CAPITULO XXVII

Donde se prosiguen los sucesos de don Quixote con los representantes.

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño genero de locura de don Quixote, y los disparates que ensartaba; pero Sancho, que habia estado escuchando detras del autor todo lo que su amo habia dicho, le dixo: Pues, señor Desamorado, ¿como va? Acá estamos todos por la gracia de Dios. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿qué hazes? ¿Hate hecho algun mal este nuestro enemigo? Ninguno, respondió Sancho; si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en que queria este señor moro asarme para comerme; pero hame perdonado por ver me he tornado moro. ¿Qué dizes, Sancho? dixo don Quixote: ¡moro te has tornado!¿Es posible que tan gran necedad has hecho? Pues pesie á las barbas del sacristan del Argamesilla, respondió Sancho, ¿no fuera peor que me comiera, y que despues no pudiera ser moro ni cristiano? Calle; que yo me entiendo; escapemos una vez de aqui; que luego despues verá lo que pasa. Entonzes el autor, apiadandose de las congojas y trasudores en que veia á don Quixote, cansados ya de reir los estudiantes, Barbara y toda la compañia, dixo: Agora sus, señor caballero, no es ya tiempo de más disimular ni de traer encubierto lo que es razon que se descubra; y asi habeis de saber, señor don Quixote, que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna manera; antes soy un grande y fiel amigo vuestro, y cual tal siempre y en todas partes he mirado y miro por vuestros negocios mejor que vos proprio, y agora por probar vuestra prudencia y sufrimiento he hecho todo lo que habeis visto: por tanto, dexenle todos luego, y huelgue y repose en este mi castillo todo el tiempo que le pareciere; que para tales principes y caballeros como él le tengo yo aparejado; y dadme ¡oh famosisimo caballero andante! un abraço; que aqui estoy para serviros, y para no hazeros daño alguno, como pensastes; y advertid que el venir aqui vos y la gran reina Zenobia ha sido todo guiado por mi gran saber, porque os importa infinito á vos y á vuestros servidores llegueis á la gran corte del rey Catolico, en la cual os aguardan por momentos un millon de principes, y de do habeis de salir con grande aplauso y vitoria. Soltaronle en esos los moços, y el autor le abraçó, y con él los compañeros hizieron lo mismo. Cuando don Quixote se vió suelto, asombrado de como él le tenia por nigromantico, y lo que le habia dicho, teniendolo todo por verdad, se levantó, y abiertos los braços, se fue para él diziendo: Ya yo me maravillaba ¡oh sabio amigo! que en tan grande trabajo y tribulacion como en la que agora me habia puesto, dexasedes de favorecerme con vuestra prudentisima persona y eficazes ardides: dadme esos braços, y tomad los mios, desmembradores de robustos gigantes, y verdugos expertos de enemigos vuestros y mios. Con esto todos le volvieron á abraçar con nuevas muestras de alegria, y llegandose la muger del autor á ver el rostro de aquel loco, á quien todos abraçaban, le dixo, considerada su ridicula figura: Señor caballero, yo soy hija de aqueste grande sabio su amigo: mire v. m. que si en algun tiempo hubiere menester su favor, ó si algun gigante ó mago me llevare encantada, que no dexe de favorecerme en todo caso; que aqui mi padre se lo pagará:—y aun (dixo otra de las representantes, que estaba aparte riendo) le dexará entrar de balde en la comedia, con solo medio real que le ponga en la mano. Respondió don Quixote: No es menester, soberana señora, encargarme á mi lo que á vuestro servicio toca, teniendo yo tantas obligaciones á vuestro sabio padre; pero creedme, que aunque todo el universo se conjurase contra vuestra beldad, y todos cuantos sabios y magos nacen en Egipto viniesen á España para tocaros en un solo pelo de la cabeça, que yo solo, dexado aparte el gran poder de vuestro padre, bastaria, no sólo para defenderos y sacaros á pesar suyo de sus manos, sino para poner en las vuestras sus alevosas y falsas cabeças. En esto le llamó el autor diziendo: Señor caballero, ya la cena está aparejada y las mesas puestas; y asi v. m. se sirva de venirnosla á honrar en compañia mia y destos señores, porque despues tenemos que hazer un negocio de importancia. Esto dixo porque pensaba ensayar en cenando una comedia que habian estudiado para Alcala y la corte. Estaba Sancho maravillado de ver á su amo libre de aquella prision, y tan alegre, que llegandose al autor le dixo: ¡Ah señor sabio! esto de tornarme yo moro, ya que su merced nos ha dado á conocer su valor, ¿ha de pasar adelante? porque en Dios y en mi conciencia me parece que no lo puedo ser de ninguna manera. Respondiole el autor diciendo: ¿Pues por que no lo podeis ser? Porque quebrantaré, dixo él, cada dia la ley de Mahoma, que manda no comer tocino ni beber vino; y soy tan bellaco guardador deso, que en viendolo á mano, no dexaré de comer y beber dello si me aspan. A esto respondió un clerigo que acaso se halló en la venta: Si v. m., señor Sancho, ha prometido á este sabio mago volverse moro, no se le dé nada de la promesa, pues yo, en virtud de la bula de compesacion, le absuelvo asi della como de lo hecho; y lo puedo hazer en su virtud, con sólo darle de penitencia que no coma ni beba en tres dias enteros; y advierta que con sólo cumplir esta leve penitencia se quedará tan cristiano como antes se estaba. Eso, señor licenciado, no me lo mande, respondió Sancho, pues no digo tres dias, pero aun tres horas no me atreveria á cumplir esa penitencia, aunque supiese que me habian de quemar, no haziendolo: lo que v. m. me puede recetar, si le parece, es que no duerma con los ojos abiertos, ni beba con los dientes cerrados, ni traiga el sayo baxo la camisa, ni haga mis necesidades atacado. Estas cosas, aunque tienen su dificultad, yo le doy palabra de cumplillas, en Dios y mi conciencia. Llegaron tras estas razones á sentarse á cenar á la mesa; y antes de hazello, estando todos al rededor della en pie y quitados los sombreros, començó el clerigo á echar la bendicion en latin, y començaron á cenar; y dixo el autor: Sepan vs. ms., señores, que la causa por que Sancho no se quitó la caperuça á la bendicion, es porque aun le han quedado las reliquias de cuando era moro, si bien es verdad que aun está por retaxar y circuncidar; pero he dilatado el hazello, porque lleno de lagrimas me rogó denantes que le retaxase, si era forçoso hazello, de la caperuça, y no de la parte en que de ordinario se ejecuta la circuncision, por ser esa la de que su muger estaba más celosa, y de quien le pedia más cuenta. Y tras esto fue contando todo lo que con él le habia sucedido; y acabando de hazello con la cena, levantados ya los manteles, prosiguió volviendose á don Quixote, y diziendole como para hazerle fiesta en aquel su castillo habia mandado hazer una comedia, en la cual entraba tambien él, y la que le dixo que era su hija. Don Quixote se lo agradeció con mucho comedimiento; y sentandose en el patio de la venta en compañia de Barbara, del clerigo, de los dos estudiantes, y de Sancho y de los de la posada, començaron á ensayar la grave comedia de El testimonio vengado, del insigne Lope de Vega Carpio, en la cual un hijo levanta un testimonio á la Reina su madre en ausencia del Rey, de que comete adulterio con cierto criado, instigado del demonio, y agraviado de que le negase un caballo cordobes en cierta ocasion de su gusto, guardando en negarle orden expreso que el Rey su esposo le habia dado. Llegando pues la comedia á este paso, cuando don Quixote vió á la muger del autor, á quien él tenia por su hija, tan afligida, por hazer el personage de la Reina, á quien se levantaba el testimonio, y por otra parte advirtió que no habia quien defendiese su causa, se levantó con una repentina colera, diziendo: Esto es una grandisima maldad, traicion y alevosia, que contra Dios y toda ley se haze á la inocentisima y castisima señora reina; y aquel caballero que tal testimonio le levanta, es traidor, fementido y alevoso, y por tal le desafio y reto luego aqui á singular batalla, sin otras armas más de las con que agora me hallo, que son sola espada. Y diziendo esto, metió mano con increible furia, y començó á llamar al que levantaba el testimonio, que era un buen representante, el cual riendose con todos los demas de la necia colera de don Quixote, se puso en medio con su espada desnuda, diziendole que aceptaba la batalla para la corte delante de su magestad, con solos veinte dias de plaço; y mirando si hallaba alguna cosa por alli que dalle en gaje, vió arrimada á un poste de la venta una albarda, y sobre della un ataharre, y tomandole medio riendo, se le arrojó diziendo: Alçad, caballero cobarde, esa mi rica y preciada liga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla delante de su magestad para el tiempo que tengo dicho. Don Quixote se abaxó y la tomó en la mano; y como vió que del hazello se reian todos, dixo: No es de valientes principes reirse de que un traidor y alevoso como este tenga animo para hazer batalla conmigo; antes habian de llorar, viendo á la señora reina tan afligida, aunque su ventura ha sido no poca en haberme hallado yo presente en tal trance, para que semejante traicion no pase adelante. Y volviendo la cabeça dixo á Sancho: ¡Oh mi fiel escudero! toma esta preciada liga del hijo del Rey, y metela en nuestra maleta hasta de hoy en veinte dias; que tengo de matar á este alevoso principe que tal testimonio ha levantado á mi señora la Reina. Sancho la tomó y dixo á su amo: ¿Para que quiere v. m. que metamos este ataharre en la maleta entre la ropa blanca, estando tan sucio? Dele al diablo; que yo le ataré en la cincha del rucio, y alli irá hasta que topemos cuyo es. ¡Oh necio! dixo don Quixote, ¡y eso llamas ataharre! Pues ¿que diablos, dixo Sancho, es, sino ataharre? ¿No ves, animalazo, replicó don Quixote, que es una riquisima liga del hijo del Rey, como lo dizen estos rapacejos de oro, de cada uno de los cuales cuelga una esmeralda ó un rubi ó un diamante? Lo que yo veo aqui, respondió Sancho, si no estoy borracho, es una empleita de esparto con dos cordeles á los cabos, harto sucios, y sirve de ataharre de algun jumento. ¿Hay tal locura semejante, dixo don Quixote, como la de este escudero, que una liga de tafetan doble, encarnado, diga que es ataharre? Digo, respondió Sancho, una y docientas vezes que es tan ataharre como mi agüelo: no tiene que porfiar. Maravillaronse todos de la porfia del amo y del criado sobre el ataharre; y llegando el autor, le tomó en la mano diziendo: Señor Sancho, mire v. m. bien lo que dize y abra los ojos; que este ataharre, para lo deste mundo es liga, y de grandisimo valor; para lo del otro, no digo nada. Ello será lo que yo digo, respondió Sancho; que no soy ciego, y tengo gastados más ataharres destos, que hay estrellas en el limbo. En esto salió un labrador de la caballeriza, cuya era la albarda y ataharre, y llegandose á Sancho le dixo: Hermano, dad acá mi ataharre; que no está ahi para que vos os alçeis con él. Holgó Sancho infinito de oir esto; y volviendose lleno de risa á los circunstantes, les dixo: ¡Bendito sea Dios, señores, que estaran contentos! A fe que agora, aunque les pese, han de confesar mi buen juizio, pues ven que acerté de la primera vez que este era ataharre, cosa en que jamas supieron caer tantos y tan buenos entendimientos. Y diziendo esto, dió el ataharre al labrador, lo cual viendolo don Quixote, se llegó á él, y tirando reciamente, se le quitó diziendo: ¡Ah villano soez! ¿y de cuando acá fuiste tú digno de traer una tan preciada liga como esta, ni todo tu çafio linage? Tras lo cual se le iba á meter en la faltriquera; pero impedioselo el labrador, que no sabia de burlas, asiendole del braço, y porfiando don Quixote que se lo contradezia. El labrador, en fin, como era hombre membrudo y de fuerça, y esas le faltaban á don Quixote, por estar tan flaco, pudo darle un empellon tal en los pechos, que le hizo caer con él de espaldas, y saltandole encima, le quitó por fuerça el ataharre de la mano. Llegó Sancho en esto á ayudar á su amo, dando dos ó tres crueles moxicones en la cabeça al labrador, el cual revolviendo hecho un leon contra Sancho, le cinchó dos ó tres vezes el ataharre por la cara. La risa de los comediantes era notable, grande la prisa de los estudiantes en despartilles, notable la diligencia de Barbara en ayudar á levantar á don Quixote, cuya colera era infinita, y mayor el sufrimiento del pobre Sancho, el cual puesta la mano sobre las narizes, de las cuales le salia mucha sangre, por haberle alcançado el labrador con el ataharre en ellas, començó á ir furioso tras él hazia la caballeriza diziendo: Aguarda, aguarda, descomunal arriero, y verás si te hago confesar, mal que te pese, que eres mejor que yo, con ser un grandisimo bellaco, puto y hijo de otro tal. Don Quixote le dió vozes diziendo: Vuelvete, hijo Sancho, y dexale ir; que harto trabajo lleva consigo, pues como infame ha huido de la batalla sin osar atendernos; pero ¿qué ha de osar atender un sandio tal cual él es? Y ya te he dicho muchas vezes que al enemigo que huye, la puente de plata; y si nos lleva la preciada liga, no hay que espantar dello; porque muchos ladrones, yo he leido en libros, que han robado á caballeros andantes no sólo sus preciados caballos, sino tambien sus ricas armas, ropa y joyas. No me espanto del hurto, dixo Sancho; que avezado está v. m. á que ladrones se le atrevan á hurtar joyas preciosas; que ya en Çaragoça otro me hurtó de las manos, con las uñas de las suyas, las reales agujetas del ave fetrix, ó como se llama, que v. m. ganó por su buena lança en la sortija. Encolerizose don Quixote desta nueva, diziendo: Pues, ¿como villano, si tal pasó, no me lo dixiste luego alli, para que hiziera añicos, al ladron atrevido? Por ahorrar de pesadumbre á v. m., respondió Sancho, lo he callado, y por temor de que no le causase alguna pasacolera el enojo; pero baste el que he tenido por ello, y las lagrimas que me han costado las negras agujetas. Y diziendo esto començó á llorar, repitiendo: ¡Ay agujetas de mi anima! ¡desdichada de la madre que os parió, pues tal desgracia ha visto pasar por vosotras! No os olvideis, os ruego, por las entrañas de Cristo, deste vuestro fiel y leal servidor, pues yo mientras viviere no me olvidaré de vosotras ni de vuestra bonisima condicion. ¡Asi mal provecho le hagan al ladron vuestra dulzura y sabor! Acallole don Quixote, dandose por pagado de sus lagrimas y del perdon que tras ellas le pidió por la perdida; y saliendo de su asiento el autor, lleno de risa, le tomó por la mano y le dixo: V. m., señor caballero, lo ha hecho muy bien en esta batalla, y asi tras ella será razon nos vamos á acostar, por ser ya tarde y estar v. m. cansado; y quedese la comedia en este punto. Y llevandole con Sancho á un mal aposento que les habia prevenido, no se quiso salir dél hasta que los dexó á ambos acostados y cerrados, temiendo no echasen sus moços al pobre de Sancho una melecina de agua fria, como sabia lo tenian pensado. Llegada la mañana, se salió sin dezirles nada, por consejo de los estudiantes, el autor con toda su compañia, de la venta, y se fue para Alcala. Levantose algo tarde, por el cansancio de las pendencias pasadas, don Quixote, abriendole la puerta el ventero; y la primer cosa que hizo en despertar fue preguntar á Sancho por la reina Zenobia, y si la habian dado cama y todo recado la noche pasada, con la decencia que su real persona merecia. Yo, señor, respondió Sancho, como estuve tan ocupado en la sangrienta batalla que tuvimos con aquel que nos hurtó el ataharre ó liga, ó como es su gracia, no me acordé della más que si no fuera reina; pero á lo que entendi, dos moços de aquellos de los representantes la hizieron merced de llevarla consigo, con no poco gusto della, por no dar que dezir á malas lenguas. Estando en esto, subió Barbara con los estudiantes adonde estaba don Quixote y Sancho, diziendo: Muy buenos dias tenga la flor de los caballeros: ¿como le ha ido á v. m. esta noche? ¡Oh señora reina! respondió don Quixote, la v. m. perdone el descuido que con su real persona esta noche se ha tenido, porque la culpa tiene el negligente Sancho, que, teniendole mandado que ande siempre delante de v. m. para ver lo que se le antoja, mirandola á la cara, se ha descuidado, de puro molido de las batallas pasadas, segun agora me acababa de dezir. A esto respondió Sancho: Yo, señor, harto la miro á la cara; pero como la tiene tan bellaca, todas las vezes que la miro y la veo con aquel sepan cuantos en ella, me provoca á dezirle, «cocale, marta,» cancion que dezian los niños á una mona vieja que estos años atras tenia en la puerta de su casa el cura de nuestro lugar. ¡Malos dias vivas, respondió Barbara, y no llegues, bellaconazo, á los mios, plegue á Cristo! pero calla; que á fe no lo vayas á penar al otro mundo; que hartas pesadumbres sé yo dar de noche á otros más agudos que tú, y en manos está el pandero que le sabran bien tañer. Los estudiantes dixeron á Sancho: Señor Sancho, no moleste v. m. á la señora Reina, que sabe hazer lo que dize, mejor de obras que de palabras. ¿Para qué, diga, quiere verse alguna noche volando por las chimeneas entre vasares, platos y asadores, donde se vea y se desee, y llore el no haber querido obedecerla? Pues si ella, respondió Sancho, me haze volar por los vasares, yo me quexaré á quien por toda su vida le haga bogar en las galeras. ¿Pues no ve v. m., replicó el uno de los estudiantes, que las mugeres no reman? ¿Y que se me da á mí que no remen? respondió Sancho; basta que si ella no remare, á lo menos servirá de dar refresco á la chusma; que para eso yo sé que no le faltará gracia; y estando alli con más comodidad, podrá parecerse de veras en todo á las nubes, ya que por muger en algo les haya de parecer. ¿Pues en qué, dixo el estudiante, les ha de parecer, ó como les parece en todo? Respondió Sancho: En que cargará en la mar, como hazen las nubes, lo que despues á pura fuerça de truenos y relampagos, descargará en lluvia sobre la tierra; que eso hará si se empreñare en el agua, pues á fuerça de gritos y suspiros, habrá despues de vaziar su cargaçon; que en lo demas, llano es que todas las mugeres se parecen á las nubes, de las cuales por experiencia sabemos donde y como descargan, lo mismo que ignoramos donde y como se entró en ellas. Rieron los estudiantes y la misma Barbara de la astrologa aplicacion de Sancho; pero don Quixote, que no tenia de risible más que la nariz y potencia remota, dixo con despego y zuño á Barbara: La v. m. no haga caso ya más de lo que dixere este necio, pues lo es tanto, que jamas dirá sino badajadas: lo que por agora importa es que tratemos de partir de aqui; porque hoy pretendo entrar en la corte, si no es que se me ofrezca en contrario alguna forçosa ocupacion y peligrosa aventura que me detenga en Alcala. Y llamando al huesped, remató con él las cuentas con solo agradecerle el hospedaje, y fuele facil salir de su venta él y sus compañeros con tan ligera paga, por haberla ya hecho cumplida por todos el autor de la dicha compañia, apiadado de la locura de don Quixote y simplicidad de su escudero, y dandose por pagado con los malos ratos que les habia dado, y buenos y entretenidos que él y su compañia habian recebido. Subió don Quixote en Rocinante, armado como solia, Sancho en su rucio, y Barbara en su mula, quedandose los estudiantes atras, por estar ya tan cerca de Alcala, do por su honra no quisieron entrar acompañados de compañia tan ocasionada para vayas y fisgas y matracas, como la de don Quixote, á quien dixo Barbara en començando á caminar: Señor caballero, v. m. me la ha hecho muy grande en haberme traido desde Sigüença hasta aqui, y en haberme vestido, dado de comer y cabalgadura, como si fuera una hermana suya; pero si v. m. no me manda otra cosa, yo determino quedarme aqui en Alcala, que es mi patria, do si en alguna cosa le pudiere servir, lo haré, mandandome con la voluntad que diran las obras. Señora reina Zenobia, respondió don Quixote, mucho me maravillo de oir tal resolucion á persona tan discreta, y que ha hecho tantos, tan grandes y peligrosos caminos por reinos incognitos solo por hallarme, obligada de la fama de mi valor y persona. ¡Como es posible que agora que tiene mi compañia, que tanto ha deseado y procurado, que la quiera asi dexar, no reparando en lo mucho que he hecho y pienso hazer en su servicio, ni en las desgracias que se le pueden ofrecer, atreviendosele sus enemigos y rebeldes vasallos, sin el respeto debido al gran valor de su persona, viendola fuera de mi amparo y lado! Por evitar pues estos y otros mayores inconvenientes que se le pueden ofrecer, suplico á la v. m. cuan encarecidamente puedo, se venga conmigo hasta la corte; que no pasaremos della en muchos dias, atento que sabiendo los grandes mi llegada, es fuerça me detengan, regalandome á porfia por honrarse de mi lado y aprender cosas militares; y alli verá v. m. lo que en su servicio hago; y despues que hubiere muerto al rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque, con quien tengo aplaçada la batalla, y al otro hijo del rey de Cordoba, que ayer levantó aquel grave falso testimonio á su madre, quedará á la eleccion de v. m. el irse á Chipre ó quedarse en la corte de España; y asi por amor de mí se ha de hazer lo que agora suplico. Sancho, que oyó lo que don Quixote habia dicho á Barbara, se llegó á él con mucha colera diziendo: Par diez, señor, que yo no sé para que quiere que llevemos con nosotros á la señora Reina; mucho mejor será que se quede aqui en su lugar; que tanto nos ahorraremos. ¿Para que queremos llevar con ella costa sin ningun provecho? ¡Gentil carga de basura para entrar cargados de ella en la corte! Dela á Lucifer y no la ruegue más; que el ruin, cuando le ruegan luego se ensancha; y no nos faltará sin ella la misericordia de Dios. ¡Mirad que cuerpo, non de Judas Escariote, con ella y con quien le parió y nos la dió á conocer! Pues á fe que si se me suben las narizes á la mostaça y comienço á desbotricar, que no sea mucho, estandose en su tierra, que la haga echar por la boca y narizes más mocos y gargajos que echa un ahorcado en el rollo. Estanle aqui haziendo á la muy cotorrera mil regalos y servicios, llamandola reina y princesa, siendo lo que ella se sabe, como aquellos estudiantes han dicho, ¡y agora se nos haze de pencas! Paguenos la saya y sayuelo colorado y la mula y lo que nos ha hecho de costa, y adios, que me mudo; ó como dize Aristoteles, alon, que pinta la uva; y á fe que si yo fuera que mi señor, que se lo habia de quitar todo á moxicones, pues no me conoce bien. ¡Oh villano! dixo don Quixote, y ¿quien te mete á tí con la señora Reina? ¿Mereces tú, por ventura, descalçarle su pequeño çapato? ¡Pequeño! respondió Sancho: en Sigüença me dixo suplicase á v. m. la comprase un par de çapatos, y preguntandole yo cuantos puntos calçaba, me respondió que entre quinze y diez y nueve, poco más.—¿Pues no ves, insensato, que las amazonas son gente varonil, y como andan siempre en las lides, no son tan delicadas y hermosas de pies como las damas de la corte, que se estan en sus estrados regaladas y ociosas, con que son más tiernas y femeniles que las valerosas amazonas? Con no poca resolucion replicó Barbara á las malicias de Sancho, de que estaba ofendida, diziendo: No pensaba, señor don Quixote, pasar de aqui; pero por saber que doy á v. m. contento y hago rabiar á este bellaco de Sancho, quiero llegar hasta Madrid, y alli servir á v. m. en cuanto me mandare, á pesar deste villano harto de ajos. ¿Villano? respondió Sancho; villano sea yo delante de Dios; que para lo deste mundo importa poco serlo ó dexarlo de ser; pero es grandisima mentira dezir eso otro, de que estoy harto de ajos, pues no comi esta mañana en la venta sino cinco cabeças dellos que el ladron del ventero me dió por un cuarto: ¡miren si me habia de hartar con ellas! Mas dexando esto aparte, digame por su vida, señora reina, ¿cual es peor? ¿haber estado ella esta noche con aquellos dos moços de los comediantes, y almorzar con ellos esta mañana una gentil asadura frita, bebiendose con ella dos azumbres de vino, como dixo el ventero que ha hecho su merced, ó comer yo cinco cabeças de ajos crudos? Hermano, respondió Barbara, si estuve con ellos no fue por hazer mal á nadie; que libre soy como el cuclillo, y no tengo marido á quien dar cuenta, gracias á Domino Dio: et vivit Domine; que más lo hize porque hazia un poco de fresco que no por bellaqueria, como vos sospechais, que sois un grandisimo malicioso. ¿Malicioso me llamais? replicó Sancho; á fe que no me lo osarades vos dezir detras como me lo dezis delante; pero vaya; que más longaniças hay que días, y bien sabemos aqui mamarnos el dedo, aunque bobos.