I
Sólo vibra mi salterio
pensativas notas graves.
Yo no sé, como las aves,
«saludar al padre sol»;
Para mí la gran natura,
por su cielo y por su tierra
nada dice, nada encierra
que cautive mi emoción.
Por lo mismo—porque nunca
ni vacila, ni fracasa
y es eterna y solo pasa
por el riel de lo cabal—
no la tengo yo por sabia
como el sabio que la escruta:
Fuerza misma, fuerza bruta,
que no sabe adonde va.
Yo la siento un mecanismo
que no piensa, que no fragua—
cual su gas, como su agua
que proceden porque sí—
un recurso, un instrumento
del propósito divino:
Un vehículo en camino
con un fin que no es su fin.
Y jamás de los jamases
me absorbieron las esferas,
ni el verdor de las praderas,
ni el desierto, ni la mar,
ni las aves, ni las flores,
ni los ríspidos insectos:
Serán bien, serán perfectos,
mas lo son sin voluntad.
¿Quién dirá que la Gioconda
modeló sus propios labios
y esos finos ojos sabios
que Leonardo eternizó?...
Así el sol, así los astros
de más fúlgida apariencia:
Luminarias sin conciencia
que dan luz y dan calor.
Nada saben, nada quieren,
nada buscan, nada inventan,
ni reforman ni violentan
ningún fin, ninguna ley.
Y a pesar de que circulan
por el éter tan audaces,
son idiotas incapaces
de pensar y resolver.