LXXIV.
"Ud. sabe lo demás, Padre mío, á Ud. debo la vida. Le ruego nuevamente que me perdone lo que hice y lo que haga, porque la calma que ahora siento, por desgracia, no es paz, es tregua solamente."
"Bajo este hábito protector aun se subleva mi corazón."
D. Carlos calló y después de unos instantes dijo con emoción profunda:
"Sí Padre. ¡Aquella mujer era mi vida y no puedo olvidarla porque no puedo morir!"
"Este amor insensato es un fuego deletéreo, un elemento corrosivo que me martiriza sin consumirme. Ya oprimido de invencible tristeza ó agobiado por tenaz misantropía quiero huir de mí mismo y á veces pido y lloro en el templo como si me hubieran robado la última esperanza de mi salvación."
Su voz se ahogó en un sollozo y arrojándose en los brazos del anciano, apenas pudo decirle:—¿Que hago, Padre? ¿Qué hago?
El sabio Guardián que conocía maravillosamente el corazón humano, abrazó al pobre joven y permaneció en silencio esperando únicamente la acción de la Providencia.
Era ya de noche cuando los dos amigos abandonaron aquel lugar; alejándose trémulos y mudos, fueron á perderse como dos sombras á través de una calle de álamos que terminaba en la escalera del claustro.