LII.

"Cuando acabé de hablar, María Luisa continuaba llorando y me contestó profundamente conmovida:"

"—Ni mi madre que me quiso tanto, ni mi tía que me dió muchos consejos al morir, ni los hombres ricos, sabios y apasionados que tuve á mis piés, me han dicho esas cosas. Toda mi vida te serviré contenta y agradecida; tú eres mi padre."

"Aquella tarde María Luisa, trémula de dicha, se despidió de mí bien aleccionada y provista del dinero suficiente para comprar una de las casas contiguas á mi jardín, que según yo sabía, era fácil obtener y su adquisición nos convenía porque, como he dicho antes, cuando formé aquella finca, quedó comunicada con el jardín; por allí podría visitar á María Luisa, cuando fuera preciso, para no ser visto y dar lugar á maliciosas interpretaciones."

"A los ocho días quedó ella instalada en la casa que había obtenido y adornado con cristales, pájaros y flores; yo le obsequié un tocador de mármol y una cama de ébano adornada con arabescos de marfil, que ostentaba en la cabecera una magnífica Virgen de Murillo, en placa de concha, cuyos muebles habían pertenecido á mi madre."

"También la dí lo necesario para comprar otra finca, cuyas rentas completarían sus gastos."

"El público supo que María Luisa había recibido uno de los primeros premios de la lotería; yo, fiel á mi propósito, la visitaba cada ocho días, permaneciendo á su lado sólo el tiempo preciso para que me diera cuenta de sus adelantos y necesidades."

"Una de las piezas que ocupaba en el jardín cuando iba yo á estudiar ó distraerme desde que comencé á formarlo, era la que tenía comunicación con la casa de María."

"Abriendo una pequeña puerta, me hallaba en un pasillo largo que tenía otras dos, una á la derecha para la alcoba y otra en el fondo para la sala, de modo que cuando María cerraba la puerta principal de la sala, que conducía al corredor, quedaba sola y á la hora convenida podía yo entrar sin ser visto de los criados."