XIV.
Últimos momentos de Colón.
Hemos acompañado á Colón desde el lugar de su nacimiento y su primera juventud hasta la triste época de su vida en que, abandonado de la fortuna, no lo fué de la fuerza de su carácter y del poder de su genio. He investigado en sus actos y en lo poco que nos queda de sus escritos cuanto puede contribuir á formar un juicio imparcial, complaciéndome pintar esta gran figura histórica con sus verdaderas facciones, como hombre del siglo XV, representante de las antiguas costumbres de la Liguria y de España, no según las opiniones y los sentimientos engendrados por la civilización de los tiempos modernos.
Colón concibió, al mismo tiempo que el florentino Pablo Toscanelli, el atrevido proyecto de llegar á la India por la vía del Oeste, aventurándose en el mar Tenebroso de los geógrafos árabes. Como marino hábil é instruído, realizó lo que hasta entonces había sido una estéril teoría de gabinete y llegó á ser de tal suerte el instrumento imprevisto, casi involuntario, del descubrimiento del nuevo continente. Reconoció progresivamente la conexión ó unión mutua de las tierras que primero parecieron islas dispersas en la inmensidad del Océano, ó próximas á la costa oriental de Asia; pero murió firmemente persuadido de haber encontrado un continente en Cuba (al llegar al cabo Alpha y Omega, cabo del principio y del fin), en la costa de Paria y en la de Veragua. Este continente formaba parte, según él, del gran imperio del Khataï, es decir, del imperio mogol de la China septentrional.
Basta por el momento citar una sola frase de la carta de Colón, escrita en Julio de 1593 al final de su cuarto y último viaje: «Llegué el 13 de Mayo á la provincia de Mago[207], que está junto á la de Catayo. De Ciguare, en la tierra de Veragua, hay diez jornadas al río Ganges.»
Diez y ocho meses después de este cuarto viaje murió Colón, y en dicho tiempo no se hizo ningún descubrimiento que le obligara á modificar su opinión. Desde 1504 á 1508, en que Pinzón y Solís partieron para recorrer las costas orientales hasta el paralelo de 40° Sur, no hubo expedición alguna de importancia, porque la que disponían Vespucci y Juan de la Cosa en 1507 no llegó á realizarse por motivos políticos.
Las ideas de cosmografía sistemática de que el Almirante estaba imbuído desde su juventud y que principalmente aprendió en los Padres de la Iglesia y en las obras del cardenal d’Ailly, le impidieron comprender toda la grandeza de su descubrimiento, y reconocer su verdadero carácter.
Poseemos una copia hecha por D. Fernando Colón de una carta de su padre al papa Alejandro VI, en la que dice: «He descubierto y ganado mil cuatrocientas islas[208] y trescientas treinta y tres leguas de tierra firme de Asia.» Esta carta la escribió el Almirante cuatro años antes de su muerte. Tal fué la grandeza del descubrimiento, que aquel á quien se debe no pudo comprenderla, adivinando sólo una pequeña parte de la gloria inmortal con que la posteridad había de rodear su nombre.
Ya dije antes cuán breve había sido la época dichosa de Colón. En su larga carrera apenas se cuentan seis ó siete años de felicidad. Vivió bastante tiempo entre los hombres para saber amargamente lo que la superioridad tiene de importuno, y cuán difícil es adquirir fama, sin comprometer y perturbar el reposo.
Las tierras que había descubierto por voluntad divina y milagrosas inspiraciones llegaron á ser presa de sus enemigos. Las Nuevas Indias, que llama su propiedad, cosa que era suya (testamento del 19 de Mayo de 1506); aquella parte del Asia que se presenta á su imaginación como una conquista, más grande que Europa y África unidas[209], fueron inabordables para quien «las había negado á Francia, á Inglaterra y á Portugal». El anciano veía el fracaso de sus más puras ambiciones; los indios, á quienes consideraba como «la riqueza de la India»[210], desaparecían por el exceso del trabajo á que se les obligaba, ó por las erróneas instituciones coloniales. Las cartas que el Almirante dirige á su familia y amigos desde el año 1502, reflejan este dolor, y se ve, al leerlas, lo conmovedora que es la tristeza de un grande hombre, que es además un hombre virtuoso.
Pero á pesar de los sufrimientos físicos, el reposo le era intolerable. En medio de las tribulaciones que contristaban su corazón, ideaba nuevos proyectos, aun sin creer en su ejecución. Una de las grandes miserias de la vida es llegar á la edad en que quedan los deseos, cuando hace tiempo que han desaparecido las ilusiones que mantienen la esperanza.
Colón sintió desfallecer sus fuerzas, sin comprender cuán cerca estaba del término de sus sufrimientos. Ya hemos visto que pocas semanas antes de su muerte, en la carta al archiduque Felipe y á la reina Juana de Castilla les dice «tengan por cierto que bien que esta enfermedad me trabaja asi agora sin piedad, yo les puedo aún servir de servicio que no se haya visto su igual. Estos revesados tiempos é otras angustias en que yo he sido puesto contra tanta razón, me han llevado á gran extremo.»
Esta carta, según mis investigaciones, es de los primeros días del mes de Mayo de 1506, y la envió á su hermano Bartolomé para que la llevase á la Coruña, donde los Soberanos habían desembarcado poco antes del 7 de Mayo, si merecen fe los datos de las cartas de Pedro Mártir de Anghiera.
El 19 puso el Almirante su testamento en manos del Escribano de Cámara de SS. AA., y el 20 murió, probablemente rodeado de sus dos hijos, porque en la carta al archiduque Felipe dice que ni él ni su hijo pueden ir á recibirle.
Dejó ordenado que los grillos que le mandó poner Bobadilla, y que conservaba como reliquias, y como el precio de los servicios que había prestado á España, los colocaran en su sepulcro. «Yo los vi, dice Fernando Colón, siempre en su retrete, y quiso que fuesen enterrados con él.»
He visitado en la Habana la tumba de Cristóbal Colón y en Méjico la de Hernán Cortés. Por una coincidencia rara de sucesos, se ha podido asistir, á fines del siglo último y en épocas muy próximas, á la traslación de los restos de estos dos grandes hombres. En Méjico, el duque de Monteleón dedicó á su antepasado Cortés un monumento, levantado en la capilla nueva del hospital de Los Naturales; y en la suntuosa Catedral que posee la Habana, desde 1796 están las cenizas de Colón, que, en menos de tres siglos, han sido trasladadas cuatro veces.
Cuando murió Colón en Valladolid, el 20 de Mayo de 1506, fué enterrado su cuerpo en el convento de San Francisco. En 1513 le llevaron á la Cartuja de las Cuevas[211] en Sevilla, y desde allí, en 1536, en unión del cuerpo de su hijo D. Diego[212], á la Capilla Mayor de la catedral de Santo Domingo, en la isla de Haïti.
Cuando, con arreglo al tratado de paz de Basilea de 1795, fué cedida á Francia la parte española de esta isla, el duque de Veragua, heredero de los bienes de Cristóbal Colón, quiso que las cenizas del héroe descansaran en tierra sometida á España y, á fin de conseguirlo, envió dos comisarios, los Sres. Oyarzábal y Lacanda, á Santo Domingo, para tratar con las autoridades que iban á salir de allí. Los comisarios encontraron poderoso apoyo en los patrióticos sentimientos del almirante D. Gabriel de Aristizábal, cuya escuadra se había concentrado en aquellas costas.
La traslación de los restos de Colón se verificó con gran pompa el 20 de Diciembre de 1795. Dice una relación oficial, que «se abrió[213] una bóveda que estaba sobre el presbiterio, al lado del Evangelio, pared principal y peana del altar mayor». En ella se encontraron algunos pedazos de planchas de plomo, restos de un ataúd, mezclados con pedazos de huesos, de canillas y otras varias partes de algún difunto. El buque San Lorenzo trasportó estos restos á la Habana, donde, el 19 de Enero de 1796, hubo otra pompa fúnebre en el puerto, en el muelle de la Caballería, en la plaza de Armas, cerca del Obelisco, donde se celebró la primera misa cuando la fundación de la ciudad, y en la Catedral.
En el territorio de los Estados Unidos, cuyo descubrimiento marítimo se debe á Sebastián Cabot, á Corteral, Ponce de León, Ayllón y Verrazano, hay más de veinte localidades que llevan el nombre de Colombus, Columbia y Columbiana. Después de fundar la independencia de la América del Sur, Bolívar enalteció la fama de sus victorias uniendo el gran nombre de Cristóbal Colón á una república cuya superficie es seis veces mayor que España; pero estas pruebas tardías de público agradecimiento recuerdan un género de homenajes prodigados con demasiada frecuencia á nombres que merecen poco respeto de la posteridad. Que se atraviese el Nuevo Continente desde Buenos Aires hasta Monterrey, desde la isla de la Trinidad hasta Panamá, y en ninguna parte se encontrará un monumento nacional de alguna importancia elevado á Cristóbal Colón. De esta ingratitud participan también España é Italia[214].
Durante mi permanencia en la Habana he preguntado algunas veces al almirante Aristizábal si, al abrir la bóveda que contenía los restos de Colón, se encontraron los grillos que, según dice su hijo, ordenó colocar en su tumba. El almirante Aristizábal y otras personas que asistieron á la exhumación, con el más vivo interés, me aseguraron no haber visto nada que indicara la presencia de hierro oxidado. ¿Los quitaron en la traslación de Valladolid á Sevilla, ó de Sevilla á Santo Domingo ó no fué obedecida una orden verbal, cuya ejecución podía lastimar la susceptibilidad de una Corte que pretendió haber sido extraña á las violencias ejercidas por Bobadilla, y que exigía testimonios de afecto de los mismos á quienes secretamente oprimía?
En los testamentos de Colón háblase de la construcción de una capilla en la Vega de la Concepción de Haïti, destinada á hacer decir diariamente misas por el descanso de su alma, de la de su mujer y de las de sus parientes; pero no se designa el sitio de su enterramiento. Fernando Colón nada dice de la traslación de los restos de su padre á Haïti, lo cual es una prueba más de que terminó su historia antes de 1536.
Las tres grandes figuras que fijan la atención con vivo interés en la historia del Nuevo Mundo, antes de la gloria de Washington y de Franklin, son: Cristóbal Colón, Cortés y Raleigh. Hombres de los siglos XV y XVI, pertenecientes por su origen á tres naciones distintas, cada uno de ellos tiene su fisonomía especial: en Colón sobresale la audacia del navegante lanzado á la carrera de los descubrimientos; Cortés es el conquistador y profundo político, y Raleigh ejerce una influencia inmensa en los destinos del género humano, por la colonización de Virginia. Todos ellos sufrieron grandes adversidades al fin de su vida. Cortés, después de errar largo tiempo por el mar del Sur, vióse expuesto como Colón al injurioso olvido de una Corte en que predominaba el disimulo y la ingratitud.
Más desgraciado que ellos, nacido cinco años después de la muerte del conquistador de Méjico, preséntasenos Raleigh bajo la influencia de una civilización y de una depravación de costumbres más modernas. Las victorias marítimas que ilustraron su siglo, los descubrimientos geográficos, el establecimiento de colonias cuya latitud favorecía los mismos cultivos de la metrópoli, son los títulos de gloria de Walter Raleigh. Mezclado á las sanguinarias intrigas de dos reinados; amigo de las letras y del geómetra Harriot, vemos á este hombre extraordinario repartir su tiempo en la prisión de Tower entre el estudio de la Historia del Mundo que él reconstruye y las operaciones químicas de un laboratorio[215].
Gran distancia hay entre las composiciones teológicas de Cristóbal Colón que contiene el Libro de las profecías, y las composiciones poéticas y las grandes miras de hombre de Estado de Raleigh, y si no es producto del progreso de los tiempos, al menos se debe á la diferencia de épocas, de costumbres y de opiniones desde 1501 hasta 1618, en que fué decapitado á los sesenta y seis años de edad el fundador de la memorable colonia de Roanoke.
Cristóbal Colón, Cortés y Raleigh han probado que el genio sólo reina en lo porvenir, y que su poder es tardío. Durante algún tiempo excitaron al más alto grado la admiración de sus contemporáneos; pero la benevolencia pública les abandonó en su vejez; si se acordaron de ellos fué para afligirles en su aislamiento. El siglo que les vió nacer no comprendió los cambios que su acción sucesiva iba á producir en el estado de los pueblos de Occidente. Lo que influyen estos pueblos en todos los puntos del globo, donde simultáneamente se hace sentir su presencia y, por tanto, la preponderancia universal que ejercen, data sólo del descubrimiento de América y del viaje de Gama. Acontecimientos ocurridos en el corto período de seis años (1492-1498) han determinado, por decirlo así, el repartimiento del poder en la tierra. Desde entonces el poder de la inteligencia, geográficamente limitado, pudo emprender libre vuelo, encontrando rápido medio de extenderse, de mantener y de perpetuar su acción.
Las emigraciones de los pueblos, las expediciones guerreras en el interior de un continente, las comunicaciones por medio de caravanas y por caminos invariablemente seguidos desde hacía siglos, sólo produjeron efectos parciales y generalmente menos duraderos. Las expediciones más lejanas fueron devastadoras, recibiendo el impulso de los que nada tenían que añadir á los tesoros de la inteligencia ya acumulados.
En cambio los acontecimientos de fines del siglo XV, separados sólo por un intervalo de seis años, preparáronse largo tiempo durante la Edad Media, que á su vez había sido fecundada por las ideas de los siglos anteriores y excitada por los dogmas y los ensueños de la geografía sistemática de los helenos. Desde esta época la unidad homérica del Océano hace sentir su feliz influencia en la civilización del género humano. El elemento móvil que baña todas las costas llega á ser el lazo moral y político; y los pueblos de Occidente, cuya inteligencia activa ha creado este lazo y comprendido su importancia, se elevan á una universalidad de acción que determina la preponderancia del poder en el globo.
La gloria popular de Cristóbal Colón conservó todo su esplendor hasta el fin de su tercer viaje, cuando llegó á la tierra firme de Paria.
La cuarta expedición, en que el Almirante desplegó más que en las anteriores la energía de su carácter y la habilidad de marino, no pudo producir grande efecto, pues, aunque extendió las primeras nociones positivas de un mar al Occidente de Veragua, no consiguió su principal objeto: el descubrimiento de un paso directo, el secreto del estrecho.
Dos años antes, Rodrigo de Bastidas (que partió de Cádiz en Octubre de 1500), después de pasar más allá del Cabo de la Vela, y de descubrir las costas de Santa Marta, el Río Sinu y el golfo de Darien, había llegado en el istmo de Panamá hasta el Puerto de Escribanos y Nombre de Dios.
La importancia de los descubrimientos, que continuaron rápidamente desde 1497; el viaje de Gama á Calicut, cuyas consecuencias hiciéronse sentir en seguida en el comercio del mundo; la tardía acumulación de los metales preciosos de América; los trabajos de Cabral y de Solís; el descubrimiento del mar del Sur por Balboa, siete años después de la muerte de Colón, distrajeron el interés público é hicieron olvidar por largo tiempo al que había dado el impulso á estas maravillosas empresas.
Pedro Mártir de Anghiera, como lo prueban las fechas de muchas de sus cartas, encontrábase en Valladolid, desde el 10 de Febrero al 26 de Abril, en el mismo punto donde habitaba entonces su amigo Colón, atacado de enfermedad mortal, y ni menciona la dolencia, ni da cuenta de la muerte del grande hombre, cuya noticia debió saber en Astorga ó en la Coruña. El naufragio del archiduque Felipe, su llegada á La Coruña y las cuestiones entre yerno y suegro eran, al parecer, lo único que inspiraba interés á Anghiera.
De igual manera Fracanzio de Montalboddo no conoció hasta 1507 el cuarto viaje del Almirante, comenzado en 1502, y mucho menos su muerte. Fracanzio vivía, sin embargo, en Vicenza, y las comunicaciones entre España é Italia eran, por desgracia, demasiado frecuentes, porque la Lombardía sufría el yugo de los franceses y las Dos Sicilias el de los españoles.
Encuentro en la traducción latina cuyo prefacio firmó Madrignano el 1.º de Junio de 1588, «que hasta dicho día Cristóbal Colón y su hermano[216], libres ya de los grillos, vivían honrados en la corte de España.»
Este desdeñoso olvido del grande hombre aumentó en la primera mitad del siglo XVI, cuando la fama ficticia de Vespucci, las empresas de Cortés[217] y las sanguinarias conquistas de Pizarro absorbieron todo el interés de la Europa comerciante, sobre todo cuando la acumulación de la plata, que siguió al descubrimiento de las minas del Potosí (1545) y de Zacatecas (1548), hizo triplicar el precio del trigo y cambiar súbitamente todos los valores nominales. Los conquistadores de un continente tan rico en metales preciosos borraron poco á poco el recuerdo del que había enseñado el camino. El héroe que á su vuelta del primer viaje llamaba aún[218] Anghiera «un tal Colón de Liguria», fué insultado cuarenta años después de su muerte, cuando la importancia de su descubrimiento brillaba en todo su esplendor, en la célebre obra de Juan Barros sobre Asia. El gran historiador portugués, dando libre curso al odio nacional y al pesar de ver cómo llegaban tantos tesoros á manos de los españoles, le describe como hombre «fallador é glorioso em mostrar suas habilidades, é mais fantastico et de imaginaçoes com sua Ilha Cipango»[219].
Sólo Italia velaba, al parecer, por la gloria de Cristóbal Colón; y dan de ello fe la bella prosa latina del cardenal Bembo y las sublimes octavas de la Jerusalén libertada. Bembo consagró casi un libro entero de su Historia de Venecia á Colón y á su descubrimiento, que llama «la mayor cosa que en tiempo alguno lograron ejecutar los hombres». Torcuato Tasso celebra á Colón por boca de la fatídica Donna, condottiera di Ubaldo, «Hércules, vencedor de los monstruos de África y de Iberia, á pesar de su valor y de su gran alma,
Non osò di tentar l’alto Oceáno
Segnò le mete, e in troppo brevi chiostri
L’ardir ristrinse dell’ingegno umano.
Estos lazos que encadenaron la voluntad del hombre y le detuvieron en su carrera de aventuras los romperá el nauta de Liguria.»
Tempo verrà che fian d’Ercole i segni
Favola vile ai naviganti industri:
E i mar riposti, or senza nome, e i regni
Ignoti, ancor tra voi saranno illustri.
Un uom della Liguria avrà ardimento
All’incognito corso esporsi in prima,
Nè ’l minaccevol fremito del vento,
Nè l’inospito mar, nè il dubbio clima...
Faran che il generoso, entro ai divieti
D’Abila angusti, l’alta mente accheti.
Tu spiegherai, Colombo, a un nuovo polo
Lontane sì le fortunate antenne,
Ch’appena seguirà con gli occhi il volo
La Fama, c’ha mille occhi e mille penne.
Tasso, XV, 25, 30-32.