APÉNDICE PRIMERO.
AÑO DEL NACIMIENTO DE COLÓN.
Tal es la obscuridad que reina respecto á la vida de Colón en la época anterior á su correspondencia con Toscanelli en 1474 y á su llegada á Andalucía en 1484, que entre las diferentes hipótesis para determinar la edad del Almirante, cuando ocurrió su muerte en 20 de Mayo de 1506, media un período de veinticinco años. El resultado de estas hipótesis es el siguiente:
| El año de | 1430, | según los datos de Ramusio. |
| — | 1436, | según los de Bernáldez, cura de los Palacios, y según el caballero Napione. |
| — | 1441, | según el Padre Charlevoix. |
| — | 1445, | según Bossi (Vita, págs. 68-70). |
| — | 1446, | según Muñoz. |
| — | 1447, | según Robertson y Spotorno (Storia litter. de la Liguria, t. II, pág. 243). |
| — | 1449, | según Willard (History of the United States, pág. 28). |
| — | 1455, | según las combinaciones de épocas indicadas en la carta fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503. |
En esta carta, como M. Morelli ha demostrado, es preciso leer 48 por 28, en la frase «yo vine á servar á España de veintiocho años». Estos errores tan comunes en las cifras árabes, empleadas á fines del siglo XV, encuéntranse en todos los Diarios de Colón. En el del primer viaje dice «que el 20 de Enero (1493) hará siete años cumplidos desde que vino á servir á los monarcas», y debe ponerse nueve en vez de siete, porque llegó á Sevilla en 1484. Navarrete cree, como Napione, que la fecha más probable del nacimiento del gran marino es el año de 1436, es decir, diez años antes de lo que supone el célebre historiador de América D. Juan Bautista Muñoz.
No existe incertidumbre de esta clase en la vida de ningún hombre célebre de los cuatro últimos siglos, ni se comprende por qué D. Fernando Colón, en la Vida del Almirante, no dijo la edad en que nació: acaso hasta él la ignoraba, y puede creerse que una de las rarezas de carácter de Colón fué la de no querer que se supiera el año de su nacimiento.
Su hijo D. Fernando, como frecuentemente se ha dicho, demuestra tímida prudencia y envuelve en el misterio cuanto concierne á sus parientes, al nacimiento y á la juventud de su padre.
Si algunos escritores serios, como, por ejemplo, Mr. de Murr (Martín Beheim, pág. 128), dicen que murió Colón en 20 de Mayo de 1505, en vez de 1506, es á causa de una errata en el texto de la Vida del Almirante, capítulo 128 (Barcia, Hist. primit., t. I, pág. 128).
He estudiado detenidamente las largas y á veces fastidiosas disertaciones que han visto la luz desde principios del siglo actual, en que un distinguido sabio de Turín, el conde Napione, convencido de la legitimidad de los derechos de los antiguos feudatarios del castillo de Cuccaro, en el ducado de Montferrato, renovó la controversia acerca del lugar donde nació el Almirante. Esta discusión, que terminó creyendo tener cuantos habían intervenido en ella la razón de su parte, fué provechosa por lo mucho que aclaró la historia de Colón, y por los datos aducidos respecto á los antiguos mapas y descripciones de América. Por lo demás, se advierte en la polémica la acritud y pasión que inspira el patriotismo provincial y municipal en los pueblos que no tienen un centro de vida política.
El ducado de Montferrato, considerado como parte de la antigua Liguria, está hoy unido al territorio de Génova; pero hasta ahora el involuntario sacrificio de su independencia no ha hecho á los genoveses tan indiferentes como se esperaba á las pretensiones de los piamonteses acerca de la persona del Almirante y de su verdadera patria (Memoria della Reale Academia di Torino, 1823, t. XXVII, pág. 75). Más de diez y ocho pueblos se disputan la gloria de haber sido cuna de Cristóbal Colón, y son: Génova, Cogoleto (nombre cambiado en Cogoreto, Cucchereto, Cugureo Cogoreo, Cucureo de Herrera y Cugurgo de Puffendorf), Bugiasco, Finale, Quinto y Nervi (en la ribera de Génova), Saona, Palestrella y Arbizoli (cerca de Saona), Cosseria (entre Millessimo y Carcere), el valle de Oneglia, Castello di Cuccaro (entre Alejandría y Casale), la ciudad de Placencîa y Pradello (en el Val de Nura del Piacentino).
El número de estos lugares aumentó progresivamente con la fama del héroe, porque sus contemporáneos, Pedro Mártir de Anghiera, el cura de los Palacios, Geraldini, Pedro Coppo de Isola[220], el obispo Giustiniani, el canciller Antonio Gallo y Senerega, le han llamado unánimemente genovés.
La institución del mayorazgo, documento fechado en 22 de Febrero de 1498, y de cuya autenticidad, como antes he dicho, nadie duda en España, prueba que la palabra genovés, aplicada á Colón, no puede tomarse en el sentido extenso de liguriano, que podría designar lo mismo al nacido en Génova que al natural de Cuccaro. Este documento de 1498 dice literalmente: «La dicha ciudad de Génova, de donde yo salí y donde yo nací.» Además, en la respuesta latino-italiana, igualmente auténtica, que el magistrado de Génova (Magistrato di S. Giorgio) escribió el 8 de Diciembre de 1502 á Colón, con motivo de sus patrióticas promesas, transmitidas por el embajador genovés Nicolás Oderigo, cuando volvió á España, llámase con frecuencia á la ciudad de Génova originaria patria de Vostra Claritudine, y á Colón amantissimus concivis (Cod. col. amer., pág. 329; Navarrete, t. II, pág. 283).
Á menos de suponer en Fernando Colón motivos para guardar premeditado silencio, es difícil explicar la ignorancia que afecta acerca del origen de su padre, pues sólo cita á Génova como uno de los seis puntos á los cuales se concedía en su época el honor de haber sido la patria del Almirante. ¿Cómo es posible creer que el padre hubiera dejado á los hijos en esta incertidumbre? ¿Por qué evita el hijo con tanta prudencia decidir la cuestión, ó decir al menos cuál es la opinión que le parece más probable?
La Vida del Almirante, escrita en español por Fernando Colón, se publicó por primera vez, traducida al italiano en 1571, treinta y un año después de la muerte del autor. Cítanse en ella, con el título de Crónica, los Annales de Génova, que fueron impresos en 1535, y que el conde Priocca niega fueran quemados por orden del Senado (véase Cancellieri, pág. 139). Esta cita prueba que Fernando Colón terminó su obra siendo ya viejo, y si tal prueba, presentada por el caballero Napione (Mem. della Acad. di Torino, 1805, págs. 148 y 240), no parece convincente, podría corroborarla con la condición de que en el último capítulo se trata de la muerte del Inca Atahualpa, que fué estrangulado en 1533. Ahora bien: cuarenta años después del descubrimiento del Nuevo Mundo, la gloria de Cristóbal Colón estaba tan divulgada, que en todos los puntos de la Liguria donde vivían personas del mismo apellido empezaron las pretensiones genealógicas. Algunas de estas pretensiones debían halagar la vanidad de Fernando y de Diego Colón, y de los hijos de éste, que habiendo llegado á gran posición nobiliaria en un país donde el comercio y las artes industriales no eran tan honrados como en Génova, aprovechábanse sin duda de la incertidumbre reinante sobre la posición social de sus parientes y el lugar del nacimiento de Cristóbal Colón.
En el primer capítulo de la Historia del Almirante hay una mezcla hipócrita de orgullo y de filosofía que oculta mal el deseo en su autor de dejar adivinar lo que no se atreve á decir abiertamente. Empieza diciendo que se le pide en vano probar que su padre desciende de una familia ilustre, la cual, por mala fortuna, había llegado á la última estrechez; y que tampoco mencionará como ascendiente aquel Colón que Tácito dice en el libro XII llevó preso á Roma al rey Mitrídates, y obtuvo por ello los honores consulares; ni á los dos almirantes de este apellido, tío y sobrino, que recorrieron victoriosamente (el uno desde 1462 á 1476, y el otro hasta 1485) los mares del Archipiélago y de Portugal[221]. Hoy las buenas ediciones de los Anales de Tácito (XII, 21) dicen: Traditus post hoc Mithridates, vectusque Romam per Junium Cilonem procuratorem Ponti. Consularia insignia Ciloni, Aquilæ prætoria decernuntur; pero en algunos manuscritos se lee, en efecto: Romam vectus per Junium Colonem, lección contraria á un pasaje de Dión Casio (LX, 33).
Después de este rasgo de erudición, D. Fernando expone cómo la Providencia quiso que todo fuera misterioso en el origen de su padre; dice que algunos, como para obscurecer la fama del Almirante, suponen que fué de Cugureo ó de Bugiasco, lugarcillos pequeños cerca de Génova; otros, que quieren exaltarle más, dicen que era de Saona; otros, genovés, y algunos también, saltando más sobre el viento, le hacen natural de Placencia, donde hay personas muy honradas de su familia y sepulturas con armas y epitafios de los Colombos. «Pasando yo por Cugureo, añade (era en 1530, según el Memorial[222] presentado en el pleito contra el conde de Gélvez), no sabiendo la residencia y ocupaciones de nuestros antepasados, procuré informarme de dos hermanos Colombos que eran los más ricos de aquel castillo y se decía eran algo parientes suyos; pero porque el más mozo pasaba ya de cien años, no supieron darme noticia de esto, ni creo que por esta ocasión nos quede menos gloria de proceder de su sangre, pues tengo por mejor que tengamos toda la gloria de la persona del Almirante, que andar inquiriendo si su padre fué mercader ó cazador de volatería[223], puesto que de personas de semejantes ejercicios hay mil cada día en todos lugares, cuya memoria entre los propios vecinos y parientes perece al tercero día.»
La frase castillo de Cugureo que emplea D. Fernando pudiera hacer creer que ha querido referirse al castillo de Cuccaro, confundiendo ambos nombres; pero antes cita á Cugureo en el número de los lugarcillos próximos á Génova, y esta cita puede aplicarse á Cogoleto ó Cugureo, pero no á Cuccaro, situado más alla de Alejandría. Además, un autor del siglo XVI, Gambara (De navigatione Christ. Columbi, Romæ, 1585), nombra á ese mismo Cugurero «Castrum in territorio Genuensi». Terminaré citando un viajero moderno[224] que dice, hablando de Cogoleto: «Este lugar no ha renunciado al honor de haber visto nacer á Colón, á pesar de la multitud de investigaciones y disertaciones según las cuales el grande hombre resulta, al parecer, que nació en Génova. En Cogoleto, hasta tienen la pretensión de enseñar su casa, especie de cabaña á orillas del mar, que encontré convenientemente ocupada por un guardacostas, y en la cual se lee, á continuación de otras inscripciones lamentables, este hermoso verso improvisado por M. Galiuffi:
«Unus erat mundus; Duo sint, ait site; fuere.
En la Casa-Ayuntamiento de Cogoleto[225] hay un retrato antiguo, sin duda poco parecido».
Lo que caracteriza los primeros capítulos de la obra de Fernando Colón es la prudente reserva con que deja indecisas todas las cuestiones, contentándose con designar (cap. V) á los genoveses establecidos en Lisboa con la frase de gentes de la nación del Almirante. Afirma vagamente que sus antepasados estuvieron siempre ocupados en el comercio marítimo, y «aunque contento y orgulloso de ser hijo de semejante padre, de famoso nombre por el valor y los claros é insignes hechos suyos», rechaza como injurioso el aserto de una «ocupación manual y mecánica» que el obispo Giustiniani atribuye á los padres de Cristóbal Colón.
Pronto veremos que, según los últimos documentos encontrados en Génova, el Obispo no cometió más falta que la de ser indiscreto. Después de elogiar al padre por haberse casado en Lisboa con D.ª Felipa Muñiz Perestrello, dama noble é ilustre, después de elevarse tanto por los favores de la reina Isabel y el matrimonio que había contraído D. Diego Colón con la sobrina del duque de Alba, no podía convenir á la familia dar á conocer al padre de Colón como «fabricante de paños». Añadiremos también que la indecisión absoluta de Fernando Colón[226] sobre el problema del lugar del nacimiento de su padre anula por completo las sospechas que ha expuesto Campi, autor de una Storia di Piacenza (1662), acerca de las falsificaciones oficiales que habrá sufrido el texto italiano de la Vida del Almirante[227].
Cuando el conde Napione, después de haber estudiado las piezas del pleito de sucesión de Diego Colón, muerto en 1578, intentó establecer con mucha sagacidad que la familia del Almirante descendía de los feudatarios del castillo de Cuccaro en el Ducado de Monferrato, y que hasta el mismo Almirante había nacido en dicho castillo, la Academia de Génova encargó en 1812 á tres de sus miembros, Jerónimo Serra, Francisco Carrega y Domingo Piaggio, examinar todos los documentos y reunir otros nuevos. El concienzudo trabajo de estos tres académicos, como el de Bossi y Spotorno, ha confirmado la antigua opinión del origen genovés, opinión que el Almirante consignó claramente en la institución del mayorazgo hecha en 22 de Febrero de 1493, y que también había parecido la más probable á los historiadores Muratori, Tiraboschi, Muñoz y Navarrete.
El Almirante era el hijo mayor de Domingo Colón y de Susana Fontanarossa. Además de dos hermanos menores, Bartolomé y Santiago, llamado en España Diego, tuvo también una hermana casada con un choricero (pizzicagnolo) que se llamaba Santiago Bavarello. El padre de Cristóbal Colón vivía aún dos años después del gran descubrimiento hecho por el hijo, y era tejedor de paños, como lo atestigua su intervención en un testamento hecho ante notario en 1494, que ha llegado á nosotros, en el cual figuraba como testigo y donde se lee olim textor pannorum, después de su nombre (Codice Col. Amer. p. LXVIII). También dice Senarega, que es el autor más próximo á esta época: Columbi (Christophori Genuensis) fratres Genuæ plebeis parentibus orti nam pater textor, carminatores filii aliquando fuerunt (Sen. de Rebus Genuensibus, ap. Murator., t. XXIV, pág. 534). Domingo, el padre del Almirante, aunque su nieto Fernando le llama indigente, tenía, sin embargo, dos casas; una con tienda extramuros en la contrada di Porta S. Andrea, y otra en el Vicolo di Mulcento. Esta última le había sido dada á censo enfitéutico por los frailes benedictinos de San Esteban, y la poseía, al menos, desde 1456 á 1489. Ignórase en cuál de las dos casas nació el Almirante; pero es probable que naciera en la del Vicolo di Mulcento, pues hay indicios de que le bautizaron en San Esteban, aunque no se ha encontrado la partida de bautismo (Bossi, pág. 69).
Domingo había trasladado en 1469 sus telares y comercio de lanas de Génova á Saona, y, según un documento conservado en los archivos de esta última ciudad, el más joven de los hermanos del Almirante, Diego, cuya dulzura de carácter é inclinación al estado eclesiástico elogia Las Casas (Hist. de Ind., lib. III, c. 82), fué colocado á la edad de diez y seis años por su madre Susana Fontanarossa, el 10 de Septiembre de 1484, como aprendiz en casa de un tejedor de lanas de Saona llamado Luchino Cadamartori[228]. Además, ya en 1311 estaba inscripto en Génova un lanajuolo llamado Jacobo Colombo, y los testimonios de la vecindad de la familia Colombo en dicha ciudad alcanzan hasta 1191. He referido estos minuciosos detalles para probar que las últimas investigaciones acerca de la familia del Almirante no han sido infructuosas.
La descendencia masculina del grande hombre se extinguió á los setenta y dos años después de su muerte. Sabido es que, de sus dos hijos, el menor y más sabio, Fernando, era ilegítimo, lo que no fué obstáculo, á pesar de las preocupaciones de la época, que fuera nombrado á los nueve ó diez años de edad, con su hermano mayor Diego, primero, paje del Infante D. Juan, y después de la prematura muerte de este Príncipe, paje de la reina Isabel[229]. Su madre, D.ª Beatriz Enríquez, es la dama de Córdoba cuyo embarazo tanto contribuyó á detener al Almirante en España en 1488 y á hacer que á Castilla y á León (y no á Portugal, á Francia ó Inglaterra) diera Colón un Nuevo Mundo[230].
Fernando acompañó á su padre, á la edad de catorce años, en el cuarto viaje de su descubrimiento, y demostró una energía de carácter y un valor «dignos de viejo marino». El Almirante nos dejó en su Lettera rarissima un testimonio conmovedor, cuando describió con los más vivos colores la tormenta sufrida durante cerca de tres meses en parajes que son temidos aun hoy día cuando se navega entre Morant Kays, los Caimanes, los Jardines de la Reina, los bajos Misteriosa y Santanilla y la costa de Honduras.
Después de vivir Fernando con su hermano Diego en Santo Domingo en 1509, y de viajar por muchos puntos de Europa, dedicóse, desgraciadamente demasiado tarde para la frescura de sus recuerdos (acaso desde 1533 á 1535), á escribir la historia de su padre, fundó una biblioteca de 12.000 volúmenes, legada á los padres Dominicos del convento de San Pablo de Sevilla, y murió sin posteridad en España, á la edad de cincuenta y tres años (hacia 1541), adoptando el estado eclesiástico al fin de su vida. Vivió honrosamente, dedicado al estudio en las orillas del Guadalquivir, rodeado de algunas personas instruídas que había traído con él de Flandes.
Su hermano mayor Diego, hijo de D.ª Felipa Muñiz, de la familia placentina de Perestrello, y sobrino de Pedro Correa, gobernador de Porto Santo[231], nació en esta isla, probablemente entre 1470 y 1474. Muy joven aún, especialmente á la edad de diez ó doce años, cuando vino con su padre de Portugal á España, conoció las amarguras de la indigencia. Era el niño que llevaba á pie Cristóbal Colón al convento de la Rábida, cerca de Palos, y para el cual pidió un pedazo de pan y agua, circunstancia que dió á conocer el gran marino al padre Juan Pérez, guardián del convento, «á quien llamó la atención el acento extranjero del viajero». Este mismo guardián de los franciscanos procuró á Colón una módica suma, «para vestirse decentemente y comprar una bestezuela».
Se tiene por cierto que Diego recibió su primera educación en el convento de la Rábida, porque sabemos, por el pleito con el fisco, que cuando el Almirante partió en 1492, lo confió á Juan Rodríguez Cabezudo, habitante de Moguer, y á un eclesiástico, Martín Sánchez[232].
Á muchos escritores modernos ha parecido bien pintar á Diego Colón, sin duda porque era hijo de un grande hombre, como desprovisto de talento y de carácter; pero sus contemporáneos formaron de él juicio muy diferente. Después de hacer el segundo viaje con el Almirante, permaneció Diego en España para atender á los asuntos litigiosos de su familia. Muerto su padre, intervino durante veinte años en los intereses políticos de Santo Domingo, de Jamaica, de Cuba y de Puerto Rico. Supo consolidar su posición aristocrática en España, casándose en 1508 con D.ª María de Toledo, hija del Comendador mayor de León y Cazador mayor de la corte, Hernando de Toledo, y sobrina del duque de Alba, que era uno de los personajes más poderosos del reino, favorito y próximo pariente de Fernando el Católico, á quien mostró noble fidelidad cuando en las controversias entre D. Fernando y el archiduque D. Felipe, casi todos los grandes se apartaron de aquél, que parecía abandonado de la fortuna[233]. Este parentesco con la casa de Alba, y la eficaz protección que tuvo por consecuencia de él[234], fueron más útiles á D. Diego que el recuerdo de los servicios de Cristóbal Colón.
Después de largas y vanas gestiones, fué reconocido Diego, por el decreto[235] dado en Arévalo en 9 de Agosto de 1508, Almirante y Gobernador de las Indias; reconocimiento que, según los términos del decreto, no era definitivo y estipulado, puesto que la corte se reservaba sus derechos en las cuestiones con el padre.
Llegó Diego el 10 de Julio de 1509 á Haïti, acompañado de la Virreina, de su hermano Fernando y de sus dos tíos. Las espléndidas fiestas con que se celebró su llegada en la fortaleza de Santo Domingo fueron interrumpidas por un destructor huracán. Al año siguiente, las querellas por los ensayos de la colonización en Jamaica, que corrían á cargo de Juan de Esquibel, y por la construcción de una casa que reunía, según decían, todas las condiciones de un fortín destinado á ofrecer seguridad á un virrey rebelde[236], alarmaron al viejo rey Fernando, y la isla de Puerto Rico (Borinquen, isla de Carib, isla de San Juan), dejó de formar parte del gobierno de D. Diego Colón, siendo entregada á la administración de Ponce de León.
Las vejaciones que sufrían los indígenas ocupados en los lavaderos de oro ocasionaron una sublevación general, librándose sangrientos combates en los que el perro Becerrillo[237], célebre por su fuerza y maravillosa inteligencia, prestó grandes servicios á los españoles.
El almirante D. Diego, persona de costumbres pacíficas, gozaba generalmente la reputación de favorecer á los indígenas; sin embargo, amigos imprudentes le comprometieron en una cuestión de frailes que tuvo mucha resonancia en la corte. Empeñóse en obtener una retractación pública del P. Antonio Montesinos, monje dominico que, en un sermón apasionado, defendió noblemente la causa de los indios, acusando á los colonos acaso con sobrada impetuosidad, de reducir á esclavitud á los que la religión y la ley declaraban libres. Ocurrió entonces lo que con frecuencia sucede cuando el poder secular exige lo que la jerarquía eclesiástica considera ofensivo á su honor y á su independencia. El P. Montesinos, excitado por el superior de la Orden, pronunció otro sermón más atrevido que el primero, fiel al sistema de sus correligionarios, que, como dice Gómara, querían quitar los indios á los cortesanos y ausentes, porque quienes los administraban en su nombre, los maltrataban.
En esta época (1511) sólo había en Haïti 14.000 indios, cuyo número disminuía rápidamente, sobre todo por las desatinadas disposiciones de Rodrigo de Alburquerque, que tenía el peligroso cargo de Repartidor de Caciques é Indios por los poderes Reales.
Causas tan graves y querellas de otra índole indujeron al almirante D. Diego á pedir su vuelta á España en 1514: el favor tardío concedido á la Virreina de poder vestir de seda (Herrera, Déc, I. lib. X, cap. 10), y de ser la única persona exceptuada de las leyes contra el lujo en las colonias, no podía satisfacerle en una posición tan embarazosa.
Permaneció en España durante seis años, obligado á defender los derechos de su familia y de su mayorazgo contra el fiscal del Rey en el famoso pleito (1510-1517), cuyas piezas, recientemente publicadas, han arrojado tanta luz sobre los primeros descubrimientos de Cristóbal Colón.
Desde la muerte de Fernando el Católico, la monarquía fué gobernada durante algún tiempo por el partido flamenco, y el señor de Gebres[238] concedió, como en feudo, los gobiernos de la isla de Cuba y del Yucatán, considerado entonces como isla, al Almirante de Flandes, bajo promesa de poblar dichas comarcas con personas libres y familias flamencas.
No poco trabajo costó á D. Diego Colón hacer revocar en 1517 una concesión completamente opuesta á los derechos que pretendía haber heredado sobre la isla de Cuba y, volviendo á estar en favor por algún tiempo con Carlos V, fué enviado de nuevo á Haïti (en Noviembre de 1520), recobrando su antiguo gobierno.
La viruela causaba allí horribles estragos desde hacía dos años, y una sublevación de esclavos negros, que podía llegar á ser muy peligrosa, por coincidir (en 1522) con la de los indios de Uraca, dió á D. Diego ocasión de mostrar su claro talento y grande actividad; pero el odio que le tenía Figueroa, uno de los tres comisarios enviados por el cardenal Ximénez á Haïti, y las largas cuestiones con la Real Audiencia, apresuraron su vuelta á España en 1523. Enfermo siguió á la corte durante dos años á Burgos, á Valladolid, á Madrid y á Toledo, esperando siempre ser reintegrado en el goce de sus privilegios, y murió el 24 de Febrero de 1526, sin poder alcanzar á la corte en Sevilla, porque, durante el viaje, quiso hacer una novena á Nuestra Señora de Guadalupe, de la cual era tan devoto como el gran almirante Cristóbal Colón.
La virreina María de Toledo quedó con numerosa familia (tres hijas y dos hijos) en Haïti. La mayor de las hijas, María, fué religiosa en un convento de Valladolid[239]; la segunda, Juana, se casó con D. Luis de la Cueva; la tercera, Isabel, con Jorge de Portugal, conde de Gélvez, perteneciente á una rama de la casa de Braganza, establecida en España.
Los dos hijos de Diego Colón, segundo Almirante de las Indias, llamáronse Luis y Cristóbal. El primero, desde la edad de seis años, fué reconocido tercer Almirante de las Indias, pero sin que este título le confiriese ningún derecho real. Permaneció en Haïti por lo menos hasta 1533, y como el pleito que su padre comenzó contra el fisco no se acababa, por consejos de su tío D. Fernando Colón, y encontrándose ya en España en la corte de Carlos V, hizo un convenio con el Gobierno, que le valió el título de Capitán general de la Isla Española. Volvió á las Antillas; pero habiendo pedido permiso su madre la Virreina viuda á fines del año 1527 (Herrera, Déc. IV, lib. II, cap. 6), para colonizar la provincia de Veragua, descubierta en Octubre de 1502 por el primer Almirante de las Indias Cristóbal Colón, hizo cesión al Emperador en 1540 de los derechos de su familia al Virreinato y al diezmo de todos los productos (decena parte de cualquier mercaduría, según dice el párrafo tercero de la capitulación de 17 de Abril de 1492), á cambio de los títulos de Duque de Veraguas y de Marqués de Jamaica[240], y una renta anual de 10.000 doblones de oro.
Recordaremos á este propósito que Cristóbal Colón pudo adquirir en 1497 el título de Duque de la Española, pero que, por prudencia, no lo quiso aceptar, como tampoco la dotación de un territorio de 1.250 leguas cuadradas en Haïti.
La familia del Almirante conservó una predilección especial por la provincia de Veragua, que pareció á Colón la comarca de la tierra más abundante en oro, siendo allí donde tuvo la primera noticia de la existencia de un mar al Oeste.
También Cristóbal Colón y su hermano el adelantado D. Bartolomé habían fundado en aquella costa, cerca de la desembocadura del Río de Belén y frente al islote llamado Escudo de Veragua, en las tierras del poderoso Quibian (cacique) de Veragua[241], el primer pueblo de cristianos[242] en Tierra Firme, especie de fortín parecido á las antiguas factorías portuguesas en África, y que tuvieron que abandonar vergonzosamente, después de una permanencia de cuatro meses, en Abril de 1503.
Ha sucedido con Veragua como con Darien, Uraba, Cubagua y la costa de Paria, cuyos nombres conoció toda la Europa civilizada hasta mediados del siglo XVI. Las primeras tierras que se descubrieron están hoy olvidadas y casi desiertas.
El tercer Almirante de las Indias, D. Luis Colón, primer Duque de Veraguas, cuyas costumbres no fueron muy dignas de elogio[243], encontrábase en Génova en 1568, y llevaba el manuscrito de su tío Fernando, que entregó á dos patricios, Fornari y Marini. No he podido encontrar la fecha exacta de la muerte de Luis Colón; pero es positivo que falleció sin dejar hijos legítimos, porque Cristóbal, que figura en el pleito de 1583, era hijo natural. El mayorazgo y el almirantazgo de las Indias recayó, pues, en Diego, hijo del Cristóbal Colón, hermano del tercer Almirante, y de Isabel, condesa de Gélvez. Con el cuarto Almirante D. Diego Colón, segundo duque de Veraguas, acaba en 1578 toda la línea masculina y legítima del gran Colón que descubrió el Nuevo Mundo.
La herencia de una familia ilustre por la gloria de este hombre extraordinario, emparentada con las casas de Alba y de Braganza, y por tanto, con Fernando el Católico y Juan I, con las casas Reales de España y de Portugal, debía excitar no pocas ambiciones y esperanzas. El acta de institución del mayorazgo (22 de Febrero de 1498) disponía: 1.º, que cuando terminara la descendencia masculina de Diego y de Fernando, hijos, y de Bartolomé y Diego, hermanos del primer Almirante, el mayorazgo que contenía los títulos de Almirante mayor del mar Océano, Visorrey y Gobernador de las Indias y Tierra Firme, debía pasar en herencia á los parientes varones más próximos que tuviesen ellos y sus abuelos, siempre que llevaran el apellido de Colón; 2.º, que el mayorazgo no pasaría á las hembras sino cuando en otro cabo del mundo no se encontraran descendientes varones de linaje verdadero. Cristóbal Colón evitó prudentemente decir cuáles eran los parientes de su verdadero linaje en Italia, no nombrando ni á los Colón de Cogoleto, ni á los de Placencia, ni á los del castillo de Cuccaro.
El pleito comenzó en 1583, cinco años después de la muerte del cuarto Almirante D. Diego. Las partes litigantes que disputaban la herencia eran tres, no contando una comunidad de religiosas de Valladolid, ni á Cristóbal Colón, hijo natural (Mem. di Torino, 1805, página 191) del tercer Almirante D. Luis Colón.
Un hombre poderoso en España, Jorge de Portugal, conde de Gélvez, esposo de Isabel Colón, tía del cuarto Almirante D. Diego, que falleció en 1578, litigaba contra Baltasar (Baldasarre) Colón, de la familia de los señores de Cuccaro y de Conzano y contra Bernardo Colón, de Cogoleto ó Cogoreo. Estos últimos procuraban probar que el famoso almirante Cristóbal Colón descendía en línea recta de los señores del castillo de Cuccaro y que estos señores eran la rama de los Colón de Cogoleto, cerca de Génova y de Pradello en el Placentino. Como los nombres de Domingo, de Cristóbal y de Bartolomé se repiten con frecuencia en las distintas familias que llevan el apellido de Colón, fácil era aprovechar esta circunstancia en favor de las invenciones genealógicas. Suponíase que Domingo, el padre del primer Almirante, debía ser un tal Domingo, feudatario del castillo de Cuccaro, hermano de Francisco é hijo de Lancia de Cuccaro. De este Francisco descendía Baltasar, que pretendía la sucesión en el mayorazgo, porque su cuarto abuelo paterno, Lancia, era, según decía, abuelo de Cristóbal Colón. Este Baltasar, que se llamaba cofeudatario de Cuccaro, vivía pobremente en Génova, aunque estaba emparentado con la familia patricia de los Lomellini[244].
Bernardo de Cogoleto pretendía descender del adelantado Bartolomé Colón, hermano del primer Almirante, porque su quinto abuelo Nicolás, hermano de Lancia de Cuccaro, vino á establecerse en Cogoleto á mediados del siglo XIV y dejó dos hijos, Bartolomé y Cristóbal. En esta hipótesis, el mayor se llamaba lo mismo que el Adelantado, y el menor como el atrevido marino conocido con el nombre de Colombo il giovane (el Mozo)[245], á quien acompañó largo tiempo Cristóbal Colón en sus expediciones aventureras y belicosas.
Procurábase probar por el testimonio de un milanés, maese Domingo Frizzo, y de un monferratino, el magnífico signor Bongioanni Cornachia, que Cristóbal Colón, nacido en el castillo de Cuccaro, donde vivía su padre Domingo, hijo de Lancia, se fugó siendo niño con otros dos hermanos suyos, yendo á Saona con el propósito de embarcarse allí para no volver más á su patria. Para apreciar este testimonio en su justo valor, basta recordar que Cornachia decía haber oído este suceso á su abuelo, que murió á la edad de ciento veinte años (Mem. di Torino, 1823, páginas 158, 164, 168).
Un conde Alberto de Nemours (los documentos de la época dicen Namors) recordaba á los setenta y tres años que, siendo niño, cuando su maestro le explicaba Virgilio, decía que Eneas se había fugado, como el hijo del feudatario de Cuccaro, Domingo, cuyo hijo descubrió después las Indias para el Rey de España. Pero estas confusas reminiscencias de viejo nada valen frente á los hechos bien comprobados. Domingo, el padre del gran Almirante, vivía aún en 1494, como se sabe por su firma, á la que hay añadida la frase olim textor pannorum; y Domingo, cofeudatario de Cuccaro y Conzano, había muerto treinta y ocho años antes (Cod. Colomb. Amer., página 68), en 1456. El padre de este último era Lancia di Cuccaro, mientras el otro Domingo (padre del gran Almirante y casado con Susana Fontanarossa), era hijo de Juan Colombo de Quinto. Existe, en efecto, un caserío llamado Quinto, al este de Génova. Cerca de allí está la aldea de Terrarossa, y esta proximidad explica por qué Fernando Colón dijo en la Vida del Almirante, capítulo 10, que «había visto algunas firmas de su padre antes que adquiriese el Estado (los títulos concedidos por los monarcas españoles) en esta forma: Columbus de Terrarubra.»
El mapamundi[246] que el hermano del Almirante, D. Bartolomé, presentó al rey de Inglaterra, Enrique VII, dice así: Pro pictore, Janua cui patria est, nomen cui Bartholomæus Columbus de Terra Rubra, opus edidit istud Londia; die 13 Feb. 1488.
Es probable que los padres del Almirante, que, según hemos dicho antes, poseían dos casas en la ciudad de Génova, tuvieran también en época anterior algunas fincas rústicas cerca de Quinto[247].
El cambio del apellido italiano Colombo por el de Colón lo hizo, según asegura su hijo D. Fernando, en España: «conforme á la patria donde fué á vivir y á empezar su nuevo estado, limó el vocablo para conformarle con el antiguo y distinguir los que procedieron de él, de los demás que eran parientes colaterales.» (Vida del Almirante, cap. 1.) Muñoz adoptó esta opinión; pero se tiene por seguro que en tiempos más antiguos, el pueblo en el ducado de Montferrato llamaba á los feudatarios de Cuccaro Colón en vez de Colombo (Cancellieri, páginas 127 y 129). Respecto al Almirante, encuéntrasele con frecuencia citado en los documentos del siglo xv con los nombres de Colom[248] y Colomo.
En el pleito que duró desde 1583 hasta 1608, porque excitaba la codicia, de los abogados españoles y ligurianos, el conde de Gélvez y los herederos en España no tenían interés alguno en rechazar el parentesco con la ilustre casa de los feudatarios de Cuccaro. Este parentesco, que halagaba su vanidad nobiliaria, podía ser reconocido, sin que por ello tuviera derecho á la herencia Baltasar de Cuccaro. El Consejo de Indias interpretó la institución de mayorazgo en el sentido de que no debía pasar á los agnados, sino sólo á la descendencia del Almirante[249]. Si éste se hubiera fugado, siendo niño, del castillo de Cuccaro, y si hubiese juzgado cosa fácil probar su parentesco con los feudatarios de Montferrato, seguramente hiciera valer sus derechos de nobleza cuando se estableció en España, cuando el título de Don le fué prometido como futuro[250] precio de su descubrimiento, y, sobre todo, cuando fundó un mayorazgo; porque era entonces costumbre muy usada mencionar la ilustración adquirida en otro país cuando se ambicionaba una título de nobleza en la Península.
Fué preciso que transcurrieran cuatro generaciones para transformar un tejedor de paños de Génova, Domingo Colón, textor pannorum, cuya hija se había casado con el choricero Bavarello, en un señor feudatario de los castillos de Cuccaro, Conzano, Rosignano, Lú y Altavilla. Las genealogías no han faltado nunca á los hombres que se han hecho célebres; y cualquiera que fuese el noble orgullo y la elevación de sentimientos del Almirante, como vivía en una nación llena de preocupaciones caballerescas, hubiera desdeñado el prestigio de los mitos de la genealogía á no ser por el temor de excitar la atención hacia lo que él deseaba ocultar á los españoles.
El problema de la patria de Cristóbal Colón contiene además dos puntos completamente distintos. Aunque, según todas las probabilidades, Boccacio nació en París, no por ello se le niega la cualidad de italiano. El nacimiento de Colón en Génova, la vecindad de sus antepasados, al menos de su padre Domingo y de su abuelo Juan de Quinto en esta ciudad y en las aldeas inmediatas, no parece ser dudoso, según las pruebas que hemos presentado.
Familias del mismo apellido pueden no tener ninguna clase de parentesco, si el apellido es significativo, si expresa oficio, ó cargo, ó producción de la naturaleza. Las armas son entonces frecuentemente parlantes, es decir, jeroglíficos de un nombre, y su identidad fija hasta cierto punto la identidad de las razas. Los feudatarios de Cuccaro tienen palomos en sus armas, y casi sorprende ver que los Colombos de Génova han reemplazado (Cod. Col. Amer., pág. 88) los palomos, signos de un nombre de familia, por una barra azulada en fondo de oro. Si no es absolutamente preciso admitir el parentesco de todas las familias de un mismo apellido de Génova, Cogoleto, Placencia y Montferrato, hay, sin embargo, por la proximidad de los lugares, alguna verosimilitud de que este parentesco exista en grado más ó menos lejano. Fortalece esta creencia un testimonio de Cristóbal Colón relativo al almirante Colombo el Mozo, de Cogoleto, de quien he tenido ocasión de hablar muchas veces. El fragmento de una carta citada por Fernando Colón (Vida del Almirante, cap. 11) contiene estas notables palabras. «No soy el primer Almirante de mi familia; pónganme el nombre que quisieren, que al fin David, rey muy sabio, guardó ovejas, y después fué hecho rey de Jerusalén; y yo soy siervo de aquel mismo Señor que puso á David en este estado.»
Esta carta, dirigida al ama ó nodriza del infante don Juan[251], por las pocas líneas que de ella han llegado á nosotros, parece probar que Cristóbal Colón se justificaba de algunas censuras «acerca del obscuro nacimiento del extranjero». Como su hijo D. Fernando dice claramente en el cap. 5.º de la Vida del Almirante, hablando del célebre marino llamado Colombo el Mozo, que era de su familia y apellido; y como además refiere haber estado en Cugureo (Cogoleto), porque se decía que los Colombos de este castillo eran algo parientes del Almirante (cap. 2.º), no cabe duda que el fragmento de la carta alude á Colombo el Mozo, natural de Cugureo. Ahora bien; los Colombos de Cuccaro fijaron su residencia desde 1341 en Cugureo, lo que ignoraba probablemente el mismo Almirante, y en esta circunstancia se funda el admitir que el grande hombre, creyéndose tener, por sus antepasados, algún parentesco con la rama de Cugureo, era también, sin saberlo, de la rama de Cuccaro ó de Montferrato. Estos débiles lazos de parentesco, esta presunción de descendencia de un tronco común anterior á la mitad del siglo XIV, no quebrantan en mi concepto la antigua creencia que considera genovés á Cristóbal Colón.
El fallo que transmitió toda la herencia de D. Diego Colón, cuarto almirante, al marido de su tía Isabel, el conde de Gélvez, fué publicado el 2 de Septiembre de 1602. Baltasar Colombo de Cuccaro recibió dos mil doblones de oro[252], suma módica en comparación de los gastos de un pleito que duró veinticinco años. Gélvez tomó los apellidos y títulos de Colón de Portugal y Castro, Almirante de las Indias, Adelantado Mayor de ellas, Duque de Veragua y de la Vega, Marqués de Xamaica, Conde de Gélvez.
Cuando en tiempo del protectorado de Cromwell, en 1655, tomaron los ingleses posesión de Jamaica, la familia de Colón pidió al Gobierno una indemnización por las perdidas rentas de su marquesado. Después de largas y vanas gestiones, obtuvo Pedro de Portugal en 1671 una indemnización pecuniaria. La memoria que publicó con este motivo contiene el elogio del primer Almirante Cristóbal Colón, «al cual hizo Dios el favor, poco necesario á causa de las grandes cualidades que poseía, de que descendiera en línea recta de los ilustres feudatarios del castillo de Cuccaro». Ya no era peligroso reconocer esta genealogía que, antes de 1602, ponía en litigio la herencia. En 1712 Felipe V concedió la grandeza de España á la familia del duque de Veragua[253].
Los españoles han conservado hasta nuestros días, en la vida ordinaria, la firma con rúbrica, acompañada frecuentemente de rasgos complicadísimos y repetidos con completa igualdad.
En la Edad Media, para diferenciarse de los moros y de los judíos, tan numerosos en la Península antes del sitio de Granada, precedían á la firma, por devoción, algunas iniciales de un pasaje bíblico ó el nombre de un santo de la especial devoción del que firmaba.
El Almirante firmó siempre, aun en las cartas familiares á sus hijos:
| S. | ó | S |
| S. A. S. | S. A. S. | |
| X M Y | X M Y | |
| XPO. FERENS. | El Almirante. |
La segunda forma sólo se encuentra una vez[254], en la firma del testamento y de la institución del mayorazgo, el 22 de Febrero de 1498. La palabra Almirante, puesta en lugar de Christoferens, acaso fué á causa de la condición impuesta en el mismo documento á don Diego y á su descendencia directa de firmar solamente el Almirante, aunque tuvieran otros títulos[255].
Admira, seguramente, al ver las cartas de Colón, la pedantesca uniformidad con la que el grande hombre pintaba esta larga firma, separando con puntos solo cuatro de las siete misteriosas iniciales. La autenticidad de un documento firmado por Colón se pone en duda (Navarrete, t. II, pág. 307) cuando las iniciales X M Y tienen también puntos; y si, en el XPOFERENS, el XPO no está separado del FERENS.
La imitación de esta larga y fastidiosa firma, en la que desaparece el nombre de Colón, está expresamente prescrita á los sucesores en el mayorazgo. «Quiero que D. Diego, mi hijo, ó cualquier otro que heredare este Mayorazgo, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana encima, y encima della una S, y después una Y griega con una S encima, con sus rayas y vírgulas, como yo agora fago, y se parecerá por mis firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por ésta parecerá.» La expresión rayas y vírgulas es para mí poco inteligible, porque las quince firmas que poseemos en las cartas de Cristóbal Colón publicadas en Génova en el Códice Colombo Americano y en Madrid en los Documentos diplomáticos de Navarrete, no tienen vírgulas, sino los cuatro puntos[256], cuya importancia acabamos de mencionar.
La recomendación que el Almirante hace á su hijo relativamente á las iniciales, objeto de recientes y graves polémicas, prueba de un modo claro que las letras S. A. S. son accesorias en relación con las X, M é Y. Los puntos indican, al parecer, la terminación de las tres palabras Christus (X——S.), María Sancta (M——A.) y Yosephus (Y——S.). La última letra de las desinencias está colocada por encima de X, M, Y, como algebráicamente se coloca un exponente. Para llegar al misterioso número de las siete letras, la S de María Sancta se encuentra encima de toda la firma cifrada del Almirante.
Spotorno explica también la cifra Christus Maria Yosephus (Mr. Irving prefiere Jesús, t. IV, pág. 438) ó por Sálvame Christus, Maria, Yosephus (Códice Colombo, pág. 67). Bossi encuentra aventuradas todas las tentativas de explicación (Vita di Crist. Col., pág. 249).
La devoción del Almirante llegaba á tal extremo, que aun en lo alto de la página escribía con frecuencia la fórmula: Jesús cum Maria sit nobis in via. Amén.
Así, en efecto, la encontramos en el principio del libro de las Profecías (Navarrete, t. II, pág. 260). El hijo elogia, además, la elegante forma de la letra de su padre. «Con tan buena letra, dice (Vida del Almirante, cap. 3), que bastara para ganar de comer.»
En vez de estas largas fórmulas que en la Edad Media se ponían á la cabeza de un escrito, los eclesiásticos de la Península y de la América española tienen la prudencia de poner una cruz «para arrojar al diablo que se apodera de todo papel».
DISPOSICIONES TESTAMENTARIAS DE COLÓN.
Existen de Colón dos testamentos y un codicilo; tres documentos que frecuentemente han sido confundidos y cuya autenticidad ponen en duda algunos historiadores.
1.º Testamento é institución de Mayorazgo hecha por el Almirante en 22 de Febrero de 1498, tres meses antes de partir para su tercer viaje. Como en este documento se dice claramente que Colón nació en Génova («de esta ciudad de Génova salí, en ella nací»), el conde Galeani Napione (Patria di Colombo, páginas 257, 259, 284, 297; Bossi, pág. 55) ha creído que debía atacar su validez; pero Navarrete (t. I, pág. CXLVII y t. II, páginas 235, 309), sin dejar de observar que no está escrito de letra del Almirante ni firmado por él, lo considera perfectamente auténtico, por haber sido presentado diferentes veces, sin que nadie le redarguya de falso en los pleitos á que dió lugar la sucesión de D. Diego Colón, muerto en 1578; y en el archivo de Simancas está la prueba evidente de su autenticidad, «la confirmación Real dada en Granada el 28 de Septiembre de 1501». La facultad para fundar el mayorazgo, conservada en el archivo del duque de Veraguas, es de 23 de Abril de 1497, en cuya época empezaron los preparativos para el tercer viaje (Navarrete, t. II, Doc. CIII, CV, CVI), dilatados por la malquerencia del obispo Fonseca.
Se ve en la introducción del testamento, hecho en 19 de Mayo de 1506, que Colón, antes de partir para el cuarto viaje, puso en manos de su amigo fray Gaspar Gorricio, del convento de las Cuevas de Sevilla, una nueva Ordenanza de Mayorazgo, documento escrito de mano propia y fechado el 1.º de Abril de 1502, pero que hasta ahora no ha sido encontrado (Navarrete, t. II, páginas 235, 312). Á este mismo padre Gorricio encargó también Colón en Marzo de 1502 que enriqueciera con su erudición el libro de las Profecías, del que tantas veces hemos hablado.
En una carta al padre Gorricio (4 de Enero de 1505) pide el Almirante, según parece, que le devuelva los documentos depositados en 1502 en el convento de las Cuevas. Este eclesiástico debe enviarle las escrituras y privilegios que le guardaba, y el envío había de hacerse en una caja de corcho enforrada de cera.
2.º Codicilo militar, fechado en Valladolid el 4 de Mayo de 1506. Este codicilo, de 17 líneas, está escrito en latín en las guardas de un breviario que se supone dió el papa Alejandro VI á Colón (Cod. Col. Amer., pág. 46) y que se conserva en la Biblioteca Corsini de Roma. En él ordena la fundación de un hospital en Génova, é instituye, lo cual parece rarísimo, que en el caso de extinguirse la línea masculina de los Colón, la república de San Jorge (amantissima patria) le suceda en los privilegios anejos al título de Almirante de las Indias.
No han sido el sabio abate Andrés (Cartas familiares, t. I, pág. 153; t. II, pág. 75), ni Tiraboschi (Storia litter. d’Italia, t. XI, pág. 159) los primeros en dar á conocer este codicilo, porque Gaetani envió una copia en 1780 al doctor Robertson, como también el embajador de España en Roma, el caballero Azara, en 1784, al historiador Muñoz. Creíase entonces este codicilo de letra del Almirante; pero Navarrete ha demostrado, no sólo que no lo es, sino también que la firma ordinaria de Cristóbal Colón (XPO FERENS) va precedida de iniciales que difieren de las que Colón acostumbraba á poner.
El fondo y la forma de este documento dan motivo para sospechar que sea apócrifo (Napione en la Mem. de Turín, año 13, pág. 248-261; Navarrete, t. II, páginas 305-311, Cancellieri, § 1-4), y debilitan la justificación intentada por el Sr. Bossi (Vita de Cr. Col., páginas 57 y 240). Además, es poco probable que el 4 de Mayo de 1506, enfermo Colón, y sufriendo un violento ataque de gota, quince días antes de su último testamento, y sin hacer mención en él de tal codicilo, escribiera un testamento militar en un libro de oraciones, en una lengua que él jamás empleaba[257], y estando en una gran ciudad, donde todas las formalidades exigidas para el testamento ordinario podían ser fácilmente ejecutadas.
3.º Testamento y codicilo otorgados en Valladolid en 1506. Esta es la fecha del depósito. El testamento escrito por el Almirante es de 25 de Agosto de 1505, de cuya época nos ha conservado Las Casas (Hist. de las Indias, lib. XI, cap. 37) una carta de Colón al rey Fernando, en la que se nota la misma altivez que resalta en el testamento. «La reina Isabel y el doctor Villalón, escribe el Almirante al Monarca, vieron las cartas de ruego que hube de tres príncipes (y, sin embargo, cedí mi empresa á España).»
El testamento hecho en el mismo mes dice: «Cuando yo serví al Rey y la Reina con las Indias, que parece que yo por la voluntad de Dios, nuestro Señor, se las dí, como cosa que era mía, puédolo decir porque importuné á SS. AA. por ellas, las cuales eran ignotas é abscondido el camino á cuantos se fabló de ellas.»
La validez de este testamento, depositado la víspera de la muerte del Almirante, jamás ha sido puesta en duda.