CAPITULO XIV.

De la Demostracion.

[44] Quando las verdades fundamentales, ó las máxîmas que se deducen de ellas, sirven de premisas en un sylogismo bien dispuesto, el consiguiente es cierto y evidente, y el tal sylogismo se llama demostracion; la qual no es otra cosa que un conocimiento cierto y evidente de las cosas, deducido de premisas evidentes y ciertas. Llamamos cierta la verdad de que estamos asegurados, como que no puede faltar: evidencia es el conocimiento que ademas de ser cierto y seguro, nos muestra la verdad con la claridad misma con que solemos ver las cosas. Así la certeza como la evidencia se consiguen, ó por medio de la observacion experimental de los sentidos, ó por los principios de la recta razon. Tan cierto y evidente es para mí, que es injusto un agravio que se me hace, lo qual conozco por la razon, como que estoy padeciendo en mi cuerpo quando tengo un dolor, lo qual alcanzo por los sentidos. Con la misma certeza y evidencia que tengo de que el Sol trae luz y calor, que es verdad sensible, estoy asegurado que el Sol ha recibido estas fuerzas de Dios, lo qual es verdad de razon; porque así como soy llevado á creer que el Sol trae consigo estas cosas, porque por sí mismas nunca subsisten, y en la presencia del Sol nunca faltan, ni mas, ni menos conozco que el Sol de sí mismo no tiene esta potencia por aquel principio experimental, que ningun ser corporeo viene de sí mismo, sino de otra causa, y otro de razon natural, que no han de ir estas causas hasta el infinito, sino terminar en un ser que sea el origen y principio de todos los movimientos, y á este ser llamamos Dios. Así que la demostracion se ha de componer precisamente de verdades primeras, ó de máxîmas, que tengan necesaria conexîon con ellas. Si hacemos patente esta conexîon en lo que tratamos, decimos que lo hemos demostrado: si no hemos llegado á eso, hemos de procurarlo, ordenando las verdades (en las Escuelas las llaman pruebas) de sylogismo en sylogismo, hasta encontrar el enlace de lo que intentamos probar con las verdades fundamentales. En llegando á estas no se ha de pasar mas adelante, porque son evidentes por sí mismas, y en viéndolas no hay entendimiento que no quede asegurado y convencido: de modo, que dicen bien los Escolásticos, que no se ha de disputar con los que niegan los principios, y que lo que es por sí mismo claro, no necesita de pruebas. Sea esto dicho de paso contra los Scépticos importunos y tupidos, que no se rinden á la misma evidencia. Lock no estuvo constante tratando de esto. Concede que el conocimiento intuitivo es cierto y evidente, y que con él estamos asegurados de la verdad. Llama intuitivo el conocimiento con que alcanzamos las cosas sin necesitar de otro conocimiento, como son las verdades primitivas y primeros principios de que hemos hablado. Dice tambien, que es cierto y evidente, aunque la evidencia no es tan clara, lo que se prueba por necesaria conexîon con los conocimientos intuitivos[a]. Tratando despues de las máxîmas, que sirven de fundamento á los Filósofos para discurrir con acierto, las quales son verdades fundamentales, deducidas y conexâs con las primitivas, aunque no las tiene por absolutamente inútiles, las rechaza como de poco uso, y en algunos casos como dañosas para alcanzar la evidencia. El extremo con que este y otros modernos persiguen las Escuelas, hace que en algunas ocasiones no guarden perfecta conseqüencia en la doctrina. Lo cierto es, que unas veces el entendimiento en una cosa remota ve con claridad la conexîon que tiene con las verdades primitivas, especialmente si es agudo, sagaz, y habituado á raciocinar, y al punto asiente, ó disiente á ella, como que tácitamente, y en un momento descubre todo el enlace de razonamientos con que se llega á los primeros principios: otras veces no ve tan de cerca esta conexîon, y entonces conviene pararse, y ir descubriendo el enlace de las verdades, para quedar asegurado.

[Nota a: Lock Essai del'entendem. lib. 4. cap. 2. pag. 432. y sig.]

[Nota b: Lock lib. 4. cap. 7. §. 11. pag. 495. y sig.]

[45] Resta ahora proponer algunas advertencias para hacer bien las demostraciones. Toda demostracion ha de tener por objeto las cosas universales, porque de las singulares no puede haberla. Conócense las singulares con toda evidencia por la aplicacion de los sentidos á las cosas, y de la mente á las primeras nociones; pero no se demuestran, ni lo necesitan, porque no es menester otro medio distinto de ellas mismas para alcanzarlas. La presencia de la luz, lo pesado y liviano, el movimiento, el frio y calor, y otras cosas á este modo con sola la aplicacion de los sentidos son evidentes: como lo son tambien las primeras y simples nociones que tiene el entendimiento, y sirven de basa, y ocasion al ingenio para formar demostraciones. Es verdad, que los universales se forman de los singulares; pero solo se hace abstrayendo de estos los atributos comunes, los quales son los que aprovechan para demostrar las cosas. En cada ente singular, ademas de los predicados comunes, hay una particularidad tan propia suya, que no se halla en otro ninguno aun del mismo género. Los Griegos la llamaron [Griego: Idyosynkrasia] idiosyncrasia, de la qual se trata extensamente en la Medicina, y no está sujeta á demostracion por ser especial y propia de cada individuo. De esta singularidad nace la distinta cara, genio, y especial temperamento de los hombres; y debe esta conocerse por observacion particular, que solo sirve para aquella determinada cosa donde reside, y no puede demostrarse, porque no hay medio, antecedente, ni principio á que reducirla, por ser única. Debe tambien la demostracion ser de cosas necesarias y perpetuas, porque así será siempre verdadera, puesto que las cosas contingentes y que pasan, por su misma mutacion estan expuestas á la incertidumbre. Por eso las difiniciones y divisiones lógicas bien hechas son los medios mas á propósito que hay para las demostraciones; y bien se ve que los predicados esenciales son perpetuos y permanentes, y siempre unos mismos en las cosas, porque ni se engendran de nuevo, ni se acaban: hácense solo de nuevo, y se destruyen los singulares individuos que los contienen. Para entender esto físicamente puede servir lo que hemos dicho de los elementos, y de las semillas en el discurso sobre el Mecanismo[a]. Sirve asimismo para demostrar las cosas el conocimiento de sus causas. Para proceder en esto con acierto, especialmente en el estudio de la naturaleza, cuyas demostraciones casi siempre se hacen por este camino, conviene saber que por causa no entendemos solo la eficiente, sino tambien la material, que es el sugeto y basa de que se compone una cosa: la formal, que es el conjunto de caractéres con que se distingue de otras: la instrumental, que es el medio con que se forma: la final, que es el fin á que se endereza. De todas estas hablaba Virgilio quando decia: dichoso aquel que puede conocer las causas de las cosas, &c. y con razon, porque es sumamente util conocer y distinguir cada una de las causas propuestas. El no haber cosa ninguna en que no concurran estas causas, es el motivo de ser útiles para las demostraciones, y de ahí ha nacido la máxîma fundamental tantas veces inculcada de Wolfio: nada se hace sin razon suficiente[c]. Por esto han culpado muchos á Verulamio, que quitó del estudio de la Física las causas finales, dando motivo con esto á introducir el Epicurismo. Siendo, pues, preciso que estas causas estén conexâs con las cosas, dimanan de ahí dos suertes de demostraciones: unas prueban las cosas por sus causas, y se llaman à priori: otras descubren las causas por sus efectos, y se llaman à posteriori; y ambas tienen su fuerza en el necesario enlace con que las cosas y sus causas deben estar juntas. En la naturaleza hay ciertas leyes generales, que siempre se guardan: hay otras especiales y propias, que solo en ciertos casos se observan. Las primeras conviene reducirlas á demostraciones por máxîmas universales, ya se demuestren à priori, ya à posteriori. De esta clase son los aforismos de Hippócrates: algunas máxîmas de la Física, aunque no tantas como se cree: y las leyes generales, que van propuestas al principio de mis Instituciones Médicas. Para hacer las demostraciones à priori, conviene exâminar las causas evidentemente sensibles, notando el modo como concurren en sus efectos. La vida de los animales no se puede mantener sin la respiracion. El ayre aun del modo que se hace sensible es preciso para respirar: luego el ayre es preciso para mantener la vida de los animales. Las dos premisas de esta demostracion son evidentes y experimentales. Aquello que estando presente excita los animales y las plantas á la propagacion, influye en la generacion de estas cosas: el Sol con su presencia excita los animales y las plantas á la propagacion: luego el Sol influye en la generacion de estas cosas. A este modo pueden formarse muchas demostraciones à priori sobre la necesidad del agua para la vegetacion y nutricion, sobre el frio y el calor, sobre las pasiones del ánimo y sus efectos, y, por decirlo de una vez, sobre todas las cosas, cuyas causas se presentan á los sentidos. Lo justo y honesto son verdaderos bienes: todo bien verdadero es digno de ser estimado: luego lo justo y honesto es digno de ser estimado. En esta demostracion à priori las premisas son principios de razon natural; y de un modo semejante se puede demostrar la inmaterialidad é inmortalidad del alma: la exîstencia de Dios como primera causa, y otras cosas de esta clase, como pienso hacerlo en otra parte.

[Nota a: Pág. 74. y sig.]

[Nota b: Virgil. Georgic. lib. 2. vers. 490.]

[Nota c: Wolf. Ontolog. Pars 1. sec. I. cap. 2. §. 70. pág. 28.]

[46] Para hacer las demostraciones à posteriori, conviene saber que hay ciertas causas que obran en la naturaleza ocultamente, de modo que en sí mismas no se presentan á nuestros sentidos, y solo llegamos con ellos á percibir sus efectos. El ayre en muchas ocasiones influye en los cuerpos sin hacerlo por ninguna qualidad sensible, sino por una oculta fuerza (Hippócrates la llama divina), que solo nos consta por los efectos que causa. A este modo son ocultas muchas enfermedades internas, las virtudes y modos de obrar de los venenos, y otras muchísimas cosas, de modo que en esta linea en lo físico, debemos confesar, que es mas lo que ignoramos que lo que sabemos. Mas los efectos que así vienen de causas ocultas son en dos maneras: unos son totalmente inseparables de su modo de obrar, porque dimanan inmediatamente del poder de la causa, que dexaria de serlo si no los produxese: otros son contingentes, como que para su produccion se requieren ciertas circunstancias en el sugeto en que obran, las quales, por ser varias, hacen diversidad en la produccion. A los primeros llamaron los Griegos [Griego: Epiphenomenos] Epiphenomenos, que quiere decir que se manifiestan juntos con la causa: á los segundos [Griego: Epigenomenos] Epigenomenos, que vale tanto como que vienen despues. Unos y otros se ven en las enfermedades, en las plantas, y en las mas de las producciones de la naturaleza. Con los Epiphenomenos, formando primero historias exâctas de ellos, se hacen demostraciones à posteriori, en que se descubre la actividad é influencia de las causas ocultas: con los Epigenomenos bien observados se conoce la vehemencia y éxîto, ó término de la operacion. De ambos me he valido yo en mi Práctica Médica para manifestar las enfermedades por sus símptomas, dando de este modo el conocimiento mas fixo que se puede tener en estas cosas. Como el corazon del hombre es oculto, las demostraciones de los Políticos, si es que las hay, pertenecen á esta clase. Los Lógicos dicen, y conviene confesarlo, que las demostraciones à posteriori nunca son tan exâctas ni tan fixas como las que se hacen à priori. No pongo exemplos de esto, porque todos mis escritos Físicos y Médicos estan llenos de ellos; ó, por decirlo mas claro, he procurado que fuesen un exemplo de estas reglas. Por lo que llevamos propuesto se echa de ver quánta diligencia, sagacidad, exâctitud, y exámen se requiere para hacer buenas demostraciones, y quán distantes de serlo están muchas que se dan por tales en los libros modernos. El GENUENSE ha llenado de este especioso título casi todos sus argumentos, y bien mirados, apenas llegan muchos de ellos á una fundada probabilidad. Tan lejos estan de la demostracion. Estos efectos, así necesarios como contingentes, son los signos de sus causas, de modo que los primeros la descubren con seguridad por su necesaria conexîon con ella: los otros no la muestran con tanta firmeza. A los primeros llamaron los Griegos [Griego: tekmerion] techmerion, á los segundos, [Griego: semeion] semeion, y de ambos usó primero con mucho acierto HIPPÓCRATES en la Medicina: despues hizo ARISTÓTELES mencion de ellos en su libro [Griego: Peri Ermeneias] de Interpretatione. Esta advertencia de los signos es de suma consideracion, no solo en las Ciencias, sino en el trato comun. Descúbrense con ellos las cosas ocultas, con tal que se distingan los necesarios de los contingentes, y á cada clase se le dé el valor de certeza que le corresponde. Grandes errores se han cometido en las predicciones, adivinaciones, y profecías, por tener por signos fixos del primer orden los que no lo son: todavía se cometen mayores en lo político y en el trato civil, acostumbrándose los hombres con signos ligeros (llámanse sospechas) ó muy contingentes, que á lo mas hacen conjeturas, á asegurar la intencion de los que censuran. La mayor parte de los juicios temerarios nacen de la mala observacion y poca diligencia que se tiene en estos signos. Lo que hemos dicho hasta aquí ha de entenderse de los signos naturales, porque las cosas que indican á otras por instituto de los hombres, como los vocablos de las lenguas provinciales, y el ramo sobre la puerta, que en algunos lugares significa el vino para vender, y otras cosas á este modo, facilmente se entiende lo que significan, si se pone cuidado en el uso que los hombres á su beneplácito les han dado. La doctrina de los signos bien entendida es sólida, y debe ocupar en la Lógica el lugar que los Escolásticos dan á su tratado del Signo, donde no se explica nada util, y todo se reduce á qüestiones pueriles, que emboban á los niños, y con ellas sin aprender cosa alguna, se hacen tenazmente disputadores, y porfiados.