V
¿Dónde estás, Jehová? ¿Dónde te ocultas?
¿Qué? ¿No vuelves tus ojos y la salvas?
¿Qué? ¿No giras tu rostro y la contemplas?
¿Qué? ¿No extiendes tu mano y la levantas?
Miras echar sobre su casto seno,
Que fué pulcro, Señor, como la nácar,
Antes de que su rastro en él dejase
¡La vil caricia de la gran canalla!
Miras echar sobre sus nobles hombros,—
Hombros que fueran los de Juno y Diana,—
¡Si el azote brutal del infortunio
Su pulido marfil no flagelara!
Miras echar sobre su cuerpo sacro,—
¡Tan sacro, sí, como tus hostias santas,
Porque también tus hostias se mancillan,
Porque también tus hostias se profanan!
Miras echar sobre la patria nuestra,
Digo por fin, vibrante de arrogancia,
El hediondo capote del soldado
Que ha de ser su señor, si no le matas,
¿Y el rayo de tu enojo no descuelgas?
¿Tu flamígero brazo, no descargas?
¿Tu cielo fulgurante, no oscureces?
¿Y tus mundos atónitos no paras?