CAPÍTULO IX


INTERÉS SOCIAL

Franca admiracion despertaron en el mundo las reformas institucionales de los Estados Unidos. Su lejislacion, la mas sábia que existe, es imperfecta, sin embargo, como todas las cosas humanas.

Dos palabras—instabilidad administrativa—resumen de un modo palpable los defectos inherentes al sistema; y seria, por lo tanto, aventurado emitir un juicio definitivo sobre las tendencias de las naciones que lo han adoptado, si él hubiera de estar sujeto á la apreciacion aislada de los hechos históricos referidos en la primera parte de esta obra. Su conocimiento debe, por el contrario, mostrarnos la conveniencia de distinguir la política seguida por cada una de las administraciones y los deseos ó sentimientos manifestados por cada uno de los pueblos. Estos últimos, que intervienen de un modo bastante directo en el manejo de los negocios, espresan mas bien pasiones que intereses. No es raro, pues, que un gobierno, obedeciendo á las insinuaciones de la opinion, se vea en el caso, muchas veces, de borrar con el codo lo que el anterior escribió con la mano ni que, sometiéndose á las pasiones, lo haga á la movilidad impuesta por los sucesos.

Puede servir esto de disculpa á los majistrados que se consideran exentos de seguir una línea de conducta determinada; pero es preciso que ellos no confundan los sentimientos transitorios con los permanentes y que respetando la volubilidad de los pueblos cuyos destinos dirijen, en ciertos casos, los estimulen y alienten en la via de sus intereses y afectos constantes. Una nacion americana puede, por ejemplo, apasionarse brevemente en favor ó en contra de otra; puede tener con ella una guerra, que se llamará internacional como se llamó social lo que en Estados Unidos sostuvo la Confederacion contra la Union; mas, así como en la pátria de Washington los vínculos de la nacionalidad léjos de aflojarse adquirieron nuevo vigor, el sentimiento de la fraternidad americana se fortalecerá cada dia por encarnizadas que sean las contiendas.

No puede ponerse en duda que este sentimiento existe en todas las repúblicas de oríjen español. Se observa sin dificultad en las manifestaciones de los respectivos delegados que asistieron á los Congresos reunidos desde 1826 hasta hoy; y en la lectura meditada de la narracion que contiene este libro, se descubre que toda oposicion á la idea de la Union, ó por lo menos á la de la uniformidad en los procedimientos internacionales, ha sido siempre de parte de un gobierno que no ha interpretado la voluntad ó la inclinacion de sus administrados.

El americano que abandona el suelo de su pátria nota fácilmente cuánto se pronuncia en el estranjero ese sentimiento especial. Al encontrarse con otro, esperimenta hácia él una simpatia que no la produce tan solo el idioma comun ó el modo de ser recíproco, sino el conocimiento de su oríjen. En el viejo mundo los hispano-americanos se llaman entre sí, paisanos; y aun cuando las palabras no lo espresen siempre, un mejicano y un argentino se dicen á sí mismos: somos compatriotas.—Si la buena suerte del viajero lo conduce á los centros sociales de la América hispana, considera con cuánta razon se sentia estranjero, en la verdadera acepcion de la palabra, al recorrer los bulliciosos bárrios de las grandes capitales europeas, porque la hospitalaria franqueza y la cariñosa deferencia de que es objeto, son como las que pudiera merecer un compatriota estimado, largo tiempo ausente.

Es aplicable á las colectividades lo que se observa en los individuos. En todas partes, desde la frontera de Méjico hasta el Cabo de Hornos, con la misma sinceridad, con el mismo entusiasmo, se aplauden los progresos de la República Argentina ó se lamentan las desgracias de Centro América, se elojian las leyes políticas de Colombia ó se condenan las prácticas funestas que ha implantado allí la anarquia.

La participacion moral que una nacion americana toma en el progreso ó decadencia de otra, no se reduce á un interés jeneral; hay en ella algo de esa solidaridad impresa al nuevo mundo por su escepcional y uniforme organizacion institucional.

Aparentemente no sucede lo mismo con respecto á los Estados Unidos. Un temor hácia su pretendida preponderancia, una reminiscencia de raza, aberraciones, razones algunas veces, han producido cierta desconfianza en los americanos del Sud que con justicia se consideran menos fuertes.

¿Hasta qué punto es culpable la gran nacion de haber autorizado juicios tan desfavorables á su respecto? Veamos.

Desde luego, la doctrina de Monroe que fué al enunciarse una garantia legal de existencia para todas las nacionalidades americanas, es hoy para ellas una garantia eficaz de estabilidad. Todo lo dá, nada exije; ampara al Continente con la proteccion que el poder insólito de la República le permite otorgar y respeta, al mismo tiempo, la absoluta independencia de los actos administrativos en cada una de sus divisiones políticas.

En el Congreso Internacional á que asistió un representante de los Estados Unidos se descubre, es verdad, el deseo de obtener algunas ventajas, aun con perjuicio de los intereses jenerales de la América, como se notan ideas absorbentes en las negociaciones que al Istmo de Panamá se refieren; pero en el primer caso la opinion del país desvirtuó los actos del mandatario y en el último los intentos del Gobierno fueron sofocados por la fé pública en los tratados y por el respeto inquebrantable á la soberania de una nacion estraña.

Intereses egoistas de cierto número y dificultades orijinadas por una situacion sin precedentes en la historia, contrariaron las pretensiones de los republicanos sinceros que se proponían ayudar á la Isla de Cuba en la obra patriótica de la emancipacion. Las manifestaciones del pueblo y las tardías, si bien sinceras, esposiciones del gobierno comprueban, no obstante, el interés de los Estados Unidos en la suerte de los desgraciados cubanos y en el triunfo de su causa.

Y respecto de Méjico ¿cuál seria su suerte? ¿cuál la del principio republicano en América, si durante la breve presencia de Maximiliano en el Imperio de Montezuma, los Estados Unidos no hubieran tomado la participacion decisiva que dió por resultado el retiro de las tropas francesas y el derrocamiento del monarca por ellas impuesto? Desgraciadas sin duda y desconsoladoras la una y la otra. En tal emerjencia los americanos prestaron un servicio eminente á la nacion mejicana, de alta trascendencia tambien en pró de las ideas políticas del mundo moderno.

Las anexiones de esta nacion, que tanto han contribuido á las reprimendas de sus enemigos, no dan mérito, en modo alguno, á esos reproches hirientes, fundados tan solo en la ignorancia de los sucesos. El desenvolvimiento estraordinario de la República no es el resultado de una brutal conquista; ella invade por su fuerza moral; compra ó adquiere territorios á los cuales concede en breve la vida municipal y las prerogativas de sus subdivisiones autonómicas, lo cual está muy distante de mostrar la intencion de imponer con las armas á los vecinos ó de subvertir violentamente y en provecho propio un órden dado. Su historia política demuestra, pues, lo que comprueba tambien la historia sud-americana, en los asuntos de detalle la versatilidad ocasionada por la forma de gobierno y en los fundamentales la lejítima y tradicional aspiracion de hacer estensivos al mundo de Colon los beneficios de su sistema admirable.

El desenlace de la ruidosa cuestion Hopkins, que orijinó un sério conflicto entre la República del Paraguay y los Estados Unidos, prueba que las injusticias y arbitrariedades cometidas en nombre de esta nacion solo pueden atribuirse á malos gobiernos ó á maquinaciones individuales.—Aquel sujeto había obtenido de su pátria el nombramiento de Cónsul en la Asuncion, donde alcanzó la proteccion del Presidente y su beneplácito para esplotar las riquezas naturales del país por cuenta de una compañia que daria los capitales necesarios. Despues de haber sacado todo el partido posible de su posicion oficial y de su amistad personal con muchos paraguayos distinguidos, meditó Hopkins, como negocio lucrativo y liquidacion de su compañia una de tantas odiosas reclamaciones internacionales que el pabellon americano habia de protejer parodiando á los europeos y que solo significan la presion de la fuerza. Para lograr su objeto usó en el Paraguay de una conducta vituperable que dió mérito al retiro de su exequatur. Ejerciendo, no obstante, sus atribuciones de Cónsul ordenó al comandante del buque americano Water Witch estacionado en la Asuncion, que le facilitara los medios de retirar violentamente los papeles de la compañia, atropello que llevó á efecto violando el territorio paraguayo con cierto número de marineros armados. De regreso á Estados Unidos hizo que el Gobierno amparara su reclamacion, estimada por él en varios millones de pesos fuertes y logró inducir al gabinete de Buchanan al envio de una espedicion naval contra el Paraguay. Este pensamiento no se llevó á efecto y léjos de ello el Gobierno americano envió á la Asuncion al Señor Bowlin, representante diplomático encargado de buscar una conveniente solucion al conflicto. El resultado de esta mision fué el nombramiento de dos árbitros, el Señor Berges en representacion del Paraguay y el Señor J. Johnson en nombre de los Estados Unidos, que adoptaron una decision enteramente favorable á aquel Gobierno. El honorable Señor Johnson estudió con juicio imparcial y recto los antecedentes en que fundaba la compañia su reclamacion y al terminar su notable escrito sobre la materia, decia «El orgullo y la gloria del Gobierno y del pueblo de los Estados Unidos ha sido siempre no someterse á ninguna injusticia de otro Gobierno ó de otro pueblo; pero al propio tiempo lo ha sido no exigir de ellos nada mas que lo justo; y tardará mucho todavia, así lo espero confiadamente, en que llegue el dia en que puedan acumularse con su consentimiento y sancion, fortunas colosales como las de la India oriental debidas al saqueo de Estados débiles y arrebatadas con la boca del cañon.» Concluia el Señor Johnson dictaminando contra las indignas exijencias de la compañia y haciendo recaer su sentencia arbitral en favor del Paraguay.

Este notable fallo de americano tan distinguido y honrado, á favor de una nacion estraña y contra el Gobierno de su pátria, es una prueba mas, patente y clara, en apoyo de la idea que sostengo. De él se desprende, como de los sucesos comentados ya, la enorme distancia que hay en Estados Unidos entre los actos del Gobierno y los impulsos jenerosos del pueblo, sujeto aquel al interés individual y á las debilidades que son injénitas al hombre, con sed este de justicia y de confraternidad dentro de sus instituciones.

No quiero con tales apreciaciones significar que todos los gobiernos hayan seguido la misma línea de conducta; porque algunos de ellos, respetando los compromisos contraidos en el programa internacional de su país, han demostrado en momentos difíciles ardientes simpatias hácia las otras repúblicas del nuevo mundo. Cuando las tropas del General Howe batian á las de Washington cerca de Nueva York, el Congreso que acababa de declarar la independencia envió á Europa en carácter diplomático al Dr. Franklin, á Arturo Lee y á Juan Adams para solicitar la alianza de algunas potencias. Refiriéndose á España dicen las instrucciones de estos representantes:.. «si no se inclinase en favor de nuestra causa por temor de que peligren sus dominios en la América del Sur, quedais autorizados para dar toda clase de seguridades de que los Estados Unidos no perjudicarán á ese reino en la tranquila posesion de sus territorios.»—Tal actitud en la derrota podia dar que temer á España para el momento del triunfo; pero fuerza es confesar que nunca quebrantó su propósito la gran nacion. Llegado el caso, por ejemplo, de reconocerse la independencia de las repúblicas hispano-americanas, é interpuesta por el Ministro de España en Washington una enérjica protesta, el presidente Adams repuso: «Los Estados Unidos han decidido sobre el hecho, consecuentes en eso con su propia historia y con sus propios títulos á la independencia.»—Deseaba este majistrado que su pátria conservara muy buenas relaciones con España, pero no podia dejar de reconocer la independencia de sus antiguas colonias, puesto que ellas habian luchado con éxito, creado sus gobiernos y ejercido todos los atributos de la soberania ante la impotencia de la metrópoli. Esta conducta, la que usaron mas tarde cuando tuvieron lugar los movimientos políticos de la Isla de Cuba con el propósito de obtener su anexion á los Estados Unidos, rechazando ese ofrecimiento á pesar de ser considerada la anexion como una necesidad geográfica y del aliciente que ofrece á un país tan mercantil esa riquísima isla, ¿no prueba hasta la evidencia que la nacion solo busca su engrandecimiento, ya muy considerable, por las vías lejítimas? ¿No prueba más, que su republicanismo es escecivamente simpático al nuestro y que su política, cuando traduce el sentimiento público, tiende á acercarnos recíprocamente como habitantes de un mismo continente y defensores de las mismas ideas filosóficas?

Se ha condenado la prescindencia política de los Estados Unidos, haciendo resaltar los inconvenientes de la doctrina de Monroe en lo que atañe á los intereses jenerales de la democracia. Los americanos, se dice, han practicado leyes benignas sin preocuparse de que sus efectos se sientan en otros continentes; han recibido con bondad y con cariño á los proscritos de la autocracia, pero no les han ayudado en sus empresas liberales.—He aquí el caso de hacer resaltar de nuevo la frecuente oposicion del pueblo y del gobierno en aquella república. En efecto, este nada intentó en favor de Hungria cuando el ardoroso Kossuth inflamó el entusiasmo popular de un estremo á otro de la Union y obtuvo en suscriciones un apoyo eficaz en favor de sus desventurados compatriotas; mas lo que no hizo el gobierno lo hicieron individualmente algunos de sus miembros. Daniel Webster, Ministro de Estado entonces, asistió á una fiesta dada en honor del revolucionario; y á la protesta del Señor Hulsemann, Ministro de Austria, él mismo esplicó la teoría de su gobierno diciendo: «A este le interesa la suerte de todos los paises del mundo y le inspiran, además, simpatia todos los pueblos que luchan por su libertad. La tradicional neutralidad de mi pátria no se quebranta por eso, desde que no se hace ninguna manifestacion pública de hostilidad. En cuanto al pueblo en jeneral y á los individuos en particular, tienen en Estados Unidos perfecto derecho de significar sus simpatías.»

Estas bellas palabras de Webster, uno de los hombres públicos más notables de su pátria, encubren el pensamiento atrevido de que la Europa debe despoblarse para poblar la América y esplican las miras del Gobierno de los Estados Unidos al circunscribir su accion en los asuntos esteriores; espresan claramente la idea de que el nuevo continente no interviene en los asuntos internos de otros, porque si bien le interesa la suerte de todos los hombres que habitan el planeta, tiene dentro de sí mismo los medios de proveer á su bienestar material y moral, por la fecundidad de su suelo y por la escelencia de sus leyes. Ambas condiciones son exijencias humanas que provocarán las migraciones á medida que se acentúen los jérmenes de desorganizacion que hay en el viejo mundo y los de prosperidad que hay en el nuevo.

De las consideraciones precedentes se desprende, á mi juicio, que el pueblo americano se preocupa de los intereses republicanos con las restricciones que le sujiere su interés como colectividad política, pero que al mismo tiempo acuerda una decidida preferencia y una atencion especial á todos aquellos problemas que afectan al desarrollo de la América hispana y á la consolidacion de las instituciones que profesa.

La mision confiada á los Señores Tacher y Reynolds y el proyecto presentado al Congreso Americano por el Senador Frye, recibidos ambos con un entusiasmo inequívoco por el pueblo de la Union, comprueban en la actualidad tan elevadas miras.

Las instrucciones de aquellos diplomáticos contenian las clausulas siguientes, que debian presentarse á la consideracion de las naciones de América.

1º La ventaja de entablar y mantener relaciones políticas entre los Estados Unidos y cada una de ellas.

2º El ofrecimiento hecho en nombre de los Estados Unidos, de su influencia moral para promover y protejer la paz en esas repúblicas.

3º La ventaja de un Congreso Nacional de Delegados de todas las Repúblicas Americanas, para discutir y convenir sobre medios para asegurar la paz permanente entre las Naciones de este hemisferio; para convenir sobre el modo de arreglar dificultades sin apelar á las armas; para presentar una resistencia unida contra las agresiones de los poderes europeos ó su interferencia en asuntos americanos, pues es la doctrina de los Estados Unidos, que las Repúblicas Americanas son capaces para arreglar sus propias disputas, para determinar lo que es mejor para ellas y protejerse, defenderse y apoyar su mútuo desarrollo; que el comercio americano debería limitarse en lo posible á los mares americanos.

4º La ventaja de una moneda de plata comun, acuñada por cada una de las Naciones Americanas en debida proporcion y que deberá tener curso legal en todas las transacciones comerciales entre los ciudadanos de diferentes repúblicas. (Méjico, Venezuela, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Ecuador, Perú y Chile ya han dado su adhesion á este proyecto).

5º La ventaja de un Tratado de reciprocidad entre todas las naciones de América y los Estados Unidos, por el cual los productos de esos paises se admitirán libres del uno al otro cuando sean llevados en sus buques ó en los de los Estados Unidos.—Este Tratado debe garantizar la proteccion de las personas y la propiedad de los ciudadanos, y todas las disputas tocante á ellas deberán determinarse por arbitraje.

6º ¿Qué sujestion tienen que hacer los respectivos Gobiernos al Gobierno y al pueblo de los Estados Unidos para fomentar el comercio entre ambos paises?

Por el proyecto del Senador Frye se autoriza y se incita al Presidente de los Estados Unidos para invitar en nombre del Gobierno y del pueblo á los delegados de cada una de las repúblicas de Sud y Centro-América, incluyendo á Santo Domingo y Méjico, con el objeto de reunirse en Washington el 1º de Octubre de 1886 para considerar y decidir sobre las cuestiones que puedan ser de comun beneficio á esas naciones.—Cada una de ellas podrá enviar varios delegados al Congreso, pero la delegacion solo tendrá un voto.

Al invitar á las demas repúblicas el Presidente de los Estados Unidos manifestará que el Congreso se forma con el objeto: 1º De tomar todas las medidas necesarias para conservar la paz y promover la prosperidad de las naciones americanas, para presentar una resistencia uniforme contra los poderes monárquicos de Europa y defender la integridad territorial contra las desmembraciones posibles. 2º De adoptar las que sean tendentes á la formacion de una union aduanera americana, por la cual se acepte, mientras sea conveniente y fácil, un libre cambio de productos naturales y de manufacturas en las aguas americanas. 3º De promover el establecimiento de líneas de vapores frecuentes y directas entre los puertos del continente. 4º De establecer un sistema uniforme para regular los impuestos aduaneros en cada una de los Estados independientes y un método igual de clasificacion y avaluo. 5º De adoptar un sistema comun de pesas y medidas, leyes uniformes para protejer las personas y la propiedad, las patentes y marcas de comercio de los ciudadanos de una nacion en las otras.—6º De adoptar un cuño de plata igual, que se usará por cada gobierno segun la proporcion de sus habitantes y que circulará con igual valor en las transacciones de todos los americanos.—7º De formular un plan definitivo para dilucidar por medio del arbitraje todas las cuestiones.

Por ser de oríjen americano son pertinentes en este capitulo los anteriores documentos. Esta circunstancia, la de haber merecido una entusiasta acojida por el pueblo de los Estados Unidos y écos de simpatia en los demas de América, los hace esenciales tratándose del porvenir social del nuevo mundo. Los gobiernos, que no se han ocupado hasta ahora ni poco ni mucho del futuro, ¿interpretarán esos sentimientos que en el corazon de todos están? ¿comprenderán la importancia que hay para el mundo todo en impulsar las corrientes republicanas á un solo cauce que con su fuerza avasalladora derrumbe los obstáculos que los sostenedores de la monarquía quieren oponer á su marcha progresista? Debe esperarse que sí, desde que se inspiren en el provecho real y en el afecto de las respectivas nacionalidades; pero puede temerse que no, si sujetan sus actos al interés del momento ó se abandonan á la proverbial desidia que les caracteriza.