CAPÍTULO DECIMOQUINTO

Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su casa, acompañado de su fiel Griso, uno de los tres ó cuatro que habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes.

Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar, un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino, al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera palabra fué ordenar al Griso que le alumbrase hasta su cámara. Cuando estuvieron en ella, el Griso observó que el semblante de su dueño estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico.

—¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del Griso el pensamiento que pasaba por su mente.—Me siento bien; pero he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la vernaccia[22] era tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!...

—Esto son los humos de la vernaccia, dijo el Griso, permaneciendo siempre á cierta distancia.

Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá perfectamente.

—Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió diciendo, mientras que el Griso obedecía, acercándosele lo menos posible.—¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!...

El Griso cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba bajo el cobertor de su lecho.

Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir, porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban, despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la vernaccia, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en silencio; á saber, la peste.

Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias; lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos, con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas. Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido, pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio, la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar. Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor; finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un espantoso tumor de un lívido purpúreo.

D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él, experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á ser presa de los monatti, siendo llevado y lanzado al lazareto. Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El Griso, que estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la noche antes no había pasado de una conjetura.

¡Griso!, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo: tú has sido siempre mi favorito.

—Sí, señor.

—Te he tratado bien siempre.

—Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad.

—¡Me puedo, pues, fiar de ti!...

—¡Diablo!

Griso, me siento malo.

—Ya lo había conocido.

—Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho hasta aquí.

Nada contestó el Griso, y estuvo esperando adónde iría á parar con tales preámbulos.

—De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo; Griso, hazme un favor.

—Mande su señoría.

—¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo?

—Perfectamente.

—Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz la cosa de modo que nadie se aperciba de ello.

—Muy bien pensado, dijo el Griso; voy y vuelvo al momento.

—Oye, Griso, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no puedo resistir más.

—No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo.

Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la puerta.

D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo; mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas, que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte, más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse, clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra, dos monatti. Finalmente, divisa á medias la figura del Griso, el cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta que ha quedado entreabierta.

—¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino, Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D. Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola, la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer grito, los citados monatti se habían precipitado hacia su lecho. El más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento; le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los monatti!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los que hacen tantas obras de misericordia!”.

—Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero, encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma habitación. Después de esto entró el Griso y le ayudó á forzar la cerradura.

—¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando al Griso por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus nervudos brazos.—Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los monatti, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en vano, porque el abominable Griso los había alejado, con supuestas órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados monatti dicha expedición, y dividir con ellos los despojos.

—Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor.

—¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al Griso, al cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal! ¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El Griso no resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores palabras.

—Tenlo firme, decía el otro monatto, porque está frenético.

Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó arrojaba débiles quejidos.

Los monatti le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron.

El Griso se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los monatti, ni de ser tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero. Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto, mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos de los monatti los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar al lazareto donde había sido conducido su amo.

Dejando ahora á este desgraciado en aquella mansión de dolores, iremos en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta.

Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España, y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el fac totum, sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado.

Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido apartarlo siempre de semejante resolución.

—Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies... Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme, éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito.

Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones fáciles de adivinar.

Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo, y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas! ¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio impenetrable del consabido voto! “Yo mismo iré á enterarme de todo á la vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”.

Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana.

—¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres!

—Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en cuanto al peligro, ya estoy fuera de él.

—¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la verdad una bella palabra!

Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la resolución que había tomado.

—Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo; procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto volveremos á vernos.

—¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta, así lo espero.

—Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de influencia[23].

—Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello.

—Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera!

Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo; en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco, porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de ella algo de lo que tanto deseaba.

El pequeño número de los que habían curado de la peste era verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto, con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario, seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera (de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes) entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos. ¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en primera línea en un tratado de economía política!

Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada, sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor acompañamiento.

Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de los viajeros.

Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos; parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía, permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas.

No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué estado se hallaban sus negocios.

Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano.

—¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú?

Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza.

—¡Tonio!, ¿no me conoces?

—Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la boca abierta.

—¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces?

—Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste, prorrumpiendo en una estúpida carcajada.

Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos, apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo.

“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo, acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con todo, su párroco.

—¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio.

—Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía?

—¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse en Milán; pero vos...

—¿E Inés, ha sobrevivido?

—Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos...

—¿Pues en dónde se halla?

—Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis? Pero vos, vuelvo á repetir...

—Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?...

—Hace ya algún tiempo que marchó. Mas...

—Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había vuelto por aquí.

—¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero...

—Esto también me disgusta.

—Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo! ¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?...

—¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente...

—¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo, justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio? Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo, y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con vos?...

—¡Bribones!, ¡demasiado lo sé!

—Pues entonces...

—Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?, ¿permanece aquí?

—Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí; repito que...

—Lo que pregunto es si él está aquí.

—¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan fogoso, después de tantas aventuras!

—¿Se halla aquí ó no?

—No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se atreve á andar en estos tiempos?

—Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he tenido, y ya nada temo.

—¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían tributarse gracias á Dios, y...

—Yo le doy gracias con todo mi corazón.

—Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos...

—Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido.

—¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos.

—Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa.

—¡Á vuestra casa!...

—Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí?

—¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas, de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor, y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito! ¡pobrecita! ¡pobrecitos!”

—Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo.

—En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más.

—¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo pues que volveréis al territorio de Bérgamo!

—Esto poco os importa.

—¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada?

—Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas; por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición.

—Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán colérico,—comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y continuó su camino.

Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad.

Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había), y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña, á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas, las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca, el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas. Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas, amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas, cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña, la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido, había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para disputar la entrada aun al propio dueño.

Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla. Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes; viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos, vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos, exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de misericordia”.

Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le respondió llamándole por su nombre.

—¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando á la vez.

—El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro.

—¿Conque eres tú?, dijo el amigo cuando estuvieron cerca: ¡Oh, qué placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño!

—Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación, el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar, y empezó á hacer la polenta; mas en seguida pasó á manos de Renzo la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He quedado solo, absolutamente solo!”.

Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la mesa, como igualmente habiendo vaciado la polenta en una especie de cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita, y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días.

Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba; aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D. Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió; y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían! Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos.

Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”, dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver, capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo, esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de conversación, es un gran consuelo”.

Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego... Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita... entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es, que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto. Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje.

Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos, á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos, por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno en cada faltriquera.

Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad. Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno, y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última.

NOTAS:

[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia este nombre.—Nota del T. E.

[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar, por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor parte de Europa, á la citada causa.—Nota del T. E.