VIII
No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
25 con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:
—¡Te debo la vida!
—¡No tanto!—respondió Ramón.
—¿Cómo es eso?—exclamé.
—¿Sabes tocar la corneta?
30 —No.
—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la
mía sin salvar la tuya.
(p24)
Quedéme frío como una piedra.
—¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?
—Poca, muy poca....—Ya recordarás la que nos enseñaron
en el colegio....
05 —¡Poco es, o, mejor dicho, nada!—¡Morirás sin remedio!...
¡Y yo también, por traidor..., por falsario!—¡Figúrate
tú que dentro de quince días estará organizada la banda de
música a que has de pertenecer!...
—¡Quince días!
10 —¡Ni más ni menos!—Y como no tocarás la corneta....
(porque Dios no hará un milagro), nos fusilarán a los dos sin
remedio.
—¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que
te debo la vida!—¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de
15 quince días sabré música[[24-1]] y tocaré la corneta de llaves.
Ramón se echó a reír.