ESCENA PRIMERA

DOÑA MATILDE Y DON EDUARDO

DOÑA MATILDE. ¡Lo que tarda en encenderse esta lumbre!

DON EDUARDO. Si no soplas derecho.

DOÑA MATILDE. Será culpa del fuelle.

DON EDUARDO. Mira cómo se va el aire por los lados.

DOÑA MATILDE. ¡Ay! que no puedo más.

DON EDUARDO. Vaya, se conoce que éste es el primer brasero que enciendes en tu vida … dame, dame el fuelle.

DOÑA MATILDE. Tómale enhorabuena … y despáchate, por Dios, que me siento muy débil.

DON EDUARDO. Ya lo creo; no cenaste anoche.

DOÑA MATILDE. ¡Qué descuido el tuyo!… no tener siquiera un bocado de pan en casa.

DON EDUARDO. Como nunca tienes apetito en semejantes días….

DOÑA MATILDE. Ya, pero … ¿y tú?

DON EDUARDO. Oh, lo que es por mí no te inquietes, y si no te enfadaras te confesaría….

DOÑA MATILDE. ¿Qué?

DON EDUARDO. Que por lo que podía tronar, me forré el estómago con un buen par de chuletas antes de ir a buscarte.

DOÑA MATILDE. ¡Pues estuvo bueno el chiste!

DON EDUARDO. Ya pienso que puedes arrimar la chocolatera al fuego.

DOÑA MATILDE. ¡Y qué enorme armatoste!

DON EDUARDO. ¿Sabrás hacer chocolate?

DOÑA MATILDE. Creo que se echa primero el chocolate partido a pedazos….

DON EDUARDO. No me parece que es eso….

DOÑA MATILDE. Entonces echaré primero el agua….

DON EDUARDO. Tampoco.

DOÑA MATILDE. Pues no hay más que echar las dos cosas a un tiempo.

DON EDUARDO. Dices bien … y una onza entera, otra partida … así no podemos errarla de mucho … pon más agua.

DOÑA MATILDE. ¡Si le he puesto cerca de un cuartillo!

DON EDUARDO. Y ¿qué es un cuartillo para dos jícaras?… llena la chocolatera, llénala.

DOÑA MATILDE. ¡Hombre!

DON EDUARDO. Llénala, y no empecemos con economías.

DOÑA MATILDE. Ya lo está.

DON EDUARDO. Divinamente; y volviendo a lo de anoche, ¿creerás, Matilde, que todavía me río al recordar lo asustada que estabas durante la ceremonia?

DOÑA MATILDE. Pues mira, mayor fué, si cabe, mi congoja al subir esta eterna escalera a tientas, al tardar diez minutos en acertar con el agujero de la llave, al encontrarme después sola y sin luz en este aposento desconocido y frío, sin atreverme a dar un paso por no tropezar con algún mueble, hasta que volviste con el candelero que te prestó la vecina.

DON EDUARDO. ¡Bendita vecina!… por ella nos escapamos anoche sin un chichón cada uno cuando menos, y a fe que hubiera sido de mal agüero.

DOÑA MATILDE. Ya empieza a hervir el agua.

DON EDUARDO. Y también deduzco del gesto que hiciste involuntariamente al entrar yo con la luz y recorrer tú con la vista el cuarto en que te hallabas, que te sorprendió en gran manera su pelaje.

DOÑA MATILDE. ¡Qué disparate!

DON EDUARDO. Vaya, la verdad. ¿No esperabas hallar otra cosa?

DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es eso….

DON EDUARDO. ¿No esperabas el que los muebles, aunque pocos y sin embutidos, fueran siquiera de caoba y nuevos? el que hubiera cortinas de muselina blanca, aunque sin guarniciones ni flecos?

DOÑA MATILDE. No, eso no … ya sé yo que la caoba y la muselina no se han hecho para casas pobres … pero hay muebles bastante bonitos de cerezo o de nogal … hay cortinas muy baratas de percal o de zaraza … y si juntas a eso unas paredes recién blanqueadas, unos pisos muy fregados, unas ventanas con sus correspondientes tiestos de flores, y otras bagatelas semejantes que cuestan poco o nada, resultará de todo cierta elegancia en la misma pobreza, que….

DON EDUARDO. Dime, Matilde, ¿has entrado en muchas casas pobres?

DOÑA MATILDE. En la de la vieja de la Alameda….

DON EDUARDO. Ya me lo sospechaba yo….

DOÑA MATILDE. Y además he leído mil descripciones muy verídicas, y por ellas….

DON EDUARDO. ¡Que se va el chocolate!

DOÑA MATILDE. ¿Qué dices?

DON EDUARDO. Quítalo presto de la lumbre.

DOÑA MATILDE. ¡Ay!

DON EDUARDO. ¿Te quemaste?

DOÑA MATILDE. Todo el dedo meñique.

DON EDUARDO. ¡Qué desgracia!

DOÑA MATILDE. No es eso lo peor, sino que como me dolía solté la chocolatera, y….

DON EDUARDO. ¿Y se habrá apagado el fuego?

DOÑA MATILDE. Completamente.

DON EDUARDO. ¡Cómo ha de ser! En encendiéndola otra vez….

DOÑA MATILDE. ¡Otra vez!

DON EDUARDO. Aquí tengo las dos onzas restantes….

DOÑA MATILDE. ¡Pero eso de soplar otra hora y media!…

DON EDUARDO. ¿Qué remedio tiene? a menos que no prefieras el que cada cual se coma cruda la onza que le corresponde….

DOÑA MATILDE. Ello todo es chocolate.

DON EDUARDO. Y en bebiendo luego un buen vaso de agua….

DOÑA MATILDE. Así tendremos también más lugar para hablar de nuestras cosas.

DON EDUARDO. Para establecer desde luego nuestro método de vida.

DOÑA MATILDE. Y el empleo de las horas del día. Ea, pues, venga mi onza, y sentémonos.

DON EDUARDO. Tómala, y sentémonos … ¿en qué piensas?

DOÑA MATILDE. En nada … en que papá estará ahora desayunándose, y….

DON EDUARDO. También nosotros … más frugalmente … pero….

DOÑA MATILDE. ¡Oh! lo que es por eso … en estando a tu lado … y la ventaja de no tener criados que nos murmuren, ni sibaritas que nos importunen con sus visitas….

DON EDUARDO. ¿Qué habíamos de tener?

DOÑA MATILDE. Disfrutando en cambio de independencia y de tranquilidad.

DON EDUARDO. Por supuesto.

DOÑA MATILDE. Y esto de vivir tranquilos, Eduardo, esto de que nadie venga a desencantarnos con su odiosa presencia en uno de aquellos momentos deliciosos.

DON EDUARDO. ¡Calla! ¿Llamaron?

DOÑA MATILDE. Creo que sí.

DON EDUARDO. Habla bajo.

DOÑA MATILDE. Pero que….

DON EDUARDO. Más bajo.

DOÑA MATILDE. ¿Quieres que abra?

DON EDUARDO. No, no … pero ve de puntillas, y mira si por la rendija puedes atisbar quién es.

DOÑA MATILDE. Voy … es un viejecito barrigoncito, con calzones de pana y medias rayadas.

DON EDUARDO. ¡Él es!

DOÑA MATILDE. ¿Quién dices?

DON EDUARDO. El diablo.

DOÑA MATILDE. ¡Jesús mil veces!

DON EDUARDO. O el casero, que es lo mismo … ¿dónde me esconderé?

DOÑA MATILDE. ¡Esconderte!

DON EDUARDO. Allí … debajo de la cama … y tú abre luego, y dile que he salido muy temprano, y que no volveré hasta la noche.

DOÑA MATILDE. Eduardo….

DON EDUARDO. Abre ya … antes que nos rompa la puerta. (Al meterse debajo de la cama)

DOÑA MATILDE. Pero, Eduardo, no entiendo….

DON EDUARDO. Abre, abre. (Se mete enteramente)

DOÑA MATILDE. ¡Dios mío! ¿Qué querrá decir esto?