II

30 Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica,
García de Paredes y sus convidados corrían la francachela[[34-10]] más
alegre y desaforada que os podáis figurar.
(p35)
Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a
la mesa, todos ellos jefes y oficiales.

García de Paredes contaría[[35-1]] cuarenta y cinco años; era
alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase[[35-2]] que su
05 piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a
la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía
algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las
descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas
entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte
10 al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente
alguna vez,[[35-3]] pero sin alterarse; que devoran todo lo que
cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido
sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo
busca la imaginación en los mares antípodas.

15 La cena era abundante, el vino bueno, la conversación
alegre y animada.

Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban,
comían y bebían a un mismo tiempo.

Quién[[35-4]] había contado los amores secretos de Napoleón;
20 quién la noche del 2 de Mayo[[35-5]] en Madrid; cuál[[35-6]] la batalla de
las Pirámides;[[35-7]] cuál otro la ejecución de Luis XVI.[[35-8]]

García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o
quizás más que ninguno;[[35-9]] y tan elocuente había estado en favor
de la causa imperial, que los soldados del César[[35-10]] lo habían
25 abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.

—¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os
hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros,
hijos de la Revolución, venís a sacar a España[[35-11]] de su tradicional
abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas,
30 a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas
e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay
otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás
virtudes católicas son quijotescas[[35-12]] locuras, impropias de un pueblo
civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el (p36)
redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....»
¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!

—¡Bravo, vítor!—exclamaron los hombres del 2 de Mayo.

El boticario inclinó la frente con indecible angustia.

05 Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.

Bebióse un vaso de vino, y continuó:

—Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un
Sansón,[[36-1]] un Hércules, un Milón de Crotona,[[36-2]] mató doscientos
franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que
10 no era tan afrancesado como yo! ¡Adiestróse en las lides contra
los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo
Rey Católico,[[36-3]] y montó más de una vez la guardia en el Quirinal,[[36-4]]
siendo Papa nuestro tío Alejandro Borja![[36-5]] ¡Eh, eh!
¡No me hacíais tan linajudo!—Pues este DIEGO GARCÍA DE
15 PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente
boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por
asalto en Cerinola, y peleó como bueno[[36-6]] en la batalla de Pavía![[36-7]]
¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha
estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó
20 hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra
cabeza, y a quien llaman Murat![[36-8]]

Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron
querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo
a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un
25 vaso, y exclamó con voz atronadora:

—¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era
un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos
infiernos!—¡Vivan los franceses de Francisco I[[36-9]] y de Napoleón
Bonaparte!

30 —¡Vivan!...—respondieron los invasores, dándose por
satisfechos.

Y todos apuraron su vaso.

Oyóse en esto[[36-10]] rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta
de la botica.
(p37)
—¿Habéis oído?—preguntaron los franceses.

García de Paredes se sonrió.

—¡Vendrán[[37-1]] a matarme!—dijo.

—¿Quién?

05 —Los vecinos[[37-2]] del Padrón.

—¿Por qué?

—¡Por afrancesado!—Hace algunas noches que rondan mi
casa....—Pero ¿qué nos importa?—Continuemos nuestra
fiesta.

10 —Sí ... ¡continuemos! exclamaron los convidados.
¡Estamos aquí para defenderos!

Y chocando ya botellas contra botellas, que no[[37-3]] vasos contra
vasos.

—¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando![[37-4]] ¡Muera Galicia![[37-5]]—gritaron
15 a una voz.

García de Paredes esperó a que[[37-6]] se acallase el brindis, y
murmuró con acento lúgubre:

—¡Celedonio!

El mancebo[[37-7]] de la botica asomó por una puertecilla su cabeza
20 pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.

—Celedonio, trae papel y tintero—dijo tranquilamente el
boticario.

El mancebo volvió con recado de escribir.[[37-8]]

—¡Siéntate! (continuó su amo.)—Ahora, escribe las cantidades
25 que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas.
Encima de la columna de la derecha, pon: Deuda,[[37-9]] y encima
de la otra: Crédito.

—Señor ... (balbuceó el mancebo.)—En la puerta hay
una especie de motín.... Gritan ¡muera el boticario!...
30 Y ¡quieren entrar!

—¡Cállate y déjalos!—Escribe lo que te he dicho.

Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico
ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la ruina.
(p38)
Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades
que anotar.

—¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces García de Paredes,
dirigiéndose a sus comensales.)—Se trata de resumir nuestra
05 fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.

—Vos,[[38-1]] Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado[[38-2]]
desde que pasasteis los Pirineos?[[38-3]]

—¡Bravo! ¡Magnífica idea!—exclamaron los franceses.

—Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y
10 retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo ... habré
matado ... personalmente ... con mi espada ... ¡poned
unos diez o doce!

—¡Once a la derecha![[38-4]]—gritó el boticario, dirigiéndose al
mancebo.

15 El mancebo repitió, después de escribir:

Deuda ... once.

—¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.)—¿Y vos?...—Con
vos hablo, señor Julio....

—Yo ... seis.

20 —¿Y vos, mi Comandante?

—Yo ... veinte.

—Yo ... ocho.

—Yo catorce.

—Yo ... ninguno.

25 —¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....—respondía
cada cual, según le llegaba su turno.

Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.

—¡Veamos ahora, Capitán! (continuó García de Paredes.)—Volvamos
a empezar[[38-5]] por vos. ¿Cuántos españoles esperáis
30 matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía...
tres años?

—¡Eh!... (respondió el Capitán.)—¿Quién calcula[[38-6]] eso?

—Calculadlo...; os lo suplico....

—Poned otros once.
(p39)
—Once a la izquierda....—dictó García de Paredes.

Y Celedonio repitió:

Crédito, once.

—¿Y vos?—interrogó el farmacéutico por el mismo orden[[39-1]]
05 seguido anteriormente.

—Yo ... quince.

—Yo ... veinte.

—Yo ... ciento.

—Yo ... mil—respondían los franceses.

10 —¡Ponlos todos a diez, Celedonio!... (murmuró irónicamente
el boticario.)—Ahora, suma por separado[[39-2]] las dos
columnas.

El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores
de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos,
15 como las viejas. Tal era su terror.

Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose
a su amo:

Deuda..., 285.—Crédito..., 200.

—Es decir ... (añadió García de Paredes), ¡doscientos
20 ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados! ¡Total,
cuatrocientas ochenta y cinco víctimas!!!

Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral,
que los franceses se miraron alarmados.

En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.

25 —¡Somos unos héroes!—exclamó al terminarla.—Nos
hemos bebido[[39-3]] setenta botellas, o sean[[39-4]]] ciento cinco libras y
media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos
bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por
cabeza.—¡Repito que somos unos héroes!

30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el
mancebo balbuceó tambaleándose:

—¡Ya entran!...

—¿Qué hora es?—preguntó el boticario con suma
tranquilidad.
(p40)
—Las once. Pero ¿no oye usted que entran?

—¡Déjalos! Ya es hora.[[40-1]]

—¡Hora!... ¿de qué?—murmuraron los franceses, procurando
levantarse.

05 Pero estaban tan ebrios, que no podían moverse de sus sillas.

—¡Que entren![[40-2]] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo,
con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad
y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas!
¡Nosotros los recibiremos!

10 En esto,[[40-3]] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los
botes y redomas que los vecinos[[40-4]] del Padrón hacían pedazos, y
oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:

—¡Muera el afrancesado!