LA SOMBRA DE LA PATRIA
En el teatro Odeón, en 1913, al leer esta poesía el poeta explicó con estas palabras su significado social:
«La sombra de la patria», que voy a leer, después de la «Evangélica» de la tarde y antes de «Serenata», es un canto que ha palpitado en mi espíritu desde mi remota juventud como una obsesión.
Dos o tres veces—ocasionado por las circunstancias—tomó forma real, pero bosquejada apenas, hasta que surgió, hasta que definitivamente culminó el siglo pasado durante los sangrientos civismos del año 1893.
Sin embargo, no es a propósito, no es un trabajo precisamente originado, absolutamente sugerido por aquel hecho histórico; pero se revistió, se saturó de la enorme amargura, de la pesimista congoja cívica que le caracteriza, al son de aquellos días tumultuosos, y tuvo, a la fuerza, que asumir algo del movimiento, del color, de la luz, del sabor propio de los días esos: no hay obra humana—por más abstracta, por más excelsa, o por más relativa y por más contingente que ella sea—que no se tiña de las tonalidades del sitio y de la hora en que ella fué realizada: no hay hecho que no denuncie al hombre que lo produjo ni hombre que no revele de alguna manera los lodos que pisa.
Pero el cómplice verdadero, el instigador responsable de la consumación de esta obra mía, es otro más antiguo, más grave... y voy a denunciarle:
Hubo siempre en mí una angustia, una zozobra, una desazón constantes, perpetuas, que ya no me molestan, porque me he habituado a ellas—como nos acostumbramos al silbar de los oídos, o a otra dolencia parecida, como se amoldan los presidiarios a su grillete, como se adapta, se somete todo el mundo a lo irremediable.
Siento, sospecho que no hemos cumplido enteramente punto por punto el testamento histórico de nuestros antepasados de la Revolución, los héroes de la Independencia, los sabios fundadores de nuestra nacionalidad.
Más aún me parece a mí—me ha parecido siempre—que los destinos humanos, que las civilizaciones humanas, que el progreso humano, no se han conmovido de un modo apreciable, no han tomado mejores direcciones, no han recibido todos los beneficios que, tal vez, imaginó la Providencia al decretar la aparición de un continente sobre la faz de las aguas y al producir la emancipación política de tantos pueblos.
Ese amargor, esa desazón, ese silbar de los oídos, que me han venido mortificando desde mi primera ya lejana juventud, han sido los verdaderos, los reales originadores de «La sombra de la patria».