ESCENA III

DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO

DOÑA MATILDE. ¡Estos criados antiguos, que nos han visto nacer, se toman siempre unas libertades!…

DON EDUARDO. En justo pago de las cometas que nos han hecho, o de las muñecas que nos han arrullado. Y éste me parece además muy buen sujeto.

DOÑA MATILDE. ¡Oh, muy bueno!… ¡Si viera usted la ley que nos tiene … y lo que le queremos todos! ¡Pobre Bruno! Cuando estuvo el invierno pasado tan malo, ni un instante me separé yo de la cabecera de su cama.

DON EDUARDO. Con qué gusto oigo a usted eso, ¡Matilde mía!

DOÑA MATILDE. Nada tiene de particular; sin embargo, una cosa es que sus vejeces me desesperen tal cual vez, y otra cosa es que…. ¡Ay Dios, y qué temblor me ha dado!

DON EDUARDO. ¿Está usted sin almorzar?

DOÑA MATILDE. Por supuesto.

DON EDUARDO. Entonces es algún frío que ha cogido el estómago, y….

DOÑA MATILDE. Entonces también temblaría usted, porque es bien seguro que tampoco habrá usted tomado nada.

DON EDUARDO. Sí, por cierto; he tomado, según mi costumbre, una jícara de chocolate, con sus correspondientes bollos y pan de Mallorca.

DOÑA MATILDE. ¡Chocolate y pan de Mallorca en un día como éste!

DON EDUARDO. ¿Es requisito acaso el pedir la novia en ayunas?
(Sonriéndose)

DOÑA MATILDE. No; ciertamente que no … con todo hay ocasiones en que uno debe estar tan absorbido, que necesariamente olvida cosas tan vulgares como el almorzar y el comer. A lo menos yo hablo por mí, y puedo asegurar a usted que ni siquiera ha pasado esta mañana por mi cabeza el que había cacao en Caracas. ¡Ay, Eduardo, está usted demasiado tranquilo!

DON EDUARDO. No veo el por qué había yo de estar fuera de mí cuando me lisonjeo con la esperanza de que su padre de usted, que es íntimo amigo de mi tío, me concederá esa linda mano, en cuya posesión se cifra toda mi felicidad.

DOÑA MATILDE. ¿Y si se la niega a usted?

DON EDUARDO. Si usted hubiera permitido alguna vez que la informara de mi posición, de mi familia, como en varias ocasiones lo he intentado en balde, comprendería usted ahora si tengo o no motivo para no temer el éxito de mi negociación; pero nunca me ha dejado usted hablar en esta materia, no sé por qué, y así….

DOÑA MATILDE. Porque ni entonces quise, ni ahora quiero oír hablar de intereses ni parentescos. Eso queda bueno cuando se trata de esos monstruosos enlaces que se ven por ahí, en donde todo se ajusta como libra de peras, y en donde se quiere averiguar antes si habrá luego que comer, o si habrá con que educar los hijos que vendrán, o que quizá no vendrán. ¿Y yo había de pensar en eso? No, Eduardo, no; yo le quiero a usted, más que a mi vida, pero sólo por usted, créame usted, por usted solo.

DON EDUARDO. ¡Matilde mía!