LIII.
"Protesto á Ud., Padre, bajo mi palabra de caballero, que durante todo el tiempo en que semanariamente visité á María, no tuve para ella una sola palabra que no fuese honesta, ni un solo pensamiento que no fuese honrado."
"A veces ni la mano le pedía para despedirme."
"Un día no más, un día de su cumpleaños, recuerdo que tomando su cabeza entre mis manos, como si fuese una criatura, le dí un beso en la frente."
"Ella por su parte se manejaba como una perfecta señora, parecía ya completamente regenerada y era feliz porque mecía su corazón en las más brillantes ilusiones."
"Siempre manifestaba repugnancia ó temor de salir á la calle, su trato era sencillo y afable, su vestido modesto, sus maneras elegantes, y aun en ciertas ocasiones, creí sorprender en su rostro algo parecido al pudor de la niñez."
"Aquel espíritu volcánico daba señales de haberse calmado para siempre."
"Como me sentía yo fascinado, encontraba en el porte distinguido y la palabra fácil de aquella mujer, mucho de lo que hay de puro en los sentimientos y de noble en las costumbres."
"En su casa respiraba un aire de tranquila felicidad y las horas se me volvían instantes."
"María Luisa no sabía escribir ni leer; comprendiendo yo que se mortificaría con imponerle un maestro de primeras letras, me comprometí á enseñarla."
"Cada semana recibía mis lecciones, me entregaba lo que había escrito y me participaba sus progresos y dificultades con una gracia verdaderamente infantil."
"Al poco tiempo ya escribía con regularidad y por mi orden, buscó una maestra que la enseñara ciertas labores de lujo y le diera lecciones de música."