraño y nocturno compañero, rememorando la aventura de Brom Bones con el soldado galopante, apresuró entonces el paso con la esperanza de aventajarle; pero el extranjero picó también para mantenerse al mismo nivel. Íchabod acortó riendas entonces y avanzó al paso tratando de quedarse atrás; el otro procedió de igual manera. Su corazón comenzó a dar saltos dentro de su pecho; trató de reanudar el canto de la salmodia; pero su lengua apergaminada se pegaba al paladar y le era imposible emitir una sola estrofa. Había algo de misterioso y terrible en el extraño y pertinaz silencio de su obstinado compañero. Pronto pudo darse cuenta de la causa y quedó horrorizado. Al ascender una elevación del terreno que delineó en gigantesco relieve sobre el firmamento la figura de su compañero de viaje embozado en una capa, Íchabod se sintió despavorido al observar que ¡carecía de cabeza! ¡Y su horror llegó al colmo cuando se apercibió de que el espectro llevaba en el pomo de la silla la cabeza que debía descansar sobre sus hombros! Su terror se convirtió en desesperación; descargó una lluvia de puñetazos y patadas sobre Gunpowder, esperando escapar a su compañero a favor de algún salto repentino; pero el espectro partió con igual velocidad. Lanzáronse entonces ambos en fantástica carrera; volaban las piedras y saltaban chispas a cada rebote. Los ligeros vestidos de Íchabod volaban por el aire mientras tendía su largo y seco cuerpo sobre el cuello del caballo en la rapidez de la fuga.

Llegaron así al camino que endereza hacia el valle encantado; pero Gunpowder, que parecía poseído del demonio, en lugar de seguir por esta vía, cambió de dirección y se lanzó imprudentemente por la pendiente de la colina hacia la izquierda. Este sendero llevaba a una arenosa hondonada sombreada de árboles por más de un cuarto de milla, cruzando luego el puente famoso en las historias de aparecidos, precisamente detrás del cual se eleva el verde montecillo donde estaba edificada la pequeña iglesia de muros blanqueados.

Hasta aquí el pánico de su cabalgadura había dado aparente ventaja en la cacería al jinete menos diestro; pero al llegar a la mitad del camino del valle, aflojáronse los cordones de la cincha y sintió el maestro que la montura resbalaba bajo sus piernas. La sujetó por el pomo tratando de afirmarla, pero en vano; y tuvo apenas tiempo de salvarse de la caída colgándose del cuello del viejo Gunpowder mientras la silla rodaba por el suelo, pudiendo oír cómo la atropellaban las pisadas de su perseguidor. Por un momento le acometió el temor de la ira de Hans Van Rípper por tratarse de su montura de los días de fiesta, pero no había tiempo de pensar en menudos terrores; el aparecido se precipitaba sobre sus talones y, jinete inhábil como era, encontraba gran dificultad para mantener su posición: unas veces se escurría por un lado, otras por el otro, cayendo algunas con tal violencia sobre el huesudo lomo del animal que temía verdaderamente quedar partido en dos mitades.

Un claro entre los árboles reanimó su valor infundiéndole la esperanza de que el puente de la iglesia se hallara cercano. El reflejo vacilante de una plateada estrella en el fondo del arroyo le hizo ver que no se había engañado. Pudo divisar los muros de la iglesia brillando confusamente en lontananza entre los árboles. Recordando el sitio donde desapareció el espectro competidor de Brom Bones: “Si logro alcanzar el puente estoy en salvo,”[29] pensó Íchabod. Justamente en aquel momento oyó muy cerca tras de sí al negro corcel resoplando y jadeante; hasta se figuró sentir su aliento ardoroso. Otro talonazo convulsivo en las costillas y el viejo Gunpowder se lanzó sobre el puente; pasó como un torbellino sobre las tablas resonantes; llegó al lado opuesto; y entonces Íchabod se atrevió a mirar hacia atrás para corroborar si, de acuerdo con la regla, su perseguidor se había desvanecido en una llamarada de fuego y azufre.

En este preciso instante vió que el aparecido, levantándose sobre los estribos, se disponía a arrojar su cabeza contra él. Íchabod trató de evadir el siniestro proyectil, pero demasiado tarde. Tropezó con su cráneo en tremendo estallido; dió un vuelco el maestro de cabeza contra el polvo, y Gunpowder, el negro corcel y el jinete duende pasaron como una exhalación.

A la mañana siguiente encontraron al viejo caballo sin silla y con la brida a los pies, pastando juiciosamente el césped a las puertas de su amo. Íchabod no se presentó al desayuno; llegó la hora del almuerzo, pero Íchabod no llegó. Los muchachos se reunieron en la escuela y vagaron indolentemente por las márgenes del arroyo sin que nada se supiera del maestro. Hans Van Rípper comenzaba ya a sentir alguna inquietud por la suerte del pobre pedagogo y por su silla de montar. Hiciéronse investigaciones y tras diligente pesquisa halláronse sus huellas. A un lado del camino que conducía a la iglesia encontraron la montura hundida en el polvo; las señales de los cascos de dos caballos en vertiginosa carrera al parecer, y profundamente marcadas en la carretera, llevaban al puente, pasado el cual, en las orillas de la parte más ancha del arroyo, donde corre el agua negra y profunda, se encontró el sombrero del infortunado Íchabod, y muy cerca de allí una calabaza rota.

Sondearon el arroyo sin llegar a descubrir el cuerpo del maestro. Hans Van Rípper, a fuer de ejecutor testamentario, examinó el paquete que contenía todos los tesoros que poseía Íchabod en el mundo. Consistían en dos camisas y media; dos corbatines; uno o dos pares de medias de estambre; un viejo par de calzones cortos de pana; una navaja mohosa; un libro de salmodia con las puntas llenas de dobleces; y un diapasón roto. Los libros y muebles de la escuela pertenecían a la comunidad, con excepción de la History of Witchcraft, de Cotton Máther, un New England Almanac, y un libro de los sueños y de la buena ventura; en el último había una hoja de papel ministro llena de tachaduras y borrones a consecuencia de varias tentativas infructuosas para preparar el borrador de unos versos en honor de la heredera de Van Tássel. Los libros de magia y el ensayo poético fueron destinados a las llamas por Hans Van Rípper, quien desde entonces determinó no enviar en adelante sus chicos a la escuela, observando que nada bueno se saca de la lectura ni escritura. Si el maestro tenía algún dinero—y había recibido su paga justamente uno o dos días antes—lo llevaba todo consigo probablemente en el momento de su desaparición.

El misterioso acontecimiento causó mucha expectación el domingo siguiente en la iglesia. Grupos de mirones y comentadores se dieron cita en el cementerio, en el puente y en el sitio en que se encontraron el sombrero y la calabaza. Las historias de Brom Bones y toda una sarta por el mismo estilo fueron el tema de conversación general; y después de considerarlas con la debida atención y de compararlas con los síntomas del caso actual, los vecinos sacudieron la cabeza arribando a la conclusión de que Íchabod había sido arrebatado por el ginete sin cabeza. Como era soltero y no tenía deudores, nadie se rompió más la cabeza a este respecto; la escuela se mudó a otro barrio de la hondonada y otro pedagogo vino a reinar en su trono.

A decir verdad, un viejo granjero que estuvo de paso en Nueva York algunos años después, y de quien se recogió el relato de la aventura del aparecido, llevó a su pueblo la inteligencia de que Íchabod estaba vivo todavía; que dejó el valle, parte por temor del espectro y de Hans Van Rípper, y parte por la mortificación de haber sido desdeñado inopinadamente por la heredera; que había transladado sus lares a otra parte lejana del país; había regentado una escuela y estudiado derecho al mismo tiempo; había sido admitido en el foro; había hecho política; fué elector, y se le mencionó en los periódicos; y por último, fué nombrado juez del tribunal de diez libras.[30] Brom Bones, que poco después de la desaparición de su rival llevó triunfalmente al altar a la encantadora Katrina, parecía también estar demasiado al corriente de la historia de Íchabod y rompía en una alegre carcajada cada vez que se hacía mención de la calabaza; lo cual llevó a algunos a sospechar que sabía más de lo que le agradaba decir sobre este asunto.

Sin embargo, las viejas del pueblo, que son los mejores jueces en la materia, aseguran hasta hoy que Íchabod fué arrebatado por medios sobrenaturales; y ésta es una de las historias favoritas del vecindario que se relata a menudo al lado del fuego en el invierno. El puente llegó a ser más que nunca el objeto de supersticioso terror; y puede muy bien haber sido ésta la razón por qué se desvió el camino en los últimos años, llegando a la iglesia por la orilla de la represa del molino. La escuela, abandonada, pronto comenzó a arruinarse, y se decía que estaba habitada por el espectro del infortunado pedagogo; y los mozos de labranza, al volver perezosamente al hogar en alguna tarde serena de verano, imaginan a menudo escuchar su voz a la distancia entonando un melancólico salmo en las apacibles soledades del VALLE ENCANTADO.

POST SCRIPTUM DE LA PROPIA MANO DE MR. KNÍCKERBOCKER

El Cuento que antecede está escrito casi con las mismas palabras que lo oí relatar en una reunión del Ayuntamiento de la antigua ciudad de Manháttoes[31] en que estuvieron presentes muchos de los vecinos más notables e ilustres del lugar. El narrador era un viejecito agradable y cortés, de mísero aspecto con sus vestidos raídos y su rostro tristemente festivo: sujeto que daba a sospechar fuertemente su indigencia por los mismos esfuerzos que hacía para ser entretenido. Cuando terminó su historia, hubo muchas risas y grandes muestras de aprobación, especialmente de parte de dos o tres diputados regidores que habían dormido casi todo el tiempo. Había, sin embargo, entre los oyentes un viejo caballero alto y seco, de cejas prominentes, que paseaba por todas partes su faz grave y casi severa; de vez en cuando cruzaba los brazos inclinando la cabeza y miraba al suelo como abrumado por el peso de alguna duda. Era uno de aquellos hombres circunspectos que sólo se arriesgan a reír en terreno firme, cuando tienen de su lado la razón y la ley.

Cuando se apaciguó el regocijo de la compañía y se restableció el silencio, apoyó un brazo en el descanso de la silla y colocando el otro en jarras, preguntó con cierto movimiento ligero pero extremadamente hábil de la cabeza y contracción de las cejas, cuál era la moral del cuento y qué era lo que se intentaba probar.

El narrador que llevaba justamente un vaso de vino a sus labios como refresco después de la labor, detúvose por un momento, miró al preguntón con aire de infinita deferencia, y bajando suavemente el vaso hasta la mesa observó que la historia trataba de probar con toda lógica:

“Que no hay situación en la vida que no tenga sus ventajas y placeres a condición de que sepamos coger la ocasión al pelo;

“Que, en consecuencia, el que apuesta carreras con jinetes duendes tendrá verosímilmente una carrera accidentada;

Ergo, que en cierto modo sirve de escalón para altos merecimientos del estado el que a un maestro de escuela le sea denegada la mano de una heredera holandesa.”

El cauto y viejo caballero frunció las cejas en diez dobleces al escuchar estas premisas, dolorosamente impresionado por la fuerza del silogismo; mientras el de los vestidos raídos le miraba triunfalmente de reojo, a mi parecer. Al fin hizo observar que todo aquello estaba muy bien, pero que, sin embargo, él juzgaba la historia un poquillo extravagante; uno o dos puntos quedaban todavía por dilucidar.

—Palabra, señor,—replicó el narrador,—en cuanto a eso, yo no creo ni siquiera la mitad.

D. K.

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

Nathániel Háwthorne era oriundo de Sálem, Massachusetts. Nació el 6 de julio de 1804, y murió en Plýmouth, New Hámpshire, el 19 de mayo de 1864. Obtuvo sus grados en el Bowdoin College, Maine, en 1825. Fué empleado de aduana en Boston desde 1838 hasta 1841. En aquella época se hizo miembro de la Brook Farm Association, sociedad formada con el objeto de llevar a cabo ciertos experimentos en agricultura y educación; y fijó su residencia en Cóncord, Massachusetts, en 1843. Fué nombrado inspector del puerto de Sálem en 1846 y permaneció allí un período de tres años. Prestó servicios como cónsul de los Estados Unidos en Líverpool desde 1853 hasta 1857. Regresó a la patria en 1861. Fanshawe, su primer cuento, ahora muy difícil de conseguir, fué publicado a su propia costa en 1826. Sus obras se publicaron en el orden siguiente: Twice Told Tales (1837; segunda serie, 1842); Mosses from an Old Manse (1846); The Scarlet Letter (1850); The House of the Seven Gables (1851); The Wonder-Book (1851); The Blithedale Romance (1852); Snow Image and Other Twice Told Tales (1852); Life of Franklin Pierce (1852); Tanglewood Tales (1853); The Marble Faun (1860, publicado el mismo año en Inglaterra bajo el título de Transformation, or the Romance of Monte Beni); Our Old Home (1863); Pansie (1864, llamada también The Dolliver Romance); Note Books (1868-1872); Septimius Felton (1872); Tales of the White Hills (1877); Dr. Grimshawe’s Secret (fragmento, 1888).

NATHÁNIEL HÁWTHORNE

EL ANCIANO CAMPEÓN

HUBO una vez un tiempo en que la Nueva Inglaterra gemía bajo el peso de injusticias más graves que todas las que amenazara traer la revolución. Jaime II, el hipócrita sucesor de Carlos el Voluptuoso, había abolido los privilegios de todas las colonias y enviado un soldado grosero y sin principios para arrebatarnos nuestros derechos y poner en peligro nuestra religión. La administración de Sir Édmund Andros tenía todos los rasgos característicos de la tiranía: un gobernador y un consejo que recibían su poder del rey con absoluta independencia de la nación; leyes que se fabricaban y tributos que se imponían sin intervención inmediata del pueblo o de sus representantes; los derechos de los ciudadanos violados, y los títulos de propiedad anulados; las quejas amordazadas por la censura de la prensa; y finalmente, el descontento sojuzgado por una banda de tropas mercenarias que por primera vez hollaba nuestro suelo. Durante dos años continuaron nuestros antecesores en taciturna sumisión, debido al amor filial que garantizó siempre su lealtad a la madre patria, representada ya por el parlamento, ya por un protector o por algún monarca papista. Hasta aquellos aciagos tiempos, sin embargo, nuestro pleito homenaje había sido nominal, pues las colonias se gobernaban por sí mismas, gozando mucho mayor libertad de la que disfrutan ordinariamente los vasallos naturales de la Gran Bretaña.

Al fin llegó a nuestras playas el rumor de que el primer príncipe de Orange se había lanzado en una empresa cuyo éxito sería el triunfo de los derechos religiosos y civiles y la salvación de la Nueva Inglaterra. Era solamente un murmullo incierto; podía ser falso o podía también fracasar la aventura; pero en ambos casos costaría la cabeza al hombre que se decía en armas contra el rey Jaime. A pesar de todo, la noticia produjo visible efecto. La gente sonreía misteriosamente en las calles y lanzaba atrevidas miradas a sus opresores; en tanto que se dejaba sentir a lo lejos una sorda y contenida agitación, como si a la más ligera señal estuviera pronto a levantarse todo el pueblo de su indolente abatimiento. Advirtiendo el peligro, los gobernantes trataron de evitarlo por medio de un imponente despliegue de fuerza, confirmando su despotismo con medidas aun más agresivas. Una tarde de abril de 1689, Sir Édmund Andros y sus consejeros favoritos, exaltados por el licor, reunieron a todas las casacas rojas de la guardia del gobernador y se presentaron en las calles de Boston. El sol estaba cerca de su ocaso cuando comenzó el desfile.

El sonido del tambor, resonando por las calles en aquellos momentos de crisis y agitación, parecía, más bien que la música marcial de los soldados, un toque de rebato para los ciudadanos. Una multitud que afluía por diversas avenidas se reunió en King Street, lugar destinado, casi una centuria más tarde, a ser el escenario de otro encuentro entre las tropas de Inglaterra y el pueblo en lucha contra su tiranía. Aun cuando habían transcurrido más de sesenta años desde el arribo de los primeros peregrinos, esta multitud formada por sus descendientes mostraba todavía los rasgos enérgicos y sombríos de su carácter, más notables quizá en esta ruda emergencia que en ocasiones más felices. Notábase el rostro grave, el porte generalmente severo, la expresión firme aunque melancólica, la bíblica forma de elocución y la confianza en las bendiciones del cielo por la justicia de su causa, que distinguía a cualquier grupo de los primitivos puritanos cuando se veían amenazados de algún peligro en su aislamiento. En realidad, no era tiempo aún de que se extinguiera el antiguo espíritu, pues que se encontraban aquel día en la calle muchos hombres de aquellos que adoraban en los bosques al Dios por quien sufrían el destierro, mientras no pudieron erigir un edificio apropiado para rendirle culto. Había también viejos soldados del parlamento que sonreían espantosamente al pensamiento de que sus antiguas armas fueran aun hábiles para descargar otro golpe a la casa de los Estuardos. Figuraban asimismo veteranos de la guerra del rey Felipe, de aquellos que quemaban ciudades y asesinaban jóvenes y viejos con ferocidad religiosa mientras las piadosas almas del lugar les ayudaban con sus plegarias. Varios ministros veíanse esparcidos entre la muchedumbre, que les miraba, a diferencia de otras agrupaciones, con tanta reverencia que parecía que sus vestiduras debieran encarnar la santidad. Estos santos varones ejercían su influencia para tranquilizar al pueblo, pero sin tratar de dispersarlo. Al mismo tiempo era motivo de comentarios diversos y curiosidad general el objeto del gobernador al turbar la paz de la ciudad en tales momentos, en que la más ligera conmoción podía provocar un estallido en todo el país.

—Satanás dará ahora su golpe maestro,—exclamaban algunos,—porque él sabe que el tiempo es corto. ¡Todos nuestros piadosos pastores serán llevados a prisión! ¡Habremos de verles en las hogueras de Smíthfield[32] de King Street!—

A esto, los feligreses de cada parroquia se reunían apretadamente en torno de su ministro, que miraba tranquilamente a lo alto y asumía mayor dignidad apostólica, como candidato dispuesto a recibir el honor más alto de su carrera, la corona del martirio. Esperábase verdaderamente en aquel momento que la Nueva Inglaterra tuviera su propio John Rogers[33] para reemplazar a este varón ilustre en el martirologio.

—¡El Papa ha ordenado una nueva San Bartolomé!—gritaban otros.—¡Nos asesinarán a todos, a los hombres y a los niños!—

Aun este rumor tenía sus adherentes, aunque la clase más prudente juzgaba el objeto del gobernador algo menos atroz. Sabíase que Brádstreet, su predecesor bajo la antigua constitución y compañero venerable de los primeros colonos, se hallaba en la ciudad. Había allí terreno para conjeturar que Sir Édmund Andros intentaba producir el terror por un despliegue de fuerza militar, y dominar a la facción enemiga apoderándose de su jefe.

—¡Firme con los antiguos privilegios, gobernador!—rugía la multitud, apoderándose de la idea.—¡Buen gobernador, anciano Brádstreet!—

Cuando más fuerte se alzaba este grito, sorprendióse el pueblo a la aparición de la figura bien conocida del propio gobernador Brádstreet, un patriarca de cerca de noventa años, que se destacó en lo alto de las gradas de una puerta, y con su suavidad característica exhortó a la multitud para que se sometiera a la autoridad constituída.

—Hijos míos,—concluyó el venerable personaje,—no hagáis nada inconsideradamente. No gritéis tan alto, sino rogad por el bienestar de la Nueva Inglaterra y aguardad con paciencia que el Señor sea servido de hacer algo por nosotros.—

Los acontecimientos debían decidirse pronto, de otro lado. Durante todo este tiempo el redoble del tambor se aproximaba por Cornhill más fuerte y más profundo, hasta que, repercutiendo de casa en casa, estalló en la misma calle acompañado del eco regular de la marcha de los militares. Apareció una doble fila de soldados ocupando todo el ancho de la vía, con el mosquete al hombro y mechas encendidas, formando una línea de fuego en la obscuridad. Su marcha firme semejaba el progreso de una máquina arrollando con irresistible empuje todo lo que se encontrara en su camino. En seguida, avanzando lentamente, con un ruido confuso de cascos en el pavimento, venía una partida de jinetes entre los que se destacaba la figura central de Sir Édmund Andros, el más anciano de ellos, pero erguido y de aspecto marcial. Rodeábanle sus consejeros favoritos, los enemigos más acérrimos de la Nueva Inglaterra. A su derecha montaba Édward Rándolph, nuestro principal adversario, aquel “mezquino demoledor,” como le llama Cotton Máther, que llevó a cabo la ruina de nuestra antigua administración, mereciendo el anatema que le persiguió obstinadamente durante su vida y más allá de la tumba. Al otro lado iba Búllivant, lanzando burlas y escarnio a su paso. Venía atrás Dúdley, con los ojos bajos y continente temeroso, como si no se atreviera a afrontar las miradas indignadas del pueblo que le contemplaba a él, su único compatriota, entre los opresores de su país natal. El capitán de una fragata fondeada en el puerto y dos o tres oficiales civiles se veían también en el grupo. Pero la figura que atraía más las miradas del público y despertaba más vibrantes sentimientos, era el clérigo episcopal de King’s Chapel, con sus vestiduras sacerdotales, figurando con altanería entre los magistrados, y encarnando admirablemente la prelacía y la persecución, la unión de la iglesia y el estado y todas aquellas abominaciones que habían llevado al destierro a los puritanos. Una doble hilera de soldados cerraba la marcha.

Toda la escena pintaba la condición de la Nueva Inglaterra: desprendiéndose como moral los efectos fatales de un gobierno que no nace de la naturaleza de las cosas ni de la índole del pueblo. De un lado, la multitud religiosa, con su semblante triste y su obscura vestimenta; y del otro, el grupo de gobernantes despóticos, ostentando acá y allá algún crucifijo sobre el pecho, con el alto personaje eclesiástico al centro, magníficamente ataviados, encendidos por el licor, orgullosos de su autoridad injusta y burlándose del murmullo universal. Y los soldados mercenarios, aguardando solamente una palabra para inundar las calles de sangre, representaban el único medio por el cual podía asegurarse la sumisión.

—¡Oh, Dios de los ejércitos!—clamó una voz entre la multitud,—¡envía un salvador a tu pueblo!—

Esta exclamación, lanzada en voz muy alta, pareció ser el grito del heraldo para introducir un notable personaje. La multitud había retrocedido y se hallaba en aquel momento en plena confusión a la extremidad de la calle, mientras los soldados avanzaban en una tercera parte de su longitud. El espacio intermedio estaba vacío, mostrando la calzada libre entre altos edificios que arrojaban sombras confusas sobre toda la escena. De pronto, vióse aparecer la figura de un anciano, que parecía haber brotado de en medio del pueblo y avanzaba solo hacia el centro de la calle, hasta ponerse enfrente del bando armado. Llevaba el antiguo vestido de los puritanos: capa obscura y sombrero de alta copa a la moda de cincuenta años atrás, por lo menos, y gran espada al costado; pero llevaba además un bastón en la mano para sostener el trémulo temblor de los años.

Cuando estuvo a cierta distancia de la multitud volvióse el anciano lentamente, mostrando un semblante impregnado de antigua majestad, y doblemente venerable por la blanca barba que descendía hasta su pecho. Hizo un ademán de aliento y expectativa a la vez y, dando media vuelta, prosiguió su camino en línea recta hacia adelante.

—¿Quién es este anciano patriarca?—preguntaron los jóvenes a sus padres.—

—¿Quién es este hermano venerable?—se preguntaron los viejos unos a otros.—

Nadie pudo responder. Los patriarcas del pueblo, que contaban ochenta años y algo más, se preocuparon cavilando sobre su extraño olvido respecto de esta evidente personalidad, a quien probablemente habían conocido en los días primitivos como asociado de Wínthrop y todos los viejos consejeros, dictando leyes y elevando plegarias, y apercibiéndoles contra el salvajismo. Los hombres mayores debían recordar sin duda haberle visto cuando jóvenes, con mechones tan grises como los que ellos ostentaban ahora. ¡Y los jóvenes! ¿Cómo se había borrado tan completamente en su memoria el recuerdo de este blanco patriarca, reliquia del tiempo desvanecido, cuya venerada bendición había acariciado seguramente en la infancia sus cabezas descubiertas?

—¿De dónde ha salido? ¿Qué se propone? ¿Quién puede ser este hombre?—susurraba la admirada multitud.

Entretanto el venerable extranjero, con su bastón en la mano, proseguía su solitaria marcha por el medio de la calzada. Cuando se encontró más cerca de los soldados que avanzaban y llegó claramente a sus oídos el redoble del tambor, irguióse el anciano en toda su altura, envuelto en sombría e inquebrantable dignidad, pareciendo que toda la decrepitud de la edad caía de sus hombros. Marchaba ahora con paso marcial, llevando el compás de la música militar. De esta manera avanzaron, la antigua aparición de un lado y toda la parada de soldados y magistrados por el otro, hasta que apenas quedaban veinte yardas de distancia en medio de ellos; y entonces el anciano, cogiendo su vara por la mitad y blandiéndola en alto como una insignia de mando, exclamó:

—¡Deteneos!—

La mirada, el continente y la actitud de mandato; el solemne y marcial timbre de la voz, acostumbrada tanto a dirigir las huestes en el campo de batalla como a elevarse hasta la divinidad en fervorosa plegaria, fueron irresistibles. A la voz del anciano y ante su brazo erguido, calló inmediatamente el redoble del tambor y la línea entera se detuvo. Un temblor de entusiasmo se apoderó de la multitud. Aquella augusta aparición, en que se combinaban la santidad y el poder, tan blanca, tan vagamente entrevista, con sus antiguas vestiduras, podía ser únicamente algún viejo campeón de la causa de la justicia, levantado de su tumba por el redoble del tambor de los opresores. Lanzaron una triunfante y reverente exclamación, y aguardaron la liberación de la Nueva Inglaterra.

El gobernador y los caballeros de su bando, al darse cuenta de su inesperada detención, avanzaron rápidamente como si quisieran lanzar sus atemorizados y palpitantes corceles contra la blanca aparición. El anciano, sin embargo, no retrocedió un paso; y recorriendo con mirada austera el grupo que le rodeaba a medias, la fijó al cabo severamente en Sir Édmund Andros. Podría haberse creído que el sombrío anciano era el jefe allí, y que el gobernador y el consejo, con todos los soldados que les acompañaban, representando todo el poder y la autoridad real, no tenían más recurso que obedecer.

—¿Qué hace aquí este viejo?—gritó Édward Rándolph ferozmente.—¡Adelante, Sir Édmund! Haced avanzar a los soldados y no dejéis a este viejo chocho más alternativa que la que dais a toda la nación: ¡hacerse a un lado o ser pisoteados!

—Vamos, vamos, mostremos algún respeto al buen patriarca,—dijo riendo Búllivant.—¿No veis que es algún antiguo dignatario que ha estado durmiendo estos treinta años y no sabe nada de los cambios ocurridos? ¡Sin duda piensa echarnos abajo con alguna proclama en nombre del viejo Noll![34]

—¿Estáis loco, anciano?—preguntó Sir Édmund Andros en tono rudo e incisivo.—¿Cómo os atrevéis a detener la marcha del gobernador del rey Jaime?

—Habría detenido en estos momentos aun la marcha del mismo rey,—replicó el respetable personaje con severa compostura.—Me encuentro aquí, señor gobernador, porque el grito del pueblo oprimido ha llegado hasta mi escondida morada; e implorando ardientemente la protección del Señor, me ha sido otorgado aparecer una vez más sobre la tierra en defensa de la causa justa de sus santos. Y ¿qué diré de Jaime? No existe ya este tirano en el trono de Inglaterra; y mañana al mediodía su nombre será objeto de escarnio en esta misma calle donde vos lo hacíais emblema de terror. ¡Atrás, tú que has sido gobernador, atrás! ¡Esta noche tu poder ha terminado; mañana, la prisión! ¡Atrás, a menos que desees que te pronostique el cadalso!—

El pueblo se había aproximado más y más, bebiendo las palabras de su campeón, que hablaba con acento singular, como alguien que no estuviera acostumbrado a hacer uso de la palabra, excepto con los muertos de años atrás. Pero su voz sacudió el espíritu de la multitud. Afrontaron a los soldados, sacando a relucir algunas armas y listos a convertir en instrumentos de muerte las mismas piedras de las calles. Sir Édmund Andros miró al anciano; recorrió luego la multitud con ojos duros y crueles, encontrando por todas partes aquella ira sombría tan difícil de ablandar o quebrantar; y otra vez fijó su mirada en la figura del anciano, obscuramente delineada en el espacio libre, donde ni amigos ni enemigos se habían atrevido a penetrar. Cualesquiera que fuesen sus pensamientos, no pronunció una sola palabra que pudiera descubrirlos. Mas, sea que estuviese dominado por la mirada del blanco adalid, sea que adivinara el peligro en la actitud amenazadora del pueblo, lo cierto es que retrocedió ordenando a sus soldados una retirada lenta y a la defensiva. Antes de que se pusiera el nuevo sol, el gobernador y todos los generales que tan orgullosamente montaban a su lado estaban prisioneros, y tan pronto como se supo que Jaime había abdicado, Guillermo fué proclamado rey en toda la Nueva Inglaterra.

Mas ¿dónde estaba el anciano Campeón? Algunos dijeron que mientras se retiraban las tropas de King Street y el pueblo se amotinaba tumultuosamente en su seguimiento, vióse a Brádstreet, el viejo gobernador, abrazar a una figura que aparentaba ser aun de mucha más edad que él. Otros afirmaban muy seriamente que, en tanto que se maravillaban del aspecto imponente del anciano, habíase éste desvanecido ante sus ojos, fundiéndose suavemente entre las sombras del crepúsculo hasta que quedó solamente el espacio vacío. Pero todos convenían en que la blanca figura había desaparecido. Los hombres de aquella época aguardaron mucho tiempo su reaparición, tanto a la luz del día como en las horas del crepúsculo; pero jamás volvieron a verle, ni supieron cuándo se celebraron sus exequias, ni dónde se encontraba su piedra tumularia.

¿Quién fué el anciano campeón? Quizá podría descubrirse su nombre en los anales de aquel tribunal que dictó una sentencia, demasiado excelsa para el tiempo, pero gloriosa en la eternidad por su lección humillante para los monarcas, y altamente ejemplarizados para los vasallos. He oído decir que dondequiera que los puritanos necesitan mostrar el espíritu de sus ascendientes, aparece de nuevo el anciano. Transcurridos ochenta años, se presentó otra vez en King Street. Cinco años después, en la aurora de cierta mañana de abril, apareció en la pradera frente a la capilla de los cuáqueros en Léxington, donde se levanta ahora el obelisco de granito con una lápida conmemorativa de la primera caída de la revolución. Y cuando nuestros padres preparaban el parapeto de Búnker Hill, el viejo guerrero estuvo rondando toda la noche en los alrededores. ¡Mucho, mucho tiempo puede transcurrir antes de que se presente otra vez! Su hora es la hora de obscuridad, de adversidad y de peligro. Mas, si la tiranía nacional nos oprimiera alguna vez o el paso de los invasores violara nuestro suelo, volvería de nuevo el anciano campeón, porque encarna el espíritu genuino de la Nueva Inglaterra; y su aparición simbólica en la hora del peligro representará siempre la promesa de que los hijos de la Nueva Inglaterra sabrán corresponder a su alcurnia.

EL MAY-POLE DE MERRY MOUNT[35]

Tema admirable para una novela filosófica es la historia de los primeros colonos en Mount Wóllarton o Merry Mount. En el ligero bosquejo a continuación, los hechos consignados en las severas páginas de nuestros cronistas de la Nueva Inglaterra hanse cambiado casi espontáneamente en una especie de alegoría. Las mascaradas, mojigangas y costumbres festivas descritas en el texto, están de acuerdo con los usos de aquel tiempo. Puede tomarse como autoridad en esta materia el Book of English Sports and Pastimes de Strutt.

HERMOSOS días los de Merry Mount, cuando el May-pole era el estandarte de aquella alegre colonia! Los que lo erigían como triunfante bandera hacían brotar claridad y alegría sobre las agrestes colinas de la Nueva Inglaterra, y esparcían semillas de flores en todo el país circunvecino. El regocijo y la melancolía se disputaban entonces el imperio. La víspera de San Juan había llegado, aportando a los bosques verdor más intenso y llevando en su regazo rosas de color más vivido que los tiernos pimpollos de la primavera. Pero Mayo, o su espíritu gozoso, habitaba el año entero en Merry Mount, divirtiéndose en los meses de verano, alborotando en el otoño y calentándose en torno del fuego durante las brumas del invierno. Revoloteaba con sonrisa soñadora a través del mundo lleno de pesares y preocupaciones hasta que vino a establecer sus lares entre los espíritus risueños de Merry Mount.

Jamás se había visto el May-pole tan galanamente ataviado como en aquella tarde víspera de San Juan. El venerado emblema era un pino que había conservado la flexible gracia de la juventud aunque igualaba en altura a los monarcas más potentes de la antigua selva. En su cima flotaba una bandera de seda que ostentaba los colores del arco iris. Abajo, cerca del suelo, el tronco estaba revestido de ramas de abedul y varias otras del verde más lleno de vida, entre las que se mezclaban algunas de hojas argentadas, sujetas con cintas flotantes en fantásticos nudos de veinte colores distintos, a cual más encendidos. Flores cultivadas y flores silvestres reían alegremente entre el verdor, tan fresco y húmedo, que parecía haber brotado por arte de magia en este regocijado pino. Hacia donde terminaba este verde y florido esplendor, veíase pintado el May-pole con los siete brillantes colores de la bandera que ostentaba al tope. De las ramas verdes más bajas pendía una frondosa guirnalda de rosas, cogidas algunas en los parajes más soleados del bosque, y otras, de colorido aun más rico, nacidas de las semillas inglesas que los colonos habían cultivado. ¡Oh, pueblo de la edad de oro, cuya principal ocupación era cultivar flores!

Mas ¿qué significaba la extraña multitud que cogida de las manos veíase el torno del May-pole? No podía suponerse seguramente que los faunos y ninfas de las antiguas fábulas, arrojados de sus clásicas grutas, hubieran buscado refugio en los frescos bosques del oeste, como lo habían hecho los demás perseguidos. Éstos parecían monstruos góticos, aunque quizá de descendencia griega. En los hombros de un hermoso mancebo erguíanse la cabeza y las astas ramosas de un ciervo; otro, humano en todo lo demás, tenía un rostro horrible de lobo; un tercero, con el tronco y las piernas de hombre, mostraba la barba y los cuernos de un venerable macho cabrío. Por allá se destacaba la figura erguida de un oso, fiera en todos sus detalles, salvo en sus piernas traseras, cubiertas de medias de seda color de rosa. Y allí otra vez, casi portentoso, aparecía un verdadero oso de las profundidades de la selva, extendiendo sus garras delanteras prontas a estrechar manos humanas, y tan dispuesto al parecer como los demás de la rueda a desempeñar su parte en la danza. Su figura inferior levantóse a medias para llegar a la altura de sus compañeros cuando éstos se detuvieron. Otros rostros tenían la apariencia de hombres o mujeres, pero disformes y extravagantes, con rojas narices colgando delante de las bocas que mostraban horribles profundidades, distendiéndose de oreja a oreja en una perpetua carcajada. Podía verse allí al hombre primitivo, bien conocido en la heráldica, peludo como un cinocéfalo y con su cinturón de hojas verdes. A su lado se discernía una figura más noble quizá, pero siempre contrahecha, un cazador indio con penacho de plumas y cinturón de conchas. Muchos personajes de esta bizarra compañía llevaban gorros de bufones y pequeños cascabeles pendientes de su atavío, que vibraban con sones argentinos en armonía con la música inaudita de su espíritu jovial. Algunos mancebos y doncellas ofrecían aspecto más serio, pero mantenían bien su puesto, sin embargo, en medio de la heterogénea multitud, por el arrobamiento exaltado que se revelaba en sus facciones. Todos estos personajes eran los colonos de Merry Mount solazándose en la vasta sonrisa del sol poniente alrededor de su venerado May-pole.

Si algún paseante extraviado en la melancólica selva hubiera oído este regocijo y lanzado una furtiva y quizá medrosa mirada al espectáculo, habría juzgado que era el séquito de Como, convertidos ya en brutos algunos de sus personajes, otros a media transformación entre el hombre y la bestia, y embriagados otros en el torrente de enloquecedora alegría que precedía al cambio. Entretanto, una banda de puritanos, que, invisible, espiaba la escena, asimilaba la mascarada a los espíritus diabólicos y corrompidos con los cuales poblaba su superstición el negro caos.

Dentro del círculo de monstruos se destacaban dos figuras tan aéreas que hacían pensar que jamás hubieran hollado piso más sólido que nubes de púrpura y doradas. La una era un mancebo de resplandecientes vestiduras, con una banda semejando el arco iris que le cruzaba sobre el pecho. Su mano derecha sostenía un cetro dorado, emblema de alta dignidad entre los alegres adoradores del May-pole; mientras oprimía con la izquierda los gráciles dedos de una hermosa doncella, no menos brillantemente ataviada que su compañero. Vívidas rosas contrastaban, en su esplendente colorido, con los obscuros y sedosos rizos de sus cabelleras, y veíanse esparcidas a sus pies, donde quizá brotaron espontáneamente. Detrás de la luminosa pareja y tan próximo al May-pole que las ramas más bajas sombreaban su semblante jovial, había un sacerdote inglés adornado de sus vestiduras canónicas, pero cubiertas de flores a la moda del paganismo, y llevando una corona de vid natural. Por el extravío de sus ojos movibles y la decoración pagana de su continente parecía el monstruo más selvático y el verdadero. Como de la reunión.

—¡Adoradores del May-pole!—exclamó el florido oficiante,—alegremente han resonado los bosques todo el día con vuestro regocijo. Pero ésta debe ser vuestra hora más feliz, corazones míos. Sí; aquí están el rey y la reina de Mayo, a quienes yo, un clérigo de Oxford y gran sacerdote de Merry Mount, voy a unir en este instante con los santos lazos de Himeneo. ¡Levantad vuestro espíritu ligero, vosotros, bailarines moriscos, hombres de las selvas y risueñas doncellas, osos, lobos y cornudos caballeros! Venid, entonad un coro ahora, vibrante con el antiguo júbilo de la alegre Inglaterra, y con el entusiasmo más exaltado de esta fresca selva; y luego, una danza para mostrar a esta joven pareja para qué se ha hecho la vida y cuán ligeramente habrán de atravesarla! ¡Vosotros todos que amáis el May-pole, prestad vuestras voces para entonar el canto nupcial del rey y la reina de Mayo!—

Este himeneo era acontecimiento más serio de los que tenían lugar de ordinario en Merry Mount, donde la broma y la farsa, la travesura y la fantasía fomentaban un continuo carnaval. El rey y la reina de Mayo, aun cuando debieran perder su título al ocaso, iban a ser real y verdaderamente compañeros en la danza de la vida, comenzando el compás aquella misma hermosa tarde. La guirnalda de rosas que pendía de las verdes ramas bajas del May-pole había sido trenzada para ellos y se arrojaría sobre sus cabezas unidas como símbolo de su florida unión. Así, tan luego que el sacerdote concluyó, una exclamación tumultuosa brotó del grupo de figuras monstruosas.

—¡Comenzad la estrofa, reverendo padre,—gritaron todos;—y jamás habrán coreado los bosques ecos tan regocijados como los que lanzaremos al aire los adoradores del May-pole!

Inmediatamente se dejó oír un preludio de flautas, cítaras y violas, tocado por hábiles ministriles desde el fondo de una arboleda vecina, con tan alegre cadencia que hasta las ramas del May-pole se estremecieron a sus sones. Pero el rey de Mayo, el del cetro dorado, buscando los ojos de su reina, sorprendióse de la mirada casi melancólica que tropezó con la suya.

—Édith, mi dulce reina de Mayo,—murmuró en tono de reproche,—¿esta guirnalda de rosas pende acaso sobre nuestras tumbas que tan triste apareces? ¡Oh, Édith! ¡Ésta es nuestra época de oro! No la opaques con sombras de melancolía; porque nada nos traerá el futuro más hermoso que el recuerdo de lo que en estos momentos está pasando.

—¡Esto es precisamente lo que me entristece! ¿Cómo ha venido también a tu mente?—dijo Édith en tono aun más bajo que el suyo; pues era delito de alta traición estar triste en Merry Mount.—Por esto suspiro en medio del festival y de la música. Y además, querido Édgar, me parece debatirme en un sueño, y pienso que las figuras de nuestros joviales amigos son visiones; que su alegría es imaginaria; y que no somos nosotros en realidad el rey y la reina de Mayo. ¿Qué misterio es éste que oprime mi corazón?—

Precisamente en aquel instante, como al influjo de algún conjuro, cayó una ligera lluvia de hojas de rosa ya marchitas del May-pole. ¡Ay de los pobres amantes! Tan pronto como ardieron sus corazones en la verdadera pasión, sintieron algo vago y perecedero en sus anteriores placeres y les acometió un medroso presentimiento de cambios inevitables. Desde el momento en que amaron profundamente, cayeron bajo la ley terrenal de pesar y preocupaciones, de alegrías turbadas, y se encontraron ya extraños en Merry Mount. Éste era el misterio del corazón de Édith. Dejemos ahora que el sacerdote los una, y que las máscaras se diviertan en torno del May-pole, hasta que el último rayo del sol se refleje en su cima, y las sombras de la selva pongan su melancolía en medio de las danzas. Veamos, entretanto, quiénes eran estos alegres personajes.

Hace doscientos años, quizá más, que el mundo antiguo y sus habitantes se fatigaron mutuamente de sus sempiternas relaciones. Los hombres emigraron por millares hacia el oeste; unos, para trocar cuentas de vidrio y baratijas de joyería por las pieles de los cazadores indios; otros, para conquistar terrenos vírgenes; y otros, más austeros, para orar. Pero ninguno de estos motivos había sido el aliciente para los colonizadores de Merry Mount. Sus jefes fueron hombres que habían gozado tanto de la vida, que cuando se presentaron los enfadosos huéspedes, Pensamiento y Sabiduría, se encontraron arrollados por la turba de pompas y vanidades a las cuales debían haber puesto en fuga. Obligaron al errante Pensamiento y a la Sabiduría pervertida a endosar una máscara y representar la farsa de la Locura. Los hombres de quienes nos ocupamos, habiendo perdido la fresca alegría del corazón, imaginaron una filosofía de placer desenfrenado y vinieron a estos lugares para realizar sus fantasías. Reunieron adeptos en aquella aturdida raza cuya vida entera transcurre como los días festivos de los hombres graves. Había en su séquito ministriles no del todo desconocidos en las calles de Londres; cómicos ambulantes, cuyo teatro fueran los salones de los gentileshombres; bufones, juglares y saltimbanquis, cuya ausencia se dejaría sentir por largo tiempo en las romerías, fiestas conmemorativas y ferias; en una palabra, forjadores de alegría en todo sentido, que abundaban en aquella época, pero que comenzaron a desaparecer con el desarrollo del puritanismo. Ligeros habían sido sus pasos sobre la tierra y ligeramente cruzaron ellos el océano. Muchos habían sido arrojados por sus sufrimientos en desesperada locura de placer; otros eran tan locamente festivos por la fuerza de su juventud, como el rey y la reina de Mayo; mas, cualquiera que fuese la causa de su regocijo, jóvenes y viejos estaban alegres en Merry Mount. Los jóvenes se creían felices. Los de más edad, aun cuando supieran que el regocijo es solamente una falsa felicidad, seguían, sin embargo, obstinadamente la engañosa sombra pues que siquiera llevaba brillante atavío. Frívolos impenitentes durante toda su vida, no se atrevían a aventurarse en las austeras verdades de la existencia, ni aun con la esperanza de encontrar los goces verdaderos.

Todos los pasatiempos clásicos de la vieja Inglaterra habíanse transplantado allí. El rey de Christmas ostentaba su corona y el monarca de Misrule (Desconcierto) llevaba un cetro poderoso. La víspera de San Juan cortaban varios acres de bosque para hacer hogueras y danzaban a su lumbre toda la noche coronados de guirnaldas y arrojando flores a las llamas. En tiempo de cosecha, aun cuando su campo fuese el más pequeño, hacían una imagen con las gavillas de maíz, la decoraban con guirnaldas de otoño y llevábanla en triunfo al hogar. Pero lo que caracterizaba especialmente a los colonos de Merry Mount era su veneración por el May-pole, que ha convertido su historia en un cuento lleno de poesía. La primavera cubría de botones y de frescos y verdes vástagos el venerado emblema; el verano le traía rosas del más vivo colorido y el follaje perfecto de los bosques; el otoño le enriquecía con su pompa roja y amarilla que convertía cada hoja silvestre del bosque en una pintada flor; y el invierno le plateaba con su escarcha, adornándole de estalactitas hasta que resplandecía a la luz semejando todo él un rayo helado del sol. Así alternaban las estaciones su homenaje al May-pole pagándole el tributo de su más rico esplendor. Sus adeptos bailaban en torno del árbol por lo menos una vez al mes; denominábanle a veces su religión o su altar; pero en toda ocasión representaba el estandarte de Merry Mount.

Desgraciadamente, había en el Nuevo Mundo ciertos hombres que alardeaban de una fe más austera que la de aquellos alegres adoradores del May-pole. No muy lejos de Merry Mount había una colonia de puritanos, hombres los más infelices, que recitaban sus plegarias antes del amanecer y trabajaban luego en los bosques o en las sementeras hasta que la noche les llamaba de nuevo a la oración. Tenían siempre sus armas apercibidas para atacar a los salvajes extraviados. Cuando se reunían en cónclave, jamás era para sostener el clásico regocijo inglés, sino para escuchar sermones que se prolongaban tres horas, o proclamar premios por cabezas de lobos o cabelleras de indios. Sus fiestas eran días de vigilia y su distracción principal el canto de los salmos. ¡Desgraciado del mozo o doncella que siquiera soñara con la danza! Los hombres eminentes hacían un signo al condestable; y ponían en el cepo a los réprobos de pies ligeros; o de haber danza, era en derredor del poste de los azotes, que podía llamarse el May-pole de los puritanos.

Una partida de estos feroces puritanos, abriéndose paso penosamente a través de las dificultades de la selva y revestido cada uno de una armadura de hierro pesadísima para embarazar su marcha, llegaba a veces hasta el risueño recinto de Merry Mount. Allí estaban los suaves colonos, regocijándose en torno del May-pole; quizá enseñando la danza a algún oso, o tratando de comunicar su alegría a los graves indios; o disfrazándose con las pieles de los ciervos y los lobos que habían cazado con este objeto. A menudo la colonia entera, y los magistrados como todos los demás, jugaba un juego semejante a la gallina ciega, en el cual perseguían los gozosos pecadores, con los ojos vendados, a uno de ellos sin vendar que hacía de chivo y a quien debían descubrir por el ruido de los cascabeles que llevaba en sus vestidos. Se dice que una vez vióseles escoltando hasta su tumba un cadáver cubierto de flores, en medio de músicas festivas y gran regocijo. ¿Reiría el difunto? En sus momentos de tranquilidad cantaban baladas y recitaban historias para edificación de sus piadosos visitantes; o llenábanles de perplejidad con sus juegos de prestidigitación; o les hacían muecas desde el centro de collarines de caballo; y cuando se fatigaban de diversión, hacían broma de su mismo cansancio y comenzaban a apostar a los bostezos. Presenciando todas estas enormidades, los hombres de hierro sacudían la cabeza y fruncían las cejas de manera tan sombría que los alegres alborotadores levantaban los ojos al cielo para observar la momentánea nube que había opacado el resplandor del sol que, estaba sobrentendido, debía brillar constantemente en aquellos parajes. De otro lado, afirmaban los puritanos que cuando elevaban un salmo en sus lugares consagrados, el eco que devolvían las selvas semejaba muchas veces el estribillo de un alegre coro que terminaba en una carcajada. ¿Quién sino el demonio y sus fieles secuaces, los habitantes de Merry Mount, había de molestarles? Con el tiempo levantóse una enemistad, amarga y sombría de un lado, y tan seria como podía serlo, por el otro, entre los puritanos y los espíritus ligeros que habían jurado pleito homenaje al May-pole. El carácter futuro de la Nueva Inglaterra hallábase en juego en esta insoportable querella. Si los feroces santos llegaban a establecer su jurisdicción sobre los joviales pecadores, su espíritu obscurecería el ambiente y convertiría el país en una tierra de rostros nublados, de ardua labor, de sermones y salmos por toda la eternidad. Pero si el estandarte de Merry Mount alcanzaba la primacía, brillaría el sol sobre las colinas, las flores embellecerían la floresta, y toda la posteridad rendiría homenaje al May-pole.

Después de estos detalles auténticos de la historia, volvamos a las nupcias del rey y la reina de Mayo. ¡Ah! hemos demorado demasiado y nos vemos obligados a ensombrecer nuestra historia repentinamente. Lanzando una ojeada al May-pole, encontramos que un solitario rayo de sol se desvanece en su cima dejando solamente un débil matiz dorado fundiéndose entre los tonos irisados de la bandera. Aun esta dudosa luz comienza a desaparecer, abandonando el dominio entero de Merry Mount a las brumas del atardecer, que tan instantáneamente han surgido de los negros bosques circunvecinos. Mas algunas de estas obscuras sombras asumen figura humana.

Sí; con el sol poniente, ha pasado para Merry Mount su último día de regocijo. El círculo de alegres máscaras estaba roto y en desorden; el ciervo bajaba sus astas tristemente; el lobo se volvía más débil que un cordero; los cascabeles de los danzantes moriscos repiqueteaban con trémulos sones de terror. Los puritanos habían tomado una parte característica en la mascarada del May-pole. Sus sombrías figuras mezclábanse a las bizarras formas de sus enemigos, convirtiendo la escena en un cuadro de actualidad semejante al despertar de la mente en medio de las fantasías desparpajadas de un sueño. El jefe del bando hostil erguíase en el centro del círculo, mientras el séquito de monstruos se inclinaba en torno suyo semejando espíritus del mal en presencia de un mago temido. Ninguna farsa fantástica podía continuarse en su presencia. Tan indomable se revelaba la energía de su continente, que la figura entera, rostro cuerpo y ánima, parecía forjada en hierro, toda de una pieza con el casco y la armadura, aunque dotada de vida y pensamiento. ¡Era el puritano de los puritanos; era Éndicott en persona!

—¡Detente, sacerdote de Baal!—dijo con torvo ceño y colocando su mano irreverente en la sobrepelliz.—¡Te conozco, Bláckstone![36] Eres el hombre que jamás pudo soportar disciplina alguna, ni siquiera la de tu corrompida religión, y has venido aquí a predicar la iniquidad de que diste el ejemplo con tu propia vida. Mas ahora se verá que el Señor ha santificado estos lugares por medio de su pueblo escogido. ¡Anatema sobre los profanadores! ¡Y ante todo, sobre esta abominación cubierta de flores, el altar de tu religión!—

Y con su cortante espada asaltó Éndicott el venerado May-pole. No resistió el árbol por largo tiempo su poderoso brazo. Gimió con tristes ecos; llovieron hojas y capullos sobre el cruel exaltado; y cayó por último el estandarte de Merry Mount arrastrando sus verdes ramas, cintas y flores, símbolo de placeres desvanecidos. A su caída, cuenta la tradición, se puso el cielo más obscuro y enviaron los bosques sombras más tétricas sobre aquellos lugares.

—¡Allí,—gritó Éndicott, mirando su obra con aire triunfador,—allí yace el único May-pole de la Nueva Inglaterra! Tengo la firme convicción de que su caída decidirá la suerte de los livianos e indolentes sectarios de la alegría durante nuestros días y los de toda nuestra posteridad. ¡Amén, dice John Éndicott!

—¡Amén!—coreó su séquito.

Los adoradores del May-pole lanzaron un gemido por su ídolo. A esta manifestación, el jefe puritano dirigió una mirada a la cuadrilla de Como, en que cada figura, representación de la más franca alegría llevaba en aquel momento la expresión de hondo abatimiento y tristeza.

—Valiente capitán,—inquirió Péter Pálfrey, el más anciano de la banda,—¿qué disposiciones se tomarán con respecto de los prisioneros?

—No pensaba arrepentirme jamás de haber echado abajo un May-pole y, no obstante encuentro ahora en mi corazón que le plantaría de nuevo para procurar a todos estos paganos otra danza en torno de su ídolo. ¡Hubiera servido perfectamente como poste de azotes!

—Hay bastantes pinos, sin embargo,—sugirió el lugarteniente.

—Es verdad, buen anciano,—replicó el jefe.—De consiguiente, atad a la condenada banda y procurad a cada uno de ellos una pequeña ración de cardenales como adelanto de nuestra futura justicia. Colocad luego en el cepo a algunos de esos villanos para que descansen hasta que la Providencia los conduzca a una de nuestras bien organizadas colonias donde podremos encontrar acomodo para todos. Después pensaremos en otros castigos, como marcas de hierro candente o corte de las orejas.

—¿Cuántos azotes para el sacerdote?—preguntó el anciano Pálfrey.

—Ninguno todavía,—respondió Éndicott, dirigiendo su inflexible ceño hacia el reo.—El gran tribunal general determinará si los azotes y larga prisión, acompañados de otras severas penas, serán expiación suficiente por sus culpas. ¡Dejadle mirar dentro de sí mismo! Por violaciones de orden civil podríamos sentir piedad, mas ¡ay de aquel que ataca nuestra religión!

—Y el oso danzante, ¿compartirá también los azotes de sus compañeros?—preguntó el oficial.

—¡Disparad vuestras armas en su cabeza!—exclamó el enérgico puritano.—¡Sospecho algún maleficio en esta bestia!

—Aquí hay una resplandeciente pareja,—continuó Péter Pálfrey, señalando con su arma al rey y la reina de Mayo.—Parecen ser de alto rango entre estos malhechores. Pienso que su dignidad merece por lo menos doble ración de azotes.—

Éndicott, apoyándose sobre su espada, miró atentamente el atavío y el continente de la desventurada pareja. Estaban pálidos, temerosos y abatidos; pero notábase en ellos cierto aire de mutuo sostén y pura afección que daba y pedía aliento a la vez, que demostraba que eran marido y mujer, con la sanción de un sacerdote en su amor. En el momento del peligro arrojó el joven su dorado cetro, enlazando con su brazo a la reina de Mayo que se reclinaba en su pecho, muy ligeramente para dejarle sentir ningún peso, mas lo bastante para expresar que sus destinos estaban unidos para siempre, en la fortuna o en la adversidad. Miráronse primero uno a otro y luego enderezaron la vista a la torva faz del capitán. Así transcurría la primera hora de sus bodas, mientras los vanos placeres de que sus compañeros eran el emblema se trocaban en las arduas dificultades de la vida, personificadas en los sombríos puritanos. Mas nunca se había revelado su juvenil belleza tan elevada y tan pura como cuando su esplendor se abrillantaba con el infortunio.

—¡Joven,—dijo Éndicott,—te encuentras en momentos difíciles, tanto tú como la doncella que es tu esposa. Estad preparados; porque imagino que tendréis motivo para recordar el día de vuestras nupcias!

—¡Hombre inflexible!—exclamó el rey de Mayo,—¿cómo podré conmoverte? Si tuviera los medios, resistiría hasta la muerte, pero encontrándome impotente, me rindo a tu voluntad. ¡Haz de mí lo que quieras, pero deja marchar ilesa a Édith!

—De ningún modo,—replicó el cruel fanático.—No hemos de mostrar, ciertamente, vana cortesía hacia un sexo que requiere la más estricta disciplina. ¿Qué dices, doncella? ¿Sufrirá tu dulce esposo tu parte de penas además de la suya propia?

—¡Así sea la muerte, aplicadlas todas sobre mi cabeza!—exclamó Édith.

En verdad, como decía Éndicott, encontrábanse los pobres amantes en terrible situación. Sus enemigos triunfaban, sus amigos estaban prisioneros y abatidos, su hogar desolado, obscura soledad les rodeaba y un destino riguroso encarnado en el jefe puritano, era todo lo que tenían que esperar. Sin embargo, ni aun la noche que avanzaba pudo disimular que el hombre de hierro se había suavizado: sonrió al dulce espectáculo del primer amor; y casi suspiró por el inevitable fracaso de sus bellas esperanzas.

—Las penas de la vida han venido muy temprano para esta joven pareja—observó Endicott.—Veremos cómo se manejan en su desgracia actual, antes de que les impongamos mayores sufrimientos. Si podéis encontrar en el botín vestiduras más decentes, hacedlas poner a este rey de Mayo y a su dama, en lugar de su brillante y vana pompa. Ocupaos de ello, algunos de vosotros.

—Y ¿no cortaremos el cabello al mozo?—preguntó Péter Pálfrey, dirigiendo una mirada de odio a la coleta y a los largos y sedosos bucles del mancebo.

—Cortádselo inmediatamente, dejándole la cabeza en el verdadero estilo calabaza,—replicó el capitán.—Traedlos luego con nosotros, pero con más suavidad que a sus compañeros. Hay ciertas cualidades en el mancebo que pueden hacerle valiente en la lucha, sobrio en el trabajo y piadoso en la oración; y otras en la doncella que la convertirán en una madre de nuestro Israel, dando vida a hijos mejor educados de lo que ella ha sido. ¡No imaginéis, jóvenes, que los más felices, aun en nuestra perecedera existencia, son aquellos que la malgastan danzando en torno de un May-pole!

Y Éndicott, el puritano más austero de todos lo que fundaron los pétreos cimientos de la Nueva Inglaterra, levantó la guirnalda de rosas del abatido May-pole y la arrojó con su propia mano cubierta del guantelete sobre las cabezas reunidas del rey y la reina de Mayo. Fué un acto simbólico. Del mismo modo que la tétrica moral del universo destruye toda alegría sistemática, así había sucedido con su mansión de apasionado regocijo, desolada ahora en medio de la triste selva. Jamás volverían a habitarla. Pero, como su florida guirnalda había sido entretejida con las rosas más bellas que allí crecían, así el lazo que les unía representaba ahora más puras y mejores alegrías. Siguieron vía del cielo, sosteniéndose en el áspero sendero que les tocó en lote atravesar, y jamás dedicaron un sentimiento de pesar a las pompas desvanecidas de Merry Mount.

EL EXPERIMENTO DEL DOCTOR
HÉIDEGGER

EL ANCIANO doctor Héidegger, hombre muy original, invitó una vez a cuatro amigos suyos para que se reunieran en su estudio. Eran tres caballeros de barba blanca: el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne; y una ajada señora, la viuda Wycherly. Todos ellos eran viejos y melancólicos personajes, que habían sufrido infortunios durante su vida, y cuya mayor desgracia consistía en que no gozaban tiempo ha del reposo de la tumba. El señor Médbourne había sido en el vigor de su edad un próspero comerciante; mas perdió toda su fortuna en especulaciones arriesgadas y era por entonces poco menos que un mendigo. El coronel Kílligrew había malgastado sus mejores años, su salud y su energía en pecaminosos placeres que le produjeron multitud de incomodidades, como la gota y otros varios tormentos de cuerpo y alma. El señor Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, que le había perseguido hasta que el tiempo le borró de la memoria de la presente generación, haciéndole obscuro en vez de infame. En cuanto a la viuda Wycherly, contaba la tradición que fué una belleza en sus días; mas había vivido largo tiempo en profundo aislamiento a causa de ciertas historias escandalosas que levantaron contra ella la opinión de la sociedad. Es digna de mencionarse la circunstancia de que los tres viejos caballeros, el señor Médbourne, el coronel Kílligrew y el señor Gascoigne, habían sido en otro tiempo pretendientes de la viuda Wycherly, y estuvieron una vez a punto de cortarse el cuello por gozar del privilegio de su amor. Y antes de proseguir, quiero también dejar apuntado que se susurraba que tanto el doctor Héidegger como sus cuatro invitados se encontraban a veces algo fuera de sus cabales; cosa no del todo sorprendente tratándose de personas ancianas atormentadas por actuales sufrimientos o por angustiosas remembranzas.

—Mis antiguos y queridos amigos,—dijo el doctor Héidegger, haciéndoles tomar asiento,—Deseo que me ayudéis en uno de los pequeños experimentos con que acostumbro divertirme a solas en mi estudio.—