Nicasio Álvarez de Cienfuegos
(1764–1809)
EL OTOÑO
¡Oh, salve, salve, soledad querida,
Do en los halagos del Abril hermoso
Vine á cantar en medio á los amores
Mi eterno desamor! ¡ Salve, oh florida,
Oh calma vega! A tu feliz reposo 5
Torno otra vez, y entre tus nuevas flores
Enjugando el sudor que á Sirio ardiente
Pagó en tributo lánguida mi frente,
Veré al otoño levantarse ufano
Sobre la árida tumba del verano. 10
Sí, le veré; que la balanza justa
Las sombras y la luz igual partiendo,
En sus frescos palacios aprisiona
Voluble al sol, que de su sien augusta
La diadema inflamada desciñendo, 15
De rayos más benignos se corona.
«Otoño,» clama de su carro de oro;
Y otoño al punto, entre el favonio coro,
Que Agosto adormeció, la faz alzando,
El florido frescor vuela soplando. 20
A su dulce volar ¡cuál reverdece
La tierra, enriqueciendo su ancho manto
De opulento verdor! La tuberosa
Del albo cáliz en su honor florece,
Y la piramidal, y tú, oh amaranto, 25
De más largo vivir. Tu flor pomposa,
Que adornaba de Mayo los amores,
Hoy halla frutos donde vió las flores;
Oyó quejarse al ruiseñor, primero,
Y ya recibe su cantar postrero.
Tú le viste brillante y florecido
A este rico peral, que ora, agobiado
Del largo enjambre de su prole hermosa, 5
La frente inclina. Céfiro atrevido,
De una poma tal vez enamorado,
Bate rápido el ala sonorosa,
Y la besa, y la deja, y torna amante,
Y mece las hojitas, é inconstante 10
Huye y torna á mecer, y cae su amada,
Y toca el polvo con la faz rosada.
¡Otoño, otoño! ¿le miráis que llega
De colina en colina vacilante
Resaltando? ¡ Evohé! salid, oh hermosas, 15
A recibir al monte y á la vega,
Suspendiendo á los hombros el vacante
Hondo mimbre. Corred, y en pampanosas
Guirnaldas coronad mi temulenta
Sien. Dadme yedras, que ardo en violenta 20
Sed báquica. ¡Evohé! cortad; que opimos
Entre el pámpano caigan los racimos.
. . . . . . . . . .
CANCIÓN
Rosal, rosal, ¿dó está el tiempo
Que me oyó tu sombra amiga
Jurar un amor eterno 25
Al que el suyo me ofrecía?
Cuando en ti fijaba
La risueña vista,
¡Con qué amor tus rosas
Su prisión cerrada abrían! 30
Hora sin amparo,
¿Qué harán? Afligidas,
Del pajizo trono
Para siempre caen marchitas.
¡Cuántas veces ¡ay! tu tronco 5
Nos vió en amantes caricias
Darle en cristalinas aguas
Su frescor y hermosa vida!
¡Árbol infelice,
Mi recreo un día, 10
Ya tu solo riego
Serán las lágrimas mías.
Muerte son tus galas:
Pluguiese á mi dicha
Que, al caer, tus hojas 15
Cubriesen mi tumba fría!