II

—Buenos días, abuelo[[56-1]] ...—dije yo.

—Dios guarde a V., señorito ...—dijo él.

—¡Muy solo va V. por estos caminos!...

—Sí, señor. Vengo de las minas de Linares,[[56-2]] donde he estado
05 trabajando algunos meses, y voy a Gádor[[56-3]] a ver a mi familia.
—¿Usted irá[[56-4]]...?

—Voy a Almería[[56-5]]..., y me he adelantado un poco a la
galera[[56-6]] porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas
de Abril.—Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo
10 llegue....—Puede V. continuar.—Yo seguiré leyendo entretanto,
supuesto que el escaso andar de esa infame galera le
permite a uno estudiar en mitad de los caminos....

—¡Vamos! Ese libro es alguna historia....—Y ¿quién
le ha dicho a V. que yo rezaba?

15 —¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero[[56-7]] y
santiguarse!

—Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?)[[56-8]]
Rezando iba....—¡Cada uno tiene sus cuentas con
Dios!

20 —Es mucha verdad.

—¿Piensa V. andar largo?[[56-9]]

—¿Yo?—Hasta la venta....

—En este caso, eche V. por esa vereda[[56-10]] y cortaremos
camino.

25 —Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.—Bajemos
a ella.

Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí
a un pintoresco barranco.

Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como
30 la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del
Mediterráneo.
(p57)
Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero
se paró de pronto.

—¡Cabales!—exclamó.

Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.

05 Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la
orilla de un hermoso torrente.

—¡A ver,[[57-1]] abuelito!... (dije, sentándome sobre la hierba.)
Cuénteme V. lo que ha pasado aquí.

—¡Cómo!¿Usted sabe....—replicó él, estremeciéndose.

10 —Yo no sé más ... (añadí con suma calma), sino que aquí
ha muerto un hombre...; ¡y de mala muerte, por más
señas![[57-2]]

—¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted!—Pero
¿quién le ha dicho...?

15 —Me lo dicen sus oraciones de V.

—¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.

Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que
había sido siempre hombre honrado.—Casi lloraba, y su rezo
era tranquilo y dulce.

20 —Siéntese V.[[57-3]] aquí, amigo mío....—le dije, alargándole
un cigarro de papel.[[57-4]]

—Pues verá V., señorito....—Vaya,[[57-5]] ¡muchas gracias!— ¡Delgadillo[[57-6]]
es!...

—Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso—añadí,
25 dándole otro cigarro.

—¡Dios se lo pague a V.!—Pues, señor ... (dijo el viejo,
sentándose a mi lado): hace cuarenta y cinco años que una
mañana muy parecida a ésta, pasaba yo casi a esta hora por
este mismo sitio....

30 —¡Cuarenta y cinco años!—medité yo.

Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma.—¿Dónde
estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras?—¡Sobre
la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta
inviernos!
(p58)
Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas,[[58-1]] encendió
el cigarro y continuó de este modo:

—¡Flojillo es![[58-2]]—Pues, señor, el día que le digo a usted,
venía yo de Gérgal[[58-3]] con una carga de barrilla, y al llegar al
05 punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda,
me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero
a un polaco.[[58-4]]—En aquel entonces era cuando estaban aquí los
primeros franceses, no los del año 23,[[58-5]] sino los otros....

—¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la
10 Independencia.

—¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!

—¡Yo lo creo!

—¡Ah, sí! Estará apuntado[[58-6]] en ese libro que venía V. leyendo.—Pero
¡ca! ¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan[[58-7]]
15 los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente
se lo cree a puño cerrado![[58-8]]—¡Ya se ve! ¡Es necesario tener
tres duros y medio[[58-9]] de vida, como yo los tendré en el mes de
San Juan,[[58-10]] para saber más de cuatro cosas!—En fin, el polaco
aquel[[58-11]] servía a las órdenes de Napoleón ...—del bribonazo[[58-12]]
20 que murió ya....—Porque ahora dice el señor Cura que hay
otro[[58-13]] ...—Pero yo creo que ése no vendrá por estas tierras....—¿Qué
le parece a V., señorito?

—¿Qué quiere V. que yo le diga?

—¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de
25 estas cosas....—¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy
instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente[[58-14]]
y vendrán a Gádor[[58-15]] los rusos y moscovitas[[58-16]] a quitar la
Constitución[[58-17]]....—Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!...—Conque
vuelvo a la historia de mi polaco.

30 El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana,[[58-18]] mientras
que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería.—Tenía
calenturas, según supe[[58-19]] más tarde....—Una vieja
lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo....
(¡Muchos años de gloria llevará[[58-20]] ya la viejecita por(p59)
aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía,
guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba[[59-1]]....

Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que
iban a reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a
05 encender un cigarro en el candil[[59-2]] de aquella solitaria vivienda,
descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un rincón, profería
palabras de su idioma en el delirio de la calentura.

—¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles).
Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos
10 un empleo.

Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la
viejecita, llevaba[[59-3]] ya seis meses de tercianas, y estaba muy débil,
muy delgado, casi hético.

La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero
15 no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media
hora[[59-4]]....

Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de «patriotismo».
—¡Todavía no se me ha olvidado[[59-5]] esta palabra, que antes no
había oído pronunciar nunca!

20 En cuanto al[[59-6]] polaco, figúrese V. cómo miraría[[59-7]] aquel lance.
—Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas que
salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían reír
a los dos militares.

—¡Cállate, didon,[[59-8]] perro, gabacho![[59-9]]—le decían.

25 Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.

Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio
desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose...,
¡anduvo el infeliz cinco leguas!...

¡Cinco leguas, señor!...—¿Sabe V. los pasos que tienen
30 cinco leguas?—Pues es desde Fiñana hasta aquí....—¡Y a
pie!... ¡descalzo!...

¡Piénselo V.!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y
blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de
tercianas!... ¡y con la terciana en aquel momento mismo!...
(p60)
—¿Cómo pudo resistir?

—¡Ah! ¡No resistió!...

—Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?

—¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!...

05 —Prosiga V., abuelo.... Prosiga V.

—Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre,[[60-1]]
para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino.
Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate
de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro[[60-2]] negro de los
10 de entonces....

Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con
la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos
rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos
llameantes, pero caídos...: ¡hecho,[[60-3]] en fin, un Cristo en la
15 calle de la Amargura[[60-4]]!...

¡Mí querer morir![[60-5]] ¡Matar a mi, por Dios!—balbuceaba
el extranjero con las manos cruzadas.

Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban
franchute,[[60-6]] didon y otras cosas.

20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[[60-7]] al
suelo.

Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a
Dios.

Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse
25 de nuevo.

Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y
morir....

Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que
muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como
30 he dicho, estaba cargado de barrilla.

—¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los
fusiles.)—¡Suba V ese mulo![[60-8]]

Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
(p61)
—¿Dónde va V.?[[61-1]]—me preguntaron cuando hube subido.

—Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes
están haciendo es una inhumanidad!

—¡Fuera sermones!—gritó uno de los verdugos.

05 —¡Un arriero afrancesado!—dijo el otro.

—¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!

La culata de un fusil cayó sobre mi pecho....

¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi
padre!

10 —¡No irritar, no incomodar!—exclamó el polaco, asiéndose
a mis pies; pues había caído de nuevo en tierra.

—¡Descarga la barrilla!—me dijeron los soldados.

—¿Para qué?

—Para montar en el mulo a este judío.[[61-2]]

15 —Eso es otra cosa.... Lo haré con mucho gusto.

Dije, y me puse a descargar.

No..., no..., no.... (exclamó Iwa.) ¡Tú dejar
que me maten!

—¡Yo no quiero que te maten, desgraciado!—exclamé,
20 estrechando las ardientes manos del joven.

¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios!...

—¿Quieres que yo te mate?

¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

25 Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera
conmovido a una piedra:

—¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro[[61-3]] español, que
ama tanto como el que más[[61-4]] a nuestra patria, es quien os suplica.
—¡Dejadme solo con este hombre!

30 —¡No digo que es afrancesado!—exclamó uno de ellos.

—¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que
me dices![[61-5]] ¡Mira que te rompo la crisma![[61-6]]

—¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.)
Yo no temo a la muerte.[[61-7]]—¡Sois dos infames sin corazón!(p62)
¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo
inerme!... ¡Sois unos cobardes!—Dadme uno de esos
fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero
dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.—¡Ay!
05 (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si,
como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán
en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él,
solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en[[62-1]] que
este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que
10 será un quinto[[62-2]] robado a su familia para servir a la ambición de
un Rey..., ¡qué diablo![[62-3]] vosotros le perdonaríais....— ¡Si;
porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco
es un hombre, un hermano vuestro!—¿Qué ganará España
con la muerte de un tercianario? ¡Batíos[[62-4]] hasta morir con
15 todos los granaderos de Napoleón; pero que sea[[62-5]] en el campo
de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido;
sed cristianos, no seáis[[62-6]] verdugos!

—¡Basta de letanías![[62-7]]—dijo el que siempre había llevado
la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza
20 de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de
su cadáver.

—Compañero, ¿qué hacemos?[[62-8]]—preguntó el otro, medio
conmovido con mis palabras.

—¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!

25 Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus
movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.

Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.

Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya
el mártir.

30 En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas
de los fusiles.

El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que
guardó en el bolsillo.

¡Era la credencial del empleo que deseaba!
(p63)
Después desnudó a Iwa, y le robó ... hasta cierto medallón
(con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.

Entonces se alejaron hacia Almería.

Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde
05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que
estaba malo.[[63-1]]

Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad,
que me puso a las puertas de la muerte.

—Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V.
10 cómo se llamaban?

—No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la
viejecita que cuidó al polaco, supe[[63-2]] que uno de los dos españoles
tenía el apodo de Risas, y que aquél era justamente el
que había matado y robado al pobre extranjero.

15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al
camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos
el uno del otro.— ¡Habíamos llorado juntos!