DON JOSÉ JOAQUÍN DE PESADO

LA SERENATA

¡Oh, tú, que duermes en casto lecho,

De sinsabores ajeno el pecho,

Y á los encantos de la hermosura

Unes las gracias del corazón,

Deja el descanso, doncella pura,

Y oye los ecos de mi canción!

¿Quién en la tierra la dicha alcanza?

Iba mi vida sin esperanza,

Cual nave errante sin ver su estrella,

Cuando me inundas en claridad;

Y desde entonces, gentil doncella,

Me revelaste felicidad.

¡Oh, si las ansias decir pudiera

Que siente el alma, desde que viera

Ese semblante que amor inspira

Y los hechizos de tu candor!

Mas, rudo el labio, torpe la lira,

Decir no puede lo que es amor.

Del Iris puede pintarse el velo;

Del sol los rayos, la luz del cielo;

La negra noche, la blanca aurora;

Mas no tus gracias ni tu poder,

Ni menos puede de quien te adora

Decirse el llanto y el padecer.

Amor encuentra doquier que vuelva

La vista en torno; la verde selva,

Florido el prado y el bosque umbrío,

La tierna hierba, la hermosa ñor,

Y la cascada, y el claro río,

Todos me dicen: amor, amor.

Cuando te ausentas, el campo triste

De luto y sombras luego se viste;

Mas si regresas, la primavera

Hace sus galas todas lucir:

¡Oh, nunca, nunca de esta ribera,

Doncella hermosa, quieras partir!