DON JOSÉ EUSEBIO CARO

EL CIPRÉS

¡Árbol sagrado, que la obscura frente,

Inmóvil, majestuoso,

Sobre el sepulcro humilde y silencioso

Despliegas hacia el cielo tristemente!

Tú, sí, tú solamente

Al tiempo en que se duerme el rey del mundo

Tras las altas montañas de occidente,

Me ves triste vagando

Entre las negras tumbas,

Con los ojos en llanto humedecidos,

Mi orfandad y miseria lamentando.

Y cuando ya de la apacible luna

La luz de perla en tu verdor se acoge,

Sólo tu tronco escucha mis gemidos,

Sólo tu pie mis lágrimas recoge.

¡Ay! hubo un tiempo en que feliz y ufano

Al seno paternal me abandonaba;

En que con blanda mano

Una madre amorosa

De mi niñez las lágrimas secaba...

¡Y hoy, huérfano, del mundo desechado,

Aquí en mi patria misma

Solitario viajero,

Desde lejos contemplo acongojado

Sobre los techos de mi hogar primero

El humo blanquear del extranjero!

Entre el bullicio de los pueblos busco

Mis tiernos padres para mí perdidos;

¡Vanamente!... Los rostros de los hombres

Me son desconocidos.

Y sus manes, empero, noche y día

Presentes á mis ojos afligidos

Contino están; contino sus acentos

Vienen á resonar en mis oídos.

¡Sí, funeral ciprés! Cuando la noche

Con su callada sombra te rodea,

Cuando escondido el solitario buho

En tus obscuros ramos aletea;

La sombra de mi padre por tus hojas

Vagando me parece,

Que á velar por los días de su hijo

Del reino de los muertos se aparece.

Y si el viento sacude impetüoso

Tu elevada cabeza,

Y á su furor con susurrar medroso

Respondes pavoroso;

En los tristes silbidos

Que en torno de ti giran,

Á los paternos manes

Escucho, que dulcísimos suspiran.

¡Árbol augusto de la muerte! ¡Nunca

Tus verdores abata el bóreas ronco!

¡Nunca enemiga, venenosa sierpe

Se enrosque en torno de tu pardo tronco!

¡Jamás el rayo ardiente

Abrase tu alta frente!

¡Siempre inmoble y sereno

Por las cóncavas nubes

Oigas rodar el impotente trueno!

Vive, sí, vive; y cuando ya mis ojos

Cerrar el dedo de la muerte quiera;

Cuando esconderse mire en occidente

Al sol por vez postrera,

Moriré sosegado

Á tu tronco abrazado.

Tú mi sepulcro ampararás piadoso

De las roncas tormentas;

Y mi ceniza entonce agradecida,

En restaurantes jugos convertida,

Por tus delgadas venas penetrando,

Te hará reverdecer, te dará vida.

Quizá sabiendo el infeliz destino

Que oprimió mi existencia desdichada,

Sobre mi pobre tumba abandonada

Una lágrima vierta el peregrino.