I
«No consiste la fuerza en echar por tierra[[55-1]] al enemigo, sino en
domar la propia cólera,»—dice una máxima oriental.
«No abuses de la victoria,»—añade un libro de nuestra
religión.
05 «Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale
hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza
nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin hacer
agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque,
aunque los atributos de Dios son todos iguales, más resplandece
10 y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el de la justicia,»
aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.[[55-2]]
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo
también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos
complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos
15 heroicos de los españoles durante la Guerra de la Independencia,[[55-3]]
y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los
invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el
corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos
sublime y profundamente cristiano:—el amor a nuestro prójimo;—sentimiento
20 que, si por congénita desventura de la humana
especie, ha de transigir[[55-4]] con la dura ley de la guerra,
puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fué el siguiente, según que[[55-5]] me lo han contado
personas dignas de entera fe, que intervinieron en él muy de
25 cerca[[55-6]] y que todavía andan por el mundo.—Oíd sus palabras
textuales.
(p56)