EXALTACION DE LA CRUZ.

Esta mision, que fué fundada por los Jesuitas con los indios Cayuvavas[1], habitantes de las riberas del Mamoré, aun no existia en 1696. Edificada sobre una llanura y en medio de bañados, se ve á cubierto contra las avenidas del Mamoré por un dique circular que hicieron construir aquellos misioneros. La plaza, con sus palmeras, sus capillas y las casas de los jueces, se parece á las de las otras misiones. La iglesia, construida en el estilo de la edad media, está llena de ornamentos y esculturas del mejor gusto, y sus paredes, hechas de adobe, se ven adornadas con pinturas. El colegio que tiene un piso alto, no puede estar mejor distribuido. Los Jesuitas habian trazado sobre las paredes de este edificio el mapa muy detallado de la provincia, que debieron ellos conocer perfectamente; pero años ha que el capricho de un administrador hizo desaparecer este monumento precioso, para que ocupasen su lugar caricaturas groseras, ó la representacion, copiada de grabados europeos, de la caza del jabalí y del ciervo. Exaltacion de la Cruz es, por los productos de su industria, una de las mas ricas misiones; sus tegidos son excelentes, y su cacao no cede acaso en calidad á ningún otro.

[Nota 1: El P. Eguiluz, Relacion de la mision apostólica de los Moxos, págs. 35 y 37, cita esta nacion, como la única salvage en 1696.]

Los indios cayuvavas que pueblan esta mision, son sin réplica los mejores hombres de la provincia, tanto por la franqueza que los caracteriza, como por su sobriedad y amor al trabajo. Sus facciones son regulares, y sus cuerpos robustos. Remeros infatigables, sus pilotos son los mejores prácticos del pais. Entusiastas y atrevidos no dejan por eso de ser circunspectos, respetuosos, dóciles y de una complacencia estremada. Han conservado entretanto algunas supersticiones de su estado primitivo, las que se advierten principalmente entre los hombres encargados de cuidar el ganado: así, por ejemplo, cuando un Cayuvava sabe que su muger se encuentra en cierto estado de salud, nunca monta á caballo, ya sea por temor de dar una caida, ya sea por no comprometer el estado de la enferma. Los que enviudan se encierran durante un mes, y renuncian á montar á caballo miéntras permanecen viudos, temerosos de espantar al ganado.

En 1830, la poblacion indígena de Exaltacion ascendia á dos mil setenta y cinco almas, y estaba dividida en ocho secciones: los Maisimaees, los Maidebochoquees, los Maidepurupiñees, los Mairoañas, los Maiauquees, los Maidijibobos, los Maimajuyas y los Maimorasoyas. El ganado vacuno llegaba, en el citado año, al número de once mil ciento seis, y el caballar á quinientas veintiseis cabezas.

Una calzada de un cuarto de legua conduce de la mision al puerto, especie de bañado en donde se ven amarradas las canoas, confiadas á la vigilancia de una familia indígena. Este es el parage donde van tambien á bañarse diariamente los indios y las indias, seguros de no ser molestados por los caimanes.

En virtud de sus antiguas supersticiones, toda vez que estos naturales salen salvos de algun peligro, echan á tierra un espiga de maiz, como para dar gracias á la providencia de haberlos favorecido con su proteccion.