CAPÍTULO DECIMOCUARTO
Entretanto, cada día se hacía más difícil hacer frente á las exigencias dolorosas de las circunstancias. El consejo de los decuriones resolvió en 4 de mayo recurrir al gobernador. El día 22 fueron enviados al campo dos miembros de dicho consejo, los cuales le representaron el estado de miseria y escasez de la ciudad, la enormidad de los gastos, el tesoro exhausto y lleno de deudas, las rentas de los años venideros empeñadas, las contribuciones corrientes no pagadas, á causa de la miseria general producida por tantos motivos, y sobre todo por el consumo excesivo que hacían las tropas. También le hicieron presente que por una multitud de leyes y costumbres no interrumpidas, y, por un decreto especial de Carlos V, los gastos ocasionados por la epidemia debían ser á cargo del fisco; que, en la del año 1576 había el gobernador, marqués de Ayamonte, no sólo suspendido todos los impuestos, sino que también había dado á la ciudad cuarenta mil escudos para subvenir á las necesidades. Por último, los diputados pidieron cuatro cosas, á saber: que fuesen suspendidos los impuestos como antiguamente; que la cámara diese dinero; que el gobernador informase al rey acerca de la pobreza de la ciudad y de la provincia, y que dispensase de la carga de nuevos alojamientos militares al país, ya arruinado con los pasados.
El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones, sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones expresadas, proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades presentes permitieren; concluyendo la carta con un garrapato que quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída por los decuriones con gran desconsuelo; finalmente, á todas las preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua, finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante, duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías.
Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra, á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba, aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores, adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que antes.
Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente, á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse. La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante, era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa, fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne, terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta; la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor.
En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había presenciado ambos.
En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés, lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado, dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y crueles tratamientos.
El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje, en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron.
Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía; los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad.
Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral.
La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición. Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas, las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á quinientas.
Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día 11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral. Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda, muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos, y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo, revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado (dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero; después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles; unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios, oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas. Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso cortejo.
Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas; osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan suntuosa procesión.
Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día; de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del mediodía.
Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz, no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie, ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados por él mismo!
Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4 de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos, dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil, además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de aquella época dicen poco más ó menos lo mismo.
¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas, y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían en tres clases: la una era de los monatti; esta denominación era ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles, los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban, verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de apparitori; sus funciones especiales eran ir delante de los carros mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que daban el nombre de comisarios, que presidían á unos y á otros, bajo las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos, de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto, planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra, pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades.
No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste. La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados.
Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían, en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los monatti para que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día prefijado su promesa quedó cumplida.
Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo, sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros, don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que, por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus deberes.
Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos, allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto les era posible los temporales, prestando todos los servicios que requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos.
Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos, y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal, más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien. Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido, quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él. Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber salido ileso.
Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública, una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre ellos. Para desempeñar los oficios de monatti y apparitori no se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose principalmente los monatti dueños y árbitros de todo. Entraban en las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos, padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio, pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo. Otros bribones, fingiéndose monatti, y atándose una campanilla á los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros, los cuales hacían lo mismo, si no peor.
Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores, ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real. Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista, dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes, convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la ponzoña.
Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos, que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga alguno el cual se imagine hacerla.
Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo (que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje, éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines, sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto, y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir, se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo, y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha. El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico, preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas.
De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general, atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima tres gatos.
Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos, empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador, de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses, se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban ocupados en este ejercicio[21], con la ayuda de cuatro caballos de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia para la fábrica de veneno. Añade que él había tomado con sigilo las disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado de fuerza armada, había ido á reconocer la casa para ver si hallaba algunos vestigios, como igualmente para tomar informes y prender á todos aquellos que fuesen culpables.
Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo, considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte. Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin.
NOTAS:
[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura.
[19] En aquella época los llamaban en Milán untori, que literalmente traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.—Nota del T. E.
[20] Agustín Lampugnano.
[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español, pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.—Nota del T. E.