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Las Helénicas o Historia griega

Nota de transcripción


LAS HELÉNICAS

o

HISTORIA GRIEGA.


BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO CXIX


LAS HELÉNICAS

o

HISTORIA GRIEGA

DESDE EL AÑO 411 HASTA EL 362 ANTES DE JESUCRISTO

POR

JENOFONTE

Traducida por primera vez del griego al castellano
con numerosas notas filológico-literarias

POR

ENRIQUE SOMS Y CASTELÍN

DOCTOR EN FILOSOFÍA Y LETRAS


MADRID

Librería de Perlado, Páez y C.ª

Sucesores de Hernando.

Calle del Arenal, núm. 11.

1919


Imp. de Perlado, Páez y C.ª, Sucesores de Hernando, Quintana, 33.

A D. Laureano Arango y Portús.

Como pequeñísima prueba de amistad sincera, dedica este volumen de la Biblioteca clásica

El Traductor.

PRÓLOGO.


Jenofonte ha sido siempre conocido y admirado por tres de sus obras: la Anábasis, o expedición de Ciro, la Ciropedia y las Memorias socráticas; pero la gloria que estas obras han proporcionado a su autor, han perjudicado a sus restantes escritos, pues los han oscurecido. Y no es porque no les correspondan, así por el estilo, como por la propiedad del lenguaje, ya por la fluidez y galanura de la narración o por la elevación de sus ideas; antes al contrario, con justicia puede decirse de este autor lo que no puede afirmarse de casi ningún escritor, es a saber: que en cualquiera página que se abra la colección de sus obras, siempre y en todas partes merece el dictado de abeja ática, que ya le dieron sus contemporáneos por su fluidez y gracia en el decir.

Cierto que, así por la importancia del objeto como por el elevado fin que se proponen, son aquellas obras superiores a los pequeños tratados de Jenofonte, el Agesilao, la república ateniense y lacedemonia, la Apología, el Económico, el Comandante de caballería, etc.; pero no puede decirse lo mismo respecto de sus Helénicas, es decir, la historia de Grecia y en especial de la guerra del Peloponeso durante los años 411 a 362, antes de Jesucristo, que escribió nuestro autor como continuación a la de Tucídides. Y, sin embargo, pocos son los que piensen en Jenofonte al mencionarse aquella celebérrima guerra en que, con ardor digno de mejor causa y con lances variadísimos y verdaderamente épicos, se desangraron y desunieron todos los estados, grandes y pequeños, de Grecia, preparando su decadencia y su sujeción al coloso macedonio.

Pero en España tiene este olvido mayores proporciones, pues no se ha publicado hasta hoy ninguna traducción de esta obra que hubiera dado a Jenofonte tantos lauros como cualquiera de las ya citadas y por todos tenidas como sus obras maestras. De ahí que con muy buen criterio el editor de esta Biblioteca clásica, le haya dado cabida en ella para que acompañe a las restantes obras de Jenofonte ya publicadas, la Anábasis y la Ciropedia, y para que pueda verse a nuestro autor bajo un prisma casi por todos aun ignorado.

La principal causa de este olvido estriba en la comparación que se establece por todo crítico entre los ocho libros de la historia de la guerra del Peloponeso por Tucídides, y los siete libros de las Helénicas que hoy publicamos. Pero esto es únicamente una preocupación que no tiene razón de ser, pues no solo difieren ambos autores en el estilo, sino también en su idiosincrasia especial, si se me permite la frase, por lo cual ningún resultado positivo puede dar su comparación.

Es verdad que cuantos busquen en Jenofonte aquella sobriedad en el estilo y aquella plenitud del período, así como aquel lujo de detalles que todos admiramos en Tucídides, tendrán que sufrir un desencanto y una decepción, pues no son las condiciones peculiares y características de nuestro autor; pero, en cambio, la magistral fluidez y la suavidad inimitable en el decir, y la galanura en las imágenes, y la elocuencia en los discursos, y la precisión en el lenguaje, y el orden y encadenamiento en los sucesos, estas condiciones, unidas a un sinnúmero de otras que podríamos citar, se hallan todas en las Helénicas de igual modo que se hallan en todas las obras de Jenofonte.

No carece tampoco de variedad en la narración y de imaginativa en los episodios; antes al contrario, estas cualidades son las que más avaloran esta obra, y para que no se diga que nos hemos contagiado del panegirismo del propio autor, de que habla uno de nuestros mejores humoristas, vamos a comprobarlo con un ligero y superficial análisis de las Helénicas, y con una breve enumeración de las más capitales bellezas que contiene.

Comienza la narración de Jenofonte en el año 411, antes de nuestra era y poco después del combate naval del cabo del Sepulcro del Perro, entre Míndaro y Trasíbulo, en que perdieron 21 naves los lacedemonios, acción con que termina Tucídides su historia. Ábrese el relato de la de su sucesor, con las brillantes proezas de Alcibíades en Abido y Cícico, con la muerte de Míndaro y derrota de Farnabazo, y la retirada de Agis, que abandona el cerco de Atenas ante la entereza de Trasilo, quien al año siguiente experimenta una derrota en Coreso, junto a Éfeso, cuyos efectos no son muy desastrosos, pues no impiden se apodere de cuatro naves siracusanas frente a Metimna, ventaja seguida de otras victorias que Alcibíades alcanza sobre Farnabazo y de la toma de algunas ciudades importantes, y en especial de Bizancio.

Todas estas proezas sirven de preparación al regreso de aquel general a Atenas, y a su nombramiento de generalísimo revocado algunos meses después por el pueblo al ser conocido el revés sufrido por la flota ateniense en Notio, eligiéndose entonces diez nuevos generales y retirándose aquel jefe a su castillo del Quersoneso, mientras se pone Conón al frente de la flota, que experimenta otro descalabro de consideración en el Helesponto.

No desmayan por eso los atenienses, pues al divulgarse nuevas tan aflictivas, decretan un socorro de 110 naves, que se equipan en treinta días y logran obtener una gloriosa victoria naval sobre Calicrátidas junto al cabo Maleo, con muerte del general lacedemonio y perdiendo unas 70 naves la flota espartana. Pero no habiendo cumplido Terámenes y Trasíbulo con el encargo que les hicieron los ocho generales en aquella acción presentes, de salir en auxilio de los náufragos por hallarse la mar muy gruesa, son juzgados todos ellos por el pueblo y condenados a muerte en medio de escenas tumultuarias que con gran sobriedad, pero con no menor exactitud, describe nuestro autor, poniendo en boca de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, uno de los mejores discursos que nos presenta esta obra.

Así termina el primer libro, no sin que nos diga Jenofonte, a tenor de sus ideas filosófico-religiosas, la suerte final que obtuvieron los instigadores principales de aquel injusto y revolucionario desacierto, y el pronto arrepentimiento que sintió el pueblo ateniense por haber muerto a sus generales, cuando las derrotas sufridas hicieron que los echase de menos.

Comienza el libro segundo con la conjuración de los soldados de Eteónico, cortada en sus comienzos gracias a la energía y prudencia de este general, y el regreso de Lisandro a la flota. Las sabias medidas de este, y el dinero de los persas, le permiten reorganizarla y levantar el abatido espíritu de sus soldados, así como obtener ventajas de consideración por mar y tierra sobre los atenienses, tomándoles varias ciudades y derrotándoles cerca de Egospótamos, a pesar de los consejos de Alcibíades, que no quieren escuchar los generales de la flota ateniense, de la cual solo ocho naves dejan de caer en poder del enemigo.

Consecuencia de esta derrota y de las restantes ventajas obtenidas por los lacedemonios, es el abandono en que toda Grecia, a excepción de los samios, deja a Atenas, cuyo pueblo comprende ha sonado para él la hora de la expiación y del castigo.

Pausanias, al frente de un numeroso ejército de peloponesios, comienza el sitio de aquella población, mientras Lisandro, después de una brillante expedición, que mejor podría llamarse marcha triunfal, por entre las islas, fondea junto al Pireo, con ciento cincuenta naves, y cierra por mar el bloqueo de Atenas. Agotados todos los recursos, y después de unos meses de asedio, tienen que capitular los atenienses, aceptando las humillantes condiciones que les imponen los éforos, que a causa del hambre son recibidas con verdadero júbilo.

Síguese a esta rendición, el año llamado de la anarquía y la entronización de los Treinta tiranos, la descripción de cuyos actos, que ocupa el capítulo tercero de este libro, da ocasión a Jenofonte para escribir unas cuantas páginas que por sí solas bastarían para dar fama a cualquier escritor. En efecto, la enemistad de Critias y Terámenes, así como la acusación y condena del último, y su discurso de defensa, están escritos de mano maestra y evocan el recuerdo de hechos bastante análogos en la celebérrima revolución francesa y en los años del Terror, que en realidad ofrecen muchos puntos de contacto con aquella época de convulsión popular.

Tales atropellos e iniquidades apresuran la vuelta de los desterrados, aumentando el número de los descontentos y de los que desean un gobierno regular. Pónese Trasíbulo a su frente, y después de unas ligeras escaramuzas, en las que son favorecidos los desterrados, no solo por su valor y esfuerzo, sino también por el terreno y las variaciones atmosféricas, acorralan en Eleusis a los treinta tiranos, en favor de los cuales poco hacen los mismos lacedemonios, pues Pausanias, uno de sus jefes, favorece pasivamente la vuelta de los fugitivos, y procura se arreglen las cosas de manera que cese aquel estado de perturbación, para lo que, después de dar al olvido las antiguas disensiones, se restablece por completo la paz, constituyéndose el gobierno del mismo modo que estaba antes del sitio, y poniéndose Trasíbulo a su frente, con lo cual termina el libro segundo, acaso el más bello de la obra, ya que no sea también el más importante.

Cambia de lugar la escena al comenzarse el libro tercero, pasando a Asia Tibrón, y más tarde su sucesor Dercílidas, que tomó «nueve ciudades en ocho días», no realizándose hechos de gran importancia, gracias a la enemistad latente entre Tisafernes y Farnabazo, que saben avivar arteramente los jefes espartanos, quienes consiguen con astucia hacerles firmar una tregua que debía ser precursora de la paz.

Tienen lugar también en esta misma época varias expediciones de los espartanos contra los eleos, bajo el mando de Agis, quien muere poco después de su regreso a Esparta, sucediéndole su hermano Agesilao, a pesar de las pretensiones de Leotíquides, que decía ser hijo del difunto rey. Nárrase después la conjuración de Cinadón, descrita con vigoroso pincel, y que pinta con pocos, pero seguros rasgos, el carácter espartano y el de su constitución social y política.

Refiérense después las victorias de Agesilao en Asia, describiéndose su previsión, prudencia y energía, así como sus dotes de gran general en la guerra y de buen gobernante en la paz, terminando el libro tercero con la funesta expedición contra Tebas dirigida por los espartanos, que experimentan una seria derrota en Haliarto, donde perece Lisandro, uno de sus jefes.

Continúa el libro cuarto relatando las proezas de Agesilao en Asia y la tregua celebrada con Farnabazo, interrumpidas aquellas por el llamamiento que le hace su patria por necesitar de sus servicios. Recrudécese mientras tanto la lucha entre Tebas y Esparta, en la que, prescindiendo de otros secundarios combates, tiene lugar el desastre naval de Cnido, donde entre otras pérdidas experimentaron los espartanos la de su general Pisandro, y la batalla de Coronea, en que obtiene Agesilao una señalada victoria sobre los tebanos, atenienses y demás aliados.

Tiene después lugar la guerra junto a Corinto, consiguiendo los argivos y lacedemonios algunas ventajas, gracias principalmente a Praxitas y Agesilao, oscurecidas en parte por el desastre experimentado por la cohorte del Lequeo, que viene a acibarar las glorias del último, quien, para evitar la irrisión y las burlas de los mantineos al pasar en retirada por su territorio, tiene que entrar de noche en las poblaciones que atraviesa, y salir de ellas al clarear el día. Siguen después las expediciones contra los acarnanios y argivos, llevadas a cabo respectivamente por Agesilao y por Agesípolis, quien comienza a actuar de esforzado y pundonoroso capitán.

Después del combate naval de Cnido, dan la vuelta Farnabazo y Conón a las islas y ciudades marítimas, arrojando de ellas a los harmostas lacedemonios, y haciendo nulas las ventajas obtenidas últimamente por los jefes espartanos, si bien todos sus esfuerzos se estrellan en Sesto y Abido, gracias a la energía de su gobernador Dercílidas.

Conciertan después ambos jefes, el persa y el ateniense, lo que mayores daños pueda causar a los espartanos, y terminada su expedición por las islas, resuelven la reconstrucción de los muros de Atenas, que habían sido derribados cuando los espartanos tomaron la ciudad. Logra con esto Conón que los atenienses recuperen la fuerza moral que habían perdido con los desgraciados sucesos de los años anteriores, y temiendo los espartanos empeorar su situación, envían a Asia a Antálcidas con objeto de proponer al rey la paz, bajo condiciones las más ventajosas para él; pero no consiguen su objeto, pues los demás estados beligerantes no se adhieren a ellas.

Termina el cuarto libro con la narración de algunos otros hechos secundarios, acaecidos en Rodas, en el Helesponto o en Asia, y que, prósperos unas veces, y otras adversos, no hacen inclinar la victoria ni en favor de los atenienses ni en favor de los espartanos.

Ábrese el quinto libro con las alabanzas que tributa Jenofonte al general lacedemonio Teleutias, quien regresa a su patria, una vez terminado el plazo de su mando, en medio de las aclamaciones de sus subordinados y de los aplausos de los extraños. Relátanse algunos de los hechos realizados por Gorgopas y Cabrias en Egina, que no ofrecen grande importancia, volviendo Teleutias a ponerse al frente de la flota espartana, a gusto y satisfacción de todos. Bajo su mando tiene lugar la atrevida y arriesgada expedición al Ática y al mismo Pireo, mientras Antálcidas se apodera astutamente de las 8 naves de Trasíbulo de Colito, con lo cual dominan en la mar los espartanos, y todos tienen que aceptar las condiciones de la paz llamada vulgarmente de Antálcidas, que en nombre del rey propone Tiribazo a los griegos.

Todo sonreía a los lacedemonios; las ventajas obtenidas en la guerra se habían aumentado con las alcanzadas por la paz; los tebanos la aceptan con solo saber se dirige Agesilao contra ellos, y los argivos se retiran de Corinto, dejándola completamente autónoma, al solo anuncio de que Esparta les declarará la guerra; pero el orgullo ciega a los espartanos y presta manifiesta ocasión a nuestro autor para que vea el dedo de la Providencia en los hechos que posteriormente tienen lugar entre Tebas y Esparta.

En efecto, vencida Mantinea, que tiene que sujetarse a la voluntad de Agesípolis, su vencedor, y reclamado por los de Acanto y Apolonia el auxilio de Esparta contra las exigencias de Olinto, decrétase una expedición contra esta ciudad bajo las órdenes de Eudámidas. Salen con este las tropas disponibles, pero queda encargado su hermano Fébidas de recoger las fuerzas restantes y conducirlas a su destino. Este último, a su paso por Tebas, arrastrado por su ambición y por su carácter aventurero, escucha las proposiciones de Leontíades, que, movido de su enemistad contra Ismenias y su partido, le entrega la acrópolis y hace prender a su rival. Sancionan con su aprobación los éforos esta injusta acción, que se convierte en causa de infinitas contrariedades para Esparta, pues todas las guerras relatadas en los siguientes libros hasta terminar la obra, no son más que consecuencias de aquel hecho.

Pónese Teleutias, hermano de Agesilao, al frente de las tropas enviadas contra Olinto, y consigue algunas ventajas, hasta que en cierta ocasión, cegado por la cólera producida por la derrota de uno de sus lugartenientes, se arroja inconsideradamente contra los olintios, pereciendo bajo los golpes de estos, que derrotan por completo a su ejército. Sucédele en el mando Agesípolis, quien muere al poco tiempo a consecuencia de una ardiente fiebre que le origina el inconstante clima de aquella región. Polibíades, que le sucede en el mando, obliga a los olintios a ajustar la paz y a jurar la alianza con los lacedemonios, mientras Agesilao, después de un año y ocho meses de asedio, logra rendir el valor de los fliasios y hacer que se entregue Fliunte, que no había querido acceder a las proposiciones que sobre la admisión de los desterrados le había hecho Esparta.

Siete conjurados bastan para rescatar a la acrópolis de Tebas, arrojar de ella a los lacedemonios, y una vez reconstituido el gobierno, oponerse e inutilizar por completo la expedición que contra ellos dirige Cleómbroto, hermano y sucesor de Agesípolis. Consiguen también, a fuerza de dinero, que Esfodrias, gobernador espartano en Tespias, simule un ataque al Pireo, a pesar de hallarse Atenas en paz con Esparta, y no habiendo sido castigado este jefe por el senado, los atenienses entran en campaña contra su antigua rival. Dirige después Agesilao dos expediciones contra Tebas, consiguiendo algunas ventajas, contrarrestadas en la primera por la derrota y muerte de Fébidas, su lugarteniente, y en la segunda por lo avanzado de la estación y la desunión de los habitantes de Tespias y de las demás ciudades en que se apoyaban. No consiguen tampoco ninguna ventaja los lacedemonios con la nueva expedición decretada contra Tebas y que dirige Cleómbroto, después de lo cual, cansados los aliados, piden se active la guerra o se haga la paz, por lo cual renuévanse las expediciones marítimas, en las que sufren algunos descalabros los espartanos en los combates que sostienen con Cabrias y Timoteo, jefes de las flotas atenienses.

Así termina el quinto libro. Favorecidos los tebanos por la suerte y por su valor, salen de la oscuridad en que hasta entonces habían estado sumidos, y se prevé comienza para ellos el brillante, aunque breve resplandor que sabrán dar a su ciudad dos de sus más notables y eminentes hijos: Pelópidas y Epaminondas.

Ábrese el libro sexto de las Helénicas con la embajada del tesalio Polidamante, que viene a implorar el auxilio de los lacedemonios contra el creciente poder de Jasón de Feras, descrito con mucha precisión y gran colorido en el discurso de aquel ante el senado. Este tiene la franqueza de confesar al enviado tesalio la imposibilidad en que se encuentra de auxiliarle, y le aconseja procure sacar todo el partido que pueda en su alianza con aquel tirano.

Cansados los atenienses de la guerra, y siendo los tebanos los únicos que obtendrán por ella alguna ventaja positiva, ajustan la paz con Esparta, paz que dura muy poco, convirtiendo los lacedemonios en teatro de la guerra a la isla de Corcira, primera causa ocasional de la larga lucha entre las dos repúblicas rivales. Sufre Esparta un verdadero descalabro con la muerte de su general Mnásipo, y reembarcados los soldados expedicionarios, dominan los atenienses en la mar, y su general Ifícrates, con su prudencia y esfuerzo, somete las ciudades de Cefalenia, y se apodera de diez naves siracusanas que enviaba Dionisio a los lacedemonios.

Los excesos que cometen los tebanos con los aliados cuando les sonríe la fortuna, ocasionan el aislamiento en que les dejan los atenienses y demás pueblos griegos, que ajustan la paz con Lacedemonia, comprometiéndose a declarar la guerra a todo el que no se someta a las condiciones del tratado. Quedan con esto los tebanos solos enfrente de toda Grecia; pero sin desanimarse, y sabiendo sacar partido de todo, aun de los mismos rumores que hacen propalar para animar a sus soldados, consiguen en Leuctra una de las más famosas victorias que se registran en los griegos anales, que sume en estupor a Grecia toda, pero que no es obstáculo para que se conserve Atenas fiel a su nueva alianza con Esparta.

La intervención de Jasón de Feras, que se apresura a socorrer a los tebanos, hace que se suspendan las hostilidades y se negocie una tregua que todos acogen con júbilo, pudiendo volverse aquel tirano a sus dominios, donde a poco es asesinado, como lo son algo más tarde sus sucesores Polidoro y Polifrón, y su sobrino Alejandro de Feras.

Los disturbios de los tegeatas y la muerte de Próxeno por los partidarios de Estásipo, así como el auxilio prestado por los mantineos a los enemigos del último, dan ocasión a una nueva ruptura de las hostilidades entre Esparta y Mantinea y a una expedición de Agesilao a Arcadia, que no produce a la primera república ningún resultado positivo y que fue seguida de la primera invasión de Laconia por los tebanos y arcadios coaligados. Llega el ejército invasor hasta la misma Esparta, abatiendo con ello el orgullo lacedemonio y despojando a los espartanos de la aureola de invictos e inexpugnables con que hasta entonces se habían envanecido. Al saberse en Atenas estos sucesos, vacila el pueblo entre su deber de aliado de Esparta y el recuerdo de sus antiguos odios; pero hácense oír las voces de sus oradores, y decrétase ir en masa a socorrer a su antigua rival, poniéndose al frente de la expedición al general Ifícrates, que perdiendo el tiempo en los preparativos y en la marcha, llega a Laconia cuando ya se habían retirado los enemigos.

Comienza el séptimo y último libro de las Helénicas con la alianza celebrada entre Atenas y Esparta para oponerse a los tebanos, alrededor de los cuales se había agrupado considerable número de estados griegos, siempre dispuestos a aliarse con el atleta naciente que comienza a derrocar a los viejos colosos, si bien las ventajas de los tebanos se amenguan ante la naciente rivalidad de los arcadios, que les impide sacar toda la utilidad que podían esperar de la influencia y consideración que alcanza Pelópidas con el rey de Persia en la embajada que para conseguir la paz mandan a este los principales estados griegos.

Dedica Jenofonte el cap. II de este libro a narrar las proezas de la ciudad de Fliunte, cuyo relato y los encomios que tributa a dicha ciudad son más bien un canto épico en prosa dirigido a ensalzar el valor y la fidelidad, entusiasmado ante la heroicidad de un puñado de hombres libres que todo lo sacrifican en aras de su libertad y de su fidelidad a los amigos que se hallan en la desgracia.

Ocúpase luego en describir los disturbios que ocurren en Sición, motivados por la ambición de Eufrón, quien sufre el merecido castigo de sus injusticias al ser asesinado públicamente ante el senado de Tebas, donde había ido a sobornar a los magistrados para tiranizar a sus conciudadanos, hecho al que siguen poco después las diferencias que se agitan entre los arcadios y los eleos, a quienes con varia fortuna auxilian los lacedemonios, diferencias que terminan con la celebración de la paz entre ambos estados, si bien la injusticia del gobernador tebano de Tegea hace que se rompan nuevamente las hostilidades y da lugar a la célebre expedición de Epaminondas al Peloponeso y hasta el mismo corazón de Esparta, y después de una derrota de la caballería tebana por la ateniense, a la célebre batalla de Mantinea, una de las más importantes que tuvieron lugar en Grecia, en la cual tomaron parte cerca de 60.000 hombres, y que a no ser por la muerte del general tebano, hubiera acaso influido de un modo decisivo en la suerte de todos los estados griegos.

Con esta batalla termina Jenofonte su historia, cuyo breve resumen basta para que se comprenda la importancia capital de los sucesos narrados por nuestro autor y la variedad de asuntos de que se ocupa. Muchas páginas debiéramos escribir si quisiéramos consignar todos los pasajes que se destacan en las Helénicas, pero no podemos dejar de consignar, aunque muy a la ligera, pues va haciéndose este prólogo excesivamente largo, algunos de los más capitalísimos y que dan preclaro timbre de gloria a su autor.

La descripción de la opinión en Atenas a la vuelta de Alcibíades, el juicio de los generales atenienses por no haber recogido los náufragos en el combate naval del cabo Maleo y el justo e intencionado discurso de Euriptólemo, hijo de Pisianacte, así como el rasgo de haber sido Sócrates el único ciudadano ateniense que sin dejarse llevar por la corriente revolucionaria se opuso a cuanto pudiera ser ilegal en aquel juicio, es de lo más importante y bello del libro primero.

En el segundo destácase en primera línea la lucha entre Critias y Terámenes, dos de los Treinta, y el discurso del último que no puede impedir su muerte, pero que llena de infamia a su rival. El sitio de Atenas y la desesperada situación de sus habitantes, así como la relación de las negociaciones para la paz, son también de gran importancia estética, de igual manera que el pintoresco relato de la conjuración de los soldados de Eteónico en Quíos, el regreso de Trasíbulo a Atenas y las arengas que dirige a sus soldados para animarles y a los ciudadanos todos para que reine entre ellos la concordia.

Las bellezas más capitales del tercer libro son, entre otras, el episodio de Manía la gobernadora de la satrapía de Eólida, los discursos de los diputados tebanos en Atenas, la humorística disputa entre Agesilao y Leotíquides acerca de sus derechos al trono de Esparta, y sobre todo, la gráfica y bella descripción de la abortada conjura de Cinadón y la rivalidad noble y digna entre Agesilao y Lisandro.

El episodio de Otis y Espitrídates, así como la entrevista entre Farnabazo y Agesilao y la hospitalidad que contrae este con su hijo, el certamen guerrero que abre en Asia el general lacedemonio, las operaciones de guerra que tienen lugar junto a Corinto y la conducta hábil y valiente de Dercílidas en Abido, es de lo mejor que nos ofrece el cuarto libro de la historia de Jenofonte.

Lo propio sucede respecto al quinto con los discursos de Teleutias a sus soldados, y de Clígenes, enviado de Acanto y Apolonia ante el senado espartano, con la astuta traición de Leontíades en Tebas, con la pintorescamente descrita revolución de esta ciudad que dirigen Fílidas y Melón, y con el relato de los esfuerzos de Cleónimo, junto a Arquidamo, para salvar a su padre Esfodrias, que ha incurrido en la justa indignación de los éforos.

El discurso vivo y descriptivo del farsalio Polidamante, la táctica prudente y previsora de Ifícrates en su expedición a Corcira, los discursos de los atenienses enviados a Lacedemonia para ajustar la alianza entre las dos repúblicas, así como el pánico de los espartanos al ver en su territorio a los tebanos, su heroica resistencia ante el peligro de la patria y los discursos pronunciados en la asamblea ateniense al discutirse si se auxiliará a su rival, avaloran en gran manera el libro sexto.

Finalmente, en el séptimo los discursos de los enviados a Atenas para celebrar la alianza entre varios estados griegos, la conducta esforzada de Arquidamo, la narración de las proezas de Fliunte, la muerte de Eufrón y la defensa de su matador, así como el elogio de la última campaña de Epaminondas, es todo ello digno remate de la obra de Jenofonte, y aquilata la verdad de nuestro aserto al afirmar que no desmerece de las tres obras maestras del mismo autor.

Al terminar estas líneas, réstanos únicamente manifestar que hemos seguido los textos más modernos y apreciados (principalmente el de Reiske), de los que podemos decir no hemos discrepado más que en alguno de los lugares más controvertidos y oscuros, cuando a nuestro entender no ofrecían un sentido claro y terminante, en cuyo caso, hemos seguido otra variante, aunque expresándolo casi siempre en nota.

Permítasenos también consignar, como declaración última para terminar este prólogo, que aunque hubiéramos deseado verter al castellano, no solo las ideas de Jenofonte, sino también su galanura en el decir, nos daremos por muy satisfechos si el público nos reconoce, además del buen deseo que nos ha animado en nuestro trabajo, el constante empeño que hemos puesto para darle una traducción lo más ajustada posible al original griego, con objeto de que, ya que no reúna otro mérito literario, le permita hacerse cargo de los sucesos de la guerra del Peloponeso, narrados por Jenofonte.

HELÉNICAS O HISTORIA GRIEGA.


LIBRO PRIMERO.


CAPÍTULO PRIMERO.

Algunos días después de estos sucesos[1], Timócares llegó de Atenas con algunas naves e inmediatamente verificose un combate naval entre atenienses y lacedemonios, quedando vencedores estos últimos bajo la dirección de Agesándridas[2].

Poco después y a principios del invierno, Dorieo[3], hijo de Diágoras, partió de Rodas y llegó al Helesponto al clarear el día. El centinela de los atenienses que debía anunciarle señaló su presencia a los generales, los cuales se hacen a la vela contra él con veinte naves. Huye ante ellos Dorieo, y vara las naves en los alrededores de Reteo[4]. Acércanse los atenienses, y combaten junto a las naves y en la costa, hasta que se juntan con el resto del ejército en Mádito[5], sin haber realizado cosa alguna de provecho.

Durante este tiempo, Míndaro[6], que ofrecía en Ilión un sacrificio a Minerva Atenea, viendo el combate, se dirige a socorrerlos; se hace a la vela con sus trirremes, y alcanza el puerto donde estaban las naves de Dorieo. Hácenle frente los atenienses, y junto a la costa de Abido libran un combate naval que dura hasta la noche. Mientras se dudaba de quién quedaba vencedor o vencido, llega Alcibíades[7] con veintidós naves, e iníciase la retirada de los peloponesios hacia Abido. Sobreviene después en su auxilio Farnabazo[8], y metiendo el caballo en el agua hasta donde le es posible, incita peleando a que hagan lo mismo los infantes y los caballos que le acompañan; reúnen los peloponesios sus naves, y alineados en orden de batalla combaten junto a la costa. Los atenienses vuélvense hacia Sesto, llevando consigo treinta naves enemigas que encontraron vacías después de haber recuperado cuantas habían antes perdido. Desde aquella población, dejando en ella cuarenta naves, se hacen a la vela en distintas direcciones, con objeto de recoger dinero, y Trasilo, uno de los generales, se dirige a Atenas para anunciar esta fausta nueva y para pedir hombres y naves. Después de todo esto, llega Tisafernes al Helesponto; dirígese a él Alcibíades con una sola trirreme, con objeto de ofrecerle los dones de hospitalidad y los presentes de amistad; pero hácele prender aquel y encerrarle en Sardes, diciendo que el rey[9] le ha dado orden de hacer la guerra a los atenienses. Treinta días después, Alcibíades, habiendo podido procurarse caballos, huye de noche con Mantíteo[10], otro prisionero en Caria, y se dirigen durante la noche a Clazómenas.

Los atenienses que estaban en Sesto, al saber que Míndaro va a hacerse a la vela contra ellos con sesenta naves, huyen durante la noche a Cardia[11], donde llega también Alcibíades desde Clazómenas con cinco trirremes y un buque costero; pero informado de que las naves peloponesias desde Abido se han dirigido a Cícico, llega a Sesto por tierra, y manda a sus navíos se le reúnan en dicho punto dando un rodeo. Después que estos llegaron, y cuando estaban a punto de levar anclas para marchar al combate, sobreviene Terámenes con veinte naves, viniendo de Macedonia, así como Trasíbulo con otras veinte de Tasos, habiendo recogido ambos algún dinero. Ordénales en seguida Alcibíades que amainen velas, y todos juntos navegan hacia Pario. Reunidos allí ochenta y seis buques, se hacen a la vela al día siguiente y al otro llegan a Proconeso a la hora del almuerzo, donde tienen conocimiento de que Míndaro y Farnabazo, con las tropas de infantería, están en Cícico, por lo cual permanecen a la expectativa todo el día en aquel sitio. Al siguiente, convoca Alcibíades una asamblea, en la cual manifiesta la necesidad en que se hallan de combatir por tierra y bajo los muros. «En efecto —dice—, no tenemos dinero, y los enemigos recíbenlo todo en abundancia de parte del rey.»

La noche anterior, al anclar, había reunido alrededor de la suya a todas las naves, aun las más pequeñas, a fin de que nadie pudiese participar al enemigo el número de buques con que contaba, e hizo pregonar pena capital para todo el que fuera sorprendido dirigiéndose a la opuesta costa. Disuelta la asamblea, se prepara para el combate y se dirige sobre Cícico, mientras llovía fuertemente; al llegar junto a dicha población, y gracias a una momentánea claridad y a los rayos del sol, ve las naves de Míndaro, en número de sesenta, maniobrando fuera del puerto, de manera que puede cortarles la retirada. Al ver los peloponesios las naves de Atenas en número mayor que antes y junto al puerto, huyen en dirección a la costa, y haciéndolas varar, hacen frente al enemigo, que se dirige hacia ellos; Alcibíades hace dar un rodeo a sus veinte naves, y desembarca en la playa, como lo hace también al verlo Míndaro, quien recibe la muerte combatiendo, y los suyos se declaran en fuga. Los atenienses conducen todas las naves a Proconeso, a excepción de las de los siracusanos, pues ellos mismos les pegaron fuego.

Al día siguiente hácense a la mar los atenienses en dirección a Cícico, cuyos habitantes, abandonados por los peloponesios y por Tisafernes, le reciben en sus muros; quédase allí Alcibíades durante veinte días, recibe grandes cantidades de los de Cícico, y sin hacerles ningún daño se retira a Proconeso. De allí navega hacia Perinto y Selimbria. Los perintios reciben al ejército dentro de sus muros, y los selimbrios no les abren las puertas, pero les dan dinero. Inmediatamente dirígense a Crisópolis, en Calcedonia, población que fortifican, y donde establecen un contador para exigir el diezmo de las naves que salgan del Ponto Euxino, y dejan en ella una guarnición de treinta naves y dos generales, Terámenes y Éumaco, encargados de vigilar la plaza y las naves que pasen delante de ella, así como de hacer todo el daño posible a los enemigos. Los otros generales parten para el Helesponto. Cae en manos de los atenienses una carta de Hipócrates, el segundo de Míndaro, que remiten a Atenas, y que contenía estas palabras:

«Terminaron nuestras victorias; Míndaro ha perecido; están hambrientos los soldados: no sabemos qué hacer.»[12]

Farnabazo exhorta al ejército peloponesio y a sus aliados a no apesadumbrarse a causa de algunos leños, pues hay madera en abundancia en los dominios del rey, y todo va bien cuando se conserva la vida; regala a los soldados un traje y el sueldo de dos meses, y después de armar a los marineros, establece guarniciones en el litoral. Convoca luego a los generales de las ciudades y a los comandantes de las naves, les ordena construyan en Antandro tantas trirremes como cada uno haya perdido, y entregándoles el dinero necesario, les dice pueden construirlos con las maderas de los bosques del Ida. Mientras se construyen los buques, los siracusanos, unidos a los habitantes de Antandro, terminan las murallas, y son las tropas más disciplinadas de la guarnición, por lo cual se les concede en dicha ciudad el título de bienhechores y el derecho de ciudadanía. Habiéndolo dispuesto todo de esta manera, Farnabazo se dirige en seguida en socorro de Calcedonia.

Hacia este tiempo se anuncia a los generales siracusanos, que han sido desterrados por el pueblo. Reúnen, pues, a sus soldados, y por medio de Hermócrates deploran las desgracias de ser todos víctimas de un destierro injusto e ilegal; excitan a los soldados a que sean siempre tan valientes como hasta entonces, y a que se muestren siempre celosos en el cumplimiento de sus deberes, y luego los mandan elijan jefes hasta la llegada de los que deben sustituirles. Los soldados gritan con entusiasmo que deben conservar el mando: tal es el deseo unánime de los comandantes de las naves, de los marinos[13] y de los pilotos. Objétanles los generales que es preciso no insubordinarse contra su patria, y que si tienen algo que reprocharles pueden hacer uso de la palabra.

—«Acordaos —añaden— de todas las victorias navales que habéis alcanzado, de todas las naves que habéis tomado con vuestras solas fuerzas, de todas las ocasiones en que, reunidos a otras tropas, os habéis mostrado bajo nuestras órdenes invencibles y tenaces en vuestro puesto, gracias a vuestro valor y a nuestras excitaciones, así en la tierra como en el mar.»

No levantándose nadie para hacerles cargos, continúan en sus funciones hasta la llegada de los generales que deben sustituirles, Demarco, hijo de Epícides; Miscón, hijo de Menécrates, y Pótamis, hijo de Gnosias. La mayor parte de los comandantes de las naves juran les harán levantar el destierro así que lleguen a Siracusa; cólmanles de elogios y les dejan marchar a donde quieran. Principalmente los que habían frecuentado la amistad de Hermócrates, le echaban de menos por su actividad, su celo y su amabilidad: en efecto, cada día, mañana y tarde, reunía en su tienda a los comandantes más distinguidos de las naves, así como a los mejores pilotos y marinos; comunicábales lo que tenía intención de decir y hacer, y les enseñaba a hablar, obligándoles unas veces a expresarse sin preparación alguna, y otras después de haber meditado unos momentos. De este modo había adquirido Hermócrates gran consideración en el consejo, y se le tenía por el que mejor hablaba y que daba mejores consejos. Habiendo acusado en otro tiempo a Tisafernes en Esparta[14], y habiendo parecido fundada su acusación, sostenida por el testimonio de Astíoco, Hermócrates se dirige a Farnabazo, quien le ofrece dinero sin aguardar a que lo pida, y reuniendo tropas mercenarias y trirremes, se prepara para regresar a Siracusa. Mientras tanto llegan a Mileto los generales nuevamente nombrados por los siracusanos, y allí toman posesión del mando de las naves y del ejército.

Declárase hacia el mismo tiempo una sedición en Tasos, siendo vencidos los partidarios de Lacedemonia y Eteónico, el harmosta[15] espartano. Pasípidas, oriundo de Esparta, acusado de haber preparado con Tisafernes aquella sedición, es desterrado de su población natal, y como había reunido la escuadra de los aliados, envían a Cratesípidas para que tome el mando, quien la encuentra en Quíos.

En esta misma época, mientras que Trasilo está en Atenas, Agis hace una salida de Decelia[16] y llega, devastando la campiña, hasta los mismos muros de Atenas; Trasilo, al frente de los atenienses y de cuantos allí se encuentran, sale de la ciudad y coloca sus tropas a lo largo del gimnasio del Liceo, en disposición de combatir si los enemigos avanzan, al ver lo cual Agis emprende prontamente la retirada, no sin que sean muertos por las tropas ligeras algunos de sus rezagados. Con este motivo hállanse los atenienses más dispuestos a conceder a Trasilo el auxilio que había venido a impetrar, y decretan que puede reclutar mil hoplitas, cien caballos y cincuenta trirremes.

Al ver Agis desde Decelia que entran en el Pireo con las velas desplegadas gran cantidad de naves cargadas de trigo, declara que ninguna utilidad pueden prestar sus tropas bloqueando por tierra a Atenas, si no se les impide el aprovisionamiento por mar, y que el mejor partido sería mandar a Calcedonia y a Bizancio al hijo de Aristómenes y a Clearco, hijo de Ranfias, huésped público[17] de los bizantinos. Habiéndose adoptado este parecer en Lacedemonia, se hace a la vela aquel con quince naves, equipadas por los megarenses y demás aliados, si bien eran más propias para el transporte de soldados que para navegar con velocidad; por lo cual tres de ellas son echadas a pique en el Helesponto por las nueve naves atenienses que vigilan continuamente los buques enemigos, y las restantes huyen a Sesto, y de allí se refugian en Bizancio.

Así terminó este año, durante el cual invaden Sicilia los cartagineses, bajo el mando de Aníbal[18], con un ejército de cien mil hombres; y en el espacio de tres meses se apoderan de dos ciudades griegas, Selinunte e Hímera.

CAPÍTULO II.

Al año siguiente, el de la nonagesimatercia olimpiada[19], en la cual Evágoras de Elea alcanzó el premio en la carrera del carro tirado por dos caballos, y Eubotas, el cireneo, el del estadio, siendo éforo en Esparta Evárquipo, y arconte en Atenas Euctemon, los atenienses fortifican Tórico, y Trasilo, tomando los buques que le han sido decretados, arma como peltastas[20] cinco mil marineros para que puedan hacer igualmente los dos servicios, y se hace a la vela en dirección a Samos, al comenzar el verano. Permanece allí tres días, partiendo después para Pígela[21], cuyo territorio devasta, y comienza el sitio. Habiendo acudido en auxilio de los sitiados algunos habitantes de Mileto, persiguen a las tropas ligeras atenienses que se hallaban en desorden; pero los peltastas y dos cohortes de hoplitas[22], acudiendo a socorrer a las tropas ligeras, dan muerte a casi todos los milesios, toman unos doscientos escudos y levantan un trofeo. Al día siguiente se hacen a la vela en dirección a Notio[23], y después de hacer sus preparativos, se dirigen a Colofón, cuyos habitantes les reciben amistosamente. Invaden durante la noche inmediata las comarcas de Lidia, en que el trigo está ya en sazón, incendian varias poblaciones y se apoderan del dinero, de los esclavos y de un rico botín. El persa Estages, que se hallaba en dicha comarca, aprovechándose de un momento en que los atenienses se hallaban dispersos fuera del campamento para saquear por su cuenta, se arroja sobre ellos con su caballería, les mata siete hombres y les hace un prisionero. Trasilo, después de esta proeza, recoge a su ejército junto al mar para dirigirse a Éfeso; pero adivinando Tisafernes sus designios, reúne numeroso ejército y envía gente de a caballo para exhortar a todos a que vayan a socorrer a Ártemis Diana en Éfeso.

Diez y siete días después de la invasión se hace a la mar Trasilo en dirección a Éfeso, y desembarcando a sus hoplitas junto al Coreso[24], ordena a su caballería, a los peltastas, a los marinos y al resto de sus tropas se queden junto a los pantanos, a la otra parte de la ciudad, y así que apunta el día hace avanzar a sus dos cuerpos de ejército. Las tropas de la plaza, con el refuerzo de los aliados mandados por Tisafernes y el de los siracusanos (así los de las veinte naves primeras como los de otras cinco que habían llegado recientemente con los generales Eucles, hijo de Hipón, y Heraclides, hijo de Aristógenes) y además con dos naves de Selinunte[25], se dirigen a su encuentro. Reunidas todas esas tropas, derrotan primeramente a los hoplitas acampados junto al Coreso, y después de ponerles en fuga, de causarles unas cien bajas y de haber perseguido hasta el mar a los fugitivos, se dirigen contra las tropas de los pantanos; son asimismo derrotados los atenienses, que perecen en número de unos trescientos. Los efesios levantan allí un trofeo y otro junto al Coreso; dan premios por su valentía a los siracusanos y a los selinusios, así en general como a algunos de ellos en particular, y conceden inmunidad completa de impuestos al que quiera domiciliarse en la ciudad. Conceden asimismo el derecho de ciudad a los selinusios cuya patria había sido recientemente destruida[26].

Los atenienses, después de recoger sus muertos por una tregua, regresan a Notio; les dan allí sepultura, y se hacen a la vela en dirección a Lesbos y al Helesponto. Mientras están anclados delante de Metimna, ciudad de Lesbos, distinguen a veinticinco naves siracusanas que volvían de Éfeso, y arrojándose a ellas, se apoderan de cuatro con todo su equipaje, y persiguen hasta Éfeso a las restantes. Trasilo envía a Atenas los prisioneros, y suelta únicamente al ateniense Alcibíades, primo y compañero de destierro del otro Alcibíades. Con el resto del ejército se hace a la vela para Sesto, y de allí pasa a Lámpsaco. Llega, sin embargo, el invierno, durante el cual los cautivos siracusanos, que habían sido encerrados en las canteras del Pireo, perforando la roca se evaden de noche y huyen unos a Decelia y otros a Mégara. Quiere Alcibíades formar en Lámpsaco un solo cuerpo de ejército con todas sus tropas; pero sus soldados veteranos, que nunca habían sido vencidos, no quieren reunirse con los de Trasilo, que acaban de sufrir una derrota. Pasan todos el invierno en Lámpsaco fortificando dicha plaza, y verifican una expedición contra Abido, en la cual, acudiendo en socorro de esta Farnabazo con numerosa caballería, es derrotado y tiene que declararse en fuga. Alcibíades le persigue con sus caballos y ciento veinte hoplitas mandados por Menandro, hasta que la oscuridad les impide seguir en su persecución. Después de este combate, mézclanse los soldados y fraternizan los suyos con los de Trasilo. Realízanse en el mismo invierno algunas excursiones en el continente, en las cuales son devastados los territorios del rey. Durante este tiempo los lacedemonios, gracias a un tratado, dejan retirarse libremente a los hilotas sublevados, que habían huido a Corifasio[27] desde Malea. También en dicha época los aqueos hacen traición a los colonos de Heraclea de Traquinia[28], en un combate general contra los eteos, sus enemigos; de manera que perecieron unos setecientos de ellos, con Labotas, harmosta lacedemonio.

Así terminó este año, en el que los medos sublevados contra Darío, rey de los persas, volvieron a acatar su autoridad.

CAPÍTULO III.

Al año siguiente el templo de Minerva Atenea, en Focea, es reducido a cenizas por un rayo. Al terminar el invierno, siendo éforo Pantacles y arconte Antígenes, conmemorando el buen tiempo, se hacen a la vela los atenienses hacia Proconeso con todo el ejército, en el año XXII.º de la guerra[29], y de allí van a anclar ante Bizancio y Calcedonia, acampando alrededor de esta ciudad. Informados los calcedonios del ataque que iban a sufrir por parte de los atenienses, habían entregado todas sus riquezas a sus vecinos los tracios de Bitinia[30]; Alcibíades, tomando consigo la caballería y algunos hoplitas, hace costear las naves y se dirige a los bitinios, pidiéndoles las riquezas de los calcedonios, diciéndoles les hará la guerra si no se las entregan. Así lo hacen, y, de vuelta ya a su campo con el botín y la garantía de un tratado, ataca Alcibíades por ambos mares a Calcedonia con todo el ejército, y cierra con un muro de madera, lo mejor que puede, el río que les divide. Hipócrates, el gobernador lacedemonio, hace salir de la ciudad a la guarnición para librar combate; despliéganse frente a frente los atenienses en orden de batalla, y Farnabazo acude desde la otra parte de aquel muro en socorro de los sitiados, con su ejército y con una caballería numerosa. Combaten durante algún tiempo Hipócrates y Trasilo, cada uno con sus hoplitas, hasta que llega Alcibíades con algunos de estos y con su caballería. Queda muerto en el campo Hipócrates, y huyen sus soldados a la ciudad. Mientras tanto, Farnabazo, que no había podido reunirse a Hipócrates a causa del poco espacio que se había dejado entre el río y las trincheras, tiene que retirarse al Heracleo[31], que está junto a Calcedonia, en cuyo lugar tenía su campamento. Alcibíades marcha después hacia el Helesponto y el Quersoneso, con objeto de recoger dinero, y los restantes generales[32] convienen entonces con Farnabazo, relativamente a Calcedonia, en estas condiciones: Que entregará veinte talentos a los atenienses y presentará al rey los diputados de Atenas. Afirman con juramento esta convención, obligándose a pagar los calcedonios el acostumbrado tributo a los atenienses, y a entregarles las cantidades atrasadas, a condición de que los atenienses no emprendan hostilidad alguna contra Calcedonia hasta que regresen los enviados al rey. Alcibíades no estuvo presente al celebrarse este tratado, puesto que estaba frente a Selimbria; pero una vez tomada esta ciudad, vuelve a Bizancio con gran multitud de quersonesios, soldados tracios y más de trescientos caballos. Espérale en Calcedonia Farnabazo, considerando necesario hacerle prestar juramento a lo tratado; pero Alcibíades, al llegar de Bizancio, declara que no jurará si no renueva también Farnabazo el juramento en su presencia; por lo cual él jura la convención en Crisópolis, delante de Mitrobates y Arnapes, enviados de Farnabazo, mientras este presta el juramento público ante Euriptólemo, enviado de Alcibíades, después de lo cual se dan mutuamente algunos dones privados. Hecho esto, parte Farnabazo de dicha población, y ordena a los diputados que deben dirigirse al rey se le unan en Cícico. Estos diputados eran Doroteo, Filocides, Teógenes, Euriptólemo y Mantíteo por parte de los atenienses, y Cleóstrato y Pirróloco por parte de los argivos; iban también con ellos algunos enviados por los lacedemonios, Pasípidas y otros, habiéndoseles juntado asimismo Hermócrates, expatriado siracusano, y su hermano Próxeno, a todos los cuales conducía Farnabazo.

Los atenienses, sin embargo, sitian Bizancio, después de rodear a la ciudad con una trinchera y de inquietarla con proyectiles, y avanzan hasta el muro. Encontrábase en dicha población el harmosta lacedemonio Clearco, y con él algunos periecos[33] y un pequeño número de neodamodes[34], así como algunos megarenses mandados por Helixo de Mégara y algunos beocios que obedecían a Cerátadas. Viendo los atenienses que nada pueden conseguir por la fuerza, persuaden a algunos bizantinos para que les entreguen la plaza. No creyendo Clearco el gobernador que hubiese en ella nadie capaz para hacerlo, organizándolo todo lo mejor que puede, y encargando de la defensa de la ciudad a Cerátadas y a Helixo, se dirige hacia Farnabazo, en el opuesto continente, a fin de obtener de él el estipendio para sus soldados y reunir las naves que Pasípidas había dejado en observación, así en el Helesponto como en Antandro, y las que Agesándridas, segundo jefe de Míndaro, tenía en Tracia: deseaba asimismo hacer construir otras, y con todas estas fuerzas reunidas, acosar a los atenienses y hacerles levantar el sitio de Bizancio. Luego de haber partido Clearco, pónense a la obra los que querían entregar la ciudad, Cidón, Aristón, Anaxícrates, Licurgo y Anaxilao, quien fue más tarde acusado en Lacedemonia como culpable de traición, siendo absuelto por alegar había salvado la ciudad al entregarla, pues veía morir de hambre a las mujeres y a los niños, y además por ser bizantino y no lacedemonio. Como Clearco hacía entregar a los soldados todo el trigo que había en la ciudad, decía Anaxilao que había introducido al enemigo, sin que le moviese para ello el deseo de obtener dinero, ni el odio hacia los lacedemonios.

Así que todo estuvo arreglado para realizar su designio, abren una noche la puerta llamada de Tracia, e introducen a Alcibíades y a su ejército. Helixo y Cerátadas, que nada sabían de la conjuración, se dirigen con todas sus tropas armadas a la plaza pública; pero viendo a los enemigos dueños de todo, y conociendo nada podían hacer, se entregan y son enviados a Atenas, donde Cerátadas, al desembarcar en el Pireo, huye por entre la multitud y llega salvo a Decelia.

CAPÍTULO IV.

Farnabazo y los enviados conocen los sucesos de Bizancio en Gordio[35], ciudad de Frigia, donde pasan el invierno; al comenzar la primavera[36] se dirigen hacia el rey, encontrando en su marcha la embajada lacedemonia, compuesta de Beocio y de otros mensajeros, los cuales les participan que los espartanos han alcanzado del rey cuanto pedían. Encuentran asimismo a Ciro, que había recibido el mando de todas las provincias marítimas, y que debía auxiliar a los lacedemonios, quien les enseña una carta con el sello real dirigida a todos los habitantes del Asia inferior, y en la que se decía: «Envío a Ciro como cárano[37] de los pueblos que se reúnen en el Castolo»[38]. Cárano quiere decir Señor. Los diputados atenienses, al conocer estas órdenes, y después de haber visto a Ciro, desean aún más vivamente dirigirse hacia el rey, y si no, regresar a su patria; pero Ciro ordena a Farnabazo que le entregue los diputados, o que les impida a lo menos volver a su patria, no queriendo que los atenienses conociesen cuanto había sucedido. Farnabazo los retuvo todo el tiempo necesario, diciendo unas veces iba a llevarles ante el rey, y otras que les enviaría a Atenas, a fin de que nada pudiesen reprocharle; pero al cabo de tres años suplica a Ciro les deje en libertad, representándole había jurado volver a conducirles hasta el mar, si no les llevaba ante el rey; por lo cual son enviados a Ariobarzanes[39] con la orden de conducirles a la costa, y este les lleva a Cíos en Misia, de donde, por mar, se reúnen a su ejército.

Queriendo Alcibíades volver con sus tropas a Atenas, se hace a la vela directamente hacia Samos, de donde, tomando veinte naves, entra en el golfo Cerámico de Caria y regresa de nuevo a aquella ciudad después de haber exigido veinte talentos a estas comarcas. Trasíbulo, con treinta buques, se dirige a Tracia, donde somete las plazas que habían sido tomadas por los lacedemonios, y entre otras Tasos, que había sido devastada por la guerra, las sublevaciones y el hambre. Trasilo llega a Atenas con el resto del ejército, y antes de su llegada habían elegido los atenienses tres generales: Alcibíades, desterrado; Trasíbulo, ausente, y Conón, que se hallaba en la ciudad.

Alcibíades, con sus veinte trirremes y el dinero recogido, parte de Samos, dirigiéndose a Paros, de donde marcha directamente a Gitio[40] para vigilar las treinta trirremes que sabía preparaban allí los lacedemonios, y para cerciorarse del modo que sería recibido a su vuelta a Atenas. Después que conoció le era favorable la población, que se le ha elegido general, y que especialmente sus amigos le incitan a que regrese, entra en el Pireo el día en que la ciudad celebraba las Plinterias[41], en las cuales se cubre con un velo la estatua de Minerva Atenea, cosa que consideraron algunos como infausta para él y para la ciudad, puesto que en aquel día ningún ateniense se atrevía a emprender cosa alguna seria. Al desembarcar en el Pireo, la muchedumbre de este y de la ciudad se aglomera alrededor de las naves para admirar y ver a aquel Alcibíades que aseguran muchos es el mejor de todos los ciudadanos, y el único, dicen, que ha mostrado la injusticia de su destierro. Él es la víctima de muchos que le son inferiores y a quienes aplastaba con su elocuencia, porque su política no tenía otro objeto que el interés personal, mientras que él, por el contrario, tendió siempre a aumentar el bien común con el simultáneo empleo de sus propios recursos y de los de la ciudad; cuando ha querido ser juzgado sin dilación alguna de la acusación contra él dirigida como profanador de los misterios, sus enemigos han conseguido se desechase una súplica que tan justa parecía, y durante su ausencia le han hecho desterrar de su patria; entonces, esclavo de la necesidad, se ha visto obligado a servir a sus enemigos más crueles, expuesto cada día a perder su vida, y viendo a sus más íntimos amigos, a sus parientes, a sus conciudadanos y a la ciudad entera cometer grandes faltas, sin poder serles de ninguna utilidad a causa de su destierro; no deben temerse las revoluciones ni las sublevaciones de hombres como él, añaden, puesto que la popularidad le coloca encima de todos los de su edad y le iguala a los que son más ancianos, mientras sus enemigos continúan a estar dispuestos, como antes, a hacer perecer a los mejores ciudadanos, así que puedan verificarlo impunemente, por lo cual quedarán solos en su patria, ya que, apartados los ciudadanos que valen más que ellos, deberá el pueblo necesariamente contentarse con los que queden.[42]

El partido opuesto a Alcibíades aseguraba era este la única causa de todas las calamidades públicas que se habían experimentado, y que había el peligro de que este general atrajese a la ciudad por sí solo, todos los funestos resultados que eran de temer.

Alcibíades, después de haber entrado en el puerto, no desembarca en seguida por temor a sus enemigos, pero quedándose sobre el puente, procura distinguir a sus amigos, viendo a su primo Euriptólemo, hijo de Pisianacte y a sus restantes parientes y amigos, desembarca y se dirige a la ciudad con esta escolta, preparada a rechazar cualquier ataque que contra él se intente. En el senado y en la asamblea se defiende de la profanación, diciendo ha sido víctima de una injusticia, y después de haber presentado varias razones del mismo género, sin que nadie le replique, pues no lo hubiera tolerado la asamblea, por unanimidad es proclamado generalísimo, con amplias facultades, como el único capaz de recuperar para la república su antiguo poderío; hace salir inmediatamente todas las tropas a fin de que la procesión de los Misterios pueda celebrarse por su trayecto acostumbrado por tierra[43], ya que a causa de la guerra había tenido que hacerse por mar, y después levanta un ejército de mil quinientos hoplitas, ciento cincuenta caballos y cien naves.

Tres meses después de su regreso, se embarca en dirección a Andros, que se había separado de la alianza ateniense, designándosele como generales adjuntos de las tropas de tierra, a Aristócrates y Adimanto, hijo de Leucolófides. Desembarca Alcibíades su ejército en Gaurio, que está en la isla de Andros; pone en fuga a los andrios, que se habían dirigido a su encuentro, y después de haberles causado muchas bajas, los encierra en los muros con los lacedemonios que estaban con ellos. Levanta después un trofeo, y pasados algunos días, se dirige hacia Samos donde principia las hostilidades.

CAPÍTULO V.

Algún tiempo antes de estos sucesos[44], habían enviado los lacedemonios a Lisandro para tomar el mando de la flota en sustitución de Cratesípidas, pues había terminado ya el tiempo de su mando. Al llegar aquel a Rodas[45], toma posesión de las naves y se dirige a Cos y a Mileto, de donde se hace a la vela para Éfeso, y allí permanece con setenta naves hasta que Ciro llegue de Sardes, y así que este llega va a su encuentro Lisandro con los enviados espartanos y quejándose de Tisafernes[46] y relatándole todo lo que ha hecho, suplican a Ciro excite la guerra cuanto pueda; contesta este que tal es precisamente el encargo que ha recibido de su padre, que estas son sus intenciones y que hará cuanto de él dependa para realizarlas; añade que trae quinientos talentos con este objeto; que si no bastan, hará uso de los fondos privados que le ha entregado su padre, y que si todo esto no es aún suficiente, hará fundir el trono sobre que está sentado, que es de oro y plata.

Alábanle esta respuesta y le deciden a dar una dracma ática[47] a los marineros, manifestándole que este aumento de sueldo hará desertar a los de la flota ateniense, lo cual le economizará más tarde grandes dispendios. Ciro aprueba tales propósitos, pero manifiesta le es imposible ir contra las órdenes del rey, puesto que, según el tratado de alianza, debe dar únicamente treinta minas[48] al mes, por cada nave que los lacedemonios sostengan en la guerra. Nada replica entonces Lisandro, pero al fin de la comida, al brindar Ciro y pedirle qué podrá hacer que le sea agradable, contestó Lisandro: «Aumentar un óbolo[49] al sueldo de cada marinero.» Desde aquel momento, el sueldo para los marineros fue de cuatro óbolos, habiendo sido de tres hasta entonces. Ciro paga además los atrasos y hace repartir un mes adelantado, lo cual redobla el celo de los soldados.

Desanímanse con esta nueva los atenienses, y por medio de Tisafernes le envían mensajeros, que no admite, por más que se lo ruegue aquel, y por más que le incite a procurar, como él había hecho siguiendo los consejos de Alcibíades, que ningún pueblo adquiriese gran poderío, antes bien, que se debilitasen mutuamente con sus intestinas disensiones. Después de haber reunido su flota en Éfeso, Lisandro hace poner en seco sus naves, en número de noventa, y se mantiene en reposo, ocupándose en recomponerlas y calafatearlas y en dar descanso a sus tropas. Por su parte Alcibíades, sabiendo que Trasíbulo ha salido del Helesponto para fortificar Focea, se dirige hacia él, después de dejar el mando de la flota a su lugarteniente Antíoco, mandándole expresamente no se acerque a las naves de Lisandro; pero este, con su nave y otra, se hace a la mar con dirección al puerto de Éfeso desde Notio[50], y se acerca a las proas de las de Lisandro. Este, poniendo a flote un pequeño número de naves, le da caza; pero después, al ver vienen los atenienses con mayor número de naves en auxilio de Antíoco, dirige contra ellos toda su flota formada en orden de batalla. Echan al agua entonces los atenienses que habían quedado en Notio todas sus trirremes, y se hacen a la mar; de este modo se verifica un combate naval, permaneciendo en buen orden los lacedemonios, mientras son puestos en completa dispersión los atenienses, hasta que, perdidas quince trirremes, se declaran en fuga: la mayor parte de los que las montaban consiguen escaparse, pero algunos son apresados por los enemigos. Lisandro se lleva las naves que ha tomado, levanta un trofeo en Notio y se dirige a Éfeso; los atenienses se retiran a Samos.

Después de este combate, Alcibíades, habiendo regresado a Samos, se hace cargo de toda la flota y la conduce hacia Éfeso, apoderándose de la entrada del puerto, donde se coloca en orden de batalla para ver si se acepta el combate; pero como Lisandro no se mueve a causa de la numérica inferioridad de sus naves, se vuelve a Samos. Poco tiempo después, los lacedemonios se apoderan de Delfinio[51] y de Eión[52].

Cuando llega a Atenas la nueva de este combate naval, levántase gran indignación contra Alcibíades, y a su negligencia y mala dirección se atribuye la pérdida de las naves. Son elegidos diez nuevos generales: Conón, Diomedonte, León, Pericles, Erasínides, Aristócrates, Arquéstrato, Protómaco, Trasilo y Aristógenes. Al ver Alcibíades que el ejército está también indispuesto contra él, toma una trirreme y se retira a su castillo del Quersoneso.

Sale en seguida Conón de Andros con sus veinte naves, y se dirige a Samos para tomar el mando de la flota[53], según el decreto de los atenienses. Para sustituir a Conón envían a Andros con cuatro naves a Fanóstenes, quien encontrando dos trirremes turias, se apodera de ellas con su equipaje; los atenienses encadenan a todos los prisioneros, excepto a Dorieo, su jefe, natural de Rodas, quien prudentemente había tenido que huir de Rodas y de Atenas para evitar la pena de muerte pronunciada contra él y contra sus parientes por los atenienses, y había adquirido después el derecho de ciudadano en Turios; túvose compasión de él y se le soltó sin exigirle siquiera rescate.

Al llegar a Samos encuentra Conón la flota en completo desorden; consigue arreglar setenta trirremes, en lugar de más de ciento a que ascendía aquella anteriormente; se hace a la vela, seguido de los otros generales, y hace desembarcos en varios puntos del territorio enemigo, que entrega al saqueo.

Así termina este año, en el cual los cartagineses invaden Sicilia con ciento veinte trirremes y un ejército de tierra de ciento veinte mil hombres; vencidos primeramente en un combate, consiguen más tarde apoderarse por hambre de Agrigento, después de un sitio de siete meses.

CAPÍTULO VI.

Al año siguiente[54], en el que se observó un eclipse de luna por la noche[55] y se quemó el antiguo templo de Minerva en Atenas, siendo éforo Pitias y Calias arconte en Atenas, los lacedemonios envían a Calicrátidas para sustituir a Lisandro en el mando de la armada, puesto que su magistratura acababa de expirar al mismo tiempo que terminaba el vigesimocuarto año de la guerra. Al entregarle las naves, dice Lisandro a Calicrátidas se las entrega después de haber sido declarado rey del mar[56] y después de haber vencido en un combate naval; pero aquel le replica debe primeramente abordar a Éfeso, costear por el lado izquierdo la isla de Samos, donde estacionan las naves atenienses, y entregarle en Mileto el mando de la flota para que le reconozca acreedor a dicho título de rey del mar. Contéstale Lisandro que le importa poco todo eso siendo otro el jefe; y entonces Calicrátidas, añadiendo a las naves que ha recibido de Lisandro otras cincuenta, entregadas por Quíos, Rodas y otros países aliados, reúne la flota entera, en número de ciento cuarenta embarcaciones, y se prepara para arrojarse sobre el enemigo. Habiendo sabido que los amigos de Lisandro principian a hablar mal de él y que no solo no cumplen su deber con todo el celo posible, sino que esparcen rumores calumniosos por las ciudades, entre otros el de que se comete gran yerro al cambiar los jefes de la armada, con lo cual se exponen a entregarla a hombres sin talento, sin conocimiento de las cosas marítimas y de la táctica debida con sus subordinados, y que, al enviar gente sin experiencia y desconocida en aquellos países, corren grave peligro de atraerse grandes desgracias, reuniendo Calicrátidas en asamblea a los lacedemonios presentes, les dice:

—«Me es completamente indiferente permanecer en mi casa, y si Lisandro u otro cualquiera cree ser más perito que yo en la marina, nada tengo que oponer. Pero como he recibido del estado el mando de la flota, no puedo hacer otra cosa que ejecutar lo mejor que pueda las órdenes que me han dado. En cuanto a vosotros, sin perder de vista el objeto que yo ambiciono y las acusaciones que se dirigen a nuestra patria y que sabéis tan bien como yo mismo, quiero que me aconsejéis lo que os parezca mejor, entre quedarme aquí o regresar a Esparta para anunciar lo que sucede en la armada.»

No atreviéndose nadie a manifestar otra cosa sino que debía obedecer las órdenes de Esparta y realizar aquello para que ha sido nombrado, dirigiéndose a Ciro le pide dinero para pagar a sus soldados. Ruégale este aguarde dos días, por lo cual, irritado Calicrátidas por la demora y por las antesalas que debía hacer para verle, dice que los griegos son muy desgraciados por tener que hacer la corte a los bárbaros en súplica de dinero; y añade que si consigue volver salvo a su patria, hará cuanto pueda para reconciliar a los atenienses con los espartanos. Después de esto se hace a la vela para Mileto, desde donde envía algunas trirremes a Lacedemonia en busca de dinero, y convocando a consejo a los milesios, les dice:

—«Mi deber, oh milesios, me obliga a obedecer a los magistrados de mi país, y espero de vosotros mostréis el mayor celo posible para la guerra, puesto que situados en medio de los bárbaros, habéis tenido que sufrir mucho de ellos; es preciso, pues, deis el ejemplo a los demás aliados, a fin de que podamos hacerles cuanto antes el mayor daño posible, hasta que regresen los que he enviado a Lacedemonia en busca de dinero, puesto que Lisandro a su marcha entregó a Ciro, como cosa superflua, cuanto le quedaba, y este me ha despedido sin darme nada cada vez que me he presentado a él, por lo cual no he podido decidirme a esperar eternamente en su antecámara. Os prometo, sin embargo, daros proporcionadas muestras de reconocimiento a las ventajas que alcancemos sobre los bárbaros, mientras estamos aguardando lleguen aquellos fondos; y con la ayuda de los dioses mostrémosles que no tenemos necesidad de lisonjear a nadie para poder vengarnos de nuestros enemigos.»

Después de estas palabras levantáronse algunos, principalmente aquellos a quienes se acusaba de ser sus adversarios y a los cuales el miedo incita a indicar los medios para proveerse de dinero y a ofrecerse ellos mismos para proporcionar alguna cantidad. Con ayuda de este dinero y del de Quíos, da Calicrátidas cinco dracmas a cada marinero para la travesía, y se dirige a Metimna, en Lesbos, ciudad aliada de los atenienses. Rehusando entregarse los metimneos, pues tenían una guarnición ateniense y sus principales habitantes eran de este partido, sitia la ciudad y la toma a viva fuerza. Saquean los soldados cuantas riquezas encuentran; pero hace reunir Calicrátidas en la plaza pública todos los esclavos, y aunque querían los aliados fuesen vendidos también los ciudadanos de Metimna, declara que mientras tenga él el mando se opondrá con todas sus fuerzas a que ningún griego sea reducido a la esclavitud. Da libertad al día siguiente a la guarnición ateniense y a los ciudadanos, y hace vender a todos los esclavos de que se habían apoderado. Hace decir también a Conón que pronto le impedirá ser el favorito de la mar; y viendo se hace a la vela al clarear el día, le persigue y le corta el camino de Samos para que no pueda refugiarse allí.

Huye Conón con sus naves, que eran muy veleras, puesto que había escogido en sus numerosos equipajes a los mejores remeros y los había colocado en un pequeño número de naves, y se refugia con dos de los diez generales, Erasínides y León[57], a Mitilene, ciudad de Lesbos. Calicrátidas entra persiguiéndole al mismo tiempo que él en el puerto con ciento setenta naves. Prevenido, pues, Conón en sus intenciones por los enemigos, vese obligado a librar un combate naval ante el puerto, en el que pierde treinta naves; la tripulación huye a tierra, y las cuarenta naves restantes, llevadas a remolque, son puestas en seco junto a los muros de la ciudad. Calicrátidas ancla en el puerto, bloquea al enemigo, guardando la entrada de aquel, y hace acudir por tierra gran cantidad de metimneos y las tropas de Quíos; recibe asimismo el dinero de Ciro.

Sitiado por mar y por tierra Conón, y no pudiendo procurarse los víveres en parte alguna, con gran cantidad de gente que mantener en la población y sin recibir auxilio alguno de los atenienses, puesto que ignoraban lo que ocurría, echa al agua sus dos mejores naves; equípalas antes del día marcado con los mejores remeros de la flota; hace bajar al fondo de la nave a los marinos, y para ocultarlos hace correr las telas de la cubierta[58]. Así se hace durante el día, y por la noche, cuando oscurece, los hace bajar a tierra a fin de que su maniobra pasase desapercibida al enemigo. Al quinto día, después de haberse aprovisionado de todo lo necesario, esperan hasta mediodía, y estando entonces descuidadas las guardias y aun algunos centinelas dormidos, salen del puerto, dirigiéndose un navío al Helesponto y el otro a la alta mar. Salen en seguida en su persecución; cada cual se coloca donde puede, córtanse las amarras, despiertan, y en tumulto procuran armarse en el mismo lugar en que acababan de comer; embárcanse y se arrojan en persecución de la nave que había ganado la altura; alcánzanla al ponerse el sol, y se apoderan de ella después de un combate, remolcándola con su tripulación hacia el resto del ejército. Pero la que había huido en dirección al Helesponto burla la persecución y llega a Atenas, donde lleva la nueva del bloqueo. Llega Diomedonte al canal de Mitilene con doce naves en auxilio de Conón, pero echándose sobre él de improviso Calicrátidas, le toma diez de sus naves, y Diomedonte consigue escapar con otra nave y la suya.

Los atenienses, al saber cuanto ha ocurrido, decretan un socorro de ciento diez naves, en las que embarcan a todo el que está en edad de soportar el peso de las armas, así esclavos como libres; equípase esta tropa en treinta días, después de los cuales se hace a la vela, habiéndose también embarcado en ella una numerosa caballería. Dirígense primero a Samos, donde se les reúnen diez naves samias; júntanseles también más de treinta naves de otras comarcas aliadas, a cuyos habitantes en masa obligan a embarcarse, y recogen también cuantas naves tenían desparramadas en varios sitios, con lo cual se eleva el número total de esta flota a más de ciento cincuenta embarcaciones.

Calicrátidas, al saber que la flota de socorro está en Samos, deja en Mitilene cincuenta naves al mando de Eteónico, y se hace a la vela con las otras ciento veintiuna en la isla de Lesbos, junto al cabo Malea[59], que está frente a Mitilene. Dio la casualidad que los atenienses cenaban aquel mismo día en las islas Arginusas, que están situadas muy cerca de Lesbos. Distinguiendo Calicrátidas los fuegos durante la noche, y habiendo averiguado eran de los atenienses, leva anclas a media noche para caer sobre ellos de improviso, pero sobreviene fuerte lluvia y truenos que le impiden aguantar la mar. Disipada la tormenta al comenzar el día, se hace a la vela en dirección a las Arginusas; avanzan inmediatamente los atenienses a su encuentro, teniendo a su frente el ala izquierda y en este orden: Aristócrates en la extrema izquierda con quince naves, y luego con otras quince Diomedonte; Pericles[60] sigue a Aristócrates, y Erasínides a Diomedonte; detrás de este están los samios con diez naves formados en una sola línea y mandados por un samio llamado Hipeo, y seguidos inmediatamente de las diez naves de los tribunos ordenadas también en una sola línea; seguían después las tres trirremes de los comandantes y el resto de la flota aliada; a la cabeza del ala derecha está Protómaco con quince naves, y después Trasilo con otras quince. Apoyan al primero Lisias con un número igual de naves, y Aristógenes a Trasilo. Habían escogido este orden de batalla a fin de impedir forzara el enemigo sus líneas, pues sus buques eran mejores.

Las trirremes lacedemonias se habían colocado frente a frente dispuestas en fila y preparándose a forzar la línea enemiga para atacarla por la retaguardia, siendo más ligeros en la maniobra: Calicrátidas mandaba el ala derecha. Hermón de Mégara, su lugarteniente, le indicó que no haría mal en retirarse, ya que las trirremes atenienses eran superiores en número, a lo cual contestaba Calicrátidas que su muerte no sería gran desgracia para Esparta, mientras que la huida sería una deshonra. Comienza en seguida el combate, que dura largo tiempo, primero estando muy apretadas las naves, después muy diseminadas. Arrojado al mar Calicrátidas en un choque de su nave, no vuelve a aparecer. Protómaco y los suyos del ala derecha, derrotan a la izquierda de los lacedemonios, quienes principian a acentuar su fuga, unos a Quíos y la mayor parte a Focea; los atenienses regresan a las Arginusas. Las pérdidas de estos habían sido de veinticinco naves con su tripulación, fuera de algunos que habían alcanzado la costa; las de los peloponesios fueron de nueve naves espartanas, sobre diez que eran, y más de sesenta de los aliados.

Los generales atenienses deciden encargar a los comandantes Terámenes y Trasíbulo, y a algunos tribunos, vayan con cuarenta y siete trirremes en busca de las naves naufragadas y de los hombres de a bordo, mientras que ellos, con el resto de la flota, se dirigirán al encuentro de las naves ancladas en Mitilene bajo las órdenes de Eteónico. El viento y un violento temporal les impide realizar tales propósitos, por lo cual permanecen allí mismo y erigen un trofeo. Recibe Eteónico la noticia del combate por medio de una nave de transporte; despídela en seguida, ordenando a los de la tripulación retrocedan sin ruido y sin comunicar con nadie y avancen poco después hacia la flota coronados y gritando que Calicrátidas ha ganado la batalla y que ha perecido toda la escuadra ateniense. Así lo hacen, y él, inmediatamente después de su regreso, ofrece sacrificios por tan feliz nueva, y ordena al mismo tiempo a los soldados tomen el almuerzo y a los comerciantes coloquen con sigilo sus mercancías en las naves a fin de dirigirse a Quíos, ya que el viento es favorable, y salgan detrás de ellos las trirremes, y recoge asimismo las tropas en Metimna, después de haber incendiado los campamentos. Conón, al ver en fuga a los enemigos y soplando un viento favorable, hace botar al agua sus naves y se dirige al encuentro de los atenienses, que habían ya abandonado las Arginusas, participándoles la estratagema de Eteónico. Prosiguen los atenienses su marcha hasta Mitilene; de allí se dirigen a Quíos, y luego se vuelven a Samos sin haber realizado hecho alguno importante.

CAPÍTULO VII.

Excepto Conón, al cual añaden Adimanto y Filocles, son depuestos en Atenas todos los generales[61]. Dos de ellos que habían asistido al combate naval, Protómaco y Aristógenes, no regresan a dicha ciudad; pero así que los otros seis, Pericles, Diomedonte, Lisias, Aristócrates, Trasilo y Erasínides llegan a ella, Arquedemo, demagogo y distribuidor del dióbolo[62], propone una multa contra Erasínides, a quien acusa ante el tribunal de haberse apoderado en el Helesponto de cantidades que pertenecían al pueblo; acúsale igualmente por su mala gestión como general, y el tribunal decreta el arresto de Erasínides. Los generales dan después en la asamblea explicaciones sobre el combate naval y sobre la violencia de la tempestad. Diciendo Timócrates que era preciso encarcelarlos y conducirlos a la barra, la asamblea los hace prender. Verifícase después una asamblea, en la que Terámenes, entre otros, acusa vivamente a los generales; dice es de justicia expliquen el motivo por el que no han recogido los náufragos, y lee una carta en la que se disculpan únicamente con la tempestad para probar que aquellos no alegan otra excusa. Cada general se defiende después en pocas palabras, puesto que no se les concede el tiempo que les dan las leyes, y relatan cuanto ha sucedido: mientras que ellos mismos se hacían a la vela contra el enemigo, han confiado el cuidado de recoger los náufragos a comandantes capaces y que habían sido ya generales, Terámenes, Trasíbulo y otros de igual categoría. Si es, pues, preciso acusar a alguien a causa de esto, únicamente debe inculparse a los que de esta comisión fueron encargados; «y sin embargo —añaden—, la acusación no nos conducirá a mentir y a pretender sean ellos culpables, puesto que la violencia de la tempestad es la única que ha impedido recoger los muertos». En apoyo de esta declaración producen el testimonio de los pilotos y otros muchos que formaban parte de la expedición. Persuaden con esto al pueblo, y levantáronse muchos particulares que se ofrecen como caución; decrétase, pues, dejar el asunto para la próxima asamblea, ya que era una hora muy avanzada y no podían verse las manos al votar. Mientras tanto, debiendo el senado ocuparse primeramente de este asunto, se propondrá al pueblo la conducta que debe seguirse al juzgar a los procesados.

Sobrevienen las Apaturias[63], durante las cuales se reúnen los parientes y aliados entre sí. Terámenes y sus partidarios preparan una multitud de individuos vestidos de negro y con la cabeza afeitada a fin de que comparezcan ante la asamblea como parientes de los muertos en aquel combate, y persuaden a Calíxeno para que acuse a los generales en el senado. Hacen convocar en seguida una asamblea, en la cual, por boca de Calíxeno, da el senado su decisión:

«Habiendo sido oídas en la asamblea precedente así la acusación como la defensa de los generales, se llama a votar a todo ateniense en su propia tribu; se dispondrán dos urnas para cada una de estas, y un heraldo publicará en la suya respectiva que todos los que consideren fundamentada la culpabilidad de los generales deben votar en la primera, y los que no lo consideren así, en la segunda. Si son declarados culpables, serán castigados a muerte y entregados a los Once, confiscados sus bienes y consagrado el décimo a la diosa Minerva Atenea.»

Comparece entonces un hombre ante la asamblea, diciendo se ha salvado sobre un tonel de harina, y que los que perecían le encargaron anunciara al pueblo, si se salvaba, que los generales no recogieron a los valientes que habían combatido por la patria. Sin embargo, Euriptólemo, hijo de Pisianacte y algunos otros, hacen presente que Calíxeno ha leído un decreto contrario a las leyes; algunos de los del pueblo les aplauden, pero la mayor parte grita, que es muy extraño no se deje hacer al pueblo lo que quiera. Hace uso entonces de la palabra Licisco, para decir que debe condenarse a los perturbadores a iguales penas que a los generales, si no dejan en reposo a la asamblea; con lo cual principia de nuevo el tumulto, y por fin tiene que retirarse aquella proposición. Algunos pritanos afirman que no consentirán se vote en contra de las leyes, y Calíxeno sube de nuevo a la tribuna y repite la acusación antes formulada; gritan otros que es preciso acusar también a los que sean de opuesto parecer, y sobrecogidos de miedo los pritanos, consienten todos en que tenga lugar la votación, fuera de Sócrates el hijo de Sofronisco, que da su voto contrario, diciendo no hará nunca nada contra las leyes[64]. Después de todo esto, sube a la tribuna Euriptólemo, y en favor de los generales, dice lo siguiente:

«Atenienses: Subo a la tribuna para acusar en algunos puntos y para defender en otros a Pericles, mi pariente y aliado, y a Diomedonte, mi amigo, así como para daros el consejo que me parece de más utilidad para la patria. Acuso a estos generales porque se opusieron a sus colegas, cuando querían anunciar por medio de una comunicación al consejo y al pueblo, que habían encargado a Terámenes y a Trasíbulo recogiesen los náufragos con cuarenta y siete trirremes, y que estos no lo habían hecho. Ahora comparten en común el peso de la falta que ha sido cometida por algunos pocos, y en cambio de su filantropía pasada corren el riesgo de sucumbir por una intriga de los culpables y de sus enemigos. Pero no será esto así, si puedo convenceros para que obréis conforme a justicia y según la religión, y para que procuréis averiguar la verdad de todo ello, a fin de no tener más tarde que arrepentiros y reconocer cometisteis una gran falta contra los dioses y contra vosotros mismos. Os aconsejo, pues, no os dejéis engañar ni por mí ni por nadie; que averigüéis quiénes son los culpables y les apliquéis el castigo que queráis, uno a uno o a todos de una vez; pero concededles, a lo menos, un día para defenderse, y no confiéis en nadie más que en vosotros mismos.

»Atenienses, todos sabéis que el decreto de Canono[65] es considerado como muy severo y que ordena se defienda cargado de cadenas ante el pueblo todo el que haya dañado a los atenienses, y que si es declarado culpable sea condenado a muerte y arrojado al Báratro, confiscados sus bienes y el diezmo consagrado a la diosa. Pues bien, yo pido que por este decreto sean juzgados los generales, ¡y por Zeus[66]! si os parece bien, antes que nadie mi pariente Pericles, pues gran deshonra sería para mí me interesara más por él que por el estado. Pero si no lo queréis así, juzgadles según la ley contra los sacrílegos y traidores, por la cual, todo el que haga traición al estado o robe algún objeto sagrado, debe ser juzgado ante el tribunal, y si es condenado no puede enterrársele en el Ática siéndole confiscados sus bienes. Sea cualquiera, pues, oh atenienses, la ley que prefiráis, juzgad separadamente a estos hombres, y dividid en tres partes la sesión: en la primera os reuniréis e indagaréis si son culpables o no; en la segunda tendrá lugar la acusación, y en la tercera la defensa. Gracias a esto, caerá el mayor castigo posible sobre los culpables, pero pondréis en libertad a los que no lo sean, y no perecerá, oh atenienses, ningún inocente[67].

»En cuanto a vosotros, juzgad según la ley, y respetando los juramentos religiosos, tened cuidado de combatir, juntamente con los lacedemonios, a aquellos que les tomaron setenta naves y les vencieron por completo, al condenarles ilegalmente y sin forma de proceso. ¿Qué teméis para apresuraros tanto? ¿Acaso no podéis condenar o dar la libertad, según creáis conveniente, conforme a la ley y no contra ella, como lo quiere Calíxeno al persuadir al senado proponga al pueblo decida todo el asunto en una sola votación? Tened presente que de este modo podéis condenar a muerte a algún inocente, y que más tarde tendréis que arrepentiros de ello. Tanto más extraña sería vuestra conducta al pensar que Aristarco, después de haber cometido grandes excesos en Énoe[68] y haber entregado esta ciudad a los tebanos, vuestros enemigos, obtuvo de vosotros un día para su defensa, como había pedido, y todo se realizó según prescribe la ley; y en cambio priváis de este mismo derecho a unos generales que han vencido por completo a los enemigos, después de haber obedecido siempre vuestras órdenes. Pero no, no lo haréis, atenienses; antes al contrario, vigilaréis por el cumplimiento de esas leyes que vosotros mismos habéis establecido y por las cuales habéis llegado a tan gran poderío, y no intentaréis jamás hacer nada contra lo que ellas establecen.

»Remontaos hasta los mismos sucesos y a las circunstancias que han motivado la falta de los generales. Vencedores en la batalla naval, habían bajado otra vez a tierra; Diomedonte propone que todas las naves, diseminándose, vayan a recoger los náufragos y los restos de las naves; por el contrario, Erasínides pide que la flota entera se haga a la mar cuanto antes, para atacar al enemigo en Mitilene; Trasilo sostiene pueden conciliarse ambas opiniones dejando una parte de las naves en el lugar del combate y persiguiendo al enemigo con las restantes. Prevalece este parecer; se decide que cada uno de los ocho generales deje tres naves de su sección, a las cuales se añadirán las diez de los tribunos, las diez de los samios y las tres de los navarcos[69]: resultan entre todas cuarenta y siete; de modo que había cuatro naves por cada una de las doce que habían sido sumergidas. En el número de los tribunos puestos al frente de esta división se hallaban Trasíbulo y Terámenes, el que en la asamblea anterior acusó a los generales; el resto de la flota se hace a la vela contra los enemigos.

»¿Qué encontráis en todo eso que no os parezca prudente y bien dispuesto? ¿Acaso no es justo que los jefes de la expedición rindan cuentas de cuantos yerros hayan cometido ante el enemigo, y que si los encargados de recoger los náufragos han dejado de ejecutar las órdenes de los generales, sean ellos traídos a juicio? Pero en favor de unos y otros, debo añadir que la tempestad impidió realizaran las órdenes que habían recibido de los generales. Como testigos presenciales tenéis a cuantos han conseguido salvarse, y entre estos a uno de los generales que escapó al naufragio de su navío, y que hoy quieren también envolver en la misma sentencia que debe darse contra aquellos que faltaron al cumplimiento de su deber, a pesar de haber necesitado él mismo de ese socorro. No queráis, pues, oh atenienses, conduciros en medio de la victoria y de la fortuna como harían los vencidos y los desgraciados: no imputéis a falta de previsión una desgracia inevitable enviada por un dios, ni condenéis como traición la imposibilidad de obrar y de obedecer lo ordenado, a causa de la tempestad. Mucho más justo sería recompensar con coronas a los vencedores, que condenarles a muerte escuchando los consejos de hombres depravados.»

Después de decir estas palabras, propone Euriptólemo por escrito, sean juzgados separadamente los acusados, según la ley de Canono, a pesar de la propuesta del senado, de que fuesen todos sentenciados a la vez. Al votarse esta proposición, primeramente es adoptada, pero después de las solemnes protestas de Menecles, se procede a una segunda votación, y se aprueba lo propuesto por el senado, después de lo cual se condena a muerte a los ocho generales que habían tomado parte en el combate naval, y los seis presentes son ejecutados.

No tardaron mucho tiempo los atenienses en arrepentirse, y decretaron se presentasen ante la asamblea cuantos procuraron engañar al pueblo, como culpables hacia el estado, debiendo prestar caución hasta ser juzgados. Uno de ellos era Calíxeno; otros cuatro son encausados con él y encarcelados por los mismos que prestaban caución por ellos; pero antes de ser juzgados pudieron escaparse en una revuelta en que pereció Cleofonte. Calíxeno volvió a Atenas con otros desterrados del Pireo; pero execrado por todos, pereció de hambre.

LIBRO SEGUNDO.


CAPÍTULO PRIMERO.

Los soldados de Eteónico que estaban en Quíos se alimentaron durante todo aquel verano[70] con los frutos propios de la estación y con lo que produjeron los campos, que hicieron cultivar por mercenarios; pero cuando llegó el invierno y no tuvieron víveres y se hallaron desnudos y sin calzado, se conjuraron y resolvieron apoderarse por sorpresa de la ciudad de Quíos, conviniendo en que todos los que se asocien a este proyecto, lleven como bastón una caña para darse a conocer mutuamente. Instruido Eteónico de la conjuración, no sabe qué partido tomar, a causa del gran número de los portacañas: si se opone abiertamente, parecerá temer hagan uso de las armas, y una vez dueños de la ciudad y convertidos en enemigos, lo perdía todo al ser vencido, y por otra parte, el condenar a muerte a tan gran número de aliados sería una iniquidad, y con ella correría evidentemente el riesgo de atraerse la enemistad de los demás griegos, y de perder su prestigio sobre los soldados. Tomando, pues, consigo quince hombres armados de puñales, recorre la ciudad, y encontrando a un individuo que enfermo de la vista salía de casa del médico llevando una caña, le mata. Prodúcese con esto gran tumulto; todos preguntan por qué ha sido muerto este hombre, y Eteónico hace pregonar entonces que no ha sido por otra cosa más que por llevar en la mano una caña. Así que se hizo este pregón, arrojan las cañas cuantos las traían, y todo el que lo ha oído teme que le hayan visto con ella en la mano. Reúne en seguida Eteónico a los habitantes de Quíos, y les invita a que le proporcionen dinero para que recibiendo los soldados su paga, no intenten contra ellos ninguna novedad. Entréganle el dinero pedido, y da la señal para embarcarse. Recorre entonces todas las naves, una por una, y prodiga las exhortaciones y los halagos como si nada supiese de lo ocurrido, dando luego a cada cual la paga de un mes.

Después de estos sucesos los habitantes de Quíos y los demás aliados[71] se reúnen en Éfeso y decretan se envíen diputados a Lacedemonia pidiendo regrese Lisandro para ponerse al frente de la flota, puesto que había sabido congraciarse los aliados en su anterior jefatura, sobre todo después de haber vencido en el combate naval de Notio. Salen los diputados, y con ellos algunos mensajeros encargados por Ciro para presentar la misma súplica. Los lacedemonios mandan como segundo jefe a Lisandro, pero como general de la flota a Áraco, pues sus leyes se oponen a que una misma persona desempeñe dos veces aquel cargo; confíanse, sin embargo, las naves a Lisandro al terminar el vigesimoquinto año de la guerra.

Durante este mismo año Ciro hizo perecer a Autobesaces y a Mitreo, hijos ambos de la hermana de Darío e hija de Artajerjes, padre de aquel[72]; porque hallándose un día a su paso no habían ocultado sus manos en las mangas del traje, lo cual no se hace más que para el rey, pues siendo la manga más larga que la mano, cuando esta está oculta por aquella, nada malo puede intentarse. Hierámenes y su mujer dicen a Darío que es indigno permita tanta osadía en Ciro, y fingiendo hallarse enfermo le manda llamar.

Al año siguiente[73], siendo éforo Arquitas y Alexio arconte en Atenas, llega Lisandro a Éfeso y hace venir de Quíos a Eteónico con sus naves; y reuniendo las demás que se hallaban estacionadas en distintos parajes, las hace recomponer y manda construir otras en Antandro. Después se dirige a Ciro pidiéndole dinero, quien le contesta ha gastado ya más de las cantidades que ha recibido del rey; y después de mostrarle lo que ha dado a cada uno de los jefes de la armada, le entrega lo que pide. Establece con este dinero Lisandro comandantes en las naves, y paga el sueldo que se debe a los marineros. Por su parte los generales atenienses equipan en Samos su flota.

Ciro envía un mensajero a Lisandro, pues le ha llegado un correo anunciándole que su padre está enfermo en Tamneria de Media, junto a los cadusios[74], contra los cuales dirigía una expedición, y le manda llamar. Al llegar Lisandro, le prohibe librar combate a los atenienses sin tener mayor número de naves, pues tanto el rey como él mismo poseen bastante dinero para armar en regla una flota con este objeto. Muéstrale al mismo tiempo los tributos pagados por las ciudades que le pertenecen, le da el dinero restante, y después de recordarle su particular afecto hacia los lacedemonios y hacia él mismo, marcha a reunirse con su padre.

Gracias al dinero que le ha dado Ciro al partir para donde se halla enfermo su padre, paga Lisandro al ejército y se hace a la vela en dirección al golfo Cerámico de Caria; ataca a Cedreas, ciudad aliada de los atenienses, tómala por asalto al siguiente día y reduce a la esclavitud a sus habitantes, que en gran parte eran bárbaros, dirigiéndose después a Rodas. Los atenienses, al partir de Samos, saquean el territorio del rey y se dirigen hacia Quíos y Éfeso, preparándose al combate: a los generales con mando añaden Menandro, Tideo y Cefisódoto. Mientras tanto dirígese Lisandro desde Rodas al Helesponto, costeando Jonia, así para asegurar libre paso a las naves, como para reducir a su deber a las ciudades que se habían emancipado. Los atenienses, dejando Quíos, se dirigen a la alta mar, pues las costas de Asia les eran enemigas. Lisandro, partiendo de Abido, se apodera de Lámpsaco, aliada de los atenienses, y al ir costeando se le juntan los habitantes de Abido bajo el mando del lacedemonio Tórax; sitian la ciudad, se apoderan de ella por asalto, y los soldados saquean todas las riquezas, de que está bien provista, así de vino y trigo como de toda otra clase de provisiones. Lisandro deja en libertad a todos los ciudadanos de ella.

Los atenienses, que seguían su pista, fondean en Eleunte del Quersoneso con ciento ochenta naves; mientras están comiendo reciben la nueva de cuanto ha sucedido en Lámpsaco y se dirigen inmediatamente a Sesto, de donde, después de aprovisionarse, se hacen a la vela de dirección a Egospótamos, frente a frente de Lámpsaco, cuyo lugar dista del Helesponto unos quince estadios, y cenan allí.

A la mañana siguiente y al clarear el alba, da Lisandro la señal para que se embarquen las tropas, que acababan de almorzar, disponiéndolo todo para el combate; hace colocar unas bandas a modo de barreras a los lados de las naves, y prohibe que nadie abandone su puesto en el buque. Al salir el sol van a colocarse los atenienses en orden de batalla delante del puerto, enfrente del enemigo; pero no moviéndose Lisandro y comenzando a hacerse tarde, se retiran de nuevo a Egospótamos. Ordena Lisandro sigan a los atenienses las naves más veleras, y vuelvan así que hayan observado lo que hacen los atenienses al desembarcar; mientras están ausentes esas naves, no permite que nadie abandone su puesto, y lo mismo hace durante cuatro días seguidos, en los cuales los atenienses vienen a presentarle combate.

Al ver Alcibíades desde sus muros[75] a los atenienses anclados junto a la playa, lejos de toda ciudad y teniendo que hacer venir por mar los víveres desde Sesto, distante quince estadios de su estación naval, mientras que el enemigo está en el puerto y junto a una ciudad en la cual se encuentra todo lo necesario, díceles no han fondeado en puerto a propósito, y les exhorta a que se sitúen delante de Sesto, en las cercanías de un puerto y de una ciudad. «Allí —les dice— podréis librar combate cuando queráis.» Los generales, principalmente Tideo y Menandro, le envían noramala, pues no es él el general, sino los que han sido elegidos para este cargo, y él se retira. Al quinto día de presentar batalla los atenienses, da Lisandro a sus subordinados instrucciones para que cuando vean en tierra y dispersos en busca de víveres y provisiones a los atenienses y divertidos en mofarse de él, regresen inmediatamente y eleven desde lejos un escudo en los mástiles. Hácenlo así, y Lisandro manda dar la señal de partir, llevando consigo a Tórax y su infantería.

Al ver Conón que se acerca el enemigo, hace dar la señal para que todo el mundo se embarque apresuradamente; pero los soldados se hallaban completamente diseminados, y en algunos buques solo dos filas de remeros estaban ocupadas, en otros una, y algunos se hallaban completamente vacíos; únicamente la nave de Conón, con otras siete que estaban junto a ella y la Páralos[76], consiguen la altura; todas las restantes son tomadas junto a la costa por Lisandro, quien se apodera además de la mayor parte de los soldados atenienses, consiguiendo solo unos pocos huir a las aldeas próximas. Conón, que había podido escapar con las nueve naves, viendo perdida la causa de Atenas, se detiene en el promontorio Abárnide de Lámpsaco, donde se apodera de las grandes velas de las naves de Lisandro, y con ocho naves se dirige a Evágoras de Chipre, mientras que la Páralos toma la dirección de Atenas para llevar la nueva de cuanto acaba de suceder.

Lisandro conduce a Lámpsaco las naves, los prisioneros y todo lo restante de que se ha apoderado, así como algunos de los generales, entre otros Filocles y Adimanto. En este mismo día manda a Lacedemonia para que dé la nueva de su victoria, al pirata milesio Teopompo, quien emplea solo tres días en la travesía. Después de esto, reuniendo Lisandro a los aliados, les pide consejo respecto al destino que se ha de dar a los presos; numerosas acusaciones se levantan contra los atenienses y contra los crímenes que han cometido o querían cometer, sobre todo el de cortar la mano derecha a los prisioneros si hubiesen vencido en el último combate, así como el de haber arrojado al mar a todos los tripulantes de dos trirremes, una de Corinto y otra de Andros, de que se habían apoderado; barbarie cometida por el general ateniense Filocles. Enuméranse además muchas otras quejas, y después se decide matar a todos los prisioneros atenienses, excepto Adimanto, por haber sido el único que se opuso al decreto de las manos cortadas, lo cual hizo que más tarde le acusasen en su patria de haber entregado las naves. Lisandro, después de haber pedido a Filocles qué castigo merecía el que había violado por primera vez las leves equitativas de Grecia, arrojando al mar a los de Andros y Corinto, le hace decapitar.

CAPÍTULO II.

Después de haber arreglado los asuntos de Lámpsaco, navega Lisandro hacia Bizancio y Calcedonia; recíbenle los habitantes y dejan en libertad, bajo la fe de los tratados, a las guarniciones atenienses. Entonces huyen al Ponto los que habían entregado a Alcibíades la ciudad de Bizancio, y más tarde se refugian en Atenas, donde se hacen ciudadanos. Lisandro manda a Atenas a todas las guarniciones y a cuantos atenienses encuentra, dándoles salvoconducto solo para dicha ciudad, con la certidumbre de que cuanto mayor sea el número de los que se reúnan allí o en el Pireo, tanto más pronto se hará sentir la falta de víveres. Deja como gobernador lacedemonio en Bizancio y Calcedonia a Estenelao, y él regresa a Lámpsaco[77], donde hace reparar las averías de las naves.

Llega a Atenas durante la noche, la Páralos; espárcese la noticia de la catástrofe, y los lamentos pasan del Pireo y de los grandes muros a la ciudad, al transmitirse de boca en boca la noticia; nadie duerme durante aquella noche, y los llantos son continuos, no solo por los que habían perecido, sino sobre todo porque comienzan a temer tendrán pronto que sufrir el mismo tratamiento que habían antes aplicado a los melios, colonia espartana que habían tomado a la fuerza, a los histieos, escioneos, toroneos, eginetas y a muchos otros griegos[78]. Al día siguiente se reúne la asamblea y en ella se dispone se obstruyan todos los puertos, excepto uno solo, se reparen los muros, se establezcan guardias y, por fin, se tomen todas las medidas necesarias para poner a la ciudad en estado de sostener un sitio. Tal era su situación.

Lisandro, partiendo del Helesponto con doscientas naves, llega a Lesbos, donde arregla el gobierno de las otras ciudades y de Mitilene, y envía diez trirremes, bajo el mando de Eteónico, a las plazas de Tracia para someter aquel país a los lacedemonios. Después del combate naval, Grecia entera abandona a los atenienses, a excepción de los habitantes de Samos, los cuales, degollando a los notables, conservan la posesión de su ciudad. Lisandro hace saber después de esto a Agis y a Esparta que se pone en camino con doscientas naves.

Levántanse en masa los lacedemonios y los demás peloponesios, a excepción de los argivos, por orden de Pausanias, uno de los dos reyes de Esparta. Reunidas las tropas, pónese a su frente Pausanias y acampa junto a Atenas, en el gimnasio de la Academia. Al llegar Lisandro a Egina, devuelve la ciudad a los eginetas, de los cuales había reunido gran número, y lo propio hace con los melios y restantes pueblos que habían sido desposeídos de sus poblaciones; después de lo cual, una vez devastada Salamina, fondea con ciento cincuenta naves junto al Pireo e impide la entrada a los buques que quieran dirigirse a este puerto.

Sitiados por tierra y por mar los atenienses, sin saber qué resolver, careciendo de naves, de aliados y de víveres, imaginan, como único porvenir posible, el sufrir cuanto ellos habían realizado con las pequeñas ciudades aliadas de Esparta, no por venganza, sino únicamente por represalias. Por esto, rehabilitando a los que habían sido depuestos de sus honores, sufren valerosamente el sitio, y a pesar de los muchos que perecen de hambre, nadie se atreve a proponer la capitulación. Sin embargo, comenzando ya a faltar el trigo, mandan diputados a Agis proponiéndole una alianza, con la sola condición de conservar los muros y el Pireo; pero aquel les dice que se dirijan a Esparta, por carecer él de poderes bastantes. Traen los diputados esta respuesta a los atenienses, y estos les envían a Lacedemonia; pero una vez llegados a Selasia, junto a las fronteras de Laconia, y al saber los éforos que lo que tienen orden de proponerles es lo mismo que habían indicado a Agis, ordénanles se retiren y que vuelvan, si desean la paz, después de una deliberación más prudente.

De regreso en Atenas, anuncian los diputados al pueblo el resultado de su misión, y sobrecoge a todos la desesperación más profunda: cada cual se figura ya ser vendido como esclavo, y cree que hasta que se envíen nuevos diputados habrá tiempo bastante para que perezcan de hambre muchos ciudadanos; además no había nadie que se atreviera a proponer la demolición de los muros, puesto que por haber dicho Arquéstrato en el senado, que lo mejor que podía hacerse era ajustar la paz bajo las condiciones propuestas por los lacedemonios, que era la demolición de la grande muralla en una extensión de diez estadios en cada uno de sus recintos, fue preso, y había sido decretado además que no fuese permitido abrir discusión sobre este punto. Así las cosas, Terámenes dice en la asamblea que si quieren enviarle a Lisandro, averiguará de los lacedemonios si la condición de los muros es para esclavizar la ciudad o solo como garantía. Es enviado y aguarda junto a Lisandro más de tres meses, espiando el momento en que por la falta de víveres deberán aceptar los atenienses cuanto se les proponga. Por fin llega al cuarto mes, y anuncia en la asamblea que Lisandro le ha detenido todo este tiempo y que después quería mandarle a Lacedemonia, pues no era dueño de hacer por sí lo que le pedían, por ser atribución de los éforos. Entonces se le manda en comisión a Lacedemonia con otros nueve más, con amplios poderes; por su parte Lisandro envía, entre otros lacedemonios, a Aristóteles, expatriado de Atenas, para anunciar a los éforos que había contestado a Terámenes que ellos eran los únicos que podían tratar de la paz y de la guerra. Al llegar Terámenes y los demás enviados a Selasia, son interrogados respecto al objeto de su venida, y al decir que tienen amplios poderes para tratar de la paz, los éforos mandan llamarles. Convócase una reunión cuando llegan, y en ella los corintios y principalmente los tebanos y otros muchos griegos manifiestan no debe tratarse con Atenas, sino arrasarla; pero los lacedemonios declaran que no reducirán a la esclavitud a una ciudad helénica que ha prestado los mayores servicios a los griegos en sus grandes calamidades; por lo cual se ajusta la paz bajo condición de demoler los grandes muros y las fortificaciones del Pireo, de entregar todas sus naves a excepción de doce, de admitir de nuevo a los desterrados y de reconocer por amigos o por enemigos a los que lo sean de Esparta, siguiéndola así por mar como por tierra a donde quiera. Llevan a Atenas estas condiciones Terámenes y sus colegas, y al entrar en la ciudad son rodeados por una inmensa multitud que temía verles volver sin haber alcanzado nada, pues no había ya medio para sostenerse más tiempo a causa del gran número de los que perecían de hambre. Al día siguiente hacen conocer los diputados las condiciones bajo las cuales otorgan la paz los lacedemonios, y habla Terámenes declarando que es preciso someterse a todo y arrasar los muros. Algunos ciudadanos se levantan para oponerse, pero habiéndose declarado una fuerte mayoría en favor de aquella proposición, se acuerda aceptar la paz. Aborda entonces Lisandro al Pireo, entran los desterrados, son derruidos los muros con gran ardor al son de las flautas, y se considera este día como el primero de la libertad para Grecia.

Así termina este año, a mitad del cual Dionisio de Siracusa, hijo de Hermócrates, se hace tirano, después de haber vencido los siracusanos a los cartagineses, que tomaron más tarde, sin embargo, Agrigento por hambre, una vez abandonada por los sicilianos.

CAPÍTULO III.

El año siguiente[79], en el cual tuvo lugar la olimpiada en que Crocinas de Tesalia ganó el premio del estadio, siendo Endio éforo en Esparta y arconte en Atenas Pitodoro, y que no cuentan los atenienses por haber sido elegido durante la dominación de los oligarcas, es el que llaman aquellos el año de la anarquía. Dicha oligarquía se estableció del siguiente modo: el pueblo decretó se eligieran treinta personas que escribiesen las leyes patrias por las que debía gobernarse la república, y fueron elegidos Polícares, Critias, Melobio, Hipóloco, Euclides, Hierón, Mnesíloco, Cremón, Terámenes, Aresias, Diocles, Fedrias, Queréleo, Anecio, Pisón, Sófocles, Eratóstenes, Caricles, Onomacles, Teognis, Esquines, Teógenes, Cleómedes, Erasístrato, Fidón, Dracóntides, Éumates, Aristóteles, Hipómaco y Mnesítides. Después de esto vuélvese Lisandro a Samos con la flota, y Agis sale de Decelia con el ejército de tierra, dando licencia a cada división para que se vuelva a su país.

En este mismo tiempo, y coincidiendo con un eclipse de sol, Licofrón de Feras, queriendo dominar en toda la Tesalia, derrota en una batalla a los laríseos y a los demás que se le oponen, matándoles mucha gente. En la misma época, Dionisio, el tirano de Siracusa, vencido en un combate por los cartagineses, pierde las ciudades de Gela y Camarina. Poco más tarde los leontinos que habitaban en Siracusa hacen decepción a su partido y se retiran a su ciudad, al propio tiempo que era enviada a Catana por Dionisio la caballería siracusana.

Sitiados por todas partes los samios, y aunque no habían querido acceder primeramente a las proposiciones de Lisandro, se entregan cuando saben que había ordenado el asalto, a condición de que cada hombre libre pudiera salir de la ciudad con el traje que lleve puesto, pero abandonándoles todo lo restante, y así lo verifican. Lisandro entrega más tarde la ciudad y cuanto contiene a sus antiguos habitantes; establece en ella para su gobierno diez arcontes, licencia las naves de los aliados para su respectiva ciudad y navega en dirección a Esparta con su flota, llevando consigo los espolones de las naves tomadas al enemigo, todas las trirremes del Pireo, menos doce, las coronas que le han regalado las ciudades, cuatrocientos cincuenta talentos que le quedaban de los tributos que para la guerra le había concedido Ciro, y todo lo restante que había ganado en esta campaña. Hace entrega de todo ello a los lacedemonios cuando termina el verano en que tuvo fin la guerra, después de haber durado veintiocho años y seis meses, durante los cuales fueron éforos los siguientes: el primero Enesias, bajo el cual principió la guerra, quince años después de la tregua de treinta años concertada después de la toma de Eubea; los restantes fueron Brásidas, Isanor, Sostrátidas, Exarco, Agesístrato, Angénidas, Onomacles, Zeuxipo, Pitias, Plístolas, Clinómaco, Ilarco, León, Quérilas, Patesiadas, Cleóstenes, Licario, Epérato, Onomantio, Alexípidas, Misgolaidas, Isias, Áraco, Evárquipo, Pantacles, Pitias, Arquitas y Endio, bajo el cual volvió Lisandro a su patria, después de haber realizado cuanto acabamos de referir.

Son elegidos los Treinta al concluir de derribarse la gran muralla y las fortificaciones del Pireo, cosa que se hace con gran prisa; pero nombrados para redactar las leyes por las que debía gobernarse la república, difieren siempre para otro tiempo su composición y publicación, y mientras tanto organizan el senado y las demás magistraturas a medida de su deseo. Después hacen prender y condenan a muerte a cuantos eran tenidos bajo la forma democrática por vivir de las delaciones a expensas de todas las personas honradas; el senado les condena con gran satisfacción, y no lo ven con pena todos aquellos a quienes nada semejante les reprocha su conciencia. Deliberan después respecto a los medios para gobernar la ciudad en completa libertad, y para esto envían a Esquines y a Aristóteles a Lacedemonia con el encargo de persuadir a Lisandro mande una guarnición hasta que se hallen desembarazados de los malos ciudadanos y hayan constituido el gobierno de la ciudad, obligándose a proveer a su mantenimiento. Dejándose aquel persuadir, consiguen se envíe allí la guarnición con el gobernador Calibio.

Así que reciben la guarnición, tratan los atenienses a Calibio con todos los miramientos posibles, a fin de que apruebe este cuanto hagan, y habiendo puesto aquel a su disposición todos los soldados que necesiten, comienzan a prender, no solo a los malvados y a las personas de humilde clase, sino también a cuantos consideran poco dispuestos a tolerar las injusticias y a cuantos pueden reunir cierto número de partidarios para resistirles.

En sus primeros tiempos, Critias y Terámenes tenían las mismas opiniones y estaban unidos por la amistad; pero como mostrara Critias gran ardor para hacer perecer a muchos, por haber sido antes desterrado por el pueblo, se le opuso Terámenes diciéndole no era justo condenar a muerte a los que gozaban de la estimación del pueblo y que ningún daño habían hecho a la gente honrada.

—«Así tú como yo —añadió— hemos dicho y hecho muchas cosas para agradar al pueblo.»

Pero Critias, que era aún íntimo de Terámenes, le contesta que no es posible dejar de deshacerse de personas capaces de oponer obstáculos a su dominación.

—«Si crees que porque somos treinta y no uno solo, no debemos vigilar por nuestro mando como en una tiranía, eres muy inocente.»

Sin embargo, habiéndose concertado públicamente mucha gente, a causa de la injusta muerte de varios ciudadanos, censurando los actos de este gobierno, Terámenes hace presente de nuevo, que la oligarquía será de corta duración si no se procura robustecerla con hombres versados en los negocios. Temiendo entonces Critias y los demás de los Treinta la influencia de Terámenes sobre los otros ciudadanos dispuestos a agruparse a su alrededor, forman una lista de tres mil individuos que deben asociárseles en la gestión de la república. Declara seguidamente Terámenes que esto le parecía muy absurdo, ante todo porque queriendo asociarse a todos los buenos ciudadanos, lo hacían solo con tres mil, como si este número debiera contener únicamente personas honradas, o bien como si fuera de estos tres mil no hubiese hombres celosos de las cosas públicas, o finalmente, como si no pudiesen entrar en este número algunos malvados. «Además —añade—, os veo hacer dos cosas enteramente opuestas: un gobierno violento y a la par más débil que los gobernados.» Eso dijo. Pero los Treinta, habiendo reunido en la plaza pública a los tres mil, convocando en otro lugar a los que no estaban incluidos en la lista, mandan a aquellos vayan a buscar sus armas, y una vez se han marchado, envían a sus soldados y a los ciudadanos que eran de su partido a recoger las armas de todos los que no constan en dicha lista, haciéndolas después transportar a la acrópolis y depositarlas en el templo. Hecho esto, y siéndoles ya todo posible, condenan a muerte a muchos ciudadanos únicamente por enemistad y a otros por sus riquezas. Deciden asimismo, con objeto de tener con qué pagar a la guarnición, prenda cada uno de ellos a un meteco, y después de darle muerte le sean confiscados sus bienes. Mandan entonces a Terámenes que escoja el que bien le parezca; pero este contesta:

—«No me parece honroso que aquellos que se tienen por los más excelentes ciudadanos puedan obrar con más injusticia que los delatores, porque estos a lo menos dejan la vida a aquellos a quienes quitan las riquezas, ¿y nosotros, sin que nos hayan dañado en lo más mínimo, condenaremos a muerte a esa gente para confiscarles su fortuna? ¿Acaso no será más injusta esta conducta que la suya?»

Los demás, al ver que Terámenes va a convertirse en un obstáculo a sus proyectos, le tienden toda clase de asechanzas y le calumnian ante cada uno de los senadores como si quisiera destruir el gobierno actual. Por fin incitan a algunos jóvenes, que les parecen suficientemente audaces, para que armados de puñales se dirijan con ellos al senado cuando esté reunido. Así que aparece Terámenes, se levanta Critias y dice:

«Senadores, si alguno de vosotros cree se han decretado más muertes de las que exigían las circunstancias, reflexione que en todas partes, durante las revoluciones, sucede lo mismo, y que aquellos que han establecido la oligarquía deben contar necesariamente con gran número de enemigos en una ciudad que es, no solo la más poblada de todas las de Grecia, sino también aquella en la que el pueblo ha disfrutado de libertad durante más tiempo. No ignoráis tampoco cuán duro ha sido el gobierno democrático para con nosotros; así, como nunca el pueblo fue amigo de los lacedemonios que nos han salvado, mientras por el contrario pueden contar seguramente con la fidelidad de los mejores ciudadanos, establecimos de concierto con aquellos el actual gobierno y donde quiera que vemos un enemigo de la oligarquía, hacemos cuanto podemos para deshacernos de él. Pues bien: más justo aún nos parece que si alguno de nosotros mismos procura dañar al actual gobierno, sufra por ello la justa pena: eso es lo que hemos observado en Terámenes, aquí presente, que procura perdernos miserablemente con todas sus fuerzas. Fácilmente comprenderéis la verdad de lo que os digo, considerando que no puede hallarse quien critique y se oponga a nuestros planes, cuando queremos deshacernos de algún demagogo, como lo hace Terámenes. Si así hubiese pensado desde el principio, le tendríamos como enemigo, pero nadie podría considerarle como un hombre perverso. Él ha sido, sin embargo, el primero que trató de la alianza y amistad con Lacedemonia; él el primero que ha querido derribar la democracia; él quien nos invitó más vivamente a castigar con la última pena a los primeros acusados que fueron conducidos ante nosotros; y ahora que tanto yo como vosotros somos considerados como enemigos manifiestos del pueblo, no aprueba ya lo que se hace, sin duda para ponerse al abrigo y para dejarnos responsables de todas las culpas.

»Por esto, no solo es preciso castigarle como un enemigo, sino como un traidor hacia todos nosotros. Y ciertamente es tanto más grave que la guerra la traición, cuanto más es difícil resguardarse de los golpes invisibles que de los visibles, y tanto más odiosa, cuanto que puede tratarse con los enemigos y hacerse con ellos alianza, mientras que jamás puede tratarse ni tenerse la más mínima confianza con el que ha sido reconocido una vez por traidor. Con el objeto de que conozcáis que no es nueva para él esta manera de obrar, sino que es traidor por naturaleza, voy a recordaros algunos de sus actos anteriores.

»Honrado en un principio a causa de su padre Hagnón, mostrose uno de los más fogosos para que se entregase la democracia en manos de los cuatrocientos, entre los cuales ocupó el primer lugar. Pero más tarde, habiéndose apercibido de que se había levantado gran oposición contra la oligarquía, fue también el primero en ponerse a la cabeza del pueblo contra aquellos, por lo cual recibió el apodo de Coturno[80], porque este se ajusta del mismo modo a cualquiera de los pies. Es preciso, Terámenes, que el hombre digno no comprometa hábilmente a sus partidarios en empresas que abandone él mismo así que se presenta un obstáculo, sino que en cierto modo se halla sobre una nave y en ella debe trabajar hasta que sopla el viento favorable, porque si no, ¿cómo llegaría dicha nave a alcanzar el punto de destino si a cada obstáculo volvía hacia atrás?

»Ciertamente son sangrientas todas las revoluciones; pero tú mismo, por tu facilidad en cambiar de partido, te has hecho cómplice así de la muerte de los oligarcas que perecieron a manos del pueblo, como de la de aquellos demócratas condenados por el gobierno aristocrático. Este es el mismo Terámenes que habiendo recibido de los generales el encargo de recoger los cuerpos de los atenienses que habían naufragado en el combate naval junto a Lesbos, no solo no los recogió, sino que para salvarse acusó a los generales e hizo condenarles a muerte. Pero ¿cómo podríamos perdonar a un hombre ocupado únicamente en satisfacer su ambición, sin cuidarse en lo más mínimo ni del honor ni de sus amigos? ¿Ni cómo no guardarnos de él, sabiendo sus repentinos cambios, para que no pueda hacer lo mismo con nosotros? Por esto acusamos a este hombre como conspirador y como procurando hacernos traición a todos. Reflexionad sobre esto, y veréis cuánta razón tenemos al formular esta acusación. Dícese que la mejor constitución de gobierno es la de los espartanos; pues bien, si entre ellos uno de los éforos procurase criticar al gobierno o hacer oposición a sus actos en vez de obedecer ciegamente las decisiones de la mayoría, ¿no creéis que así por los éforos como por todo el resto de la ciudad se le consideraría como merecedor del más grande castigo? Vosotros, pues, también, si queréis obrar con prudencia, no absolveréis en modo alguno a este, para poder conservaros vosotros, puesto que si le perdonáis aumentará el número y la audacia de vuestros adversarios, y si perece, en cambio, perderán las esperanzas cuantos le son afines en ideas, así dentro como fuera de la ciudad.»

Dicho esto, se sienta, y levantándose Terámenes, dice:

«Ciudadanos, debo ante todo recoger el último cargo que se ha formulado contra mí. Dice Critias que he hecho perecer a los generales por haberlos acusado; pero no fui yo quien principió los ataques; ellos mismos fueron los que sostuvieron que a pesar de sus órdenes no recogí los desgraciados del combate de Lesbos. Defendime diciendo era imposible a causa de la tormenta aguantar la mar, y con mayor motivo recoger los cuerpos; la ciudad en masa aprobó mi defensa, y los generales parecieron acusarse a sí mismos, puesto que afirmaban era posible salvar a los soldados, y sin embargo al marchar con la flota habían preferido dejarles perecer.

»Por lo demás, no me admiro de que me acuse Critias injustamente: cuando tenían lugar aquellos sucesos no estaba él presente, pues había ido a Tesalia, donde con Prometeo se esforzaba en establecer la democracia y armaba contra sus dueños a los mismos esclavos[81]. ¡Ojalá no pueda reproducir aquí cuanto allí realizó! Estoy con él acorde en un solo punto, y es, en que merece los mayores castigos todo aquel que quiere derribaros o fortalecer a los que contra vosotros conspiran; pero fácil os será, según creo, decidir quién es el que se conduce así, reflexionando un momento tan solo sobre la conducta actual y la conducta pasada de cada uno de nosotros.

»Mientras se constituía este senado; mientras elegíais los magistrados y se citaba a juicio a los delatores por todos conocidos, estuvimos todos conformes en el mismo modo de pensar; pero cuando se principió a prender a los hombres honrados y pacíficos, entonces fue cuando comencé a pensar de un modo contrario al de mis colegas, porque sabía que si se hacía morir sin haber cometido el más pequeño crimen a un León de Salamina[82], considerado, con razón, como un hombre egregio, todos los que se le parecen vendrían a temer para ellos mismos una suerte igual, y este temor haría de ellos otros tantos enemigos del actual gobierno; conocía también que si se prendía a Nicérato, hijo de Nicias, ciudadano rico y que jamás había hecho nada con objeto de lisonjear a la plebe, ni él ni su padre, se convertirían en enemigos nuestros todos los ciudadanos a ellos parecidos; también sabía, cuando hicisteis perecer a Antifón[83], quien durante la guerra había proporcionado dos trirremes completamente equipadas, que os mirarían con desconfianza todos aquellos que habían mostrado celo por la república. Por esto combatí cuanto pude la proposición de aquellos que querían nos apoderásemos cada uno de nosotros de un meteco; pues era evidente que una vez muertos los primeros de estos, todos los restantes se convertirían en enemigos del gobierno; opúseme también a que se tomasen las armas al pueblo, pues no creí debiera debilitarse la ciudad, convencido de que si los lacedemonios nos habían salvado no era para que reducidos a un pequeño número nos hallásemos imposibilitados para ayudarles, ya que, si esto hubiesen querido, podían habernos dejado a todos sin vida haciendo durar por más tiempo el hambre que por el sitio padecíamos. No he sido yo tampoco el que aprobase la gestión de obtener una guarnición a sueldo, cuando nos era posible rodearnos de cierto número de ciudadanos por medio de los cuales fácilmente hubiéramos podido hacernos respetar. Tampoco me pareció oportuno, al ver en la ciudad muchas personas descontentas del gobierno y gran número de expatriados, desterrar a Trasíbulo, Anito y Alcibíades, pues estaba cierto que adquiriría gran fuerza la oposición si hábiles jefes se ponían al frente de la multitud, y si entreveían como posible poder contar con un gran número de aliados aquellos que aspiraban al poder.

»Y aquel que da tales avisos ¿debe ser considerado como traidor, o por el contrario, debe tenérsele por un buen amigo? No son, Critias, verdaderos enemigos los que impiden acrecer las fuerzas de los adversarios, ni los que enseñan los medios para adquirir mayor número de aliados, sino más bien aquellos que injustamente arrebatan las riquezas de la gente honrada y condenan a muerte a los inocentes: estos son los que aumentan el número de los enemigos y los que hacen traición, no solo a sus amigos, sino a ellos mismos, movidos por una culpable codicia. Si aún no estáis bastante convencidos de las verdades que os digo, reflexionad un poco más conmigo. ¿Qué os parece preferirán que aquí suceda Trasíbulo, Anito y los demás desterrados: lo que os aconsejo, o lo que hacen todos estos? Creo que ahora piensan hallar aliados en todas partes; pero en cambio, si los elementos más poderosos de la población estuviesen por nosotros, no se atreverían ni siquiera a poner el pie en la parte más remota del país.

»En cuanto a lo que ha dicho este respecto a mis mutaciones políticas, considerad que el pueblo había votado por sí mismo el gobierno de los cuatrocientos[84], juzgando que los espartanos confiarían más en un gobierno de cualquier clase que fuese, que en la democracia; sin embargo, no dejándonos estos ni un momento de reposo, y siendo público que los jefes Aristóteles, Melantio y Aristarco construían un fuerte sobre los diques, en el que querían introducir al enemigo, a fin de alzarse ellos y sus amigos con el mando de la ciudad, el haberme yo opuesto a sus designios así que me fue notorio, ¿debe ser considerado como un acto propio del que hace traición a sus amigos?

»Llámame Coturno porque procuro ajustarme a los dos partidos: ¡muy bien! pero, por los dioses, ¿cómo debe llamarse aquel que no sabe ajustarse a ninguno? Porque, oh Critias, bajo la democracia te consideraban como el mayor enemigo del pueblo, y ahora, bajo la aristocracia, solo has sabido conquistarte el más fuerte odio de los hombres honrados. En cuanto a mí, he declarado guerra permanente a cuantos creen que solo es buena una democracia cuando toman parte en el poder hasta los mismos esclavos y aquellos que por su pobreza venderían por una dracma al estado; y combato sin tregua del mismo modo a aquellos que creen es buena oligarquía la que somete la ciudad a la tiranía de unos pocos. Siempre he creído que lo más conveniente era unirse a los hombres de mérito, y robusteciéndolos con la caballería y los escudos, apoyar al gobierno, y no he variado aún hoy de modo de pensar; si puedes decir, Critias, dónde y cuándo me has visto, o con el pueblo o con los tiranos, procurando arrebatar el gobierno a las gentes honradas, habla y dilo, porque si me convences de que medito hoy este crimen, o de que lo he perpetrado en otro tiempo, convengo en que soy digno de perecer entre los más atroces suplicios.»

Así que cesó de hablar se oye en el senado un murmullo de aprobación, y Critias, comprendiendo que si deja decidir la suerte de Terámenes por los senadores, va a ser absuelto, lo que considera como intolerable y afrentoso, se adelanta, y después de haber conferenciado un instante con los Treinta, ordena a la gente que había hecho ir allí armada de puñales, se coloque frente al consejo y junto a las puertas. Volviéndose después a la asamblea, les dice:

«Senadores: creo del deber de un buen presidente[85] no permitir sean engañados sus amigos cuando de ello se apercibe: esto es lo que voy a hacer. Toda esta gente que veis aquí ante vosotros, declara no consentirá absolvamos a un hombre que públicamente trabaja para derribar la oligarquía. Según las nuevas leyes, ningún ciudadano incluido en la lista de los tres mil puede ser condenado a muerte sin vuestra aprobación; pero los Treinta son dueños de hacerlo respecto a los que no están incluidos en ella. Pues bien, de acuerdo con todos mis colegas, borro de esta lista a Terámenes, que está presente, y a este hombre, ya simple particular, añade, le condenamos a muerte.»

Al oír estas palabras Terámenes, corre hacia el altar de Vesta y dice:

«Ciudadanos: os suplico me concedáis la petición más legítima que nadie os pueda dirigir, y es, que no se permita a Critias borrar ni a mi ni a cualquiera de vosotros por su sola voluntad del número de los tres mil, sino que, por el contrario, tanto a vosotros como a mí se nos juzgue según la ley que rige para los que están inscritos en la lista. No ignoro que este altar de nada podrá servirme, los dioses me son testigos de ello; pero quiero rasgar el velo de la atroz injusticia de todos estos hacia los hombres, y de su impiedad sin límite hacia los dioses. Sin embargo, honrados ciudadanos, lléname de asombro el que no procuréis poneros a cubierto de las asechanzas de todos estos, pues bien sabéis que no es mi nombre más fácil de borrar de la lista que el de cualquiera de vosotros.»

Inmediatamente el heraldo de los Treinta ordena a los Once prendan a Terámenes, y entran estos con sus criados, teniendo a su cabeza a Sátiro, el más audaz y el más desvergonzado de todos. Critias les dice:

—«Os entregamos a Terámenes, que aquí veis, condenado según la ley; apoderaos de él, y después de conducirle donde sabéis, haced con él lo que deben hacer los Once.»

Apenas dice estas palabras, Sátiro, con ayuda de sus criados, arranca del altar a Terámenes; como puede suponerse, este implora a los dioses y a los hombres sobre la infamia que sufre; pero el senado no se conmueve, sobre todo cuando ve colocados junto a las puertas a hombres semejantes a Sátiro, y llena de guardias toda la sala del tribunal, sin que ignoren tampoco están preparados los hombres armados de puñales.

Llévanse aquellos a través del foro al acusado, quien se lamenta en alta voz del tratamiento que le hacen sufrir. Cuéntase de él que, diciéndole Sátiro lo pasará mal si no se calla, le pregunta: «¿Y si me callo, qué pena me darás?» Después, cuando obligado a morir bebe la cicuta, se pretende derramó las últimas gotas como si jugase a los cotabos[86], diciendo: «Esto para el hermoso Critias.» Bien sé que todas esas frases carecen de valor; pero hay que admirar, sin embargo, a un hombre que cara a cara con la muerte no pierde ni su presencia de ánimo ni su buen humor[87].

CAPÍTULO IV.

Así murió Terámenes. Libres entonces los Treinta para ejercer sin temor su tiranía, prohíben entrar en la ciudad a los que no están inscritos en la lista, y les arrancan de sus propiedades para apoderarse de sus tierras y para repartírselas con sus amigos; huyen muchos al Pireo; pero habiendo hecho prender allí a gran número de ellos, se refugian en Mégara y en Tebas.

Mientras tanto, Trasíbulo, con unos cincuenta compañeros, sale de Tebas y se apodera de la fortaleza de File. Avanzan contra él los Treinta con los tres mil y su caballería, haciendo un tiempo magnífico: así que llegaron, algunos jóvenes de los más ardientes se arrojan al asalto de la plaza, pero nada consiguen y se retiran con muchos heridos. Queriendo los Treinta sitiar la fortaleza a fin de interceptar la entrada de víveres e incomunicarles con sus partidarios, sobreviene durante la noche una gran nevada, que continúa al día siguiente. Retíranse entonces a la ciudad envueltos por la nieve, mientras caen muchos de los escevóforos[88] bajo los golpes de los de File. Comprendiendo los Treinta que será saqueada la campiña si no colocan en ella centinelas, envían a las fronteras la guarnición lacedemonia, fuera de algunos soldados y dos escuadrones de caballería, a unos quince estadios de File. Estas tropas acampan para la vigilancia, en un lugar protegido por los árboles.

Trasíbulo, que había reunido ya en File unos setecientos hombres, tómalos consigo y sale de la ciudad durante la noche, apostándose con los suyos sobre las armas, a unos tres o cuatro estadios del cuerpo de observación, y allí se quedan a la expectativa. Por la mañana se levantan los soldados, unos después de otros, y van en busca de las armas, así como los palafreneros con el cepillo en la mano principian a almohazar con estrépito los caballos; inmediatamente Trasíbulo con los suyos se arrojan sobre ellos a la carrera con las armas en la mano: hacen algunos prisioneros y los persiguen por espacio de seis o siete estadios, matando a más de ciento veinte hoplitas, y entre los de caballería a Nicóstrato, llamado por sobrenombre el hermoso, y a otros dos que sorprendieron aún durmiendo. Terminada la persecución levantan un trofeo, recogen las armas y el botín y regresan a File. La caballería que había salido de Atenas en auxilio de los suyos, no encuentra ya ningún enemigo y aguarda únicamente a que los parientes levanten los cadáveres de los que han perecido, para regresar a la ciudad.

Después de esto, los Treinta, no considerándose ya seguros en la ciudad, quieren robustecer su dominación en Eleusis, a fin de encontrar allí un refugio en caso de necesidad. Critias y los otros Treinta, dando las órdenes a la caballería, se dirigen a dicha población, donde les pasan revista, y bajo pretexto de saber con exactitud el número de los habitantes y las fuerzas de la guarnición, ordenan a todo el mundo se inscriba en una lista; a medida que se inscribía cada uno, se le hacía salir por la puerta que da al mar, a ambos lados de la cual estaba la caballería en dos filas, y cuantos salían eran atados en seguida por los servidores de los Once. Así que están todos reunidos, recibe Lisímaco, jefe de la caballería, orden de escoltarlos y entregarlos a los Once.

Al día siguiente, convocan en el Odeón[89] a los hoplitas cuyos nombres están en las listas y a los restantes de caballería; levantándose después Critias, les dice:

«Ciudadanos: tanto en nuestro interés como en el vuestro, procuremos consolidar nuestro gobierno: por esto debéis participar también de los peligros, ya que participáis de los honores; por esto es preciso votéis la condenación de los eleusinos aquí reunidos para que tengáis nuestras mismas esperanzas, al propio tiempo que nuestros propios temores.»

Señalando entonces cierto lugar destinado a la votación, les manda dar públicamente su voto. En el centro del Odeón se hallaba sobre las armas toda la guarnición espartana. Todo esto fue aprobado por algunos ciudadanos que no iban en busca de otra cosa que de su interés personal.

Mientras tanto, Trasíbulo, poniéndose al frente de los de File, cuyo número se aproximaba a mil, llega de noche al Pireo. Así que reciben los Treinta esta noticia, ponen sobre las armas a los lacedemonios, a la caballería y a los hoplitas y se dirigen hacia la carretera que conduce al Pireo. Los de File intentan primero rechazarlos, pero como la extensión del círculo necesitaba muchas guardias y ellos eran aún poco numerosos, se retiran todos a Muniquia. Reúnense los de la ciudad en el ágora de Hipódamo y se ordenan de modo que llenan por completo el camino que va al templo de Diana y al Bendideo[90]; no tenían menos de cincuenta escudos de fondo. Formados así, se ponen en marcha; pero entonces los de File llenan también por su parte el camino y se colocan a diez hoplitas en fondo, detrás colócanse los peltastas y los arqueros, y finalmente, después de todos, los honderos. Su número había aumentado considerablemente, pues se les habían juntado los habitantes de aquel lugar. Mientras se acerca el enemigo, Trasíbulo manda a los suyos depongan sus escudos, y haciéndolo también él, aunque conservando las otras armas, y colocándose en el centro de su ejército, les dice:

«Ciudadanos: debo hacer saber a algunos, y recordar a los demás, que los que se dirigen a nosotros en su ala derecha se componen de tropas que habéis derrotado y perseguido hace cinco días, y en la extremidad de su ala izquierda contienen a esos Treinta que a pesar de nuestra inocencia nos privaron de la patria, nos arrojaron de nuestras casas y han proscrito y expoliado los bienes de nuestros más caros amigos; hállanse ahora en una situación que no habían previsto y que siempre hemos deseado, puesto que tenemos armas y estamos frente a ellos. Los mismos dioses combatirán por nosotros, después de haberles visto apoderarse de nuestras personas y bienes durante nuestras comidas, mientras dormíamos y en la misma plaza pública, no solo sin haberles hecho el más mínimo daño, sino sin que nuestra permanencia haya motivado el destierro. En efecto, desencadenan una tormenta cuando el tiempo estaba despejado para que nos aprovechemos de ello, y cuando ensayamos dirigirnos a ellos nos permiten levantar el trofeo de una victoria sobre numerosos enemigos, siendo escasísimo el número de los nuestros; y ahora mismo nos invitan a pelear en un terreno donde, obligados nuestros enemigos a subir una cuesta, no pueden arrojarnos ni dardos ni flechas, mientras que nosotros con solo dejar caer las picas, los dardos y las piedras estamos seguros de tocarles y de herirles en gran número. Y que nadie crea que al menos sus primeras filas combatirán con ventaja, puesto que si arrojáis con valor, como es preciso, vuestros dardos, ninguno dejará de alcanzar a uno de aquellos que llenan por completo el camino, y que obligados a cubrirse siempre con sus escudos para protegerse, nos permitirán fácilmente dar sobre ellos como si estuviesen ciegos y dispersarlos cuando les ataquemos. Es preciso, soldados, que cada uno de vosotros combata hoy de modo que alcance el testimonio de haber contribuido en gran manera a la victoria, porque, si Dios quiere, ha de devolvernos esta nuestra patria, nuestros hogares, la libertad, los honores y las esposas e hijos a los que son jefes de familia. ¡Felices aquellos de vosotros que, sobreviviendo a la victoria, vean día tan afortunado; y felices también los que tengan que morir para alcanzarla, pues ningún rico podrá obtener jamás monumento funerario tan glorioso! Cuando llegue el momento entonaré el peán, invocaremos después a Enialio[91] y todos entonces, de consuno, nos arrojaremos sobre nuestros enemigos para castigar a los que nos han insultado.»

Dicho esto, se vuelve de cara a los enemigos y se mantiene a la expectativa, pues el augur le había recomendado no ordenase el ataque hasta que alguno de ellos hubiese sido muerto o herido. «Haciéndolo así —había dicho— os guiaré a la victoria, que se inclinará hacia vosotros, aunque preveo me costará a mí la vida.» Y no mintió, pues habiendo tomado las tropas sus armas, arrójase él el primero, como arrastrado por su destino, sobre los enemigos, hallando entre ellos la muerte y siendo enterrado en el paso del Cefiso: quedan los otros vencedores y persiguen hasta la llanura a los enemigos. Critias e Hipómaco, dos de los Treinta, quedan entre los muertos, del propio modo que Cármides, hijo de Glauco[92], uno de los diez comandantes del Pireo, además de unos setenta de los contrarios; apodéranse de las armas los vencedores, aunque sin despojar de las túnicas a sus conciudadanos; después de lo cual, y una vez devueltos los muertos por medio de una tregua, dirígense unos a otros hablando entre sí, y Cleócrito, heraldo de los Iniciados que tenía una voz muy fuerte, después de pedir silencio, dice:

«Ciudadanos: ¿por qué nos perseguís, por qué queréis matarnos? Jamás os hemos hecho daño alguno; por el contrario, hemos tomado parte con vosotros en los actos religiosos más solemnes, en los sacrificios y en las fiestas más espléndidas; juntos estuvimos en los mismos coros, en las mismas escuelas y bajo las mismas banderas, y tanto por tierra como por mar, hemos corrido con vosotros los mismos peligros para la salvación común y para la mutua libertad. En nombre de los dioses paternos y maternos, por la comunidad de origen, por la familia y por la amistad que nos son comunes con la mayor parte de vosotros, respetando a los dioses y a los hombres, cesad de faltar a la patria, dejad de obedecer a esos Treinta, los más impíos de entre los hombres, quienes por su particular interés han hecho morir durante ocho meses a un número de atenienses igual o mayor al que durante diez años ha perecido por la guerra con los peloponesios. Fácil era vivir en paz bajo nuestro gobierno, y sin embargo ellos han encendido la más deshonrosa de las guerras entre nosotros y la más terrible, impía e inicua ante los dioses y ante los hombres. Sabed que no habéis sido vosotros solos, sino también nosotros, los que han derramado abundantes lágrimas sobre los cuerpos de los que hoy han perecido.»

Esto dijo, y los restantes jefes, después de oírle, mandan retirar a los suyos a la ciudad. Al día siguiente, humillados y abandonados por completo, vienen los Treinta a ocupar sus asientos en el senado y los tres mil no hacen más que disputarse en cualquier lugar en que se sienten. Cuantos habían cometido alguna violencia y temían por lo mismo por su seguridad, sostienen con fuego no debe cederse cobardemente a los del Pireo, mientras que aquellos a quienes no remuerde su conciencia el haber obrado injustamente, reflexionan con serenidad y hacen comprender a los demás que ninguna necesidad les obliga a sufrir tantas calamidades, y declaran no deben ya prestar más obediencia a los Treinta, ni dejarles consumar la perdición de la ciudad. Decretan, finalmente, la deposición de aquellos y la elección de otros jefes, los cuales son nombrados en número de diez, uno por cada tribu.

Los Treinta se refugian en Eleusis, y en la ciudad los Diez se ocupan con los jefes de la caballería en calmar los turbados y abatidos ánimos. La caballería pernocta en el Odeón con sus caballos y escudos, y en su desconfianza, montan desde el anochecer las guardias sobre la muralla, armados con los escudos, y por la mañana vuelven a tomar los caballos, temiendo continuamente un ataque repentino de los del Pireo. Estos, que habían crecido en número, y a quienes de todas partes llegaban nuevos reclutas, constrúyense escudos, tanto de madera como de mimbres, que pintan después de blanco, y luego, apenas han transcurrido diez días, y habiendo proclamado la igualdad de tributos para todos los que con ellos combatieran, aunque fuesen extranjeros, salen en gran número, así de hoplitas como de gimnetas[93], teniendo además unos setenta caballos; y después de forrajear y de coger leña y frutos, vuelven a pernoctar en el Pireo. Nadie salía armado de la ciudad, fuera de la caballería, que se arrojaba de tiempo en tiempo sobre los exploradores del Pireo, maltratando sus partidas. Encuentran en cierta ocasión algunos eonios que se dirigían a sus tierras en busca de provisiones, y el comandante de la caballería, Lisímaco, los hace degollar, a pesar de las súplicas y de la indignación de varios de sus soldados. En represalias, los del Pireo dan la muerte a Calístrato, de la tribu leóntida, uno de los caballeros de quien se habían apoderado en el campo, pues tenían ya tal confianza, que llegaban en sus excursiones hasta los mismos muros de Atenas. Debe referirse aquí la idea que tuvo el ingeniero de la ciudad, que al saber quieren los enemigos aproximar sus máquinas de guerra al Liceo por la carretera, emplea todos los animales de acarreo en transportar enormes piedras y esparcirlas sin orden ni concierto por aquellos, lo cual hizo que cada piedra causase muchas molestias al enemigo.

Los Treinta envían desde Eleusis a Lacedemonia diputados de entre los ciudadanos de Atenas inscritos en la lista, pidiendo socorros, bajo pretexto de que el pueblo se ha sublevado contra los lacedemonios. Lisandro, reflexionando que es imposible forzar en poco tiempo a los del Pireo sitiándolos por tierra y por mar y cortándoles los víveres, consigue se destinen cien talentos a esta expedición y que se le envíe como gobernador y jefe del ejército de tierra, y a su hermano Libis como comandante de la flota, y dirigiéndose a Eleusis reúne muchos hoplitas peloponesios, mientras el comandante de las naves vigila la costa para que no reciban ninguna clase de víveres los sitiados; de manera que pronto los del Pireo sufren grandemente por la falta de provisiones, mientras que los de la ciudad vuelven a hallarse en la abundancia con la llegada de Lisandro.

Así las cosas, el rey Pausanias, envidioso de Lisandro y temiendo que si consigue sus propósitos adquiera gran consideración y pueda reducir bajo su dominio particular el territorio de Atenas, después de ganar a tres de los éforos, sale de Atenas con la guarnición y acompañado de todos los aliados, fuera de los beocios y corintios, que dicen creerían faltar a sus juramentos si se dirigían contra los atenienses que no han violado tratado alguno, pero que en realidad obran así porque conocen quieren los espartanos apropiarse y hacerse dueños del territorio ateniense. Pausanias sienta su campo junto al Pireo, en el lugar llamado Halipedón[94]; manda por sí mismo el ala derecha, y Lisandro con los mercenarios la izquierda. Envía Pausanias delegados a los del Pireo, ordenándoles marchen a sus hogares; pero no obedeciéndole ellos, hace como que les atacan, para que no se haga notorio les es favorable: después se retira sin haber comenzado siquiera el ataque. Al día siguiente, tomando dos cohortes espartanas y tres escuadrones de atenienses, se adelanta hacia el puerto cegado[95], examinando por dónde puede más fácilmente levantar trincheras contra el Pireo; saliendo algunas tropas de los sitiados, le inquietan durante su retirada, e irritándose entonces, hace cargar la caballería, manda también detrás de esta a todos los que han pasado ya diez años de la pubertad, y él mismo se adelanta también con el resto de sus tropas. Matan unos treinta soldados ligeros y persiguen a los demás hasta el teatro del Pireo, donde hallábanse sobre las armas todos los peltastas y hoplitas de la plaza. Verifican una salida las tropas ligeras, y arrojan dardos, lanzas, flechas y piedras a los enemigos; tienen estos gran número de bajas, y viéndose los lacedemonios muy hostigados, principian a retirarse, lo cual permite a sus adversarios cargar sobre ellos con más vigor. Perecieron en esta acción Querón y Tíbraco, ambos polemarcas; Lácrates, vencedor en los juegos olímpicos, y otros lacedemonios enterrados en el Cerámico.

Al ver esto Trasíbulo, avanza con el resto de los hoplitas, y se colocan con prontitud delante de los demás, a ocho en fondo. Pausanias, vivamente hostigado, se retira unos cuatro o cinco estadios hacia una colina inmediata, a donde ordena se dirijan los lacedemonios y los demás aliados, y dando a su falange una profundidad considerable, marcha sobre los atenienses. Sostienen estos el primer choque, pero después son rechazados unos hasta el pantano de Hale, y otros son puestos en fuga, perdiendo sobre ciento cincuenta hombres. Eleva entonces Pausanias un trofeo, y se retira, pues no estaba irritado con ellos; antes por el contrario, mandando ocultamente enviados, hace saber a los del Pireo le envíen mensajeros, así como a los éforos presentes, para exponer sus intenciones. Siguen su consejo.

Siembra asimismo la división entre los de la ciudad, y les excita para que se presenten en el mayor número posible a los éforos; entonces les declara que no hay necesidad alguna para que combatan con los del Pireo; antes bien, deben reconciliarse y ser ambos partidos amigos y aliados de los lacedemonios. El éforo Nauclidas oye con agrado esta proposición, y, como es costumbre en Esparta acompañen dos de los éforos al rey en la guerra, era uno de ellos Nauclidas, que con su compañero se inclinaban más bien del lado de Pausanias que del de Lisandro. Envían sin tardanza a Lacedemonia la diputación de los del Pireo, enviada para tratar con Esparta, y también a los particulares Cefisofonte y Meleto por parte de la ciudad.

Mientras están estos en camino hacia Lacedemonia, envían los de la ciudad mensajeros públicos para manifestar a los espartanos que están dispuestos a entregarles los muros que conservan en su poder y sus mismas personas para que dispongan de todo a su gusto; añaden que hallarían justo que si los del Pireo son también amigos de los lacedemonios, les entregasen igualmente el Pireo y Muniquia. Después de haberles oído los éforos y los demás convocados, envían quince diputados a Atenas para arreglar los asuntos del mejor modo posible, de mutuo acuerdo con Pausanias. Estos enviados devuelven la tranquilidad a todos, poniendo por condición que los partidos hagan la paz entre sí y que cada cual vuelva a sus quehaceres, fuera de los Treinta, los Once y los Diez que habían sido elegidos en el Pireo, ordenando al mismo tiempo que cuantos teman estar en la ciudad pueden morar en Eleusis.

Después de arreglar estas cosas, Pausanias licencia a su ejército, y los del Pireo suben con las armas a la acrópolis para ofrecer un sacrificio a Minerva. Bajan después los generales, y Trasíbulo les dice entonces:

«Hombres de la ciudad: os aconsejo procuréis conoceros a vosotros mismos, y el mejor medio para ello es que examinéis los motivos en que fundáis vuestras pretensiones para pretender dominarnos a todos. ¿Sois acaso los más justos? Aunque más pobre que vosotros, el pueblo no os ha dañado nunca a causa de vuestras riquezas, y en cambio, vosotros que sois los más ricos, movidos únicamente por vuestro interés, habéis hecho mil acciones vergonzosas. Pero ya que la justicia no está de vuestra parte, examinad si os puede enorgullecer vuestro valor; ¿y qué juicio puede decidir mejor esta pregunta que el modo como hemos combatido unos contra otros? ¿Podéis, acaso, decir que nos aventajáis por los conocimientos, vosotros que, poseyendo un muro, armas y riquezas y a los peloponesios por aliados, habéis tenido que ceder a gentes que con nada de esto contaban? ¿Son acaso los lacedemonios los que os enorgullecen? ¿Cómo es posible, si os han entregado (del mismo modo que se entregan con bozal los perros que muerden) al pueblo víctima de vuestra injusticia, y además se han marchado? Sin embargo, yo espero, ciudadanos, que no faltaréis a cuanto habéis jurado; antes por el contrario, añadiréis a vuestras restantes virtudes la de ser fieles al juramento y a las promesas.»

Otras exhortaciones añade para demostrar que todo ha de suceder sin perturbaciones de ninguna clase y que es preciso obedecer a las antiguas leyes, y luego levanta la asamblea. Establécense en seguida los poderes, constituyéndose el gobierno. Más tarde se sabe que los que se habían retirado a Eleusis toman soldados mercenarios a sueldo, y acometiéndoles en masa, matan a sus generales, que se habían adelantado para negociar, y envían a los restantes sus amigos y aliados para reconciliarse; juran todos no conservar rencor alguno por todo lo que ha sucedido, y aun ahora no ha cambiado el régimen político, pues el pueblo se conserva fiel a sus juramentos.

LIBRO TERCERO.


CAPÍTULO PRIMERO.

Así terminaron los disturbios en Atenas[96]. Poco tiempo después, Ciro, habiendo enviado sus legados a Lacedemonia, pide que los espartanos se porten con él del mismo modo que él se ha conducido con ellos en su guerra contra los atenienses. Reconociendo los éforos lo justo de esta petición, ordenan a Samio, comandante de las naves, se ponga a las órdenes de Ciro para cuanto a este se le ofrezca, y aquel realiza con gusto cuanto le pide Ciro. Después de haber reunido su flota a la de este, se hace a la vela hacia la Cilicia, e imposibilita a Siénesis, gobernador de ella, para oponerse por tierra a la expedición de Ciro contra el rey. La manera como Ciro reunió un ejército y se dirigió contra su hermano, el combate que tuvo lugar, la muerte de Ciro, y cómo llegaron felizmente al mar los griegos, ha sido todo esto relatado por Temistógenes el siracusano[97].

Tisafernes, de quien creía el rey haber recibido grandes servicios en la guerra contra su hermano, habiendo sido enviado como sátrapa de los países que ya antes de aquella gobernaba, y a los que tenía antes Ciro, exige que todas las ciudades jónicas se sometan a él; pero estas ciudades, decididas a conservar su libertad y temiendo a Tisafernes, a quien habían menospreciado en el mero hecho de preferir entregarse a Ciro, cuando vivía, no quieren recibirle, y envían mensajeros a Lacedemonia para suplicarles tomen a pecho, en calidad de directores de Grecia, los intereses de los griegos de Asia, a fin de que su país no sea sometido y puedan continuar siendo libres. Envíanles los lacedemonios a Tibrón como gobernador, al frente de mil neodamodes y de otros cuatro mil peloponesios; Tibrón pide asimismo a los atenienses trescientos de a caballo, cuyo sueldo se obliga a satisfacer. Envíanle los atenienses muchos de los que habían servido bajo los Treinta, considerando como un beneficio para el pueblo el que sean alejados, aunque tengan que perecer en esa expedición. Después que han llegado a Asia, reúne Tibrón otras tropas en las ciudades griegas del continente, pues todas ellas están dispuestas a obedecer cuanto les mande un espartano.

Con este ejército, Tibrón no desciende aún a la llanura, pues ve demasiado débil su caballería; pero preserva del pillaje la comarca que ocupa: únicamente después que se han juntado a él las tropas griegas, salvadas felizmente de la expedición de Ciro, marcha a oponerse a Tisafernes y toma posesión de las ciudades de Pérgamo, Teutrania y Halisarna, en las cuales gobernaban Eurístenes y Procles, descendientes del espartano Demarato, que había recibido este país como regalo del rey por haber guerreado con él contra los griegos. También se le juntan Gorgión y Góngilo, hermanos, uno de los cuales poseía Gambrio y Palegambrio, y el otro Mirina y Grinio, las cuales habían sido dadas por el rey a Góngilo por haber sido desterrado de Eretria a causa de ser allí el único partidario de los medos. Tibrón se hace dueño de todas las ciudades escasamente fortificadas. No habiendo querido capitular Larisa, llamada la Egipcia, acampa en sus alrededores y pretende sitiarla; viendo que no puede tomarla más que privándola de agua, hace construir un gran pozo y un canal; pero como que los sitiados en sus frecuentes salidas arrojan piedras y leña en el canal, hace construir asimismo una testudo de madera encima del pozo, que no priva a los laríseos de acudir durante la noche para incendiarla; por lo cual los éforos, viendo que Tibrón nada consigue, le ordenan deje a Larisa y marche contra Caria.

Hallábase ya en Éfeso para dirigirse a dicha región, cuando llega Dercílidas para tomar el mando del ejército: era hombre tenido por buen ingeniero, y por sobrenombre se le llamaba Sísifo. Parte, pues, Tibrón para Esparta, y allí se le castiga con el destierro, pues los aliados le acusan de haber permitido a su ejército saquear territorios amigos. Dercílidas toma el mando del ejército, y viendo que Tisafernes y Farnabazo desconfían uno de otro, se concierta con Tisafernes y conduce sus tropas al país de Farnabazo, prefiriendo tener que guerrear con uno solo a dirigirse contra los dos. Hacía ya tiempo que Dercílidas se hallaba enemistado con Farnabazo, pues siendo gobernador de Abido mientras Lisandro era jefe de la flota, las calumnias de Farnabazo hiciéronle condenar a estar de pie con un escudo en la mano, lo cual es un castigo a que se condena a los desertores en Lacedemonia, donde se es muy sensible a esta afrenta; de ahí que se dirigiera con gran placer contra Farnabazo. Muestra prontamente cuánto difiere su mando del de Tibrón conduciendo su ejército a través de países amigos, y sin hacer daño alguno a los aliados hasta Eólida, provincia de Farnabazo.

Eólida pertenecía a Farnabazo; pero Zenis de Dardania, durante su vida la había gobernado con el título de sátrapa, y después que este murió de enfermedad natural, su mujer Manía, también de Dardania, reúne una escolta, prepara numerosos presentes para Farnabazo y para obtener la protección de las queridas de este y de cuantos gozan de su favor, y se pone en marcha cuando Farnabazo se preparaba a dar a otro la satrapía.

Introducida junto a él, «Farnabazo —le dice—, mi esposo era afecto a tu persona y te pagaba con regularidad los tributos, de modo que le honrabas muchas veces con tus alabanzas; ¿por qué nombrar, pues, otro sátrapa, si yo puedo continuar sirviéndote con igual celo? Cuando no sea de tu agrado, solo de tu voluntad depende el quitarme el mando».

Después de haberla oído, Farnabazo se decide a dar a esta mujer la satrapía, y una vez dueña del país, fue tan exacta como su marido en pagarle con regularidad los tributos, y además cada vez que iba a ver a Farnabazo le llevaba algún presente, y cuando este visitaba el país, le recibía más espléndida y graciosamente que los demás tributarios: conservole asimismo las ciudades de que se había apoderado, y sometió también a tres ciudades libres del litoral, Larisa, Hamáxito y Colonas, asaltándolas con un ejército griego, mientras presenciaba la acción sentada en su carro, y honrando después con ricos presentes a los que se distinguían, de manera que formó a sus órdenes uno de los más brillantes cuerpos de mercenarios. Acompañaba asimismo a Farnabazo en sus expediciones contra los misios y pisidios que inquietaban los territorios del rey, por todo lo cual Farnabazo le tributaba los más grandes honores y alguna vez la llamaba a consejo.

Tenía ya más de cuarenta años cuando Midias, el esposo de su hija, se deja llevar por las indicaciones de los que decían era vergonzoso que estuviese el gobierno en manos de una mujer y él no fuese más que un simple particular; y como a pesar de estar en guardia contra todos, como es natural en una tiranía, tenía entera confianza con Midias y le recibía con todo el cariño que puede existir entre una mujer y su yerno, se dice que en una de esas ocasiones la ahogó. Mata igualmente al hijo de Manía, joven de diez y siete años y muy notable por su belleza, después de lo cual se apodera de Escepsis y Gergis, plazas fuertes donde guardaba aquella sus tesoros. Las demás ciudades no quieren reconocerle, y las guarniciones de las mismas las conservan para Farnabazo. Midias, enviando después regalos a Farnabazo, le pide el gobierno del país con iguales condiciones que le tenía Manía; pero este le contesta que puede guardar los presentes para cuando venga a buscarlos juntamente con su persona, y añade que no quiere vivir sin vengar a Manía.

En esta situación llega Dercílidas, y en un solo día se apodera sin lucha de Larisa, Hamáxito y Colonas, ciudades del litoral, y enviando mensajeros a las ciudades eolias, les promete la libertad si le abren sus puertas y se hacen sus aliadas. Los habitantes de Neandria, Ilión y Cocilio se declaran en favor suyo, pues sus guarniciones griegas no habían sido muy bien tratadas después de la muerte de Manía; pero el jefe de la de Cebrene, plaza muy fuerte, esperando alcanzar de Farnabazo grandes honores si le conserva esta ciudad, no recibe a Dercílidas, quien, enojándose, se prepara para ponerle sitio; no siendo favorables los signos de los sacrificios que ofrece antes de comenzar el sitio, los renueva al día siguiente, y presentándose también desfavorable, vuelve a consultarlos al otro día, continuando de este modo durante cuatro días, irritándole mucho tales dilaciones, pues deseaba apoderarse de toda Eólida antes de que llegara Farnabazo.

Aténadas de Sición, uno de los capitanes, creyendo pierde el tiempo Dercílidas en estas bagatelas, y suponiéndose bastante para cortar el agua a los cebrenios, avanza con su compañía y procura cegar las fuentes; pero hacen una salida los sitiados, le hieren, mátanle dos hombres y ahuyentan a los demás a fuerza de golpes y de dardos. Hallábase Dercílidas muy apesadumbrado por este accidente, pues comprendía se daría el asalto con menos vigor, cuando llegan mensajeros de los griegos encerrados en la ciudad participándole no estaban conformes con la conducta de su jefe y que preferían servir a los griegos mejor que a los bárbaros. Estaban aún en tratos, cuando llega un enviado del jefe para decir que tal es también su modo de pensar. Inmediatamente Dercílidas, para quien son favorables aquel día las víctimas, pone a sus tropas sobre las armas y las conduce a las puertas de la ciudad, que le son abiertas para que puedan entrar en ella, y dejando allí una guarnición, se dirige en seguida a Escepsis y Gergis.

Midias, que temía la llegada de Farnabazo y que desconfiaba ya de la disposición de ánimo en que se hallaban los ciudadanos, envía mensajeros a Dercílidas diciéndole entrarán en parlamento si le manda rehenes; Dercílidas envía un ciudadano de cada una de las poblaciones aliadas y le invita a escoger el número que bien le parezca: quédase con diez, sale de la ciudad, entra en componendas con Dercílidas y le pregunta qué condiciones pone a su alianza, a lo cual contesta aquel que quiere sean libres e independientes todos los habitantes, diciendo lo cual, avanza en dirección a Escepsis, y Midias, conociendo no puede impedirle la entrada contra el deseo de los ciudadanos, no se opone. Dercílidas, después de haber sacrificado a Minerva en la acrópolis de Escepsis, hace salir la guarnición de Midias y entrega el gobierno de la plaza a los ciudadanos exhortándoles a que se rijan por leyes propias de griegos y de hombres libres; después de lo cual, se dirige a Gergis acompañado de gran número de los de Escepsis, que le tributan toda clase de honores y se alegran con lo que acaba de suceder. Midias, que iba con él, le suplica le entregue la ciudad de Gergis, a lo cual contesta Dercílidas que no le rehusará jamás ninguna cosa justa; pero mientras dice esto, se adelanta con él hasta las puertas de la ciudad seguido de las tropas, que marchan pacíficamente en dos filas. Los vigías apostados en las torres reconocen a Midias, que va con él, y no lanzan un solo dardo. Entonces le dice Dercílidas:

—«Midias, manda abrir las puertas para guiarme y dirigirte conmigo al templo a ofrecer un sacrificio a Minerva.»

Midias vacila, pero por fin, temiendo ser detenido si se opone, da orden para que abran las puertas. Entra Dercílidas en la ciudad, yendo con él Midias, y se dirigen a la acrópolis, ordenando antes a sus soldados estén con las armas a lo largo de los muros mientras ofrece con su acompañamiento el sacrificio a Minerva. Una vez este terminado, da la orden a los guardias de Midias de alinearse en armas a la cabeza del ejército, como si fuesen mercenarios suyos, ya que nada tenía que temer de Midias. Este, vacilante y sin saber qué hacer,

—«Me voy —le dice— para prepararte mi hospitalidad.

—No, por Júpiter —contesta Dercílidas—; me sonrojaría recibiendo de ti la hospitalidad en lugar de ofrecértela yo una vez terminado el sacrificio; quédate, pues, con nosotros, y mientras preparan la comida, examinemos ambos lo que tenemos que hacer uno para otro en conformidad a la justicia.»

Después que se sentaron, comienza Dercílidas a preguntarle:

—«Dime, Midias, ¿te dejó tu padre dueño de cuanto posees?

—Seguramente —contesta.

—Y ¿cuántas casas tenías, cuántos campos y cuántos prados?»

Habiéndolos enumerado Midias, los escepsios que se hallaban presentes, gritan:

—«Este hombre miente, Dercílidas

—Y vosotros —les dice este—, no seáis tan puntillosos.»

Cuando ha detallado todas sus posesiones, vuelve a preguntarle:

—«Dime, ¿de quién dependía Manía?»

Todos exclaman:

—«De Farnabazo.

—Por lo mismo ¿todo lo que tenía era, pues, de Farnabazo?

—Seguramente —contestan.

—Entonces todo nos pertenece, pues Farnabazo es nuestro enemigo y poseemos lo que era suyo. Conducidme, pues, a donde se hallan los bienes de Manía y de Farnabazo.»

Condúcenle entonces a la habitación de Manía, de la cual ha tomado posesión Midias, y este también le sigue. Así que ha entrado Dercílidas, llama a los mayordomos y los hace prender por sus servidores, declarándoles serán degollados inmediatamente si se descubre han robado algo de lo que pertenecía a Manía. Muestran cuanto tienen, y Dercílidas, asegurándose de todo, hace cerrar la casa, pone su sello y establece en ella guardia. Al salir dice a los tribunos y a los capitanes colocados junto a la puerta:

—«Compañeros, tenemos asegurada la paga durante un año a un ejército de 8000 hombres; si encontramos aún algo más, todo eso tendremos.»

Dijo esto conociendo que los que le oyesen serían mucho más obedientes y celosos. Midias le pide entonces:

—«¿Y yo, Dercílidas, dónde deberé habitar?

—En el lugar que te designa la justicia, Midias —le contesta—; en Escepsis, tu patria, y en casa de tu padre.»

CAPÍTULO II.

Después de haber realizado estas cosas y de haber tomado nueve ciudades en ocho días, Dercílidas pensó en los medios de no servir de carga a los aliados invernando en un país amigo, como lo había hecho Tibrón, y al mismo tiempo impedir a Farnabazo inquietase con su caballería a las ciudades griegas. Envía por lo mismo mensajeros a Farnabazo pidiéndole si quiere la paz o la guerra, y este, comprendiendo que Eólida es una temible avanzada para Frigia, donde reside, prefiere una tregua.

Hecho esto, dirígese Dercílidas a Tracia de Bitinia para invernar, lo cual no desagrada en modo alguno a Farnabazo, pues los bitinios le hacían a menudo la guerra, con lo cual Dercílidas toma y saquea con seguridad completa Bitinia y tiene siempre víveres en abundancia. Llégale de la otra orilla un refuerzo de los odrisios, enviado por Seutes, consistente en unos doscientos caballos y trescientos peltastas, cuyas tropas forman su campamento y se atrincheran a unos veinte estadios del ejército griego, y después de pedir a Dercílidas algunos hoplitas para guardar su campamento, emprenden sus correrías, en las que hacen numerosos prisioneros y consiguen rico botín. Hallábase su campo muy lleno de cautivos cuando los bitinios, informados del número de los que salían y del de los centinelas griegos que para su guarda dejaban, reuniéndose en masa peltastas y caballería, caen, al apuntar el día, sobre los hoplitas, que eran unos doscientos, y una vez a tiro, los reciben con flechas y dardos. Los hoplitas, al ver heridos o muertos a sus compañeros sin poder hacer nada por impedírselo la empalizada, que tiene la altura de un hombre, arrancan las estacas y se lanzan sobre el enemigo, que cede donde quiera que le ataquen, por ser fácil a los peltastas burlar la persecución de los hoplitas; no cesan, sin embargo, de arrojar dardos a derecha e izquierda, y a cada salida de los guardias les hacen gran número de bajas, hasta que por fin, acorralados estos últimos como en un establo, son aplastados por el gran número de los enemigos, con excepción de unos quince hoplitas que, viendo lo desesperado de su situación, habían podido escaparse durante el combate sin ser vistos por los bitinios y que consiguen llegar al campamento griego. Matan los bitinios a los guardas de las tiendas de los odrisios tracios y se retiran después de haber recuperado todos los prisioneros, de manera que los griegos, al acudir para prestarles auxilio, no encuentran en el campamento más que los cadáveres completamente despojados de sus vestidos. A su vuelta entierran los odrisios sus muertos, y después de beber sobre sus cuerpos mucho vino, celebran carreras de caballos, acampando desde entonces con los griegos y saqueando e incendiando Bitinia.

Al principio de la primavera[98], partiendo Dercílidas de Bitinia, entra en Lámpsaco. Hallábase aún allí cuando llegan los magistrados lacedemonios Áraco, Naubates y Antístenes para examinar el estado general de los negocios en Asia, y para decir a Dercílidas que debía conservar el mando durante el año siguiente. Los éforos les habían encargado igualmente convocasen a los soldados y censurasen su conducta anterior y alabasen el que en la actualidad no obrasen injustamente con nadie; debían asimismo decirles, que en lo futuro no se les toleraría perjudicasen a nadie, mientras que si obraban justamente con los aliados, sería alabada su conducta. Así, pues, reuniendo a los soldados, les dijeron cuanto se les había encargado; pero el que había sido jefe de las tropas de Ciro les contestó:

—«Ciudadanos de Lacedemonia, nosotros somos hoy lo mismo que éramos antes; pero el jefe que hoy tenemos no es el mismo que era entonces; he ahí por qué no cometemos hoy las mismas faltas, como podéis cercioraros por vosotros mismos.»

Mientras los diputados de Lacedemonia y Dercílidas habitan juntos en una misma tienda, uno del séquito de Áraco cuenta que habían dejado en Lacedemonia mensajeros del Quersoneso que iban a quejarse de que no se podían cultivar las tierras de aquella región a causa de las incesantes correrías de los tracios, y que si se elevaba una muralla de mar a mar, se conseguiría poder gozar de grandes extensiones de buen terreno que podrían cultivar cuantos espartanos quisieran, y añadían que no les admiraría que enviase Lacedemonia algunos de sus ciudadanos con las fuerzas necesarias para realizar este proyecto. Nada dice Dercílidas del plan que ha formado al oír este relato, y les envía entonces a Éfeso para recorrer las ciudades griegas, muy contentos por la seguridad de que las hallarán tranquilas y prósperas. Pónense aquellos en marcha, y Dercílidas, sabiendo que se queda aquel año con el mando, envía nuevamente a pedir a Farnabazo qué prefiere, prolongar la tregua del invierno, o la guerra. Prefiriendo aún aquel la tregua, y habiendo Dercílidas asegurado así la paz para las ciudades limítrofes, cruza el Helesponto con su ejército y pasa a Europa atravesando la parte de Tracia que le es amiga, y recibiendo la hospitalidad del rey Seutes, llega al Quersoneso. Después que reconoce contiene once o doce ciudades, que posee un excelente suelo, favorable a toda clase de cultivo, pero que según se le ha dicho se halla devastado por los tracios, mide el istmo, y averiguando tiene treinta y siete estadios, no vacila ya, ofrece sacrificios a los dioses y hace principiar el muro, señalando a cada soldado el espacio que tiene que construir, y prometiendo brillantes premios a los primeros que terminen su tarea, y recompensas a todos los que de ellas se hagan dignos, con lo cual queda terminada antes del otoño la muralla, que había sido principiada en la primavera, detrás de la cual quedan completamente protegidas once ciudades, varios puertos, gran extensión de excelente tierra cultivable, de campos en pleno cultivo y magníficos y abundantes pastos para toda clase de ganados. Hecho esto, vuelve a pasar a Asia.

Observando la situación de las diferentes ciudades, ve que en general se hallan en plena prosperidad, excepto Atarneo, que halla ocupada por desterrados de Quíos, los cuales, partiendo de esta plaza, saquean y devastan Jonia, viviendo de su rapiña. Aunque informado Dercílidas de que están abundantemente provistos de víveres, acampa alrededor de sus muros y la sitia. A los ocho meses se apodera de ella, y colocando a Dracón de Pelene por gobernador, después de llenar la plaza de toda clase de provisiones con objeto de hacer de ella un descanso para cuando pase por allí, se dirige a Éfeso, que está a tres jornadas de Sardes.

Hasta entonces Tisafernes y Dercílidas, así como los demás griegos y bárbaros de aquellas regiones, habían vivido en paz; pero llega a Lacedemonia una diputación de las ciudades jonias anunciando que si Tisafernes quiere, pueden hacerse independientes las ciudades griegas, y que además, si se inquieta Caria, donde reside Tisafernes, se conseguirá fácilmente el reconocimiento de dicha independencia. Oyendo esto los éforos, mandan a Dercílidas que invada con su ejército Caria, y a Fárax, comandante de las naves, que amenace las costas de dicha comarca. Ejecutan ambos estas órdenes coincidiendo con la llegada de Farnabazo junto a Tisafernes, tanto por haber sido nombrado este general en jefe de las tropas, como con el intento de asegurarle estaba pronto a hacer la guerra mancomunadamente con él y peleando juntos para arrojar a los griegos de los dominios del rey; por lo demás, sufría su amor propio por haberse dado el mando a Tisafernes, y no podía en modo alguno consolarse de la pérdida de Eólida. Tisafernes, después de haberle oído, le dice que comenzarán por dirigirse a Caria, y que después decidirán lo que debe hacerse. Llegados a ella, después de haber dejado suficientes tropas en las guarniciones de las fortalezas, deciden volver a Jonia. Informado Dercílidas de que han pasado nuevamente el Meandro, comunica a Fárax el temor de que Tisafernes y Farnabazo saqueen y devasten el país poco fortificado que tienen que recorrer y atraviesa también él el río. Iban marchando los dos jefes seguidos del ejército, algo en desorden, puesto que creían al enemigo en camino para Éfeso, cuando de pronto ven algunos centinelas subidos en los túmulos funerarios[99], y subiendo también sobre algunos de los túmulos y algunas torres que por allí había, distinguen formados en batalla sobre el camino que deben seguir, a los carios, de blancos escudos, a todo el ejército persa de aquellas comarcas, a las tropas griegas que tenían a sueldo cada uno de los dos sátrapas, y a su caballería, bastante numerosa, con Tisafernes en el ala derecha y Farnabazo en la izquierda.

Al ver esto Dercílidas, manda inmediatamente a los jefes y capitanes hagan formar a toda prisa sus tropas a ocho en fondo y se coloquen a ambos lados los peltastas y caballos en el mayor número posible, y él ofrece un sacrificio. Todas las tropas peloponesias aguantan a pie firme y se preparan para el combate; pero los de Priene, Aquileo, de las islas y de las ciudades jonias, arrojando las armas entre los trigos, pues había espesas mieses en la llanura del Meandro, huyen en gran parte, y cuantos quedan, dejan ver que no sostendrán el choque. Anuncian que Farnabazo da la señal de combate, pero Tisafernes, acordándose del valor con que se batió contra los persas el ejército de Ciro, y creyendo que todos los griegos se parecen a esas tropas, no quiere aventurar el combate, sino que hace decir a Dercílidas desea entrar en parlamento con él: este en seguida, tomando los mejores de su caballería e infantería, se adelanta hacia los mensajeros y les dice:

—«Ya veis que estaba dispuesto a combatir, pero ya que desea Tisafernes parlamentar, no me niego; únicamente es preciso demos y recibamos primero rehenes y garantías de buena fe.»

Aceptada esta proposición, después de realizarla, retíranse los dos ejércitos: el de los bárbaros, a Trales de Caria, y los griegos a Leucofris[100], donde se halla un templo de Diana muy venerado y un lago de más de un estadio de circuito, notable por su arenoso fondo y por el agua continua potable y templada.

Así se pasa este día, y al siguiente reúnense en el lugar indicado y deciden se enuncien por cada cual las condiciones bajo las cuales puede firmarse la paz. Dercílidas propone que reconozca el rey la independencia de las ciudades griegas, y Tisafernes y Farnabazo que el ejército griego evacue el territorio del rey y que retiren los lacedemonios los gobernadores de las ciudades. Aceptado esto, convienen en una tregua que dure mientras Dercílidas comunica las proposiciones a Lacedemonia y Tisafernes al rey.

Mientras se verifica todo esto en Asia bajo el mando de Dercílidas, irritados los lacedemonios desde largo tiempo contra los eleos, porque habían hecho alianza con los atenienses, argivos y mantineos, por haber rehusado admitir a los lacedemonios, bajo pretexto de haberles condenado, en los combates hípicos y gimnásticos, y no solo por esto, sino también porque habiendo Licas entregado su carro a los tebanos, y estos, habiendo sido proclamados vencedores, al adelantarse aquel para coronar al cochero, le dan de palos, a pesar de ser un anciano, y le arrojan de allí, y porque más tarde habiendo Agis sido enviado por un oráculo para sacrificar a Júpiter, se opusieron los eleos y no quisieron procurase obtener una victoria con sus ruegos y plegarias, pretendiendo además que, según una antigua ley de los griegos, no podían estos recurrir al oráculo en una guerra con otros griegos, de manera que Agis tuvo que marchar de allí sin haber podido ofrecer los sacrificios; por todo esto, sobremanera irritados, deciden los éforos y la asamblea hacerles entrar en razón, castigando su osadía. A este efecto envían mensajeros a Élide para declarar que ha parecido justo a los magistrados de Lacedemonia devuelvan los eleos su independencia a las ciudades vecinas; contestan estos que habiendo conquistado por la guerra estas ciudades, no quieren acceder a lo que se les pide, y entonces los éforos les declaran la guerra. A la cabeza de su ejército atraviesa Agis la Acaya e invade la Élide por Lariso[101], pero al momento en que sus tropas entran en territorio enemigo y principian a saquearle, sobreviene un temblor de tierra, por lo cual Agis, considerándolo como un signo divino, saliendo del territorio eleo licencia a su ejército. Desde entonces los eleos se hacen más audaces y envían diputados a todas los ciudades que saben se hallan indispuestas con los lacedemonios.

Al año siguiente[102] decretan los éforos otra expedición contra Élide, y exceptuando a los beocios y corintios, todos los aliados, incluso los atenienses, se ponen a las órdenes de Agis. Penetra Agis en Élide por Aulón[103], y en seguida los lepreatas, abandonando a los eleos, se le unen seguidos de los macistios y epitalios; después de haber pasado el río[104], se le entregan los letrinos, los anfídolos y los marganeos. Dirígese entonces a Olimpia y sacrifica a Zeus olímpico sin que nadie se lo impida. Después de haber sacrificado marcha contra la ciudad, saqueando e incendiando el país, apoderándose de extraordinario número de animales y de esclavos, oyendo lo cual llegan grandes grupos de arcadios y de aqueos para tomar parte espontáneamente en la expedición y en el botín; de manera que esta expedición vino a ser como un abastecimiento para el Peloponeso.

Llegado junto a la población, Agis devasta los suburbios y los gimnasios, notables por su hermosura; y en cuanto a la ciudad, desprovista de murallas, bien se comprende que si no la tomó no fue porque no pudo, sino porque no quiso.

Mientras saquea el país y el ejército esté acampado junto a Cilene, los partidarios de Xenias, de quien se dice haber medido a celemines el dinero heredado de su padre, quieren entregar la ciudad a los lacedemonios, y echándose a la calle espada en mano, degüellan algunos ciudadanos, y entre otros a un hombre parecido a Trasideo, jefe del partido popular, creyendo que era este, con lo cual el pueblo, completamente desanimado, se halla en la inacción: los asesinos creen haber hecho ya cuanto tenían que hacer, y sus cómplices transportan las armas a la plaza pública; pero Trasideo se hallaba aún durmiendo en el mismo sitio en que se había apoderado de él la borrachera. Así que el pueblo sabe que Trasideo no ha muerto, rodeando su casa por todas partes como un enjambre de abejas alrededor de su reina, y después de reunir al ejército, se pone a su cabeza y tiene lugar un combate en el que queda vencedor el pueblo, y los autores del degüello tienen que refugiarse en Lacedemonia.

Agis, al marchar, después de atravesar nuevamente el Alfeo dejando una guarnición en Epitalio junto a este río, con los fugitivos de Élide, y nombrando gobernador a Lisipo, licencia el ejército y regresa a su país. Durante el resto del verano y en el siguiente invierno, Lisipo y los suyos devastan el país de los eleos, y al verano siguiente, Trasideo, mandando mensajeros a Lacedemonia, les participa que consiente en demoler las murallas de Fea y Cilene, y liberar las ciudades trifilias: Frixa y Epitalio, y a los letrinos, anfídolos y marganeos, así como a los acroreos y la ciudad de Lasión, que les disputaban los arcadios, exigiendo, sin embargo, quedarse con Epeo, situada entre Herea y Macisto, que decían haber comprado por treinta talentos, habiéndolos pagado a los que poseían dicha ciudad: pero los lacedemonios, conociendo que es tan injusto tratando con uno más débil, comprar algo por fuerza, como tomárselo con violencia, les obligan también a renunciar a dicha ciudad, sin quitarles la presidencia del templo de Júpiter olímpico aunque no la poseyesen desde mucho tiempo antes, por ser los pretendientes a la misma muy poco idóneos para ella. Hechas estas concesiones, se ajusta un tratado de paz y de alianza entre los eleos y los lacedemonios, y de este modo termina la guerra entre los dos pueblos.

CAPÍTULO III.

Dirígese después Agis a Delfos[105], donde ofrece el diezmo del botín; pero a su regreso a Herea, y siendo ya viejo, se siente enfermo y ordena le lleven a Lacedemonia, donde llega aún vivo, pero donde muere al poco tiempo, haciéndole unos funerales más espléndidos de lo que puede esperar hombre alguno.

Transcurridos los días de luto, cuando debe ser elegido el rey, levántanse rivales pretensiones a la realeza entre Leotíquides, que decía ser hijo de Agis, y Agesilao, hermano de este último. Leotíquides decía[106]:

—«Agesilao, bien sabes que el hijo del rey y no el hermano debe ser elegido, y únicamente si no hay hijos es cuando debe serlo el hermano.

—Pues por eso debo ser rey.

—¿Cómo es posible, si estoy yo aquí?

—Pues muy sencillo, porque aquel a quien tú llamas padre, dice que no eres suyo.

—Pero mi madre, que debe saberlo mejor que él, dice que lo soy.

—Poseidón[107] declara que miente, pues echó a tu padre del tálamo nupcial a la vista de todo el mundo con un temblor de tierra, y este hecho está confirmado por un testigo que se considera el más verdadero de todos, el tiempo, puesto que tú no naciste hasta diez meses después que tu padre huyó del tálamo y no volvió a él.»

He aquí lo que decían; Diópites, hombre muy versado en la interpretación de los oráculos, recuerda en apoyo de Leotíquides un oráculo de Apolo que dice deben guardarse de un rey cojo; pero Lisandro replica en favor de Agesilao, que no cree ordene el dios se guarden de uno que sea verdaderamente cojo, sino de un rey que no fuera de sangre real, porque entonces sería verdaderamente coja la realeza, no descendiendo de Hércules los jefes de la ciudad. Después de haber oído a las dos partes, elige la ciudad por rey a Agesilao.

No había transcurrido aún un año desde que era rey Agesilao, cuando un día, mientras se hallaba ofreciendo para el estado uno de los sacrificios prescritos, el augur exclama, que los dioses indican una conjuración de las más terribles; sacrificando de nuevo, preséntanse aun más funestos los signos, y al sacrificar por tercera vez el rey, le dice el adivino: «Agesilao, parece que estamos rodeados de enemigos; he aquí los signos.» Sacrificase inmediatamente a los dioses protectores y salvadores, y se cesa así que se han obtenido, no sin trabajo, signos favorables. Hacía ya cinco días que estaban terminados estos sacrificios, cuando un hombre denuncia a los éforos una conjuración de la que es jefe Cinadón. Era este un joven de exterior y alma varoniles, pero que no pertenecía a la clase de los iguales[108]. Pídenle los éforos detalles de cómo debe aquella realizarse, y el denunciador refiere que Cinadón le ha conducido a un extremo de la plaza pública y le ha mandado contara el número de los espartanos que se hallaban en ella.

—«Y yo —dijo—, después de haber contado el rey, los éforos, los senadores y algunos otros, en número de unos cuarenta, pregunté: ¿Por qué, Cinadón, me has hecho contar toda esa gente? A lo cual me contestó: Debes considerar a todos estos como enemigos; todos los demás que se encuentran sobre la plaza pública, en número de más de cuatro mil, puedes considerarlos, por el contrario, como aliados.»

Después añade que Cinadón le ha enseñado en las calles unas veces uno y otras veces dos a quienes daba el nombre de enemigos, mientras que todos los demás, decía, eran amigos y del propio modo de los espartanos que están en el campo, pues siendo enemigo el dueño, todos los demás son aliados. Los éforos le preguntan cuál puede ser el número de los conjurados, y contesta que también sobre este punto le ha dicho Cinadón que los jefes tienen únicamente un pequeño número de auxiliares, pero que les son completamente fieles los hilotas, los neodamodes, las clases inferiores y los periecos. Cada vez que entre esta gente la conversación gira sobre los espartanos, ninguno de ellos puede ocultar que les sería agradable el comérselos crudos. Pídenle también:

—«Pero ¿cómo pensabais procuraros armas?»

Y él contesta:

—«Los jefes de nuestra conspiración dicen siempre que poseen las armas necesarias.»