ESCENA III
DOÑA MATILDE, BRUNO Y DESPUÉS DON EDUARDO
BRUNO. ¿Está usted sola? (Entreabriendo la puerta)
DOÑA MATILDE. Sí, ¿qué hay?
BRUNO. ¿Qué hay?… lo de siempre … que el Sr. D. Eduardo está ya ahí con ganas de parleta, y que yo, como me han hecho ustedes, velis nolis, su corre ve y dile, me adelanto a reconocer el campo.
DOÑA MATILDE. ¿Dónde le dejas?
BRUNO. En el descanso de la escalera.
DOÑA MATILDE. Que suba … y tú, oye.
BRUNO. Suba usted caballerito … y yo oigo.
DOÑA MATILDE. Es necesario que te pongas en el cancel de esa puerta (A Bruno) y que nos avises de cualquier ruido que adviertas en el cuarto de papá, no sea que salga y nos sorprenda.
DON EDUARDO. ¿Qué tenemos, Matilde mía?
DOÑA MATILDE. Nada bueno, Eduardo; papá me acaba de asegurar que jamás me dará su consentimiento.
DON EDUARDO. ¡Será posible!
DOÑA MATILDE. Y tanto como lo es … me ha dicho también mil horrores de usted….
DON EDUARDO. ¡De mí!
DOÑA MATILDE. En primer lugar, y según costumbre, que era usted pobre.
DON EDUARDO. Pero usted le habrá respondido, según costumbre….
DOÑA MATILDE. Lo bastante para indicarle que esto es la mayor perfección que usted tiene a mis ojos.
DON EDUARDO. Muchas gracias.
DOÑA MATILDE. En seguida se ha ensangrentado con la familia de usted … con su persona … vamos, le aborrece a usted con sus cinco sentidos … ¡ya ve usted si es injusticia!
DON EDUARDO. ¿Y ya ve usted si me lo parecerá a mí?
DOÑA MATILDE. Así confieso que ya no me queda esperanza alguna.
DON EDUARDO. Ni a mí tampoco … verdad es que nunca la tuve … de ahí que no me haya dormido, y que si usted quiere….
DOÑA MATILDE. Explíquese usted.
DON EDUARDO. Sepa usted que si bien es cierto que he gastado hasta el último real que poseía, también lo es que ya tengo todo listo para nuestro casamiento … dispensa, cura, testigos, cuarto en que vivir, un poco alto sin duda … como que está en un quinto piso … pero en buena calle … en la calle del Desengaño … en fin, nada falta … sino que usted se decida … y dentro de media hora….
DOÑA MATILDE. ¡De media hora!
DON EDUARDO. Nos sobra aún tiempo, porque ni usted necesita más de diez minutos para prepararse, ni yo más de veinte para dar mis últimas órdenes, volver a esta calle, aprovechar el primer momento en que no pase gente, avisar a usted de ello con tres palmadas, recibirla cuando baje y conducirla en dos brincos a la iglesia, cuya puerta, por fortuna, tenemos casi enfrente de esa reja.
DOÑA MATILDE. No decía yo eso, sino que tanta precipitación … estas cosas, Eduardo, necesitan siempre pensarse algo.
DON EDUARDO. ¡Al revés Matilde! estas cosas, si se piensan algo no se hacen nunca … porque … ya ve usted … a cada paso ocurren nuevas dificultades. Se trasluce entretanto el proyecto … se suscitan persecuciones … hay encierros a pan y agua en calabozos subterráneos, hay vapuleo no pocas veces … y si desgraciadamente hubiera esto para nosotros, no sé yo luego cómo nos habíamos de casar.
DOÑA MATILDE. ¡Oh! Eso es muy cierto … dígalo si no Ofelia … la del castillo negro.
DON EDUARDO. Y Malvina, y Etelvina, y Coralina, y otras mil víctimas desaventuradas de la injusticia paterna, a quienes han enterrado con palma por andarse en miramientos. Conque vamos Matilde mía, ¿qué resuelve usted? Mire usted que cada instante se pierde….
DOÑA MATILDE. No sé lo que haga … salirse una así de su casa sin….
DON EDUARDO. Pues si no, ¿qué otro camino tenemos? A menos que usted, arredrada con los peligros que pueden amenazarnos, no se arrepienta de sus juramentos y….
DOÑA MATILDE. ¡Yo arredrada! ¡yo arrepentida! No creía yo que me calumniara usted de ese modo, Eduardo, después de tantas pruebas como le tengo a usted dadas de mi amor….
DON EDUARDO. No es que yo dude … ¿ni cómo había de dudar … cuando esta misma mañana … allí … delante de aquel cuadro de Atala moribunda, me prometió usted casarse conmigo y seguirme, aunque fuera al fin del mundo? sino que … haciendo una hipótesis casi imposible, decía….
DOÑA MATILDE. Dichoso usted que tiene la cabeza para hipótesis … no me sucede a mí otro tanto … y si al cabo cedo a las instancias de usted….
DON EDUARDO. ¿Cede usted a mis instancias? ¡Oh! ¡qué ventura!
DOÑA MATILDE. Sí, hombre injusto; y para ceder mejor a ellas cierro los ojos sobre todas las consecuencias … diga usted ahora que soy tímida, o que soy….
DON EDUARDO. Digo, Matilde, que es usted una hembra extraordinaria … una verdadera heroína de novela … y arrojándome a sus pies protesto.
BRUNO. Que el amo bosteza. (Sin dejar su puesto)
DON EDUARDO. ¡Caramba! si se fastidia de estar solo y sale … no, no…. (Levantándose) aprovechemos los momentos … ahora son las ocho de la noche … conque así, Matilde, a las ocho y media me tiene usted al pie de aquella reja.
DOÑA MATILDE. Bueno; entonces ya me tendrá usted también pronta.
DON EDUARDO. No olvide usted la seña, tres palmadas mías.
DOÑA MATILDE. Me parece mejor que intercale usted entre la segunda y la tercera un gran suspiro para que no sea tan fácil el que yo pueda equivocarme, si acaso hubiera otra intriga amorosa en la calle.
DON EDUARDO. Observación muy prudente … suspiraré entre la segunda y la tercera.
DOÑA MATILDE. Pues lo demás déjelo a mi cargo, que Bruno y yo dispondremos el cómo burlar la vigilancia de mi padre.
DON EDUARDO. No hay más que hablar. Adiós bien mío.
DOÑA MATILDE. Adiós.
DON EDUARDO. Ah, se me pasaba el recomendar a usted que no traiga consigo alhaja alguna, ni dinero ni cosa que lo valga, porque dirían que yo….
DOÑA MATILDE. Pierda usted cuidado … una muda o dos cuando más, con las cartas que usted me ha escrito, el retrato de Atala, la sortija de alianza, y la rosa que usted me dió en el primer rigodón que bailamos juntos, y que conservo en polvo, envuelta en un papel de seda; esto es todo lo que pienso llevar.
DON EDUARDO. Ni necesita usted más. Adiós otra vez.