TRIBU DE LOS SIRIONOS DE LA NACION GUARANÍ[1].

Esta tribu, ménos numerosa que la de los Guarayos, habitaba en el seno de las sombrías florestas que separan el rio Grande del rio Piray, entre Santa-Cruz de la Sierra y la provincia de Moxos, desde los 17 hasta los 18 grados de latitud sud, y como sobre los 68 de longitud oeste de París. Sus diversas poblaciones ocupaban una grande superficie de terreno.

[Nota 1: Véase la descripcion completa de los Guaraníes en la provincia de Cordillera, departamento de Santa-Cruz de la Sierra.]

No hay un solo historiador que haya hablado de estos naturales, cuyo nombre figura como por acaso en algunos mapas antiguos de los Jesuitas. Por los datos que he podido recoger en el pais, creo que los Sirionos, que despues de la conquista han vivido siempre en las mismas selvas, deben descender de los Chiriguanos, ó no son sino los restos de esta antigua nacion combatida en el siglo quince por el inca Yupanqui[1], y obligada mas tarde, á principios del decimosexto, á ceder el campo á los Guaraníes, que llegaron del Paraguay á usurparles su territorio[2] y acabaron con ellos, segun los historiadores[3]. Sea de esto lo que fuere, debe suponerse que los Sirionos, aun ántes que los Chiriguanos, vinieron tambien del sudeste, y se adelantaron en su emigracion hasta esas comarcas apartadas de la cuna de la nacion guaraní.

[Nota 1: Véase á Garcilaso de la Vega, Comentario real de los Incas, págs. 226 y 244.]

[Nota 2: El P. Fernandez, 1726, Relacion historial de los Chiquitos, pág. 4—El P. Lozano, Historia del Paraguay, cap. II, lib. 11.—Lozano, Historia del Gran Chaco, pág. 57.]

[Nota 3: Lozano, loc. cit., pág. 57, dice que cientoron los Guaraníes mas de ciento cincuenta mil de sus adversarios, lo que sin duda alguna, debe ser exagerado, como muchas alegaciones de este autor: Rui Díaz de Guzman sienta que fueron cien mil.]

Sus condiciones de existencia, así como la pálidez de su rostro, su estatura y demas bellas proporciones los asemejan á los Guarayos: los rasgos de su fisonomía son tambien idénticos en cuanto al conjunto, y solamente difieren por su aspecto salvage y tímido, y por una espresion de frialdad que no tienen los Guarayos.

Su idioma es una corrupcion del guaraní; mas no tan alterado, que dejen de entenderse muy bien con los Chiriguanos.

El carácter de esta nacion es totalmente distinto del de los Guarayos: en vez de ser dulces y afables como estos, son muy poco dados, y viven en el corazon de las selvas mas impenetrables, errantes y divididos en pequeñas familias, sin otra ocupacion que la de la caza. Las chozas en donde moran están formadas de ramas entretegidas, y léjos de tener alguna comodidad, solo revelan el estado salvage mas completo. Su industria se limita á la fabricacion de sus armas, que se componen de arcos de ocho piés de largo, con flechas de igual dimension: hacen uso de tales armas, sentándose en tierra, y sirviéndose de piés y manos para lanzar las flechas con mas violencia. Ambos sexos andan totalmente desnudos, y no llevan adornos de ninguna especie ni se pintan el rostro.

En sus jornadas ordinarias jamas de sirven de canoas: si tienen que atravesar algun rio, lo hacen por medio de un puente colgante, formado para el caso de la manera siguiente. Clavan primero, sobre el ribazo, un grueso horcon destinado á soportar una soga que amarran en varias estacas, oblicuamente clavadas en tierra detras del horcon; terminada esta maniobra, cubren la soga de bejucos, fijándolos, para que no los arrastre la corriente, en esos espigones que suelen encontrarse en medio de los rios. Una vez afianzada la soga en ámbos ribazos, queda bien tirante, y entónces las mugeres y niños agarrándose de los bejucos que cuelgan encima de las ondas, consiguen pasar el rio sin peligro de ser arrebatados por la corriente.

Resúmen.

Todas la naciones de la provincia de Moxos estaban divididas en pueblos: su manera de regirse era uniforme. Cada nacion se repartia en tribus, y cada tribu tenia un gefe, cuya autoridad se limitaba á muy poca cosa: á decir verdad, no formaban todos estos indígenas un cuerpo de nacion. Las únicas atribuciones de los gefes nombrados por cada tribu, consistian en ir al frente de los guerreros que marchaban al combate, en emitir su dictámen en casos arduos, y en servir de médicos ó sacerdotes; pero sin ejercer nunca los dos últimos cargos á la vez.

La religion se diferenciaba, no solamente segun las naciones, sino tambien segun las tribus; todas ellas tenian un sin número de fiestas y solemnidades, cuyo no menor objeto era el reunirse para beber sin tasa licores fermentados. Frecuentemente su culto no era otro que el de la naturaleza.

Por la esposicion que acabo de hacer sobre las costumbres de los naturales que han habitado la provincia de Moxos, ántes de ser conquistada por los Españoles, se ve que todos estos indígenas poseian poquísimos elementos de prosperidad, y sobre todo de civilizacion progresiva.

Segunda época, desde la llegada de los Españoles hasta la entrada de los Jesuitas (de 1562 á 1667).

La oscuridad mas completa reina entre los historiadores acerca del descubrimiento de la provincia de Moxos. Se sabe únicamente que los aventureros españoles, compañeros de Chavez, tuvieron noticia de ella en el año de 1562[1], y que Diego Aleman penetró hasta allí, por Cochabamba[2], en el de 1564.

[Nota 1: Viedma, Informe de la provincia de Santa-Cruz, pág. 39, § 494.]

[Nota 2: Garcilaso de la Vega, Comentario real de los Incas, pág. 242, hablando de una incursion de los Incas en Musu, hace mencion de la entrada de Diego Aleman, por el año de 1564, á la provincia de Musu, llamada Moxos por los Españoles; mas como es probable que confunda este autor dos paises distintos en las denominaciones de Musu y Moxos, no se sabe qué partido tomar. Sin embargo, parece cierto que Diego Aleman emprendió una espedicion á Moxos.]

Empero, lo mas verídico es que despues de la translacion de la ciudad de Santa-Cruz al lugar donde hoy se encuentra, los gobernadores de esta ciudad trataron de someter á los naturales de Moxos. Se vé de manifiesto tal intencion en el acto por medio del cual, el 2 de octubre de 1607, Martin de Almendras Holguin, entónces gobernador, dio en encomiendas la provincia de Moxos á Gonzalo de Solis Holguin y á los suyos, durante dos vidas, con la condicion de fundar en ella una ciudad bajo el nombre de Santísima Trinidad, y de enseñar las doctrinas del cristianismo á sus habitantes[1]. No supieron los Españoles proceder acertadamente en esta empresa, y exasperaron por lo tanto á los indígenas, quienes cortaron toda correspondencia con los moradores de Santa-Cruz.

[Nota 1: Viedma, Informe, págs. 139 y 145, §§ 494 y 520.]

Cuarenta años mas tarde, es decir, en 1647, deseosos los indios Moxos de procurarse algunas herramientas, cuya utilidad habian aprendido á conocer desde el tiempo de sus primeras relaciones, subieron el Piray ó rio Grande, con la mira de ir á buscarlas en las poblaciones de los Chiriguanos; mas habiendo encontrado en el camino á los Cruceños, compráronles estos las plumas y los tegidos de algodon que llevaban para operar el trueque por aquellos utensilios. Satisfechos de esta especulacion comercial, y exhortados á continuarla, no tardaron mucho en volver en mayor número á Santa-Cruz; así es que estrechando mas de dia en dia sus relaciones con los moradores de esta provincia, no solamente dieron al olvido sus antiguos recelos, sinó que llegó á tanto su confianza, que en 1667[1], hallándose en disension con los salvages Canacurees, sus vecinos, apelaron al auxilio de los Cruceños; los que aspirando siempre á tener á los Moxos bajo su predominio, no desecharon ocasion tan oportuna para mezclarse en sus asuntos, y por este medio conseguir tales fines. Acompañados del Padre jesuita Juan de Soto, que desempeñaba el cargo de cirujano, marcharon pues solícitos los naturales de Santa-Cruz contra los enemigos de los Moxos, y no tardaron en regresar triunfantes.

[Nota 1: El P. Diego de Eguilus, Relacion de la mision apostólica de los Moxos(1696), pág. 3.]

Tercera época, desde la entrada de los Jesuitas hasta su espulsion (de 1667 á 1767).

Durante la espedicion de que acabo de hablar, Juan de Soto habia empleado todos los medios de captarse la benevolencia de los Moxos, ofreciéndoles volver á su nacion, junto con otros religiosos, tan luego como le fuese posible. En virtud pues del beneplácito de estos indios, é inmediatamente despues de haber recibido tan favorable nueva, mandó el Padre provincial á los hermanos José Bermudo y Julian de Aller que acompañasen á Juan de Soto que regresaba á Moxos. Entraron á la provincia estos tres religiosos en 1668, y emplearon un año entero en solo tomar las primeras nociones del idioma moxo, sin darse por entendido de sus miras posteriores: apercibiéronse los Indios, sin embargo; y recelosos de verse nuevamente bajo el duro yugo á que los habian sujetado los primeros Españoles, é instigados por sus sacerdotes se sublevaron amenazando de muerte á los Jesuitas; pero por temor á los Cruceños se contentaron con ir á despedirlos hasta Santa-Cruz, declarándoles formalmente que no querian hacerse cristianos.

Habiendo el gobernador de Santa-Cruz encomendado oficialmente en 1671 la conquista espiritual de estos indios[1] á los Jesuitas del Perú, hicieron estos otras dos tentativas tambien infructuosas. Empero al Padre José del Castillo, léjos de ceder á tanta resistencia, se determinó á entrar el solo en Moxos, en el año de 1674, y empezó por hacer cuantiosos presentes á sus habitantes, prometiéndoles muchos mas si consentian en ir á buscar junto con él algunos otros religiosos. Habiendo logrado tal consentimiento, regresó al año siguiente en compañía de los hermanos Pedro Marban, Cipriano Baracé y José Bermudo, quienes recibieron muy favorable acogida[2]. Estos cuatro religiosos visitaron el espacioso distrito ocupado por la nacion de los Moxos, distribuyendo por todas partes regalos y presentes los mas estimados por aquellos naturales, como cuentas de cristal (chaquiras), cascabeles, anzuelos, navajas, cuchillos, etc., regresando de su correría atacados de las fiebres intermitentes. Consagráronse luego dos años consecutivos al estudio de la lengua, y á merecer poco á poco la entera confianza de los indígenas; mas, á pesar de haber llegado á ser absolutamente necesarios para aquella nacion por sus conocimientos en medicina, y de haberse grangeado por sus buenos procederes el afecto de todos los moradores, tuvieron que valerse de la astucia para determinarlos á la conversion. Aseguraron á los gefes de su pronta partida si no consentian en constituirse en pueblos donde se profesase el cristianismo. Semejante amenaza produjo el efecto deseado, haciendo tomar á los indios el partido de la obediencia. Un cuchillo era la recompensa ofrecida á cada individuo que contrajese matrimonio y renunciase á la poligamia. El Padre Marban recorrió en seguida todas las poblaciones, arrancando de los Camacois y Tiaraukis todos los ídolos, para quemarlos publicamente. Encontróse entónces un caliz sustraido tiempos atras á los Franciscanos, y del que por el momento se servian los hechiceros. Los bebederos ó templos donde se colocaban las cabezas de los tigres y de los enemigos muertos en el combate, fueron tambien destruidos.

[Nota 1: Viedma, Informe, etc., pág. 139, § 494.]

[Nota 2: El P. Eguiluz, págs. 5 y 7.]

En 1682 habiendo llegado á Moxos otros muchos misioneros, se dedicaron á dar la última mano á la conversion de los naturales. Administraron el sacramento del bautismo á mas de quinientas almas: un año despues hicieron otro tanto con la poblacion de tres aldeas que deseaban reunir en un solo pueblo. Buscando para realizarlo un lugar á propósito y á cubierto contra las inundaciones, fundaron en 1684[1], al cabo de siete años de infatigables esfuerzos, la mision de Nuestra Señora de Loreto en las llanuras del norte y sobre la ribera sud del rio Mamoré, construyendo con adobes una hermosa iglesia de tres naves y de sesenta varas de largo sobre veinte de ancho.

[Nota 1: El P. Eguiluz, pág. 16.]

Pusieron los Jesuitas su mayor empeño en familiarizarse con el idioma; y fué por ese entónces cuando el Padre Marban redactó su diccionario de la lengua moxo[1], con la mira de generalizarla en la provincia y hacer por este medio desaparecer en lo posible el considerable número de dialectos diferentes; pues sin ir mas léjos, en el mismo canton de Loreto hablábanse varios. Se dedicaron tambien á enseñar á los niños el castellano y la música. Cautivando así mas y mas la voluntad de los indios, poco les faltaba para realizar la conversion general. Con el objeto de completarla, penetraron aun, cincuenta leguas mas adentro, prodigando siempre las seductoras dádivas. En 1687 formaron con la tribu de los Mayumanas la reduccion de la Santísima Trinidad, en la orilla del Mamoré, como doce leguas mas abajo de Loreto, edificando una iglesia de tres naves, larga de sesenta varas y adornada con esculturas. En 1689 fundaron tambien sobre las llanuras de la otra parte del Mamoré, catorce leguas al oeste de Trinidad, la mision de San Ignacio de los Punuanas, poblada por los belicosos Canacurees. Refiere el Padre Eguiluz que el dia de la inauguracion de su iglesia precedian á la procesion mas de cien bailarines, revestidos con los disfraces usados en el Perú para tales ceremonias. Tan grande era la solicitud con que trabajaban los indios, que todo se levantaba, como por encanto, en las nuevos pueblos formados por tribus que hablaban diferentes dialectos.

[Nota 1: Arte de la lengua moxa, etc., impreso en Lima (1701).]

Poco mas ó ménos hácia esta época (1688) los PP. Antonio Orellana y José de Vega emprendieron una peregrinacion por órden del Superior de la hermandad, subiendo por el pais de los Yuracarees, desde Moxos hasta Cochabamba. En esta espedicion lograron pacificar á los Casaveones y á otros pueblos que hablaban el idioma moxo, y aun penetraron hasta el valle del Beni, llegando á la nacion de los Morohionos.

Llevando adelante sus trabajos con toda perseverancia, fundaron en 1689, al oeste del Mamoré, entre la embocadura de los rios Tijamuchi y Aperé y como ocho leguas al norte de Trinidad, la cuarta mision bajo el nombre de San Francisco Xavier, en la que construyeron al rededor de una plaza, como siempre acostumbran hacerlo, una hermosa iglesia, una casa para ellos, y habitaciones cómodas para los indígenas. Tambien fundaron en el mismo año, al pié de la cordillera, con los Maharenos y Churimas, tribus de Moxos, la mision de San José; que colocada sobre las llanuras del nordeste, á diez y seis leguas de San Ignacio y como á setenta de Cochabamba, lindaba por el norte con las naciones salvages de Gumapalca y Tocomanes.

En 1691, el gobernador y capitan general de la provincia de Santa-Cruz de la Sierra, don Benito Rivera y Quiroga, visitando los nacientes cantones para dar cuenta al Virey de Lima de los trabajos de los nuevos vasallos, halló, en las cinco misiones creadas, el número siguiente de habitantes:

En Loreto, 3,822
En Trinidad, 2,253
En San Ignacio, 3,014
En San Xavier, 2,361
En San José. 2,036
Total. 13,486

Con un celo digno de toda alabanza prosiguieron los Jesuitas en su conquista espiritual, y fundaron en 1693, bajo el nombre de San-Francisco de Borja, la sesta mision, compuesta de mas de tres mil indios de la nacion churimana y de los Moporoaboconos que hablaban un dialecto distinto del moxo. El pueblo fué edificado sobre las riberas del rio Maniqui, como doce leguas al norte de San-José, é inmediato á las últimas faldas de la cordillera.

El Padre Cipriano Baracé emprendió, en el mismo año, un viage por las llanuras del este y del sudeste hasta una distancia de sesenta leguas, llegando á visitar á los Guarayos que hablan el idioma guaraní[1], y á los Tapacuras y pacíficos Baures; mas no pudo hacer otro tanto con los Yaguehuares, nacion de un carácter feroz. Encontró este Jesuita, segun lo dice él mismo en su relacion, sesenta y seis poblaciones de Guarayos, cincuenta y dos de Tapacuras, sesenta y cinco de Baures; es decir, el total de ciento noventa y tres[2]. Hizo despues, por el espacio de dos años, muchos viajes consecutivos á este pais, y adquirió la certeza de que existian al este las tribus de los Toros, Chumacacas y Pudayares, y al norte los Fundibularios.

[Nota 1: Véase en la provincia de Chiquitos lo que se dice de la tribu de los Guarayos.]

[Nota 2: Número probablemente exagerado, á ménos que no se haya considerado cada familia como una aldea.]

En 1693, el Padre Agustin Zapata salió de San-Xavier para ir tambien á descubrir otras naciones salvages; y encaminándose veinticinco leguas al norte de esta mision, por los lugares que habitaban los antropófagos Canicianas (hoy en dia Canichanas), visitó cuarenta y ocho aldeas, y los caciques de otras muchas (pues componian setenta y dos poblaciones, del total de cinco mil almas poco mas ó ménos) vinieron á su encuentro. El Padre Zapata les hizo varios presentes, aconsejándoles que cambiasen su manera de vivir; y habiendo sabido que tenian mas al norte unos enemigos llamados Cayuvavas, continuó su marcha hácia esta parte, y encontró mas de dos mil indígenas distribuidos en siete poblaciones, cuyo cacique, llamado Paytiti, se hácia notar por su mucha y muy crecida barba. Volviendo por el norueste, halló á los Duevicumas, los Curuguanas y los Caridionos que consintieron en reunirse para formar una mision. Al siguiente año se dirigió por las llanuras del norte á visitar las naciones de los Cayapimas, Suruguanas, Parinas, Barisinas, Marochinas y Carivinas, que componiendo un total de siete mil almas, convinieron en hacerse cristianos. En 1695 partió nuevamente y conoció á los Canichanas, que se habian reunido, formando un pueblo bastante grande, para llamar la atencion de los Padres jesuitas, con cuyo auxilio deseaban instruirse en la doctrina cristiana y recibir el bautismo, lo que no se pudo llevar á cabo desde luego, por falta de religiosos. Pasando mas adelante, nos dice haber visto pueblos bien edificados, y templos donde se adoraban ídolos vestidos de plumas.

El Padre Juan de Espejo salió de la mision de San José en 1694 para ir á visitar las naciones de los Correcomeros y Chucupupeonos, enemigos mortales de los Moxos, y logró con dádivas ser bien recibido.

Finalmente, en 1696 se contaban ya, en la nacion de Moxos, segun el decir del Padre Eguiluz, diez y nueve mil setecientos ochenta y nueve indios cristianos. Cuando se considera que desde el año de 1674, no habian penetrado en la provincia sino veintitres Jesuitas, no se puede ménos de admirar el resultado á que habian llegado, en el cortísimo tiempo de veintidos años, cambiando totalmente el aspecto del pais y reformando los usos y costumbres de unos hombres enteramente salvages.

Veíanse combinados en esta conquista espiritual dos elementos de prosperidad: el hierro, que por vez primera se ponia en manos de los indígenas, y que llegó á ser la moneda corriente con que se ganaba á los hombres; y esa dulzura, esa paciencia con que se portaban los misioneros, á quienes sus variados conocimientos le permitian hacer al mismo tiempo, de médicos, de cirujanos y de enfermeros, curando indisposiciones y dolencias mortales como la disentería, etc. Era pues muy justo que se grangeasen mas y mas la gratitud y buena voluntad de los indios, que deseaban con ansia convertirse al cristianismo para gozar, como se les prometía, de mayores ventajas que las conocidas. Por otra parte, no habia trabajos manuales, por penosos que fuesen, á los que no se entregasen estos Jesuitas con la mas noble solicitud á fin de instruir á los naturales, ejerciendo en sus misiones los oficios, de arquitecto, de albañil, de carpintero, de pintor, de tornero, de herrero, de cerragero, de sastre, de zapatero, y finalmente, la profesion de todas las artes mecánicas.

Entre tanto, hablan ya logrado su primero y mas esencial objeto, que era modificar las costumbres y cimentar la buena moral. La poligamia habla dejado de existir entre los indígenas, que temian el enojo de Dios: la infinidad de supersticiones de su estado salvage, así como las bárbaras costumbres que á ellas se ligaban, habian tambien desaparecido completamente. Ya no se exedian en el uso de las bebidas espirituosas; y observando religiosamente casi todas las reglas de conducta que los Padres les dictaban, hasta habian llegado á no desear los bienes agenos.

Habiendo sido en el estado salvage fanáticos y crueles en el mas alto grado para guardar la observancia de sus creencias supersticiosas, no pudieron abrazar la religion católica, sin dejarse llevar de igual exageracion; por lo que fué muy fácil sujetarlos á todas la reglas del cristianismo. Los indios que aun no estaban bautizados de dirigian en tumulto á oir los sermones diarios de los misioneros; y los que ya lo estaban, asistian puntualmente á la misa en los dias de fiesta, y alguna vez en los ordinarios, particularmente los sábados para cantar y rezar en coro mañana y tarde, ya en español, ya en moxo. Puede decirse empero, á este respecto, que los Jesuitas dejaron ir muy léjos á los fanáticos Moxos, sometiéndolos á ese régimen severo, reservado únicamente para el claustro. Un inmenso espacio de tiempo era empleado por estos indios en los ejercicios de iglesia, comulgaban á menudo, y por la mas mínima falta religiosa se les azotaba á ruego de ellos mismos como por cualquier delito ordinario[1]. El Padre Eguiluz, hablando de la semana santa, dice que todos los individuos, sin distincion de edad, se confesaban y comulgaban. El viérnes santo, miéntras duraba el sermon de la pasion, dábanse todos «muchas bofetadas y golpes de pechos …» «Luego se ordena la procesion por la plaza, y calles principales, llevando en unas andas la imágen de bulto de Cristo crucificado, y en otras la de la Santísima Virgen, con mas de doscientas luces, en un silencio y compostura tan grande que no se oye una palabra, sinó los azotes de un crecido número de penitentes de sangre, arrastrando sogas y palos pesados, y otros vestidos de nazareno, con cruces á los hombros, cantando los coros de músicos el miserere …» «Varios coros en la iglesia cantan lamentaciones, mientras duran las penitencias y penitentes que van pasando delante del monumento, haciendo reverencia y mas recia disciplina á vista de la imágen de Cristo crucificado[2].» Cuando sobrevenía una peste, inmediatamente se rezaba una novena, acompañada de ayunos y otras penitencias; entónces;—«cada noche hay plática y acto de contricion, y se van siguiendo las parcialidades á hacer disciplina, y si algunos por viejos, ó por la novedad del ejercicio, su dan con poca fuerza, se enojan los oyentes, y le riñen que apriete la mano[3].» Así pues, segun el estado de exageracion religiosa de la España en aquella época, los Jesuitas á mas de los principios de sana moral y de la religion católica, impusieron á los fanáticos Moxos esos castigos corporales, que los ultrajaban, quitándole no poco á su dignidad de hombres.

[Nota 1: Cuando delinquian los indios en lo mas mínimo, ellos mismos pedian el castigo. Se les ponia en el cepo, y recibian sobre el cuerpo desnudo un número de azotes proporcionado al delito.]

[Nota 2: Relacion de la mision apostólica de los Moxos (pág. 62), impresa en 1696.]

[Nota 3: Id., pág. 63.]

No dejaron entre tanto los Padres jesuitas, desde el mencionado año de 1696, de llevar adelante sus conquistas; y aprovechando de la fama, ya muy divulgada, del bien estar de que disfrutaban los Moxos cristianos, formaron sucesivamente, San-Pedro con los Canichanas; Santa-Ana con los Moximas; Exaltacion con los Cayuvavas; San-Joaquin, Concepcion, San-Simon y San-Martin con los Baures y sus tribus; finalmente, Magdalena con los Itonamas. Parece, sin embargo, que la conversion de estas naciones salvages no se efectuó sin que costase la vida á algunos religiosos[1]; pero esto nunca hizo flaquear la constancia de los Jesuitas, que persistieron en su propósito hasta someter la provincia entera.

[Nota 1: El P. Cipriano Baracé fué muerto por los Baures en 1702. (Choix de lettres édifiantes, t. VII, pág. 322.)]

En 1742, los aventureros portugueses de San-Pablo, que ocupaban la provincia de Mato-Groso, hicieron su primera espedicion bajando el rio Iténes ó Guaporé. Entónces, fué cuando Manuel de Lima, acompañado de cinco indios, tres mulatos y un negro, bajó en una canoa por los rios Guaporé, Mamoré, Madeira y Marañon hasta el pueblo de Para[1].

[Nota 1: Corografía brasilica, t. I, pág. 259.]

Poco mas ó ménos hácia la misma época, calculando los Jesuitas la importancia de la navegacion de los rios, habian establecido la mision de San-Simon, muy inmediata al Guaporé; y mas tarde, en 1743, la de Santa-Rosa, en el mismo sitio donde se encuentra hoy en dia el Fuerte de Beira perteneciente á los Brasileros, es decir, sobre la ribera derecha del rio Iténes; pero celosos los Portugueses de semejante empresa, espulsaron en 1752 á los Jesuitas[2], so pretesto de que estos les impedian el paso sobre sus propias posesiones; y don Antonio Rolin, para apoderarse definitivamente del dominio del rio, mandó construir la fortaleza que allí se ve actualmente.

[Nota 2: Corografía brasilica, t. I, págs. 259 y 262.]

Despues de todo esto, el primer cuidado de los religiosos fué consolidar la existencia de sus misiones, introduciendo todas las mejoras posibles: con este fin, trageron de Santa-Cruz numerosos ganados; estimularon á los habitantes á los trabajos de labranza; perfeccionaron el tegido, ya en práctica entre los Baures; enseñaron toda clase de oficios manuales; y multiplicaron las ceremonias religiosas como para dar con ellas un intervalo de agradable reposo á los trabajadores. Enseñáronles la música y á tocar todos los instrumentos europeos, sacando tambien algun partido de los usados en el pais ántes de su llegada. Crearon muchos empleos para premiar con la concesion de ellos, tanto la buena conducta, como los adelantos industriales. Bien pronto, los inmensos campos de cacahuales dieron abundantísimas cosechas, los varios talleres produjeron tegidos y otros objetos de fabricacion, que llevados á Santa-Cruz, y luego al Perú, daban en retorno de mercancias, lo suficiente para abastecer á la provincia. Cada iglesia llegó á ser un templo suntuoso, lleno de ornamentos, de estatuas, y sobre todo de numerosas chapas de oro y plata. Casas de un piso alto brindaban á los religiosos cómodo alojamiento, al mismo tiempo que servian de espaciosos talleres para los artesanos: las viviendas de los naturales, colocadas en hilera alrededor de una plaza, estaban dispuestas del mejor modo posible para la ventilacion. Por último, en los cincuenta años trascurridos desde la entrada de los Jesuitas, las diversas naciones salvages que ocupaban el territorio de Moxos, llegaron á formar quince misiones ó grandes pueblos, en donde florecian la industria agrícola y fabril.

Es menester por tanto que la administracion de los Jesuitas en la provincia de Moxos, cuyas misiones dependian del Perú, haya sido tan progresiva como en Chiquitos que dependía del Paraguay. Desde luego no se consiguió como se deseaba generalizar en ella un solo idioma. Esta provincia tenia, lo mismo que la de Chiquitos, un superior subordinado al colegio de Cochabamba ó de Charcas, y cada una de sus misiones, dos religiosos, encargado el uno del gobierno espiritual, y el otro de la administracion y de los talleres. Empero, léjos de gozar todos los indígenas de igualdad de privilegios, como sucedia en Chiquitos, estaban divididos en dos clases hereditarias; las familias, compuestas de artesanos de todo oficio; y los soldados, encargados de las faenas ordinarias; clase denominada el pueblo y considerada como inferior á la primera. Esta distincion hereditaria, que escluia de los adelantos y empleos de primer órden á una parte de la nacion, debia ser necesariamente un obstáculo para la marcha progresiva de la civilizacion y de la industria.

El órden de las atribuciones respectivas del mando entre los indígenas de cada mision, comparativamente á lo que digo de Chiquitos[1], era como sigue.

[Nota 1: Véase la descripcion de esta provincia.]

El cacique, gefe de la mision, recibia de los Jesuitas instrucciones inmediatas relativamente á todos los ramos de la administracion, y tenia bajos sus órdenes, para hacer sus veces, un alferes y dos tenientes. Ademas de estos empleados, habia dos alcaldes de familia y dos alcaldes del pueblo, dependientes tambien del cacique. Estos ocho magistrados componian el cabildo y se distinguian por el baston con puño de plata que llevaban.

La familia se componia, en cada ramo de industria, de un mayordomo y de su segundo, quienes ocupaban, lo mismo que en Chiquitos, los lugares inmediatos al del maestro de capilla y del sacristan mayor. Habia mayordomos de los oficios de pintor, de carpintero, de tegedor, de tornero, de herrero, de platero, de zapatero, etc.

El pueblo se dividia en parcialidades, cada una de las cuales estaba subordinada á un capitan y su segundo. Estos capitanes eran los comandantes de las embarcaciones, y dirigian en las espediciones á los soldados ó remeros. Habia luego varios otros cargos, como el de alcalde de estancia, individuo comisionado para cuidar las haciendas y atender á la cria de ganados; y el de fiscal, título que se daba al ejecutor de las sentencias dictadas en los juicios. Todos estos empleados subalternos llevaban en señal de distincion una vara negra, y en las grandes festividades religiosas marchaban entre las corporaciones del colegio.

Si se ha de juzgar del estado de industria de Moxos, por lo que aun queda de ella á pesar de los atrasos debidos á la ignorancia y á la negligencia de los curas y administradores que se han sucedido desde la expulsion de los Jesuitas, se vé que á mediados del siglo anterior, no debió quedarse muy atras en sus progresos esta provincia entre los demas pueblos hispano-americanos. Fabricábanse en ella tegidos finos de todas clases y diversidad de otros objetos. La comunidad proveia de vestuario á todos los indígenas; y tanto los hombres como las mugeres llevaban el tipoi de algodon: ámbos sexos tenian la costumbre de dejarse crecer la cabellera. Para el trabajo en comun, sea en los campos, sea en los talleres, todo se hallaba arreglado á la manera que en Chiquitos: era permitido entretanto á cada indio el labrar por su cuenta un campo particular.

Las horas de devocion se sucedian mas á menudo que en la citada provincia; y como ya se dijo, las penitencias corporales iban de par con el fanatismo; de lo que se infiere que los Jesuitas debieron ser mucho mas rígidos para las prácticas religiosas en sus misiones de Moxos. Tambien es verdad que los naturales, estremadamente supersticiosos, se prestaban á ello, como sucede hoy en dia, con una especie de entusiasmo que rayaba en frenesí. Acostumbrados á martirizarse en los ejercicios de su culto primitivo, nada tenia de estraño que al convertirse al cristianismo hubiesen conservado el mismo fervor, y sobre todo la misma insensibilidad física. El hombre que en su estado salvage no trepidaba en sacrificar su muger y sus hijos á necias supersticiones, y en someterse espontáneamente á todos los sufrimientos, no podia tener ciertamente el menor escrúpulo en hacerles aplicar por el fiscal, á la mas leve falta, azotes ó otro género de correccion, y en hacerse castigar él mismo toda vez que creia haber ofendido á la divinidad. Por lo demás, parecerá ménos sorprendente semejante fanatismo, si se considera el estado de aquellos tiempos, en que la inquisicion dominaba en España, y en que los actos esteriores, muy al contrario de lo que sucede actualmente, eran todo en materias de religion[1].

[Nota 1: Aun se ven hoy en dia, en el palacio de la Favorita, cerca de Báden, los instrumentos de suplicio que durante la semana santa se aplicaba voluntariamente la favorita.]

La comunidad suministraba tambien la manutencion á los indios, distribuyendo cada quince dias una racion de carne: cada mision se hallaba provista de los utensilios necesarios para toda clase de trabajos. La buena memoria que los Moxeños han dejado del tiempo de los Jesuitas, entre sus descendientes, nos hace ver que se reputaban por muy felices á pesar de la estrecha dependencia en que vivieron. Los actuales moradores, que conservan religiosamente la tradicion de aquel entónces, suspiran por una existencia que no han conocido, mas venturosa que la presente, y agena sobre todos de las tristes inquietudes del porvenir.

En el año de 1767, la provincia de Moxos se encontraba en el estado mas floreciente con respecto á su industria y á sus monumentos. Sus productos anuales ascendian á la suma de sesenta mil pesos poco mas ó ménos; y en el pueblo de San-Pedro, mision la mas central y capital de aquel vasto territorio, se veia una magnífica iglesia, rica de esculturas y resplandeciente de ornamentos de plata[1] y de piedras preciosas, de que se hallaban cubiertas las imágenes de los santos. Viedma, cuya imparcialidad era conocida, hablando de los Jesuitas, escribia en 1787[2]. «Estos religiosos, á impulsos de una fina política y dedicada aplicacion, consiguieron poner aquellos pueblos en el mayor estado de prosperidad, con los frutos de sus fértiles terrenos cultivados por los indios, é industriosas manufacturas que les fueron enseñando para el beneficio de ellos con maestros hábiles. El sumo grado de felicidad á que llegaron las misiones de Moxos en tiempo de su espulsion, está de manifiesto en la entrega que hicieron de los quince pueblos que componia el todo de ellas.»

[Nota 1: No bajaba ciertamente de veinte quintales el total de la plata invertida en los adornos de esta iglesia.]

[Nota 2: Informe, Descripcion de Santa-Cruz, pág. 140, § 496.]

Tal era el estado de Moxos en el citado año de 1767 en que fueron espulsados los Jesuitas de todas sus posesiones. Obedeciendo á una simple órden que les fué trasmitida por la audiencia de Charcas, retiráronse estos misioneros, un siglo despues de su primera entrada en esta dilatada provincia, dejando en ella, en vez de tribus hostiles y salvages, una poblacion medio civilizada y en las mas completa armonía.

Cuarta época, desde la espulsion de los Jesuitas hasta 1832.

Tan luego como se alejaron los Padres jesuitas, Francisco Ramon de Herboso, obispo de Santa-Cruz, dió un reglamento, aprobado por la audiencia de Charcas, el cual ordenaba que se conservasen todas las instituciones de aquellos religiosos, siendo estos reemplazados por curas, á cuya arbitrio se abandonó el gobierno espiritual y temporal de las misiones. Este reglamento autorizaba tambien la libertad del comercio con los habitantes de Santa-Cruz. La provincia de Moxos recibió ademas, un gobernador escogido entre los capitanes de la real armada, pero sin poderes para intervenir en la administracion de los curas, de donde resultaron naturalmente grandísimos desórdenes. Estos curas, careciendo de una educacion especial para la direccion de los ramos de industria, y sin conocimiento alguno del lenguage, no se ocuparon de otra cosa que de sus intereses personales. En los veintidos años que permanecieron en sus curatos, «los efectos,» como dice Viedma[1], «fueron muy contrarios á las esperanzas de conservar y aun adelantar aquellas misiones, pues en el tiempo que gobernaron los pueblos sus curas, vinieron á quedar un triste esqueleto de lo que habian sido. Los quince de Moxos se redujeron á once, y su opulencia, parte de ella trasplantada á los dominios portugueses, causando los progresos de sus establecimientos que tanto nos perjudican. Los infelices indios perdieron aquella inocencia de su buena educacion. El vicio florecia á la sombra del ocio, con el olvido de las preciosas artes que solo para la utilidad del cura hacian despertar aquellos miserables con el rigor y la violencia. Los gobernadores autorizados testigos de tantos desórdenes, no podian poner remedio por serles prohibido mezclarse en el gobierno económico de los curas, y las quejas y representaciones no alcanzaban la fuerza necesaria.»

[Nota 1: Informe, pág. 140, §498.]

Las misiones de San-José, de San-Borja, de San-Martin y de San-Simon fueron entónces abandonadas por los curas.

Siguiendo adelante los abusos, llegaron á ser intolerables; empero, entre los gobernadores españoles, mudos testigos de tan lamentable estado de cosas, á que no les era dado poner remedio, hubo uno que se atrevió á levantar la voz: este fué don Lazaro de Rivera, quien presentó sucesivamente á la audiencia de Charcas, en 1786 y 1787[1], varias memorias, expresando el voto de los habitantes de San-Pedro, de Trinidad y de Concepcion, que deseaban pagar el real tributo, y sustraerse al estremado rigor con que se veian tratados por los curas, quienes frecuentemente los hacian azotar por mero capricho, en tanto que escandalizaban al pueblo con la depravacion de sus costumbres. En uno de estos actos, los jueces de Trinidad declararon, que su cura habia mandado poner en el cepo, despues de haberle hecho dar cien azotes, á un indio, cuyo delito era haber obedecido, sin su licencia, á una órden del teniente-cura.

[Nota 1: Tengo en mi poder todas estas memorias, de que estraigo las circunstancias referidas.]

Habiendo sido infructuosas las diligencias practicadas por don Lazaro de Rivera para hacer que los indios fuesen sometidos al tributo, logró á lo ménos, en 1789, que se adoptase un nuevo plan de reforma, que consistia en dejar á cargo de los curas el poder espiritual, miéntras que la direccion industrial de cada mision seria confiada á un administrador secular, encargado de servirse para ello de las antiguas reglas establecidas por los Jesuitas. Este nuevo reglamento prohibia el comercio bajo las penas mas rigurosas; por manera que los indios vinieron á verse mas esclavos que lo habian sido ántes, y á tener, en vez de un absoluto señor, dos, cuyas continuas disidencias y mala conducta hicieron mas rápida la ruina de las misiones. No obstante, en el primer año que rigió el nuevo reglamento, todavía pudo la provincia suministrar al Estado la suma de cuarenta y seis mil duros.

Don Francisco Viedma[1], intendente de Cochabamba, movido por los sentimientos mas liberales, quiso sustraer de la esclavitud á los habitantes de Moxos; pidió la emancipacion de esta provincia, y su sometimiento á las leyes que regian las demas posesiones españolas del nuevo mundo; pero la audiencia de Charcas sostuvo el reglamento de Rivera, que en 1832 aun servia de régimen á los administradores.

[Nota 1: Informe, pág. 142, § 505.]

Si la medida tomada por la audiencia de Charcas ha contribuido por una parte á la conservacion de las misiones de Moxos, por otra, la rivalidad entre los poderes religioso y secular, así como la ninguna instruccion de los mandatarios, han sido un manantial de funestos desórdenes. Casi todos los empleados, dejándose dominar por la avaricia, sobrecargaban, en beneficio de sus particulares intereses, las penosas tareas de los indígenas, en tanto que el Estado veia disminuir poco á poco sus rentas, sin poder proveer de lo necesario á las misiones para que llevasen adelante su ya decaida industria; por manera que desde entónces la provincia no hizo mas sino vegetar.

Los primeros gobernadores, elegidos entre los capitanes de la real armada, ensayaron todavía algunas mejoras. En 1792, bajo el gobierno de Zamora se dividió la poblacion de Magdalena para formar San-Ramon; en 1794 se fundó la mision del Cármen con los indios Chapacuras; y en 1796 se transfirió San-Joaquin; pero poco despues ya se contentaron con enviar habitantes de Santa-Cruz para gobernar á Moxos.

Miéntras duró la guerra de la independencia, la provincia de Moxos se vió del todo abandonada, y permaneció fuera de las contiendas políticas que desde 1810 hasta 1824 sacudieron el resto del continente. Acordáronse de ella sin embargo para hacerla contribuir con los tesoros de sus iglesias. Las alhajas de las vírgenes y de los santos habian sido arrancadas anteriormente, y solo quedaban los enchapados de plata de los altares, que acaso no pudieron sustraer por haberse entregado al peso en los inventarios; mas en 1814 el general Aguilera, falto de recursos para sostener las tropas españolas, envió de Santa Cruz á su hermano para que despojase á cada iglesia de una parte de sus ornamentos: la de San-Pedro solamente dió setecientas cuatro libras de plata maciza.

La rigidez del gobernador Velasco suscitó en 1820 la primera pendencia entre los indígenas y la autoridad. Injustamente quejoso este gobernador, del cacique de San-Pedro, llamado Marasa, lo hizo venir á su presencia y le mandó deponer el baston, distintivo del poder. Négose á ello el cacique, alegando que Dios le habia conferido aquel privilegio. Ciego de cólera al verse desobedecido por un indio, mató Velasco al infeliz Marasa de un pistoletazo en el pecho. El hijo de la víctima, atraído por los gritos de los jueces, vino á recoger el cuerpo de su padre, y sublevó inmediatamente á los Canichanas contra el gobernador, que se encerró con sus soldados en el antiguo colegio de los Jesuitas, haciendo de vez en cuando algunas descargas sobre los indígenas, cuya irritacion subiendo de grado, les arrancaba gritos de desesperacion y de venganza. Finalmente, no pudiendo penetrar en el colegio, amontonaron al rededor de él, á pesar del fuego activo de los sitiados, cuanto sebo encontraron en los almacenes, y las llamas no tardaron en apoderarse del edificio. Forzado á salir el gobernador murió á manos de los indios junto con la mayor parte de sus soldados. Los preciosos archivos de la provincia, que contenian todos los trabajos manuscritos de los Jesuitas, fueron enteramente consumidos en este incendio.

Mas tarde se mandaron tropas de Santa-Cruz para sugetar á los Canichanas de San-Pedro, y esta mision, que habia sido hasta entónces capital de la provincia, cedió su rango á Trinidad y fué transferida á otro punto. Moxos ha decaido constantemente, y en 1829 sus rentas no alcanzaban á veinte mil pesos, miéntras que en tiempo de los Jesuitas habian llegado hasta sesenta mil.

En 1830 se hallaba gobernada esta provincia por don Matias Carrasco, hombre instruido y benévolo, que cuidó mucho de reformar los abusos; pero descontento de la comportacion de los empleados subalternos, abandonó su puesto, y de regreso á Cochabamba, su patria, publicó bajo el título de Descripcion sinóptica de Moxos un interesante opúsculo[1] en el que señala infinidad de abusos, y aboga enardecidamente por la libertad en favor de los habitantes de Moxos.

[Nota 1: Este escrito consta de veintiuna páginas impresas.]

En 1831, durante mi permanencia en Chiquitos, propusé al gobierno el entablar entre esta provincia y la de Moxos una permuta de sal por caballos; lo que tuvo á bien acordar desde luego.

Al siguiente año, despues de haber recorrido todo el territorio de Moxos con el objeto de examinarlo circunstanciadamente, volvi á encaminarme por sus llanuras hácia la cordillera, llevado del intento de buscar una via de comunicacion ménos peligrosa que la de Palta-Cueva, y deseoso, al mismo tiempo, de dar alcance en Cochabamba al Presidente de la república, á fin de someter á su exámen mis proyectos de mejora y reformas, aplicables á la administracion general de la provincia de Moxos en beneficio particular de sus moradores. Habiéndome visto en el caso de poder apreciar el excelente carácter y la buena índole de los Cayuvavas, pedí al gobernador que se me diesen algunos remeros de Exaltacion para conducir mis canoas, y preparado para este largo viage de trecientas á cuatro cientas leguas á lo ménos, empecé por subir hasta el pais de los Yuracarees, de donde me encaminé por paises salvages, los mas accidentados del mundo, hasta llegar á Cochabamba en 10 de junio de 1832. Pasé á ver sin pérdida de tiempo al Presidente y le hablé de la provincia de Moxos, dándole parte de los numerosos abusos que allí se cometian, y esponiendo los medios de reforma que me parecian convenientes. Despues de haberme escuchado atentamente me encomendó la redaccion de una memoria detallada, de acuerdo con el señor Carrasco, para que sirviese de guia al nuevo gobernador que iba á mandar, y al obispo de Santa-Cruz, á quien se imponia el deber de visitar la provincia cuidando de reformar los abusos religiosos. Presentéle igualmente mi proyecto de abrir una nueva senda de comunicacion con Moxos, plan que aprobó, manifestando algun recelo por los riesgos á que iba yo á esponerme. Tuve por último la satisfaccion de ver que todo salia al tenor de mis deseos, y que no habia yo interpuesto en vano mis buenos oficios por el bien de los pobres indígenas de estas misiones.

Salí de Cochabamba el 2 de julio para llevar á cabo mi empresa. Trepé primeramente la montaña de Tiquipaya, y hasta Tutulima no encontré obstáculos en mi marcha. Dejando este lugar, el último habitado, traspusé el vertiente del rio de Tutulima y la cerranía del Paracti, encontrando de la otra parte la nacion de los Yuracarees, con quienes hice construir una canoa; continuando en seguida por el rio Securi, llegué, á los cuarenta dias de un viage penosísimo, á la provincia de Moxos, completamente satisfecho del feliz éxito de mi aventurada resolucion.

Entre tanto, mi empresa habia sido mal vista por algunos empleados de Moxos, los que siendo mandados de Santa-Cruz de la Sierra, no dejaban de inquietarse con el establecimiento de una comunicacion mas abreviada por via de Cachabamba. Despertáronse las antiguas rivalidades; y un triste acontecimiento vino entónces á desbaratar todo la proyectado.

El coronel Dávila, á quien yo habia dejado en Cochabamba, ya pronto á partir para Moxos con la mision de operar las numerosas reformas, que de concierto con el señor Carrasco le habiamos indicado en beneficio de los infelices habitantes de esta provincia, acababa de sucumbir á impulsos de un fuerte cólico que le habia sobrevenido en la antevíspera de su salida, á las pocas horas de estar en su casa de regreso de una tertulia. Tal fué la triste nueva traida por las canoas, que habian ido á buscarlo á Isiboro. Vi pues con sentimiento que se inutilizaban tantos esfuerzos como habia yo hecho para conseguir la mejora de la condicion de los indígenas que habitan esas lejanas comarcas.

El 8 de setiembre, siguiendo el curso del rio Piray, encontré al señor obispo de Santa-Cruz, que iba encargado por el gobierno á visitar la provincia de Moxos, para estirpar en ella los abusos religiosos. Un banco de arena nos sirvió de retrete por veinticuatro horas, en cuyo período tuvimos una larga conferencia con el illustrísimo señor Córdova, personage instruido y muy amable, sobre el lamentable estado de la provincia de Moxos, indicándole yo los medios que me parecian as conducentes á la refría de abusos de todo género, que iban diariamente en auento. Probé entónces un momento de satisfaccion, encontrando en este digno prelado un protector solícito de la humanidad, dispuesto á poner en juego todos los resortes para llegar al fin que tanto deseabamos, la mejora de la condicion de los indígenas.

Hallándome en Moxos en 1832, don Carmelo Rivera, gobernador interino de la provincia, trató de reprimir los desórdenes y purgar el pais de esos empleados especuladores y poco honrados, tomando para ello una medida enérgica. Mandó apostarse, sobre todos los caminos, emisarios encargados de apoderarse de las canoas cargadas, para luego verificar en la capital los productos del año que ellas conducian. Esta medida no dejó de producir el efecto deseado. Todos los administradores fueron sorprendidos con mayor cantidad de frutos en su propiedad, que la parte destinada para el Estado; no se necesitaba testimonio mas claro del uso inicuo que hacian de sus funciones, y del partido que sacaban de los pobres indios, valiéndose de la autoridad que tenian sobre ellos para hacerlos trabajar como á esclavos. Convictos plenamente de tamaña culpabilidad, fueron todos destituidos en el acto.