CAPITULO XXVIII

De como don Quixote y su compañia llegaron á Alcala, do fue libre de la muerte por un estraño caso, y del peligro en que alli se vió por querer probar una peligrosa aventura.

Todo su cuidado ponia don Quixote en que la reina Barbara le honrase en la entrada que pensaba hazer en la corte, y en que no hiziese caso de los atrevimientos de su escudero; y asi le dixo: Suplico á v. m., altisima señora, no repare en cosa que le diga este animal, sino que disimule con él, como yo hago, dexandole para quien es, siquiera porque lo habemos menester por estos caminos; y pues ya estamos en Alcala, pareceme marchemos por aqui poco á poco detras destas murallas, sin pasar por medio del lugar, que es grande y poblado de gente de cuenta; y pareceme será acertado tambien que v. m. se cubra el rostro con ese precioso volante hasta que pasemos de la otra parte, por lo que es conocida de todos; que puestos en ella, nos podremos quedar, si nos pareciere, en algun meson secretamente esta noche, y á la mañana entrarnos con la fresca en Madrid. Hizose asi, y á la que començaron á rodear el muro, volviendo la cabeça Barbara á Sancho, le dixo: Ea, señor galan, seamos amigos, y no haya más enojos conmigo por su vida; que yo le perdono todo lo pasado. ¿Amigos? respondió Sancho; antes seré amigo de un diablo del infierno que della, aunque todo se es uno. Pues por el siglo de mi madre, dixo Barbara, que hemos de hazer las amistades antes que lleguemos á Madrid. Pues por el siglo de mi rucio, replicó Sancho, que primero me vuelva Poncio Pilatos que sea su amigo. Barbara le dixo: ¡Ea ya, leon! y Sancho le respondió: ¡Ea ya, sierpe! Pero don Quixote, que vió la enemistad que Sancho y Barbara tenian y los remoquetes que se iban echando por el camino, dixo: Agora sus, Sancho, tú ¿no eres mi escudero, y no te tengo yo de pagar tu salario, como tenemos entre los dos concertado, sirviendome en todo bien y puntualmente? Pues en virtud de dicho concierto quiero y es mi voluntad que agora, sin replica ninguna, seas amigo de mi señora la reina Zenobia; que yo tomo á mi cargo hazer esta noche un famoso convite á su merced y á ti, en señal y firmeça de las futuras y perpetuas amistades, pues no es bien que seamos tres y mal avenidos. Por cierto, mi señor, replicó Sancho, que cuando no sea por otra cosa más de por ese convite que v. m. dize, lo habré de hazer; aunque fuera razon que, guardando mi punto, aguardara se pusieran de por medio personas de cuenta á rogarmelo, cual son media dozena de canonigos de Toledo, ó á lo menos unos cuantos cardenales; pero vaya, pues v. m. lo manda. Ea, señora reina, arrojeme acá esas manos, si bien las quisiera más de vaca bien cocidas y con su perejil; que sobre mí que me hizieran harto más provecho. Diole Barbara la mano riendo, y al darsela le dixo: Tomad, amores, esta mano de reina; que yo fio que más de dos principes escolasticos de los de la corte alcaladina, en que esta noche habemos de dormir, preciaran harto recebir este favor. Como don Quixote les vió dadas las manos, se fue un poco adelante, imaginando en su fantasia lo que habia de hazer en la corte con la reina Zenobia, y batallas del gigante y del hijo alevoso del rey de Cordoba, y cómo se habia de dar á conocer á los reyes y grandes: lo cual le hazia ir tan absorto y fuera de sí, que no advertia en que á Sancho venia diziendo Barbara: De aqui adelante, amigo Sancho, nos hemos de querer con el extremo que dos buenos casados se aman, pues ha sido el padrino de nuestras pazes el señor don Quixote; y en confirmacion dellas, quiero que durmamos esta noche dambos en el meson donde llegaremos; que el coraçon me dize no dexará de correr fresco que me obligue á procurar cubrirme con gusto con alguna manta, como la del pelo de v. m., mi señor Sancho: verdad es que imagino será menester rogarselo poco, pues tiene más de bellaco que de bobo. No entendió Sancho á Barbara de ninguna manera, y asi le respondió: Lleguemos una vez con salud al meson, y cenemos en señal de nuestras amistades, con el cumplimiento que mi amo nos tiene prometido; que en eso de la manta no faltaran dos y aun tres; que yo se las pediré al huesped para que las eche v. m. en su cama, cuanto y más, que no haze agora tanto frio que obligue á procurallas. Como Barbara vió que no le habia entendido, le dixo hablando más claro: Pues, Sancho, si vuestro amo ha de alquilar dos camas, una para mi y otra para vos, ¿no será mejor que nos ahorremos el real de la una cama, para comprar con él un gentil plato de mondongo y un cuartal de pan, con que os pongais hecho un trompo, y vaya el diablo para ruin? A fe que tiene razon, respondió Sancho: ahorremos sin que mi amo lo sepa ese real de la una cama; que yo dormiré sobre un poyo del meson; que para mí, tan bien me dormiré alli como acullá, á trueque de que nos demos, como dize, una buena pançada con ese real. Viendo Barbara la rudeza de Sancho, no quiso tratarle más de aquella materia; y asi alargaron el paso tras don Quixote hasta que le alcançaron, el cual, en viendolos junto á sí, les dixo: Pareceme que es tarde para poder hoy llegar á Madrid, y que no será malo nos quedemos esta noche aqui en Alcalá, y mañana proseguiremos nuestro camino; que bien podrá v. m., señora reina, estar encubierta, cerrada en un aposento, tapado el rostro cuando le sirvan á la mesa, por no ser conocida. Ella le dixo que hiziese lo que fuese servido; que en todo acudiria á lo que fuese de su gusto; y llegaron en esto á un meson fuera de la puerta que llaman de Madrid, y entrando todos en él, dixo don Quixote á Sancho que llevase las cabalgaduras á la caballeriza y las diese recado, y al huesped pidió un aposento secreto y bien adereçado, do mandó acompañase luego á la reina Zenobia; y quedandose él paseando por el patio sin desarmarse, oyó tocar á deshora con mucho concierto cuatro trompetas, y despues dellas un ronco son de atabales; lo cual oido por nuestro buen caballero, le causó notable suspension, con la cual estuvo atentisimamente escuchando, sin saber que cosa fuese; y al cabo de rato, despues de haber hecho en su fantasia un desvariado discurso, llamó á Sancho y le dixo: ¡Oh mi buen escudero Sancho! ¿oyes por ventura aquella acordada musica de trompetas y atabales? Pues has de saber que es señal de que hay sin duda en esta universidad algunas celebres justas ó torneos para alegrar el festivo casamiento de alguna famosa infanta que se habrá casado aqui; á las cuales habrá acudido un caballero extrangero, cuyo nombre no es aun conocido, por ser mancebo novel; pero no obstante su poca edad, en el principio de sus famosas fazañas ha ya vencido á todos los caballeros desta ciudad y á los que de la corte han acudido á ella y á sus fiestas, si ya no ha venido á celebrarlas; y esto es lo más cierto; ó algun bravo jayan que, habiendo vencido y derribado á todos los mantenedores y aventureros, se ha quedado por absoluto señor de todas las joyas de dichas justas, y no hay caballero ahora, por valiente que sea, que se atreva á entrar segunda vez con él en el palenque, de lo cual estan los principes tan pesarosos, que darian cuanto dar se puede porque Dios les deparase un tal y tan buen caballero que baxase la soberbia deste cruel pagano, con que dexase alegre toda la tierra, y las fiestas fuesen consumadamente perfetas. Por tanto, Sancho mio, ensillame luego á Rocinante; que quiero ir allá y entrar con gallardia y gracia por la plaça, pues maravillados de mi presencia los que ocupan sus dorados balcones, altos miradores y entoldados andamios, levantaran entre sí un alegre murmullo, diziendo: Ea, que Dios sin duda ha deparado venga este gallardo caballero extrangero á volver por la honra de los naturales, viendo que ninguno dellos ha podido resistir á los incomparables brios deste fiero jayan. Tocaran en esto todas las trompetas, chirimias, sacabuches y atabales, al son de los cuales se començará mi bueno y esforçado caballo á engreir y relinchar, deseoso de entrar en la batalla; con que callaran todos, y yo poco á poco me iré llegando al cadahalso adonde estan los juezes y caballeros; y haziendo hincar dos ó tres vezes de rodillas delante dellos á mi enseñado caballo, les haré una cumplida cortesia, haziendole dar despues terribles saltos y gallardos corvetes por la ancha plaça: llegandose luego á la parte donde estará el fiero jayan, el cual reconocido por mí, me acercaré adonde estaran las astas de duro fresno, y tomando dellas la que mejor me pareciere, y llegandome cerca del dicho jayan, sin hazerle cortesia alguna le diré: Caballero, si te parece, yo querria entrar contigo en batalla; pero con condicion que fuese ella á todo trance, que es decir que uno de los dos haya de quedar por general vencedor de las justas, quitando al otro la cabeça, y presentandola á la dama que mejor le pareciere; es cierto que, como él es soberbio, ha de responder que sea asi. Tras lo cual, volviendo yo luego las riendas á Rocinante para tomar la parte del sol que más me tocare, començaran á sonar las trompetas, al son de las cuales arrancaremos como el viento los dos valerosos guerreros; y él no errará el golpe; porque, dandome en medio de la adarga sin poderla pasar, me hará con la fuerça dél torcer un poco el cuerpo, volando las pieças de la lança por el aire; pero yo, como más diestro, le daré por medio de la visera con tal fuerça, que, siendole sacada de la cabeça, caerá del atroz golpe en tierra por las ancas del caballo; si bien, como es ligero, se pondrá luego otra vez en pie, y se vendrá para mí con la espada en la mano; y yo, por no hazer la batalla con ventaja, abaxaré de mi caballo en el aire, no obstante que muchos lo juzgaran á locura; y metiendo mano á mi cortadora espada, començaremos entre los dos el porfiado combate; mas él, no pudiendo atender á mis golpes, me rogará que descansemos un poco, por verse algo fatigado; aunque yo, sin atender á sus ruegos, tomaré la espada á dos manos, y levantandola con un heroico despecho, la dexaré caer con tal furia sobre su desarmada cabeça, que acertandole de lleno, se la abriré hasta los pechos, dando del cruel golpe tan horrenda caida en tierra, que hará estremecer toda la ancha plaça, y aun venir al suelo más de cuatro barreras y tablados. Los gritos de la gente seran muchos, la alegria de los juezes grande, el contento de todos los vencidos caballeros extremado, el aplauso del vulgo singular, é inaudita la musica que sonará en exaltacion de mi buen suceso; y desde entonces pasaran cosas por mi, que dé bien que hazer á los historiadores venideros el escribirlas y exagerarlas. Por tanto, Sancho, presto sacame á Rocinante. Sancho, con harto dolor de su coraçon, por ver se iba dilatando la deseada cena, fue á ensillarle, y entre tanto que lo hazia, se llegó el mesonero á don Quixote, al cual habia estado oyendo todo aquel largo y desvariado discurso, y le dixo: Señor caballero, v. m. se podrá desarmar; que viene cansado; y digame lo que quiere cenar; que este muchacho está aqui, que traerá buen recado. ¡Por Dios, dixo don Quixote, que estais bien en el caso! Veis lo que pasa en la plaça, la deshonra de vuestra patria y la afrenta de vuestros caballeros, y que yo voy á remediarlos, ¡y ahora me salis con cena! Digo que no quiero cenar, ni comer bocado hasta honrar con mi persona esta universidad, y matar todos aquellos que lo contradixeren; que es vergüença, y muy grande, que un jayan solo rinda y sujete á una ciudad como esta: por tanto, andad con Dios, y mirad si viene mi escudero con el caballo. El mesonero le dixo: Perdone v. m.; que yo pensé que lo que contó denantes á su criado era algun cuento de Mari-Castaña ó de los libros de caballerias de Amadis de Gaula; pero si v. m. quiere ir armado asi como está á honrar al catedratico, se lo agradeceran mucho todos. ¡Qué catedratico ó qué nonada! respondió don Quixote. Tres ó cuatro que á la puerta se habian detenido, viendo aquel hombre armado, le dixeron: Si v. m. ha de ir al paseo, bien puede; que ya es hora, pues llegará en esta el catedratico al mercado; que aqui no hay justas ni jayanes de los que v. m. ha dicho, sino un paseo que haze la universidad á un dotor medico que ha llevado la catedra de medicina con más de cincuenta votos de exceso, y llevan delante dél, por más fiesta, un carro triunfal con las siete virtudes y una celestial musica dentro, y tal, que si no fue la que se llevó el año pasado en el paseo del catedratico que llevó la catedra de prima de teologia, jamas se ha visto otra igual; y las trompetas y atabales que v. m. oye, es que van ya pasando por todas las calles principales, con más de dos mil estudiantes que con ramos en las manos van gritando: Fulano victor. A pesar de todo el mundo, á pesar vuestro y de cuantos contradezir lo quisieren, replicó don Quixote, es lo que tengo dicho. Sacó Sancho en esto el caballo, y subiendo don Quixote en él, estaba tal y tan cansado, que aun hiriendole con el duro acicate, apenas se podia menear, y no dexaba casa en la cual no procurase entrarse. Sancho quedó con Barbara en un aposento, la cual, como arriba diximos, procuraba no ser conocida de persona alguna en Alcala. Caminó nuestro caballero por aquellas calles poco á poco, yendo siempre hazia la parte que sentia el sonido de las trompetas, hasta tanto que encontró la bulla de la gente en medio de la calle Mayor; la cual, cuando vieron aquel hombre armado y con la figura dicha, pensaban que era algun estudiante que por alegrar la fiesta venia con aquella invencion; y poniendose él frontero del carro triunfal que delante del catedratico iba, viendo su gran maquina y que caminaba sin que le tirasen mulas, caballos ni otros animales, se maravilló mucho, y se puso á escuchar despacio la dulce musica que dentro sonaba. Iban delante de los musicos en el mismo carro dos estudiantes con mascaras, con vestidos y adorno de mugeres, representando el uno la Sabiduria, ricamente vestida, con una guirnalda de laurel sobre la cabeça, trayendo en la mano siniestra un libro, y en la derecha un alcazar ó castillo pequeño, pero muy curioso, hecho de papelones, y unas letras goticas que dezian:

Sapientia ædificavit sibi domum.

A los pies della estaba la Ignorancia, toda desnuda y llena de artificiosas cadenas hechas de hoja de lata, la cual tenia debaxo de los pies dos ó tres libros, con esta letra:

Qui ignorat, ignorabitur.

Al otro lado de la Sabiduria venia la Prudencia, vestida de un azul claro, con una sierpe en la mano, y esta letra:

Prudens sicut serpens.

Venia con la otra mano, como ahogando á una vieja ciega, de quien venia asido otro ciego, y entre los dos esta letra:

Ambo in foveam cadunt.

Pusose don Quixote delante de dicho carro, y haziendo en su fantasia uno de los más desvariados discursos que jamas habia hecho, dixo en alta voz: ¡Oh tú, mago encantador, quien quiera que seas, que con tus malas y perversas artes guias aqueste encantado carro, llevando en él presas estas damas y las dos dueñas, la una con cadenas desnuda, y la otra sin ojos y con violencia de su esposo, que procura no dexarla de la mano, siendo sin duda ellas, como su beldad demuestra, hijas herederas de algunos grandes principes ó señores de algunas islas, para meterlas en tus crueles prisiones! dexalas luego aqui libres, sanas y salvas, restituyendoles todas las joyas que les has robado; si no, suelta luego contra mí todo el poder del infierno; que á todos se las quitaré por fuerças de armas, pues que se sabe que los demonios, con quien los de tu profesion comunican, no pueden contra los caballeros griegos cristianos, cual yo soy. Pasara adelante don Quixote con su razonamiento; pero la gente de la catedra, viendo que aquel hombre armado hazia detener el carro y estorbaba que no pasase adelante, hizo se llegasen á él cuatro ó cinco del acompañamiento, pensando fuese estudiante que venia con aquella invencion; los cuales le dixeron: ¡Ah señor licenciado! hagase v. m., por hazernosla, á una parte y dexe pasar la gente; que es muy tarde. Pero respondioles don Quixote diziendo: Sin duda sereis vosotros ¡oh vil canalla! criados deste perverso encantador que lleva presas aquesas hermosas infantas; y pues asi es, aguardad; que de los enemigos los menos. Y metiendo en esto mano á su espada, arrojó á uno de aquellos estudiantes que venia en una mula, una tan terrible cuchillada, que si su cuerda prevencion en hurtarle el cuerpo, y la ligereza de la mula no le ayudaran, lo pasara harto mal: revolvió luego sobre otro que detras dél venia; y de reves acertó con tanta fuerça en la cabeça de su mula, que la abrió una cuchillada de un geme. Començaron al instante todos á gritar y alborotarse: cesó la musica; y corriendo, unos á pie, otros á caballo, hazia donde don Quixote estaba con la espada en la mano, viendole tan furioso, apenas nadie se le osaba llegar, porque arrojaba tajos y reveses á diestro y á siniestro con tanto impetu, que si el caballo le ayudara algo más, no le sucediera la siguiente desgracia. Fue pues el caso que, como vieron todos que en realidad de verdad no se burlaba, como al principio pensaban, començaron á cercarle, unos á pie, otros á caballo más de cerca, tirandole unos piedras, otros palos, otros los ramos que llevaban en las manos, y aun desde las ventanas le dieron con dos ó tres ladrillos sobre el morrion, de suerte[26] que á no llevarle puesto, no saliera vivo de la calle Mayor; y aunque la gente era mucha, la grita excesiva, y las piedras menudeaban, con todo se le llegaron diez ó doze de tropel, y asiendole uno por los pies, otro por el freno de Rocinante, le echaron del caballo abaxo, quitandole la adarga y espada de la mano; trás lo cual le cargaron de gentiles moxicones, y le ahogaran alli en efeto, si la fortuna no le tuviera guardado para mayores trances; pero debió su vida al autor de la compañia de comediantes con quien se encontró la noche pasada en la venta, el cual á las vozes y grita que tenia el pueblo, se llegó á el, yendose acaso paseando por debaxo los soportales de la calle Mayor; y viendo llevar aquel hombre armado entre seis ó siete arrastrando, sospechó que era don Quixote, como realmente lo era, que á la saçon le habian metido en una grande casa, donde hazia toda la resistencia que podia, aunque todo era en vano; y viendole tal el autor, y algunos de su compañia que con él iban, se apiadaron dél; y haziendo salir á puros ruegos fuera de la casa á todos los estudiantes que le maltrataron, se quedaron solos con él, y pasado el catedratico con su triunfante paseo adelante, y desocupada la calle de la gente que le seguia, se llegó el autor á don Quixote diziendo: ¿Que es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Que aventura tan desgraciada ha sido esta, y que nigromantico le ha puesto en tal aprieto? ¡Es posible se hayan hallado encantos contra su valor! Pero paciencia y buen animo, pues aqui está otro más sabio mago, su grande amigo, el cual, á no hazerle lado, hiziera contra la ley de buena amistad, pero hesela hecho tan grande, que á no acudir con mi magico poder, sin duda acabara v. m. desta vez con las caballerias andantes. Alcese, ¡pecador de mí! que tiene los dientes bañados en sangre, y está sin adarga, sin espada y sin caballo; que todo se lo han llevado los estudiantes. Levantose don Quixote, y cuando reconoció al autor, le dixo alegre: Ya me maravillaba yo ¡oh sabio Alquife, mi buen historiador y amigo! que dexasedes de favorecerme en esta grande tribulacion y trabajo en que me he visto por la gran pereça de mi caballo, que mala pascua le dé Dios: por tanto, ¡oh sabio fiel! hazedmele tornar, ó dadme otro, para que vaya tras aquellos alevosos y los rete á todos por traidores é hijos de otros tales, y tome dellos la vengança que su soberbia y viciosa vida merece. En oyendole el autor, rogó á uno de sus compañeros que en todo caso fuese y traxese el caballo, adarga y espada de don Quixote, rescatandolo todo por cualquier dinero de donde quiera que estuviese. Fue el representante preguntando por ello; y sacando el caballo de un meson, la adarga y espada de una pasteleria, donde ya todo estaba empeñado, lo volvió al autor, y él á don Quixote, que se lo agradeció infinito, atribuyendolo todo al poder de su magica sabiduria; y preguntandole el mismo autor adonde estaban su escudero Sancho Pança y Barbara, le respondió que fuera del lugar, en un meson que está junto á la puerta de Madrid, los habia dexado. Pues vamos allá luego, dixo el autor; que yo por agora mando, y v. m. debe obedecerme; que importa mucho, Don Quixote respondió que por todo lo del mundo no le dexaria de obedecer como á persona tan sabia y en cuyas manos tenia ya puestas habia dos dias todas sus cosas. Hizo llevar el autor delante con un moço el caballo, lança y adarga de don Quixote, y á él le mandó que se fuese á pie en su compañia mano á mano hasta la posada, adonde le dexó encargado al mesonero, con orden que de ninguna manera le dexase salir á pie ni á caballo aquella tarde, y cumpliolo el huesped puntualisimamente. Cuando Sancho vió á su amo los dientes ensangrentados, le dixo: ¡Cuerpo de san Quintin, señor Desamorado! ¿No le he dicho yo cuatrocientas mil dozenas de millones de vezes que no nos metamos en lo que no nos va ni nos viene, y más con estos demonios de estudiantes? Apostemos que le han hinchido de gargajos, como á mi en Çaragoça: lavese, pecador soy á Dios, que tiene las narizes llenas de sangre. ¡Oh Sancho, Sancho, respondió don Quixote, y como aquellos follones que asi me han parado se lo pueden agradecer al sabio Alquife, mi amigo! Que si por él no fuera, yo hiziera tal carniceria dellos, que sus viejos padres tuvieran bien que enterrar, y sus mugeres que llorar todos los dias de su vida; pero ya vendrá tiempo en que paguen por junto lo de antaño y lo de hogaño. Respondió el mesonero oyendole: Por su vida, señor caballero, que no se meta con estudiantes; porque hay en esta universidad pasados de cuatro mil, y tales, que cuando se mancomunan y ajuntan, hazen temblar á todos los de la tierra; y dé gracias á Dios, pues le han dexado con la vida, que no ha sido poco. ¡Oh cobarde gallina, dixo don Quixote, y uno de los más viles caballeros que ciñen espada! ¿Y piensas tú que el valor de mi persona y las fuerças de mi braço y la ligereça de mis pies, y sobre todo, el vigor de mi coraçon, es tan pusilanime como el tuyo? Juro por vida de la reina Zenobia, que es la que hoy más precio, que solo por lo que has dicho, estoy por tornar á subir en mi caballo y entrar otra vez en la ciudad, y no dexar en ella persona viva, acabando hasta perros y gatos, hombres y mugeres, y cuantos vivientes racionales é irracionales la habitan, y despues asolalla toda con fuego hasta que quede, como otra Troya, escarmiento á todas las naciones, del griego furor. Sancho, traeme presto á Rocinante; que quiero que vea este caballero ó mesonero, ó lo que es, que sé poner por obra lo que digo, mejor que dezillo de palabra. Eso del caballo, respondió el mesonero, señor caballero armado, no llevará v. m. esta vez, porque el autor de la compañia de comediantes que está aqui me ha dexado encargado infinitamente que no se le diese por ningun caso, y por eso tengo cerrada con llave la caballeriza. ¡Que comediantes ó que nonada! replicó don Quixote: ¿puede haber en el mundo persona que vaya contra mi gusto? Yo os prometo que lo podeis agradecer á aquel sabio mi amigo que aqui me traxo, cuyo mandamiento no es razon que yo quebrante por ningun caso; que de otra suerte, hoy hiziera un hecho tal, que hubiera memoria dél para muchos siglos. Si hiziera, dixo el mesonero; pero por agora v. m. se entre á cenar; que haze reir mucho á la gente que está en la puerta, y se nos va hinchendo la casa de muchachos, de suerte que ya no cabemos en ella. Y con esto le asió de la mano y le subió adonde Barbara estaba, con la cual pasó graciosisimos coloquios, y no poco entremesados con las simplicidades de Sancho. Cenaron juntos bien y con gusto, y tras ello se fueron todos á reposar, y más don Quixote, que lo habia menester por los molimientos pasados en la venta y calle Mayor: solo hubo que al acostarse estuvo porfiadisimo en querer volver á hazer el brebaje, ó precioso balsamo que él dezia de Fierabras, para curar las mortales heridas que sentia en los dientes; pero fuele imposible hazerlo, porque dió el mesonero, conociendo su locura, en dezir no se hallaria en el pueblo cosa de cuantas pedia.