ESCENA VII
DON PEDRO Y DON EDUARDO
DON PEDRO. Pues, y como le iba a usted diciendo, Sr. D. Eduardo, yo soy demasiado buen padre para pretender … luego, ya voy a viejo, estoy viudo, no tengo más que esta hija … a la que quiero como a las niñas de mis ojos … no soy además amigo de lloros ni tristezas dentro de casa, y en suma….
DON EDUARDO. Si tiene usted en todo mil razones.
DON PEDRO. Y en suma, ella hará lo que quiera, como lo hace siempre; aunque eso no quita el que la chica sea muy dócil, y muy bien criada, y muy temerosa de Dios….
DON EDUARDO. ¡Y es tan bonita!
DON PEDRO. Y el que es muy buena hija, y será muy buena mujer propia.
DON EDUARDO. Oh, excelente, excelente.
DON PEDRO. Y si llega a ser madre….
DON EDUARDO. Por supuesto, ¿no quiere usted que llegue?
DON PEDRO. Tendrá hijos a su vez, y será también muy buena madre, no lo dude usted, Sr. D. Eduardo….
DON EDUARDO. ¡Qué he de dudar yo eso Sr. D. Pedro! ¡Poco enamorado estoy a fe mía para dudar ahora de nada!
DON PEDRO. Es que no crea usted que es el primero a quien yo le digo todo esto, no señor, y otro tanto, sin quitar ni poner, le dije a mi sobrino Tiburcio hará ahora unos cuatro meses, cuando se quiso casar con su prima.
DON EDUARDO. Que fué sin duda la que se opuso al enlace, ¿eh?
DON PEDRO. ¡Quién había de ser! Y por más señas, que aunque no estuvo el tal enlace tan adelantado como el que seis meses antes tuvimos entre manos, lo estuvo sin embargo lo bastante para dar después mucho que hablar a la gente ociosa.
DON EDUARDO. ¿Y dice usted que hubo otro seis meses antes que lo estuvo más?
DON PEDRO. Cien veces más, con el vizconde del Relámpago, un caballero andaluz, maestrante de la de Ronda … con no sé cuántos millares de pinares, pegujares y lagares … hombre muy bien nacido, y que yo….